viernes, 28 de octubre de 2016

GERMAN ARCINIEGAS: LA LONGEVIDAD DEL LADINO


Por Eduardo Garcia Aguilar
En su muy larga vida, Germán Arciniegas ha transitado por los países y las literaturas de América Latina como un interlocutor privilegiado. Para presentarlo a nuestros lectores, acudimos a Eduardo García Aguilar, colombiano de México, autor de la novela El viaje triunfal y de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis. (Publicado en La Jornada Semanal. México, el 9 de junio de 1996)
En tiempos de recrudecimiento de la intolerancia en las diversas trincheras de la intelligentsia latinoamericana de la última década del siglo XX, es refrescante celebrar la longevidad de un viejo demócrata, marcado por el ejercicio generoso del diálogo y la polémica. Este patriarca viajero, que tiene la edad del siglo, pertenece a una amplia generación de latinoamericanistas liberales que, desde diversos matices y temperamentos, lucharon por la implantación de la democracia en un continente que vivía desde la independencia anegado en pobreza, luchas fratricidas y caudillismo.
Marcados en el norte por el entusiasmo generado por la Revolución Mexicana y las acciones culturales del ministro José Vasconcelos, y en el sur por la rebelión estudiantil de Córdoba o el ideario de Víctor Raúl Haya de la Torre, se caracterizaron por una creatividad desbordada al servicio del continentalismo bolivariano: Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri en Venezuela, José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México, Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana, José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez en Perú, Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea en Colombia, y Aníbal Ponce y Enrique Anderson Imbert en Argentina, fueron algunos de esos nombres que inundaron las páginas de diarios y revistas con esa fe latinoamericanista que ahora se cambió por el canto uniformizador de la gorda sirena tecnocrática, rellena de hamburguesas McDonald's. Al mismo tiempo, y sin necesidad de afirmarse, Jorge Luis Borges, más excéntrico y escéptico, se comía al mundo sin bandera.
Creían entonces que era posible conducir al conjunto de naciones del área hacia la convivencia pacífica, en el marco del renacimiento cultural y el diálogo abierto entre opiniones diversas sobre los rumbos a seguir. Surgidos al calor del auge periodístico, algunos de esos hombres trataban de seguir las huellas de antecesores modernistas como el colombiano José María Vargas Villa y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, los más grandes bestsellers idolatrados de la época y de quienes hoy pocos se acuerdan. Arciniegas tiene del primero, que era espantoso escritor, el gusto por el escándalo, y del segundo una redacción más pulida y llena de color, aunque comparten ambos la ligereza y la imaginación desbordada. Pero aquellos entusiastas años veinte y treinta de entreguerras parecen ahora más lejanos aún que los de la Independencia, pues los cambios sucesivos en la región y el mundo a lo largo del siglo confinaron el ingenuo ideario latinoamericanista o ladinoamericanista, como diría Arciniegas, a un extraño limbo, o cuarentena, que exige revisiones dramáticas por parte de quienes ensayamos y pensamos en este momento.
Ya Bolívar, en sus últimas cartas, entre la amargura del desprecio, expresó con lucidez escalofriante sus dudas sobre la posibilidad de redención del continente, convirtiéndose así en el primer decepcionado y único visionario apocalíptico. Estos buenos hombres íntegros y discretos que eran civilistas, universitarios, funcionarios, diplomáticos, editores, capitalinos de sombrero Stetson, bastón, chaleco, corbata negra y cuello duro, florecieron en la primera mitad del siglo en todo el continente y hoy por hoy nos parecen extraños animales en vías de extinción, porque para el mundo actual no hay hombre más bobo que uno íntegro. Después de muchas décadas de aventura romántica, signada por la angustia de vivir entre la civilización y la barbarie, hombres como éstos constituyeron el primer esfuerzo latinoamericano por pensar desde las universidades sin complejos frente al Viejo Mundo. Eran la contraparte absoluta del poeta maldito francés baudeleriano, imagen tuberculosa que por esas fechas languidecía en las cantinas a lo largo y ancho del continente, y del cacique ignaro que esgrimía su látigo en las plantaciones de banano o henequén. Jóvenes de bombín y cabello engominado, devoraban lo que venía del otro lado del mar sin caer postrados, como sus antecesores modernistas, en ciegas admiraciones de heliotropo, y trataban de poblar las aulas, cada vez más abiertas y modernas, con la búsqueda de una "identidad latinoamericana" que a veces condujo y aún conduce a tristes debates "bizantinos". La mayoría, como el derrotado Vasconcelos, uno de los prosistas más notables del siglo y cuyas Memorias son lectura fundacional para todo latinoamericano­, terminaría vencida, en el exilio, apedreada, pateada, salvo Arciniegas, que siguió fiel a su entusiasmo.

