sábado, 29 de abril de 2023

CENTENARIO DE MANUEL MEJÍA VALLEJO

Por Eduardo García Aguilar

El 23 de abril, día del Idioma, se celebró el centenario del natalicio de Manuel Mejía Vallejo (1923-1998), escritor antioqueño ganador de los premios Nadal y Rómulo Gallegos y una de las figuras más importantes de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo XX. En esta oportunidad no voy a hablar de su obra, sino de los momentos en que tuve la oportunidad de compartir con él en Guadalajara y Medellín.

Debo decir que la literatura colombiana en aquellos momentos tenía un carácter más humano, convivial y menos competitivo y comercial de lo que ocurre en este primer cuarto del siglo XXI, donde la mayoría de los autores, hombres y mujeres, viven una avorazada carrera por el éxito y la fama y producen como conejos obras a destajo para estar presentes en el panorama efímero de las ferias y las librerías.

Por eso no es extraño que a los de nuestra generación, la Generación Sin cuenta, como se le suele llamar, hubiésemos tenido la oportunidad de compartir con los grandes maestros del aquel tiempo, pero no como vasallos o intimidados discípulos, sino como amigos y compañeros de mesa y ebriedad.

El gran escritor contemporáneo Juan José Hoyos ha escrito hace poco una magnifica crónica de como conoció a los 20 años a Manuel en su casa de Medellín, a donde había ido para entrevistarlo, pero que el final se convirtió en otro partícipe de esas charlas humanas donde el escritor, antes de posar, vivía y contaba la vida y la literatura al calor de los rones y el cántico de los pájaros, el ladrido de los perros y el treno crepuscular de los grillos. 

Juan José Hoyos hace un retrato magistral de Mejía Vallejo como un ser humano antes que todo, escritor que según él sería regional en el mejor sentido de la palabra regional, como lo fueron en su tiempo Tomás Carrasquilla y tantos otros de la humanidad como las hermanas Bronte, Benito Pérez Galdós, León Tolstoi, Mark Twain y William Faulkner. Sus palabras me han conmovido porque igual que él, quien es de mi generación, tuve también la fortuna de conocerlo de cerca.

Primero durante una visita a Medellín cuando vivía en México y acababa de publicar mis primeras novelas Tierras de leones y Bulevar de los héroes en la capital mexicana y llegué allí a participar en el famoso taller que él impartía en la Biblioteca Piloto de Medellín.

Como suele ser para todo escritor que publica sus primeras novelas cuando está en la flor de sus treinta años, siempre los mayores te reciben con el afecto hacia lo que ellos consideran escritores promisorios que les recuerdan los tiempos en que ellos lo fueron y por eso les abren las puertas y la amistad con la generosidad del tiempo ido. Así era también su contemporáneo y amigo Alvaro Mutis, que antes que autor era un amigo para quien la vida contaba antes que cualquier vanagloria. Y también así fueron Manuel Zapata Olivella y Fernando Charry Lara.

Manuel Mejía Vallejo me recibió en un salón aledaño al escenario desde donde impartía el taller. Como siempre vestía de traje y tenía esa figura de bigote y cejas pobladas que caracteriza a nuestros ancestros de las tierras antioqueñas crecidos con la frente despejada, un pie en las montañas y otro en los valles y las ciudades crecientes, nutridos de naturaleza, viajes a caballo, excursiones por ríos y quebradas, trochas y precipcios, y sesiones de guitarra y alcohol en fondas a la vera del camino, como en el famoso poema de León de Greiff, cuando dice que "en el alto de Otramina, pasando ya para el Cauca, me encontré con Toño Vélez en qué semejante rasca".

De esa misma estirpe era el maestro Fernando González, autor del bello libro Viaje a pie, donde cuenta sus aventuras de viaje acompañado del padre de Estanislao Zuleta a través de la cordillerra central, por donde llega a Manizales desde el norte cuando nuestra urbe estaba en plena reconstrucción tras los devastadores incendios y emergía la gigantesca catedral que entonces era para él un inmenso molar de cemento abierto en la cumbre.

Una hora antes de la salida al esenario, Manuel sacó una botella de Ron Antioqueño y empezó a servirme las mismas dosis que él bebía, de modo que al iniciarse el acto estaba prendidísimo y mucho más que él, veterano en esas lides. No sé lo que dije aquella tarde, pero sin duda los efectos del ron debieron sacar del fondo del alma de un escritor en formación los secretos más profundos. Vi por esos días en Medellín a otros dos grandes narradores amigos, Darío Ruiz Gómez y Fernando Vallejo, que son de la misma estirpe que Carrasquilla, González y Mejía Vallejo y con todos ellos compartí en la capital antioqueña horas inolvidables.

