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sábado, 1 de febrero de 2025

DISCURSO HISTÓRICO DEL PRESIDENTE PETRO


Por Eduardo García Aguilar

Escuché con atención el histórico discurso del presidente de Colombia Gustavo Petro en la posesión de la nueva canciller Laura Sarabia, pronunciado en una coyuntura muy especial, agitada, peligrosa, en medio de terribles agresiones mediáticas y políticas en contra de su persona y por lo cual tiene aun más importancia.

La prensa mundial, encabezada por diarios franceses, alemanes, nórdicos, hispanos, asiáticos, africanos, y mediorientales, televisiones, redes y radios, destacaron en primera plana el valiente gesto del presidente colombiano, el primero en el mundo en alertar sobre los graves acontecimientos que suceden en Estados Unidos, antes faro y símbolo de futuro con la Estatua de Libertad, país que recibía en Manhatan a milllones y millones de inmigrantes en los pasados siglos, provenientes de una Europa pobre y víctima de sucesivas guerras, entre ellos el bisabuelo del actual presidente Donald Trump o su esposa misma Melania, recién inmigrada desde el este de Europa. Esa era la gran América cantada por Walt Whitman en Hojas de Hierba.

A horas de la madrugada Gustavo Petro tuvo el valor de devolver vuelos militares donde venían encadenados como esclavos colombianos y colombianas de bien ante la mirada aterrada de sus hijos menores y después aviones colombianos recuperaron con dignidad a sus ciudadanos, algo celebrado por la prensa mundial en el Primer y Tercer Mundo.

El mundo saluda el gesto de ese presidente mestizo colombiano que se atrevía a convertirse en un David contra un arrogante Goliat blanco, supremacista, racista, vulgar, condenado por la justicia de su país, quien fue aupado a la presidencia por su virtual vicepresidente, el hombre más rico del mundo, Elon Musk, nutrido en los idearios del Apartheid de su natal Sudáfrica y las ideas nazis de Adolfo Hitler que defiende ahora en Alemania.

En un discurso brillante, que fue también una cátedra de geopolítica, el presidente Petro ha mostrado con claridad los riesgos de que la famosa nube, cloud en inglés, que contiene todos los saberes e informaciones del mundo quede privatizada por una oligarquía cerrada que impone los más nefastos planes totalitarios nunca imaginados ni por los más pesismistas futuristas del siglo XX como Aldous Huxley y George Orwell, enre otros muchos.

Petro recordó en ese brillante discurso lo sucedido en Alemania, cuando accedió al poder por votación el austriaco Adolfo Hitler, autor de Mi Lucha, libro del que todos hablan y pocos han leído, donde se desplegaban sus ideas y odios racistas y eugenistas y se auguraba con toda claridad la expulsión y la persecución de  judíos, extranjeros; gitanos, comunistas y socialistas de todos los colores.

Lo que ocurre en Estados Unidos con los colombianos, latinoamericanos y ciudadanos de todo el mundo que son perseguidos en redadas en todas las ciudades y luego  enviados encadenados y humillados como esclavos, es algo que puede parangonarse con aquella nefasta época que condujo  a la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler y sus aliados y cómplices en Europa embarcaban en trenes desde todos los países a ciudadanos que eran luego exterminados en los campos de concentración, uno de los cuales, Auschwitz, fue conmemorado esta semana por una blanda burocracia europea pusilánime en el 80 aniversario de la liberación.

Petro, que es un lector infatigable y un intelectual de alto nivel, aunque Felipe López Caballero, exdirector de Semana, lo califique de "seudointelectual", explicó en ese discurso la coyuntura que significa el poder desatado de esta nueva oligarquía mundial que controla en la red los conocimientos de la humanidad, dispuesta a aplicar con violencia las ideas supremacistas que dominaron en la primera mitad del siglo pasado.

Hay que remontarse a más de un siglo atrás para encontrar a un presidente colombiano capaz de entender las coyunturas cruciales del momento, como fue el caso de Rafael Núñez, gran articulista y ensayista que vivió en Inglaterra en el siglo XIX y desde ahí supo de los retos y problemas que los cambios de entonces planteaban para la humanidad y que fueron base de sus controvertidos programas de modernización del país. Y por supuesto remontarse al gran escritor y pensador que fue el Libertador, cuya obra completa es una delicia de leer desde La Carta de Jamaica hasta Delirio del Chimborazo, pasando por sus cartas.

Petro ha sido citado por la prensa mundial en otros continentes que se enfrentan al mismo reto que Colombia y el mundo en la era de Trump y Musk. Pues la amenaza no solo concierne a América Latina sino a Europa, Africa, Asia y la humanidad entera. Petro, como David contra Goliat, ha marcado la pauta para la lucha que la humanidad debe afrontar ante el tenebroso peligro del gobierno de Donald Trump. El discurso de Petro en la posesión de la joven canciller Sarabia debe ser escuchado con atención por quienes deseen entender los retos geopolíticos del momento en el mundo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 2 de febrero de 2024.



 

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domingo, 29 de diciembre de 2024

LOS SIETE PILARES DE LA SABIDURÍA

 Por Eduardo García Aguilar

Termina un 2024 muy agitado, caracterizado por guerras terribles en Ucrania y Oriente Medio y el triunfo en los Estados Unidos de un personaje que se daba por muerto hace unos meses y ahora retorna al poder exonerado y cubierto por el aura de la victoria total, y que amenaza ya a México, China, Groenlandia, el Canal de Panamá y otros espacios.

Al llegar a 2025 se cierra el primer cuarto del siglo XXI y al ver los acontecimientos bélicos en Oriente Medio recordamos sin estupor que hace un siglo el asunto era similar, como lo cuenta el gran Lawrence de Arabia en su notable obra Los siete pilares de la sabiduría.

Todos aquellos territorios que antes fueron dominados por el imperio otomano y Turquía estaban entonces bajo dominio creciente de las potencias occidentales, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, que poco a poco volvían a configurar los mapas y crear nuevas naciones, impulsadas por sus intereses, codicias y caprichos.

Lawrence de Arabia, un joven militar del Reino Unido, estaba encargado de dirigir en parte a los ejércitos rebeldes contra el poderoso imperio otomano declinante de entonces y en su libro relata las batallas vividas, similares a las actuales en Siria, Irak, Israel  y Líbano. Ahora ya no sería posible ese paternalismo occidental de Lawrence de Arabia y los nuevos héroes son personas surgidas de la miríada de grupos antes yihadistas, que ahora pretenden gobernar con apoyo de las potencias después de ser adiestrados por los servicios secretos occidentales, como en su tiempo hicieron con Saddam Husseim y Osama bin Laden.

En el nuevo reparto mundial que organizan las  potencias occidentales, ahora junto a China y Rusia, veremos qué nos deparan en 2025 en estos territorios las guerras que siguen en busca del control de las riquezas milenarias y las rutas de esa antigua Babilonia del mito y el Oriente, descritos en el medioevo por el gran viajero Marco Polo.

En las primeras décadas del siglo XX millones de migrantes de aquellas regiones huyeron de las guerras y se instalaron en otros continentes,  especialmente en los Estados Unidos y América Latina, donde todas aquellas familias notables rehicieron sus vidas, crearon riqueza y aportaron dinamismo a las naciones que los acogieron.

Los sirio-libaneses, cristianos y palestinos que llegaron a recrear su vidas en ultramar eran llamados “turcos”, porque mostraban ese pasaporte, aunque eran originarios maravillosos pueblos milenarios que como los Fenicios o los habitantes de Mesopotamia plantaron su vida de nuevo en otros lares, creando riqueza y novedades, como lo hicieron en los tiempos de Ulises. Desde entonces los pueblos de América están enlazados de manera estrecha con esos migrantes sirio-libaneses.

