lunes, 16 de abril de 2007

CANCIÓN

LA MUSA DE LOS EXISTENCIALISTAS

Por Eduardo García Aguilar

Tiene 80 años y su cuerpo altivo y delgado, bajo la luz circular de los proyectores, se insinúa bajo la tela del largo vestido negro ceñido que lleva desde hace 60 años por los escenarios del mundo. Pero ahora, en este febrero del suave invierno del año 2007, Juliette Greco está en el centro del escenario del Teatro de Chatelet al lado de otra leyenda, el pianista Gerard Jouannest, quien compuso la música para cuarenta canciones de Jacques Brel.
El teatro está a reventar y la electricidad se siente en el ambiente del lugar donde danzaron Nijinski y el ballet ruso en 1909. Cuando se presenta la llamada musa de los existencialistas la gente acude pensando que tal vez será el último concierto del ícono. Se imaginan que de entre bambalinas saldrá una anciana encorvada y temblorosa y por el contrario aparece esbelta, con inconfundible energía y luego caminará erguida hacia el micrófono, toda de negro vestida, mientras el público aplaude a la más grande leyenda viva de la canción francesa. A ese mundo llegó ella incitada por Jean Paul-Sartre, quien le ayudó a escoger las primeras letras de poetas y le consiguió una cita con el pianista Joseph Kosma para que le enseñara a cantar.
Eran los tiempos de la posguerra y El Tabú y La Rosa Roja, entre otras tabernas del barrio latino, se habían convertido en lugares de fama mundial, pues allí los nuevos hedonistas paganos se reunían a delirar luego de la Segunda Guerra Mundial y el genocidio nazi, todavía frescos en su horror mortífero. Las revistas estadounidenses Life y Times y otras publicaciones del mundo saludaban la emergencia de esa generación existencialista francesa que se vestía de negro y hablaba de filosofía entre la humareda nicotínica de los bares. Maurice Merleau-Ponty, Boris Vian, Albert Camus, Simone de Beauvoir y Sartre, al lado de Raymond Queneau, Jean Cocteau, Jean Marais, Marcel Marceau, Jacques Prevert, François Mauriac, Marguerite Duras, se daban cita allí donde circulaba el vino, la poesía y el amor. La filosofía, la poesía y la cultura en general habían conquistado los bares y aunque la explosión mediática falseaba la esencia del movimiento, Sartre aceptó que la Greco fuera considerada por la prensa como la musa y emblema del existencialismo.
En una hoja del 25 de julio de 1950 escribió el autor de El Ser y la Nada que él, compositor y autor lírico, se comprometía a entregarle a Juliette una canción escrita de su puño y letra antes del 10 de agosto de ese año. Los amigos de los bares El Tabú y La Rosa Roja la convencieron de pasar de la actuación a la canción para animar las noches de fiesta en esos lugares convertidos en tremendos éxitos comerciales. La guerra quedó atrás y los jóvenes sobrevivientes de los campos de concentración y de la Resistencia contra el invasor alemán y sus colaboradores volvían a la vida y querían beber y divertirse.
Existir ya era un milagro suficiente. Eran existencialistas. Y con ellos renacieron la literatura, el cine y el teatro, florecieron de nuevo las editoriales confiscadas, así como los diarios y las universidades. La menuda y gótica Juliette Greco sedujo a todo el mundo y pronto fue invitada a hacer cine en algunas producciones de Hollywood, bajo la protección de su amante, el anciano y poderoso productor Darryl Zanuck. María Callas, Orson Welles, Cary Grant, Tyrone Power, Marlon Brando, Trevor Howard, John Huston, Ava Gardner y otras estrellas la admiraron o la desearon. Fue la rompecorazones de la época y rechazó muchas ofertas que la invitaban a trivializarse en la danza millonaria del éxito para seguir fiel a su mito de cantante intelectual, amiga de poetas y filósofos, selectiva en la elección de las letras de sus canciones. Siempre escogió la calidad frente al fácil éxito masivo. Un piano y un acordeón y su voz: con esos tres instrumentos pasó de un siglo al otro. Durante 20 años la acompañó el pianista Henri Patterson, a quien ella rinde homenaje en sus memorias y ahora lo hace el inseparable Jouannest, no menos legendario que ella y a quien el público del Teatro de Chatelet le lanza ramos de rosas.
Esta noche, casi seis décadas después de su salto a la celebridad, la gente aplaude una tras otra las interpretaciones de esta mujer cuyo cuerpo de anciana sexy es arropado por las expertas luces de técnicos especializados que la aman desde hace décadas. A veces para una canción de amor o de pasión sexual la luz roja inunda el escenario, luego para otra sobre la inminencia de la muerte, aparece una luz blanca helada que inunda todo y la deja ver a ella ya casi convertida en la calavera que canta desde el más allá. Para hacer más intenso el contraste, sin duda ha pedido que los reflectores cubran claramente su rostro delgado e insinúen las oquedades sombrías del cráneo y el movimiento ágil de sus alargados dedos esqueléticos, mientras la mano acaricia el traje negro que la cubre. Se suceden las canciones de Leo Ferré, George Brassens, Jacques Brel, Serge Gainsbourg, Jean Cocteau, Charles Aznavour y la del genio popular que compuso la canción anarquista El tiempo de las cerezas, un himno al amor que según ella sólo puede ser revolucionario porque, nos dice, el amor es revolucionario.
Ha terminado el concierto. Todos de pie la aplaudimos una y otra vez y ella sale de nuevo a inclinarse ante respetable que la celebra, hasta que al fin el telón cae. ¿Será la última vez que la vemos? La también llamada en los años cincuenta flor venenosa del barrio Saint Germain o liana negra del desvelo, ha cumplido una vez más al público con su gruesa voz intacta y en el escenario queda la energía de su rebelde carácter y el halo de su sensual elegancia filosófica. Y sólo tiene 80 años, en el filo intermitente del ser y la nada.

lunes, 9 de abril de 2007

AMOR Y LITERATURA

LA AMADA SALVADOREÑA DE SAINT EXUPERY

Por Eduardo García Aguilar

Poco a poco crece el mito de la diva Consuelo Suncín, una pequeña salvadoreña que desde su humilde pueblo natal de El Salvador, en América Central, saltó de amante en amante y de esposo en esposo, hasta ser la tributaria de la obra de Antoine de Saint- Exupéry y la musa que lo llevó a crear El Principito, uno de los libros más famosos del siglo XX.
Según la leyenda, Consuelo salió de su tierra natal, un pueblo llamado Armenia, hacia a México, a donde llegó en los albores del siglo XX en busca de fortuna. Allí, después de unas aventuras poco felices, encantó al entonces Ministro de Educación, el escritor José Vasconcelos, quien dedicó a la mujer páginas inflamadas de sus Memorias, iniciadas con el famoso volumen Ulises Criollo. La mujer quedó plasmada para siempre en esa obra, que es una de las más bellas escritas en el siglo XX por un mexicano, ya que es un himno a su patria, escrito con una prosa llena de efectos, deslumbrante y auténtica como pocas, gracias al talento y la emoción con que describe su tiempo y los paisajes de su extenso y variado país. Cualquier diva quedaría feliz con ser sólo la inspiración de estas páginas memorables, pero ella nos guardaría aún mayores e increíbles sorpresas amorosas.
A lo largo de las páginas de Vasconcelos fluye la pasión secreta que suscitó en él esta diminuta mujer, que en apariencia no tenía gracia muy especial. Enloquecido de deseo por su nueva amada salvadoreña y lleno de culpas atroces por ser infiel a su esposa -una abnegada matrona de la bella tierra de Oaxaca-, la llevó de viaje a París, en un juego de laberintos, pues a su vez traicionaba a otra de sus amantes, la muy intelectual y muy aristocrática Antonieta Rivas Mercado, que despechada por la traición del tribuno, se suicidó lanzándose desde las alturas de la catedral de Notre Dame, en un melodrama de crónica roja que inundó los titulares de los periódicos amarillistas.
Consuelo Suncín voló de los brazos del gran Vasconcelos y llegó a los del escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, considerado como el más exitoso escritor latinoamericano de su tiempo y para muchos el mejor prosista de la generación modernista. Vasconcelos, que era una verdadera leyenda del continente y un frustrado líder mexicano que mucho después moriría marcado por el fraude que le impidió llegar a la Presidencia de su país, recibió el golpe en silencio y sólo pudo exorcizarlo mucho después en las bellas páginas que le dedicó a la mujer, a quien puso el seudónimo de Amparo.
Gómez Carrillo, autor de casi un centenar de libros de crónicas que eran editados en París por la viuda de Ch. Bouret y en Barcelona por Sopena, tuvo tal éxito, que gozó de gran fortuna y su prosa amena y llena de sorpresas, sus páginas de viaje y descripciones de la primera guerra o la vida de la belle-époque europea eran leídos en todo el mundo hispanoamericano. Vargas Vila lo odiaba y lo envidiaba por su éxito y porque a fin de cuentas tuvo mayor penetración en los medios literarios europeos de aquel tiempo, cuando él y Rubén Darío acudían a la mesa etílica del gran Verlaine y vivían con intensidad la vida mundana y cosmopolita de los tiempos de entreguerras, dominados por el art-déco, el surrealismo, el cubismo, las nuevas técnicas de comunicación inalámbrica, el cine y los raudos autos de lujo. Pero pese a su éxito y a estar con la salvadoreña, Gómez Carrillo sucumbió en pleno esplendor de la vida, a los 54 años, cuando a su alrededor cundían los elogios y la admiración de sus contemporáneos. La fortuna del malogrado escritor Gómez Carrillo, el best-seller desbordado de su tiempo de quien pocos se acuerdan hoy, pasó de inmediato a Consuelo Suncín, quien no tuvo más remedio que sufrir luego los avances de otro grande, Gabriel D'Annunzio, el autor de Gog y Magog, y de otros hombres de letras de su tiempo. ¿Qué tenía? ¿Cuál era su misterio? ¿Por qué los escritores morían de amor por ella y le daban todo?
Pronto la conoció Antoine de Saint-Exupery, un piloto de leyenda y escritor aristócrata del sur de Francia, que hizo todo por seducirla, como invitarla a dar una vuelta en avión por las alturas argentinas y decirle que lo dejaba caer si no aceptaba estar con él y darle un beso en el instante. El bonachón Saint-Exupery la amó con locura, pese a la oposición de la familia francesa y se casó con ella, causando reacciones encontradas en la sociedad de su tiempo. Después viene el relato de este amor loco, los celos del autor de Piloto de Guerra y Tierra de Hombres, el exilio en Nueva York durante la guerra, la aparición de El Principito y el misterioso fin en un accidente de su avión en las costas mediterráneas, cerca de Marsella, tragedia en torno a la cual se tejen todo tipo de historias, como por ejemplo que el propio novelista cayó en el mar a propósito, desesperado por los celos.Muerto Saint-Exupéry, la Suncín, ya millonaria, afrancesada y heredera de los derechos y las propiedades del autor francés, pasó los últimos años de ancianidad en París convertida en centro de amistades y admiración, hasta que a su vez se enamoró de su jardinero y chofer, un español simple y joven que tras la muerte de la anciana heredó toda la fortuna del guatemalteco y los derechos editoriales del francés, cosa que jamás perdonaron ni la familia de este último ni los medios intelectuales de Francia.
Hace unos años, en una fiesta en el bulevar Saint-Germain con motivo del centenario de Saint-Exupéry y la aparición de varios libros autorizados por el heredero español, las botellas de champán se quedaban sin abrir en ausencia de invitados. El mundo editorial francés, los diplomáticos y con mayor razón la familia no acudieron al cóctel. El inmenso patio dieciochesco estaba semivacío bajo el sol de mayo. Pero unos cuantos curiosos estábamos allí admirados, hablando con el último amor de la diva, ese español simple que nos decía con afabilidad crepuscular: "!Beban, beban champán, muchachos, que invita Consuelo Suncín!". Cosa que hicimos con alegría; pero era tanto el champán y tan pocos los asistentes, que no pudimos agotar aquellas botellas gigantes que se quedaron allí en ese jardín como prueba de que aún pocos en Francia comprenden la leyenda de esta salvadoreña inolvidable, que de cenicienta pasó a las glorias de la fama.

JUNTO A NOTRE DAME

domingo, 8 de abril de 2007

SOBRE ANIMAL SIN TIEMPO

EDUARDO GARCIA AGUILAR: EL POETA COMO HABITANTE DE NINGUNA PARTE

Por Juan Carlos Acevedo Ramos* - Papel Salmón. La Patria, Manizales, domingo 7 de abril de 2007 .

