sábado, 30 de noviembre de 2013

EL SILENCIO DE R.H. MORENO DURÁN

Por Eduardo García Aguilar
Uno de los escritores colombianos que en su momento tuvo, a finales del siglo pasado, una gran presencia en el panorama literario colombiano fue Rafael Humberto Moreno-Durán (1945-2005), quien luego de su prematuro fallecimiento vive en un injusto silencio, dados como son los medios literarios colombianos y las editoriales a sepultar y olvidar para siempre a quienes la parca les ha jugado una mala pasada llevándoselos antes de tiempo y no pueden estar presentes para promover sus obras en vanas presentaciones y aceleradas actividades de prensa y marketing.
Moreno-Durán, quien estudió derecho en la Universidad Nacional de Colombia, era un escritor vanidoso y ambicioso como todos, lo que no es un pecado, y estaba caracterizado por una gran cultura e inteligencia y a la vez por un gran sentido del humor, pero era capaz de cometer injusticias con sus amigos, cuando sentía que sus intereses u orgullo literarios estaban en peligro.
Por eso en vida se peleó con muchos de sus colegas y son inolvidables sus desplantes en ferias literaias o presentaciones de libros donde buscaba ocupar todo el terreno, autodenominándose como el mejor escritor de todos los de su generación. Pero aun así, todos lo queríamos y destacábamos sus cualidades excepcionales, dada su múltiple formación como jurista y lector infatigable.
Los escritores de su generación, que podríamos llamar "De la revista Eco", la gran publicación del librero alemán Karl Buchholz, entre los que figuran Darío Ruiz Gómez, Oscar Collazos, Fanny Buitrago, Ricardo Cano Gaviria y Fernando Cruz Kronfly, entre otros, eran fieles a la idea del autor total, inspirado en grandes figuras como Marcel Proust, Virginia Woolf, Thomas Mann, Herman Broch, Elias Canetti y otros monstruos europeos de obras portentosas y gigantes. Para ellos ser escritor era y es devorarse el mundo y la historia con mayúsculas, ejercer un sacerdocio milenario, agitar las palabras y las ideas hasta la extenuación.
En los anos 60 y 70 estos escritores, entre los que figuraba Moreno-Durán, ejercieron la literatura al extremo, gracias a un espíritu de polígrafos que se lucían y gozaban escribiendo largos ensayos y novelas enormes y supercuidadas donde los protagonistas eran las ideas y el lenguaje. También se consideraban intelectuales en el buen sentido de la palabra intelectual, o sea hombres de ideas y de cultura, ligados a los clásicos y a los autores de todas las épocas de la cultura universal.
Su tragedia consitió en que el mundo y la vida literaria cambiaron de repente y esas obras magnas, cuidadas, responsables, fueron reemplazadas poco a poco por una literatura frívola y de escándalo, apta para amplios públicos, especialmente el colombiano, que goza con obras vulgares y violentas donde la agresividad, la intolerancia y la  escatología nacionales son legión.
De ahí que desde un tiempo para acá se ha vuelto en Colombia a una literatura prevargasviliana, fundamentalmente paisa, que se nutre en la escatología del humorista Cosiaca y los anatemas del sacerdote Miguel Angel Builes, un sectario iluminado que incendiaba desde los púlpitos invitando a la violencia y la eliminación física del enemigo político, o sea el liberal. La literatura de éxito en Colombia es pues, una literatura que insulta, ataca, destruye verbalmente al enemigo, una literatura llena de manías, racista, clasista, donde reina el grito y el desplante y no el pensamiento.
Moreno-Durán se dio cuenta de que su generacion había fracasado en el intento y alcanzó a ver la entronización en Colombia de todos esos best sellers agenciados por las grandes editoriales multinacionales, en especial de la llamada literatura sicaresca, de tetas o de narcos. Y  debió haber sido muy duro para él y sus colegas reconocer esa terrible derrota de su generación, que fue condenada al ostracismo después de la desaparición de la revista Eco y de casi todos los suplementos y revistas literarias.
Bajo de estatura, fornido, siempre listo a pronunciar fenomenales ocurrencias, la partida de Moreno-Durán, con todas sus cualidades y defectos, fue una gran pérdida para la literatura colombiana en general. La trilogía Fémina Suite, Los felinos del canciller, Mambrú y  Metropolitanas, son algunas de sus obras.
Y fue una gran perdida porque en lo que va del siglo XXI nos hemos venido acostumbrando en Colombia a
ese lenguaje hostil, que es el manejado por el ominoso caudillo del Ubérrimo, quien es en política la versión agresiva, falta de ideas, binaria, sectaria, de esa literatura de cuchilleros y "rufianes de esquina" que ha terminado por dominar el panorama nacional, salvo contadas excepciones por fortuna, con autores como William Ospina, Tomás Gonzales y Evelio Rosero.
El vanidoso, el ambicioso e inteligente escritor Moreno-Durán supo a tiempo de la gran tragedia de la literatura colombiana y es probable que esa certeza aceleró su enfermedad y terminó por matarlo. Había apostado toda una vida por una literatura con mayúsculas y la literatura fue conquistada por los minúsculos.
Moreno-Durán era capaz tambien de tener una gran generosidad y le debo gestiones para que mi novela El Viaje Triunfal fuera publicada en la Editorial Tercer Mundo, dirigida entonces por Santiago Pombo. Antes, un jurado compuesto por Moreno-Durán, Ruiz Gómez y Cruz Kronfly, la eligió como ganadora de la Beca Ernesto Sábato de Proartes para escritores jóvenes, galardón que también obtuvieron entonces Julio Olaciregui y Evelio Rosero. Moreno-Durán era amigo y ayudaba a los escritores jóvenes.
Son inolvidables las veladas vividas con Moreno-Durán en Colombia, México y París. Si un dia se hace un libro de homenaje, sus amigos y enemigos podrán contar quien fue esta gran figura de la literatura colombiana, que merece ser rescatada del olvido y puesta a circular de nuevo para que se conozcan los alcances de su obra y la de sus contemporáneos. Moreno-Durán fue un enorme escritor colombiano y su ausencia se nota en la literatura colombiana de hoy.

