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domingo, 22 de febrero de 2026

LA LEYENDA DE PORFIRIO BARBA JACOB

Por Eduardo García Aguilar

Durante mucho tiempo prevaleció una leyenda madita en torno del gran poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, como si fuera un pícaro vicioso, errante, vago, marihuanero, alcohólico e irresponsable y quienes escribieron sobre él después de su muerte en enero de 1942 en la Ciudad de México se basaban en anécdotas y ocurrencias sin importancia.

Salió de Colombia muy joven y llegó a México en plena era del gobierno del dictador Porfirio Díaz, un mestizo oaxaqueño que como su paisano el indio Benito Juárez fue héroe destacado por su lucha contra la invasión francesa de Luis Napoleón Bonaparte y la imposición del emperador Maximiliano. Díaz fue el hombre fuerte del país durante décadas y cuando el colombiano pisó las tierras aztecas ya se había convertido en un viejo afrancesado y en el México profundo se fraguaba y hervía la revolución y el fin de su reino.

Barba Jacob era un joven veinteañero brillante que encontró pronto trabajo en los periódicos del país y fue protegido en un inicio por el padre del polígrafo  Alfonso Reyes, el poderoso general Bernardo Reyes, quien gobernaba el estado de Nuevo León y su capital Monterrey, al norte del país, donde el poeta se destacó al ser fundador del prestigioso diario El Porvenir y escribir en revistas literarias.

En la tradición de los poetas latinoamericanos modernistas encabezados por el nicaragüense Rubén Darío y el mexicano Amado Nervo se ganaba la vida fundando y cerrando periódicos y era capaz con energía insondable de escribir todo el diario desde los editoriales y las noticias hasta las crónicas y reportajes.

Admiraba al dictador Porfirio Díaz, de quien se inspiró para inventar su seudónimo principal, pese a que su nombre verdadero era Miguel Angel Osorio, nacido en Santa Rosa de Osos, en la ancestral Antioquia donde creció y se formó antes de emigrar hacia el norte a los 24 años de edad, en un largo periplo que lo llevó por los países centroamericanos hasta México y su gran capital, que lo fascinó.

Le impresionó esa gran metrópoli moderna y próspera donde ya había tranvías y cruzaban por su avenidas miles de automóviles provenientes de Estados Unidos. Porfirio Díaz había logrado modernizar el país con su élite de científicos positivistas en las últimas décadas del siglo XIX y México al iniciarse el siglo XX era ya una potencia económica y cultural que irradiaba con su impulso en todo el continente.

Por eso Barba Jacob lamentó la llegada de la Revolución de Emiliano Zapata y Pancho Villa y escribió  con su prosa espléndida elogios a Porfirio Díaz y diatribas contra Zapata, a quien llamaba un "destripador". Cuando el viejo presidente partió al exilio a Francia desde Veracruz en el barco Ipiranga escribió sentidos perfiles suyos y a lo largo de su vida hasta el fin, siempre lo recordó y homenajeó en los múltiples diarios donde trabajó hasta su muerte el 14 de enero de 1942.

Cuando se dio la efímera contrarrevolución tras el asesinato del demócrata Francisco I. Madero y llegó al poder el general Victoriano Huerta, Barba Jacob fundó el diario Churubusco, donde publicó algunas de sus mejores piezas para criticar a los revolucionarios, pero ese régimen se hundió poco después y Barba Jacob cayó en desgracia y tuvo que huir del país como ocurrió con los protectores para los que trabajaba. 

La Revolución triunfó y Barba Jacob empezó una larga travesía del desierto, deambuló por Cuba, América Central y Sudamérica y ejerció el mismo oficio de periodista y reportero, fundador de periódicos fugaces. Más tarde regresará a su amado México y volverá a ser expulsado por el caudillo Plutarco Elías Calles, pero al final retorna a pasar su crepúsculo en la capital mexicana, y trabajó para el diario de derechas Ultimas Noticias del Excélsior, donde escribía sus inolvidables Perifonemas. 

Día a día escribía editoriales sobre la actualidad internacional, basado en los cables de las agencias noticiosas, por lo que dejó excelentes páginas sobre Estados Unidos, Gran Bretaña, la guerra civil española, Rusia y la llegada de Trotsky a México, el ascenso de Hitler y  Mussolini y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Fue un gran prosista y analista, hacía excelentes crónicas y reportajes y era un lector apasionado. Su obra poética vino a publicarse con carácter póstumo y aun está viva entre nosotros, pero su leyenda maldita persiste.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de fe
brero de 2026. 


domingo, 22 de enero de 2023

CENTENARIO DE LA MUERTE DE MARCEL PROUST



Por Eduardo García Aguilar

Este domingo concluye la exposición dedicada por la Biblioteca Nacional de Francia a la obra escrita de Marcel Proust, con motivo del centenario de su muerte, acaecida el 18 de noviembre de 1922. Tarde de lluvia, baja temperatura y huelgas de transporte en perspectiva obligan a la gente a acudir antes de que sea tarde a visitar el evento organizado por Antoine Compagnon, experto en boga del gran autor francés, considerado por muchos como el gran novelista del siglo XX.

A lo largo del tiempo y para cada generación, la obra de Proust ha sido auscultada por académicos, críticos, curiosos, admiradores, editores y expertos que nunca cesan de releer cada uno de los episodios de la enorma novela total que el autor escribió contra viento y marea, luchando contra las enfermedades y el agotamiento que lo llevarían a morir joven a los 50 años, como Roberto Bolaño, el chileno estrella de la literatura latinoamericana actual, vencido en su caso no por el asma y otras enfermedades sino por los males del hígado terminal.

En la nueva Biblioteca Nacional inaugurada en 1995 por el presidente François Mitterrrand, en forma de cuatro gigantescos libros enfrentados ante el viento del París, todos los que no hemos podido venir acudimos apresurados bajo el frío y la llovizna a las salas que están llenas, tanto que a veces se dificulta observar los manuscritos, fotografías y cuadros que han sido exhibidos en honor del novelista.

Hay gente de todas las edades y orígenes e incluso los organizadores de la muestra, como el propio profesor del Colegio de Francia Compagnon tienen tiempo, alegres, excitados, felices por el éxito de la muestra, para atender a notables figuras que llegan con algarabía y buen humor en vísperas de la huelga, con la ilusión de no perderse la muestra expuesta desde hace varios meses.

Y de verdad, nadie puede perderse esta exposición que exhibe miles de papeles de Proust, todos los manuscritos minuciosos de la obra que trabajó durante varios lustros como un reto total del autor frente a la muerte y el destino. Soy uno de esos apresurados bibliófilos, bibliópatas, lectores enfermizos, que estuvimos a punto de perdernos la oportunidad de ver la muestra.

En medio de las sucesivas crisis de asma, aquejado por los resfríos, la fatiga, Proust redactaba sin cesar ayudado por su Céleste Albaret, quien se ocupaba de todo en casa, de sus tés, sus comidas, medicamentos, limpieza, e incluso la minuciosa tarea de pegar en las páginas las correcciones o nuevos fragmentos apresurados que emanaban de la memoria infinita de Proust.

