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miércoles, 4 de septiembre de 2024

UNA NOVELA Y UNA EXPLORACION LITERARIA


Por Germán Eugenio Restrepo

Aquello que miramos y no podemos
ver es lo simple. Lo que escuchamos
sin oír: lo tenue. Lo que tentamos sin
asir, lo mínimo.
Lao Tse (Tao Teh King)

No siempre para escribir acerca de un libro o de una novela se comienza por citar a esos mágicos textos que son el Tao Te King o el I Ching, ambos de alguna forma relacionados. Y creer con el escritor Umberto Eco que los libros conversan entre si , o aproximarnos a Jorge Luis Borges, para entender descifrado en el libro al universo, es solo una de las aristas que los libros nos brindan y nos ofrecen a cada momento.

Desde que descubrí el libro , siendo muy niño, un horizonte de vivencias y aventuras se abrió para mi y encontré en el una madeja de acertijos, laberintos, sugerencias, lugares, personajes, castillos, casas antiguas, bosques encantados y muchas historias y fantasmas que han poblado mi memoria y han generado la lúdica complacencia de ver en mi biblioteca repetida la canción sugerente de la poesía.

En una de esas tardes frías de Bogotá, mientras hurgaba y miraba libros en mi biblioteca, tomándome un café, encontré un libro titulado El viaje triunfal, del autor caldense y manizaleño Eduardo García Aguilar. (Tercer Mundo Editores. Bogotá. 1993)

Una novela que a pesar del tiempo transcurrido, tiene la vigencia de sus personajes y la textura representativa de un escenario histórico, muy próximo, para quienes hemos vivido en Manizales y tenemos para con esta bella ciudad el recuerdo de una vida cultural esplendente que ha quedado grabada en la memoria del afecto.

En esta novela: El viaje triunfal, prospera una narrativa que nos conduce por diferentes etapas de la historia de Colombia, auscultando el autor lo que es el intrincado discurrir del final del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Revive y pone en escena personajes como: José Asunción Silva, José Maria Vargas Vila, Enrique Gómez Carrillo y Cesar Vallejo, entre otros.

Define y muestra esa interesante e irreverente generación del Olimpo Radical que llega al poder en la década de 1860 y que erige la Constitución de 1863 o Constitución de Rionegro: federalista; y que le diera gran importancia a la educación y a la libertad de pensamiento.

Arnaldo Faria Utrillo, un personaje que define todo el fardo de dificultades que el escritor y el poeta asumen en un medio social complejo, y en donde el arte es simplemente un acontecer irredento, dentro de una cultura que siempre es pétrea e indiferente frente al proceso creativo planteado por el artista. Y lo que llama la atención de ese viaje triunfal, es que no solamente comprende un viaje realizado por el protagonista desde Latinoamérica, Europa y el medio oriente, para terminar en una ciudad como Manizales, poblada de ecos y fantasmas.

El viaje triunfal, la bella novela de Eduardo García Aguilar, es el itinerario de un artista: de un hombre que realizó su propio periplo y que termina, no en una ciudad, sino en esa continuidad de la vida que se realiza en la Barca de Caronte. Una novela para ser leída y reflexionada, y que hace de la historia un tránsito: una posibilidad de ser.
Por eso, un libro -siguiendo el Tao Teh King – es lo simple, lo tenue y lo mínimo. Y por eso precisamente, lo encierra todo.

Eso sentí al leer nuevamente la novela de Eduardo García Aguilar.

Sería interesante tomarme un café , con Arnaldo Faria Utrillo y que me hablara de una generación perdida en el tiempo, y en ese olvido que todo lo cubre y todo lo define.

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Publicado en Quehacer cultural Manizales. 28 de agosto de 2024

domingo, 28 de abril de 2024

VARGAS VILA: EL OFICIO DE RABIAR


Por Eduardo García Aguilar

Jose María de la Concepción Apolinar Vargas Bonilla (1860-1933) salió rabiando de su tumba barcelonesa y viajó a la tierra que lo vio nacer para descansar eternamente. Ministro plenipotenciario de dos países distintos al suyo, este enjuto y diminuto personaje de antiparras quevedianas, triste mirada de hipotético célibe, labios estrechos, grandes orejas y escaso cabello, considerado por Anatole France como el Victor Hugo de las Américas, fue incorruptible y terco liberal de prolífica pluma envenenada, iconoclasta y provocador profesional impugnador de la débil y mediocre burguesía colombiana, enemigo declarado del imperialismo yanqui (“estoy solo, casi  solo en mi campaña contra el imperialismo yanqui”) y del teatro, pues decía que Bernard Shaw era un “ejemplo de insanidad”: “Desprecio tanto al teatro que confundo en él al autor y a los auditores”.
El presidente Eloy Alfaro lo nombró representante diplomático de Ecuador en Roma, y Nicaragua, para protegerlo de los gringos, cónsul general en Madrid. De Colombia dijo que “nada tiene que darme y yo nada tengo que pedirle”. En una una de sus últimas entrevistas  expresó que “hace como diez años no leo un periódico del terruño. Es que no me queda tiempo sino para leer cosas grandes”. Admirado por liberales radicales y anticlericales, leído en muchos países de América Latina y en España, el panfletario logró instituir uno de los fenómenos editoriales más impresionantes de la época. Sus obras completas editadas por Sopena le posibilitaron vivir holgadamente de sus derechos de autor y al morir dejó una fortuna de setenta millones de pesetas.
Fue leído y lo es áun en capas populares, admiradas por una prosa que parecía contactarlas con profundos problemas filosóficos, enrevesados tejemanejes eróticos, además del misterio de un malditismo prohibido. Hasta hace unas décadas se decía en las escuelas a los niños que quien lo leyera vería su lengua convertida en sapo. Si bien es meritoria su actitud rebelde contra dictadores e injusticias y necesario reconocer su imagen de iconoclasta en medio de una cultura de agachadores de cerviz, Vargas Vila llevó a ultranza el tradicionalismo retórico, grandilocuente, retorcido y cornetudo que caracteriza a muchos prosistas colombianos (bastaría leer, con todo el perdón de sus admiradores, a Jorge Zalamea, por ejemplo), aplicándolo afortunadamete a fines más desinteresados que sus contemporáneos. 
Construyó así un castillo de palabras seudofilosóficas, manidos conceptos dulzones y rimbombantes; mañosos, caprichosos, rabiosos y ligeros fraseos como “son los epiciclos del Silencio y no los de la Soledad del pensador, los que causan la aflicción de los espíritus, habituados al reflejo misericordioso de esa constelación de su Palabra, iluminado hasta las esferas más ciegas de la más remota contemplación” (Elogio de los pensadores), logrando así deslumbrar a amplias capas de la sociedad, deseosa de leer en su “salsa” conceptos más elaborados por otros pensadores.
Sus ataques contra Dios, las mujeres, su idea de la muerte, la vida, lo eterno, la infinitud o la noche rayan a veces con la ingenuidad y el sentido común (Ars verba). Si en lo que respecta a la literatura sólo tuvo, según Borges, un contacto en una frase afortunada sobre un fatigador de infamias, que el patíbulo no quiso admitir, sobreviría tal vez su obra panfletaria: Los Césares de la decadencia (París, 1907), sobre déspotas colombianos y venezolanos de diversa calaña o Ante los bárbaros (París, 1902), visionario texto sobre el futuro y sanguinario poder americano. “Es necesario abrir los ojos del mundo, sobre esta gran noche profunda, que es la tiranía de América” -decía-.
Al final de sus días el fogoso anciano se encerró en una odiosa melgalomanía y pensaba que cada una de sus frases y opiniones podían y debían conmover al mundo. Se cubrió con los laureles del incorruptible y es sabido de todos que los incorruptibles son hacedores de guillotinas y patíbulos. Vargas Vila, trastornado por la gloria, deseaba incienso, se solazaba en su soledad, en ese desprecio de los otros humanos, porque él se consideraba el profeta, el sabio, el verdadero, el único, el carente de pecado, el perfecto, inasible demiurgo.
 Con Vargas Vila los huevos fríos de la razón terca encontraron su nido y sólo la insensibilidad (“todo amor y toda ambición han muerto en mi corazón”) podía ser la partera de esa neurótica y abstracta defensa de la libertad con mayúsculas. Un hombre que decía que “de todos los animales, el más peligroso para ser dejado en libertad es la mujer. La mujer podrá llegar a ser libertina, no llegará nunca a ser libre. La mujer no debe tener derecho sino a un voto: el del macho con el cual va a propagar la especie”, no puede arrogarse el derecho de la incorruptibilidad.
Leyendo a ese solitario engreído renacen las lengüetas suicidas de la nueva inquisición. Un extraño halo de “intolerancia progresista” exhudan sus textos: soberbia injusta, sus declaraciones. En el cementerio literario colombiano reposan desde un 23 de mayo (fecha de su fallecimiento), los huesos de un profesional de la rabia, las cenizas de un constructor frustrado de guillotinas.
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Excélsior, Ciudad de México, 1981

