sábado, 22 de octubre de 2022

CUARENTA AÑOS NO ES NADA

Por Eduardo García Aguilar

El 21 de octubre se cumplieron cuatro décadas del anuncio del Premio Nobel otorgado al autor de Cien años de soledad, quien ya era desde 1967 una estrella mundial de la literatura luego del éxito de su obra maestra, donde no solo se reconocieron todos los latinoamericanos ansiosos de afirmarse tras siglos de guerras, dependencia y miseria, sino también las poblaciones de varios continentes del llamado Tercer Mundo, aquejados por los mismos problemas de la colonización y el dominio imperial. 
 

La obra máxima del nativo de Aracataca salió en un coyuntura especial, un año antes de las revueltas juveniles de 1968 y las explosiones culturales que empezaron a derrumbar las inercias de un pasado patriarcal y autoritario en Estados Unidos y Europa. Empezaron entonces las súbitas reivindicaciones de los afrodescendientes liderados por Martin Luther King y Angela Davis en Estados Unidos y se inició el movimiento de liberación femenina que derrumbó siglos de inercia y sacó a la mujer de una minoría de edad permanente.    

En el Primer Mundo esa generación que luchaba contra la guerra de Vietnam, soñaba con la revolución, consumía marihuana y escuchaba y bailaba rock, reggae y salsa hasta el amanecer, quedó fascinada por el exotismo y las luchas sociales del Tercer Mundo encarnadas en la figura y la obra de Gabriel García Márquez, un atípico e irereverente escritor malhablado de bigote, pelo encrespado, camisas floridas y pantalones de colores chillones, muy diferente a los pomposos autores latinoamericanos de antes que usaban traje y corbata y ejercían de diplomáticos o políticos profesionales como Rómulo Gallegos, Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda.

 
El colombiano le sacó el cuerpo a todas esas formalidades y convertido en rock star dejó atrás el modelo de autor exquisito y aristocrático que representaban hasta entonces Jorge Luis Borges, el barroco José Lezama Lima y otros prohombres engolados y pomposos existentes desde el Río Bravo hasta la Patagonia, y se asoció con la revolución cubana, que entonces se encontraba en su apogeo en medio de la Guerra fría. 
 
Unido como emblema revolucionario a sus líderes Fidel Castro y al mártir Ernesto Che Guevara, que murió en Bolivia el mismo año de la aparición de Cien años de soledad, García Márquez se convirtió en otro ídolo y ascendió hacia la estratosfera como los poderosos cohetes Saturno V que llevaron al hombre a la Luna en 1969. García Márquez fue la otra cara de la moneda del Ché Guevara como mito crístico de la juventud rebelde latinoamericana y mundial hasta su paulatina difuminación en el siglo XXI. 
 

A diferencia de sus antecesores, el costeño reivindicó sus orígenes populares, la música vallenata y utilizó su fama y poder para promover el periodismo y cine latinoamericanos y desempeñarse como diplomático de facto de la Revolución cubana y mediador en complicados conflictos sociopolíticos latinoamericanos, al ser interlocutor escuchado y admirado de muchos presidentes de la región o incluso mandatarios de Estados Unidos o Europa.

   

En cierta forma García Márquez fue nuestro Victor Hugo y como él tuvo que huir al exilio cuando estuvo a punto de ser detenido en Colombia por su activismo político y periodístico y sus lazos ocultos y no ocultos con la insurgencia. Poco después obtendría el codiciado Nobel a los 54 años de edad y viviría el resto de su próspera vida en México en medio de la gloria, adorado como un patriarca o un semidiós hasta que fue alcanzado trágicamente por la terrible peste del olvido que aquejó también a los protagonistas de su obra mayor.

 
En un país y un continente que han vivido tantas guerras y desgracias, la figura patriarcal de García Márquez era un bálsamo que aliviaba los dolores y conjuraba la tradición del fracaso. Hasta su advenimiento todos los poetas, narradores y ensayistas del país habían muerto en la depresión, la pobreza y el olvido. 
 

Pero, oh paradoja, su éxito literario carbonizó como una deflagración meteórica la obra de varias generaciones de autores colombianos cuyos libros aparecieron y aparecen sin pena ni gloria desde hace décadas aunque sean notables y aun hoy todo gira alrededor de él. Sus contemporáneos vagan como fantasmas en un limbo de olvido y los autores posteriores nacen como estrellas muertas en un firmamento agotado, al mismo tiempo que se acaba la era de Gutenberg. 

Casi se podría decir que existe una religión en torno a su nombre y su imaginario. Y que un día habrá papa de Macondo, cardenales, obispos y sacerdotes que divulgarán los evangelios y ratificarán sus milagros. Sus personajes, sus gestos, sus mariposas amarillas y las imágenes creadas por su talento siguen tan vivas que inundan nuestros sueños y planean sobre el país como un gran fresco fundacional que nos detiene en un eterno presente sin tiempo. Y cuarenta años no es nada para el bolero fenomenal que fue su destino. Por eso desde el más allá, protégenos Gabriel, y ten piedad de nosotros, pues eres omnipotente, omnisciente, omnívoro, omniamoroso y omnipresente.   

