El próximo año se celebrarán los cien años de la primera edición de La Vorágine en noviembre de 1924, clásico de la novela colombiana y latinoamericana que cuenta cada vez con más admiradores, escrito por el joven abogado y diplomático José Eustasio Rivera (1888-1928), quien murió en Nueva York cuando estaba lleno de planes para escribir nuevas obras, una de ellas sobre el oro negro, y llevar al cine sus historias.
viernes, 15 de diciembre de 2023
CIEN AÑOS DE LA VORÁGINE
El próximo año se celebrarán los cien años de la primera edición de La Vorágine en noviembre de 1924, clásico de la novela colombiana y latinoamericana que cuenta cada vez con más admiradores, escrito por el joven abogado y diplomático José Eustasio Rivera (1888-1928), quien murió en Nueva York cuando estaba lleno de planes para escribir nuevas obras, una de ellas sobre el oro negro, y llevar al cine sus historias.
sábado, 8 de abril de 2023
EL DESTINO IMAGINARIO DE GAITÁN
sábado, 13 de agosto de 2022
SALMAN RUSHDIE Y LA MÁGICA NOCHE INDIA
sábado, 23 de julio de 2022
UN GABINETE DE LUJO
domingo, 15 de mayo de 2022
LA MUERTE DEL PADRE CAMILO TORRES
Durante todos esos años los diarios dominicales fueron ventanas al mundo. Los voceadores pasaban temprano por la calle y anunciaban las ediciones llenas de imágenes, fotos, propaganda y el infaltable y esperado suplemento de dibujos animados que traía las historietas de Tarzán, Mandrake el Mago, Supermán, Benitín y Eneas, Pancho y Ramona, Snoopy, y por supuesto mi querido Dick Tracy, detective de sombrero y reloj de pantalla por donde se comunicaba en directo y al instante a todas partes y podía ver las imágenes de los interlocutores. Yo quería tener un reloj así y saber todo, comunicarme con otras ciudades, países, capitales, planetas, poder estar en contacto con astronautas o extraterrestres. Por eso los amigos me apodaban Dick Tracy.
Iba directo a los dibujos animados, Tarzán, Pedro Picapiedra, pero en especial a Dick Tracy, a quien deseaba imitar. Envuelto en el olor fresco de la tinta impregnada en el papel periódico, con las manos manchadas, recorría las historias y así pasaron semanas, meses y años de infancia hasta que aparecieron las noticias duras de muertes y guerra, reales, concretas, emanaciones de viejas conflagraciones recurrentes, cuyas heridas seguían vivas en forajidos y guerrilleros que desde niños sólo vieron descuartizamientos, lágrimas, bombardeos, incursiones del ejército, desplazamientos, éxodos, pobreza, miseria, maltrato, exclusión y el sonido permanente de las armas.
A un lado estaban los dibujos animados y al otro las hienas sangrientas
de la política, asesinos, matones del ejército y la policía, bandoleros,
guerrilleros y forajidos apodados Desquite, Sangrenegra, Veneno,
Chispas, Venganza, verdaderas series animadas de carne y hueso, con
malos muy malos e implacables perseguidores. Pero un día el mundo
colorido infantil en que vivíamos sumidos cambió y en vez de la inocente
diversión irrumpió la realidad, de frente, con su cara de muerte o al
menos así lo tengo registrado en la memoria con el rostro de un mártir.
Años antes regresaba de ver otra vez el El ladrón de Bagdad en el
Teatro Manizales, cuando vi que había más gente de lo acostumbrado en
casa en torno a mi padre. Se pasaban unos a otros los diarios en
medio
de una agitada conversación.
La foto del padre Camilo Torres en la primera plana de los periódicos me impactó y me desvió de las aventuras cinematográficas y de las tiras cómicas ese lejano 18 febrero de 1966, cuando papá comentaba que lo habían matado a los 37 años de edad, tres días antes, en un combate en Patiocemento, en las montañas de San Vicente de Chucurí, al noreste del país. Esa fecha antidiluviana del siglo pasado marcó a varias generaciones y no sería yo la excepción.
Papá tenía los diarios abiertos en la sala y leía en silencio con los
ojos rojos, como si fuera a llorar. El cura muerto tenía los ojos
semiabiertos, opacos, de pez ido, ciego, hacia la nada, se veía la boca
entrabierta, los dientes aparentes y el rostro inexpresivo en la paz de
la inercia y el cabello ensortijado negro y la barba desordenada aferrándose a su cara de ángel caído, Lucifer defenestrado desde las alturas. Diablo. Ángel. Diablo. Ángel.