Una memoria aplicada a guardar para siempre, como Balzac, las tribulaciones y costumbres de la época en ese viaje agitado del siglo XIX al XX marcado por guerras interminables y el derrumbe definitivo de los regímenes antiguos de la nobleza y la aristrocracia, pero a su vez sacudido por la luz eléctrica, la energía hidráulica, la aviación, el automóvil, los marconis y telegramas inmediatos, la clave Morse, el teléfono y las acelaraciones del ritmo de la vida, como si se tratara de un ataque cardíaco permanente y sin fin.

Proust fue un periodista de su tiempo. Y por eso al comienzo vemos enmarcados las crónicas, relatos y reportajes que el joven autor especializado en farándula en Le Figaro publicaba en la primera plana del tradicional diario francés.

Durante lustros el adinerado joven descendiente de notables acudía a los salones de las aristocracias parisinas remanentes del Antiguo Régimen, la era de Napoleón o las restauraciones, para dar testimonio de su época.

En las diversas salas vemos el avance de la obra, las imágenes de las figuras reales que sirvieron de modelos a los personajes de esta nueva Comedia Humana situada tanto en las capas pobres y bajas de la sociedad representadas por la servidumbre y el proletariado como en las de las élites aterrorizadas por su decadencia y su fin inminente.

Vemos muebles, trajes, objetos, libros recién editados, pruebas, correcciones, teléfonos, lámparas. A través de las fotografías visitamos la vida cotidiana, los rincones secretos y le damos rostro a la supuesta ficción. Y por supuesto descubrimos que En busca del tiempo perdido es una obra que rinde homenaje a la homosexualidad y el libertinaje, entonces ocultos, perseguidos y secretos, pero practicados ampliamente en todas las capas de la sociedad.

Nos preguntamos quien era el barón de Charlus, indagamos por Swann o Guermantes, o Jupien o Albertine o las chicas en flor de Balbec. Y a través de ellos vemos la letra de Proust, sus cuadernos manchados, sus correcciones maniáticas, infinitas, con las que lograba al final de cuentas crear un ritmo irrepetible. Hace un siglo apenas moría el escritor y sigue vivo con sus crisis de asma, vicio y deseo. Más vivo que nunca en el hotel gay de Marigny donde hacía la fiesta en medio de la guerra.
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Pulicado en La Patria. manizales. Colombia. 22 de enero de 2023.




sábado, 26 de marzo de 2022

LEER EL QUIJOTE DE LA MANCHA

Por Eduardo García Aguilar

Todos deberíamos leer con cierta frecuencia el Quijote de la Mancha, la obra crepuscular de Miguel de Cervantes que se convirtió en uno de los más grandes clásicos de la humanidad al lado de la Biblia, La Ilíada, La Odisea, los libros sagrados asiáticos El Mahabarata y El Ramayana y las sagas europeas y prehispánicas de todos los tiempos, desde Los Nibelungos hasta el libro maya Popol Vuh.

Cervantes escribió esta obra ya anciano para su tiempo siendo un sexagenario que pasaba por grandes dificultades como la cárcel y cargaba la acumulación de muchas frustraciones, entre ellas el haber sido secuestrado, participado en guerras donde perdió el uso de su brazo, y no ser nombrado funcionario del reino en Cartagena de Indias. Si hubiera cumplido el deseo de viajar a América su destino económico habría sido otro, pero no existiría la magna obra que aun nos maravilla y que comenzó a redactar en una celda fracasado y sin futuro alguno.

Cuando voy a Sevilla me encanta visitar el Archivo de Indias y caminar por esas calles tan familiares que se parecen a las de las grandes ciudades coloniales latinoamericanas. También gozo la vista de la catedral sevillana, que fue reproducida en muchas de las urbes del Nuevo Mundo. Lo mismo siento en la Gran Canaria, el lugar donde paraban antes de cruzar el Atlántico Cristóbal Colón y otros viajeros y conquistadores que se aventuraban hacia lo desconocido.

En uno de esos viajes por casualidad me topé con una muestra dedicada al escritor y pude ver de cerca las cartas y documentos donde pedía con insistencia un puesto en ultramar y pude ver su firma y su letra junto a objetos, enseres y complejas cajas fuertes de esa época, fabricadas en Alemania. En el Archivo de Indias uno viaja en el tiempo y parece estar cerca del viejo escritor cuya vida fue una lucha interminable. Y en Madrid me hospedé en el maraviloso Hostal Fernández, un sitio muy barato que semejaba el apartamento de una abuela y desde mi cuarto podía ver al frente la casa donde murió el autor.  

Tuve la fortuna de cruzarme con el Quijote muy temprano gracias a la edición que tenía mi padre, gran lector y admirador de ese libro, tal vez su preferido.  De manera que muy temprano tuve conciencia de la magnitud de esa historia y en especial la fuerza de sus palabras. Desde entonces lo he leído varias veces y en cada ocasión he sentido los efectos, pues lo que uno escribe sale mejor después de haber estado en contacto con su prosa. Cuando en bachillerato me expulsaron del Instituto Universitario y además los profesores me pulverizaron en las calificaciones, me refugié en la Biblioteca Municipal para leer partes de la obra en una edición enorme e ilustrada con los dibujos del gran Gustave Doré.

Cuando caemos en desgracia, cuando las vida nos da palizas, cuando el rumbo deseado nos es esquivo, cuando todo parece oscuro y cubierto por la bruma de la melancolía, no hay mejor remedio que leer El Quijote para que vuelvan los ánimos y uno se sienta como un caballero andante capaz de recorrer todos los caminos con la adarga al aire para vencer las injusticias y enderezar el rumbo. Por eso todos los que dedican sus vidas a luchar por la justicia, la igualdad, el bienestar para todos y fracasan en el intento, son hijos de la utopía y a todo honor están unidos para siempre al impulso quijotesco.

Entre muchas de las aventuras que suceden en esa obra, todas disfrutables, siempre me encantaba en especial la del gobierno de Sancho en la Insula Barataria, donde el personaje mostraba dotes de ser gran estadista. Desde entonces siempre supe que muchas veces, a diferencia de los tecnócratas o los delfines hijos de las élites, los que menos parecen preparados para llevar las riendas de un gobierno, pueden convertirse en los mejores, pues han vivido la vida desde abajo y conocen los verdaderos sufrimientos de las clases populares, los marginados, los que son invisibles porque nadie los ve ni los tiene en cuenta, como los pobres de todos los orígenes, los indígenas y los esclavos negros que vinieron amarrados en galeras desde Africa. 

Pero sin duda alguna lo fascinante de esta obra magna tan actual, es la fuerza utópica del protagonista, el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que a lo largo de la historia se dedica a "desfacer" entuernos y a inmiscuirse en las mejores causas, como defender desvalidos y castigar matones. De punta a punta vivimos las aventuras del manchego y nos queda grabada para siempre la fuerza de su idealismo como un ejemplo para la humanidad.

