martes, 25 de octubre de 2011

RÉQUIEM POR LOS LIBROS


                                   

                                                                                                                      Por Eduardo García Aguilar

Cuando uno entra a la casa de un viejo e inveterado amigo intelectual amante de los libros y observa todas las paredes repletas de volúmenes en medio de un olor a incunables, mientras los espacios vitales se reducen a lo mínimo, sentimos de repente que la era de Gutemberg y los libros ha terminado para siempre.
     El raro espécimen humanista libresco es ya una reliquia del pasado que agoniza lentamente en este siglo XXI lleno de imágenes y sonidos, donde gracias a la digitalización todos los libros de las bibliotecas del mundo pueden estar en la memoria de un ordenador al alcance de la mano.
    Basta interrogar a los motores de búsqueda para que el inaccesible incunable que está al otro lado del planeta aparezca en pantalla para goce del investigador o el lector enfermizo que aúlla en busca de sus autores queridos. Podrá consultarlo y si es del caso imprimirlo o pasarlo a un lector portátil junto a otros miles de libros de su gusto. ¿Entonces para qué esas enormes bibliotecas que estorban a los otros, siempre amenazadas por las polillas o el desastre de una inundación o la irrupción de la humedad y los hongos?
     Ya se avizoraba ese destino final de las bibliotecas personales cuando al visitar las librerías de viejo de las grandes ciudades observaba como iban llegando allí las bibliotecas de los viejos humanistas hijos del modernismo de Rubén Darío, feriados a precios irrisorios por sus descendientes calaveras, ávidos a su muerte de expulsar de casa los libros del difunto.
    Porque las bibliotecas, las librerías y los libros se han vuelto un estorbo para las amplias mayorías adoradoras del fútbol omnisciente y omnipresente, razón por la cual una tras otra cierran las editoriales y quiebran las viejas liberías independientes, animadas por ilusos amantes de eso que en otros tiempos daba brillo y se llamaba cultura.
     Un día vi llorar en un aeropuerto a un gran librero que conocí en mi adolescencia y cuya librería frente al Teatro Cumanday era un paraíso para quienes amábamos las letras sin saber que pertenecíamos a una especie en vías de extinción.
    El hombre me reconoció y en ese espacio corto que propician los aeropuertos me dio a entender el dolor de saber que su librería terminaba para siempre porque ninguno de sus descendientes estaba interesado en continuarla. Y entonces supe que aunque nos separaban tres décadas, pertenecíamos a la misma estirpe y quise también llorar con él, a sabiendas que ya nada podía hacer por su soledad y su mundo desaparecido.
     A lo largo de la primera década del siglo XX el libro reinó en todo el mundo como un signo de engrandecimiento de la personalidad y fueron muchos los humanistas, autodidactas o no, que separaban en sus viviendas un espacio para su biblioteca personal, donde siempre había un busto de Cervantes, Shakespeare o Dante, o una escultura de El Quijote con su adarga altiva, acompañado del terrenal Sancho.
    Todas las familias del mundo contaron con uno de esos personajes que eran respetados como representantes del letrado, el escribano, el sabio, el Confucio de la casa, cuya pasión por los libros y el pasado era garantía de conservación de la especie en su mejor producto milenario, el humanista adorador de palabras e ideas.
     Las ciudades y los países los preservaban y les daban su lugar, como fue el caso de Paul Valery, Jorge Luis Borges o Alfonso Reyes. Incluso los economistas de ese tiempo eran letrados, como fue el caso del ahora resucitado John Manyard Keynes
     Las élites políticas de algunos países estaban entonces compuestas aún por esos personajes que solían ser elocuentes y se inspiraban en los clásicos para gobernar países ingobernables, por lo que a veces sólo fueron testigos líricos del desastre, como Marco Fidel Suárez o Belisario Betancur en Colombia. Eran versiones de ese emperador Adriano, cuyas memorias ficticias escribió dos milenios después la extraordinaria Marguerite Yourcenar o de esos príncipes ilustrados que actuaban de mecenas y protegían las artes y las letras.
     Así como en la antigüedad el hombre ilustrado se reconocía porque siempre llevaba un pergamino en la mano, el extinto humanista del siglo XX se fotografiaba junto a las estanterías de su biblioteca y la foto que más amaba era aquella en la que se le veía hojeando un libro.
    Los hijos de Leonardo da Vinci y Erasmo, los herederos de de Montaigne y Voltaire, construyeron todos su pequeña torre de babel llena de libros, y nosotros, los últimos de la estirpe sin cola de cerdo, ilusos también, cargamos o abandonamos bibliotecas con las que soñamos de manera recurrente.
     En una ciudad como París los libros se ferian en las librerías de ocasión a precios irrisorios o se botan a la basura y no es difícl encontrar en el suelo algún incunable o algún bello libro del editor Franco Maria Ricci, que hace un lustro costaba 200 euros, subastado a dos euros para los últimos amantes de bellas ediciones de lujo. E incluso así no hallará compradores.
    El día de mi cumpleaños llegué a casa con una batería de esos libros bellos y pesados, aun envueltos en papel celofán, intactos, publicados por el mejor y más exquisito editor contemporáneo. Y aquí los tengo al lado, los hojeo, palpo al variedad de sus papeles de lujo o me asombro por la perfección de sus reproducciones y los tipos de letra. Y de repente comprendo que una era ha terminado y que el sueño de ser gran editor y crear libros para bibliófilos es algo tan antiguo como la búsqueda de la gloria, las pirámides de Egipto o la Biblioteca de Alejandría.  


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