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lunes, 23 de marzo de 2026

LA CIUDAD , LA CATEDRAL Y SUS INCENDIOS

Por Eduardo García Aguilar

Hace cien años, en 1926, el 20 de marzo, se quemó la primera Catedral de Manizales que antes se había salvado de otros dos voraces incendios de 1922 y 1925, causando entre los ciudadanos de ese próspero poblado fundado poco más de medio siglo antes una reacción cívica que llevó a la reconstrucción de la ciudad por lo alto, acudiendo en París al director de la escuela de Bellas Artes, el poderoso Julien Polti, quien ganó el concurso convocado para ese efecto.

Polti era una autoridad y su huella está registrada en múltiples construcciones en Francia y en Europa, por lo que no es extraño que la Catedral surgida de sus planes fuera esa obra extraordinaria y loca que la emparenta con las construcciones monumentales y milenarias de las grandes civilizaciones mediterráneas, mesopotámicas y prehispánicas o en la Edad Media, las del delirio gótico.

Para la construcción vinieron los ya legendarios Papio y Bonarda, que no solo dejaron huella en la desmesura de la Catedral sino en múltiples edificaciones que constituyen hoy el centro histórico de nuestra ciudad, uno de los más originales y secretos, marcado también por el impulso modernizador del Art Deco, en boga en París en la década de los años 20 y en 1926, cuando se realizó la exposición de los principales arquitectos de ese movimiento, cuyo impacto fue mundial. Papio y Bonarda y sus colaboradores ya eran famosos en Italia y respetados en el Vaticano.

Las élites eclesiásticas y financieras de la ciudad y también la gente modesta que ayudó y colaboró, actuaron pensando en grande y en las futuras generaciones, esos imaginarios habitantes descendientes suyos que viviríamos un siglo o varios siglos después.  Así ocurrió con los reyes y sátrapas de la antigüedad que construyeron megalópolis como Nínive, Babilonia, Antioquía, Cartago, Alejandría, Éfeso, Atenas, Roma o las pirámides y los templos egipcios. 

También sucedió igual con esos ignotos príncipes mayas, zapotecos, mixtecos y teotihuacanos que construyeron ciudades como Monte Albán, Teotihuacán, Palenque, Tikal y Chichen Itzá o las civilizaciones preincaicas e incas que construyeron las urbes peruanas, la más conocida de ellas Machu Pichu, cantada por el gran poeta chileno y Premio Nobel Pablo Neruda, quien vino a Manizales y se maravilló con esta ciudad a la que definió como una fábrica de atardeceres.

Son dignos de elogio esos emprendedores eclesiásticos y financieros que recolectaron dinero para construir la nueva Catedral de cemento armado, una construcción desmesurada que ningún fuego podría calcinar. Su acción fue un acto utópico y quimérico emparentado con la poesía, la locura y el delirio. 

Su gesto es un desafío como el de los reyes que construyeron los más grandes palacios, por ejemplo el Rey Sol Luis XIV con su Versalles, el constructor del Taj Majal o ese emperador chino loco que creó para la eternidad un ejército multitudinario de figuras en cerámica, cada una original, que estuvo sepultado durante milenios hasta que fue descubierto por los arqueólogos.

Los manizaleños siempre hemos estado impresionados desde la infancia no solo por el carácter de mirador de nuestra ciudad hacia los paisajes más impresionantes, valles, montañas, cordilleras y volcanes, sino por esa catedral que reemplazó a la quemada de madera, incinerada hace exactamente 100 años. Desde niños al cruzar por allí sentíamos ese peso demencial de su belleza y desmesura.

Cuando veíamos las fotos del incendio de ese templo de madera tratábamos de imaginar a la ciudad en aquellos tiempos con sus bancos, tiendas, plazas, arrieros y otras iglesias de madera como la Inmaculada, aun presente en el Parque Caldas. Y si queríamos imaginar y volver a ver a la quemada en 1926 solo bastaba ir a Chipre a ver la bella réplica de cemento construida al despuntar la década de los 50.

Manizales, ciudad tan reciente que aun no tiene ni siquiera dos siglos, posee su historia secreta y sus desmesuras. Somos afortunados quienes nacimos ahí y algunos de sus habitantes, que con el tiempo han comenzado a valorar su centro histórico, evocan con tristeza las construcciones perdidas, incendiadas o demolidas como el Teatro Olympia,  pero llevan en alto la antorcha de la lucha contra la devastación de las joyas del pasado y el reino creciente del cáncer urbano del cemento.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de marzo de 2026.

lunes, 19 de enero de 2026

DELIRIO DE LA COLONIA ROMA

Por Eduardo Garcia Aguilar


Me sentía feliz de nuevo en la Colonia Roma, pero también amaba toda la ciudad de México con sus Vips, Sanborns y Denny’s luminosos donde leía a Styron o a Lawrence Durrel en noches interminables de café insípido. 

Me encantaba, me atraía, me seducía, la ciudad caótica, a la vez urbe luminosa y campo ranchero, aceitosa línea de avenidas o matriz de barriadas, recodo de vecindades anacrónicas en su vistosa pobreza, atadas al cine de oro de Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís, María Félix y Dolores del Río.

Deseaba sus cines desperdigados donde veía novedades pornográficas: el Savoy, el Arcadia, el palacio Chino, el Venus, el Teresa, el Maya, el Río. 

En la colonia Roma tomaba café en La Bella Italia, compraba dulces en la confitería Celaya, recorría la avenida Alvaro Obregón con su camellón y las esculturas de dioses griegos y santos cristianos, de las cuales prefería la de San Sebastián y pasaba horas enteras junto a viejas casonas de sueño o  rinconadas que parecían callejones de ciudades inventadas. Me escapaba a la Condesa para recorrer la avenida Amsterdam o sentarme a tomar cerveza en el Belmonte o La Bodega.

 Recorría la Plaza México con sus cisnes bajo el sol en el pequeño lago y la calle Sonora y palpaba con mis ojos los enormes avisos publicitarios de Insurgentes empotrados sobre edificios y viejas casonas decrépitas, y de los cuales prefería el circular, amarillo azul y rojo de la Cerveza Corona, intacto en su extraña belleza desde hace décadas.

El contraste entre la Roma y el desfile de avisos luminosos de la cercana Insurgentes excitaba la vista, lo mismo que aceleraba la carne el aire poluido, el olor a gas oil, la tolvanera infecta atascada en la garganta. 

En la Roma se tenía la sensación de estar lejos del caos citadino y de las deliciosas agresiones visuales y acústicas reinantes desde hacía tiempo a todo lo largo y ancho de la ciudad.