sábado, 23 de noviembre de 2013

LA PRINCESA PONIATOWSKA CONGELADA EN BOGOTÁ

Por Eduardo García Aguilar
Me encontré con Elena Poniatowska en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México antes de abordar el avión que nos conduciría a Bogotá para asistir el I Encuentro Internacional de Periodismo Cultural de la Feria Internacional del Libro de 1991, hace ya más de los veinte años del tango.
La princesa Poniatowska estaba ataviada con un inconsútil huipil de algodón blanco casi transparente y sandalias, como si se fuera a trasladar a Managua o a La Habana. Conocedor de los horrendos fríos de la temporada en la alta Bogotá de los Andes, a donde la señora Poniatowska nunca había ido, le dije aterrorizado que así no podía viajar a mi país y le expliqué con detalles que Bogotá no era una ciudad Caribe como la Cartagena o la Barranquilla de su amigo Gabriel García Márquez, sino una helada ciudad de los Andes, situada a 2.700 metros del altura, cubierta de bruma,  golpeada siempre por vientos, brisas, aguaceros y lloviznas heladas que se alternan a veces con destellos de un sol paramuno que puede ser calcinante.
Pero la Poniatowska parecía no creerme o no tomar en serio lo que yo le estaba diciendo, convencida de que la capital de un país tropical en plena línea ecuatorial no podía ser más que una ciudad igual de tórrida a las del Caribe cubano o centroamericano. Fue inútil cualquier consejo y como ya había documentado sus maletas y no llevaba al parecer bolsa de mano, se subio así en el avión mientras yo sufría al saber que al llegar a la capital colombiana en la noche, recibiría de inmediato un toque de hielo que la dejaría convertida en una estatua.
Así fue. Los organizadores que llegaron por nosotros nos llevaron hasta la Avenida Jiménez al Hotel Nueva Granada, en esos tiempos terribles del país cuando todavía vivía Pablo Escobar y morían cada día asesinados políticos, candidatos presidenciales, se derribaban aviones, aullaban en las caballerizas del Ejército centenares de izquierdistas torturados, y estallaban a diestra y siniestra coches bomba, por lo que aventurarse a Bogotá era ya un acto heróico, como yo vi al día siguiente en el rostro aterrorizado del aun joven editor, periodista y cuadro de Alfaguara y Prisa, el canario Juan Cruz, para quien también ese viaje sería el primero que haría en Colombia.
En 1991 Bogotá no había dado aun el salto urbanístico y modernizador que dio luego con Peñalosa y Mockus, sino que era un desastre total y mucho más en ese centro donde está situado el Hotel Nueva Granada, cerca de la vieja sede de El Espectador y de la histórica de El Tiempo,  a una cuadra de donde mataron en 1948 a Jorge Eliécer Gaitán, a unos pasos del Museo del Oro y donde siempre han pasado casi todas las cosas.
Poniatowska se subió esa noche a su habitación y yo a la mía sin saber que después de la medianoche las tenebrosas oleadas de hielo comenzarían a invadir la ciudad, situada en la Sabana preferida por los conquistadores y los antiguos indígenas chibchas.
El Hotel Nueva Granada, como otros similares modernos aparecidos en los años 50 y 60 del siglo XX, por ejemplo El Tequendama, fundado en 1954, El Continental y los Dann Colonial y de la Avenida 19, fueron grandes lugares a lo largo de las décadas y en los 60 tuvieron su fulgor, el tintineo de los cubiertos, la elegancia de sus botones, la agitación de sus salones de congresos y de recepción en los tiempos iniciales del Frente Nacional.
En tiempos de Ospina, Rojas Pinilla, los dos Lleras, Guillermo León Valencia, Bogotá todavía vibraba en su centro. Pervivían aun los cafes y tertuliaderos bohemios, restaurantes, clubes, librerías, tascas y la  séptima era todavía un lugar lleno de tiendas y almacenes de nivel. Ahora, tres décadas después el país se hundía en el narcotráfico y la ciudad se desmoronaba por todas partes.
Allí Poniatowska estuvo a punto de congelarse aquella noche. Un revuelo fenomenal tuve que mover en el edificio hacia la madrugada, cuando me informé que la princesa polaco-mexicana pedía ayuda, ya que no había traído prendas adecuadas y las frazadas no eran suficientes en su habitación de un piso alto. Me movilicé con los botones para tratar de salvar a la periodista, reportera, cronista, novelista, la gran diva polaca nacida en París en 1932, que en este otoño de 2013 acaba de obtener el Premio Cervantes.
A falta de calefacción o chimenea no sé cuantas frazadas tuvieron que llevarle a su habitación, pero aún así la autora de Lilus Kikus, La noche de Tlatelolco y Tinísima, de una belleza y elegancia  excepcionales que
sedujo durante décadas en Mexico City a todos los varones señalados y hubiera podido ser por su belleza portada permanente de Vogue y Elle, al lado de Rita Hayworth y Lauren Bacall, seguía tiritando en las alturas andinas. Al día siguiente me dijo que le habían robado su cartera y no tenía dinero y estaba desolada  buscando a los organizadores del Encuentro.
Poniatowska no sabía que se estaba congelando en un punto histórico de la capital: a unos pasos de El Espectador, donde el joven Gabriel García Márquez realizó los primeros pasos de reportero hacia la gloria, a unos metros de la galería del fotógrafo Leo Matiz donde hizo la primera exposición el joven Fernando Botero, a metros de donde existió el café Automático, reino de los poetas León de Greiff, Luis Vidales y Eduardo Carranza y al lado de la oficina en que Alvaro Mutis trabajaba y donde preparó el sonado homenaje gastronómico a Brillat-Savarin.
Más de veinte años después, de manera sorpresiva, esta gran mujer, sencilla, activa, infatigable, militante izquierdista, que siempre ha estado tecleando en los últimos 60 años día a día como la reportera que da voz a los sin voz, y que siempre se sintió como una modesta periodista en su país adoptivo, ha sido galardonada con el Premio Cervantes como una de las únicas cuatro mujeres que se lo arrebataron a los hegemónicos varones hispanos y latinoamericanos.