La poesía de Eduardo García Aguilar es descriptiva y melancólica. Es el reflejo de un exilio vivido desde hace mucho tiempo. Animal sin tiempo está dividido en dos estaciones: la primera Fuego de Amazonas y la segunda lleva el mismo nombre del libro. Búsquedas.
Hablar de Eduardo García Aguilar es hablar del escritor más importante de Manizales de las últimas décadas. Radicado en París, García Aguilar se convierte además en nuestro escritor más internacional. Su obra avanza sin detenerse por los caminos de la narrativa, la crónica, el reportaje y la poesía.
Este escritor, que realizó estudios en la Universidad de Paris VIII-Vincennes en Economía Política, tras abandonar sus estudios de Sociología en la Universidad Nacional de Colombia, goza de un reconocimiento literario que le ha llevado a ver sus novelas, ensayos y reportajes traducidos a varios idiomas, entre ellos el inglés y al francés.

De su inacabable trabajo con las palabras ahora nos hace llegar su último libro de poemas Animal sin tiempo, pero debemos recordar que García Aguilar había publicado anteriormente Llanto de la Espada (1992) un libro lleno de nostalgias, de ciudades recorridas, de memorias revestidas de sueños y de viajes; es decir, un libro donde su vida nómada lo convirtió en un hombre fugitivo de sí mismo y de su historia.

En su nuevo libro Animal sin Tiempo, vuelve a la poesía como a ese lenguaje secreto y subversivo desde donde puede mitigar sus miedos, su rabia, sus soledades, sus ausencias. Un lenguaje simple, lleno de asombro (ante la vida, el hombre y la naturaleza) que atraviesa sus días, los días de un ser dueño de ninguna parte.

La poesía descriptiva y melancólica que hace presencia en estos poemas de García Aguilar, es el reflejo de un exilio vivido desde hace tanto tiempo que las heridas de las noches y del alma ya no pueden cicatrizar. El poema se convierte -entonces- en un de desahogo frente al vacío de las horas, en una especie de recámara donde el ser humano no hace otra cosa que desacralizar su soledad de fantasma o de río. Porque algo es claro, Eduardo García Aguilar, habitante de la Tierra de Nadie, se sabe un hombre solo y la escritura de ficción o poética es su refugio para los días sin sol.
El libro está dividido en dos estaciones, permítanme la imagen para seguir hablando del hombre nómada que es García Aguilar, la primera de ellas es Fuego de Amazonas , una recreación de lugares, viajes y situaciones que le atañen al hombre en sus búsquedas. La segunda es Animal sin Tiempo, que está compuesta por Viajes, una breve selección de poemas donde las ciudades y sus historias construyen los poemas a manera de bitácora, Tiempos no solicitados, poemas donde el caos y horror de estar en el mundo construyen los versos, Máscaras, un pequeño tributo a sus escritores tutelares y Papeles del loco, donde el poema se hace necesario para preguntar por el oficio.
Leamos algunos de éstos poemas.

VOLVER A ESTAR LEJOS
Volver a estar lejos
capas concéntricas de lejanía
lejos de donde estabas lejos
Un mar como foso o muralla
y desde una torre gritar contra la mar
Lejos siempre imperceptible
fantasma de viajero que huye
y huirá hasta el fin
¿Huir de quién? ¿De qué?
¿Quién eres? ¿Un espectro?
¿Una máscara? ¿Una ficción?
Árido como un cactus
resbaloso como un liquen
oculto cual musgo
de donde bebe el eremita
En el último lugar
lejos siempre lejos
lejos de donde estabas lejos
Lejanía concéntrica y laberíntica
Hasta no ser
(París, 1998)
DE TOUR/RETOUR
V
En la calle Belisario Domínguez
Junto a pequeñas editoriales
de tarjetas inútiles o invitaciones a bautizos
de niños recién asfixiados
otra vez corazones palpitando
cuerpos entrelazados manos atadas
risas bajo las cúpulas
y luego
el extraño recurso de volver a la llama
para probar allí la fortaleza
de esas tensas pieles condenadas
el eterno retorno como un enorme discurso de tuercas
invadidas por violetas
el sabor intacto de esas bocas
el aroma de esos cabellos
que ya no son los mismos cabellos
de esas células que que no son las mismas células
pero que se acomodan al molde de su única derrota
poblándose de vendas con la inyección fija y persistente
en las fatigadas camas de ruinosos hoteles citadinos
DE PAPELES DEL LOCO
VIII
¿Nada busca el poeta? ¿Nada lo llama a un delirio?
¿Ningún oráculo le avisa del peligro ante la hidra?
¿Alguien oculta la verdad cuando ve sus ojos poseídos
y se niega a la revelación junto a desiertos sin oasis?
¿Tan desamparado estará acaso ajeno a su caída?
¿Será el deseo tan espléndido que su codicia lo ciega?
***************
GARCÍA AGUILAR Eduardo. Animal sin Tiempo. Editorial Praxis. México. 2006. Pp.90
Noticias del autor
Eduardo García Aguilar. 1953. Trabaja en París para la Agence France Presse (AFP). Ha vivido en México, Estados Unidos y Francia. Ha publicado las novelas Tierra de Leones , Bulevar de los Héroes , El viaje Triunfal y Tequila Coxis . Los libros de cuentos y relatos Cuaderno de Sueños , Palpar la zona prohibida y Urbes luminosas . Los libros de ensayo Gabriel García Márquez, la tentación cinematográfica , Celebración y otros fantasmas, una biografía intelectual de Álvaro Mutis y Voltaire el festín de la inteligencia .

La imagen de la portada de Animal sin tiempo es una litografía sobre papel realizada por Pierre Alechinsky en 1970, llamada Vulcanologies I.

sábado, 7 de abril de 2007

PRAXITELES SIN PRAXITELES EN EL LOUVRE

EDUARDO GARCIA AGUILAR
Debido a que las autoridades griegas se negaron con toda razón al traslado del frágil Efebo de Maratón, obra de bronce del siglo IV que durante un tiempo se atribuyó al gran escultor griego Praxiteles, la exposición en su honor en el Louvre se inauguró sin la presencia de esta pieza magna del Museo Nacional de Atenas. Pero pese a esta ausencia, los amantes del arte tienen la posibilidad de caminar en medio de una vasta serie de obras de mármol y bronce inspiradas o copiadas a lo largo de los siglos directamente del maestro, que vivió en Atenas probablemente entre 400 y 330 antes de Cristo y sobre quien escribieron Pausanias, Plinio el viejo o Luciano, entre otros cronistas de la época maravillados por las obras de este hombre. En ese tiempo, en el marco de un amplia apertura civil, filosófica y de florecimiento de las individualidades, las figuras perdieron la rigidez heroica y aristocrática de antes y adquirieron un dinamismo y una realidad tales que se piensa a veces que en cualquier momento pueden despertar y caminar o saltar frente nosotros en las frías y empolvadas salas de los viejos museos.
Su Afrodita de Cnide, que se puede ver en las monedas de época, fue una de las primeras repesentaciones terrenales del desnudo femenino y su fama es tal que desde aquellos tiempos hasta el siglo XIX fue reproducida y utilizada por ricos y pobres, sacerdotes, dignatarios y reyes, para adornar sus viviendas. Dice la leyenda que la modelo fue su amante, la cortesana Friné, cuya figura inspiró esculturas hasta el siglo XIX. De la escultura griega clásica queda muy poco porque guerras, catástrofes y la incuria del hombre redujeron a cenizas todas esas maravillas que brillaban en las plazas de todos los pueblos y en mansiones, templos y edificios gubernamentales. Sólo siglos de estudio de las ruinas y la minuciosa tarea recolectora y restauradora de los museos logran darnos una idea de lo que fue aquello en esos tiempos. Y el esplendor y la estabilidad poderosa del Imperio Romano a través de los siglos salvó aquellas imágenes del olvido, gracias a la copia en serie de las obras perdidas hechas por artistas de igual mérito.
Despues del fin del Imperio Romano, esas copias que sin duda adornaron los patios de los palacios capitalinos de Nerón o Adriano, y de miles de notables de provincia en las más alejadas ciudades, fueron cubiertas por la maleza en las ruinas o terminaron sepultadas en fragmentos en canteras o lechos de mares y ríos, de donde poco a poco han sido sacadas a la luz por prelados o estetas poderosos, amantes del arte, que como el ministro Richelieu daban fortunas por poseer Afroditas, Sátiros, Apolos cazadores de lagartijas, Eros, Artemisas, Dianas, Venus, Hermes o Dionisios. Basta ver esas figuras hoy, dos milenios después de haber salido de las manos de anónimos artistas, para entender que el arte es en definitiva mucho más importate que el poder y la politica: los tiranuelos pasan y los artistas quedan. Caen ministros e imperios, mueren los poderosos y esas figuras quedan ahí como testimonio de la conexión milagrosa del hombre con el arte. Merced a un largo proceso el hombre llegó a la perfección en la factura de los cuerpos y en las técnicas para sacar del mármol o del bronce representaciones del hombre y la mujer.
Fue Praxiteles al parecer quien nos legó esas primeras imágenes soberbias de mujeres desnudas, la belleza de guerrreros o cazadores y de imponentes semidioses en posiciones ágiles, naturales, reposadas, donde vibraban músculos, tendones y venas. Pero de él, del artista, no nos queda más que la firma comprobada en la base de algunas de esas obras monumentales que adornaron la Acrópolis, templos o casas de notables en otras ciudades griegas. No queda más remedio que inclinarse entonces en esta exposición y leer con emoción cuando está escrito en griego sobre el mármol milenario: « Praxiteles lo hizo ».
Y sabemos que ahí estuvo él también inclinado como uno firmando con cincel la obra que acababa de terminar. Y que sin duda después celebró feliz con sus amigos el éxito, participó en una orgía o abrazó e hizo el amor a Friné, la amante cortesana e impúdica representada a lo largo de los siglos cuando fue obligada a desnudarse ante los jueces, sátiros maravillados por su cuerpo e inquietados por su osadía de hetaira meteca. Por eso el mito de Friné reinó entre poetas y escultores románticos del siglo XIX, que como James Pradier (1790-1852) quisieron ser aún más eternos y mejores que Praxiteles. La escultura suya de Friné como ninfa desnudándose ante los jueces, es una joya de esta exposición, prueba de que las labores de un artista de hace casi 2.500 años siguen tan vivas como los cuerpos humanos que lo inspiraron.

lunes, 2 de abril de 2007

GERMAN ARCINIEGAS: LA LONGEVIDAD DEL LADINO

Eduardo García Aguilar

En su muy larga vida, Germán Arciniegas ha transitado por los países y las literaturas de América Latina como un interlocutor privilegiado. Para presentarlo a nuestros lectores, acudimos a Eduardo García Aguilar, colombiano de México, autor de la novela El viaje triunfal y de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis. (Publicado en La Jornada Semanal. México, el 9 de junio de 1996)

En tiempos de recrudecimiento de la intolerancia en las diversas trincheras de la intelligentsia latinoamericana de la última década del siglo XX, es refrescante celebrar la longevidad de un viejo demócrata, marcado por el ejercicio generoso del diálogo y la polémica. Este patriarca viajero, que tiene la edad del siglo, pertenece a una amplia generación de latinoamericanistas liberales que, desde diversos matices y temperamentos, lucharon por la implantación de la democracia en un continente que vivía desde la independencia anegado en pobreza, luchas fratricidas y caudillismo.

Marcados en el norte por el entusiasmo generado por la Revolución Mexicana y las acciones culturales del ministro José Vasconcelos, y en el sur por la rebelión estudiantil de Córdoba o el ideario de Víctor Raúl Haya de la Torre, se caracterizaron por una creatividad desbordada al servicio del continentalismo bolivariano: Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri en Venezuela, José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México, Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana, José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez en Perú, Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea en Colombia, y Aníbal Ponce y Enrique Anderson Imbert en Argentina, fueron algunos de esos nombres que inundaronlas páginas de diarios y revistas con esa fe latinoamericanista que ahora se cambió por el canto uniformizador de la gorda sirena tecnocrática, rellena de hamburguesas McDonald's. Al mismo tiempo, y sin necesidad de afirmarse, Jorge Luis Borges, más excéntrico y escéptico, se comía al mundo sin bandera.