domingo, 10 de marzo de 2024

LA PROLIFERACIÓN LITERARIA

Por Eduardo García Aguilar

Uno de los fenómenos más interesantes en los usos literarios en América Latina y el mundo en este siglo XXI, décadas después del inicio de la era digital, es la creciente proliferación literaria, inimaginable en el siglo pasado, cuando ser escritor era un desdeñado camino riesgoso y minoritario, que podía llevar a la miseria y a la soledad en capitales y provincias.

La llegada de las computadoras facilitaron la tarea, que antes era ruda con las viejas máquinas de escribir Underwood y Remington que obligaban a repetir la plana cuando se cometían errores y exigían gran fortaleza dactilar, por lo que alguna vez Juan Rulfo dijo que se debía comer mucha carne para enfrentar el reto físico de ser escritor. Además desde hace más de dos décadas los magníficos programas automáticos anuncian y corrigen los errores de ortografía y redacción y pronto la Inteligencia Artificial redactará los libros de los aspirantes a la gloria.    

Salvo unos cuantos escritores, en su mayoría varones, que lograban gran reconocimiento y con frecuencia se desempeñaban en altos cargos gubernamentales y diplomáticos, la mayoría de los escribidores, poetas, cuentistas y narradores del siglo XX eran marginados a los que casi todo el mundo les sacaba el cuerpo, como si estuvieran afectados por la peste.

Cuando alguien comunicaba a la familia su deseo de convertirse en poeta o novelista, las madres irrumpían en llanto, al saber el viacrucis que el pobre muchacho tendría que recorrer a lo largo de la vida, y lo imaginaban mendigando en los cafés como gotereros o tratando de vender sus pequeños poemarios a los amigos o conocidos, que al verlo llegar con la precaria mercancía lírica se escondían o huían.   

Al propio García Márquez de joven lo apodaban "Trapoloco" y lo consideraban "un caso perdido" y en México, cuando llegó a la capital muchos con poder literario se burlaban de él por su apariencia, no le auguraban ningún futuro y no comprendían como su amigo Alvaro Mutis lo recomendaba con tanto entusiasmo.
 
El propio Nobel relató con generosidad sus penurias infantiles y juveniles en Vivir para contarla, como cuando iba a vender estampas o duleces en el mercado de Cartagena de Indias para ayudar a su mamá, encargada sola de una enorme prole. Y eso sin incluir la miseria vivida en París cuando recorría las calles en invierno en espera de hallar una moneda perdida en el suelo o tocaba la guitarra y cantaba en los bares y cavas existencialistas para ganar unos francos al lado de su amigo el artista venezolano Soto.

Pero su consagración y triunfo milagroso después de años de dificultades ejerció sin duda un efecto favorable para el cambio en la percepción general de los escritores en ambientes donde antes los aborrecían y desató la codicia de quienes pensaron repetir la proeza y así volverse famosos, millonarios y adulados como en los cuentos de hadas en un abrir y cerrar de ojos.  

Empezaron entonces a proliferar los talleres literarios y más tarde las prósperas carreras académicas de escritura creativa que se convirtieron en rentable negocio en los campus universitarios estadounidenses y luego fueron clonadas con éxito en el resto del continente latinoamericano. Ahora estudiar para escritor se volvió una carrera de moda como antes el derecho, la sociología, la antropología o el periodismo y los estudiantes presentan ahora como tesis novelas o libros de cuentos con la esperanza de que sus maestros o los contactos obtenidos tras pagar costosas matrículas y mensualidades, puedan llevarlos a la gloria y la fama.

También al lado de esas carreras universitarias, han proliferado editoriales especializadas en publicar los libros que no encuentran editor y venden el sueño de la gloria a cambio de pagar la edición o comprar centenares de ejemplares. Los pudientes o las pudientes que tienen para pagar publican cada año varios libros como conejos o conejas y quienes no tienen recursos se quedan para siempre con sus manuscritos engavetados en el limbo.

El editor Guillermo Shavelzon calcula que en todo momento hay en circulación en América Latina al menos 3.000 manuscritos de novelas correctas que nunca hallarán editor y la cifra de poemarios debe ser casi infinita como las estrellas del cosmos.

Pero todo esto en fin de cuentas es una buena noticia para la literatura, pues las carreras universitarias de escritura creativa propician la formación sólida de muchos nuevos lectores, editores, corectores y redactores y eso es mejor a que estudien para mafiosos. Es seguro que los miles y miles de aspirantes a escritores no lograrán jamás la gloria de García Márquez, porque eso es un fenómeno de otra época e irrepetible, pero al menos gozarán de los libros y soñarán escribiendo como antes de la invención de la imprenta, cuando se usaban las tabletas sumerias y los papiros egipcios. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 10 de marzo de 2024

  

viernes, 9 de febrero de 2024

EL VIAJE LITERARIO DE SALAZAR PATIÑO

 Por Eduardo García Aguilar

Poco antes de la pandemia el polígrafo y polemista manizalita Hernando Salazar Patiño vino a París en el marco de una larga gira por varias ciudades europeas, que lo llevó a Roma, Viena y Madrid, entre otras capitales. Instalado en un apartamento cerca de la famosa plaza de la Bastille, donde estuvo preso el Marqués de Sade, vino para quedarse solo unos días, pero al final extendió su estadía, pues sin duda esta ciudad lo estaba esperando desde hace tiempos y quería atraparlo con sus redes misteriosas.

La prueba es que cuando fuimos al cementerio Père Lachaise ocurrió algo que parecía surgido de la novela fantástica de Michel Bulgákov El maestro y Margarita. Apenas ingresamos, llegamos de frente y por azar a la tumba de su admirada escritora Colette y a su alrededor un grupo de teatro ataviado como en la época representaba aspectos de su vida y obra.
 
Salazar Patiño, quien además tiene talento de actor, interactuaba con los comediantes, asombrados de verlo tan emocionado en medio de las tumbas de las grandes celebridades que pueblan la ciudadela de los poetas muertos donde reposan Molière, Proust, Oscar Wilde, Balzac, Miguel Angel Asturias, Rufino J. Cuervo, Alain Kardec y Jim Morrison, entre otros.

Seguimos al grupo teatral, que se detuvo después en la tumba de Proust para escenificar aspectos de su vasta obra En busca del tiempo perdido y así saltamos como saltimbanquis de una tumba a otra siguiendo a los actores y a su selecto público, como si estuviésemos en un sueño literario o embrujados por el gato misterioso de Bulgákov. He ido decenas de veces al Père Lachaise con amigos, pero solo con Salazar Patiño podía sucederme algo tan fantástico, digno del teatro del absurdo de Eugène Ionesco. 

E igual me ocurrió con él cuando paseábamos por la famosa calle de Lappe, cerca de la Bastille, sitio malevo famoso a comienzos de siglo XX y escenario de filmes, poblado por decenas de bares como el famoso dancing Club Balajó, además de otros antros de música caribeña o de rock. Ahí también la simpatía y elocuencia del escritor manizalita cautivó a los dueños de uno de los bares icónicos de rock, Le Bastide, que desapareció tras la pandemia, manejado por unos viejos ex hippies y donde se escuchaban en discos de vinilo todos los clásicos del género. Ellos querían homenajearlo y cerraron expreso el bar para eso, pero había tanto humo adentro que nuestro autor no pudo resistir e hizo mutis.   

