martes, 21 de mayo de 2019

OCTAVIO PAZ ENTRE LA TRADICIÓN Y LA REBELDÍA

Por Eduardo García Aguilar

Durante más de medio siglo y a medida que se acercaba el fin del milenio entre severos cambios, rupturas y fracturas inesperadas en las placas tectónicas de la política, la cultura y la sociedad mundiales, Octavio Paz (1914-1998) fue el oficiante sin fin de un gigantesco “banquete tántrico” de ideas, como dijo el hispano-árabe Juan Goytisolo. Presente a lo largo del siglo en todas aventuras literarias y del pensamiento, recorrió con lucidez el laberinto de su tiempo, atento a devorar el pasado y el presente, lo ocurrido o por ocurrir, el aquí y el allá, y listo a explorar conexiones inéditas al interior del yacimiento cultural de nuestro tiempo. 
En lo que respecta a América Latina, su inabarcable obra ensayística contribuyó en particular a pensar en México, y en lo general a descifrar los engranajes de América Latina con el mundo, como “extremo Occidente” que es, para usar las palabras utilizadas por los franceses Valery Larbaud y Alain Rouquié. Enseñados a ser raros, folclóricos, animistas, bárbaros, pintorescos, los latinoamericanos, con Paz, quien fue fruto a su vez de una tradición ya iniciada con Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges, logramos llegar por fin a ese banquete de las ideas: podemos ahora pensarnos, mirarnos al espejo, situarnos dentro del engranaje. Con la alegría de la palabra, nos ofreció medio siglo de inquietud incesante, sin tregua, en torno a todo: la sociedad, la pintura, las pirámides, el dictador, la poesía, el cuerpo, India, México, Estados Unidos, el totalitarismo, la escultura, el color, el barroco, Rubén Darío, Fernando Pessoa, la tradición, la traducción, el marxismo, Marcel Duchamp, Europa del Este o la URSS, las nuevas expresiones plásticas, el juego, la televisión, los satélites, la luna, el erotismo. 
Animal devorador, pantagruélico, irritante, fue ejemplo en un continente donde estábamos acostumbrados a la autocomplacencia heroica, el falso nacionalismo y en especial en poner máscaras de maravilla sobre el amplio panorama del desastre. Eterno adolescente incómodo, opinó sin temor a equivocarse y errar y buscó claridad y coherencia allí donde solo existía el intolerante grito ciego de falsos mesianismos. Sus ensayos fueron pequeñas catedrales de preguntas, devaneos; certeras disecciones que alumbraban las zonas ocultas que tocaban. 
Guillermo Sucre dice que Paz “nos curó de la rareza crónica con la que se ha querido revestir a nuestra literatura, al limpiar la vivencia y la percepción que tenemos de ella” y “desbloqueó el enconado monólogo con nuestra ya un poco tramposa originalidad y la convirtió en un diálogo más verdadero con el mundo”. A la actitud reverencial y provinciana ante la “cultura”, buscó saber no como adorno sino como transformación o pregunta. Captó así las huellas indígenas e hispanoárabes que cruzan las rocas del hoy latinoamericano, mezcladas a los abismos piramidales, a los retorcidos altares, a las guillotinas jacobinas, o marxistas, a los signos de la modernidad en rotación, a la voz de Sor Juana entre los hilos de la información mundializada. Su testimonio rompió las barreras de los géneros literarios y, como dijo Goytisolo, “nos brinda el mejor ejemplo de una obra que desborda y cubre las formas literarias canonizadas y postula una incitante concepción del texto como dinámica pluralidad de lecturas”. Pero tal vez lo más importante de su cruzada fue la defensa a capa y espada de lo que era fundamental para él: la poesía, con cuya desaparición, dijo, “regresaríamos al caos original”. Por muy sugerente y revelador que sea el demencial cuerpo de su obra ensayística, su poesía desde la década de los 30 del siglo pasado en adelante es su más certero ejemplo de búsqueda: reflexión sobre el poema y poema mismo recorrieron los caminos del cambio, del buscar. 
Libertad bajo palabra, Piedra de sol, Pasado en claro, Ladera Este, Blanco, Nocturno de San Ildefonso, Soliloquio de medianoche, Perpetua encarnada, Mariposa de obsidiana, Vuelta, Árbol adentro, son testimonios de ese recorrido de más de medio siglo por las concavidades de esa revelación que piensa creándose y que no está nunca satisfecha con su luz hallada. Luz oscuridad, cuerpo no cuerpo, sombra cuerpo, pasos y sonido de los pasos: secreto doble de una aventura inédita en las letras del continente, la poesía de Paz propone una extraña música: la música del cuerpo, tal vez adivinada durante sus años de Oriente. Una música de y para el cuerpo y el amor, pues “sobre tu cuerpo en sombra, estoy como una lámpara”, dijo en su poema El día de Udaipur.

