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sábado, 8 de enero de 2022

LA BÚSQUEDA CONTEMPORÁNEA DEL REINO

Por Eduardo García Aguilar

Emmanuel Carrère es otro de los escritores franceses contemporáneos que ha logrado grandes éxitos con sus libros autobiográficos y realistas redactados con una prosa sencilla y de fácil lectura. Desde hace ya mucho tiempo las principales novedades de la temporada son libros de hombres y mujeres que cuentan aspectos por lo regular dramáticos de sus vidas. Libros sobre violaciones, asesinatos, incestos, maltrato, racismo, pobreza, enfermedades, discriminaciòn sexual, se disputan cada año los primeros lugares y los grandes premios.

Casi todos los autores nacidos después de los años 50, que han tomado el relevo en el campo de la narrativa, reivindican en conferencias y entrevistas el retorno al realismo decimonónico que significó el éxito y la gloria para autores como Alejandro Dumas, Honoré de Balzac o Émile Zola y no dudan en criticar a las generaciones anteriores que escribieron con prosa barroca o exquisita como Michel Tournier o exploraron en los campos de la experimentación y las vanguardias, como el movimiento de la Nueva Novela de los años 50 y 60, liderado por Alain Robe-Grillet, MIchel Buttor y el Nobel Claude Simon. Todo eso para ellos está mandado a recoger.

Pero no solo los marginados, discriminados, enfermos y sufridos se confiesan en sus libros autobiograficos, pues Carrère (1957) no duda en contar que es un chico rico muy "inteligente" que ha pertenecido desde siempre a la élite literaria de Saint Germain des Prés, ya que su madre es la poderosa escritora presidenta de la Academia Francesa, Hélène Carrère d'Encause, por lo que de niño corrió entre las piernas de los grandes editores y escritores y personalidades de la farándula, la radio y la televisión que se casan entre ellos y viven en una endogamia de privilegiados blancos y millonarios, muchos de ellos descendientes de la nobleza del Antiguo Régimen o napoleónica o de la gran burguesía.

El autor, que ya ha recibido el premio Principe de Asturias y el Premio de la Feria de Guadalajara, que sin duda le tramitó con esmero su agente literario, ha publicado libros basados en hechos reales: uno sobre su abuelo materno, otro sobre el ruso Limonov y ha contado en sus novelas sus peripecias amorosas, matrimonios, depresiones, su actividad como yogui, guionista de televisión, director de cine o jurado del prestigioso Festival de Cannes.

Pero así como en las telenovelas latinoamericanas los ricos tambièn lloran, Carrère, pese a todos esos privilegios, conexiones y premios, ha sufrido terribles depresiones y vivido una vida atormentada que lo ha llevado a los límites más escalofriantes, por lo que ha necesitado atención médica de psiquiatras y psicoanalistas, terapias de grupo y medicamentos. Por fortuna siempre ha salido de esos sombríos altibajos salvado a veces por el amor, la religión, la lectura insaciable y la escritura encarnizada.

En El Reino, una larga novela autobiográfica de 634 páginas publicada en francés en 2014 por la editorial POL y por Anagrama en español, cuenta de buena fe todos esos problemas de juventud y madurez y en especial los tres años en que se convirtió al cristianismo animado por su madrina y experimentó la experiencia de la fe. Décadas después decide rescatar los cuadernos donde anotó con precisión sus lecturas bíblicas para hacer un recuento de esos primeros años del cristianismo a través de las gestas de Pablo de Tarso y de los evangelistas, especialmente Lucas, un médico macedonio que fue cercano al anterior.

Para todos los que nacimos en el orbe de la cristiandad, El Reino es un libro que atrapa pues nos hace un recuento meticuloso de todas las historias que nutrieron nuestras infancias y que él investiga, ya sin fe, haciendo acopio de una impresionante bibliografía con la que coteja, compara y trata de acercarse a la verdad histórica de aquel medio siglo transcurrido desde la muerte de Cristo hasta la redacción de los diversos evangelios, Las Actas de los apóstoles y El Apocalipsis y la solidificación paulatina de esa Iglesia fundada por unos iluminados que ha sobrevivido durante dos largos milenios y a la que siguen hoy en el mundo centenares de millones de fieles.

Al mismo tiempo que nos hace visitar aquellos lejanos años del Imperio Romano desde Calígula y Nerón hasta Vespasiano, pasando por Herodes y Poncio Pilatos, asistimos a su propia vida y a las dudas e incertidumbres de un contemporáneo en estas primeras décadas del siglo XXI. A diferencia de otros autores tramposos, él cita todas sus fuentes y se identifica con Lucas, quien escribió su evangelio basado también en documentos y entrevistas acopiados durante su investigación de los hechos, cuando aun había testigos vivos.  

No sé al final si sea o no una obra maestra, ni si Carrère sea el gran escritor que dicen, pero su lectura amena y adictiva nos hace viajar en el tiempo y nos traslada a la infancia, cuando todos esos personajes relatados en los Evangelios nos eran tan familiares gracias a las abuelas y las tías.

Volvemos a revisar las acciones del mesías, sus milagros, dichos y diatribas, el cautiverio y el sacrificio, nos acercamos a los apóstoles, a Judas, a la Virgen, a Maria Magdalena, vemos a centuriones y procuradores, al pueblo agitado en Jerusalén, la vida urbana en Roma, Corinto o Cesárea, a judíos y fariseos, puertos y regiones alejadas de Grecia, Turquía y Oriente visitados por Pablo, y además viajamos por el embravecido Mar Mediterráneo.

Pero al final de cuentas hacemos el viaje con la certeza de que estamos en este siglo XXI y que aunque pasaron dos milenios poco ha cambiado la humanidad y reinan aun en nuestro tiempo la confusión, la incertidumbre, la guerra y la injusticia y con ellas miles de millones de voces agitadas entre un delirio de fanatismos y augurios apocalípticos.

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Publicado en La Patria. manizales. Colombia. Domingo 9 de enero de 2022.
 


