Mostrando entradas con la etiqueta ecología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ecología. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de mayo de 2024

LOS BARRIOS MARGINALES DE MANIZALES

Por Eduardo García Aguilar

Cuando terminaba el bachillerato, una de las más emocionantes experiencias fue dar clases de albabetización para adultos en los barrios marginales de la ciudad, situados por lo regular en precipicios y barrancos que daban hacia abismos y que en ese entonces, y tal vez en la actualidad, solo saltaban a la fama cuando ocurría un deslizamiento y morían familias enteras arrastradas por el pantano y la tierra removidos por los aguaceros andinos.

Nuestra generación y otras anteriores y posteriores, han estado caracterizadas en nuestro país por tener una conciencia social que despierta desde la infancia cuando quienes tuvimos la fortuna de no carecer de nada nos enfrentábamos por primera vez al dolor de la pobreza generalizada y la romería nocturna de niños, mujeres o ancianos que tocaban en las puertas de nuestras casas para pedir los "sobraditos", en diminutivo.

Lo que más me impresionaba era que casi nunca se veían los rostros de quienes esperaban en silencio y en la noche junto a la puerta a que la madre o la abuela llegaran con la comida caliente que siempre les ofrecían. Esa misma escena ocurría en casi todas las casas de la "ciudad de arriba", lo que muestra la magnitud del hambre y la pobreza escondida desde siempre en los barrios periféricos de las hondonadas del norte, junto a la quebrada de Olivares, o más abajo de Hoyo Frío y las laderas del sur que bajan al río Chinchiná.

Empecé a visitar esos lugares de día, cuando con mi amigo León Duque y los hermanos Buriticá y otros compañeros de la infancia nos aventurábamos a correr con nuestras ruedas de caucho hacia aquellos alejados lugares del norte en cuyas laderas se olía el cisco de la Trilladora de café o el aroma de la cerveza que fluía hacia los precipicios desde la fábrica situada en El Carretero o más allá del barrio San José o de la estación del Ferrocarril, entonces ya abandonada y en ruinas.

Así algunas veces llegamos al famoso puente de Olivares, lugar de leyendas y fantasmas de suicidas, al que se accedía por los caminos de La Avanzada, zona sulfurosa de tolerancia y malevaje que suscitaba todo tipo de especulaciones. Y en otras ocasiones nos aventurábamos a recoger musgo en el Monte de León, que ahora casi ha sido devorado del todo por el cemento y la urbe, o llegábamos a un lejano barrio aparte, Minitas, situado cerca del matadero, a donde acudían los arrieros con el ganado subiendo las empinadas lomas desde el barrio Asunción, como en los tiempos de la colonización.

Ya más grandes, cuando se avanzaba en el bachillerato, descubrimos otros barrios del sur situados en las hondonadas que daban a Villamaría o al Morro de San Cancio, barrios recientes surgidos de invasiones, cerca de Fátima  o Aranjuez, a donde llegábamos a presentar las obras de teatro que montábamos con Antonio Leyva y Pedro Zapata, una de ellas, Soldados, basada en un texto del barranquillero Alvaro Cepeda Samudio.

Gracias a la efervescencia internacional provocada por el Festival Internacional de Teatro Universitario y al auge del arte comprometido en boga entonces, pudimos conocer uno a uno todos esos lugares marginales donde nos presentábamos y conocimos así la otra cara siempre oculta de Manizales, los rumbos de más allá de la fábrica de tejidos Única o la lejana cárcel blanca, donde actuamos para los presos.

Y ya animados por la emoción inigualable e inolvidable de sentirse útil en la sociedad al enseñar a leer y escribir a adultos atentos, mujeres y hombres ancianos de miradas profundas y tiernas, rostros marcados por el trabajo, el sol, el sufrimiento y la pobreza, una noche caímos en una redada al acudir de madrugada a presenciar una invasión en alguno de esos precipicios que daban hacia Villamaría, por lo que mi primo Olmedo Pineda García me dice, bromeando y señalándolos con la mano izquierda mientras conduce, que soy uno de los fundadores de esos barrios.

Unos diez imberbes muchachos amantes de la poesía y el teatro fuimos capturados por el ejército y encerrados varios días con sus noches en dos calabozos pútridos de la Permanencia de Hoyofrío, de donde nos sacó por fin después de una angustiante espera y cuando en la radio nos acusaban de ser peligrosos terroristas y guerrilleros, el alcalde Ernesto Gutiérrez Arango, quien conocía mundo y sabía bien que éramos solo unos niños que soñábamos con un país mejor sin tanta injusticia y miseria.

