Por Eduardo García Aguilar
sábado, 1 de febrero de 2025
DISCURSO HISTÓRICO DEL PRESIDENTE PETRO
Por Eduardo García Aguilar
domingo, 29 de diciembre de 2024
LOS SIETE PILARES DE LA SABIDURÍA
Termina un 2024 muy agitado, caracterizado por guerras terribles en Ucrania y Oriente Medio y el triunfo en los Estados Unidos de un personaje que se daba por muerto hace unos meses y ahora retorna al poder exonerado y cubierto por el aura de la victoria total, y que amenaza ya a México, China, Groenlandia, el Canal de Panamá y otros espacios.
Al llegar a 2025 se cierra el primer cuarto del siglo XXI y al ver los acontecimientos bélicos en Oriente Medio recordamos sin estupor que hace un siglo el asunto era similar, como lo cuenta el gran Lawrence de Arabia en su notable obra Los siete pilares de la sabiduría.
Todos aquellos territorios que antes fueron dominados por el imperio otomano y Turquía estaban entonces bajo dominio creciente de las potencias occidentales, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, que poco a poco volvían a configurar los mapas y crear nuevas naciones, impulsadas por sus intereses, codicias y caprichos.
Lawrence de Arabia, un joven militar del Reino Unido, estaba encargado de dirigir en parte a los ejércitos rebeldes contra el poderoso imperio otomano declinante de entonces y en su libro relata las batallas vividas, similares a las actuales en Siria, Irak, Israel y Líbano. Ahora ya no sería posible ese paternalismo occidental de Lawrence de Arabia y los nuevos héroes son personas surgidas de la miríada de grupos antes yihadistas, que ahora pretenden gobernar con apoyo de las potencias después de ser adiestrados por los servicios secretos occidentales, como en su tiempo hicieron con Saddam Husseim y Osama bin Laden.
En el nuevo reparto mundial que organizan las potencias occidentales, ahora junto a China y Rusia, veremos qué nos deparan en 2025 en estos territorios las guerras que siguen en busca del control de las riquezas milenarias y las rutas de esa antigua Babilonia del mito y el Oriente, descritos en el medioevo por el gran viajero Marco Polo.
En las primeras décadas del siglo XX millones de migrantes de aquellas regiones huyeron de las guerras y se instalaron en otros continentes, especialmente en los Estados Unidos y América Latina, donde todas aquellas familias notables rehicieron sus vidas, crearon riqueza y aportaron dinamismo a las naciones que los acogieron.
Los sirio-libaneses, cristianos y palestinos que llegaron a recrear su vidas en ultramar eran llamados “turcos”, porque mostraban ese pasaporte, aunque eran originarios maravillosos pueblos milenarios que como los Fenicios o los habitantes de Mesopotamia plantaron su vida de nuevo en otros lares, creando riqueza y novedades, como lo hicieron en los tiempos de Ulises. Desde entonces los pueblos de América están enlazados de manera estrecha con esos migrantes sirio-libaneses.
Ahora de nuevo estamos como hace un siglo en la incertidumbre, esperando las nuevas fronteras y los mapas del Oriente Medio, pero también de los arreglos ineluctables que las potencias occidentales acordarán después del conflicto en Ucrania, que es el de la OTAN y el viejo imperio de los zares y los bolcheviques que ahora se reencarna bajo el mando de un nuevo zar, como en los tiempos de la Guerra y la Paz de León Tolstoi.
Toda la literatura milenaria desde la Biblia, Homero, Virgilio y Las mil y una noches nos ilustra sobre esos conflictos que de nuevo en el siglo XXI nos muestran que nada es nuevo bajo sol y que sobre las cenizas de las viejas guerras milenarias renace siempre el peligro de otras nuevas confrontaciones aun más sangrientas y peligrosas.
----Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 29 de dieciembre de 2024.
