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jueves, 19 de marzo de 2026

LA MAGIA Y EL DUENDE DE GARCÍA LORCA

Por Eduardo García Aguilar

Hace ya casi 90 años fue asesinado a los 38 años de edad Federico García Lorca, uno de los poetas más notables del siglo XX, esteta cuya palabra era dúctil, musical y profunda, pero que además se destacaba por sus dibujos, el ejercicio del teatro, su teoría del duende y el amor por la música. En su corta vida tuvo oportunidad de recorrer el continente americano y en Buenos Aires, México, Nueva York o La Habana compartió con los autores de su generación, o jóvenes que ya se destacaban como Alfonsina Storni y Pablo Neruda.

Para muchos amantes de las letras de diversas generaciones del siglo XX descubrir temprano la obra del andaluz García Lorca ha significado un cimbronazo espectacular, ya que todo en él son ventanas a la libertad y al desborde de la imaginación, al contacto con el agua, los metales, el deseo, el erotismo, el baile, todo ello inundado por un colorido simbólico y surreal.

Nacido en Fuente Vaqueros en 1898, residente en Almería, estudiante en Granada, Lorca es el gran fruto de la tierra andaluza, donde durante siglos, hasta la llegada de los reyes católicos, que realizaron una absurda limpieza étnica al expulsar a moros y judíos, convivieron diversas culturas muy ricas provenientes de Magreb, Oriente Medio y los territorios bíblicos y babilónicos. 

El carácter cosmopolita de la cultura del Al-Ándalus, irriga de punta a punta la obra y su talento artístico. En su obra múltiple vibran los ritmos musicales de los Omeyas, bereberes y magrebíes, el hedonismo de los poetas y viajeros del Al-Ándalus, los ecos de la errancia gitana y flamenca y la profundidad de los sabios filósofos que provenían de las milenarias culturas sincréticas mediorientales y mediterráneas.

Perteneció a la generación del 27, algunos de cuyos miembros sobrevivieron a la Guerra Civil española y lograron salvarse en diversos exilios, unos como el gran Luis Cernuda o Manuel Altolaguirre en México, que acogió a miles de transterrados,  y Rafael Alberti en Italia, y otros alcanzaron la longevidad en España como Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Pedro Salinas y Jorge Guillén, entre otros.

Pero sin duda la amistad de Lorca con Salvador Dalí, quien lo acogía en su natal Cadaqués, en la profunda Cataluña del Ampurdán, lo conectó con la variante surrealista. El loco pintor catalán lo animó a practicar el dibujo y son miles y miles de imágenes inolvidables y coloridas las que nos dejó y nos impresionan siempre. Dibujos solos, cartas ilustradas, proyectos de escenografías para obras de teatro o títeres, complementan su poesía y su prosa y se imbrican con las prácticas musicales.

También son claves su contactos en Madrid con el futuro gran cineasta surrealista Luis Buñuel, quien alcanzó a vivir a lo largo del siglo XX y dejó una vasta obra viva y con Rafael Alberti, que iluminó también el siglo con su poesía. Otras influencias y amistades profundas tuvo con maestros como el futuro Premio Nobel Juan Ramón Jiménez y el músico Manuel de Falla, con quien colaboró.

Los que descubrimos a Lorca en la adolescencia quedamos marcados para siempre. Allí en esos libros, en esas historias, poemas, tragedias, alegorías, imaginerías, el muchacho descubre la libertad infinita del arte en su mayor expresión y a través de esas páginas y ventanas vuela en un tapiz oriental milagroso como los de las historias de Las Mil y una noches.

Romancero gitano, Bodas de Sangre, Yerma, La casa de Bernarda Alba, Poema del Cante Jondo, Poeta en Nueva York y muchas obras más alegraron nuestras vidas y borraron en cierta forma la tragedia de su fusilamiento en agosto de 1936 y la desaparición de su cuerpo. García Lorca es el fusilado y desaparecido más vivo y alegre del mundo del mundo y su arte siempre será un ejemplo para todo artista en ciernes. Su rebeldía ante la barbarie da energía para luchar siempre por más justicia y libertad en estos tiempos sombríos.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de marzo de 2026.
   


jueves, 25 de septiembre de 2025

EL MÉXICO DE VALLE INCLÁN

Por Eduardo García Aguilar

En 1892 el joven Rafael del Valle Inclán partió hacia México a descubrir aquel territorio exótico, que bajo la colonia se construyó como réplica de la metrópoli, con grandes ciudades que llevaban el nombre de las originales europeas y en cuyas plazas centrales se construyeron catedrales y palacios aun más grandes y ricos que los de la madre patria.