   

lunes, 9 de noviembre de 2020

SANDRO COHEN Y LOS COLIBRÍES

 Por Eduardo García Aguilar

Foto @ Lourdes Almeida*

Varios amigos y conocidos de mi generación con quienes compartí lustros de actividad literaria y periodística en México durante un espléndido momento cultural de ese país, han sido impactados recientemente por la pandemia y desparecido, causando conmoción entre quienes los conocimos. El novelista Luis Zapata, el pintor Arturo Rivera, los poetas y ensayistas Arturo Trejo Villafuerte y José Fracisco Conde Ortega, son apenas algunos de los nombres que se han despedido en estas semanas.
El jueves de nuevo la enfermedad se llevó a mi amigo el estadounidense Sandro Cohen, poeta y editor, a quien conocí poco después de desembarcar en la enorme Ciudad de México. La vida es una novela llena de sorpresas y argumentos que tienen desenlaces imprevistos, como si todos fuésemos criaturas de una ficción inagotable poblada de caleidoscopios de dolor y afecto, sorpresa y abatimiento, locura, creación y silencio.
Cohen era un caso muy especial. Nacido en septiembre de 1953 en Nueva Jersey, había llegado a los 19 años a México para proseguir sus estudios de letras hispanas en la UNAM y se enamoró tanto de México que se quedó y se convirtió en uno de los mejores conocedores de una lengua que no era la materna, como lo prueba su exitoso libro Redacción sin dolor. Poeta talentoso, fue director en las editoriales Planeta y Nueva Imagen y creó la bella editorial Colibrí, donde me publicó Tequila coxis.
Lo vi crecer como poeta en sus primeras lecturas bajo la mirada cómplice de Octavio Paz en el Palacio de Bellas Artes y fui testigo de su encuentro con la bella y jovencísima Josefina Estrada, animadora de las actividades literarias del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). En ese contexto compartí con Cohen muchas aventuras, que incluían sus felices pasos y caminatas inagotables por París. Lo venció prematuramente la covid-19 como a tantos otros en México, en estos tiempos extraños, pero su huella quedará para siempre como una estela de alegría, amistad panamericana, generosidad y pasión por las palabras. 
Todas esos amigos y otros muchos como Guillermo Samperio y Daniel Sada, para mencionar solo a dos excelentes narradores cercanos que se anticiparon a la pandemia, hacen parte de una generación muy rica de amantes mexicanos de la literatura, la edición, el vino, y la publicación de libros y revistas como ejercicio de apertura de caminos.
Quiso el destino que recién llegado a la Ciudad de México ganara un concurso de cuento convocado por Los otros editores y la editorial El Tucán de Virginia, dirigida entonces por Samperio y que en la fiesta de la premiación, celebrada un día de diciembre en una galería de la Glorieta insurgentes, estuvieran presentes todos esos jóvenes que desde entonces frecuenté y se convirtieron en amigos y hermanos y cómplices de aventuras periodísticas, vitales y editoriales. 
En una de aquellas noches vi como el joven “gringo” Sandro Cohen quedaba flechado por Josefina, quien mucho después escribió después una vasta obra narrativa e incluso un libro sobre la vida de las cárceles de mujeres en Colombia. La literatura de México vivía entonces en la década de los 80 uno de sus momentos más fructíferos. Estaban vivas aun todas las glorias del país, encabezadas por Juan Rulfo, Octavio Paz, Elena Garro y Carlos Fuentes. García Márquez estaba a punto de ganar el Premio Nobel, Álvaro Mutis escribía la saga de Maqroll el Gaviero. Otros latinoamericanos como Augusto Monterroso, Manuel Puig, Ida Vitale, Hugo Gola, Noé Jitrik y decenas de sudamericanos exiliados, ensayistas, cineastas, filósofos, científicos, participaban en el intenso fragor cultural de la ciudad. 
Los periódicos tenían amplios suplementos literarios y páginas culturales. Proliferaban los festivales internacionales de poesía que reunían cada año a figuras del continente y el mundo. Las editoriales promovidas por el Estado publicaban millones de libros en colecciones de todo tipo y se otorgaban becas y premios generosos en todos los géneros. Se ampliaban los museos y se descubrían nuevas pirámides.
Y en ese ambiente incesante de prosperidad coincidíamos en presentaciones de libros, redacciones de periódicos, cócteles de exposiciones, congresos en provincia y en homenajes a Juan Rulfo, Octavio Paz o recepciones multitudinarias a Jorge Luis Borges, así como en los más agitados sitios de salsa, mambo, danzón o en los antros de rock que daban energía a la vida de las artes, las letras y el pensamiento de México. Sandro y los amigos se van poco a poco, se anticipan, pero gracias a la literatura se quedan aquí como los colibríes que pueblan los jardines del mundo. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de noviembre de 2020. 

* Excelente toma de la gran fotógrafa mexicana Lourdes Almeida, contemporánea de Sandro Cohen y conocida en el mundo entero a través de más de un centenar de exposiciones. Esta foto la publicó este lunes 11 de nociembre de 2020 en una entrada en Facebook para referirse a la partida de Sandro. No sé la fecha de la foto, pero debe ser tomada a comienzos o a mediados de los años 80 del siglo pasado. Es una de las mejores instantáneas que he visto de Sandro y es normal, conociendo el lente, el ojo, el talento de Lourdes Almeida.   

sábado, 12 de septiembre de 2020

IFIGENIA Y MANIZALES EN INGLÉS


Por Eduardo García Aguilar

Esta semana, para mi sorpresa y alegría, salió Las rutas de Ifigenia en inglés, publicada por la editorial Aliform en traducción de Jay Miskowiec, quien en 2008 obtuvo la primera Beca Nacional de Traducción Literaria del Ministerio de Cultura para vertir a la lengua de William Faulkner y Truman Capote otra novela de la serie manizaleña, El viaje triunfal. Cada novela que uno emprende es un misterio y a veces una enfermedad de largo aliento, y su destino después de colocarle el punto final siempre sorprende, ya sea que se hunda como es previsible en el olvido total y la indiferencia o salte como la liebre hacia otras lenguas o lectores. 

La historia de Ifigenia, una muchacha manizaleña imaginaria de mi generación, en aquellos tiempos de rock, salsa y revolución, había permanecido latente durante décadas hasta cuando decidí tomar el toro por los cuernos de la narrativa, a sabiendas de que la tarea estaría llena de obstáculos, temores y dudas. En las tres novelas que ya había escrito antes sobre temas imaginarios de mi ciudad natal, Tierra de leones (1983), Bulevar de los héroes (1986) y El viaje triunfal (1993), había querido tratar de contar la mítica ciudad natal fundada en las alturas de los Andes, pequeña metrópoli que curiosamente sigue siendo desconocida para muchos colombianos, pese a las sorpresas aquitectónicas e históricas que guarda entre los vericuetos de sus calles y callejuelas empinadas, entre un paisaje de montañas, balcones floridos, precipicios y volcanes nevados y humeantes.

En Tierra de Leones abordé el personaje de Leonardo Quijano, loco genial sobre el que varias generaciones de manizaleños especulamos tratando de descifrar sus misterios e insondables secretos. En mi adolescencia literaria solía pararme a escuchar sus largos, agitados e incomprensibles discursos pronunciados en una esquina de la plaza de Bolívar y su imagen y leyenda, la pasión por el dibujo, su idioma personal y la fragilidad mental que lo sumió en la pobreza, se habían convertido para mi en un fantasma permanente que solo podía exorcizarse a través de la ficción.

