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sábado, 14 de septiembre de 2024

LOS CAMBIOS Y LOS ABISMOS

Por Eduardo García Aguilar


Sófocles, Homero, Virgilio, Dante y Thomas Mann fueron algunos de quienes practicaron el arte de percibir los momentos abismales que los seres humanos, naturaleza y sociedades enfrentan tarde o temprano y significan lanzarse a espacios y precipicios en una gran aventura, voluntaria a veces, y otras ineluctable.

Prometeo Encadenado en aquella cumbre solitaria vive la condena y Ulises se pierde en un largo viaje de décadas lejos de los suyos en lugares desconocidos e inhóspitos de donde pudo no haber vuelto jamás. Igual ocurre con el héroe de la Eneida, personajes y lugares de la Divina Comedia que aun nos estremecen. Y Thomas Mann ha creado un mundo paralelo en ese sanatorio helado de tuberculosos de donde pocos salían con vida. Personajes y sociedades contadas en muchas de esas obras nos muestran la fugacidad vital de los seres humanos y las civilizaciones creadas por ellos, que el tiempo reduce a polvo, cenizas y olvido.    

Así ocurre ahora cuando llegamos al primer cuarto del siglo XXI, ya avanzados en medio de graves conflictos bélicos y pandemias, pero también sacudidos por cambios insondables como la Inteligencia Artificial, la proliferación de las redes sociales y la conexión adictiva de humanos bajo el mando del poder financiero.

Muchas de las actividades humanas han registrado cambios radicales, pues al estar todos conectados accedemos en un instante a todas las informaciones posibles y somos intoxicados por ellas: la política cambió de perversidad y se convirtió en una guerra sucia de información y desinformación veloz que se practica desde sórdidos lugares financiados por poderes ocultos y tenebrosos.

En las diferentes épocas de la humanidad hubo cambios radicales como cuando empezaron a utilizarse alfabetos y escrituras, tabletas babilónicas o papiros egipcios, antes de llegar a niveles altos de conocimiento, transmisión de  saberes en las civilizaciones mesopotámica, egipcia, china, india, griega, maya, inca o romana, un sorprendente imperio éste último que se extendió por gran parte del mundo conocido, unificando tradiciones, costumbres y prácticas culturales y tecnológicas.

El Renacimiento con Venecia, Florencia, Verona y Roma fue otra época fantástica de cambios en arte, ciencia, filosofía, letras, ingeniería, cosmografía y matemáticas. La invención de la imprenta por Gutenberg constituyó una revolución tan importante como la provocada por la era internet de Bill Gates y Mark Zuckerber, de la que somos contemporáneos. El libro reinó durante medio milenio y ahora pervive como industria, aunque nuevos soportes lo reemplazan. 

En siglos pasados, humanos ilustrados coleccionaron libros a veces hasta la exageración o la patología. Cuando muere uno de ellos, su biblioteca va a la basura y si tiene suerte termina dispersa en librerías de viejo. Aunque quiera donar la biblioteca a una institución, el regalo es con frecuencia rechazado, pues ya no hay espacio. Las grandes bibliotecas individuales terminaron en desuso, convertidas en un encarte para los herederos.

Cualquiera puede poseer ahora la misma biblioteca en una tableta con capacidad infinita y llevarla de paseo en la bolsa de playa en playa y hotel en hotel. Así son los cambios y los abismos que cada generación enfrenta con escalofríos, haciendo de los sabios longevos dinosaurios caducos perdidos en un mundo que ya no los entiende y es para ellos incomprensible. 

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Publicado en La Patria, Manizales. Colombia, el domingo 14 de septiembre de 2024.



lunes, 20 de mayo de 2024

EL FANTASMA DE JOSÉ INGENIEROS


Por Eduardo García Aguilar

En la primera mitad del siglo XX, en la biblioteca de los jóvenes lectores de entonces, que eran muchos en América Latina, figuraban además de los clásicos de todos los tiempos, especialmente griegos y latinos, franceses, rusos o italianos, a veces acompañados por bustos de sus autores o cuadros referentes a sus historias, otros libros del mundo hispanoamericano de escritores como José Enrique Rodó, Miguel de Unamuno, Enrique Gomez Carrillo, Jose María Vargas Vila, que era el best seller de esos tiempos, y José Ingenieros (1877-1925), nacido en Italia con el nombre de Giussepe Ingegneri.
Médico psiquiatra formado en Buenos Aires, profesor de psicología experimental y neurólogo, estudió también en París, Lausana y Heildelberg, Alemania, convirtiéndose en una eminencia de su época que influyó en la reforma de la universidad argentina, y fue cercano a las ideas comunistas al principio y anarquistas después, y durante su corta vida de solo 48 años apasionado antiimperialista, por lo que fue leído con entusiasmo por los jóvenes en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado.

Como los hombres de su época, era muy elegante, llevaba bigote retorcido, camisas de cuello almidonado con corbata y sombreros de diversos tipos, pareciéndose a un dandy finisecular y decimonónico. Así vestían otras estrellas de su tiempo como el gran poeta de Nicaragua Rubén Darío, el mexicano Amado Nervo, Gómez Carrillo, José Eustasio Rivera y Vargas Vila, entre otros.

Me recuerdo muy bien de él porque en la biblioteca de mi padre Alvaro García Cortés, estaban varios de sus libros, entre ellos el que lo hizo famoso, El hombre mediocre, y Las doctrinas de Ameghino, sobre un argentino de origen italiano como él para quien la humanidad apareció en la pampa argentina, o sea que ese país era la cuna de la humanidad, propiciando la creencia entre sus contemporáneos de que Dios era argentino, mucho antes de la aparición mítica del Che Guevara, Maradonna y el papa Francisco, primer pontífice latinoamericano.

Mirando algunos de los archivos de mi padre, que nació en Marquetalia, Caldas, en 1913, vivió largo tiempo en Manizales y murió en la capital colombiana en 1991, y quien amaba los libros y la literatura con pasión, he tratado de imaginar a todos esos lectores jóvenes de esa época plagada de grandes acontecimientos mundiales, las guerras de 1914-1918 y 1939-1945, conflictos y explosiones sociales y políticas que sacudieron los países del continente y por supuesto a Colombia.

Siempre ha habido la tendencia a olvidar aquellas décadas que se caracterizaron en todo el continente por una febril lucha de ideas que reproducía y enriquecía las luchas ideológicas y bélicas de Europa y se relatan en la gran literatura de su tiempo en obras cumbres como La marcha de Radetzky de Joseph Roth, La Montaña mágica de Thomas Mann o los libros de Hermann Broch y otros muchos.