Otra vez volví a verme con Manuel en la Feria Internacional del libro de Guadalajara, que estaba dedicada a Colombia. Como era una feria aun naciente, cuando Manuel llegó a la capital de Jalisco no había habitación ni para él ni Fernando Cruz Kronfly, por lo que tuve que mover cielo y tierra con los mexicanos para solucionar el problema y evitar que durmieran ambos en los sofás del lobby del hotel. Fue una anécdota divertidísima. Después todos caminabamos felices por las soleadas calles de Guadalajara al calor del tequila y Manuel siempre estaba allí comandándonos  a todos con el aura marvillosa que aun tiene desde el más allá a cien años de su nacimiento.


  


viernes, 28 de abril de 2023

LA INAUGURACIÓN DEL CENTRO POMPIDOU

Por Eduardo García Aguilar

Como esos viejos patriarcas de bastón que recuerdan sordos y semiciegos las batallas y emboscadas de hace medio siglo, debo decir con estupor que estuve presente el 31 de enero de 1977 en la inauguración del Centro Pompidou, enorme factoría de tubos y turbinas que cumple 30 años de existencia, aún más moderno e inquietante que al principio. Tenía 23 años, estudiaba simultáneamente en ese entonces en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en el seminario de un experto en Keynes y en la hoy legendaria Universidad París VIII, situada en el bosque de Vincennes, y para redondear mis fines de mes trabajaba como ayudante en la sección femenina de moda de la famosa revista L´Express, situada en ese entonces en la rue de Berri, junto a los Campos Elíseos.

Me encargaba allí de entregar a modelos y fotógrafos trajes y productos que las marcas de moda enviaban a la revista para ser reseñadas en la sección y luego recibirlos de las mismas preciosas manos, empacarlos y hacerlos regresar a Pierre Cardin, Yves Saint Laurent, Castelbajac, Armani, Kenzo, Dior y otras estrellas de la industria del lujo. La revista, que era entones mucho más importante de lo que es hoy, fue el primer semanario moderno francés, inventado por Jean Jacques Servan-Schreiber y Françoise Giroud y constituía el centro de la noticia y un verdadero faro de la modernidad y la ideología liberal atlantista en la Francia del pesidente Valery Giscard d´Estaing, que acaba de autorizar el aborto y aplicaba en leyes las exigencias en materia de sociedad de los revolucionarios de mayo de 1968.

Había llegado a Francia en abril de 1974, poco después de la muerte súbita de Georges Pompidou y cuando el país estaba en plena campaña para las elecciones presidenciales que oponían a Giscard y al socialista François Mitterrand. Pompidou, cuya esposa era una larguilínea experta en materias de arte contemporáneo quiso pasar a la historia al crear un museo ultramoderno que terminara para siempre con los lúgubres antros llenos de polilla y abriera puertas a la muchedumbre entre cafeterías, luces de neón, proyecciones cinematográficas, música y un ambiente de modernidad. Pero murió antes y la inauguración le correspondió a Giscard, acompañado por varios presidentes africanos, entre los que estaba el intelectual y poeta senegalés Leopold Sedar-Sengor.Alice Morgaine, que dirigía Madame Express, me pasó a mí y una bella amada mulata la invitación para entrar y después de un escarceo con los policías que ejercían el racismo anti-extranjero, anti-negro y anti-árabe en las puertas del museo que acaba de admitir a los presidentes africanos, pudimos subir por las escaleras entubadas que causaban conmoción mientras afuera reinaba como siempre un lóbrego clima invernal. 

Toda la zona estaba arrasada después de la destrucción del mercado de Les Halles descrito por Zola en El vientre de París, por lo que la inauguración del Museo Beaubourg, como también se le llama, constituyó un ensayo general para reanimar una zona deprimida, suscitando las críticas más feroces. Pero sólo basta viajar a esos instantes ahora históricos que mojan tantas páginas en la prensa europea para entender la electricidad que reinó allí como un parteaguas: a un lado policías racistas que nos molestaban y nos pedían regresar de donde veníamos, señoras elegantes con abrigos de visón y al otro presidentes africanos y jóvenes de cabellos largos despeinados vestidos de todos los colores y recién levantados después de días de sexo, peace and love, Pink Floyd, In a Gadda da Vida, Cream y Doors.