Años después, en Bulevar de los héroes inventé otro personaje, el Loco Rincón, inspirado en muchos de los relatos que contaba en París sobre sus aventuras subversivas otra figura de nuestra tierra, el médico Tulio Bayer (1924-1982), nacido en Riosucio, quien de brillante profesional con posgrado en Boston, pasó a convertirse como muchas otras figuras de su generación en un redentor fallido de los males insolubles de Colombia.

Por complicidad caldense y manizalita, tuve la fortuna de compartir muchas horas con Tulio en su apartamento de París, donde se dedicaba a traducir textos para grandes multinacionales farmacéuticas y armamentísticas cuando sucedía la revolución iraní que llevó al poder al ayatolá Komeiny, a quien imitaba disfrazándose con una capa de beduino y un turbante oriental. Tulio era un gran lector y a esas alturas ya estaba decepcionado de todos los totalitarismos, de izquierda o derecha, aunque seguía con su pasión y rebeldía contra el establecimiento, lo que le contaba en sus cartas a su adversario y amigo el general Alvaro Valencia Tovar.

En El viaje triunfal, el personaje era un poeta modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Urillo, que le daba la vuelta al mundo y terminaba sus días en Manizales, rodeado de los jóvenes poetas del movimiento fundidista. En las tres novelas, además de los héroes, el otro personaje era Manizales, con sus casas, templos y palacios de fantasía construidos antes y después de los incendios. En todas está la Catedral como una presencia omnisciente y omnipotente, el Parque y el Teatro Fundadores, la Plaza de Bolívar, el Parque Caldas, el Palacio de Bellas Artes y el Teatro Olympia, el Puente de Olivares, el Monte de Léon y la carrera 23 con sus cafés y tiendas luminosas.

Cuando pensaba que ya no escribiría nunca más otra novela que tuviera como escenario Manizales, se atravesó Ifigenia y volví a la tarea, pero esta vez tratando de contarla desde otro ángulo narrativo y con un lenguaje transparente, alejado de las peripecias y artilugios verbales o la contención estilística presente en anteriores obras. El resultado es una historia que surge de la imaginación de los adolescentes protagonistas y busca captar la vida de la ciudad, el país y el mundo en un corto universo cerrado. Miskowiec la leyó y le encantó tanto que la tradujo en una magnífica versión que a veces suena mejor en inglés que en castellano y que lleva por título The trails of Ifigenia.       

Miskowiec (1958) fue uno de los discípulos preferidos de Gregory Rabassa (1922-2016), traductor al inglés de Cien años de Soledad, Rayuela de Julio Cortázar y otros clásicos latinoamericanos, portugueses y brasileños y quien además de estar dotado con un maravilloso sentido del humor y ser gran amigo de sus amigos, fue profesor en varias instituciones educativas de Nueva York. Jay también tradujo en su momento Bulevar de los héroes, publicada con prólogo de Rabassa en Latin American Literary Review Press, así como El viaje triunfal, Urbes luminosas, Delirio de San Cristóbal y ahora Las rutas de Ifigenia.

Como otros hispanistas norteamericanos tales como Seymour Menton, Johnattan Tittler y Raymond Williams, Miskowiec realiza su trabajo con una profunda pasión por el continente latinoamericano y a los autores los sigue a través de las décadas con atención y cuidado y sin prisas. En su momento, el jurado de la beca de traducción, compuesto por Juan Manuel Pombo y Timothy Keppel, dijo que había otorgado el premio a Miskowiec en virtud de que El viaje triunfal “es una novela bien escrita que capta una época histórica de América Latina de las generaciones del modernismo y del vanguardismo, es una traducción bien ejecutada y es interesante que se conozca ese periodo fuera del país. La experiencia del traductor es sólida, con una buena formación académica”.

Las rutas de Ifigenia, publicada en 2019 en Bogotá por Uniediciones en la colección Ladrones del tiempo, emprende ahora una nueva aventura en otra lengua y lleva la ciudad a cuestas, porque toda ciudad natal es la impronta indeleble de los seres humanos, su huella digital, el origen de sus tragedias, taras, celebraciones y alegrías. Manizales es una ciudad muy reciente llena de historias secretas y nada mejor que explorarlas y contarlas a través de novelas y relatos. La rebelde Ifigenia está de plácemes, pues estudió inglés y escandalizó en el Colombo-Americano de Manizales sin saber que un día la contarían en la lengua de Mark Twain.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de septiembre de 2020.      




sábado, 5 de septiembre de 2020

ANNIE ERNAUX: LA AUTOBIOGRAFÍA COMO PASIÓN

 


Por Eduardo García Aguilar


Una de las más grandes novelistas francesas contemporáneas es Annie Ernaux, recién galardonada con el prestigioso premio de literatura Formentor, quien se ha convertido en uno de los ejemplos más logrados de la compleja literatura autobiográfica y cuya obra además de admirada concita en universidades y medios críticos todo tipo de estudios y análisis. Arnaux nació en 1940 en un pueblo pequeño de los lejanos suburbios de París, en el seno de una familia modesta, ya que su padre fue un campesino muy pobre que ascendió a propietario de un pequeño restaurante y su madre una modesta mujer trabajadora de provincia.

En casi todos los países y las lenguas la narrativa autobiográfica se ha convertido en la preferida de los lectores, desplazando a las obras de ficción. Novelas en clave escritas por personajes de la política, la farándula o el deporte, relatos de vidas complejas ligadas a la violencia social y familiar, dramas de género, relatos de las humillaciones de clase o de raza, narraciones de tragedias familiares, suicidios, enfermedades, violaciones intrafamiliares, persecuciones étnicas, entre otros temas, han desplazado a la literatura en boga en el siglo pasado, donde la novela era la creación de un mundo paralelo a la realidad. 

Dentro de todos esos temas se destaca el asunto del padre o de la madre, asunto en que los lectores tratan de encontrarse o identificarse. Entre las novedades novelísticas más leídas figuran relatos de la madre alcohólica y suicida, el padre violador, ausente o cruel, al padre o la madre perseguidos o desaparecidos. Mazarine Pingeot, la hija oculta de François Mitterrand; Clémentine Autain, la hija de una malograda actriz alcohólica y suicida; Sybille Lacan, la hija de un psicoanalista lleno de oscuridades personales; Christine Angot y el incesto: estas son son apenas algunas de las historias más comentadas y adquiridas por los lectores en temporadas recientes en Francia.      

En el libro La Plaza, con el que obtuvo el Premio Renaudot en 1984 y saltó a la fama, Annie Ernaux aborda el tema del padre, que ya dentro del género de lo autobiográfico es uno de los más difíciles. De manera descarnada y sin contemplaciones, como si se tratara de una operación quirúrgica, la novelista nos relata desde el inicio la muerte del viejo progenitor, el cuerpo desnudo del hombre después de una fulminante enfermedad y desde ahí ahonda en sus modestos orígenes. La madre no puede cerrar el negocio ni el día del entierro. Y al final el velorio se hace con los modestos clientes del lugar.