Más tarde, cuando con mis amigos Carlos Eduardo Hoyos Gómez y Alberto Giraldo fundamos en el Colegio Gemelli el periódico Conflictos, nos atrevimos a hacer un reportaje nocturno en la zona de tolerancia de Arenales, junto al bailadero Tico Tico o el legendario bar del marica Alberto, a donde nos internamos en algún prostíbulo para entrevistar, con la autorización irónica de la dueña del antro, a jóvenes menores de edad que se prostituían y a las que pensábamos sacar de ahí y redimir con la inocencia febril y utópica de la adolescencia. No olvidaré nunca la mirada de esa muchacha con la que hablé en Arenales, ni el rostro oculto de quienes pedían comida en la puerta, ni la mirada profunda de los adultos analfabetos sedientos de letras. ¿Qué habrá sido de todos ellos?
-------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 12 de mayo de 2024.

sábado, 1 de abril de 2023

EL VOLCÁN EN EL CORAZÓN

Por Eduardo García Aguilar


El Volcán Nevado del Ruiz, también llamado Cumanday, ha sido para los habitantes de Manizales y los alrededores una presencia permanente y esencial que marca la respiración y los latidos del corazón de quienes lo han visto desde su infancia en los amaneceres despejados o en días cuando aparece diáfano en lo alto del horizonte o rugiente con su cambiante fumarola cada vez más amenazadora.  

Todos los habitantes de altas cordilleras y cumbres nevadas en el mundo, ya sea junto a las alturas del Himalaya, los Urales, los Alpes, los Apeninos, el Kilimanjaro o los Pirineos, entre otras muchas estribaciones, comparten entre ellos la sensación impresionante de percibir algo que los supera y los conecta con la eternidad y la fragilidad de la vida.

Suelen ser esos lugares escarpados el fruto de la confluencia de poderosas capas tectónicas que al chocar, rozarse y empujarse, han causado desde antes de la existencia de la humanidad fuertes terremotos que arrasan con todo a su paso. O sea que los habitantes de esas estribaciones no solo saben que están amenazados como en su tiempo la gran Pompeya por erupciones terribles que arrasan con lava, ceniza, lahares y precipitaciones piroclásticas ciudades y pueblos, sino que además deben lidiar con la incertidumbre permanente de los sismos recurrentes y devastadores.  

Con solo ver aquellas superficies rugosas que alcanzan impresionantes alturas y descienden creando abismos y precipicios insondables, los habitantes de esas laderas tienen la certeza de que siempre viven amenazados por las fuerzas telúricas de la naturaleza y a veces, sin saberlo, en lo más profundo de la intuición inconsciente, perciben la insignificancia de toda existencia vital o incluso pétrea, condenada a ser polvo y ceniza eternos.

Cada quien tiene una forma personal de relacionarse con esa impresionante cumbre, pero muchos de los nativos de estas tierras cuando vemos despejado a lo lejos al Volcán Nevado del Ruiz sentimos una mezcla de pavor con fascinación estética ante una belleza fría, helada, silente, que nos comunica la infinitud del cosmos, el arrollador paso del tiempo, la ineluctabilidad del fin.

Cuando al amanecer está despejado y lo vemos al frente desde algún sitio privilegiado, entramos en comunión con él y establecemos un diálogo secreto que se sitúa en los terrenos de la poesía o de los antiguos libros sagrados a través de los cuales las civilizaciones anteriores expresaron el asombro ante el cosmos, las galaxias, las estrellas, el infinito.

Durante la infancia caminaba de frente al Nevado por la avenida rumbo a la Escuela Anexa a la Normal, al lado de la Universidad y el Estadio, donde estudié la primaria, y por eso siempre fue una figura familiar, un compañero de vida con quien dialogaba a solas, una presencia fortalecedora, mágica, que añoraba. 

Pronto, ya en la adolescencia, a los 14 años, tuve una experiencia en la que casi pierdo la vida, cuando con unos intrépidos amigos hicimos una irresponsable excursión a pie hacia esas alturas y nos cogió la noche en mitad del camino, quedando atrapados en un depósito de papa abandonado donde casi morimos congelados de frío y de donde fuimos rescatados al día siguiente por un milagroso jeep que ascendía hacia el refugio en una jornada esplendorosa de sol.

El jeep subió por la extenuante vía en zig zag entre la nieve, cuya superficie entonces era más amplia, hasta dejarnos junto al viejo refugio suizo al pie del nevado, donde renacimos y olvidamos de inmediato la peligrosa aventura nocturna. Ya adentro, junto al calor de la chimenea, reanimado con un trago de Ron Viejo de Caldas, sentí como nunca lo que es la maravilla de existir, de estar vivo. 

Un sorpresivo bus con una excursión de muchachas de Cali llegó en ese momento y fuimos nosotros ese día los acompañantes felices de esas chicas que también descubrían el milagro de la cumbre nevada, tal vez la primera experiencia especial de sus vidas. Todo el día pasé con una de ellas pues nos flechó cupido y aun me acuerdo que se convirtió en la novia efímera del volcán Cumanday. Caminamos hasta la imponente cráter La Olleta, el más visible y emblemático cono del nevado y tratamos de escalar por esas arenas hasta la cumbre. Desde la altura veíamos allá lejos el refugio suizo.

Ahora que de nuevo los sismos arrecian y se activan las alertas en la zona en previsión de una probable erupción, vuelvo a viajar en el tiempo a esa experiencia personal directa, inolvidable, de haber tocado con las manos el sueño que hasta entonces veía desde lejos. 