Diseñado por Rogers y Piano, que hicieron la maqueta como chiste y juego de azar, el edificio ha logrado pasar las décadas con éxito habiendo admitido al parecer 189 millones de visitantes. En su vida ya respetable abrió vasos comunicantes con Moscú, Berlín y Nueva York, redefinió y revisitó movimientos como dadaísmo, cubismo, expresionismo, situacionismo y todas las tendencias del pop art desde Marcel Duchamp y su orinal hasta Andy Warhol y los nuevos que revisan la explosión artística de los años sesenta y setenta. Esas dos décadas llenas de sorpresas y revoluciones artísticas fueron sin duda parteaguas a nivel mundial, como en su momento lo fueron los años 20. Son épocas de rebelión que marcan tendencias para largo y redefinen la relación del hombre con su tiempo derrumbando íconos y abriendo nuevas puertas para la cultura humana.

Ahora, tal y como lo hacen el Guggenheim y el Louvre, el Pompidou se clona en otras partes del planeta, lo que muestra su actualidad en tiempos de derrumbe de fronteras y muros. Haber estado presente ahí en ese momento que hoy se analiza desde diversos ángulos anima en la lucha por defender la iconoclastia, el espíritu crítico, la tolerancia y la alerta permanente hacia lo nuevo que surge de los artistas rebeldes de ciudades y suburbios. Con el arte y la libertad de expresión artística se puede luchar contra el unanimismo de las fuerzas macabras que en pleno siglo XXI creen todavía que estamos en tiempos de Hitler, Franco y Musolini.

ATGET: EL FOTÓGRAFO RESCATADO POR LOS SURREALISTAS

En la foto que le tomó la joven Berenice Abbot poco antes de su muerte, el fotógrafo Eugene Atget (1857-1927), que pasó gran parte de su vida en las calles de la ciudad trabajando con una explosiva vieja cámara de trípode, se ve como un desgarbado artesano pobre y viejo de mirada escéptica y leve guiño de cinismo. Atget parece tolerar a esa bella joven admiradora estadounidense, discípula del gran Man Ray y amiga de los surrealistas, que fotografió a los grandes artistas de su época antes de convertirse ella misma en ícono del siglo XX y a quien debe su fama posterior, pues compró a su muerte casi 2000 fotografias del viejo y las llevó a Nueva York para que fueran expuestas y publicadas con rigor académico, admiración y cuidado.
A lo largo de su vida vendió sus fotos y "documentos" a pintores, museos y oficinas de gobierno, que las utilizaban para sus propios fines, pero nunca se consideró un artista. De joven, Atget, después de pagar su servicio militar y viajar como marinero incluso hasta América del Sur y Oriente, soñó con ser actor y pintor y tras fracasar en ambos objetivos, se dedicó tardíamente, a los 32 años, a practicar la fotografia como una forma simple y algo divertida de ganarse la vida en aquellos años difíciles de precariedad, guerra y desempleo.
Sencillo, sin elegancia ni altivez, este artista al final de su vida fue objeto de admiración de los surrealistas, fascinados por sus fotografías de vitrinas, fachadas, calles, cabarets, burdeles y prostitutas desnudas y su minuciosa captación de los rincones más antiguos de la ciudad que estaban a punto de desaparecer. En algunas portadas de la revista "La Revolución Surrealista", los seguidores de Breton reprodujeron imágenes suyas y los artistas de Montparnasse comenzaron a comprar y a coleccionar algunas de sus impresiones. Como en un juego de sueños y pesadillas, el hombre rechazó fijarse en las grandes avenidas que abría la modernidad o fotografíar paisajes brumosos o castillos de sueño para concentrarse en fijar para siempre los rincones más sucios y perdidos de los barrios, allí donde pululaban miserables, marginales, borrachines, poetas y personajes pintorescos. Para un latinoamericano, estas imágenes impresionan además porque vemos con detalle la ciudad callejera que vivieron personajes nuestros como Rubén Darío o Jose María Vargas Vila o leyendas locales como los poetas Verlaine y Mallarmé.
Con Atget y su cámara uno pasa por los orinales públicos visibles en cada esquina de las plazas, mira las carretas de tracción animal afectadas por el surgimiento del auto, observa los afiches de licores que fueron prohibidos luego como la absenta o la Kola-Coca y aprecia fachadas de viejas tiendas que incluso sobrevivían desde los tiempos de la Revolución, con sus preciosas vitrinas llenas de muñecas, pefumes, sombreros, ropas de época, jabalíes, conejos, perdices, vinos, quesos y frutas. Se ven entradas de famosos bares y cabarets desaparecidos como el legendario Infierno, escaleras de casas a punto de ser derruidas, así como la miseria de los que recopilaban basura en los extramuros de la ciudad, colocaban el novedoso asfalto sobre las avenidas o vivían en las periferias hacinados en abandonadas caravanas de inmigrantes y gitanos. La ciudad en 1898 y 1899 estaba siendo abierta para instalar el metro subterráneo y crear nuevas vías aéreas y avenidas, por lo que Atget pudo captar en directo las ruinas del pasado que se iba, la vida antigua que se diluía. La ciudad se convierte así en un escenario desolado lleno de muros caídos, ropas destrozadas, ollas rotas, juguetes dañados y muebles abandonados. Mientras otros fotógrafos más famosos tomaban fotos de nobles, funcionarios o cortesanas en fiesta palaciega o se dedicaban a medrar en los sitios del poder y el dinero, él estaba del lado de los pobres y de la ciudad normal de la vida cotidiana.
Atget vendió baratas esas fotografías a la Biblioteca Nacional de Francia, que ahora, con motivo de los 150 años de su nacimiento las saca al fin de sus archivos y las expone en la primera gran retrospectiva hecha por sus compatriotas y compuesta por unas 350 piezas de un total de casi diez mil imágenes acumuladas a lo largo de su vida. Su modernidad radica precisamente en que utilizó la magia de este arte para ver la realidad en vez de esconderla o dulcificarla. La fotografía, inventada ya desde los años 30 del siglo XIX, se había convertido en una práctica de moda entre gentes adineradas que viajaban o captaban sus festines o en empresa aplicada al retrato, por lo que este loco que pasaba horas fotografiando calles y plazas sucias, clochards, vendedores y prostitutas fue un personaje algo risible y olvidado que nunca imaginó su fama futura. Lo que prueba una vez más que no son siempre los más famosos y triunfadores en vida los que pasan a la historia, sino los auténticos creadores que tienen otra mirada sobre las cosas ante la indiferencia de sus contemporáneos y los expertos del momento.