Creían entonces que era posible conducir al conjunto de naciones del área hacia la convivencia pacífica, en el marco del renacimiento cultural y el diálogo abierto entre opiniones diversas sobre los rumbos a seguir. Surgidos al calor del auge periodístico, algunos de esos hombres trataban de seguir las huellas de antecesores modernistas como el colombiano José María Vargas Villa y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, los más grandes bestsellers idolatrados de la época y de quienes hoy pocos se acuerdan. Arciniegas tiene del primero, que era espantoso escritor, el gusto por el escándalo, y del segundo una redacción más pulida y llena de color, aunque comparten ambos la ligereza y la imaginación desbordada. Pero aquellos entusiastas años veinte y treinta de entreguerras parecen ahora más lejanos aún que los de la Independencia, pues los cambios sucesivos en la región y el mundo a lo largo del siglo confinaron el ingenuo ideario latinoamericanista o ladinoamericanista, como diría Arciniegas, a un extraño limbo, o cuarentena, que exige revisiones dramáticas por parte de quienes ensayamos y pensamos en este momento. Ya Bolívar, en sus últimas cartas, entre la amargura del desprecio, expresó con lucidez escalofriante sus dudas sobre la posibilidad de redención del continente, convirtiéndose así en el primer decepcionado y único visionario apocalíptico. Estos buenos hombres íntegros y discretos que eran civilistas, universitarios, funcionarios, diplomáticos, editores, capitalinos de sombrero Stetson, bastón, chaleco, corbata negra y cuello duro, florecieron en la primera mitad del siglo en todo el continente y hoy por hoy nos parecen extraños animales en vías de extinción, porque para el mundo actual no hay hombre más bobo que uno íntegro. Después de muchas décadas de aventura romántica, signada por la angustia de vivir entre la civilización y la barbarie, hombres como éstos constituyeron el primer esfuerzo latinoamericano por pensar desde las universidades sin complejos frente al Viejo Mundo. Eran la contraparte absoluta del poeta maldito francés baudeleriano, imagen tuberculosa que por esas fechas languidecía en las cantinas a lo largo y ancho del continente, y del cacique ignaro que esgrimía su látigo en las plantaciones de banano o henequén. Jóvenes de bombín y cabello engominado, devoraban lo que venía del otro lado del mar sin caer postrados, como sus antecesores modernistas, en ciegas admiraciones de heliotropo, y trataban de poblar las aulas, cada vez más abiertas y modernas, con la búsqueda de una "identidad latinoamericana" que a veces condujo y aún conduce a tristes debates "bizantinos". La mayoría ­como el derrotado Vasconcelos, uno de los prosistas más notables del siglo y cuyas Memorias son lectura fundacional para todo latinoamericano­ terminaría vencida, en el exilio, apedreada, pateada, salvo Arciniegas, que siguió fiel a su entusiasmo.

Fue una derrota para ellos, pero por el lado de la creación los mismos años de caos se encargaron de unir el continente a través del delirio de la palabra narrativa, primero con la gran novela telúrica de los campos y las selvas, desde Rómulo Gallegos y Miguel Ángel Asturias hasta Arguedas y Guimaraes Rosa, más tarde con el barroco maravilloso de Alejo Carpentier, Lezama Lima y Severo Sarduy, y al final con el fresco de la pléyade del boom, con autores tan claves como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Juan Rulfo, entre otros. La palabra, que siempre se anticipa a los gobiernos, hizo estallar las fronteras sin necesidad de ejércitos a través de la poesía, la más agresiva trituradora de tradiciones y viejos sentidos. Neruda, Huidobro y Pablo de Rokha, César Vallejo, César Moro, Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Enrique Molina, Álvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Octavio Paz y Gonzalo Rojas, entre otros, se encargaron de dinamitar esas paredes y dejaron a los políticos con sus discursos ajados.

A través de los libros de Arciniegas, muchos entraron al mundo ficticio del pasado continental lleno de Coatlicues y príncipes de taparrabos y plumas, virreyes de peluca y zapatillas, bucaneros tuertos y con pie de palo, reyes lejanos, mercaderes, esclavos negros y bellas cortesanas, inquisidores, fantasmas, vírgenes, monjes y libertadores, en lo que constituía el catálogo barroco de los abalorios históricos del continente a lo largode 500 años de colisión con el Viejo Mundo. Él supo captar con sus relatos la atención de varias generaciones de estudiantes y autodidactas de los tiempos de antes de la televisión, convirtiéndose en documentalista de las tragedias y hazañas de los héroes. Con él, los adolescentes descubrieron las maravillas de El Dorado, siguieron las gestas de Tupac Amaru y Los Comuneros, conocieron a fray Servando Teresa de Mier, a Bolívar, Flora Tristán y José Martí, y siguieron las proezas de película de los bucaneros del Caribe. Los más mórbidos supieron de la chiflada Gabriela Mistral en su delirio errante, o del maldito Porfirio Barba Jacob, cuyos huesos desenterró en Méxicohace 50 años y llevó a Colombia en un avión, acompañado por Carlos Pellicer y León de Greiff.

Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental. Cosa extraña de la historia, tanto él como esa generación de discretos intelectuales civilistas que trabajaban en la primera mitad del siglo para sus gobiernos y peregrinaban cada año a París, en ese entonces capital cultural latinoamericana, fueron arrasados por el renacimiento de un neotelurismo literario que desplazó el interés por esa reflexión liberal. Tanto la religión marxista leninista como el neoconservadurismo nutrido de falange española y nazismo mandaron a estos hombres a un desván de sospecha: eran demasiado burgueses para los comunistas, y algo comunistoides y diabólicos para los conservadores. Tras la Revolución cubana y la gran histeria latinoamericanista subsiguiente, su discurso recibió el tiro de gracia, dejó de tener el arrastre de antes y los lectores se volcaron, según el gusto, ya sea en brazos del "realismo mágico" o de los catecismos de la guerra fría. Arciniegas, y otros intelectuales pasados de moda, vivieron décadas de ostracismo hasta que ahora, por fin, las nuevas generaciones de ensayistas tratan de restablecer un puente con ellos, para volver a "pensar" con calma y civilismo, y no con las llamas y la atractiva exuberancia ideológica de las últimas décadas. Esos liberales de entonces, como Sanín Cano, Reyes, Henríquez Ureña, Picón Salas, Sánchez o Uslar Pietri, se verían incómodos en esta lucha fratricida de fin de siglo entre la intelligentsia del libre mercado pro neoliberal, nostálgica de la guerra fría, y los "idiotas" que no están de acuerdo con ellos, tal y como los define un reciente libro titulado Manual del perfecto idiota latinoamericano (1) , cuya contraparte, también absurda, bien podría titularse Manual del perfecto hideputa latinoamericano. ¿No es preferible entonces el discurrir de ese liberal generoso, poco dado a las descalificaciones y a veces pleno de humor y alegría, al discurso encendido, maniqueo, egoísta, lleno de odios y anatemas de quienes mandan al ostracismo a los que no piensan como ellos?

Es posible que la obra de Arciniegas haya sacrificado el rigor en aras de la difusión, alejado la prueba documental en vez de cotejar archivos, y dado voz especial a la anécdota para sentarse en los laureles de la amenidad periodística, pero es innegable que sus libros y miles de artículos encendieron y animaron a muchos. Así lo reconoció el joven Gabriel García Márquez en su columna del Heraldo de Barranquilla, en 1952, al decir que sólo un escritor como él, "que lo acostumbra a uno a tratar con familiaridad a los personajes más inaccesibles y remotos, podía ponernos en camino de hacer las paces con los viejos intrépidos bandoleros del mar". Es obvio que en la actualidad se cuenta en la región con una disciplina histórica y críticamás rigurosa, y que los episodios de nuestro santoral patriótico, literario y político, se revisan con mayor lucidez y exactitud, pero también es cierto que este viejo patriarca cometió un pecado maravilloso que bien puede perdonársele: lo devoró la ficción y la imaginación desbordada, tal vez el deseo secreto de unas novelas que no pudo escribir.

Este prosista y sus afines polígrafos, que nadaron entre el ensayo, la ficción y el discurso, pueden contribuir en estos momentos a una revisión más amable de las discrepancias continentales, cuando grados indecibles de pobreza, enfermedad y analfabetismo vuelven a la región ante la mirada egoísta e indiferente de la mayoría de sus castas intelectuales, hipnotizadas por el progreso y el camino hacia la quimera del Primer Mundo. El discurso de Arciniegas en todo momento estuvo marcado por la búsqueda de la democracia y la tolerancia, una "defensa constante de los valores democráticos, una prédica que puede resultar monótona si la miramos en la larga duración de sus 70 años de escritor público", según nos dice Juan Gustavo Cobo Borda en el prólogo de la reciente recopilación de sus principales páginas bajo el título de América Ladina (FCE, México, 1993). En sus mejores libros, América, tierra firme (1937), Los comuneros (1938), Este pueblo de América (1945), Biografía del Caribe (1945), Entre la libertad y el miedo (1952), Amérigo y el Nuevo Mundo (1955), El mundo de la bella Simonetta (1962), El continente de los siete colores (1965) y América Mágica (1959), Arciniegas reivindica el derecho de los millones de aventureros pobres que, según él, poblaron América a través de los siglos, y predica la solidificación de esa mezcla de razas en busca de una nueva tierra. Y aunque la realidad lo contradice a veces, exalta la vocación democrática de la región frente a los horrores coloniales del Viejo Mundo, y protesta a los 90 años de edad ante el gobierno colombiano porque éste aceptó que la celebración de los 500 años se hiciera con un emblema adornado por la Corona española. Sus textos son un homenajea los hombres humildes, a los labriegos, a las mujeres que abrieron con sudor los nuevos surcos, y una diatriba permanente contra los poderosos y los tiranos, llámense Juan Vicente Gómez o Fidel Castro.

No deja por supuesto de ser difícil una lectura en este fin de siglo de muchos de sus textos de ocasión, pero el mérito mayor de Arciniegas es que no se dejó devorar por ellos y emprendió obras más ambiciosas, para romper con la tradición devoradora del diarismo. El periodismo y la política fueron y son los cementerios más terribles del talento latinoamericano, pero Arciniegas, que fue ministro y diplomático, logró sacarle el cuerpo a ambos con esa alegre irreverencia que aún hoy no cesa, la alegría del "estudiante" eterno que reivindicó en su primer libro famoso.

Al lado del venezolano Uslar Pietri y otros muchos moderados, Arciniegas nos incita a pensar y a escribir sobre los rumbos de este ámbito hispanoamericano, a escrutar sus mitos y mentiras, sus fanfarronadas y cursilerías, sus tragedias y hazañas, porque sólo así se pueden conjurar los fantasmas del silencio y la intolerancia. Su preocupación por las injusticias de los viejos y los nuevos tiranos nos indica además que, por desgracia, la historia no concluye y se avecina para el continente un siglo aún más oscuro que éste. Los héroes y ejércitos rebeldes de hace siglos, que parecían caducos y que en sus obras figuraban como muñecos de guiñol o soldados de plomo, vuelven a surgir de las ruinas de una modernidad cuyos tiranos no tienen ya charreteras sino corbatas y en vez de carrozas, autos blindados.