sábado, 9 de noviembre de 2013

UNA DÉCADA SIN ROBERTO BOLAÑO

Por Eduardo García Aguilar
Ya hace una década murió Roberto Bolaño (1953-2003), el escritor más importante de nuestra generación, y quien se ha convertido en una verdadera leyenda y autor de culto mundial, considerado el narrador de más trascendencia en el orbe latinoamericano después de los grandes fenómenos de la segunda mitad del siglo XX.
Bolaño surgió desde el más absoluto margen y solo contra todos y desde ese lugar oscuro fue construyendo la catedral de su obra e imponiéndose, hasta obtener el Rómulo Gallegos por Los detectives salvajes y bajar después poco a poco de manera prematura al sepulcro ejerciendo hasta el final la escritura, oficio que para él debía practicarse como si uno estuviera condenado al día siguiente a pasar a la silla eléctrica.
El autor chileno, gran amigo y discípulo principal de esa otra gran figura rebelde que es el Premio Cervantes chileno Nicanor Parra, activo todavía a los 99 años de edad, viajó muy pronto de su tierra natal a otros países siguiendo a sus padres, primero a El Salvador y luego a México, donde pasó parte crucial de su adolescencia y la primera juventud poéticas, antes de emigrar a España y radicarse en Cataluña, sitio de su fallecimiento a los 50 años de edad, antes de que pudiera realizársele un transplante de hígado.
Reconocer e identificarse en el talento de un compañero tan notable de generación, es algo que ocurre pocas veces y con frecuencia no ocurre. Cuando viajo por su páginas entiendo con toda claridad lo que nos une en el tiempo como escritores y mucho más cuando el azar de la vida me ofreció la posibilidad de vivir los escenarios de Los detectives salvajes de manera paralela e intensa y en especial la Ciudad de México joven y literaria de ese momento, que es el tema central de ese libro y de mi novela mexicana contemporánea Tequila coxis.
Llegué a México a fines de 1980, o sea que los hechos mexicanos de los protagonistas "real visceralistas" o "infrarrealistas" acaban de pasar y estaban aún calientes como cenizas recién abandonadas. Bolaño se había ido a Barcelona y Mario Santiago ya había regresado de su viaje a Europa, descrito por Bolaño en su novela. Pero quedaban Piel Divina y otros miembros de ese movimiento.
Y no solo viví a fondo y escribí sobre los mismos escenarios y las mismas preocupaciones de la fascinante y multifacética metrópoli mexicana que amamos, sino que fui muy amigo y cómplice del mejor amigo y cómplice de Bolaño, el poeta infrarrealista Mario Santiago (1953-1998), quien fue inmortalizado en esa novela con el nombre de Ulises Lima.
A Mario Santiago (o Ulises Lima) lo conocí recién llegado a México y en una buhardilla donde vivía cerca de la colonia Roma Sur, me hizo probar el mezcal en una botella mágica, en el fondo de la cual se podía ver un enorme peyote cristalino. En ese entonces Mario era el más maldito de los malditos escritores mexicanos, despreciado y ninguneado por casi todos el establecimiento literario, salvo algunas escasas excepciones, como sus compañeros de generación Carmen Boullosa y Juan Villoro, que fueron sus amigos.