Un aire de pasado nos invadía a los habitantes de ese lugar, que era mundo dentro del mundo, agua quemada, desfile del amor, salamandra de fuego, batalla en el desierto, vampiro, ciudad lunar cerca del abismo y nos daba musgo a la piel, ruina a la armadura, tos a la noche, chupaba muertos de otro tiempo, succionaba nostalgias de lo no vivido. Pero todo eso que evocaba de repente tan lejos de la tierra no era más que un delirio inútil en medio de la urbe. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18  de enero de 2026.  




 

domingo, 28 de diciembre de 2025

EL RETORNO DE NERÓN Y CALÍGULA

Por Eduardo García Aguilar


Ahora que termina un año lleno de tensiones geopolíticas impensables desde hacía tiempos y cuando se celebran los 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, no deja de ser curioso ver las similitudes de lo ocurrido antes de que se iniciara la deflagración en 1939. La llegada de Adolfo Hitler en 1933 a la cancillería alemana, tras una década de ascenso iniciada en los años 20 desde la ciudad bávara de Múnich, tiene semejanzas con la irrupción y triunfo del autoritarismo de extrema derecha del magnate Donald Trump y su movimiento MAGA, supremacista, racista, agresivo, violador permanente del derecho internacional.

Ya al perder las elecciones hace un lustro frente al demócrata Joe Biden, Trump mostró los mismos métodos utilizados por el Fürher en Alemania, al propiciar la toma violenta del capitolio en Washington, poniendo en peligro la vida de los congresistas y de la presidenta del congreso Nancy Pelosi, hostigados por temibles hordas de fanáticos que destruían todo a su paso.

Las escenas terribles de la persecución y deportación de miles de inmigrantes legales e ilegales latinoamericanos y de otras regiones, encadenados de manos y pies, inclusive niños, madres y ancianos, y la amenaza incluso para quienes tienen la nacionalidad estadounidense y nacieron allí de padres extranjeros, genera paralelismos con la persecución implacable realizada por los nazis de judíos, gitanos, extranjeros y militantes opositores de aquella época en Alemania, con saldo de millones de muertos en campos de concentración.

Las agresiones del tiránico supremacista blanco neoyorquino, involucrado según la prensa estadounidense en el caso del depredador sexual y pedófilo Jeffrey Epstein, no solo se dan contra latinoamericanos, sino que se extienden inclusive a altos funcionarios y figuras europeas, como el prestigioso ex comisario Thierry Breton, a quien se le quitó la visa estadounidense, o la relatora de la ONU y jurista italiana Francesca Albanese, incluida de manera arbitraria en la lista Clinton por su denuncia del genocidio en Gaza. 

El violento Trump ya ha ejecutado de manera extrajudicial a un centenar de supuestos narcotraficantes por medio del cobarde bombardeo de pequeñas embarcaciones en el mar Caribe y el Pacífico, cuando todo el mundo sabe que los verdaderos capos del tráfico mundial son delincuentes de cuello blanco que viven y actúan en las capitales estadounidenses, paraísos fiscales y ricos países del Golfo pérsico, donde lavan en total impunidad las sumas colosales de dinero generado por ese negocio.

Fascinado por el autoritarismo, Trump corteja al presidente ruso Vladimir Putin y al dictador norcoreano Kim Jong-un
e interviene descaradamente en las elecciones europeas, apoyando a los líderes de la ultraderecha neonazi que avanza inexorablemente hacia el poder como en el siglo pasado, en la época de las funestas noches de los cuchillos largos y de los cristales rotos, propiciadas por los matones hitlerianos dirigidos por el autor de Mi Lucha. Esto trae a la memoria que al inicio de su ofensiva imparable, Hitler firmó ante el asombro mundial el pacto Germano-Soviético con Stalin, lo que dio vía libre a las primeras invasiones del ejército alemán.

Basta revisar la historia de la Segunda Guerra Mundial para vivir el día a día de las extrañas alianzas efímeras de las potencias, como el famoso pacto Germano-Soviético, o la implementación del Eje germano-italo-japonés, para entender como se aceleran los acontecimientos ante la inercia de los contemporáneos, inmersos como nosotros en un torbellino loco que no alcanzamos a entender y cuyas consecuencias no vislumbramos.

Entonces fueron las invasiones de Austria, Checoeslovaquia, Polonia y Francia y ahora las pretensiones de Trump de tomarse Canadá, Groenlandia, avasallar a Europa y rehabilitar la Doctrina Monroe, bajo el lema de América Latina para los estadounidenses, como si fuera el patio trasero. Esperemos que el huracán de acontecimientos recientes, como el genocidio en Gaza, la guerra en Ucrania y el despliegue militar en el Caribe, no augure para los próximos años el desencadenamiento cíclico de nuevos conflictos bélicos incontrolables, en lo que es experta la humanidad desde antes de los tiempos de Nerón y Calígula.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 28 de diciembre de 2025
* Imagen de Nerón.
  


 

martes, 23 de diciembre de 2025

BOLIVARISMO Y MONROÍSMO DE INDALECIO LIEVANO AGUIRRE


 Por Eduardo García Aguilar

Los colombianos somos afortunados de tener en el pasado grandes pensadores, historiadores y analistas de la vida política y social nacional y del continente.
 Pienso en las generaciones de liberales de la primera mitad del siglo, entre los que se destacaban el gran escritor Germán Arciniegas, cuyos libros nos abrieron las ventanas a la historia continental y mundial o Indalecio Liévano Aguirre (1917-1982), ex canciller de alto nivel, que escribió "Los grandes conflictos sociales de nuestra historia", "Bolivarismo y Monroísmo" y brillantes biografías de nuestros próceres, entre ellas la de Rafael Nuñez, que en 1944 lo llevó  a la fama.

El bogotano Liévano, cuyo padre fue el arquitecto del Palacio Liévano, trabajó  como secretario de Alfonso López Pumarejo y fue gran amigo desde joven de Alfonso López Michelsen, quien lo nombró canciller. El tutor de sus tesis de grado en la Universidad Javeriana fue el destacado político e intelectual Carlos Lleras Restrepo y desde ese momento inició una larga carrera de periodista y escritor; dotado de una prosa encantadora.

Liévano Aguirre fue miembro del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), encabezado por López Michelsen, quien le cedió  la presidencia varias veces cuando se ausentó del país, razón por la cual, a su muerte, fue homenajeado como ex presidente de Colombia. Pero más allá de su talento como funcionario o ministro, como estadista, como lector y pensador, Liévano Aguirre es uno de los grandes historiadores del país, que las nuevas generaciones deberían leer y releer.

