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domingo, 3 de agosto de 2025

CON CHARRY LARA EN BOGOTÁ: CENTENARIO


 Por Eduardo García Aguilar

Varias veces caminé con Fernando Charry Lara (1920-2004) por las calles céntricas de Bogotá, donde tenía su oficina de abogado en un viejo y enorme edificio de la carrera séptima con calle 18, cerca de las cafeterías y librerías que abundaban entonces en esa zona de la urbe que fue el centro de la actividad del país a lo largo del siglo XX. Por esas calles caminaron todas las glorias colombianas del siglo pasado cuando eran jóvenes, en busca de algun café como el Automático y otros similares, donde se reunían a tomar tinto, beber, arreglar el mundo y hablar de literatura.
 En la primera mitad del siglo la élite del país solía residir en esta zona donde se encontraban las sedes de los grandes diarios, además de los ministerios, en amplios apartamentos de estilo art-deco que ahora se han vuelto en algunos casos espléndidas librerías de ocasión como la llamada Merlín, situada en la carrera octava, no lejos de la Avenida Jiménez. Por esos rumbos podía el transeúnte toparse de repente con expresidentes, políticos famosos o leyendas literarias como los poetas Aurelio Arturo, Luis Vidales o León de Greiff.
 Conocí a Charry porque el poeta guatemalteco y mundial Luis Cardoza y Aragón, que había sido amigo y maestro suyo y de Alvaro Mutis cuando fue diplomático en Bogotá en los tiempos de asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, me encargó entregarle el libro André Breton atisbado en la silla parlante, que recién había publicado la Universidad Nacional Autónoma de México. Con semejante recomendación de quien a los 18 años había sido en París uno de los más jóvenes poetas dadaístas y el hecho de que Charry hubiese vivido de joven en México, donde yo residía entonces, hacía que tuviéramos mucho tema de conversación. 
 Ahora que se cumple el centenario de su nacimiento, vuelve la imagen de uno de los más exquisitos poetas colombianos del siglo XX, cuya obra concisa y profunda, llena de luz, cobra cada vez mayor fuerza porque bien sabemos con Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Sus poemas, como los de Aurelio Arturo, son ya obras clásicas de la poesía hispanoamericana y sus ensayos, de claridad y lucidez impecables, nos adentran en el ejercicio y los misterios de la poesía y en la obra de los grandes poetas españoles y latinoamericanos del siglo XX. 
 Este bogotano de carta cabal era de baja estatura, delgado, vestía de traje y corbata, lucía una gabardina para enfrentar los chaparrones capitalinos y con frecuencia llevaba una boina negra que lo hacía semejar a Fernando Pessoa cuando caminaba por las calles lisboetas. Charry era de una sencillez especial y un interlocutor amistoso con los poetas jóvenes, a quienes escribía cartas comentando sus primeros libros, que leía con atención y afecto.
 Varias veces recorrimos las librerías del centro, como la vieja Lerner o la Nacional, que en ese entonces estaba por esos rumbos, y caminando por esas calles y carreras capitalinas, la séptima, la décima, la trece, la Caracas, la Jiménez, solía contarme recuerdos de su infancia y juventud. Así supe de viva voz suya del sepelio de José Eustasio Rivera, al que asistió de niño llevado por su padre y al que dedicó un poema que es uno de los mejores de la poesía colombiana, o de una primera aventura amorosa que tuvo con una enfermera en alguna de aquellas esquinas por donde pasábamos.
 La última vez nos vimos en 2001 en el Segundo Congreso de poesía en lengua española desde la perspectiva del siglo XXI, organizado por el Instituto Caro y Cuervo en tiempos de su director Ignacio Chávez, al que asistieron el peruano Carlos Germán Belli, la uruguaya Ida Vitale, y los chilenos Pedro Lastra y Oscar Hahn, entre otros.  Charry falleció de manera sorpresiva tres años después en Washington, a donde había ido a visitar a su hija. El destino quiso que viera su última luz en Estados Unidos, no lejos de donde José Eustasio Rivera se apagó fulminado por las fiebres contraídas en las selvas que inspiraron La Vorágine. El rigor de su crítica literaria y la lucidez, erotismo y luminosidad de su poesía seguirán iluminando a los lectores afortunados.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 20 de septiembre de 2020. 

lunes, 17 de marzo de 2025

LOS TIEMPOS DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL

Por Eduardo García Aguilar

Siempre he considerado a la Universidad Nacional de Colombia, en su sede de Bogotá, como mi Alma Mater, aunque solo estuve ahí estudiando Sociología dos años intensos e inolvidables que marcaron para siempre mi camino en las ciencias sociales y por supuesto en la literatura. En aquel entonces esa carrera era la de moda en ese campo, como lo fue antes el derecho y después el periodismo, y las tres han graduado millones de estudiantes en el mundo.

Durante un siglo e incluso en la actualidad, la carrera de derecho lleva la delantera y aunque sin duda ha graduado y gradúa a muchos que más tarde serán bandidos o cómplices de la corrupción, también es cierto que una gran mayoría de los abogados quedan marcados por las clases de grandes juristas generosos y sabios, que además de elocuentes, aman las letras y el pensamiento por sobre todas las cosas, inspirados en los discursos y la vida de Cicerón.

Se supone que el abogado debe saber hablar y argumentar y además escribir bien, sin lo cual no podrá brillar en los estrados ni en las oficinas. Nuestro país es y  ha sido sin duda uno de abogados y cuenta en todo el territorio con excelentes universidades, donde siempre se han destacado notables docentes que además de transmitir los conocimientos a sus alumnos, vibran en el fondo de la vida real de un país tan complejo, violento e impredecible como es Colombia.

Un día antes de su muerte trágica, Jorge Eliécer Gaitán ganaba un caso como penalista y al día siguiente seguía con su febricitante actividad política en la Jiménez con séptima donde lo mataron, animado por los años que estudió en Roma y conoció allí a los mejores maestros en la capital que dos milenios antes fue centro del más brillante y poderoso imperio jamás conocido.

En mi caso, tambíen debí ser estudiante de derecho, pero en esos tiempos colombianos agitados de cambios y pasión por la justicia social, sentí el llamado de seguir por otros rumbos y optar por la Sociología en la más prestigiosa sede fundada por el padre Camilo Torres y donde en un principio dominaron las ideas de Orlando Fals Borda. Mi sabio padre, que era muy prudente, comprendió mi camino y decidió que nos íbamos a vivir a Bogotá, donde ya mi hermano mayor Humberto se había graduado en derecho y ciencias políticas en la Gran Colombia.

Mi padre me acompañó el primer día de inicio de clases hasta la entrada de la Universidad en la calle 45 y desde entonces viví con pasión la magnitud de aquella experiencia inolvidable, no solo recibiendo clases de grandes eminencias como el profesor de historia Darío Mesa o del geógrafo alemán Ernesto Gühl, quien nos llevó a la laguna de Guatavita y nos abrió las puertas del Instituto Agustín Codazzi, sino que entramos de lleno en aquel universo de mil ventanas y puertas donde vibraba una generación rebelde y soñadora.

Estaban a un lado las residencias "la Gorgona", donde residían centenares de estudiantes provenientes de las provincias y al otro las residencias femeninas y otros recintos para jóvenes que vivían de lleno la soledad de la fría urbe. En mi caso, tenía casa no lejos de allí y muchas veces mis compañeros de otros departamentos venían a pasar tardes enteras. Así conocí condiscípulos de Girardot, Moniquirá, santandeareanos, costeños, llaneros, boyacenses, chocoanos, bogotanos o antioqueños y pronto ya tenía uno todo el país en la cabeza.

Además de las clases, conferencias, exposiciones de arte y cineclubes, se registraban violentas manifestaciones y huelgas que convertían la 26 en un campo de batalla. Pero uno visitaba también las bibliotecas Luis Angel Arango o la Nacional y recorría el centro lleno de espléndidas librerías hoy desaparecidas, cines y cafés visitados por leyendas como Luis Vidales, Jorge Zalamea o León de Greiff y ahí, viéndolos de lejos, entre todos soñábamos con cambiar el país.