Ahora de nuevo estamos como hace un siglo en la incertidumbre, esperando las nuevas fronteras  y los mapas del Oriente Medio, pero también de los arreglos ineluctables que las potencias occidentales acordarán después del conflicto en Ucrania, que es el de la OTAN y el viejo imperio de los zares y los bolcheviques que ahora se reencarna bajo el mando de un nuevo zar, como en los tiempos de la Guerra y la Paz de León  Tolstoi.

Toda la literatura milenaria desde la Biblia,  Homero, Virgilio y Las mil y una noches nos ilustra sobre esos conflictos que de nuevo en el siglo XXI nos muestran que nada es nuevo bajo sol y que sobre las cenizas de las viejas guerras milenarias renace siempre el peligro de otras nuevas confrontaciones aun más sangrientas y  peligrosas.

----Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 29 de dieciembre de 2024.

Toto de T. E Lawrencw.

sábado, 8 de abril de 2023

EL DESTINO IMAGINARIO DE GAITÁN

Por Eduardo García Aguilar

Han pasado 75 años desde el asesinato el 9 de abril de 1948 en Bogotá del carismático líder liberal Jorge Eliécer Gaitán y el país sigue patinando como siempre en los caminos empantanados del sectarismo, el fanatismo, la intolerancia y la violencia latente, lo que le impide seguir adelante y avanzar a través del respeto y el diálogo civilizado entre adversarios.

Aunque muchos otros países en el mundo siguen marcados por las tragedias de su pasado antiguo o reciente, inclusive las grandes potencias de hoy y las naciones europeas más antiguas, pocos países como Colombia se han destacado por vivir siempre inmersos entre el lodo de su pasado, como si una maldición, un maleficio, se empeñara en mantenerla en esa situación que es una reversa permanente entre charcos de sangre e insultos, chismes, algarabía, mentiras, vulgaridad e imprecaciones repetidos.

Ya en los tiempos de la llamada Patria Boba y en todo el siglo XIX, Colombia se especializaba en caminar como los cangrejos hacia atrás, deshaciendo en súbitos momentos de guerra y violencia inenarrables el camino que con dificultad había recorrido para tratar de salir poco a poco de la barbarie.

Mil y una guerras han ensangrentado el país y sus regiones, empeñadas ya hace siglos en combatirse unas con otras, caucanos, antioqueños, santandereanos, costeños, tolimenses, cundinamarqueses, pastusos, vallunos, llaneros, azuzados siempre por caciques, mafiosos, caudillos y líderes, causando el éxodo permanente de la población a nombre de ideas conservadoras o liberales, realistas o independentistas, centralistas o federalistas, socialistas o de ultraderecha.

Tras esas banderas esgrimidas por el pueblo o eso que algunos denominan la infame turba se ha escondido siempre la codicia de quienes pescan en río revuelto y después de las deflagraciones y las masacres terminan por acumular, confiscar y apropiarse de las mejores tierras, riquezas y viviendas abandonadas por las viudas y los huérfanos amenazados.

Todos en este país tenemos nuestra propia historia familiar de éxodo transmitida de generación en generación como en las sagas bíblicas, indias, nórdicas, africanas, rusas, americanas o asiáticas, versiones todas ellas que hacen parte de la historia básica de la humanidad, que en esencia es la sucesión de invasiones, despojos, robos, violaciones y huida de todas las poblaciones que han habitado esta maldita tierra. O sea que la historia de Colombia no es nada original y es solo una réplica de las vicisitudes vividas por todas las naciones del mundo con sus héroes y mitos asesinados.

El historial de invasión y éxodo en estos territorios de América es igual desde antes de que llegaran los conquistadores anglosajones o españoles, pues poderosos pueblos prehispánicos como mayas, incas o  aztecas y sus múltiples ancestros milenarios subyugaban y esclavizaban a otros pueblos ejerciendo la más atroz violencia, exhibiendo las cabezas cortadas, jibarizadas o las calaveras que restaban de los sangrientos sacrificios piramidales. La historia de Estados Unidos se reduce a la invasión impacable y el exterminio de las poblaciones originales de las que hoy solo queda la sombra y algunos tótems o ídolos míticos que resistieron como el apache Gerónimo.

Jorge Eliécer Gaitán quedó en el mito como todos los mártires de la política o las revoluciones, pues fue asesinado antes de llegar al poder. Por su talento, capacidades intelectuales y oratorias conquistadas a pulso de estudio e inteligencia desde su origen popular, es un mártir especial donde se concretan todas las frustraciones y ambiciones de una parte de la población colombiana.

Pero no sabremos nunca que hubiera sucedido si Gaitán hubiese llegado a la presidencia, pues la experiencia nos indica que quienes llegan al poder prometiendo utopías o sueños casi nunca pueden cumplir ni sus programas ni sus idearios y ya sentados en el solio de Bolívar deben ceder ante la terca realidad intransformable. Lo hubieran saboteado liberales y conservadores, traicionado los amigos, sus reformas serían frustradas o deformadas en el Congreso. Para terminar el periodo habría tenido que ceder, ofrecer puestos y embajadas.

Tal vez hubiera seguido el destino de otros notables líderes liberales o conservadores colombianos que tarde o temprano perdieron el apoyo popular, enfrentaron protestas, rebeliones y catástrofes y al final, vencidos, se aburguesaron o en el caso de los más sabios, guardaron silencio en la venerable ancianidad, como Lleras Camargo o Belisario. Pero como todo expresidente, Gaitán hubiera encanecido, convertido en un mueble viejo mandado a recoger.

Me imagino a un ex presidente Gaitán anciano de 90 años, sabio y retirado en alguna finca de la sabana o en algún balneario de tierra caliente, o en Roma o París, asombrado por el destino delirante del país en tiempos de guerrillas, narcos o paramilitares.

Hubiera sido criticado como todos los presidentes que gobernaron este país algún día, unos más idiotas que otros por supuesto, otros más elegantes y sabios, pero juntos todos en la desgracia de no haber podido hacer nada por mejorar una patria enferma e ingobernable. No sería el mito que es hoy a causa de su sorprendente y cinematográfico martirio, sino otro expresidente más de la extensa lista de frustrados mandatarios colombianos.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de abril de 2023.




viernes, 24 de febrero de 2023

PUTIN, BIDEN Y EL FLAUTISTA DE HAMELIN

Por Eduardo García Aguilar

Todo parecía perfectamente coordinado entre las dos potencias mundiales, como si hubieran preparado juntos el guión televisivo. Primero el presidente estadounidense Joe Biden llegaba por sorpresa a Kiev, donde fue recibido por el presidente Volodimir Zelenski y se le vio caminar junto a un bello templo ortodoxo de cúpulas aúreas de bulbo y por los espacios administrativos en un feliz día soleado.

El joven Zelenski, bajo de estatura, saluda encantado al gran patriarca presidente de Estados Unidos, un astuto político con una impresionante trayectoria desde la juventud como parlamentario, luego vicepresidente con Barak Obama y presidente cuando ya parecía que su oportunidad había pasado para siempre.

Ya octogenario, Biden parece estar dispuesto a presentarse de nuevo para convertirse en uno de los políticos más longevos en actividad y el presidente más viejo del imperio. Al caminar por las calles de Kiev al mandatario se le veía sereno, risueño, relajado, algo tieso, pero en forma, como si no hubiera peligro alguno de guerra mundial.

Por su lado, el cómico Volodimir Zelenski, que hizo toda su carrera actoral y televisiva en ruso y en la esfera mediática de ese otro imperio entroncado con la historia de los zares en el que nació, y quien inclusive actuó alguna vez en el papel de un mandatario, representa ahora a un personaje chaplinesco de corte militar, trajeado con una curiosa camiseta verde y luce una barbilla cerrada de lampiño que le ayuda en la expresión de un rictus severo, donde no cabe una risa.