A lo largo de su exitosa carrera literaria, Arnaux ha abordado los temas de su vida desde distintos ángulos, especialmente el hecho de que por sus brillantes estudios y el triunfo editorial, terminó por migrar de clase hasta convertirse en una gran burguesa adulada y famosa. Pero desde esa posición decidió ser una abogada de los desposeídos y los desclasados, por lo que ha estado en todos los combates políticos desde la izquierda, causando irritación entre muchos de sus congéneres reinantes en los salones literarios del barrio de Saint Germain des Prés, donde están situadas las sedes de las mejores editoriales y vive la más encumbrada burguesía y aristocracia de la farándula parisina. Pero también ha contado su iniciación sexual, el problema del aborto, el machismo, lo que la ha convertido en una aguerrida feminista.

Al negarse a traicionar la clase suya, la escritora rinde homenaje a esa familia en la que creció y desde donde se izó hasta los más altos honores académicos y literarios, cuando adolescente hacía sus tareas y preparaba los exámenes tras bambalinas de la pequeña tienda de abarrotes, el bar y el pequeño restaurante popular que regentaron durante décadas sus progenitores en un suburbio del pueblo, porque su negocio ni siquiera se situaba en los barrios centrales del mismo. O sea que en pleno siglo XX seguíamos como en las historias pueblerinas de Maupassant y Flaubert, en esa Normandía inefable poblada de castillos y vacas, fábricas de quesos y cultivos de diversos productos agrícolas.

Después del fin de la guerra los padres luchan y fracasan con un negocio en otro lugar, pero al final deciden volver al pueblo de Yvetot, en Normadía, y montan la tienda y el restaurante. Aunque el viejo tiene gestos, movimientos y estructuras físicas que delantan su origen de campesino pobre, logra en ese mundo de la taberna dejar atrás la timidez y convertirse gracias al contacto diario con los clientes en conversador y bromista consumado. La pareja es querida por los vecinos pobres a quienes fían y sirven los platos cotidianos de la comida popular que consumen los trabajadores a la hora del almuerzo, después de jornadas arduas de trabajo.

Arnaux insiste en que su destino estaba escrito y debería haber sido cajera de supermercado, obrera o a lo máximo continuadora del negocio familiar, pero los buenos resultados escolares, el ingreso becada a una normal superior, y después su paso a la educación nacional y a los altos grados universitarios, además del éxito literario, la llevaron a pasar a otro medio social. Luego viene el matrimonio con un burgués de la ciudad de Annecy, cuyo apellido lleva, y la vida familiar y académica junto a un exquisito lago alpino donde se consume definitivamente su mutación. Vive desde hace décadas en Cergy Pontoise, una capital moderna regional de los suburbios de París que describe en Diarios del afuera, un libro sobre la vida cotidiana de las ciudades dormitorios, los grandes supermercados y sus cajeras. 

Sus libros llevan títulos concisos como La mujer congelada, Una mujer, Pasión simple, La vergüenza, Los años, Escribir la vida, Perderse, Memoria de chica, No he salido de mi noche, entre otros que ya han sido reunidos en sus obras completas. También ha elaborado un libro de conversaciones con el escritor Fréderic Yves Jeannet, que lleva por título La escritura como un cuchillo. En todos ellos relata los temas de la exclusión social, el clasismo, el arribismo, el espíritu de castas, la humillación, la marginación del otro, la sirvienta, el modesto empleado, el paria, el desclasado, el pobre. 

Arnaux nunca ocultó a nadie sus orígenes e invitó a la casa de su padres a sus nuevas amigas burguesas. Su marido refinado no soportaba conversar en aburridas cenas con sus modestos suegros. Y poco a poco va llegando el fin de su familia inicial, la decrepitud de esos viejos abnegados que hicieron todo y se mataron trabajando por dar lo mejor a su hija. Por medio de un descarnado relato que conmovió a los lectores de esta obra premiada, asistimos a las desgarradoras tensiones de clase que caracterizan a todas las sociedades sin falta. Para el viejo su hija es una extraña y para su hija el padre también, pero al final, desde su modestia, el progenitor vive feliz por el ascenso social de su hija, famosa, rica, bien conectada socialmente y se siente orgulloso y presume de ella cuando lee los periódicos.                  

Annie penetra así en la llaga de las castas sociales de su país, que en la primera mitad del siglo XX, antes del auge económico posterior a la liberación, permanecían como si se viviera en el medioevo. El padre pertenecía a un linaje centenario de trabajadores agrícolas y si no es por el servicio militar que lo sacó de ahí para siempre y al encuentro con la que sería su esposa, hubiera permanecido en ese mundo de sacrificio donde el olor de los excrementos y de los animales de cría terminan por permear los propios cuerpos de los trabajadores, estigmatizándolos en la más baja escala social, como los intocables de la India. 


sábado, 29 de agosto de 2020

LAS MIL BATALLAS DE ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL


Por Eduardo García Aguilar
 
 Siendo muy joven y rebelde, Gustavo Álvarez Gardeazábal (1945) publicó en el lapso de unos cuatro años años varias novelas que se convirteron en clásicos de la narrativa colombiana y latinoamericana como Cóndores no entierran todos los días, Dabeiba, La boba y el buda, El bazar de los idiotas, entre otras. Su irrupción en la literatura colombiana fue vertiginosa en los primeros años de la década del 70 del siglo pasado, que también vio emerger a otros autores de su generación como Oscar Collazos, Fernando Cruz Kronfly, Héctor Sánchez, Umberto Valverde, Fanny Buitrago, Alba Lucía Angel, Roberto Burgos y R.H. Moreno Durán, entre una veintena de autores magníficos que constituyen una poderosa generación que aun se debe estudiar y valorar.

Pero Gardeazábal surgió casi como una explosión volcánica contra viento y marea, dispuesto a contar con un lenguaje propio y local las historias ocurridas en su terruño, Tuluá, en tiempos de la horrorosa violencia entre liberales y conservadores en medio de la cual vio la luz del mundo hace 75 años. Su objetivo era hacer clásico e internacional el lenguaje de la chismografía de su pueblo natal Tuluá, pues considera que hay un rico y específico modo del castellano, que él denomina el "tulueño". Así como Proust tenía su jerga de frases interminables en un estilo exquisito donde sonaba el habla de los salones aristocráticos de París a fines de siglo XIX y comienzos del XX, Gardeazábal hilaba, tejía, serpenteaba, entrelazaba las historias a través de palabras que como pólvora se regaban y explotaban en todos los sentidos, en un endemoniado fuego prirotécnico, galáctico, generalizado y en espiral.