Toto de T. E Lawrencw.
sábado, 8 de abril de 2023
EL DESTINO IMAGINARIO DE GAITÁN
viernes, 24 de febrero de 2023
PUTIN, BIDEN Y EL FLAUTISTA DE HAMELIN
miércoles, 10 de agosto de 2022
LEYENDAS Y SÍMBOLOS DEL 7 DE AGOSTO
La espada de Bolívar fue de nuevo protagonista durante la posesión del
presidente Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez este 7 de
agosto, cuando se celebra la victoria de las tropas comandadas por el
Libertador en la Batalla de Boyacá en 1819, tras una campaña de varios
meses iniciada desde Angostura, hoy Ciudad Bolívar, en Venezuela,
situada a orillas del Orinoco y sede entonces del poder provisional de
los rebeldes independentistas.
Luego de esa victoria, el Virrey Sámano y funcionarios realistas huyeron
despavoridos de Bogotá como cuenta la leyenda aprendida por todos los
muchachos en la escuela primaria. Supimos que la soldadesca libertadora
estaba en su mayoría compuesta por mestizos, zambos, indígenas, negros, o
sea Los Nadies de hoy, y que el malvado Sámano, al conocer la noticia
de la derrota, huyó por el río Magdalena con una bolsa llena de monedas
rumbo a Cartagena.
En documentos descubiertos en archivos estadounidenses por el gran
historiador Juan Friede, viajamos a través de la letra hacia Angostura,
donde el vicepresidente Francisco Antonia Zea ejercía el mando mientras
Bolívar se aplicaba en la campaña que incluyó el difícil pasó del páramo
de Pisba. Se trata del Diario de viaje por el Orinoco hacia Angostura
(julio 11-agosto 24 de 1819), publicado por El Banco de la República en
1969.
El capitán Oliver Hazard Perry había sido enviado hacia Angostura por el Secretario
de Estado estadounidense John Quincy Adams para explicarle a Bolívar la
posición neutral mantenida por su país en la guerra con la corona
española, lo que no significaba de manera confidencial que las simpatías
de la nueva nación norteamericana independizada décadas antes
estuvieran del lado de los rebeldes.
Perry llega con su séquito a la isla Margarita, recorre el Orinoco y
atraca en Angostura, donde se encuentran reunidos los constituyentes
rebeldes en ese bello sitio tropical donde la misión extranjera
permanecería un tiempo. Entre los documentos encontrados por Friede
figura la carta original de Quincy Adams con instrucciones a Perry y el
diario del capellán del barco John H. Hambleton, quien relata día a día
el viaje y describe con lujo de detalles a Zea, hombre ya mayor y muy
encorvado que había vivido dos décadas en París y era una figura
inteligente, escéptica y cortés.
Los enviados se enteran de que Bolívar está ausente pues se ha ido a
comandar la campaña libertadora que poco después triunfaría en la
Batalla de Boyacá. En ese tiempo detenido y fugaz descubrimos a muchos
de los colaboradores de Bolívar, ingleses y franceses que conviven allí
con los principales militares criollos que después se convertirían en
héroes de la independencia y cuyas estatuas adornan plazas y colegios.
El capellán describe las comidas, bebidas y licores con los que son
atendidos y los rostros de todas aquellas figuras militares,
legislativas y diplomáticas que luego pasarían a la historia y a la
leyenda.
Cumplida la misión se retiran rumbo a la Isla Margarita, desde donde
Perry debía viajar al río de La Plata para encontrarse con el general
San Martín, pero la fiebre amarilla y el paludismo se le atraviesan, y
entre los escalofríos atroces el marino es desahuciado y con resignación
acepta su destino. Se le hace un sepelio con todos los honores que
conmueve al diarista. Todo esto ocurre mientras al otro lado se
consolida la victoria.
Es de suponer que en las diversas batallas de la Campaña libertadora de
la Nueva Granada, una de las espadas esgrimidas por Bolívar es la que el
M 19 tuvo en su poder tras sustraerla de la Quinta de Bolívar en 1974.
