
domingo, 10 de enero de 2010
EL TRISTE FIN DE LOS CAUDILLOS LITERARIOS

sábado, 2 de enero de 2010
SIMÓN BOLÍVAR EN 2010

Comencé el año leyendo los documentos básicos de Simón Bolívar publicados en la clásica Colección Panamericana bajo el título de Ideas políticas y militares, con prólogo de Vicente Lecuna. Sorprende hacer una relectura de los textos fundacionales del país como si se tratase de la novela de las gestas libertadoras y el testimonio de un hombre de aquella época sobre los avatares del continente recién desmembrado de la odiosa madrastra española, que lo sojuzgó durante tres siglos de sangre y humillación.
Lo primero que salta a la vista es la grandeza de ese joven idealista que lanzó sus primeras proclamas de guerra a los 29 años y cuya prosa es la de un clásico de la lengua castellana. Sólo con piezas tan notables como Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla, también conocida como Carta de Jamaica, de 1815, o el Discurso en el Congreso de Angostura de 1819, el héroe pasaría a la historia como un gran escritor político de la estirpe de Montesquieu o Chateaubriand.
Revisar la prosa lúcida y exacta de Bolívar el primer día del año en que se celebra el bicentenario de las independencias, reconcilia al lector en estos tiempos de frivolidad planetaria con la tradición intelectual y política de América Latina, ese extremo occidente de mil aristas que en su seno vio nacer y crecer a grandes hombres, no sólo héroes sino pensadores y escritores como José Martí, Rubén Darío o José Enrique Rodó, que pueden todavía decirnos tantas cosas y que poco a poco hemos ido olvidando en medio de la gritería violenta y la estupidez reinantes.
Suelen algunos fanáticos actuales creer que cuando en estos días se menciona a Simón Bolívar se está hablando de un loco al que se recurre para hacer la guerra o practicar la demagogia, cuando por el contrario, como padre fundador de las naciones libres y soberanas de esta tierra latinoamericana, su voz es de una actualidad escalofriante. Lo que pasa es que pocos lo leen y lo escuchan o tratan de colocarse en el centro de esa gesta histórica que con incomparable generosidad encabezó en tiempos revueltos de geopolítica mundial.
Hoy como ayer el mundo se reacomoda en medio de las tensiones entre potencias establecidas y emergentes que algunas veces negocian y otras se amenazan como perros rabiosos mostrándose los dientes. En aquel entonces la arcaica y torpe potencia española declinaba y se instalaba en su lugar Gran Bretaña como el gran imperio de todos los mares, con sus ideas abiertas, la ciencia floreciente y claros intereses económicos y militares de hegemonía mundial. España se eclipsaba ante naciones que habían adoptado ideas protestantes, acordes con los nuevos vientos económicos, y criterios más modernos en materia de gobierno, justicia, gestión y comercio. Las viejas aristocracias y castas autistas e intolerantes eran reemplazadas por el auge del emprendedor burgués decimonónico que escalaba gracias a sus meritos y talentos y no por el apellido, la canonjía y el fuero.
En esos textos límpidos Simón Bolívar vio con claridad la necesidad de concretar para siempre el corte definitivo con la odiosa madrastra española para abrirse a otras alianzas mundiales novedosas. Y por medio de las armas, sorteando todos los peligros, paso a paso, como los grandes héroes y visionarios logró su objetivo poseido por la osadía delirante de los utópicos. En sus discursos y cartas salta a la vista la mente de un hombre culto que desde muy joven vio mundo y gozó de una notable formación política y militar. La Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura son textos fundacionales, cuya lectura en 2010 es útil para tratar de entender el extraño tinglado geopolítico mundial, cuando emprendemos un nuevo siglo de supuesta independencia buscando una mayoría de edad verdadera, ya no como simples colonias o cuarteles del amo sino como países maduros capaces de hablar con tolerancia, de tu a tu con las potencias en el ágora mundial, tal y como hoy lo hacen por ejemplo naciones antes sojuzgadas y hoy emergentes como China e India y en nuestro continente el notable y sorprendente Brasil de Lula da Silva.