Cóndores no entierran todos los días se convirtió en el emblema de esa narrativa de la violencia a través de la historia de un temible pájaro contada desde todos los ángulos con su prosa musical, barroca y churrigueresca, poderosa y fértil enredadera florecida y venenosa que se reproducía a toda velocidad, impulsada por una savia devoradora sobre muros, techos, aceras, zaguanes, cementerios, patios e iglesias del pueblo natal. El gran Francisco Norden la llevaría después al cine, en la que tal vez sea la película colombiana más importante del siglo XX.  

Uno tras otro iban saliendo sus novelas y libros de cuentos que ganaron premios internacionales en España, se convirtieron en best sellers y fueron traducidos a varias lenguas, entre ellas el polaco, el inglés, el alemán, el italiano y el húngaro. Como siempre ambicionó a lo grande, se dio cuenta de que para figurar en Colombia tenía antes que publicar y sonar primero en el extranjero, pues la literatura colombiana de su tiempo, como la de hoy, siempre ha estado centralizada en la hegemonía bogotana que mira de reojo a las creaciones de autores nacidos o activos en otras regiones. El costeño Gabriel García Márquez lo había precedido en esa reivindicación de lo local, y como él, tuvo que publicar lejos de su patria para que lo tuvieran en cuenta los capataces literarios de la Atenas suramericana.    

Gardeazábal no se sentó en los laureles conquistados como un guerrero griego antes de cumplir los 30 años. Siempre ha sido un autor incómodo, polémico, odiado y admirado, ya que nunca ha tenido pelos en la lengua para expresar sus opiniones que desde el principio fueron contra todas las corrientes políticas y sexuales. Cuando la izquierda dogmática dominaba el pensamiento en las universidades, el era el único tribuno estudiantil opositor que enfrentaba a las divas revolucionarias, muchas de las cuales, comunistas, maoístas, guevaristas, camilistas, trotskistas, fueron exterminados o se apaciguaron después y entraron al redil.

Y fue un verdadero precursor, pues muchas décadas antes del auge del movimiento LGTB, él ya exponía al viento sin
complejos su homosexualidad con un orgullo en un país que es y ha sido fundamentalmente machista, camandulero y conservador.
Varios de sus libros tienen héroes homosexuales como El Divino y la Misa ha terminado y vestido él también como diva sesentayochera con pantalones de rayas blancas y rojas y camisas floreadas, expresaba su elocuencia desde todas las tribunas y púlpitos asustando monjas, horrorizando obispos, alcaldes, presidentes y desestabilizando a los pontífices con sus báculos de hoz y martillo. Tal vez, como destaca Isaías Peña Gutiérrez, esa hidra de varias cabezas, a la vez conservador y volteriano, convencional e irreverente, mojigato y lúbrico, se nutre del contradictorio imaginario familiar, pues su padre fue godo y su madre liberal. 

Esa inasibilidad permanente de Gardeazábal, la indómita fuerza para evitar ser etiquetado, el carácter impulsivo y quijotesco le han causado al autor tulueño múltiples problemas y también lo condujeron a vivir aventuras que lo convierten a su vez en personaje de novela. Con más de diez novelas publicadas y un reconocimiento literario sólido se aventuró como otros autores latinoamericanos en las aguas turbias de la política. En una carrera política veriginosa como su vida literaria, fue alcalde su pueblo y llegó a gobernador del Valle con una votación gigantesca que en algún momento lo hizo sonar como probable candidato a la presidencia, igual que su amigo Vargas Llosa en Perú, pero se le atravesaron las arañas de la intriga y terminó experimentando la cárcel, experiencia que ha enriquecido a grandes autores como Miguel de Cervantes Saavedra y Alvaro Mutis, entre otros.   

Ahora que ya es un sabio sereno que mira el paisaje planeando desde las altas cumbres como los cóndores de los Andes, más allá del bien y del mal, dotado de la poderosa inteligencia que siempre lo ha caracterizado, sus coterráneos le hacen un homenaje por su llegada a edad tan venerable. Convocados de manera virtual a causa de la pandemia de coronavirus por su amigo el poeta Omar Ortiz, muchos críticos y escritores fueron convocados para debatir esta semana de agosto, previa a su cumpleaños el 31 de agosto, en torno a su vida y obra.

Sentado en su estudio, ataviado con sus inconfundibles, amplias y elegantes camisas, con dicción pausada y mirada de águila, respondió a las preguntas de Isaías Peña Gutiérrez, quien lo conoce y lo ha seguido y estudiado desde el principio. Con Johnattan Tittler, que acaba de traducir al inglés después de arduo trabajo Cóndores no entierran todos los días, habló de las dificultades de trasladar el lenguaje suyo a la lengua de Faulkner y Capote y con Darío Henao abordó sus primeras tareas como profesor de literatura en Cali y Pasto y su rebelión contra las modas semióticas e ideológicas que venían de Europa. Verlo en plena forma y activo después de tantas peripecias extraliterarias ha sido una alegría para quienes sabemos que su obra es rica e imprescindible. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 30 de agosto de 2020.

sábado, 15 de agosto de 2020

AUGE Y CAÍDA DE JOSÉ AGUSTÍN

Por Eduardo García Aguilar


En los primeros años de mi estadía en México fui invitado el 19 de agosto de 1984 a un encuentro de dos días en homenaje a José Agustín (1944), una leyenda con rango de estrella de rock, quien desde antes de cumplir veinte años se había había convertido en ídolo de la juventud. Con piel broncínea, delgado, bajo de estatura, irreverente, hiperactivo, luciendo gafas y mechón adolescente, este joven de clase media lideraba el movimiento de la literatura de la Onda, con influencias de los beatniks, el rock y el espíritu de las juventudes occidentales que hicieron estallar las tradiciones culturales, sociales y literarias.

Varias decenas de escritores de diversas generaciones, algunos de los cuales ya eran mis amigos, fueron convocados a permanecer un fin de semana en la ciudad de Cuautla, en el estado de Morelos, tierra natal del legendario Emiliano Zapata, para celebrar los cuarenta años del autor de La tumba, a quien se consideraba el máximo exponente del famoso Movimiento de la Onda, al que pertenecieron entre otros Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña. En ese tiempo la generosidad proverbial de la instituciones universitarias y del Instituto Nacional de Bellas Artes propiciaban aquellas reuniones donde compartían los más jovenes autores con otros más experimentados y se debatía con entusiasmo sobre la actualidad y el futuro de la literatura. Y por supuesto, al terminar los debates comenzaba la fiesta.