Otra foto de lado, con los brazos abiertos de crucificado, dejaba ver la
sangre mezclada a su barba y cabello ensortijados y el perfil de un
muchacho perdido, lejos de su mamá, sin el aura que le daba el traje
clergyman o las poses oratorias de líder nacional.
Papá veía la foto en la sala sentado en el sofá más grande color naranja
de nuevo diseño marca Muebles Metálicos de Palmira, esa mañana de
febrero de 1966, mientras Diana, la perra collie, brincaba y ponía sus
patas en sus piernas y ladraba corriendo como una loca por los
corredores.
Por Camilo el país se estremeció y por eso viví la efervescencia
provocada por esa figura, la agitación de los mayores, los comentarios
de los estudiantes de los cursos superiores al mío y así, de la mudez
observatoria del niño la voz personal emergió en ese corto lapso de
tiempo, cuando percibí de manera intuitiva las fuerzas tectónicas del
cambio en ciernes que, como siempre ocurrió en Colombia, fueron
aplastadas en sangre. El cambio es prohibido en Colombia.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de mayo de 2022.
viernes, 8 de abril de 2022
NECESIDAD DE FRANCIA MÁRQUEZ
domingo, 10 de octubre de 2021
LA SUDÁFRICA CRUEL DE COETZEE
El Premio Nobel 2003 J.M. Coetzee narra la desgracia de su país, Sudáfrica,
anclado en la guerra y la violencia del Apartheid, que por esas fechas
parecía sin solución alguna, tanto el odio entre las partes era
profundo. A un lado estaban los negros encabezados por el luchador
guerrillero Nelson Mandela, en la cárcel desde hacía décadas, y al otro
el gobierno implacable y terco de los gamonales blancos y ojiazules que
se negaban a un cambio profundo de la propiedad de la tierra y de la
ancestral discriminación racial de la plebe negra.
Los tres premios Nobel de esa región, Coetzee, Gordimer y Doris
Lessing, son blancos, pero a diferencia de los racistas terratenientes
que dominaban al país y sumían a la población negra en la esclavitud y
la discriminación, tratan de contar a través del género novelístico el
drama nacional, profundizando en las entrañas de la violencia ciega y
terrible, buscando las razones profundas de las acciones de los negros
insurrectos, que no eran mansas palomas.
Por supuesto que los insurrectos negros sudafricanos cometían
atrocidades, pero si lo hacían en la lucha contra el Apartheid era por
razones profundas, históricas e ineludibles y la solución al problema no
estaba en llenar las cárceles de rebeldes o los cementerios de
cadáveres de guerrilleros, o de calificarlos de hijos del Infierno, sino
de dar el paso hacia un gran cambio del país, lo que vendría después
tras la liberación de Mandela y la llegada al poder de la plebe y la
infame turba negra odiada por los hacendados blancos y ojiazules.
En la novela Desgracia, los negros cometen con naturalidad
escalofriante atrocidades contra los blancos. Lucy, la hija del
personaje David Lurie, es violada por ellos y despojada cuando era sólo
una hippie ecologista que buscaba con ingenuo idealismo acercarse a
ellos y vivir en paz en el fondo de la campiña sudrafricana vendiendo
flores y cuidando perros. La blanca hippie decidirá aceptar ese acto de
sus violadores negros como el impuesto que debe pagar a siglos de
explotación y tortura infligida a ellos por los blancos. Lucy quedó
además embarazada y decide tener la criatura del abuso.
En el transfondo la novela aborda esa lucha permanente del deseo, el
encuentro violento de los cuerpos, la marca indeleble que deja esa
lucha en la natural perpetuación de la especie. Y a través de las
angustias sexuales del cincuentón crepuscular nos lleva a reflexionar
sobre la vejez y la muerte y sobre el paso del tiempo y las
generaciones.
La lectura de Desgracia nos hace descubrir una pieza maestra de la
novela contemporánea que a la vez es profunda y grave, pero llena de
ironía, cinismo y humor. Y los diferentes niveles y capas de la
estructura narrativa alcanzan para hacer una crítica mordaz al mundo de
las universidades y el medio académico con sus intrigas e hipocresías y
sus crueles leyes jerárquicas. Y no contento con ello, a través de
Melanie, la bella alumna que lo lleva a la perdición, asistimos a la
búsqueda de las nuevas generaciones a través del arte, o al tema de la
relación de animales y humanos con el retrato de los idealistas de la
Sociedad Protectora de Animales que encuentran en esa causa una ventana
de salvación.
