
lunes, 3 de enero de 2011
BARBA JACOB EN SU CONTEXTO HISTÓRICO

viernes, 17 de diciembre de 2010
ENTREVISTA CON EDUARDO GARCÍA AGUILAR SOBRE EL CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA

Por Víctor Flores García.
(Milenio. México. 19-Set-2010)
EGA: Mi primera reacción es volcarme a la tradición. La celebración de la Revolución Mexicana debe ser motivo para releer a los clásicos generados por ese acontecimiento crucial, así como la excelente bibliografía de los historiadores sobre el tema en el mundo anglosajón, que son a veces los más objetivos. Es una revolución tan estudiada como la Revolución Rusa; está presente en el imaginario mundial como pocas en materia cinematográfica, musical, pictórica e iconográfica. En mi caso, reflexioné sobre ese tema en mi libro Delirio de San Cristóbal. Manifiesto para una generación desencantada (Praxis, 1998), que es sobre la rebelión zapatista —la que cubrí como corresponsal—, una sorpresiva y extraña resurrección fallida del impulso subterráneo de la Revolución Mexicana, poco después de la caída del Muro de Berlín y del fin de la Guerra Fría.
La coincidencia de dos celebraciones oficiales, la del Bicentenario de la Independencia de los países hispanoamericanos, enfrentados a la horrible madrastra española, y el Centenario de la gran Revolución Mexicana, nos hace ver la cercanía de ambos hechos y lo cortísima que es la historia moderna latinoamericana. La violencia de ambos acontecimientos sigue larvada en nuestros países. Ahora es incluso más atroz, más tecnificada, con el surgimiento de bandas armadas en los suburbios de las ciudades, las que no tienen límite para matar, torturar, hacer la ley del cuchillo y del sicariato.
EGA: En estos días, leyendo la gran biografía de Simón Bolívar, del historiador inglés John Lynch, especialista en las revoluciones de la independencia del siglo XIX, percibí con claridad que aún estamos inmersos en los ecos de aquellos acontecimientos. Hoy podemos estar rodeados de nuevas tecnologías, televisión por cable, celulares, internet, aviones, automóviles y rascacielos, pero América Latina sigue igual a nivel social: dividida entre unos cuantos ricos políticos corruptos, y una mayoría de miserables ante una masa expectante.
También sigue siendo el rentable botín de los poderes mundiales. A nivel geopolítico, éstos antes eran Inglaterra y España, después la extinta Unión Soviética y Estados Unidos; ahora y en adelante los bandos serán un Estados Unidos menguante, una Europa en crisis y en vías de subdesarrollo, la ambiciosa China y otras potencias emergentes asiáticas. Y los movimientos contestatarios y las fuerzas de reacción a ellos siguen actuando según intereses exteriores. Bolívar y su gente eran agentes del Imperio Británico interesado en capturar los fenomenales mercados hispanoamericanos. El Libertador estaba rodeado en sus campañas por un ejército cercano de militares y soldados británicos que eran mucho más de su confianza que los militares, soldados y llaneros locales. La celebración del Bicentenario de la Independencia bolivariana siguió con el mito convencional, arcaico, decimonónico, acrítico. Nadie recordó que Bolívar fue el gran agente de los intereses británicos, una ficha en el ajedrez mundial colonial.
Ahora nos sentamos a revisar las consecuencias de la Revolución Mexicana y su concreción en los gobiernos que llevaron a la formación y fundación del legendario PRI, que sigue vivo y coleando. Personajes como Obregón, Calles, Cárdenas, entre otros, son inolvidables personificaciones de la mutación de la asonada en gobierno.
REVOLUCIÓN CULTURAL MEXICANA
VFG: ¿Cómo se reflejó en los movimientos políticos y culturales latinoamericanos ese fenómeno social mexicano?
EGA: Es curioso cómo, en los tiempos de Zapata y Villa, muchos intelectuales contrarrevolucionarios consideraban que los rebeldes le hacían el juego al imperio yanqui de entonces. Los huertistas, los porfiristas nostálgicos y los adeptos del general Bernardo Reyes —padre del escritor Alfonso Reyes— veían en las hordas revolucionarias la mano negra del Uncle Sam, cuya infancia se remonta al Nueva York de la guerra de 1812. Pero la Revolución Mexicana es un acontecimiento extraordinario, fascinante, necesario, tras el cual el país forjó su originalidad en el siglo XX y le dio a México rango de gran nación con voz en la arena mundial al lado de Rusia tras la revolución de los soviets en 1917. Los grandes cronistas, como John Reed y otros más, siguieron paso a paso ese gran acontecimiento. México fue otro después de la Revolución y su ejemplo cundió por Centro y Sudamérica en aquellas décadas de los años veinte y treinta, cuando Estados Unidos actuaba con absoluta desvergüenza al subir y bajar dictadores según sus intereses. Así fue como toda América Latina asumió que México era su hermano mayor, el país más original y más osado. La labor de intelectuales como José Vasconcelos y la fundación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) fueron una verdadera revolución cultural que se proyectó en todo el continente. LA UNAM ha sido refugio para miles de exiliados perseguidos por las dictaduras latinoamericanas. El soplo cultural mexicano, el culto al libro y a los clásicos contribuyó a dar voz a nuestro continente, desafiando al fin a las patrias bobas y al caudillismo primitivo que reinó después de la Independencia. En esa tarea el papel del Fondo de Cultura Económica (FCE) es extraordinario. Esa editorial es la reina de las editoriales latinoamericanas. De su catálogo se han nutrido todos los pensadores, investigadores y estudiosos del continente a lo largo de más de medio siglo, así como también una pléyade de exiliados latinoamericanos y españoles expulsados por la Guerra Civil y el franquismo, aunados a grandes autores mexicanos. Todo eso fue el fruto de la Revolución Mexicana.