Tal vez porque era uno de los pocos extranjeros presentes me pusieron a la hora del almuerzo en la mesa central frente a José Agustín y su esposa Margarita Bermúdez, con quien ha vivido casi toda la vida, y al lado de varios autores alternativos y tímidos que seguían el camino del ídolo desde posiciones marginales y rebeldes. En un hotel campestre de los tiempos de Malcolm Lowry, hermano del mítico Hotel Casino de la Selva que aparece en Bajo el volcán, transcurrieron aquellos felices dos días en compañía de los más promisorios autores de las nuevas generaciones y algunos jóvenes clásicos que ya se nos han anticipado al viajar al más allá como los narradores y amigos Guillermo Samperio y Daniel Sada.

Entre vagos recuerdos percibo al ensayista y poeta Evodio Escalante a mitad de la noche tocando el piano y dándonos un execelente concierto de jazz, mientras pasaban de mano en mano las copas de tequila. Entre las jóvenes autoras presentes estaban las escritoras Carmen Boullosa y Silvia Molina y otras muchas más que se difuminan en el recuerdo. Aquel encuentro hace ya parte de la arqueología de una generación y algún día aparecerán las crónicas y las fotos de ese feliz ágape en torno al cual todos fuimos felices con José Agustín.      

Él hablaba rápido, era amigable como pocos, vestía de manera informal a diferencia de otros intelectuales encorbatados, reía siempre poseído por una alegría natural y a sus textos imprimía la velocidad del habla coloquial utilizada en las clases medias estudiantiles y de izquierda de la Ciudad de México. Sus libros se agotaban  rápido en ediciones de decenas de miles de ejemplares y cuando se presentaba en público era rodeado por centenares y miles de estudiantes y colegialas que se iniciaban en la lectura con libros que les contaban las penas y las esperanzas de aquella idílica primera edad en que todo parece luminoso aunque sea terrible.

Su fama llegó a lo máximo en los años 60 cuando fue encarcelado por un lío de cannabis en el Palacio de Lecumberri, donde estuvieron también presos figuras como David Alfaro Siqueiros, José Revueltas y otras grandes personalidades de la disidencia mexicana que luchaba desde la izquierda contra la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), acusado de la mataza de Tlatelolco antes de los Juegos Olímpicos de 1968 y de actos represivos violentos en la siguiente década a manos de los tenebrosos Halcones.

También su romance mediático con la cantante Angélica Maria, otro ídolo de la juventud mexicana, contribuyó a convertir al veinteañero en una estrella cuya luz nunca declinó a lo largo de las siguientes décadas, en las que escribió muchos libros, guiones, artículos, participó en programas de radio y televisión y recorrió sin cesar el país, además de vivir temporadas en Estados Unidos invitado por varias universidades donde daba clases de creación literaria. Obtuvo a fines de los años 70 las becas del International Writing Program de Iowa, Fullbright y Guggenheim.
       
En esos primeros años mexicanos compartíamos espacio en la páginas culturales de Excélsior dirigidas por el maestro Edmundo Valadés, y el mismo año 1986 publicamos en la editorial Plaza y Valdés sendas novelas, él la magnífica Cerca del fuego, una de las que más me gusta entre todas sus obras, y yo Bulevar de los héroes, que acaba de quedar finalista en el premio Plaza y Janés de España. Era un honor coincidir en su momento en la misma editorial con el mito más vivo de la nueva literatura mexicana del momento, una persona que parecía encarnar la juventud eterna.

En sus inicios obtuvo la beca del Centro mexicano de escritores y participó en un taller literario dirigido por Juan José Arreola y pronto, con buen olfato de editor, lo lazó el español Joaquín Díaz Canedo en la editorial Joaquín Mortiz. También estudió cine y participó en decenas de proyectos cinematográficos, en algunos de los cuales trabajó con Gabriel García Márquez. Entre sus libros figura La tumba (1964), De perfil (1966), Inventando que sueño (1968), Ciudades desiertas (1982), Cerca del fuego (1986) y la serie Tragicomedia mexicana.

Todo parecía pues sonreírle a este amable y talentoso autor, llamado a recibir todos los honores y homenajes en una larga y feliz ancianidad, como es tradición en México para los escritores de éxito, hasta el día en que la propia fama y la gloria en vida le hicieron una curiosa jugada que es a la vez una metáfora y un mensaje a todos los escribidores del mundo. En 2009 le realizan un homenaje en un teatro y la muchedumbre juvenil sube al escenario para abrazarlo, besarlo y pedirle autógrafos con tal ímpetu que el escritor pierde el equilibro y cae al fondo de la orquesta, dos metros abajo. Por su generosidad, José Agustín era el que menos merecía un accidente de esta índole.

La caída fue tan brutal que le causó graves lesiones cerebrales por las cuales ha perdido segementos de la memoria, aunque no toda por fortuna, según relata su hijo menor Jose Agustín Ramírez Bermúdez en una serie de magníficos, amorosos y conmovedores relatos sobre la vida y obra de su padre, publicados periódicamente en el suplemento Laberinto del diario capitalino Milenio. 
 
José Agustín reside en la misma casa de Cuautla rodeada de naturaleza que compró a su padre y donde ha residido durante medio siglo al lado de su esposa e hijos. Disfruta ahí de su pasión por el rock y con frecuencia parece recuperar la agilidad mental que electrizó a generaciones de jóvenes mexicanos. José Agustín está vivo y vive en su efervescente obra. Desde ese lugar de México sus poderosas ondas literarias irrigan el continente latinoamericano.     

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de agosto de 2010.


   


