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domingo, 15 de enero de 2023

TIEMPO DE SOCIÓLOGOS Y PERIODISTAS

Por Eduardo García Aguilar

Un reciente estudio publicado en la prensa indica que entre las carreras de las que más se arrepiente la gente haber estudiado figura en primer lugar el periodismo, seguido por sociología, comunicación social y educación, entre otras. Supongo que los filósofos han estado tan convencidos de su vocación que nunca se arrepienten de haberla cursado. La encuesta indica además que los estudiantes se sienten frustados porque después de realizar los estudios no encuentran trabajo y sienten que han perdido el tiempo porque nadie les para bolas.

En casi todo el mundo en las últimas décadas la carrera de periodismo fue la que más se puso de moda y proliferaron como hongos las instituciones privadas y públicas que ofrecían y ofrecen esa disciplina, en la que se gradúan cada año miles y miles de estudiantes en todos los países esperanzados en convertirse en estrellas de la televisión, diarios, revistas y noticieros, pero que al salir con el título empiezan a vivir un largo viacrucis que a veces no termina nunca, pues no hay empleo para tantos graduados y además los salarios se devaluaron en estos tiempos de redes sociales e internet cuando un gesto periodístico no vale nada.

Salvo algunas estrellas ligadas a los grandes poderes financieros o mafiosos, el resto vive en la penuria y escribe y publica solo por el gusto de hacerlo, porque ya nadie paga nada por un producto periodístico, una crónica o un reportaje. Igual ocurre con los poetas, pero éstos lo saben desde el primer instante y por eso nunca se sentirán arrepentidos o frustrados de ser poetas.  

Cuando ingresé a estudiar sociología en la Universidad Nacional, esa carrera era una de las que estaban de moda en aquel tiempo en Colombia, cuando las nuevas generaciones soñaban con cambiar el mundo y buscaban hacerlo justo y equitativo. Ya en los salones de bachillerato las ideas sociales habían conquistado muchos adeptos y los estudiantes de entonces devorábamos libros relacionados con las ciencias sociales. Había entonces gran inquietud por conocer la historia del país que nos contaban los nuevos historiadores, así como las distintas teorías económicas y sociales que se debatían en esos tiempos en todos los foros.  

Miles de candidatos se presentaban en todo el país en competencia por algunas decenas de cupos en Sociología en la Universidad Nacional y solo unos cuantos eran elegidos. De Manizales y la región solo fuimos admitidos dos y el grupo de primíparos que colonizamos el Jardín de Freud, al frente del moderno edificio de la carrera de Sociología, aquel lejano año, estaba conformado por estudiantes de diversas regiones del país, lo que mostraba un cuadro muy interesante y variado de estudiantes bogotanos, costeños, llaneros, chocoanos, santandereanos, boyacenses, tolimenses, huilenses, vallunos y de otros departamentos y regiones. No olvido a mis amigos de Moniquirá y Girardot que me llevaron de visita a sus tierras.

La mayoría de los nuevos alumnos llegaban a Bogotá por primera vez y vivían en las residencias universitarias de la Nacional como La Gorgona o la Antonio Nariño,  o compartían apartamento con otros estudiantes en diversos lugares de la ciudad y a veces pasaban apuros, hambre, frío, soledad. 

Pero como mi familia se había traslado a vivir a Bogotá hacía poco y mi hermano ya estudiaba y trabajaba allí, tuve la fortuna de tener casa y la protección de mis padres, por lo que era un privilegiado y nunca me sentí exiliado en la difícil y fría capital, y podía además dedicarme sin descanso a leer y estudiar todos los libros que nos recomendaban, ademas de los que leía por mi vocación literaria, mi jardín secreto desde entonces. Nunca se me ocurrió estudiar literatura, porque yo ya vivía la literatura a fondo, sino disciplinas distintas que ampliaran el horizonte.