Más tarde ese grupo firmaría la paz con el gobierno y sería una de las
fuerzas protagonistas de la Asamblea Nacional Constituyente de donde
surgió la vigente Constitución de 1991.
Petro volvió protagonista a la espada de Bolívar durante su posesión al ordenar a la Casa Militar traerla de Palacio de Nariño luego de que su antecesor se negara a autorizar su traslado para la ceremonia. Dos siglos no es nada en historia y estos rituales, leyendas y
símbolos que nos recuerdan la Independencia nos muestran lo cerca que
estamos de aquellas gestas patrias que parecen ahora tan lejanas. Tal
vez en otros dos siglos un historiador como Juan Friede recordará la
jornada de hoy.
Aquella independencia significó solo el cambio de poder de manos de los
españoles a los criollos locales que gobernarían después sin ceder el
poder a los marginales inmolados en esa causa durante la Campaña
libertadora. Ahora tal vez esos marginales de siempre lograrán un
poquito más de merecida representatividad en esta nueva era que se
inicia y sin duda estará llena de sorpresas, ritos, leyendas, símbolos,
felices logros y tristes e inevitables decepciones.
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Versión actualizada en penúltimo párrafo del artículo publicado el domingo 7 de agosto de 2022, en La Patria. Manizales. Colombia.
sábado, 30 de julio de 2022
VENEZUELA Y COLOMBIA CON AMOR
sábado, 23 de julio de 2022
UN GABINETE DE LUJO
domingo, 15 de mayo de 2022
LA MUERTE DEL PADRE CAMILO TORRES
Durante todos esos años los diarios dominicales fueron ventanas al mundo. Los voceadores pasaban temprano por la calle y anunciaban las ediciones llenas de imágenes, fotos, propaganda y el infaltable y esperado suplemento de dibujos animados que traía las historietas de Tarzán, Mandrake el Mago, Supermán, Benitín y Eneas, Pancho y Ramona, Snoopy, y por supuesto mi querido Dick Tracy, detective de sombrero y reloj de pantalla por donde se comunicaba en directo y al instante a todas partes y podía ver las imágenes de los interlocutores. Yo quería tener un reloj así y saber todo, comunicarme con otras ciudades, países, capitales, planetas, poder estar en contacto con astronautas o extraterrestres. Por eso los amigos me apodaban Dick Tracy.
Iba directo a los dibujos animados, Tarzán, Pedro Picapiedra, pero en especial a Dick Tracy, a quien deseaba imitar. Envuelto en el olor fresco de la tinta impregnada en el papel periódico, con las manos manchadas, recorría las historias y así pasaron semanas, meses y años de infancia hasta que aparecieron las noticias duras de muertes y guerra, reales, concretas, emanaciones de viejas conflagraciones recurrentes, cuyas heridas seguían vivas en forajidos y guerrilleros que desde niños sólo vieron descuartizamientos, lágrimas, bombardeos, incursiones del ejército, desplazamientos, éxodos, pobreza, miseria, maltrato, exclusión y el sonido permanente de las armas.
A un lado estaban los dibujos animados y al otro las hienas sangrientas
de la política, asesinos, matones del ejército y la policía, bandoleros,
guerrilleros y forajidos apodados Desquite, Sangrenegra, Veneno,
Chispas, Venganza, verdaderas series animadas de carne y hueso, con
malos muy malos e implacables perseguidores. Pero un día el mundo
colorido infantil en que vivíamos sumidos cambió y en vez de la inocente
diversión irrumpió la realidad, de frente, con su cara de muerte o al
menos así lo tengo registrado en la memoria con el rostro de un mártir.
Años antes regresaba de ver otra vez el El ladrón de Bagdad en el
Teatro Manizales, cuando vi que había más gente de lo acostumbrado en
casa en torno a mi padre. Se pasaban unos a otros los diarios en
medio
de una agitada conversación.