EGA: En la música ranchera, en el cine, en la literatura, la memoria de Emiliano Zapata y Pancho Villa sigue viva, especialmente en las provincias y en los pueblos remotos y solitarios de América Latina. En estos momentos, en recorridos por Colombia, he visto que en algunas casas de maestros o sindicalistas, o en cantinas populares, hay en las paredes fotos amarillentas de Zapata o de Villa, y destaca en especial la foto en que están sentados en la silla presidencial, en el Palacio Nacional. También la emblemática de La Soldadera de rostro indígena colgando de un tren. De hecho, en Colombia circula la leyenda de que Villa era colombiano, pues al llamarse Doroteo Arango y por el hecho de que Arango es un apellido emblemático de la región cafetera donde nací, se cree que es descendiente de colombianos y se sienten orgullosos de eso.
Esos personajes representan la rebeldía, la dignidad, la valentía varonil de los pobres en todo su esplendor. Y la verdad es que en las regiones más atrasadas de estos países la situación es parecida a la de los miserables campesinos e indios que engrosaron las filas de los ejércitos de esos dos héroes. Los tiempos de la Revolución Mexicana siguen vivos en casi todos los países del continente, incluso en los que están gobernados por la izquierda o su imaginario actual.
EGA: No creo. México, casi como ningún otro país, desde los tiempos de Vasconcelos y los pintores muralistas, vive gobernado a punta de mitos y leyendas patrias. La máquina educativa e intelectual es una original maquinaria que moldea las mentes de los mexicanos con la imaginería de los héroes de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Es el único país latinoamericano que da miles de becas a los escritores e intelectuales, una derrama extraordinaria de dineros a la nomenclatura literaria en cada generación universitaria e intelectual, para alimentar la mitología patria. Es curioso lo poco críticos que han sido y son los grandes intelectuales mexicanos, salvo excepciones, con respecto a su historia y la de sus caudillos culturales. Es un santoral republicano verdaderamente fenomenal. Tal vez en eso se asemeja a Francia, a sus héroes retóricos y grandilocuentes y a su épica Marsellesa. Villa y Zapata gobiernan en México como cadáveres embalsamados que van a la batalla, semejantes al Mio Cid. Y detrás de ellos cada caudillo cultural es un santo. Todos los escritores e intelectuales mexicanos sueñan con entrar al santoral patriótico. Por eso son a veces tan grises y formales, parecidos a “burócratas de funeraria”, como decía el escritor guatemalteco-mexicano Luis Cardoza y Aragón refiriéndose a un personaje de la época de entreguerras. Por eso uno mira con nostalgia los años de solidificación de la revolución cultural mexicana, de la mano de Vasconcelos primero, y del FCE y la UNAM después. En las últimas décadas caóticas ese soplo magnífico se ha burocratizado en manos de intelectuales cautivos y domesticados por el poder.
VFG: Al final de la primera década del siglo XXI, cuando una democracia muy imperfecta —y no “dictadura perfecta”— prevalece como régimen político en México, ¿qué queda de un siglo de relatos históricos y literarios sobre la violencia social en Latinoamérica?
EGA: Queda para la historia una gran literatura sobre los conflictos latinoamericanos, en especial antes y después del boom de la literatura latinoamericana. Todos abordaron el tema del dictador y del rebelde. Esto tuvo su génesis en aquel México: de nuevo Vasconcelos, con sus memorias inauguradas con Ulises Criollo, Martín Luis Guzmán con El águila y la serpiente, Juan Rulfo y sus clásicos sobre el mundo agrario mexicano, así como José Revueltas y otros autores, hicieron que la tradición de la literatura social siguiera viva en México. En Venezuela lo hizo Rómulo Gallegos; en Perú, José María Arguedas; en Colombia, José Eustasio Rivera con La vorágine, que comienza diciendo: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Varios de estos autores hicieron obras clásicas sobre la violencia y el trópico. La realidad está ahí y seguirá generando literatura.
RETROCESO INTELECTUAL
VFG: La manía oficial y ritual por las celebraciones de los 200 años de la Independencia de España, los 100 de la Revolución Mexicana, los 50 de la Revolución Cubana, contrasta con el pesimismo en la literatura que tu generación produce. ¿Es el desencanto y el rechazo a la épica histórica la marca de la literatura latinoamericana actual?
EGA: En mi caso es así, mas no en el de los mercaderes de best-sellers con temas patrios. Las celebraciones del Bicentenario estuvieron caracterizadas por reforzar la imaginería clásica de los héroes y las leyendas ahistóricas agenciadas por la educación patriótica del siglo XIX. Esos héroes, grandes asesinos o inmensos ignorantes, o personas deleznables de doble faz, siguen siendo vistos de manera teatral para uso de las mentalidades infantiles de una población semianalfabeta. En cada país se dio dinero a los escritores oficiales para hacer eventos, publicar libros o hacer volar globos, como en Bogotá, a costos millonarios. Por supuesto, no se invita a los debates a los historiadores, sociólogos, antropólogos, teatreros, poetas, novelistas o ensayistas rebeldes, sino a los hacedores de best-sellers rápidos y de telenovelas. Han proliferado libros intonsos y mediocres sobre Bolívar, donde se cuenta lo que todos sabemos ya sin citar a nadie. Libros que llueven sobre mojado. Todos quieren escribir su Bolívar retórico y mentiroso, y lo mismo ocurre con Pancho Villa y Zapata. Pero eso sí, los historiadores serios nunca son invitados.
Hemos retrocedido incluso con relación al nivel intelectual de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado, cuando había una intelectualidad que debatía en todo el continente a un alto nivel. Ahora todos son vedettes literarias a las que sólo les interesa vender libros y no profundizar sobre el verdadero drama de nuestro continente.