La carrera de Sociología tenía mucho prestigio, teniendo en cuenta que entre sus fundadores figuraba el padre Camilo Torres Restrepo y en el cuerpo de profesores estaban registrados maestros de alto rango como el doctor Darío Mesa o el geógrafo Ernesto Gühl, que ejercían la docencia al lado de una pléyade de jóvenes profesores recién graduados en Europa, muchos de los cuales han pasado a la historia por sus libros y su febril actividad intelectual y académica, precursora de la modernidad colombiana.

Los conflictos sociales y estudiantiles de ese entonces en el país, las huelgas repetidas y las batallas campales que se vivían en aquellos predios, interrumpían con frecuencia los estudios, pero aunque poco a poco muchos estudiantes desertaron, o se fueron a otras universidades y carreras o a buscar otros destinos, el paso por esas aulas es inolvidable y crucial en sus vidas.

Muchos de los estudiantes que eligieron entonces carreras como antropología y sociología buscaban situarse en el mundo para descubrir sus arcanos y luchar tal vez por un mundo mejor que dejara atrás tanta injusticia y desigualdad y rescatara del olvido a la Colombia profunda sumida en la pobreza y la discriminación.

Aquella fue una generación de idealistas y utópicos que navegaban raudos en la ola de los grandes cambios ocurridos en el mundo después de la revolución cultural en Estados Unidos, Europa y muchos países del llamado Tercer Mundo, que disolvió para siempre los remanentes del siglo XIX.
  
Cada vez que regreso a la Universidad Nacional siento que es mi alma mater, pues como aunque no fue allí donde me gradué finalmente y solo alcancé a estar dos años antes de viajar a estudiar a Francia, en ese campus se abrieron muchas ventanas del saber, el pensamiento, la vida y la realidad de una Colombia que estaba cambiando de manera profunda.

Ahora tal vez a nadie se le ocurra estudiar periodismo o sociología, pero quienes antes intentaron hacerlo y se chocaron con la realidad, son los preocursores de nuevas modas y corrientes en boga en estos tiempos que parecen volver a los idealismos y a las utopías aplazadas por el neoliberalismo y el conservatismo que reinaron hasta hace poco.

Muchos jóvenes ecológicos quieren salvar ahora al planeta, desean proteger a los animales, auscultan el cosmos, manifiestan contra la destrucción de los bosques y las cuencas hídricas, experimentan para crear nuevos nutrientes destinados a saciar el hambre o buscan construir edificios livianos y sustentables. La utopía y la generosidad humanas son cíclicas por fortuna y circulan en redondo volviendo a despuntar cuando menos se piensa.      
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de enero de 2023.





  

sábado, 7 de enero de 2023

EL MUNDO QUE SEREMOS

Por Eduardo García Aguilar

Cuando llega un año nuevo se celebra la posibilidad de vivir nuevos acontecimientos, viajes y lecturas que nos esperan en este giro rápido alrededor del astro solar que marca el ritmo de las horas, los días, los segundos.

Eso por supuesto si somos positivos, porque por lo regular en medio de tantas sorpresas, viajes, amores y satisfacciones, a los habitantes de este planeta nos esperan también las malas noticias, como el conteo de las desgracias personales, las separaciones, las crisis laborales, los decesos de amigos y familiares, las enfermedades, catástrofes naturales y guerras que nunca faltarán en el lapso y serán descritas de manera minuciosa en el balance posterior, cuando llegue el año nuevo y se proclame otro minúsculo juicio final.

Estamos ya en 2023, o sea que ya vamos raudos agotando los segundos del siglo XXI, cien años después de los años de entreguerras que fueron tan fértiles en todos los campos, científicos, técnicos, literarios, pictóricos y de pensamiento.

Los años de entreguerras del siglo XX vieron el avance raudo de las innovaciones científicas auguradas por Edison, Marconi, Freud y tantos otros con la expansión de la luz, la electricidad, la telefonía, la industria automotriz y aérea, el metro, los cables, el descubrimiento de la penicilina y el auge del psicoanálisis que desbancó a los confesionarios eclesiales por el diván.