sábado, 22 de abril de 2023

UN CUARTO DE SIGLO SIN OCTAVIO PAZ

Por Eduardo García Aguilar

Hace un cuarto de siglo, el 19 de abril de 1998, fallecía a los 84 años de edad en una vieja casona histórica del barrio colonial de Coyoacán, en la Ciudad de México, el gran poeta mexicano Octavio Paz, Premio Cervantes (1981) y Nobel (1990), quien a lo largo de las cuatro últimas décadas del siglo XX fue el más importante y poderoso caudillo literario del país, siguiendo con una tradición iniciada en el siglo XX con figuras como José Vasconcelos y Alfonso Reyes, que fueron también poderosos patriarcas.

Paz fue albergado en esa antigua casona colonial por orden del gobierno luego de que se incendiara su apartamento en el centro de la Ciudad de México, donde resultaron destruidos documentos y libros de su abuelo Irineo Paz, así como objetos y archivos personales de valor, lo que significó una gran pena moral para el escritor, quien tuvo que arrastrarse para escapar con las sondas que ya tenía puestas debido a su enfermedad, en compañia de su esposa y gran amor de su vida, la francesa Marie Jose Tramini, a quien conoció cuando se desempeñaba como embajador en la India en los años 60.

Cuando llegaron los bomberos encontraron a la pareja tiritando de frío, desubicados, conmocionados, y los llevaron al Hotel Camino Real de Polanco, donde estuvieron un tiempo antes de ser trasladados a esa bellísima casona, donde quedaron bajo protección y atención de los militares del Estado mayor presidencial. Ahí pasó los últimos años en silla de ruedas, atendiéndose de un cáncer óseo, ya desahuciado por los médicos estadounidenses que lo atendieron en Houston.

Vivió así Paz en medio del dolor meses de reflexión y lucidez sobre el fin de la vida y el destino de su propia escritura, e incluso llegó a decir con claridad a sus amigos visitantes que tal vez lo único que finalmente se salvaría de su extensa obra sería algunos poemas o solo unos versos. Él que fue durante décadas diplomático relacionado siempre con magnates, presidentes y políticos, y quien gozó en vida de gran éxito literario y riqueza, pudo, como casi todos los hombres, vislumbrar el triste fin de sus sueños pese al poder y la gloria.      

Quienes vivimos en México en ese tiempo fuimos testigos de esa presencia permanente, avasalladora y ascendente del escritor en todos los medios de prensa, televisivos, instituciones, festivales poéticos y literarios, homenajes, debates sobre cultura y política mexicanas y mundiales, así como en la dirección de la revista Vuelta que abría ventanas a todas las culturas, lenguas e ideas del mundo y agitaba ideas democráticas y antitotalitarias.

Paz alternaba sus estadías triunfales en México, con largas giras por el mundo, donde daba conferencias en universidades y academias y presentaba las múltiples traducciones de sus obras o recibía premios y honores y doctorados Honoris Causa. Siempre fue elegante como un gentleman e hizo una pareja popular con la muy bella Marie José Tramini, quien le sobrevivió varios años y murió intestada.

