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lunes, 16 de marzo de 2026

LAS TRAVESURAS DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE


Por Eduardo García Aguilar

El divertido, excéntrico y díscolo narrador peruano Alfredo Bryce Echenique (1939-2026), estrella del post-boom, subió al cielo de los contadores de historias el martes 10 de marzo de esta semana a los 87 años de edad, con lo que se cierra para siempre una época inolvidable de la narrativa latinoamericana del siglo XX, anticipada antes por la muerte en 2025 de su compatriota y amigo el Premio Nobel Mario Vargas Llosa.

Lo vi solo una vez cuando yo era estudiante en la Universidad de París en la segunda mitad de los años 70, al asistir a una clase suya a la que me llevó una tarde el narrador colombiano Miguel de Francisco, quien lo conocía y lo admiraba. Disertó esa tarde el aun joven escritor peruano de gafas y bigote quevedianos sobre literatura colonial, ante unos pocos estudiantes a quienes les dijo de frente que no podía hablar si no tomaba una botella de cognac, pues era muy tímido y nervioso.

Colocó la botella de cognac en el pupitre y poco a poco iba sirviéndose ante nosotros, en esa época feliz cuando la Universidad de París  VIII-Vincennes hacía todo tipo de experimentos relacionados con la liberación de los espíritus después de la revolución estudiantil de mayo de 1968. Allí daban clase las más prestigiosas mentes del momento, no solo francesas como Lacan, Foucault o Deleuze, sino también de otros países, e incluso Herbert Marcuse y Pier Paolo Passolini fueron recibidos allí por multitudes de estudiantes. 

No había duda de que Bryce, como lo reconoció muchas veces, tenía un gusto extremado por el alcohol. Consideraba que bajo el efecto del licor podía ser mucho más atrevido a la hora de escribir o revisar sus textos. Y a veces solía corregir bastante alicorado textos que redactó en sano juicio. Era el hermano menor del boom y sus amigos lo querían por sus travesuras de niño malo y su antisolemnidad.

El peruano tenía una sólida formación académica y se doctoró en letras en la Universidad de limeña de San Marcos, por lo que ejerció en Francia la docencia universitaria en Vincennes, Nanterre y Montpellier, donde también obtuvo más diplomas. Muy rápido logró la consagración con su novela río Un mundo para Julius (1970) publicada por la editorial Seix Barral, que había lanzado ya a la fama antes a Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Juan Marsé, entre muchos otros autores del momento.

En París fue acogido por su amigo el narrador también peruano Julio Ramón Ribeyro, quien con Vargas Llosa y su esposa la tía Julia trabajaba en los años 60 en el servicio español de la Agencia France Presse. Fue pues un gran afrancesado y disfrutó durante décadas un delicioso y bohemio exilio voluntario en Europa, tras lo cual regresó en 1999 a su país, donde murió.

Otros de sus libros son La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz  (1985), pertenecientes al díptico Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire, donde despliega su vida parisina y europea, la vida de los latinoamericanos en la capital francesa, los muchos amores y desilusiones y las aventuras y desventuras de un profesor en aquellos años felices e infelices en París.  

La vastísima obra de Bryce Echenique está marcada por toques de humor, farsa, comicidad, irreverencia y autocrítica de un hijo de la oligarquía peruana que abandona la profesión de abogado que le impuso su padre para optar por la literatura como destino, por lo cual es la oveja negra de la familia y de su clase. Bryce nos alegró a todos con su literatura, que es una ventana abierta a una época lúdica del siglo XX que termina para siempre con él.

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Publicado en La patria. Manizales. Colombia, Domingo 15 de marzo de 2026



  

jueves, 11 de diciembre de 2025

VEINTE AÑOS SIN MORENO-DURÁN

Por Eduardo García Aguilar


Uno de los escritores colombianos que en su momento tuvo, a finales del siglo pasado, una gran presencia en el panorama literario colombiano fue Rafael Humberto Moreno-Durán (7 de noviembre de 1945-21 de noviembre de 2005), quien luego de su prematuro fallecimiento vive en un injusto silencio, dados como son los medios literarios colombianos y las editoriales a sepultar y olvidar para siempre a quienes la parca les ha jugado una mala pasada llevándoselos antes de tiempo y no pueden promover sus obras en vanas presentaciones y aceleradas actividades de prensa y marketing.
Moreno-Durán, quien estudió derecho en la Universidad Nacional de Colombia, estaba caracterizado por una gran cultura e inteligencia y a la vez un gran sentido del humor. Los escritores de su generación, que podríamos llamar "De la revista Eco", eran fieles a la idea del autor total, inspirado en grandes figuras como Marcel Proust, Virginia Woolf, Thomas Mann, Herman Broch, Elias Canetti y otros monstruos europeos de obras portentosas y gigantes. 
Para ellos ser escritor era y es devorarse el mundo y la historia con mayúsculas, ejercer un sacerdocio milenario, agitar las palabras y las ideas hasta la extenuación. En los anos 60 y 70 estos jóvenes escritores, entre los que figuraba Moreno-Durán, ejercieron la literatura al extremo, gracias a un espíritu de polígrafos que se lucían y gozaban escribiendo largos ensayos y novelas enormes y supercuidadas donde los protagonistas eran las ideas y el lenguaje. 
También se consideraban intelectuales en el buen sentido de la palabra intelectual, o sea hombres de ideas y de cultura, ligados a los clásicos y a los autores de todas las épocas de la cultura universal. Su tragedia consistió en que el mundo y la vida literaria cambiaron de repente y esas obras magnas, cuidadas, responsables, fueron reemplazadas poco a poco por una literatura frívola y de escándalo, apta para amplios públicos. Y fue una gran perdida su partida hace veinte años porque en lo que va del siglo XXI nos hemos venido acostumbrando en Colombia a ese lenguaje fácil de los libros autobiográficos escritos por estrellas de la farándula, actrices y actores de telenovelas, cantantes, narcotraficantes, y políticos famosos.
Moreno-Durán se dio cuenta de que su generación había fracasado en el intento y alcanzó a ver la entronización en Colombia de todos esos libros escritos con una prosa raquítica, ajena a sus altas ambiciones. Bajo de estatura, fornido, siempre listo a pronunciar fenomenales ocurrencias, la partida de Moreno-Durán, con todas sus cualidades y defectos, fue una gran pérdida para la literatura colombiana en general. 
La trilogía Fémina Suite, Los felinos del canciller, Mambrú y Metropolitanas, son algunas de sus obras narrativas que están congeladas en el limbo porque son difíciles y exigen pasión de los lectores. A eso se añaden sus muchos ensayos literarios, reunidos en libros, donde mostró su talento y que algunos críticos consideran lo mejor de su obra.
El vanidoso, ambicioso e inteligente escritor Moreno-Durán, nacido en Tunja y quien este pasado noviembre hubiera cumplido venerables 80 años, supo a tiempo de la gran tragedia de la literatura colombiana y es probable que esa certeza aceleró su enfermedad y terminó por matarlo. Había apostado toda una vida por una literatura con mayúsculas y la literatura fue conquistada por lo minúsculo y trivial.
Son inolvidables las veladas vividas con Moreno-Durán en Colombia, México y París. Si un dia se hace un libro de homenaje, sus amigos y enemigos podrán contar quien fue esta gran figura de la literatura colombiana, que merece ser rescatada del olvido y puesta a circular de nuevo para que se conozcan los alcances de su obra y la de sus contemporáneos. Moreno-Durán fue un enorme escritor colombiano y su ausencia se nota en la literatura colombiana de hoy.




sábado, 19 de julio de 2025

LOS SECRETOS DE POLICARPO VARÓN

Por Eduardo García Aguilar


Policarpo Varón (1941) siempre ha sido uno de los secretos mejor guardados de la narrativa y la literatura colombianas desde que publicó en 1973 su primer libro de cuentos El festín, en la editorial Oveja Negra. Desde entonces, el cuento que lleva ese título ha sido incluido en varias antologías del género en Colombia y América Latina y él continuó en la sombra ejerciendo la alegría de escribir cuentos y ser antes que todo un lector apasionado. Después publicó El falso sueño (1979), Jardín del intérprete (1977) y La mágica tragedia (1986).