Fue una derrota para ellos, pero por el lado de la creación los mismos años de caos se encargaron de unir el continente a través del delirio de la palabra narrativa, primero con la gran novela telúrica de los campos y las selvas, desde Rómulo Gallegos y Miguel Ángel Asturias hasta Arguedas y Guimaraes Rosa, más tarde con el barroco maravilloso de Alejo Carpentier, Lezama Lima y Severo Sarduy, y al final con el fresco de la pléyade del boom, con autores tan claves como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Juan Rulfo, entre otros. La palabra, que siempre se anticipa a los gobiernos, hizo estallar las fronteras sin necesidad de ejércitos a través de la poesía, la más agresiva trituradora de tradiciones y viejos sentidos. Neruda, Huidobro y Pablo de Rokha, César Vallejo, César Moro, Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Enrique Molina, Álvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Octavio Paz y Gonzalo Rojas, entre otros, se encargaron de dinamitar esas paredes y dejaron a los políticos con sus discursos ajados.
A través de los libros de Arciniegas, muchos entraron al mundo ficticio del pasado continental lleno de Coatlicues y príncipes de taparrabos y plumas, virreyes de peluca y zapatillas, bucaneros tuertos y con pie de palo, reyes lejanos, mercaderes, esclavos negros y bellas cortesanas, inquisidores, fantasmas, vírgenes, monjes y libertadores, en lo que constituía el catálogo barroco de los abalorios históricos del continente a lo largo de 500 años de colisión con el Viejo Mundo. Él supo captar con sus relatos la atención de varias generaciones de estudiantes y autodidactas de los tiempos de antes de la televisión, convirtiéndose en documentalista de las tragedias y hazañas de los héroes. Con él, los adolescentes descubrieron las maravillas de El Dorado, siguieron las gestas de Tupac Amaru y Los Comuneros, conocieron a fray Servando Teresa de Mier, a Bolívar, Flora Tristán y José Martí, y siguieron las proezas de película de los bucaneros del Caribe. Los más mórbidos supieron de la chiflada Gabriela Mistral en su delirio errante, o del maldito Porfirio Barba Jacob, cuyos huesos desenterró en México hace 50 años y llevó a Colombia en un avión, acompañado por Carlos Pellicer y León de Greiff.
Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental. Cosa extraña de la historia, tanto él como esa generación de discretos intelectuales civilistas que trabajaban en la primera mitad del siglo para sus gobiernos y peregrinaban cada año a París, en ese entonces capital cultural latinoamericana, fueron arrasados por el renacimiento de un neotelurismo literario que desplazó el interés por esa reflexión liberal. Tanto la religión marxista leninista como el neoconservadurismo nutrido de falange española y nazismo mandaron a estos hombres a un desván de sospecha: eran demasiado burgueses para los comunistas, y algo comunistoides y diabólicos para los conservadores. Tras la Revolución cubana y la gran histeria latinoamericanista subsiguiente, su discurso recibió el tiro de gracia, dejó de tener el arrastre de antes y los lectores se volcaron, según el gusto, ya sea en brazos del "realismo mágico" o de los catecismos de la guerra fría. Arciniegas, y otros intelectuales pasados de moda, vivieron décadas de ostracismo hasta que ahora, por fin, las nuevas generaciones de ensayistas tratan de restablecer un puente con ellos, para volver a "pensar" con calma y civilismo, y no con las llamas y la atractiva exuberancia ideológica de las últimas décadas. Esos liberales de entonces, como Sanín Cano, Reyes, Henríquez Ureña, Picón Salas, Sánchez o Uslar Pietri, se verían incómodos en esta lucha fratricida de fin de siglo entre la intelligentsia del libre mercado pro neoliberal, nostálgica de la guerra fría, y los "idiotas" que no están de acuerdo con ellos, tal y como los define un reciente libro titulado Manual del perfecto idiota latinoamericano (1) , cuya contraparte, también absurda, bien podría titularse Manual del perfecto hideputa latinoamericano. ¿No es preferible entonces el discurrir de ese liberal generoso, poco dado a las descalificaciones y a veces pleno de humor y alegría, al discurso encendido, maniqueo, egoísta, lleno de odios y anatemas de quienes mandan al ostracismo a los que no piensan como ellos?