Ahí en la Nacional vivimos inocentes, en el Jardín de Freud, frente a la sede de Sociología, las jornadas insomnes del golpe de Estado en Chile, con la esperanza de que un milagro ocurriera y después como por arte de magia el tiempo se difuminó. 
 
Como terminar una carrera con tantas huelgas podía durar lustros o décadas, llegó el tiempo de volar a Francia a buscar otros rumbos. Pero cada vez que vuelvo a la sede de la Nacional siento que es mi casa, el epicentro donde comenzaron tantas cosas maravillosas. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de marzo de 2025. 
*** Foto del Jardín de Freud en Sociología en la Universidad Nacional, mi primera Alma Mater.

       


  
 
 

 

 

lunes, 19 de agosto de 2024

DIEZ AÑOS SIN MIGUEL DE FRANCISCO


Por Eduardo García Aguilar

Hace ya diez años falleció un día de febrero de 2006 en París el escritor colombiano Miguel de Francisco (1949-2006), aquejado por el cáncer fulminante de pulmón que le provocó su consumo exagerado de tabaco, que se agravó cuando comenzaba una nueva etapa creativa de su vida en un apartamento desde donde podía ver extendida la ciudad a sus pies.

De Francisco fue un escritor raro, excéntrico, esteta que dedicó su vida a la literatura como si esta fuera una religión, alejándolo muchas veces de las obligaciones reales a las que están obligados todos los comunes mortales en este planeta, lo que le causó no muchas dificultades económicas y vitales en su larga errancia por varios países europeos como España, Francia y Austria entre otros.

Quienes lo conocimos sabemos que el sentido de su vida fue la lectura, la pasión por autores raros de todos los tiempos y la afición por otras ramas del arte como la plástica y la música, a las que dedicó crónicas y no pocos trabajos periodísticos dispersos en revistas y suplementos literarios.

Antes de irse para siempre de Colombia, trabajó como profesor de literatura en el Colegio Juan Ramón Jiménez en Bogotá y dio clases sobre escritura y lectura en varias universidades, donde comunicó a sus alumnos la pasión por autores de todos los tiempos y las técnicas literarias diversas que él exploraba en todos los sentidos. En Barcelona, donde vivió muchos años, realizó trabajos para editoriales como traductor y corrector y después tuvo empleos en Viena y París, ciudad esta última donde trabajó en el Centro de Arte contemporáneo Pompidou y en oficinas de difusión del ministerio de Cultura.

Errante esencial, vivió en muchos sitios, poblando hoteles, buhardillas, casas y apartamentos de amigos o amadas y lugares donde solía pasar poco tiempo. En un momento obtuvo la beca para escritores de Saint Nazaire, donde residió en un apartamento situado en un piso alto frente a los astilleros de esa fría ciudad frente al Atlántico. En todos esos lugares escribió miles de cartas a los amigos cuando aun se solía ejercer la correspondencia escrita y redactó algunos de sus principales libros como Arcana, Armario de Solterones o el Enano y el Trébol, entre otros. Su prosa era barroca, a veces difícil de seguir por lo culterana y cargada de múltiples sentidos, inspirado por la obra de José Lezama Lima y otros barrocos latinoamericanos como Severo Sarduy. También fue un gran lector de los modernistas y de los decadentes franceses y europeos de fines del siglo XIX y exploró autores raros de todos los tiempos, grandes novelistas experimentales como Lawrence Sterne o James Joyce, o místicos cristianos o judíos.

Poseo unas 30 cartas inéditas de Miguel de Francisco escritas desde Barcelona y París donde en largas páginas cuenta su cotidianidad y la vida literaria de las ciudades, así como sus lecturas insomnes, proyectos e ilusiones, y en todas ellas anima al corresponsal a descubrir nuevos autores y a luchar contra viento y marea para vencer los fantasmas de página en blanco.

En Armario de solterones cuenta la vida de las pensiones e inquilinatos donde estuvo temporadas en Bogotá con su anciana madre divorciada y se acerca en esas páginas al destino de solitarios y fracasados en esa fría capital de los años 50 y 60 donde transcurre su infancia y parte de la adolescencia.

También con su madre, que fue enterrada en el cementerio de Montjuich en Barcelona, Miguel de Francisco Forero viajó por varias ciudades europeas de niño y adolescente residiendo en hoteles y pensiones hasta que la poca fortuna familiar se fue extinguiendo hasta dejar a esa improbable pareja de madre e hijo casi en la miseria novelesca. Miguel siempre esperó durante su vida una herencia, y quiso el destino que cuando ya se resolvieron los pleitos judiciales de décadas, el asunto se aclaró poco después de su muerte y el legado fue devuelto al Estado pues él murió intestado, sin hijos y sin viuda, como en las novelas. 

De las miserias y pobrezas cíclicas siempre se levantaba el escritor, quien gustaba de trajes finos y chaquetas de cuero, gasnés, camisas exquisitas, mancuernas, corbatas y corbatines de seda, sombreros y otros adminículos de la elegancia propugnada por Brummel, y de esta forma, aunque andara a veces sin un peso en el bolsillo, deambulaba como un verdadero dandy por las calles de Madrid, Barcelona, Viena o París. Algunos de sus libros fueron traducidos al francés por autores conocidos como Laure Bataillon o Michel Falempin, quienes lo apreciaban y admiraban, y editados en bellas ediciones, pero como casi siempre ocurre en Colombia con los errantes y viajeros, poco se le publicó allí, salvo en la colección de la diáspora de Colcultura, dirigida hace cinco lustros por Óscar Collazos y Guido Tamayo, que escribió una noveleta, El inquilino, inspirada en la vida de este esteta colombiano olvidado.

El sol caía en París, nítido, enorme, a la izquierda del paisaje de tarjeta postal vista desde los dos ventanales del último apartamento de Miguel de Francisco. Ahí lo sorprendió la muerte entre desesperados ataques de tos, la madrugada de un sábado o un domingo o un lunes de fines de febrero de 2006, con los pulmones cristalizados por cuatro décadas de humo.

Quedó ahí tirado con un plato destrozado, los pies hacia el baño, a donde tal vez fue a conectarse al aparato de oxígeno, y su rostro sereno hacia el pequeño corredor que da a la cocina y a la habitación. Vivía allí desde hacía un año, en el piso 17, apartamento K, del número 46 de la rue Bargue, al sur de la ciudad, no lejos de la rue de Vaugirard y del metro Volontaires, con la inmensa Torre Eiffel al frente, y a la derecha la cúpula dorada de Invalides, donde reposa Napoleón. Era un sitio espléndido para un literario total, indecente y marginal como él -”muy antiguo y muy moderno”, como diría su adorado poeta nicaragüense Rubén Darío. 

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Artículo publicado el 3 de junio de 2016, con motivo de los diez años de su deceso.

lunes, 21 de agosto de 2023

CENTENARIO DE ALVARO MUTIS


Por Eduardo García Aguilar

Este 25 de agosto se celebra el centenario del nacimiento del poeta Alvaro Mutis (1923-2013), una de las figuras más importantes de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, junto a su gran amigo y vecino en la capital mexicana Gabriel García Márquez.

Tuve la fortuna de conocerlo en 1981 en México cuando en esa ciudad estaba presente y en plena actividad buena parte de la pléyade literaria latinoamericana que se exilió allí después de los golpes de estado en el Cono Sur. Además de los latinoamericanos y españoles refugiados en ese país de vieja data, estaban vivos aun Octavio Paz, Carlos Fuentes y Juan Rulfo.

La ciudad era un centro efervescente de la cultura latinoamericana y mundial, pues debido a su atractivo era visitada por decenas de figuras extranjeras que venían con frecuencia a congresos, encuentros o presentaciones en universidades y teatros auspiciados por el gobierno y la academia. México prehispánico y  barroco, país literario y épico, siempre atrajo a autores del mundo entero como Malcolm Lowry, D. H. Lawrence, Graham Greene, André Breton, Antonin Artaud, William Burroughs y Jack Kerouac. 

Todos los diarios mexicanos tenían amplias secciones y suplementos culturales, y se publicaban revistas literarias de alto nivel. Estaba en pleno apogeo la editoral Fondo de Cultura Económica, mastodonte que editaba obras fundamentales de economía, historia, filosofía y ciencias sociales y que en su colección Tierra Firme publicaba lo fundamental del ensayo y la poesía de América Latina. Y además florecían las editoriales Siglo XXI y Era, entre otras.

