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domingo, 29 de diciembre de 2024

LOS SIETE PILARES DE LA SABIDURÍA

 Por Eduardo García Aguilar

Termina un 2024 muy agitado, caracterizado por guerras terribles en Ucrania y Oriente Medio y el triunfo en los Estados Unidos de un personaje que se daba por muerto hace unos meses y ahora retorna al poder exonerado y cubierto por el aura de la victoria total, y que amenaza ya a México, China, Groenlandia, el Canal de Panamá y otros espacios.

Al llegar a 2025 se cierra el primer cuarto del siglo XXI y al ver los acontecimientos bélicos en Oriente Medio recordamos sin estupor que hace un siglo el asunto era similar, como lo cuenta el gran Lawrence de Arabia en su notable obra Los siete pilares de la sabiduría.

Todos aquellos territorios que antes fueron dominados por el imperio otomano y Turquía estaban entonces bajo dominio creciente de las potencias occidentales, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, que poco a poco volvían a configurar los mapas y crear nuevas naciones, impulsadas por sus intereses, codicias y caprichos.

Lawrence de Arabia, un joven militar del Reino Unido, estaba encargado de dirigir en parte a los ejércitos rebeldes contra el poderoso imperio otomano declinante de entonces y en su libro relata las batallas vividas, similares a las actuales en Siria, Irak, Israel  y Líbano. Ahora ya no sería posible ese paternalismo occidental de Lawrence de Arabia y los nuevos héroes son personas surgidas de la miríada de grupos antes yihadistas, que ahora pretenden gobernar con apoyo de las potencias después de ser adiestrados por los servicios secretos occidentales, como en su tiempo hicieron con Saddam Husseim y Osama bin Laden.

En el nuevo reparto mundial que organizan las  potencias occidentales, ahora junto a China y Rusia, veremos qué nos deparan en 2025 en estos territorios las guerras que siguen en busca del control de las riquezas milenarias y las rutas de esa antigua Babilonia del mito y el Oriente, descritos en el medioevo por el gran viajero Marco Polo.

En las primeras décadas del siglo XX millones de migrantes de aquellas regiones huyeron de las guerras y se instalaron en otros continentes,  especialmente en los Estados Unidos y América Latina, donde todas aquellas familias notables rehicieron sus vidas, crearon riqueza y aportaron dinamismo a las naciones que los acogieron.

Los sirio-libaneses, cristianos y palestinos que llegaron a recrear su vidas en ultramar eran llamados “turcos”, porque mostraban ese pasaporte, aunque eran originarios maravillosos pueblos milenarios que como los Fenicios o los habitantes de Mesopotamia plantaron su vida de nuevo en otros lares, creando riqueza y novedades, como lo hicieron en los tiempos de Ulises. Desde entonces los pueblos de América están enlazados de manera estrecha con esos migrantes sirio-libaneses.

Ahora de nuevo estamos como hace un siglo en la incertidumbre, esperando las nuevas fronteras  y los mapas del Oriente Medio, pero también de los arreglos ineluctables que las potencias occidentales acordarán después del conflicto en Ucrania, que es el de la OTAN y el viejo imperio de los zares y los bolcheviques que ahora se reencarna bajo el mando de un nuevo zar, como en los tiempos de la Guerra y la Paz de León  Tolstoi.

Toda la literatura milenaria desde la Biblia,  Homero, Virgilio y Las mil y una noches nos ilustra sobre esos conflictos que de nuevo en el siglo XXI nos muestran que nada es nuevo bajo sol y que sobre las cenizas de las viejas guerras milenarias renace siempre el peligro de otras nuevas confrontaciones aun más sangrientas y  peligrosas.

----Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 29 de dieciembre de 2024.

Toto de T. E Lawrencw.

domingo, 26 de junio de 2022

CONSAGRACIÓN DE GUSTAVO PETRO

Por Eduardo Garcia Aguilar

Un gran alivio se sintió en Colombia con la elección de Gustavo Petro como presidente después de décadas de encarnizada lucha por llegar al poder. Los grandes adversarios del nuevo mandatario no tardaron en reconocer su victoria y están ahora dispuestos a reunirse con él para dialogar o incluso a colaborar en la implementación del proyecto social que tiene planeado.