Valle Inclán (1866-1936) era un joven e inquieto gallego que empezaba a escribir su obra e inundaba los periódicos con sus crónicas y devoraba el mundo con su desbordada inteligencia y talento. Al llegar a México por Veracruz, el puerto por donde arribaban casi todos desde los tiempos de conquistadores y colonizadores, colaboró de inmediato en un medio local y después en otros de la capital, para ganarse unos pesos.

México ya estaba independizado de la madre patria desde 1821 y experimentaba aun las vicisitudes de una patria boba que buscaba su camino en medio de las ingentes riquezas de su enorme y variado territorio y las codicias mundiales. El joven escritor quedó fascinado desde el inicio por las playas, mares, cumbres, ruinas y volcanes, entre los que se desplegaba una variada flora y fauna desconocidas para él.

Durante su viaje vivió varias aventuras, entre ellas un duelo que no llegó a mayores, y gracias a la intensidad de sus exploraciones reunió material y conocimientos de lenguaje y cultura suficientes para escribir mucho después su gran novela Tirano Banderas, precursora de las obras sobre dictadores latinoamericanos que después practicaron autores como Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez o Alejo Carpentier, entre otros.

Pero antes de esta gran novela Tirano Banderas, que nos sorprende un siglo después de su publicación en 1926, escribió otra novela mexicana que hace parte del cuarteto de las Sonatas, que versan sobre las aventuras del donjuanesco Marqués de Bradomín, su gran alter ego.

Valle Inclán en su juventud pertenece de facto a la gran generación de escritores modernistas encabezados por el poeta Rubén Darío, el autor de Los Raros y Prosas Profanas, que revolucionó la literatura hispanoamericana. Como los modernistas, fue iluminado por ese estilo decadente y finisecular que practicaron en Francia dandys parnasinanos y simbolistas como Baudelaire y Barbey d'Aurevilly.  

En la Sonata de Estío cuenta las aventuras vividas al llegar a México y conocer a una beldad indígena llamada la Chole, de la que se enamora, en medio de historias de bandidos y cuatreros que infestaban el trópico mexicano del Golfo de México y el río Grijalba y para quienes la vida, como en las rancheras, no vale nada. Las descripciones de la bella Chole junto a una pirámide maya, de la vida marítima y los salvajes paisajes mexicanos, son inigualables. 

Es un libro de gran fuerza poética, una energía en la prosa pocas veces lograda en el ámbito de los modernistas y es una lectura apasionada que nos invita a vivir aquel lejano siglo XIX, donde los sincretismos entre el mundo prehispánico de ídolos aztecas y mayas e hispánico católico eran totales y se imbricaban en medio de pirámides, conventos, catedrales, iglesias, mercados, ferias y haciendas donde reinaba la violencia. De hecho el Marqués de Bradomín, pecador y aventurero, se clasificó siempre como un hombre "feo, católico y sentimental".

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de   septiembre de 2025. 

 

sábado, 25 de mayo de 2024

REENCUENTRO CON TACHIA QUINTANAR



Por Eduardo García Aguilar

La española Tachia Quintanar fue la pareja de Gabriel García Márquez durante un año entre 1955 y 1956, y según cuenta ella fue una linda historia de amor que después se convirtió en gran amistad de toda la vida. El escritor la visitaba siempre cuando venía a París, después de acceder a la fama con la publicación de Cien años de Soledad y convertirse en una figura literaria y política mundial. 

La invitó a la entrega del Premio Nobel en Estocolmo en 1982 y durante años fue su cómplice, corresponsal y consejera para asuntos administrativos y de propiedades en París; amiga y casi tutora de Gonzalo, el hijo menor del nativo de Aracataca, tipógrafo y editor que ha vivido largo tiempo en esta ciudad, a diferencia de su hermano mayor Rodrigo, quien prefirió Los Angeles, donde hizo exitosa carrera cinematográfica.