Esas dos décadas de relativa paz que siguieron a la primera gran guerra mundial del siglo XX experimentaron el auge del cine sonoro, el jazz y las alegrías del Music Hall de Charles Chaplin, El Gordo y el Flaco, Joséphine Baker y Fred Astaire, cuando generaciones hartas de guerras y prohibiciones religiosas e ideológicas se desbocaron hacia el goce hedonista del cuerpo y del alma al mismo tiempo que Ernest Hemingway proclamaba que París es una fiesta y Albert Einstein ajustaba su teoría de la relatividad.

Los bólidos automovilísticos corrían raudos por las carreteras y los primeros vuelos comerciales generalizados coincidían con los lujosos transatlánticos que, como el Normadie, cruzaban el Atlántico cargados de miles de pasajeros que se divertían orgiásticamente en varios pisos marcados por atracciones musicales, etílicas y gastronómicas para llegar felices a la Estatua de la Libertad de Nueva York de un  lado o a los puertos europeos del otro.

En el París de Montparnasse los bares La Coupole, Le Select y la Rotonde recibían a todas las generaciones cosmopolitas de artistas y escritores del mundo que se solazaban hasta altas de la noche arreglando el mundo y pensando en utopías geniales, sin saber que pronto se atravesaría primero la crisis mundial del 1929 y diez años después la terrible Segunda Guerra Mundial, que aun hoy nos marca y nos determina y nos asusta.

La prensa escrita que se expandió de manera exponencial en el siglo XIX había llegado a sus grandes momentos en Nueva York, Londres y París y todas las capitales del orbe, al mismo tiempo que la radio y el cine empezaban a dominar el mundo.
 
En todas las capitales se revolucionaban la artes, la literatura, la filosofía y el pensamiento en general abriendo nuevas rutas impensadas, y podría decirse que tantos cambios y descubrimientos se registraban al mismo nivel de lo ocurrido cuatro siglo antes en el Renacimiento de Leonardo, Miguel Angel, Rabelais, Galileo y Pico de la Mirándola.

También nosotros estamos ahora viviendo a veces sin saberlo las primeras décadas de la revolución digital que jubiló de súbito a fines del siglo XX a la era de Gutenberg, y con Internet, las redes sociales, los teléfonos celulares y los múltiples satélites que desde el espacio exploran el universo o las máquinas que rastrean en laboratorio lo infinitamente pequeño, vivimos una nueva aventura de conocimiento que a veces desafía a la propia paradoja borgiana del Aleph.

Cada día arqueólogos, paleontólogos, astrónomos, físicos y médicos amplían el rumbo del conocimiento y a través de las redes descubrimos los nuevos secretos del universo que ponen en cuestión las teorías en boga sobre su inicio y su expansión. En directo vemos y conocemos las más lejanas galaxias, agujeros negros o planetas similares a la tierra que podrían albergar vida. Falta poco para que se anuncie la existencia de vida extraterrestre y dejaremos de estar solos como el único milagro biólógico.

Y en lo que respecta al rastro vital del homo sapiens, nuevas técnicas revelan la existencia de ciudades milenarias desconocidas y civilizaciones y pueblos que en otros tiempos construyeron ciudades mágníficas y complejas y ejercieron el arte, la arquitectura, el derecho, la ciencia y la tecnología a niveles sorprendentes.

Por eso hay que ser optimistas. Si se hace un balance, los humanos hemos superado siempre a través de los milenios los percances de guerras, miserias y pestes y a un ritmo sostenido avanzado en los descubrimientos y el perfeccionamiento tecnológico desde la rueda hasta las naves espaciales y los más impresionantes telescopios cósmicos.

Hay múltiples razones para pensar que esos avances seguirán ocurriendo y que generación tras generación los humanos seguirán dando pasos agigantados hacia un mundo cada vez mejor. Nuevas ideologías ecológicas y humanitarias florecerán en mentes nuevas que aun no han nacido y sería maravilloso poder echar un vistazo desde el más allá hacia esas conquistas futuras de la ciencia y la tecnología que aun hoy desnocemos.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de diciembre de 2023. 