Santiago, Bolaño y los poetas infrarrealistas tenían una obsesión con Octavio Paz, a quien veían como un padre destruible y odioso. Por esa razón nadie los aceptaba, porque no perdían ocasión de tratar de sabotear sus recitales o conferencias en medio de escándalos memorables.
Santiago ya había regresado de su agitado periplo europeo por París, Barcelona e Israel, a donde fue tras una amada imposible, Claudia, que yo también conocí,  y que era de una belleza y sensualidad inigualables. Emprendía una larga carrera solitaria de casi dos décadas hacia la muerte accidental en su propio país, al que no consideraba el suyo, pues se creía más peruano que azteca. Yo acaba de llegar de Europa y Estados Unidos a México y esa condición de apátridas errantes nos hizo amigos en esa época feliz de México, cuando todos comenzábamos a publicar nuestros primeros libros. Incluso poco más de un año antes de su fallecimiento, participé en la presentación de su libro Aullido de cisne en 1996, a pedido de Mario, y el texto leído allí fue publicado por Juan Villoro en La Jornada semanal.
Y mientras Mario Santiago iba poco a poco hacia la tumba viajando en los efluvios inquietantes del alcohol de Malcolm Lowry, la vida y la poesía, su gran amigo chileno escribía cerca de Barcelona la novela de sus aventuras mutuas, una obra que lo consagraría de repente y haría a su vez conocido a Santiago, que por fin, con carácter póstumo, empieza a ser publicado y admirado por groupies que le rinden culto junto a su tumba, en la ciudad de México.
Los detectives salvajes es una obra maestra. Hay que haber vivido a fondo en México como lo viví durante tres lustros para reconocer la maestría con la que Bolaño describe esos ambientes y logra captar el lenguaje de los mexicanos de su generación, sus preocupaciones, vida sexual desaforada, irreverencia literaria a través de personajes como las hermanas Font, Piel Divina, a quien tambien conocí, y todo un grupo de jóvenes de menos de 30 años, que es la mejor edad para ser escritor.
También es notable la maestría que despliega el autor chileno para mostrar desde diversas voces mundos que se encabalgan unos tras otros. Primero México y luego Cataluña, París y sus buhardillas, Israel y sus desiertos calcinantes, Viena y sus calles intrincadas. Decenas de personajes hablan, hacen el amor, sufren, se enloquecen, se emborrachan, discuten, pelean, mueren como en un surtidor inagotable, caleidoscopico mágico e inagotable que parece una voz que sale de la nada, casi biblica, como "un guantelete en el aire".
Y ahora que ya no están ni Santiago ni Bolaño, quienes se fueron muy temprano, quedamos los de su generación aquí en esta tierra y cada década que pasa nos sirve para entender lo que fuimos o no fuimos y lo que somos y nunca seremos. Todavía guardo la imagen de Bolaño, cuando lo vi en la sórdida calle Regina, su mirada fija, su silencio, su palidez y pienso que somos afortunados de que uno de los nuestros haya logrado la consagración a contracorriente y desde el margen, escribiendo como si fuera a pasar mañana a la silla eléctrica.