Para los jóvenes escritores latinoamericanos que recalamos en ese momento en México y para los mexicanos de nuestra generación que iniciaban sus carreras literarias, era frecuente y normal cruzarse con todas esas figuras literarias en el Palacio de Bellas Artes, galerías de arte o librerías. Ahí estaban a la mano Paz, Rulfo, Fuentes, García Márquez, Mutis, José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Margo Glantz, Ida Vitale, Sergio Pitol, José Agustín, Noé Jitrik, Hugo Gola, Mempo Giardinelli, Manuel Puig, Augusto Monterroso y tantos otros.  

Mutis, quien se acercaba a los 60 años y trabajaba para Columbia Pictures en una oficina del barrio Polanco, ya era una leyenda de la poesía latinoamericana y estaba consagrado con la publicación en 1953 de Los elementos del desastre en la prestigiosa editorial argentina Losada y de la poesía reunida bajo el título de Summa de Maqroll el Gaviero en la editorial Seix Barral en 1974.

Empezaba a escribir La nieve del almirante, primera novela de la serie narrativa Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, a la que seguirían Ilona llega con la lluvia, Un bel morir, Amirbar, la Última escala del Tramp Steamer, entre otras, que fueron traducidas y recibidas con entusiasmo por la crítica en Estados Unidos, Francia, Italia, Portugal y Alemania.

Con Mutis nos veíamos con frecuencia en su casa de San Jerónimo y de esos encuentros surgió Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Alvaro Mutis (Tercer Mundo, Bogotá, 1993), libro que elaboré después de muchas conversaciones donde abordamos temas básicos de su pensamiento histórico y literario.

En ese entonces, antes de que comenzara a recibir decenas de galardones en Europa, que culminaron con el Premio Cervantes en 2001, Mutis estaba aun disponible, por lo que abordamos sin límite de tiempo en varios capítulos su visión de la poesía, la novela, la historia, las religiones y los viajes. Al releerlo uno se da cuenta de la gran lucidez de este poeta visionario que además de lector insaciable era un vitalista y el mejor amigo de sus amigos. Su visión de la historia y el destino humano son de gran actualidad en estos tiempos de caos y deriva experimentados por la humanidad en el primer cuarto del siglo XXI.

Vivió más de cincuenta años en México y desde el comienzo fue acogido por los mexicanos con gran entusiasmo, especialmente por Octavio Paz, quien escribió sobre su obra. Mutis además invitó y acogió en México a García Márquez en julio de 1961, cambiándole otra vez su destino, pues antes le hizo dar un viraje crucial a su vida al conseguirle empleo de reportero en El Espectador, en abril de 1955.

Pero pese a ese exilio definitivo de Mutis en México, siempre guardó en su corazón elementos que para él eran esenciales: los ámbitos de la tierra caliente colombiana, la lluvia que cae sobre los techos de zinc junto a los cafetales y el sonido de los ríos en las hondonadas de las cordilleras, muy presentes en la poesía y sus novelas. Abrir sus páginas es recibir una bocanada de aire tropical y marino que nos reconforta e inspira.

domingo, 15 de enero de 2023

TIEMPO DE SOCIÓLOGOS Y PERIODISTAS

Por Eduardo García Aguilar

Un reciente estudio publicado en la prensa indica que entre las carreras de las que más se arrepiente la gente haber estudiado figura en primer lugar el periodismo, seguido por sociología, comunicación social y educación, entre otras. Supongo que los filósofos han estado tan convencidos de su vocación que nunca se arrepienten de haberla cursado. La encuesta indica además que los estudiantes se sienten frustados porque después de realizar los estudios no encuentran trabajo y sienten que han perdido el tiempo porque nadie les para bolas.

En casi todo el mundo en las últimas décadas la carrera de periodismo fue la que más se puso de moda y proliferaron como hongos las instituciones privadas y públicas que ofrecían y ofrecen esa disciplina, en la que se gradúan cada año miles y miles de estudiantes en todos los países esperanzados en convertirse en estrellas de la televisión, diarios, revistas y noticieros, pero que al salir con el título empiezan a vivir un largo viacrucis que a veces no termina nunca, pues no hay empleo para tantos graduados y además los salarios se devaluaron en estos tiempos de redes sociales e internet cuando un gesto periodístico no vale nada.

Salvo algunas estrellas ligadas a los grandes poderes financieros o mafiosos, el resto vive en la penuria y escribe y publica solo por el gusto de hacerlo, porque ya nadie paga nada por un producto periodístico, una crónica o un reportaje. Igual ocurre con los poetas, pero éstos lo saben desde el primer instante y por eso nunca se sentirán arrepentidos o frustrados de ser poetas.  

Cuando ingresé a estudiar sociología en la Universidad Nacional, esa carrera era una de las que estaban de moda en aquel tiempo en Colombia, cuando las nuevas generaciones soñaban con cambiar el mundo y buscaban hacerlo justo y equitativo. Ya en los salones de bachillerato las ideas sociales habían conquistado muchos adeptos y los estudiantes de entonces devorábamos libros relacionados con las ciencias sociales. Había entonces gran inquietud por conocer la historia del país que nos contaban los nuevos historiadores, así como las distintas teorías económicas y sociales que se debatían en esos tiempos en todos los foros.  

Miles de candidatos se presentaban en todo el país en competencia por algunas decenas de cupos en Sociología en la Universidad Nacional y solo unos cuantos eran elegidos. De Manizales y la región solo fuimos admitidos dos y el grupo de primíparos que colonizamos el Jardín de Freud, al frente del moderno edificio de la carrera de Sociología, aquel lejano año, estaba conformado por estudiantes de diversas regiones del país, lo que mostraba un cuadro muy interesante y variado de estudiantes bogotanos, costeños, llaneros, chocoanos, santandereanos, boyacenses, tolimenses, huilenses, vallunos y de otros departamentos y regiones. No olvido a mis amigos de Moniquirá y Girardot que me llevaron de visita a sus tierras.

La mayoría de los nuevos alumnos llegaban a Bogotá por primera vez y vivían en las residencias universitarias de la Nacional como La Gorgona o la Antonio Nariño,  o compartían apartamento con otros estudiantes en diversos lugares de la ciudad y a veces pasaban apuros, hambre, frío, soledad. 

Pero como mi familia se había traslado a vivir a Bogotá hacía poco y mi hermano ya estudiaba y trabajaba allí, tuve la fortuna de tener casa y la protección de mis padres, por lo que era un privilegiado y nunca me sentí exiliado en la difícil y fría capital, y podía además dedicarme sin descanso a leer y estudiar todos los libros que nos recomendaban, ademas de los que leía por mi vocación literaria, mi jardín secreto desde entonces. Nunca se me ocurrió estudiar literatura, porque yo ya vivía la literatura a fondo, sino disciplinas distintas que ampliaran el horizonte.

La carrera de Sociología tenía mucho prestigio, teniendo en cuenta que entre sus fundadores figuraba el padre Camilo Torres Restrepo y en el cuerpo de profesores estaban registrados maestros de alto rango como el doctor Darío Mesa o el geógrafo Ernesto Gühl, que ejercían la docencia al lado de una pléyade de jóvenes profesores recién graduados en Europa, muchos de los cuales han pasado a la historia por sus libros y su febril actividad intelectual y académica, precursora de la modernidad colombiana.

Los conflictos sociales y estudiantiles de ese entonces en el país, las huelgas repetidas y las batallas campales que se vivían en aquellos predios, interrumpían con frecuencia los estudios, pero aunque poco a poco muchos estudiantes desertaron, o se fueron a otras universidades y carreras o a buscar otros destinos, el paso por esas aulas es inolvidable y crucial en sus vidas.

Muchos de los estudiantes que eligieron entonces carreras como antropología y sociología buscaban situarse en el mundo para descubrir sus arcanos y luchar tal vez por un mundo mejor que dejara atrás tanta injusticia y desigualdad y rescatara del olvido a la Colombia profunda sumida en la pobreza y la discriminación.