     



viernes, 23 de septiembre de 2022

VIAJE AL CORAZÓN DE MESOPOTAMIA


 

Por Eduardo García Aguilar

Traductor de la epopeya de Gilgamesh y el Código de Hammurabi al francés y uno de los grandes asiriólogos del mundo, Jean Bottéro (1914-2007)  es además un excelente escritor que cuenta con maestría la aventura de tres milenios de la civilización mesopotámica con una prosa de gran exactitud semántica, y además humana, sabrosa y pedagógica.

Por haberse negado a dar certificado histórico al libro sagrado Génesis, tuvo que renunciar a su sacerdocio y a la orden de los dominicos en 1950, pero no sin antes ser reconocido como autoridad por la Escuela bíblica de Jerusalén. Como laico, Bottéro trabajó décadas en el Centro Nacional de Investigación científica (CNRS) y en la Escuela Práctica de Altos Estudios de Francia, participó en múltiples excavaciones e investigaciones arqueológicas y se convirtio en uno de los más respetados especialistas en aquel mundo fascinante de cuyo imaginario la cultura occidental proviene en gran parte.

Su pasión por esos humanos que vivieron en la fértil región del Éufrates y el Tigris, en lo que hoy es el martirizado Irak, a veces dominada por Babilonia y otras por Nínive hasta su final en manos de Ciro en 539 antes de nuestra era, lo condujo a aprender las múltiples lenguas muertas en que hablaban y después a trabajar en el amplio acervo de medio millón de tabletas de arcilla con escritura cuneiforme, que eran los libros o los pergaminos de la época donde se cuenta la vida cotiana, ideología, mitos y leyendas, leyes, vida sexual y marital, las artes culinarias y agrícolas, la fabricación de la cerveza, bebida nacional, y las costumbres en general de esas poblaciones paganas politeístas.

En su libro Mesopotamia, la escritura, la razón y los dioses, que es apenas una de sus celebradas obras sobre el tema, Bottéro explica de manera minuciosa el origen de esa cultura en todos sus aspectos, especialmente en el que atañe a los dioses, que eran como un reflejo especular de las dinastías terrestres, con sus intrigas, tragedias, enfermedades y conflictos. Y a través de esas entidades míticas y reales se interna en las leyes tácitas que rigen todo tipo de actividades y en la cosmogonía y el relato de los orígenes del mundo y del ser humano como tal, o antropogonía.

 
Bottéro nos revela el significado de esos milenarios textos poéticos que relatan los hechos de los dioses relacionados de manera intrincada con el viaje permanente de los astros, entre ellos los más visibles como el Sol, la Luna y Venus, cometas y constelaciones, así como los elementos, el agua, el fuego, el barro, el viento. De múltiples textos poéticos y narrativos destaca la coherencia de aquellos escribas en su tarea de imaginar cosmogonías y antropogonías precisas y funcionales para regir el comportamiento de los individuos en la sociedad, así como su relación con los dioses, comandados por una curiosa trilogía compuesta por el ancestral padre fundador, el hijo gobernante y un sabio espíritu especial de una gran capacidad intelectual, estratégica y técnica, que asesora y guía en todos los asuntos al soberano tanto en los cielos como en la tierra.

En ese viaje y desciframiento de las tabletas realizado por Bottéro y muchos otros asiriólogos del siglo XX, descubrimos por ejemplo que el relato bíblico del Arca de Noé se remonta milenios a atrás como fruto del ingenio imaginario babilónico. Una rebelión de los dioses menores obligados a trabajar para mantener a los superiores conduce a la creación de los humanos por consejo del espíritu sabio, para que se encarguen ellos de las tareas y los oficios, pero su rápida proliferación y el ruido y caos que generan molestan a la deidad principal, que decide disminuirlos primero con enfermedades, pestes o catástrofes, métodos infructuosos que la llevan a planificar su exterminio definitivo por medio del diluvio total. 