Parte de aquellos jóvenes que despuntaban al mundo en los años 30 y 40, querían demarcanse del mundo agrario, autoritario  y tradicional de sus padres y abuelos, que trabajaron en las fincas y pampas continentales, tumbando monte y cuidando ganado,  y su rebelión consistió en irse a las ciudades, donde se escuchaban los tangos de Carlos Gardel, figura también a la que imitaban en su forma de vestir elegante, con trajes hechos a la medida por sastres, y el mismo corte de pelo engominado, sombrero Stetson como Edward G. Robinson y Al Capone, chaleco, mancuernas y mocasines superlustrados.     

Algunos de los hombres de esa generación pudieron realizar estudios universitarios y los que solo terminaron el bachillerato para después dedicarse a trabajar, se caracterizaron por ser profundos autodidactas, humanistas, coleccionistas de libros y lectores empecinados amantes de la literatura, el pensamiento y las ideas en boga que circulaban por el mundo y el continente. Mi padre era uno de ellos, liberal de ideas progresistas, laico, abierto a las diversas tendencias de la época, librepensador lector de los clásicos y de figuras como Rousseau, Voltaire y los pensadores positivistas o socialistas que pululaban en América Latina. En su biblioteca me formé, cuando en las frías tardes y noches de Manizales exploraba aquellos libros que descubría y leía con pasión en esos tiempos.

Además de los libros de José Ingenieros, estaban los de Vargas Vila y Unamuno y entre los colombianos los primeros de su amigo y copartidario liberal Otto Morales Benítez, Revolución y Caudillos y Testimonio de un pueblo, que leí muy temprano. También figuraban entre los libros de los colombianos las obras magníficas de Germán Arciniegas y de Indalecio Liévano Aguirre, los ensayos y obras de Bernardo Arias Trujillo, Hernando Téllez, Rafael Maya y José Hurtado García, entre otros muchos.

Gracias a  esa biblioteca devoré desde muy tempano Biografía del Caribe, El estudiante de la mesa redonda y Los comuneros de Arciniegas y la saga Los conflictos sociales de nuestra historia, la biografía de Simon Bolívar y el estudio sobre la Doctrina Monroe de Liévano Aguirre, que los jóvenes liberales humanistas como mi padre leían con entusiasmo.

Hago estas remiscencias porque anoche, depués de la presentación del libro Del famoso y nunca igualado corrido de Quicón Uriate, del autor mexicano Miguel Tapia (1972), en el Instituto Cultural de México, nos fuimos a celebrar y hablé entre otros con el escritor argentino Edgardo Scott (1978), quien a su vez se refería a la biblioteca de su padre.

De repente nos vimos en medio del tintineo de las copas hablando de José Ingenieros, algo surrealista y absurdo en estos tiempos. Dos latinoamericanos de París, un siglo después de Alfonso Reyes, Victoria Ocampo, Gabriela Mistral, Alejo Carpentier y Miguel Angel Asturias, rememorando a una figura olvidada y pasada de moda, que sigue tan viva como Rodó, Vargas Vila, Mariátegui, Unamuno, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Unamuno, Ortega y Gasset y tantos otros ídolos de aquella época en la que nacieron y crecieron nuestros padres lectores y humanistas.
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 Publicado en La patria. Manizales. Colombia. Domiungo 19 de mayo de 2024.

domingo, 25 de febrero de 2024

EL LEGADO DE GERMÁN ARCINIEGAS

Por Eduardo García Aguilar 

En tiempos de recrudecimiento de la intolerancia en las diversas trincheras latinoamericanas del siglo XXI, es refrescante celebrar la obra de Germán Arciniegas (1900-1999), un viejo demócrata, caracterizado por el ejercicio generoso del diálogo y la polémica. Este patriarca viajero perteneció a una amplia generación de latinoamericanistas liberales que, desde diversos matices y temperamentos, lucharon por la implantación de la democracia en un continente que vivía desde la independencia anegado en pobreza, luchas fratricidas y caudillismo.

Marcados en el norte por el entusiasmo generado por la Revolución Mexicana y las acciones culturales del ministro José Vasconcelos, y en el sur por la rebelión estudiantil de Córdoba o el ideario de Víctor Raúl Haya de la Torre, se caracterizaron por una creatividad desbordada al servicio del continentalismo bolivariano: Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri en Venezuela, José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México, Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana, José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez en Perú, Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea en Colombia, y Aníbal Ponce y Enrique Anderson Imbert en Argentina, fueron algunos de esos nombres que inundaron las páginas de diarios y revistas con esa fe latinoamericanista que ahora se cambió por la polarización y el insulto.

Creían entonces que era posible conducir al conjunto de naciones del área hacia la convivencia pacífica, en el marco del renacimiento cultural y el diálogo abierto entre opiniones diversas sobre los rumbos a seguir. Surgidos al calor del auge periodístico, algunos de esos hombres trataban de seguir las huellas de antecesores modernistas como el colombiano José María Vargas Vila y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, los más grandes bestsellers idolatrados de la época y de quienes hoy pocos se acuerdan. Arciniegas tiene del primero el gusto por el escándalo, y del segundo una redacción más pulida y llena de color, aunque comparte con ambos la ligereza y la imaginación desbordada.

Ya Bolívar, en sus últimas cartas, entre la amargura del desprecio, expresó con lucidez escalofriante sus dudas sobre la posibilidad de redención del continente, convirtiéndose así en el primer decepcionado y único visionario apocalíptico. Estos buenos hombres íntegros y discretos que eran civilistas, universitarios, funcionarios, diplomáticos, editores, capitalinos de sombrero Stetson, bastón, chaleco, corbata negra y cuello duro, florecieron en la primera mitad del siglo XX en todo el continente y hoy por hoy nos parecen extraños animales en vías de extinción, porque para el mundo actual no hay hombre más bobo que uno íntegro. Después de muchas décadas de aventura romántica, signada por la angustia de vivir entre la civilización y la barbarie, hombres como éstos constituyeron el primer esfuerzo latinoamericano por pensar desde las universidades sin complejos frente al Viejo Mundo. La mayoría, como el derrotado Vasconcelos, un prosista notable y cuyas Memorias son lectura fundacional para todo latinoamericano­, terminarían vencidos, en el exilio, apedreados, pateados, salvo Arciniegas, que siguió longevo fiel a su entusiasmo.