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(1) Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, Manual del perfecto idiota latinoamericano, Plaza & Janés, México, 1996.

sábado, 31 de marzo de 2007

ATGET: EL FOTÓGRAFO RESCATADO POR LOS SURREALISTAS



En la foto que le tomó la joven Berenice Abbot poco antes de su muerte, el fotógrafo Eugene Atget (1857-1927), que pasó gran parte de su vida en las calles de la ciudad trabajando con una explosiva vieja cámara de trípode, se ve como un desgarbado artesano pobre y viejo de mirada escéptica y leve guiño de cinismo. Atget parece tolerar a esa bella joven admiradora estadounidense, discípula del gran Man Ray y amiga de los surrealistas, que fotografió a los grandes artistas de su época antes de convertirse ella misma en ícono del siglo XX y a quien debe su fama posterior, pues compró a su muerte casi 2000 fotografias del viejo y las llevó a Nueva York para que fueran expuestas y publicadas con rigor académico, admiración y cuidado.
A lo largo de su vida vendió sus fotos y "documentos" a pintores, museos y oficinas de gobierno, que las utilizaban para sus propios fines, pero nunca se consideró un artista. De joven, Atget, después de pagar su servicio militar y viajar como marinero incluso hasta América del Sur y Oriente, soñó con ser actor y pintor y tras fracasar en ambos objetivos, se dedicó tardíamente, a los 32 años, a practicar la fotografia como una forma simple y algo divertida de ganarse la vida en aquellos años difíciles de precariedad, guerra y desempleo.
Sencillo, sin elegancia ni altivez, este artista al final de su vida fue objeto de admiración de los surrealistas, fascinados por sus fotografías de vitrinas, fachadas, calles, cabarets, burdeles y prostitutas desnudas y su minuciosa captación de los rincones más antiguos de la ciudad que estaban a punto de desaparecer. En algunas portadas de la revista "La Revolución Surrealista", los seguidores de Breton reprodujeron imágenes suyas y los artistas de Montparnasse comenzaron a comprar y a coleccionar algunas de sus impresiones. Como en un juego de sueños y pesadillas, el hombre rechazó fijarse en las grandes avenidas que abría la modernidad o fotografíar paisajes brumosos o castillos de sueño para concentrarse en fijar para siempre los rincones más sucios y perdidos de los barrios, allí donde pululaban miserables, marginales, borrachines, poetas y personajes pintorescos. Para un latinoamericano, estas imágenes impresionan además porque vemos con detalle la ciudad callejera que vivieron personajes nuestros como Rubén Darío o Jose María Vargas Vila o leyendas locales como los poetas Verlaine y Mallarmé.
Con Atget y su cámara uno pasa por los orinales públicos visibles en cada esquina de las plazas, mira las carretas de tracción animal afectadas por el surgimiento del auto, observa los afiches de licores que fueron prohibidos luego como la absenta o la Kola-Coca y aprecia fachadas de viejas tiendas que incluso sobrevivían desde los tiempos de la Revolución, con sus preciosas vitrinas llenas de muñecas, pefumes, sombreros, ropas de época, jabalíes, conejos, perdices, vinos, quesos y frutas. Se ven entradas de famosos bares y cabarets desaparecidos como el legendario Infierno, escaleras de casas a punto de ser derruidas, así como la miseria de los que recopilaban basura en los extramuros de la ciudad, colocaban el novedoso asfalto sobre las avenidas o vivían en las periferias hacinados en abandonadas caravanas de inmigrantes y gitanos. La ciudad en 1898 y 1899 estaba siendo abierta para instalar el metro subterráneo y crear nuevas vías aéreas y avenidas, por lo que Atget pudo captar en directo las ruinas del pasado que se iba, la vida antigua que se diluía. La ciudad se convierte así en un escenario desolado lleno de muros caídos, ropas destrozadas, ollas rotas, juguetes dañados y muebles abandonados. Mientras otros fotógrafos más famosos tomaban fotos de nobles, funcionarios o cortesanas en fiesta palaciega o se dedicaban a medrar en los sitios del poder y el dinero, él estaba del lado de los pobres y de la ciudad normal de la vida cotidiana.
Atget vendió baratas esas fotografías a la Biblioteca Nacional de Francia, que ahora, con motivo de los 150 años de su nacimiento las saca al fin de sus archivos y las expone en la primera gran retrospectiva hecha por sus compatriotas y compuesta por unas 350 piezas de un total de casi diez mil imágenes acumuladas a lo largo de su vida. Su modernidad radica precisamente en que utilizó la magia de este arte para ver la realidad en vez de esconderla o dulcificarla. La fotografía, inventada ya desde los años 30 del siglo XIX, se había convertido en una práctica de moda entre gentes adineradas que viajaban o captaban sus festines o en empresa aplicada al retrato, por lo que este loco que pasaba horas fotografiando calles y plazas sucias, clochards, vendedores y prostitutas fue un personaje algo risible y olvidado que nunca imaginó su fama futura. Lo que prueba una vez más que no son siempre los más famosos y triunfadores en vida los que pasan a la historia, sino los auténticos creadores que tienen otra mirada sobre las cosas ante la indiferencia de sus contemporáneos y los expertos del momento.

LA PRIMAVERA PERMANENTE DE JULIO CORTAZAR


En la casa de América Latina de París se presenta una exposición de fotografías, documentos y videos de Julio Cortázar, muchos de ellos desconocidos, que se muestran auspiciados por su primera esposa Aurora Bernárdez, albacea suya junto al recién fallecido crítico Saúl Yurkievich.
Fotos de infancia, documentos de viajero, objetos personales como una clepsidra o la pipa, fotografías de la vida íntima en todas las etapas de su vida adulta comparten el escenario con videos tomados por él, cuadros, música, cartas y libros protagonizados por París, ciudad que lo albergó gran parte de su vida.Nació en Bruselas (Bélgica) en 1914, creció desde 1918 en Argentina donde fue maestro en Chivilcoy, Cuyo y Buenos Aires y floreció en la capital francesa, adonde llegó en 1951 y falleció el 12 de febrero de 1984.
La primera vez que vi a Julio Cortázar fue en la primavera de 1978, cuando asistimos un grupo de jóvenes estudiantes a un congreso sobre narrativa latinoamericana en Toulouse, en el que participaban Augusto Roa Bastos, Jorge Enrique Adoum, Jacques Gilard y Juan José Saer, entre otros.Lo que más me impresionó cuando lo vi de cerca y hablé un momento con él, era que su rostro estaba marcado por profundísimas arrugas. Desde lejos el monstruo de la literatura latinoamericana e ídolo nuestro por su maravillosa novela Rayuela y el misterio de sus cuentos, se veía mucho más joven, como un gran adolescente envejecido, alto y enjuto, de cabellera y barba oscuras.Pero al estar junto a él saltaban de inmediato las huellas implacables del tiempo sobre el rostro inconfundible de quien en ese entonces debía estar en sus 63 años. Usaba pantalones informales, zapatos de gamuza, suéter de cuello tortuga y amplias chaquetas impermeables de paleontólogo en invierno.
Lo veíamos después de lejos caminar por el campus de Toulouse le Mirail, al lado de la novelista colombiana Alba Lucía Angel, que en el Congreso cantaba música rebelde para el público y además parecía tener las preferencias del maestro. Y en París uno podía jugar a encontrarlo en alguna librería, en un mítin de izquierda o caminando por las calles, elevado y desprevenido como uno de su personajes.París había quedado para siempre en Rayuela como la glauca ciudad fría y precaria de los años 50 que vio reinar a jazzistas y existencialistas en las cavas de Saint Germain des Pres y a los artistas latinoamericanos pobres que vivían a salto de mata en hoteles miserables o edificios semiderruidos que no habían sido renovados desde el siglo XIX, como fue el caso de Gabriel García Márquez, Nicolás Guillén o el venezolano Jesús Soto y otros miles que desaparecieron para siempre.
Habría que haber vivido en ese tiempo para entender lo que significaba para la juventud urbana de América Latina la figura de Julio Cortázar. Con él quedaba atrás la entrañable narrativa telúrica de dictadores, señores presidentes y campesinos mitológicos y se abrían las calles y avenidas de las ciudades, con sus enamorados literarios que disertaban de filosofía, oían jazz y vivían pobres entre la humareda de los bares y la calurosa precariedad de las buhardillas del exilio.La famosa Maga, que fue su novia fugaz y hoy cuenta ya anciana desde Inglaterra su aventura con ese hombre raro y torpe, se convirtió en una especie de modelo de muchacha moderna, un poco loca, impredecible, tal vez mucho más sexy en la ficción cortazariana que en la realidad.
En las buhardillas de los años 70 se daban cita los estudiantes o los vagos para leer párrafos o capítulos enteros de Rayuela con una devoción sólo comparable a la que debieron practicar los seguidores del surrealismo medio siglo antes, como si el arte y la ficción fueran la salvación.¿Quién no se sintió Cronopio o Fama o soñó con los personajes ultramodernos que surgían en sus cuentos o en obras tan extrañas como los Autonautas de la Cosmopista, escrita con una de sus últimas amadas, Carol Dunlop?Además, el viejo Cortázar se había transmutado súbitamente al calor de las revoluciones en boga de un intelectual argentino tímido, erudito, exquisito y muy acicalado, en un verdadero hippie polígamo, un izquierdista que creía en la Revolución cubana y participaba en las fiestas militantes de protesta contra Estados Unidos, la guerra de Vietnam y las genocidas dictaduras militares Latinoamericanas.Según Vargas Llosa, la transmutación espectacular del exquisito se dio a fines de los años 60, cuando empezó a vivir con la editora lituana Ugné Karvelis, en cuyos brazos la crisálida se habría metamorfoseado.Era un nuevo modelo: no correspondía ya para nada al viejo arquetipo de escritor latinoamericano encorbatado, manso y lento que lagarteaba embajadas y puestos diplomáticos en las antesalas del poder. Y sin ser maldito, permanecía al margen fustigando las injusticias y defendiendo a capa y espada la poesía, los libros y la creación lejos del mercantilismo.Era a los ojos de toda una generación un artista auténtico y fue tal su cristalinidad que lo admiraron por igual sus copartidarios y adversarios políticos como Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, situados al otro extremo ideológico. Hasta ese entonces había vivido con su primera esposa Aurora Bernárdez, con quien se casó en 1953 y compartió esos primeros años de París y viajes tan importantes como el que realizó a la India.
El Cortázar de primavera permanente con el que nos quedamos fue ese hermano mayor que abría y abre todavía las puertas a la verdadera literatura, que no es copia chata de la realidad, como ocurre hoy, sino que la transforma e ilumina.Ver sus cosas y su álbumes en la Casa de América Latina un febrero taciturno como el que lo vio morir hace 23 años, es un verdadero regalo para quienes lo vimos alguna vez en la vida y para los múltiples cómplices e íntimos suyos que sobreviven en este siglo XXI de aburridos best-sellers, nuevas guerras horribles y escritores mercantiles que no tienen nada de Cronopios ni de Magas.
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EL ESCÁNDALO GÜNTER GRASS

Eduardo García Aguilar

El gran novelista alemán Günter Grass ha vuelto a desencadenar una tormenta al revelar que en 1945, al final de la guerra, siendo un adolescente de 17 años, se enroló en las Waffen SS, donde permaneció varios meses, hasta que fue capturado por el ejército estadounidense tras la estruendosa debacle de los nazis.En su libro autobiográfico crepuscular Pelando la cebolla, extractos del cual se conocieron en la prensa europea, decide contar este oculto episodio de su vida y reflexiona sobre las razones que llevaron a todo un pueblo a enredarse en el unanimismo y a adorar a un caudillo salvador que los llevó al desastre y de paso exterminó millones de personas, entre las cuales buena parte del pueblo judío.
Se colige a través de los extractos del libro que Grass, como tantos otros adolescentes, quería salirse de la casa a los 15 años, escapar al dominio paterno y empezar una vida independiente igual a la de otros muchachos rebeldes del pueblo que desean abandonar para siempre la glauca atmósfera de sus hogares.Solicitó primero ingresar a la marina, pero rechazaron su solicitud por la edad, pero más tarde recibió una convocatoria de las Waffen SS, que estaban ya en crisis en la recta final de la guerra y reclutaban lo que podían entre los jóvenes para ir al frente.
El escritor alemán, nacido en 1927, no oculta que millones de jóvenes y viejos se dejaron seducir por el carismático caudillo y creyeron en la grandeza alemana y en la posibilidad de la victoria.Grass hace parte de los adolescentes de origen modesto seducidos en los últimos meses del régimen, cuando ya la derrota se avecinaba, pero antes que él, notables hombres adultos colaboraron y participaron desde 1933 en el inicio del ascenso del führer. Tal es el caso, por ejemplo, del gran filósofo Martin Heidegger, nacido en 1889, que siendo ya un hombre mayor, colaboró con el régimen como alto funcionario de la Universidad. Esa mancha marcó siempre su vida, pese a que su extraordinaria obra filosófica siguió viva y admirada por discípulos de todo el mundo. Heidegger envejeció con gran dignidad convertido en un gran maestro hasta su muerte en 1976, e incluso Hebert Marcuse, el gran ideólogo de la renovación de los años sesenta, deseó al anciano que pudiera " envejecer con lucidez y serenidad ". Antes que él otro gran escritor, Ernest Jünger, trabajó en el ejército y participó activamente en las fuerzas represivas del régimen. Y podrían así citarse otros nombres menos conocidos de políticos, científicos, filósofos, escritores, y decenas de millones de ciudadanos que colaboraron de una u otra forma, sin que fueran necesariamente capos de campos de concentración o torturadores manifiestos y genocidas como los que fueron juzgados y condenados en el Juicio de Nuremberg.
En pasajes conocidos de Pelando la cebolla, Grass toma el toro por los cuernos de una realidad ineludible: bajo los años locos del unanimismo hitleriano, la pasión nacionalista sedujo a la gran mayoría del pueblo alemán y viejos, jóvenes, mujeres, hombres, todos al unísono vibraron ante los discursos patrióticos de su caudillo sin saber que los llevaba al desastre. Más de siete millones de personas eran miembros con carta del partido nazi y eso sin contar a los simpatizantes. Toda Alemania vibró bajo los encantos de ese liderazgo, como ocurrió en Italia con el carismático Mussolini, en Francia con el régimen colaboracionista de Petain y en España con el general Francisco Franco.
Muchos intelectuales del mundo y en especial de América Latina simpatizaron también con ese horrendo movimiento y creyeron en la gran Germania dominante y en un mundo autoritario de orden, del que se eliminaran otras etnias para crear una raza aria superior y marcial. Nombres como José Vasconcelos, Leopoldo Lugones, Porfirio Barba Jacob, son algunos de los que vibraron entonces por esa ideología militar de héroes y águilas de bronce en latinoamérica. En Europa Louis Ferdinand Céline y muchos otros escritores a su vez creyeron en eso, pero no eran adolescentes maleables como Grass, sino ya hombres de edad, hechos y derechos. España todavía no ha hecho el mea culpa de la horrible represión totalitaria franquista y mueren en calma viejos notables que participaron en el genocidio y dispararon para eliminar sin compasión a los opositores.
Dice Grass que "tras la guerra quise callar con creciente vergüenza lo que había acatado con el estúpido orgullo de mis años jóvenes. Pero la carga se mantuvo y nadie podía aliviarla. Es cierto que mientras duró la instrucción como artillero de tanque que me embruteció durante el otoño y el invierno no supe nada de los crímenes de guerra salidos a la luz más tarde, pero esa ignorancia declarada no podía empañar el reconocimiento de haber sido pieza de un sistema que planeó, organizó y ejecutó el asesinato de millones de personas ".Cuando se calme la tormenta y calle la histeria de quienes se apresuran a lapidar al viejo maestro, comenzará la oportunidad de volver a reflexionar sobre esos lejanos y cercanos años de la guerra y a la luz de esos aconteciminetos pensar en lo que pasa hoy en el mundo, para prevenir los ciegos entusiasmos en ideologías y fanatismos de hoy que nos pueden conducir a una tragedia igual o peor que aquella provocada por los nazis.