Es posible que la obra de Arciniegas haya sacrificado el rigor en aras de la difusión, alejado la prueba documental en vez de cotejar archivos, y dado voz especial a la anécdota para sentarse en los laureles de la amenidad periodística, pero es innegable que sus libros y miles de artículos encendieron y animaron a muchos. Así lo reconoció el joven Gabriel García Márquez en su columna del Heraldo de Barranquilla, en 1952, al decir que sólo un escritor como él, "que lo acostumbra a uno a tratar con familiaridad a los personajes más inaccesibles y remotos, podía ponernos en camino de hacer las paces con los viejos intrépidos bandoleros del mar". Es obvio que en la actualidad se cuenta en la región con una disciplina histórica y crítica más rigurosa, y que los episodios de nuestro santoral patriótico, literario y político, se revisan con mayor lucidez y exactitud, pero también es cierto que este viejo patriarca cometió un pecado maravilloso que bien puede perdonársele: lo devoró la ficción y la imaginación desbordada, tal vez el deseo secreto de unas novelas que no pudo escribir.
Este prosista y sus afines polígrafos, que nadaron entre el ensayo, la ficción y el discurso, pueden contribuir en estos momentos a una revisión más amable de las discrepancias continentales, cuando grados indecibles de pobreza, enfermedad y analfabetismo vuelven a la región ante la mirada egoísta e indiferente de la mayoría de sus castas intelectuales, hipnotizadas por el progreso y el camino hacia la quimera del Primer Mundo. El discurso de Arciniegas en todo momento estuvo marcado por la búsqueda de la democracia y la tolerancia, una "defensa constante de los valores democráticos, una prédica que puede resultar monótona si la miramos en la larga duración de sus 70 años de escritor público", según nos dice Juan Gustavo Cobo Borda en el prólogo de la reciente recopilación de sus principales páginas bajo el título de América Ladina (FCE, México, 1993). En sus mejores libros, América, tierra firme (1937), Los comuneros (1938), Este pueblo de América (1945), Biografía del Caribe (1945), Entre la libertad y el miedo (1952), Amérigo y el Nuevo Mundo (1955), El mundo de la bella Simonetta (1962), El continente de los siete colores (1965) y América Mágica (1959), Arciniegas reivindica el derecho de los millones de aventureros pobres que, según él, poblaron América a través de los siglos, y predica la solidificación de esa mezcla de razas en busca de una nueva tierra. Y aunque la realidad lo contradice a veces, exalta la vocación democrática de la región frente a los horrores coloniales del Viejo Mundo, y protesta a los 90 años de edad ante el gobierno colombiano porque éste aceptó que la celebración de los 500 años se hiciera con un emblema adornado por la Corona española. Sus textos son un homenaje a los hombres humildes, a los labriegos, a las mujeres que abrieron con sudor los nuevos surcos, y una diatriba permanente contra los poderosos y los tiranos, llámense Juan Vicente Gómez o Fidel Castro.
No deja por supuesto de ser difícil una lectura en este fin de siglo de muchos de sus textos de ocasión, pero el mérito mayor de Arciniegas es que no se dejó devorar por ellos y emprendió obras más ambiciosas, para romper con la tradición devoradora del diarismo. El periodismo y la política fueron y son los cementerios más terribles del talento latinoamericano, pero Arciniegas, que fue ministro y diplomático, logró sacarle el cuerpo a ambos con esa alegre irreverencia que aún hoy no cesa, la alegría del "estudiante" eterno que reivindicó en su primer libro famoso.
Al lado del venezolano Uslar Pietri y otros muchos moderados, Arciniegas nos incita a pensar y a escribir sobre los rumbos de este ámbito hispanoamericano, a escrutar sus mitos y mentiras, sus fanfarronadas y cursilerías, sus tragedias y hazañas, porque sólo así se pueden conjurar los fantasmas del silencio y la intolerancia. Su preocupación por las injusticias de los viejos y los nuevos tiranos nos indica además que, por desgracia, la historia no concluye y se avecina para el continente un siglo aún más oscuro que éste. Los héroes y ejércitos rebeldes de hace siglos, que parecían caducos y que en sus obras figuraban como muñecos de guiñol o soldados de plomo, vuelven a surgir de las ruinas de una modernidad cuyos tiranos no tienen ya charreteras sino corbatas y en vez de carrozas, autos blindados.
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(1) Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, Manual del perfecto idiota latinoamericano, Plaza & Janés, México, 1996.