Tachia es un verdadero fenómeno, persona llena de luz, generosa, apasionada por las artes, dotada de una energía que desafía los años. Cuando la vi por primera vez en 2010 me impresionó por su belleza e inteligencia y la agilidad y vivacidad con la que nos atendía a todos en ese apartamento donde ya vivía sola después de la partida de su esposo. 

Ella conecta de inmediato con jóvenes y mayores y comunica esa energía y pasión por las artes que caracteriza a los seres luminosos como ella, de origen vasco, madre de un músico. En su casa pasamos varias veladas, cuando nos ha contado la alegría de visitar Colombia, donde hizo una gira para representar el cuento Isabel viendo llover en Macondo.

Poco antes de la partida del autor de El amor en los tiempos del cólera hacia el misterio del más allá, tal vez ya afectado por la peste del olvido, la recibió en la costa caribe y dieron un paseo propiciado por Mercedes Barcha en carroza halada por caballos por las calles de Cartagena de Indias, del cual hay amplio testimonio fotográfico.
 
El jueves la volví a ver en el consulado de Colombia en París, en el marco de una mesa redonda que sostuvimos con la francesa Annie Morvan, la traductora al francés una decena de sus obras, y el novelista bogotano Juan Gabriel Vázquez.

Pese a su edad y estado de salud, Tachia llegó con su hermana Irene y se sentó en primera fila igual de risueña y radiante que siempre, con la mirada viva del amor. Era muy emocionante verla de nuevo allí, en territorio colombiano, para hablar sobre la literatura de nuestro país, marcada para siempre por la obra del creador de Macondo.

Su hermana contó ante el público una sorpresiva anécdota. Gabriel llegó una tarde al pequeño apartamento donde vivían en la calle Assas con su amigo el padre Camilo Torres Restrepo y ella les preparó una deliciosa sopa de lentejas. Irene estaba tan encantada hablando con el inteligente y apuesto estudiante colombiano de postgrado de la Universidad de Lovaina, que Gabriel le advirtió muy preocupado y en secreto que se trataba de un cura. ¡Es un cura, le dijo!

Tachia se casó con el ingeniero de petróleos Charles Roussof, con quien vivio 40 largos años y residían en un apartamento en un piso alto de un edificio de la rue du Bac, casi esquina con Saint Germain des Prés, frente al cual está situada ahora la plaza que lleva el nombre del colombiano, inaugurada con pompa hace algunos años por la alcaldesa de París.

Se habían conocido un 21 de marzo de 1955, cuando el colombiano quedó varado en Europa tras el cierre del diario El Espectador por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y vivía como tantos jóvenes en la pobreza recogiendo botellas para vender o cantando en tabernas y bares canciones de su tierra vallenata, que interpretaba muy bien.

El colombiano vivía con otros latinoamericanos que huían de las dictaduras en un hotel donde les fiaban, situado en la rue de Cujas, y Tachia en un apartamento de la rue de Assas, donde se le fue instalando en esas frías jornadas aquel muchacho flaco, pobre, tierno y soñador caribeño que escribía y cantaba todos los días.

Tachia ya había vivido una larga historia de amor con el conocido poeta español Blas de Otero, y era poeta, actriz, activista cultural en torno a la cual se reunían artistas de distintos orígenes y nacionalidades que después se volverían famosos como el músico griego Mikis Teodorakis, Antonio Saura y el artista venezolano Jesús Soto, también amigo del costeño y con quien recorría las tabernas en dúo en busca de unas monedas.

Tachia es una fuerza inigualable y es ella más allá de la anécdota de su romance con Gabriel. Ella es poesía, vida, vino, ficción y realidad. Por eso al verla ahí en el consulado de la rue de Berri, a un lado de los Campos Elíseos, sentí la alegría de reencontrarla y evocar los brindis en su casa, poblada de cuadros, amigos y copas que tintinean en el aire de la noche al calor del vino, el afecto y la literatura.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 26 de mayo de 2024.




sábado, 22 de abril de 2023

UN CUARTO DE SIGLO SIN OCTAVIO PAZ

Por Eduardo García Aguilar

Hace un cuarto de siglo, el 19 de abril de 1998, fallecía a los 84 años de edad en una vieja casona histórica del barrio colonial de Coyoacán, en la Ciudad de México, el gran poeta mexicano Octavio Paz, Premio Cervantes (1981) y Nobel (1990), quien a lo largo de las cuatro últimas décadas del siglo XX fue el más importante y poderoso caudillo literario del país, siguiendo con una tradición iniciada en el siglo XX con figuras como José Vasconcelos y Alfonso Reyes, que fueron también poderosos patriarcas.