Aquella fue una generación de idealistas y utópicos que navegaban raudos en la ola de los grandes cambios ocurridos en el mundo después de la revolución cultural en Estados Unidos, Europa y muchos países del llamado Tercer Mundo, que disolvió para siempre los remanentes del siglo XIX.
  
Cada vez que regreso a la Universidad Nacional siento que es mi alma mater, pues como aunque no fue allí donde me gradué finalmente y solo alcancé a estar dos años antes de viajar a estudiar a Francia, en ese campus se abrieron muchas ventanas del saber, el pensamiento, la vida y la realidad de una Colombia que estaba cambiando de manera profunda.

Ahora tal vez a nadie se le ocurra estudiar periodismo o sociología, pero quienes antes intentaron hacerlo y se chocaron con la realidad, son los preocursores de nuevas modas y corrientes en boga en estos tiempos que parecen volver a los idealismos y a las utopías aplazadas por el neoliberalismo y el conservatismo que reinaron hasta hace poco.

Muchos jóvenes ecológicos quieren salvar ahora al planeta, desean proteger a los animales, auscultan el cosmos, manifiestan contra la destrucción de los bosques y las cuencas hídricas, experimentan para crear nuevos nutrientes destinados a saciar el hambre o buscan construir edificios livianos y sustentables. La utopía y la generosidad humanas son cíclicas por fortuna y circulan en redondo volviendo a despuntar cuando menos se piensa.      
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de enero de 2023.





  

domingo, 27 de noviembre de 2022

LAS HUELLAS DE JOSÉ EUSTASIO RIVERA


Por Eduardo García Aguilar

Una tarde, caminando por el centro de Bogotá donde él tenía su oficina, cubierto por su infaltable gabardina, Fernando Charry Lara me contó su experiencia de haber asistido al velorio de José Eustasio Rivera (1888-1928), cuyo cadáver vino desde Nueva York a Bogotá para recibir un apoteósico sepelio como solía ocurrir con los grandes poetas y escritores de la generación modernista a la que pertenecieron entre otros Amado Nervo, Rubén Darío, Vargas Vila y José Marti, entre otros que eran seguidos atentamente por los lectores de ese tiempo a través de la prensa, los libros importados de España o Francia y los actos públicos en teatros, cuando un poeta podía mover multitudes.

Su padre lo había llevado a ver el ataúd y el cuerpo del joven narrador autor de La Vorágine (1924) y el gran poeta de Tierra de promisión (1921), dos libros esenciales en las literaturas colombiana y latinoamericana, para muchos las dos obras más notables escritas en el país en el siglo XX. El niño no sabía que mucho tiempo después escribiría un poema sobre ese momento especial vivido en la infancia, ya convertido en uno de los grandes poetas colombianos, autor de una obra ceñida, corta, pero sorprendente en cada una de sus páginas, tanto que su poema Llanura de Tuluá se considera el emblemático de la violencia colombiana.

Por las jugarretas del destino, Charry Lara (1920-2004) moriría en Washington y su cuerpo a su vez regresaría a Bogotá para recibir los últimos honores, aunque no tan multitudinatrios como los ofrecidos al abogado huilense que "jugó su corazón al azar y se lo ganó la violencia" con esa novela trepidante y selvática que es La Vorágine y que cada vez leemos con una emoción intacta pues sacude la esencia total del cuerpo y nos comunica con la vida y la muerte, la selva, el deseo, la aventura y el viaje.

Los ríos caudalosos, las pirañas, el amor desbocado y el despecho, la codicia, la canícula, la lluvia, los celos, la traición y el odio comparten protagonismo con el sonido escalofriante de las hormigas tambochas que devoran el follaje a su paso. De la calma se pasa a la violencia y a la huída por selvas donde los humanos se pierden a veces para siempre sin encontar ninguna ruta, desvalidos ante la inmensidad del territorio. En un barco, rumbo a Manaos, coinciden figuras del comercio, mujeres poderosas como esa erótica medioriental enamorada del protagonista, hembra que domina territorios y comanda con mano de hierro hombres de todo tipo y calaña. En La Vorágine vibran la vida, el destino, el deseo y la muerte.

Rivera escribió una obra maestra y telúrica donde cuenta el viaje de Arturo Cova en pos de su amada Alicia y cuando se trasladó a Estados Unidos para buscar la traducción de su novela y emprender otra sobre el petróleo, bajo el título de La mancha negra, según cuentan sus biógrafos, fue dominado por las fiebres y las enfermedades que atrapó en las selvas cuando sus labores de abogado lo llevaron a trabajar en la delimitación de fronteras con Venezuela. Murió a los 39 años de edad, o sea al final de esa edad vigorosa entre los 30 y 40, en la que casi todos los narradores y poetas redactan sus obras mayores. 

Cuenta la leyenda que el cadáver regresó en barco y recibió homenajes en los puertos y localidades a donde llegaba, como fue el destino también del cadáver del famosos mexicano Amado Nervo, periodista, diplomático y poeta autor de la Amada inmóvil y quien después de un largo periplo de homenajes reposó en una pomposa tumba de estilo Art Nouveau en la Rotonda de los hombres ilustres en la capital mexicana.

A Rubén Darío (1867-1916) lo trajo casi agonizante de teatro en teatro un empresario sin alma, hasta que las fiebres lo vencieron en su tierra natal Nicaragua después de un periplo mundial lleno de glorias, banquetes, sinsabores y felicidades etílicas. Y algo parecido le ocurrió a Carlos Gardel, quien después de morir en un accidente de avión en Medellín trajinó por pueblos y veredas hasta el puerto de Buenaventura, desde donde partiría de regreso a Buenos Aires, según cuenta Fernnando Cuz Kronfly en su novela La caravana de Gardel.

Suelo viajar siempre a donde vaya con un ejemplar de La Vorágine y una edición de Tierra de promisión, libros que lo acompañan a uno en la soledad de los hoteles o los aeropuertos. Hay en ellos una fuerza devastadora de colombianidad, como si ese joven abogado viajero y soñador, pero también terrestre y pragmático, hubiese captado lo esencial de nuestra nacionalidad hace cien años apenas.

Leyéndolo uno se da cuenta lo poco que ha cambiado la vida en aquellas selvas y fronteras con Venezuela, Brasil, Ecuador y Perú cruzadas por el Orinoco y el Amazonas. Las huellas de José Eustasio Rivera están ahora más nítidas que nunca, cuando nos acercamos raudos al centenario de la publicación de la gran novela de la selva y la vida. Vivimos en el mismo país que él trasegó y que sigue siendo bastante parecido para bien o para mal.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de noviembre de 2022.




sábado, 9 de julio de 2022

LOS SUEÑOS DE PATRICIA ARIZA


Por Eduardo García Aguilar

Cuando terminaba el bachillerato en el Colegio Gemelli de Manizales, en el bus de ida o de regreso al bello mirador de La Francia, especialmente en las tardes soleadas, solíamos cantar todos en coro la canción Una flor para mascar del nadaísta Pablus Gallinazus, que estaba entonces de moda y se escuchaba en las radios. Frente a la inmensidad de los valles del Cauca y las altas montañas de la Cordillera occidental, uno de los paisajes más hermosos del mundo, resonaban las palabras de esa bella canción.

Por esas fechas el artista y poeta también nadaísta Mario Escobar Ortiz, quien abría con generosidad las puertas a esa juventud que soñaba, me invitó a La Patria el día que Gallinazus vino a visitar el periódico y me dio mucha alegría ver al cantante y poeta con su boina, acompañado de una muchacha, recorriendo las instalaciones y viendo las máquinas offset recién importadas que producían milagros editoriales y hacían posible todo tipo de sueños como en una película magistral de Orson Wells.

Nunca imaginé que mucho tiempo después otra nadaísta amiga de Pablus Gallinazus llegaría también por milagro al ministerio de Cultura de Colombia en medio de una magnífica y bienvenida ola de cambio de época que hasta hace poco parecía impensable y solo parecía utopía.