Ahora, 25 años después de su muerte, por fin se ha inaugurado una casa museo en honor de la pareja en una vieja casona colonial del centro y se han salvado los documentos, objetos, obras de arte, muebles, libros y prendas que se exponen allí, mientras las instituciones especializadas tratan de restaurar los papeles ajados y abandonados que se hallaron en varias de sus propiedades.   

De joven Paz fue marxista y revolucionario, estuvo comprometido con la causa campesina en Yucatán y tras haber escrito poemas comprometidos, fue invitado en 1937 al II Congreso Internacional de escritores antifascistas para la defensa de la cultura, organizado por la republicana Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) en tiempos de la Guerra Civil española, por invitación de Pablo Neruda, y durante esa estadía convivió con muchos escritores progresistas del momento. Viajó a España con su primera esposa, la futura escritora y gran prosista Elena Garro.
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Entre los asistentes a ese Congreso figuraron nombres como Vicente Huidobro, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, César Vallejo, Juan Marinello y Carlos Pellicer. Terminada la Guerra civil española e instaurada la dictadura de Francisco Franco y concluida la posterior Segunda Guerra Mundial, Paz empezó su larga carrera diplomática, que lo llevó a instalarse en Francia al final de los años 40 y parte de los 50.

Allí se relacionó con André Breton y los surrealistas y conoció de primera mano textos de autores que como Cornelius Castoriadis y Claude Lefort y otros muchos ya cuestionaban en Europa los totalitarismos soviético y chino y el marxismo-leninismo como ideología o religión. Desde entonces, aunada a su trepidante actividad literaria e intelectual, Paz alternó sus combates líricos con las  peleas ideológicas, evolucionando hacia un liberalismo pro-occidental y un apoyo incondicional al crepuscular régimen mexicano del PRI, que lo alejó de sus viejos amigos de izquierda como Pablo Neruda y Luis Cardoza y Aragón y de los ámbitos progresistas, a los que fustigó hasta el final de sus días de manera encarnizada.

Su paso por India y Japón como diplomático le abrió nuevos universos a su produccion poética, caracterizada hasta el final por una fuerza inédita de experimentacción y búsqueda, como se ve en sus libros Ladera Este (1969), Pasado en claro (1975), Vuelta (1976), Árbol adentro (1987), de distinta factura a la primera summa antológica Libertad bajo palabra (1960) y su poema central, Piedra de Sol. Tal vez un verso, una estrofa, un poema quedará de él y eso ya está bien.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo, 23 de abril de 2023.





viernes, 14 de abril de 2023

SORPRESAS MEXICANAS Y COLOMBIANAS EN LA FILBO

Por Eduardo García Aguilar

La Feria del Libro de Bogotá (FILBO) celebra este año su 35 aniversario y dedica la nueva versión del 18 de abril al 2 de mayo a México, país con el que Colombia siempre comparte a lo largo de la historia una estrecha relación de amistad e influencias culturales y literarias mutuas.

En varias ocasiones la Feria Internacional del libro de Guadalajara dedicó el evento a Colombia y muchos han sido los escritores y escritoras colombianos que a lo largo del tiempo han participado en esa fiesta del libro celebrada desde hace 37 años en Jalisco, tierra de Juan Rulfo.

En México han vivido muchos escritores colombianos de ambos sexos a lo largo de la historia, entre los que se destacan Porfirio Barba Jacob, Manuel Zapata Olivella, Laura Victoria, Germán Pardo García, Gabriel García Márquez y Alvaro Mutis, entre los fallecidos, y en Colombia a su vez vivieron o permanecieron algún tiempo autores mexicanos de la primera mitad del siglo XX como Carlos Pellicer, José Vasconcelos, y Gilberto Owen, entre otros.

Y eso sin contar la presencia en México de escultores o pintores colombianos que dejaron huella como Rómulo Rozo y Rodrigo Arenas Betancur, o pintores como Fernando Botero y Santiago Rebolledo, así como académicos, científicos, politólogos, historiadores, músicos, actores y empresarios, cuya enumeración sería interminable.  

Pero esta vez me gustaría destacar de manera especial con motivo de la FILBO dedicada al hermano país, a una figura importante de esa amistad colombo-mexicana, la poeta Laura Victoria (1904-2004), cuyo nombre original era Gertrudis Peñuela, nacida en Soatá (Boyacá), y quien murió casi centenaria en la Ciudad de México, después de vivir en ese país durante 65 años, según cuenta su biógrafo Gustavo Páez Escobar.