Por eso cuando hablaba con mi amigo el poeta Juan Carlos Acevedo sobre una frase que pudiera condensar esa energía magistral de un desfacedor de entuertos, no dudé en apostar por la que me salió al instante como en los juegos automáticos de los surrealistas: Si todos llevamos un Quijote de la Mancha en nuestro corazón, sobreviviremos a las tempestades y conjuraremos todas las catástrofes y los apocalipsis del mundo.
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Publicado el domingo 27 de marzo de 2022 en La Patria. Manizales. Colombia. 


viernes, 31 de diciembre de 2021

UN AUTOR CON ESTRELLA

 Por Eduardo García Aguilar

Toda la prensa francesa habla en estos días de la nueva novela de Michel Houllebecq (1956), que bajo el título de Aniquilar aparecerá en las librerías el próximo 7 de enero, convirtiéndose en la gran novedad del nuevo año y un acontecimiento literario con un tiraje inicial de 300.000 ejemplares. Ni la crítica ni los entendidos locales e internacionales tienen duda de que el autor se ha convertido desde hace dos décadas en el más importante del país, una especie de gloria nacional viva como en su tiempo ocurrió con Voltaire, Chateaubriand, Victor Hugo, Malraux o Sartre.

Como ellos, Houellelbecq es un hombre de gran inteligencia y gran cultura clásica y moderna, pero a diferencia de sus antecesores se ha construido una extraña figura de maldito con pinta de espantajo, desdentado, despeinado y envuelto en horrendas chaquetas de tallas enormes que contrastan con su frágil cuerpo de fumador empedernido. Él encarna la desazón de su generación. Hijo de hippies, carente de afecto y atención en la primera infancia, el autor relató sus miserias en la novela que lo lanzó a la fama, Las partículas elementales, publicada en agosto de 1998.

Escribe unas historias que se basan en los grandes problemas sociales, políticos y generacionales de su país y el mundo, en tiempos de grandes atentados terroristas, auge del fanatismo islamista, inquietud por el auge de la migración, dudas sobre la pertinencia de la Unión Europea, y temor por la desaparición o el reemplazo del francés blanco de clase media u obrera, provinciano, nutrido en una tradición católica que vive su crepúsculo, con las iglesias vacías y la incredulidad general.

En la posibilidad de una isla, La carta y el territorio, Sumisión, entre otras novelas, no duda en usar personajes conocidos de la actualidad como políticos o estrellas televisivas que interaccionan a su vez con otros ficticios que expresan los grandes demonios de esta época. Hombres blancos fracasados, feos y depresivos que dudan de su sexualidad y su futuro, mujeres calurosas unas y terribles otras, seres humanos que dudan entre el deseo de creer, tener esperanza o hundirse en el desconsuelo más absoluto.

Ha creado así un fresco crítico de su época, cargado de gran sentido del humor y del sarcasmo, una especie de amplio mural de la actualidad en el siglo XXI que a veces frisa con la profecía, como cuando apareció la novela Sumisión el mismo día del  terrible atentado islamista de Charlie Hebdo o cuando se refirió en La posibilidad de una isla a unos atentados en las playas de Indonesia que no tardarían en ocurrir y reproducirse por la región.

Gran lector y admirador del escritor católico Joris Karl Huysmans, Houellebecq expresa su preferencia por lecturas que hoy parecerían anacrónicas y es el portavoz de una generación de neoconservadores que sueñan con una restauración de un pasado europeo idealizado por ellos y que ven amenazado por el mestizaje, la migración de todos los orígenes y culturas, mientras aumentan las mezquitas llenas de fieles y se vacían las iglesias, donde a veces fanáticos decapitan viejos sacerdotes en sus altares, al mismo tiempo que jóvenes adolescentes mahometanos intoxicados por internet matan en las escuelas a los maestros que osan hablar de laicidad y enseñan con la razón y la ciencia.

Con ese coctel catalizado por la presencia del sexo y el deseo, cada novela es un acontecimiento. Esta vez los periodistas que tuvieron el privilegio de acceder al libro antes de su salida, nos dicen que es una novela de 734 páginas, muy bien editada en pasta dura, con buen papel y tipo de letra Garamond. Y como los anteriores, se refiere a un futuro cercano, 2027, en tiempo de elecciones presidenciales y legislativas en Francia.

Houellebecq es problablemente el mayor escritor vivo de su país, pero también es mi vecino, pues vive cerca de la Place d'Italie. Con frecuencia uno lo cruza sentado en algún bistrot con expendio de cigarrillos como el Naja, o en el restaurante-bar O'Jules o en el super Carrefour City de Gobelins o deambulando después de ir al gimnasio por el barrio. Lugares y calles que figuran en sus novelas Sumisión y Serotonina. Vive en una torre moderna en un ambiente que difiere del tradicional Saint Germain des Prés donde residen los autores, políticos, millonarios y artistas más famosos. 

Siempre va enfundado en una vieja y enorme chaqueta verde o azul raída y con una bolsa en la espalda. Es fiel a su imagen de maldito, aunque a veces se peina, se pone la caja de dientes y se viste de traje trasmutándose en el modesto empleado de informática que alguna vez fue, o luce sacoleva, como cuando se casó con una  china en la alcaldía de nuestro barrio hace unos años.

Hace dos meses me lo encontré una mañana en la Avenue d'Italie y al preguntarle como estaba expresó con un gesto de mano y de boca que le iba superbien y no es para menos. A este experto en el fracaso y la depresión todo le ha salido de maravilla. Vende millones de libros en el mundo, la crítica lo ensalza de manera unánime, hace películas y exposiciones elogiadas y aun se da el lujo de participar en grupos de rock.  Así es él, un auténtico hombre de su tiempo, un rock star que escribe desde la rebelión sin rendirle cuentas a nadie.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 2 de enero de 2022

     


sábado, 12 de septiembre de 2020

IFIGENIA Y MANIZALES EN INGLÉS


Por Eduardo García Aguilar

Esta semana, para mi sorpresa y alegría, salió Las rutas de Ifigenia en inglés, publicada por la editorial Aliform en traducción de Jay Miskowiec, quien en 2008 obtuvo la primera Beca Nacional de Traducción Literaria del Ministerio de Cultura para vertir a la lengua de William Faulkner y Truman Capote otra novela de la serie manizaleña, El viaje triunfal. Cada novela que uno emprende es un misterio y a veces una enfermedad de largo aliento, y su destino después de colocarle el punto final siempre sorprende, ya sea que se hunda como es previsible en el olvido total y la indiferencia o salte como la liebre hacia otras lenguas o lectores. 

La historia de Ifigenia, una muchacha manizaleña imaginaria de mi generación, en aquellos tiempos de rock, salsa y revolución, había permanecido latente durante décadas hasta cuando decidí tomar el toro por los cuernos de la narrativa, a sabiendas de que la tarea estaría llena de obstáculos, temores y dudas. En las tres novelas que ya había escrito antes sobre temas imaginarios de mi ciudad natal, Tierra de leones (1983), Bulevar de los héroes (1986) y El viaje triunfal (1993), había querido tratar de contar la mítica ciudad natal fundada en las alturas de los Andes, pequeña metrópoli que curiosamente sigue siendo desconocida para muchos colombianos, pese a las sorpresas aquitectónicas e históricas que guarda entre los vericuetos de sus calles y callejuelas empinadas, entre un paisaje de montañas, balcones floridos, precipicios y volcanes nevados y humeantes.