Y no olvido a la muchacha caleña de la que me despedí cuando su grupo escolar tuvo que regresar en la tarde al terminar su breve excursión. Nosotros nos quedamos ahí aquella noche haciendo la fiesta y desde una habitación del viejo refugio que arrasó la terrible erupción de 1985, a través de la ventana, presencié aquella noche la primera tormenta de nieve de mi vida.     
-----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 2 de abril lde 2023.    


       

      



 




sábado, 7 de enero de 2023

EL MUNDO QUE SEREMOS

Por Eduardo García Aguilar

Cuando llega un año nuevo se celebra la posibilidad de vivir nuevos acontecimientos, viajes y lecturas que nos esperan en este giro rápido alrededor del astro solar que marca el ritmo de las horas, los días, los segundos.

Eso por supuesto si somos positivos, porque por lo regular en medio de tantas sorpresas, viajes, amores y satisfacciones, a los habitantes de este planeta nos esperan también las malas noticias, como el conteo de las desgracias personales, las separaciones, las crisis laborales, los decesos de amigos y familiares, las enfermedades, catástrofes naturales y guerras que nunca faltarán en el lapso y serán descritas de manera minuciosa en el balance posterior, cuando llegue el año nuevo y se proclame otro minúsculo juicio final.

Estamos ya en 2023, o sea que ya vamos raudos agotando los segundos del siglo XXI, cien años después de los años de entreguerras que fueron tan fértiles en todos los campos, científicos, técnicos, literarios, pictóricos y de pensamiento.

Los años de entreguerras del siglo XX vieron el avance raudo de las innovaciones científicas auguradas por Edison, Marconi, Freud y tantos otros con la expansión de la luz, la electricidad, la telefonía, la industria automotriz y aérea, el metro, los cables, el descubrimiento de la penicilina y el auge del psicoanálisis que desbancó a los confesionarios eclesiales por el diván.

Esas dos décadas de relativa paz que siguieron a la primera gran guerra mundial del siglo XX experimentaron el auge del cine sonoro, el jazz y las alegrías del Music Hall de Charles Chaplin, El Gordo y el Flaco, Joséphine Baker y Fred Astaire, cuando generaciones hartas de guerras y prohibiciones religiosas e ideológicas se desbocaron hacia el goce hedonista del cuerpo y del alma al mismo tiempo que Ernest Hemingway proclamaba que París es una fiesta y Albert Einstein ajustaba su teoría de la relatividad.

Los bólidos automovilísticos corrían raudos por las carreteras y los primeros vuelos comerciales generalizados coincidían con los lujosos transatlánticos que, como el Normadie, cruzaban el Atlántico cargados de miles de pasajeros que se divertían orgiásticamente en varios pisos marcados por atracciones musicales, etílicas y gastronómicas para llegar felices a la Estatua de la Libertad de Nueva York de un  lado o a los puertos europeos del otro.

En el París de Montparnasse los bares La Coupole, Le Select y la Rotonde recibían a todas las generaciones cosmopolitas de artistas y escritores del mundo que se solazaban hasta altas de la noche arreglando el mundo y pensando en utopías geniales, sin saber que pronto se atravesaría primero la crisis mundial del 1929 y diez años después la terrible Segunda Guerra Mundial, que aun hoy nos marca y nos determina y nos asusta.

La prensa escrita que se expandió de manera exponencial en el siglo XIX había llegado a sus grandes momentos en Nueva York, Londres y París y todas las capitales del orbe, al mismo tiempo que la radio y el cine empezaban a dominar el mundo.
 
En todas las capitales se revolucionaban la artes, la literatura, la filosofía y el pensamiento en general abriendo nuevas rutas impensadas, y podría decirse que tantos cambios y descubrimientos se registraban al mismo nivel de lo ocurrido cuatro siglo antes en el Renacimiento de Leonardo, Miguel Angel, Rabelais, Galileo y Pico de la Mirándola.

También nosotros estamos ahora viviendo a veces sin saberlo las primeras décadas de la revolución digital que jubiló de súbito a fines del siglo XX a la era de Gutenberg, y con Internet, las redes sociales, los teléfonos celulares y los múltiples satélites que desde el espacio exploran el universo o las máquinas que rastrean en laboratorio lo infinitamente pequeño, vivimos una nueva aventura de conocimiento que a veces desafía a la propia paradoja borgiana del Aleph.

Cada día arqueólogos, paleontólogos, astrónomos, físicos y médicos amplían el rumbo del conocimiento y a través de las redes descubrimos los nuevos secretos del universo que ponen en cuestión las teorías en boga sobre su inicio y su expansión. En directo vemos y conocemos las más lejanas galaxias, agujeros negros o planetas similares a la tierra que podrían albergar vida. Falta poco para que se anuncie la existencia de vida extraterrestre y dejaremos de estar solos como el único milagro biólógico.

Y en lo que respecta al rastro vital del homo sapiens, nuevas técnicas revelan la existencia de ciudades milenarias desconocidas y civilizaciones y pueblos que en otros tiempos construyeron ciudades mágníficas y complejas y ejercieron el arte, la arquitectura, el derecho, la ciencia y la tecnología a niveles sorprendentes.