Pero gracias a la astucia de algunos de los dioses del panteón que no estaban de acuerdo con la medida, se logra comunicar esos designios secretos a una familia que finalmente viaja en el Arca cargada de fauna y flora, salvando así a la humanidad de su desaparición. Descubrimos así el ingenio del realismo mágico de los escritores de aquella civilización, escribas y letrados que concibieron esas historias y las dejaron para siempre impresas en las tabletas cuneiformes.
 
Autor entre otros libros de La religión babilónica, La epopeya y la creación y Babilonia y la Biblia, Jean Bottéro es uno de esos sabios increíbles que dedicaron su vida a abrir ventanas allí donde hasta hace siglo y medio había un inmenso silencio rodeado de ruinas monumentales. Y esa ventana se abre a través de Mesopotamia a las decenas de miles de años de la vida humana anterior, de la que tenemos rastros como el arte parietal, aunque no mensajes directos escritos como sí se dio en Mesopotamia y Egipto.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 25 de septiembre de 2022.
* Fotos: Jean Bottéro y el Código de Hammurabi.





 


 

sábado, 23 de abril de 2022

LAS MANOS PREHISTÓRICAS DE BORNEO

 


Por Eduardo García Aguilar

El fotógrafo, periodista y cineasta francés Luc Henri Fage, quien ya antes había trabajado en la Patagonia, Zaire, Nueva Guinea y Argelia, entre otros lugares del mundo, atravesó la isla de Borneo en 1988 y llegó a Kalimantán, en la parte indonesia, un territorio casi virgen en materia de exploración arqueológica.

Explorando en cavernas casi al azar de su aventura, descubrió en algunas de ellas dibujos parietales realizados con carbón, así como rastros de manos negativas en las paredes rocosas hechas con la proyección de óxido de hierro, como solían hacerlo los prehistóricos. Las cuevas en esa región abundan en las cumbres calcáreas de una pequeña cordillera que recorre el territorio no lejos del litoral, en un ambiente paradisíaco de vegetación exuberante y riqueza de fauna, cruzada por la línea del Ecuador.

Tras terminar la temporada de sus exploraciones e intrigado por su descubrimiento, trató de conseguir apoyo para volver a realizar una expedición a aquellos lugares inaccesibles y húmedos, plagados de todo tipo alimañas, pero encontró escepticismo e incomprensión en las instituciones universitarias o estatales a las que acudió para hablarles del proyecto.

Fage, que no era académico sino periodista y fotógrafo, comprendió que debía recurrir a la ayuda de un experto que diera legitimidad al proyecto y escribió al etno-arqueólogo Jean Michel Chazine, investigador del Centro Nacional de Investigación Cientifica (CNRS), quien ya había trabajado en Oceanía y Polinesia en el ámbito del arte parietal. Al principio Chazine tuvo dudas, pero finalmente se dejó convencer y aceptó viajar en 1992 con él a Borneo.

En el terreno son muchas las dificultades que los exploradores deben superar para poder acceder a aquellos lugares sagrados de las cumbres que no solo albergan nidos de golondrinas, sino que en muchos casos son cementerios donde a través de las generaciones se han depositado los cadáveres de los ancestros.

Para llegar a esas incógnitas cumbres hay que lograr la anuencia de las autoridades locales y nacionales, luego viajar en canoa por ríos caudalosos y escarpar paredes difíciles apoyándose en rocas y lianas pobladas de serpientes e insectos venenosos. Debido a la lejanía de aquellas tierras, los exploradores deben contratar personal local para llevar los cargamentos de arroz y otros alimentos que duran solo unos cuantos días, obligando a los exploradores muchas veces a acortar sus estadías antes de que se terminen los víveres.

En esa primera exploración Chazine y Fage dieron con cavernas maravillosas llenas de manos negativas dibujadas en las rocas y celebraron jubilosos los hallazgos sucesivos que se repitieron por años. El etno-arqueólogo descubrió además vestigios de poblamiento en esos lugares y encontró pruebas líticas como puntas para flechas y otros instrumentos cortantes, así como huellas de que ahí hombres prehistóricos cazaron, prepararon alimentos y convivieron en familia y en tribu.

