viernes, 17 de diciembre de 2010

ENTREVISTA CON EDUARDO GARCÍA AGUILAR SOBRE EL CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA



Por Víctor Flores García.


(Milenio. México. 19-Set-2010)





El escritor Eduardo García Aguilar (Colombia, 1953) recorre para Milenio Semanal los caminos de una América Latina fascinada con la Revolución Mexicana. A los ojos de los latinoamericanos, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) actual aún personifica la mutación de la épica asonada revolucionaria en triste gobierno. Ven a sus mitos gobernando como cadáveres embalsamados junto a sus enemigos bajo un mismo monumento revolucionario, burocratizado y en manos de intelectuales domesticados por el poder. García Aguilar vivió más de una década en México como corresponsal, y desde 1998 trabaja como editor en París; es autor de media docena de novelas marcadas por la violencia social, traducidas al inglés, francés y bengalí. Dos de ellas tienen a México como escenario: Delirio de San Cristóbal, un vertiginoso ensayo crítico sobre el neozapatismo, y Tequila Coxis, su tributo a la segunda mitad del siglo XX mexicano.

VFG: Tu obra literaria está llena de personajes enloquecidos por el delirio de las revoluciones y las guerras civiles. ¿Cómo reacciona un escritor de esas tragedias a los fastos del Centenario de la primera revolución social del siglo XX latinoamericano?
EGA: Mi primera reacción es volcarme a la tradición. La celebración de la Revolución Mexicana debe ser motivo para releer a los clásicos generados por ese acontecimiento crucial, así como la excelente bibliografía de los historiadores sobre el tema en el mundo anglosajón, que son a veces los más objetivos. Es una revolución tan estudiada como la Revolución Rusa; está presente en el imaginario mundial como pocas en materia cinematográfica, musical, pictórica e iconográfica. En mi caso, reflexioné sobre ese tema en mi libro Delirio de San Cristóbal. Manifiesto para una generación desencantada (Praxis, 1998), que es sobre la rebelión zapatista —la que cubrí como corresponsal—, una sorpresiva y extraña resurrección fallida del impulso subterráneo de la Revolución Mexicana, poco después de la caída del Muro de Berlín y del fin de la Guerra Fría.
La coincidencia de dos celebraciones oficiales, la del Bicentenario de la Independencia de los países hispanoamericanos, enfrentados a la horrible madrastra española, y el Centenario de la gran Revolución Mexicana, nos hace ver la cercanía de ambos hechos y lo cortísima que es la historia moderna latinoamericana. La violencia de ambos acontecimientos sigue larvada en nuestros países. Ahora es incluso más atroz, más tecnificada, con el surgimiento de bandas armadas en los suburbios de las ciudades, las que no tienen límite para matar, torturar, hacer la ley del cuchillo y del sicariato.

VFG: ¿Qué ha cambiado y qué permanece de aquella realidad violenta a un siglo de distancia?
EGA: En estos días, leyendo la gran biografía de Simón Bolívar, del historiador inglés John Lynch, especialista en las revoluciones de la independencia del siglo XIX, percibí con claridad que aún estamos inmersos en los ecos de aquellos acontecimientos. Hoy podemos estar rodeados de nuevas tecnologías, televisión por cable, celulares, internet, aviones, automóviles y rascacielos, pero América Latina sigue igual a nivel social: dividida entre unos cuantos ricos políticos corruptos, y una mayoría de miserables ante una masa expectante.
También sigue siendo el rentable botín de los poderes mundiales. A nivel geopolítico, éstos antes eran Inglaterra y España, después la extinta Unión Soviética y Estados Unidos; ahora y en adelante los bandos serán un Estados Unidos menguante, una Europa en crisis y en vías de subdesarrollo, la ambiciosa China y otras potencias emergentes asiáticas. Y los movimientos contestatarios y las fuerzas de reacción a ellos siguen actuando según intereses exteriores. Bolívar y su gente eran agentes del Imperio Británico interesado en capturar los fenomenales mercados hispanoamericanos. El Libertador estaba rodeado en sus campañas por un ejército cercano de militares y soldados británicos que eran mucho más de su confianza que los militares, soldados y llaneros locales. La celebración del Bicentenario de la Independencia bolivariana siguió con el mito convencional, arcaico, decimonónico, acrítico. Nadie recordó que Bolívar fue el gran agente de los intereses británicos, una ficha en el ajedrez mundial colonial.
Ahora nos sentamos a revisar las consecuencias de la Revolución Mexicana y su concreción en los gobiernos que llevaron a la formación y fundación del legendario PRI, que sigue vivo y coleando. Personajes como Obregón, Calles, Cárdenas, entre otros, son inolvidables personificaciones de la mutación de la asonada en gobierno.


REVOLUCIÓN CULTURAL MEXICANA
VFG: ¿Cómo se reflejó en los movimientos políticos y culturales latinoamericanos ese fenómeno social mexicano?
EGA: Es curioso cómo, en los tiempos de Zapata y Villa, muchos intelectuales contrarrevolucionarios consideraban que los rebeldes le hacían el juego al imperio yanqui de entonces. Los huertistas, los porfiristas nostálgicos y los adeptos del general Bernardo Reyes —padre del escritor Alfonso Reyes— veían en las hordas revolucionarias la mano negra del Uncle Sam, cuya infancia se remonta al Nueva York de la guerra de 1812. Pero la Revolución Mexicana es un acontecimiento extraordinario, fascinante, necesario, tras el cual el país forjó su originalidad en el siglo XX y le dio a México rango de gran nación con voz en la arena mundial al lado de Rusia tras la revolución de los soviets en 1917. Los grandes cronistas, como John Reed y otros más, siguieron paso a paso ese gran acontecimiento. México fue otro después de la Revolución y su ejemplo cundió por Centro y Sudamérica en aquellas décadas de los años veinte y treinta, cuando Estados Unidos actuaba con absoluta desvergüenza al subir y bajar dictadores según sus intereses. Así fue como toda América Latina asumió que México era su hermano mayor, el país más original y más osado. La labor de intelectuales como José Vasconcelos y la fundación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) fueron una verdadera revolución cultural que se proyectó en todo el continente. LA UNAM ha sido refugio para miles de exiliados perseguidos por las dictaduras latinoamericanas. El soplo cultural mexicano, el culto al libro y a los clásicos contribuyó a dar voz a nuestro continente, desafiando al fin a las patrias bobas y al caudillismo primitivo que reinó después de la Independencia. En esa tarea el papel del Fondo de Cultura Económica (FCE) es extraordinario. Esa editorial es la reina de las editoriales latinoamericanas. De su catálogo se han nutrido todos los pensadores, investigadores y estudiosos del continente a lo largo de más de medio siglo, así como también una pléyade de exiliados latinoamericanos y españoles expulsados por la Guerra Civil y el franquismo, aunados a grandes autores mexicanos. Todo eso fue el fruto de la Revolución Mexicana.

VFG: ¿Cuáles fueron las reminiscencias —y distorsiones— sobre la Revolución Mexicana que perduraron en el imaginario popular en Latinoamérica hasta las últimas décadas de violencia social del siglo XX?
EGA: En la música ranchera, en el cine, en la literatura, la memoria de Emiliano Zapata y Pancho Villa sigue viva, especialmente en las provincias y en los pueblos remotos y solitarios de América Latina. En estos momentos, en recorridos por Colombia, he visto que en algunas casas de maestros o sindicalistas, o en cantinas populares, hay en las paredes fotos amarillentas de Zapata o de Villa, y destaca en especial la foto en que están sentados en la silla presidencial, en el Palacio Nacional. También la emblemática de La Soldadera de rostro indígena colgando de un tren. De hecho, en Colombia circula la leyenda de que Villa era colombiano, pues al llamarse Doroteo Arango y por el hecho de que Arango es un apellido emblemático de la región cafetera donde nací, se cree que es descendiente de colombianos y se sienten orgullosos de eso.
Esos personajes representan la rebeldía, la dignidad, la valentía varonil de los pobres en todo su esplendor. Y la verdad es que en las regiones más atrasadas de estos países la situación es parecida a la de los miserables campesinos e indios que engrosaron las filas de los ejércitos de esos dos héroes. Los tiempos de la Revolución Mexicana siguen vivos en casi todos los países del continente, incluso en los que están gobernados por la izquierda o su imaginario actual.

VFG: ¿Crees que la dimensión épica de las figuras emblemáticas, como Villa y Zapata, pudo desconectarse del perfil autoritario del régimen político que surgió de la Revolución Mexicana?
EGA: No creo. México, casi como ningún otro país, desde los tiempos de Vasconcelos y los pintores muralistas, vive gobernado a punta de mitos y leyendas patrias. La máquina educativa e intelectual es una original maquinaria que moldea las mentes de los mexicanos con la imaginería de los héroes de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Es el único país latinoamericano que da miles de becas a los escritores e intelectuales, una derrama extraordinaria de dineros a la nomenclatura literaria en cada generación universitaria e intelectual, para alimentar la mitología patria. Es curioso lo poco críticos que han sido y son los grandes intelectuales mexicanos, salvo excepciones, con respecto a su historia y la de sus caudillos culturales. Es un santoral republicano verdaderamente fenomenal. Tal vez en eso se asemeja a Francia, a sus héroes retóricos y grandilocuentes y a su épica Marsellesa. Villa y Zapata gobiernan en México como cadáveres embalsamados que van a la batalla, semejantes al Mio Cid. Y detrás de ellos cada caudillo cultural es un santo. Todos los escritores e intelectuales mexicanos sueñan con entrar al santoral patriótico. Por eso son a veces tan grises y formales, parecidos a “burócratas de funeraria”, como decía el escritor guatemalteco-mexicano Luis Cardoza y Aragón refiriéndose a un personaje de la época de entreguerras. Por eso uno mira con nostalgia los años de solidificación de la revolución cultural mexicana, de la mano de Vasconcelos primero, y del FCE y la UNAM después. En las últimas décadas caóticas ese soplo magnífico se ha burocratizado en manos de intelectuales cautivos y domesticados por el poder.
VFG: Al final de la primera década del siglo XXI, cuando una democracia muy imperfecta —y no “dictadura perfecta”— prevalece como régimen político en México, ¿qué queda de un siglo de relatos históricos y literarios sobre la violencia social en Latinoamérica?
EGA: Queda para la historia una gran literatura sobre los conflictos latinoamericanos, en especial antes y después del boom de la literatura latinoamericana. Todos abordaron el tema del dictador y del rebelde. Esto tuvo su génesis en aquel México: de nuevo Vasconcelos, con sus memorias inauguradas con Ulises Criollo, Martín Luis Guzmán con El águila y la serpiente, Juan Rulfo y sus clásicos sobre el mundo agrario mexicano, así como José Revueltas y otros autores, hicieron que la tradición de la literatura social siguiera viva en México. En Venezuela lo hizo Rómulo Gallegos; en Perú, José María Arguedas; en Colombia, José Eustasio Rivera con La vorágine, que comienza diciendo: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Varios de estos autores hicieron obras clásicas sobre la violencia y el trópico. La realidad está ahí y seguirá generando literatura.