Su poesía erótica en su juventud y mística al final recibió elogios en la primera mitad del siglo XX de Guillermo Valencia, Rafael Maya y Nicolás Bayona Posada y algunos críticos consideran que su obra, precursora para su tiempo, tiene vasos comunicantes con otras grandes poetas latinoamericanas de esa época como Juana de Ibarbouru, Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Gabriela Mistral.

Esta escritora, quien fue de gran belleza, se desempeñó también algunos años como diplomática en México y Roma, luchó por la vida en tiempos hostiles como una guerrera, por lo que ya es hora  de que las instituciones colombianas investiguen y rastreen su interesante vida viajera y su obra de exilio, desconocidas y ocultas debido la hegemonía siempre patriarcal y machista que ha caracterizado hasta hace poco a la literatura colombiana.

En muchos aspectos ella fue una precursora por las vicisitudes de su vida y obra y es un ejemplo del impulso secreto de las mujeres en el historial de la literatura del país, que comienza por fortuna a ser rescatado por las nuevas generaciones de universitarias que dedican estudios a narradoras tan importantes como Elisa Mujica, Helena Araújo, Marvel Moreno, Alba Lucía Ángel y Fanny Buitrago, o poetas como Meira del Mar, Olga Elena Mattei o Maruja Vieira y Beatriz Zuluaga, entre otras muchas.

Laura Victoria, autora de Llamas azules (1934) y Cráter sellado (1938), nos dio aun más sorpresas en su vida de novela, pues fue la madre de una gran actriz colombiana que tuvo como seudónimo Alicia Caro (1930) y quien se destacó en la época de oro del cine mexicano, al ser protagonista de la película La Vorágine  de Miguel Zacarías en 1945 y por actuar en múltiples cintas al lado de Libertad Lamarque, Sara García, Tin-Tán y Jorge Martínez de Hoyos (1920-1997), gran actor con quien se casó y vivió muchos años hasta que él murió.

Tuve la fortuna de ser presentado a Alicia Caro y Martínez de Hoyos, protagonista de la película Tiempo de Morir de Arturo Ripstein, en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Pero en la novela interminable de esta amistad colombo-mexicana, otro detalle curioso es que el padrino de la boda de la actriz colombiana y el galán mexicano fue el joven Gabriel García Márquez, amigo de la pareja desde cuando se dedicaba al cine como guionista, antes de escribir Cien años de Soledad y volverse gloria mundial.

O sea que nunca terminan las sorpresas que nos depara esta hermandad interminable y fecunda entre México y Colombia que debe explorarse aun más. Será para quienes asistan a esta versión dedicada a México una felicidad estar ahí deambulando entre los pabellones de tantas editoriales internacionales, universitarias e independientes en busca al azar de algún libro inolvidable.

Esta vez no estaré presente en la FILBO, pero mi corazón, que también es un poco mexicano porque viví tres lustros en aquel país, deambulará por ese lugar celebrando a colombianos que como la desconocida poeta Laura Victoria se quedaron para siempre en México.

Con Laura Victoria celebrará la FILBO el loco Porfirio Barba Jacob, quien amaba tanto a México que se olvidó de que era colombiano y fue expulsado varias veces por intervenir en asuntos de política interior mexicana, lo que está prohibido por el famoso y temido artículo 33 de la Constitución del país donde a lo largo de milenios florecieron las civilizaciones de olmecas, teotihuacanos, mayas, zapotecos, mixtecos y aztecas y muchas más y se han registrado maravillosos mestizajes sincréticos y barrocos de culturas cosmopolitas de todo el mundo.    
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 16 de abril
de 2023.
* En la Foto,  Laura Victoria



 










sábado, 8 de abril de 2023

EL DESTINO IMAGINARIO DE GAITÁN

Por Eduardo García Aguilar

Han pasado 75 años desde el asesinato el 9 de abril de 1948 en Bogotá del carismático líder liberal Jorge Eliécer Gaitán y el país sigue patinando como siempre en los caminos empantanados del sectarismo, el fanatismo, la intolerancia y la violencia latente, lo que le impide seguir adelante y avanzar a través del respeto y el diálogo civilizado entre adversarios.

Aunque muchos otros países en el mundo siguen marcados por las tragedias de su pasado antiguo o reciente, inclusive las grandes potencias de hoy y las naciones europeas más antiguas, pocos países como Colombia se han destacado por vivir siempre inmersos entre el lodo de su pasado, como si una maldición, un maleficio, se empeñara en mantenerla en esa situación que es una reversa permanente entre charcos de sangre e insultos, chismes, algarabía, mentiras, vulgaridad e imprecaciones repetidos.

Ya en los tiempos de la llamada Patria Boba y en todo el siglo XIX, Colombia se especializaba en caminar como los cangrejos hacia atrás, deshaciendo en súbitos momentos de guerra y violencia inenarrables el camino que con dificultad había recorrido para tratar de salir poco a poco de la barbarie.