En su cuarto libro, Equilibristas (2001), despliega su sentido del humor y la libertad y flexibilidad narrativas.ambientados en un pueblo tolimense afectado por la atroz violencia de aquel tiempo entre liberales y conservadores y en Buenos Aires, a donde el de la voz narrativa realiza varios viajes reales e imaginarios, anclados en el mundo literario de la capital argentina, cuando estaba en su esplendor la fama del gran mito ciego Jorge Luis Borges.

Buenos Aires es una obsesión para un lector como Policarpo Varón, pues a lo largo del siglo XX fue la Meca de las letras, el tango y el cine, un lugar crucial del mundo editorial e intelectual del continente latinoamericano, a donde todos querían llegar algún día, desde los tiempos de José María Vargas Vila, Bernardo Arias Trujillo, Witold Gombrowicz, Rabindranath Tagore y Victoria Ocampo. Buenos Aires era la Nueva York del sur.

Visitar Buenos Aires de la mano de Varón y adentrarse en su erudición literaria es un viaje inolvidable, como lo es también andar por los parajes de Tolima, caminando con el narrador y sus amigos, junto a ríos, veredas, casonas abandonadas, remansos, carreteras y montañas. En cada cuento suyo vivimos experiencias absurdas y nos enfrentamos al absurdo de la vida y el tiempo, a través de su lucidez implacable.                                .  

"He pensado que los pavorosos prejuicios religiosos, de bandera partidista y culturales vividos por Colombia durante mi infancia y mi adolescencia afectaron mi psiquismo y mis comportamientos hasta hoy", afirma Policarpo Varón en el epílogo de este libro, donde cuenta su vida y su pasión literarias.

"En mis cuentos privilegio el lenguaje y el argumento - no la trama ni el desenlace -", añade el autor, quien parte de "una anécdota, situación o imagen que reveo o recuerdo", lo que "constituye el estímulo inicial de mis cuentos" y de "ahí busco elaborar la ficción, la poesía activa, que logro estudiando y desdoblando la anécdota, la situación o la imagen que inicialmente me han conmovido, con la cándida esperanza de que el lector encuentre una parábola general de la vida o el hombre", concluye.

Varón pertenece a una vasta generación de escritores que empezaron a publicar muy jóvenes en la revista Eco y emprendieron el camino literario con vocación borgiana, tratando de conectarse con las nuevas corrientes y abrir caminos para la literatura colombiana, antes de que surgiera la deflagración comercial del boom latinoamericano y cayera el meteorito brutal de Cien años de Soledad.

Ese fenómeno comercial y de vanidades y ambiciones masculinas de machos alfa, hizo perder en cierta forma la inocencia a los escritores que hasta entonces hacían literatura como kamikazes, a sabiendas que ejercer ese oficio los llevaba a experimentar dificultades económicas sin nombre y un largo camino de soledad e incomprensión. Hasta entonces ser escritor en América Latina era emprender el camino de los malditos y siempre fueron vistos con desconfianza, como casos patológicos y marginales poco frecuentables.

Bastaba con observar la larga lista de los clásicos de la literatura universal o latinoamericana para descubrir destinos trágicos de todo tipo, encabezados por los emblemáticos suicidas, seguidos por los errantes que aunque gloriosos terminaban mal como José Asunción Silva, Ruben Darío y otros modernistas. Se emprendía la literatura como una opción autodestructiva y utópica, hasta que en los nuevos tiempos el ejercicio fue carcomido por el arribismo y la codicia.

Policarpo Varón siempre ha sido para mi un faro y un ejemplo desde su retiro entre libros. Cada encuentro con él en Bogotá ha sido una sorpresa y una alegría, y lo vivido con él puede ser un relato suyo, como cuando me llevó a conocer a su congénere Nicolás Suescún.  Varón inició su camino en el Tolima, luego trerminó el bachillerato en Medellín y después se estableció en Bogotá, donde vivió muchas décadas, siempre inmerso en el mundo de los libros y el estudio de las técnicas narrativas que aplica en sus historias.
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Publicado en la patria. Manizales. Colombia. Domingo  20 de julio de 2025.


martes, 8 de julio de 2025

ENTREVISTA CON EDUARDO GARCIA AGUILAR. POR JORGE CONSUEGRA. Letrasylibros.com (2006)



1. ¿A qué edad escribiste el primer cuento?

Lo escribí a los 13 años, en tercero de bachillerato, y lo titulé "Los secretos del infierno". Un periodista joven iba a las profundidades del infierno en la siberiana ciudad de Yakutia, en Rusia, para entrevistar al diablo. Lo envié a un concurso de cuento intercolegiado y gané. Luego vino la ceremonia de premiación ante cientos de alumnos y subí al estrado en medio de los apalusos. El rector me entregó el premio: un libro de Hemingway con varios relatos, entre ellos "Las nieves de Kilimanjaro". Fue un instante inolvidable, pues no hay nada mejor que un escritor adolescente: allí la literatura vive su estado químicamente puro. Es el sueño infinito contra los despeñaderos. Y además me dio la oportunidad de conocer la obra de Ernest Hemingway, cuyos libros "El viejo y el mar" y "París era una fiesta" me encantan.


2. ¿Cuál fue el tema?


Un periodista novato e intrépido va al infierno para entrevistar al diablo y sale a la superficie en la ciudad siberiana de Yakutia. Sin duda había influencias del Mefistófeles del "Fausto" de Goethe, que acababa de leer en la edición juvenil de Sopena, y del cuento "A la diestra de dios padre" de Tomás Carrasquilla, uno de mis escritores colombianos preferidos. Al final el personaje publica su entrevista en las revistas Time y Life, se hace conocido en todo el mundo por la primicia y después del éxito se dispone a buscar en algún lugar del planeta a Jesucristo para entrevistarlo.


3. ¿Qué se hizo ese cuento?


Guardo el original con unas anotaciones en tinta roja de un maestro de literatura del Instituto Universitario que, me acuerdo, era un señor muy alto y flaco, quijotesco. Además de mi padre, que amaba la literatura y vivía rodeado de diccionarios, tuve muy buenos profesores de letras. Eran los que me defendían en los colegios de las autoridades y de los profesores de matemáticas, física y química que me consideraban peligroso e hicieron todo por aniquilarme. Para ellos un chico que sueña con ser escritor y no ingeniero, militar, abogado o médico es muy peligroso para la sociedad.


4. ¿Cuándo supiste que ibas a ser escritor?


Sin duda el día en que subí a recibir el premio. Me gustó esa sensación súbita y efímera del triunfo literario. En el camino del colegio a la casa con el libro del premio en la mano flotaba de emoción y orgullo. Llegué a casa y le conté a mi padre la noticia. Celebramos en familia. Ese día lo tengo muy claro, fue una revelación. Desde entonces no paro. El adolescente de ese día sigue aquí dentro. El estatuto de escritor adolescente es maravilloso e inquietante. Hay que seguirle siendo fiel, no traicionarlo.


5. ¿Cómo surgió el primer libro?


El primer libro publicado como tal fue "Cuaderno de sueños", una pequeña colección de cuentos, publicada en México por la editorial El Tucán de Virgina, en 1981, después de ganar el premio de cuento "Los otros editores". Pero el primer libro para mí fue la novela corta "Tierra de leones", de 1983, un libro más complejo, que sería el primero concluido después de mucho trabajo y dudas. Sin embargo, no hay que olvidar que antes, el adolescente del colegio escribió varios libros que nunca publicó por fortuna. Yo mismo los encuadernaba y repartía a los amigos, que a su vez escribían y encuadernaban libros llenos de poemas malditos.


6. ¿Cuales fueron esos libros?