Zelenski recorre todas las capitales europeas y es recibido con honores en las instituciones ejecutivas y legislativas donde siempre exige dinero, tanques, misiles, aviones, municiones, pertrechos. Se considera el salvador de Europa y regaña a los mandatarios moderados o indecisos que no quieren propiciar la escalada, como Macron o Sholtz, y otorga puntos y elogios y a los más radicales, como Polonia, punta de lanza ultracoservadora de Estados Unidos en el continente, y a cuya capital Biden viajará el día siguiente para seguir su triunfal periplo, como en los buenos tiempos de Kennedy, Nixon, Reagan, Bush y Obama.

No contento con sentirse el salvador del mundo ante el temible y cruel Oso ruso, Zelenski dice ahora que quiere acercarse a América Latina y África y buscará que esos países le manden dinero, armas y pertrechos para continuar su feliz guerra, la misma que llevó a 9 millones de sus compatriotas a huir del país y a los otros a morir o vivir vivir bajo el miedo en campos y ciudades. 

Una analista europea perteneciente al alto empresariado y voz de las élites francesas se mostraba sorprendida en un debate televisivo en Francia de ver como un propagandista primíparo de la guerra que desea llevarla hasta los máximos extremos, podía recorrer las capitales europeas ante aplausos de pequeños líderes como si se tratara de un vendedor ambulante de apocalispsis, cuando lo que urge es giras de altos diplomáticos y responables que pidan rápidas negociaciones para prevenir antes de que sea tarde una mayor conflagración. El pequeño Zelenski parece hoy la versión moderna del Flautista de Hamelin, el saltimbanqui que los lleva a todos al abismo fascinados con su instrumento mágico.

Biden aclaró que ha avisado con antelación a Putin de su visita a Kiev y el nuevo zar de Rusia se ha portado bien al no lanzar misiles o evitar asustar a su comitiva con amenzas. Todo parece un guión bien controlado, pues a diferencia de otros dirigentes europeos que tuvieron que correr a refugiarse mientras sonaban las alarmas durante sus osadas visitas, Biden esta vez pasó por Kiev como si estuviera en Dinseylandia.

Al día siguiente de la visita de Biden, viene el otro episodio de la telenovela. Ante las autoridades e instituciones de la nación rusa, en un gran salón cerca del Kremlin, Putin pronuncia un discurso histórico donde explica sus razones de la guerra, ancladas en los incumplimientos y las tergiversaciones occcidentales de los Acuerdos de Minsk.

También acusa a Estados Unidos, a los líderes europeos y a su brazo armado la OTAN de odiar a la Gran Rusia y querer aplastarla, lo que según él jamás ocurrirá, pues en ese intento los historiadores saben muy bien que fracasaron los reyes europeos del Antiguo Régimen, Napoleón Bonaparte y Hitler, entre otros. Como en los viejos tiempos de la Unión Soviética, lo escuchaban atentos todos los jerarcas de los diversos estamentos, entre ellos el ex presidente Dimitri Medvedev, paisano, brazo derecho y amigo del Zar Putin. 

En respuesta, al otro día Biden pronunció en Varsovia un discurso en medio de un superespectáculo hollywoodense con haces luminosos, música e himnos militares, como en los escenarios electorales norteamericanos llenos de banderines, guirnaldas y disfraces. Se le ve decidido, risueño, dispuesto, convencido como lo son los buenos políticos. Queda así claro que Europa es el otro patio trasero de Estados Unidos.

Pero detrás de todo ese espectáculo parece esconderse ya el fin de este vaudeville que cumplió ya un año el 24 de febrero. Queda así claro que Europa es el otro patio trasero de Estados Unidos. ¿No será que ya Biden y Putin y sus diplomáticos se han puesto de acuerdo bajo mesa tocándose las piernas y que ya pronto acordarán entre ellos el fin de la guerra por encima de los pusilánimes líderes europeos de hoy y el pequeño Flautista de Hamelin, ese cómico ucraniano convertido por la propaganda occidental en líder mundial de opereta?
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 26 de febrero de 2023.

 


miércoles, 10 de agosto de 2022

LEYENDAS Y SÍMBOLOS DEL 7 DE AGOSTO

Por Eduardo García Aguilar

La espada de Bolívar fue de nuevo protagonista durante la posesión del presidente Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez este 7 de agosto, cuando se celebra la victoria de las tropas comandadas por el Libertador en la Batalla de Boyacá en 1819, tras una campaña de varios meses iniciada desde Angostura, hoy Ciudad Bolívar, en Venezuela, situada a orillas del Orinoco y sede entonces del poder provisional de los rebeldes independentistas.
Luego de esa victoria, el Virrey Sámano y funcionarios realistas huyeron despavoridos de Bogotá como cuenta la leyenda aprendida por todos los muchachos en la escuela primaria. Supimos que la soldadesca libertadora estaba en su mayoría compuesta por mestizos, zambos, indígenas, negros, o sea Los Nadies de hoy, y que el malvado Sámano, al conocer la noticia de la derrota, huyó por el río Magdalena con una bolsa llena de monedas rumbo a Cartagena.
En documentos descubiertos en archivos estadounidenses por el gran historiador Juan Friede, viajamos a través de la letra hacia Angostura, donde el vicepresidente Francisco Antonia Zea ejercía el mando mientras Bolívar se aplicaba en la campaña que incluyó el difícil pasó del páramo de Pisba. Se trata del Diario de viaje por el Orinoco hacia Angostura (julio 11-agosto 24 de 1819), publicado por El Banco de la República en 1969.
El capitán Oliver Hazard Perry había sido enviado hacia Angostura por el Secretario de Estado estadounidense John Quincy Adams para explicarle a Bolívar la posición neutral mantenida por su país en la guerra con la corona española, lo que no significaba de manera confidencial que las simpatías de la nueva nación norteamericana independizada décadas antes estuvieran del lado de los rebeldes.
Perry llega con su séquito a la isla Margarita, recorre el Orinoco y atraca en Angostura, donde se encuentran reunidos los constituyentes rebeldes en ese bello sitio tropical donde la misión extranjera permanecería un tiempo. Entre los documentos encontrados por Friede figura la carta original de Quincy Adams con instrucciones a Perry y el diario del capellán del barco John H. Hambleton, quien relata día a día el viaje y describe con lujo de detalles a Zea, hombre ya mayor y muy encorvado que había vivido dos décadas en París y era una figura inteligente, escéptica y cortés.
Los enviados se enteran de que Bolívar está ausente pues se ha ido a comandar la campaña libertadora que poco después triunfaría en la Batalla de Boyacá. En ese tiempo detenido y fugaz descubrimos a muchos de los colaboradores de Bolívar, ingleses y franceses que conviven allí con los principales militares criollos que después se convertirían en héroes de la independencia y cuyas estatuas adornan plazas y colegios. El capellán describe las comidas, bebidas y licores con los que son atendidos y los rostros de todas aquellas figuras militares, legislativas y diplomáticas que luego pasarían a la historia y a la leyenda.
Cumplida la misión se retiran rumbo a la Isla Margarita, desde donde Perry debía viajar al río de La Plata para encontrarse con el general San Martín, pero la fiebre amarilla y el paludismo se le atraviesan, y entre los escalofríos atroces el marino es desahuciado y con resignación acepta su destino. Se le hace un sepelio con todos los honores que conmueve al diarista. Todo esto ocurre mientras al otro lado se consolida la victoria.
Es de suponer que en las diversas batallas de la Campaña libertadora de la Nueva Granada, una de las espadas esgrimidas por Bolívar es la que el M 19 tuvo en su poder tras sustraerla de la Quinta de Bolívar en 1974. Más tarde ese grupo firmaría la paz con el gobierno y sería una de las fuerzas protagonistas de la Asamblea Nacional Constituyente de donde surgió la vigente Constitución de 1991.
Petro volvió protagonista a la espada de Bolívar durante su posesión al ordenar a la Casa Militar traerla de Palacio de Nariño luego de que su antecesor se negara a autorizar su traslado para la ceremonia. Dos siglos no es nada en historia y estos rituales, leyendas y símbolos que nos recuerdan la Independencia nos muestran lo cerca que estamos de aquellas gestas patrias que parecen ahora tan lejanas. Tal vez en otros dos siglos un historiador como Juan Friede recordará la jornada de hoy.
Aquella independencia significó solo el cambio de poder de manos de los españoles a los criollos locales que gobernarían después sin ceder el poder a los marginales inmolados en esa causa durante la Campaña libertadora. Ahora tal vez esos marginales de siempre lograrán un poquito más de merecida representatividad en esta nueva era que se inicia y sin duda estará llena de sorpresas, ritos, leyendas, símbolos, felices logros y tristes e inevitables decepciones.

