Por Eduardo García Aguilar
BLOG LITERARIO DESDE PARÍS
Por Eduardo García Aguilar
Vicente Quirarte (1954) ama las ballenas y la caligrafía y desde sus
años de infancia pasados en la vieja colonia Roma de la Ciudad de
México, donde creció al lado de los libros empastados que su padre
historiador acumulaba y amaba, se ha aplicado a sus pasiones mayores,
que son la poesía, la historia, la amistad, el amor y el ensayo, campo
en el que ha asediado con profundidad las obras de Luis Cernuda y
Gilberto Owen o el mundo de los vampiros.
Cada uno de sus libros, poco a poco, a lo largo de los años, han
caído gota a gota a mis manos y me han acompañado siempre. Se trata de
bellas ediciones, a veces confidenciales, como las salidas en los
Cuadernos del Caballo Verde de la Universidad Veracruzana, Los Libros
del Bicho de Premiá, la Escuela Nacional de Estudios Profesionales
Acatlán, Cuarto Menguante, Ediciones Toledo o Cuadernos de Malinalco,
entre otras muchas pequeñas ediciones que se presentaban siempre con
entusiasmo y eran argumento propicio para salir a sitios inolvidables
del Centro Histórico, donde los escritores de una generación compartían
el transcurso del tiempo.
Muchas cosas terribles y maravillosas ocurrieron en México en esos
tiempos, como terremotos, incendios, explosiones, disturbios,
atardeceres, granizadas, ventiscas, fiestas, manifestaciones, asesinatos
políticos, masacres, revoluciones, decesos y nacimientos, pero
pareciera que los poetas nacidos en los 50, todos ellos tímidos y
discretos, se colaran oblicuos y en silencio por las hendijas geológicas
del altiplano, junto a los cerros y bajo la mirada de los volcanes,
para escribir el testimonio de esos vegetales, lágrimas, piedras, ecos o
entusiasmos y que a veces abrieran con fuerza las puertas de
inamovibles cavernas llenas de fuego, mares, sorpresas y mundos
inimaginables que conducen al otro lado de la tierra, a otras
civilizaciones y a otras poesías extraídas de milenios y crisoles
ardientes de palabras.
Pertenece Quirarte a una amplia generación de escritores mexicanos
nacidos a los años 50, que a finales de los 70 ya despertaban a la idea
de hacer una obra o ejercer para siempre un oficio tan peligroso como
la poesía. Hay en todos ellos desde sus inicios una profunda pasión por
explorar las enseñanzas de los maestros mexicanos vivos o muertos. A
veces se detenían en los modernistas, hasta saber de memoria la obra de
Salvador Díaz Mirón, José Juan Tablada, Porfirio Barba Jacob o Ramón
López Velarde.
Otras veces se dejaban llevar por la generación mexicana de Los
Contemporáneos, en bloque, desde Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia
hasta Salvador Novo, José Gorostiza, Gilberto Owen y Carlos Pellicer. Y
de repente se detenían en los maestros vivos, esos viejos amigos que
como Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Francisco Cervantes, Guillermo
Fernández u Octavio Paz, entre otros, les animaban a seguir en la locura
de hacer poesía y les decían que no era en vano el esfuerzo, porque la
poesía, como dice Quirarte, es «superior a la feria de vanidades» y se
«encuentra por encima de los combates de nuestro pequeño género
humano».
Y así los de su generación, a la que yo pertenezco, pero con la
marca indeleble de Los Andes, siempre caíamos y volvíamos a levantarnos
desde las cenizas, como cuando el terremoto terrible del 19 de
septiembre de 1985 estuvo a punto aniquilarnos y nos expulsó de la
famosa Casa de las Brujas de la Plaza de Río de Janeiro, uno de los
edificios más bellos de la ciudad, donde vivíamos felices pintores,
poetas, pianistas, cantantes, bibliómanos, actrices, danzarinas.
En el bello volumen Razones del Samurái están esos libros que yo vi
y leí en originales como Teatro sobre el viento armado, Calle Nuestra,
Vencer a la blancura, Fra Filippo Lippi: cancionero de Lucrecia Buti,
Puerta del verano, Bahía Magdalena, En ausencia de Aníbal Egea, El ángel
es Vampiro, El peatón es asunto de la lluvia.
Al recorrer esas páginas a medida que se acerca el nuevo solsticio
de verano, me encuentro con esa poesía impecable diáfana, sabia, de
Quirarte, que ha sido cincelada con las armas y las artes de la
rigurosa tradición mexicana. La lluvia y el viento de la ciudad vuelven
entonces con sus fantasmas y delirios, griterío de niños, llanto de
mujeres, libros viejos, objetos perdidos y oxidados, ruidos, aromas
florales, o sea el testimonio humano e intelectual de una generación
discreta, tímida y profunda que sigue buscando lo imposible.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de mayo de 2021.