La primera vez que vi al autor de Herejías (1983) y otros libros fue cuando para promocionar la revista cultural Siglo XX, en compañía de otros estudiantes de la Universidad de Caldas pasó por los salones del Instituto Universitario, donde yo cursaba, antes de que me expulsaran, el tercero de bachillerato. Después coincidimos en el legendario recital de Pablo Nerurda en el Teatro Fundadores, como lo atestigua la foto icónica de Carlos Sarmiento, y más tarde, a lo largo de las décadas, nos encontramos en ferias del libro, fiestas, conferencias y coloquios, pero nada como esta afortunada visita suya a la ciudad luz, llena de milagros.
 
París sabía que Salazar Patiño ha sido uno de los más fieles lectores y conocedores de la literatura francesa en Colombia. Por sus manos han pasado los grandes autores de este país, antiguos y modernos y además de Baudelaire, Rimbaud, Colette, François Mauriac, André Malraux, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre y Albert Camus, él conoce otros escritores secretos.

Por eso la ciudad de Santa Genoveva y Baudelaire lo recibió con sorpresas y guiños teatrales en cada esquina para agradecerle su fiel viaje de más de medio siglo por las letras francesas. Y no solo su viaje por las letras de la tierra de Montaigne y Rabelais, sino su pasión por la literatura de todas las lenguas y épocas y en especial la de su propia tierra, Manizales, a la que ha dedicado libros y minuciosas investigaciones sin fin, a veces muy polémicas. 

Durante su visita hablamos mientras caminábamos hacia el Père Lachaise o Bastille de sus grandes amigos manizaleños de su generación Hector Juan Jaramillo y Jaime Echeverri, quien fue su vecino en la adolescencia, y evocamos figuras inolvidables de la cultura de Manizales como Fernando Mejía Méjía, José Vélez Sáenz, Dominga Palacios, Edgardo Salazar Santacoloma, Jorge Santander Arias, Beatriz Zuluaga, entre otros muchos.  

Éramos dos manizaleños perdidos en estas calles lejanas, pero cercanos a nuestra tierra y su literatura, porque al final uno es de donde nació y estudió la primaria y el bachillerato. En esos segmentos de la vida inicial uno ya es el que será y el "ingenio inagotable" de Salazar Patino, como dice su amigo Jaime Echeverri, siempre se ha manifiestado en la plaza de un viejo pueblo caldense como Salamina, Riosucio o Anserma o en Viena, Roma o París.     
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Publicado en La Patria, Manizales. Colombia. Domingo 4 de febrero de 2024.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

LA FICCIÓN: UN AMBIGUO DEMIURGO (1988)


Por Eduardo García Aguilar

En Este mar narrativo, el escritor venezolano José Balza (1939) reúne ensayos relacionados con el ejercicio novelísico, partiendo, por supuesto, de un original estudio sobre El Quijote. Algunos de los textos abordan otros temas, como la técnica novelística en general, las proposiciones de la nueva novela francesa, o las obras de Proust, Kafka, Durrell, Onetti, Cortázar, Rulfo y otros autores de este siglo. Todos estos estudios, escritos algunos en la década de los 60, se caracterizan por centrarse exclusivamente en los asuntos del género, evitando digresiones sociológicas o políticas, o en su defecto, largas disquisiciones de orden semiológico. Parten de la pasión del autor por la lectura, lo que lo incita a buscar zonas inéditas en las obras estudiadas sin otro ánimo que dar luz, abrir puertas, dsmontar edificios o buscar los secretos designios de un material tan vasto y complejo. A diferencia de la mayoría de los críticos en boga en los últimos 20 años, Balza nos introduce a su mundo por las vías únicas del goce. El texto crítico aquí propuesto no busca encontrar justificación a los procesos socioeconómicos, ni mucho menos trata de hallar, a través de la creación, claves para discernir épocas o años específicos. El tema es uno y exclusivo: el arte de novelar, sus secretos y misterios.

Como era de esperarse, Balza inicia el libro con un extenso y delicioso ensayo sobre El Quijote de Miguel de Cervantes Saavedra, elaborado a la luz de la actualidad. Lo novedoso de este tipo de abordaje es que pone a dialogar la obra magna del género con autores contemporáneos e incluso con teorías actuales, mostrándola como precursora de los más variados usos y técnicas de hoy.  Hubiera sido inútil insistir en los trillados estudios cervantistas, cuya cantidad y desmesura enloquecería al más aplicado de los eruditos. En unas 70 páginas, el venezolano aborda desde su óptica las escenas o capítulos a su parecer más importantes, reflexiona en torno a los personajes centrales y la vasta gama de los secundarios, haciéndonos volver al mundo inagotable de Cervantes. Asimismo, discurre sobre las proezas técnicas del autor y sobre ese tejido de máscaras con las que se oculta el narrador para darnos la trampa de su genio. Concluye en la cueva de Montesinos, zona de la obra donde al parecer triunfa no solo el autor sino el género como tal. Dice Balza: "La cueva de Montesinos -indescifrable siempre: por su magia anecdótica, por su conciso diseño narrativo, por ser texto que no deriva de autor conocido- unifica dentro de la novela un extraño momento: el de lo alto y lo bajo, el de lo visible y lo contado, el de las confluencias temporales. En ella parece habitar la síntesis de una forma literaria que, siendo novelesca, siendo novela, celebra a la novela misma y a cuanto el corazón de la ficción pueda contener. En la aventura de la cueva hay una manera suprema -dentro de El Quijote- de inhalar y testificar al mundo; allí triunfa la novela (o una superación de la novela)".

Carlos Fuentes dice que cada año dedica la Semana santa a leer El Quijote. Todo novelista que se respete debe hacer este "ejercicio espiritual", luego del cual está preparado para un nuevo año de sorpresas y creaciones. No habrá jamás una relectura de esa obra que no suscite nuevas emociones o revele aristas inéditas. Además del goce argumental, de la sabiduría que entraña, El Quijote sorprende porque esa masa de palabras posee una energía que estremece a cualquiera. En el castellano monstruosamente vivo que nos habla y nos inunda de olores y lágrimas. Volver a él es descubrir el poder de las palabras, cuyo imperio trasciende los siglos, incluso menos golpeadas por el tiempo que ciertas pirámides o templos milenarios. 

En otros ensayos como Notas sobre la novela. Desviaciones e Instrumental, Balza nos habla de las tendencias contemporáneas del género. En el primer texto, escrito entre 1964 y 1968, es decir, en pleno auge del Nouveau roman, el autor no cae en la fe ciega que suscitó el experimento entre estudiosos y escritores de entonces. Veinte años han transcurrido, y lo que dice respecto a los cambios de perspectiva del género y sus consecuencias nos parece muy actual y muy lúcido. Más adelante, hablando de los novelistas más impactantes del siglo, como Proust, Joyce, Kafka, Musil, y otros nuevos, como Huxley, Faulkner o Dos Passos, Balza refrenda lo dicho muchos años antes respecto al tiempo y el espacio, entre los que transcurre la aventura narrativa y expone los rumbos futuros que ahora se vislumbran. A través de su estilo ensayístico, los lectores llegamos a la certeza de que, como se dice en El Quijote, "todo es ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombres medio despiertos, o, mejor, medio dormidos".
   
Allí -agrega Balza - "estaría el punto deslizante: todo se debe a la existencia de un centro omniscio que constiyue y origina la ficción; todo se debe a la acumulación de una energía colectiva (lo imaginario) que emerge desde los hombres, se independiza de ellos, y, como un dios, vuelve a su destino para poseerlos; a un dinámico núcleo que irrespeta lo siglos, las mentes, los lugares; a algo que está en ellos sin importar cual sea su separación espacial o temporal, su misterio o su condición indecible; a un sol imaginario cuyas ruedas hipnotizan, mueven el sueño y la vigilia, y abandonan en nuestro mundo a algunos hombres que le pertenecen: los narradores y lectores".