RETROCESO INTELECTUAL
VFG: La manía oficial y ritual por las celebraciones de los 200 años de la Independencia de España, los 100 de la Revolución Mexicana, los 50 de la Revolución Cubana, contrasta con el pesimismo en la literatura que tu generación produce. ¿Es el desencanto y el rechazo a la épica histórica la marca de la literatura latinoamericana actual?
EGA: En mi caso es así, mas no en el de los mercaderes de best-sellers con temas patrios. Las celebraciones del Bicentenario estuvieron caracterizadas por reforzar la imaginería clásica de los héroes y las leyendas ahistóricas agenciadas por la educación patriótica del siglo XIX. Esos héroes, grandes asesinos o inmensos ignorantes, o personas deleznables de doble faz, siguen siendo vistos de manera teatral para uso de las mentalidades infantiles de una población semianalfabeta. En cada país se dio dinero a los escritores oficiales para hacer eventos, publicar libros o hacer volar globos, como en Bogotá, a costos millonarios. Por supuesto, no se invita a los debates a los historiadores, sociólogos, antropólogos, teatreros, poetas, novelistas o ensayistas rebeldes, sino a los hacedores de best-sellers rápidos y de telenovelas. Han proliferado libros intonsos y mediocres sobre Bolívar, donde se cuenta lo que todos sabemos ya sin citar a nadie. Libros que llueven sobre mojado. Todos quieren escribir su Bolívar retórico y mentiroso, y lo mismo ocurre con Pancho Villa y Zapata. Pero eso sí, los historiadores serios nunca son invitados.
Hemos retrocedido incluso con relación al nivel intelectual de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado, cuando había una intelectualidad que debatía en todo el continente a un alto nivel. Ahora todos son vedettes literarias a las que sólo les interesa vender libros y no profundizar sobre el verdadero drama de nuestro continente.

VFG: La Revolución cubana pudo renovar ese impulso con epicentro en México y también terminó en decepción.
EGA: En cuanto a Cuba, su drama histórico y el fracaso de su Revolución ha hecho florecer una literatura de moda que llena las estanterías de libros en Europa. Ese país es gobernado por la dictadura de los hermanos Castro, la familia infalible que usurpó la palabra Revolución y atiende la isla con mano de hierro. A ellos les interesa más su megalomanía de caudillos latinoamericanos tiránicos que la miseria, el atraso y la falta de libertad que hay en las calles. Nadie puede negar que Fidel Castro forma parte de los muebles de la historia latinoamericana; pero es y ha sido un tirano ciego a la realidad de su país. Es el dueño de millones de cubanos, de igual manera que los gamonales en el resto del continente son dueños de sus siervos de gleba. Hay poco que celebrar tanto en los 60 años de la Revolución Cubana, como en los 100 de la Revolución Mexicana y los 200 de la Independencia.

VFG: ¿Sobrevivirá la fascinación dogmática en los héroes en la literatura latinoamericana, o prevalecerán la desesperanza y el escepticismo?
EGA: En mi novela Bulevar de los héroes reflexiono sobre las diversas etapas del héroe en la literatura española y latinoamericana desde El Quijote en adelante. Está inspirada en un rebelde volteriano que hacía desde adentro la crítica del espejismo guerrillero y revolucionario que llevó a atrocidades a lo largo y ancho del continente. No entiendo el dogmatismo ingenuo de algunos autores mexicanos y latinoamericanos recientes del Crack y McOndo que, como avestruces, dicen que ya no hay nada que escribir sobre temas latinoamericanos, como si nuestra historia no se repitiera en permanencia. El debate es pobrísimo. Siente uno nostalgia de revistas como Mito de Colombia, Sur de Argentina, Vuelta de México y otras muchas donde el nivel era más alto, independiente, crítico, irreverente. Hay un neocolonialismo editorial en el que maquinarias como Planeta, Mondadori y Alfaguara están dictando a los latinoamericanos la lección como en los peores tiempos de la colonia. La verdadera inteligencia latinoamericana ha sido condenada al ostracismo.

viernes, 10 de diciembre de 2010

VARGAS LLOSA: EL TRANSEÚNTE DE SAINT GERMAIN DES PRÉS

Por Eduardo García Aguilar
Hace unas horas, cuando estaba en la barra de un café de Saint Germain de Prés tomando una cerveza Leff, cerca de mis librerías preferidas, vi cruzar la calle de frente, en este viernes primaveral, a Mario Vargas Llosa, una verdadera institución latinoamericana. Iba solo y cruzaba con lentitud el bulevard, muy elegante, con un soberbio saco azul claro y un pantalón beige, sin duda recién comprados para la temporada, impecable de pies a cabeza entre finísimas ropas de marca, pero sin corbata, y con un aura inconfundible de alegría, confort y plenitud. Traía el cabello blanco níveo que brillaba bajo el sol y cargaba una pesada bolsa roja llena de libros en la mano izquierda que lo hacía trastabillar. Caminaba con cierta torpeza, como suelen hacerlo los escritores que han pasado la vida sentados frente a la máquina y que de tanto estar en esa posición parecen cargar la historia de todas las sillas del mundo. Se le veía feliz en este fin de abril fresco y soleado, en que todos se agitan de felicidad ante la ida del invierno y la cercanía de la larga temporada veraniega.
Las chicas se deshacen de sus abrigos y salen con su ropas ligeras y ceñidas cada vez más sexys, perfumadas y coquetas, colgadas de sus celulares, y todos, jóvenes y viejos, se agitan en las calles mirando vitrinas con ilusión o hablando radiantes en los cafés, como si salieran al fin de la hibernación. ¿Como no venir a caminar un viernes 28 de abril entre calles y terrazas que vieron pasar a todas las generaciones literarias de Francia y el extranjero y de paso visitar las estanterías para ver las novedades?
Vargas Llosa se veía en su hábitat perfecto al detenerse un momento a respirar el aire perfumado de flores recientes y retoños de hojas, en esa esquina que frecuenta desde 1958, cuando a los 21 años ya estaba en Paris buscando entrevistarse con Jean Paul Sartre y Albert Camus, los Premio Nobel franceses de moda en aquellos lejanos tiempos de mediados del siglo XX. Aquí, salvo algún profesor francés muy informado, un estudiante o turista latinoamericano, nadie lo reconoce en la calle y puede caminar tranquilo como en sus viejos tiempos, pero convertido ya en un venerable y sólido anciano mucho más que próspero, cubierto por todas las condecoraciones, los elogios y los honores posibles.
De repente me di cuenta, al verlo cruzar rumbo al café de Flore, frente a la iglesia casi milenaria de Saint Germain, en la pequeña plaza Beauvoir-Sartre, que el autor de La ciudad y los perros, La casa verde y Pantaleón y las visitadoras tiene ya 70 años de edad. Que ese eterno joven nacido en 1936 que nutrió de historias y de éxitos a varias generaciones y siempre estuvo en la primera plana de los debates, cruzaba la séptima década por las calles del barrio latino, no lejos de su casa del Jardin de Luxemburgo, que es, según dicen, uno de sus refugios secretos para huir de la celebridad en España, donde los diarios sacan su foto día a día y cada semana se informa que recibió un nuevo premio de 50.000 dólares en Berlín, Jerusalén, Londres, Cali, Buenos Aires o Nueva York, o un doctorado honoris causa en Tasmania o Yakutia. Todo eso lo merece, pues ha sido el más aplicado de los autores del boom : excelente novelista, muy ameno para todos, ensayista de rigor, experto en Flaubert o las novelas de caballería, articulista y panfletario de miedo, siempre hace la tarea como se debe sin ninguna falla, sin importar las horas que le tome el trabajo.
Vargas Llosa es una verdadera institución en Francia, y los franceses y su mayor editorial, la prestigiosa y altiva Gallimard, lo quieren y lo miman incluso más que a los suyos. Termino la cerveza pensando en todas esas cosas, como en la primera vez que lo vi en el Festival de Teatro de Manizales a inicios de los años 70 del siglo pasado, cuando unos maoístas lo atacaron con vociferaciones en la Universidad y tuvo que ser defendido por un jovencísimo Juan Gustavo Cobo Borda o en un coctel del congreso internacional del PEN club en 2003 en el palacio de Bellas Artes de México, en medio de una muchedumbre de señoras ricas que le sonreían a él, tan fatigado y harto por los viajes.
Vargas Llosa, al que todos los adolescentes queríamos imitar y seguir ; el mismo que le pegó trompadas a García Márquez en México, terminando con una amistad apasionada y condenando al ostracismo el mamotreto de su tesis sobre el colombiano, llamada Historia de un Deicidio. En todo eso pensaba y al terminar la Leff me dirigí por la misma ruta hasta la librería.
Allí, en el lugar de las novedades, Gallimard expone un libro que acaba de salir en honor de su 70 cumpleaños y los 40 de haber publicado en francés La Ciudad y los Perros. En el prólogo, Antoine Gallimard celebra la frescura de sus siete décadas y dice que esa casa editorial no podía dejar pasar la fecha, por lo que el volumen está lleno de fotos de la infancia, adolescencia y juventud de este hombre que ama y es amado por Francia.
El peruano, el inca, el muchacho que en los 60 trabajaba en la Agence France Presse y abordaba con timidez a Albert Camus a la salida de un teatro. Un gran escritor, una leyenda que ha vivido por y para la literatura e incluso se ha dado el lujo de querer ser presidente y fracasar, por fortuna, en el intento.