sábado, 22 de octubre de 2016

MEDIO SIGLO LEYENDO A COBO BORDA

Por Eduardo García Aguilar
La Universidad Central otorgó el doctorado honoris causa al poeta y ensayista colombiano Juan Gustavo Cobo Borda (1948), que se añade a su participación como "decano" de las VIII Jornadas Universitarias de poesía Ciudad de Bogotá, actos recientes muy merecidos, ya que el autor bogotano ha ejercido durante más de medio siglo una inagotable tarea como poeta, lector y divulgador, alerta a las tendencias literarias de varias generaciones de autores colombianos y latinoamericanos y dispuesto en su obra poética a demoler viejas retóricas decímonónicas o modernistas rezagadas, llenas de polilla, que se impusieron y perviven en la poesía local, impidiéndole a ésta volar como sí ha ocurrido con las poesías chilena, peruana, nicaragüense y mexicana.
En México o en Argentina el reconocimiento y consagración de un autor del rango literario de Cobo Borda hubiera sido contundente y ocurrido desde hace mucho tiempo, pero en Colombia Cobo Borda ha sido una figura incómoda porque se ha negado con su generosidad a posicionarse en la pompa y el arribismo literarios tan en boga en un país donde con frecuencia, y por fortuna no siempre, la literatura parece una carrera de caballos donde los equinos hacen todo lo posible para ponerse zancadillas, ningunearse o vivir en la inquina, los odios larvados y los rencores de la soledad. No ha sido el caso de Cobo Borda, quien desde el principio ha dedicado tiempo para leer y comentar a los viejos autores olvidados que murieron pobres, a los contemporáneos de su generación y a los nuevos, a quienes ha mencionado e impulsado con entusiasmo incluso sin conocerlos personalmente.
En una reciente entrevista con motivo del honoris causa de la Universidad Central, Cobo Borda dijo que desde temprano sus mejores amigos fueron los viejos Nicolás Gómez Dávila, Alvaro Mutis, Ernesto Volkening, Hernando Valencia Goelkel, entre otros de la generación de Mito con quienes compartía en la librería Buchholz y la extraordinaria revista Eco, de la que fue jefe de redacción durante mucho tiempo. Al lado de Nicolás Suescún y Ricardo Cano Gaviria, entre otros, Cobo Boda mantuvo a través de la revista colombo-alemana la llama viva de los vasos comunicantes con las culturas del mundo y del continente, en tiempos caracterizados por el sectarismo ideológico de las izquierdas obnubiladas por el libro Rojo de Mao Tse Tung o los catecismos del marxismo-leninismo.
Me acuerdo muy bien cuando adolescentes asistíamos a un airado debate donde los maoístas protestaban contra Mario Vargas Llosa y Cobo Borda, en el Festival Internacional de Teatro de Manizales, quienes tuvieron que salir protegidos del lugar ante los abucheos de los militantes fanáticos. Siempre Cobo Borda ha tomado con humor e ironía todos esos ajetreos de aquella época histórica que significó en Colombia un corte con el pensamiento abierto y liberal de las revistas Mito y Eco, para dar paso a una larguísima hegemonía de un pensamiento sectario lleno de anatemas y excomuniones. Por eso ha sido un autor incómodo, por bogotano, por burgués, por su sentido de la ironía, por tener un pensamiento liberal en el mejor sentido de la palabra liberal, abierto y tolerante, y por su escepticismo frente a las utopías armadas del momento.
Pero más allá de esos avatares locales de la política colombiana y latinoamericana en tiempos de Revolución, caos, guerrilleros heróicos y mártires, debe destacarse el magisterio intelectual ejercido por Cobo Borda, cuya obra ensayística dispersa en revistas, suplementos literarios y múltiples colecciones reunidas en libros publicados por editoriales marginales, ha sido una cátedra permanente que nos abre las ventanas a la poesía moderna peruana, chilena, argentina, mexicana y nicaragüense y a las obras de muchos autores del continente ocultados por la deflagración del boom. Gracias a él hemos podido acercarnos a esos autores secretos y olvidados o releer a los clásicos latinoamericanos del modernismo, de las literaturas de entreguerras o de las épocas posteriores que revisó y analizó desde la feliz atalaya de la Buchholz.
Cobo Borda es en el estricto sentido de la palabra nuestro mayor polígrafo y como Alfonso Reyes, Borges o Paz no cambió de rumbo para dedicarse al espejismo de la novela en busca del éxito o la fama efímeros. Su consigna ha sido siempre la "alegría de leer" y preferirá siempre el título de lector antes que todo. Polígrafo que ejerce una poesía moderna como la de su generación desencantada y vive entre libros en su taller de palabras, dispuesto a explorar las escrituras secretas y difundirlas, tal y como su congénere José Emilio Pacheco hizo en México con su famosa columna-cátedra Inventario, publicada en varios medios, entre ellos la revista Proceso y el diario La Jornada. También ha tenido una relación secreta y pública con las artes plásticas y muchos de sus textos se refieren a esa pasión por la mirada.
La lista de sus libros es extensa, desde sus primeros volúmenes Consejos para sobrevivir, La alegría de leer, Salón de té, La tradición de la pobreza, Ofrenda en el altar del bolero, Roncando al sol como una foca en las Galápagos y muchos más, hasta su consagratoria Poesía reunida, publicada por Tusquets, Barcelona, en 2012. Ahora cuando ya se acerca a sus 70 y sigue siendo el joven alto y precoz que compartía con los viejos maestros, hay que volver a leerlo, reir con él, alegrarse con su alegría de leer, descubrir a autores y libros desconocidos u olvidados, reconstruir el andamiaje caótico de las letras colombianas, revisar movimientos y desastres. Nuestro mayor polígrafo Cobo Borda está ahí para guiarnos en los laberintos de su interminable biblioteca e invitarnos a no dejar nunca la pasión de leer, reir, criticar y decir lo que pensamos contra viento y marea. 
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de octubre de 2016.