Mil y una guerras han ensangrentado el país y sus regiones, empeñadas ya hace siglos en combatirse unas con otras, caucanos, antioqueños, santandereanos, costeños, tolimenses, cundinamarqueses, pastusos, vallunos, llaneros, azuzados siempre por caciques, mafiosos, caudillos y líderes, causando el éxodo permanente de la población a nombre de ideas conservadoras o liberales, realistas o independentistas, centralistas o federalistas, socialistas o de ultraderecha.

Tras esas banderas esgrimidas por el pueblo o eso que algunos denominan la infame turba se ha escondido siempre la codicia de quienes pescan en río revuelto y después de las deflagraciones y las masacres terminan por acumular, confiscar y apropiarse de las mejores tierras, riquezas y viviendas abandonadas por las viudas y los huérfanos amenazados.

Todos en este país tenemos nuestra propia historia familiar de éxodo transmitida de generación en generación como en las sagas bíblicas, indias, nórdicas, africanas, rusas, americanas o asiáticas, versiones todas ellas que hacen parte de la historia básica de la humanidad, que en esencia es la sucesión de invasiones, despojos, robos, violaciones y huida de todas las poblaciones que han habitado esta maldita tierra. O sea que la historia de Colombia no es nada original y es solo una réplica de las vicisitudes vividas por todas las naciones del mundo con sus héroes y mitos asesinados.

El historial de invasión y éxodo en estos territorios de América es igual desde antes de que llegaran los conquistadores anglosajones o españoles, pues poderosos pueblos prehispánicos como mayas, incas o  aztecas y sus múltiples ancestros milenarios subyugaban y esclavizaban a otros pueblos ejerciendo la más atroz violencia, exhibiendo las cabezas cortadas, jibarizadas o las calaveras que restaban de los sangrientos sacrificios piramidales. La historia de Estados Unidos se reduce a la invasión impacable y el exterminio de las poblaciones originales de las que hoy solo queda la sombra y algunos tótems o ídolos míticos que resistieron como el apache Gerónimo.

Jorge Eliécer Gaitán quedó en el mito como todos los mártires de la política o las revoluciones, pues fue asesinado antes de llegar al poder. Por su talento, capacidades intelectuales y oratorias conquistadas a pulso de estudio e inteligencia desde su origen popular, es un mártir especial donde se concretan todas las frustraciones y ambiciones de una parte de la población colombiana.

Pero no sabremos nunca que hubiera sucedido si Gaitán hubiese llegado a la presidencia, pues la experiencia nos indica que quienes llegan al poder prometiendo utopías o sueños casi nunca pueden cumplir ni sus programas ni sus idearios y ya sentados en el solio de Bolívar deben ceder ante la terca realidad intransformable. Lo hubieran saboteado liberales y conservadores, traicionado los amigos, sus reformas serían frustradas o deformadas en el Congreso. Para terminar el periodo habría tenido que ceder, ofrecer puestos y embajadas.

Tal vez hubiera seguido el destino de otros notables líderes liberales o conservadores colombianos que tarde o temprano perdieron el apoyo popular, enfrentaron protestas, rebeliones y catástrofes y al final, vencidos, se aburguesaron o en el caso de los más sabios, guardaron silencio en la venerable ancianidad, como Lleras Camargo o Belisario. Pero como todo expresidente, Gaitán hubiera encanecido, convertido en un mueble viejo mandado a recoger.

Me imagino a un ex presidente Gaitán anciano de 90 años, sabio y retirado en alguna finca de la sabana o en algún balneario de tierra caliente, o en Roma o París, asombrado por el destino delirante del país en tiempos de guerrillas, narcos o paramilitares.

Hubiera sido criticado como todos los presidentes que gobernaron este país algún día, unos más idiotas que otros por supuesto, otros más elegantes y sabios, pero juntos todos en la desgracia de no haber podido hacer nada por mejorar una patria enferma e ingobernable. No sería el mito que es hoy a causa de su sorprendente y cinematográfico martirio, sino otro expresidente más de la extensa lista de frustrados mandatarios colombianos.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de abril de 2023.




sábado, 1 de abril de 2023

EL VOLCÁN EN EL CORAZÓN

Por Eduardo García Aguilar


El Volcán Nevado del Ruiz, también llamado Cumanday, ha sido para los habitantes de Manizales y los alrededores una presencia permanente y esencial que marca la respiración y los latidos del corazón de quienes lo han visto desde su infancia en los amaneceres despejados o en días cuando aparece diáfano en lo alto del horizonte o rugiente con su cambiante fumarola cada vez más amenazadora.  