Paz fue albergado en esa antigua casona colonial por orden del gobierno luego de que se incendiara su apartamento en el centro de la Ciudad de México, donde resultaron destruidos documentos y libros de su abuelo Irineo Paz, así como objetos y archivos personales de valor, lo que significó una gran pena moral para el escritor, quien tuvo que arrastrarse para escapar con las sondas que ya tenía puestas debido a su enfermedad, en compañia de su esposa y gran amor de su vida, la francesa Marie Jose Tramini, a quien conoció cuando se desempeñaba como embajador en la India en los años 60.

Cuando llegaron los bomberos encontraron a la pareja tiritando de frío, desubicados, conmocionados, y los llevaron al Hotel Camino Real de Polanco, donde estuvieron un tiempo antes de ser trasladados a esa bellísima casona, donde quedaron bajo protección y atención de los militares del Estado mayor presidencial. Ahí pasó los últimos años en silla de ruedas, atendiéndose de un cáncer óseo, ya desahuciado por los médicos estadounidenses que lo atendieron en Houston.

Vivió así Paz en medio del dolor meses de reflexión y lucidez sobre el fin de la vida y el destino de su propia escritura, e incluso llegó a decir con claridad a sus amigos visitantes que tal vez lo único que finalmente se salvaría de su extensa obra sería algunos poemas o solo unos versos. Él que fue durante décadas diplomático relacionado siempre con magnates, presidentes y políticos, y quien gozó en vida de gran éxito literario y riqueza, pudo, como casi todos los hombres, vislumbrar el triste fin de sus sueños pese al poder y la gloria.      

Quienes vivimos en México en ese tiempo fuimos testigos de esa presencia permanente, avasalladora y ascendente del escritor en todos los medios de prensa, televisivos, instituciones, festivales poéticos y literarios, homenajes, debates sobre cultura y política mexicanas y mundiales, así como en la dirección de la revista Vuelta que abría ventanas a todas las culturas, lenguas e ideas del mundo y agitaba ideas democráticas y antitotalitarias.

Paz alternaba sus estadías triunfales en México, con largas giras por el mundo, donde daba conferencias en universidades y academias y presentaba las múltiples traducciones de sus obras o recibía premios y honores y doctorados Honoris Causa. Siempre fue elegante como un gentleman e hizo una pareja popular con la muy bella Marie José Tramini, quien le sobrevivió varios años y murió intestada.

Ahora, 25 años después de su muerte, por fin se ha inaugurado una casa museo en honor de la pareja en una vieja casona colonial del centro y se han salvado los documentos, objetos, obras de arte, muebles, libros y prendas que se exponen allí, mientras las instituciones especializadas tratan de restaurar los papeles ajados y abandonados que se hallaron en varias de sus propiedades.   

De joven Paz fue marxista y revolucionario, estuvo comprometido con la causa campesina en Yucatán y tras haber escrito poemas comprometidos, fue invitado en 1937 al II Congreso Internacional de escritores antifascistas para la defensa de la cultura, organizado por la republicana Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) en tiempos de la Guerra Civil española, por invitación de Pablo Neruda, y durante esa estadía convivió con muchos escritores progresistas del momento. Viajó a España con su primera esposa, la futura escritora y gran prosista Elena Garro.
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Entre los asistentes a ese Congreso figuraron nombres como Vicente Huidobro, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, César Vallejo, Juan Marinello y Carlos Pellicer. Terminada la Guerra civil española e instaurada la dictadura de Francisco Franco y concluida la posterior Segunda Guerra Mundial, Paz empezó su larga carrera diplomática, que lo llevó a instalarse en Francia al final de los años 40 y parte de los 50.