domingo, 16 de octubre de 2016

SIGNIFICADOS DEL NOBEL A BOB DYLAN

   
Por Eduardo García Aguilar
Esta semana fue otorgado el premio Nobel de literatura 2016 al juglar estadounidense Bob Dylan, uno de los mitos más solidos de la contracultura estadounidene y mundial de los años 60 y 70, al lado de figuras como Angela Davis, Janis Joplin, Joan Baez, Bob Marley, Jimmy Hendrix, Carlos Santana y tantos otros que ilusionaron a la juventud rebelde de aquellos tiempos.
Ahora al revisar las canciones de Dylan recuerdo con nostalgia cuando tenía veinte años, era estudiante en París y amanecía en las noches de invierno al lado de la novia del momento escuchando todas esas melodías que se repetían una tras otra sucesivamente, como “Mister Tambourine man” , en cassetes de viejas grabadoras, acompañadas de otras canciones de Cat Stevens y varios cantautores hispanos o europeos como Georges Brassens, Leo Ferré,  Jacques Brel, Joan Manoel Serrat, Luis Llach, Mercedes Sosa, Pïero, Atahualapa Yupanqui, Violeta Parra y muchísimos mas.
Sin duda el premio Nobel de literatura 2016 es un homenaje a varias de esas generaciones nacidas entre los 40 y 50, que vivieron ese mundo alternativo de protesta contra la guerra de Vietnam y los abusos del imperio y abogaban por la libertad sexual y de la mujer, el fin del racismo de todos los colores y soñaban con un mundo mejor que no fuera dominado por la codicia del dinero y la sociedad de consumo.
Esas generaciones se rebelaron contra los formalismos de padres y abuelos de antes de la Segunda Guerra Mundial, ataviados con ellos con traje y corbata y con el pelo corto y el sombrero Stetson, y se dejaron la barba y el pelo largo, se vistieron estrafalariamente o se desnudaron en conciertos o en lagos nudistas, haciendo sin cesar el amor, fumando marihuana y experimentando el LSD y otros excitantes en boga entonces.
Bob Dylan era una muchacho flaco, escuálido se diría, que escribía canciones de protesta y las interpretaba con una guitarra y una armónica, como lo hicieron los juglares medievales o François Villon y Clément Marot. Una de sus novias principales en aquel tiempo era la mítica y mestiza Joan Baez, que era incluso más famosa que él en ese momento y cuyas canciones antibélicas y antirracistas eran cantadas con pasión por su admiradores. En plena guerra fría los rusos no se quedaban atrás con Eugeni Yevtusheko y otros poetas que solían recitar sus poemas en medio de su excentricidad e histrionismo.
Antes de Dylan ya había existido esa maravillosa generación de los Beatniks, compuesta por poetas que como Lawrence Ferlinguetti y Alan Ginsberg y otros cuyos libros de poemas se vendían por millones y eran leídos por los hippies de aquel tiempo. Sin duda Dylan pensará en esos Beatniks de donde él sale y rendirá en su momento tal vez homenaje  a esos maestros excéntricos, viajeros, estrafalarios y locos.
En América Latina también había muchos poetas de protesta, entre ellos el padre Ernesto Cardenal, nicaragüense que ha sonado para el Nobel y cuyos poemas eran recitados en manifestaciones y aprendidos de memoria por los rebeldes de aquel tiempo. En Colombia estaban de moda los nadaístas de Gonzalo Arango y así sucesivamente en cada país había generaciones de poetas comprometidos con ese nuevo mundo y muchos de ellos, como el brasilero Vinicius de Moraes, cataban sus poemas y los tocaban acompañados de la guitarra, como la famosa melodía “La chica de Ipanema”.