Desentrañar, pues, el artilugio de la ficción es el objetivo de Este mar narrativo. Para el autor, los novelistass "son los hombres de la oscuridad" y su función consiste en alumbrar lo oculto, descubrir las "esencias que adquieren en forma pura, irreal, sin proponer clasificaciones universales". Anécdota, lenguaje, cuerpo, son otros de los conceptos que utiliza para mostrar las etapas de la creación novelística: la primera como algo general,  no necesariamente individual; el segundo cargado ya de elementos propios, de respiraciones y ritmos particulares; y el tercero, consistente en el orden y los puntos de vista, definiría ya el reino del autor, su peculiar forma de ver y ordenar el material ficticio.

Para los aficionados a escribir novelas o a leerlas, el libro del autor venezolano contribuye a desempolvar ciertas ideas que el violento quehacer narrativo latinoamericano reciente había condenado al reino de los anaqueles. Lejos de los juicios titánicos en torno a qué es bueno o qué es malo, o sobre la cantidad de "compromiso" o "latinoamericaneidad" de una novela, Balza nos invita a gozar un género que algunos consideran agonizante y hasta sospechoso.

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José Balza. Este mar narrativo. Fondo de Cultura Económica. México. 1987. 190 pp.

* Publicado el jueves 11 de febrero de 1988. Unomásuno. México. 
* Una versión editada y actualizada de este texto con motivo del reciente Premio Pedro Henríquez Ureña recibido por Balza fue publicada el domingo 23 de septiembre de 2023 en el diario La Patria. Manizales. Colombia: https://www.lapatria.com/opinion/columnistas/eduardo-garcia/el-venezolano-balza-y-el-universo-cervantino
* El pasado 31 de agosto de 2023 José Balza recibió el VIII Premio Pedro Henríquez Ureña de ensayo que le había sido otorgado por la Academia Mexicana de la Lengua en 2021.



lunes, 18 de septiembre de 2023

LAS ANTIPARRAS PRODIGIOSAS DEL MALVADO EMIR (1985)

 

Por Eduardo García Aguilar *

En 1970, escarbando entre los libros de mi padre, encontré entre un volumen del Elogio de la locura y otro de Pepita Jiménez, tres números de la revista Mundo Nuevo, que Emir Rodríguez Monegal (1921-1985) publicaba en París. Aunque no me acuerdo de su contenido exacto, guardo la grata impresión que me provocó esa lectura, en una época dominada por el primer auge del boom.

En contraste con las mortecinas revistas del Instituto Caro y Cuervo y de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, de Bogotá, que llegaban a una ciudad andina situada a veinte kilómetros del volcán nevado del Ruiz, aquellas revistas, una de las cuales tenía color rosado, provocaron en un grupo de adolescentes interesados en la literatura, un efecto volcánico. Poco después, en la redacción de un diario de Manizales, alguien me dijo que esa revista era financiada por la CIA. En secreto, como si cometiera un pecado, leía esas revistas sin comprender por qué la agencia de inteligencia norteamericana mostraba tanto interés en la nueva literatura latinoamericana. 

Bajo el dominio absoluto de Casa de las Américas, en meses aciagos para Colombia, bombardeados por literatura marxista de todos los pelambres, la acusación de ese periodista se quedó así. Ahora, muchos años después, cuando la mayoría de los intelectuales sectarios de aquel tiempo maquillan piadosamente su ideas para ponerlas acordes con la época, todos sabemos que Mundo Nuevo fue una de las revistas decisivas para la difusión de la nueva literatura latinaomericana, que apenas explotaba con todo su esplendor. El inspirador de ese proyecto, financiado por la Ford Foundation, mas no por la CIA, era Emir Rodríguez Monegal, uruguayo trotamundos, cuyo ejercicio de la crítica era absolutamente peculiar. Además de haber sido el primero en mirar con escepticismo la retórica marxista-leninista y de haber tenido el valor de exponer sus dudas, aun a costa de ser acusado de agente secreto de los servicios de inteligencia norteamericanos, Rodríguez Monegal practicó la crítica sin caer en los beatos estudios académicos, podridos por la manteca estructuralista o marxista. Salpicando de humor cada texto, haciendo ameno el análisis, buceando por todos los túneles submarinos, haciendo de la entrevista un arte y de la conferencia o la charla una orgía perpetua, el crítico más lúcido de la nueva narrativa latinoamericana dejó su investigación en el punto donde los nuevos deben continuar.

En una entrevista con Carlos Fuentes dijo algo que sigue teniendo gran actualidad: "Yo creo que encerrarnos en un gueto cultural  más o menos imaginario, como nos proponen desde tantos extremos, es lo que nos ha hecho mucho daño siempre y nos sigue haciendo daño ahora. Hemos cambiado el monopolio de una metrópoli por otras, pero nunca nos hemos atrevido a circular libremente por el mundo entero. O nos hemos encerrado con todo resentimiento en nuestros ídolos, nuestros héroes, nuestras tradiciones, nuestras inquisiciones, como solteronas maniáticas y abrumadas por álbumes de estampas y sus carpetas de crochet. Hemos sido demasiado  tiempo unas vestales aterrorizadas por la proximidad de los bárbaros. Sin darnos cuenta de que los bárbaros ya están adentro". Basado en estas palabras, Rodríguez Monegal analizó la literatura del continente desde todos los puntos de vista, y vio en ella el fruto no solo de una tradición narrativa, sino también poética, por el lado de las vanguardias y de la obra iluminadora de Neruda, el de la Residencia en la tierra. En un pequeño, pero esclarecedor ensayo, El boom de la literatura latinoamericana, hace un fresco dinámico de la literatura continental, buscando sus múltiples orígenes, desde los primeros escritores "americanos", el modernismo de Darío y de Rodó, hasta el efecto producido por Huidobro y Neruda. A su vez incluye en el estudio la compleja y valiosa literatura brasileña, que es excluida a veces cuando se habla de literatura latinoamericana, pero que en muchos aspectos ha sido más viva y revolucionaria que la del lado hispánico de América. En su violenta arqueología de la novela de estas latitudes, rescata del olvido a autores tan adelantados como Macedonio Fernández y Machado de Assis, para luego dar la moneda del César a Jorge Luis Borges, de quien fue no solo amigo, sino también estudioso pertinaz.

Preocupado por los nuevos autores, tratando de descubrir las nuevas tendencias, concluye que Cien años de Soledad es más el fin de un largo ciclo que una apertura, y cree -lo que puede también ser discutible- que los nuevos rumbos están planteados en la prosa de Lezama, en la auto-reflexión de los textos borgeanos, en el delirio "barroco" que hace del lenguaje el centro de la trama novelística. Durante décadas leyó manuscritos en ciernes, conversó con autores entonces tan jóvenes como Severo Sarduy y Homero Aridjis, siempre guiado por la antiparra libre de presiones ideológicas y políticas. Muchas de sus tesis pueden ser discutibles -de eso se trata-, pero ningún estudio sobre los rumbos de nuestra novela podrá prescindir de su lúcida y corrosiva crítica.

No en vano, cada una de sus conferencias era como un hapenning que escandalizaba a los piadosos de la crítica con sus atroces monóculos y su cejijuntez. Implacable con los españoles, con esa academia mortecina propugnadora de la profilaxis linguística, Rodríguez Monegal valoró las diversas expresiones  literarias del continente, sin recurrir la las funestas "aduanas" del marxismo, el estructuralismo o la ortegassetez. Por decir lo que pensaba, con furibundos sarcasmos, estuvo a punto de ser linchado en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, durante el homenaje a Octavio Paz, celebrado a fines de agosto de 1984, con motivo de sus 70 años. Junto a él, entre otras personas, estaban el beato Félix Grande y santa Rosa Chacel. Rodríguez Monegal, con el porte y el rostro que lo hacían parecer al Dr. Samuel Johmson o a un jefe Sioux, enfiló sus adargas contra don Tomas Navarro Tomás (T.N.T) y Ortega y Gasset, provocando la iracundia de los dos hispanos. Luego el asunto degeneró en la furibunda reacción del público. El asunto tuvo que concluir  antes de que se armara un genocidio. Más tarde, a la salida, en una noche de fines de agosto, lo vi por última vez salir muy pálido y serio, con su alta estatura, el saco azul, la maleta de académico y las antiparras corrosivas, rumbo a la ciudad. Mientras tanto, una joven ayudaba a caminar a Rosa Chacel, que moribunda y temerosa, había tenido alientos para salir del desgano y atacar a "ese hombre", como dijo después en una entrevista.
Esta anécdota es algo más que pintoresca. Es la prueba de que pese al éxito del boom en España, a la revolución modernista de Darío, a las brigadas de asalto de Huidobro y Neruda, en Europa no se soporta la soberbia o la irreverencia de ultramar. La obra y la actitud del viejo maestro uruguayo es un ejemplo para quienes hoy deseen destruir las "aduanas" del progresismo y la ñoñez.