El primer "libro" de esa etapa de "arqueología literaria" personal sería una novelita corta que escribí a los 14 años llamada "El castillo de Anthony Jeffes", redactada con el estilógrafo verde mi abuela en un cuaderno cuadriculado azul y que sin duda estaba influida por "El retrato de Dorian Grey" y las novelas de espanto. Después escribí dos o tres colecciones de poemas existencialistas, terribles, escatológicos, como para cortarse las venas o lanzarse al salto del Tequendama. Los nadaístas estaban de moda en ese entonces en Colombia y todos queríamos ser Rimbaud. Además había en Manizales un poeta rockero de 20 años, Wadis Echeverri Correa, que organizaba lecturas y agitaba poéticamente la ciudad. Eran los tiempos de "In a Gadda Da Vida" de Iron Butterfly y "Satisfaction" de los Rolling Stones, los tiempos maravillosos del Festival Internacional de Teatro que trajo a Neruda, Asturias, Grotowsky, Sábato, entre otros muchos. Pero de esa etapa del colegio, lo más "serio" fue un poemario nerudiano en el que trabajé con más intensidad cuando estaba en sexto de bachillerato, a los 17 años. Hay logros, pero demasiada influencia nerudiana y del latinoamericanismo en boga en esa época, que ensalzaba lo prehispánico, lo popular, las revoluciones, el pueblo. De todos modos esos libros fueron escritos con total entrega e intensidad. Lo repito: no hay nadie más puro que un escritor adolescente.


7. ¿Luego que pasó?


Después viví en Bogotá dos años y estudié en la Universidad Nacional, antes de irme para Francia. En ese ambiente establecí el contacto básico con la literatura nacional. Por ahí en 1973 conocí a compañeros generacionales como Sonia Truque y Juan Carlos Moyano, entre otros, que leíamos nuestros textos en el taller Punto Rojo de Arturo Alape e Isaías Peña Gutiérrez. Había unas fiestas fenomenales en casa de Rosita Jaramillo y Jaime Echeverry, que acababan de llegar de Argentina y aportaban modernidad a la literatura colombiana. Las fiestas inolvidables eran en su apartamento de las Torres de Pekín, donde siempre ha vivido Germán Espinosa.


8- ¿Y cuando te fuiste de Colombia?


Me fui en febrero de 1974. La Universidad Nacional estaba cerrada, el ambiente político era atroz. A Francia llegué con 20 años recién cumplidos y allí realicé mis estudios universitarios, amé, bebí, fui a cine, viajé y leí mucho. Fue una etapa de formación. Mucho más leer que escribir y gozar la literatura francesa, que es inagotable. Días y semanas enteras leyendo y delirando con Stendhal, Balzac, Flaubert, Proust... Madrugábamos a escuchar a Michel Foucault y a Roland Barthes en el Colegio de Francia. Después de Francia me fui a California, a Los Angeles y San Francisco, donde estuve un año y descubri "Lolita" de Nabokov". Un día tomé un avión desde San Francisco y llegué a México con ganas de escribir en la prensa de ese país y publicar mis libros. A la escritura allí de la novela "Tierra de leones", influida por "Lolita", siguieron "Bulevar de los héroes" y "El viaje triunfal", que hacen parte de una trilogía. Pero con el peso de García Márquez y el "boom" encima aplastándolo a uno como montañas de mármol, era muy difícil escribir. El ejemplo y el nivel de "Cien años de soledad" y "Rayuela" eran muy altos para emprender como hormiga la factura de una novela. Además estaban ahí Borges, Rulfo, Cortázar, Onetti, Fuentes, Lezama Lima, Alejo Carpentier, vivitos y coleando....


9. ¿Cómo ha sido la vida de todos los libros?


Yo le debo todo a los amigos mexicanos. Ellos me abrieron desde 1980 las puertas de los periódicos, me publicaron todos los libros, respondieron siempre con muchos textos críticos publicados en las secciones culturales de los diarios y las revistas, e hicieron la fiesta en cada presentación. De hecho hace poco presenté mi último libro "Animal sin tiempo" en México y hubo una fiesta fenomenal en casa de Santiago Espinosa de los Monteros, en la colonia Roma. Yo crecí como escritor entre la gente mexicana de mi generación, que tiene brillantes autores, intelectuales polígrafos sólidos que no van sólo tras el best-seller y el éxito fácil. Ellos han sido mis amigos e interlocutores. Cuando pasan por París siempre los veo y hablamos de ese océano que es la literatura mexicana de la que he aprendido tanto. Creo que a fin de cuentas soy un escritor mexicano. No se como agradecerle a ellos esa atención y esa complicidad literaria. Ahora, también agradezco a Francia por toda una vida aquí. Aquí hice mis estudios universitarios y trabajo. París es una ciudad que amo. Pero en lo que respecta a mis libros, todo se lo debo a México y a los mexicanos.


10. ¿Qué libro te graduó de escritor?


Me "gradué" como escritor en México con las tres novelas de la trilogía compuesta por "Tierra de leones", "Bulevar de los héroes" y "El viaje triunfal". "Bulevar de los héroes" ya salió en Estados Unidos en inglés con prólogo de Gregory Rabassa. "El viaje triunfal" está traducida al inglés y al bengalí, en Calcuta. Luego publiqué una cuarta novela en México, "Tequila coxis", tambien inédita en Colombia, que es un homenaje a la ciudad donde viví tantos años, el Distrito Federal, y a su literatura, a ese mundo del cine de la época de oro, el surrealismo, Tamara de Lempicka, las cantinas, María Felix, Tongolele, Ninón Sevilla, Cantinflas, Agustín Lara y Dámaso Pérez Prado, el famosos "rey del mambo". Cada novela es un reto muy fuerte y por eso creo que uno tiene que "graduarse" siempre con cada libro que escribe. Uno no se gradúa nunca como escritor. Es como el mito de Sísifo.


11. ¿Qué ha significado París para los escritores latinoamericanos?


Es una intensa relación que se remonta a más de dos siglos. Primero los escritores y héroes de las independencias, románticos, que pasaban por aquí y compartían la vida con los franceses. Luego todo el siglo XIX y, a fines de ese siglo, los autores modernistas encabezados por Rubén Darío que adoraban París y la literatura francesa finisecular. En nuestro caso José Asunción Silva se formó en París y tanto su novela "De Sobremesa" como su poesía están influidas por los escritores simbolistas y finiseculares. A todo lo largo del siglo XX esa amistad fue aún más intensa. Toda la generación de los años 20 y 30, con César Vallejo, Miguel Angel Asturias, Alfonso Reyes, Alejo Carpentier y otros muchos estableció puentes que siguen vivos y abrieron las puertas al éxito espectacular del "boom" latinoamericano que con Cortázar, Vargas LLosa y García Márquez vivió intensamente los años 50, la posguerra, el existencialismo y la liberación cultural de los años 60. Ahora somos muchos los latinoamericanos que estamos aquí, pero no se está viviendo el esplendor grupal de las tres generaciones antes mencionadas: la de Rubén Darío, la de Vallejo y Asturias y la de Julio Cortázar. El mundo es ahora mucho más moderno, hay muchos polos mundiales de interés nuevo que están viviendo una fuerte interactividad. París ya no es el mito o el lugar necesario que fue en el siglo XIX y en el XX. Ahora es el web. Estamos unidos por los blogs. De hecho el mío es http://www.egarciaguilar.blogspot.com/

miércoles, 16 de abril de 2025

ÚLTIMO ADIÓS A MARIO VARGAS LLOSA

Por Eduardo García Aguilar

La muerte de Mario Vargas Llosa el pasado domingo de Ramos en Lima, significa el fin no solo del boom latinoamericano sino de toda una era de la literatura postcolonial inscrita en la era humanista iniciada con la aparición de la imprenta de Gutenberg y el pensamiento de Erasmo y la existencia de grandes escritores patriarcales, casi padres de la patria, como Victor Hugo, Goethe y Tolstói, que representaban la lengua y el país, continente o región donde se habla y ejerce.