Por eso hay que ser optimistas. Si se hace un balance, los humanos hemos superado siempre a través de los milenios los percances de guerras, miserias y pestes y a un ritmo sostenido avanzado en los descubrimientos y el perfeccionamiento tecnológico desde la rueda hasta las naves espaciales y los más impresionantes telescopios cósmicos.

Hay múltiples razones para pensar que esos avances seguirán ocurriendo y que generación tras generación los humanos seguirán dando pasos agigantados hacia un mundo cada vez mejor. Nuevas ideologías ecológicas y humanitarias florecerán en mentes nuevas que aun no han nacido y sería maravilloso poder echar un vistazo desde el más allá hacia esas conquistas futuras de la ciencia y la tecnología que aun hoy desnocemos.
----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de diciembre de 2023. 

     



sábado, 10 de septiembre de 2022

BOSQUE Y JARDÍN BOTÁNICO EN PALESTINA

Por Eduardo García Aguilar

Conozco desde la infancia las zonas cercanas a donde se construiría el famoso aeropuerto de Aerocafé, pues siempre en vacaciones solía quedarme en Chinchiná en la casa de mi tía Amanda y mis primos y recorría esos territorios en paseos, caminatas, excursiones, percibiéndolos siempre como un rincón de un paraíso de la naturaleza donde a veces en la noche se veían los fuegos fatuos emerger de las guacas quimbayas. También desde Manizales solíamos de niños hacer excursiones escolares a Cambía y otros lugares de la región bañada por el río Cauca y se pasaba por donde ahora en vez de montaña y aves hay un desolado terraplén sin árboles ni animales como una herida abierta.

Más tarde he pasado tiempo en predios de amigos o familiares alrededor de la carretera que lleva a Palestina, Arauca y al río Cauca, poblados por pequeñas fincas cafeteras y una vegetación desbordante cuyos aromas causan una ebriedad sin nombre y le recuerdan a uno lo que significa de verdad la palabra terruño. Y desde las alturas de Chipre o del barrio La Francia en Manizales observaba desde otro ángulo esas zonas verdes, bañadas a veces por los aguaceros o los rayos del sol que cruzan nubes.   

En muchos de esos viajes por esa carretera que va hacia el río Cauca o por caminos vecinales solía detenerme a la vera del camino con amigos o familiares a escuchar el sonido de los grillos y otros insectos, el canto de los pájaros o aspirar el perfume de la vegetación mecida por el viento o la lluvia. Es la forma esencial de saber que esa es la tierra y la vegetación de todos los habitantes de la región cafetera, un clima templado sobre territorios con remansos, cuencas, repliegues que hasta ahora se han salvado en parte de la urbanización galopante.

Desde La Ceiba, al lado de la liofilizadora que expele aromáticas humaredas de café y del embalse cercano, he visto crecer a lo largo de las décadas la amenaza de ese aeropuerto y poco a poco, los remansos de paz se han venido transformando de manera inquietante. Así he visto a fincas convertirse en condominios o edificaciones de cemento irrumpir sin plan alguno, deteriorando el paisaje ecológico, lo que presagia la catástrofe del cáncer urbano.

Algunos decían con entusiasmo que ya pronto veríamos aterrizar los enormes aviones del progreso en esa colina allá arriba y yo pensaba para mis adentros con temor que eso generaría en esas tierras un proceso acelerado de urbanización descontrolada en contravía con las tendencias mundiales de protección del medio ambiente, la naturaleza, los recursos acuíferos, el aire respirable. Porque allí donde se pueda salvar una montaña, un valle, un árbol, un riachuelo, vale la pena hacer el esfuerzo para conjurar el desastre.

Por eso en mis sueños utópicos pensaba que mejor que una gigantesca y ruidosa plancha de cemento en ese mirador de Palestina, marcada por el incesante revuelo de los aviones y la humareda dejada por los combustibles en los estacionamientos, era preferible que se implantara allí de nuevo el bosque y un jardín botánico para que regresen aves, insectos, pequeños mamíferos y la lluvia y la niebla.

Movimientos ecologistas en Francia y Alemania y otros países europeos han ganado batallas contra aeropuertos o zonas industriales planificados desde los tiempos del siglo pasado cuando el progreso y el avance de la humanidad eran sinónimo de cemento, autopistas, avenidas, rascacielos, urbes caóticas que devastan las cuencas acuíferas y ahuyentan la naturaleza. Las ciudades y los territorios se planificaron en el siglo XX para abrir paso al dios automóvil y a su poderosa industria, en detrimento del transporte colectivo. Se creía maravilloso y viable que los miles de millones de humanos tuvieran cada uno un vehículo para uso personal sin calibrar las consecuencias que esa locura tendría para el planeta. 

Y cuando ocurrió hace poco la reciente pandemia y cesó el tráfico aéreo en el mundo, descubrimos lo maravilloso que era un cielo azul despejado sin aviones. Parecía un sueño imposible, pero lo vimos durante esos aciagos años en que la humanidad estaba amenazada por el virus. En este siglo XXI poco a poco se toma conciencia de la necesidad de proteger el planeta de su suicidio dejando atrás concepciones de progreso y desarrollo equivocadas y obsoletas que encienden bosques e inundan países enteros. 