EGA: En cuanto a Cuba, su drama histórico y el fracaso de su Revolución ha hecho florecer una literatura de moda que llena las estanterías de libros en Europa. Ese país es gobernado por la dictadura de los hermanos Castro, la familia infalible que usurpó la palabra Revolución y atiende la isla con mano de hierro. A ellos les interesa más su megalomanía de caudillos latinoamericanos tiránicos que la miseria, el atraso y la falta de libertad que hay en las calles. Nadie puede negar que Fidel Castro forma parte de los muebles de la historia latinoamericana; pero es y ha sido un tirano ciego a la realidad de su país. Es el dueño de millones de cubanos, de igual manera que los gamonales en el resto del continente son dueños de sus siervos de gleba. Hay poco que celebrar tanto en los 60 años de la Revolución Cubana, como en los 100 de la Revolución Mexicana y los 200 de la Independencia.
EGA: En mi novela Bulevar de los héroes reflexiono sobre las diversas etapas del héroe en la literatura española y latinoamericana desde El Quijote en adelante. Está inspirada en un rebelde volteriano que hacía desde adentro la crítica del espejismo guerrillero y revolucionario que llevó a atrocidades a lo largo y ancho del continente. No entiendo el dogmatismo ingenuo de algunos autores mexicanos y latinoamericanos recientes del Crack y McOndo que, como avestruces, dicen que ya no hay nada que escribir sobre temas latinoamericanos, como si nuestra historia no se repitiera en permanencia. El debate es pobrísimo. Siente uno nostalgia de revistas como Mito de Colombia, Sur de Argentina, Vuelta de México y otras muchas donde el nivel era más alto, independiente, crítico, irreverente. Hay un neocolonialismo editorial en el que maquinarias como Planeta, Mondadori y Alfaguara están dictando a los latinoamericanos la lección como en los peores tiempos de la colonia. La verdadera inteligencia latinoamericana ha sido condenada al ostracismo.
viernes, 10 de diciembre de 2010
VARGAS LLOSA: EL TRANSEÚNTE DE SAINT GERMAIN DES PRÉS
Por Eduardo García AguilarHace unas horas, cuando estaba en la barra de un café de Saint Germain de Prés tomando una cerveza Leff, cerca de mis librerías preferidas, vi cruzar la calle de frente, en este viernes primaveral, a Mario Vargas Llosa, una verdadera institución latinoamericana. Iba solo y cruzaba con lentitud el bulevard, muy elegante, con un soberbio saco azul claro y un pantalón beige, sin duda recién comprados para la temporada, impecable de pies a cabeza entre finísimas ropas de marca, pero sin corbata, y con un aura inconfundible de alegría, confort y plenitud. Traía el cabello blanco níveo que brillaba bajo el sol y cargaba una pesada bolsa roja llena de libros en la mano izquierda que lo hacía trastabillar. Caminaba con cierta torpeza, como suelen hacerlo los escritores que han pasado la vida sentados frente a la máquina y que de tanto estar en esa posición parecen cargar la historia de todas las sillas del mundo. Se le veía feliz en este fin de abril fresco y soleado, en que todos se agitan de felicidad ante la ida del invierno y la cercanía de la larga temporada veraniega.
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miércoles, 8 de diciembre de 2010
EN LA CASA MOSCOVITA DE LEON TOLSTOI

Comienza a explicar cómo se salvó a los treinta años el autor de Resurrección de ser devorado por una osa cuya bella piel café yace al lado del instrumento con su rostro agresivo, el hocico abierto y una mirada de animal malherido.Tolstoi se enfrentó a la bestia pero falló el primer tiro y cayó en sus garras, de las que pudo liberarse al dispararle por segunda vez. Días después unos cazadores dieron muerte al animal y al descubrir la bala comprobaron que era la osa que casi lo mata y le regalaron esa piel que ahora sigue intacta en el salón de recepciones de la planta alta donde solían recibir a los invitados y hacer fiestas y veladas aristócratas y gitanos, bohemios, revolucionarios y señoras de la alta sociedad.
Todo eso lo cuenta dona Valentina con lujo de detalles: que la vajilla era de Limoges, que a Sonia la mujer le gustaba la gente rica y a Tolstoi los pobres y los marginales, que cuando Chaliapin cantaba se apagaban las velas y temblaban los vidrios, que el maestro se enfurecía cuando perdía una partida de ajedrez, que sus hijas lo apoyaban en sus generosos propósitos y su esposa y sus hijos hombres cuidaban el patrimonio que él quería regalar a los pobres. El salón de arriba tiene los cuadros, muebles y adornos originales que pudieron conservarse dado que el museo en honor del gran novelista fue creado poco después de su muerte por iniciativa de su mujer y los hijos.
Uno se imagina las fiestas y las tertulias celebradas allí, en uno de los lugares donde por décadas alrededor del patriarca se reunía el mundo artístico e intelectual de Moscú. Más allá está la elegante sala alfombrada y llena de cuadros y muebles lujosos de la matrona Sonia y al fondo el cuarto de huéspedes. Y tras seguir por un corredor uno se topa con los cuartos de la hijas, la ropa antigua de las mujeres de la casa, la bicicleta Rover que el maestro conducía por Moscú, las amplias columnatas cubiertas de azulejos de la calefacción de madera, las habitaciones de los domésticos, mientras afuera caen poco a poco las hojas ocres del otoño. Y en una esquina de la casa aparece de repente el delicioso estudio de techo bajo donde escribió sin cesar el escritor entre candelabros y mullidos sofás de cuero negro, lugar en que pasaba la mayor parte de su tiempo la conciencia nacional y el autor más sagrado, querido y admirado por los rusos. En un armario se ven las amplias camisas de algodón, las botas negras y los instrumentos de zapatería que usaba el aristócrata rebelde para jugar a ser zapatero remendón.