* Del 21 al 24 de noviembre de 2013, en París, la embajada de Chile, el Instituto Cervantes y la Maison de l'Amérique Latine realizan a fines de noviembre varias actividades en homenaje a Bolaño, a diez años de su muerte. Organizado por el agregado cultural de Chile en París, el escritor Felipe Tupper, participan en las actividades el embajador chileno Jorge Edwards, el editor Jorge Herralde, Florence Olivier, Roberto Amutio, Ignacio Echeverría y Florence Olivier, entre otros.

                Abajo imagen de Mario Santiago (Ulises Lima)
                              

viernes, 1 de noviembre de 2013

SOBRE LA MUERTE DE KENNEDY

Por Eduardo García Aguilar
Uno de los recuerdos más nítidos de la infancia es la muerte de John F. Kennedy, asesinado hace medio siglo el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas, por Lee Harvey Oswald, quien a su vez fue acribillado frente a policías y periodistas por el mafioso Jack Ruby. Me acuerdo que estaba en el patio  interior en la vieja casa del centro de mi ciudad en la carrera 19 y la información se sentía por todas partes, en el colegio, en la radio, en los comentarios de los adultos y en la precepción de que algo excepcional estaba ocurriendo, de lo cual pendían muchas cosas en el mundo.
Tal vez como un anticipo de una vocación escritural que nunca me abandonaría, dejé los juegos y anoté con una tiza blanca en una ventana de madera el nombre del presidente muerto y el año, 1963, que sucedía a otro donde en la ciudad habíamos vivido un fuerte terremoto que tumbó una de las torres de la Catedral y nos estremeció a todos, moviéndonos literalmente el piso. Ver por primera vez algunas de las ruinas de la ciudad natal, la torre caída, pedazos de muros en las calles, la noticia de algunos muertos, me había dejado entre traumatizado y deslumbrado al descubrir  la fuerza implacable de la naturaleza.
En esa edad, los 9 años, es cuando todo lo aspiramos con una facilidad extraordinaria y los conocimientos y las noticias y los problemas familiares, personales o nacionales se nos revelan con una claridad que aumenta con la malicia terrible de la infancia desbordada que se  caracteriza por el voyerismo permanente.
Veo claro ese luminoso día de noviembre de 1963, las circunstancias del escrito con tiza y la magnitud de la noticia como un primer contacto real con la historia y la realidad mundiales. Tardaría muchos años para vivir con igual intensidad, pero ya en las alturas de la madurez, otro acontecimiento que marcó a todas las generaciones, o sea a los niños del momento y a los adultos, que de repente nos volvimos niños en ese instante, al ver caer las Torres Gemelas de Nueva York en directo y a todo color.
Escuché entredormido en la tarde europea a dos chicas adolescentes que en el cuarto contiguo comentaban el suceso y decían como en un juego que venía la guerra mundial. No entendía yo porqué las niñas decían eso, cuando sonó el teléfono y respondí entredormido por la siesta a mi amigo, el escritor bogotano Luis H. Aristizabal, quien me preguntaba si no me había enterado de lo que estaba pasando y posponía una cita que teníamos para la noche.