En Tierra de Leones abordé el personaje de Leonardo Quijano, loco genial sobre el que varias generaciones de manizaleños especulamos tratando de descifrar sus misterios e insondables secretos. En mi adolescencia literaria solía pararme a escuchar sus largos, agitados e incomprensibles discursos pronunciados en una esquina de la plaza de Bolívar y su imagen y leyenda, la pasión por el dibujo, su idioma personal y la fragilidad mental que lo sumió en la pobreza, se habían convertido para mi en un fantasma permanente que solo podía exorcizarse a través de la ficción.

Años después, en Bulevar de los héroes inventé otro personaje, el Loco Rincón, inspirado en muchos de los relatos que contaba en París sobre sus aventuras subversivas otra figura de nuestra tierra, el médico Tulio Bayer (1924-1982), nacido en Riosucio, quien de brillante profesional con posgrado en Boston, pasó a convertirse como muchas otras figuras de su generación en un redentor fallido de los males insolubles de Colombia.

Por complicidad caldense y manizalita, tuve la fortuna de compartir muchas horas con Tulio en su apartamento de París, donde se dedicaba a traducir textos para grandes multinacionales farmacéuticas y armamentísticas cuando sucedía la revolución iraní que llevó al poder al ayatolá Komeiny, a quien imitaba disfrazándose con una capa de beduino y un turbante oriental. Tulio era un gran lector y a esas alturas ya estaba decepcionado de todos los totalitarismos, de izquierda o derecha, aunque seguía con su pasión y rebeldía contra el establecimiento, lo que le contaba en sus cartas a su adversario y amigo el general Alvaro Valencia Tovar.

En El viaje triunfal, el personaje era un poeta modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Urillo, que le daba la vuelta al mundo y terminaba sus días en Manizales, rodeado de los jóvenes poetas del movimiento fundidista. En las tres novelas, además de los héroes, el otro personaje era Manizales, con sus casas, templos y palacios de fantasía construidos antes y después de los incendios. En todas está la Catedral como una presencia omnisciente y omnipotente, el Parque y el Teatro Fundadores, la Plaza de Bolívar, el Parque Caldas, el Palacio de Bellas Artes y el Teatro Olympia, el Puente de Olivares, el Monte de Léon y la carrera 23 con sus cafés y tiendas luminosas.

Cuando pensaba que ya no escribiría nunca más otra novela que tuviera como escenario Manizales, se atravesó Ifigenia y volví a la tarea, pero esta vez tratando de contarla desde otro ángulo narrativo y con un lenguaje transparente, alejado de las peripecias y artilugios verbales o la contención estilística presente en anteriores obras. El resultado es una historia que surge de la imaginación de los adolescentes protagonistas y busca captar la vida de la ciudad, el país y el mundo en un corto universo cerrado. Miskowiec la leyó y le encantó tanto que la tradujo en una magnífica versión que a veces suena mejor en inglés que en castellano y que lleva por título The trails of Ifigenia.       

Miskowiec (1958) fue uno de los discípulos preferidos de Gregory Rabassa (1922-2016), traductor al inglés de Cien años de Soledad, Rayuela de Julio Cortázar y otros clásicos latinoamericanos, portugueses y brasileños y quien además de estar dotado con un maravilloso sentido del humor y ser gran amigo de sus amigos, fue profesor en varias instituciones educativas de Nueva York. Jay también tradujo en su momento Bulevar de los héroes, publicada con prólogo de Rabassa en Latin American Literary Review Press, así como El viaje triunfal, Urbes luminosas, Delirio de San Cristóbal y ahora Las rutas de Ifigenia.

Como otros hispanistas norteamericanos tales como Seymour Menton, Johnattan Tittler y Raymond Williams, Miskowiec realiza su trabajo con una profunda pasión por el continente latinoamericano y a los autores los sigue a través de las décadas con atención y cuidado y sin prisas. En su momento, el jurado de la beca de traducción, compuesto por Juan Manuel Pombo y Timothy Keppel, dijo que había otorgado el premio a Miskowiec en virtud de que El viaje triunfal “es una novela bien escrita que capta una época histórica de América Latina de las generaciones del modernismo y del vanguardismo, es una traducción bien ejecutada y es interesante que se conozca ese periodo fuera del país. La experiencia del traductor es sólida, con una buena formación académica”.

Las rutas de Ifigenia, publicada en 2019 en Bogotá por Uniediciones en la colección Ladrones del tiempo, emprende ahora una nueva aventura en otra lengua y lleva la ciudad a cuestas, porque toda ciudad natal es la impronta indeleble de los seres humanos, su huella digital, el origen de sus tragedias, taras, celebraciones y alegrías. Manizales es una ciudad muy reciente llena de historias secretas y nada mejor que explorarlas y contarlas a través de novelas y relatos. La rebelde Ifigenia está de plácemes, pues estudió inglés y escandalizó en el Colombo-Americano de Manizales sin saber que un día la contarían en la lengua de Mark Twain.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de septiembre de 2020.      




sábado, 5 de septiembre de 2020

ANNIE ERNAUX: LA AUTOBIOGRAFÍA COMO PASIÓN

 


Por Eduardo García Aguilar


Una de las más grandes novelistas francesas contemporáneas es Annie Ernaux, recién galardonada con el prestigioso premio de literatura Formentor, quien se ha convertido en uno de los ejemplos más logrados de la compleja literatura autobiográfica y cuya obra además de admirada concita en universidades y medios críticos todo tipo de estudios y análisis. Arnaux nació en 1940 en un pueblo pequeño de los lejanos suburbios de París, en el seno de una familia modesta, ya que su padre fue un campesino muy pobre que ascendió a propietario de un pequeño restaurante y su madre una modesta mujer trabajadora de provincia.

En casi todos los países y las lenguas la narrativa autobiográfica se ha convertido en la preferida de los lectores, desplazando a las obras de ficción. Novelas en clave escritas por personajes de la política, la farándula o el deporte, relatos de vidas complejas ligadas a la violencia social y familiar, dramas de género, relatos de las humillaciones de clase o de raza, narraciones de tragedias familiares, suicidios, enfermedades, violaciones intrafamiliares, persecuciones étnicas, entre otros temas, han desplazado a la literatura en boga en el siglo pasado, donde la novela era la creación de un mundo paralelo a la realidad. 

Dentro de todos esos temas se destaca el asunto del padre o de la madre, asunto en que los lectores tratan de encontrarse o identificarse. Entre las novedades novelísticas más leídas figuran relatos de la madre alcohólica y suicida, el padre violador, ausente o cruel, al padre o la madre perseguidos o desaparecidos. Mazarine Pingeot, la hija oculta de François Mitterrand; Clémentine Autain, la hija de una malograda actriz alcohólica y suicida; Sybille Lacan, la hija de un psicoanalista lleno de oscuridades personales; Christine Angot y el incesto: estas son son apenas algunas de las historias más comentadas y adquiridas por los lectores en temporadas recientes en Francia.      

