La Patria, que ahora cumple cien años de existencia, cubría ampliamente todas esas actividades, ya que estaba dotada de una pléyade de columnistas y periodistas de primer nivel que amaban la cultura por sobre todas las cosas, como Oscar Jurado, Beatriz Zuluaga, Mario Escobar Ortiz, Jorge Santander Arias, Ebel Botero, Edgardo Salazar Santacoloma, y otros muchos, quienes bajo la jefatura de redacción de Héctor Moreno, convertían al diario en un espacio nacional de cultura y pensamiento.
sábado, 26 de junio de 2021
MEDIO SIGLO EN LA PATRIA
La Patria, que ahora cumple cien años de existencia, cubría ampliamente todas esas actividades, ya que estaba dotada de una pléyade de columnistas y periodistas de primer nivel que amaban la cultura por sobre todas las cosas, como Oscar Jurado, Beatriz Zuluaga, Mario Escobar Ortiz, Jorge Santander Arias, Ebel Botero, Edgardo Salazar Santacoloma, y otros muchos, quienes bajo la jefatura de redacción de Héctor Moreno, convertían al diario en un espacio nacional de cultura y pensamiento.
EL NADAÍSTA MARIO ESCOBAR ORTIZ FRENTE A LA CATEDRAL
Por Eduardo García Aguilar
Acabo de releer La piel condena los cuerpos del nadaísta manizaleño Mario Escobar Ortiz, fallecido en un accidente en 1991 a los 55 años después de haber ejercido el periodismo, el teatro y la literatura a fondo durante décadas y dirigido durante un momento el suplemento literario de este diario, denominado Paradiso, en homenaje a su admirado barroco cubano José Lezama Lima.
Lucía una larga melena, gafas negras y enormes, camisas floridas y pantalones de bota campana e iba de un lado para otro con sus inconfundibles carcajadas, agitado, nervioso, risueño, cumpliendo con todas la tareas que exige el diario, por lo cual fue imprescindible durante años en el periódico y tolerado con simpatía pese a ser todo lo contrario en actitud y moda a los hombres de aquella época, engominados, fumadores de pipa, enfundados siempre en trajes oscuros, chalecos y camisas blancas almidonadas atadas con sombrías corbatas.
En tiempos que parecen ahora más abiertos que los actuales y cuando llegaban de todo el mundo las corrientes más modernas de la música, el arte, el pensamiento y la literatura, Escobar Ortiz abría ventanas a las literaturas del mundo y del continente y además daba espacio a los escritores adolescentes que éramos entonces y lo buscábamos para ser publicados en el diario, cuando estaban allí Beatriz Zuluaga, Héctor Moreno y Óscar Jurado en la redacción y una pléyade de escritores de talento en las páginas de opinión, como Jorge Santander Arias.
El nadaísta Eduardo Escobar, que tiene excelente memoria, recuerda en reciente entrevista al amable personaje y destaca que este diario tuvo tal vez la más sólida página de opinión del país con una variedad de articulistas de alto nivel intelectual. Esos personajes encabezados por Santander Arias, Edgardo Salazar Santacoloma y Ebel Botero, entre otros, discurrían en los diversos cafés de la ciudad y se les veía caminar con sus libros debajo del brazo, como figuras dedicadas con total pasión a pensar, leer y escribir.
Esas presencias magistrales se inscribían en la tradición cultural de la ciudad, que tuvo en los años 30 la Editorial Zapata, casa privada que publicó en su momento a los más grandes autores del país como Fernando González, José Antonio Osorio Lizarazo, León de Greiff y muchos más. Además, la ciudad fue centro de la famosa generación greco-quimbaya, tan vilipendiada por los ignorantes que nunca se han atrevido a leer a esos autores, que no por ser derechistas, carecían de talento y se inscribían en una corriente continental filo
mussoliniana, en la que se destacaban Leopoldo Lugones en Argentina y José Vasconcelos y otros en México y que requerirían análisis y estudio de contexto, antes que ostracismo total.
El libro de Mario Escobar Ortiz, publicado en 1972 en la imprenta del diario con prólogo de Jorge Santander Arias, brincó hace poco de los archivos guardados, con la imagen de portada tomada de un cuadro sicodélico del autor e ilustraciones de Basto, donde se ve la figura del nadaísta en relación con las caóticas imágenes evocadas en ese texto experimental y desbocado que es un extraño grito de rebelión, escatológico e impertinente.