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Versión actualizada en penúltimo párrafo del artículo publicado el domingo 7 de agosto de 2022, en La Patria. Manizales. Colombia. 

sábado, 30 de julio de 2022

VENEZUELA Y COLOMBIA CON AMOR

Por Eduardo García Aguilar
 
Con la histórica reunión de los cancilleres de Colombia y Venezuela en Táchira el jueves y la lectura del comunicado común que firmaron, se acelera la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países, pedida a gritos por millones de colombianos y venezolanos. A partir del 7 de agosto de 2022 los gobiernos nombrarán embajadores y cónsules para la atención de la población y de nuevo volverán a registrarse los intensos intercambios culturales y comerciales que han enriquecido desde hace siglos a este maravilloso espacio común del continente americano.

Bajo el liderazgo ágil del nuevo canciller colombiano Alvaro Leyva Durán, estadista de primer nivel que siempre ha tenido una visión estratégica por encima de las diferencias ideológicas, se sembraron así los nuevos pilares de una relación que sin duda nunca volverá a ser interrumpida. Desde hace milenios la diplomacia se ha ejercido para establecer puentes entre naciones afines o diferentes.

Basta leer sobre las viejas tabletas mesopotámicas o los códigos de la antigua Babilonia, acercarse a documentos milenarios chinos, indios, egipcios, japoneses, rusos, europeos, a los clásicos griegos y latinos, o volver a Los viajes de Marco Polo, para conocer de primera mano los benéficos oficios de la diplomacia en lejanos tiempos, ejercidos inclusive por personajes tan controvertidos como el mismísimo Atila.

En textos bíblicos, sagas milenarias, libros de caballería escritos durante Las Cruzadas o en el relato de la vida o los escritos de grandes diplomáticos como Maquiavelo, Mazarino, Richelieu, Chateaubriand, Metternich, Wiston Churchill, Henry Kissinger o Madeleine Albraight, entre otros muchos, podemos ver en acción los contactos entre representantes de países que se encuentran aliados o en conflicto, en guerras o en tiempos de paz.

Basados en ese milenario registro de la diplomacia, no había ninguna razón para que dos países con una frontera de más de 2.000 kilómetros estuvieran separados por una absurda cortina de silencio. El gran Henry Kissinger en su momento propició el histórico encuentro entre dos encarnizados enemigos: el presidente chino Mao Tse Tung y el estadounidense Richard Nixon. Y las fotos de ese encuentro aun sugieren muchas ideas a los estudiosos de la ciencia política. Así como las imágenes inolvidables de Churchill, Roosvelt y Stalin juntos en la Conferencia de Yalta, en Crimea.

Durante décadas millones de colombianos emigraron a Venezuela, que en los años 60 y 70, gracias al auge petrolero, era considerada una potencia regional y se apodada la Venezuela Saudita. Irse a Venezuela en busca de oportunidades era la solución para las familias colombianas que no encontraban en su país condiciones dignas para vivir, trabajar y educarse. Desde Venezuela, donde se otorgaba cada cinco años el Premio Rómulo Gallegos, que en esas décadas ganaron el peruano Mario Vargas Llosa y el colombiano Gabriel García Márquez, llegaban aires de modernidad a través de diarios y revistas o editoriales como Monte Avila o la Biblioteca Ayacucho.

Venezuela y Colombia son más que países hermanos, pues con Ecuador y Panamá conformaron en su tiempo la Gran Colombia, creada por el Congreso de Angostura en 1819 y que duró una década hasta su desmembramiento a manos de los caudillos locales. Grandes figuras como el precursor de la Independencia Francisco Miranda, el gramático y humanista Andrés Bello y El Libertador Simón Bolívar hacen parte del acervo común, como lo muestra el hecho de que en todas las plazas colombianas esté presente la estatua del mítico caraqueño.

Figuras como Teresa de la Parra, Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Vicente Gervasi, entre otros muchos autores, han nutrido desde siempre el imaginario colombiano. Y Venezuela acogió en sus mejores momentos a muchos artistas y escritores colombianos, entre ellos el Premio Nobel Gabriel García Márquez, quien trabajó allí en la prensa tras su regreso de Europa. También allí hizo su vida la filósofa y escritora manizaleña Valentina Marulanda (1950-2012), autora de La razón melódica, quien vivió allí tres décadas y falleció en esa tierra escogida a donde ella decía que llegó por amor.

Valentina Marulanda es pues un emblema y un ejemplo de esa más que hermandad colombo-venzolana. En varias ocasiones dijo que le gustaba Caracas porque siendo una urbe de rica actividad cultural, tiene además el atractivo de estar cerca del mar Caribe, cuyos efluvios se sienten ya en el aeropuerto de Maiquetía. Sin duda ella estaría hoy feliz por el restablecimiento de las relaciones diplomáticas.

Se inicia pues una nueva era en la historia de estos dos países gemelos y todos los venezolanos que aman a Colombia y los colombianos que amamos a Venezuela debemos hacer esfuerzos para que al reabrirse las fronteras vuelva a florecer esa riqueza cálida que se hunde en los tiempos prehipánicos, cuando por montañas, ríos, valles y extensos llanos descritos por Humboldt transcurría la vida de los pueblos ancestrales entre la naturaleza, que es su bien más preciado.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 31 de julio de 2022.

   



sábado, 23 de julio de 2022

UN GABINETE DE LUJO


Por Eduardo García Aguilar

Gota a gota van cayendo los nombramientos de ministros, altos funcionarios y diplomáticos del nuevo gobierno y asombran la inteligencia y el tino mostrados por Gustavo Petro para formarlo con las personas más calificadas y de larga trayectoria para asumirlos. Se reconoce en ellos el mérito, la honradez y la experiencia. Lejos de atricherarse en su campo político de origen, el nuevo mandatario se abre a otras sensibilidades, pero en el marco de la lealtad con la paz y la lucha contra la corrupción y la desigualdad.

El anuncio de que el  nuevo ministro de Defensa será Iván Velázquez es una de las noticias más alentadoras para el país, pues se trata de un jurista de larga trayectoria que ha enfrentado hostigamientos múltiples por su compromiso en la lucha contra el paramilitarismo y la corrupción en importantes cargos y responsabilidades en Colombia y en Naciones Unidas.

Algo notable es que el nuevo mandatario ha designado a varios sexagenarios y septuagenarios de larga experiencia técnica y política, reconociendo así en ellos los talentos de los sabios de la tribu, tan necesarios en un mundo donde reinan la inexperiencia, la ignorancia, la codicia y el arribismo. 

Tal es el caso del nuevo canciller Álvaro Leyva, la ministra de Cultura Patricia Ariza, la de Agricultura Cecilia López, el de Hacienda José Antonio Ocampo, así como los representantes de Colombia ante Naciones Unidas, la indígena y luchadora social arhuaca Leonor Zalabata, y el representante ante la OEA, el magistrado Luis Ernesto Vargas.

Otras figuras destacadas que trabajarán por un mejor país son el embajador en Washington, Luis Gilberto Murillo, primer afrodescendiente en ocupar una embajada que era hasta ahora coto vedado de la élite bogotana, el ministro de Educación Alejandro Gaviria, la ministra de Medio Ambiente Susana Muhamad, la de Salud Carolina Corcho y la vicepresidenta Francia Márquez, quien se encargará de luchar contra la desigualdad ancestral de Colombia.