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* Reproducido en Homenaje a Mario Vargas Llosa el día de su Nobel, después de casi 60 años de teclear.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

EN LA CASA MOSCOVITA DE LEON TOLSTOI


Por Eduardo García Aguilar

(Con motivo del centenario de la muerte del gran ruso en noviembre de 1910)

A sus 86 años de edad la señora Valentina Ievguenievna respira con dificultad, sentada en un banco junto a la mesa del comedor de la planta alta, en la casa moscovita de León Tolstoi. Uno diría que el viejo maestro acaba de salir a cortar leña en el amplio patio y está a punto de regresar de un momento para otro. La anciana guía que trabaja en esta casa desde hace 30 años y gana un salario modestísimo de 3.000 rublos se levanta y arrastrándose sobre sus babuchas se acerca al piano donde se apoyaba Chaliapin para cantar.
Comienza a explicar cómo se salvó a los treinta años el autor de Resurrección de ser devorado por una osa cuya bella piel café yace al lado del instrumento con su rostro agresivo, el hocico abierto y una mirada de animal malherido.Tolstoi se enfrentó a la bestia pero falló el primer tiro y cayó en sus garras, de las que pudo liberarse al dispararle por segunda vez. Días después unos cazadores dieron muerte al animal y al descubrir la bala comprobaron que era la osa que casi lo mata y le regalaron esa piel que ahora sigue intacta en el salón de recepciones de la planta alta donde solían recibir a los invitados y hacer fiestas y veladas aristócratas y gitanos, bohemios, revolucionarios y señoras de la alta sociedad.
Todo eso lo cuenta dona Valentina con lujo de detalles: que la vajilla era de Limoges, que a Sonia la mujer le gustaba la gente rica y a Tolstoi los pobres y los marginales, que cuando Chaliapin cantaba se apagaban las velas y temblaban los vidrios, que el maestro se enfurecía cuando perdía una partida de ajedrez, que sus hijas lo apoyaban en sus generosos propósitos y su esposa y sus hijos hombres cuidaban el patrimonio que él quería regalar a los pobres. El salón de arriba tiene los cuadros, muebles y adornos originales que pudieron conservarse dado que el museo en honor del gran novelista fue creado poco después de su muerte por iniciativa de su mujer y los hijos.
Uno se imagina las fiestas y las tertulias celebradas allí, en uno de los lugares donde por décadas alrededor del patriarca se reunía el mundo artístico e intelectual de Moscú. Más allá está la elegante sala alfombrada y llena de cuadros y muebles lujosos de la matrona Sonia y al fondo el cuarto de huéspedes. Y tras seguir por un corredor uno se topa con los cuartos de la hijas, la ropa antigua de las mujeres de la casa, la bicicleta Rover que el maestro conducía por Moscú, las amplias columnatas cubiertas de azulejos de la calefacción de madera, las habitaciones de los domésticos, mientras afuera caen poco a poco las hojas ocres del otoño. Y en una esquina de la casa aparece de repente el delicioso estudio de techo bajo donde escribió sin cesar el escritor entre candelabros y mullidos sofás de cuero negro, lugar en que pasaba la mayor parte de su tiempo la conciencia nacional y el autor más sagrado, querido y admirado por los rusos. En un armario se ven las amplias camisas de algodón, las botas negras y los instrumentos de zapatería que usaba el aristócrata rebelde para jugar a ser zapatero remendón.
Al bajar las escalinatas hacia la planta baja, otra anciana salida de una novela de comienzos de siglo XX con un viejo gorro de astrakán reemplaza a Valentina Ievguenievna y explica con lujo de detalles la enfermedad de Vania, el último adorado hijo de Tolstoi, muerto niño a causa de la escarlatina y cuyos cuadernos, lápices, dibujos, juguetes y otros objetos están muy bien conservados en una habitación dedicada especialmente al que según la leyenda parecía llamado a ser el heredero espiritual de su anciano progenitor. También se ve el comedor familiar, un oso embalsamado en cuyas manos luce una pequeña tabla redonda donde los invitados dejaban sus cartas de visita, y, colgado como si hubiera llegado ya el maestro, el enorme e inconfundible abrigo negro de piel.
Tolstoi nació en Yasnaia Poliana en 1828 y murió en Astapovo en 1910 a causa de una neumonía que contrajo al escapar de casa y caminar solo entre la lluvia y el hielo. De él nos ha quedado esa imagen de abuelo eterno de luengas barbas blancas y ojos de cegatona opacidad. Es el arquetipo decimonónico del escritor nacional que todo prospecto de literato trata de emular desde la adolescencia y el ejemplo más nítido de lo que es la gloria literaria, cuando un hombre encarna a una gran nación y en este caso a Rusia, la patria de Iván el Terrible y Pedro el Grande, del fabuloso Kremlin de rojas murallas y doradas cúpulas ortodoxas.
Ahora que por primera vez en la vida y después de muchos sueños piso por fin la casa moscovita del admirado genio, una sensación de gran familiaridad nos invade. Es como si toda esa historia tantas veces leída se hubiera concretado y él fuera un viejo abuelo cascarrabias y tierno que recibe a un lejano nieto y lo invita a recorrer por el patio cubierto de hojas otoñales. Tolstoi está ahí y palpita entre nosotros casi cien años después de su muerte. Se pueden escuchar sus risas, sus palabras roncas, la tos seca de invierno, el crepitar de las chimeneas, mientras las abuelas que reinan en esta casa y cuidan los floreros y limpian los muebles, nos cuentan con minucia su vida cotidiana y el largo crepúsculo que lo fue envolviendo hasta la eternidad de la gloria.
Ya pronto la nieve cubrirá esta tosca y enorme casona de madera y el patio donde él jugaba con los nietos y los perros y partía con hacha la madera para las calderas de la calefacción. No lejos de ahí, por la calle Nueva Arbat o la imponente Treviskaia despunta la nueva Rusia de avisos y pantallas luminosas y tiendas de lujo, mientras las limusinas y los autos de lujo de mafiosos y nuevos oligarcas se pavonean orondos con sus chicas de oropel y los rascacielos rompen el nuevo paisaje futurista de la capital de un rico imperio dispuesto a seguir siendo protagónico en el mundo.

lunes, 6 de diciembre de 2010

LA GRAN ESTAFA LITERARIA MUNDIAL


Por Eduardo García Aguilar (Excélsior. México.29-Dic-2008)

Los viejos escritores latinoamericanos encorvados por las medallas y los doctorados honoris causa, deberían lealtad al autor adolescente que alguna vez fueron si tuvieron la fortuna de la precocidad, y no convertirse en presos y cómplices de la nueva industria editorial estafadora que domina en el mundo.

Antes de que la literatura se convirtiera hace medio siglo en una industria multinacional rentable y los escritores en empleadillos sin sueldo de las grandes multinacionales editoras, el ejercicio de la palabra estaba relacionado con la utopía y las ilusiones caballerescas y quienes se dedicaban a ella lo hacían empujados por una extraña pulsión de la que estaba exenta la ambición del dinero, el poder o la fama televisiva.

Dentro del imaginario del escritor adolescente de todos los tiempos estaban presentes autores muchas veces suicidas, marginales o castigados por la sociedad que como Gerard de Nerval, Arthur Rimbaud, Oscar Wilde, Franz Kafka, Porfirio Barba Jacob, Malcolm Lowry o César Vallejo mostraban a los seducidos por la poesía que el camino escogido era el más difícil posible, pues hasta la más humilde profesión es remunerada mientras la literatura en general y la poesía en particular eran seguros caminos hacia la pobreza, la indiferencia y la burla de los contemporáneos.

Salvo los escritores afortunados o los que hacían carreras políticas o diplomáticas al servicio de tiranos, la mayoría vivía una vida de privaciones que poco a poco los sumían en la desesperación, la marginalidad y la penuria, por lo que sus vidas semejaban a las de los mártires de los santorales religiosos. Muchos hemos conocido a ese tipo de escritor maldito que con modestia se dirige encorvado por las noches a su perdida vivienda a encontrarse con los libros que ama y a ser feliz viajando por el mundo y el tiempo como el más derrochador millonario. Pienso en grandes autores sabios como Paul Verlaine, Yasunari Kawabata, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o Nagib Mafhuz.

Ese hombre viaja por las civilizaciones y visita los lugares más exóticos mientras devora volúmenes con sus ojos enrojecidos de pasión y su quijotesco estómago vacío. En estos tiempos en que son premiados con recompensas millonarias narcos, prostitutas, violentos, torturadores, delatores, criminales, arribistas, ignorantes y políticos venales, la literatura sigue siendo marginal, pero amplios sectores de la misma han emprendido el camino de la corrupción al servicio del poder y el dinero.

Muchos autores exitosos, analfabetas que ni siquiera escriben sus libros, se ufanan como estrellas en las Ferias del Libro de una industria editorial corrompida, mientras son expulsados de ellas y rayados de las listas de invitados los verdaderos escritores. Por medio de la propaganda editorial vehiculada por los medios masivos a los que pertenecen las casas editoras españolas que dominan en América Latina, se inventan genios de las letras, pensadores descerebrados, narradores que no han hecho jamás sus primeras letras, mientras grupos de modestos editores o ghost writers se encargan de escribir y armar los libros que serán los éxitos de la temporada y el centro de las ferias del libro.

Además se ha puesto de moda el escándalo y el exhibicionismo ramplones y suben a la fama los autores que más se destapan, insultan, cuentan intimidades de sus familiares, escritorzuelos que parecen escribir sermones imprecatorios llenos de insultos baratos y escatológicos e ideas de pacotilla para gusto de un consumidor nacional aferrado a sus manías y ridiculeces ancestrales de tribu.

Desterrados quedan los grandes autores, los libros escritos por personas que han dedicado su vida a estudiar y pensar con rigor y a cambio nos venden siempre literatura de cuarto nivel cercana a los libros de autoayuda o a los panfletos iluminados de las sectas empresariales. Esa es la literatura que hoy circula en ferias, escuelas y bibliotecas y se enseña en las universidades de América Latina y que las avorazadas editoriales españolas y sus empleados venden risueños mientras hacen sonar sus infectas cajas registradoras.

El libro de temporada se vende como producto de supermercado y con fajillas coloridas que por lo regular mienten, quieren hacernos creer que el nuevo autor es siempre el genio sucesor del patriarca de turno y así cada temporada descubrimos a uno o dos genios nacionales que se inflan, porque lo patético del marketing es que la mentira no sólo la cree el estafado comprador, sino el supuesto autor que del semianalfabetismo premiado pasa a creerse, en un abrir y cerrar de ojos, el nuevo Homero, Conrad, Faulkner o Hemingway de turno.

El escritor y el lector adolescente es por fortuna mucho más rebelde y lúcido y sabe calibrar entre la oferta lo que sólo es engaño publicitario. La gran literatura abre caminos, viaja por senderos desconocidos y no por caminos trillados, molesta antes que ofrecer un producto que alimente las ideas fanáticas del momento.

Por eso el lector adolescente es el que puede rebelarse contra la estulticia ambiente manipulada desde los centros de pilotaje de las editoriales multinacionales de hoy en el mundo y en particular las españolas que deciden entre eructos de chorizo el grado de genialidad de la literatura en sus súbditas colonias. España, como decía el cruel pacificador gachupín Pablo Morillo al pobre sabio neogranadino Caldas antes de fusilarlo, “no necesita de sabios”.

Entonces que los estafadores españoles se regresen con sus Pérez Reverte y sus genios coloniales hechos al vapor cada año y nos dejen a los latinoamericanos seguir la herencia de Rubén Darío, Huidobro, Vallejo, Neruda, Felisberto Hernández, Borges, Rulfo, Carpentier, Lezama, García Márquez, Cortázar, Onetti y Paz, entre otros muchos. No necesitamos que las editoriales españolas nos fabriquen con mañas de tenderos nuestros geniecillos dominicales en sus oficinas de Madrid o Barcelona. Que se vayan con su corrupto e infame negocio a otra parte.

sábado, 4 de diciembre de 2010

FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE QUITO


Por Eduardo García Aguilar

La Feria Internacional del libro de Quito, que se llevó a cabo del 19 al 27 de noviembre en la capital ecuatoriana, es un ejemplo de las nuevas tendencias humanistas en materia del libro, pues lejos de la comercialización y estupidización rampantes que reinan en otras ferias, como las de Guadalajara y Frankfurt, aquí la literatura, la lectura, la poesía y la narrativa no comercial están en el centro del debate, en el marco de los esfuerzos por la descolonización cultural latinoamericana.