Para los escritores de mi generación, que éramos adolescentes y soñábamos ya con escribir cuando circularon sus primeras novelas La ciudad y los perros y Conversación en la Catedral, entre otras, su presencia ha sido desde entonces y a lo largo de las décadas incesante y casi diaria debido a la fuerza proteica de su prosa y energía literaria. A los 35 años, el apuesto y brillante joven ya era una estrella mundial de la literatura, traducido a muchas lenguas y siempre estuvo en la primera plana de los diarios y las revistas donde se publicaban sus artículos, entrevistas, reportajes y ensayos, convirtiéndose en una figura familiar.

Los aprendices de escritores adolescentes devorábamos los libros de los autores patriarcales en boga en esos momentos, como Vargas LLosa y García Márquez, Cortázar, Arreola, Cabrera Infante, Borges, Asturias, Carpentier, Fuentes y tratábamos de imitarlos y emularlos en nuestros primeros escritos enviados a los concursos literarios colegiales.

A mi me gustaba más el mundo de Julio Cortázar después de leer Rayuela o sus cuentos, y escribí varios textos cortazarianos que no estaban tan mal. Y también me fascinó Cabrera Infante por su maravillosa y juguetona novela Tres Tristes tigres, la modernidad de su estilo, distante del naturalismo peruano de Vargas Llosa. 
 
Guardo aún una veinte páginas que son un pastiche de la narrativa del peruano que leo asombrado, pues es prueba de que los muchachos de entonces fuimos impactados de frente por las estrellas del boom, quienes en cierta forma se convirtieron en pesadas losas en el camino de la escritura, como lo fue el terrible macondismo garciamarquiano, que tantos estragos hizo y hace.    

Vargas Llosa brilló en el ejercicio de la novela como un instrumento realista y a veces naturalista apto para revisar la compleja historia de Perú, que aborda desde todos los ángulos hasta su última obra publicada Le dedico mi silencio (2023), ambientada en los años 50 y 60 en el medio musical de los valses criollos limeños. También abordó temas históricos de otros países del continente y el mundo.

El peruano trabajó desde muy joven en redacciones de diarios y fue periodista al llegar a París del servicio español de la Agencia France Presse (AFP) y de Radio France Internacional (RFI). Ejerció toda la vida la profesión detacándose como gran reportero y articulista de opinión. Muchas de sus novelas utilizan a fondo las técnicas periodísticas de reportería e investigación, como en las que aborda la dictadura dominicana, el Brasil de la guerra de Canudos o los abusos en el Congo Belga y en el Perú en tiempos del caucho y del protagonista, el inglés Roger Casement.

A través de personajes reales volvía a revisar episodios de la historia latinoamericana como dictaduras, conflictos raciales, luchas sociales, generando un gran fresco parecido a los murales mexicanos de Rivera, Orozco o Siqueiros. Sus técnicas narrativas, adictivas, amenas, atraen al lector fascinado por la agilidad de los diálogos y la descripción minuciosa de lugares, paisajes, personalidades, prendas, sentimientos y comidas. 

Sin duda aprendió bastante de los grandes novelistas realistas y naturalistas franceses del siglo XIX, a los que admiraba, como Victor Hugo, Balzac, Dumas, Flaubert, Zola y otros que leyó al llegar a París con su esposa la tía Julia, huyendo de un Perú donde se asfixiaba. Pero volvió al final de sus días, antes de morir, para recorrer los escenarios limeños narrados en sus primeros libros, allí donde comenzó su increíble destino.
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 La Patria. Manizales. Colombia. 20 de abril de 2025.








domingo, 23 de marzo de 2025

CONTAR LA VIDA PROPIA

 Por Eduardo García Aguilar

Una de las corrientes más fuertes y exitosas de la narrativa contemporánea en este siglo XXI es la relacionada con el relato autobiográfico, la confesión o la recuperación de personajes históricos o familiares que se convierten en materia novelística.

Este tipo de libros son los que logran más ventas y llenan las estanterías y las mesas de las librerías del mundo, relegando a un segundo plano otras expresiones literarias más elaboradas.

Aunque muchos autores siguen ejerciendo la ficción como tal, tratando de que crear mundos originales dentro del mundo, o practican una rebelde voluntad de estilo hasta llegar a lo barroco o lo muy subjetivo, la industria editorial multinacional casi en todos los países, liderados por Francia, España y el mundo anglosajón en general, privilegia ahora los relatos donde los autores de todas las edades, sexos y orígenes se desnudan y abren al lector la vida íntima de las familias o la suya propia, con sus tragedias, enfermedades y sangrientos secretos.

De esa manera logran una conexión profunda con muchos lectores, que encuentran en esos libros formas de identificación profunda, como si fueran espejos que abordan los dramas más duros de la existencia, que en fin de cuentas es la tragedia de todos.

Esos libros en boga en estos tiempos, que se venden como novelas, son en cierta forma variantes de la autoayuda y abordan temas como el suicidio de un familiar, el abuso sexual, el incesto, las dificultades generadas por el género, la orientación sexual, la discapacidad o la raza.

La confesión autobiográfica siempre existió en la historia de la literatura humana, pero se consideraron obras de no ficción, y muchos de sus autores a lo largo de los siglos lograron un prestigio inmortal con sus relatos y desnudeces personales, como en las Confesiones de San Agustín, las Memorias de Giacomo Casanova y las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand y tantos otros magníficos prosistas.

En los últimos siglos se consideran como ejemplos máximos de las obras de ficción el Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra, sin olvidar los grandes clásicos rusos Tolstoi y Dostoievsky, los franceses Balzac, Dumas y Victor Hugo, el inglés Charles Dickens, el estadounidense Mark Twain y la Metamorfosis y otros libros del praguense Franz Kafka. La lista sería interminable.

En las últimas décadas Francia lideró ese viraje hacia la autoficción con los grandes éxitos del Premio Nobel Annie Ernaux y Catherine Millet, autora de La vida sexual, seguidas por Virginie Despentes, Christine Angot o El consentimiento de Vanessa Springora, la última de esa saga femenina.

Entre los hombres, el más celebrado ha sido Emmanuel Carrère. Después de ellos, la tendencia se volvió mundial.

Y los periodistas autores de reportajes narrativos ahora también reivindican la parte de la torta y exigen ser considerados como novelistas. Los exquisitos autores de ficción que no se escudan en el yo están ahora de capa caída.

Cuando uno lee las Confesiones de San Agustín (354-430), publicadas en la colección Austral, se da cuenta de que es un libro moderno, casi contemporáneo, que cuenta las peripecias personales de un terrible pecador carnal que se acerca a Dios y se convierte en uno de los grandes padres del cristianismo.

Es un libro febrero, donde vivimos el día a día de un hombre de su época. Y ni qué decir de ese otro gran libertino, Casanova, que nos lleva de visita a la Venecia ya la Europa de su tiempo a través de las aventuras amorosas.

Y para cerrar el círculo contemporáneo, también se está dando un viraje reciente con el auge de la poesía confesional que se abre cada vez más camino y margina otras expresiones poéticas que algunos consideran más puras y abstractas, inspiradas en grandes poetas como Stéphane Mallarmé y TS Eliot. De esa forma regresa el gran poeta nacional de Estados Unidos Walt Whitman, cuyas Hojas de Hierba, son ejemplo máximo de la poesía confesional, patriótica y narrativa.

Pero los amantes de la ficción quijotesca seguirán disfrutándola hasta el delirio.

Lo autobiográfico tal vez solo sea un síntoma, una moda fugaz de nuestro amargo tiempo.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo  23 de marzo de 2025.


viernes, 25 de octubre de 2024

UMBERTO VALVERDE Y CALI PACHANGUERO

Por Eduardo García Aguilar

Umberto Valverde (1947-2024) escribió Bomba Camará, un clásico del cuento colombiano publicado primero en México en 1972 por la editorial Diógenes y que es al lado de Qué viva la música (1976) una de las dos obras cumbres de la renovación narrativa urbana surgida de la vida caleña juvenil de los años 60 y 70.

En sus cuentos magistrales cuenta la vida de los muchachos del Barrio obrero de Cali, donde nació y creció y al que le fue fiel toda la vida, dedicado a contar los avatares de la vida popular en un medio marcado por la salsa, la rumba y el fútbol como pasión, ya que fue hincha e historiador del equipo América. 