Como mi padre Alvaro García era miembro del MRL en su línea dura y pertenecía a esa generación de liberales que como Otto Morales Benítez despuntaron a la vida social y política en la primera mitad del siglo XX bajo los varios gobiernos liberales que se sucedieron desde Enrique Olaya Herrera hasta López Pumarejo, Eduardo Santos y el joven Alberto Lleras Camargo, tuve la fortuna de acceder adolescente a las obras de Germán Arciniegas e Indalecio Liévano Aguirre, entre otros, que estaban en su biblioteca.

Debido a que tuve una fractura supracondílea grave en un brazo durante mi infancia inquieta, los años de la adolescencia los dediqué a devorar la biblioteca de mi padre en vez de jugar al futbol, y allí me fomé leyendo a los clásicos, a la gran literatura española del siglo de oro y de la Guerra Civil y por supuesto a los grandes autores colombianos liberales como Arciniegas y Liévano e incluso el malogrado joven liberal caldense Bernardo Arias Trujillo, cuyos libros tenía mi padre en un lugar muy especial.

Así pude leer con pasión "Los grandes conflictos sociales de nuestra historia", un libro fascinante de Liévano Aguirre que recomiendo a quienes no lo conocen. Era un prosista nato, un humanista ejemplar que entendía los problemas geopolíticos como pocos. Si hoy estuviera vivo, en estos momentos de "efervescencia y dolor" como diría el poeta, él nos ayudaría a solucionarlos. 

Donald Trump, un payaso loco e ignorante, imputado en varios frentes como el del pedocriminal Jefrey Empstein, gobierna a Estados Unidos y amenaza como Nerón desde la Casa Blanca con su fuerza militar a América Latina, especialmente al Caribe, donde se propone o intenta, violando las leyes internacionales, propiciar una nueva guerra que ya ha causado casi un centenar de ejecuciones extrajudiciales en el mar ante el silencio de las democracias europeas y del mundo.

En su libro "Bolivarismo y Monroísmo", Liévano Aguirre analiza las ideas visionarias de Bolívar y las intenciones profundas de la Doctrina Monroe, que renace ahora desde el pasado para amenazarnos y tratar de encadenarnos con bombas y muerte. Tengo en mis manos el pequeño volumen de este brillante texto de un liberal colombiano publicado en 1969 por Populibro y lo releo con entusiasmo, para que los latinoamericanos despertemos ante la absurda amenaza que nos cierne.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21  de diciembre de 2025.

 

lunes, 27 de octubre de 2025

EL ROBO DE LAS JOYAS DEL LOUVRE

Por Eduardo García Aguilar

El pasado domingo, temprano en la mañana, se realizó en el Museo del Louvre uno de los más espectaculares robos a la luz del día con el uso de un montacargas, por donde los bandidos accedieron a las ventanas con vista al río Sena, las rompieron, e ingresaron al salón donde estaban las joyas de la corona del Segundo imperio napoleónico, especialmente las de la Emperatriz Eugenia, de origen español, popular esposa de Luis Napoleón Bonaparte.

Los salones dedicados al Segundo Imperio (1852-1870) son esplendorosos y al visitarlos uno viaja a la opulencia de aquella época en que Francia vivió uno de sus momentos más poderosos durante tres décadas de progreso e influencia política y económica mundial, a lo que se aunaba la efervescencia cultural vivida bajo la impronta de Baudelaire, Victor Hugo, Emile Zola, Manet, la Condesa Castiglione, Cézane, Degas, Nadar, Chopin, entre otros muchos de los grandes artistas y músicos y el auge de la fotografía y otras técnicas modernas.

Trabajo desde hace tiempo a tres cuadras del museo y casi todos los días cruzo el Puente de las Artes sobre al Sena a pie para dirigirme al trabajo, pasando por el Patio cuadrado, obra maravillosa del siglo XVII, en una de cuyas alas se encuentran los salones donde ocurrió el atraco.

Cuantas veces estuve ahí me asombré porque todos los muebles, objetos y salones reproducen el ambiente donde gobernó Luis Napoléón, personaje muy interesante, sobrino del gran Napoleón, quien llegó al poder por elecciones republicanas en 1851 y fue el primer presidente francés, antes de dar al año siguiente un golpe de Estado para restaurar el imperio napoleónico en 1852.

Durante su reino se desarrollaron los ferrocarriles y múltiples obras públicas de modernización, pero en especial se impulsó la fiesta y las celebraciones se sucedían todo el año en una París radiante, florecida por el auge del teatro o la construcción de la Opera Garnier.

A un lado la insaciable élite aristocrática napoleónica y la burguesía ascendente y todopoderosa y al otro el pueblo, los obreros, los campesinos y la plebe explotada hasta el cansancio, lo que dio lugar a un proceso de rebelión ascendente que culminó con la famosa revolución  de la Comuna de París, el incendio de un ala del Louvre por los rebeldes, la masacre generalizada de los comuneros y después la derrota ante Prusia y el exilio del odiado Emperador, pues durante su mandato reprimió de manera implacable a la oposición mientras se hacía la fiesta en los salones y los palacios. Después de su derrota terminó para siempre la monarquía y empezó a reinar la República.

De todas maneras en esas tres décadcas el país se modernizó y avanzó en tecnología, ciencias, arte y pensamiento, y se dio en ese periodo un gran auge editorial y periodístico. También progresaron las múltiples ciudades de provincia. Todo ese mundo se puede cotejar en las grandes novelas y obras teatrales de ese tiempo y verse en las fotografías.

El robo de las joyas de la corona nos recuerda los grandes relatos sobre bandidos célebres y la leyenda en torno a obras de arte y joyas robadas con astucia y osadía. El hecho causó conmoción en un país que vive una grave crisis política y económica, donde muchos se preocupan por la decadencia de su cultura y la debilidad nacional ante el caos europeo y las agresiones del imperio estadounidense y otras potencias, que quisieran dominar a un continente donde los fantasmas de la guerra son recurrentes.

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Publicado en La Patria.Manizales. Colombia. Domingo  26 de octu
bre de 2025.




sábado, 16 de agosto de 2025

LA MÁQUINA CÍCLICA DE LAS GUERRAS

Por Eduardo García Aguilar

Los siglos están interconectados y nuestros años tienen similitudes con los de entreguerras del siglo XX, cuando Europa vivió una pausa antes de la Segunda Guerra Mundial, que de todas maneras venía larvada desde la derrota alemana de 1918 y las condiciones impuestas por los vencedores.