En un caluroso acto en el Centro Cultural Itchimbía, en un antiguo y enorme quiosco rodeado por carpas destinadas a proteger al multitudinario público de la lluvia, en una colina desde donde se ve la ciudad, el cantante Piero inauguró la feria con un concierto en que las nuevas generaciones mostraron que conocían las canciones de protesta con las que el cantautor sedujo en su tiempo a varias generaciones de rebeldes o inconformes latinoamericanos.

La ministra de Cultura de Ecuador en su discurso inaugural destacó la importancia de que el continente siga en esta corriente nueva de descolonización cultural para vencer el espíritu de servidumbre a que el continente fue llevado en décadas pasadas de la mano de las tendencias extremistas neoliberales, encabezadas por líderes políticos como el Nobel y ex candidato presidencial Mario Vargas LLosa.

El libro ha sido convertido en una mercancía de la peor laya y los escritores latinoamericanos fueron convertidos en empleadillos de las editoriales multinacionales españolas, obligándolos a escribir a destajo libros de escándalo o de fácil lectura, con temas a veces dictados desde las oficinas según las tendencias del marketing.

En su tiempo América Latina fue una potencia editorial independiente con grandes editoriales de prestigio como Sur, Emecé, Suramericana y Losada, en Argentina, Ercilla en Chile, Monte Avila en Venezuela, Tercer Mundo, Mito y Eco en Colombia y por supuesto con la mayor de todas, que aún subsiste independiente, la mexicana Fondo de Cultura Económica.

Ahora las multinacionales españolas han copado todo el terreno literario, empobreciendo el nivel general, dividiendo a los escritores, creando dioses de barro literario y poniéndolos en una absurda competencia de arribistas a ver cual es el que más vende o se muestra más en el terreno del espectáculo y de la farándula con sus mediocres producciones literarias escritas al vapor.

Y lo peor es que muchas de esas estrellas fáciles se han creído el cuento y están convencidos de ser las grandes luminarias de la literatura latinoamericana, cuando sólo son productos desechables nombrados por los "pacificadores" literarios españoles, los actuales Pablo Morillo o virreyes Sámano de la edición.

Los organizadores de los encuentros literarios de la Feria Internacional de Quito, Antonio Correa y Guido Tamayo, han logrado hacer una programación donde los autores ecuatorianos de todas las regiones comparten con invitados extranjeros, en un espíritu de conversación y coloquio ajeno a los falsos estrellatos agenciados en otras ferias literarias por los policías del marketing literario español.

Desde el bello quiosco antiguo de Itchimbía, con vista a esa ciudad todavía humana, que no ha sido totalmente devorada por el dios automóvil, los invitados ecuatorianos, peruanos, mexicanos centroamericanos, bolivianos, argentinos, venezolanos y colombianos pasamos días felices en ese ambiente librero humanista, sin emulaciones vanas, que las autoridades nacionales de Ecuador y de la región de Pichincha han tenido a bien apoyar con entusiasmo.

La Feria Internacional del Libro de Quito debe ser un ejemplo para las otras ferias libreras internacionales latinoamericanas que han sido colonizadas totalmente por los virreyes españoles de la edición, que vienen a elegir a dedo el canon literario contemporáneo del continente con el apoyo de sus sumisos esbrirros los best sellers locales, hinchados de vanidad, arribismo y banalidad.

Aquí en Ecuador no había culto a la personalidad para los escritores presentes, ni grandes afiches, ni autores rodeados de una corte de admiradores tarados y acríticos. Había seres humanos que escriben y leen, no productos y compradores. Y esta fue la lección de la Feria Internacional del Libro de Quito: los autores latinoamericanos debemos encabezar ese espíritu descolonizador y rebelarnos ya contra las imposiciones de los comerciantes que desde España creen haber vuelto a los tiempos de antes de la Independencia. O sea volver a los tiempos de Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Octavio Paz, Julio Cortázar, José María Arguedas, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Salvador Garmendia, Salvador Elizondo, Juan García Ponce y José Lezama Lima, entre otros grandes, que no recibían órdenes de ricos editores españoles.

Ya basta de la dictatorial Carmen Balcells, los Lara de Planeta, cuyos premios todos sabemos son trampas corruptas, los Polanco de Prisa y Alfaguara que pueden convertir en best-seller hasta a una vaca, y también Jorge Herralde (quien unge a dedo arbitrariamente y en su oficina a los autores de las colonias de ultramar). Todos ellos han vuelto la literatura latinoamericana y española contemporánea una feria de vanidades y una vil competencia de tenderos y títeres manipulados desde sus escenarios trucados.

lunes, 29 de noviembre de 2010

LA CASA SILVA SIN LUZ NI "CANELAZO"

Por Eduardo García Aguilar

Este jueves por la noche, en pleno noviembre, la Casa de Poesía Silva se quedó sin luz y volvimos a los viejos tiempos en que la muy española Santa Fe de Bogotá era una aldea perdida en los Andes, helada y casi endogámica, que permanecía ajena a los acontecimientos del mundo, aunque desde ahí se gobernaba a todo el país con lentitud de paquidermo. 
 
El homenaje al poeta piedracielista Arturo Camacho Ramírez reunió a ancianísimas personas de la llamada alta sociedad bogotana, aún sobrevivientes de esos viejos tiempos en que Bogotá, en pleno siglo XX, seguía siendo una aldea de "cachacos" que miraban desde arriba a los habitantes de las lejanas provincias y a los "patojos" de alpargatas y ruana que se aferraban a las faldas de lo que hoy llamamos la Vieja Candelaria. 
 
Por fortuna la vieja Santa Fe de Bogotá de los tiempos del poeta José Asunción Silva, Miguel Antonio Caro y los hermanos Cuervo está aún viva y se ha conservado en el tiempo, por lo que uno celebra que todavía esté en pie la Casa de Poesía Silva con esas fotos amarillentas en las paredes que dan un aire de familia a la historia de la poesía colombiana, una poesía siempre tímida, autárquica, retórica, ajena a las corrientes del mundo, a los aires de la modernidad y a la liberación mundial de la palabra, lejos de los acartonamientos, el almidón y la polilla. 
 
Cuando uno camina por esos corredores fríos y ve las baldosas que fabricaba el malogrado poeta imitador de los simbolistas franceses y mira las fotos de los piedracielistas que medio siglo después de él reinaron en Colombia, encabezados por su líder Jorge Rojas, o las estampas del tímido Aurelio Arturo, un pastuso que milagrosamente se coló en el parnaso bogotano, o las de Gonzalo Arango, el rebelde nadaísta antioqueño o las del loco cartagenero Raúl Gomez Jattin, uno se prepara para ser tolerante respecto a ese mundo que sólo en Colombia sobrevive: el amor por la poesía engolada, la paciencia para oír los largos discursos o recitales poéticos, como en Medellín, donde miles de personas bajo la lluvia acuden tal vez con hambre a aplaudir a los bardos del mundo. 
 
Ahora que toda Colombia está bajo las aguas y no cesa de llover en el territorio cubierto por capas sucesivas de frías nubes negras, incluso en lugares tradicionalmente calientes como las costas o las cuencas de los ríos, sentimos de repente que la vida ha cambiado poco y que escondida en la indiferencia está la pobreza nacional medrando en todas partes. Y que finalmente Colombia es una aldea. 
 
Desde la Santa Fe Gramática unas cuantas familias blancas aristocráticas, aliadas con curas y militares mandaban el país, indiferentes a las lejanas provincias, pero entusiasmadas por la poesía y el latín. 
 
Al ver a tantos señores bogotanos encabezados por el ex presidente Ernesto Samper y el patriarca Álvaro Castaño, fundador milagroso de la HJCK y, de repente en el público, juntos, al increíble Otto Morales Benítez y al ex candidato presidencial del Polo Democrático Carlos Gaviria, uno se identifica con todo ese mundo que nos parecía ido o sólo refugiado en las librerías de viejo. 
 
Son tales los horrores que ha vivido el país recientemente a manos de los emergentes y es tal la intolerancia de los cavernarios en Colombia de los tiempos Laureano y Urdaneta, que los liberales presentes en el homenaje a Arturo Camacho Ramírez nos parecieron algo tiernos en un mundo donde la poesía ha sido desterrada definitivamente por el dinero rápido, el arribismo, la implacable ley de la muerte, o por la competencia encarnizada entre los best-sellers nacionales de nuestra época. 
 
Y curiosamente no había luz en la casona, por lo que todos los preparativos de don Álvaro Castaño se fueron al traste y Pedro Alejo Gómez, el hijo del escritor Pedro Gómez Valderrama, se veía a gatas para alumbrar las hojas que leían los concelebrantes mientras titilaban las lámparas colgadas, mecidas por un viento de hielo. 
 
Los corredores estaban llenos de velas en los materos y todos caminábamos como fantasmas cargando cada uno su vela, cruzándonos con los espectros de Silva, Rafael Pombo y Miguel Antonio Caro. De repente apareció Tachia Quintana, la ya entronizada novia española de juventud de nuestro Gabriel García Márquez, una mujer que a su edad tiene una energía desbordante y no se quería perder un solo minuto del homenaje. 
 
Y mientras la gente reía por los incesantes chistes y ocurrencias del ex presidente Samper, veíamos a una bella señora elegantísima en silla de ruedas que tomaba fotos del panel con su Blackberry, y a su lado sus hijos, nietos, bisnietos y demás descendientes de Camacho Ramírez. 

Y todo quedó en familia: Don Álvaro Castaño nos cuenta que el poeta era su cuñado y que él ingresó a la cultura porque su padre el general Castaño le encargó cuidar a los novios cuando tenía 16 años y así pudo ser testigo de las visitas de Pablo Neruda a Bogotá en los años 40 y de la bohemia bogotana en tiempos del piedracielismo, cuando todo Bogotá se acababa en Chapinero, el joven Álvaro Mutis jugaba billar y muchos vivían en las viejas casonas del centro o en los nuevos edificios art-deco del progreso, antes de que mataran a Jorge Eliécer Gaitán. 
 