En una bellísima carta del 22 de agosto de 1815, Bolívar advierte al presidente de las Provincias Unidas de Nueva Granada sobre el peligro de que el derrotado Napoleón Bonaparte trate de instalarse en América del Norte o en América Meridional para involucrar el continente en una nueva guerra perdida contra las potencias triunfadoras en Waterloo. Esta bella ficción no se concretó nunca y el gran Napoleon murió derrotado y preso en la perdida isla de Santa Helena, en medio del Océano Atlántico, pero muestra como en aquellos tiempos las arenas movedizas de la política mundial eran tan inciertas y peligrosas.
En este 2010, como hace apenas dos siglos, los equilibrios mundiales están cambiando. Están los poderes tradicionales a un lado y al otro una extraña hidra calibanesca de varias caras en Asia, Medio Oriente y Africa con la que hay un tratar, como Perseo, con mesura y talento, tratando de que no sea la cara más agresiva y fundamentalista la que predomine allí. Y cosa curiosa, América Latina se debate entre ser un cuartel o una base militar al servicio de una sola potencia, como ocurre por desgracia en Colombia, o asumir con dignidad su destino en el concierto pacífico de las naciones como ocurre con Brasil. O sea : o seguir siendo sólo un conjunto de naciones que se comportan como perros falderos llorones de la potencia del norte cual banana repúblicas o tener la dignidad de tomar decisiones propias y pesar en el concierto mundial nutriéndose de las ideas de los grandes pensadores del continente.
No se que escribiría Simón Bolívar si resucitara en estos días en Santa Marta, pero es bastante probable que optara por modelos de países tolerantes y abiertos que no se enfeuden a un solo protector sino que se abran a Europa y a los países emergentes y negocien de manera elegante con los vecinos que no piensen igual o incluso desafien a las ideologías reinantes de la plutocracia. Una de las nuevas proclamas de Bolívar sería sin duda contra los Pablo Morillo contemporáneos, o sea contra la idea de que la gran Colombia se convierta sólo en un cuartel servil y esquinero al servicio de Estados Unidos y que siendo el « corazón » de América se vuelva vil perro boxer gruñón del amo, llevando a sus ciudadanos a una conflagracion inútil y nefasta con sus vecinos por puro fanatismo ideológico.
lunes, 28 de diciembre de 2009
JOSÉ EMILIO PACHECO EN LA CASA SILVA

El pasado agosto, en la penumbrosa Casa de Poesía Silva de Bogotá se presentó el poeta mexicano José Emilio Pacheco (1939), quien acaba de obtener el consagratorio Premio Cervantes, semanas después de recibir el Reina Sofía de poesía. Aquella tarde de viernes en Bogotá caminé por la séptima y luego por las calles de La Candelaria para llegar a tiempo a la casa del suicida autor de Gotas amargas y De sobremesa.
Las calles estaban llenas de gente, en las esquinas viejos cantantes de tango engominados interpretaban la Cumparsita y decenas de saltimbanquis y mimos hacían piruetas para el público vespertino de la multitudinaria Bogotá. Como muy pocas veces regreso a Colombia, me emocionaba caminar entre el gentío por la séptima, comprobando que seguía siendo el dominio de la plebe de barrios bajos y suburbios, de los desempleados y empleados modestos que se apresuran a tomar el transporte colectivo o estudiantes que se despliegan a encontrarse con amigos en alguna taberna improvisada.
Sin duda hervían también por esas calles carteristas, cuchilleros, espías del DAS y vendedores de lotería, mendigos y estudiantes pobres de universidades y colegios públicos. Y en medio de esa barahúnda, el chilango José Emilio Pacheco trataba de llegar a la Casa de Poesía Silva sorteando en el vehículo en que lo llevaban el embotellamiento infernal de las calles bogotanas.
Como yo iba a pie conmovido por el reencuentro con la entrañable Bogotá que sólo veo de cuando en vez, pude llegar a tiempo al santuario de la poesía colombiana como un caminante de los tiempos de la Gruta Simbólica de Julio Flórez, mirando con nostalgia las pequeñas fondas y las colegialas que volantoneaban por las calles de la vieja Bogotá colonial con minifaldas cuadriculadas color verde savia y camisas blancas cubiertas por un modesto suéter café. No podía perderme al poeta Pacheco en La Candelaria.