Es evidente e imperativo reducir el imperio del automóvil, el cemento y el avión, el reino de la gasolina y el carbón, dejar atrás los rascacielos y las avenidas que destruyen parques y barrios históricos. Por supuesto que es necesario evitar la destrucción de bosques y selvas y abogar para que las ciudades sean más verdes y humanas. Ahora que se incendia a pasos agigantados la Amazonía, el pulmón sagrado del planeta, debemos comprender que salvar cualquier montaña, colina, riachuelo, lago o valle del imperio del cemento es un ganancia para todos.

Por eso ahí donde desde hace décadas se planeaba un aeropuerto, sería bueno que surgiera por el contrario un bosque y un jardín botánico donde las generaciones futuras investiguen como salvar al planeta. Las plantas, los pájaros y todo tipo de animales volverían de nuevo el lugar después de ser expulsados al exilio y vivirían agradecidos de recuperar su refugio natural, creando un nuevo nido de biodiversidad. Y los habitantes de la región podrían convertirse también en los guardianes y beneficiarios de su propia naturaleza.    
---
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 11 de septiembre de 2022. 
* Fotografía tomada del sitio de Aerocafé: https://aeropuertodelcafe.com.co/

sábado, 20 de agosto de 2022

LA ALEGRÍA VITAL DE RAFAEL VERGARA


Por Eduardo García Aguilar

Esta semana nos dejó Rafael Vergara Navarro (1948-2022), abogado, poeta, dibujante, cineasta, gastrónomo, vitalista esencial y una de las grandes figuras del ambientalismo colombiano, quien a lo largo de su vida luchó no solo por la justicia social como militante y miembro de la dirección nacional del M-19 en tiempos de clandestinidad y antes de la firma de la paz con el gobierno, sino por la conservación de la naturaleza, especialmente en Cartagena, la ciudad donde vivió después de su retorno del exilio y donde vigilaba con celo manglares, árboles y cauces acuáticos.

Querido como un patriarca y sabio de la tribu cartagenera y costeña, tal y como lo describe en un magnífico retrato el escritor Gustavo Tatis Guerra publicado en El Universal de Cartagena, Vergara decía que el día de su partida nadie debía sentirse triste sino por el contrario hacer la fiesta. Gran fumador, el ecologista estaba afectado por efisema pulmonar terminal y debía cargar con él a donde fuera un tanque de oxígeno, pero eso no le impedía vivir cada instante como si fuera el más extraordinario y luminoso.

Cercano amigo del actual presidente colombiano Gustavo Petro, que era uno des su discípulos y con quien compartía su pasión ecológica, Vergara fue uno de los artífices del programa del candidato en esa materia, por lo que el mandatario publicó de inmediato en su sitio una foto suya con su "amigo" y "hermano", celebrando que pudo vivir la victoria de su ideario antes de su partida. Ahí se le ve con su barba y melena patriarcales de color blanco y los tubos que le llevaban a través de la nariz el precioso oxígeno de la vida.   

Hijo rebelde del famoso senador liberal Rafael Vergara Támara, optó por comprometerse desde muy joven con los movimientos sociales en Colombia, como muchos de los de su generación, atraídos por ideas que entonces eran más que utópicas. Hubiera podido seguir el camino de tantos delfines que heredan el capital político de sus padres e inician sin esfuerzos una fácil carrera en altos cargos o puestos diplomáticos, pero él decidió arriesgar su vida en su lucha por un país mejor.

En 1979 emprendió el camino del exilio y viajó a México, donde vivió varios años y dejó gratos recuerdos entre sus amigos latinoamericanos. Tuve la fortuna de conocerlo cuando llegué a ese país desde Francia y Estados Unidos a fines de 1980 y desde el comienzo tejí con él una amistad estrecha, ya que nos unía el gusto por la literatura, el arte, las ideas, el análisis político, el cine, la buena cocina, la fiesta, en el marco de una colonia de jovenes estudiantes, artistas, escritores y exiliados políticos de todo el continente que fueron acogidos en ese país.

La Ciudad de México era una fietsa. En esos años estaban vivas y en plena actividad en la capital mexicana muchas de las glorias de las letras y al arte latinoamericanos. Gabriel García Márquez obtenía en 1982 el Premio Nobel, Alvaro Mutis leía y creaba en su cueva de San Jerónimo, Fernando Vallejo escribía La virgen de los sicarios, Laura Restrepo, Olga Behar y decenas de talentosas profesionales mujeres colombianas ejercían su plena actividad. Y ahí estaban a la mano los guatemaltecos Luis Cardoza y Aragon y Augusto Monterroso, y los mexicanos Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Rufino Tamayo, Cantinflas, grandes directores de cine y hasta el mismísimo rey del Mambo, el cubano Dámaso Pérez Prado, sin olvidar a Chavela Vargas, Tongolele y Maria Félix.
 

En ese ambiente compartimos largas fiestas y francachelas en madrugadas al ritmo de la música y de la charla con Rafael Vergara, quien fiel al ideario del movimiento en que militaba se dedicaba con intensidad a la fiesta y a la celebracion de la vida de manera inagotable y elocuente. La colonias colombiana, argentina, chilena, brasileña, centroamericana eran enormes  y todos compartíamos desde allí en medio del frenensí las noticias del mundo y el continente. Del profundo análisis político o la reflexión filosófica se pasaba al baile o a la mesa. Su mirada de águila, su vozarrón y sus carcajadas son inolvidables.