Allí se relacionó con André Breton y los surrealistas y conoció de primera mano textos de autores que como Cornelius Castoriadis y Claude Lefort y otros muchos ya cuestionaban en Europa los totalitarismos soviético y chino y el marxismo-leninismo como ideología o religión. Desde entonces, aunada a su trepidante actividad literaria e intelectual, Paz alternó sus combates líricos con las  peleas ideológicas, evolucionando hacia un liberalismo pro-occidental y un apoyo incondicional al crepuscular régimen mexicano del PRI, que lo alejó de sus viejos amigos de izquierda como Pablo Neruda y Luis Cardoza y Aragón y de los ámbitos progresistas, a los que fustigó hasta el final de sus días de manera encarnizada.

Su paso por India y Japón como diplomático le abrió nuevos universos a su produccion poética, caracterizada hasta el final por una fuerza inédita de experimentacción y búsqueda, como se ve en sus libros Ladera Este (1969), Pasado en claro (1975), Vuelta (1976), Árbol adentro (1987), de distinta factura a la primera summa antológica Libertad bajo palabra (1960) y su poema central, Piedra de Sol. Tal vez un verso, una estrofa, un poema quedará de él y eso ya está bien.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo, 23 de abril de 2023.





miércoles, 10 de agosto de 2022

LEYENDAS Y SÍMBOLOS DEL 7 DE AGOSTO

Por Eduardo García Aguilar

La espada de Bolívar fue de nuevo protagonista durante la posesión del presidente Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez este 7 de agosto, cuando se celebra la victoria de las tropas comandadas por el Libertador en la Batalla de Boyacá en 1819, tras una campaña de varios meses iniciada desde Angostura, hoy Ciudad Bolívar, en Venezuela, situada a orillas del Orinoco y sede entonces del poder provisional de los rebeldes independentistas.
Luego de esa victoria, el Virrey Sámano y funcionarios realistas huyeron despavoridos de Bogotá como cuenta la leyenda aprendida por todos los muchachos en la escuela primaria. Supimos que la soldadesca libertadora estaba en su mayoría compuesta por mestizos, zambos, indígenas, negros, o sea Los Nadies de hoy, y que el malvado Sámano, al conocer la noticia de la derrota, huyó por el río Magdalena con una bolsa llena de monedas rumbo a Cartagena.
En documentos descubiertos en archivos estadounidenses por el gran historiador Juan Friede, viajamos a través de la letra hacia Angostura, donde el vicepresidente Francisco Antonia Zea ejercía el mando mientras Bolívar se aplicaba en la campaña que incluyó el difícil pasó del páramo de Pisba. Se trata del Diario de viaje por el Orinoco hacia Angostura (julio 11-agosto 24 de 1819), publicado por El Banco de la República en 1969.
El capitán Oliver Hazard Perry había sido enviado hacia Angostura por el Secretario de Estado estadounidense John Quincy Adams para explicarle a Bolívar la posición neutral mantenida por su país en la guerra con la corona española, lo que no significaba de manera confidencial que las simpatías de la nueva nación norteamericana independizada décadas antes estuvieran del lado de los rebeldes.
Perry llega con su séquito a la isla Margarita, recorre el Orinoco y atraca en Angostura, donde se encuentran reunidos los constituyentes rebeldes en ese bello sitio tropical donde la misión extranjera permanecería un tiempo. Entre los documentos encontrados por Friede figura la carta original de Quincy Adams con instrucciones a Perry y el diario del capellán del barco John H. Hambleton, quien relata día a día el viaje y describe con lujo de detalles a Zea, hombre ya mayor y muy encorvado que había vivido dos décadas en París y era una figura inteligente, escéptica y cortés.
Los enviados se enteran de que Bolívar está ausente pues se ha ido a comandar la campaña libertadora que poco después triunfaría en la Batalla de Boyacá. En ese tiempo detenido y fugaz descubrimos a muchos de los colaboradores de Bolívar, ingleses y franceses que conviven allí con los principales militares criollos que después se convertirían en héroes de la independencia y cuyas estatuas adornan plazas y colegios. El capellán describe las comidas, bebidas y licores con los que son atendidos y los rostros de todas aquellas figuras militares, legislativas y diplomáticas que luego pasarían a la historia y a la leyenda.
Cumplida la misión se retiran rumbo a la Isla Margarita, desde donde Perry debía viajar al río de La Plata para encontrarse con el general San Martín, pero la fiebre amarilla y el paludismo se le atraviesan, y entre los escalofríos atroces el marino es desahuciado y con resignación acepta su destino. Se le hace un sepelio con todos los honores que conmueve al diarista. Todo esto ocurre mientras al otro lado se consolida la victoria.
Es de suponer que en las diversas batallas de la Campaña libertadora de la Nueva Granada, una de las espadas esgrimidas por Bolívar es la que el M 19 tuvo en su poder tras sustraerla de la Quinta de Bolívar en 1974. Más tarde ese grupo firmaría la paz con el gobierno y sería una de las fuerzas protagonistas de la Asamblea Nacional Constituyente de donde surgió la vigente Constitución de 1991.
Petro volvió protagonista a la espada de Bolívar durante su posesión al ordenar a la Casa Militar traerla de Palacio de Nariño luego de que su antecesor se negara a autorizar su traslado para la ceremonia. Dos siglos no es nada en historia y estos rituales, leyendas y símbolos que nos recuerdan la Independencia nos muestran lo cerca que estamos de aquellas gestas patrias que parecen ahora tan lejanas. Tal vez en otros dos siglos un historiador como Juan Friede recordará la jornada de hoy.
Aquella independencia significó solo el cambio de poder de manos de los españoles a los criollos locales que gobernarían después sin ceder el poder a los marginales inmolados en esa causa durante la Campaña libertadora. Ahora tal vez esos marginales de siempre lograrán un poquito más de merecida representatividad en esta nueva era que se inicia y sin duda estará llena de sorpresas, ritos, leyendas, símbolos, felices logros y tristes e inevitables decepciones.