Santander Arias cumplió con generosidad la tarea de prologar el libro de aquel joven, aunque deja entrever en sus palabras la enorme distancia literaria que los separaba, pues el primero era un erudito lector clásico que debía mirar con estupor los experimentos del nadaísta, sus imprecaciones, el erotismo desbordado, su sicodelismo cannábico y los automatismos literarios surrealistas con que hizo gala en ese monólogo de un desquiciado sobre la cárcel de la piel. Sin duda para Santander como para muchos, aquel libro era un Objeto Literario No Indentificado, o sea un OLNI.
Lo bueno de Escobar Ortiz, quien tenía una columna diaria llamada Carlitos, es que ahí desmenuzaba sin piedad las colaboraciones que los adolescentes le enviábamos con la esperanza de ser publicadas o los artículos de los viejos pomposos que seguían escribiendo como en los tiempos del modernismo.
Yo fui víctima mortal de una de sus andanadas, cuando a los 15 años le envié un soneto que llevaba un título en latín, Sunt Lacrimae Rerum, que fue destrozado y burlado sin piedad en público en la primera vez que me asomaba a las letras de molde. Gracias a esa diatriba contra mis malísimos poemas, y muy sonrojado, pasé rápido a otras experimentaciones, que me dieron la posibilidad de ganar en serie muchos premios literarios intercolegiales.
Escobar Ortiz vivía desbocadamente la literatura pero sin la típica solemnidad reinante en Colombia, donde casi todos quieren escribir bonito y muy pocos se atreven a romper con todo, como ocurrió con el genial León de Greiff, cuya obra toda es también un genial Objeto Literario no Identificado.
Releer otra vez La piel condena los cuerpos de Mario Escobar Ortiz, ver su dedicatoria firmada en 1973, me comunica de nuevo con esa década loca donde se confirmaron tantas revoluciones recientes mientras crecía en prestigio el Festival Latinoamericano de Teatro que trajo a la ciudad a los más grandes desde Neruda y Miguel Ángel Asturias a Jerzy Grotowzky y una pléyade de teatreros, poetas locos y críticos literarios.
La ciudad era vigilada por la enorme Catedral, pero en cafés secretos y centros culturales bullía un mundo libre de estirpe durrelliana, mientras se oía la carcajada intermitente de Mario Escobar, un personaje literario colombiano inolvidable que merecería ser contado.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo. Septiembre 8 de 2013.
sábado, 19 de junio de 2021
LA NOVELA APLASTADA POR LA REALIDAD
Por Eduardo García Aguilar
La observación se da entonces al azar, cuando algunos libros caen en sus manos y pueden de esa forma establecer tendencias de ese movimiento telúrico incesante, de la misma forma que los científicos analizan muestras mínimas de un inmenso yacimiento.
literaria necesita como los mejores vinos. Eso que don Gabriel, el colombiano de Aracataca, denominaba "la transposición poética de la realidad".
sábado, 12 de junio de 2021
VOLVER A FERNANDO CRUZ KRONFLY
Por Eduardo García Aguilar
sábado, 5 de junio de 2021
LA RESURRECCIÓN DE KEYNES
Por Eduardo García Aguilar
Me acuerdo del joven viceministro Gurría, quien nos recibía a algunos corresponsales extranjeros en su oficina del Palacio Nacional de la capital mexicana para explicar las nuevas políticas aplicadas por esa ambiciosa generación de economistas mexicanos dispuestos a dejar para siempre las viejas ideas del Partido Revolucionario Institucional y cambiarlas por las que estaban de moda en los tiempos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan: privatizar a ultranza, bajar los impuestos a los ricos, liberar la economía para que funcionara sola sin restricciones y reducir la intervención del Estado a lo mínimo. El pobre es pobre porque es bruto y no emprende, pensaban. Mientras más ricos sean los ricos mejor estarán los pobres, agregaban.
sábado, 15 de mayo de 2021
NAPOLEÓN BONAPARTE Y LAS ESTATUAS
domingo, 9 de mayo de 2021
LA OBRA DE VICENTE QUIRARTE
Vicente Quirarte (1954) ama las ballenas y la caligrafía y desde sus
años de infancia pasados en la vieja colonia Roma de la Ciudad de
México, donde creció al lado de los libros empastados que su padre
historiador acumulaba y amaba, se ha aplicado a sus pasiones mayores,
que son la poesía, la historia, la amistad, el amor y el ensayo, campo
en el que ha asediado con profundidad las obras de Luis Cernuda y
Gilberto Owen o el mundo de los vampiros.