En el libro La Plaza, con el que obtuvo el Premio Renaudot en 1984 y saltó a la fama, Annie Ernaux aborda el tema del padre, que ya dentro del género de lo autobiográfico es uno de los más difíciles. De manera descarnada y sin contemplaciones, como si se tratara de una operación quirúrgica, la novelista nos relata desde el inicio la muerte del viejo progenitor, el cuerpo desnudo del hombre después de una fulminante enfermedad y desde ahí ahonda en sus modestos orígenes. La madre no puede cerrar el negocio ni el día del entierro. Y al final el velorio se hace con los modestos clientes del lugar.

A lo largo de su exitosa carrera literaria, Arnaux ha abordado los temas de su vida desde distintos ángulos, especialmente el hecho de que por sus brillantes estudios y el triunfo editorial, terminó por migrar de clase hasta convertirse en una gran burguesa adulada y famosa. Pero desde esa posición decidió ser una abogada de los desposeídos y los desclasados, por lo que ha estado en todos los combates políticos desde la izquierda, causando irritación entre muchos de sus congéneres reinantes en los salones literarios del barrio de Saint Germain des Prés, donde están situadas las sedes de las mejores editoriales y vive la más encumbrada burguesía y aristocracia de la farándula parisina. Pero también ha contado su iniciación sexual, el problema del aborto, el machismo, lo que la ha convertido en una aguerrida feminista.

Al negarse a traicionar la clase suya, la escritora rinde homenaje a esa familia en la que creció y desde donde se izó hasta los más altos honores académicos y literarios, cuando adolescente hacía sus tareas y preparaba los exámenes tras bambalinas de la pequeña tienda de abarrotes, el bar y el pequeño restaurante popular que regentaron durante décadas sus progenitores en un suburbio del pueblo, porque su negocio ni siquiera se situaba en los barrios centrales del mismo. O sea que en pleno siglo XX seguíamos como en las historias pueblerinas de Maupassant y Flaubert, en esa Normandía inefable poblada de castillos y vacas, fábricas de quesos y cultivos de diversos productos agrícolas.

Después del fin de la guerra los padres luchan y fracasan con un negocio en otro lugar, pero al final deciden volver al pueblo de Yvetot, en Normadía, y montan la tienda y el restaurante. Aunque el viejo tiene gestos, movimientos y estructuras físicas que delantan su origen de campesino pobre, logra en ese mundo de la taberna dejar atrás la timidez y convertirse gracias al contacto diario con los clientes en conversador y bromista consumado. La pareja es querida por los vecinos pobres a quienes fían y sirven los platos cotidianos de la comida popular que consumen los trabajadores a la hora del almuerzo, después de jornadas arduas de trabajo.

Arnaux insiste en que su destino estaba escrito y debería haber sido cajera de supermercado, obrera o a lo máximo continuadora del negocio familiar, pero los buenos resultados escolares, el ingreso becada a una normal superior, y después su paso a la educación nacional y a los altos grados universitarios, además del éxito literario, la llevaron a pasar a otro medio social. Luego viene el matrimonio con un burgués de la ciudad de Annecy, cuyo apellido lleva, y la vida familiar y académica junto a un exquisito lago alpino donde se consume definitivamente su mutación. Vive desde hace décadas en Cergy Pontoise, una capital moderna regional de los suburbios de París que describe en Diarios del afuera, un libro sobre la vida cotidiana de las ciudades dormitorios, los grandes supermercados y sus cajeras. 

Sus libros llevan títulos concisos como La mujer congelada, Una mujer, Pasión simple, La vergüenza, Los años, Escribir la vida, Perderse, Memoria de chica, No he salido de mi noche, entre otros que ya han sido reunidos en sus obras completas. También ha elaborado un libro de conversaciones con el escritor Fréderic Yves Jeannet, que lleva por título La escritura como un cuchillo. En todos ellos relata los temas de la exclusión social, el clasismo, el arribismo, el espíritu de castas, la humillación, la marginación del otro, la sirvienta, el modesto empleado, el paria, el desclasado, el pobre. 

Arnaux nunca ocultó a nadie sus orígenes e invitó a la casa de su padres a sus nuevas amigas burguesas. Su marido refinado no soportaba conversar en aburridas cenas con sus modestos suegros. Y poco a poco va llegando el fin de su familia inicial, la decrepitud de esos viejos abnegados que hicieron todo y se mataron trabajando por dar lo mejor a su hija. Por medio de un descarnado relato que conmovió a los lectores de esta obra premiada, asistimos a las desgarradoras tensiones de clase que caracterizan a todas las sociedades sin falta. Para el viejo su hija es una extraña y para su hija el padre también, pero al final, desde su modestia, el progenitor vive feliz por el ascenso social de su hija, famosa, rica, bien conectada socialmente y se siente orgulloso y presume de ella cuando lee los periódicos.                  

Annie penetra así en la llaga de las castas sociales de su país, que en la primera mitad del siglo XX, antes del auge económico posterior a la liberación, permanecían como si se viviera en el medioevo. El padre pertenecía a un linaje centenario de trabajadores agrícolas y si no es por el servicio militar que lo sacó de ahí para siempre y al encuentro con la que sería su esposa, hubiera permanecido en ese mundo de sacrificio donde el olor de los excrementos y de los animales de cría terminan por permear los propios cuerpos de los trabajadores, estigmatizándolos en la más baja escala social, como los intocables de la India. 


sábado, 29 de agosto de 2020

LAS MIL BATALLAS DE ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL


Por Eduardo García Aguilar
 
 Siendo muy joven y rebelde, Gustavo Álvarez Gardeazábal (1945) publicó en el lapso de unos cuatro años años varias novelas que se convirteron en clásicos de la narrativa colombiana y latinoamericana como Cóndores no entierran todos los días, Dabeiba, La boba y el buda, El bazar de los idiotas, entre otras. Su irrupción en la literatura colombiana fue vertiginosa en los primeros años de la década del 70 del siglo pasado, que también vio emerger a otros autores de su generación como Oscar Collazos, Fernando Cruz Kronfly, Héctor Sánchez, Umberto Valverde, Fanny Buitrago, Alba Lucía Angel, Roberto Burgos y R.H. Moreno Durán, entre una veintena de autores magníficos que constituyen una poderosa generación que aun se debe estudiar y valorar.

Pero Gardeazábal surgió casi como una explosión volcánica contra viento y marea, dispuesto a contar con un lenguaje propio y local las historias ocurridas en su terruño, Tuluá, en tiempos de la horrorosa violencia entre liberales y conservadores en medio de la cual vio la luz del mundo hace 75 años. Su objetivo era hacer clásico e internacional el lenguaje de la chismografía de su pueblo natal Tuluá, pues considera que hay un rico y específico modo del castellano, que él denomina el "tulueño". Así como Proust tenía su jerga de frases interminables en un estilo exquisito donde sonaba el habla de los salones aristocráticos de París a fines de siglo XIX y comienzos del XX, Gardeazábal hilaba, tejía, serpenteaba, entrelazaba las historias a través de palabras que como pólvora se regaban y explotaban en todos los sentidos, en un endemoniado fuego prirotécnico, galáctico, generalizado y en espiral.