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Versión actualizada en penúltimo párrafo del artículo publicado el domingo 7 de agosto de 2022, en La Patria. Manizales. Colombia. 

sábado, 26 de marzo de 2022

LEER EL QUIJOTE DE LA MANCHA

Por Eduardo García Aguilar

Todos deberíamos leer con cierta frecuencia el Quijote de la Mancha, la obra crepuscular de Miguel de Cervantes que se convirtió en uno de los más grandes clásicos de la humanidad al lado de la Biblia, La Ilíada, La Odisea, los libros sagrados asiáticos El Mahabarata y El Ramayana y las sagas europeas y prehispánicas de todos los tiempos, desde Los Nibelungos hasta el libro maya Popol Vuh.

Cervantes escribió esta obra ya anciano para su tiempo siendo un sexagenario que pasaba por grandes dificultades como la cárcel y cargaba la acumulación de muchas frustraciones, entre ellas el haber sido secuestrado, participado en guerras donde perdió el uso de su brazo, y no ser nombrado funcionario del reino en Cartagena de Indias. Si hubiera cumplido el deseo de viajar a América su destino económico habría sido otro, pero no existiría la magna obra que aun nos maravilla y que comenzó a redactar en una celda fracasado y sin futuro alguno.

Cuando voy a Sevilla me encanta visitar el Archivo de Indias y caminar por esas calles tan familiares que se parecen a las de las grandes ciudades coloniales latinoamericanas. También gozo la vista de la catedral sevillana, que fue reproducida en muchas de las urbes del Nuevo Mundo. Lo mismo siento en la Gran Canaria, el lugar donde paraban antes de cruzar el Atlántico Cristóbal Colón y otros viajeros y conquistadores que se aventuraban hacia lo desconocido.

En uno de esos viajes por casualidad me topé con una muestra dedicada al escritor y pude ver de cerca las cartas y documentos donde pedía con insistencia un puesto en ultramar y pude ver su firma y su letra junto a objetos, enseres y complejas cajas fuertes de esa época, fabricadas en Alemania. En el Archivo de Indias uno viaja en el tiempo y parece estar cerca del viejo escritor cuya vida fue una lucha interminable. Y en Madrid me hospedé en el maraviloso Hostal Fernández, un sitio muy barato que semejaba el apartamento de una abuela y desde mi cuarto podía ver al frente la casa donde murió el autor.  