En la Casa Silva me encontré con Hugo Chaparro Valderrama y Genoveva que ya estaban en segunda fila, con la poeta bogotana Eugenia Sánchez Nieto y con Alberto y Margarita Ruy Sánchez, en primera fila, quienes esperaban al sabio mexicano. Tras una espera entró por fin Pacheco, quien con sentido de humor contó las peripecias de sortear en vehículo las intrincadas calles coloniales bogotanas parecidas a las de una agitada Shanghái de tiempos de entreguerra o una lejana Calcuta bengalí, caótica y alegre, demencial, cómica, grotesca y terrible, pero en el fondo real, surreal y llena de vida.
Pacheco, con el inconfundible rostro pálido enmarcado por gafas cuadradas de carey y el corte de pelo de eterno adolescente aplicado de los años 50, se colocó en la mesa, posó a un lado su novedoso bastón valleinclanesco, y lejos de la solemnidad que suelen agenciar los autores, distendió el ambiente con bromas y chistes para excusarse por el retardo y desde ese instante hasta al final leyó versos y prosas de sus dos últimos libros y creó un especial ambiente de informalidad agradecido por los asistentes que llenábamos la sala central y las adyacentes, en espera del “canelazo” santafereño que nunca llegó.
El autor de Morirás lejos y Batallas en el desierto obtuvo hace años el Premio de la Casa Silva, primer galardón de carácter continental que mereció cuando era sólo considerado un polígrafo, autor raro, extraño erudito rodeado de libros en su casa de la colonia Condesa de la ciudad de México, no lejos de la Capilla Alfonsina de su maestro Alfonso Reyes. Y verlo ahí esa noche de agosto entre los aires santafereños y decimonónicos nos parecía un hecho insólito, salido de la novela De sobremesa de Silva o de las historias excéntricas de Joris-Karl Huysmans, ambos autores simbolistas y decadentes. Era una lectura histórica que no se podía perder un colombiano que ama a México y a toda su profunda tradición poligráfica. Sólo faltaba la gigantesca tortuga recamada de esmeraldas de Des Esseintes.
Durante los tres lustros que viví en México comprobé que José Emilio Pacheco ha sido para los mexicanos una universidad permanente a distancia, ejercida a través de la columna semanal Inventario, publicada inicialmente en Proceso, ventana minuciosa a todas las literaturas del mundo y una revisión crítica de los autores mexicanos y latinoamericanos olvidados o por conocer. Con una prosa transparente, sin escándalos y con profunda generosidad magisterial de erudito, Inventario ha creado vocaciones entre los nuevos e incitado las curiosidades de los infectados literarios. Esperábamos cada semana ansiosos ese texto para partir luego a las librerías de viejo de la calle Donceles a hallar libros de los autores recomendados por él.
Sus novelas cortas también han sido un descubrimiento, como Batallas en el desierto, donde despunta el erotismo desde la perspectiva adolescente en el vientre romano de la ciudad de México, cuando aún era una región transparente del aire, o en Morirás lejos, sobre los avatares de la diáspora judía, ambas publicadas por Era. Su poesía, entregada gota a gota a través de las décadas, es una conversación sobre las cosas esenciales, desprovista de himnos, engolamientos y corbatines tan usuales en la poesía escolar y juiciosa de México y otros países latinoamericanos.
La primera vez que vi a Pacheco fue a principios de los años 80, presentado a él entre la algarabía mexicana una noche tras una presentación de libros, por uno de los más brillantes compañeros de su generación, el gran poeta Francisco Cervantes, el ya fallecido rebelde lisboeta-queretano con quien están en deuda en México en estos momentos de olvidos y consagraciones.
Otra vez lo vi en la Feria del Libro de Guadalajara en 2006 para comprobar en directo la memoria asombrosa que lo puebla, cuando recordó de inmediato con escalofriante precisión un artículo mío de un cuarto de siglo antes sobre la traducción suya de Epístola: In Carcere et Vinculis (De profundis) de Oscar Wilde, publicada por Seix Barral, en 1980, y la última en el hotel Tequendama de Bogotá, al día siguiente del recital en Casa Silva, al lado de los novelistas Elmer Mendoza y Oscar Collazos.