A través de los libros de Arciniegas, muchos entraron al mundo ficticio del pasado continental lleno de Coatlicues y príncipes de taparrabos y plumas, virreyes de peluca y zapatillas, bucaneros tuertos y con pie de palo, reyes lejanos, mercaderes, esclavos negros y bellas cortesanas, inquisidores, fantasmas, vírgenes, monjes y libertadores, en lo que constituía el catálogo barroco de los abalorios históricos del continente a lo largo de 500 años de colisión con el Viejo Mundo. Él supo captar con sus relatos la atención de varias generaciones de estudiantes y autodidactas, convirtiéndose en documentalista de las tragedias y hazañas de héroes y anónimos. Con él, los adolescentes descubrieron las maravillas de El Dorado, siguieron las gestas de Tupac Amaru y Los Comuneros, conocieron a Bolívar, Flora Tristán y José Martí, y siguieron las proezas de película de los bucaneros del Caribe.

Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental.

Es posible que la obra de Arciniegas haya sacrificado el rigor en aras de la difusión, alejado de la prueba documental en vez de cotejar archivos, y dando voz especial a la anécdota para sentarse en los laureles de la amenidad periodística, pero es innegable que sus libros y miles de artículos encendieron y animaron a muchos.

En sus mejores libros, América, tierra firme (1937), Los comuneros (1938), Este pueblo de América (1945), Biografía del Caribe (1945), Entre la libertad y el miedo (1952), Amérigo y el Nuevo Mundo (1955), El mundo de la bella Simonetta (1962), El continente de los siete colores (1965) y América Mágica (1959), Arciniegas reivindica el derecho de los millones de aventureros pobres que, según él, poblaron América a través de los siglos, y predica la solidificación de esa mezcla de razas en busca de una nueva tierra. Rescatemos a Arciniegas, desempolvemos sus libros y volvamos a leerlo con entusiasmo.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de febrero de 2024. 

*Versión condensada de un texto más amplio sobre Germán Arciniegas.

 
 
 

sábado, 28 de enero de 2023

LA HUMANIDAD EN LA ERA DE LOS ZOMBIES

Por Eduardo García Aguilar

En estos tiempos de redes sociales se ha vuelto en todo el mundo costumbre que personas acusadas de cualquier delito sean condenadas y lapidadas sin misericordia por la opinión pública sin que se haya presentado denuncia alguna en su contra, realizado el debido proceso y pronunciado condena.

Muchas veces esas denuncias a través de las redes sociales o los medios de prensa son agenciadas por enemigos políticos, personales o profesionales de los acusados. El drama ha llegado a las escuelas y colegios donde los propios compañeros hunden la reputación de un niño o una niña a través de mensajes de redes sociales que circulan a toda velocidad y en muchos casos causan suicidios y traumas irreparables en la infancia y la adolescencia.

Proliferan casos en los que un novio adolescente despechado publica fotos de la novia desnuda o un cruel compañero denuncia las preferencias sexuales de otro enfrentándolo al escarnio público. Y también en el trabajo muchas personas han sido víctimas de la calumnia de compañeros envidiosos o rivales, asuntos que circulan al instante y nadie puede borrar de la red. La crónica roja da testimonio diario de este nuevo drama del mundo contemporáneo en el que estamos inmersos muchas veces sin saberlo.  

Para los contemporáneos se ha vuelto casi imprescindible el uso y el acceso a las redes sociales, fuera de lo cual la persona es declarada inexistente, un no ser. Los grandes cerebros matemáticos y financieros de este cambio radical de la época en materia de comunicaciones realizado en las últimas décadas han logrado que casi toda la humanidad, pobres y ricos e inclusive los más marginados, migrantes sin techo ni recuros, tengan todos un teléfono celular con el cual están comunicados con familiares, amigos, colegas o personas afines a la tendencia política que siguen, la religión que profesan o los intereses culturales o sociales que apetecen.

Así es el mundo de hoy y es escalofriante como los medios más importantes ya se guían a ciegas por lo que se rumore en Facebook, Twitter, Instagram, Telegram, Tik Tok y centenares de aplicaciones que son usadas por presidentes, ministros, obispos, pastores, gurús, sindicalistas, músicos, actores, deportistas, científicos.

Probablemente los más pobres prefieren no comer antes que carecer de un teléfono que los comunique con esas redes sin las cuales serían declarados inexistentes. Y por lo tanto los más turbios intereses comerciales, financieros, políticos, religiosos, delincuenciales, tienen allí una extraordinaria y eficaz forma de controlar y manipular a la humanidad entera para sus intereses. Miles de influencers y youtubers idiotas controlan a millones de personas y a través de sus espacios los llevan a consumir o a pensar como ellos quieran e incluso a darles el diezmo para  que se hagan rápidamente millonarios.

Y para ello ya existen universidades y escuelas que preparan a los técnicos y expertos imprescindibles en la actualidad para que empresas, medios de prensa, partidos políticos, religiones, bandas, mafiosos y sectas puedan dirigir desde sus oficinas a la población humana, convertida ahora en un rebaño de miles de millones de zombies que responden con emociones rápidas y primarias a todo tipo de manipulaciones y lapidan sin contemplación a las víctimas propiciatorias del caso.

Muy pocos son los seres humanos que logran en la actualidad tomar distancia y apartarse de la nueva peste y tal vez esos pocos sean los equivalentes a los eremitas o solitarios que se iban lejos del mundanal ruido desde tiempos inmemoriales a seguir sus existencias en contacto con las pulsiones vitales más elementales, el sonido del agua y el trueno, la luz del alba o la oscuridad de la noche poblada por búhos y murciélagos. Eran chamanes, filósofos o santos que como Zaratustra, Diógenes o San Francisco vivían en la pobreza y recorrían el mundo tratando de ayudar o curar al prójimo y al débil.

A través de las redes se ha manipulado a los fanáticos religiosos de todas las tendencias y allí se han formado en el manejo de armas y explosivos para perpetrar los atentados diarios que sacuden al planeta en todos los continentes a nombre de tendencias neonazis, racistas, yihadistas o antidemocráticas de todo tipo. Desde las redes se ha azuzado a los fanáticos para que invadan las grandes instituciones de países democráticos, como ocurrió en el Capitolio de Estados Unidos y hace poco en Brasil.

Esta irracionalidad loca de la humanidad manipulada día a día por las redes sociales es tal vez uno de los retos más difíciles que enfrentará el planeta en este siglo XXI. A través de las pantallas de los celulares a las que estamos aferrados y adictos los humanos de este tiempo se están marcando las nuevas pautas culturales y sociales y todas las instituciones han sido desbordadas. Somos una humanidad de zombies llevados al abismo por las diversas versiones del perverso Flautista de Hamelin. El cántico de las redes nos lleva al precipicio, a la guerra, al delirio, a la locura y tal vez ya nadie pueda salvarnos.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 29 de enero de 2023.