David Lurie ha perdido todo y al refugiarse en la finca de su hija
se ha encontrado con la verdadera realidad del país en medio de la
guerra. De dar clases sobre Wodsworth ha pasado a cuidar perros y a
trabajar entre el barro y los excrementos. Su vida ha cambiado
drásticamente, pero esa desgracia les ha abierto los ojos a otras
verdades.
Su hija hippie, que acepta imbricarse con el mundo en que viven sus
violadores de la plebe negra, es la metáfora de ese nuevo país que
tiene que surgir obligatoriamente de la fusión final entre los enemigos,
a un lado los viejos explotadores blancos anglosajones que tuvieron que
renunciar a sus privilegios de casta y al otro los negros calibanes que
por fin tuvieron acceso al poder y a ser ciudadanos en el contexto de
una democracia.
El bravucón gamonal blanco anglosajón, que sólo gritaba y ordenaba
con el índice en alto, tuvo que ceder su poder muy a pesar suyo y el
torvo monstruo de la rebelión negra aprendió a gobernar. En Lucy se
encarna la nueva concordia en que los enemigos de siempre deben aprender
a convivir en paz para seguir el ciclo de la historia. Y de esa fusión
violenta y terrible tal vez nacerían las nuevas criaturas del futuro.
--- Publicado en La Patria, Manizales, Colombia, el domingo 10 de octubre
de 2021.
sábado, 15 de mayo de 2021
NAPOLEÓN BONAPARTE Y LAS ESTATUAS
domingo, 10 de enero de 2021
TORMENTA EN EL CAPITOLIO
Por Eduardo García Aguilar
Las escandalosas escenas de Banana República vividas en Estados Unidos,
cuando partidarios racistas y supremacistas del presidente saliente
Donald Trump irrumpieron en el Capitolio y lo mancillaron al llamado de
su líder, representan un cierre trágico y chistoso de mandato para quien
durante cuatro años tuvo al mundo viajando en una montaña rusa que
pasaba de tobogán en tobogán por diversos castillos de espantos y de
monstruos.
El expresidente republicano Georges W. Bush fue quien utilizó el jueves
el término de Banana República en un mensaje de protesta contra lo
sucedido, al que siguieron decenas de comunicados de altos líderes
conservadores, republicanos, funcionarios renunciantes, ediles y jefes
de Estado de grandes potencias del mundo. Salones, oficinas, pasillos,
vestíbulos del llamado templo de la democracia, fueron tomados por
violentos individuos que llevaban banderas esclavistas, disfraces,
cachuchas, banderines y camisetas con el nombre de Donald Trump. Desde
hace dos siglos, en 1814, no ocurría un espectáculo de esa índole en el
sacrosanto lugar que ha sido el orgullo de la democracia estadounidense.
El vicepresidente Mike Pence, que durante el mandato siempre estuvo
callado y sumiso ante los desmanes de su jefe, optó por respetar la
Constitución y encabezó la reanudación de las sesiones al lado de la
jefa demócrata Nancy Pelosi, luego de que la Guardia Nacional logró
controlar Washington con un toque de queda.
Finalmente el Congreso en pleno ratificó los resultados electorales y
Joe Biden fue declarado presidente legítimo de la potencia mundial. Toda
la gran prensa norteamericana, conmovida, dedicó las primeras planas
del viernes a relatar los estropicios provocados por un individuo que
tiene problemas mentales y de comportamiento que lo llevaron a encender
el fuego autodestructivo, como sucedió con Nerón en Roma. Da miedo saber
que aun durante dos semanas tiene el poder de hundir el botón de las
armas atómicas.
Por la noche, lívido, furioso, Trump vio como se desgranaban una tras
otra las renuncias de muchos de sus estrechos colaboradores, que
saltaban del barco naufragado antes de quedar involucrados en lo que es
un delito: incitar a la muchedumbre a tomar el capitolio para tratar de
impedir la declaración oficial de Biden como presidente por parte de los
congresistas. El saldo fue de un oficial y cuatro manifestantes
muertos, decenas de heridos y detenidos. Las escenas difundidas en todo
el mundo muestran a la horda rompiendo los vidrios como en la noche de
los cristales rotos, perpetrada por los partidarios nazis de Hitler en
los tiempos sombríos de Alemania.