Al bajar las escalinatas hacia la planta baja, otra anciana salida de una novela de comienzos de siglo XX con un viejo gorro de astrakán reemplaza a Valentina Ievguenievna y explica con lujo de detalles la enfermedad de Vania, el último adorado hijo de Tolstoi, muerto niño a causa de la escarlatina y cuyos cuadernos, lápices, dibujos, juguetes y otros objetos están muy bien conservados en una habitación dedicada especialmente al que según la leyenda parecía llamado a ser el heredero espiritual de su anciano progenitor. También se ve el comedor familiar, un oso embalsamado en cuyas manos luce una pequeña tabla redonda donde los invitados dejaban sus cartas de visita, y, colgado como si hubiera llegado ya el maestro, el enorme e inconfundible abrigo negro de piel.
Tolstoi nació en Yasnaia Poliana en 1828 y murió en Astapovo en 1910 a causa de una neumonía que contrajo al escapar de casa y caminar solo entre la lluvia y el hielo. De él nos ha quedado esa imagen de abuelo eterno de luengas barbas blancas y ojos de cegatona opacidad. Es el arquetipo decimonónico del escritor nacional que todo prospecto de literato trata de emular desde la adolescencia y el ejemplo más nítido de lo que es la gloria literaria, cuando un hombre encarna a una gran nación y en este caso a Rusia, la patria de Iván el Terrible y Pedro el Grande, del fabuloso Kremlin de rojas murallas y doradas cúpulas ortodoxas.
Ahora que por primera vez en la vida y después de muchos sueños piso por fin la casa moscovita del admirado genio, una sensación de gran familiaridad nos invade. Es como si toda esa historia tantas veces leída se hubiera concretado y él fuera un viejo abuelo cascarrabias y tierno que recibe a un lejano nieto y lo invita a recorrer por el patio cubierto de hojas otoñales. Tolstoi está ahí y palpita entre nosotros casi cien años después de su muerte. Se pueden escuchar sus risas, sus palabras roncas, la tos seca de invierno, el crepitar de las chimeneas, mientras las abuelas que reinan en esta casa y cuidan los floreros y limpian los muebles, nos cuentan con minucia su vida cotidiana y el largo crepúsculo que lo fue envolviendo hasta la eternidad de la gloria.
Ya pronto la nieve cubrirá esta tosca y enorme casona de madera y el patio donde él jugaba con los nietos y los perros y partía con hacha la madera para las calderas de la calefacción. No lejos de ahí, por la calle Nueva Arbat o la imponente Treviskaia despunta la nueva Rusia de avisos y pantallas luminosas y tiendas de lujo, mientras las limusinas y los autos de lujo de mafiosos y nuevos oligarcas se pavonean orondos con sus chicas de oropel y los rascacielos rompen el nuevo paisaje futurista de la capital de un rico imperio dispuesto a seguir siendo protagónico en el mundo.
lunes, 6 de diciembre de 2010
LA GRAN ESTAFA LITERARIA MUNDIAL

sábado, 4 de diciembre de 2010
FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE QUITO

lunes, 29 de noviembre de 2010
LA CASA SILVA SIN LUZ NI "CANELAZO"
jueves, 18 de noviembre de 2010
miércoles, 10 de noviembre de 2010
GERRA Y RUMBA EN TUMACO
Los militares están por todas partes en Tumaco, puerto pesquero del Pacífico sur colombiano, cerca de la frontera con Ecuador, donde antes vivió la civilización prehispánica de los Tumacos (700 ac-1500 dc), que tendría probablemente sus orígenes lejanos en la cultura Olmeca mexicana. San Andrés Tumaco es habitado desde hace medio milenio por una mayoritaria población afrodescendiente que con serenidad y alegría se enfrenta a un conflicto entre guerrilleros, narcotraficantes, ejército, y paramilitares de las sanguinarias Aguilas Negras y Los Rastrojos.
Un enérgico y musculado gorila colombiano ingresa a la cafetería del aeropuerto custodiado por tres soldados que esgrimen armas mirando a uno y otro lado, mientras el militar conversa con su novia y la mira maquillarse enamorado antes de subir al avión. Todos los militares y los mercenarios tienen bellas novias. Son atléticos, ágiles, seguros, corteses. Son los nuevos dioses de una sociedad en guerra permanente, en una zona marítima llena de esteros y manglares de donde salen los cargamentos de cocaína hacia otros lugares del mundo. Estamos en el reino de los Rambos. Dentro de una película de Hollywood. Palpamos la nueva fiebre del oro. Pululan los negocios de compra y venta de oro y joyas.
Por todas partes hay avisos ofreciendo “magníficas recompensas” a quienes denuncien a “narcotraficantes y terroristas”. Pero la música del reguetón, el currulao, el merengue y la salsa sigue sonando desde los altavoces. En el mesón de don Chucho Ricaurte todo el día suena la salsa. Y a las múltiples escuelas acuden miles y miles de estudiantes orientados por los valerosos maestros, reyes del bien en Tumaco y guías de la sociedad en medio de esta guerra sin fin.
Los militares colombianos y estadounidenses , que tienen una enorme base naval en la costa en el marco de la lucha contra “el narcotráfico y el terrorismo” del Plan Colombia son los reyes de la ciudad y las bellas muchachas los admiran y los sueñan mientras van y vienen los helicópteros y los aviones que fumigan para exterminar el cultivo de hoja de coca, devastando el campo y obligando a los campesinos a desplazarse en la miseria hacia otros lugares. Por los ríos que cruzan las veredas bajan con frecuencia cantidades de cadáveres.
“No me explico cómo es que hay tantos muertos aquí si esto está lleno de militares. No sé lo que hacen. Donde está pues la labor de inteligencia para prevenir”, dice una mujer, sugiriendo extrañas complicidades entre militares y paramilitares. Desde hace quince días reina una calma que sorprende a los habitantes del lugar. Los arreglos de cuentas en la calle, la acción implacable de los sicarios en las tabernas se ha detenido por un instante, pero todos saben que tarde o temprano se reanudará. La parca esta tomándose un corto respiro después de tanta matanza.