Pero "Rafa", como lo llamábamos sus amigos, estaba siempre ahí animado por la esperanza de que Colombia encontraría tarde o temprano el camino de la paz y de la vida. Alerta a sus amigos, su casa siempre estaba abierta y su tiempo disponible. Un día se firmó la paz y él y los suyos emprendieron el camino del regreso y la legalidad en el marco de los acuerdos de paz y la Asamblea Nacional de donde salió la Constitución de 1991. Tres décadas después pudo ver a uno de sus queridos discípulos llegar a la Presidencia, aupado por una inédita oleada popular juvenil, feminista, humanista, multiétnica. Y así al fin pudo descansar y pasar a respirar en otra dimensión de la materia, guiado por la sabiduría de Heráclito.
-----------------------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de agosto de 2022.

domingo, 26 de junio de 2022

CONSAGRACIÓN DE GUSTAVO PETRO

Por Eduardo Garcia Aguilar

Un gran alivio se sintió en Colombia con la elección de Gustavo Petro como presidente después de décadas de encarnizada lucha por llegar al poder. Los grandes adversarios del nuevo mandatario no tardaron en reconocer su victoria y están ahora dispuestos a reunirse con él para dialogar o incluso a colaborar en la implementación del proyecto social que tiene planeado.

Al día siguiente fue saludado por el Secretario de Estado estadounidense Anthony Blinken y horas después recibió una calurosa llamada del presidente demócrata Joe Biden, quien conoce la trayectoria de Petro y sabe que grandes sectores de su partido reconocen su talante de gran estadista y coinciden con muchos de los puntos de su ideario, inscrito en la social-democracia, el empuje keynesiano y el activismo ecológico, que es una de las banderas del gobierno estadounidense bajo la férula del ex secretario de Estado John Kerry y de centenares de países preocupados por el destino del planeta.

Salvo algunos recalcitrantes muy sectarios, envidiosos o fanáticos, los líderes políticos del viejo establecimiento descansaron con el desenlace de estas elecciones históricas, que culminan con más de medio siglo de enfrentamientos animados por el objetivo ultramontano de impedir a toda costa que la izquierda, incluso moderada, llegara al poder y que nuevas generaciones pudieran asumir las riendas del país después de realizar por mérito propio estudios universitarios o ejercer por mandato electoral altas dignidades parlamentarias y ejecutivas.

Durante décadas los viejos dirigentes del establecimiento colombiano hicieron todo lo posible por impedir el ascenso de Gustavo Petro. Pero ahora reconocen que él les ganó la partida como otros grandes políticos de la humanidad que tras décadas de lucha, cárcel, calumnias y hostigamientos de todo tipo acceden en franca lid al poder aupados por una fenomenal oleada de rebelión democrática popular. Pienso en Nelson Mandela, François Mitterrand, Luis Inacio Lula da Silva, Dilma Roussef, Pepe Mujica y Andrés Manuel López Obrador, entre otros que sortearon con éxito las siete vidas del gato.

Los adversarios más encarnizados que hasta hace unos días lo consideraban un demonio, reconocen que Gustavo Petro pasa a la historia e inicia ahora un camino no solo como líder nacional sino como figura de gran rango en el panorama de los estadistas latinoamericanos. Petro luchó de joven como tantos otros colombianos por la justicia social y vio morir a miles de valores de su generación exterminados por las fuerzas oscuras. Después emprendió estudios de Economía en la Universidad Externado de Colombia y viajó por el mundo, conectándose con las nuevas corrientes del pensamiento. Además es gran lector de literatura y ensayos y escribe muy bien.

Dotado de gran inteligencia, elocuencia notable y gran capacidad oratoria, Petro nunca desfalleció ante los ataques y llevó la flama de su ideario hasta lo alto, mostrando en el último tramo de su lucha una gran serenidad ante los sucios ataques de los poderosos medios venales capitalinos. Ahora Colombia sube de rango internacional con esta figura que toda la prensa mundial saluda en las primeras planas. Su consagración es más que merecida y es el fruto de una lucha honrada e idealista de más de cuatro décadas. Esa experiencia le dará fuerza y sabiduría para enfrentar los muchos obstáculos y reveses que sin duda tendrá su mandato.

Pues bien, Colombia tendrá al mando ahora a un estadista que hablará de tu a tu con Estados Unidos y Europa mirando al futuro y ejercerá liderazgo en la región latinoamericana que vive ahora una nueva era. Ya no seremos el hazmerreír que fuimos en el último cuarto de siglo y especialmente en los últimos años. Petro abre fronteras rotas y va al grano al propiciar con urgencia la creación de instituciones educativas para miles de jóvenes marginados que sueñan con crear un nuevo país más justo y moderno.
 -----
 
Publicado en La Patria. Manizales, Colombia. Domingo 26 de junio de 2022.

domingo, 3 de enero de 2021

LAS INCIERTAS AVENIDAS DEL FUTURO

Por Eduardo García Aguilar

Termina el año 2020 bajo la amenaza aun no conjurada de la pandemia, pero con la certeza de que en los sectores de la ciencia y el pensamiento se aceleraron los avances que auguran sin duda descubrimientos y programas novedosos para enfrentar los problemas de la naturaleza y la humanidad que viaja veloz en el barco del siglo XXI. La humanidad es solo un aspecto microscópico de este universo inasible del que solo conocemos sus misterios y los abismos incomprensibles del tiempo.