Desde siempre los europeos se vieron enfrascados en guerras terribles que significaron cambios permanentes de fronteras e imperios que ascendieron y cayeron de manera estrepitosa, como miles de años antes en la antigüedad.  Los sufrimientos indecibles de los europeos a lo largo los siglos están impregnados en la memoria colectiva de la población con los matices respectivos, según cultura, tradición, culinaria y lengua.  

La literatura registra en detalle las peripecias vividas, las terribles guerras religiosas, masacres de minorías étnicas, como ocurrió con los cátaros en Francia o con judíos, gitanos, árabes, eslavos, germanos, españoles, nórdicos, húngaros, polacos, rusos y tantos otros pueblos.

Durante milenios los ejércitos de emperadores y reyes reclutaron a sus pueblos y los mandaron a morir en batallas para deshacer las fronteras cercanas o imponerse en lejanas colonias, de donde muchos no regresaron jamás. 

En los cuentos infantiles y las sagas indias, mediorientales o nórdicas se cuenta la tragedia de viudas, huérfanos, el sufrimiento de adultos en pleno vigor y viejos desolados que volvieron a experimentar la guerra que pensaban desterrada. Garcilaso de la Vega o Miguel de Cervantes Saavedra estuvieron en batallas lejanas y llevaron en su cuerpo el estigma de las heridas. Muchos murieron jóvenes como Lord Byron en Grecia y otros más envejecieron por milagro para contar la tragedia de sus tiempos.

En ciudades y puertos de estos poderosos imperios europeos de antaño está el registro de sus glorias y esplendores esculpidos en las mansiones de piedra de los esclavistas o las increíbles catedrales y templos donde la plebe mutilada, huérfanas violadas, mendigos y viudas agonizantes se refugiaban para orar ante las fuerzas de los sagrado, en busca de un más allá mítico y compasivo que extinguiera sus sollozos.

En esta tercera década del siglo XXI, como en el mismo periodo del XX, las potencias y sus nuevos emperadores se amenazan y se miden difundiendo las más locas creencias y fanatismos para incitar a  la plebe a matarse y a tomar partido. Igual se citan en lugares especiales y simbólicos como Donlad Trump y Vladimir Putin en Alaska o Joachim von Ribbentrop y  Viacheslav Molotov, firmantes en Moscú del Pacto germano-soviético apadrinado por Stalin y Hitler.
 
Hace un siglo la propaganda la hacían a través de radio, telégrafo, cine, periódicos y discursos y ahora por las insaciables redes sociales y la adictiva televisión en directo. La algarabía mundial y nacional no se detiene jamás y calienta y entrena a la gente para la guerra y la destrucción cíclica, entre la excitación de las emociones primarias y la teja corrida general.   

Muchas ciudades fueron destruidas y vueltas a construir a través de los siglos y lo peor es que tal vez vuelvan a serlo, pues la humanidad nunca aprende las lecciones y repite la historia como tragedia y comedia, ajena a la locura de los filósofos dementes que como el buen Nietszche se alzaban con el pensamiento hasta las alturas pobladas por las águilas para escapar al miedo ambiente y su algarabía. 

Igual que Hans Castorp y sus divertidos comparsas tuberculosos de La Montaña Mágica de Thomas Mann en el sanatorio de las altas montañas suizas, en Gstaad, cuando abajo la guerra los llamaba con insistencia, como ahora al parecer nos convoca a todos en este mundo de locos.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 17 de agosto de 2025.
 


 

 

sábado, 9 de agosto de 2025

PERVIVENCIA DEL JARDÍN DE FREUD

Por Eduardo García Aguilar

De verdad éramos muy inocentes aunque leyéramos a Hegel, Baltasar Castiglione, Maquiavelo o a Fernand Braudel y Ernest Cassirer, recomendados por el profesor Darío Mesa. Junto a grandes radios transistores esperábamos en las tardes y noches después del golpe del 11 de septiembre que el general Carlos Prats revirtiera la situación y volviera a Santiago de Chile al mando de una columna triunfal para sacar a los golpistas y reinstalar el gobierno de Salvador Allende, aunque fuera sin Allende.

Los comentarios iban y venían en el Jardín de Freud de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, donde estabámos por primera vez ante a un golpe de Estado que solo sería el abrebocas de una terrible era de crímenes y asesinatos propiciados por los servicios secretos de las dictaduras del Cono Sur coaligados con los estadounidenses, y sobre los que en el medio siglo posterior se han conocido escalofriantes detalles tras múltiples luchas, entre ellas las de las abuelas de la Plaza de Mayo en Argentina, que nunca desfallecieron en la búsqueda de la verdad.

Prats murió el 30 de septiembre junto a su esposa en un terrible atentado de venganza con bomba de los servicios secretos chilenos ayudados por los militares argentinos y siete días antes el reciente Nobel Pablo Neruda se extinguió deprimido y enfermo en un hospital en Santiago el 23 de septiembre. 

Y así uno tras otro caían los leales a Allende que no lograron salir de Chile hacia muchos países del mundo, como lo hicieron decenas de miles acogidos como exiliados sin saber que se quedarían lejos décadas enteras o para siempre rumiando la saudade del destierro. En los años siguientes la misma romería del exilio sería vivida por miles de argentinos, uruguayos y brasileños que llegaron a México o a las capitales europeas o de los países del Este.
 
A medida que pasaban las horas y los días la ilusión despareció y todos se dispersaron poco a poco en ese crepúsculo de 1973. Como el tradicional campus estaba paralizado con frecuencia por los disturbios, algunos se fueron a otras universidades a probar suerte o desertaron para estudiar otras carreras o perderse en el tango de la vida.

Quedadan en el Jardin de Freud los efluvios de los amores reales o imaginarios vividos en secreto, la algarabía de los muchachos que jugaban al futbol entre una clase de matemáticas y otra de Historia con Gilda, la única chica que lo hacía y cuya melena saltaba cuando golpeaba el balón o trataba de apoderarse de él enfundada en su overol de marca estadounidense recién importado. 

Frente al moderno edificio de Sociología quedadan en el Jardin de Freud para siempre nuestros fantasmas adosados al prado donde chárlabamos, como después lo han hecho y hacen miles y miles de muchachos de varias generaciones de todas las regiones y orígenes que pueblan los predios de la Universidad Nacional de Colombia, cuya Ciudad Blanca fue construida a partir de 1935 en tiempos de Alfonso López Pumarejo y la República Liberal.