“Es impresionante la mirada de los asesinos cuando disparan sorpresivamente al lado de uno en un bar o en la calle”, dice un hombre. Una maestra cuenta cuando los guerrilleros llegaron a su pueblo de Barbacoas, no lejos de allí, en busca de supuestos “sapos” del ejército. Reunieron a toda la población en la plaza y mataron a cinco conocidas personas y a otras las conminaron a huir so pena de muerte. Alguien quiso ver a su amigo maestro recién fusilado, pero los guerrilleros se lo impidieron. “Váyase, es inútil, ya esta está muerto. Ahora el pueblo estará tranquilo. Ya han muerto los sapos”, dijo un dirigente guerrillero, relata la mujer.
Las motocicletas de alto y bajo cilindraje se suceden las calles agitadas de esta isla ciudad rodeada de barrios llenos de palafitos. Las calles centrales están tupidas de prósperos comercios de ropa, electrodomésticos, supermercados, bares, restaurantes Pico Rico, sitios de Dunkin Donuts, siempre llenos de gente. Hay sitios de internet, locales telefónicos , venta de minutos en celular. Todos usan celulares. Pobres y ricos. Chicos y grandes.
Hay abundancia, el dinero circula a manos llenas, la fiesta es permanente, pero a la vez reina la pobreza. Unos campesinos hacen cola en el Banco Agrario en espera que les den la ayuda mensual de unos de 25 dólares del programa Familias en Acción. Pero no ha llegado el dinero. Y gritan famélicos ante el paso de los forasteros: “¡Hay hambre en Tumaco!”.
Las espigadas muchachas de cuerpos sanos bronceados y prendas ceñidas cruzan coquetamente devoradas por la lascivia masculina. La alegría de los escolares suena por todas partes. La guerra no impide que vayan a la escuela, aunque a muchos tratan de reclutarlos los “paracos” o la guerrilla y debe huir para siempre. En un parque de donde salió el gran futbolista Wellington Ortiz, los chicos hacen deporte emulándolo y las chicas practican el baile currulao.
En la playa El Morro, cerca de la base naval, los retenes se suceden y en el Hotel Barranquilla soldados armados vigilan la tranquilidad de los enviados y asesores estadounidenses que se hospedan allí en ese pedazo de paraíso frente a la playa. El atardecer nublado deja entrever la rojizas franjas de sol crepuscular. Y el viento excepcionalmente frío a causa de los cambios climáticos provocados por el fenómeno de “la Niña” circula entre los bares playeros donde suena la estridente música tropical. Para llegar allí se pasa por un retén militar que vigila el este enorme complejo donde residen miles y miles de militares.
Reinan los militares, van y vienen los vehículos de Naciones Unidas y en los hoteles trabajan los predicadores del comercio, la microempresa y la política local. Pero nada es igual al oasis salsero de don Chucho Ricaurte. Mientras unos temibles “paracos” beben con estridencia y arrogancia y piden vallenatos, el viejo rumbero dice firme: ”No señores. Aquí sólo ponemos salsa. Prohibido el merengue y el vallenato”. Pero los asesinos están de buen humor. Terminan sus cervezas y se van.
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sábado, 30 de octubre de 2010
LA LIBRERIA MERlÍN EN BOGOTÁ
Por Eduardo García Aguilar
En pleno centro de Bogotá existe una librería de viejo que por la enormidad de sus estancias y las sorpresas que depara al bibliómano de literatura colombiana y universal, se ha convertido en sitio obligado de visita para quienes deambulan en busca de hallazgos y palpan en las estanterías las huellas del pasado y la vida impregnada en cada uno de los libros.
Porque los libros tienen vida e historia y a veces parecen mirar y pensar en su soledad y en su silencio, lejos de sus primeros dueños, pues estuvieron en múltiples manos atentas y fueron testigos desde el nochero o la estantería de muchos pedazos de existencia fugaz.
La librería Merlín está situada en la zona donde se concentran los pequeños negocios del mundo librero de ocasión en Bogotá, en la carrera octava con calle 15, no lejos del legendario Café Saint Moritz, que funciona intacto desde 1937, una década antes del Bogotazo que partió el siglo XX colombiano en dos y cambió el país para siempre.
Al sitio se accede por una puerta pequeña enrejada que no dice gran cosa, pero luego, ya adentro, se sube una escalera y se cruza un pequeño puente bajo una claraboya para pasar a las amplias estancias de un edificio de viejos apartamentos de tres pisos construido tal vez en los años treinta o cuarenta cuando la ciudad pasó de las mansiones coloniales a los edificios art-deco.
Con pisos de fina madera, paredes sólidas, puertas enormes y umbrales de la época, los apartamentos debieron albergar en su tiempo a una generación de burócratas, prósperos comerciantes o abogados de cuando el país parecía salir adelante y no vislumbraba los horrores y la violencia que surgiría después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, a unas cuadras de allí, cruzando la Avenida Jiménez.
Los socios de esta librería usan todos los pisos, uniendo los apartamentos de las dos alas del edificio, en cuyo interior hay muebles de la época, vitrinas, escaparates, sofás de cuero, objetos que llenaron espacios de una vida confortable, con sus amplios comedores, habitaciones y corredores que una vez estuvieron llenos de vida familiar y ahora albergan estanterías llenas de clásicos.
Toda ciudad que se respete debe tener una librería Merlín y en esta ocasión mientras visito los diversos espacios, y hablo con Célico, uno de los socios que estudió literatura en la Universidad Javeriana, me acuerdo de las librerías de viejo de la ciudad de México, situadas en la calle Donceles, del centro histórico, que concentran en una cuadra la mayor cantidad de libros de ocasión hispanoamericanos jamás conocida.
Como allí, en la librería Merlín van entrando poco a poco las bibliotecas de quienes amaron los libros en vida y que sus deudos deciden feriar por ser para ellos inútiles estorbos, o también entran las de quienes en la quiebra, el desempleo o la miseria no tienen más remedio que deshacerse de sus libros amados por alguna suma irrisoria que les permita comer unos días.