Nuevas teorías nos hablan de la posibilidad de que la civilización terrícola en la que estamos inmersos es solo tardía y periférica y que tal vez en nuestra galaxia Vía Láctea muchas civilizaciones desaparecieron para siempre hace ya miles de millones de años, pues surgieron y tuvieron tiempo para avanzar y aniquilarse en el escalofrío del espacio. Como si estuviera claro que las civilizaciones y los mundos son finitos y se autodestruyen, lo que nos da perspectiva y relativiza el excepcional año de la peste que nos tocó vivir como a otros humanos en tiempos remotos.

El logro de vacunas en tiempo récord y las nuevas formas de enfrentar enfermedades hasta ahora incurables, conducirán a generar expectativas mayores de vida, lo que aunado a la cada vez mayor conciencia humana de la necesidad de cuidar al planeta, podrían tal vez conducir a un mundo mejor en los próximos siglos. Algunos futurólogos auguran saltos posibles en materia de alimentación que podrían liberar al hombre de la corvea para obtenerla, pero la vocación violenta y cainita del homo sapiens es una amenaza permanente que puede sabotear los avances y aplazar una actitud más responsable en materia ecológica.

Lo ocurrido este año a pesar de tantas muertes en serie, fue saludable en muchos sentidos para amplios sectores de la humanidad adormecidos por la creencia ciega en el progreso, el desarrollo y el consumismo desbocado. De repente la humanidad cesó de viajar por el mundo enloquecida y los cielos se despejaron de aviones. Todos los sitios turísticos quedaron paralizados y se convirtieron en lugares fantasmas con hoteles, restaurantes y bares cerrados. Una asfixiante ciudad costera de rascacielos construida para europeos como Benidorm en España y las lujosas urbes construidas en los desiertos de Medio Oriente por los jeques árabes se con
virtieron en elefantes blancos que tratan de salvarse convertidos en absurdos sets cinematográficos.

Y como Benidorm, París, Venecia, Roma, Pompeya, Barcelona, Praga, Dubai, Abu Dabi y Doha, Tailandia y centenares de playas paradisíacas situadas en islas de sueño, quedaron paralizadas sin el flujo millonario de los turistas. Los aeropuertos internacionales vieron pulverizadas las cifras de visitantes, causando el desempleo de millones de personas. La industria cinematográfica, los teatros, las salas de concierto y las discotecas llevan ya un año cerrados o restringidos. Y lo que era impensable para la humanidad, el plutocrático fútbol todopoderoso desapareció por encanto de los estadios y las pantallas. 

Encerrados en sus casas, enfrentados al deceso de familiares o figuras públicas, acosados por el desempleo o la ruina, los humanos tuvimos obligatoriamente que replantearnos muchas certidumbres. Pero en sus casas o en oficinas de universidades y laboratorios, pensadores, poetas y científicos han aprovechado el tiempo para pensar en el destino del homo sapiens sapiens y en su su frágil hábitat. 

¿Cuáles son las medidas que deben aplicarse desde ahora para impedir el fin del planeta? ¿Qué cambios radicales debe experimentar la sociedad para enfrentarse a los nuevos tiempos? ¿Como acabar con el hambre y la miseria de miles de millones de humanos? ¿Cuáles son los restos de la inteligencia artificial y sus fabulosos y a la vez inquietantes avances? ¿Qué sorpresas nos depara la nanotecnología? ¿Qué nuevos descubrimientos se avecinan en el cosmos gracias al perfeccionamiento de los instrumentos astronómicos?

Así como en otros tiempos sabios y filósofos preguntaron y reflexionaron sobre los siglos y milenios venideros, las mentes activas de la humanidad estremecida por la pandemia en 2020 aceleran sus reflexiones en materia científica y ética. Parecidos a los utópicos de hace siglos, muchos se aventuran a proponer nuevas formas de gobierno, consumo, cooperación y convivencia entre los humanos y abogan para que los cambios sean reales. 

La sociedad lucha contra las violentas fuerzas cavernarias del poder y el dinero opuestas en casi todos los países a los cambios y que luchan encarnizadamente por conservar los privilegios de unos cuantos, a costa de la miseria y la exclusión de las mayorías y la destrucción de la naturaleza. La nuevas generaciones parecen estar comprometidas en demoler para siempre ese viejo mundo patriarcal, bélico y de castas que ha dominado al mundo. Aun son propósitos utópicos, pero vale la pena soñar, ya que quienes hoy habitamos el planeta no sabremos lo que pasará en las inciertas avenidas del futuro planetario.
----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 3 de enrero de 2021. 

lunes, 14 de diciembre de 2020

EL ACUERDO DE PARÍS SOBRE EL CLIMA


Por Eduardo García Aguilar


Hace cinco años 195 países participantes lograron llegar a los Acuerdos de París y ahora, como soñar no cuesta nada, se reúnen en medio de la pandemia y en plena virtualidad planetaria buscando ratificar los objetivos planteados para reducir el calentamiento de la tierra, expresado en huracanes y ciclones devastadores, incendios forestales, inundaciones sucesivas, desaparición de las cumbres nevadas y humedales y la reducción dramática de los casquetes polares ártico y antártico.

