sábado, 22 de octubre de 2016

MEDIO SIGLO LEYENDO A COBO BORDA

Por Eduardo García Aguilar
La Universidad Central otorgó el doctorado honoris causa al poeta y ensayista colombiano Juan Gustavo Cobo Borda (1948), que se añade a su participación como "decano" de las VIII Jornadas Universitarias de poesía Ciudad de Bogotá, actos recientes muy merecidos, ya que el autor bogotano ha ejercido durante más de medio siglo una inagotable tarea como poeta, lector y divulgador, alerta a las tendencias literarias de varias generaciones de autores colombianos y latinoamericanos y dispuesto en su obra poética a demoler viejas retóricas decímonónicas o modernistas rezagadas, llenas de polilla, que se impusieron y perviven en la poesía local, impidiéndole a ésta volar como sí ha ocurrido con las poesías chilena, peruana, nicaragüense y mexicana.
En México o en Argentina el reconocimiento y consagración de un autor del rango literario de Cobo Borda hubiera sido contundente y ocurrido desde hace mucho tiempo, pero en Colombia Cobo Borda ha sido una figura incómoda porque se ha negado con su generosidad a posicionarse en la pompa y el arribismo literarios tan en boga en un país donde con frecuencia, y por fortuna no siempre, la literatura parece una carrera de caballos donde los equinos hacen todo lo posible para ponerse zancadillas, ningunearse o vivir en la inquina, los odios larvados y los rencores de la soledad. No ha sido el caso de Cobo Borda, quien desde el principio ha dedicado tiempo para leer y comentar a los viejos autores olvidados que murieron pobres, a los contemporáneos de su generación y a los nuevos, a quienes ha mencionado e impulsado con entusiasmo incluso sin conocerlos personalmente.
En una reciente entrevista con motivo del honoris causa de la Universidad Central, Cobo Borda dijo que desde temprano sus mejores amigos fueron los viejos Nicolás Gómez Dávila, Alvaro Mutis, Ernesto Volkening, Hernando Valencia Goelkel, entre otros de la generación de Mito con quienes compartía en la librería Buchholz y la extraordinaria revista Eco, de la que fue jefe de redacción durante mucho tiempo. Al lado de Nicolás Suescún y Ricardo Cano Gaviria, entre otros, Cobo Boda mantuvo a través de la revista colombo-alemana la llama viva de los vasos comunicantes con las culturas del mundo y del continente, en tiempos caracterizados por el sectarismo ideológico de las izquierdas obnubiladas por el libro Rojo de Mao Tse Tung o los catecismos del marxismo-leninismo.
Me acuerdo muy bien cuando adolescentes asistíamos a un airado debate donde los maoístas protestaban contra Mario Vargas Llosa y Cobo Borda, en el Festival Internacional de Teatro de Manizales, quienes tuvieron que salir protegidos del lugar ante los abucheos de los militantes fanáticos. Siempre Cobo Borda ha tomado con humor e ironía todos esos ajetreos de aquella época histórica que significó en Colombia un corte con el pensamiento abierto y liberal de las revistas Mito y Eco, para dar paso a una larguísima hegemonía de un pensamiento sectario lleno de anatemas y excomuniones. Por eso ha sido un autor incómodo, por bogotano, por burgués, por su sentido de la ironía, por tener un pensamiento liberal en el mejor sentido de la palabra liberal, abierto y tolerante, y por su escepticismo frente a las utopías armadas del momento.
Pero más allá de esos avatares locales de la política colombiana y latinoamericana en tiempos de Revolución, caos, guerrilleros heróicos y mártires, debe destacarse el magisterio intelectual ejercido por Cobo Borda, cuya obra ensayística dispersa en revistas, suplementos literarios y múltiples colecciones reunidas en libros publicados por editoriales marginales, ha sido una cátedra permanente que nos abre las ventanas a la poesía moderna peruana, chilena, argentina, mexicana y nicaragüense y a las obras de muchos autores del continente ocultados por la deflagración del boom. Gracias a él hemos podido acercarnos a esos autores secretos y olvidados o releer a los clásicos latinoamericanos del modernismo, de las literaturas de entreguerras o de las épocas posteriores que revisó y analizó desde la feliz atalaya de la Buchholz.
Cobo Borda es en el estricto sentido de la palabra nuestro mayor polígrafo y como Alfonso Reyes, Borges o Paz no cambió de rumbo para dedicarse al espejismo de la novela en busca del éxito o la fama efímeros. Su consigna ha sido siempre la "alegría de leer" y preferirá siempre el título de lector antes que todo. Polígrafo que ejerce una poesía moderna como la de su generación desencantada y vive entre libros en su taller de palabras, dispuesto a explorar las escrituras secretas y difundirlas, tal y como su congénere José Emilio Pacheco hizo en México con su famosa columna-cátedra Inventario, publicada en varios medios, entre ellos la revista Proceso y el diario La Jornada. También ha tenido una relación secreta y pública con las artes plásticas y muchos de sus textos se refieren a esa pasión por la mirada.
La lista de sus libros es extensa, desde sus primeros volúmenes Consejos para sobrevivir, La alegría de leer, Salón de té, La tradición de la pobreza, Ofrenda en el altar del bolero, Roncando al sol como una foca en las Galápagos y muchos más, hasta su consagratoria Poesía reunida, publicada por Tusquets, Barcelona, en 2012. Ahora cuando ya se acerca a sus 70 y sigue siendo el joven alto y precoz que compartía con los viejos maestros, hay que volver a leerlo, reir con él, alegrarse con su alegría de leer, descubrir a autores y libros desconocidos u olvidados, reconstruir el andamiaje caótico de las letras colombianas, revisar movimientos y desastres. Nuestro mayor polígrafo Cobo Borda está ahí para guiarnos en los laberintos de su interminable biblioteca e invitarnos a no dejar nunca la pasión de leer, reir, criticar y decir lo que pensamos contra viento y marea. 
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de octubre de 2016.


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