Cóndores no entierran todos los días se convirtió en el emblema de esa narrativa de la violencia a través de la historia de un temible pájaro contada desde todos los ángulos con su prosa musical, barroca y churrigueresca, poderosa y fértil enredadera florecida y venenosa que se reproducía a toda velocidad, impulsada por una savia devoradora sobre muros, techos, aceras, zaguanes, cementerios, patios e iglesias del pueblo natal. El gran Francisco Norden la llevaría después al cine, en la que tal vez sea la película colombiana más importante del siglo XX.  

Uno tras otro iban saliendo sus novelas y libros de cuentos que ganaron premios internacionales en España, se convirtieron en best sellers y fueron traducidos a varias lenguas, entre ellas el polaco, el inglés, el alemán, el italiano y el húngaro. Como siempre ambicionó a lo grande, se dio cuenta de que para figurar en Colombia tenía antes que publicar y sonar primero en el extranjero, pues la literatura colombiana de su tiempo, como la de hoy, siempre ha estado centralizada en la hegemonía bogotana que mira de reojo a las creaciones de autores nacidos o activos en otras regiones. El costeño Gabriel García Márquez lo había precedido en esa reivindicación de lo local, y como él, tuvo que publicar lejos de su patria para que lo tuvieran en cuenta los capataces literarios de la Atenas suramericana.    

Gardeazábal no se sentó en los laureles conquistados como un guerrero griego antes de cumplir los 30 años. Siempre ha sido un autor incómodo, polémico, odiado y admirado, ya que nunca ha tenido pelos en la lengua para expresar sus opiniones que desde el principio fueron contra todas las corrientes políticas y sexuales. Cuando la izquierda dogmática dominaba el pensamiento en las universidades, el era el único tribuno estudiantil opositor que enfrentaba a las divas revolucionarias, muchas de las cuales, comunistas, maoístas, guevaristas, camilistas, trotskistas, fueron exterminados o se apaciguaron después y entraron al redil.

Y fue un verdadero precursor, pues muchas décadas antes del auge del movimiento LGTB, él ya exponía al viento sin
complejos su homosexualidad con un orgullo en un país que es y ha sido fundamentalmente machista, camandulero y conservador.
Varios de sus libros tienen héroes homosexuales como El Divino y la Misa ha terminado y vestido él también como diva sesentayochera con pantalones de rayas blancas y rojas y camisas floreadas, expresaba su elocuencia desde todas las tribunas y púlpitos asustando monjas, horrorizando obispos, alcaldes, presidentes y desestabilizando a los pontífices con sus báculos de hoz y martillo. Tal vez, como destaca Isaías Peña Gutiérrez, esa hidra de varias cabezas, a la vez conservador y volteriano, convencional e irreverente, mojigato y lúbrico, se nutre del contradictorio imaginario familiar, pues su padre fue godo y su madre liberal. 

Esa inasibilidad permanente de Gardeazábal, la indómita fuerza para evitar ser etiquetado, el carácter impulsivo y quijotesco le han causado al autor tulueño múltiples problemas y también lo condujeron a vivir aventuras que lo convierten a su vez en personaje de novela. Con más de diez novelas publicadas y un reconocimiento literario sólido se aventuró como otros autores latinoamericanos en las aguas turbias de la política. En una carrera política veriginosa como su vida literaria, fue alcalde su pueblo y llegó a gobernador del Valle con una votación gigantesca que en algún momento lo hizo sonar como probable candidato a la presidencia, igual que su amigo Vargas Llosa en Perú, pero se le atravesaron las arañas de la intriga y terminó experimentando la cárcel, experiencia que ha enriquecido a grandes autores como Miguel de Cervantes Saavedra y Alvaro Mutis, entre otros.   

Ahora que ya es un sabio sereno que mira el paisaje planeando desde las altas cumbres como los cóndores de los Andes, más allá del bien y del mal, dotado de la poderosa inteligencia que siempre lo ha caracterizado, sus coterráneos le hacen un homenaje por su llegada a edad tan venerable. Convocados de manera virtual a causa de la pandemia de coronavirus por su amigo el poeta Omar Ortiz, muchos críticos y escritores fueron convocados para debatir esta semana de agosto, previa a su cumpleaños el 31 de agosto, en torno a su vida y obra.

Sentado en su estudio, ataviado con sus inconfundibles, amplias y elegantes camisas, con dicción pausada y mirada de águila, respondió a las preguntas de Isaías Peña Gutiérrez, quien lo conoce y lo ha seguido y estudiado desde el principio. Con Johnattan Tittler, que acaba de traducir al inglés después de arduo trabajo Cóndores no entierran todos los días, habló de las dificultades de trasladar el lenguaje suyo a la lengua de Faulkner y Capote y con Darío Henao abordó sus primeras tareas como profesor de literatura en Cali y Pasto y su rebelión contra las modas semióticas e ideológicas que venían de Europa. Verlo en plena forma y activo después de tantas peripecias extraliterarias ha sido una alegría para quienes sabemos que su obra es rica e imprescindible. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 30 de agosto de 2020.