    
   


domingo, 15 de enero de 2023

TIEMPO DE SOCIÓLOGOS Y PERIODISTAS

Por Eduardo García Aguilar

Un reciente estudio publicado en la prensa indica que entre las carreras de las que más se arrepiente la gente haber estudiado figura en primer lugar el periodismo, seguido por sociología, comunicación social y educación, entre otras. Supongo que los filósofos han estado tan convencidos de su vocación que nunca se arrepienten de haberla cursado. La encuesta indica además que los estudiantes se sienten frustados porque después de realizar los estudios no encuentran trabajo y sienten que han perdido el tiempo porque nadie les para bolas.

En casi todo el mundo en las últimas décadas la carrera de periodismo fue la que más se puso de moda y proliferaron como hongos las instituciones privadas y públicas que ofrecían y ofrecen esa disciplina, en la que se gradúan cada año miles y miles de estudiantes en todos los países esperanzados en convertirse en estrellas de la televisión, diarios, revistas y noticieros, pero que al salir con el título empiezan a vivir un largo viacrucis que a veces no termina nunca, pues no hay empleo para tantos graduados y además los salarios se devaluaron en estos tiempos de redes sociales e internet cuando un gesto periodístico no vale nada.

Salvo algunas estrellas ligadas a los grandes poderes financieros o mafiosos, el resto vive en la penuria y escribe y publica solo por el gusto de hacerlo, porque ya nadie paga nada por un producto periodístico, una crónica o un reportaje. Igual ocurre con los poetas, pero éstos lo saben desde el primer instante y por eso nunca se sentirán arrepentidos o frustrados de ser poetas.  

Cuando ingresé a estudiar sociología en la Universidad Nacional, esa carrera era una de las que estaban de moda en aquel tiempo en Colombia, cuando las nuevas generaciones soñaban con cambiar el mundo y buscaban hacerlo justo y equitativo. Ya en los salones de bachillerato las ideas sociales habían conquistado muchos adeptos y los estudiantes de entonces devorábamos libros relacionados con las ciencias sociales. Había entonces gran inquietud por conocer la historia del país que nos contaban los nuevos historiadores, así como las distintas teorías económicas y sociales que se debatían en esos tiempos en todos los foros.  

Miles de candidatos se presentaban en todo el país en competencia por algunas decenas de cupos en Sociología en la Universidad Nacional y solo unos cuantos eran elegidos. De Manizales y la región solo fuimos admitidos dos y el grupo de primíparos que colonizamos el Jardín de Freud, al frente del moderno edificio de la carrera de Sociología, aquel lejano año, estaba conformado por estudiantes de diversas regiones del país, lo que mostraba un cuadro muy interesante y variado de estudiantes bogotanos, costeños, llaneros, chocoanos, santandereanos, boyacenses, tolimenses, huilenses, vallunos y de otros departamentos y regiones. No olvido a mis amigos de Moniquirá y Girardot que me llevaron de visita a sus tierras.

La mayoría de los nuevos alumnos llegaban a Bogotá por primera vez y vivían en las residencias universitarias de la Nacional como La Gorgona o la Antonio Nariño,  o compartían apartamento con otros estudiantes en diversos lugares de la ciudad y a veces pasaban apuros, hambre, frío, soledad. 

Pero como mi familia se había traslado a vivir a Bogotá hacía poco y mi hermano ya estudiaba y trabajaba allí, tuve la fortuna de tener casa y la protección de mis padres, por lo que era un privilegiado y nunca me sentí exiliado en la difícil y fría capital, y podía además dedicarme sin descanso a leer y estudiar todos los libros que nos recomendaban, ademas de los que leía por mi vocación literaria, mi jardín secreto desde entonces. Nunca se me ocurrió estudiar literatura, porque yo ya vivía la literatura a fondo, sino disciplinas distintas que ampliaran el horizonte.

La carrera de Sociología tenía mucho prestigio, teniendo en cuenta que entre sus fundadores figuraba el padre Camilo Torres Restrepo y en el cuerpo de profesores estaban registrados maestros de alto rango como el doctor Darío Mesa o el geógrafo Ernesto Gühl, que ejercían la docencia al lado de una pléyade de jóvenes profesores recién graduados en Europa, muchos de los cuales han pasado a la historia por sus libros y su febril actividad intelectual y académica, precursora de la modernidad colombiana.

Los conflictos sociales y estudiantiles de ese entonces en el país, las huelgas repetidas y las batallas campales que se vivían en aquellos predios, interrumpían con frecuencia los estudios, pero aunque poco a poco muchos estudiantes desertaron, o se fueron a otras universidades y carreras o a buscar otros destinos, el paso por esas aulas es inolvidable y crucial en sus vidas.

Muchos de los estudiantes que eligieron entonces carreras como antropología y sociología buscaban situarse en el mundo para descubrir sus arcanos y luchar tal vez por un mundo mejor que dejara atrás tanta injusticia y desigualdad y rescatara del olvido a la Colombia profunda sumida en la pobreza y la discriminación.

Aquella fue una generación de idealistas y utópicos que navegaban raudos en la ola de los grandes cambios ocurridos en el mundo después de la revolución cultural en Estados Unidos, Europa y muchos países del llamado Tercer Mundo, que disolvió para siempre los remanentes del siglo XIX.
  
Cada vez que regreso a la Universidad Nacional siento que es mi alma mater, pues como aunque no fue allí donde me gradué finalmente y solo alcancé a estar dos años antes de viajar a estudiar a Francia, en ese campus se abrieron muchas ventanas del saber, el pensamiento, la vida y la realidad de una Colombia que estaba cambiando de manera profunda.

Ahora tal vez a nadie se le ocurra estudiar periodismo o sociología, pero quienes antes intentaron hacerlo y se chocaron con la realidad, son los preocursores de nuevas modas y corrientes en boga en estos tiempos que parecen volver a los idealismos y a las utopías aplazadas por el neoliberalismo y el conservatismo que reinaron hasta hace poco.

Muchos jóvenes ecológicos quieren salvar ahora al planeta, desean proteger a los animales, auscultan el cosmos, manifiestan contra la destrucción de los bosques y las cuencas hídricas, experimentan para crear nuevos nutrientes destinados a saciar el hambre o buscan construir edificios livianos y sustentables. La utopía y la generosidad humanas son cíclicas por fortuna y circulan en redondo volviendo a despuntar cuando menos se piensa.      
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de enero de 2023.