José Emilio Pacheco ha sido para muchos el ejemplo más transparente de lo que es el ejercicio literario. Estar en la literatura y para la literatura sin aspavientos, lejos del mundanal ruido pero entre el ruido mundanal de las calles, habitado por la curiosidad permanente de conectarse con los fantasmas de los escritores que pueblan el reino del olvido.
Por eso hay que creerle cuando dijo, al conocer la noticia del Premio Cervantes, que “no soy ni el mejor poeta de mi barrio”, porque sabemos con él que Sócrates sólo era el mejor filósofo de la plaza del pueblo y Miguel de Cervantes Saavedra sólo un pequeño escribano que soñaba con un nombramiento en Cartagena de Indias, en la Nueva Granada, y fracasó en el intento.
domingo, 20 de diciembre de 2009
LA GRAN FARSA ECOLOGICA DE COPENHAGUE

Por Eduardo García Aguilar
La década termina con el intento fallido de los poderosos del mundo en Copenhague por tratar de reducir la contaminación del planeta y la destrucción de los recursos naturales, que supuestamente nos llevan al calentamiento global. La reunión, que fue preparada durante mucho tiempo y tuvo propaganda a diestra y siniestra, en un bombardeo asfixiante de temas por radio, prensa y televisión multinacionales, concluyó en el caos, ya que las potencias y los grandes grupos económicos no podían aceptar medidas que fueran en su detrimento en tiempos de crisis económica.
Las potencias ya instaladas de Europa y América, que basaron su progreso en la destrucción del planeta en el último medio milenio de guerras y colonizaciones, no desean bajarse del tren de consumismo y riqueza en el que viajan cómodamente y que uno puede percibir en los aires cuando viaja de noche en avión sobre el orbe y ve la impresionante mancha lumínica que cubre a todos los países ricos del norte. Las potencias emergentes como China, India y Brasil y los países pobres que apenas comienzan a saquear sus riquezas de manera atónoma, no quieren renunciar a ese usufructo a cambio de nada, cuando los ricos ya están asentados cómodamente desde hace siglos en la explotación indiscriminada del planeta.
Las naciones asiáticas y mediorientales ricas, donde la gente viajaba hasta hace poco en bicicleta, quieren ahora ir en autos enormes y construir rascacielos y nuevas copias de Nueva York, como ocurre en Shangai, Dubai y Singapur. En América Latina el sueño de las ciudades y los pueblos es hacer avenidas y puentes de cemento, llenarse de autos y celebrar felices que el esmog las cubra hasta la asfixia. Zonas enteras del pasado con riquezas culturales invaluables son arrasadas cada día para hacer estacionamientos y construir urbanizaciones que son hongos interminables de cemento.
Las familias latinoamericanas no quieren tener un solo auto en casa sino un carro por persona y no poseer uno de esos vehículos es considerado un verdadero fracaso vital en los países del tercer mundo. La vida de los hombres pobres se reduce a ahorrar para comprar un carro, ojalá el más grande y contaminador posible. En las ciudades los gobernantes son felices derrumbando los barios antiguos e inaugurando cada semana puentes, rascacielos y avenidas. Un alcalde o un gobernador latinoamericano que no cubra de cemento sus campos y no abra boquetes para dar paso al dios automóvil es un funcionario fracasado. En una megalópolis monstruosa como la Ciudad de México, la locura llega hasta construir autopistas de varios pisos donde los habitantes son felices pasando horas y horas atrapados por el congestionamiento en los viaductos y en los periféricos en medio del estrés.
Los ríos están contaminados y son caños hediondos de detritus y desperdicios innombrables, las montañas nevadas se derriten y los bosques se vuelven desiertos ante la indiferencia de los humanos que celebran ese apocalipsis como el signo del desarrollo y el progreso y el aumento del PIB. Los cielos están inundados de aviones y el turismo de masa ha banalizado el viaje dejando una estela de basura por donde pasa la muchedumbre devastadora de los vacacionistas agitados, cuya mente manipula la propaganda de las grandes agencias de viajes. Ya estamos muy cerca de los paisajes impresionantes de Blade Runner, esa gran película de culto que imagina el mundo a donde nos conduce la idea de progreso y desarrollo que ha dominado las políticas gubernamentales a lo largo del siglo XX.