domingo, 13 de enero de 2019

EL EJEMPLO DE JOSEPH CONRAD

Por Eduardo García Aguilar
Joseph Conrad dice que debe a su amigo Edward Garnett el haber proseguido en su magnífica carrera literaria después de la publicación de su primera novela La locura de   Almayer en 1895, a la edad a los 38 años. Basado en sus experiencias como marino por el mundo, decide continuar explorando las vidas cruzadas y escribe Un paria de las islas (1896), a la que siguen El corazón de las tinieblas (1899), El negro del Narciso (1897), Lord Jim (1899), Nostromo (1904) y muchas otras que escribe hasta su muerte el 3 de agosto de 1924.
Garnett fue su primer amigo del mundo literario, pues hasta entonces había compartido con los compañeros de los barcos, que tan bien describe con lucidez en el Espejo del Mar, uno de sus más bellos libros, tratado filosófico del viaje sobre la inmensidad cóncava de los océanos. Dice que caminaban por Londres y ante las dudas de Conrad sobre si continuar o no escribiendo novelas, éste le dice que por qué no "escribir otra", en un tono liviano, lejos de las cargas y las culpas.
"Usted tiene el estilo, el temperamento, ¿porqué no escribir otra?, le dice el amigo en alguna esquina de Londres mientras caminaban y a las once de la noche, cuando regresa a casa, escribe la primera página de su nueva novela. El paria de las islas es escrita sin grandes dudas, a diferencia de otras historias que fueron comenzadas y abandonadas por largos periodos y a veces al parecer definitivamente para retornar finalmente a ellas. 
Conrad dice que la historia de Willems, el personaje abandonado en una isla, es la más tropical de todas sus obras, pero que durante su escritura requirió para escribirla más de imaginación que de afecto por ella, con lo que toca un punto clave para quienes alguna vez han sufrido el suplicio de escribir novelas. Se ha dicho que para escribir novelas, a diferencia de la poesía, se requiere un 5% de talento nada más y 95% de trabajo. Como ocurrió con Conrad, el destino de un novelista pende de un hilo frágil porque el motor fundamental de su trabajo es la voluntad en la factura de bloques de largo aliento que requieren por lo regular años de inicios y rechazos, como si el embrión fuera un monstruo instalado en el vientre del escritor que es necesario expulsar.
Los autores de novelas crean esos primeros embriones, pero en el proceso sienten náuseas por ellos y deseos de no continuar en la tarea pues les causa repugnancia la historia, el tono, el ángulo, el punto de vista o eso que llaman estilo. A medida que avanza en la escritura de su obra, el novelista experimenta crisis sucesivas cuando llega a las 30, 70 o 120 páginas de un texto que en cualquier momento puede ser lanzado al tacho de basura.
Y de pronto hay una luz cuando la masa crece y logra vencer la fuerza de gravedad del descreimiento, lo que ocurre cuando por fin, después de años de trabajos y abandonos logra concretar una primera versión de la historia, que es solo la primera etapa de un nuevo proceso de versiones que van y vienen y al final terminan por saturar a quienes las escriben, hasta el punto de ya no están en condiciones de tener un criterio claro sobre lo producido.
Muchos autores de novelas quemaron alguna vez sus manuscritos cuando no existían los ordenadores y memorias virtuales. Y hay que creer en sus versiones porque la duda los asalta siempre hasta el final, como ocurrió con el forastero polaco que adoptó el inglés como su lengua de escritura. A veces conversar con un amigo o confiar en un editor milagroso ayuda a llegar al punto de no retorno, cuando el novelista pone un punto final definitivo y se deshace del manuscrito para que pase a las letras de molde.
Cuando llegan las pruebas, el autor sabe que el monstruo ha muerto por fin y que de ahora en adelante la historia quedará congelada en un tiempo sin tiempo, como en un bloque de hielo del Ártico o el Antártico y que la obra ya no le pertenecerá ya nunca más. Liberado al fin de la enfermedad, podrá entonces volver como Sísifo a cargar la piedra por las lomas de la montaña y comenzar de nuevo en un eterno retorno.
Cada una de las obras de Joseph Conrad nos sacude y nos marca para siempre. Afortunado él que desde muy temprano experimentó el misterio de ser un forastero permanente que viajó por los mares y llegó a los puertos más alejados del mundo para ser testigo de las historias más terribles, penetrando en el alma de los humanos y sus derivas, codicias, guerras y traiciones.
Solo en su camarote en las largas noches del mar nocturno, sentado en cubierta frente a una mesa donde humea el té o brilla el corazón del vino, enfrentando tifones y amenazas, penurias,  quiebras, abandonos, reconociendo paraísos y esplendores, tráficos innombrables y delitos inconfesables, el profesional del mar captó la verdad humana en esos viajes sin fin que nutrieron su imaginación. El globo terráqueo fue su vivienda y el firmamento nublado o estrellado el único recurso posible para imaginar una salida de la trampa de la vida. Conrad es y será el hermano mayor de los novelistas, esos mártires que naufragan y son expulsados por la ballena en las playas del tiempo.  

martes, 18 de diciembre de 2018

LA NARRATIVA ERÓTICA DE ANAIS NIN


Por Eduardo García Aguilar


Nacida en París, hija de un cubano y de una madre de origen danés, pero educada en Estados Unidos, Anais Nin (1903-1977) es una de las escritoras más notables del siglo XX y precursora de la literatura erótica vista desde el ángulo único del deseo femenino. 

Aunque fue muy amiga de Henry Miller, el autor de Trópico de cáncer, y de Lawrence Durrel, el escritor del Cuarteto de Alejandría, Anais Nin dio voz a la mujer y a sus profundas pasiones e inquietudes sexuales. Por eso afirmó con total contundencia que su camino era diferente al de sus amigos y amantes, cuya literatura erótica estaba inmersa en la tradición falocrática y machista.
 
Hasta entonces, desde los tiempos de la literatura libertina del siglo XVIII del Marqués de Sade, Giacomo Casanova y Restif de la Bretonne, pasando por la gran novelística realista del siglo XIX, desde Stendhal a Flaubert y Maupassant, pasando por Gustave Flaubert y su Madame Bovary, la mujer aparecía en las novelas como objeto pasivo, una simple víctima inocente e infantil.
 
La historia de la humanidad ha sido la de la mujer como botín de guerra destinada a ejercer la reproducción o saciar el placer del macho patriarca que llegaba, la tomaba y la poseía sin su consentimiento. El sistema patriarcal, desde las clases más bajas hasta la alta aristocracia, negociaba a sus hijas como una moneda de cambio y a través de ella se hacían alianzas económicas de carácter tribal o familiar.
 
En la actualidad en gran parte de la humanidad como en los países del Este europeo, asiáticos, latinoamericanos y africanos, la mujer sigue siendo considerada una moneda de intercambio que debe obdecer los desginios del patriarca, los hombres de la familia o de las mafias reinantes. Movimientos como el Estado islámico o su contraparte africana Boko Haran han secuestrado miles de jovencitas en los últimos años para entregarlas o venderlas a sus soldados, sacándolas de las escuelas, a donde, según esa funesta secta, nunca deben asistir. 
 
Nin hizo todo lo contrario de lo exigido en la primera mitad del siglo XX a una chica rica de su época. Estando casada con un banquero apuesto y rico, Hugh Parker Guiler, contrajo matrimonio secreto en California con el bello Rupert Pole y fue bígama toda la vida, ocultando al uno la existencia del otro. Y al mismo tiempo tuvo innumerables amantes en las ciudades donde vivió, como nos cuenta su gran biógrafo Deirdre Bair en su libro Anais Nin.
 
Todas esas historias las anotó con detalles minuciosos en el enorme diario que sostuvo desde niña y que guardaba celosamente en cajas fuertes bancarias. Como asidua de los medios literarios, intelectuales y artísticos de París, Nueva York y California, participó en orgías, tuvo relaciones amorosas con mujeres y experimentó apasionados tríos amorosos como el que sostuvo con Henry Miller y su esposa June.
 
También como mucha gente acomodada de su época se hizo el sicoanálisis freudiano y exploró a lo largo de los años todos los fantasmas, delirios, manías y misterios secretos de su vida, convirtiéndola en una lúcida intelectual con una vasta obra narrativa, autobiográfica y ensayística que al final de su vida tuvo el reconocimiento universitario. Murió convertida en una leyenda y celebridad mundial y la publicación póstuma de sus diarios secretos abrió a los investigadores la gran cantera de su autoanálisis.
 
En sus entrevistas y en sus textos brilla por su lucidez, elegancia y cultura, con aires de libertad y osadía pocas veces vivida por una mujer de su tiempo. Es al lado de otra contemporánea suya, Simone de Beauvoir (1908-1986) la precursora de los feminismos y de la emancipación femenina actual. 
 
Otros nombres de mujeres escritoras precursoras de su época deben ser mencionados: Virginia Woolf (1882-1941), Djuna Barnes (1892-1982), Marguerite Yourcenar (1903-1987), Mercé Rodoreda (1908-1983), Jane Bowles (1917-1973) y Patricia Highsmith (1921-1995), entre otras muchas.
 
Pero por su carácter en exremo libertario en materia sexual, la obra de Anais Nin es fascinante. La fama la obtuvo con Delta Venus, también traducido a otras lenguas con el título de Venus Erótica, un best seller mundial compuesto por relatos sexuales escritos en los tiempos en que coincidió en París con Henry Miller.
 