Por eso en cada libro hay una historia, pues muchos de ellos están dedicados o traen huellas del tiempo, como esa edición original de Canción de la vida profunda y otros poemas de Porfirio Barba Jacob, publicada en Manizales en 1937 por Juan Bautista Jaramillo Meza y que, algo deteriorada y con un feo forro de origen, yace en una vitrina al lado de otros incunables colombianos por el precio módico de 80.000 pesos.
En dos visitas rápidas vi ediciones originales de libros de Jorge y Eduardo Zalamea Borda, Luis López de Mesa, Baldomero Sanín Cano, Rafael Arango Villegas, Aquilino Villegas, Rafael Maya, José Mar, Jose Antonio Osorio Lizarazo, José Vélez Sáenz, Hernando Téllez, Manuel Zapata Olivella, Eduardo Caballero Calderón, Héctor Rojas Herazo y otros muchos más.
Por supuesto hay ediciones de todo tipo y época de Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez, sin contar las ediciones valiosas de clásicos de la literatura universal editadas en los cuarenta y cincuenta en casas argentinas, chilenas y españolas, o sea esos libros y esas colecciones que todos llevamos en la memoria pues nos iniciaron en el increíble vicio de leer y escribir.
Traducciones de Saint John Perse por Jorge Zalamea, clásicos de Kafka, Broch, Musil y Thomas Mann, clásicos franceses e ingleses y norteamericanos en su lengua original, gramáticas, libros de geografía, historia, sociología, derecho, ciencias políticas y religión comparten espacio con viejos libros de texto que nos traen a la nostalgia de la escuela primaria y secundaria y a nuestras primeras letras u operaciones matemáticas.
La librería Merlín es una verdadera delicia y la prueba de que en medio del caos y el descreimiento las metrópolis generan espacios espontáneos de cultura, con un público fiel que pasa la antorcha del pensamiento y el amor por la literatura y el arte de generación en generación.
martes, 12 de octubre de 2010
LOS POETAS LATINOAMERICANOS
La antología comienza con Enrique Molina, hombre con pinta de capitán, bajo de estaura, pero musculado, a quien vi una vez antes de que muriera, en un recital en México, en uno de sus últimos viajes que realizó a ese país. Su poesía es marina, erótica, y poemas como « Rito acuático » o « No Róbinson » son joyas inolvidables dedicadas a la pasión amorosa, a la usura de los cuerpos. Luego sigue Pablo Antonio Cuadra, mítico, alto, flaco y elegante, director de un gran periódico, con quien crucé unas palabras felices al subir por el ascensor del Hotel de la Ciudad de México, donde se realizaba un encuentro internacional de poetas. Comparte con su compatriota Carlos Martínez Rivas, autor de « La insurrección solitaria », esa capacidad revolucionaria iniciada con Rubén Darío que los hace inesperados, extremos y originales. del sur chileno, nos comunica, por el contrario, la lluvia y la humedad de los páramos, cerca a rieles abandonados entre la soledad, el desamor y el margen. Es una poesía desolada de ángel caído.

LA DICTADURA PERFECTA DE VARGAS LLOSA

* Eduardo García Aguilar (1953). Escritor colombiano, autor de El viaje triunfal y Bulevar de los héroes, entre otras novelas, así como de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Alvaro Mutis. Reside en París)
sábado, 21 de agosto de 2010
ADORACIÓN DE CHARLOTTE RAMPLING EN EL TRÓPICO

Ver a la actriz Charlotte Rampling es siempre un placer estético e intelectual en el mejor sentido de la palabra, desde aquellas inolvidables películas Portero de noche y los Condenados, que la hicieron famosa en los años 70, cuando inició una carrera caracterizada por filmes de gran factura, con guiones excelentes y temas profundos relacionados con la vida, el sexo y el amor en el mundo moderno, en terrenos del sadomasquismo de post-guerra.
En este verano volver a ver Hacia el sur, la película de Laurent Cantet, filmada en 2005 en República Dominicana y Haití, nos vuelve a mostrar a Charlotte Ramplig, maestra en diálogos feroces que enfrentan la cruel realidad de intereses y precios, como ocurre en la también reciente Swimming Pool y otras obras maestras que ha venido filmando en los últimos años con directores nuevos y complejos.
Su personaje como actriz se acomoda muy bien a lo que ella misma ha sido, una intelectual depresiva que ve con claridad el desastre contemporáneo y que con artes de psicoanalista revela a través de la palabra las más fuertes mentiras y secretos en las que los seres humanos nos empantanamos y con los que terminamos conviviendo hasta la locura.
En sus varios matrimonios y tras episodios depresivos de los que salió por fortuna, Rampling ha vivido en las alturas y en el fondo y ha renacido ya en la fatídica edad de los cincuenta para volver a los escenarios y brillar con papeles perfectos para una mujer que se enfrenta al fin, al desastre corporal, pero que aún busca con cinismo el placer a toda costa e incluso llega a tener relaciones con un gorila.
En Hacia el sur varias mujeres de ese estrato de edad, académicas o divorciadas acomodadas, van con frecuencia a una playa haitiana donde conviven en vacaciones con muchachos negros de cuerpos de ébano que como dioses musculados nadan junto a ellas en la piscina o en el mar o las cabalgan en coitos supertropicales. A cambio de unos billetes, regalos o invitaciones, esos jóvenes se acuestan con esas mujeres, algunas de las cuales descubren allí por primera vez el orgasmo o la felicidad sexual que el frío mundo del norte, en este caso las ciudades canadienses o estadounidenses, les ha negado.
Charlotte, que en la película se llama Ellen es la mayor de ellas, tiene 55 años, y es una profesora en Boston de inteligencia y seguridad desbordantes. Gracias a esa seguridad y al cinismo que la caracterizan, seduce con regalos o dinero a los jóvenes de la playa que viven todos prendados de ellas y les ofrecen sus favores en el paradiasiaco balneario, no lejos de la miserable capital dominada por los Tonton Macoutes, el tráfico, la droga, la violencia de bandas y la enfermedad. Llega Brenda, papel desempeñado muy bien por Karen Young, de 45 años, divorciada, y se desencadena la rivalidad entre ambas mujeres por el escultural Legba, actuado por por Menothy Cesar.