Se perfila de esta forma un gabiente de lujo que tiene como tarea iniciar un cambio que por supuesto tendrá múltiples obstáculos y momentos difíciles para su implementación paulatina. Pero en el movimiento estratégico de sus alfiles se ve la mano de un presidente de verdad, formado, con experiencia y con una biografía larga de luchas por objetivos que en nuestro país parecían utópicos.        

Casi todos los gobernantes recientes de este país siempre optaron por rodearse de amigos del club, compañeros de colegio o universidad, parientes de la élite oligárquica, políticos corruptos, gamonales regionales o financiadores de sus campañas, sin pensar nunca en el bien de las mayorías sino en pagar favores y planear el saqueo. Era un Antiguo Régimen de hidalgos crueles y autistas.

Esa ha sido la tónica en la historia del país y hasta hace poco nadie pensaba que eso pudiera cambiar algún día, o que surgiera por fin en Colombia un estadista que pensara en grande para marcar las pautas de un nuevo destino necesario. Un  dirigente capaz de hacer historia y mostrar que es posible tener grandes miras para sacar a esta nación del pantano donde lo ha sumido una casta egoísta.

No es extraño que Petro hubiese escogido para descansar antes de tomar posesión de la presidencia una ciudad como Florencia, en Italia, la capital renacentista dominada por siglos por la familia Médicis, donde se dieron las más impresionantes revoluciones cientificas y artísticas del Renacimiento y también las más emblemáticas intrigas del poder y la confluencia tenebrosa de poder financiero y política.

En Florencia la pelea por el poder se dirimía con sangre, ejecuciones, exterminio de opositores, ostracismos y la ambición de la casta dominante era tal que lograron inclusive llevar a dos de los suyos al trono San Pedro, los papas León X y Clemente VII.  Allí trabajaron bajo la protección del poder los artistas Boticcelli, Verrochio, Miguel Angel y Leonardo da Vinci, los pensadores Marsilio Ficcino y Pico de la Mirándola o cientificos como Galileo Galilei. Ahí habló desde los púlpitos el predicador Savonarola, ahorcado y quemado en su ciudad natal en 1498. Y por supuesto de ahí es el gran Nicolás Maquiavelo, autor de El Príncipe y Discurso sobre el arte de la guerra, entre otros cásicos.

En ese ámbito renacentista que suele frecuentar el nuevo mandatario y en un país donde en plena pandemia tuvo que enfrentar las incertidumbres de la enfermedad y la hospitalización solitaria lejos de su tierra, como describe en una excelente crónica humana que escribió en su momento, Gustavo Petro sin duda tomó un respiro antes de enfrentar con serenidad los terribles retos y acechanzas que le esperan. Y probablemente en su mesa de noche estaba presente el libro con las recomendaciones que Nicolás Maquiavelo hacía hace medio milenio a un príncipe Médicis. Sin duda lo necesitará en estos tiempos históricos.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de julio de 2022
* En la Foto Gustavo Petro y el nuevo ministro de Defensa, el magistrado Iván Velásquez.






domingo, 15 de mayo de 2022

LA MUERTE DEL PADRE CAMILO TORRES

Por Eduardo García Aguilar

Durante todos esos años los diarios dominicales fueron ventanas al mundo. Los voceadores pasaban temprano por la calle y anunciaban las ediciones llenas de imágenes, fotos, propaganda y el infaltable y esperado suplemento de dibujos animados que traía las historietas de Tarzán, Mandrake el Mago, Supermán, Benitín y Eneas, Pancho y Ramona, Snoopy, y por supuesto mi querido Dick Tracy, detective de sombrero y reloj de pantalla por donde se comunicaba en directo y al instante a todas partes y podía ver las imágenes de los interlocutores. Yo quería tener un reloj así y saber todo, comunicarme con otras ciudades, países, capitales, planetas, poder estar en contacto con astronautas o extraterrestres. Por eso los amigos me apodaban Dick Tracy. 

Iba directo a los dibujos animados, Tarzán, Pedro Picapiedra, pero en especial a Dick Tracy, a quien deseaba imitar. Envuelto en el olor fresco de la tinta impregnada en el papel periódico, con las manos manchadas, recorría las historias y así pasaron semanas, meses y años de infancia hasta que aparecieron las noticias duras de muertes y guerra, reales, concretas, emanaciones de viejas conflagraciones recurrentes, cuyas heridas seguían vivas en forajidos y guerrilleros que desde niños sólo vieron descuartizamientos, lágrimas, bombardeos, incursiones del ejército, desplazamientos, éxodos, pobreza, miseria, maltrato, exclusión y el sonido permanente de las armas. 


A un lado estaban los dibujos animados y al otro las hienas sangrientas de la política, asesinos, matones del ejército y la policía, bandoleros, guerrilleros y forajidos apodados Desquite, Sangrenegra, Veneno, Chispas, Venganza, verdaderas series animadas de carne y hueso, con malos muy malos e implacables perseguidores. Pero un día el mundo colorido infantil en que vivíamos sumidos cambió y en vez de la inocente diversión irrumpió la realidad, de frente, con su cara de muerte o al menos así lo tengo registrado en la memoria con el rostro de un mártir.


Años antes regresaba de ver otra vez el El ladrón de Bagdad en el Teatro Manizales, cuando vi que había más gente de lo acostumbrado en casa en torno a mi padre. Se pasaban unos a otros los diarios en
medio de una agitada conversación. 

La foto del padre Camilo Torres en la primera plana de los periódicos me impactó y me desvió de las aventuras cinematográficas y de las tiras cómicas ese lejano 18 febrero de 1966, cuando papá comentaba que lo habían matado a los 37 años de edad, tres días antes, en un combate en Patiocemento, en las montañas de San Vicente de Chucurí, al noreste del país. Esa fecha antidiluviana del siglo pasado marcó a varias generaciones y no sería yo la excepción.


Papá tenía los diarios abiertos en la sala y leía en silencio con los ojos rojos, como si fuera a llorar. El cura muerto tenía los ojos semiabiertos, opacos, de pez ido, ciego, hacia la nada, se veía la boca entrabierta, los dientes aparentes y el rostro inexpresivo en la paz de la inercia y el cabello ensortijado negro y la barba desordenada aferrándose a su cara de ángel caído, Lucifer defenestrado desde las alturas. Diablo. Ángel. Diablo. Ángel.


Otra foto de lado, con los brazos abiertos de crucificado, dejaba ver la sangre mezclada a su barba y cabello ensortijados y el perfil de un muchacho perdido, lejos de su mamá, sin el aura que le daba el traje clergyman o las poses oratorias de líder nacional.


Papá veía la foto en la sala sentado en el sofá más grande color naranja de nuevo diseño marca Muebles Metálicos de Palmira, esa mañana de febrero de 1966, mientras Diana, la perra collie, brincaba y ponía sus patas en sus piernas y ladraba corriendo como una loca por los corredores. 