Para los expresidentes demócratas Bill Clinton y Barack Obama los actos
ocurridos el 6 de enero son sorprendentes, inesperados, aunque
previsibles. Cuando Trump obtuvo el triunfo frente a Hillary Clinton, el
presidente Obama respetuoso lo recibió en la Casa Blanca y le entregó
el poder sin problemas. Todos sus rivales asistieron a su poesión frente
al Capitolio.
La magnitud del daño histórico es enorme y con lo sucedido Estados
Unidos queda en la historia manchado por sucesos que creían solo
ocurrían en sus patios traseros, en los países donde dictadores y locos
de todo pelambre sumen a sus países en guerras intestinas y genocidios
por conservar a toda costa el poder o donde los congresos más parecen
circos y bazares que lugares de ley y decencia.
Los Angeles Times describe como el equipo de la Casa Blanca vio en
directo con estupor a Trump autoinmolándose por el orgullo y la vanidad
del niño rico derrotado, o sea cometiendo lo irreparable como en su
momento hizo en Rusia el borrachín Boris Yeltsin o en Uganda el caníbal
Idi Amin Dada y tantos otros en milenios de historia. El multimillonario
neoyorquino queda en los anales como el peor presidente de Estados
Unidos.
En la madrugada del viernes hubo al fin un final feliz en el Capitolio
de Washington, pero la inmensa tristeza reinó entre la gente sensata y
honesta del poder legislativo estadounidense. Al final Trump leyó un
documento que le escribieron los asesores para prevenir las indudables
consecuencias judiciales de sus actos insensatos. Pero como en los
tiempos de Roma, sus palabras solo son el eco del inevitable inicio de
la decadencia del Imperio. Medio país lo sigue como al flautista de
Hamelin hacia el precipicio.
--Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de enero de 2021
sábado, 12 de septiembre de 2020
IFIGENIA Y MANIZALES EN INGLÉS
Por Eduardo García Aguilar
sábado, 29 de agosto de 2020
LAS MIL BATALLAS DE ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL
Gardeazábal no se sentó en los laureles conquistados como un guerrero griego antes de cumplir los 30 años. Siempre ha sido un autor incómodo, polémico, odiado y admirado, ya que nunca ha tenido pelos en la lengua para expresar sus opiniones que desde el principio fueron contra todas las corrientes políticas y sexuales. Cuando la izquierda dogmática dominaba el pensamiento en las universidades, el era el único tribuno estudiantil opositor que enfrentaba a las divas revolucionarias, muchas de las cuales, comunistas, maoístas, guevaristas, camilistas, trotskistas, fueron exterminados o se apaciguaron después y entraron al redil.
complejos su homosexualidad con un orgullo en un país que es y ha sido fundamentalmente machista, camandulero y conservador. Varios de sus libros tienen héroes homosexuales como El Divino y la Misa ha terminado y vestido él también como diva sesentayochera con pantalones de rayas blancas y rojas y camisas floreadas, expresaba su elocuencia desde todas las tribunas y púlpitos asustando monjas, horrorizando obispos, alcaldes, presidentes y desestabilizando a los pontífices con sus báculos de hoz y martillo. Tal vez, como destaca Isaías Peña Gutiérrez, esa hidra de varias cabezas, a la vez conservador y volteriano, convencional e irreverente, mojigato y lúbrico, se nutre del contradictorio imaginario familiar, pues su padre fue godo y su madre liberal.
Sentado en su estudio, ataviado con sus inconfundibles, amplias y elegantes camisas, con dicción pausada y mirada de águila, respondió a las preguntas de Isaías Peña Gutiérrez, quien lo conoce y lo ha seguido y estudiado desde el principio. Con Johnattan Tittler, que acaba de traducir al inglés después de arduo trabajo Cóndores no entierran todos los días, habló de las dificultades de trasladar el lenguaje suyo a la lengua de Faulkner y Capote y con Darío Henao abordó sus primeras tareas como profesor de literatura en Cali y Pasto y su rebelión contra las modas semióticas e ideológicas que venían de Europa. Verlo en plena forma y activo después de tantas peripecias extraliterarias ha sido una alegría para quienes sabemos que su obra es rica e imprescindible.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 30 de agosto de 2020.