viernes, 30 de marzo de 2007

23 RAZONES PARA EL INMINENTE FIN DE LA NARRATIVA HISPANOAMERICANA


Por Eduardo García Aguilar

Este texto leído por el escritor Eduardo García Aguilar en 1992 hace 14 años puede ser revelador o no en estos instantes de revolución editorial en el continente. Texto publicado en el Magazín Dominical No. 510 del periódico El Espectador (Bogotá, Colombia), el 31 de enero de 1993, p. 2.

1. La novela, género muy joven, apenas de unos cuantos siglos, está ahora más muerta que nunca, y su vigencia estética es casi nula aunque por un espejismo comercial parece vivir uno de sus momentos más prósperos.

2. La crisis de la palabra y de la escritura, perecederas también como todo en el mundo, asesta un golpe definitivo a esas monstruosas construcciones basadas en la torpe reiteración de personajes y mundos aptos para aquellos siglos que no tenían aún cine, televisión ni radio.

3. Los novelistas de hoy pueden volverse famosos sin ser leídos: son antes que todo figuras públicas de un odioso show bussines, repugnantes vedettes que —una vez asentadas en su pedestal histriónico— viven de la tontería de la masa manipulada por la publicidad y los comerciantes de la edición.

4. Los novelistas de hoy en casi todo el mundo son cada vez más tontos, no miran más allá de sus narices y a diferencia de sus antecesores buscan sólo la fama y el éxito: para cumplir ese objetivo se han convertido en tristes empleadillos sin sueldo de las editoriales, regentadas a veces por verdaderos analfabetas.

5. A los novelistas, a los narradores en general, les tiene sin cuidado si son o no leídos y son cómplices de esa gran farsa por la cual logra sobrevivir el género: la gente dice que Fulano es un gran novelista o un gran escritor, pero no lee sus inútiles y vacuos mamotretos.

6. Desde hace varios años no he leído ni escuchado una sola frase interesante de un novelista, incluso de algunos de los que más fama tienen en el mundo. Su persistencia en un género literario industrializado y muerto los convierte en mercaderes del templo, loros, onanistas de su propia torpeza.

7. Los últimos grandes narradores del mundo fueron todos unos fracasados: Kafka, Proust, Joyce, Céline, Musil, Broch, Roussel, Barnes, entre otros especímenes humanos de la era anterior al reino de Walt Disney. La novela murió antes que sonara el 31 de diciembre de 1945.

8. El drama de los narradores radica en que al usar cantidades absurdas de palabras mustias, pierden la perspectiva de su labor y cual bestias elefantiásicas patalean en escenarios sin público, incapaces de lucidez frente a su obtusa empresa: indigestados de palabras sólo escuchan el rumor de sus pútridos intestinos literarios.

9. Sólo la codicia del éxito los mantiene montados sobre sus computadores como bobos agricultores que trabajan de sol a sol cultivando maleza, soñando —ilusos— en su fabulosas ganancias.

10. Los narradores latinoamericanos de las últimas décadas fracasaron todos porque estaban convencidos de que algún día se acostarían con Jane Fonda. En cuanto a las narradoras latinoamericanas, su estruendoso fracaso radica en que aman demasiado a los hombres, cuando es bien sabido que —casi sin excepción alguna— las grandes escritoras tuvieron poco apego por ellos.

11. La poesía, practicada ya desde hace milenios, sigue por el contrario viva porque es verdadera y mucho más flexible: es un instrumento elástico y resistente, versión microscópica y maravillosa del big-bang de la creación.

12. La poesía es el único género literario a salvo de la industrialización y sus cultores son sabios porque se saben fracasados de antemano.

13. La crisis de la narrativa latinoamericana se inició con el derrumbe de sus tres pilares básicos: los enormes penes garciamarquianos, los loros de las portadas y los cocodrilos.

14. Abandonada por sus padrinos europeos y estadounidenses, la narrativa del nuevo mundo anda como perro en misa recibiendo patadas de sus abuelas desalmadas.

15. El “boom” fue una terrible equivocación porque instituyó la neurosis verbal y la histeria logorréica en sus cánones absolutos: en vez de rastrear la verdad, los latinoamericanos sólo intentaron lucirse ante los desdenes de su horrible madrastra.

16. La narrativa latinoa-mericana murió con Felisberto Hernández y aún no encuentra a su nuevo pianista.

17. Estamos viviendo ya en otra placa tectónica a la deriva, aferrados a palabras que no suenan y a personajes que nos huyen: los novelistas de hoy son abuelitas locas en mecedoras desvencijadas.

18. Los narradores latinoamericanos deben seguir escribiendo por un acto de caridad: de lo contrario cundiría el desempleo en los hogares de profesores y críticos.

19. La palabra de los escritores latinoamericanos sólo se escucha en los depósitos de cadáveres.

20. Picabia decía que los pintores trabajan para adornar los consultorios de los dentistas. Los narradores latinoamericanos lo hacen para probar que en cada familia siempre hay un hijo calavera.

21. Tristram Shandy, de Lawrence Sterne, inauguro la decadencia de la novela: como el protagonista de ese libro, la narrativa latinoamericana fue engendro de un espermatozoide disminuido.

22. Preguntaba una escritora de este continente sobre las temáticas narrativas de sus congéneres, los hombres latinoamericanos de hoy, exclamó: “Mucho pene, mucho pene...”.

23. Muchas personas creyeron en los años 60 y 70 que el réquiem para la novela por parte de los adalides del nouveau roman francés fue sólo una escaramuza en el largo camino triunfal del género. Seis lustros después, su entonces delirante aserto se volvió más que obvio. El auge posterior de la novelística y su absoluta industrialización, son pruebas de su fin: su buena salud es sólo como negocio, pero no desde el lado estético. Los novelistas de hoy deberían reflexionar un poco para darse cuenta que viajan en un barco pronto a naufragar para siempre, aunque queden aún algunos siglos de negocio más o menos próspero y declinante. Las razones para la existencia del género han desaparecido en estos tiempos: cada noche los cientos de millones de espectadores de telenovelas muestran lo inocuo de ese género construido, por demás, con la palabra, ese otro elemento con talón de Aquiles.
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lunes, 26 de marzo de 2007

LA PRIMAVERA PERMANENTE DE JULIO CORTAZAR

En la casa de América Latina de París se presenta una exposición de fotografías, documentos y videos de Julio Cortázar, muchos de ellos desconocidos, que se muestran auspiciados por su primera esposa Aurora Bernárdez, albacea suya junto al recién fallecido crítico Saúl Yurkievich.
Fotos de infancia, documentos de viajero, objetos personales como una clepsidra o la pipa, fotografías de la vida íntima en todas las etapas de su vida adulta comparten el escenario con videos tomados por él, cuadros, música, cartas y libros protagonizados por París, ciudad que lo albergó gran parte de su vida.
Nació en Bruselas (Bélgica) en 1914, creció desde 1918 en Argentina donde fue maestro en Chivilcoy, Cuyo y Buenos Aires y floreció en la capital francesa, adonde llegó en 1951 y falleció el 12 de febrero de 1984.
La primera vez que vi a Julio Cortázar fue en la primavera de 1978, cuando asistimos un grupo de jóvenes estudiantes a un congreso sobre narrativa latinoamericana en Toulouse, en el que participaban Augusto Roa Bastos, Jorge Enrique Adoum, Jacques Gilard y Juan José Saer, entre otros.
Lo que más me impresionó cuando lo vi de cerca y hablé un momento con él, era que su rostro estaba marcado por profundísimas arrugas. Desde lejos el monstruo de la literatura latinoamericana e ídolo nuestro por su maravillosa novela Rayuela y el misterio de sus cuentos, se veía mucho más joven, como un gran adolescente envejecido, alto y enjuto, de cabellera y barba oscuras.
Pero al estar junto a él saltaban de inmediato las huellas implacables del tiempo sobre el rostro inconfundible de quien en ese entonces debía estar en sus 63 años. Usaba pantalones informales, zapatos de gamuza, suéter de cuello tortuga y amplias chaquetas impermeables de paleontólogo en invierno.
Lo veíamos después de lejos caminar por el campus de Toulouse le Mirail, al lado de la novelista colombiana Alba Lucía Angel, que en el Congreso cantaba música rebelde para el público y además parecía tener las preferencias del maestro. Y en París uno podía jugar a encontrarlo en alguna librería, en un mítin de izquierda o caminando por las calles, elevado y desprevenido como uno de su personajes.
París había quedado para siempre en Rayuela como la glauca ciudad fría y precaria de los años 50 que vio reinar a jazzistas y existencialistas en las cavas de Saint Germain des Pres y a los artistas latinoamericanos pobres que vivían a salto de mata en hoteles miserables o edificios semiderruidos que no habían sido renovados desde el siglo XIX, como fue el caso de Gabriel García Márquez, Nicolás Guillén o el venezolano Jesús Soto y otros miles que desaparecieron para siempre.
Habría que haber vivido en ese tiempo para entender lo que significaba para la juventud urbana de América Latina la figura de Julio Cortázar. Con él quedaba atrás la entrañable narrativa telúrica de dictadores, señores presidentes y campesinos mitológicos y se abrían las calles y avenidas de las ciudades, con sus enamorados literarios que disertaban de filosofía, oían jazz y vivían pobres entre la humareda de los bares y la calurosa precariedad de las buhardillas del exilio.
La famosa Maga, que fue su novia fugaz y hoy cuenta ya anciana desde Inglaterra su aventura con ese hombre raro y torpe, se convirtió en una especie de modelo de muchacha moderna, un poco loca, impredecible, tal vez mucho más sexy en la ficción cortazariana que en la realidad.
En las buhardillas de los años 70 se daban cita los estudiantes o los vagos para leer párrafos o capítulos enteros de Rayuela con una devoción sólo comparable a la que debieron practicar los seguidores del surrealismo medio siglo antes, como si el arte y la ficción fueran la salvación.
¿Quién no se sintió Cronopio o Fama o soñó con los personajes ultramodernos que surgían en sus cuentos o en obras tan extrañas como los Autonautas de la Cosmopista, escrita con una de sus últimas amadas, Carol Dunlop?
Además, el viejo Cortázar se había transmutado súbitamente al calor de las revoluciones en boga de un intelectual argentino tímido, erudito, exquisito y muy acicalado, en un verdadero hippie polígamo, un izquierdista que creía en la Revolución cubana y participaba en las fiestas militantes de protesta contra Estados Unidos, la guerra de Vietnam y las genocidas dictaduras militares Latinoamericanas.
Según Vargas Llosa, la transmutación espectacular del exquisito se dio a fines de los años 60, cuando empezó a vivir con la editora lituana Ugné Karvelis, en cuyos brazos la crisálida se habría metamorfoseado.
Era un nuevo modelo: no correspondía ya para nada al viejo arquetipo de escritor latinoamericano encorbatado, manso y lento que lagarteaba embajadas y puestos diplomáticos en las antesalas del poder. Y sin ser maldito, permanecía al margen fustigando las injusticias y defendiendo a capa y espada la poesía, los libros y la creación lejos del mercantilismo.
Era a los ojos de toda una generación un artista auténtico y fue tal su cristalinidad que lo admiraron por igual sus copartidarios y adversarios políticos como Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, situados al otro extremo ideológico. Hasta ese entonces había vivido con su primera esposa Aurora Bernárdez, con quien se casó en 1953 y compartió esos primeros años de París y viajes tan importantes como el que realizó a la India.
El Cortázar de primavera permanente con el que nos quedamos fue ese hermano mayor que abría y abre todavía las puertas a la verdadera literatura, que no es copia chata de la realidad, como ocurre hoy, sino que la transforma e ilumina.
Ver sus cosas y su álbumes en la Casa de América Latina un febrero taciturno como el que lo vio morir hace 23 años, es un verdadero regalo para quienes lo vimos alguna vez en la vida y para los múltiples cómplices e íntimos suyos que sobreviven en este siglo XXI de aburridos best-sellers, nuevas guerras horribles y escritores mercantiles que no tienen nada de Cronopios ni de Magas.