Y al concluir la velada literaria, en la penumbra, solo sobresalía la carcajada de Otto Morales Benitez al salir por la puerta hacia una Bogotá del pasado, y el "quedó bonito el acto, ala", de Ernesto Samper, quien conoció a Camacho y a los Camacho desde niño. Todos, pues, al fin nos convertimos, ala, en bogotanos. "Ala, la poesía sigue vive en Bogotá", dijo un asistente. Solo nos faltó el super rolo Crótatas Mochuelo y el famoso "canelazo" que ya no dan en la Casa Silva, porque ya no hay plata a fines del modernísimo año 2010. 
 

miércoles, 10 de noviembre de 2010

GERRA Y RUMBA EN TUMACO

Por Eduardo García Aguilar
Los militares están por todas partes en Tumaco, puerto pesquero del Pacífico sur colombiano, cerca de la frontera con Ecuador, donde antes vivió la civilización prehispánica de los Tumacos (700 ac-1500 dc), que tendría probablemente sus orígenes lejanos en la cultura Olmeca mexicana. San Andrés Tumaco es habitado desde hace medio milenio por una mayoritaria población afrodescendiente que con serenidad y alegría se enfrenta a un conflicto entre guerrilleros, narcotraficantes, ejército, y paramilitares de las sanguinarias Aguilas Negras y Los Rastrojos.
Un enérgico y musculado gorila colombiano ingresa a la cafetería del aeropuerto custodiado por tres soldados que esgrimen armas mirando a uno y otro lado, mientras el militar conversa con su novia y la mira maquillarse enamorado antes de subir al avión. Todos los militares y los mercenarios tienen bellas novias. Son atléticos, ágiles, seguros, corteses. Son los nuevos dioses de una sociedad en guerra permanente, en una zona marítima llena de esteros y manglares de donde salen los cargamentos de cocaína hacia otros lugares del mundo. Estamos en el reino de los Rambos. Dentro de una película de Hollywood. Palpamos la nueva fiebre del oro. Pululan los negocios de compra y venta de oro y joyas.
Por todas partes hay avisos ofreciendo “magníficas recompensas” a quienes denuncien a “narcotraficantes y terroristas”. Pero la música del reguetón, el currulao, el merengue y la salsa sigue sonando desde los altavoces. En el mesón de don Chucho Ricaurte todo el día suena la salsa. Y a las múltiples escuelas acuden miles y miles de estudiantes orientados por los valerosos maestros, reyes del bien en Tumaco y guías de la sociedad en medio de esta guerra sin fin.
Los militares colombianos y estadounidenses , que tienen una enorme base naval en la costa en el marco de la lucha contra “el narcotráfico y el terrorismo” del Plan Colombia son los reyes de la ciudad y las bellas muchachas los admiran y los sueñan mientras van y vienen los helicópteros y los aviones que fumigan para exterminar el cultivo de hoja de coca, devastando el campo y obligando a los campesinos a desplazarse en la miseria hacia otros lugares. Por los ríos que cruzan las veredas bajan con frecuencia cantidades de cadáveres.
“No me explico cómo es que hay tantos muertos aquí si esto está lleno de militares. No sé lo que hacen. Donde está pues la labor de inteligencia para prevenir”, dice una mujer, sugiriendo extrañas complicidades entre militares y paramilitares. Desde hace quince días reina una calma que sorprende a los habitantes del lugar. Los arreglos de cuentas en la calle, la acción implacable de los sicarios en las tabernas se ha detenido por un instante, pero todos saben que tarde o temprano se reanudará. La parca esta tomándose un corto respiro después de tanta matanza.
“Es impresionante la mirada de los asesinos cuando disparan sorpresivamente al lado de uno en un bar o en la calle”, dice un hombre. Una maestra cuenta cuando los guerrilleros llegaron a su pueblo de Barbacoas, no lejos de allí, en busca de supuestos “sapos” del ejército. Reunieron a toda la población en la plaza y mataron a cinco conocidas personas y a otras las conminaron a huir so pena de muerte. Alguien quiso ver a su amigo maestro recién fusilado, pero los guerrilleros se lo impidieron. “Váyase, es inútil, ya esta está muerto. Ahora el pueblo estará tranquilo. Ya han muerto los sapos”, dijo un dirigente guerrillero, relata la mujer.
Las motocicletas de alto y bajo cilindraje se suceden las calles agitadas de esta isla ciudad rodeada de barrios llenos de palafitos. Las calles centrales están tupidas de prósperos comercios de ropa, electrodomésticos, supermercados, bares, restaurantes Pico Rico, sitios de Dunkin Donuts, siempre llenos de gente. Hay sitios de internet, locales telefónicos , venta de minutos en celular. Todos usan celulares. Pobres y ricos. Chicos y grandes.
Hay abundancia, el dinero circula a manos llenas, la fiesta es permanente, pero a la vez reina la pobreza. Unos campesinos hacen cola en el Banco Agrario en espera que les den la ayuda mensual de unos de 25 dólares del programa Familias en Acción. Pero no ha llegado el dinero. Y gritan famélicos ante el paso de los forasteros: “¡Hay hambre en Tumaco!”.
Las espigadas muchachas de cuerpos sanos bronceados y prendas ceñidas cruzan coquetamente devoradas por la lascivia masculina. La alegría de los escolares suena por todas partes. La guerra no impide que vayan a la escuela, aunque a muchos tratan de reclutarlos los “paracos” o la guerrilla y debe huir para siempre. En un parque de donde salió el gran futbolista Wellington Ortiz, los chicos hacen deporte emulándolo y las chicas practican el baile currulao.
En la playa El Morro, cerca de la base naval, los retenes se suceden y en el Hotel Barranquilla soldados armados vigilan la tranquilidad de los enviados y asesores estadounidenses que se hospedan allí en ese pedazo de paraíso frente a la playa. El atardecer nublado deja entrever la rojizas franjas de sol crepuscular. Y el viento excepcionalmente frío a causa de los cambios climáticos provocados por el fenómeno de “la Niña” circula entre los bares playeros donde suena la estridente música tropical. Para llegar allí se pasa por un retén militar que vigila el este enorme complejo donde residen miles y miles de militares.
Reinan los militares, van y vienen los vehículos de Naciones Unidas y en los hoteles trabajan los predicadores del comercio, la microempresa y la política local. Pero nada es igual al oasis salsero de don Chucho Ricaurte. Mientras unos temibles “paracos” beben con estridencia y arrogancia y piden vallenatos, el viejo rumbero dice firme: ”No señores. Aquí sólo ponemos salsa. Prohibido el merengue y el vallenato”. Pero los asesinos están de buen humor. Terminan sus cervezas y se van.
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Publicado en el diario Excélsior de México. Domingo 7 de noviembre de 2010.

sábado, 30 de octubre de 2010

LA LIBRERIA MERlÍN EN BOGOTÁ

Por Eduardo García Aguilar

En pleno centro de Bogotá existe una librería de viejo que por la enormidad de sus estancias y las sorpresas que depara al bibliómano de literatura colombiana y universal, se ha convertido en sitio obligado de visita para quienes deambulan en busca de hallazgos y palpan en las estanterías las huellas del pasado y la vida impregnada en cada uno de los libros.

Porque los libros tienen vida e historia y a veces parecen mirar y pensar en su soledad y en su silencio, lejos de sus primeros dueños, pues estuvieron en múltiples manos atentas y fueron testigos desde el nochero o la estantería de muchos pedazos de existencia fugaz.

La librería Merlín está situada en la zona donde se concentran los pequeños negocios del mundo librero de ocasión en Bogotá, en la carrera octava con calle 15, no lejos del legendario Café Saint Moritz, que funciona intacto desde 1937, una década antes del Bogotazo que partió el siglo XX colombiano en dos y cambió el país para siempre.

Al sitio se accede por una puerta pequeña enrejada que no dice gran cosa, pero luego, ya adentro, se sube una escalera y se cruza un pequeño puente bajo una claraboya para pasar a las amplias estancias de un edificio de viejos apartamentos de tres pisos construido tal vez en los años treinta o cuarenta cuando la ciudad pasó de las mansiones coloniales a los edificios art-deco.

Con pisos de fina madera, paredes sólidas, puertas enormes y umbrales de la época, los apartamentos debieron albergar en su tiempo a una generación de burócratas, prósperos comerciantes o abogados de cuando el país parecía salir adelante y no vislumbraba los horrores y la violencia que surgiría después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, a unas cuadras de allí, cruzando la Avenida Jiménez.


Los socios de esta librería usan todos los pisos, uniendo los apartamentos de las dos alas del edificio, en cuyo interior hay muebles de la época, vitrinas, escaparates, sofás de cuero, objetos que llenaron espacios de una vida confortable, con sus amplios comedores, habitaciones y corredores que una vez estuvieron llenos de vida familiar y ahora albergan estanterías llenas de clásicos.

Toda ciudad que se respete debe tener una librería Merlín y en esta ocasión mientras visito los diversos espacios, y hablo con Célico, uno de los socios que estudió literatura en la Universidad Javeriana, me acuerdo de las librerías de viejo de la ciudad de México, situadas en la calle Donceles, del centro histórico, que concentran en una cuadra la mayor cantidad de libros de ocasión hispanoamericanos jamás conocida.

Como allí, en la librería Merlín van entrando poco a poco las bibliotecas de quienes amaron los libros en vida y que sus deudos deciden feriar por ser para ellos inútiles estorbos, o también entran las de quienes en la quiebra, el desempleo o la miseria no tienen más remedio que deshacerse de sus libros amados por alguna suma irrisoria que les permita comer unos días.

Por eso en cada libro hay una historia, pues muchos de ellos están dedicados o traen huellas del tiempo, como esa edición original de Canción de la vida profunda y otros poemas de Porfirio Barba Jacob, publicada en Manizales en 1937 por Juan Bautista Jaramillo Meza y que, algo deteriorada y con un feo forro de origen, yace en una vitrina al lado de otros incunables colombianos por el precio módico de 80.000 pesos.

En dos visitas rápidas vi ediciones originales de libros de Jorge y Eduardo Zalamea Borda, Luis López de Mesa, Baldomero Sanín Cano, Rafael Arango Villegas, Aquilino Villegas, Rafael Maya, José Mar, Jose Antonio Osorio Lizarazo, José Vélez Sáenz, Hernando Téllez, Manuel Zapata Olivella, Eduardo Caballero Calderón, Héctor Rojas Herazo y otros muchos más.

Por supuesto hay ediciones de todo tipo y época de Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez, sin contar las ediciones valiosas de clásicos de la literatura universal editadas en los cuarenta y cincuenta en casas argentinas, chilenas y españolas, o sea esos libros y esas colecciones que todos llevamos en la memoria pues nos iniciaron en el increíble vicio de leer y escribir.

Traducciones de Saint John Perse por Jorge Zalamea, clásicos de Kafka, Broch, Musil y Thomas Mann, clásicos franceses e ingleses y norteamericanos en su lengua original, gramáticas, libros de geografía, historia, sociología, derecho, ciencias políticas y religión comparten espacio con viejos libros de texto que nos traen a la nostalgia de la escuela primaria y secundaria y a nuestras primeras letras u operaciones matemáticas.