Cada uno de sus libros, poco a poco, a lo largo de los años, han
caído gota a gota a mis manos y me han acompañado siempre. Se trata de
bellas ediciones, a veces confidenciales, como las salidas en los
Cuadernos del Caballo Verde de la Universidad Veracruzana, Los Libros
del Bicho de Premiá, la Escuela Nacional de Estudios Profesionales
Acatlán, Cuarto Menguante, Ediciones Toledo o Cuadernos de Malinalco,
entre otras muchas pequeñas ediciones que se presentaban siempre con
entusiasmo y eran argumento propicio para salir a sitios inolvidables
del Centro Histórico, donde los escritores de una generación compartían
el transcurso del tiempo.
Muchas cosas terribles y maravillosas ocurrieron en México en esos
tiempos, como terremotos, incendios, explosiones, disturbios,
atardeceres, granizadas, ventiscas, fiestas, manifestaciones, asesinatos
políticos, masacres, revoluciones, decesos y nacimientos, pero
pareciera que los poetas nacidos en los 50, todos ellos tímidos y
discretos, se colaran oblicuos y en silencio por las hendijas geológicas
del altiplano, junto a los cerros y bajo la mirada de los volcanes,
para escribir el testimonio de esos vegetales, lágrimas, piedras, ecos o
entusiasmos y que a veces abrieran con fuerza las puertas de
inamovibles cavernas llenas de fuego, mares, sorpresas y mundos
inimaginables que conducen al otro lado de la tierra, a otras
civilizaciones y a otras poesías extraídas de milenios y crisoles
ardientes de palabras.
Pertenece Quirarte a una amplia generación de escritores mexicanos
nacidos a los años 50, que a finales de los 70 ya despertaban a la idea
de hacer una obra o ejercer para siempre un oficio tan peligroso como
la poesía. Hay en todos ellos desde sus inicios una profunda pasión por
explorar las enseñanzas de los maestros mexicanos vivos o muertos. A
veces se detenían en los modernistas, hasta saber de memoria la obra de
Salvador Díaz Mirón, José Juan Tablada, Porfirio Barba Jacob o Ramón
López Velarde.
Otras veces se dejaban llevar por la generación mexicana de Los
Contemporáneos, en bloque, desde Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia
hasta Salvador Novo, José Gorostiza, Gilberto Owen y Carlos Pellicer. Y
de repente se detenían en los maestros vivos, esos viejos amigos que
como Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Francisco Cervantes, Guillermo
Fernández u Octavio Paz, entre otros, les animaban a seguir en la locura
de hacer poesía y les decían que no era en vano el esfuerzo, porque la
poesía, como dice Quirarte, es «superior a la feria de vanidades» y se
«encuentra por encima de los combates de nuestro pequeño género
humano».
Y así los de su generación, a la que yo pertenezco, pero con la
marca indeleble de Los Andes, siempre caíamos y volvíamos a levantarnos
desde las cenizas, como cuando el terremoto terrible del 19 de
septiembre de 1985 estuvo a punto aniquilarnos y nos expulsó de la
famosa Casa de las Brujas de la Plaza de Río de Janeiro, uno de los
edificios más bellos de la ciudad, donde vivíamos felices pintores,
poetas, pianistas, cantantes, bibliómanos, actrices, danzarinas.
En el bello volumen Razones del Samurái están esos libros que yo vi
y leí en originales como Teatro sobre el viento armado, Calle Nuestra,
Vencer a la blancura, Fra Filippo Lippi: cancionero de Lucrecia Buti,
Puerta del verano, Bahía Magdalena, En ausencia de Aníbal Egea, El ángel
es Vampiro, El peatón es asunto de la lluvia.
Al recorrer esas páginas a medida que se acerca el nuevo solsticio
de verano, me encuentro con esa poesía impecable diáfana, sabia, de
Quirarte, que ha sido cincelada con las armas y las artes de la
rigurosa tradición mexicana. La lluvia y el viento de la ciudad vuelven
entonces con sus fantasmas y delirios, griterío de niños, llanto de
mujeres, libros viejos, objetos perdidos y oxidados, ruidos, aromas
florales, o sea el testimonio humano e intelectual de una generación
discreta, tímida y profunda que sigue buscando lo imposible.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de mayo de 2021.