SAMUEL BECKETT, UN CHAPLIN LITERARIO CON SUERTE

Samuel Beckett, Premio Nobel de Literatura 1969, se ha convertido poco a poco en una leyenda excéntrica de las letras del siglo XX y cada año que pasa su obra conquista más adeptos. Nada prefiguraba en él una futura gloria tan merecida, pues era un tímido casi autista con problemas mentales, pero los vasos comunicantes que tejió a lo largo del siglo entre poesía, novela, teatro, cine, circo y artes plásticas, prefiguraron el mundo mediático moderno pleno de intertextualidades y lo posicionaron como un renovador que desmontó los lugares comunes donde dormían los géneros.
Nació en 1906 en Foxrock, Irlanda, al sur de Dublín, en el seno de una familia protestante, y murió el 22 de diciembre de 1989. En su juventud descubrió la literatura francesa, a la que sería adicto hasta el punto de adoptarla: Molloy, Malone muere y El Innombrable fueron redactadas en la lengua de Proust. En los años 30 conoció a James Joyce en París y después de experimentar problemas de salud, vivir la guerra y acudir al psicoanálisis entre idas y venidas a su tierra nativa, decide quedarse a vivir definitivamente en la capital francesa. En 1953 escribe Esperando a Godot, obra que lo lanza a la fama mundial y desde entonces publicó sus libros en Editions de Minuit, editorial confidencial para públicos entendidos que sobrevivió contra viento y marea ante el auge arrasador de la literatura comercial.
Ahora el Centro Pompidou presenta una vasta exposición sobre ese recorrido excepcional que lo llevó al Nobel de Literatura. En un rectángulo dividido en siete espacios nos familiarizamos con la vida de este hombre silencioso y semiesquelético con aires de miope, que se encerraba solo en una casa de las afueras de la capital para concentrarse en la escritura de sus piezas teatrales y fraguar textos poéticos y libros de prosa que negaban las leyes fáciles del argumento y la amenidad. A la entrada nos topamos con la proyección de una boca enorme que pronuncia incesantemente, rindiendo así un homenaje a la voz y al placer de la lengua y la palabra que son degustadas con fruición. Porque más allá del argumento o la sucesión de historias triviales que vegetan en la novela convencional, se trata de dar protagonismo a la palabra, a sus sonidos y viscosidades, a la materia que emerge de ella en la oscuridad.
Más adelante hay un libro enorme cuyas letras han sido abiertas en una pared plástica gracias a la energía de un perfecto rayo láser y podemos ingresar a él y ser traspasados por los colores y las imágenes de la cámara oscura. Las palabras escritas en ese enorme libro adquieren otra dimensión: son materia, tienen vida propia, son arte por encima y más allá de lo que agencien o signifiquen. Las letras, palabras y oraciones que hay en las dos gigantescas páginas del libro se convierten en obras de arte, en elementos de un cuadro, residuos de una actividad literaria que se ha rebelado de su autor.
De la voz pasamos a la letra y de la letra seguimos al cuerpo que escribe con su propia materia sobre líquidos regados y que repta en silencio pronunciando sonidos guturales. Porque el cuerpo es la materia de sus novelas y piezas teatrales: una mujer enterrada que habla bajo la sombrilla, seres humanos que viven entre canecas de basura, hombres enfermos y paralíticos perdidos en el margen, sucios, grotescos, malolientes, corroidos en la basura de la existencia y de la historia. El catálogo nos dice que «los personajes son cuerpos burlescos poseídos por el frenesí de la palabra, cuerpos cómicos horadados por las reminiscencias del music-hall y del circo, arquetipos de una humanidad que corre implacablemente hacia su fracaso».
Todo ese mundo tan sugestivo de Beckett, que hizo explotar la literatura en los años 50 y 60 del siglo XX, encuentra cómplices en artistas como Pierre Alechinsky, Jaspers Johns, Robert Motherwell, Sean Scully, Bram van Velde, Richard Serra y Alberto Giacometti, entre otros, cuyas obras podemos ver entreveradas con grandes imágenes fotográficas del autor, retratos, cuadernos, manuscritos, documentos personales, fotografías de infancia y juventud, filmes sobre Dublín, Londres o París, ediciones originales, videos, filmes de Charles Chaplin, cartas y objetos personales.
Los curadores de la exposición han dado en el clavo: la literatura, la novela, el teatro se han escapado de su moldes y de la prisión donde la falta de crítica los encerraron. El argumento, la amenidad, la claridad, la utilidad, el éxito comercial, no tienen nada que ver con la verdadera exploración artística. Al recorrer esta muestra en torno a un autor revolucionario y excepcional, comprendemos que no todo está perdido. Mientras la trivialidad reina en la literatura comercial, el arte sigue su camino por otros subterráneos y laberintos. Allí encontramos la lúcida figura de Beckett acompañado por su admirado Charles Chaplin, otro artista del siglo XX cuyas pequeñas obras maestras y absurdas se proyectan en una pequeña pantalla, para mostrarnos que entre ambos hay más similitudes que diferencias. Así la voz y la palabra del texto literario se convierten en una fenomenal carcajada ante el mundo desquiciado.

viernes, 23 de marzo de 2007

EL VIAJE TRIUNFAL DE EDUARDO GARCIA AGUILAR

Por Vicente Francisco Torres


(EL VIAJE TRIUNFAL. Novela editada en primera edición por Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1993, 321 págs. Luego fue editada por Nueva Imagen, en México, en 1997 y por Altera, Barcelona, España, en 2003. Traducida al inglés y al bengalí).


Eduardo García Aguilar (Manizales, Colombia, 1953) comenzó a construir un mundo literario desde la publicación de su primera novela, Tierra de leones (1986), y con el tiempo y con cada nueva novela lo amplia, profundiza y varía. Dicho universo tiene su centro en Colombia, y su circunferencia en todo el orbe. Ha mostrado la oposición entre el mundo aldeano y pacato de las buenas conciencias y la herejía mundana.
En el centro del universo de García Aguilar hay un imán: Manizales, su tierra natal, una población de hacendados cafeteros encaramada en los Andes y que, una vez que tuvo saciada el hambre de los alimentos terrestres, sintió el estómago vacio por esa otra hambre de que habló el cubano Onelio Jorge Cardoso en su hermoso cuento El caballo de coral:la del espíritu, la del pan trascendente. Fue así como las calles de Manizales vieron deambular a un puñado de poetas desaforados, modernistas y decadentes que han nutrido los libros de nuestro autor.
Desde Tierra de leones, García Aguilar mostró sus pasiones: el decadentismo europeo, el modernismo americano y un dios tutelar: Joris Karl Huysmans. Tanto en su primera novela como en Bulevar de los héroes (1987) quedó afirmada su fe en el verbo, en la expresión rutilante, y empezaron a aparecer algunos de sus entes de ficción que sufrían la asfixia de la tierra natal: Arnaldo Faría Utrillo, los Fundidistas y los Lánguidos Camellos.
Urbes luminosas (1991), conjunto de crónicas que hablan de la experiencia europea y americana del narrador —quien pasó más de un lustro en el viejo continente y realizó estudios de economía política y filosofía en la Universidad de Vincennes—, es muestra contundente del afán cosmopolita del autor. Salió de Manizales, recorrió varios países americanos, vivió en Europa y en los Estados Unidos y hoy parece radicar definitivamente en México.
Mezcla de los afanes de sus dos novelas, de su libro de crónicas y de su experiencia nómada es El viaje triunfal, novela que obtuvo en 1989 el premio de narrativa Ernesto Sábato para escritores colombianos. En ella Arnaldo Faría Utrillo realiza el sueño de ser extranjero de profesión, hecho que siempre ha obsesionado al mismo autor. Faría Utrillo es concebido en México, nace y pasa su infancia en Colombia y sale a correr mundo siendo aún adolescente. Se gana la vida enviando reportajes desde los sitios que visita, y en su itinerario hallamos a Jamaica, México, Estados Unidos, la India, Japón, Egipto, Roma, Francia y España. Fiel a sus pasiones, García Aguilar sitúa la novela a finales del siglo pasado y en la primera mitad del presente para que observemos a Enrique Gómez Carrillo, José Maria Vargas Vila, Rabindranath Tagore, Pablo Picasso, Julio Ruelas, Salvador Diaz Mirón, José Asunción Silva, Baldomero Sanín Cano y Tomás Carrasquilla. La figura de Huysmans se cierne sobre toda la novela y se refleja en las exquisiteces y exotismos de Faría Utrilbo, quien probo todas las delicias y todos los pecados antes de volverse un hombre religioso. Amó a las más bellas mujeres, miró los más prestigiados paisajes, entró a los templos y a los más miserables antros. Escuchó a Caruso y habló con Mata Han. Llegó a la pederastia, fue poseído por un soldado nazi, entrevistó a Papini, compartió la mesa con Apollinaire, fue amigo de Neruda, de Gabriela Mistral y de Vallejo y asistió a las "orgías de hierro" de las dos guerras. Ya cuarentón regresa a la Enea, una suerte de Atenas de los Andes, trasunto de Manizales. Creyó ciegamente en el viaje, hizo de la extranjería una profesión pero acepto que "viajar es huir de uno mismo, pero llega el momento en el cual descubrimos que es inútil la huida". Esto de ninguna manera es una simple desilusión; es un convencimiento trascendente, una conversión a la religión del crepúsculo:
Todo es un crepúsculo, mii querida odalisca. Cada uno de nuestros pasos, cada una de nuestras palabras, toda palpitación es la prueba de tal aserto. He desconfiado mucho de aquellos seres optimistas que predican la felicidad venidera e incitan a sus congéneres a morir por ese hipotético paraíso, pues me parece que o saben la verdad y la ocultan con malicia o son en definitiva cretinos. Hago una salvedad: los santos. ¡Ah! Quiero ser muy claro en este punto. Los santos pertenecen al género de los poetas porque su reino está ausente de este mundo. Los héroes y los mártires sí me llenan de reverenda y admiración. No el rostro falso de los vendedores de felicidad terrenal. Santos y místicos pertenecen a la cofradía de los crepusculares porque no tienen fe ninguna en el comercio de los hombres. La fe en el crepúsculo es la certeza de que ninguna partícula del universo sobrevivirá para atestiguar las supuestas glorias del género humano. Toda vanidad es inútil ante la oscuridad eterna. Eso lo sabía ya Eratóstenes de Cirene, el gran bibliotecario de Alejandría... [pág. 308].
Como puede verse, esta idea final coincide y amplía lo sostenido en Bulevar de los héroes: las ideologías fracasan y la utopía no puede alcanzarse. Como Sísifo del siglo XX, el hombre debe luchar contra el peor enemigo: la desesperanza.
Con una sensualidad finisecular, ostentosa y delirante, Faría Utrilbo se construye en Colombia una casa inspirada en las mezquitas cairotas y un mausoleo de malaquita con forma de rana, digno escenario donde volarán en pedazos, junto con la cripta, los restos de los poetas fundidistas, sacrificados por heréticos y antisociales. Ellos pisoteaban hostias y Faría simpatizaba con ellos; por lo tanto, los poetas fueron despojados del corazón —uno hasta de la columna vertebral— y el cadáver de Faría desapareció.
La pérdida del cadáver de Faría Utrilbo da oportunidad para señalar que el novelista manizaleño ha hecho de la expresión bella una obligación. Todo lo que escribe está inspirado en el fasto modernista. Por ello no es gratuito que haya vuelto a la poesía con Llanto de la espada (1992) y construya sus novelas con escenas fulgurantes, cinematográficas, como la aparición del cadáver de Faría dentro de una olla y con una manzana metida en la boca, como un lechón.
Técnicamente, creo que la novela no persigue hacer innovaciones. Es lineal, de la concepción a la muerte de Faría Utrillo, y únicamente la narración o explicación de algunos hechos rebasa los márgenes de la A a la Z. Como dije al principio, las crónicas y novelas de García Aguilar aparecen entreveradas con sus propias convicciones e incluso con sus vivencias. En El viaje triunfal, el cronista, viajero y decadente Faría Utrilbo surge como una especie de alter ego de García Aguilar: "Entrevistas, reportajes, crónicas, poemas, intentos de novela llenaron las gavetas de su pupitre y cada noche, a la luz de la chimenea, leyó fragmentos de Urbes luminosas, un libro de crónicas reales y ficticias sobre sus andanzas por el mundo".
En Llanto de la espada, libro que quizá fue escrito paralelamente con El viaje triunfal, se reitera la idea del viaje eterno que siempre encuentra reposo en el país natal: "Mi tierra es sólo metal vago lucero/ ciudad de moribundos...".
Si la novela obliga a cierta lógica y a ciertos parámetros argumentales, en la poesía García Aguilar diseñará también sus imágenes dilectas (muchachas poseídas por serpientes sedientas, jovencitas que incitan al sexo a los halcones, un pastor que posee el cadáver de una joven, sirenas, hetairas y neptunos que asisten a una posesión necrofilica), pero las entregará con desplantes, para que la imagen poética brille: "Junto al mar un pastor sin rebaño/ abre el cauce necesario y se interna en la arenal para después morir de sed entre corales./ En las estaciones de pegasos/ aurigas angustiados oran a las llantas/ de una carroza mortuoria...".
García Aguilar tiene una obsesión que aparece como ingente sombra: el boom, con su escándalo comercial, hizo olvidar a grandes escritores anteriores al estallido, tales como Felisberto Hernández y José Lezama Lima. Si miramos a los autores que surgieron después del boom, vemos que "claudicaron en una medianía espantosa y se volvieron empleadillos sin sueldo de las multinacionales de la edición [...] Se perdieron la rebeldía y la independencia, el orgullo y la firmeza que deben caracterizar al verdadero artista..." Ante este panorama, sólo la poesía de nuestro continente ha mantenido una tradición de rigor e independencia.
Por eso García Aguilar vuelve a ella, después de Ciudades imaginarias, como un desafío a la mediocridad post boom pero también para tender un puente de salvación artística entre los grandes poetas modernistas y vanguardistas y los que hoy entregan lo mejor de su oficio. Dice García Aguilar en entrevista con José Luis Perdomo, de El Financiero (7 de mayo de 1993): "La poesía es flexible, es un instrumento maravilloso para tensar la palabra, hacerla explotar y reacomodarse. Sin formación poética, sin lectura y sin admiraciones poéticas, el narrador es una bestia y lo increíble es que muchos narradores denigran de la poesía, les aburre y se vanaglorian de no saber nada de ella".
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OBRAS DE EDUARDO GARCIA AGUILAR:

Tierra de leones, México, Editorial Leega(Literaria), 1986.
Bulevar de los héroes, México, Plaza yValdés Editores, 1987
Urbes luminosas, México, Editorial Leega(Omnibus), 1991.
Llanto de la espada, Universidad Nacional Autónoma de México (El Ala del Tigre),1992.
El viaje triunfal, Santafé de Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1993

Tequila coxis, México, 2003
Voltaire, el festín de la inteligencia, Bogotá, Colombia, 2005
Animal sin tiempo, México, 2006

jueves, 22 de marzo de 2007

ENTREVISTA CON EDUARDO GARCIA AGUILAR


Entrevista a Eduardo García Aguilar

---- Sobre literatura colombiana y latinoamericana hoy ---

Por Marcos Fabián Herrera

¿Cómo se sitúa dentro de la literatura colombiana?
Nunca he pertenecido a generación o grupo alguno. No me gustan los clanes, grupos de poder y menos el naciocionalismo apolillado que practican algunos ahora para recibir aplausos fáciles y seguidores ciegos, o para escudarse detrás de una andera. Prefiero a los autores apátridas y marginales, a los malditos. Salvo entre mis amigos, me siento extranjero entre los escritores colombianos y soy un forastero para ellos. Me aburre mucho la literatura colombiana de hoy con sus sicarios, travestis, prostitutas de caricatura y narcos relatados por medio de historias planas sacadas de guiones o reportajes fallidos. Y me encanta ser un forastero en mi ex-país, pues no hay mejor estatuto para un escritor que ser extranjero. De la extranjería tratan mis novelas, poemas y ensayos. Mis personajes son desarraigados, siempre en éxodo, lejos de una tierra nativa, acosados por la quimera del regreso y destruidos, triturados por el retorno. Leonardo Quijano en Tierra de leones, Petronio Rincón en ulevar de los héroes, Faría Utrillo en El viaje triunfal y Néstor Aldaz en Tequila coxis, son a fin de cuentas extranjeros profesionales, apátridas, marginales, rebeldes, tiran piedra desde afuera a los festines de los poderosos. Para ser honesto, creo que por tantos años « afuera », llevo dentro una Colombia fosilizada, la Colombia de la infancia y la adolescencia, y por eso las afinidades tribales o de generación para mí son ficticias, inexistentes, artificiales. Me fui a los 20 años recién cumplidos y no he vuelto a vivir allá. He ido de viaje a ver amigos y familiares, invitado a la Feria del Libro, pero eso es también ficticio: uno es una ficción para quien lo ve allá y el país es a su vez una quimera para uno como visitante y forastero. Yo no he estado allá en los terribles combates cotidianos de las últimas décadas. En el campo literario no me siento afín a ningún grupo o tendencia colombiana de hoy, pero respeto a los colombianos que han enfrentado la situación allá con dignidad y entereza. Y en especial respeto a los escritores que viviendo allá entre los suyos son extranjeros en su propia tierra, ninguneados por los grupos de poder literario de Bogotá y Medellín.

¿Qué piensa de la generación que lo precedió, integrada por Nicolás Suescún, Germán Espinosa, Fanny Buitrago, Oscar Collazos, R.H Moreno-Durán, Luis Fayad, Ramón Illán Bacca, entre otros muchos?
La generación a la que te refieres es un grupo de contemporáneos colombianos de gran nivel que publicaron sus primeras cosas al inicio de la explosión estética de los 60, cuando Colombia era sin duda más moderna que hoy en el aspecto literario, con revistas como Mito y Eco. Ahora hemos vuelto al realismo ramplón precarrasquillano y prevargasviliano que imponen los mercaderes, a una literatura del escándalo dictada por las editoriales, una literatura mercancía cuya única finalidad es vender y hacer del escritor un producto lanzado con las técnicas del marketing por las oficinas de prensa. Ahora sólo se puede escribir de sicarios, narcos, prostitutas y travestis. O sea vender afuera y adentro un cliché de lo colombiano absolutamente deleznable. Esos escritores fueron aplastados por la indiferencia de los colombianos, los críticos de las universidades que siguen lo ordenado por las tres editoriales multinacionales y el ninguneo infame de la crítica, las editoriales y la prensa española. A todos ellos los admiro y los respeto en su espléndido fracaso. Ahora, antes que ellos han existido escritores de una gran modernidad en Colombia, abiertos al mundo, como Jorge Gaitán Durán, Fernando Charry Lara, Hernando Téllez, Álvaro Mutis, Danilo Cruz Vélez, para sólo mencionar a algunos, con quienes hay que restablecer el diálogo. Esos son los importantes, no los payasos o payasas mediáticos de hoy. Ahora, tengo debilidad por mis contemporáneos de la Generación Sin Cuenta, o sea los que nacimos en los 50 como Tomás González, Julio Olaciregui, Evelio José Rosero, Sonia Truque, Julio Paredes y Juan Carlos Moyano, y otros mas recientes como Pedro Badrán, Pablo Montoya y Hugo Chaparro. Comparto con ellos esa actitud un poco rebelde, marginal, alérgica a las mafias y a los clanes. Hacen su obra y viven a contracorriente del escándalo reinante.

¿La diáspora emprendida por muchos que buscaron una trinchera creativa en Barcelona, México o París, logró una literatura más ecuménica o tan sólo recuerdos parisisnos, barceloneses y bohemios?
No me gusta mucho la palabra diáspora, pues me parece muy pretenciosa para el caso de los escritores colombianos que somos privilegiados y salimos del país voluntariamente, ya formados por la intensa actividad universitaria y cultural colombiana. Nada que ver con la persecución y exterminación del pueblo judío. Somos viajeros felices y en el viaje nos hemos divertido mucho acercándonos a otras culturas, ámbitos, paisajes, lenguas, amores. Cada quien carga sus orígenes regionales y los lleva adentro. Barcelona, Londres, Berlín, Roma, Nueva York, México o París acercan a la humanidad, a todas las razas y clases, a diversas culturas y religiones, a otras literaturas. Vivir en esas grandes capitales ayuda a palpar la humanidad entera y abrir otros espacios a la escritura. En mi caso la Francia de los años 70 fue definitiva: fue la última época de la rebelión intelectual francesa. Allí podíamos ir a escuchar las clases de Foucault, Barthes, Deleuze o Chatelet, en el Colegio de Francia o en Vincennes, ver de lejos a Sartre y a Lacan. Ahora la intelectualidad francesa es sólo una sombra de aquella época. México también fue decisivo para mí. Allí me han publicado todos los libros, escribí en los diarios, y crecí con una generación de escritores de ficción con los que me identifico y comparto muchas cosas. Ahora, lo de la bohemia, eso ya no existe.

Usted ha reclamado recuperar el legado de polígrafos como Macedonio Fernández y Pedro Henríquez Ureña. ¿Perdimos al escritor Latinoamericano polemista y reflexivo?
En varios ensayos he planteado que hubo una ruptura curiosa después del boom latinoamericano con toda una tradición moderna que tuvo su esplendor en nuestro país con las revistas Mito y Eco. Basta abrir una vieja revista Eco de los años 60 para percibir la modernidad y el nivel de la discusión intelectual de esa época, comparada con la ridiculez de las estrellas literarias locales de hoy, que se pelean desaforadamente por ocupar el podio del más estúpido o la más estúpida. Si uno revisa a esos autores que proliferaron desde el río Bravo hasta la Patagonia, como Borges, Reyes, Uslar Pietri, etcétera, se da cuenta que la intelectualidad latinoamericana estaba más abierta al mundo y no se especificaba en temáticas locales como hoy. Las tres editoriales multinacionales ordenan hoy a los argentinos escribir sobre tango o Evita Perón, a los mexicanos sobre chocolate y charros de sombrero con pistola, y a los colombianos sobre narcos, sicarios o putas y si cumplen con la tarea, los vuelven hasta genios. Por el contrario, los hombres de esa generación de la primera mitad de siglo tenían varias cualidades: eran profundamente tolerantes, democráticos, consideraban que desde América Latina podíamos dialogar de tú a tú con el mundo y no eran sumisos vendedores de folclorismos y clichés, como ocurre con nuestros geniales narradores de moda. El boom contribuyó a dar a conocer la literatura latinoamericana, pero fue nefasto a la vez porque promovió al escritor profeta endiosado, rodeado de corte y de áulicos críticos, a un escritor o escritora inflado como sapo que camina como político, opina de todo y es bandera nacionalista o regionalista. Prefiero a ese intelectual democrático y crítico de esa generación polígrafa y en el caso colombiano pienso que los hombres de Mito y Eco fueron arrasados a cambio de un intelectual escandaloso, demagogo y payaso mediático. Ahora a los escritores los promocionan como a modelos de telenovela. Prefiero en Colombia a Charry Lara, a Mutis, a Gaitán Durán, a Danilo Cruz Vélez. Y en América Latina a Henríquez Ureña y a Alfonso Reyes y a críticos como Emir Rodríguez Monegal que decían al pan pan y al vino vino.