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Emir Rodríguez Monegal. El boom de la novela latinoamericana. Editorial Tiempo Nuevo. Caracas. 1972. 119 pp. El arte de narrar. Monte Avila Editores. Caracas. 1968, 311 pp. Narradores de América (tomos I y II), Editorial Alfa. Argentina. Buenos Aires. 1974. Borges, hacia una interpretación. Ediciones Guadarrama. Madrid. 1976. 125 pp. Borges por él mismo. Monte Avila editores. Caracas. 1980. 247 pp. Borges. Una biografía literaria. Coleccion Tierra Firme. Fondo de Cultura Económica. México. 1987. 475 pp. E innumerables y desperdigados artículos, publicados en revistas de este y otro mundo.

* Artículo publicado en 1985 en Sábado. Unomásuno, Ciudad de México, tras la muerte de Emir Rodríguez Monegal, acaecida el 14 de noviembre de 1985 en New Haven (Estados Unidos).


sábado, 11 de marzo de 2023

LOS PACTOS AUTOBIOGRÁFICOS

Por Eduardo García Aguilar

La novela autobiográfica El cuerpo en que nací de la mexicana Gudalupe Nettel ya va por su decimosexta edición después de que Anagrama la publicó en 2011 y se enmarca dentro de la corriente dominante de la narrativa del siglo XXI en los países occidentales y sus principales lenguas. Me encanta porque conozco los escenarios de la novela, Coyoacán, Villa Olímpica, Polanco, Aix en Provence y los ámbitos en los que vivieron los padres de la narradora, contemporáneos de los héroes de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. No en vano ha vivido uno tres lustros en la capital mexicana, epicentro fascinante y terrible de muchas cosas.

En Francia la mayoría de las novedades más vendidas y con reconocimiento crítico son relatos de la vida de hombres y mujeres marcados por traumas o complejos, como es el caso de Annie Ernaux, Michel Houellebecq, Christine Angot y Emmanuel Carrère, el hijo de la presidenta de la Academia Francesa, así como de muchas figuras mediáticas que cuentan los secretos inconfesables de sus familias o entornos.

En algunos casos se trata de personas pertenecientes a las altas élites políticas y culturales parisinas que denuncian abusos sufridos en la infancia o la adolescencia, como ocurrió con El consentimiento de Vanessa Springora (Grasset, 2020) o La familia grande de Camille Kouchner (Seuil, 2021), quien es hija del famoso french doctor y ex ministro de Relaciones exteriores Bernard Kouchner, excelso representante de la llamada "gauche caviar".

En el primero la autora, gran editora parisina, cuenta como fue seducida a los 14 años por el escritor Gabriel Matzneff, adicto a las relaciones con menores de edad, de lo que se ufanaba en sus libros autobiográficos y en el segundo la prestigiosa abogada Kouchner relata que su padrastro Olivier Duhamel, gurú de la escuela de Ciencias políticas y personaje influyente, abusó de su hermano en la adolescencia con la complicidad de su madre Evelyne Pisier, quien a su vez, cuando joven, fue amante de Fidel Castro. En ambos casos las publicaciones significaron la muerte social y el ostracismo de los acusados.
 
Otros autores autobiográficos como Ernaux, Houellebecq o Angot, vienen de clases bajas. Ernaux relata las miserias de su origen humilde y campesino, Houellebecq los maltratos y la ausencia de su madre irresponsable, egoísta y hippie y Angot, que saltó a la fama con El Incesto, los abusos de su padre. Todos estos libros han sido espectaculares éxitos de ventas mayores y recibieron el aplauso de la crítica. Eso sin contar La Vida sexual de Catherine M., de Catherine Millet, precursora total de la tendencia.

En los países latinoamericanos también ha venido imponiéndose esta tendencia y los libros más aceptados en cada país son por lo regular este tipo de obras con las que se identifican muchos de los lectores, porque en ellos encuentran coincidencias en el difícil oficio de nacer y crecer y vivir en el mundo hostil.

En este texto de Guadalupe Nettel (1973), la voz de una mujer de la capital mexicana habla a su sicoanalista la doctora Sazlavski sobre el transcurso de su existencia, marcada por el hecho haber nacido con una nube blanca en uno de sus ojos y la tendencia al estrabismo, lo que dificulta su vida escolar y la obliga además a construirse enfrentada no solo a ese defecto de origen sino a la madre, la abuela, los dramas familiares que siempre acechan en todas las familias del mundo.

Sus jóvenes progenitores se han divorciado, pero además el padre, psicoanalista, desparece misteriosamente por unos años y solo hasta el final sabremos lo que le ocurió. La madre, es la encargada de criarlos a ella y a su hermano en un apartamento de la Villa Olímpica, al sur de la ciudad, donde la niña solitaria descubre poco a poco el mundo, el deseo, la amistad, en medio de una acuciante soledad en el marco de la clase media y con la presencia en esos ámbitos de exiliados sudamericanos que tienen hijos igualmente afectados por tragedias, exilios, ausencias, como es el caso de la vecina Ximena, que vive en otro apartamento de la unidad habitacional y ella adopta a distancia como amiga imaginaria en una de las escenas más notables del libro.

Cuenta luego la vida en Aix en Provence, en Francia, donde su madre hace un doctorado y las nuevas experiencias vividas allí por la narradora, que todos sabemos será escritora, pues la soledad y la lectura en la infancia y la adolescencia y los defectos físicos llevan por lo regular a la literatura para salvarse del naufragio, para izarse frente a la catástrofe. Y relata su paso por el Liceo Franco-Mexicano y las fiestas adolescentes en Coyoacán, una de ellas en la casa del legendario Indio Fernández.

Escrito con una prosa quirúrgica, el libro de Nettel es un ejemplo notable del pacto autobiográfico realizado por muchos autores como Rousseau, Sartre, Beauvoir, José Vasconcelos, Teresa de la Parra, Anais Nin, Paul Nizon, J.M. Coetzee y otros muchos que en su momento recurrieron a ese ejercicio para poner en claro el destino y la práctica de la propia escritura y tal vez salvarse.

El libro de Nettel me hace recordar la Confesión sexual de un anónimo ruso, escrito también ante el psicoanalista silente que escucha y no dice nada, pero cuyo mutismo ayuda a desenmarañar las neurosis del autor.

Sobre este tema Philippe Lejeune ha escrito precisamente un libro notable, El pacto autobiográfico, que deberían leer quienes deseen aventurarse en la difícil tarea de desnudarse de verdad en un libro. Nettel es una tejedora y desde el principio hasta el fin nos cuenta la génesis de su escritura, que no es solo la de ella sino la de todos los escritores que de tara en tara y de naufragio en naufragio conquistan al fin el barco Titanic de su creación y pese a todo, el cuerpo en que nacieron.  
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* Guadalupe Nettel. El cuerpo en que nací. Editorial Anagrama. Barcelona. 16 edición. 2022. 196 pp.





domingo, 27 de noviembre de 2022

LAS HUELLAS DE JOSÉ EUSTASIO RIVERA


Por Eduardo García Aguilar

Una tarde, caminando por el centro de Bogotá donde él tenía su oficina, cubierto por su infaltable gabardina, Fernando Charry Lara me contó su experiencia de haber asistido al velorio de José Eustasio Rivera (1888-1928), cuyo cadáver vino desde Nueva York a Bogotá para recibir un apoteósico sepelio como solía ocurrir con los grandes poetas y escritores de la generación modernista a la que pertenecieron entre otros Amado Nervo, Rubén Darío, Vargas Vila y José Marti, entre otros que eran seguidos atentamente por los lectores de ese tiempo a través de la prensa, los libros importados de España o Francia y los actos públicos en teatros, cuando un poeta podía mover multitudes.