En el excelente documental Patricia Ariza: una vida polifónica, producido por la Plataforma solidaria Confiar, podemos acercarnos a la trayectoria increíble de esta fuerte mujer que ha dado la vida al arte y a los demás. Con ella recorremos los escenarios y las turbulencias de la historia contemporánea de Colombia, así como las calles históricas del centro de Bogotá, donde contra viento y marea ha generado arte y sueños para varias generaciones por amor a la vida.

Ariza es una mujer de temple que desde muy temprano hizo parte del movimiento nadaísta al lado de mujeres y hombres jóvenes que irrigaron en aquellos años el país con refrescantes vientos culturales. Después, al lado del gran dramaturgo Santiago García y tras concluir sus estudios de arte en la Universidad Nacional, emprendió una larguísima carrera en los escenarios que la llevó a ser cofundadora del famoso teatro La Candelaria, orgullo para el país a nivel internacional y que ha montado algunas de las obras teatrales más emblemáticas de la historia del país y América Latina.

Contra viento y marea, luchando por sobrevivir, trabajando sin recursos y con las uñas, enfrentando las amenazas del exterminio, actuando muchas veces con chalecos antibala en el escenario, cuando artistas, pensadores y poetas eran exterminados uno tras otro por las fuerzas oscuras de Colombia, la poeta Patricia Ariza ha llevado en alto la antorcha de la libertad con un trabajo colectivo que ha reivindicado sin cesar los derechos de mujeres, minorías, artistas, marginados, fantasmas, nadies, excluidos por un Apartheid tan atroz como el que reinó en Sudáfrica y Estados Unidos.

Patricia Ariza es una sobreviviente que después de tantas décadas asume con alegría una misión que nunca buscó ni esperaba, porque de hecho ellla la ha practicado desde siempre en su vida. Ya antes era la ministra real del escenario, la fiesta, la música, la poesía, la palabra, la alegría, el carnaval, la danza, el color, el calor incandescente del corazón que da abrazos a quienes sufren en silencio la marginación y el olvido y buscan florecer desde la oscuridad y el fango.

En una de las primeras entrevistas televisivas que ofreció a Yamid Amat tras su designación, esta poeta elocuente, clara, serena, mientras deletreaba las palabras de esa bella canción Una flor para mascar, dejó en claro que el suyo será un trabajo colectivo para que hasta en los más alejados pueblos, rincones y regiones, allí donde están los campesinos que siembran, los afrodescendientes que pescan, los indígenas que danzan, los llaneros que cabalgan, los pobres que se regocijan con el sol y la lluvia, las madres coraje del país, se reconozca al fin la fiesta y el arte de los autóctonos y reine el color y la poesía allí donde antes se enseñorearon la muerte, el olvido, la guerra y el odio.

Será un trabajo muy difícil, con muchos escollos, pero vale la pena emprenderlo. Las nuevas generaciones que votaron por el cambio pueden continuar esa tarea en las futuras décadas. No hay en el proyecto cultural de Ariza ningún rencor sino un deseo de mirar al futuro y hacer que quienes aun estén lastrados por el deseo de la guerra descubran los vientos de un cambio que venía fraguándose desde abajo y que ahora despunta en el horizonte como una ola gigante y amorosa.

La cultura es fiesta, mito, leyenda y Colombia, país de mil facetas y paisajes, debe empezar a bailar y tocar la flauta, a disfrazarse y a reir sobre las cenizas del pasado. La utopía se ha hecho realidad y está ahora al alcance de las manos, los ojos y los corazones mientras suenan las palabras de Una flor para mascar.   
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Publiacdo en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo, Julio 10 de 2022. 







 
 

sábado, 30 de octubre de 2021

EDUARDO CARRANZA Y LOS PIEDRACELISTAS


Por Eduardo Garcia Aguilar*

Los amigos de periodizaciones históricas encontrarían gran dificultad para situar a Eduardo Carranza en el panorama de las letras colombianas y latinoamericanas. Si fuera exacta la idea de que un movimiento sigue a otro por obra y gracia de un proceso evolucionista, la poesía, que es tal vez la forma más profunda y luminosa del conocimiento humano, perdería el carácter intemporal que hace de ella un relámpago sobre los siglos. Siempre, a través del tiempo, por encima de guerras y catástrofes, el género humano producirá esos extraños seres que buscan detener lo imposible con palabras. El día en que en este mundo ya no haya luz y todo semeje una enorme caverna, habrá un solitario que cantará a los musgos, a la humanidad, a la tiniebla.

Eduardo Carranza, que nació en 1913 en los extensos llanos orientales de Colombia, habría tenido que cantar a los aviones o a las bombas atómicas, si fuera cierto que las minucias del tiempo debieran reflejarse en el poema. Tal poesía cataloga objetos que se acaban y desedeña al hombre, sin saber que las ideas pasan y los hombres quedan, con sus paisajes y nostalgias, sus desdichas y triunfos. La voz de un poeta, aún la de aquellos desconocidos y secretos, es siempre una ventana que se abre a ciudades lejanas cuyas cúpulas tienen un brillo proporcional a la entrega de quien la pronuncia.

Carranza publicó en 1936 « Canciones para iniciar una fiesta », convirtiéndose en el portaestandarte del « piedracielismo », movimiento poético que se reclamaba del mundo de Juan Ramón Jiménez. Era entonces un muchacho de 23 o 24 años. En ediciones delgadas, fakirescas, los piedracielistas Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez, Tomás Vargas Osorio, Gerardo Valencia y Darío Samper provocaron un escándalo en Colombia, no porque se dedicaran a asustar monjas sino porque retornaban a la voz de Garcilaso, buscaban en un mundo ideal los ritmos de una poesía que la ciencia, el progreso y la academia habían convertido en un horroroso lánguido camello de papier maché para opereta.

Carranza y los piedracielistas hicieron una pequeña revolución en Bogotá al desnudarse lentamente y caminar flotando por la altiva floresta de nísperos y guamos. Un señor, muy piernijunto él, don Juan Lozano y Lozano, llegó a decir de ese movimiento que « en todo aquel galimatías de confusión palabrera no hay nada de original, nada de estable, nada de duradero. Para quienes tenemos una visión fuerte y grande de esa patria, constituye deber ineludible salir al encuentro de todo síntoma débil, morboso, extraviado, disociador, decadente, erostrático, que aparezca en el horizonte de la nacionalidad ».

Esa patria, esa nacionalidad, es para Carranza a veces « un deseo de llorar y a veces un deseo de cantar ». En las primeras obras del poeta los poemas no pesan y pareciera que se vuelan de la página para dejarla en blanco. Su mundo son olores, perfumes, aromas, sueños, jardines. Por lo que espíritus pesados que llevan siempre un ancla herrumbrosa como corazón, no podían ni podrán comprender esta poesía hedónica.

Estos versos sacudieron la poesía de ese país sudamericano. Hasta ellos y poco antes de aparecer el recatado y maravilloso Aurelio Arturo, autor de Morada al sur, la poesía era una inmensa réplica de basílicas de cartón sobre las que cada día los cultores seudo grecolatinos del país, como Guillermo Valencia y otros menores discípulos suyos, colocaban con énfasis cada vez más asfixiante estatuas de cemento, cruces de acero, madonas de plástico, camellos de elásticas cervices, hermafroditas dormidos.

Los de la Gruta Simbólica, todos ellos malditos, surgieron a finales del XIX para convertirse en la otra cara, mucho más lúgubre aún, de ese ejercicio que los piedracielistas vinieron a airear. En el desván de la poesía colombiana encontraron los fémures tallados y las pelvis con telarañas de Julio Flórez. Después de limpiar, quedaron flores, jardines, muchachas, cabelleras al aire, jugadoras semidesnudas de tenis, observadas con deseo, y eso era, de verdad, un peligro mortal para la patria, según don Juan Lozano y Lozano.

Después, al final, en Epístola mortal, que es uno de los poemas más logrados de su obra, Carranza se rebela contra la muerte. Pasa revista a su vida e invoca a los amigos, a las novias, a los paisajes, para decirnos que « somos antepasados de otros muertos » y que sólo esperamos « el tiro de gracia ».