Aunque ya fue un progreso que en todo el mundo se planteara cambiar de actitud frente al derroche de agua, la deforestación, el crecimiento del parque vehicular y la idea de progreso a toda costa, la confusión de los representantes de las distintas regiones del mundo, como si estuviesen en una Torre de Babel, nos muestra que la humanidad sigue su camino ineluctable a la autodestrucción.
Pero hay algo también sospechoso en la súbita unanimidad neo-ecologista de las grandes multinacionales que mostraron esta semana la propaganda de sus nuevos inventos, al parecer con la anuencia de las grandes potencias y los grandes capitales multinacionales. Tal vez ya se están preparando para aprovechar el próximo agotamiento de los combustibles fósiles, subirse al rentable tren de las nuevas tecnologías alternativas e instaurar así una nueva hegemonía que apenas podemos imaginar los habitantes de este comienzo de siglo que por desgracia, a no ser que nos clonen, ya no estaremos vivos en 2050.
Asustan esas propagandas idílicas de los molinos de viento eólicos del futuro, las placas de energía solar y otras supuestas maravillas que vimos en estos últimos días en publicidad por la cadena mundial televisiva CNN. También es extraña la imposición televisiva de esa nueva religión neo-ecológica para ricos que se impone poco a poco y que puede ser una cortina de humo para esconder el verdadero problema de la pobreza y la miseria extremas que reinan en todos los países subdesarrollados del sur y en los suburbios repletos de inmigrantes en las grandes potencias. Es sospechoso que de repente todos los tiranos, magnates y presidentes del mundo se hayan convertido en ovejitas neo-ecológicas en Copenhague y que mientras hacen la guerra y gastan miles de millones en armamentismo propugan por jugar a la lechera bucólica de Vermeer o a la campesina lavandera junto a idílico riachuelo nórdico y el paisaje de estampa ideal.
Todos esos maleantes hipócritas que gobiernan el planeta nos han engañado en Copenhague. Durante una semana hablaron de ecología y energías alternativas, pero al regresar a sus atribulados países seguirán haciendo la guerra, enviando tropas, bombardeando, destruyendo el campo y llenando sus países de aviones, tanques, autos, avenidas, supermercados y productos de consumo innecesarios que ellos mismos fabrican y venden a una población hipnotizada por la propaganda de la televisión.
domingo, 29 de noviembre de 2009
LOS DESCUBRIDORES DEL AGUA TIBIA LITERARIA

miércoles, 25 de noviembre de 2009
EL RETORNO PERMANENTE DE ALBERT CAMUS

sábado, 14 de noviembre de 2009
LA REBELIÓN GROTESCA DE JAMES ENSOR
Por Eduardo García Aguilar sábado, 7 de noviembre de 2009
MI CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

El 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlin, me encontraba en Nueva York cerca de Greenwich Village y el barrio universitario, al sur de Manhattan. Como todas las noches, solía pasear con los amigos hasta la madrugada por esas calles heladas donde uno podia encontrar restaurantes abiertos y puestos de periódicos que nunca cerraban a donde llegaban todos los diarios de Europa. Por eso, después de pasar la tarde viendo las imágenes televisivas de los noticieros nocturnos, amanecimos por esas calles tomando cerveza en espera de los diarios, en especial franceses como Liberation, que llegaban con la noticia fresca de la caída del famoso Muro de Berlín que marcó, como una extraña fantasía de cine gore, el imaginario de nuestra formación socio-política en los años 70.
La efervescencia en esas calles neoyorquinas era especial. Todos los jóvenes comentaban frente a la televisión o en los cafés las bellas imágenes de la juventud aupada al muro ante la mirada serena e impasible de los soldados de Alemania del Este, que por primera vez no dispararon a los fugitivos o a los curiosos. Una tras otro caían los segmentos del muro, coloreados con los tags del tiempo, en medio de la fiesta generalizada y por primera vez los estealemanes pudieron cruzar libremente hacia la Berlín capitalista y occidental de la que estaban cortados desde hacía décadas. Y los jóvenes de Berlín Oeste podían a su vez compartir con sus congéneres del otro lado, descubrirlos, y destapar botellas llenas de un licor que sabía a estupor y esperanza.