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de octubre de 2022.


sábado, 8 de octubre de 2022

LOS MILAGROS DE LA TRADUCCIÓN



Por Eduardo García Aguilar

Muchas de las grandes obras literarias que nos llegan a las manos pueden escapársenos durante décadas debido a los escollos que presenta la traducción y a la forma fallida en que el texto original queda plasmado en otra lengua. Para que una obra traducida nos seduzca, es necesario que funcione con autonomía y se convierta asimismo en una pieza maestra que vuele por cuenta propia sin traicionar al original, pero instalándose en una dimensión especial con sus propias leyes imaginarias.

Eso ocurre por ejemplo con las diversas versiones de la Divina Comedia al español u otras lenguas que por lo regular desaniman al lector, pese a que los traductores han realizado una difícil tarea de artesanía para acercarse a sus ritmos interiores en prosa o en verso.

Lo mismo sucede con obras clásicas por las que pasamos sin entusiasmo desde las adolescencia, hasta que en un momento nos cae en las manos una versión que nos hace viajar como nunca hacia otro mundo y nos conmueve, como ocurrió con una version al francés de Prometeo encadenado, vertida especialmente por Olivier Py para ser representada en 2012 en el Teatro del Odeón por una compañía europea.

Los griegos pueden escapársenos durante mucho tiempo y tal es el caso de las obras de Platón donde habla y vive el díscolo y ebrio Sócrates o con los inmensos volúmenes de Aristóteles, autor que ha sido traducido infinidad de veces y aun sigue siéndolo por los nuevos especialistas. El asno de oro de Apuleyo, El Satiricón de Petronio o La Eneida de Virgilio pueden así permanecer ocultas para muchos lectores que no pueden visitarlas en la lengua muerta original.

Muchos han fracasado en sus intentos hasta el día en que se les revela una obra y los capta para siempre, como ocurre con Bajo el volcán de Malcom Lowry, la gran novela sobre México que no se deja atrapar en los primeros intentos. Quien la tradujo al español fue Raúl Ortiz y Ortiz, hombre novelesco de corbatín hoy olvidado que trabajó en la traducción los fines de semana en Cuernavaca y otros días en Ciudad de México en los años 60 hasta que le fue arrebatada prácticamente de las manos por la editorial Era y publicada en 1964, hace ya casi 60 años.
 

Tuve la fortuna de conocerlo hace mucho tiempo en una  recepción en Coyoacán y quienes estábamos allí, entre ellos el poeta Vicente Quirarte, nos sentíamos al lado de un clásico, porque muchas veces los traductores de obras maestras adquieren un aura especial que les otorga una parte de la gloria del autor.

Con La Guerra y la Paz de León Tolstói ocurre igual, ya que no todas las múltiples traducciones nos seducen, aunque para mi gusto la mejor y más cálida es la elaborada por Francisco José Alcántara y José Laín Entralgo y publicada en dos volúmenes por Editorial Vergara de Barcelona en 1959. Después vinieron otras versiones recientes de expertos que se reivindican como las mejores, más científicas o fieles, pero que no funcionan como obras de arte que nos hacen soñar.

Y en el caso de La montaña mágica muchos logran entrar en la primera versión al francés realizada en 1931 por Maurice Betz, a través de la cual se viaja por las peripecias de Hans Castorp, Settembrini, Leon Naphta y sus convivios en Davos, en el sanatorio de tuberculosos donde la bella Clawdia Chauchat esparcía su perfume y su mirada.

Pero el milagro es el de Ulises de James Joyce, que suele ser una obra muy reconocida y considerada una novela básica del siglo XX, pero que pocos han leído, salvo tal vez los dublineses e irlandeses que celebran la ruta de los protagonistas libando y haciendo la fiesta. Notables escritores y críticos han reconocido con modestia y sinceridad que nunca pudieron adentrarse en sus arcanos y eso tal vez debido a problemas de traducción.

Pero en español contamos con una excelente versión del José Salas Subirat, emigrado catalán que llegó a Buenos Aires con su familia a comienzos dedl siglo XX, ciudad donde vivió y trabajó en tiempos del joven Borges y Roberto Artl en la agencia de seguros La Continental y además escribió libros de autoayuda o sobre la árida temática de su profesión laboral.

Durante cinco años, entre 1940 y 1945, sacó tiempo a sus labores en la aseguradora para traducir este libro y logró una versión que funciona en español como una obra autónoma, llena de sorpresas, lenguaje poético, juegos de palabras magníficos y una atmósfera que nos seduce y cautiva. La obra fue publicada en la editorial bonaerense Santiago Rueda y después ha sido reeditada en el ámbito hispanoamericano.

Aunque Salas Subirat nunca presumió de su proeza y siguió dedicado a sus negocios, entre ellos una fábrica de muñecos, murió en el olvido, pero su vida ha sido rescatada en la biografia El traductor de Ulises de Lucas Petersen, publicada en 2016 por Sudamericana en la capital argentina. Aquel modesto burócrata agente de seguros viaja ahora en la carroza de la gloria joyceana, convertido en curioso personaje de novela.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de octubre de 2022.
* En la primera foto José Salas Subirat en su oficina de La continental en Buenos Aires, tal vez traduciendo Ulises. En la segunda, Raúl Ortiz y Ortiz, con su inconfundible corbatín.