Una música que entró en sus silencios la tarde del 20 de abril de 1998, cuando la negra y elegante carroza de la agencia de pompas fúnebres Gayosso abandonó el Palacio de Bellas artes bajo la canícula, con su cuerpo adentro. Desde el balcón del noveno piso de la legendaria Torre Latinoamericana vi cómo giró el cortejo por el Eje Lázaro Cárdenas mientras miles de automovilistas protestaban con sus bocinas por el corte del flujo vehicular. Todos esos miles de automovilistas del progreso lo despedían, sin saber, con la furia de sus pitos. 

Después el cortejo viró por la calle Hidalgo hacia la calzada de Tacuba, por donde Cortés y sus huestes huyeron derrotadas por los aztecas en 1519, hace casi medio milenio. Y en la soledad, en el laberinto de su soledad, el poeta recorrió la misma ruta de Cortés hacia el panteón donde sería incinerado. Desde la azul Torre Latinoamericana comprendí que si el siglo XIX mexicano tardó una década en concluir, ahora asistíamos al prematuro fin del siglo XX mexicano.

Como colombiano, de la misma nacionalidad de Barba Jacob, Jorge Zalamea, García Márquez, Mutis y otros que pasaron en México largos años de sus vidas exiliadas, comprendí la profunda fortuna de haber vivido más de tres lustros en los últimos años mexicanos de Paz y de haber aprendido tanto de él a través de una lectura permanente, porque no hubo un solo día en que no estuviera presente de alguna forma, con un poema, un diálogo en televisión, una irritante declaración política, un exabrupto mundial, una encolerizada e injusta respuesta a algún contradictor sin poder, un lúcido ensayo sobre cualquier asunto del mundo, desde las pirámides hasta los satélites cósmicos. 

Lo odiábamos y lo amábamos tal y como nos espanta y nos emociona la figura pétrea de la hórrida diosa Coatlicue, la de la falda de serpientes. Paz representaba las profundas contradicciones de su país, entrevistas con gran lucidez por Malcolm Lowry en su gran novela Bajo el volcán. Paz era, como el México profundo, un país de velos, impenetrable, cambiante, inasible, incomprensible, vasto, retorcido, diáfano, acomplejado y arrogante, generoso y mezquino, autoritario y dialogante, abierto y cerrado al mundo, cruel y tierno a la vez.

Quienes vivimos en México en esos años sabemos que por su hiperactividad era un joven insaciable de su época. Ahora que muchos autores susurran para no molestar a los poderosos y se forman en fila para recibir las prebendas del Estado, premios, becas, honores, grados honoríficos y aplausos en serie, cuando poetas, novelistas, y ensayistas miden sus palabras para no incomodar a los poderosos y no molestar a jurados, academias y editores, Paz hace mucha falta. 

Fue siempre irritante como un joven eterno y pienso que con esa actitud siguió el ejemplo de Sócrates, Goethe, Voltaire, Johnson, Hugo, Sartre, Malraux, fieles a la verdadera función del intelectual y el poeta de todos los tiempos. Molestar, azuzar, inquietar, irritar, no callar, no agachar la cerviz, mirar desde alturas insospechadas. Paz, ese Zeus o esa Coatlicue que ya no está con nosotros, fue ejemplo magistral de lo que un escritor debe ser: un adolescente rabioso, un inmaduro eterno que no mide las consecuencias de lo que dice y enciende a sus pueblos o regiones con reflexiones e inquietudes permanentes. En vez de trasegar por rutas conocidas, el escritor por el que abogaba Paz debe buscar siempre nuevos caminos contra la corriente, entre la tradición y la rebeldía.