Brenda lo fotografía desnudo en su lecho y en un juego de igual a igual logran entenderse como amantes sin tener pelos en la lengua para decirse lo que cada uno de ellos siente que es el otro. Brenda, la romántica, ha caído en las redes del aprendiz de bandido, lo cubre de regalos y por un momento siente que lo ama y es amada, aunque tal vez ame sólo en él su mirada de amor hacia ella, antes que la violencia llegue y se lleve al pequeño mafioso, baleado por un arreglo de cuentas en una playa mientras copulaba con una chica local.
Una simple tragedia banal en los países del tercer mundo, donde los hijos de la pobreza sólo tienen derecho a caer como moscas en medio de las balaceras, en territorios donde la vida no vale nada y todo es permitido para obtener un miserable puñado de billetes.
En Hacia el Sur está presente la tragedia, pero también la ciudad, las calles de la miseria, los tugurios, el calor atroz entre los detritus y el abuso de las fuerzas policiacas encarnadas en esos Tonton Macoutes, policía del régimen de Papá Doc, que sembró el terror entre los suyos antes de que llegaran otros apocalipsis.
Luego del levantamiento del cadáver de Legba, que Brenda besa en un último gesto de amor o narcisismo, hay un arreglo de cuentas verbal entre las mujeres. Ellen reprocha a Brenda querer jugar al « viscoso » y ridículo amor, cuando son sólo turistas que van a divertirse y a tirar. Pero al final están de acuerdo : Ellen regresará al altivo Boston de las universidades y Brenda seguirá buscando sexo venal y tardío en todas las islas del Caribe que piensa visitar de ahora en adelante una tras otra. Y queda el mar, el sol, el baile, el pasado y la fugaz presencia de esos cuerpos que sólo son carne para turistas y refugio de las balas asesinas de las mafias.
sábado, 14 de agosto de 2010
RESURRECCIÓN DE VOLTAIRE

En todo el mundo los hombres son dominados por ideologías y creencias beligerantes que los llevan a morir por causas oscuras, a suicidarse en aras de una deidad, a torturar por ideas, a matar o mandar matar por intolerancia. En las calles de las capitales europeas la mujeres islamistas vuelven a cubrirse de pies a cabeza como hace mil años y en otras partes del mundo todo tipo de gurús, profetas, iluminados, mesías, incitan a la guerra, la destrucción, la inmolación y el crimen, con la esperanza de dominar el mundo y obligar a los hombres a seguirlos bajo el sonido amenazador de las ametralladoras. El horror de los conflictos regionales, la mortandad incesante en las guerras puntuales, la trivilización del secuestro, la celebraciones armadas de los triunfos electorales, las amenazas nucleares de regímenes tan delirantes como el norcoreano y el iraní, la agresividad estadounidense, nos muestran que el mundo anda muy mal, como en las peores eras locas de Nerón o de Atila.
Por eso, mientras me sumía en la lectura de algunas de las obras de Voltaire, de textos sobre su larga vida de exiliado incómodo y muestras de su correspondencia, no sólo me maravillaba la luz de la prosa llena de humor e ironía, sino también la energía de su lucha contra la intolerancia y las « supersticiones » en la Europa del Siglo de las Luces. Sin duda hoy los fanáticos lo amenzarían con una fatwa y sus enemigos lo mandarían a matar con sicarios. Parado frente al pequeño pero famosísimo sillón Voltaire de color verde jaspeado, donde trabajó los últimos meses de su vida, que está expuesto en el Museo Carnavalet, trataba de imaginarlo acosado por la tos, con su bonete, mientras llenaba hojas y hojas con la hiperactividad característica de su genio.
Lo habían dejado regresar a la capital después de décadas de exilio, para que asistiera a la presentación de una de sus obras dramáticas y a un homenaje que le hacían sus admiradores en el Comedia Francesa. Vino enfermo desde Ferney, que era la residencia y la ciudadela donde vivía junto a las tierras protestantes suizas, a resguardo de posibles detenciones. Allí recibía a la romería de discípulos y curiosos que venían de toda Europa, y que como el libertino Giacomo Casanova, relataron con detalle el ingenio admirable del viejo, sus rápidas respuestas de cascarrabias que siempre tenía razón y la agitación incesante de su vida dedicada a escribir, pensar y rabiar.
Fue el primer gran periodista de la era moderna, al escribir sin descanso todo tipo de obras de historia, libros de vulgarización científica y narraciones con « mensaje » que se vendían como pan caliente en ediciones clandestinas, por lo que contribuyó a abrir los espíritus y a mostrar que era posible enfrentarse a la intolerancia del Antiguo Régimen.
Pensó que iba pasar a la historia como gran autor de tragedias y gran poeta, pero aunque escribió miles de versos y decenas de piezas que fueron presentadas en todas las capitales, éstas obras fueron olvidadas y se le recuerda más por sus panfletos y narraciones, que él consideraba sólo divertimentos para entretener a los amigos en las veladas palaciegas.
Su obra abarca decenas y decenas de volúmenes, pero basta leer sus divertidas ficciones como Cándido o El ingenuo para reirnos con él de la estupidez bélica de la humanidad actual y entender que en vez de avanzar retrocedemos a los peores tiempos de la barbarie y que incluso estamos a punto de superarlos. Un día de éstos terminaremos todos en « átomos volando » como dice el himno, mientras Voltaire, con su larga peluca empolvada, se carcajeará de nosotros los herederos de un futuro radiante sin luces ni risa.
domingo, 1 de agosto de 2010
MI OBSCENO PARIS LITERARIO
Por Eduardo García AguilarTrabajo en la Plaza de la Bolsa, a pocos metros de donde vivió Simón Bolívar en dos ocasiones en 1804 y 1806, en tiempos de Napoleón. Por ahí, a dos cuadras, Stendhal escribió Rojo y Negro y sufrió un desmayo que lo dejó tirado en la calle. Esa era la zona financiera y el sector de la poderosa prensa coludida con la plutocracia descrita por Balzac, Zola y Maupassant.