Uno de los escritores del mundo moderno que mejor ejemplifica la
literatura errante es Joseph Conrad, por dos razones: no sólo porque
abandona su tierra original para adoptar los mares y después radicarse
en la capital del Imperio británico globalizador, sino porque también
deja su lengua para adoptar otra, el inglés, tal como lo hiciera después
el genial Vladimir Nabokov o, en nuestro ámbito latinoamericano, Héctor
Biancciotti, quien cansado de ser ignorado por su pares de América,
decidió adoptar el francés y lograr así llegar a la proeza de ingresar a
la Academia Francesa.
Conrad recorre el mundo como capitán de navío, en un mundo que ya
nada tiene que ver con los mares de Ulises o de Eneas, de Colón o
Magallanes ni con las rutas de seda o los caravansarys del desierto.
Estamos ya en el mundo agitado de la industrialización y del libre
cambio mundial de mercancías, en la era de las factorías, los trenes y
los gigantescos barcos de carga. Su obra vasta es una mirada lúcida de
los países y culturas lejanas, en las que se incluye los parajes
costeros del caribe colombiano que, al parecer, inspira Nostromo.
Victoria, Lord Jim, El corazón de las tinieblas, La locura de
Almayer, Bajo la mirada de Occidente son novelas extraordinarias de un
conocedor profundo del hombre, analizado y descrito por encima de las
fronteras, sin pasaportes, banderas o cruzadas nacionalistas. Cada uno
de esos capitanes o marineros perdidos que aparecen en su tensas y
telúricas narraciones habla desde la angustia de no tener por más patria
el barco sacudido por los tifones y acechado por bandidos o fuerzas
enemigas. Mueren y son lanzados para siempre a las olas de los océanos o
son enterrados en parajes que ninguno de los suyos conocerá. Conrad se
aplicó a contar todas esas historias en una aventura creativa sin par
que representa uno de los máximos logros de esa actitud de franca
extranjería alrededor del globo.
Nos dice Paul Morand que el «verdadero estatuto que nos hace vivir
es el de extranjero». En efecto, llega un momento en que el individuo
viajero, el trotamundos, adquiere la certeza de que sólo desde el ángulo
escalofriante puede sentirse libre en el camino hacia el ineluctable
fin. No tiene que representar obligatoriamente a una patria ni debe
sentirse culpable porque no se entusiasma únicamente por las músicas,
comidas, ropas de su terruño, sino por todas las que alguna vez encontró
y con las que compartió a lo largo de su periplo. Toda persona atada
patológicamente a su patria o bandera es un lisiado de la sensibilidad,
un parapléjico de la percepción y esto es aún más grave cuando se trata
de un escritor. El que escribe tiene, con mucha mayor razón, que estar
abierto a esas extrañezas y por ende estar capacitado para contarlas y
sentirlas desde el ángulo oblicuo de su extranjería.
Chateaubriand en las Memorias de Ultratumba,
elaboradas a lo largo de la vida, de manera minuciosa, a través de
innumerables palimpsestos a los que aplicó la más refinada tortura de la
corrección, relata su existencia con esa prosa moderna que dos siglos
después es absolutamente eficaz y cristalina. Su éxodo es múltiple: él
alcanza a presenciar el fin del antiguo régimen y a partir del retrato
de sus
tías abuelas dieciochescas hace un recorrido vital, político y
amoroso tan nutrido como los de Magallanes y Bougainville.
Su prosa es una bruma áurea, flexible, que ingresa a todos los
rincones posibles de su tiempo y retrata los avatares de una época donde
como pocas veces se concentraron cambios trascendentales, básicos para
el ingreso de la actual modernidad.
Su éxodo es de clase, de régimen, de edad, de tiempo y al final
ejerce de escalofriante y acertado profeta cuasi bíblico. Sólo un
observador apasionado e inteligente como él puede construir poco a poco y
terminar esa pirámide de palabras, ideas y emociones cuando, de ochenta
años, alcanza a mirar desde la atalaya terminal dos de los siglos más
agitados de la historia. Como Conrad en los océanos, cruza y sobrevive a
los más tenebrosos tifones.
---Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de marzo de 2021
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de enero de 2021.
El sol se aventura ya en las nórdicas tierras de Minneapolis y Saint Paul, ciuidades gemelas y vecinas que presiden el estado norteamericano de Minnessota, donde se origina el río Mississippi, arteria vital de Estados Unidos junto a la que ha transcurrido la vida a través de milenios desde los aborígenes que llegaron por el estrecho de Behring hasta los modernos de hoy que estudian, beben, juegan béisbol, votan por Obama y asisten a conciertos de Britney Spears y de todas las estrellas del rock, rap o pop provenientes desde todos los rincones del mundo.