Después, ya en los años 80, unos escultores jóvenes realizaron la obra Amérika en homenaje a la pluralidad y la sexualidad, que presentaron como trabajo de grado. Manolo Colmenares, José Manuel Patiño y Gabriel Quiñones conribuían así en medio de la polémica con esas piedras eróticas a la pervivencia del Jardín de Freud, donde generación tras generacion los jóvenes estudiantes de ciencias humanas han enfrentado otros acontecimientos terribles que hacen parte de la historia colombiana y el mundo y así seguirá en el futuro, que esperemos con optimismo sea luminoso y fértil. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de agosto de 2025.
 
  

sábado, 2 de agosto de 2025

LA MELENA ANTES DE PARTIR


Por Eduardo García Aguilar

Como era menor de edad, mi padre firmó la autorización oficial de mi viaje y me acompañó una tarde a cortarme el pelo, que lo tenía muy largo como era usual y se requería reducir un poco la melena para evitar problemas en los aeropuertos. Todos ya estábamos desde hacía tiempo bajo el impacto de los Rolling Stones y su éxito mundial Satisfaction. 

Mi padre tenía 60 años y me imagino el dolor que significaba ver partir a su hijo tan joven hacia esa aventura de viajar al otro lado del planeta, aunque en el fondo la idea no le disgustaba. Para disimular silbaba alguna canción mientras veía en la peluquería como cortaban sin piedad mi cabellera setentera y las mechas caían al suelo. 

Los de su generación, que se abrieron al mundo durante la Republica liberal que llevó a la presidencia a Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos y el joven Alberto Lleras Camargo, también se iban de casa muy jóvenes en la primera mitad del siglo XX, cuando el objetivo de los hijos era emprender y abrirse camino al andar.

Mientras pasaba el féretro del poderoso Eduardo Santos, dueño del mayor periódico nacional y ex presidente, y cuando en la Catedral se reunían para las honras fúnebres todos los hombres de su época, encorbatados, solemnes, pomposos, babeantes, flacos y obesos, jorobados y erguidos, de sacoleva y corbatín, a mi me cortaban la melena en un ritual de iniciación.

Antes de que me cortaran la cabellera como a Sansón había estado en varias fiestas y reuniones con amigos de mi generación, compañeros de Sociología de la Universidad Nacional y escritores en ciernes que nos reuníamos a veces con Oscar Collazos, cuando llegaba joven y consagrado de Europa, donde había vivido mayo del 68 y el esplendor del boom latinoamericano en Barcelona, no lejos de García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. En una de esas fiestas los amigos me mostraron en la noche estrellada al amanecer la Cruz del Sur para que me despidiera de ella.

Mientras pasaba el féretro de Santos y en un amanecer leía los periodicos enormes que seguían publicando ediciones especiales sobre la historia política del siglo XX, podía decir que pese a tener 20 años recién cumplidos ya habia mojado plana ahí en Lecturas Dominicales. El joven Enrique Santos Calderón, de barba rebelde y recién llegado de Europa, había publicado algunos artículos míos hasta en el espacio consagratorio debajo de la caricatura de Pepón y luego me pagaba por la colaboración firmando un bono para que pasara a la caja.

La esquina de El Tiempo era entonces el ombligo del país y al frente estaba el lugar donde habían matado a Jorge Eliécer Gaitán. Más arriba, por la Jiménez estaba la sede de El Espectador, regentado por los Cano y donde García Márquez cambió de destino como redactor y reportero de éxito con reportajes inolvidables como el del Relato de un náufrago.

Todo eso ocurría a unos días de que partiera al otro lado del océano en medio del aceleramiento de la historia  de Colombia, pues a inicios del mismo año los rumberos guerrilleros del M-19 habían hurtado la espada de Bolívar de la Quinta Bolívar en medio de la algarabía nacional. Y hacía solo seis meses, los estudiantes de Sociología y otras carreras de la Universidad Nacional amanecimos en el Jardín de Freud escuchando por radio las noticias que venían de Chile sobre el golpe de Estado del 11 de septiembre, propiciado por Estados Unidos.

Después de bombardear el Palacio de la Moneda, el general Augusto Pinochet derrocó a Salvador Allende, que murió en esa jornada. Inocentes nosotros, esperábamos hasta el amanecer en jornadas febriles que se revirtiera la situación. Y para rematar, poco después, agobiado por la tristeza, moría el gran poeta Pablo Neruda en un hospital donde algunos aseguran que lo envenaron.

Pero como los pájaros que vuelan, en esos momentos estaba impulsado por la emoción de la partida hacia otro continente soñado desde los primeros años de la adolescencia. El futuro nos atropellaba de repente y ya no había forma de mirar hacia atrás.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 3 de agosto de 2025. 
* Foto del Jardín de Freud. Universidad Nacional de Colombia. 


viernes, 25 de julio de 2025

VIDA E HISTORIA AL AMANECER

Por Eduardo García Aguilar

Amenecimos el jueves 27 de marzo de 1974 cerca de la sede central de El Tiempo, en un café de la Avenida Jiménez. Bogotá, la metrópoli, la urbe agitada, se despertaba ya desde antes aun en la oscuridad y los diarios empezaban a circular con el grito de los voceadores. 

Había muerto el ex presidente Eduardo Santos (1888-1974), dueño del periódico y una figura que marcó todo el siglo XX como uno de esos personajes de entonces que estuvieron desde el comienzo del siglo en las primeras páginas de la actualidad, los negocios y los periódicos, uno de los líderes de la élite inasible de los protagonistas, que vivió todas las venturas y desventuras del país y a la vez lo ayudó a cambiar durante los sucesivos gobiernos de la República liberal, vigentes hasta poco antes del inicio de la trágica Violencia y el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

Esos días eran intensos porque el 5 de abril me preparaba a viajar a Europa a estudiar y dejar el país de mi infancia y adolescencia, lanzándome a una aventura escalofriante que entonces era poco probable y significaba casi como viajar a Marte, a otro planeta, o lanzarse sin alas hacia los abismos.

Hay momentos en que nos atropella la historia del país donde nacimos, al mismo tiempo que experimentamos cambios cruciales y definitivos en nuestras propias vidas, tal y como leíamos en las novelas clásicas. En ese instante en que yo vivía el júbilo de la próxima partida y saboreaba ya las aventuras futuras que se auguraban al otro lado del océano, no solo se iba uno de esos padres de la patria de entonces casi santificados, sino que el país se estremecía por el reciente robo de la espada de Bolívar.