Su padre lo había llevado a ver el ataúd y el cuerpo del joven narrador autor de La Vorágine (1924) y el gran poeta de Tierra de promisión (1921), dos libros esenciales en las literaturas colombiana y latinoamericana, para muchos las dos obras más notables escritas en el país en el siglo XX. El niño no sabía que mucho tiempo después escribiría un poema sobre ese momento especial vivido en la infancia, ya convertido en uno de los grandes poetas colombianos, autor de una obra ceñida, corta, pero sorprendente en cada una de sus páginas, tanto que su poema Llanura de Tuluá se considera el emblemático de la violencia colombiana.

Por las jugarretas del destino, Charry Lara (1920-2004) moriría en Washington y su cuerpo a su vez regresaría a Bogotá para recibir los últimos honores, aunque no tan multitudinatrios como los ofrecidos al abogado huilense que "jugó su corazón al azar y se lo ganó la violencia" con esa novela trepidante y selvática que es La Vorágine y que cada vez leemos con una emoción intacta pues sacude la esencia total del cuerpo y nos comunica con la vida y la muerte, la selva, el deseo, la aventura y el viaje.

Los ríos caudalosos, las pirañas, el amor desbocado y el despecho, la codicia, la canícula, la lluvia, los celos, la traición y el odio comparten protagonismo con el sonido escalofriante de las hormigas tambochas que devoran el follaje a su paso. De la calma se pasa a la violencia y a la huída por selvas donde los humanos se pierden a veces para siempre sin encontar ninguna ruta, desvalidos ante la inmensidad del territorio. En un barco, rumbo a Manaos, coinciden figuras del comercio, mujeres poderosas como esa erótica medioriental enamorada del protagonista, hembra que domina territorios y comanda con mano de hierro hombres de todo tipo y calaña. En La Vorágine vibran la vida, el destino, el deseo y la muerte.

Rivera escribió una obra maestra y telúrica donde cuenta el viaje de Arturo Cova en pos de su amada Alicia y cuando se trasladó a Estados Unidos para buscar la traducción de su novela y emprender otra sobre el petróleo, bajo el título de La mancha negra, según cuentan sus biógrafos, fue dominado por las fiebres y las enfermedades que atrapó en las selvas cuando sus labores de abogado lo llevaron a trabajar en la delimitación de fronteras con Venezuela. Murió a los 39 años de edad, o sea al final de esa edad vigorosa entre los 30 y 40, en la que casi todos los narradores y poetas redactan sus obras mayores. 

Cuenta la leyenda que el cadáver regresó en barco y recibió homenajes en los puertos y localidades a donde llegaba, como fue el destino también del cadáver del famosos mexicano Amado Nervo, periodista, diplomático y poeta autor de la Amada inmóvil y quien después de un largo periplo de homenajes reposó en una pomposa tumba de estilo Art Nouveau en la Rotonda de los hombres ilustres en la capital mexicana.

A Rubén Darío (1867-1916) lo trajo casi agonizante de teatro en teatro un empresario sin alma, hasta que las fiebres lo vencieron en su tierra natal Nicaragua después de un periplo mundial lleno de glorias, banquetes, sinsabores y felicidades etílicas. Y algo parecido le ocurrió a Carlos Gardel, quien después de morir en un accidente de avión en Medellín trajinó por pueblos y veredas hasta el puerto de Buenaventura, desde donde partiría de regreso a Buenos Aires, según cuenta Fernnando Cuz Kronfly en su novela La caravana de Gardel.

Suelo viajar siempre a donde vaya con un ejemplar de La Vorágine y una edición de Tierra de promisión, libros que lo acompañan a uno en la soledad de los hoteles o los aeropuertos. Hay en ellos una fuerza devastadora de colombianidad, como si ese joven abogado viajero y soñador, pero también terrestre y pragmático, hubiese captado lo esencial de nuestra nacionalidad hace cien años apenas.

Leyéndolo uno se da cuenta lo poco que ha cambiado la vida en aquellas selvas y fronteras con Venezuela, Brasil, Ecuador y Perú cruzadas por el Orinoco y el Amazonas. Las huellas de José Eustasio Rivera están ahora más nítidas que nunca, cuando nos acercamos raudos al centenario de la publicación de la gran novela de la selva y la vida. Vivimos en el mismo país que él trasegó y que sigue siendo bastante parecido para bien o para mal.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de noviembre de 2022.




sábado, 22 de octubre de 2022

CUARENTA AÑOS NO ES NADA

Por Eduardo García Aguilar

El 21 de octubre se cumplieron cuatro décadas del anuncio del Premio Nobel otorgado al autor de Cien años de soledad, quien ya era desde 1967 una estrella mundial de la literatura luego del éxito de su obra maestra, donde no solo se reconocieron todos los latinoamericanos ansiosos de afirmarse tras siglos de guerras, dependencia y miseria, sino también las poblaciones de varios continentes del llamado Tercer Mundo, aquejados por los mismos problemas de la colonización y el dominio imperial. 
 

La obra máxima del nativo de Aracataca salió en un coyuntura especial, un año antes de las revueltas juveniles de 1968 y las explosiones culturales que empezaron a derrumbar las inercias de un pasado patriarcal y autoritario en Estados Unidos y Europa. Empezaron entonces las súbitas reivindicaciones de los afrodescendientes liderados por Martin Luther King y Angela Davis en Estados Unidos y se inició el movimiento de liberación femenina que derrumbó siglos de inercia y sacó a la mujer de una minoría de edad permanente.    

En el Primer Mundo esa generación que luchaba contra la guerra de Vietnam, soñaba con la revolución, consumía marihuana y escuchaba y bailaba rock, reggae y salsa hasta el amanecer, quedó fascinada por el exotismo y las luchas sociales del Tercer Mundo encarnadas en la figura y la obra de Gabriel García Márquez, un atípico e irereverente escritor malhablado de bigote, pelo encrespado, camisas floridas y pantalones de colores chillones, muy diferente a los pomposos autores latinoamericanos de antes que usaban traje y corbata y ejercían de diplomáticos o políticos profesionales como Rómulo Gallegos, Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda.

 
El colombiano le sacó el cuerpo a todas esas formalidades y convertido en rock star dejó atrás el modelo de autor exquisito y aristocrático que representaban hasta entonces Jorge Luis Borges, el barroco José Lezama Lima y otros prohombres engolados y pomposos existentes desde el Río Bravo hasta la Patagonia, y se asoció con la revolución cubana, que entonces se encontraba en su apogeo en medio de la Guerra fría. 
 
Unido como emblema revolucionario a sus líderes Fidel Castro y al mártir Ernesto Che Guevara, que murió en Bolivia el mismo año de la aparición de Cien años de soledad, García Márquez se convirtió en otro ídolo y ascendió hacia la estratosfera como los poderosos cohetes Saturno V que llevaron al hombre a la Luna en 1969. García Márquez fue la otra cara de la moneda del Ché Guevara como mito crístico de la juventud rebelde latinoamericana y mundial hasta su paulatina difuminación en el siglo XXI. 
 

A diferencia de sus antecesores, el costeño reivindicó sus orígenes populares, la música vallenata y utilizó su fama y poder para promover el periodismo y cine latinoamericanos y desempeñarse como diplomático de facto de la Revolución cubana y mediador en complicados conflictos sociopolíticos latinoamericanos, al ser interlocutor escuchado y admirado de muchos presidentes de la región o incluso mandatarios de Estados Unidos o Europa.

   

En cierta forma García Márquez fue nuestro Victor Hugo y como él tuvo que huir al exilio cuando estuvo a punto de ser detenido en Colombia por su activismo político y periodístico y sus lazos ocultos y no ocultos con la insurgencia. Poco después obtendría el codiciado Nobel a los 54 años de edad y viviría el resto de su próspera vida en México en medio de la gloria, adorado como un patriarca o un semidiós hasta que fue alcanzado trágicamente por la terrible peste del olvido que aquejó también a los protagonistas de su obra mayor.

 
En un país y un continente que han vivido tantas guerras y desgracias, la figura patriarcal de García Márquez era un bálsamo que aliviaba los dolores y conjuraba la tradición del fracaso. Hasta su advenimiento todos los poetas, narradores y ensayistas del país habían muerto en la depresión, la pobreza y el olvido. 
 