La publicación de Bomba Camará fue posible gracias a Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez, quienes aun jóvenes y en plena actividad laboral acogían al joven narrador caleño en la capital mexicana y recomendaron la obra al crítico y editor Emmanuel Carballo. En esos años también estuvo presente allí otro narrador colombiano, Héctor Sánchez, tolimense a quien le publicaron dos de sus principales novelas, Las maniobras y Las causas supremas.

La generación de narradores a la que perteneció Valverde es una de las más amplias y prolíficas de la historia del país y en su momento generó muchas expectativas, pero sin contar con la deflagración que significó el triunfo del boom latinoamericano y su líder, el creador de Macondo, que los eclipsó para siempre.

Valverde regresó a Colombia y allí se dedicó en Cali al periodismo escrito y radial y a la promoción entusiasta de la música caribeña o el fútbol a través de obras también clásicas, como Reina rumba (1981), biografia novelada de la gran cantante cubana Celia Cruz, Memoria de la Sonora Matancera (1997) o Jairo Varela, que todo el mundo cante (2002), sobre el mítico creador del grupo Niche y autor del himno Cali Pachanguero. 

También publicó En busca de tu nombre (1976), analizada y elogiada por el gran hispanista francés Jacques Gilard, y Quítate de la vía perico (2002), dos originales obras narrativas que no tuvieron la difusión ni el reconocimiento merecidos en su momento.

Valverde decidió dedicar su vida a la cultura popular de su terruño y a diferencia de otros de su generación practicó el periodismo de terreno, en el que formó a muchos jóvenes cuando dirígía La Palabra o la revista del América de Cali. Dejó centenares de crónicas y artículos publicados en El Pueblo y Occidente y múltiples revistas del país y el extranjero.

Prefería ver todo el día partidos de futbol, escuchar música caribeña y salir a caminar bajo la canícula con su cachucha futbolera, lejos de los honores y ambiciones de la carrera literaria. Polémico y frentero en sus discusiones, caprichoso y rebelde, Valverde ganó siempre muchas enemistades y creó en torno a él por su carácter un aura diabólica, que simpatizaba con los diablillos rojos, emblema de su equipo América de Cali. 

Pero como dijo Carlos Jiménez en una excelente semblanza tras su muerte en septiembre, fue además de generoso amigo, infatigable y riguroso trabajador intelectual que dejó después de 77 años de vida una vastísima obra, que ojalá ahora se recopile y edite con esmero. 
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Publicada en La Patria. Manizales.
Colombia. Domingo 27 de octubre de 2024.
      

 

miércoles, 4 de septiembre de 2024

UNA NOVELA Y UNA EXPLORACION LITERARIA


Por Germán Eugenio Restrepo

Aquello que miramos y no podemos
ver es lo simple. Lo que escuchamos
sin oír: lo tenue. Lo que tentamos sin
asir, lo mínimo.
Lao Tse (Tao Teh King)

No siempre para escribir acerca de un libro o de una novela se comienza por citar a esos mágicos textos que son el Tao Te King o el I Ching, ambos de alguna forma relacionados. Y creer con el escritor Umberto Eco que los libros conversan entre si , o aproximarnos a Jorge Luis Borges, para entender descifrado en el libro al universo, es solo una de las aristas que los libros nos brindan y nos ofrecen a cada momento.

Desde que descubrí el libro , siendo muy niño, un horizonte de vivencias y aventuras se abrió para mi y encontré en el una madeja de acertijos, laberintos, sugerencias, lugares, personajes, castillos, casas antiguas, bosques encantados y muchas historias y fantasmas que han poblado mi memoria y han generado la lúdica complacencia de ver en mi biblioteca repetida la canción sugerente de la poesía.

En una de esas tardes frías de Bogotá, mientras hurgaba y miraba libros en mi biblioteca, tomándome un café, encontré un libro titulado El viaje triunfal, del autor caldense y manizaleño Eduardo García Aguilar. (Tercer Mundo Editores. Bogotá. 1993)

Una novela que a pesar del tiempo transcurrido, tiene la vigencia de sus personajes y la textura representativa de un escenario histórico, muy próximo, para quienes hemos vivido en Manizales y tenemos para con esta bella ciudad el recuerdo de una vida cultural esplendente que ha quedado grabada en la memoria del afecto.

En esta novela: El viaje triunfal, prospera una narrativa que nos conduce por diferentes etapas de la historia de Colombia, auscultando el autor lo que es el intrincado discurrir del final del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Revive y pone en escena personajes como: José Asunción Silva, José Maria Vargas Vila, Enrique Gómez Carrillo y Cesar Vallejo, entre otros.

Define y muestra esa interesante e irreverente generación del Olimpo Radical que llega al poder en la década de 1860 y que erige la Constitución de 1863 o Constitución de Rionegro: federalista; y que le diera gran importancia a la educación y a la libertad de pensamiento.

Arnaldo Faria Utrillo, un personaje que define todo el fardo de dificultades que el escritor y el poeta asumen en un medio social complejo, y en donde el arte es simplemente un acontecer irredento, dentro de una cultura que siempre es pétrea e indiferente frente al proceso creativo planteado por el artista. Y lo que llama la atención de ese viaje triunfal, es que no solamente comprende un viaje realizado por el protagonista desde Latinoamérica, Europa y el medio oriente, para terminar en una ciudad como Manizales, poblada de ecos y fantasmas.

El viaje triunfal, la bella novela de Eduardo García Aguilar, es el itinerario de un artista: de un hombre que realizó su propio periplo y que termina, no en una ciudad, sino en esa continuidad de la vida que se realiza en la Barca de Caronte. Una novela para ser leída y reflexionada, y que hace de la historia un tránsito: una posibilidad de ser.
Por eso, un libro -siguiendo el Tao Teh King – es lo simple, lo tenue y lo mínimo. Y por eso precisamente, lo encierra todo.

Eso sentí al leer nuevamente la novela de Eduardo García Aguilar.

Sería interesante tomarme un café , con Arnaldo Faria Utrillo y que me hablara de una generación perdida en el tiempo, y en ese olvido que todo lo cubre y todo lo define.

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Publicado en Quehacer cultural Manizales. 28 de agosto de 2024

sábado, 22 de junio de 2024

PIEDAD BONNET, EN LA ANTESALA DEL CERVANTES

Por Eduardo García Aguilar

El premio Reina Sofía de poesía 2024, antesala del Cervantes, otorgado a Piedad Bonnet, es una muy buena noticia para Colombia y Latinoamérica, primero porque premia una vasta obra poética y narrativa sostenida a lo largo de las décadas, que se inscribe dentro de la corriente vitalista, íntima y autobiográfica, iniciada antes por la llamada Generación desencantada, que renovó el ejercicio poético del país en los años 70 y fue encabezada entre otros por los ya fallecidos María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda.

Los grandes premios hispanos creados en la transición democrática surgida después del fin de la dictadura franquista en España han sido muy esquivos para los autores colombianos, por lo que este galardón a Bonnet abre el camino a otros reconocimientos, pues están en plena actividad varias generaciones de autores de altas calidades y vastas obras. Hasta ahora solo había obtenido el trio de premios consagratorios Reina Sofia, Asturias y Cervantes, el gran Álvaro Mutis, autor de la celebrada Summa de Maqroll el Gaviero y la posterior saga narrativa. 

García Márquez avisó desde temprano que no le interesaba el Premio Cervantes, pues ya había ganado el Nobel y desde entonces el costeño rechazó todos los galardones que le ofrecían a cántaros. Otros países con instituciones culturales más sólidas y ancladas diplomáticamente en Madrid promocionaron a sus autores, logrando premios sucesivos para los suyos en los casos de México, Chile, Uruguay y Argentina, mientras Colombia toda seguía encerrada en el autismo, mirándose siempre el ombligo canceroso de su Violencia.