La librería Merlín es una verdadera delicia y la prueba de que en medio del caos y el descreimiento las metrópolis generan espacios espontáneos de cultura, con un público fiel que pasa la antorcha del pensamiento y el amor por la literatura y el arte de generación en generación.

martes, 12 de octubre de 2010

LOS POETAS LATINOAMERICANOS


Eduardo García Aguilar



Después de leer « Visiones de lo real en la poesía hispanoamericana » , del ecuatoriano Mario Campaña, editada por DVD ediciones en España, es legítimo pensar que las personas más notables del continente son y han sido los poetas. Porque en un mundo que tiene como prioridad la guerra, la competencia y la codicia insaciables, el bullicio de las telenovelas y el fútbol, aplicarse a un arte tan minoritario e ignorado es una prueba de rebeldía y generosidad.


En el ejercicio solitario de la poesía están implicados todos los sentidos y la aventura por esos caminos es una muestra de que aún hay esperanzas en el hombre. Que en vez de ejercer la vacía y rentable palabrería de los políticos, la intonsa jerga de economistas , juristas y novelistas, un hombre prefiera el lenguaje poético, que sin duda lo llevará más rápido al olvido y a la pobreza que a la gloria, es síntoma de demencia o altruismo y confianza en el hecho de existir.


En este libro figuran poetas del siglo XX como el argentino Enrique Molina, Carlos Martínez Rivas y Pablo Antonio Cuadra, de Nicaragua, los chilenos Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, el colombiano Alvaro Mutis, el cubano Eliseo Diego y los peruanos Blanca Varela, Carlos Germán Belli y Jorge Eduardo Eielson, entre otros. Esos nombres desconocidos para muchos ejercieron otros oficios para vivir de manera pacífica y sin hacer mal a nadie y en los tiempos libres, en la soledad de las tardes o las madrugadas, convocaron palabras que deslumbran y nos hacen mejores. Hubo grandes lectores de poesía entre los capitanes de los barcos que a media noche, bajo la tormenta, en el camarote, a la luz de una débil bujía recorrieron las palabras de esos que vivieron a la deriva.


La antología comienza con Enrique Molina, hombre con pinta de capitán, bajo de estaura, pero musculado, a quien vi una vez antes de que muriera, en un recital en México, en uno de sus últimos viajes que realizó a ese país. Su poesía es marina, erótica, y poemas como « Rito acuático » o « No Róbinson » son joyas inolvidables dedicadas a la pasión amorosa, a la usura de los cuerpos. Luego sigue Pablo Antonio Cuadra, mítico, alto, flaco y elegante, director de un gran periódico, con quien crucé unas palabras felices al subir por el ascensor del Hotel de la Ciudad de México, donde se realizaba un encuentro internacional de poetas. Comparte con su compatriota Carlos Martínez Rivas, autor de « La insurrección solitaria », esa capacidad revolucionaria iniciada con Rubén Darío que los hace inesperados, extremos y originales.


Más adelante uno se topa con la poesía de ese renovador increíble que es Nicanor Parra, que nos sorprende a cada renglón y nos hace desternillar de risa, invadidos por la ironía y el sarcasmo y la facilidad con que da otros sentidos a las manidas palabras. Nada que ver con la retórica preciosista latinoamericana y con « escribir bonito »: Parra descarriló a la poesía latinoamericana y la puso a caminar por los barrios y la vida cotidiana, como nos muestra ese duro y cruel poema dedicado a « La víbora ». Su compatriota Gonzalo Rojas es otro de los que usan la palabra como una cauchera, quebrando verso a verso la vidriera de la realidad, jugando con las retóricas para demolerlas con el más cruel sarcasmo. Lo vi una tarde de mayo de 1998 frente al Palacio de Bellas Artes donde había estado el féretro del gran Octavio Paz. Jorge Teiller, del sur chileno, nos comunica, por el contrario, la lluvia y la humedad de los páramos, cerca a rieles abandonados entre la soledad, el desamor y el margen. Es una poesía desolada de ángel caído.


Eliseo Diego, Alvaro Mutis, Carlos Germán Belli, Eielson, Blanca Varela, Rosario Castellanos, Idea Villarino, Jaime Sabines, Enrique Lihn, Juan Gelman, Roque Dalton y Eugenio Montejo son otros de los autores incluidos en esta antología de poesía latinoamericana dedicada a quienes bajaron de los pedestales de mármol y se untaron del barro. Al cubano Diego, lo vi con todos los sobrevivientes del grupo de Orígenes durante el homenaje que se le hizo por recibir el Premio Juan Rulfo en la Feria del Libro de Guadalajara, el mismo año que estuvo dedicada a Colombia. Murió poco después y entonces estaba ahí silencioso, sabio y profundo como si supiera su inminente fin.


Al gran Alvaro Mutis, cuya poesía y la saga novelística de Maqroll el Gaviero son de las obras mayores del siglo XX, lo he visto en México, Bogotá, París y Madrid, con ese entusiasmo permanente y generosidad de quien sabe que la vida es un premio equivocado. Capitanes, contrabandistas solitarios, mujeres perdidas, enfermos, viajeros, pueblan esa obra vasta que nos cambia y de la que salimos distintos.


Belli y Eielson son « raros » como todos los poetas peruanos : siempre encuentran una veta inédita para bucear en un mar de palabras extrañas y encontrar sus propios caminos. El mexicano Jaime Sabines y Juan Gelman escriben una poesía que puede ser bolero o tango : el primero dulzón como los boleristas, lame de adjetivos, lágrimas y gomina el cuerpo femenino y el segundo, como en sus poemas « Ofelia » y « Mujeres », descree de la poesía con mayúscula y la acerca al barrio y al arrabal. De tanto demarcarse, Gelman ha creado un mundo propio en los santuarios de la poesía latinoamericana. Y de las mujeres salvadas, se destaca la Blanca Varela, con esa poesía vasta y estricta, llena de libertad, porque en su generación la rebeldía de la mujer poeta tenía que ser siempre doble.


Mucho se puede decir de todos esos poetas latinoamericanos del siglo XX, pero al escuchar su palabra, comprendemos que son grandes profetas destronados. Porque antes, en el siglo XIX y en el albor del XX, la poesía y el poder cohabitaban en los palacios presidenciales y los poetas como Nervo, Santos Chocano y Neruda discurrían hinchados en carrozas de gloria, ungidos de solemnidades como sapos rodeados de áulicos croantes. Después, los poetas perdieron el poder y fueron lanzados al margen. Por eso todos los incluidos en esta antología de lo « real hispanoamericano » son campeones sin corona. Reyes desnudos y tiernos sin laureles ni cetro.

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Arriba, fotos de los poetas Enrique Molina y Alvaro Mutis.

LA DICTADURA PERFECTA DE VARGAS LLOSA


Por Eduardo García Aguilar

El Premio Nobel a Mario Vargas Llosa es un reconocimiento a la literatura latinoamericana de inspiración decimonónica, convencional y previsible, que sigue vigente en el siglo XXI, y al maridaje obsceno y exasperante de nuestros escritores con las fuerzas del poder, el dinero y la apariencia.

Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Octavio Paz, que lo precedieron en el trono, fueron todos representantes del escritor comprometido con los poderes, que medraron todas sus vidas en las antesalas de los palacios presidenciales y los salones de la plutocracia. Los escritores rebeldes, experimentales y disidentes de América Latina están condenados al ostracismo.

Durante años Octavio Paz fue la voz omnipresente y servil de la cadena Televisa, una especie de big brother totalitario al servicio del régimen mexicano del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Cruel con los débiles y los disidentes, y servicial con los poderosos y los ricos, Paz era un megalómano omnívoro de ideas ajenas que se consideraba infalible.

El chileno Pablo Neruda fue el típico hombre de letras pro-estalinista al servicio de la tiranía soviética, pero a la vez se arrastraba sobre todos los tapices del dinero y los poderes terrenales de Oriente y Occidente. Poeta inolvidable, el destino lo atrapó sin embargo en las garras de uno de los dictadores de derecha más sanguinarios de la historia y murió en Chile con aires de tragedia en los sombríos aposentos del exilio interior y la enfermedad.

Miguel Angel Asturias a su vez estuvo empantanado al servicio de las peores dictaduras de su Guatemala natal y al final, ya casi como un enorme batracio engordaba como engordaron Paz y Neruda en las embajadas de sus respectivos países en París. Todos ellos son el arquetipo del escritor embajador, del novelista político, del bardo poderoso y feliz.

Gabriel García Márquez, más atípico y astuto, ha sido también un gran servidor de la dictadura de los hermanos Castro en la isla cubana, ajeno al sufrimiento atroz de ese pueblo en manos de una burocracia tropical y totalitaria, lo que no le ha impedido a su vez dejarse manosear por casi todos los presidentes de derecha o izquierda que ha encontrado a su paso, mediando aquí y allá en lo inmediable, llevando razones de un tirano a otro tirano.

Mario Vargas Llosa, el alumno perfecto del boom, es el ejemplo máximo de esa connivencia permanente de los hombres de letras latinoamericanos con los poderes y después de su conversión ha repetido sin cesar el sermón en defensa de ricos, empresarios, presidentes de derecha, la señora Margaret Thatcher y todos los magnates que encuentra a su paso. Es el mismo sermón que repetía como candidato presidencial en su natal Perú.

El Nobel peruano, como su gran maestro Octavio Paz, ha fustigado sin piedad a esos latinoamericanos « idiotas », que sin ser serviles del castrismo o los regímenes totalitarios asiáticos o europeos, osan oponerse a esa derecha financiera mundial depredadora que él tanto defiende. Cada semana encontramos en algún periódico el Angelus dominical del papa Vargas Llosa, donde nos habla de un capitalismo feliz, unos empresarios maravillosos y unos ricos que al ser más ricos traerán la felicidad y la abundancia a esa infame turba de las barriadas que sólo existe en la ficción de sus novelas de juventud y en los recuerdos de su mocedad peruana.

Vargas Llosa tiene una fuerza proteica y una suerte maravillosa. Apuesto como pocos y según las señoras cada vez más bello a medida que pasan los años y encanece, dotado de una dentadura digna de publicidad para dentrífico, estudiante impecable, este portento cuya única mancha en la vida es haberle dado un puñetazo por celos a García Marquez, saltó a la fama muy pronto con tres novelas costumbristas y desde entonces en la ola del boom ha surfeado publicando varios libros por año, impecables, bien escritos, amenos, comprensibles, vendibles, previsibles y a veces banales como telenovelas.

Cada mes recibe desde hace décadas un nuevo doctorado honoris causa. En toda provincia latinoamericana o española alguien crea un nuevo premio para tenerlo unas horas en su salón y él siempre, muy solícito, cobrará el cheque y partirá unas horas después en medio de los aplausos. Es y ha sido una verdadera y feliz industria de premios millonarios que ahora se corona con el premio mayor.