Esa verdad terrible aparece en todo su esplendor, y Carranza no tiene compasión para hacer sonar las trompetas del juicio. Este largo poema es totalmente disitinto del tono de su obra. Parece un dictado texto de la noche. El fruto de una ebriedad sobrenatural, la prueba de que el poeta es un elegido, un ser dotado de ciertos sentidos secretos. Si la poesía es una terrible enfermedad, Epistola mortal es el síntoma más notorio de que el virus glorioso ya domina su genio. Es la hora del llamado y el poeta, que ya habló con los abismos cóncavos, nos dice la verdad. 
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* Versión reducida y editada de un ensayo más amplio publicado en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, en México, en 1984, con motivo de la edición de su poesía reunida. (Publicado en La Patria. Manziales. Colombia. Domingo 31 de octubre de 2021)


sábado, 10 de abril de 2021

LA ALGARABÍA RECURRENTE DEL 9 DE ABRIL

 

                                                    


 
La investigadora Olga L. González ha estado revisando esos tiempos y abrió el telón a la otra figura liberal contradictora de Gaitán, Gabriel Turbay  (1901-1947), quien como él murió joven y de manera trágica, después de salir derrotado en la fratricida lucha liberal que abrió el poder de nuevo a los conservadores. Gabriel Turbay murió en 1947 de neumonía y deprimido en París y Gaitán fue asesinado al año siguiente, en 1948. Ambos fueron ministros y parlamentarios, viajaron por Europa y conocieron mundo. Ambos escalaron rápidamente posiciones desde abajo.

 Por Eduardo García Aguilar
 
Cada 9 de abril muchos colombianos de diferentes bandos vuelven a referirse con pasión a la gran herida que significó el asesinato de Jorge Eliécer (1898-1948) y las consecuencias de la explosión popular y la violencia subsiguiente que se prolonga insaciable hasta nuestros días.

Pero la verdad es que salvo los investigadores que han trabajado desde las universidades los acontecimientos históricos con el rigor necesario, el resto de mortales nacimos, crecimos y vivimos en Colombia atados a unas imágenes recurrentes que incluyen el rostro del asesinado y la muchedumbre en medio de la destrucción del centro de Bogotá, mientras en el palacio presidencial los notables de ambos partidos dominantes negociaban insomnes la solución del desastre.

Junto al rostro del aun joven caudillo muerto, un mestizo de origen popular que estudió en Italia y fue brillante abogado o al lado del cuerpo del asesino Roa Sierra, arrastrado por las calles, nos asedian siempre las imágenes del impasible presidente Ospina Pérez y la fogosa primera dama pistola en cinto, la legendaria Berta Hernández, rodeados de políticos de traje y encorbatados, liberales y conservadores que negocian tras bambalinas encerrados allí, mientras la muchedumbre aúlla borracha por las calles cargada de machetes, cuando suenan afuera las descargas de las ametralladoreas y los fusiles y se desploman los cuerpos inertes desde las azoteas.

Terrible pesadilla aquella que sigue siendo una incógnita, pues como en todos los casos de magnicidios realizados en momentos estratégicos como esa Conferencia Panamericana que se realizaba en Bogotá y congregaba a centenares de representantes diplomáticos y espías, nunca sabremos cuales fuerzas oscuras e intereses estaban involucrados en la sombra. Lo cierto es que los hechos ocurrieron y fueron una especie de parteaguas cuyas consecuencias siguen vivas y ardientes en torno a un núcleo volcánico que siempre está listo a estallar de nuevo, tanto tiempo después, en pleno siglo XXI.

Lo que ocurrió en las dos décadas anteriores, desde la llegada de los liberales al poder con Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos, después de una larga hegemonía conservadora, hasta la tragedia del 9 de abril, queda por estudiarse o exhumar de los documentos que yacen empolvados en las bibliotecas y hemerotecas.

La investigadora Olga L. Gozález ha estado revisando esos tiempos y abrió el telón a la otra figura liberal contradictora de Gaitán, Gabriel Turbay  (1901-1947), quien como él murió joven y de manera trágica, después de salir derrotado en la fratricida lucha liberal que abrió el poder de nuevo a los conservadores. Gabriel Turbay murió en 1947 de neumonía y deprimido en París y Gaitán fue asesinado al año siguiente, en 1948. Ambos fueron ministros y parlamentarios, viajaron por Europa y conocieron mundo. Ambos escalaron rápidamente posiciones desde abajo.

La investigadora se pregunta la razón por la cual la figura del trágico Gabriel Turbay fue sepultada en el olvido cuando se trataba también de un hombre joven que no pertenecía igual que Gaitán a las familias del establecimiento y quien como líder en el Congreso se destacó por su inteligencia, elocuencia y capacidad de organización. Nos recuerda que ambos, antes de cuplir 30 años de edad, fueron quienes abrieron el debate de la masacre de las bananeras y dieron vida a la actividad parlamentaria del país.

Es normal que la muerte trágica de Gaitán y su vistosa leyenda terminaran por aplastar la figura de ese líder joven de Bucaramanga de origen turco, quien tuvo que soportar durante la campaña como candidato oficialista liberal los ataques más atroces por su origen, de la misma forma que Gaitán fue insultado por ser mestizo y originario de un barrio popular bogotano, Las Cruces. Curiosa historia pues la de estos dos malogrados candidatos liberales, cuya división hundió al partido comandado por un gran aristócrata como Alfonso López Pumarejo, quien no se dignó tomar partido por ninguno de sus plebeyos discípulos.


Las exhumaciones de Olga L. González en las redes sobre Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay, hermanos enemigos signados por la tragedia, me han trasladado de repente con una nostalgia insalvable a esos años de la infancia y adolescencia en que todos los colombianos lidiábamos con los fantasmas de la historia. Alguna vez mi padre, que era liberal, me dijo que él no había votado por Gaitán sino por Turbay, que era el candidato oficial. Y me imagino a ese padre entonces joven de 30 años ante la disyuntiva de la división de su partido, que los llevó a la derrota y a los sombríos años posteriores que vivieron.

Los politólogos escarban en los archivos y tratan de descifrar los acontecimientos políticos de esos años cruciales para Colombia. Y al mirar documentos, recortes de periódicos, al leer los libros de testigos e historiadores, no queda más remedio que reiterar que la politica colombiana es un circo de turbios intereses y acendrados egoísmos de narcisos, donde en fin de cuentas todos han salido perdiendo y los bandidos ganando. La política en el país es una interminable algarabía, una opereta de mala calidad, una riña de cuchilleros, que siete décadas después sigue igual de insondable e incomprensible.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 11 de abril de 2021. La fotografías de Olga L. Gonzalez, Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay, sacadas de la red web, carecen por el momento de autoría o @.



domingo, 20 de septiembre de 2020

CON CHARRY LARA EN BOGOTÁ: CENTENARIO


 