Como consecuencia de la política de la Perestroika y la Glasnost de Mijail Gorbachov, los países de la esfera soviética se vieron confrontados uno tras otro a asumir su destino, algunos en medio de la violencia como Rumania y otros por fortuna en una transición pacífica, mezcla de miedo y de fiesta. Puesto que para la declinante Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en bancarrota esos países antes dominados y avasallados eran más una carga que un beneficio, las fichas del dominó cayeron con seco estruendo sobre la mesa metálica de la historia, dejando inermes ante sus pueblos a los tiranuelos locales que durante décadas fueron las marionetas del Kremlim.
Y como la joya de la corona, ese 9 de noviembre de 1989 tocó el turno a la poderosa Alemania del Este, abandonada a su suerte por los rusos y los países amigos. Viejos jerarcas, agentes de la policía secreta Stasi, ideólogos y militares asistieron impasibles a la reanudación del contacto y a la fiesta de arte y júbilo. Atrás quedaron los jóvenes mártires que fueron acribillados por las autoridades por intentar pasar al otro lado. Y poco a poco se fue borrando ese extraño espacio de no man’s land entre ambas partes de la vieja ciudad cubierto por la maleza, donde no se escuchaba ni el canto de las cigarras. Tuve la fortuna de conocer esos espacios diez años antes de la caída del Muro y ahora trato de rememorar esos instantes salidos de la historia, con la certeza de que muchas de las opiniones actuales son lugares comunes que ocultan un problema más profundo lleno de ángulos y de claroscuros.
Con la caída del Muro y la reunificación alemana terminaba simbólicamente la guerra fría, se derrotaba para siempre al totalitarismo soviético, pero al mismo tiempo ganaba la avorazada sociedad de consumo, el capitalismo neoliberal encabezado entonces por George Bush padre y Margaret Thatcher. Amplios espacios al este de Europa fueron rápida presa de los consorcios occidentales y muchos dramas humanos se vivirían desde entonces entre los obreros y los campesinos rasos, mientras los nuevos oligarcas rusos reemplazaban a los jerarcas de la Numenklatura soviética.
En 1979 hice una visita a Berlin Oriental con mis amigos Carlos Augusto González y Ricardo Scoremblut. Recuerdo todavía las grises estaciones del metro por donde cruzábamos vigilados por guardias, y el ambiente de sobriedad, penuria y tensión que se vivia al otro lado, donde todos eran sospechosos de algo y eran vigilados por la Stasi. Caminamos por esas avenidas siempre escrutados por la policía, experimentamos la penuria en las tiendas, la falta de variedad en las librerías, la omnipresencia de Marx y Engels en la estatuaria y al final nos acercamos al muro, del otro lado, para tomarnos fotos y fingir que éramos fusilados contra esas paredes que tenían las huellas de los impactos de bala. Las fotos en blanco y negro las guarda todavía mi amigo Carlos.
Sin duda no había punto de comparación entre la Berlín Occidental, especie de oasis juvenil donde al llegar la primavera o el verano las chicas tomaban semidesnudas el sol a la orilla de los lagos y en los parques y la Oriental, donde la sospecha, la delación y el moralismo soviético reinaban con su larga impronta congelada de estalinismo. Claro que no todo era terrible en una Alemania del Este, región germana que desde hacía siglos era siempre más agrícola y pobre que la occidental, más rica e industrial, con ciudades prósperas y universitarias como Frankfurt y Munich.
Incluso ahora, veinte años después, amplios sectores de la Alemania del Este tienen dificultades para competir con el avasallador ímpetu del capitalismo occidental, y eso pese a que la actual canciller alemana Angela Merkel es originaria de la RDA. Hay temor en mucha gente por el fin de las subvenciones y las ayudas que en estas dos décadas hicieron posible sobrevivir a amplios sectores de la población afectados por la súbita reunificación y la bancarrota de la atrasada industria y el arcaico agro estealemanes. Se espera que en una década la economía de Alemania de Este sea totalmente autónoma y despegue por medio de una industria aplicada a nichos novedosos. La larga transición no habrá sido en vano.