Por Camilo el país se estremeció y por eso viví la efervescencia provocada por esa figura, la agitación de los mayores, los comentarios de los estudiantes de los cursos superiores al mío y así, de la mudez observatoria del niño la voz personal emergió en ese corto lapso de tiempo, cuando percibí de manera intuitiva las fuerzas tectónicas del cambio en ciernes que, como siempre ocurrió en Colombia, fueron aplastadas en sangre. El cambio es prohibido en Colombia.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de mayo de 2022.

domingo, 27 de febrero de 2022

ZOZOBRA EN EUROPA


Por Eduardo Garcia Aguilar

Muchas veces, cuando paseaba o me sentaba a descansar en bellos parques de la capital francesa como el Jardín de Luxemburgo o el Palacio Real, me dejaba arrullar por el sonido de las fuentes de agua o las cascadas y cerraba los ojos. Hacía lo mismo en otros parques más pequeños donde oía la algarabía provocada por los niños que mostraba el paso ineluctable de las generaciones humanas. Y percibía la alegría de los jóvenes felices que hacían pic nic y cantan cada año para recibir el verano, lejos de las penas vividas por sus abuelos.
Pero muchas veces, y eso desde hace ya mucho tiempo, me invadía la idea de que toda esa tranquilidad y belleza en tiempos de paz era muy frágil, ya que Europa, como todo el mundo, siempre ha vivido enfrascada entre guerras. Pensaba que era una fortuna pertenecer a una generación que no experimentó una guerra mundial, pero de repente comprendía que a mediados del siglo pasado todo este continente estaba en medio de una terrible conflagración con saldo de millones de muertos y que millones de personas fueron desplazadas y quedaron impactadas para siempre.
Imaginaba de repente que todos esos magníficos edificios antiguos perfectamente conservados y restaurados, museos, avenidas, plazas turísticas, podían algun día en el futuro ser bombardeados por alguna nueva potencia. Por lo tanto pensaba que uno mismo podía verse obligado como tantos otros a salir corriendo de aquí con una maleta, buscando desesperadamente un boleto de tren o un puesto en un barco en algún puerto Mediterráneo. Así le ocurrió al tímido Walter Benjamin y a cientos de miles de personas que viajaban a Marsella o a Casablanca con la esperanza de huir. 
Porque la verdad es que por muchos avances que se hayan logrado en el mundo, en  medio del auge del pacifismo, la ciencia, la educación y la tolerancia democrática, tarde o temprano las rivalidades e intereses de las potencias conducían primero a angustiosas tensiones diplomáticas y después a conflagraciones inevitables para definir un nuevo orden mundial. Durante las últimas ocho décadas, salvo el caso de la guerra en la ex Yugoslavia, las potencias dirimían sus problemas en regiones lejanas donde sus fuerzas se enfrentaban encarnizadamente devastando países enteros.
Tal es el caso de Vietnam, Afganistán, Irak, Libia, Yemen y recientemente Siria, donde todos metieron la mano durante una década dejando centenares de miles de muertos y un país destruido. En Europa  durante estas ocho décadas de relativa paz la gente ha dormido tranquila, mientras lejos, en los países del llamado Tercer Mundo, Asia, Medio Oriente, Africa y América Latina la población ha vivido las más atroces experiencias.
Estados Unidos, Rusia y las potencias europeas han apoyado o propiciado dictaduras o invadido países de su esfera de influencia, e incluso se han aventurado a crear guerras a miles de kilómetros de sus capitales y hasta hace poco muchos creían que la Europa del siglo XXI estaba a salvo. Los occidentales han estado interviniendo con frecuencia desde hace décadas en las fronteras del imperio ruso, deseosos de ampliar hacia esos territorios su influencia política y militar. El problema viene agitándose desde hace tiempo, pero esta vez el nuevo Zar ruso ha decidido dar un paso escalofriante e imprevisible, pues imagina que los occidentales no responderán y lo dejarán actuar.
Lo cierto es que este tipo de situaciones son extremadamente peligrosas y de ellas han surgido las grandes guerras que muchos pensaban evitables y que los sorprendieron de un día para otro como lo cuentan las películas y las novelas o las exposiciones nostálgicas que muestran la vida cotidiana tranquila meses o días antes de la tragedia.    
Pensaba por ejemplo en la gran novela En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, que en su última parte relata la vida de los capitalinos cuando Alemania lanzaba bombas hacia París durante la Primera Guerra Mundial. Los personajes ricos y aristócratas que pueblan esa novela vivían en la zozobra de igual manera que los pobres de los suburbios.
Todas las novelas importantes del siglo XX escritas por Thomas Mann, Herman Broch, Robert Musil o Joseph Roth relatan las peripecias de las guerras que han desangrado sin cesar a su continente.
Y basta leer La Guerra y la paz de Leon Tolstoi o ver la destrucción en Irak, Chechenia, Afganistán, Libia, Armenia y Siria para comprender lo poco que ha cambiado el mundo. En los mismos lugares conflictivos vuelven a reaparecer una y otra vez las guerras milenios después como si nada hubiera pasado y la humanidad estuviera condenada a vivir a merced de Alejandro Magno, Atila, Gengis Khan, Napoleón, Hitler, entre otros.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 27 de febrero de 2022
* En la imagen Alejandro Magno.

sábado, 29 de agosto de 2020

LAS MIL BATALLAS DE ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL


Por Eduardo García Aguilar
 
 Siendo muy joven y rebelde, Gustavo Álvarez Gardeazábal (1945) publicó en el lapso de unos cuatro años años varias novelas que se convirteron en clásicos de la narrativa colombiana y latinoamericana como Cóndores no entierran todos los días, Dabeiba, La boba y el buda, El bazar de los idiotas, entre otras. Su irrupción en la literatura colombiana fue vertiginosa en los primeros años de la década del 70 del siglo pasado, que también vio emerger a otros autores de su generación como Oscar Collazos, Fernando Cruz Kronfly, Héctor Sánchez, Umberto Valverde, Fanny Buitrago, Alba Lucía Angel, Roberto Burgos y R.H. Moreno Durán, entre una veintena de autores magníficos que constituyen una poderosa generación que aun se debe estudiar y valorar.

Pero Gardeazábal surgió casi como una explosión volcánica contra viento y marea, dispuesto a contar con un lenguaje propio y local las historias ocurridas en su terruño, Tuluá, en tiempos de la horrorosa violencia entre liberales y conservadores en medio de la cual vio la luz del mundo hace 75 años. Su objetivo era hacer clásico e internacional el lenguaje de la chismografía de su pueblo natal Tuluá, pues considera que hay un rico y específico modo del castellano, que él denomina el "tulueño". Así como Proust tenía su jerga de frases interminables en un estilo exquisito donde sonaba el habla de los salones aristocráticos de París a fines de siglo XIX y comienzos del XX, Gardeazábal hilaba, tejía, serpenteaba, entrelazaba las historias a través de palabras que como pólvora se regaban y explotaban en todos los sentidos, en un endemoniado fuego prirotécnico, galáctico, generalizado y en espiral.

Cóndores no entierran todos los días se convirtió en el emblema de esa narrativa de la violencia a través de la historia de un temible pájaro contada desde todos los ángulos con su prosa musical, barroca y churrigueresca, poderosa y fértil enredadera florecida y venenosa que se reproducía a toda velocidad, impulsada por una savia devoradora sobre muros, techos, aceras, zaguanes, cementerios, patios e iglesias del pueblo natal. El gran Francisco Norden la llevaría después al cine, en la que tal vez sea la película colombiana más importante del siglo XX.  

Uno tras otro iban saliendo sus novelas y libros de cuentos que ganaron premios internacionales en España, se convirtieron en best sellers y fueron traducidos a varias lenguas, entre ellas el polaco, el inglés, el alemán, el italiano y el húngaro. Como siempre ambicionó a lo grande, se dio cuenta de que para figurar en Colombia tenía antes que publicar y sonar primero en el extranjero, pues la literatura colombiana de su tiempo, como la de hoy, siempre ha estado centralizada en la hegemonía bogotana que mira de reojo a las creaciones de autores nacidos o activos en otras regiones. El costeño Gabriel García Márquez lo había precedido en esa reivindicación de lo local, y como él, tuvo que publicar lejos de su patria para que lo tuvieran en cuenta los capataces literarios de la Atenas suramericana.    

Gardeazábal no se sentó en los laureles conquistados como un guerrero griego antes de cumplir los 30 años. Siempre ha sido un autor incómodo, polémico, odiado y admirado, ya que nunca ha tenido pelos en la lengua para expresar sus opiniones que desde el principio fueron contra todas las corrientes políticas y sexuales. Cuando la izquierda dogmática dominaba el pensamiento en las universidades, el era el único tribuno estudiantil opositor que enfrentaba a las divas revolucionarias, muchas de las cuales, comunistas, maoístas, guevaristas, camilistas, trotskistas, fueron exterminados o se apaciguaron después y entraron al redil.