Por Eduardo García Aguilar

Varias veces caminé con Fernando Charry Lara (1920-2004) por las calles céntricas de Bogotá, donde tenía su oficina de abogado en un viejo y enorme edificio de la carrera séptima con calle 18, cerca de las cafeterías y librerías que abundaban entonces en esa zona de la urbe que fue el centro de la actividad del país a lo largo del siglo XX. Por esas calles caminaron todas las glorias colombianas del siglo pasado cuando eran jóvenes, en busca de algun café como el Automático y otros similares, donde se reunían a tomar tinto, beber, arreglar el mundo y hablar de literatura.
 En la primera mitad del siglo la élite del país solía residir en esta zona donde se encontraban las sedes de los grandes diarios, además de los ministerios, en amplios apartamentos de estilo art-deco que ahora se han vuelto en algunos casos espléndidas librerías de ocasión como la llamada Merlín, situada en la carrera octava, no lejos de la Avenida Jiménez. Por esos rumbos podía el transeúnte toparse de repente con expresidentes, políticos famosos o leyendas literarias como los poetas Aurelio Arturo, Luis Vidales o León de Greiff.
 Conocí a Charry porque el poeta guatemalteco y mundial Luis Cardoza y Aragón, que había sido amigo y maestro suyo y de Alvaro Mutis cuando fue diplomático en Bogotá en los tiempos de asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, me encargó entregarle el libro André Breton atisbado en la silla parlante, que recién había publicado la Universidad Nacional Autónoma de México. Con semejante recomendación de quien a los 18 años había sido en París uno de los más jóvenes poetas dadaístas y el hecho de que Charry hubiese vivido de joven en México, donde yo residía entonces, hacía que tuviéramos mucho tema de conversación. 
 Ahora que se cumple el centenario de su nacimiento, vuelve la imagen de uno de los más exquisitos poetas colombianos del siglo XX, cuya obra concisa y profunda, llena de luz, cobra cada vez mayor fuerza porque bien sabemos con Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Sus poemas, como los de Aurelio Arturo, son ya obras clásicas de la poesía hispanoamericana y sus ensayos, de claridad y lucidez impecables, nos adentran en el ejercicio y los misterios de la poesía y en la obra de los grandes poetas españoles y latinoamericanos del siglo XX. 
 Este bogotano de carta cabal era de baja estatura, delgado, vestía de traje y corbata, lucía una gabardina para enfrentar los chaparrones capitalinos y con frecuencia llevaba una boina negra que lo hacía semejar a Fernando Pessoa cuando caminaba por las calles lisboetas. Charry era de una sencillez especial y un interlocutor amistoso con los poetas jóvenes, a quienes escribía cartas comentando sus primeros libros, que leía con atención y afecto.
 Varias veces recorrimos las librerías del centro, como la vieja Lerner o la Nacional, que en ese entonces estaba por esos rumbos, y caminando por esas calles y carreras capitalinas, la séptima, la décima, la trece, la Caracas, la Jiménez, solía contarme recuerdos de su infancia y juventud. Así supe de viva voz suya del sepelio de José Eustasio Rivera, al que asistió de niño llevado por su padre y al que dedicó un poema que es uno de los mejores de la poesía colombiana, o de una primera aventura amorosa que tuvo con una enfermera en alguna de aquellas esquinas por donde pasábamos.
 La última vez nos vimos en 2001 en el Segundo Congreso de poesía en lengua española desde la perspectiva del siglo XXI, organizado por el Instituto Caro y Cuervo en tiempos de su director Ignacio Chávez, al que asistieron el peruano Carlos Germán Belli, la uruguaya Ida Vitale, y los chilenos Pedro Lastra y Oscar Hahn, entre otros.  Charry falleció de manera sorpresiva tres años después en Washington, a donde había ido a visitar a su hija. El destino quiso que viera su última luz en Estados Unidos, no lejos de donde José Eustasio Rivera se apagó fulminado por las fiebres contraídas en las selvas que inspiraron La Vorágine. El rigor de su crítica literaria y la lucidez, erotismo y luminosidad de su poesía seguirán iluminando a los lectores afortunados.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 20 de septiembre de 2020. 



lunes, 14 de septiembre de 2020

EL RETORNO A MÉXICO DE FERNANDO CHARRY LARA


 Por Eduardo García Aguilar

Discípulo de los principales poetas de la española generación del 27, con una obra breve pero clave en latinoamérica, el poeta colombiano Fernando Charry Lara retornó en 1993, a los 73 anos de edad, y 40 años después, a la Ciudad de México, donde compartió con viejos amigos y jóvenes admiradores que lo homenajearon en varios lugares del centro histórico capitalino. Acababa de asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que en esa ocasión estuvo dedicada a Colombia.


Autor de los poemarios  Nocturno y otros sueños  –prologado en 1949 por el Premio Nobel Vicente Aleixandre--, Los Adioses  (1963), Pensamientos del amante  (1981) y de una amplia obra crítica sobre poesía latinoamericana en la que se destacan Lector de poesía (1975) y Poesía y poetas colombianos (1985), Charry Lara encontró intactos ciertos lugares que visitó en 1953 en la entonces llamada por Carlos Fuentes la « región más transparente del aire ». Con su negra boina española, el humor y la lucidez a flor de piel y la elegancia excéntrica de los viejos poetas bogotanos, Charry recorrió kilometros de calles coloniales, respiró hondo en el ex convento de las Jerónimas, donde vivió Sor Juana Inés de la Cruz y visitó la discreta tumba de Hernán Cortés.


En los años 40 Charry (1920-2004) tuvo amistad con el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1904-1992) y el colombiano Aurelio Arturo, quienes lo animaron a solidificar una propuesta poética que pasa las décadas intemporal y ligera como las obras clásicas. Cardoza y Aragón, pimer dadaísta latinoamericano y renovador de la poesía continental, le tenía una gran estimación y una vez me dio un ejemplar de su libro André Breton atisbado en la mesa parlante para que se lo llevara a Bogotá, encargo que me dio la feliz oportunidad de verlo por primera vez, visitar su oficina en la esquina de la séptima con calle 18 y escuchar su relato del sepelio de José Eustasio Rivera, mientras caminábamos por la séptima, la décima y la trece, en ese centro bogotano que ya no tenía nada que ver con la ciudad parroquial conocida por los poetas mexicanos José Juan Tablada, Carlos Pellicer y Gilberto Owen y las generaciones colombianas de "Los Nuevos" y "Piedra y Cielo".


De él dijo Aleixandre que en su poesía, « que parece arrastrada en el vasto aliento de la noche tentable», están presentes « los temas eternos del hombre » como « el amor, la esperanza, la pena, el deseo y el sueño ».

 

« Blanca taciturna », « El verso llega de la noche », « Nocturna lejanía », « Cuerpo solitario», « Llanura de Tuluá » y « Rivera vuelve a Bogotá » son algunos de los poemas ya clásicos de este escritor que en el céntrico café La Ópera nos habló sobre Herrera y Reissig, Pedro Salinas, Luis Cernuda y Rosalía de Castro, entre otros poetas, mientras apurábamos con él copas de vino o tequila.


El día anterior había encontrado intacto, como hacía 40 años, el modesto y tradicional restaurante  Casa Rosalía , situado en la Avenida San Juan de Letrán, a donde fuimos con él William Ospina y yo tras una búsqueda minuciosa entre las callejuelas del centro histórico de ese lugar entrañable para él. Ahí nos dijo que lo encontraba igual, incluso con las mismas vajillas e idénticas meseras de cofia y estrafalarios faldones almidonados, que lo atendieron como cuando era un joven poeta colombiano feliz en México.


Después fuimos con él al Café París, sede en los años 30 y 40 de los «Contemporáneos» y otros discípulos más jóvenes como Octavio Paz, así como lugar de encuentro con Antonin Artaud, Vladimir Maiakovski y Serguei Einseintein durante sus viajes a México. « Por aquí vi a José Vasconcelos salir de una limusina, allí vi caminar a Martín Luis Guzmán y a Alfonso Reyes, pero fue en el café Bellinghausen de la Zona Rosa donde hablé con Luis Cernuda, quien me ofreció su generosa amistad », nos decía Charry Lara mientras caminábamos. Pasaron por sus ojos el colegio de San Ildefonso, que inspiró un nocturno del Nobel Octavio Paz, así como la plaza de Santo Domingo donde hallaron a la Coatlicue, la diosa vestida de serpientes, el Palacio de Iturbide, la Ciudadela donde fue asesinado el presidente Madero, y las celdas de las monjas del claustro de Sor Juana.


Amoroso, enamorado y amigo feliz, Charry Lara fue al lado de Enrique Molina, Alvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Gonzalo Rojas, Emilio Adolfo Westphalen y Octavio Paz, entre otros, una de las voces importantes de la poesía latinoamericana del siglo XX. Su reflexión sobre otras poéticas o la obra de su contemporáneos era de gran rigor y en cada uno de sus ensayos desplegó el amplio conocimiento de la poesía de todos los tiempos, sus movimientos y tendencias.


Desde su sede en el Hotel Ritz de la calle Madero, donde vivió el beatnik William Bourroughs, Charry Lara se trasladó al Danubio, un restaurante tradicional donde lo esperaban para homenajearlo viejos y jóvenes amigos mexicanos que sacaron la casa por la ventana y paralizaron el lugar en un diluvio de copas de whiski, tequila, vino y todas las exquisiteces marinas. Durante horas de brindis encabezados por el joven poeta y ensayista Vicente Quirarte, y el viejo amigo de Charry Fausto Vega, una docena de escritores celebramos ahí el retorno del poeta. La mesa estaba llena de percebes, ostras, mejillones, calamares, pulpos y otros productos del mar.