Regresaron a  Europa y tras realizar análisis de los materiales extraídos de las paredes de la cavernas donde se pintaron aquellas manos negativas, comprobaron que se trataba de arte parietal en principio de entre 5.000 a 13.000 años de antigüedad, o sea que a través de los milenio aquellos prehistóricos retornaban a los lugares a donde los ancestros imprimían aquellas misteriosas manos en rituales que aun en la actualidad se desconocen. Más tarde se descubriría que algunas de las imágenes son de las más antiguas realizadas por la humanidad, según una publicación de la revista Nature en 2018.

Realizaron sucesivas expediciones hasta 2005 fascinandos por la abundancia de los hallazgos, con el balance total de unas 2000 manos descubiertas. En otros lugares del mundo los hombres de aquella época también realizaban las mismas manos rituales, como en una gruta del pleistoceno de la región de Santa Cruz, en la Patagonia argentina, llamada la Cueva de las manos. Después, con el avance de la tecnología se ha llegado a comprobar que algunas de esas manos e imágenes fueron realizadas en Borneo hace más de 40.000 años, o sea antes que las famosas cuevas europeas de Chauvet y Altamira, o algunas australianas, entre otras.

De esta marvillosa aventura científico-artística quedó un libro espléndido, "Borneo, la memoria de las grutas", que contiene los relatos de los participantes y los esclarecimientos del científico Chazine, ilustrados con las magníficas y abundantes fotografías y gráficos de Fage, quien tuvo su cámara y sus lápices listos en todo instante para captar lo sucedido. Publicado en 2009 en inglés, indonesio y francés es una historia de amistad y de azar, porque descubrir un tesoro arqueológico de esa magnitud es como ganarse la lotería.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 24 de abril de 2022.
            
Ver sitio de Luc-Henri Fage: 
https://www.fage.fr/index.html
https://www.fage.fr/lhfage_borneo-la-memoire-des-grottes.html


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domingo, 26 de septiembre de 2021

EL MENSAJE DE LAS HUELLAS HUMANAS


Por Eduardo García Aguilar

El espectacular hallazgo de huellas humanas con antigüedad de 23.000 años en Nuevo México, anunciado el jueves, lleva a replantear la historia del poblamiento del continente americano que hasta ahora, según las pruebas recabadas, se remontaba máximo a dieciséis milenios. Los pies impresos en el pantano fosilizado pertenecen en su mayoría a adolescentes y son tan claros que toda la comunidad científica ha celebrado el descubrimiento, calificado por The New York Times como el más importante en un siglo en la materia.

La fotografía a color de las huellas nos lleva a imaginar a esa horda de humanos que cazaban y jugaban junto a un antiguo lago visitado por perezosos gigantes y mamuts, a donde habían llegado tal vez en larga expedición después de cruzar zonas liberadas más al norte por el deshielo de la corteza polar en tiempo de glaciaciones. 

Todos sabíamos desde que tuvimos el primer contacto con los libros de prehistoria en el colegio que los primeros humanos cruzaron por el estrecho de Behring provenientes de Asia y se instalaron poco a poco en el continente y que las pruebas más claras y antiguas hasta ahora de una cultura asentada y activa en el mismo territorio de este hallazgo reciente, denominada Clovis, se remontaban a unos 13.500 años.

Significa esto que la humanidad ya estaba asentada en el territorio 10.000 años antes de lo previsto y es probable que nuevos descubrimientos en las próximas décadas o siglos retrocedan su presencia aun más. Sabido es que el Homo sapiens salió hace unos 70.000 años desde su cuna africana, explorando las rutas de Medio Oriente, Asia y Europa hasta llegar a Australia hace 45.000 años.

Para los estudiantes de palentología, arqueología, biología, antropología y otras disciplinas se anuncian décadas de nuevas exploraciones y descubrimientos para llenar de relatos concretos esos diez milenios de aventura humana en el continente. Bajo tierra o en cavernas deben estar aun sepultados los vestigios dejados por esos homo sapiens en su irrefrenable éxodo por el continente americano.