Han pasado 20 años desde el día en que en Nueva York veíamos con estupor la agitación provocada por un acontecimiento histórico que figurará en los libros de texto y 30 desde nuestra visita a una Berlin del Este, que nos pareció gris y asfixiante. Desde entonces Europa se ha ampliado y extendido a muchos de los países que antes estaban tras la cortina de hierro, cambiando radicalmente la forma de vivir de millones de habitantes. Nuevos problemas surgen cada día y muchos faltan por resolver, pero es probable que el proceso sea a la larga más positivo que negativo.
Después de la crisis espectacular del neoliberalismo occidental con la catástrofe financiera de los últimos años en el mundo, que fue otra especie de caída de Muro, es probable que el capitalismo salvaje que triunfó con el derrumbe de la esfera soviética sea ahora más moderado y viva bajo mayores controles, al menos Europa. Este 9 de noviembre se celebra la caída en Occidente de dos muros: el Muro del totalitarismo soviético y el Muro del capitalismo a ultranza que sólo piensa ciegamente en la ganancia y en las cifras. Pero ambas hidras siguen vivas en otras regiones del mundo, como Asia, amenazando con su codicia y frialdad a la humanidad entera. Sin duda en el futuro se construirán otros muros y llegará después la hora de derribarlos.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
LEVI-STRAUSS ESTÁ VIVO AUNQUE SE FUE

Casi centenario, Claude Levi-Strauss (1908-2009) caminó en 2005 hasta el Instituto Catalán de Cultura de París, erguido, enfundado en un traje ajustado gris, chaleco, y con un paraguas colgando de su brazo, como una figura intemporal de otra época, incluso futura. Este hombre contemporáneo de Jean Paul Sartre había recibido un importante galardón catalán y caminaba tranquilo por las calles de Saint Germain de Prés y Odeon, no lejos de la Antigua Comedia y el restaurante Procope, donde solían ir Voltaire y sus contemporáneos los enciclopedistas dieciochescos a comer y beber antes de la Revolución.
sábado, 31 de octubre de 2009
REMBRANDT Y VERMEER PARA VIEJOS TRISTES

sábado, 24 de octubre de 2009
CONSEJOS INÚTILES PARA ESCRITORES BOBOS

lunes, 12 de octubre de 2009
HERTA MÜLLER Y LOS ESCRITORES DESCONOCIDOS

Es muy saludable para el arte cuando el premio Nobel de literatura es otorgado de manera acertada a escritores desconocidos como Herta Müller, Gao Xingjian, Wyzlaba Symborszka, Wole Soyinka o Imre Kertesz, Elfriede Jelinek, surgidos del margen, lejos de las esferas del poder, el marketing, el arribismo y la representación.
La literatura por estos tiempos se ha vuelto un desfile de marketing y los escritores en general son hoy sólo productos de algún monopolio editorial mundial capaz de convertir a un asno o a un jabalí en genio de la literatura, a punta de publicidad e intoxicación de periodistas en las secciones culturales y críticos acríticos en las universidades.
En este caso, el premio Nobel de Literatura 2009 fue dado una autora de mi generación, que nació en la misma estación del año de 1953 cuando murio Stalin y cuyos primeros libros fueron publicados a comienzos de los años 80 en Rumania, país de la esfera soviética dominado por la dictadura comunista y bajo la imagen patriarcal del tirano Nicolau Ceaucescu y su esposa, la bienamada Helena.
En la foto que aparece en el primer libro que publicó en francés en 1988, en una editorial marginal, Herta Müller aparece con la pinta algo punk, un corte rebelde de pelo y una vestimenta tîpica de los jôvenes que detrás de la Cortina de hierro trataban ya de liberarse de décadas de propaganda oficial y pobreza : chaqueta y camisa de jean desleído, largos aretes de pacotilla, un suéter de poliestireno y la mirada de la muchacha pobre recién emigrada de 34 años que no se imagina que dos décadas después ganaría el premio Nobel.