Todos los habitantes de altas cordilleras y cumbres nevadas en el mundo, ya sea junto a las alturas del Himalaya, los Urales, los Alpes, los Apeninos, el Kilimanjaro o los Pirineos, entre otras muchas estribaciones, comparten entre ellos la sensación impresionante de percibir algo que los supera y los conecta con la eternidad y la fragilidad de la vida.

Suelen ser esos lugares escarpados el fruto de la confluencia de poderosas capas tectónicas que al chocar, rozarse y empujarse, han causado desde antes de la existencia de la humanidad fuertes terremotos que arrasan con todo a su paso. O sea que los habitantes de esas estribaciones no solo saben que están amenazados como en su tiempo la gran Pompeya por erupciones terribles que arrasan con lava, ceniza, lahares y precipitaciones piroclásticas ciudades y pueblos, sino que además deben lidiar con la incertidumbre permanente de los sismos recurrentes y devastadores.  

Con solo ver aquellas superficies rugosas que alcanzan impresionantes alturas y descienden creando abismos y precipicios insondables, los habitantes de esas laderas tienen la certeza de que siempre viven amenazados por las fuerzas telúricas de la naturaleza y a veces, sin saberlo, en lo más profundo de la intuición inconsciente, perciben la insignificancia de toda existencia vital o incluso pétrea, condenada a ser polvo y ceniza eternos.

Cada quien tiene una forma personal de relacionarse con esa impresionante cumbre, pero muchos de los nativos de estas tierras cuando vemos despejado a lo lejos al Volcán Nevado del Ruiz sentimos una mezcla de pavor con fascinación estética ante una belleza fría, helada, silente, que nos comunica la infinitud del cosmos, el arrollador paso del tiempo, la ineluctabilidad del fin.

Cuando al amanecer está despejado y lo vemos al frente desde algún sitio privilegiado, entramos en comunión con él y establecemos un diálogo secreto que se sitúa en los terrenos de la poesía o de los antiguos libros sagrados a través de los cuales las civilizaciones anteriores expresaron el asombro ante el cosmos, las galaxias, las estrellas, el infinito.

Durante la infancia caminaba de frente al Nevado por la avenida rumbo a la Escuela Anexa a la Normal, al lado de la Universidad y el Estadio, donde estudié la primaria, y por eso siempre fue una figura familiar, un compañero de vida con quien dialogaba a solas, una presencia fortalecedora, mágica, que añoraba. 

Pronto, ya en la adolescencia, a los 14 años, tuve una experiencia en la que casi pierdo la vida, cuando con unos intrépidos amigos hicimos una irresponsable excursión a pie hacia esas alturas y nos cogió la noche en mitad del camino, quedando atrapados en un depósito de papa abandonado donde casi morimos congelados de frío y de donde fuimos rescatados al día siguiente por un milagroso jeep que ascendía hacia el refugio en una jornada esplendorosa de sol.

El jeep subió por la extenuante vía en zig zag entre la nieve, cuya superficie entonces era más amplia, hasta dejarnos junto al viejo refugio suizo al pie del nevado, donde renacimos y olvidamos de inmediato la peligrosa aventura nocturna. Ya adentro, junto al calor de la chimenea, reanimado con un trago de Ron Viejo de Caldas, sentí como nunca lo que es la maravilla de existir, de estar vivo. 

Un sorpresivo bus con una excursión de muchachas de Cali llegó en ese momento y fuimos nosotros ese día los acompañantes felices de esas chicas que también descubrían el milagro de la cumbre nevada, tal vez la primera experiencia especial de sus vidas. Todo el día pasé con una de ellas pues nos flechó cupido y aun me acuerdo que se convirtió en la novia efímera del volcán Cumanday. Caminamos hasta la imponente cráter La Olleta, el más visible y emblemático cono del nevado y tratamos de escalar por esas arenas hasta la cumbre. Desde la altura veíamos allá lejos el refugio suizo.

Ahora que de nuevo los sismos arrecian y se activan las alertas en la zona en previsión de una probable erupción, vuelvo a viajar en el tiempo a esa experiencia personal directa, inolvidable, de haber tocado con las manos el sueño que hasta entonces veía desde lejos. 

Y no olvido a la muchacha caleña de la que me despedí cuando su grupo escolar tuvo que regresar en la tarde al terminar su breve excursión. Nosotros nos quedamos ahí aquella noche haciendo la fiesta y desde una habitación del viejo refugio que arrasó la terrible erupción de 1985, a través de la ventana, presencié aquella noche la primera tormenta de nieve de mi vida.     
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 2 de abril lde 2023.