A dos cuadras mataron al socialista Jean Jaurès y al lado publicó Emile Zola su famoso Yo acuso en protesta por la condena al militar judío Dreyfus en el diario La Aurora. Uno puede caminar ahora por los mismos lugares por los que ellos paseaban y la diferencia es poca. Por esta zona, orilla derecha del Sena, están los famosos pasajes del siglo XIX, sobre los que escribió el autor judío-alemán Walter Benjamin. Los grandes multicentros de tiendas y cafés lujosos de la época eran pasajes que cruzaban de una calle a otra y en el interior había cafés, almacenes, sitios de encuentro, cortesanas, y eso está detallado en la obra de todos los escritores del XIX.
Es delicioso caminar por París y poder leer esas obras y encontrar que las mismas calles están como si no hubiera pasado el tiempo. Encontrarse con la placa de Molière, que vivió y murió aquí cerca, o con las dedicadas a César Vallejo y al gran viajero Bougainville es lo más natural del mundo. Es una ciudad literaria y lo literario es aquí hivernal. En París la obra literaria de todos los autores ha estado marcada por el invierno, el hielo, la tuberculosis, la mugre de Los Miserables de Victor Hugo o Jules Vallès. Gérard de Nerval , el autor de “Aurelia” y otros decadentes como Maupassant fueron prácticamente aniquilados por el invierno, el frío y la tuberculosis, la sífilis y la depresión neurasténica reinante a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En las habitaciones y oficinas la calefacción era precaria en ese entonces, mientras hoy se vive en casas con clima equilibrado y en los cafés se instalan aparatos que posibilitan estar afuera, sentado, tomando vino o cerveza sin tener frío, pero los autores del XIX y otras épocas sí sufrían de una forma terrible el invierno y de ello morían.
Me agrada andar por las calles de Saint Germain-des-Prés, epicentro de la vida literaria donde estuvieron presentes Joyce, Beckett, Camus, Hemingway, Sartre, Simone de Beauvoir y Roland Barthes y sobre todo los escritores latinoamericanos. En los años 20 y 30 París era el centro de la literatura latinoamericana, con autores tan importantes como los peruanos César Vallejo y los hermanos García Calderón, el guatemalteco Miguel Angel Asturias y el mexicano Alfonso Reyes. Hay placas que ellos colocaban con ceremonias para celebrar a los latinoamericanos que los antecedieron como el gran nicaraguense Rubén Dario, el colombiano Vargas Vila y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que vivieron en París en la transición del siglo XIX al XX, en tiempos del viejo Paul Verlaine.
París hoy es mucho más cosmopolita que antes. Hay barrios paquistaníes, indios, chinos, rusos, árabes, africanos, judíos, de modo que también me encanta caminar por el mundo popular que nos transporta hacia el Extremo Oriente, Oriente Medio, Africa y la Europa Oriental como si uno hubiera tomado un avión hacia esos lugares. Hacia el norte de la ciudad, cerca de las estaciones ferroviarias del Norte y del Este, por Belleville o Montmartre, donde viven árabes, tailandeses, sirlankeses, japoneses, judíos, africanos, la ciudad es una urbe semiproletaria donde se hablan todas las lenguas y se lucen las más extrañas prendas, lo que contrasta con los barrios de la perfumada burguesía mundial, situados por Madeleine, Place Vendôme, Trocadero, Passy, Monceau, Saint-Cloud, Boulogne y otros sectores.
Hay cuatro épocas fundamentales de la literatura latinoamericana parisina. Primero el modernismo con Ruben Darío, Gómez Carrillo, José María Vargas Vila y otros latinoamericanos que vivieron intesamente cuando estaban vivos Verlaine y Mallarmé. Luego viene la generación de entreguerras en los años 20 y 30, cuando todos los escritores latinoamericanos venían a estudiar como el joven Asturias o a hacer diplomacia como Alfonso Reyes. Más tarde viene el “boom” latinoamericano en el que estuvieron presentes García Márquez, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Severo Sarduy, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique, Mario Vargas Llosa, y como diplomáticos y vedettes activas Octavio Paz y Carlos Fuentes. Y en la actualidad vive una vasta generación de autores latinoamericanos de todas las nacionalidades, pero principalmente peruanos, como los hermanos Rosas Ribeyro, Mario Wong, Edgar Montiel, Alejandro Calderón, Jorge Nájar y los argentinos Luisa Futoransky y Arnaldo Calveyra.
Los escritores latinoamericanos malditos no vivieron tan mal como dice la leyenda. César Vallejo no vivió tan triste y pobre como se cuenta bajo el frío y la lluvia de París "con aguacero". Su tumba está en el cementerio de Montparnasse, rumbo de fiesta en tiempos de entreguerras. Todos vivieron momentos muy felices porque había vino y fiesta y eso en todos los casos, desde la generación de Ruben Darío, a la de Asturias, y a la de García Márquez, que se queja de su etapa parisina, pero se la pasaba de rumba tocando y cantando en los bares de Odeon al lado del artista venezolano Soto.
Los que vivimos ahora en esta primera década del siglo XXI somos los escritores mas felices de todas las generaciones, a salvo de la tuberculosis y la sífilis y la soledad. Vivimos en una jaula de oro y con la alegría de que la literatura latinoamericana ha pasado de moda. Ya no somos los exitosos personajes folclóricos de antes, sino que entramos a la era cosmopolita donde cada esquina del mundo es el mundo mismo y Paris un obsceno lugar literario cargado de fantasmas del pasado que chillan desde sus frías mazmorras de gloria.