Aquellas generaciones pasaron rápidamente de moda en los años 80 y 90, arrastradas por una ola de neoconservadurismo mundial que impuso con Richard Nixon, Ronald Reagan y Margaret Thatcher otros criterios e ideologías dominantes que surgían mientras se acercaba el fin de la Unión Soviética y de la Guerra Fría.
La sencillez desinteresada de los hippies y sus comunas se trocaron por el culto a los corredores de bolsa de Wall Street y la City londinenese, a los jóvenes empresarios bien trajeados y con pelo corto y la ideología dominante fue el dinero, el arribismo, el liberalismo económico, los autos de lujo, el culto al trabajo y a la empresa, mientras crecía el auge mundial de las fanáticas sectas protestantes y la cientología.
Los que conocimos adolescentes aquella época fenomenal debimos transmutarnos: cortarse el pelo y la barba, evitar ciertas prendas, comportarse muy bien y aceptar con resignación las nuevas leyes del neoconservadurismo que se impuso entonces y llegó a su auge cuando apareció el Sida como una enfermedad, un castigo divino para quienes creyeron en el sexo desbordado y libre.
Hubo por supuesto otras contraculturas entonces como el punk y cantantes locos y psicodélicos como David Bowie, pero lo cierto es que en los 90 se dio por terminada para siempre esa era de revolucion cultural en el cine, la canción, la literatura y otras expresiones culturales. Todos esos músicos, incluso Dylan y los cantantes de protesa latinoamericanos pasaron de moda y muchos de quienes los admiraban se avergonzaban de ellos.
Los poetas de protesta como Cardenal pasaron de moda y todo eso pareció enterrado para siempre. Janis Joplin, Joan Baez, Pathi Smith, Marianne Faithfull y otras heroínas terminaron siendo gustos para los anacrónicos abuelitos perdidos en los primeros lustros del siglo XXI. Los hippies envejecieron mal y empezaron a caer en las tumbas, pobres y fracasados y escritores de las nuevas generaciones como el francés Michel Houellebecq en su exitosa novela Las particulas elementales mataron simbólicamente  a sus odiados padres hippies y demolieron a esa generación que, segun ellos, frustro a sus hijos al meterlos en esa vida desordenada y caótica del Peace and Love.
Tal vez en todo eso pensaron los académicos suecos al debatir sobre a qué autor estadounidense premiar despues de tanto tiempo de ignorarlos,  ya que la última galardonada de ese país fue la novelista negra Toni Morrison.
Los suecos optaron por el icono de la canción protesta gringa, el de las buenas causas y las buenas intenciones, un anti star system, juglar de la vida común y corriente, heraldo de los nuevos tiempos de la contracultura de los años 60. En ese sentido, el premio Nobel de literatura 2016 es un acto político en una época que vive el auge de neoconservadurismos, neofascismos y movimentos racistas o religiosos fanáticos con ansias de poder e intolerancia, en un mundo de guerras y caos que no sabe muy bien para donde va.      
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de octubre de 2016.