Las huellas fosilizadas son pruebas contundentes e irrefutables del paso de seres vivientes por un territorio, ya que otros elementos como tejidos, viviendas o alimentos no resisten el paso de los milenios, pero si esa tribu estaba ahí donde sus rastros acaban de ser descubiertos, es natural pensar que sus ancestros estaban presentes en esos lugares mucho tiempo antes.         

Diversas variantes del homínido dejaron en todos esos territorios huellas de su presencia no solo a través de sus instrumentos, megalitos y entierros sino también de su arte, como las famosas figuras de las llamadas Venus de piedra o marfil, o el arte parietal en cuevas que se remontan en conjunto hasta más allá de los 30.000 años. Algunas de esas Venus estaban representadas con tocados y prendas que muestran que el tejido y la hechura de prendas es mucho más antiguo de lo sabido, así como los instrumentos de hueso o piedra para coser cuero hallados hace poco demuestran el trabajo artesanal muy remoto de la humanidad. 

En América, además de los rastros descubiertos en el norte, en lo que hoy es Estados Unidos, también hay huellas muy antiguas de la presencia humana en el sur de Chile y en Brasil. Después de cruzar todo el continente y poblarlo en unos milenios, la humanidad creó culturas y civilizaciones en diversas partes, las más florecientes y magníficas en el occidente de Suramérica y en México y Centroamérica, sede de grandes civilizaciones estatales dotadas de complejas culturas.

A medida que pasa el tiempo las poblaciones latinoamericanas adquieren un mayor conciencia de ese pasado borrado por las intemperies y en diversos países movimientos de las poblaciones ancestrales, así como estudiantes y universitarios, reclaman una mayor visibilidad y reconocimiento a esos pobladores originarios.

Poco a poco van siendo desmontadas las estatuas de conquistadores o colonizadores y antiguos gobiernos colonialistas y esclavistas reconocen con claridad los errores cometidos en otras épocas terribles de la humanidad. En muchas partes se crean museos que relatan lo que fue el floreciente comercio de esclavos, como una forma de escuchar la voz de los ancestros de amplias poblaciones actuales hasta hace poco marginadas y despreciadas.

Muchos países también reclaman grandes piezas de su cultura antigua, saquedas por las potencias durante sus crueles guerras de invasión. Nada de eso debe extrañarnos, pues es el paso ineluctable del tiempo y la historia. Al mismo tiempo que se descubrían estas huellas ancestrales, los mexicanos retiraban del paseo de Reforma la estatua de Cristóbal Colón para reemplazarla por la escultura monumental de una mujer olmeca, perteneciente a una de las más antiguas civilizaciones amerindias. Las huellas de la humanidad emergen del barro, las rocas y el polvo, dejando así su mensaje a los lejanos descendientes del siglo XXI.
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Publicado en La Patria. manizales. Colombia. 26 de septiembre de 2021.

domingo, 3 de enero de 2021

LAS INCIERTAS AVENIDAS DEL FUTURO

Por Eduardo García Aguilar

Termina el año 2020 bajo la amenaza aun no conjurada de la pandemia, pero con la certeza de que en los sectores de la ciencia y el pensamiento se aceleraron los avances que auguran sin duda descubrimientos y programas novedosos para enfrentar los problemas de la naturaleza y la humanidad que viaja veloz en el barco del siglo XXI. La humanidad es solo un aspecto microscópico de este universo inasible del que solo conocemos sus misterios y los abismos incomprensibles del tiempo.

Nuevas teorías nos hablan de la posibilidad de que la civilización terrícola en la que estamos inmersos es solo tardía y periférica y que tal vez en nuestra galaxia Vía Láctea muchas civilizaciones desaparecieron para siempre hace ya miles de millones de años, pues surgieron y tuvieron tiempo para avanzar y aniquilarse en el escalofrío del espacio. Como si estuviera claro que las civilizaciones y los mundos son finitos y se autodestruyen, lo que nos da perspectiva y relativiza el excepcional año de la peste que nos tocó vivir como a otros humanos en tiempos remotos.