  

sábado, 7 de enero de 2023

EL MUNDO QUE SEREMOS

Por Eduardo García Aguilar

Cuando llega un año nuevo se celebra la posibilidad de vivir nuevos acontecimientos, viajes y lecturas que nos esperan en este giro rápido alrededor del astro solar que marca el ritmo de las horas, los días, los segundos.

Eso por supuesto si somos positivos, porque por lo regular en medio de tantas sorpresas, viajes, amores y satisfacciones, a los habitantes de este planeta nos esperan también las malas noticias, como el conteo de las desgracias personales, las separaciones, las crisis laborales, los decesos de amigos y familiares, las enfermedades, catástrofes naturales y guerras que nunca faltarán en el lapso y serán descritas de manera minuciosa en el balance posterior, cuando llegue el año nuevo y se proclame otro minúsculo juicio final.

Estamos ya en 2023, o sea que ya vamos raudos agotando los segundos del siglo XXI, cien años después de los años de entreguerras que fueron tan fértiles en todos los campos, científicos, técnicos, literarios, pictóricos y de pensamiento.

Los años de entreguerras del siglo XX vieron el avance raudo de las innovaciones científicas auguradas por Edison, Marconi, Freud y tantos otros con la expansión de la luz, la electricidad, la telefonía, la industria automotriz y aérea, el metro, los cables, el descubrimiento de la penicilina y el auge del psicoanálisis que desbancó a los confesionarios eclesiales por el diván.

Esas dos décadas de relativa paz que siguieron a la primera gran guerra mundial del siglo XX experimentaron el auge del cine sonoro, el jazz y las alegrías del Music Hall de Charles Chaplin, El Gordo y el Flaco, Joséphine Baker y Fred Astaire, cuando generaciones hartas de guerras y prohibiciones religiosas e ideológicas se desbocaron hacia el goce hedonista del cuerpo y del alma al mismo tiempo que Ernest Hemingway proclamaba que París es una fiesta y Albert Einstein ajustaba su teoría de la relatividad.

Los bólidos automovilísticos corrían raudos por las carreteras y los primeros vuelos comerciales generalizados coincidían con los lujosos transatlánticos que, como el Normadie, cruzaban el Atlántico cargados de miles de pasajeros que se divertían orgiásticamente en varios pisos marcados por atracciones musicales, etílicas y gastronómicas para llegar felices a la Estatua de la Libertad de Nueva York de un  lado o a los puertos europeos del otro.

En el París de Montparnasse los bares La Coupole, Le Select y la Rotonde recibían a todas las generaciones cosmopolitas de artistas y escritores del mundo que se solazaban hasta altas de la noche arreglando el mundo y pensando en utopías geniales, sin saber que pronto se atravesaría primero la crisis mundial del 1929 y diez años después la terrible Segunda Guerra Mundial, que aun hoy nos marca y nos determina y nos asusta.

La prensa escrita que se expandió de manera exponencial en el siglo XIX había llegado a sus grandes momentos en Nueva York, Londres y París y todas las capitales del orbe, al mismo tiempo que la radio y el cine empezaban a dominar el mundo.
 
En todas las capitales se revolucionaban la artes, la literatura, la filosofía y el pensamiento en general abriendo nuevas rutas impensadas, y podría decirse que tantos cambios y descubrimientos se registraban al mismo nivel de lo ocurrido cuatro siglo antes en el Renacimiento de Leonardo, Miguel Angel, Rabelais, Galileo y Pico de la Mirándola.

También nosotros estamos ahora viviendo a veces sin saberlo las primeras décadas de la revolución digital que jubiló de súbito a fines del siglo XX a la era de Gutenberg, y con Internet, las redes sociales, los teléfonos celulares y los múltiples satélites que desde el espacio exploran el universo o las máquinas que rastrean en laboratorio lo infinitamente pequeño, vivimos una nueva aventura de conocimiento que a veces desafía a la propia paradoja borgiana del Aleph.

Cada día arqueólogos, paleontólogos, astrónomos, físicos y médicos amplían el rumbo del conocimiento y a través de las redes descubrimos los nuevos secretos del universo que ponen en cuestión las teorías en boga sobre su inicio y su expansión. En directo vemos y conocemos las más lejanas galaxias, agujeros negros o planetas similares a la tierra que podrían albergar vida. Falta poco para que se anuncie la existencia de vida extraterrestre y dejaremos de estar solos como el único milagro biólógico.

Y en lo que respecta al rastro vital del homo sapiens, nuevas técnicas revelan la existencia de ciudades milenarias desconocidas y civilizaciones y pueblos que en otros tiempos construyeron ciudades mágníficas y complejas y ejercieron el arte, la arquitectura, el derecho, la ciencia y la tecnología a niveles sorprendentes.

Por eso hay que ser optimistas. Si se hace un balance, los humanos hemos superado siempre a través de los milenios los percances de guerras, miserias y pestes y a un ritmo sostenido avanzado en los descubrimientos y el perfeccionamiento tecnológico desde la rueda hasta las naves espaciales y los más impresionantes telescopios cósmicos.

Hay múltiples razones para pensar que esos avances seguirán ocurriendo y que generación tras generación los humanos seguirán dando pasos agigantados hacia un mundo cada vez mejor. Nuevas ideologías ecológicas y humanitarias florecerán en mentes nuevas que aun no han nacido y sería maravilloso poder echar un vistazo desde el más allá hacia esas conquistas futuras de la ciencia y la tecnología que aun hoy desnocemos.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de diciembre de 2023. 

     



viernes, 23 de septiembre de 2022

VIAJE AL CORAZÓN DE MESOPOTAMIA


 

Por Eduardo García Aguilar

Traductor de la epopeya de Gilgamesh y el Código de Hammurabi al francés y uno de los grandes asiriólogos del mundo, Jean Bottéro (1914-2007)  es además un excelente escritor que cuenta con maestría la aventura de tres milenios de la civilización mesopotámica con una prosa de gran exactitud semántica, y además humana, sabrosa y pedagógica.

Por haberse negado a dar certificado histórico al libro sagrado Génesis, tuvo que renunciar a su sacerdocio y a la orden de los dominicos en 1950, pero no sin antes ser reconocido como autoridad por la Escuela bíblica de Jerusalén. Como laico, Bottéro trabajó décadas en el Centro Nacional de Investigación científica (CNRS) y en la Escuela Práctica de Altos Estudios de Francia, participó en múltiples excavaciones e investigaciones arqueológicas y se convirtio en uno de los más respetados especialistas en aquel mundo fascinante de cuyo imaginario la cultura occidental proviene en gran parte.