Puesto que el éxito atrae el éxito y el aplauso los aplausos y vivimos en una sociedad que se arrodilla ante la fama y el dinero y abomina el fracaso o la rebeldía, ahora viviremos para siempre felices bajo la dictadura perfecta de Vargas Llosa, hipnotizados por su sonrisa Pepsodent.
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* Eduardo García Aguilar (1953). Escritor colombiano, autor de El viaje triunfal y Bulevar de los héroes, entre otras novelas, así como de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Alvaro Mutis. Reside en París)

sábado, 21 de agosto de 2010

ADORACIÓN DE CHARLOTTE RAMPLING EN EL TRÓPICO



Por Eduardo García Aguilar
Ver a la actriz Charlotte Rampling es siempre un placer estético e intelectual en el mejor sentido de la palabra, desde aquellas inolvidables películas Portero de noche y los Condenados, que la hicieron famosa en los años 70, cuando inició una carrera caracterizada por filmes de gran factura, con guiones excelentes y temas profundos relacionados con la vida, el sexo y el amor en el mundo moderno, en terrenos del sadomasquismo de post-guerra.
En este verano volver a ver Hacia el sur, la película de Laurent Cantet, filmada en 2005 en República Dominicana y Haití, nos vuelve a mostrar a Charlotte Ramplig, maestra en diálogos feroces que enfrentan la cruel realidad de intereses y precios, como ocurre en la también reciente Swimming Pool y otras obras maestras que ha venido filmando en los últimos años con directores nuevos y complejos.
Su personaje como actriz se acomoda muy bien a lo que ella misma ha sido, una intelectual depresiva que ve con claridad el desastre contemporáneo y que con artes de psicoanalista revela a través de la palabra las más fuertes mentiras y secretos en las que los seres humanos nos empantanamos y con los que terminamos conviviendo hasta la locura.
En sus varios matrimonios y tras episodios depresivos de los que salió por fortuna, Rampling ha vivido en las alturas y en el fondo y ha renacido ya en la fatídica edad de los cincuenta para volver a los escenarios y brillar con papeles perfectos para una mujer que se enfrenta al fin, al desastre corporal, pero que aún busca con cinismo el placer a toda costa e incluso llega a tener relaciones con un gorila.
En Hacia el sur varias mujeres de ese estrato de edad, académicas o divorciadas acomodadas, van con frecuencia a una playa haitiana donde conviven en vacaciones con muchachos negros de cuerpos de ébano que como dioses musculados nadan junto a ellas en la piscina o en el mar o las cabalgan en coitos supertropicales. A cambio de unos billetes, regalos o invitaciones, esos jóvenes se acuestan con esas mujeres, algunas de las cuales descubren allí por primera vez el orgasmo o la felicidad sexual que el frío mundo del norte, en este caso las ciudades canadienses o estadounidenses, les ha negado.
Charlotte, que en la película se llama Ellen es la mayor de ellas, tiene 55 años, y es una profesora en Boston de inteligencia y seguridad desbordantes. Gracias a esa seguridad y al cinismo que la caracterizan, seduce con regalos o dinero a los jóvenes de la playa que viven todos prendados de ellas y les ofrecen sus favores en el paradiasiaco balneario, no lejos de la miserable capital dominada por los Tonton Macoutes, el tráfico, la droga, la violencia de bandas y la enfermedad. Llega Brenda, papel desempeñado muy bien por Karen Young, de 45 años, divorciada, y se desencadena la rivalidad entre ambas mujeres por el escultural Legba, actuado por por Menothy Cesar.
Brenda lo fotografía desnudo en su lecho y en un juego de igual a igual logran entenderse como amantes sin tener pelos en la lengua para decirse lo que cada uno de ellos siente que es el otro. Brenda, la romántica, ha caído en las redes del aprendiz de bandido, lo cubre de regalos y por un momento siente que lo ama y es amada, aunque tal vez ame sólo en él su mirada de amor hacia ella, antes que la violencia llegue y se lleve al pequeño mafioso, baleado por un arreglo de cuentas en una playa mientras copulaba con una chica local.
Una simple tragedia banal en los países del tercer mundo, donde los hijos de la pobreza sólo tienen derecho a caer como moscas en medio de las balaceras, en territorios donde la vida no vale nada y todo es permitido para obtener un miserable puñado de billetes.
En Hacia el Sur está presente la tragedia, pero también la ciudad, las calles de la miseria, los tugurios, el calor atroz entre los detritus y el abuso de las fuerzas policiacas encarnadas en esos Tonton Macoutes, policía del régimen de Papá Doc, que sembró el terror entre los suyos antes de que llegaran otros apocalipsis.
Luego del levantamiento del cadáver de Legba, que Brenda besa en un último gesto de amor o narcisismo, hay un arreglo de cuentas verbal entre las mujeres. Ellen reprocha a Brenda querer jugar al « viscoso » y ridículo amor, cuando son sólo turistas que van a divertirse y a tirar. Pero al final están de acuerdo : Ellen regresará al altivo Boston de las universidades y Brenda seguirá buscando sexo venal y tardío en todas las islas del Caribe que piensa visitar de ahora en adelante una tras otra. Y queda el mar, el sol, el baile, el pasado y la fugaz presencia de esos cuerpos que sólo son carne para turistas y refugio de las balas asesinas de las mafias.

sábado, 14 de agosto de 2010

RESURRECCIÓN DE VOLTAIRE


Por Eduardo García Aguilar

Si Voltaire se despertara hoy, más de dos siglos después de su muerte en París a los 84 años de edad, en 1778, se sentiría profundamente impactado por el renacimiento en el mundo entero de los fanatismos religiosos, políticos e ideológicos. Al escribir el corto ensayo biográfico Voltaire, el festín de la inteligencia para la colección de personajes editada por la editorial colombiana Panamericana, rendía homenaje a ese viejo esquelético, mueco y socarrón que muchos consideraban un espantajo impresentable en el helado museo de las estatuas abandonadas. Aunque la bibliografía sobre su obra es tan abundante como los granos de arena de un desierto africano, su figura sigue confinada a las aburridas obligaciones escolares y por eso muchos franceses se extrañan de que un latinoamericano del siglo XXI se interese en seguir los pasos del autor de Cándido (1759) y el Tratado sobre la tolerancia (1763) y lo encuentre actual.
En todo el mundo los hombres son dominados por ideologías y creencias beligerantes que los llevan a morir por causas oscuras, a suicidarse en aras de una deidad, a torturar por ideas, a matar o mandar matar por intolerancia. En las calles de las capitales europeas la mujeres islamistas vuelven a cubrirse de pies a cabeza como hace mil años y en otras partes del mundo todo tipo de gurús, profetas, iluminados, mesías, incitan a la guerra, la destrucción, la inmolación y el crimen, con la esperanza de dominar el mundo y obligar a los hombres a seguirlos bajo el sonido amenazador de las ametralladoras. El horror de los conflictos regionales, la mortandad incesante en las guerras puntuales, la trivilización del secuestro, la celebraciones armadas de los triunfos electorales, las amenazas nucleares de regímenes tan delirantes como el norcoreano y el iraní, la agresividad estadounidense, nos muestran que el mundo anda muy mal, como en las peores eras locas de Nerón o de Atila.
Por eso, mientras me sumía en la lectura de algunas de las obras de Voltaire, de textos sobre su larga vida de exiliado incómodo y muestras de su correspondencia, no sólo me maravillaba la luz de la prosa llena de humor e ironía, sino también la energía de su lucha contra la intolerancia y las « supersticiones » en la Europa del Siglo de las Luces. Sin duda hoy los fanáticos lo amenzarían con una fatwa y sus enemigos lo mandarían a matar con sicarios. Parado frente al pequeño pero famosísimo sillón Voltaire de color verde jaspeado, donde trabajó los últimos meses de su vida, que está expuesto en el Museo Carnavalet, trataba de imaginarlo acosado por la tos, con su bonete, mientras llenaba hojas y hojas con la hiperactividad característica de su genio.
Lo habían dejado regresar a la capital después de décadas de exilio, para que asistiera a la presentación de una de sus obras dramáticas y a un homenaje que le hacían sus admiradores en el Comedia Francesa. Vino enfermo desde Ferney, que era la residencia y la ciudadela donde vivía junto a las tierras protestantes suizas, a resguardo de posibles detenciones. Allí recibía a la romería de discípulos y curiosos que venían de toda Europa, y que como el libertino Giacomo Casanova, relataron con detalle el ingenio admirable del viejo, sus rápidas respuestas de cascarrabias que siempre tenía razón y la agitación incesante de su vida dedicada a escribir, pensar y rabiar.
Fue el primer gran periodista de la era moderna, al escribir sin descanso todo tipo de obras de historia, libros de vulgarización científica y narraciones con « mensaje » que se vendían como pan caliente en ediciones clandestinas, por lo que contribuyó a abrir los espíritus y a mostrar que era posible enfrentarse a la intolerancia del Antiguo Régimen.
Pensó que iba pasar a la historia como gran autor de tragedias y gran poeta, pero aunque escribió miles de versos y decenas de piezas que fueron presentadas en todas las capitales, éstas obras fueron olvidadas y se le recuerda más por sus panfletos y narraciones, que él consideraba sólo divertimentos para entretener a los amigos en las veladas palaciegas.
Su obra abarca decenas y decenas de volúmenes, pero basta leer sus divertidas ficciones como Cándido o El ingenuo para reirnos con él de la estupidez bélica de la humanidad actual y entender que en vez de avanzar retrocedemos a los peores tiempos de la barbarie y que incluso estamos a punto de superarlos. Un día de éstos terminaremos todos en « átomos volando » como dice el himno, mientras Voltaire, con su larga peluca empolvada, se carcajeará de nosotros los herederos de un futuro radiante sin luces ni risa.