Dada su condición de escritor colombiano residente en Francia, y acucioso rastreador de literaturas, puede decirnos si los editores consideran diversas estéticas literarias o acaso ¿siguen buscando mujeres que ascienden a los cielos y pandilleras que mueren en quirófanos?
En lo que respecta a la literatura latinoamericana, las multinacionales promueven hoy a autores latinoamericanos de tercer o cuarto nivel que les doren la píldora con temas folclóricos o sandeces. Para ellos un autor latinoamericano actual no tiene derecho a hablar de tú a tú con la cultura del mundo, y debe venderse como el salvaje calibanesco que cuenta las atrocidades de las ex colonias. Si se pone la piel de bárbaro, se pone las plumas y se ajusta los colmillos es promovido. Pero aparte de eso, el mundo editorial es muy rico y se sabe muy bien cual es la literatura de fondo y cual la de los best-sellers. Se venden más estos últimos, pero la literatura verdadera existe y tiene sus espacios críticos, universitarios y su público sólido.

¿ Es Colombia tierra de verdaderos poetas, o de simples balbuceos de beodo y alambicados discursos de gramático?
Desgraciadamente Colombia es como una ínsula en materia de poesía. Salvo Silva y casos excepcionales a lo largo del siglo XX, siempre ha dado la espalda a lo que pasa afuera. Antes la poesía colombiana estaba encerrada en el soneto y el alejandrino, ahora en una retórica anacrónica surgida de malas lecturas de traducciones del romanticismo y de cierto expresionismo alemán. El alba y el crepúsculo siguen aplastando a la poesía colombiana. Todos quieren escribir bonito y engolado y ahora les ha dado por volver a la poesía terrígena o al romanticismo a lo Corin Tellado. No se han dado cuenta de las rupturas en la poesía anglosajona e incluso de las explosiones latinoamericanas ejercidas desde Brasil, Chile, México y Nicaragua. Lo beodo, alambicado y gramático ya quedó atrás, pero renace por desgracia lo precarrasquillano y prevargasviliano, un realismo fácil y ramplón que no sé si es peor que lo gramático.

¿Sigue siendo Colombia un país sumido en el parroquialismo cultural?
No, en Colombia hay muchas universidades y hombres de letras y pensamiento de primer nivel, pero no tienen espacios y están vetados en los periódicos, las revistas y las editoriales. Lo que yo creo es que los grupos de poder en Colombia son más papistas que el papa. Es un país dominado desde las seis de la mañana hasta medianoche por las cuatro pestes de la humanidad que son los políticos, los militares, los curas y los periodistas. Es un país mediático donde todo tiene que ser rápido, superficial, escandaloso, plástico, clasista, racista. Los periódicos se acabaron y no tienen espacio para el pensamiento. Todo el país y hasta los intelectuales y escritores piensan y actúan como el columnista de El Tiempo Poncho Rentería. Está prohibido detenerse un instante a pensar. Y por eso la literatura que circula y domina es una literatura plástica, de revista de peluquería. Como todos los medios están dominados por dos o tres familias de la oligarquía que viven entre Miami y el búnker de los barrios ricos y rosas del norte de Bogotá, ese es el rasero impuesto a la cultura. Creo que a fines del siglo XIX, en los años 20 y 30, en la década de los 50, cuando surgieron García Márquez y Mutis, y en los 60, cuando aparecieron los nadaístas y la generación desencantada, el país era más moderno e interesante que hoy. Basta ver al Congreso recibir y homenajear a los más grandes asesinos de la historia colombiana, que son los paramilitares, para entender lo que pasa hoy. No tardarán los paras en adueñarse de la narrativa colombiana. A lo mejor ya se adueñaron y no nos hemos dado cuenta. La narrativa colombiana de moda hoy es una paraliteratura.

De Manizales a Europa, de la tradición Grecoquimbaya al postmodernismo francés… cuéntenos un poco esa trayectoria…
Yo nací en Manizales que fue centro cultural en los años 30 y luego en los 60 y 70 con el Festival de Teatro. Los grandes autores colombianos de entreguerras fueron editados en los 30 por Arturo Zapata editores que fue una de las primeras editoriales modernas del país. Cuando yo abrí los ojos a la literatura, la ciudad era un centro internacional de cultura muy interesante, con el Festival Internacional de Teatro. Allí los adolescentes salíamos del colegio e íbamos a ver debatir a Neruda, a Sábato, a Asturias, a Vargas Llosa, a Grotowsky y vimos todo el teatro contemporáneo en el Teatro Fundadores. Teatreros de todo el mundo pasaban por allí y dejaban libros e ideas, y las bibliotecas del Colombo-Americano y la Alianza Francesa traían todas las novedades editoriales del continente. Yo aprendí francés en la Alianza Francesa de Manizales y ahí veíamos cine moderno y leíamos a los autores franceses. El grecoquimbayismo ya era cosa del pasado. Pero respecto a los grecoquimbayas o grecolatinos que mencionas, ahora a cualquier columnista analfabeta de Bogotá le da por criticarlos y burlarse de ellos sin entender que fue una generación que se dio en los años 20, 30 y 40 en todos los países de América Latina y Europa. Hay que analizar su fenómeno situándolo históricamente. Los críticos y los universitarios mexicanos analizan todos los episodios de su literatura con sangre fría y con respeto hacia las expresiones de su pasado, tratando de analizar el marco histórico. En esas épocas de auge de la ideología nazi-fascista, falangista, mussoliniana y franquista hubo muchos intelectuales seducidos por esas ideas, como nuestro Porfirio Barba Jacob. En México hubo muchos, entre ellos José Vasconcelos, en Argentina Leopoldo Lugones y así de país en país. En Europa fueron dominantes durante los tiempos de ese auge reaccionario fascista: son escritores de estirpe católica y conservadora, lectores de Maurice Barrès, Charles Maurras, escritores filonazis, filofranquistas y filomussolinianos. Hasta Gaitán se dejó seducir por cierta retórica nacional-socialista. Hay que analizar lo que pasó ahí y tratar de desentrañarlos para entender ese aspecto de las letras colombianas y latinoamericanas. En mi trilogía sobre Manizales se aborda ese extraño asunto. De modo que de mi ciudad natal destaco esa especie de hidra cultural de los 60 y 70: por un lado totalmente abierta la mundo con el Festival de Teatro y a la modernidad y por otro bajo el fantasma reciente de una retórica escondida en las torres de la catedral. Eso está en mi trilogía compuesta por Tierra de leones, Bulevar de los héroes y El viaje triunfal.

Después de varios años en la AFP, ¿qué experiencia le deja periodísticamente la prensa Francesa?
He trabajado en varios periódicos mexicanos y en una agencia internacional de prensa para sobrevivir. Ha sido una gran experiencia poder viajar, ir en búsqueda de la noticia, estar al tanto día a día de lo que pasa en el mundo. Todo contacto con la realidad y las palabras que la representan es enriquecedor. Soy francófilo, aprendí francés adolescente en la Alianza Francesa de Manizales y he trabajado en la AFP durante 20 años. Ahora estoy desde hace casi ocho años en la sede de París. Soy un afortunado. Le debo mucho a Francia, aprendí demasiado cubriendo conflictos y sucesos de todo tipo para la agencia francesa y quiero mucho a este país. Casi todos los escritores de la historia han estado relacionados con la prensa de alguna u otra forma y en especial los franceses. Y eso es necesario y vital. La prensa francesa es muy rica. Es un modelo distinto al anglosajón, que es el que copian en Colombia los medios dominados por dos o tres familias oligárquicas.Y en esos medios franceses hay mucho espacio para la cultura, el debate histórico, la literatura de todas las regiones del mundo.

Ante la banalización del ejercicio periodístico y el cada vez más exiguo análisis en la prensa, ¿se hace apremiante el retorno de los escritores al periodismo, y acabar con el divorcio?
Los escritores, si pueden, debemos huir del periodismo tal y como se hace hoy. A veces no es posible porque es la única forma de sobrevivir. Y no podemos hacer nada porque los medios son propiedad de esas familias y esos grupos de poder y cambiarlos desde adentro es imposible. Lo mejor es escribir, escribir y escribir y estudiar, leer y mirar al mundo. El periodismo de hoy se ve afectado por las mismas estrategias multinacionales que controlan a las editoriales y dictan lo que se debe escribir y decir. El periodismo es hoy un gran negocio multinacional y la máquina trituradora de noticias una productora de noticias-mercancía para el consumidor. Los periodistas son fichas asalariadas y toda veleidad de independencia es castigada. Ojalá Internet libere esa situación y haga posible expresarse por blogs o por chats, como ya está ocurriendo.

Desde Tierra De Leones hasta Tequila Coxis, perviven elementos transversales, como las inmersiones psicológicas y la presencia de hombres en busca de lo cosmopolita y lo universal. ¿Es un deliberado proyecto de hacer una literatura apátrida?
Me gusta mucho su pregunta, porque se acerca a esa gran pulsión apátrida personal que he tratado de expresar en la Trilogía de Manizales (Tierra de leones, Bulevar de los héroes y El viaje triunfal), así como en Tequila coxis, Urbes luminosas y en mis libros de poesía Llanto de la espada y Animal sin tiempo, que conforman lo esencial de mi corpus literario hasta ahora. Voy a reunir mis ensayos publicados en la prensa a lo largo de dos décadas bajo el título de Textos nómadas. Mi combate es contra los nacionalistas, los que cautivan su público hablándoles maravillas de los paisajes nacionales, cuando paisajes lindos hay en todo el mundo y las guerras se dan a veces en los escenarios más hermosos del planeta. Como lo dije anteriormente, la temática central de mis libros es la extranjería, el viajero, el judío errante, el hombre solitario en las estaciones de tren o los aeropuertos, el individuo que anda por el mundo y no ve fronteras y se come las antípodas con pasión. Te cuento y no es para presumir, que El viaje triunfal, totalmente ignorado en Colombia, fue publicado en 2005 en bengalí en Calcuta en edición hard cover y aparecerá este año en Estados Unidos en inglés, y que Bulevar de los héroes, inédita en Colombia, está publicada desde hace diez años en Estados Unidos con prólogo de Gregory Rabssa, el traductor de García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Valle Inclán. También están publicados en Estados Unidos mis relatos apátridas y mundiales de Urbes luminosas, así como mi ensayo sobre la revolución zapatista mexicana Mexico madness.

Al igual que Cortázar, ¿París le permitió descubrirse Latinoamericano?
Llevo 30 años de relación ininterrumpida con Francia, incluso dentro del lapso en que viví en Estados Unidos y México. Adoro París y toda la literatura que ha inspirado a lo largo de la historia, hasta la de Julio Cortázar y su excepcional Rayuela. Nuestra generación descubrió Latinoamérica y su latinoamericaneidad oyendo por la radio el 11 de septiembre de 1973 los pormenores del golpe de estado de Pinochet contra Salvador Allende. Los estudiantes de Sociología de la Universidad Nacional nos quedamos esos días en vela en el Jardín de Freud esperando el regreso del general Pratts y el retorno de Allende, pero todo fue inútil. Regresamos a nuestras casas, adolescentes de 19 años, con un dolor enorme, el dolor de la derrota por el triunfo de ese milico fascista y la derrota de un civilista de izquierda. Es una fecha clave para varias generaciones de colombianos y latinoamericanos. En París, en la Universidad París VIII-Vincennes, acabé de comprender el rompecabezas al ver, recibir y hablar con los miles de exiliados del Cono sur que llegaban a medida que surgían dictaduras militares infames de ultraderecha. Ahora París es una ciudad muy latinoamericana, como siempre, pues aquí han vivido alguna vez casi todos los autores latinoamericanos. Yo creo que Colombia debe disolverse en América Latina. Deberíamos decir que somos latinoamericanos, ese es nuestro verdadero espacio cultural.

*Qué mejor escuela para un escritor que haber trafagado por México, Estados Unidos y Francia; y, cuando se ha hecho de la errancia una necesidad vital y de la iconoclastia una religión de ferviente devocionario. Nada más ajustado a la acrisolada raza cósmica que soñó Vasconcelos. Si los verdaderos poetas, a tenor con la sentencia de Willian Blake, son del partido del diablo, Eduardo García Aguilar, es sin discusión un aplicado discípulo de Mefistófeles. Iconoclasta e incisivo, este novelista y poeta Colombiano residenciado en París, con se ve iluminada agudeza, lanza dardos y mandobles para advertir de los espejismos y vacuidades de estos tiempos.*
posted by LaMovidaLiteraria at 12:03 PM