Y fue un verdadero precursor, pues muchas décadas antes del auge del movimiento LGTB, él ya exponía al viento sin
complejos su homosexualidad con un orgullo en un país que es y ha sido fundamentalmente machista, camandulero y conservador.
Varios de sus libros tienen héroes homosexuales como El Divino y la Misa ha terminado y vestido él también como diva sesentayochera con pantalones de rayas blancas y rojas y camisas floreadas, expresaba su elocuencia desde todas las tribunas y púlpitos asustando monjas, horrorizando obispos, alcaldes, presidentes y desestabilizando a los pontífices con sus báculos de hoz y martillo. Tal vez, como destaca Isaías Peña Gutiérrez, esa hidra de varias cabezas, a la vez conservador y volteriano, convencional e irreverente, mojigato y lúbrico, se nutre del contradictorio imaginario familiar, pues su padre fue godo y su madre liberal. 

Esa inasibilidad permanente de Gardeazábal, la indómita fuerza para evitar ser etiquetado, el carácter impulsivo y quijotesco le han causado al autor tulueño múltiples problemas y también lo condujeron a vivir aventuras que lo convierten a su vez en personaje de novela. Con más de diez novelas publicadas y un reconocimiento literario sólido se aventuró como otros autores latinoamericanos en las aguas turbias de la política. En una carrera política veriginosa como su vida literaria, fue alcalde su pueblo y llegó a gobernador del Valle con una votación gigantesca que en algún momento lo hizo sonar como probable candidato a la presidencia, igual que su amigo Vargas Llosa en Perú, pero se le atravesaron las arañas de la intriga y terminó experimentando la cárcel, experiencia que ha enriquecido a grandes autores como Miguel de Cervantes Saavedra y Alvaro Mutis, entre otros.   

Ahora que ya es un sabio sereno que mira el paisaje planeando desde las altas cumbres como los cóndores de los Andes, más allá del bien y del mal, dotado de la poderosa inteligencia que siempre lo ha caracterizado, sus coterráneos le hacen un homenaje por su llegada a edad tan venerable. Convocados de manera virtual a causa de la pandemia de coronavirus por su amigo el poeta Omar Ortiz, muchos críticos y escritores fueron convocados para debatir esta semana de agosto, previa a su cumpleaños el 31 de agosto, en torno a su vida y obra.

Sentado en su estudio, ataviado con sus inconfundibles, amplias y elegantes camisas, con dicción pausada y mirada de águila, respondió a las preguntas de Isaías Peña Gutiérrez, quien lo conoce y lo ha seguido y estudiado desde el principio. Con Johnattan Tittler, que acaba de traducir al inglés después de arduo trabajo Cóndores no entierran todos los días, habló de las dificultades de trasladar el lenguaje suyo a la lengua de Faulkner y Capote y con Darío Henao abordó sus primeras tareas como profesor de literatura en Cali y Pasto y su rebelión contra las modas semióticas e ideológicas que venían de Europa. Verlo en plena forma y activo después de tantas peripecias extraliterarias ha sido una alegría para quienes sabemos que su obra es rica e imprescindible. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 30 de agosto de 2020.

miércoles, 29 de julio de 2020

BITÁCORA DE LAS RUTAS DE IFIGENIA





















Por Eduardo García Aguilar
La editoral Uniediciones en su colección Ladrones del tiempo, dirigida por el escritor francés Stéphane Chaumet, publicó en el marco de la pasada Feria del libro de Bogotá la novela Las rutas de Ifigenia, quinta en la lista personal y sobre cuya escritura quisiera hacer una pequeña recapitulación, ahora que aparecerá en el otoño de 2020 en inglés, traducida por Jay Miskowiec y publicada por Aliform Publishing, pues cada libro tiene su propia historia accidentada desde que aparece el embrión de la historia, crece y se modifica con el tiempo hasta concretarse y nacer.
La historia de una Ifigenia colombiana ya había tenido vagos bocetos anteriores cuando emprendía en México la escritura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos años.
Como suele ocurrir en la mayoría de los autores desde los tiempos de Sófocles y Esquilo, las historias surgen de la infancia y la adolescencia y del descubrimiento y el sufrimiento del mundo en campos, pueblos o ciudades donde transcurrieron los primeros años de la vida y que son el microcosmos de toda existencia cargada de alegrías, dramas, guerras, injusticias y tragedias sin fin. En cada lugar por enorme o pequeño que sea se encuentran estructuras esenciales como son familia, religión, escuela, manicomio, cárcel, poder, ejército, policía, oficios y artes, viaje, exilio, amistad, amor y muerte, entre otros muchos aspectos.
Todas las vidas de los habitantes de ese microcosmos esencial son atrapadas y trituradas por estructuras que son como un caleidoscopio centrífugo de existencias y cada vida sigue por caminos inescrutables e impredecibles, unos hacia el auge y la caída ineluctable, otros a la desaparición prematura o la lejana senectud. Padres e hijos, familiares, amigos siguen diversas rutas, que son la dinámica básica de la que se han nutrido las historias de los libros de ficción de todos los tiempos. Es lo que se cuenta en La montaña mágica de Thomas Mann, La marcha de Radetsky de Joseph Roth o en Los ríos profundos de José María Arguedas.
En esas canteras vitales los autores tratamos de reconstruir en un momento dado el pasado, escrutar los destinos de nuestros ancestros o los contemporáneos y las taras y miserias que marcan la historia de la región o el país de donde somos originarios. Unas veces los autores crean para tomar distancia países o ciudades imaginarias y otros por el contrario deciden nombrar todas las cosas por su nombre. El reto es tratar de enfocar la cámara a un segmento caracterizado por la unidad de lugar y de tiempo, donde podamos ver como en el microscopio la evolución de los microorganismos.
En este caso quería volver a contar a mi ciudad Manizales tal y como ha sido con sus calles, paisajes y edificios emblemáticos, casonas centenarias, sin olvidar la vegetación que la rodea, los aguaceros y las nieblas y la vida de unos adolescentes que despuntaron al mundo en una época muy especial, la de los últimos dos años de la década de los 60 del siglo pasado, cuando la humanidad llegó a la Luna en julio de 1969, hace medio siglo, un acontecimiento que sacudió al mundo y aun sigue vigente. Se abría entonces una nueva era que desquiciaba las sólidas tradiciones familiares del patriarcado y liberaba las fuerzas de los jóvenes en medio de una desbordada liberación sexual, despego de las religiones y poderes establecidos, y deseos de cambio radical en el marco de la Guerra fría, lo que llevó a muchos a lanzarse como mártires en aventuras armadas y subversivas, inspirados en figuras crísticas como el padre Camilo Torres y el Che Guevara.
Apenas unos lustros antes Colombia había salido de otro terrible episodio de la Violencia entre liberales y conservadores, pero de nuevo los tambores de la guerra volvían a sonar. Ante el estupor de los viejos progenitores involucrados en la guerra reciente, la trituradora de la historia llevó entonces a la tragedia a miles de jóvenes de las clases medias o bajas, unos en el remolino del rock, la salsa, las drogas y la liberación desenfrenada de los cuerpos, otros en la búsqueda del arte, el teatro y la poesía o en la delincuencia, y otros a morir o perderse en el deseo del martirio por una causa imposible, manipulados por fuerzas mundiales que los sobrepasaban y que no comprendían.
Muchos jóvenes se perdieron, se sacrificaron, se malograron, enloquecieron, suicidaron, murieron, fueron ejecutados y triturados causando el llanto de los progenitores como en las tragedias griegas. El choque fue frontal entre padres e hijos, entre autoridades e instituciones y las nuevas generaciones, como siempre ocurre en los intersticios de las épocas conflictivas que surgen tras relativos tiempos de estabilidad. La guerra vivida y sufrida por los mayores en los años 40 y 50, cuyo punto crucial fue el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el Bogotazo de 1948, aplastaba simbólicamente los destinos de los jóvenes y la historia volvía a repetirse. Los viejos líderes políticos que polarizaron el país con sus discursos incendiarios y causaron esa guerra seguían como fantasmas o vampiros chupando desde ultratumba el alma de las nuevas generaciones.
En Las rutas de Ifigenia orienté el microscopio de la escritura a esas vidas en flor de ambos sexos que surgían al mundo en medio de esas máquinas trituradoras de culturas, costumbres e instituciones, cuando unos querían el rock, salsa, droga y fiesta y otros la revolución y cuando llegaban a la ciudad todas las tentaciones en el marco del los primeros Festivales de teatro universitario, a los que asistieron figuras como Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias y Ernesto Sábato, entre otras vacas sagradas de la literatura latinoamericana y el teatro mundial.
Uno siempre vuelve a la adolescencia y a la ciudad natal como los insectos que vuelan en torno al foco de luz a riesgo de quemarse. Antes había escrito Tierra de leones (1983), sobre el periplo imaginario de Leonardo Quijano, loco esencial de Manizales, malogrado en otros tiempos de conflicto, a la que siguió Bulevar de los héroes (1986), inspirada en parte en la vida imaginaria de otro destino malogrado, el pantagruélico médico Tulio Bayer, quien murió en el exilio en París, y luego El viaje triunfal (1993), sobre el periplo de un poeta imaginario modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Utrillo, quien después de dar la vuelta al mundo en la primera mitad del siglo XX regresaba a morir en la ciudad en los tiempos del nadaísmo.
Con Tequila coxis (2003) me sumergí para variar en el vientre de la Ciudad de México, donde viví mas de tres lustros, a través de la búsqueda de un joven que va tras los rastros de su madre, una malograda actriz colombiana de los tiempos del cine de oro mexicano, pero con Las rutas de Ifigenia vuelvo a mi ciudad natal nombrándola con su propio nombre y con sus cines, cafés, calles, parques, patios, lluvias, nieblas, montes, flores, monumentos, personajes y figuras de su tiempo.
Como decía Julio Cortazar sobre el arte del cuento, escribir una historia es como lanzar una liebre en un estadio y con los ojos vendados tratar después de rescatarla. Cuando uno llega al final y al fin atrapa al animal éste ya no es la misma liebre del comienzo, es otra cosa. Por eso la escritura de una novela es un reto terrible y destructor, desestabilizador, pero al fin de cuentas maravilloso si algun día uno logra liberarse de ella, dejándola atrás para siempre como un objeto desconocido.
ura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos años.