Hacía poco los guerrilleros del M-19 habían hurtado la espada del Libertador de la quinta del mismo nombre en las faldas de Monserrate y aun estaban presentes las imágenes de los avisos publicitarios que salieron en varios diarios anunciando la llegada de un misterioso producto con ese nombre, que parecía un lombricida y resultó ser el movimiento que a la larga, medio siglo después, llegaría al poder a través de uno de sus militantes.

En ese entonces casi todo sucedía en el centro de Bogotá. Por ahí estaban las sedes de los grandes diarios, las   universidades, los ministerios, las mejores librerías y cafeterías donde poetas, políticos y negociantes se reunían durante el día y la noche en una actividad incesante de un país que aunque pobre y caótico, ya se caracterizaba por esa energía inagotable y la algarabía devastadora de sus pasiones políticas, antes de que se abriera la "ventanilla siniestra" del narcotráfico generalizado.

Con el amigo que estaba celebrando mi partida habíamos estado en la noche en varias reuniones con jóvenes escritores y salimos en la madrugada de una fiesta para dirigirnos a esperar el bus que nos llevaría a nuestras casas respectivas, pero antes nos sentamos en ese café recién abierto a tomar una changua y hojear los diarios que traían ediciones especiales por la muerte de Eduardo Santos. 

En esos diarios ilustrados con la increíble trayectoria del humanista, diplomático, político y periodista, representante del liberalismo moderado y de centro, viajero y cosmopolita, habitante de Nueva York y París, donde estudió,  veíamos pasar la historia del siglo que empezaba a terminar para siempre, mientras agonizaba el Frente Nacional y se abrían nuevos acontecimientos sociales y políticos inimaginables aquella mañana histórica y muy personal.
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Publicado en La Patria, Manizales. Colombia, el domingo 27 de julio de 2025.  

   

 


sábado, 28 de junio de 2025

EL FANTASMA DE SIMÓN BOLÍVAR


Por Eduardo García Aguilar

Desde hace dos siglos la figura de Simón Bolívar ha sido utilizada por casi todas la corrientes políticas como forma de reconocimiento y anclaje en un mítico pasado glorioso y todos los latinoamericanos hemos vivido marcados por su imagen de ídolo trágico. 

Sus estatuas idealizadas en plazas de ciudades y pueblos, los discursos interminables de políticos y escribidores en actos solemnes con himno nacional o sin él, las biografías pomposas o académicas, las crónicas de grandes escritores como José Martí y Porfirio Barba Jacob, nos han nutrido de palabras como si él fuese un pegaso, héroe mitad humano y mitad veloz corcel.

Desde hace décadas trabajo el lado de donde él vivió en sus dos estadías en París, en las calles Vivienne y Richelieu y con frecuencia paso frente a las placas que marcan aquellos instantes de su vida en esta ciudad, cuando era un joven viudo de la élite caraqueña que leía y hacía la fiesta al lado del parque del Palacio Real, centro de encuentro de libertinos dieciochescos de la Ilustración y jóvenes militares napoleónicos.

Bolívar dice que presenció en París la autocoronación del joven corso Napoleón y la leyenda cuenta de su encuentro probable con el sabio y espía alemán Humboldt, quien le habría dicho que no encontraba quien sería el que estaría dispuesto y tuviera la estatura para liberar las colonias americanas del yugo español, idea que germinó en la imaginación del joven aprendiz, amante de su vecina Fanny de Villars, lector, millonario y viajero que habría jurado en el monte Aventino de Roma liberar la región.

Las placas colocadas en los lugares donde vivió Bolivar aquí al lado de la sede de la Agencia France Presse, junto a la antigua Biblioteca Nacional de Francia, que sin duda frecuentaba el joven y futuro prócer, fueron instaladas por los estudiantes de la época de entreguerras del siglo XX, liderados entonces por el guatemalteco Miguel Angel Asturias, quien acababa de publicar Leyendas de Guatemala, primer best-seller latinoamercano de esos tiempos.

Asturias se reunía con Alfonso Reryes, Jorge Zalamea, César Vallejo, los hemanos peruanos García Calderón y otros muchos latinoamericanos que vivían y frecuentaban la bohemia de la ciudad en esos años de efervescencia intelectual, política, cultural y literaria, cuando despuntaban las fuerzas de las izquierdas bolcheviques y trotskistas, los idearios liberales, las derechas nazis y mussolinianas y otros más, antes de la deflagración brutal de la Segunda Guerra Mundial iniciada en 1939.

Y esos jóvenes entusiastas latinoamericanos rastrearon las huellas de Bolívar en París y colocaron las placas conmemortivas en los lugares donde vivió el joven Libertador. Mucho tiempo antes que ellos, a lo largo del siglo XIX, el mito del héroe fue creciendo e incluso personas como el llanero José Antonio Páez, que lo traicionaron en vida y lo ignoraron en la muerte, decidieron después iniciar el culto a sus huesos, trasladando sus restos desde la colombiana Santa Marta hasta Caracas, para usarlo como amuleto de legitimidad, tal y como hizo Hugo Chávez mucho tiempo después.

Es una delicia leer al propio Bolivar, rastrear sus cartas y proclamas, imaginar sus batallas y derrotas, leer tantos libros biográficos y académicos que se han escrito sobre su figura, desde los más rigurosos como los del historiador británico John Lynch hasta otros deliciosos como los de los colombianos Germán Arciniegas e Indalecio Liévano Aguirre y el liberal republicano español Salvador Madariaga.
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Los coleccionistas de reliquias conservan espadas, kepis, charreteras, cartas, mechones de pelo, corazones y cerebros en formol de Napoleón y Bolívar y los guardan como amuletos. Y en pleno siglo XXI aun se invocan para apuntalar idearios opuestos y contradictorios. Bolívar es un  fetiche multiusos, pues nunca sabremos lo que pensaría de verdad hoy en este veloz siglo XXI ni cuales serían sus posiciones. Murió joven y fue el mito de los románticos del siglo XIX como el Che de los idealistas de la segunda mitad del siglo XX. A falta de nuevos héroes, su momia sigue viva.  
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Publicado el domingo en  La Patria. Manizales. Colombia. 29 de junio de 2025. 

  


viernes, 25 de abril de 2025

LA AUTOBIOGRAFÍA DE FRANCISCO

Por Eduardo García Aguilar

La autobiografía del papa Francisco, que acaba de ser publicada por Plaza y Janés bajo el título de Esperanza, es un libro que nos acerca como nunca a la extraordinaria vida de este jesuita bonaerense de clase media y origen italiano, que se convirtió en uno de los papas más notables, originales e históricos de los últimos tiempos.