La foto del padre Camilo Torres en la primera plana de los periódicos me impactó y me desvió de las aventuras cinematográficas y de las tiras cómicas ese lejano 18 febrero de 1966, cuando papá comentaba que lo habían matado a los 37 años de edad, tres días antes, en un combate en Patiocemento, en las montañas de San Vicente de Chucurí, al noreste del país. Esa fecha antidiluviana del siglo pasado marcó a varias generaciones y no sería yo la excepción.
Papá tenía los diarios abiertos en la sala y leía en silencio con los
ojos rojos, como si fuera a llorar. El cura muerto tenía los ojos
semiabiertos, opacos, de pez ido, ciego, hacia la nada, se veía la boca
entrabierta, los dientes aparentes y el rostro inexpresivo en la paz de
la inercia y el cabello ensortijado negro y la barba desordenada aferrándose a su cara de ángel caído, Lucifer defenestrado desde las alturas. Diablo. Ángel. Diablo. Ángel.
Otra foto de lado, con los brazos abiertos de crucificado, dejaba ver la
sangre mezclada a su barba y cabello ensortijados y el perfil de un
muchacho perdido, lejos de su mamá, sin el aura que le daba el traje
clergyman o las poses oratorias de líder nacional.
Papá veía la foto en la sala sentado en el sofá más grande color naranja
de nuevo diseño marca Muebles Metálicos de Palmira, esa mañana de
febrero de 1966, mientras Diana, la perra collie, brincaba y ponía sus
patas en sus piernas y ladraba corriendo como una loca por los
corredores.
Por Camilo el país se estremeció y por eso viví la efervescencia
provocada por esa figura, la agitación de los mayores, los comentarios
de los estudiantes de los cursos superiores al mío y así, de la mudez
observatoria del niño la voz personal emergió en ese corto lapso de
tiempo, cuando percibí de manera intuitiva las fuerzas tectónicas del
cambio en ciernes que, como siempre ocurrió en Colombia, fueron
aplastadas en sangre. El cambio es prohibido en Colombia.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de mayo de 2022.
domingo, 27 de febrero de 2022
ZOZOBRA EN EUROPA
Por Eduardo Garcia Aguilar
sábado, 29 de agosto de 2020
LAS MIL BATALLAS DE ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL
Gardeazábal no se sentó en los laureles conquistados como un guerrero griego antes de cumplir los 30 años. Siempre ha sido un autor incómodo, polémico, odiado y admirado, ya que nunca ha tenido pelos en la lengua para expresar sus opiniones que desde el principio fueron contra todas las corrientes políticas y sexuales. Cuando la izquierda dogmática dominaba el pensamiento en las universidades, el era el único tribuno estudiantil opositor que enfrentaba a las divas revolucionarias, muchas de las cuales, comunistas, maoístas, guevaristas, camilistas, trotskistas, fueron exterminados o se apaciguaron después y entraron al redil.
complejos su homosexualidad con un orgullo en un país que es y ha sido fundamentalmente machista, camandulero y conservador. Varios de sus libros tienen héroes homosexuales como El Divino y la Misa ha terminado y vestido él también como diva sesentayochera con pantalones de rayas blancas y rojas y camisas floreadas, expresaba su elocuencia desde todas las tribunas y púlpitos asustando monjas, horrorizando obispos, alcaldes, presidentes y desestabilizando a los pontífices con sus báculos de hoz y martillo. Tal vez, como destaca Isaías Peña Gutiérrez, esa hidra de varias cabezas, a la vez conservador y volteriano, convencional e irreverente, mojigato y lúbrico, se nutre del contradictorio imaginario familiar, pues su padre fue godo y su madre liberal.