Después del avance de aquella reunión, muchas esperanzas se vinieron al suelo, pues lo primero que hizo Donald Trump al llegar al poder en Estados Unidos, fue salirse del acuerdo y sabotearlo a lo largo de su mandato, que culmina en enero, pues según él no existe tal cambio climático y el mundo puede seguir destruyendo bosques y contaminando el planeta.

Y como no hay mal que por bien no venga, la llegada de la pandemia que sacudió al mundo en este largo año excepcional de 2020, mostró con total claridad que el planeta necesita reducir la velocidad y la naturaleza de sus objetivos productivos y tecnológicos. Trump y su comparsas en el mundo fueron desmentidos por la realidad de la peste, que reveló al orbe la necesidad de que los humanos cesen su delirio depredador.

De repente todos vimos como nuestros cielos se quedaron libres del desenfrenado tráfico de la aviación mundial y del turismo enloquecido que histerizaba a los habitantes del planeta, ávidos de viajar y gastar sin sentido. También vimos como lucían las grandes y las pequeñas ciudades en los momentos más drásticos del confinamiento aplicado en todas partes ante la devastación mortífera provocada por la peste del siglo XXI.

Calles vacías de vehículos y contaminación, baja en el índice de accidentes, recuperación de espacios por parte de los animales que antes huían de la locura humana, fueron algunos de los efectos benéficos de la crisis. Muchos vieron los cielos libres de esas líneas contaminadoras expulsadas por los enormes aviones y también los mares descansaron al observar a los paquebotes del turismo de masa que invadían sitios de sueño, playas, bellas ciudades como Venecia, a los cargos petroleros y químicos y a las minas contaminadoras, paralizados todos por el cese súbito de las actividades económicas.

Por el avance terrorífico de la peste en Brasil, cuyo gobierno hacía coro con el de Trump negando el virus y el cambio climático mientras se incendiaban las selvas amazónicas, las actividades depredadoras contra la naturaleza impulsadas por los ávidos de la ganancia tuvieron cierto reposo obligado, dejando en paz a los habitantes originarios y a los animales que morían bajo el fuego provocado por quienes arrasan los bosques, afectando al pulmón amazónico del planeta.

Los activistas y los países y líderes mundiales comprometidos con el Acuerdo de París se preparan ahora para la nueva reunión COP 26, que se llevará a cabo el año entrante en Glasgow, en Escocia. Los expertos y los científicos siguen publicando informes donde explican en detalle que los objetivos deben cumplirse para que el planeta se salve de la autodestrucción, que lo convirtiría en un globo desierto, una inmensa roca fría cubierta de óxido como en los libros o las películas de ciencia ficción.

Las nuevas generaciones trabajan par proponer alternativas: reducir el uso de energías fósiles, el uso de los vehículos o al menos convertirlos en aparatos ecológicos no contaminadores, cambiar los hábitos y proponer el reciclaje de electrodomésticos, ropas y muchos elementos de la vida cotidiana, reducir el turismo masivo que invade y destruye, avanzar hacia la construcción de edificios y habitaciones ecológicas, proteger el agua, cuidar la naturaleza, promocionar el trueque, dejar de vivir arrodillados ante el dios automóvil.

Muchos adolescentes y jóvenes de este siglo XXI han tomado conciencia de esas necesidades y se mueven en la India, Suecia, Estados Unidos, América Latina, África, Asia, para hacer posible esos cambios, pero las fuerzas retardatarias hacen todo para impedir el cambio, lo que se traduce en el asesinato en muchas partes mundo de  activistas ecológicos que luchan contra la construcción de aeropuertos absurdos en lugares paradisíacos, represas megalómanas, avenidas locas que matan ciudades y se oponen a la minería de las grandes multinacionales, que tras extraer las riquezas solo dejan miseria y desiertos.

Esos jóvenes que ahora alzan la voz muestran el rumbo que los viejos sátrapas vampiros del poder y el dinero como Donald Trump y sus admiradores quieren frustrar en un baño de sangre y destrucción. No todo el mundo está loco. La humanidad puede cambiar de rumbo y aun está a tiempo. El éxito no está en enriquecerse, robar, matar, arribar, gritar, odiar, hacer la guerra, sino en luchar por un mundo más justo y más leal con la naturaleza. La poesía está a la vuelta de la esquina. El sueño se puede tocar con nuestros corazones. Solo basta mirar las flores, los ríos, el mar, los volcanes y escuchar el canto de los pájaros.   
 
-----
Publicado el domingo 13 de diciembre de 2020 en La Patria. Manizales. Colombia. (Incluye pequeños ajustes en los párrafos 1 y 7).