Aunque al principio el libro debía ser publicado con carácter póstumo, el pontífice y el asesor editorial de muchas de sus obras, Carlos Musso, decidieron anticipar su salida, por lo que es de una actualidad desconcertante, dada la manera dramática de su partida, horas después de su espectacular paseo en papamóvil entre los fieles en la Plaza de San Pedro, casi al punto del último suspiro.

Ahí mismo desde la Plaza de San Pedro lo vi por única vez salir a la ventana desde donde pronunciaba sus Ángelus los domingos a mediodía. Fue emocionante, pues Francisco fue un fenómeno improbable, no solo por ser latinoamericano y progresista, sino por la huella que deja como un papa innovador. En su libro nos comunica su argentinidad de hijo de inmigrantes, los oficios de químico, profesor de literatura, amante del fútbol y hasta amigo de Borges, y su formación jesuita, la ordenación y posterior destino.

Cuando se anunció en medio de la confusión un nombre en principio poco audible, estaba en la redacción de la agencia donde trabajo esperando la fumata blanca y fue sorpresivo entender que se trataba de Bergoglio, cardenal argentino conocido por su apego a las causas sociales de la iglesia latinoamericana y la ayuda que en medio de la dictadura dio a muchos de los perseguidos y a las familias de los desparecidos, entre ellos las Madres de la Plaza de mayo, como lo cuenta en Esperanza.

En ese momento estaba en la redacción hispana de París con el colega argentino Jorge Svartzman y de inmediato pasé a abrazarlo efusivamente ante su estupor para felicitarlo porque un compatriota suyo resultó elegido y bromeábamos mucho después porque no solo es agnóstico sino de origen judío y madre comunista, como algunos emigrantes del este europeo que huyeron de las guerras hacia Argentina.

Lejos de los papas encerrados en el palacio apóstolico, rodeados de una corte entre lujos y cubiertos por onerosas prendas, Francisco vivía en la residencia Santa Marta donde se alojan los invitados al Vaticano y ahí permaneció durante su pontificado, comiendo en el refectorio al lado de trabajadores, monjas y curas, porque, como dice en su autobiografía, le gusta estar con la gente, pertenecer a una comunidad y no aislarse en lo que él define como la "autorreferencialidad " de una Iglesia anclada en el pasado sin mirar al presente ni al futuro.

Invitado a la Feria del libro de Roma en diciembre de 2022 tuve la alegría de hospedarme en una pequeña pensión al lado del Vaticano, a solo unos pasos del Museo y de la imponente Plaza de San Pedro. Solía deambular por ahí tras recorrer otros sitios de la ciudad que conozco desde hace mucho tiempo, cuando, estudiante, quise visitar el Monte Aventino donde, según la leyenda, Simón Bolívar prometió liberar a América.

Roma siempre es emocionante no solo por las grandes ruinas milenarias del Imperio de los Césares sino por la presencia del Vaticano, minúsculo país desde donde los papas y la curia irradian para más de 1.400 millones de fieles. Dos milenios de tradición son imponentes para esta religión católica en cuyo marco casi todos los latinoamericanos y europeos crecimos marcados por su impronta.

Pero ser contemporáneo de un papa latinoamericano es algo excepcional y por eso acepté la invitación del vaticanista colombiano Nestor Pongutá Puerto para ir al Ángelus. Caminando con él por las cercanías de la Plaza conocí a dos cardenales cercanos a Francisco, Gianfranco Ravazi, ex encargado de Cultura, y al teólogo Walter Kasper, que acudían a escucharlo y que, según Francisco, estuvieron muy cerca en los instantes previos a su elección.

Todos estos detalles están contados en el libro: infancia, vida de los ancestros italianos, vocación, estudios, dictadura, cardenalato y papado. Y también nos da el testimonio personal de su nombramiento, en el que no creía para nada, cuando ya casi la mayoría de los cardenales se habían decidido por él tras escuchar su brillante proyecto de sacar a la Iglesia de los palacios y de la "autorreferencialidad" para acercarla a los pobres y a  los otros.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de abril de 2025.
 



   


viernes, 11 de abril de 2025

EL FANTASMA DEL 9 DE ABRIL

Por Eduardo García Aguilar

Ahora que conmemoramos de nuevo el 9 de abril de 1948, una fecha crucial en la historia colombiana del último siglo, en todos los medios y las redes sociales aparecieron artículos e imágenes sobre las diversas versiones del asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán en pleno centro de la capital. Desde entonces se han publicado decenas, tal vez centenares de libros sobre el acontecimiento, entre los que se destacan los del escritor Arturo Alape, quien dedicó gran parte de su vida a estudiar los sucesos, entrevistando a centenares de personas y consultando todos los archivos posibles desde múltiples ángulos.

Poco después del magnicidio empezaron a salir en ediciones modestas de época libros pequeños de muchos de los protagonistas, como de quienes estaban al interior del palacio presidencial al lado del presidente Mariano Ospina Pérez y su esposa Bertha Hernández, que según dicen solía llevar pistola al cinto y era un personaje de armas tomar. También hay testimonios de los liberales que fueron invitados a la sede del poder cuando estaba a punto de ser tomada por los rebeldes, Bogotá ardía y Ospina buscaba consensos con ellos para salir de la situación.

Entre esas versiones hay por supuesto libros de los partidarios de Ospina Pérez y del conservatismo que llevan  agua a su molino para limpiar la imagen del presidente y empresario antioqueño, a quienes sus opositores y la esposa del sacrificado líder acusaban de ser el autor intelectual del crimen del líder liberal, cuyo ascenso político lo ponía a las puertas de acceder a la primera magistratura, algo inadmisible para el establecimiento.

Otras versiones son de personas que estaban en la calle y descubren con detalle desde todos los ángulos las circunstancias del asesinato y dan crédito ya sea a la versión oficial de que el asesino único fue Juan Roa Sierra y hacen investigaciones periodísticas exhaustivas sobre su vida, familia, y circunstancias previas a la supuesta acción criminal, como la compra de la pistola, el dinero que le dio a su esposa antes y su presencia antes en el lugar de los hechos.

Otros hablan de la presencia de un segundo tirador y cómplice, un tal detective de apellido Potes, que habría desarmado a Roa para entregarlo a la jauría después de los hechos y que según versiones declaró ya anciano y agonizante en la miseria a un viejo amigo, para liberarse del remordimiento, que él fue el verdadero asesino. Otros dicen que Roa Sierra fue solo un chivo expiatorio que se encontró por desgracia en el sitio y en el momento equivocado.