Sentado en su estudio, ataviado con sus inconfundibles, amplias y elegantes camisas, con dicción pausada y mirada de águila, respondió a las preguntas de Isaías Peña Gutiérrez, quien lo conoce y lo ha seguido y estudiado desde el principio. Con Johnattan Tittler, que acaba de traducir al inglés después de arduo trabajo Cóndores no entierran todos los días, habló de las dificultades de trasladar el lenguaje suyo a la lengua de Faulkner y Capote y con Darío Henao abordó sus primeras tareas como profesor de literatura en Cali y Pasto y su rebelión contra las modas semióticas e ideológicas que venían de Europa. Verlo en plena forma y activo después de tantas peripecias extraliterarias ha sido una alegría para quienes sabemos que su obra es rica e imprescindible.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 30 de agosto de 2020.
miércoles, 29 de julio de 2020
BITÁCORA DE LAS RUTAS DE IFIGENIA
La historia de una Ifigenia colombiana ya había tenido vagos bocetos anteriores cuando emprendía en México la escritura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos años.
Como suele ocurrir en la mayoría de los autores desde los tiempos de Sófocles y Esquilo, las historias surgen de la infancia y la adolescencia y del descubrimiento y el sufrimiento del mundo en campos, pueblos o ciudades donde transcurrieron los primeros años de la vida y que son el microcosmos de toda existencia cargada de alegrías, dramas, guerras, injusticias y tragedias sin fin. En cada lugar por enorme o pequeño que sea se encuentran estructuras esenciales como son familia, religión, escuela, manicomio, cárcel, poder, ejército, policía, oficios y artes, viaje, exilio, amistad, amor y muerte, entre otros muchos aspectos.
Todas las vidas de los habitantes de ese microcosmos esencial son atrapadas y trituradas por estructuras que son como un caleidoscopio centrífugo de existencias y cada vida sigue por caminos inescrutables e impredecibles, unos hacia el auge y la caída ineluctable, otros a la desaparición prematura o la lejana senectud. Padres e hijos, familiares, amigos siguen diversas rutas, que son la dinámica básica de la que se han nutrido las historias de los libros de ficción de todos los tiempos. Es lo que se cuenta en La montaña mágica de Thomas Mann, La marcha de Radetsky de Joseph Roth o en Los ríos profundos de José María Arguedas.
En esas canteras vitales los autores tratamos de reconstruir en un momento dado el pasado, escrutar los destinos de nuestros ancestros o los contemporáneos y las taras y miserias que marcan la historia de la región o el país de donde somos originarios. Unas veces los autores crean para tomar distancia países o ciudades imaginarias y otros por el contrario deciden nombrar todas las cosas por su nombre. El reto es tratar de enfocar la cámara a un segmento caracterizado por la unidad de lugar y de tiempo, donde podamos ver como en el microscopio la evolución de los microorganismos.
En este caso quería volver a contar a mi ciudad Manizales tal y como ha sido con sus calles, paisajes y edificios emblemáticos, casonas centenarias, sin olvidar la vegetación que la rodea, los aguaceros y las nieblas y la vida de unos adolescentes que despuntaron al mundo en una época muy especial, la de los últimos dos años de la década de los 60 del siglo pasado, cuando la humanidad llegó a la Luna en julio de 1969, hace medio siglo, un acontecimiento que sacudió al mundo y aun sigue vigente. Se abría entonces una nueva era que desquiciaba las sólidas tradiciones familiares del patriarcado y liberaba las fuerzas de los jóvenes en medio de una desbordada liberación sexual, despego de las religiones y poderes establecidos, y deseos de cambio radical en el marco de la Guerra fría, lo que llevó a muchos a lanzarse como mártires en aventuras armadas y subversivas, inspirados en figuras crísticas como el padre Camilo Torres y el Che Guevara.
Apenas unos lustros antes Colombia había salido de otro terrible episodio de la Violencia entre liberales y conservadores, pero de nuevo los tambores de la guerra volvían a sonar. Ante el estupor de los viejos progenitores involucrados en la guerra reciente, la trituradora de la historia llevó entonces a la tragedia a miles de jóvenes de las clases medias o bajas, unos en el remolino del rock, la salsa, las drogas y la liberación desenfrenada de los cuerpos, otros en la búsqueda del arte, el teatro y la poesía o en la delincuencia, y otros a morir o perderse en el deseo del martirio por una causa imposible, manipulados por fuerzas mundiales que los sobrepasaban y que no comprendían.