Ya era hora de que se abriera una puerta a Colombia en Madrid y el galardón recae para nuestro regocijo en una autora de mi generación, la que se ha venido llamando la Generación Sin Cuenta, de nacidos en la década del medio siglo, compuesta por decenas de autoras y autores con sólidas obras poéticas, narrativas y ensayísticas.

Muchas veces lejos de los reflectores, discretos, muchos de estos autores, como la propia Piedad Bonnet, han vivido este medio siglo en plena actividad sobreviviendo en el país a varias oleadas de atroces deflagraciones de violencia propiciadas por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares, junto a las actividades ilegales del Ejército y los servicios secretos que contribuyeron también al exterminio de generaciones de luchadores sociales y cuyo culmen de horror fue el episodio del genocidio de los famosos falsos positivos, cometido apenas hace una década.

Piedad Bonnet y otros autores de su generación Sin Cuenta han estado ahí en medio de la guerra y la algarabía de la politiquería corrupta mostrando valor y estoicismo admirables, escribiendo contra viento y marea, resistiendo en un mundo donde la cultura fue perdiendo cada vez más su protagonismo para ser reemplazada por la codicia del arribismo, el dinero y la pulsión necrófila. En universidades y centros culturales situados casi en las catatumbas, ellos han mantenido el fuego de la palabra en Colombia, atizando con su aliento las llamas para que no desaparezcan dejando un rastro de cenizas.

En sus poemas y narraciones, Bonnet ha abordado la vida íntima, cotidiana, el desamor, la locura, la soledad y ha tenido el valor de asumir la tragedia personal en uno de sus libros autobiográficos más leídos, Lo que no tiene nombre (2013). Los lectores encuentran en su palabra un bálsamo o al menos una compañía para seguir en el camino de la vida.

Bonnet nació en Amalfi (Antioquia), pero siempre ha vivido en la capital, donde se ha desempeñado como docente en la Universidad de los Andes y otras instituciones. También ha escrito piezas de teatro y representado al país en congresos, festivales de poesía y ferias del libro internacionales. 

La he visto desde hace mucho tiempo en diversas jornadas de literatura colombiana celebradas en la Ciudad de México hace más de tres décadas, cuando aún estaban vivos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y con ella y otros amigos  recorrimos las calles de ese país que siempre nos ha acogido con afecto, guiados tal vez por el fantasma de Porfirio Barba Jacob, el poeta que para Octavio Paz era un “modernista rezagado”.

Pero también la he visto en plena actividad en encuentros poéticos en Colombia, como ese cónclave latinoamericano inolvidable organizado a principios del siglo en el Instituto Caro y Cuervo, propiciado por su director Ignacio Chávez, al que asistieron entre otros Ida Vitale, Carlos Germán Belli, Óscar Hanh, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan Manuel Roca y Pedro Lastra.

O sea que el Premio Reina Sofía a Piedad Bonnet es un galardón que celebra la actividad poética colombiana de este reciente medio siglo, ejercida en las catacumbas del país, mientras afuera hacen de las suyas los bandidos y los asesinos. Que venga el tiempo de releer a tantos poetas secretos colombianos, hombres y mujeres que en todos los rincones del país no dejan morir la llama de la poesía.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de junio de 2024.

sábado, 4 de mayo de 2024

LA CASA DE LAS BRUJAS Y TEQUILA COXIS


Por Eduardo García Aguilar

Unos años después de llegar a la Ciudad de México y cuando comenzaba a publicar uno tras otro varios libros, entre ellos novelas, relatos y poemarios,  cumplí el extraño sueño irrealizable de vivir en uno de los edificios más misteriosos y bellos de la capital mexicana, enclavado en la antigua colonia Roma y situado en la plaza Río de Janeiro, en cuyo centro arbolado hay un estanque y una reproducción del David de Miguel Ángel.

Abigarrado edificio de varios pisos construido por un arquitecto y constructor británico en ladrillo rojo como los castillos antiguos, tenía una torreta central rematada por una cúpula aguda de tejas oscuras y cuatro torretas del mismo estilo que le daban la apariencia de un edificio de película de vampiros con sede en Londres.

Allí en su tiempo y su juventud vivió el escritor Carlos Fuentes con su esposa, la gran actriz Rita Macedo, y es escenario de la novela El desfile del amor del Premio Cervantes Sergio Pitol, con la que obtuvo el Premio Herralde, y quien residió allí un año para asegurarse de que su narración de espionaje, situada en tiempos de antes y después de la Segunda Guerra mundial, fuera verosímil.

En un barrio lleno de museos, galerías, bibliotecas, palacetes de instituciones, cruzado por avenidas construidas al estilo europeo y pleno de árboles y plazas hermosas, vivían artistas, eruditos, sabios, familias añejas, magnates y jóvenes estudiantes y artistas locos que poblaban los cafés nocturnos y hacían la fiesta hasta altas horas de la noche.   

Albergó diplomáticos en las primeras décadas del siglo XX, pero en 1942 fue restaurado y convertido en su interior en una gran construccion de estilo Art Deco, por lo que sus lujosos apartamentos y estudios con amplias bañeras y acabados preciosos en madera y mosaicos, eran codiciados. Sobrevivió a la Revolución mexicana y a varios terremotos terribles como el de 1985, que experimenté ahí mientras veía como se desmoronaban los edificos modernos. Aun está en pie, enhiesto, bello y orgulloso y sigue siendo codiciado por las nuevas generaciones bohemias que sueñan con vivir en un sitio cargado de historia, misterio y leyenda.

Como esperaba el nacimiento de mi única hija, buscaba con afán un apartamento y tuve la suerte de que mi amigo el poeta mexicano Guillermo Fernández, traductor de decenas de libros de poesía y literatura italiana, convenciera al encargado del edificio, el generoso y amable bailarín Juan Medellín, de alquilarnos a nosotros el mejor apartamento, el situado en el segundo piso, en la esquina de la torreta gótica frente a la plaza, pese a que mucha gente hubiera dado la vida por obtenerlo.

El apartamento tenía una sala amplia, dos habitaciones y un estudio espléndido que daba a la plaza, donde escribí varios libros, entre ellos Bulevar de los héroes y Llanto de la Espada y muchos artículos para diversos medios mexicanos. Era una delicia escribir en ese lugar de sueño y mis amigos  mexicanos cuentan y recuerdan que en las noches y las madrugadas capitalinas escuchaban el incesante tecleo de mi máquina de escribir, cuando amanecía redactando y delirando con el ímpetu de tener apenas 30 años. Entre mis vecinos estaban el poeta Mario del Valle, director de la editorial Papeles Privados, el escritor Vicente Quirarte y Eduardo Vázquez Martin, quien después sería secretario de Cultura de la Ciudad de México. Pero en el edificio de unas cincuenta viviendas vivían también pianistas, pintores, bailarines, matemáticos, aristócratas arruinados, funcionarios, académicos y cantantes de ópera. 

La treintena es una de las edades más fogosas y creativas para todos los seres humanos en el campo que sea: finanzas, música, arte, arquitectura, medicina, física, ciencia, antropología, arqueología, geología, astronomía. En esa década las neuronas están en su mejor momento y la persona no es ni el adolescente inseguro o el jovencito inexperto, sino ya una criatura formada que es lo que será.

La Roma, donde vivió en la Avenida Alvaro Obregón el poeta nacional zacatecano Rafael López Velarde y en cuyo honor se creó ahí la Casa de Poesía que lleva su nombre, es un barrio porfiriano poblado de mansiones, palacetes, y cuando viví allí aun pervivían confiterías, cafeterías y pastelerías de las más exquisitas de la ciudad, como la centenaria Dulcería Celaya o La Bella Italia, donde se vendían los mejores helados. O sea que vivir y deambular por sus calles era como residir dentro del sueño.