Su pasión por esos humanos que vivieron en la fértil región del Éufrates y el Tigris, en lo que hoy es el martirizado Irak, a veces dominada por Babilonia y otras por Nínive hasta su final en manos de Ciro en 539 antes de nuestra era, lo condujo a aprender las múltiples lenguas muertas en que hablaban y después a trabajar en el amplio acervo de medio millón de tabletas de arcilla con escritura cuneiforme, que eran los libros o los pergaminos de la época donde se cuenta la vida cotiana, ideología, mitos y leyendas, leyes, vida sexual y marital, las artes culinarias y agrícolas, la fabricación de la cerveza, bebida nacional, y las costumbres en general de esas poblaciones paganas politeístas.

En su libro Mesopotamia, la escritura, la razón y los dioses, que es apenas una de sus celebradas obras sobre el tema, Bottéro explica de manera minuciosa el origen de esa cultura en todos sus aspectos, especialmente en el que atañe a los dioses, que eran como un reflejo especular de las dinastías terrestres, con sus intrigas, tragedias, enfermedades y conflictos. Y a través de esas entidades míticas y reales se interna en las leyes tácitas que rigen todo tipo de actividades y en la cosmogonía y el relato de los orígenes del mundo y del ser humano como tal, o antropogonía.

 
Bottéro nos revela el significado de esos milenarios textos poéticos que relatan los hechos de los dioses relacionados de manera intrincada con el viaje permanente de los astros, entre ellos los más visibles como el Sol, la Luna y Venus, cometas y constelaciones, así como los elementos, el agua, el fuego, el barro, el viento. De múltiples textos poéticos y narrativos destaca la coherencia de aquellos escribas en su tarea de imaginar cosmogonías y antropogonías precisas y funcionales para regir el comportamiento de los individuos en la sociedad, así como su relación con los dioses, comandados por una curiosa trilogía compuesta por el ancestral padre fundador, el hijo gobernante y un sabio espíritu especial de una gran capacidad intelectual, estratégica y técnica, que asesora y guía en todos los asuntos al soberano tanto en los cielos como en la tierra.

En ese viaje y desciframiento de las tabletas realizado por Bottéro y muchos otros asiriólogos del siglo XX, descubrimos por ejemplo que el relato bíblico del Arca de Noé se remonta milenios a atrás como fruto del ingenio imaginario babilónico. Una rebelión de los dioses menores obligados a trabajar para mantener a los superiores conduce a la creación de los humanos por consejo del espíritu sabio, para que se encarguen ellos de las tareas y los oficios, pero su rápida proliferación y el ruido y caos que generan molestan a la deidad principal, que decide disminuirlos primero con enfermedades, pestes o catástrofes, métodos infructuosos que la llevan a planificar su exterminio definitivo por medio del diluvio total. 

Pero gracias a la astucia de algunos de los dioses del panteón que no estaban de acuerdo con la medida, se logra comunicar esos designios secretos a una familia que finalmente viaja en el Arca cargada de fauna y flora, salvando así a la humanidad de su desaparición. Descubrimos así el ingenio del realismo mágico de los escritores de aquella civilización, escribas y letrados que concibieron esas historias y las dejaron para siempre impresas en las tabletas cuneiformes.
 
Autor entre otros libros de La religión babilónica, La epopeya y la creación y Babilonia y la Biblia, Jean Bottéro es uno de esos sabios increíbles que dedicaron su vida a abrir ventanas allí donde hasta hace siglo y medio había un inmenso silencio rodeado de ruinas monumentales. Y esa ventana se abre a través de Mesopotamia a las decenas de miles de años de la vida humana anterior, de la que tenemos rastros como el arte parietal, aunque no mensajes directos escritos como sí se dio en Mesopotamia y Egipto.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 25 de septiembre de 2022.
* Fotos: Jean Bottéro y el Código de Hammurabi.





 


 

sábado, 23 de abril de 2022

LAS MANOS PREHISTÓRICAS DE BORNEO

 


Por Eduardo García Aguilar

El fotógrafo, periodista y cineasta francés Luc Henri Fage, quien ya antes había trabajado en la Patagonia, Zaire, Nueva Guinea y Argelia, entre otros lugares del mundo, atravesó la isla de Borneo en 1988 y llegó a Kalimantán, en la parte indonesia, un territorio casi virgen en materia de exploración arqueológica.

Explorando en cavernas casi al azar de su aventura, descubrió en algunas de ellas dibujos parietales realizados con carbón, así como rastros de manos negativas en las paredes rocosas hechas con la proyección de óxido de hierro, como solían hacerlo los prehistóricos. Las cuevas en esa región abundan en las cumbres calcáreas de una pequeña cordillera que recorre el territorio no lejos del litoral, en un ambiente paradisíaco de vegetación exuberante y riqueza de fauna, cruzada por la línea del Ecuador.

Tras terminar la temporada de sus exploraciones e intrigado por su descubrimiento, trató de conseguir apoyo para volver a realizar una expedición a aquellos lugares inaccesibles y húmedos, plagados de todo tipo alimañas, pero encontró escepticismo e incomprensión en las instituciones universitarias o estatales a las que acudió para hablarles del proyecto.

Fage, que no era académico sino periodista y fotógrafo, comprendió que debía recurrir a la ayuda de un experto que diera legitimidad al proyecto y escribió al etno-arqueólogo Jean Michel Chazine, investigador del Centro Nacional de Investigación Cientifica (CNRS), quien ya había trabajado en Oceanía y Polinesia en el ámbito del arte parietal. Al principio Chazine tuvo dudas, pero finalmente se dejó convencer y aceptó viajar en 1992 con él a Borneo.

En el terreno son muchas las dificultades que los exploradores deben superar para poder acceder a aquellos lugares sagrados de las cumbres que no solo albergan nidos de golondrinas, sino que en muchos casos son cementerios donde a través de las generaciones se han depositado los cadáveres de los ancestros.

Para llegar a esas incógnitas cumbres hay que lograr la anuencia de las autoridades locales y nacionales, luego viajar en canoa por ríos caudalosos y escarpar paredes difíciles apoyándose en rocas y lianas pobladas de serpientes e insectos venenosos. Debido a la lejanía de aquellas tierras, los exploradores deben contratar personal local para llevar los cargamentos de arroz y otros alimentos que duran solo unos cuantos días, obligando a los exploradores muchas veces a acortar sus estadías antes de que se terminen los víveres.