domingo, 9 de octubre de 2016

MITTERRAND, EL PRESIDENTE ENAMORADO

@Anne Pingeot
Por Eduardo García Aguilar

La prestigiosa editorial Gallimard publica esta semana dos libros relacionados con la parte amatoria del fallecido presidente François Mitterrand, el último de los mandatarios franceses de rango histórico por su cultura, inteligencia y vasta experiencia a lo largo de los dramas bélicos y políticos del siglo XX. Uno de ellos es el diario ilustrado de los primeros años de amor con la joven Anne Pingeot y el otro, un enorme volumen de mil páginas con las cartas de amor que le dirigió e ella a lo largo de tres décadas.
Mitterrand, cuyo centenario se celebra este 2016,  fue uno de esos personaje excpcionales de la estirpe de las grandes figuras que, como Talleyrand o Chateaubriand, entre otros, a sus capacidadaes maquiavélicas añadían una gran cultura insaciable y un talento oratorio sin par. Individuos tocados por un aura romántica a cuyo alrededor se arremolinaba una numerosa corte admirativa y temerosa de áulicos.
Originario de la burguesía católica de provincia, Mitterrand se destacó desde muy joven y desempeñó cargos como funcionario y ministro de la Cuarta república e incluso en los primeros tiempos del gobierno de Vichy, por lo que contó entre sus polémicas amistades algunos figurones de la colaboración con los nazis, de los que siempre fue fiel amigo, como René Bousquet.
Socialista moderado, fue uno de los políticos que hizo férrea oposición al gran Charles de Gaulle, la otra gran figura de la época, quien a sus dotes militares y oratorias, agregaba a su vez una gran cultura y un talento escritural que se puede observar en los volúmenes de sus memorias y en los discursos improvisados.
Al altísimo De Gaulle, que medía más de dos metros, ese héroe que salvó el honor de Francia durante la ocupación alemana, replegándose en el activo exilio de Londres, Mitterrand se enfrentó en las elecciones presidenciales de 1965, antes de las jornadas de mayo de 1968 y a la posterior renuncia del coloso, derrotado en un plebiscito que convocó en 1969.
Emprende entonces Mitterrand la difícil tarea de unir a las izquierdas con la mira estratégica de reducir la influencia del Partido Comunista, un monstruo enorme que contaba con la cuarta parte de los electores, y al que finalmente convenció de participar en el famoso Programa Comun que lo llevaría sorpresivamente al poder en 1981.
Pero a lo largo de esa décadda decisiva Mitterrand vivía momentos personales de excepcional agitación pues se había enamorado de una bella muchacha de 19 años, 27 menos que él, a la que le escribía cartas encendidas en una prosa clásica y ágil y a la que se refería en un diario donde pegaba boletos de cine, recortes de prensa, mapas, servilletas, tarjetas de hoteles y todo tipo de imágenes suscitadas por ese amor loco y adúltero que debía ocultar al país.
El político estaba casado con la que más tarde sería la famosa Primera dama Danielle Mitterrand, conocida por su ideas extremo izquierdistas y su solidaridad con todas las causas progresistas del mundo, en especial latinoamericanas. Era padre de dos jóvenes varones y en todos los actos públicos figuraba al lado de su esposa, mujer bella e inteligente que desempeñaba de manera impecable las tareas de futura Primera dama, a sabiendas que su esposo ya vivía con otra e incluso tenía una hija con ella.
Las revistas y los diaros traen esta semana extractos del diario y la correspondencia, acompañados de comentarios críticos que elogian la bella prosa del enamorado y vanidoso galán. Asimismo aparecen fotos tomadas por la bella a su ídolo o imágenes de la pareja en lugares históricos como la Acrópolis de Atenas, donde la joven amada aparece ataviada con la mayor elegancia y el glamour parisino de aquellos años de esplendor económico conocidos como los “treinta gloriosos”.
En plena conquista del partido y del país y en su carrera hacia la presidencia de la República nace en 1974 la hija de ese amor, Mazarine, que permaneció oculta hasta poco antes de que terminara su segundo mandato y abandonara el poder tras 14 años de ejercicio. En todos esos años de la primera magistratura, Mitterrand tuvo dos apartamentos, el de la rue de Bièvre que compartía con su esposa oficial y otro de función en las orillas del Sena, donde vivía con Anne y Mazarine. Asimismo tenía la famosa casa de campo de Latche, donde solía pasar temporadas con la primera dama, su familia oficial y allegados y otra donde vivía con su segunda familia y recibía a sus más intimos amigos, guardadores leales del secreto de Estado.
Mitterrand hizo todo lo posible por mantener la historia oculta, presionando y persiguiendo incluso a díscolos periodistas o enemigos que deseaban levantar el secreto. Y al final, cuando Paris Match publicó en portada la foto del anciano enfermo junto a su jovencísima hija, se conoció la realidad para regocijo de la población de este país, que es en fin de cuentas una monarquía republicana.
Mitterrand no solo ocultó su segunda familia sino también el cáncer de próstata que lo aniquilaba poco a poco en el Palacio del Elíseo y al final su muerte cerró un ciclo vital y político que él manipuló y escribió con su talento maquiavélico. Hoy por hoy enemigos y amigos, todos por igual, reconocen la grandeza de este gran presidente y añoran las épocas en que el país era gobernado por políticos de una talla desaparecida en estos tiempos de superficialidad, frivolidad y rapidez mediática.
Anne Pingeot, mujer secreta que huyó de las primeras planas y solo se le vio en el sepelio de su amado, a donde acudieron las dos familias, es una gran curadora y experta en arquitectura decimonónica, en especial la del segundo Imperio de Luis Napoleón Bonaparte, y a ella se le atribuyen varias de las decisiones culturales del mandatario constructor, como la famosa pirámide de Pei en el Louvre.
Su bella hija Mazarine, muy parecida a su progenitor, es una brillante y elocuente filósofa y escritora que a sus cuarenta años consta con una vasta obra novelística y ensayística, o sea que heredó de su padre el lado ilustrado, el amor por los libros y la cultura. El viejo zorro enamorado siempre agradeció a su amada Anne, el maravilloso regalo de haberle dado una hija de la que se sintió orgulloso hasta el último suspiro.       
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de octubre de 2016.