Mucho tiempo después quise hacer un homenaje a la amada ciudad de México, donde viví más de tres lustros inolvidables, con una novela que se situara en parte en ese edificio contado por Pitol y Fuentes en los tiempos de la época del cine de oro mexicano. Parte de la trama y el desenlace de la novela se da ahí en ese palacete y la protagonista es una acriz colombiana imaginaria que vivió allí en los tiempos de gloria de Dolores de Río, María Félix, El Indio Fernández, Jorge Negrete y Pedro Arméndariz y tantas otras estrellas de la patalla grande que encendieron y animaron todos los cines de las ciudades latinoamericanas desde Tijuana hasta la Patagonia.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de mayo de 2024.

domingo, 28 de abril de 2024

VARGAS VILA: EL OFICIO DE RABIAR


Por Eduardo García Aguilar

Jose María de la Concepción Apolinar Vargas Bonilla (1860-1933) salió rabiando de su tumba barcelonesa y viajó a la tierra que lo vio nacer para descansar eternamente. Ministro plenipotenciario de dos países distintos al suyo, este enjuto y diminuto personaje de antiparras quevedianas, triste mirada de hipotético célibe, labios estrechos, grandes orejas y escaso cabello, considerado por Anatole France como el Victor Hugo de las Américas, fue incorruptible y terco liberal de prolífica pluma envenenada, iconoclasta y provocador profesional impugnador de la débil y mediocre burguesía colombiana, enemigo declarado del imperialismo yanqui (“estoy solo, casi  solo en mi campaña contra el imperialismo yanqui”) y del teatro, pues decía que Bernard Shaw era un “ejemplo de insanidad”: “Desprecio tanto al teatro que confundo en él al autor y a los auditores”.
El presidente Eloy Alfaro lo nombró representante diplomático de Ecuador en Roma, y Nicaragua, para protegerlo de los gringos, cónsul general en Madrid. De Colombia dijo que “nada tiene que darme y yo nada tengo que pedirle”. En una una de sus últimas entrevistas  expresó que “hace como diez años no leo un periódico del terruño. Es que no me queda tiempo sino para leer cosas grandes”. Admirado por liberales radicales y anticlericales, leído en muchos países de América Latina y en España, el panfletario logró instituir uno de los fenómenos editoriales más impresionantes de la época. Sus obras completas editadas por Sopena le posibilitaron vivir holgadamente de sus derechos de autor y al morir dejó una fortuna de setenta millones de pesetas.
Fue leído y lo es áun en capas populares, admiradas por una prosa que parecía contactarlas con profundos problemas filosóficos, enrevesados tejemanejes eróticos, además del misterio de un malditismo prohibido. Hasta hace unas décadas se decía en las escuelas a los niños que quien lo leyera vería su lengua convertida en sapo. Si bien es meritoria su actitud rebelde contra dictadores e injusticias y necesario reconocer su imagen de iconoclasta en medio de una cultura de agachadores de cerviz, Vargas Vila llevó a ultranza el tradicionalismo retórico, grandilocuente, retorcido y cornetudo que caracteriza a muchos prosistas colombianos (bastaría leer, con todo el perdón de sus admiradores, a Jorge Zalamea, por ejemplo), aplicándolo afortunadamete a fines más desinteresados que sus contemporáneos. 
Construyó así un castillo de palabras seudofilosóficas, manidos conceptos dulzones y rimbombantes; mañosos, caprichosos, rabiosos y ligeros fraseos como “son los epiciclos del Silencio y no los de la Soledad del pensador, los que causan la aflicción de los espíritus, habituados al reflejo misericordioso de esa constelación de su Palabra, iluminado hasta las esferas más ciegas de la más remota contemplación” (Elogio de los pensadores), logrando así deslumbrar a amplias capas de la sociedad, deseosa de leer en su “salsa” conceptos más elaborados por otros pensadores.
Sus ataques contra Dios, las mujeres, su idea de la muerte, la vida, lo eterno, la infinitud o la noche rayan a veces con la ingenuidad y el sentido común (Ars verba). Si en lo que respecta a la literatura sólo tuvo, según Borges, un contacto en una frase afortunada sobre un fatigador de infamias, que el patíbulo no quiso admitir, sobreviría tal vez su obra panfletaria: Los Césares de la decadencia (París, 1907), sobre déspotas colombianos y venezolanos de diversa calaña o Ante los bárbaros (París, 1902), visionario texto sobre el futuro y sanguinario poder americano. “Es necesario abrir los ojos del mundo, sobre esta gran noche profunda, que es la tiranía de América” -decía-.
Al final de sus días el fogoso anciano se encerró en una odiosa melgalomanía y pensaba que cada una de sus frases y opiniones podían y debían conmover al mundo. Se cubrió con los laureles del incorruptible y es sabido de todos que los incorruptibles son hacedores de guillotinas y patíbulos. Vargas Vila, trastornado por la gloria, deseaba incienso, se solazaba en su soledad, en ese desprecio de los otros humanos, porque él se consideraba el profeta, el sabio, el verdadero, el único, el carente de pecado, el perfecto, inasible demiurgo.
 Con Vargas Vila los huevos fríos de la razón terca encontraron su nido y sólo la insensibilidad (“todo amor y toda ambición han muerto en mi corazón”) podía ser la partera de esa neurótica y abstracta defensa de la libertad con mayúsculas. Un hombre que decía que “de todos los animales, el más peligroso para ser dejado en libertad es la mujer. La mujer podrá llegar a ser libertina, no llegará nunca a ser libre. La mujer no debe tener derecho sino a un voto: el del macho con el cual va a propagar la especie”, no puede arrogarse el derecho de la incorruptibilidad.
Leyendo a ese solitario engreído renacen las lengüetas suicidas de la nueva inquisición. Un extraño halo de “intolerancia progresista” exhudan sus textos: soberbia injusta, sus declaraciones. En el cementerio literario colombiano reposan desde un 23 de mayo (fecha de su fallecimiento), los huesos de un profesional de la rabia, las cenizas de un constructor frustrado de guillotinas.
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Excélsior, Ciudad de México, 1981

lunes, 25 de marzo de 2024

CIEN AÑOS DE LA MONTAÑA MÁGICA

Por Eduardo García Aguilar


En 2024 se cumplen cien años de la publicación de la novela La montaña mágica del Premio Nobel alemán Thomas Mann, uno de los libros más significativos del siglo XX, que transcurre antes del inicio de la Primera guerra mundial en el Sanatorio Internacional Berghof para tuberculosos de Davos, en los alpes suizos.

El joven burgués y huérfano Hans Castorp, criado por su abuelo y su tío en Hamburgo, va de visita al sanatorio a ver su primo Joachim, afectado por ese mal que después sería controlado con la aparición de la penicilina, pero al final termina quedándose allí durante siete años, antes de partir a enrolarse en el ejército alemán al iniciarse la guerra que ya se sentía venir en los primeros lustros del siglo XX.

Castor termina seducido por el ambiente del lugar, comandado por el médico Behrens, que ama el arte y es pintor y es secundado por el psicoanalista Krokovski, quien realiza sesiones donde circulan las ideas que comenzaban a estar de moda bajo la batuta del gran Sigmund Freud y sus jóvenes discípulos en la capital austriaca Viena.

En el hospital hay un lujoso comedor con siete grandes mesas para una decena de comensales cada una, donde día a día personajes variados se encuentran y establecen todo tipo de relaciones y diálogos, a veces sacudidos por la muerte súbita y ya prevista de algunos internos, suicidios inesperados o la llegada de nuevos clientes, como la bella y sexual Clawdia Chauchat, de la que se enamora perdidamente el joven protagonista.

Durante su estadía, que era primero solo como visitante, el joven ingeniero naval Castorp resulta diagnosticado con el mal, por lo que se queda para seguir el tratamiento. En aquellas alturas nevadas comienza a relacionarse con el escritor liberal italiano Settembrini, con quien sostiene amplias discusiones apasionadas mientras caminan por el pueblo o las montañas. El excéntrico maestro se vuelve su mentor a medida que avanzan las sesiones de formación socrática en temas filosóficos, literarios y políticos.

Después esos temas serán cotejados y complementados con la aparición del jesuita Naphta, contradictor que se enfrenta con Settembrini en una magnífica esgrima intelectual y verbal sobre todos los temas, como era de uso en esos tiempos a la vez tan modernos y tan lejanos de nosotros.