Al día siguiente fue saludado por el Secretario de Estado estadounidense Anthony Blinken y horas después recibió una calurosa llamada del presidente demócrata Joe Biden, quien conoce la trayectoria de Petro y sabe que grandes sectores de su partido reconocen su talante de gran estadista y coinciden con muchos de los puntos de su ideario, inscrito en la social-democracia, el empuje keynesiano y el activismo ecológico, que es una de las banderas del gobierno estadounidense bajo la férula del ex secretario de Estado John Kerry y de centenares de países preocupados por el destino del planeta.

Salvo algunos recalcitrantes muy sectarios, envidiosos o fanáticos, los líderes políticos del viejo establecimiento descansaron con el desenlace de estas elecciones históricas, que culminan con más de medio siglo de enfrentamientos animados por el objetivo ultramontano de impedir a toda costa que la izquierda, incluso moderada, llegara al poder y que nuevas generaciones pudieran asumir las riendas del país después de realizar por mérito propio estudios universitarios o ejercer por mandato electoral altas dignidades parlamentarias y ejecutivas.

Durante décadas los viejos dirigentes del establecimiento colombiano hicieron todo lo posible por impedir el ascenso de Gustavo Petro. Pero ahora reconocen que él les ganó la partida como otros grandes políticos de la humanidad que tras décadas de lucha, cárcel, calumnias y hostigamientos de todo tipo acceden en franca lid al poder aupados por una fenomenal oleada de rebelión democrática popular. Pienso en Nelson Mandela, François Mitterrand, Luis Inacio Lula da Silva, Dilma Roussef, Pepe Mujica y Andrés Manuel López Obrador, entre otros que sortearon con éxito las siete vidas del gato.

Los adversarios más encarnizados que hasta hace unos días lo consideraban un demonio, reconocen que Gustavo Petro pasa a la historia e inicia ahora un camino no solo como líder nacional sino como figura de gran rango en el panorama de los estadistas latinoamericanos. Petro luchó de joven como tantos otros colombianos por la justicia social y vio morir a miles de valores de su generación exterminados por las fuerzas oscuras. Después emprendió estudios de Economía en la Universidad Externado de Colombia y viajó por el mundo, conectándose con las nuevas corrientes del pensamiento. Además es gran lector de literatura y ensayos y escribe muy bien.

Dotado de gran inteligencia, elocuencia notable y gran capacidad oratoria, Petro nunca desfalleció ante los ataques y llevó la flama de su ideario hasta lo alto, mostrando en el último tramo de su lucha una gran serenidad ante los sucios ataques de los poderosos medios venales capitalinos. Ahora Colombia sube de rango internacional con esta figura que toda la prensa mundial saluda en las primeras planas. Su consagración es más que merecida y es el fruto de una lucha honrada e idealista de más de cuatro décadas. Esa experiencia le dará fuerza y sabiduría para enfrentar los muchos obstáculos y reveses que sin duda tendrá su mandato.

Pues bien, Colombia tendrá al mando ahora a un estadista que hablará de tu a tu con Estados Unidos y Europa mirando al futuro y ejercerá liderazgo en la región latinoamericana que vive ahora una nueva era. Ya no seremos el hazmerreír que fuimos en el último cuarto de siglo y especialmente en los últimos años. Petro abre fronteras rotas y va al grano al propiciar con urgencia la creación de instituciones educativas para miles de jóvenes marginados que sueñan con crear un nuevo país más justo y moderno.
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Publicado en La Patria. Manizales, Colombia. Domingo 26 de junio de 2022.