Al terminar la fiesta acompañamos a Charry por las calles coloniales, con la « saudade » de su inminente partida a Bogotá. Reinaba la penumbra de la medianoche bajo los faroles y como el maestro estaba algo subido de copas, llegó al hotel apoyado en brazos de Jorge Bustamante García y William Ospina, pero como si fuera el más joven de todos. Es una imagen inolvidable la que vibra todavía en la Avenida Madero, pues la poesía flotaba en el aire y nos iluminaba la inmensidad de su alegría. La última vez que lo vi fue en 2003 en Yerbabuena, en el Congreso Internacional de Poesía organizado por el Instituto Caro y Cuervo. Un año después, en 2004, murió en Estados Unidos. Había nacido el 14 de septiembre de 1920, o sea que era un perfecto y feliz exponente del etéreo signo zodiacal Virgo.

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* Centenario de Fernando Charry Lara, nacido el 14 de septiembre de 1920.

sábado, 14 de julio de 2018

LA PERVIVENCIA DE ALVARO MUTIS

Por Eduardo García Aguilar


La casa de Alvaro Mutis en San Jerónimo en la Ciudad de México siempre estaba abierta a los jóvenes escritores o a los viejos y nuevos amigos que lo visitaban y compartían con él la pasión por la lectura como una actividad fascinante. Ahí vivió durante varias décadas y tenía un estudio amplio y bien organizado que era su guarida secreta, una de cuyas puertas daba hacia un antejardín donde deambulaban sus gatos. La increíble vida aventurera del creador de Maqroll el Gaviero, sus ires y venires por Europa y el mundo desde su infancia y los acontecimientos dramáticos que vivió, como la orfandad prematura o la cárcel, hacían de él un ser humano de tiempo completo cuya principal divisa era no juzgar a los humanos y tratarlos como lo que son, con sus sombras y luminosidades, mentiras y secretos alternados con actos de coraje, cobardía, mezquindad y valentía. 

Trabajó desde muy joven como locutor o empleado de relaciones públicas de diversas empresas multinacionales petroleras, aéreas o cinematográficas y en esas lides viajó primero por todo el país y después por América Latina y Estados Unidos, lugares que conocía al dedillo y donde tenía amigos en todos los rincones, capitales o pueblos. Esos viajes como agente viajero, relacionista público, publicista, hacedor de revistas, vendedor de películas u otras actividades, lo llevaron por muchas ciudades y lo hicieron frecuentar hoteles donde después de sus actividades laborales podía dedicarse al gran placer solitario de la lectura.

Como el propio personaje Maqroll, que llevaba en su pequeño equipaje algunos libros básicos como las biografías de San Francisco, las novelas de Balzac, las Memorias de Casanova o del Cardenal de Retz, entre otros libros, Mutis fraguaba en esas soledades los poemas que poco a poco fueron convirtiéndose en una Summa poética que exploraba los arcanos de la muerte, la enfermedad, al soledad y las fuerzas desbordantes e insondables de la naturaleza. En sus viajes laborales por el continente americano cruzó los caracteres femeninos o masculinos que pueblan la saga narrativa que empezó a escribir poco antes de jubilarse para sorpresa de sus amigos. Algunos de ellos, como el poeta argentino Enrique Molina, compartían con él esa atracción por barcos y mares, el encuentro y diálogo con mujeres independientes y aguerridas empresarias de sus propios desastres, la sapiencia frente a los azares del destino y sus trampas y en especial la certeza de que toda ambición es inútil. 

Por eso Mutis era un gran amigo y un excelente anfitrión, aunque en otros escenarios podía ser cortante e implacable con aquellos a quienes él denominaba los listos, los vivos, todos aquellos seres infames que creen que nadie se da cuenta de sus mentiras, engaños y patrañas para sacar pequeñas ventajas desleales. Como anfitrión abría las puertas de su estudio a los visitantes y horas después los despedía ya entonados tras degustar las variedades de whiskies por él preferidos, o vinos rojos, cognacs, gins, vodkas, camparis o amarettos, entre otros muchos espirituosos. En los bares del camino degustaba cócteles cuyas recetas diversas conocía como en su tiempo Ernest Hemingway, asiduo como él del famoso Harry's Bar de París, donde según la leyenda se toman los mejores del mundo.

Hasta el fin de su vida, ya casi nonagenario, Mutis degustaba sus whiskies y cócteles y enumeraba siempre su decálogo del buen bebedor, entre cuyos mandamientos figuraba el no beber con desconocidos, no libar para ahogar las penas o no aceptar bebidas de baja calidad, lo que en términos coloquiales significa no tomar mal trago. Debo decir que muchas veces, antes y después de fabricar con él en largas conversaciones el libro Celebraciones y otros fantasmas, salí de San Jerónimo no solo ebrio de aquellas bebidas espirituosas que él extraía de su bar secreto, sino siempre cargado con algunos de los libros en francés u otras lenguas de los que él se separaba porque había hallado nuevas ediciones o quería aligerar su biblioteca. De allí que guarde con cuidado la biografía de San Francisco del danés Jörgensen, lectura especial de su personaje Maqroll, los tres volúmenes de las Memorias de Casanova editadas por la Pléiade, El cuaderno gris del catalán Josep Plá y varias historias del Imperio Bizantino por Schlumberguer y muchos otros que devoré y devoro con placer indescriptible. 

Amigos suyos como los polígrafos Adolfo Castanón y Alejandro Rossi compartieron con él también aquella  pasión por los libros, los intercambios de volúmenes y los hallazgos en las librerías de viejo del centro histórico de la Ciudad de México, en especial, las de la calle Donceles. Mutis descubría a sus interlocutores algunos escritores raros como Paul-Jean Toulet, Valery Larbaud, Paul Morand o Joë Bousquet o compartía los libros de su amigos contemporáneos como el gran poeta martiniqués Edoaurd Glissant, cuyo tema central fueron los mares y las naves y los seres humanos que los frecuentan.  

Alguna vez, cuando lo visitamos juntos el poeta colombiano Jorge Bustamante García y yo, pude descubrir su afición por lo ruso y eslavo, sus músicas, poetas y personajes históricos y lo escuché cantar y tararear en alta voz los coros del ejército ruso que tenía en viejos long play y que ponía en su tocadiscos, animado ya por varios whiskies. Como yo había vivido en París, compartíamos el amor por esa ciudad y sus lugares y autores secretos y con Jorge, que había estudiado en Moscú, el secreto de la lengua y la vieja historia del imperio ruso con sus zares y zarinas, sus popes ortodoxos y el destino de aventureros como Rasputín, que bien podían ser emanaciones ficticias de las obras de Tolstói, Gogol, Turguéniev o Bulgakov.

En la inolvidable abadía de Fontevraud, donde se encuentran las tumbas de Eleonor de Aquitania y Ricardo Corazón de León y sede del primer coloquio en su honor después de su partida, varios de sus interlocutores franceses como André Velter o Dominique Rabourdin, coincidieron en relatar la experiencia de esa amistad y sus secretos. Organizado por el novelista Patrick Deville y por el ensayista Philippe Ollé Laprune, el coloquio reunió a un grupo multinacional que convivió en esa abadía el cuarto fin de semana de junio de 2017 y parecía por la gran exaltación de las conversaciones al calor de vinos, almuerzos y cenas entre las arcadas y pasillos del milenario sitio, que Mutis estaba presente flotando allí entre todos nosotros, animándonos a celebrar la vida y sus fantasmas.

Sin duda él estaba ahí celebrando con nosotros en Fontevraud porque la literatura, los libros, las palabras, las voces, tienen la peculiar cualidad de la pervivencia, igual que las rocas, los escasos minerales y los monolitos tallados y grabados como la Piedra de Rosetta o el Código de Hamurabi. Los vinos que bebimos en aquellas jornadas en su honor y nos incitaron a mirar las estrellas en las noches despejadas de junio debieron circular por las venas de su obra y su presencia inalterables. La pervivencia de la vida y la obra de Alvaro Mutis excita en los lejanos camarotes de las naves del tiempo a los lectores y a los vitalistas que se estremecen con la existencia.     
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de julio de 2018.