En esa primera exploración Chazine y Fage dieron con cavernas maravillosas llenas de manos negativas dibujadas en las rocas y celebraron jubilosos los hallazgos sucesivos que se repitieron por años. El etno-arqueólogo descubrió además vestigios de poblamiento en esos lugares y encontró pruebas líticas como puntas para flechas y otros instrumentos cortantes, así como huellas de que ahí hombres prehistóricos cazaron, prepararon alimentos y convivieron en familia y en tribu.

Regresaron a  Europa y tras realizar análisis de los materiales extraídos de las paredes de la cavernas donde se pintaron aquellas manos negativas, comprobaron que se trataba de arte parietal en principio de entre 5.000 a 13.000 años de antigüedad, o sea que a través de los milenio aquellos prehistóricos retornaban a los lugares a donde los ancestros imprimían aquellas misteriosas manos en rituales que aun en la actualidad se desconocen. Más tarde se descubriría que algunas de las imágenes son de las más antiguas realizadas por la humanidad, según una publicación de la revista Nature en 2018.

Realizaron sucesivas expediciones hasta 2005 fascinandos por la abundancia de los hallazgos, con el balance total de unas 2000 manos descubiertas. En otros lugares del mundo los hombres de aquella época también realizaban las mismas manos rituales, como en una gruta del pleistoceno de la región de Santa Cruz, en la Patagonia argentina, llamada la Cueva de las manos. Después, con el avance de la tecnología se ha llegado a comprobar que algunas de esas manos e imágenes fueron realizadas en Borneo hace más de 40.000 años, o sea antes que las famosas cuevas europeas de Chauvet y Altamira, o algunas australianas, entre otras.

De esta marvillosa aventura científico-artística quedó un libro espléndido, "Borneo, la memoria de las grutas", que contiene los relatos de los participantes y los esclarecimientos del científico Chazine, ilustrados con las magníficas y abundantes fotografías y gráficos de Fage, quien tuvo su cámara y sus lápices listos en todo instante para captar lo sucedido. Publicado en 2009 en inglés, indonesio y francés es una historia de amistad y de azar, porque descubrir un tesoro arqueológico de esa magnitud es como ganarse la lotería.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 24 de abril de 2022.
            
Ver sitio de Luc-Henri Fage: 
https://www.fage.fr/index.html
https://www.fage.fr/lhfage_borneo-la-memoire-des-grottes.html


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viernes, 8 de abril de 2022

NECESIDAD DE FRANCIA MÁRQUEZ

Por Eduardo García Aguilar

Pase lo que pase en las próximas elecciones presidenciales, se puede decir que los resultados electorales en las legislativas y las consultas del 13 de marzo pasado significaron un gran cambio cultural y político necesario para Colombia. Por primera vez en la historia una nueva ola generacional logró expresarse para llevar al Congreso a una bancada compuesta por jóvenes y personalidades diversas de la sociedad civil, regiones marginadas, indígenas, afrodescendientes y luchadores sociales, entre ellos valiosas mujeres, debido a la paridad con que se hicieron las listas del Pacto Histórico, impulsado por Gustavo Petro y Francia Márquez.

Esa bancada, impensable hasta hace poco, variada, colorida, nueva, regional, estudiantil, universitaria, raizal, aliada con otras fuerzas alternativas, será la más grande en el Congreso y abrirá un gran espacio que antes era inexistente en esas instancias legislativas que desde hace décadas, durante el auge narco-paramilitar, fueron cooptadas y controladas por mafias oscuras, clanes familiares y maquinarias nefastas compradoras de votos.

Frente a esta nueva bancada alternativa estará presente también un poderoso grupo de partidos tradicionales y del establecimiento, moderados y radicales, por lo que habrá grandes debates como en los viejísimos tiempos de la República liberal en la primera mitad del siglo XX, cuando en los años 20 y 30, en un contexto mundial caracterizado por la lucha entre las esperanzas socialistas y laicas y las derechas totalitarias y conservadoras, también se expresaron nuevas fuerzas alternativas.

Estas fuerzas alternativas inspiraron a los gobiernos liberales de Enrique Olaya Herrera, Eduardo Santos, Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras Camargo, para la realización de grandes cambios como la ampliación de la educación, el fortalecimiento de la Universidad Nacional en su nuevo campus, la creación de escuelas normales abiertas y laicas, bibliotecas y programas sociales que contribuyeron a la movilidad social y al progreso del país.

También durante el Frente Nacional, un interesante experimento de relativa concordia tras la era de la terrible Violencia, el Congreso colombiano albergó a muchas figuras políticas con ideales, elocuentes, ilustradas, formadas, técnicas, liberales y conservadores u opositores progresistas del Movimiento Revolucionario Liberal o la ANAPO, todos ellos notables personas que discutían con altura sobre los destinos del país, pero todo eso ya es una foto sepia del pasado, porque de aquellos honorables senadores y representantes no quedó ni la sombra y fueron reemplazados poco a poco, salvo alguna excepciones, por ignaros hampones al servicio de turbios intereses y la corrupción.

El fenómeno expresado el pasado 13 de marzo también se caracterizó por el surgimiento de nuevos liderazgos que dan voz a las poblaciones afrodescendientes e indígenas de las periferias marginadas, como el de la joven candidata a la vicepresidencia Francia Márquez, quien se dio el lujo de sacar más votos ella sola que varias figuras poderosas del establecimiento.

Francia Márquez es de la estirpe de Angela Davis, Martin Luther King y Nelson Mandela y su existencia es necesaria para terminar con el Apartheid racial y de clase que ha existido en Colombia. Tiene talento, carácter, belleza, carisma, elocuencia, empatía y además nombre y apellidos bellos. Su elegancia en prendas y adornos coloridos y alegres es proverbial y genera tendencia.

Esta abogada y lideresa social, reconocida en el mundo, ganadora del Premio Goldman de Medio Ambiente, se ha hecho a pulso con sus propios méritos y contra viento y marea desde la pobreza y la marginación en el Cauca hasta las aulas universitarias, las giras internacionales y su actual auge político. Liderados por Francia Márquez, todos los suyos, los raizales, los marginados, los humillados, los nadies de los que hablaba Eduardo Galeano, entran por fin con fuerza en la historia de Colombia.