domingo, 26 de julio de 2020

BREVE HISTORIA DEL FUNDIDISMO

Por Eduardo García Aguilar

En literatura bien puede decirse que todo se define en la adolescencia, cuando el estudiante de bachillerato escala los últimos grados y comienza a ser un ciudadano a carta cabal que enfrenta los poderes o los busca y a la vez encuentra las afinidades y las fobias que marcarán para siempre su vocación. Lo mismo puede decirse para músicos, artistas plásticos, científicos, bandidos, políticos, abogados, médicos y deportistas, entre muchas otras disciplinas. 
La vida es después un largo camino de ajuste de esas inquietudes y sueños iniciales, lo que no evita las sorpresas del camino, cuando el destino hace girar de repente hacia a otros rumbos inesperados al protagonista de su propia vida. 
Como en las grandes novelas de iniciación o aprendizaje denominadas en alemán Bildungsroman, como Las tribulaciones del estudiante Törles, entre muchas otras, el joven precoz de 15 o 16 años se bebe el mundo con todas sus antenas y lo entiende con sus instrumentos frescos y recientes y en perfecto estado de funcionamiento. Ese segmento inicial, como el del mítico Andrés Caicedo, es un nucleo protéico esencial tras el cual la vida es solo una repetición insondable del inicio. Otras novelas de iniciación que se refieren a esos temas y nos ilustran sobre el asunto son Los años de aprendizaje de Wilhem Meister de Goethe, El rojo y el negro de Stendhal, La Educación sentimental de Flaubert, Retrato de un artista adolescente de James Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann y Demián de Herman Hesse.
El lector adolescente por lo regular se conecta en esos momentos con algunas figuras básicas de la literatura como Walt Withman, Arthur Rimbaud, Franz Kafka o Federico Nietzcshe. Con el primero descubre la palabra fundacional de un país joven, con el segundo los arcanos de la rebeldía a ultranza, con el tercero los laberintos del misterio, las modalidades del absurdo, y con el cuarto se dispara hacia las indagaciones más osadas sobre el hecho de existir.
En otras disciplinas ya en el colegio se definen también las tendencias, pues el rebelde y justiciero comienza a mostrar sus impulsos redentores que en muchos casos lo llevarán al fracaso y a la muerte, mientras otros, como el conservador autoritario, el militarista o el ávido de riquezas se perfilan ya con todos sus talentos, argucias y energías. 
El colegio en abstracto es ya un ensayo del mundo futuro pues allí como mandatarios figuran el rector y el vicerrector que pueden ser queridos u odiados, buenos y malos profesores, detestados prefectos de disciplina, autoridades que garantizan el orden o líderes que organizan huelgas o actividades culturales no muy bien vistas por quienes aman el engranaje sin resquebrajaduras, matices o delirios.
Y digo el colegio en abstracto porque los adolescentes de una ciudad crean vasos comunicantes entre todas las instituciones cuando se cruzan en el ágora de la fiesta, los conciertos, los espectáculos o las manifestaciones que convocan a una generación a interesarse por los problemas y los asuntos del país, colocándose en alguna esquina del espectro político como lo han hecho en otro tiempo progenitores, abuelos o ancestros de otras épocas y en todos los continentes.
Luego el destino dispersa a todos esos personajes conocidos en las aulas y con el tiempo llegan las noticias de sus vidas. Cuando se hace el balance, el poeta en ciernes seguirá siendo poeta, el dramaturgo deambulará por los escenarios, el abogado vivirá en los tribunales, el rico en los clubes y casinos, el militar en los campos de batalla y así suscesivamente se declinan los destinos en todos los tiempos verbales posibles.
Pienso todo esto ahora que desenvuelvo el rollo del tiempo con motivo de la partida reciente de Enrique Cardona Hernández, amigo de colegio con quien fundamos hace medio siglo un movimiento poético secreto que pretendía ser más revolucionario que los nadaístas y todas las vanguardias juntas. Ya a los 16 años él había leído a los vanguardistas del siglo XX y a los poetas malditos, por lo que rápido nos hicimos amigos y cómplices de la aventura literaria.
Tal y como hicieron los dadaístas en Zurich nos reunimos en un restaurante chino llamado Chop Suey, situado en la carrera central de la ciudad, y allí con los ojos cerrados exploramos entre las páginas de un diccionario al azar una palabra que definiera nuestro movimiento y encontramos el término fundar, de donde salió el Fundidismo, nombre que sugería no solo el hecho de fundar sino el de fundir los metales y las cosas. Subíamos a la azotea del Banco del Comercio situado entonces al lado de la Catedral y desde ahí lanzábamos nuestros textos despedazados. 
Ambos solíamos acaparar los principales premios de los concursos literarios colegiales o intercolegiales en cuento, poesía y ensayo. Alguna vez él ganó con un cuento titulado 9.000 pasos sobre el polvo y otras fue mi caso con La cuadra de la clepsida o La vigilia de los relojes. Esos textos fueron publicados por el nadaísta Mario Escobar Ortiz en el suplemento literario dominical que dirigía en La Patria y los conservo como si fueran papiros egipcios o palimpsestos hebreos.
A los 16 años ya habíamos aparecido en letras de molde y nos sentíamos impulsados por una fuerza poderosa tan enérgica como las turbinas del cohete Saturno V que había llevado hacía poco a los hombres a la Luna. El nadaísta había ilustrado mi cuento con el famoso cuadro de Munch El grito y el de Enrique a su vez mereció una imagen expresionista como el espíritu de ese precoz amigo. 
Luego pasamos a la experiencia del libro creando una pequeña editorial artesanal, las Ediciones Ecurilodaóricas, que confeccionábamos y encuadernábamos con nuestras propias manos y donde publicamos un solo libro dedicado a nuestros terribles poemas fundidistas, con respectivos prólogos explicativos, que guardo como un incunable de la arqueología personal. Fue un juego confidencial realizado entre dos adolescentes que representaban en la ciudad el arquetipo del personaje literario del Bildungsroman. Creamos un movimiento secreto con dos fundadores y dos seguidores, que éramos nosotros mismos, y luego la vida nos llevó por donde quiso llevarnos.
Enrique, amante del rock y moderno esencial, estudió después la carrera de medicina en la Universidad de Caldas y ejerció mucho tiempo como médico cirujano en Manzanares, en el oriente de Caldas, en los tiempos de otra ola de violencia, y operó y salvó cientos de vidas de heridos por arma blanca y bala que llegaban día a día a su hospital en medio de la guerra, según relató en nuestra última feliz charla en mayo de 2017. 
Durante su vida fue un médico humanista y generoso y se destacó como campeón de ajedrez y experto en los arcanos de la informática moderna, otra de sus pasiones. Nos reencontramos en la cantina El punto de Serpa con nuestro amigo Antonio Leyva, que lo dirigió en una obra de teatro donde él hizo de payaso, para brindar por la vida y el arte, no lejos del centro de ajedrez donde ejercía Enrique y del Hospital Universitario que tan bien conocía. Ahora que ha emprendido una nueva aventura en el país de nunca jamás, es hora de empezar a contar por fin la Increíble y breve historia del Fundidismo. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 7 de abril de 2019.

lunes, 25 de noviembre de 2019

LOS ARTEFACTOS NARRATIVOS DE JAVIER MARÍAS

Por Eduardo García Aguilar
En Negra espalda del tiempo (1998) el escritor español Javier Marías abordó el tema de la relación entre el narrador ficticio que habla en las novelas y el autor que las firma. Luego de escribir Todas las almas, que se inspiraba en los dos años de juventud que vivió en Oxford entre 1983 y 1985 como profesor de literatura, Marías (1951-2022) enfrentó polémicas y chismografías entre sus excolegas, amigos o exvecinos, ya que muchos pensaron que su obra era en clave y que los personajes estaban basados en personas reales.
 