Pero, oh paradoja, su éxito literario carbonizó como una deflagración meteórica la obra de varias generaciones de autores colombianos cuyos libros aparecieron y aparecen sin pena ni gloria desde hace décadas aunque sean notables y aun hoy todo gira alrededor de él. Sus contemporáneos vagan como fantasmas en un limbo de olvido y los autores posteriores nacen como estrellas muertas en un firmamento agotado, al mismo tiempo que se acaba la era de Gutenberg. 

Casi se podría decir que existe una religión en torno a su nombre y su imaginario. Y que un día habrá papa de Macondo, cardenales, obispos y sacerdotes que divulgarán los evangelios y ratificarán sus milagros. Sus personajes, sus gestos, sus mariposas amarillas y las imágenes creadas por su talento siguen tan vivas que inundan nuestros sueños y planean sobre el país como un gran fresco fundacional que nos detiene en un eterno presente sin tiempo. Y cuarenta años no es nada para el bolero fenomenal que fue su destino. Por eso desde el más allá, protégenos Gabriel, y ten piedad de nosotros, pues eres omnipotente, omnisciente, omnívoro, omniamoroso y omnipresente.   

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de octubre de 2022.


sábado, 14 de mayo de 2022

CARTAS A UNA MADRE URUGUAYA

Por Eduardo García Aguilar

Silvia Baron Supervielle nació en Buenos Aires (1934) de madre uruguaya y padre montevideano naturalizado argentino y en 1961 se trasladó a París, donde ha escrito su vasta obra en la lengua francesa que era muy habitual en esos tiempos a ambos lados del río de la Plata, de donde se dice originaria esencial. En el libro Cartas a fotografías aborda el tema de la madre, uno de los más difíciles para cualquier escritor y a lo largo de 160 misivas escritas desde el corazón y en una lengua depurada, tersa y profunda, cargada de poesía, se introduce en la historia familiar.

Este pequeño libro de 133 páginas, publicado por Gallimard en 2013, es una de esas joyas que todo lector quisiera encontrar, pues se acerca a la tragedia que es la esencia de toda vida desde que existe la humanidad. Baron Supervielle habla a una madre que murió muy joven a consecuencia de un parto, dejando a tres hijas huérfanas que poco recuerdan de ella debido a su edad. Solo tiene como rastros de su existencia algunas fotos en blanco y negro que la han acompañado en su largo exilio voluntario, lejos de la tierra donde nació.

Alguna vez dijo que todo escritor debía "meterse con el padre" y aunque rinde tributo a su honestidad y su poca codicia pese a ser heredero del banco Supervielle, que administró con talento, registra el extraño silencio que siempre reinó en la familia argentina donde se crió en torno a la madre uruguaya, con quien él se casó y de la que enviudó pocos años después, antes de casarse de nuevo, tener otros hijos y seguir un rumbo que la autora considera ya separado de las hijas de su primer matrimonio, de facto excluidas por la nueva situación.

Hay vagos recuerdos de esos cortos años antes de que ocurriera la tragedia de la desaparición de la madre, por lo que al irse del río de La Plata hacia París en aviones de hélice que hacían múltiples escalas, como solía ocurrir en aquellos años, tal vez trataba de huir de ese vacío, de ese silencio, de esa cicatriz profunda e inefable. Todo el libro es un diálogo con esa madre que vive en fotografías donde su mirada de extraña tristeza expresa tal vez la intuición de su próxima muerte.

En ese viaje en busca de la madre uruguaya aprovecha también para contar a través de los ancestros la aventura social y política de esos países bañados por el río de La Plata, a donde llegaban centenares de miles de inmigrantes que huían generación tras generación de la pobreza o las guerras del viejo mundo y llegaban a aquellos puertos y pampas en busca de una vida mejor. Ya instalados, todos ellos cargaban silencios y vivían en un fuego fatuo que consumía raíces lejanas y anunciaba futuros como abismos.

Es el silencio de quienes dejaron para siempre sus orígenes gallegos, vascos, hispanos, portugueses, italianos, eslavos, balcánicos, ingleses, irlandeses, franceses, cuando por la distancia el viaje era sin retorno. Los nacidos allí crecían muchas veces ignorando lo que dejaron atrás los ancestros o nutriéndose de relatos fantásticos que falseaban la verdadera realidad. Un mundo transterrados donde hay silencios y reelaboraciones, tristezas sumidas en lo que nunca se dijo o no emergió a través de la palabra.

De ahí el misterio de este libro explorador del silencio, porque son cartas de la hija niña crecida ya y que desde la ventana de su habitación ve transcurrir las aguas de otro río, el Sena parisino que tantos inmigrantes franceses llevaron en su corazón hacia el exilio sudamericano. De allí la presencia de autores que como Isidore Ducasse, llamado el Conde de Lautréamont o Jules Supervielle, hicieron el mismo periplo del exilio de un lado para otro a través del Atlántico. Dos grandes poetas uruguayos de Francia sugeridos en las páginas de estas cartas.

Silvia Baron Supervielle es una de las grandes escritoras en lengua francesa actual con decenas de libros de ficción, poesía, ensayos y múltiples traducciones de autores de lengua española al francés, entre los que figuran Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Roberto Juarroz, Silvina Ocampo, Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar, y también del francés al español, como varias obras de Marguerite Yourcenar.

Este libro tan personal va mucho más allá de la historia contada, pues es una reflexión sobre la muerte y la vida, el olvido y el silencio, un viaje por la naturaleza y un diálogo en varias direcciones con muchos autores leídos como Gérard de Nerval, Rimbaud, Victoria Ocampo, Yves Bonnefoy, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Roland Barthes, Roberto Juarroz, entre otros. También es una recapitulación de naciones en formación en el lejano siglo XIX en territorios lejanos más allá del Atlántico. Silvia Baron Supervielle nos susurra al oído todas esas historias desde un espacio imaginario poblado de ausencias, para reconciliarnos una vez más con la literatura.  
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blicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de mayo de 2022

sábado, 19 de marzo de 2022

EL OSTRACISMO LITERARIO DE LAS MUJERES

Por Eduardo García Aguilar

No hay duda de que las mujeres escritoras latinoamericanas del siglo XX siempre fueron ocultadas por un sistema que era diseñado por y para el brillo de los hombres, fueran jóvenes lobos en ascenso o viejos patriarcas instalados en sus cómodas poltronas. Nuestra generación, que fue la primera en que empezaron a abrirse puertas a algunas autoras, vivió en carne propia lo que era ese reino absoluto y voraz de los patriarcas literarios del siglo desde Lugones, Vasconcelos, Reyes, Borges, Bioy, Gallegos, Neruda, Asturias y Paz, hasta las estrellas ultramasculinas del boom.

Salvo en el mundo literario anglosajón, donde ya en la primera mitad del siglo XX se dio la irrupción de extraordinarias autoras como Virginia Wolf, Anais Nin, Djuna Barnes, Doris Lessing, Nadine Gordimer, entre otras muchas, en el resto de las lenguas y en la nuestra en especial siempre los reflectores se dirigieron a hombres que encarnaban países como padres de la patria idolatrados y cubiertos de incienso, amantes del poder y los honores, casi todos blancos, burgueses, pomposos, encorbatados y urbanos.

En el mundo hispanoamericano esa fue siempre la regla y la existencia de clanes masculinos en cada país y en la región entera contribuía a sobredimensionar sus obras, que eran aplaudidas a su vez por una crítica de predominancia masculina en el marco jerárquico y petrificado de las universidades y la prensa. Y se crearon así poderosas sociedades de elogios mutuos en torno al gran jerarca nobelizable del momento, a donde se ingresaba por cooptación y servil espíritu de cortesanía.

Nuestra generación vivió dentro de ese sistema como si fuera algo ineluctable y los nuevos escritores, narradores, poetas y ensayistas construían a su vez  nuevos clanes y se preparaban para subir al trono a medida que fueran desapareciendo esas figuras totémicas que reinaron sin compartir el poder a lo largo del siglo XX. Las mujeres escritoras solo estaban invitadas al banquete como observadoras, musas, esposas o groupies de los ídolos.