 La narrativa erótica aquí se vive desde la perspectiva exclusiva de la mujer sexual. Es ella la que busca y obtiene el placer con sus múltiples amantes, sin culpas ni temores, ni victimización. Ajena a la religión y a los prejuicios, Anais nos cuenta un mundo maravilloso de sexo donde el orgasmo es el protagonista. 
 
Los casos más extraños, los escenarios más improbables son relatados aquí con una maestría quirúrgica que nos fascina en el sentido más profundo de la palabra fascinar. Delta venus o Venus Erótica puede ser un excelente libro de cabecera para todos en tiempos de paz o de guerra.  
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              París, 15-XII-2018

viernes, 26 de octubre de 2018

RELATOS DE LA VIDA EN EL ABISMO

@Hidiro
Por Eduardo García Aguilar
En todas partes hay escritores que surgen de sus propias ruinas y se izan a veces tardíamente hacia la literatura inspirados en autores de otros tiempos que se debatieron entre la vida y la muerte, la depresión, la droga, la deriva, el deseo de terminar de una vez por todas con la vida. Cuando pasan el precipicio y sobreviven a la autodestrucción, suelen inspirarse en sus propias historias para contar lo vivido sin necesidad de recurrir a la ficción.
Hace poco cayó en mis manos el libro Eva, de Simon Liberati, quien como tantos de su generación, devoró sus primeros años de juventud en los 70, 80 y 90 del siglo pasado en la rumba y el desenfreno de quienes agotaban la noche en las espléndidas discotescas parisinas de otros tiempos como el mítico Palace, sobre el cual ya se han escrito libros y se han inspirado novelas.
Así como en Nueva York la generación de Andy Warhol y la farándula rockera de esos tiempos se diviertía en el Estudio 54 y dormía en el Hotel Chelsea no lejos de Patti Smith, el Palace fue el epicentro de la diversión de una juventud dorada que no tenía límites. Allí en esos antros podían cruzarse con Yves Saint Laurent, modelos, estrellas de rock estadounidenses o londinenses de paso, mafiosos, play boys, millonarios, traficantes y vividores y mitómanos de toda laya.
Muchos de los protagonistas de esas noches interminables fueron atacados por todos los males, el principal de los cuales el sida, y se desgranaron hacia la muerte prematura aniquilados por el abuso de los estupefacientes, el insomnio como oficio, la depresión y los excesos sexuales. Larga es la lista de las novelas o testimonios escritos por muchos de los sobrevivientes, entre los cuales se destaca Virginie Despentes, autora de la saga Vernon Subutex y King Kong Theorie, entre otros libros de éxito generacional.
La gran moda hoy en la literatura francesa es contar su propia vida y mientras más trágica mejor. Esa moda surge desde que Catherine Millet escribió y logró hace lustros un éxito fenomenal con Catherine M, donde relataba miles de experiencias sexuales vividas en esos tiempos de desenfreno. Contar su propia vida, basarse en tragedias familiares, dramas y sufrimientos sexuales experimentados es la nueva y sólida tendencia literaria. Antes de que esta ola apareciera se solía escribir con seudónimo como en los tiempos de la Marquesa de O.
Así toda una serie de autores homosexuales dejaron el testimonio de su lucha contra el sida y la desaparición de sus seres amados, mientras otros como Christine Angot basa su obra en el trauma vivido del incesto, tema que la llevó al éxito desde 1999 y que aun sigue presente en sus libros. Angot y otros autores hombres y mujeres relatan en cada uno de sus libros su vida cotidiana, las peripecias de sus matrimonios o la sucesión de los amantes.
El mundo editorial comercial ha encontrado ahí una cantera excelente para lograr ganancias y esa tendencia se impone en las principales lenguas. En castellano, italiano, inglés, portugués, islandés, danés, alemán, sueco, proliferan las autoficciones que tanto gustan al lector voyerista. Unos cuentan el asesinato de su padre, otros el suicidio de un hijo, la enfermedad de un cónyuge, aquellos el secuestro, la cárcel, los maltratos sufridos en la familia, o los abusos en la infancia a manos de adultos. 
Virginie Despentes, quien ahora es jurado del premio Goncourt y tal vez algun día llegue a la Academia Francesa, fue violada y se prostituyó de joven, lo que contó en su primer libro de éxito. Edourd Louis, de 24 años de edad, logró hace poco un gran éxito y ha sido traducido a muchas lenguas con el libro donde cuenta una violación y su vida atormentada, convirtiéndose en otro ícono de la literatura LGTB.  
Simon Liberati logró el Premio Femina con una novela inspirada en la diva estadounidense Jane Mansfyeld, pero su libro más reconocido es Eva, inspirado en una historia de amor verdadera que en cierta forma salvó a los dos protagonistas. Hace unos años, en 2013, Simon se cruzó con la cineasta Eva Ionesco, que es una leyenda porque de niña fue usada por su madre para hacer fotografías eróticas góticas que tuvieron mucho éxito en los años 70 en todo el mundo, cuando hacer eso era aun posible y no se consideraba delito.
La fotógrafa, de la misma generación que el recién suicidado fotógrafo de adolescentes Hamilton, no solo hizo mucho dinero con los desnudos de su hija, sino que la prostituyó. La vida de la joven desde entonces dio muchas vueltas en el abismo y está marcada por varios intentos de suicidio. 
Simon trabajó durante mucho tiempo en revistas de farándula o haciendo guiones para ganarse la vida, pero en el fondo su deseo era escribir novelas y obtener un lugar en la literatura, aunque fuera menor. Cuando se encuentra con Eva en una cena, se considera un fracasado y también piensa en el suicidio.
El flechazo amoroso de estos dos condenados es una tabla de salvación y ambos, escépticos, descreidos, derrotados, deteriorados, deciden vivir a fondo la pasión amorosa ante las dudas de los amigos, lo que hasta ahora los salva. Liberati logra que Eva baje 15 kilos y vuelva a ser la bella de antes y él logra, al escribir la historia de su amor, uno de sus mejores éxitos. Y con el anticipo que le pagó el editor, le financió a Eva una operación estética del rostro.
Pero a diferencia de otros autores autobiográficos actuales, Liberati es un apasionado de la literatura, en especial de los autores preciosistas y decadentes de fin de siglo XIX y por eso su libro seduce por la calidad de su prosa y su pasión literaria. En su prosa hay estilo, recursos inusitados, fuerza. Es un canto contemporáneo de amor inusual y a la vez el relato de la tragedia de Eva Ionesco, quien demandó judicialmente a su malvada madre por abuso y no le perdona lo que hizo. 
Esta historia que nos lleva al mundo de los devorados por la vida y el tiempo, es por ahora un relato con final feliz, aunque el propio autor cuenta las tormentas terribles, las manías y neurosis que agitan a esta pareja que ahora aparece en las revistas de farándula recuperada y glamurosa, ella por las operaciones estéticas y la baja de peso y él por el éxito literario logrado al filo de la navaja. 
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* Foto de @Hidiro, tomada del sitio Lefoooding.com
* Eva, Simon Liberati (Stock – France. 2015. 278 páginas)