sábado, 14 de abril de 2012

CUBRIR LA GUERRA EN EL PLAYÓN DE LA MUERTE


Por Eduardo García Aguilar
La primera y única vez en la vida que tuve la osadía de intentar cubrir una guerra fue en El Salvador, cuando en las calles de la capital, desde el Bulevar de los héroes hasta los suburbios o el mercado, o en el temible Playón de la muerte, donde yacían esqueletos y cadáveres putrefactos de centenares de víctimas, se sentía la tensión permanente, la pólvora de la muerte y se podía rebanar el aire con un cuchillo.
Acababan de matar a monseñor Romero y la guerra llegaba a límites de violencia inconcebibles. Los jóvenes sospechosos eran ejecutados en las calles por francotiradores, cualquier movimiento nervioso podía ser malinterpretado y provocar retaliación, las balaceras estallaban en los lugares más inesperados y todos sin distingo desconfiaban de los otros, en un círculo infernal donde un segundo decidía la vida o la muerte.
Ahora que en Siria volvieron a morir perodistas aventurados que trataban de cubrir los acontecimientos y que ya olvidamos a los fotógrafos y reporteros muertos en Libia, Afganistán, Irak, Chechenia, Gaza o los Balcanes, rememoro esos extraños instantes del joven escritor arrastrado hacia la aventura de cubrir una guerra.
Los jóvenes son por lo regular la carne de cañón de la reportería de guerra, aunque hay muchos viejos veteranos amantes de la adrenalina que cubren a lo largo de la vida conflictos y sobreviven de milagro en el intento, personajes extraños, solitarios, de novela, que pasan lustros en hoteles, acompañados por una botella de whizky y nunca saben cuando les llegará el turno de ser convocados hacia el más allá.
Uno de esos personajes me recibió con sonrisa irónica una mañana en el Hotel Camino Real de San Salvador, a donde fui a acreditarme en la Asociación de corresponsales extranjeros. Era un anglosajón enclenque que no llegaba a los 50 años, pero ya parecía viejo, y cuya contextura frágil no correspondía para nada con el modelo de corresponsal de guerra. Me ofreció un whisky y me dio una camiseta donde estaba escrito : « Soy periodista, no dispare ».
Bajé luego al lobby del hotel, donde tenía cita con uno de esos corresponsales de película estadounidense, un argentino con aires de Don Juan post-gardeliano que lucía un chaleco antibalas, llevaba suecos y posaba al lado de una bella amante joven, antes de partir a una peligrosa misión en el frente de guerra. No diré el nombre del argentino, pero era lo opuesto al encargado de la asociación de corresponsales, quien deambulaba con su botella de whizky debajo del brazo, polos de una misma aventura novelística, ejemplos de esos duros que viven y mueren cubriendo los conflictos y que el primíparo corresponsal interroga en busca de los arcanos del fascinante oficio de ver y contar en medio del peligro.
Con una credencial militar en la mano, donde la oficina de prensa del ejército indicaba no hacerse responsable por mi vida, partí a entrevistar a uno de los sacerdotes jesuitas de la Universidad Católica José Simeón Cañas, algunos de cuyos colegas serían después masacrados por los paramilitares. Y uno de ellos, mientras conversábamos y caminábamos por el campus, me mostraba a los « indicadores », los « orejas » y me conminaba a ir al Playón de la muerte antes de escribir cualquier cosa sobre el tema.
« Hay tres tipos de periodistas – me dijo el padre Pedraz -. Los buitres, los orejas y los otros ». Tomé un taxi y me dirigí a ese tenebroso sitio en las laderas de lava negra de un volcán apagado, donde se podía ver esqueletos, calaveras con mechones de pelo, pedazos de cuerpos de soldados o guerrilleros con uniformes y cinturones, asediados por gallinazos y perros gordos que se alimentaban de sus cuerpos bajo la canícula.
Creo que esa visión de la mortandad, apocalíptica, inimaginable, inconcebible, ese olor mortecino, atroz, nauseabundo, la presencia de perros y gallinazos gordos, representan el momento más terrible e iniciático de mi vida, y significan el primer contacto directo con la guerra, una revelación que todavía me estremece, cuando otras guerras surgen y se apagan cada año en este siglo XXI para mantener viva la maquinaria de la industria armamentista.
Al regesar a la ciudad no paré de vomitar. La visión de centenares de cadáveres o restos de cadáveres, tal vez miles, me dejó en estado de náusea y durante varios días no pude comer y perdí peso, atento cada instante, con la mirada desorbitada, a la bala que me sacaría del mundo.
En una roca me senté una vez y me pregunté que estaba haciendo ahí. Pensé en los míos, en los amigos, dudé, pero seguí allí cargado de adrenalina, aferrado a los viejos teletipos, yendo de un lado para otro con un fotógrafo vasco que acomodaba las calaveras para que las fotos le salieran bien.
Años después el destino me llevó a cubrir las negociaciones de paz en México y en un hotel del sur de la capital azteca vi entrar y salir e interrogué a los mismos protagonistas que negociaban una paz que se obtuvo y se firmó con pompa en el Palacio de los Pinos bajo patrocinio de la ONU y de México.
Ahora los ex guerrilleros del FMNL gobiernan el país con Mauricio Funes, después de esperar con paciencia la llegada de la alternacia, y respetan la democracia de la misma manera que los ex enemigos juegan el juego electoral y cedieron el poder. Los conflictos son otros, las bandas y las maras del narcotráfico asedian, pero el Playón de la muerte y la guerra desatada son cosas del pasado.