Hice el cambio con el mando del televisor y ahí estaba la tragedia en directo, segundos antes de que se cayera la segunda torre y el mundo se estremeciera como nunca, dando un giro brutal a la época, lo que significó el fin del siglo XX y el comienzo de un siglo XXI ominoso que nos trae cada año sorpresas y nos traerá sin duda tragedias y catástrofes bélicas impensables a lo largo de la centuria. Porque en juego están las riquezas energéticas y las definiciones de las potencias que cogobernarán el planeta por otro gran lapso de la historia futura.
Lo ocurrido en Nueva York fue un hecho histórico decisivo, como lo fue en cierta forma la muerte de Kennedy, después de un agitado periodo presidencial que estuvo a punto de desencadenar una tercera guerra mundial a causa de los misiles rusos en Cuba y el rompimiento de los  pactos tácitos de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
En ese contexto se dio ese excepcional magnicido del presidente demócrata, joven y glamoroso, amante de Marilyn Monroe y amigo del  cantante Franck Sinatra y otros mafiosos, un personaje de galán cinematográfico a lo Gran  Gatsby, de la alta aristocracia norteamericana, que en el fondo era un pequeño demonio. A su figura se adosaba la de Jackie Kennedy, la primera dama  moderna muy al estilo de los años sesenta, que hasta el final de su vida y  después de casarse con el multimillonario griego Onassis sería una estrella de la era pop.
Kennedy nos seguiría marcando, pues fue el quien lanzó la carrera hacia la conquista de la Luna, que nos traería en julio de 1969 otro de los  momentos estelares de la vida, cuando todos los adolescentes de la época nos maravillamos y  vimos en directo por televisión en blanco y negro la llegada del hombre a la Luna, algo inigualable como proeza humana hasta ahora nunca repetida y que mostraba la prosperidad del Imperio estadounidense antes de la derrota en la guerra de Vietnam, a manos del gran general Giap, que murió hace poco muy lozano a los 102 años de edad.
Ahora, con motivo del cincuentenario del suceso, vuelven a reproducirse las imágenes icónicas como la grabación de un espectador que se volvió  un clásico del video, donde se ve a Jackie saltar atrás con su traje colorido y su sombrero chic para tratar de recuperar un pedazo del  cráneo de su marido. Reaparecen libros clásicos, comentarios del  informe Warren, nuevos testimonios y versiones desde los diferentes  ángulos, para llegar a la conclusión de que como en todo gran magnicido político, nunca se sabrá la verdad.
Qué lejos estamos ya de aquel tiempo y qué negras son las perspectivas  en un mundo sin liderazgos claros y la palpable sensación de que los imperios conocidos pierden fuerza ante nuevos emergentes que se pelearán por el predominio del planeta. La Rusia vencida después del  fin de la URSS vuelve a contar al mando del nuevo zar Putin, China es una potencia impresionante y ordenada al mando de una gran nomenclatura de tecnócratas, Europa y Japón declinan, India, Brasil, Sudáfrica y otros emergentes sorprenden y disperso por el mundo, crece el movimiento islamista fanático que expresa el malestar de todo un pueblo alienado y humillado y presagia un vivero de guerras futuras. Y Estados Unidos tiene ahora en vez de Kennedy a Obama, quien trata de mantener el equilibrio en la cuerda floja de la historia.