sábado, 14 de abril de 2012

CUBRIR LA GUERRA EN EL PLAYÓN DE LA MUERTE


Por Eduardo García Aguilar
La primera y única vez en la vida que tuve la osadía de intentar cubrir una guerra fue en El Salvador, cuando en las calles de la capital, desde el Bulevar de los héroes hasta los suburbios o el mercado, o en el temible Playón de la muerte, donde yacían esqueletos y cadáveres putrefactos de centenares de víctimas, se sentía la tensión permanente, la pólvora de la muerte y se podía rebanar el aire con un cuchillo.
Acababan de matar a monseñor Romero y la guerra llegaba a límites de violencia inconcebibles. Los jóvenes sospechosos eran ejecutados en las calles por francotiradores, cualquier movimiento nervioso podía ser malinterpretado y provocar retaliación, las balaceras estallaban en los lugares más inesperados y todos sin distingo desconfiaban de los otros, en un círculo infernal donde un segundo decidía la vida o la muerte.
Ahora que en Siria volvieron a morir perodistas aventurados que trataban de cubrir los acontecimientos y que ya olvidamos a los fotógrafos y reporteros muertos en Libia, Afganistán, Irak, Chechenia, Gaza o los Balcanes, rememoro esos extraños instantes del joven escritor arrastrado hacia la aventura de cubrir una guerra.
Los jóvenes son por lo regular la carne de cañón de la reportería de guerra, aunque hay muchos viejos veteranos amantes de la adrenalina que cubren a lo largo de la vida conflictos y sobreviven de milagro en el intento, personajes extraños, solitarios, de novela, que pasan lustros en hoteles, acompañados por una botella de whizky y nunca saben cuando les llegará el turno de ser convocados hacia el más allá.
Uno de esos personajes me recibió con sonrisa irónica una mañana en el Hotel Camino Real de San Salvador, a donde fui a acreditarme en la Asociación de corresponsales extranjeros. Era un anglosajón enclenque que no llegaba a los 50 años, pero ya parecía viejo, y cuya contextura frágil no correspondía para nada con el modelo de corresponsal de guerra. Me ofreció un whisky y me dio una camiseta donde estaba escrito : « Soy periodista, no dispare ».
Bajé luego al lobby del hotel, donde tenía cita con uno de esos corresponsales de película estadounidense, un argentino con aires de Don Juan post-gardeliano que lucía un chaleco antibalas, llevaba suecos y posaba al lado de una bella amante joven, antes de partir a una peligrosa misión en el frente de guerra. No diré el nombre del argentino, pero era lo opuesto al encargado de la asociación de corresponsales, quien deambulaba con su botella de whizky debajo del brazo, polos de una misma aventura novelística, ejemplos de esos duros que viven y mueren cubriendo los conflictos y que el primíparo corresponsal interroga en busca de los arcanos del fascinante oficio de ver y contar en medio del peligro.
Con una credencial militar en la mano, donde la oficina de prensa del ejército indicaba no hacerse responsable por mi vida, partí a entrevistar a uno de los sacerdotes jesuitas de la Universidad Católica José Simeón Cañas, algunos de cuyos colegas serían después masacrados por los paramilitares. Y uno de ellos, mientras conversábamos y caminábamos por el campus, me mostraba a los « indicadores », los « orejas » y me conminaba a ir al Playón de la muerte antes de escribir cualquier cosa sobre el tema.
« Hay tres tipos de periodistas – me dijo el padre Pedraz -. Los buitres, los orejas y los otros ». Tomé un taxi y me dirigí a ese tenebroso sitio en las laderas de lava negra de un volcán apagado, donde se podía ver esqueletos, calaveras con mechones de pelo, pedazos de cuerpos de soldados o guerrilleros con uniformes y cinturones, asediados por gallinazos y perros gordos que se alimentaban de sus cuerpos bajo la canícula.
Creo que esa visión de la mortandad, apocalíptica, inimaginable, inconcebible, ese olor mortecino, atroz, nauseabundo, la presencia de perros y gallinazos gordos, representan el momento más terrible e iniciático de mi vida, y significan el primer contacto directo con la guerra, una revelación que todavía me estremece, cuando otras guerras surgen y se apagan cada año en este siglo XXI para mantener viva la maquinaria de la industria armamentista.
Al regesar a la ciudad no paré de vomitar. La visión de centenares de cadáveres o restos de cadáveres, tal vez miles, me dejó en estado de náusea y durante varios días no pude comer y perdí peso, atento cada instante, con la mirada desorbitada, a la bala que me sacaría del mundo.
En una roca me senté una vez y me pregunté que estaba haciendo ahí. Pensé en los míos, en los amigos, dudé, pero seguí allí cargado de adrenalina, aferrado a los viejos teletipos, yendo de un lado para otro con un fotógrafo vasco que acomodaba las calaveras para que las fotos le salieran bien.
Años después el destino me llevó a cubrir las negociaciones de paz en México y en un hotel del sur de la capital azteca vi entrar y salir e interrogué a los mismos protagonistas que negociaban una paz que se obtuvo y se firmó con pompa en el Palacio de los Pinos bajo patrocinio de la ONU y de México.
Ahora los ex guerrilleros del FMNL gobiernan el país con Mauricio Funes, después de esperar con paciencia la llegada de la alternacia, y respetan la democracia de la misma manera que los ex enemigos juegan el juego electoral y cedieron el poder. Los conflictos son otros, las bandas y las maras del narcotráfico asedian, pero el Playón de la muerte y la guerra desatada son cosas del pasado.