Tuve la fortuna de cruzarme con el Quijote muy temprano gracias a la edición que tenía mi padre, gran lector y admirador de ese libro, tal vez su preferido.  De manera que muy temprano tuve conciencia de la magnitud de esa historia y en especial la fuerza de sus palabras. Desde entonces lo he leído varias veces y en cada ocasión he sentido los efectos, pues lo que uno escribe sale mejor después de haber estado en contacto con su prosa. Cuando en bachillerato me expulsaron del Instituto Universitario y además los profesores me pulverizaron en las calificaciones, me refugié en la Biblioteca Municipal para leer partes de la obra en una edición enorme e ilustrada con los dibujos del gran Gustave Doré.

Cuando caemos en desgracia, cuando las vida nos da palizas, cuando el rumbo deseado nos es esquivo, cuando todo parece oscuro y cubierto por la bruma de la melancolía, no hay mejor remedio que leer El Quijote para que vuelvan los ánimos y uno se sienta como un caballero andante capaz de recorrer todos los caminos con la adarga al aire para vencer las injusticias y enderezar el rumbo. Por eso todos los que dedican sus vidas a luchar por la justicia, la igualdad, el bienestar para todos y fracasan en el intento, son hijos de la utopía y a todo honor están unidos para siempre al impulso quijotesco.

Entre muchas de las aventuras que suceden en esa obra, todas disfrutables, siempre me encantaba en especial la del gobierno de Sancho en la Insula Barataria, donde el personaje mostraba dotes de ser gran estadista. Desde entonces siempre supe que muchas veces, a diferencia de los tecnócratas o los delfines hijos de las élites, los que menos parecen preparados para llevar las riendas de un gobierno, pueden convertirse en los mejores, pues han vivido la vida desde abajo y conocen los verdaderos sufrimientos de las clases populares, los marginados, los que son invisibles porque nadie los ve ni los tiene en cuenta, como los pobres de todos los orígenes, los indígenas y los esclavos negros que vinieron amarrados en galeras desde Africa. 

Pero sin duda alguna lo fascinante de esta obra magna tan actual, es la fuerza utópica del protagonista, el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que a lo largo de la historia se dedica a "desfacer" entuernos y a inmiscuirse en las mejores causas, como defender desvalidos y castigar matones. De punta a punta vivimos las aventuras del manchego y nos queda grabada para siempre la fuerza de su idealismo como un ejemplo para la humanidad.

Por eso cuando hablaba con mi amigo el poeta Juan Carlos Acevedo sobre una frase que pudiera condensar esa energía magistral de un desfacedor de entuertos, no dudé en apostar por la que me salió al instante como en los juegos automáticos de los surrealistas: Si todos llevamos un Quijote de la Mancha en nuestro corazón, sobreviviremos a las tempestades y conjuraremos todas las catástrofes y los apocalipsis del mundo.
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Publicado el domingo 27 de marzo de 2022 en La Patria. Manizales. Colombia. 


sábado, 28 de agosto de 2021

ACTUALIDAD DE LA CARTA ESFÉRICA


 
Por Eduardo García Aguilar

Arturo Pérez Reverte (1951) es uno de los escritores españoles contemporáneos más leídos y exitosos y también de los que con frecuencia en sus columnas en la prensa de su país dice lo que piensa con total libertad, haciendo uso de un lenguaje a veces soez y lleno de injurias, heredero natural del Siglo de oro, cuando los escritores, Francisco Quevedo en primer lugar, eran más libres e irredentos que los de hoy.

Durante mucho tiempo se desempeñó como corresponsal de guerra y sabe muy bien lo que es escribir al pie del cañón, respetando los límites de tiempo y en especial haciendo lo imposible para obtener las informaciones requeridas por los medios, visitando las morgues, describiendo los cadáveres putrefactos que deja la batalla y entrevistando monstruos sanguinolentos que tarde o temprano llegan al poder y mueren hastiados en sus palacios, rodeados de riquezas robadas.

Sus libros son amenos, bien escrítos y estructurados y a veces se lanzan en bellas parrafadas de gran intensidad poética que revelan su talento. De su generación, donde hay otros excelentes autores notables como Javier Marías, Pérez Reverte optó con toda claridad por ser un cultor de la vena popular y por eso sus libros cuando aparecen se venden como panes calientes. Nutre sus obra de sus orígenes en el milenario puerto mediterráneo de Cartagena, que ya existía en tiempos de fenicios, griegos y romanos y en cuyas aguas de adolescente solía bucear para rescatar del fango ánforas invaluables.