Los grandes poderes editoriales hispanoamericanos eran a su vez controlados en Barcelona, Buenos Aires o México, salvo excepciones, como fue el caso de Carmen Balcells, por hombres que en pleno apogeo clánico definían ascensos y caídas, premios, condecoraciones y consagraciones. Pero Balcells, aunque mandaba como la Gran Mamá Grande de la literatura en castellano, estaba totalmente al servicio de los futuros patriarcas que ella inventaba y empujaba a la fama y a la riqueza y junto a los cuales no había ni por equivocación una sola mujer escritora.

Igual ocurría en las rancias academias de la lengua dominadas por empolvados carcamanes trajeados de saurios que se cooptaban unos a otros desde los tiempos inmemoriales y duraban más tiempo que las tortugas de Galápagos para defender lo castizo decimonónico y la ortodoxia literaria.

En los departamentos de humanidades y literatura en las universidades también reinó hasta hace poco una hegemonía legitimadora de esa dictadura patriarcal y miles de tesis dirigidas por académicos mandarines proliferaban como conejos desbocados al por mayor, y solo servían para rendir homenaje repetitivo en monótona cantinela a los mismos patriarcas triunfantes, como si no hubiera nada más y la literatura solo fuera asunto de poderosos machos alfa cargados de condecoraciones.


Las mujeres estaban ahí y escribían durante el siglo XX, pero nadie las veía. Siempre los bombos fueron para los infatuados ídolos del éxito y los nuevos escritores hombres emergían generación tras generación como promesas y medraban en las antesalas del poder antes de caer en la desgracia y el olvido y aun hoy siguen muy inocentes y muy esperanzados como gallos que mueven sus crestas y afilan sus espuelas, sin saber que son ya una especie en extinción.

Todo eso lo sentíamos y lo veíamos, pero solo ya entrado el siglo XXI, comienzan a cambiar los paradigmas culturales. Muchas de esas mujeres ocultas son rescatadas del ostracismo: entre las narradoras Elena Garro y Amparo Dávila en México, Elisa Mujica, Helena Araújo, Albalucía Angel y Fanny Buitrago, en Colombia, y así sucesivamente se pueden hacer largas listas en cada país. Y eso sin contar a las magníficas poetas latinoamericanas que siempre fueron ocultadas de manera deliberada por la crítica y el poder literario en el marco de los grandes movimientos. 

Hubo algunas excepciones, como fue el caso de varias poetas y escritoras uruguayas, brasileras y argentinas, Alfonsina Storni, Victoria Ocampo, Clarice Lispector, Olga Orozco, en países del cono sur donde mucha gente descendía de los barcos que traían inmigrantes europeos, o el fenómeno milagroso de Gabriela Mistral, que fue la excepción que confirmaba la regla a lo largo del siglo XX. Todo eso está cambiando por fortuna en este siglo y por fin las escritoras de las nuevas generaciones ya no pueden ser ocultadas, ninguneadas, escondidas detrás de las cortinas y borradas del mapa. Esa es la revolución coperniciana de la literatura hispanoamericana de hoy y eso hay que celebrarlo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de marzo de 2022.
* En las fotos Gabriela Mistral, Olga Orozco y Victoria Ocampo.

 

domingo, 5 de diciembre de 2021

LA DINAMITA DE JEAN PAUL SARTRE


Por Eduardo García Aguilar

La biografía de Sartre (1905-1980) de Annie Cohen-Solal es una excelente revisión del filósofo, novelista, ensayista y militante francés donde volvemos a revisitar los grandes episodios del siglo XX a través de su visión disimétrica. Tras una investigación minuciosa emprendida después de su muerte, la autora logra hablar con todas las personas cercanas, ancianos, viejos, maduros, jóvenes que estaban en pleno uso de sus facultades y reconstruye todos los episodios de su vida, especialmente los que conciernen su salto a la fama y las décadas en que reinó sobre la moda y la cultura mundiales como líder del existencialismo, antes de vivir el crepúsculo de la ancianidad corporal que le cobró con creces los excesos de las anfetaminas, el alcohol, el tabaco y el gusto de una culinaria autóctona cargada de salsas, grasas, carnes, azúcar y otras sustancias asesinas.

Tuve la fortuna de vivir y estudiar en París durante los últimos años de su vida y escuchar una mañana por radio el llamado que hizo a los jóvenes para que saliéramos a manifestar contra el dictador español, quien se disponía a ejecutar con garrote vil a un puñado de opositores  y luego ver sorprendido como decenas de miles obedecían a su consigna e invadían las calles en una de las manifestaciones más inolvidables.

Había pasado después de mayo del 68 un poco de moda, pero su actitud rebelde seguía fascinando. Había rechazado el Nobel, vestía mal, se negaba a momificarse y se distanciaba de sus principales seguidores y colaboradores para acercarse a los jóvenes radicales de diversas tendencias con los que compartía la fiesta y las copas. Se aventuró a seguir con ellos sus delirios de moda, cuando casi ciego y babeante, descuidado y discapacitado, luchaba por vivir, negándose a ser un monumento. Distribuía octavillas y periódicos izquerdistas en la calle, abogaba por las causas del Tercer Mundo.

Meses antes de su muerte, en septiembre de 1979, lo vi en el entierro de Pierre Goldmann, militante de extrema izquierda que había sido asesinado, causando gran conmoción en la ciudad. Me había colado con unos amigos brincando los muros en el cementerio Père Lachaise. Afuera había decenas de miles de personas que no podían ingresar al camposanto. El músico cubano Azuquita tocaba tambores tropicales junto a la tumba y de repente un pequeño vehículo entraba y de él salía Simone de Beauvoir, quien abria otra puerta del carro y extraía de allí a un anciano babeante y tembloroso.

Había saltado a la fama total después de la liberación del país de la bota nazi y antes de los 40 años de edad era el ídolo filosófico de varias generaciones no solo en Francia sino en Estados Unidos, América Latina y muchas otras regiones y países. Sus piezas teatrales causaban sensación en París y se escenificaban en muchas partes del mundo. Sus novelas se vendían por millones y eran traducuidas a decenas de lenguas. Sus libros filosóficos, panfletos y ensayos corrían la misma suerte y sus conferencias eran verdaderos espectáculos de un rock star igual a los Beatles o los Rolling Stones.

Fue además un gran enamorado, propagandista del amor libre según acuerdo logrado con su pareja más estable, la feminista Simone de Beauvoir, y vivió múltiples y paralelas historias de amor que son bien relatadas por la biógrafa, quien entrevistó a muchas de sus amigas y novias, todas ellas con grato recuerdo del inteligente y generoso amante. Insaciable lector, escritor compulsivo, redactor de cientos de miles de páginas en jornadas insomnes ayudado por pastillas que luego le cobraron la factura, fue además desprendido del dinero.

Los muchos millones que ganaba los compartía y derrochaba con sus colaboradores y amigos o los invertía en todas las causas perdidas posibles. Así fue Sartre, una especie de Diógenes de su tiempo, renegado de su clase, guía de generaciones existencialistas que daban la espalda a las guerras y vivían al ritmo del jazz y la poesía.

Después de leer esta muestra de su vida, uno vuelve a degustar sus piezas de teatro, novelas, ensayos sobre Kierkegaard, y espera algun día leer por fin sus gigantescos mamotretos sobre Jean Genet y Flaubert o sus grandes tratados pasados de moda como El ser y la nada. Sartre era dinamita literaria y tal vez por eso se dio el lujo de rechazar el Premio Nobel que todos los autores codician.

Annie Cohen-Solal logra restablecer en esta biografía publicada pocos años después de su muerte la vida múltiple de un personaje que marcó el siglo XX como pocos, anclado en la tradición militante y comprometida de los grandes autores de su país como Voltaire en el siglo XVIII y Victor Hugo en el XIX. Y aunque haya pasado de moda y se dirija al olvido como todos sin falta, visitar su intensa trayectoria vital es un estímulo para seguir viviendo con pasión la lectura, el pensamiento, la ficción, al mismo tiempo que se vive la vida como un premio equivocado.     
 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de diciembre de 2021.
* Sartre (1905-1980), de Annie Cohen-Solal. 1985. Gallimard. Francia. 728 págs.