El logro de vacunas en tiempo récord y las nuevas formas de enfrentar enfermedades hasta ahora incurables, conducirán a generar expectativas mayores de vida, lo que aunado a la cada vez mayor conciencia humana de la necesidad de cuidar al planeta, podrían tal vez conducir a un mundo mejor en los próximos siglos. Algunos futurólogos auguran saltos posibles en materia de alimentación que podrían liberar al hombre de la corvea para obtenerla, pero la vocación violenta y cainita del homo sapiens es una amenaza permanente que puede sabotear los avances y aplazar una actitud más responsable en materia ecológica.

Lo ocurrido este año a pesar de tantas muertes en serie, fue saludable en muchos sentidos para amplios sectores de la humanidad adormecidos por la creencia ciega en el progreso, el desarrollo y el consumismo desbocado. De repente la humanidad cesó de viajar por el mundo enloquecida y los cielos se despejaron de aviones. Todos los sitios turísticos quedaron paralizados y se convirtieron en lugares fantasmas con hoteles, restaurantes y bares cerrados. Una asfixiante ciudad costera de rascacielos construida para europeos como Benidorm en España y las lujosas urbes construidas en los desiertos de Medio Oriente por los jeques árabes se con
virtieron en elefantes blancos que tratan de salvarse convertidos en absurdos sets cinematográficos.

Y como Benidorm, París, Venecia, Roma, Pompeya, Barcelona, Praga, Dubai, Abu Dabi y Doha, Tailandia y centenares de playas paradisíacas situadas en islas de sueño, quedaron paralizadas sin el flujo millonario de los turistas. Los aeropuertos internacionales vieron pulverizadas las cifras de visitantes, causando el desempleo de millones de personas. La industria cinematográfica, los teatros, las salas de concierto y las discotecas llevan ya un año cerrados o restringidos. Y lo que era impensable para la humanidad, el plutocrático fútbol todopoderoso desapareció por encanto de los estadios y las pantallas. 

Encerrados en sus casas, enfrentados al deceso de familiares o figuras públicas, acosados por el desempleo o la ruina, los humanos tuvimos obligatoriamente que replantearnos muchas certidumbres. Pero en sus casas o en oficinas de universidades y laboratorios, pensadores, poetas y científicos han aprovechado el tiempo para pensar en el destino del homo sapiens sapiens y en su su frágil hábitat. 

¿Cuáles son las medidas que deben aplicarse desde ahora para impedir el fin del planeta? ¿Qué cambios radicales debe experimentar la sociedad para enfrentarse a los nuevos tiempos? ¿Como acabar con el hambre y la miseria de miles de millones de humanos? ¿Cuáles son los restos de la inteligencia artificial y sus fabulosos y a la vez inquietantes avances? ¿Qué sorpresas nos depara la nanotecnología? ¿Qué nuevos descubrimientos se avecinan en el cosmos gracias al perfeccionamiento de los instrumentos astronómicos?

Así como en otros tiempos sabios y filósofos preguntaron y reflexionaron sobre los siglos y milenios venideros, las mentes activas de la humanidad estremecida por la pandemia en 2020 aceleran sus reflexiones en materia científica y ética. Parecidos a los utópicos de hace siglos, muchos se aventuran a proponer nuevas formas de gobierno, consumo, cooperación y convivencia entre los humanos y abogan para que los cambios sean reales. 

La sociedad lucha contra las violentas fuerzas cavernarias del poder y el dinero opuestas en casi todos los países a los cambios y que luchan encarnizadamente por conservar los privilegios de unos cuantos, a costa de la miseria y la exclusión de las mayorías y la destrucción de la naturaleza. La nuevas generaciones parecen estar comprometidas en demoler para siempre ese viejo mundo patriarcal, bélico y de castas que ha dominado al mundo. Aun son propósitos utópicos, pero vale la pena soñar, ya que quienes hoy habitamos el planeta no sabremos lo que pasará en las inciertas avenidas del futuro planetario.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 3 de enrero de 2021.