A lo largo de la novela se viven momentos intensos durante las diversas agonías a las que asiste Castorp en una etapa de su estadía, cuando se dedicó a la obra de caridad de acompañar a los enfermos hasta el último suspiro. A veces en pleno invierno, los cuerpos de los fallecidos eran enviados al pueblo en trineos de bobsleigh que bajaban raudos sobre la nieve. 

Pero también en medio del aislamiento había fiestas, recepciones, ebriedades, sesiones de espiritismo, delirios bajo tormentas de nieve, exaltaciones, presencias de personajes absurdos y caricaturales, erotismo desbordado e iluminaciones, mientras abajo, en la Europa real sucedían las crisis económicas y se preparaban los ejércitos.

Ha pasado un siglo, pero Europa sigue viviendo inmersa entre los mismos fantasmas, sumida en la incertidumbre de la guerra, la división, la crisis y el sonido ineluctable de los tambores bélicos que retornan de manera cíclica, ante la inercia cómplice de líderes que llevan al matadero a sus ciudadanos como el Flautista de Hamelin llevaba ratas al abismo.

Por eso La montaña mágica es tan importante y necesaria, convertida en un clásico permanente y vivo, como lo han sido Prometeo encadenado de Esquilo o la Divina Comedia de Dante, entre otras. Y es un ejemplo logrado de lo que es una novela, o sea la creación con palabras de un mundo dentro del mundo, un universo dentro del universo, a veces más nítido y palpitante que la propia realidad.

Los grandes autores de novelas son creadores de universos. Antes de emprender la escritura y durante el proceso, el autor va armando una catedral de tiempo y lugar, donde deambularán los personajes. Para ellos hay que inventar paisajes, calles, ámbitos climáticos y geográficos, bajo la lluvia o el sol y las circunstancias históricas donde transcurren sus existencias. Es un reto enorme para el novelista y si logra escribir una obra maestra como ésta, siente una gran sensación de victoria y poder, aunque muchas veces ignora que lo ha logrado, porque el veredicto definitivo sobrepasa el tiempo de su existencia y se interna hacia el futuro hipotético. 

El periplo de Hans Castorp encarna el destino del humano en todas sus circunstancias.  Por eso al final de su formación y retiro, baja de las alturas a enrolarse en el ejército de su país, sabiendo que morirá, pues en esas batallas cuerpo a cuerpo de la Primera guerra mundial eran pocos los sobrevivientes, solo aquellos que mutilados o no, permanecían en el mundo para contarlo. 

Allá arriba en ese ámbito cerrado, Thomas Mann logra hacer una metáfora de las incertidumbres de su época, que iba directo a la guerra en medio de los grandes avances de las ciencias, la tecnología y la industria mundiales. En ese universo cerrado hay tiempo para cavilar sobre todos los temas esenciales posibles, los mismos que hoy agitan y en el futuro preocuparán a ciertos individuos alertas que viven la existencia como un relámpago permanente.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de marzo de 2024.


domingo, 25 de febrero de 2024

EL LEGADO DE GERMÁN ARCINIEGAS

Por Eduardo García Aguilar 

En tiempos de recrudecimiento de la intolerancia en las diversas trincheras latinoamericanas del siglo XXI, es refrescante celebrar la obra de Germán Arciniegas (1900-1999), un viejo demócrata, caracterizado por el ejercicio generoso del diálogo y la polémica. Este patriarca viajero perteneció a una amplia generación de latinoamericanistas liberales que, desde diversos matices y temperamentos, lucharon por la implantación de la democracia en un continente que vivía desde la independencia anegado en pobreza, luchas fratricidas y caudillismo.

Marcados en el norte por el entusiasmo generado por la Revolución Mexicana y las acciones culturales del ministro José Vasconcelos, y en el sur por la rebelión estudiantil de Córdoba o el ideario de Víctor Raúl Haya de la Torre, se caracterizaron por una creatividad desbordada al servicio del continentalismo bolivariano: Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri en Venezuela, José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México, Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana, José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez en Perú, Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea en Colombia, y Aníbal Ponce y Enrique Anderson Imbert en Argentina, fueron algunos de esos nombres que inundaron las páginas de diarios y revistas con esa fe latinoamericanista que ahora se cambió por la polarización y el insulto.

Creían entonces que era posible conducir al conjunto de naciones del área hacia la convivencia pacífica, en el marco del renacimiento cultural y el diálogo abierto entre opiniones diversas sobre los rumbos a seguir. Surgidos al calor del auge periodístico, algunos de esos hombres trataban de seguir las huellas de antecesores modernistas como el colombiano José María Vargas Vila y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, los más grandes bestsellers idolatrados de la época y de quienes hoy pocos se acuerdan. Arciniegas tiene del primero el gusto por el escándalo, y del segundo una redacción más pulida y llena de color, aunque comparte con ambos la ligereza y la imaginación desbordada.

Ya Bolívar, en sus últimas cartas, entre la amargura del desprecio, expresó con lucidez escalofriante sus dudas sobre la posibilidad de redención del continente, convirtiéndose así en el primer decepcionado y único visionario apocalíptico. Estos buenos hombres íntegros y discretos que eran civilistas, universitarios, funcionarios, diplomáticos, editores, capitalinos de sombrero Stetson, bastón, chaleco, corbata negra y cuello duro, florecieron en la primera mitad del siglo XX en todo el continente y hoy por hoy nos parecen extraños animales en vías de extinción, porque para el mundo actual no hay hombre más bobo que uno íntegro. Después de muchas décadas de aventura romántica, signada por la angustia de vivir entre la civilización y la barbarie, hombres como éstos constituyeron el primer esfuerzo latinoamericano por pensar desde las universidades sin complejos frente al Viejo Mundo. La mayoría, como el derrotado Vasconcelos, un prosista notable y cuyas Memorias son lectura fundacional para todo latinoamericano­, terminarían vencidos, en el exilio, apedreados, pateados, salvo Arciniegas, que siguió longevo fiel a su entusiasmo.

A través de los libros de Arciniegas, muchos entraron al mundo ficticio del pasado continental lleno de Coatlicues y príncipes de taparrabos y plumas, virreyes de peluca y zapatillas, bucaneros tuertos y con pie de palo, reyes lejanos, mercaderes, esclavos negros y bellas cortesanas, inquisidores, fantasmas, vírgenes, monjes y libertadores, en lo que constituía el catálogo barroco de los abalorios históricos del continente a lo largo de 500 años de colisión con el Viejo Mundo. Él supo captar con sus relatos la atención de varias generaciones de estudiantes y autodidactas, convirtiéndose en documentalista de las tragedias y hazañas de héroes y anónimos. Con él, los adolescentes descubrieron las maravillas de El Dorado, siguieron las gestas de Tupac Amaru y Los Comuneros, conocieron a Bolívar, Flora Tristán y José Martí, y siguieron las proezas de película de los bucaneros del Caribe.

Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental.

Es posible que la obra de Arciniegas haya sacrificado el rigor en aras de la difusión, alejado de la prueba documental en vez de cotejar archivos, y dando voz especial a la anécdota para sentarse en los laureles de la amenidad periodística, pero es innegable que sus libros y miles de artículos encendieron y animaron a muchos.

En sus mejores libros, América, tierra firme (1937), Los comuneros (1938), Este pueblo de América (1945), Biografía del Caribe (1945), Entre la libertad y el miedo (1952), Amérigo y el Nuevo Mundo (1955), El mundo de la bella Simonetta (1962), El continente de los siete colores (1965) y América Mágica (1959), Arciniegas reivindica el derecho de los millones de aventureros pobres que, según él, poblaron América a través de los siglos, y predica la solidificación de esa mezcla de razas en busca de una nueva tierra. Rescatemos a Arciniegas, desempolvemos sus libros y volvamos a leerlo con entusiasmo.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de febrero de 2024. 

*Versión condensada de un texto más amplio sobre Germán Arciniegas.