viernes, 16 de abril de 2021
NOTRE DAME EN LLAMAS
sábado, 10 de abril de 2021
LA ALGARABÍA RECURRENTE DEL 9 DE ABRIL

sábado, 3 de abril de 2021
LA LONGEVIDAD DE LOS POETAS
lunes, 29 de marzo de 2021
EUROPA Y LOS ESCRITORES LATINOAMERICANOS
Por Eduardo Garcia Aguilar
domingo, 21 de marzo de 2021
ESCRITORES SIN PASAPORTES
Uno de los escritores del mundo moderno que mejor ejemplifica la
literatura errante es Joseph Conrad, por dos razones: no sólo porque
abandona su tierra original para adoptar los mares y después radicarse
en la capital del Imperio británico globalizador, sino porque también
deja su lengua para adoptar otra, el inglés, tal como lo hiciera después
el genial Vladimir Nabokov o, en nuestro ámbito latinoamericano, Héctor
Biancciotti, quien cansado de ser ignorado por su pares de América,
decidió adoptar el francés y lograr así llegar a la proeza de ingresar a
la Academia Francesa.
Conrad recorre el mundo como capitán de navío, en un mundo que ya
nada tiene que ver con los mares de Ulises o de Eneas, de Colón o
Magallanes ni con las rutas de seda o los caravansarys del desierto.
Estamos ya en el mundo agitado de la industrialización y del libre
cambio mundial de mercancías, en la era de las factorías, los trenes y
los gigantescos barcos de carga. Su obra vasta es una mirada lúcida de
los países y culturas lejanas, en las que se incluye los parajes
costeros del caribe colombiano que, al parecer, inspira Nostromo.
Victoria, Lord Jim, El corazón de las tinieblas, La locura de
Almayer, Bajo la mirada de Occidente son novelas extraordinarias de un
conocedor profundo del hombre, analizado y descrito por encima de las
fronteras, sin pasaportes, banderas o cruzadas nacionalistas. Cada uno
de esos capitanes o marineros perdidos que aparecen en su tensas y
telúricas narraciones habla desde la angustia de no tener por más patria
el barco sacudido por los tifones y acechado por bandidos o fuerzas
enemigas. Mueren y son lanzados para siempre a las olas de los océanos o
son enterrados en parajes que ninguno de los suyos conocerá. Conrad se
aplicó a contar todas esas historias en una aventura creativa sin par
que representa uno de los máximos logros de esa actitud de franca
extranjería alrededor del globo.
Nos dice Paul Morand que el «verdadero estatuto que nos hace vivir
es el de extranjero». En efecto, llega un momento en que el individuo
viajero, el trotamundos, adquiere la certeza de que sólo desde el ángulo
escalofriante puede sentirse libre en el camino hacia el ineluctable
fin. No tiene que representar obligatoriamente a una patria ni debe
sentirse culpable porque no se entusiasma únicamente por las músicas,
comidas, ropas de su terruño, sino por todas las que alguna vez encontró
y con las que compartió a lo largo de su periplo. Toda persona atada
patológicamente a su patria o bandera es un lisiado de la sensibilidad,
un parapléjico de la percepción y esto es aún más grave cuando se trata
de un escritor. El que escribe tiene, con mucha mayor razón, que estar
abierto a esas extrañezas y por ende estar capacitado para contarlas y
sentirlas desde el ángulo oblicuo de su extranjería.
Chateaubriand en las Memorias de Ultratumba,
elaboradas a lo largo de la vida, de manera minuciosa, a través de
innumerables palimpsestos a los que aplicó la más refinada tortura de la
corrección, relata su existencia con esa prosa moderna que dos siglos
después es absolutamente eficaz y cristalina. Su éxodo es múltiple: él
alcanza a presenciar el fin del antiguo régimen y a partir del retrato
de sus
tías abuelas dieciochescas hace un recorrido vital, político y
amoroso tan nutrido como los de Magallanes y Bougainville.
Su prosa es una bruma áurea, flexible, que ingresa a todos los
rincones posibles de su tiempo y retrata los avatares de una época donde
como pocas veces se concentraron cambios trascendentales, básicos para
el ingreso de la actual modernidad.
Su éxodo es de clase, de régimen, de edad, de tiempo y al final
ejerce de escalofriante y acertado profeta cuasi bíblico. Sólo un
observador apasionado e inteligente como él puede construir poco a poco y
terminar esa pirámide de palabras, ideas y emociones cuando, de ochenta
años, alcanza a mirar desde la atalaya terminal dos de los siglos más
agitados de la historia. Como Conrad en los océanos, cruza y sobrevive a
los más tenebrosos tifones.
---Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de marzo de 2021