Cuando se iba a traducir al inglés, después de tener gran éxito en su país y en el mundo hispanoamericano, el editor británico consultó abogados y dudó en publicarla temeroso de poder ser objeto de demandas y juicios. En el cerrado mundillo académico de Oxford se desataron las comparaciones y todos los conocidos por Marías se vieron reflejados en las características de los personajes, descritos como es usual en el autor español con implacable ironía y sarcasmo. Algunos se enfurecieron y otros amenazaron veladamente al autor, por lo que el propio decano del departamento de letras hispánicas de Oxford tuvo que terciar en la polémica y aclarar el entuerto, exonerándolo de cualquier culpa. 
 
Marías, ganador del Premio Rómulo Gallegos en 1995 con Mañana en la batalla piensa en mí, es sin lugar a dudas uno de los más grandes narradores vivos del ámbito hispanoamericano y se considera uno de los novelistas mundiales más importantes de su generación, por lo que ha sido mencionado varias veces en las quinielas para el Nobel de literatura. Ha escrito una veintena de libros donde despliega su talento, al abordar desde diversos ángulos los personajes y las situaciones, utilizando una ágil prosa de oraciones largas y musicales que seducen al lector y lo enredan hasta el infinito como en una tela de araña. Sus historias, como en su magistral Los enamoramientos (2011),  nos enfrentan a los puntos claves de la vida humana, a los fantasmas del pasado y los azares del destino, viajan con impacable lucidez por los laberintos del tiempo ineluctable que pasa y actúa en círculos concéntricos enredando y triturando a mujeres y hombres, niños, jóvenes y viejos, en una serie de situaciones escabrosas frente a las cuales Marías no se reprime ni tiene piedad para relatar.  
Los enamoramientos me sedujo y lo devoré fascinado y aterrorizado durante varios días de envolvente lectura, de viaje por un extraño e impar tejido de palabras y reflexiones sobre la vida, la muerte, el deseo, el amor, la traición y el silencio. Esta lectura me recordó los ámbitos novelísticos de François Mauriac, el excelente escritor francés cuyas obras nos sacuden y quien sin duda debe ser referencia de Marías.

La novela tiene todo para ser antipática para muchos lectores porque la narradora es una « joven prudente » que trabaja en una editorial y desde adentro nos muestra el mundo fatuo de los autores y la rutina terrible de esa profesión donde predominan personajes atroces llenos de ambición como ese detestable novelista Garay Fontina que sueña con el Nobel.


Los diálogos y reflexiones subjetivas de esta joven intelectual y su amante Díaz Varela son precisos, envolventes, llenos de referencias literarias a autores como Shakespeare o Balzac y su inquietante pequeña novela El coronel Chabert, que es a su vez personaje de la obra. Hay allí sólo ámbitos interiores, encuentros y desencuentros en torno al extraño asesinato de un hombre apuesto que hacía parte de una pareja perfecta como son todas las parejas perfectas que cruzamos en nuestra vida y que la narradora observa diariamente en un café a la hora del desayuno.


Quedé atrapado en el mundo imaginario de Marías, que desmenuza la gigantesca e inagotable madeja de la vida. Una superficie de palabras que se va tejiendo y destejiendo y a través de la cual viajamos por cuerpos, rostros de personajes, estados de ánimo, como si se tratase de una gigantesca telaraña a donde nos conduce con maestría una voz perversa que nos deja allí inermes y mudos, poseídos por el malestar esencial. 

Por eso puede decirse que si aún hay autores como Javier Marías, podemos confiar entonces en que la literatura que muerde, sacude y mata, seguirá firme su camino en un mundo que le será cada vez más hostil y tratará de aniquilarla.
 
Su obra toda es una comedia humana contemporánea donde salen a relucir la soledad, el hastío, la miseria, la mezquindad, el odio, y las vicisitudes del deseo y del amor en las que se enfrascan los seres descritos. La densidad de sus relatos surge de la capacidad para describir y poner a interactuar a sus criaturas de ficción desde todos los ángulos posibles, agotando los claroscuros y las sinuosidades de la vida. En todos sus relatos ronda la muerte que acecha juguetona siempre a los personajes y proyecta sombras sobre los ámbitos y las acciones descritas. 
Ya sean seres contemporáneos o figuras históricas u olvidadas de pasados remotos, todos son construidos con una minuciosidad que no deja cabos sueltos. La deriva de sus seres se ancla en el pasado familiar, en las relaciones laborales, filiales, de amor o amistad. También aparece en su obra de manera regular el auge y la caída de las existencias a través de seres que en pleno apogeo de la juventud viven aventuras extraordinarias y luego decaen y tienen fines atroces o lamentables y van raudos hacia el olvido. 
 
En Negra espalda del tiempo, un artefacto de la estirpe de los ovnis, además de aclarar las confusiones entre sus personajes y la vida real, como ocurre con la pareja de libreros que está convencida de haber sido retratada por el autor, o desmentir que alguna mujer casada y real de Oxford fuera la amante suya como sí ocurre con el personaje, Marías escruta la vida de figuras británicas que vivieron las guerras del siglo XX y a través de ellas nos hace viajar a la Ciudad de México de los años XX y al Madrid franquista de los años 50.
 
Hijo del filósofo Julián Marías y de Dolores Franco, que tuvieron que exiliarse durante parte de la dictadura en Estados Unidos, el autor cuenta en esta obra autobiográfica muchos aspectos de su vida familiar, como la muerte de su hermano mayor a los tres años de edad y la presencia de su fantasma en su familia a través de viejos y arcaicos juguetes conservados. Y con dolor y nostalgia describe la Madrid de su tiempo y las casas vividas, así como su especial relación con su madre o el impacto que dejó en él una amante que tenía una cicatriz en el muslo, cráter lunar excitante.
 
Marías deja claras las reglas del juego para el lector, pues a lo largo de esas trescientas páginas relatará sin plegarse a la tradicional obligatoriedad de un argumento con desenlace y solo contará movido por una fuerza original cuyo objetivo es solo llegar al final del libro. A lo largo de este extraño objeto narrativo ocurren muchas cosas, pero a la vez reflexionamos en permanencia sobre el arte de escribir y la extraña condición del escritor.
 
Al final asistimos a las vicisitudes por las cuales Marías terminó convirtiéndose en Rey de Redonda, al recibirla como herencia literaria de la mano del anterior rey Jon Wynne-Tyson, que a su vez la había heredado de John Gawsworth y de M. P. Shiel, todos escritores, y de paso visitamos esa isla inhabitada del Caribe que vio en su tiempo Cristóbal Colón. La obra está ilustrada con fotografías de algunos personaje y de ámbitos citadinos de Oxford, recortes de periódicos, portadas de libros olvidados y mapas de la misteriosa isla caribeña. Marías siempre se sale con la suya y es un placer leerlo y dejarse seducir por su gran talento y su vasta cultura literaria.
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* Publicado el domingo 24 de noviembre de 2019 en La Patria. Manizales. Colombia. Actualizado el 11 de septiembre de 2022 con motivo de la muerte del autor..