domingo, 1 de agosto de 2010

MI OBSCENO PARIS LITERARIO

Por Eduardo García Aguilar
Trabajo en la Plaza de la Bolsa, a pocos metros de donde vivió Simón Bolívar en dos ocasiones en 1804 y 1806, en tiempos de Napoleón. Por ahí, a dos cuadras, Stendhal escribió Rojo y Negro y sufrió un desmayo que lo dejó tirado en la calle. Esa era la zona financiera y el sector de la poderosa prensa coludida con la plutocracia descrita por Balzac, Zola y Maupassant.
A dos cuadras mataron al socialista Jean Jaurès y al lado publicó Emile Zola su famoso Yo acuso en protesta por la condena al militar judío Dreyfus en el diario La Aurora. Uno puede caminar ahora por los mismos lugares por los que ellos paseaban y la diferencia es poca. Por esta zona, orilla derecha del Sena, están los famosos pasajes del siglo XIX, sobre los que escribió el autor judío-alemán Walter Benjamin. Los grandes multicentros de tiendas y cafés lujosos de la época eran pasajes que cruzaban de una calle a otra y en el interior había cafés, almacenes, sitios de encuentro, cortesanas, y eso está detallado en la obra de todos los escritores del XIX.
Es delicioso caminar por París y poder leer esas obras y encontrar que las mismas calles están como si no hubiera pasado el tiempo. Encontrarse con la placa de Molière, que vivió y murió aquí cerca, o con las dedicadas a César Vallejo y al gran viajero Bougainville es lo más natural del mundo. Es una ciudad literaria y lo literario es aquí hivernal. En París la obra literaria de todos los autores ha estado marcada por el invierno, el hielo, la tuberculosis, la mugre de Los Miserables de Victor Hugo o Jules Vallès. Gérard de Nerval , el autor de “Aurelia” y otros decadentes como Maupassant fueron prácticamente aniquilados por el invierno, el frío y la tuberculosis, la sífilis y la depresión neurasténica reinante a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En las habitaciones y oficinas la calefacción era precaria en ese entonces, mientras hoy se vive en casas con clima equilibrado y en los cafés se instalan aparatos que posibilitan estar afuera, sentado, tomando vino o cerveza sin tener frío, pero los autores del XIX y otras épocas sí sufrían de una forma terrible el invierno y de ello morían.
Me agrada andar por las calles de Saint Germain-des-Prés, epicentro de la vida literaria donde estuvieron presentes Joyce, Beckett, Camus, Hemingway, Sartre, Simone de Beauvoir y Roland Barthes y sobre todo los escritores latinoamericanos. En los años 20 y 30 París era el centro de la literatura latinoamericana, con autores tan importantes como los peruanos César Vallejo y los hermanos García Calderón, el guatemalteco Miguel Angel Asturias y el mexicano Alfonso Reyes. Hay placas que ellos colocaban con ceremonias para celebrar a los latinoamericanos que los antecedieron como el gran nicaraguense Rubén Dario, el colombiano Vargas Vila y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que vivieron en París en la transición del siglo XIX al XX, en tiempos del viejo Paul Verlaine.
París hoy es mucho más cosmopolita que antes. Hay barrios paquistaníes, indios, chinos, rusos, árabes, africanos, judíos, de modo que también me encanta caminar por el mundo popular que nos transporta hacia el Extremo Oriente, Oriente Medio, Africa y la Europa Oriental como si uno hubiera tomado un avión hacia esos lugares. Hacia el norte de la ciudad, cerca de las estaciones ferroviarias del Norte y del Este, por Belleville o Montmartre, donde viven árabes, tailandeses, sirlankeses, japoneses, judíos, africanos, la ciudad es una urbe semiproletaria donde se hablan todas las lenguas y se lucen las más extrañas prendas, lo que contrasta con los barrios de la perfumada burguesía mundial, situados por Madeleine, Place Vendôme, Trocadero, Passy, Monceau, Saint-Cloud, Boulogne y otros sectores.
Hay cuatro épocas fundamentales de la literatura latinoamericana parisina. Primero el modernismo con Ruben Darío, Gómez Carrillo, José María Vargas Vila y otros latinoamericanos que vivieron intesamente cuando estaban vivos Verlaine y Mallarmé. Luego viene la generación de entreguerras en los años 20 y 30, cuando todos los escritores latinoamericanos venían a estudiar como el joven Asturias o a hacer diplomacia como Alfonso Reyes. Más tarde viene el “boom” latinoamericano en el que estuvieron presentes García Márquez, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Severo Sarduy, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique, Mario Vargas Llosa, y como diplomáticos y vedettes activas Octavio Paz y Carlos Fuentes. Y en la actualidad vive una vasta generación de autores latinoamericanos de todas las nacionalidades, pero principalmente peruanos, como los hermanos Rosas Ribeyro, Mario Wong, Edgar Montiel, Alejandro Calderón, Jorge Nájar y los argentinos Luisa Futoransky y Arnaldo Calveyra.
Los escritores latinoamericanos malditos no vivieron tan mal como dice la leyenda. César Vallejo no vivió tan triste y pobre como se cuenta bajo el frío y la lluvia de París "con aguacero". Su tumba está en el cementerio de Montparnasse, rumbo de fiesta en tiempos de entreguerras. Todos vivieron momentos muy felices porque había vino y fiesta y eso en todos los casos, desde la generación de Ruben Darío, a la de Asturias, y a la de García Márquez, que se queja de su etapa parisina, pero se la pasaba de rumba tocando y cantando en los bares de Odeon al lado del artista venezolano Soto.
Los que vivimos ahora en esta primera década del siglo XXI somos los escritores mas felices de todas las generaciones, a salvo de la tuberculosis y la sífilis y la soledad. Vivimos en una jaula de oro y con la alegría de que la literatura latinoamericana ha pasado de moda. Ya no somos los exitosos personajes folclóricos de antes, sino que entramos a la era cosmopolita donde cada esquina del mundo es el mundo mismo y Paris un obsceno lugar literario cargado de fantasmas del pasado que chillan desde sus frías mazmorras de gloria.

jueves, 29 de julio de 2010

LAS NOCHES PARISINAS DE TABLADA

Por Eduardo García Aguilar
José Juan Tablada (1871-1945) es uno de los escritores mexicanos más fascinantes, ya que no sólo dejó una obra poética original sino que escribió miles de artículos y crónicas como solían hacerlo sus infatigables compañeros modernistas latinoamericanos en periódicos y revistas del continente.
La vida le deparó desde temprano viajes que lo ligaron a otras culturas como la de Japón, que visitó en 1900, Francia, donde estuvo entre 1911 y 1912, y Estados Unidos, donde vivió parte de su vida y murió este devorador de todas las cosas. En esos países se nutrió de ámbitos extraños que perfeccionaron su visión del mundo y dieron aliento a su poesía para sacarla de la retórica ambiente y proyectarla a una permanente juventud y experimentación.
En Nueva York fue uno de los centros magnéticos de la cultura latinoamericana, pues en esa metrópoli insomne tuvo acceso a todo tipo de sensaciones que alimentaron su desaforada dispersión intelectual. Pero venía de la capital mexicana, de la que siempre hablaba con nostalgia al escribir sus crónicas desde el extranjero, afectado por las noticias de la devastación provocada por los conflictos sociales y la Revolución, que llevaron a la caída del dictador Porfirio Díaz.
Como todos los modernsitas, Tablada tuvo su París y nada más curioso que leer ahora la edición original de las crónicas parisinas Los días y las noches de París, (Viuda de Ch. Bouret. México. 1918. 214 páginas), que adquirí en un acto tabladiano hace tres años en la Librería Madero, donde el poeta, con ojo avisado, nos relata los instantes vividos en la ciudad, considerada entonces la luminosa capital artística del mundo.
Relatada desde del otoño de 1911 a la primavera de 1912 en arbitrarias acuarelas que enviaba a la Revista de Revistas o en cartas y pedazos de diario donde contaba lo que veía, París se nos antoja allí mucho más cercano de lo que insinuaría el paso certero de un siglo.
Solemos los contemporáneos del siglo XXI creer que nuestros antepasados vivían un mundo atrasadísimo e ingenuo y pensamos que la supuesta modernidad desbocada de hoy es única y original. Pero basta revisar estas crónicas, que también fueron editadas por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1988, para darnos cuenta que París ha cambiado muy poco y que sus descripciones no difieren mucho de las que hiciera un cronista latinoamericano de hoy.
Por supuesto que ahora hay muchas comodidades impensables para aquella época como los celulares, la TV, los jets, las computadoras e Internet, que muchas enfermedades están controladas y otras nuevas como el sida han surgido, pero la pobreza y la soledad, la miseria y el olvido reinan igual que entonces al lado del derroche de los privilegiados en los mismos barrios y bulevares.Los malevos descritos en su crónica Fantasmas de apaches por Tablada, quien presencia un crimen cinematográfico desde un tranvía, siguen tan presentes como antes, y en los mismos lugares de hace cien años los dandys de hoy van a tenis a Roland Garros y a las carreras de caballos de Auteuil, mientras viciosos, dealers, prostitutas, gigolós, drogadictos y ladrones pululan en Montmarte, Pigalle, Bastille o Montparnasse con idéntica intensidad que a comienzos del siglo XX.
Cuando describe a los jóvenes artistas bohemios latinoamericanos que se hacinaban en buhardillas de nueve metros cuadrados para fumar, beber y copular en medio de la tuberculosis y la sífilis, lejos de su tierra, parece retratar a los jóvenes extranjeros y provincianos franceses actuales que hacen su París y pasan dificultades similares que sus ancestros de hace un siglo.
En la carta crónica Los luchadores vencidos, Tablada lamenta el estado del joven pintor mexicano Juan Mora que está flaco y abatido, afectado por la tisis en una buhardilla de la rue Monge, lejos de su madre lejana, pero rodeado de dos mexicanos, un artista colombiano y una pelirroja, que se reúnen para verlo mientras beben y comen charcutería y queso sobre un periódico, por lo que exclama "¡Ah, ese París, lo que le confiamos y lo que nos devuelve!".
Con Tablada descubrimos a Diego Rivera que vive en Montparnasse con Angelina Beloff, visitamos la tumba del pintor Julio Ruelas sepultado en el cementerio de Montparnasse antes de que allí se instalara también para siempre Porfirio Díaz. Y lamenta la muerte prematura de ese artista que reposa bajo la bella escultura de una hembra de mármol. Y como hoy se hace en los salones de la FIAC o en el Salón de Otoño, visitó la obra de los pintores del mundo expuestos en el Grand Palais para destacar allí el éxito del mexicano Ángel Zárraga y observar con menos entusiasmo lo expuesto por Diego Rivera y el Doctor Atl.
Y vemos a la Bella Otero o a Mistinguette actuando en los cabarets, o a la sáfica Colette en el teatro, visitamos las mismas viejas librerías y galerías del muelle Voltaire o las callejuelas de Saint Germain, Le Marais o Palais Royal, atendidas ahora por los descendientes, así como los antros de prostitutas, cabarets, bares y comederos de siempre, algunos de los cuales como Chartier, Bollinger o Polydor siguen ahí sin mucho cambio.
Tablada dedica una emocionada crónica al gran poeta argentino modernista Leopoldo Lugones, a quien visitó en su casa de Passy y con quien tuvo la fortuna de ser amigo. Así como hace décadas los latinoamericanos saludaban al superparisino Julio Cortázar, el de Rayuela, Lugones fue el gran escritor que conmovió con su sencillez a un admirativo Tablada.
Tablada vivía en una casa de estilo japonés en Coyoacán, saqueda según la leyenda por los revolucionarios. Ausente en París, se lamenta de los colgados y los fusilados dejados por la violencia en su país y que aparecen en las noticias de la prensa francesa, así como hoy se lamentaría de los ejecutados, decapatidos y deslenguados que en el México actual.
O sea que si el poeta volviera hoy a visitar la tumba de Ruelas en Montparnasse o caminara de nuevo por Campos Elíseos, Montparnasse o Bastille, comprendería que el actual mundo de guerras, atentados y crisis financieras no es menos bárbaro ni menos genial que el descrito por él hace un siglo con su escritura ágil y desordenada de lúcido viajero.