También se especula sobre la participación de los servicios secretos estadounidenses y hasta se involucra al joven Fidel Castro, quien estaba presente en el sitio del crimen y era uno de los centenares de invitados que vinieron a Bogotá a participar en la importante IX Conferencia Panamericana que se celebraba en la capital y era el evento ideal en el marco del cual se cometió el crimen.

Tal y como pasa en todos los magnicidios, como el del presidente estadounidense John F. Kennedy, ocurrido en 1963, en el de Gaitán todas las pistas fueron trucadas y al final las diversas versiones se entrecruzaron para que el asesinato quedara impune y sin solución posible. Lío de faldas, frustración del asesino, que había pedido empleo a Gaitán, y mil hipótesis más se mezclan con la actividad tenaz y múltiple de los detectives y sicarios de los temibles servicios secretos colombianos al servicio del régimen, que en ese entonces y después se las han arreglado para matar a miles de líderes opositores y candidatos presidenciales como Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro Leóngomez, Bernardo Jaramillo y tantos otros.

Plinio Apuleyo Mendoza, cuyo padre de mismo nombre estaba con su amigo Gaitán en el momento y recibió el cuarto impacto, también hizo su relato y presentó sus hipótesis, entre las cuales se destaca la presencia de ese misterioso segundo hombre, versión a la que Gabriel García Márquez, también presente en Bogotá el 9 de abril, daba crédito.  

La muerte de Gaitán ha producido centenares de libros, miles de artículos y fotografías e invadió también la ficción, pues desde entonces centenares de novelas han abordado el tema, pues no hay colombiano de la época o posterior que no haya oído en casa los relatos de sus mayores traumatizados por el acontecimiento, tanto que ahora, en el 2025, casi ocho décadas después, se sigue viviendo como si hubiese sido ayer. Y el crimen también ha invadido los sueños, pues los hechos se pasean con frecuencia en el ámbito onírico de los colombianos. Jorge Eliécer Gaitán sigue vivo entre nosotros como un fantasma incesante y su voz elocuente resuena aun en las esquinas.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de abril de 2025.

               

 

sábado, 15 de febrero de 2025

RECUERDO INFANTIL CON GUSTAVO ROBLEDO ISAZA

Por Eduardo García Aguilar

Siendo un niño tal vez de de unos 9 o 10 años, presencié una conversación muy animada entre el entonces alcalde Gustavo Robledo Isaza y mi padre, que versaba sobre proyectos en el sector a donde nos habíamos trasladado por la Avenida Santander y la calle 54, después de vivir en la esquina del parque Caldas, en la carrera 23 con calle 29, donde vi pasar a la Miss Universo Luz Marina Zuluaga cuando llegaba después de su triunfo mundial. 

La apoteosis triunfal de la Miss Universo es un recuerdo imborrable y casi novelesco de la más primera infacia, porque debía estar cerca de cumplir los cinco años y desde esa ventana, en esa  esquina del Parque Caldas, vi pasar la caravana gigantesca de vehículos y gente que celebraba con algarabía a la bella, que de virreina nacional había ascendido al rango de beldad mundial, lo que hizo cimbrar la historia popular de la ciudad.

En ese mismo parque Caldas, décadas antes, la gran poeta Maruja Vieira fue testigo también niña de uno de los incendios que devastaron la ciudad y  recuerda a su padre y al tío acudiendo a ayudar a apagar las llamas que devoraban un sector más central. En un texto suyo palpita el imborrable olor que deja el fuego devorador.

De ahí del Parque Caldas nos pasamos poco después a una casa donde vivimos unos años antes de retornar al centro, situada  a la altura de la calle 54 y la Avenida Santander, y frente a esa casa de esquina, al final de una calle empinada, presencié esa conversación entre mi padre y Robledo Isaza, quien llevaba su tradicional corte de pelo y no lucia traje y corbata. Estaban ellos dos solos de pie frente al paisaje hablando aquella tarde y yo fui el testigo.

Es un recuerdo extraño y nítido el que tengo en la memoria y donde puedo percibir a ese ingeniero haciendo planes gigantescos y locos con el sector, moviendo las manos y anunciando que las máquinas abrirían nuevas rutas, tajarían precipicios, modernizarían la futura urbe, como en efecto ocurrió

No sé si esos planes se hicieron como él los pensaba, pero ese recuerdo me comunica con una figura cívica que es trascendental en la historia de la cuidad en el siglo XX, pues estuvo en la construcción de sitios como la Plaza de Toros, varias avenidas, entre ellas la de Chipre, y carreteras tan importantes como la que lleva al Nevado o la vía hacia Bogotá por Mesones. Sin olvidar el aeropuerto de Satágueda y el proyecto de Aerocafé.

Nunca lo volví a ver en la vida, pero con el tiempo tuve la alegría de conocer a una de sus hijas mayores, Liliana, educadora notable y llena de luz, y a dos de sus nietos, que son hijos de mi gran amigo de toda la vida, Carlos Augusto Gonzalez, genio de la ciencias.  

Sabía que el patriarca vivía en una finca por Palestina y cada año le celebraban sus cumpleaños como a uno de esos robles de la mítica cultura antioqueño-caldense, descendientes de colonizadores que durante siglos en la cordillera mostraron las proezas de su genética enfrentando las más altas y difíciles cumbres y los climas más variados, en medio de una selva templada plena de bellezas y de riesgos, junto a volcanes y vertientes, tal y como figuran en el Cancionero de Antioquia de Antonio José Restrepo y en Viaje a Pie de Fernando González.

Cada año que pasaba celebraba con alegría desde lejos la longevidad del patriarca, asombrándome de que fue centenario y logró vivir casi cuatro años más, lo que muestra la entereza de los grandes creadores e inventores, cuyo entusiasmo vital les da fuerza para desafiar las implacables leyes de la naturaleza. 

Qué bueno que nuestra ciudad Manizales tuvo en Gustavo Robledo Isaza y Maruja Vieira a dos centenarios que lograron vivir en las primeras cuestas del siglo XXI para vislumbrar otra era plena de cambios vertiginosos. Ellos fueron figuras bíblicas y homéricas que nos recuerdan los mitos de la longevidad, pilares de la tribu y motivo de optimismo para la ciudad natal y Colombia, que rebosa de talentos nuevos y enfrenta retos sin fin. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia.  Domingo 16 de febrero de 2025.