sábado, 1 de octubre de 2016

EL FIN DE LOS HÉROES

Por Eduardo García Aguilar
Todos esperamos que, como desea el papa Francisco desde el Vaticano, el acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC quede blindado este domingo y se pase ya directamente a implemetar la agenda para que el país inicie otra era histórica con nuevos protagonistas y discursos contemporáneos, flexibles y modernos, ágiles, inteligentes, recursivos, que dejen atrás las manías de los histéricos caudillos nuestros que, espero, yacerán ahora sí para siempre en el desván de los zapatos viejos.
Hay que estar muy loco para negar legitimidad a un acuerdo de paz avalado tras un largo proceso de negociación por el Vaticano, las Naciones Unidas, Estados Unidos, La Unión Europea, los países garantes, entre ellos la experimentada Noruega, a los que se agregan la comunidad internacional en pleno, las diversas instituciones internacionales de derechos humanos, la misma Corte Penal Internacional y los analistas y expertos de los principales medios internacionales, que como The Economist, The Guardian, Le Monde, The New York Times, la prensa alemana, italiana, española, asiática, africana y las demás, han dedicado sus primeros titulares al crucial acontecimiento. 
Tuve la fortuna de cubrir hace mucho tiempo las negociaciones de paz de El Salvador y Guatemala en México y celebrar cuando lo que parecía increíble se realizaba: se daban la mano militares y guerrilleros, se abrazaban líderes políticos de derecha e ideólogos marxistas-leninistas que dejaban para siempre las armas, las víctimas y los victimarios reconocían la necesidad de pasar al fin a otra cosa, avalados por Naciones Unidas y el mediador gobierno mexicano, que entonces tenía mayor influencia y protagonismo geopolítico que hoy. En los lobbys de los hoteles día a día presencié como se construía un acuerdo de paz.
Antes había cubierto como periodista parte de esa guerra y visto en el terreno el atroz Playón de la muerte cerca de San Salvador, donde centenares, tal vez miles de cadáveres putrefactos de guerrilleros y militares eran lanzados por volquetadas sobre los restos calcinados de la lava volcánica a la codicicia de gallinazos y perros hambrientos. Vomité en el Hotel Camino Real donde estaban los corresponsables extranjeros y durante varios días tuve náuseas luego de ver tan apocalíptica escena, en ese lugar a donde me mandó un sacerdote jesuita de la universidad local para que conociera de lo que se trataba esa guerra.
En Guatemala sentí la tensión y en Tegucigalpa y en la frontera con Honduras y Nicaragua capté los ecos de la guerra entre contras patrocinados por las fuerzas del imperio y los revolucionarios sandinistas. Y en esas largas jornadas locas, cuando los corresponsales corren peligro, ni siquiera pensé en la posibilidad de que algún día hubiera negociaciones exitosas de ese tipo en Colombia. Pero al fin lo imposible sucedió y estamos a punto de pasar a otra era, donde enfrentaremos sin duda otros conflictos, pero ya no serán los mismos ni con las mismas figuras.    
Las distintas ceremonias de perdón realizadas en las últimas semanas en lugares donde sucedieron hechos terribles cometidos por la guerrilla, los signos de la devolución de tierras y propiedades acumulados en la guerra en marcos legales y minitoreados por instancias responsables, los avances hacia el desminado y la concentración de guerrilleros y milicianos tal y como está planeado en el pacto, la próxima dejación de armas, son indicios de que lo que parecía imposible es realizable.
No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, dice un refrán milenario que, con la sabiduría que otorga la experiencia y el dolor, muestra que todos los conflictos de la historia terminaron algún día y fueron reemplazados después por lapsos de relativa estabilidad gozados por generaciones nuevas, antes de que ellas mismas se maleen o se degeneren. Todos los países y civilizaciones de la humanidad han vivido auges y caídas y desaparecido dejando sus huellas para el trabajo futuro de arqueólogos, antropólogos, historiadores y cronistas. 
La historia de la humanidad ha sido siempre una incesante y cruel guerra por obtener y dominar territorios y riquezas y los líderes o jefes de guerra de esas luchas se las arreglaron siempre para justificar las acciones bélicas con pretextos nacionalistas, ideológicos, políticos, religiosos o de cualquier otra índole. Alguna vez cayeron Nínive y Babilonia, se derrumbaron los persas, se extinguieron los faraones, terminaron los imperios de Darío, Alejandro Magno, Sulaimán y Hitler. Grandes dinastías asiáticas vivieron largos periodos de hegemonía y prosperidad antes de perderse en el polvo del tiempo. El terrible Atila alguna vez se extinguió entre la humareda de sus delirios.   
Como prueba de la locura humana por el poder recordemos los 8000 guerreros de terracota de Xian, en China, enterrados hace dos milenios por el emperador Qin Shi Huang, poderoso que quiso vencer a la muerte por medio de ese acto de megalomanía bélica. Igual hicieron los faraones con sus gigantescas pirámides y para no ir muy lejos, los grandes reyes de las civilizaciones prehispánicas mayas, olmecas, toltecas, aztecas, incas, quienes soñaron con desafiar la eternidad a través de hermosas prámides y templos sacrificiales como los de Teotihuacán, Montealbán, Palenque, Chichen Itzá y Machu Pichu.     
Los que hemos vivido este medio siglo tanto en Colombia como en el exterior escuchando las noticias incesantes del conflicto, habíamos perdido toda esperanza: a un lado gobiernos y gamonales sucesivos incapaces de avanzar hacia la negociación y al otro un grupo armado que hasta hace poco manejaba un discurso arcaico que correspondía a un pasado remoto de guerras frías y conflictos creados por el sueño romántico de imponer utopías por medio de las armas y la violencia.
Ya no morirán más guerrilleros ni soldados en la trifulca. La sangre por un momento dejará de manchar la tierra fértil. Pero tendremos que lidiar con los fanáticos caudillos de la Violencia que seguirán incansables en su monomanía abogando por la guerra y la muerte, pero que no mandarán jamás a sus hijos a hacerla. Esa será la lucha de quienes estamos del lado de la tolerancia: desarmar con argumentos el odio de quienes lloran inconsolables el fin de una guerra que iniciaron y alimentan. Y para argumentar es necesario mirar lo que ocurrió en Colombia con la perspectiva de lo vivido por la humanidad desde hace milenos. La óptica histórica es el oxígeno de la lucidez.