Verla junto a la gran pianista antioqueña Teresita Gómez esta semana en Medellín, es un símbolo maravilloso de cambio de una época y el inicio de la reivindicación y el reencuentro con esas poblaciones en una Colombia sin clasismos ni racismos, donde reine por fin la meritocracia y se extinga la hegemonía patriarcal de los nefastos gamonales y sus delfines y los usos y costumbres de la discriminación de clase y de raza heredados de la Colonia.

Con Teresita Gómez y Francia Márquez, están de plácemes precursores como Leonor González Mina, llamada la Negra grande de Colombia, y desde el más allá Delia y Manuel Zapata Olivella, Arnoldo Palacios, Carlos Arturo Truque, Oscar Collazos y otras figuras de la cultura afrodescendiente colombiana.

Muchos nunca pensamos ver en nuestras vidas la emergencia de esos nuevos liderazgos, apoyados por los jóvenes y muchos miembros de las clases medias urbanas de todo el país, que están al tanto de los cambios que en ese sentido se han dado en el mundo en las últimas décadas y entre los que se incluyen también la reivindicación de los derechos de las mujeres y de la población LGTB.

Nuestra generación creció viendo y palpando con dolor esa injusticia de la marginación racial reinante en todo Colombia, especialmente en los departamentos de las Costas pacifica y atlántica, y en los territorios indígenas, pero ahora se abre una luz de esperanza impulsada por las nuevas generaciones que derrumban con alegría los muros, ante el estupor de anacrónicos hidalgos nostálgicos del pasado, la servidumbre, la discriminación y el odio.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de abril de 2022.


 


sábado, 26 de marzo de 2022

LEER EL QUIJOTE DE LA MANCHA

Por Eduardo García Aguilar

Todos deberíamos leer con cierta frecuencia el Quijote de la Mancha, la obra crepuscular de Miguel de Cervantes que se convirtió en uno de los más grandes clásicos de la humanidad al lado de la Biblia, La Ilíada, La Odisea, los libros sagrados asiáticos El Mahabarata y El Ramayana y las sagas europeas y prehispánicas de todos los tiempos, desde Los Nibelungos hasta el libro maya Popol Vuh.

Cervantes escribió esta obra ya anciano para su tiempo siendo un sexagenario que pasaba por grandes dificultades como la cárcel y cargaba la acumulación de muchas frustraciones, entre ellas el haber sido secuestrado, participado en guerras donde perdió el uso de su brazo, y no ser nombrado funcionario del reino en Cartagena de Indias. Si hubiera cumplido el deseo de viajar a América su destino económico habría sido otro, pero no existiría la magna obra que aun nos maravilla y que comenzó a redactar en una celda fracasado y sin futuro alguno.

Cuando voy a Sevilla me encanta visitar el Archivo de Indias y caminar por esas calles tan familiares que se parecen a las de las grandes ciudades coloniales latinoamericanas. También gozo la vista de la catedral sevillana, que fue reproducida en muchas de las urbes del Nuevo Mundo. Lo mismo siento en la Gran Canaria, el lugar donde paraban antes de cruzar el Atlántico Cristóbal Colón y otros viajeros y conquistadores que se aventuraban hacia lo desconocido.

En uno de esos viajes por casualidad me topé con una muestra dedicada al escritor y pude ver de cerca las cartas y documentos donde pedía con insistencia un puesto en ultramar y pude ver su firma y su letra junto a objetos, enseres y complejas cajas fuertes de esa época, fabricadas en Alemania. En el Archivo de Indias uno viaja en el tiempo y parece estar cerca del viejo escritor cuya vida fue una lucha interminable. Y en Madrid me hospedé en el maraviloso Hostal Fernández, un sitio muy barato que semejaba el apartamento de una abuela y desde mi cuarto podía ver al frente la casa donde murió el autor.  

Tuve la fortuna de cruzarme con el Quijote muy temprano gracias a la edición que tenía mi padre, gran lector y admirador de ese libro, tal vez su preferido.  De manera que muy temprano tuve conciencia de la magnitud de esa historia y en especial la fuerza de sus palabras. Desde entonces lo he leído varias veces y en cada ocasión he sentido los efectos, pues lo que uno escribe sale mejor después de haber estado en contacto con su prosa. Cuando en bachillerato me expulsaron del Instituto Universitario y además los profesores me pulverizaron en las calificaciones, me refugié en la Biblioteca Municipal para leer partes de la obra en una edición enorme e ilustrada con los dibujos del gran Gustave Doré.

Cuando caemos en desgracia, cuando las vida nos da palizas, cuando el rumbo deseado nos es esquivo, cuando todo parece oscuro y cubierto por la bruma de la melancolía, no hay mejor remedio que leer El Quijote para que vuelvan los ánimos y uno se sienta como un caballero andante capaz de recorrer todos los caminos con la adarga al aire para vencer las injusticias y enderezar el rumbo. Por eso todos los que dedican sus vidas a luchar por la justicia, la igualdad, el bienestar para todos y fracasan en el intento, son hijos de la utopía y a todo honor están unidos para siempre al impulso quijotesco.

Entre muchas de las aventuras que suceden en esa obra, todas disfrutables, siempre me encantaba en especial la del gobierno de Sancho en la Insula Barataria, donde el personaje mostraba dotes de ser gran estadista. Desde entonces siempre supe que muchas veces, a diferencia de los tecnócratas o los delfines hijos de las élites, los que menos parecen preparados para llevar las riendas de un gobierno, pueden convertirse en los mejores, pues han vivido la vida desde abajo y conocen los verdaderos sufrimientos de las clases populares, los marginados, los que son invisibles porque nadie los ve ni los tiene en cuenta, como los pobres de todos los orígenes, los indígenas y los esclavos negros que vinieron amarrados en galeras desde Africa. 

Pero sin duda alguna lo fascinante de esta obra magna tan actual, es la fuerza utópica del protagonista, el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que a lo largo de la historia se dedica a "desfacer" entuernos y a inmiscuirse en las mejores causas, como defender desvalidos y castigar matones. De punta a punta vivimos las aventuras del manchego y nos queda grabada para siempre la fuerza de su idealismo como un ejemplo para la humanidad.

Por eso cuando hablaba con mi amigo el poeta Juan Carlos Acevedo sobre una frase que pudiera condensar esa energía magistral de un desfacedor de entuertos, no dudé en apostar por la que me salió al instante como en los juegos automáticos de los surrealistas: Si todos llevamos un Quijote de la Mancha en nuestro corazón, sobreviviremos a las tempestades y conjuraremos todas las catástrofes y los apocalipsis del mundo.
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Publicado el domingo 27 de marzo de 2022 en La Patria. Manizales. Colombia.