Cartagena ha sido testigo de todas las guerras y las pestes y por su tierra han pasado todos los marineros del mundo y las tropas más locas. En la nube secreta de la memoria citadina yacen millones de destinos desbocados, varones triunfantes o quebrados, mujeres humilladas y manoseadas por corsarios o invasores. En sus playas se han deshuesado cientos de miles de barcos, que él de joven veía oxidarse sobre la arena. Y desde muchacho compartió con los marineros de pieles cuarteadas que saben de estrellas y conocen muy bien las vicisitudes del alma humana.    

Pérez Reverte es un autor costeño igual de Gabriel García Márquez y como todo autor que nace y se forma frente las aguas de los mares, en puertos a donde llegan seres de todos los orígenes y calañas desde los más lejanos rumbos y donde se hacen los más sucios tráficos y negocios, sabe desde siempre que la humanidad es violenta e impredecible, por lo que sus historias pueden estar llenas de ternura, pero tambièn de un gran escepticismo. Los costeños por naturaleza saben contar muy bien porque en los puertos se cuentan todas las historias y se viven todas las ebriedades y los duelos.

Todo eso he pensado después de leer con veinte años de retraso uno de los libros que consolidó su fama, La carta esférica, terminada de escribir en 1999.  Uno puede ver sus costuras y sus defectos, a veces considerarlo predecible y caricatural, pero ese libro escrito en plena cuarentena por el periodista, está cargado de la energía de quien escribe con toda la fuerza. Tal vez hoy sería prohibido porque se expresa la misoginia rampante de los personajes ligados a la mafia y al mar y se usa el lenguaje abrupto de los machos cabríos que no pueden vivir sin darse de puños en las esquinas oscuras, en los bares y junto a los burdeles.    

Pero en La carta esférica hay ternura adolescente. Rinde homenaje a los muchachos de su generación que oían en las noches de insomio radios lejanas en viejos radios Philips y soñaban con viajar por todo el mundo y vivir las más improbables aventuras a las que por lo regular no estaban invitados, porque quedan atrapados en los rituales familiares y sociales de sus respectivos mundos originarios. En cada una de las páginas de esta novela de aventuras están los jóvenes que sueñan leyendo a Julio Verne, Stvenson y Conrad y viven como las crisálidas las diversas transformaciones que los llevan de gusanos a maravillosas mariposas voladoras.

La historia es muy simple y a veces demasiado esquemática. Un marinero curtido que ya se acerca a la cuarentena se ve de repente sin trabajo. Sin un peso deambula por Barcelona y recala en una tienda de subastas donde presencia una puja por un mapa de las costas españolas del siglo XVIII por el que batallan una bella y joven burguesa y un mafioso.

Coy, como se llama el marino, juega al azar y termina involucrado en la intriga y por supuesto como en toda novela de aventuras se enamora de la bella Tánger, funcionaria del Museo marítimo de Madrid, a quien va a visitar y a la que quisiera llevarse sin éxito a la cama. Pero aunque ese objetivo es imposible, termina por involucrarse en sus sueños y trabaja para ella en el objetivo de rescatar un barco propiedad de la comunidad jesuíta, naufragado en el siglo XVIII durante una batalla con una nave corsaria y donde se presume hay un gigantesco y millonario tesoro de esmeraldas colombianas.

La joven mujer es el motor de esta narración que a veces patina y tras ella se van desenmarañando las historias de ese siglo lejano y aunque termina siendo una especie de espejismo, los hombres de la novela giran en torno suyo como marionetas, prototipos, caricaturas. Pérez Reverte dosifica datos históricos, diálogos y fragmentos de sorberbia prosa marina. Y además nos lleva de paseo por Barcelona, Madrid, Cádiz, Gibraltar y Cartagena y nos da deseos de vivir en el Mediterráneo.   
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* Publicado el domingo 29 de agosto de 2021 en La Patria. Manizales. Colombia. 
--- La carta esférica. Alfaguara. Madrid. 2000. 590 páginas. Llevada al cine, bajo la dirección de Imanol Uribe en 2007.