« El hombre es un gran faisán en la tierra » pasó totalmente inadvertido en Francia y es un milagro si en alguna librería de viejo de París, entre volúmenes empolvados, se encuentra un ejemplar. Es una novela corta divida en pequeños segmentos titulados y por medio de una prosa de frases cortas hace el fresco de un infeliz pueblo rumano donde muchos quieren huir hacia el oeste y escapar de la pobreza y el totalitarismo. Los personajes son arquetipos del margen : el ebanista, el molinero, el tendero, el cartero, el policía, el cura, el lechero, el cantinero y en medio de todos mujeres derruídas y muchachas jóvenes que tienen que dejarse manosear por hombres lascivos, entre ellos el cura o el funcionario, que a cambio de un acostón les entregan la partida de bautismo o un documento necesario para iniciar los trámites para el exilio. Nadie tiene un peso o un lei en este caso, todo es precario, la pobreza ronda en todas partes, el silencio es de rigor, la muerte y la enfermedad están presentes y los velorios ocurren bajo lluvias antediluvianas mientras el ebanista cuadra el ataúd y clava la tapa con puntillas oxidadas.
En los años 70 muchos de los estudiantes europeos del este y el oeste de Europa íbamos en primavera y verano a trabajar a Suecia, que era un próspero emporio nórdico de modernidad, para ganar mucho dinero y sobrevivir después en los fríos meses siguientes, después del tradicional regreso a clases en el otoño. En los restaurantes, oficinas, fábricas, cafés, residencias universitarias y discotecas suecas uno se cruzaba entonces con chicas venidas de los países del este dominados por la Union Soviética, muy parecidas a la de la foto de Herta Müller, en esta típoca edición modesta apta para animar a un nuevo autor promisorio. Rumanas, polacas, alemanas del este y yugoeslavas compartían con los latinoamericanos en el delirio del verano sueco. Me impresionaba esa avidez de las chicas del este, algunas cultas y muy interesantes, por perfumarse e ir de compras para gozar por fin de todos esos abalorios a los que se tenia acceso con abundancia en los países del oeste capitalista, después de tres décadas de progreso ininterrumpido tras el fin de la guerra y el New Deal.
En los restaurantes u oficinas donde trabajábamos o en las fiestas desbordadas de alcohol y sexo de los fines de semana, cuando el día duraba casi 24 horas, aprendimos a conocer a estas chicas de otro mundo desconocido para nosotros, Europa del Este, mucho antes de que cayera el muro de Berlin y con esa caída el Imperio Soviético y sus verdades admitidas, himnos y patriarcas.
Ahora la academia sueca para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín ha rescatado a esta autora de 56 años, perteneciente a la minoría alemana marginada de Rumania, que en 20 años se ha convertido en Berlín en una notable autora de la misma lengua de Mann, Böll y Grass y de tantos otros autores extraordinarios como Joseph Roth, Elias Canetti y Hermann Broch, todos ellos verdaderos ejemplos de lo que debe ser la literatura: algo que surge desde el fondo del corazón y no del marketing y la ambición competitiva de un Occidente neoliberal, arribista, codicioso y podrido.
Fue enternecedor ver a esta mujer decir que nunca creyó en la posibilidad de obtener el premio y que aunque sabía que era cierto, todavia la noticia no subía a su cabeza. Müller no tiene nada que ver con estos autores latinoamericanos que pasan sus vidas medrando en las esferas del poder y que parecen estrellas maquilladas de cine como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y sus jóvenes discípulos, encorvados por tantos doctorados honoris causa y por premios y honores venales conseguidos por las multinacionales de turno y que son un pretexto para vender un nuevo best seller.
Hasta hace poco nadie la conocía en el mundo, pero su obra existía y era el grito de dolor de una infancia, una adolescencia y una juventud vividas bajo la dictadura totalitaria de Ceaucescu, el tirano que cayó y fue ejecutado en medio de una asonada que todo el mundo siguió por televisión. Al mirar su foto en esta edición confidencial que tengo en mis manos, celebro el Nobel para un escritor auténtico, pues la verdadera literatura del mundo está en la voz de los autores desconocidos de las provincias o los barrios marginados de las capitales, aquellos que viven sus vidas lejos de las esferas de poder y las zalamerías de la corrupción y el arribismo mafioso y para quienes vivir y escribir es ya un gran premio, tan extarordinario como el Nobel.