Muchos jóvenes se perdieron, se sacrificaron, se malograron,
enloquecieron, suicidaron, murieron, fueron ejecutados y triturados
causando el llanto de los progenitores como en las tragedias griegas. El
choque fue frontal entre padres e hijos, entre autoridades e
instituciones y las nuevas generaciones, como siempre ocurre en los
intersticios de las épocas conflictivas que surgen tras relativos
tiempos de estabilidad. La guerra vivida y sufrida por los mayores en
los años 40 y 50, cuyo punto crucial fue el asesinato de Jorge Eliécer
Gaitán y el Bogotazo de 1948, aplastaba simbólicamente los destinos de
los jóvenes y la historia volvía a repetirse. Los viejos líderes
políticos que polarizaron el país con sus discursos incendiarios y
causaron esa guerra seguían como fantasmas o vampiros chupando desde
ultratumba el alma de las nuevas generaciones. En Las rutas de Ifigenia orienté el microscopio de la escritura a esas vidas en flor de ambos sexos que surgían al mundo en medio de esas máquinas trituradoras de culturas, costumbres e instituciones, cuando unos querían el rock, salsa, droga y fiesta y otros la revolución y cuando llegaban a la ciudad todas las tentaciones en el marco del los primeros Festivales de teatro universitario, a los que asistieron figuras como Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias y Ernesto Sábato, entre otras vacas sagradas de la literatura latinoamericana y el teatro mundial.
Uno siempre vuelve a la adolescencia y a la ciudad natal como los insectos que vuelan en torno al foco de luz a riesgo de quemarse. Antes había escrito Tierra de leones (1983), sobre el periplo imaginario de Leonardo Quijano, loco esencial de Manizales, malogrado en otros tiempos de conflicto, a la que siguió Bulevar de los héroes (1986), inspirada en parte en la vida imaginaria de otro destino malogrado, el pantagruélico médico Tulio Bayer, quien murió en el exilio en París, y luego El viaje triunfal (1993), sobre el periplo de un poeta imaginario modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Utrillo, quien después de dar la vuelta al mundo en la primera mitad del siglo XX regresaba a morir en la ciudad en los tiempos del nadaísmo.
Con Tequila coxis (2003) me sumergí para variar en el vientre de la Ciudad de México, donde viví mas de tres lustros, a través de la búsqueda de un joven que va tras los rastros de su madre, una malograda actriz colombiana de los tiempos del cine de oro mexicano, pero con Las rutas de Ifigenia vuelvo a mi ciudad natal nombrándola con su propio nombre y con sus cines, cafés, calles, parques, patios, lluvias, nieblas, montes, flores, monumentos, personajes y figuras de su tiempo.
Como decía Julio Cortazar sobre el arte del cuento, escribir una historia es como lanzar una liebre en un estadio y con los ojos vendados tratar después de rescatarla. Cuando uno llega al final y al fin atrapa al animal éste ya no es la misma liebre del comienzo, es otra cosa. Por eso la escritura de una novela es un reto terrible y destructor, desestabilizador, pero al fin de cuentas maravilloso si algun día uno logra liberarse de ella, dejándola atrás para siempre como un objeto desconocido.
ura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos años.
sábado, 14 de abril de 2012
CUBRIR LA GUERRA EN EL PLAYÓN DE LA MUERTE
Por Eduardo García Aguilar
Ahora que en Siria volvieron a morir perodistas aventurados que trataban de cubrir los acontecimientos y que ya olvidamos a los fotógrafos y reporteros muertos en Libia, Afganistán, Irak, Chechenia, Gaza o los Balcanes, rememoro esos extraños instantes del joven escritor arrastrado hacia la aventura de cubrir una guerra.










