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sábado, 7 de diciembre de 2024

RESURRECCIÓN DE NOTRE DAME DE PARÍS

Por Eduardo García Aguilar

Notre Dame de París reabre sus puertas cinco años después del incendio que la devastó y casi la destruye. el 15 de abril de 2019. Si no hubiera subido un grupo de bomberos en una misión casi suicida a una de las torres frontales para sofocar allí otro foco de la conflagración, el desplome lateral se hubiera llevado toda la estructura de piedra convirtiéndola en ruinas.

Aquella fecha fatídica presencié cerca del lugar el desespero de los parisinos que acudieron en masa y no podían creer lo que veían, especialmente los fieles católicos que cantaban e interpretaban música clásica en distintos lugares cercanos para tratar de conjurar un derrumbe que parecía ineluctable. Una joven directora de oprquesta dirigió desde la fuente de Saint Michel a una orquesta juvenil con gran entusiasmo, convocando así energías necesarias para impedir el desastre.

Y el milagro se dio porque después de medianoche, luego de que el grupo suicida de jóvenes bomberos regresó sano y salvo desde las alturas de esa torre lateral tras cumplir su arriesgada misión, los expertos dieron por conjurada la posibilidad de que todo el edificio se derrumbara como un castillo de naipes. Pero el daño estaba hecho, pues todo el techo milenario de madera del templo y su aguja central se habían quemado y desplomado de manera espectacular hacia el interior de la Catedral y sus cenizas mojadas yacían humeantes abajo en el piso. 

Varios vitrales estallaron y muchos muebles, objetos, púlpitos, confesionarios, esculturas y cuadros resultaron averiados. Los bomberos seguían lanzando chorros de agua para apagar los últimos focos y dejar controlado el desastre a medida que avanzaba la madrugada. Estuve todo ese tiempo debajo de un antiguo puente cercano, al otro lado del río, un lugar desde donde podía verse el espectáculo completo. Y sentía vibrar de emoción a toda esa gente, viejos y jóvenes que se resistían a partir pese a que ya habían cerrado los transportes públicos, el metro y la mayoría de líneas de autobuses.

A esa hora de la madrugada esa zona de la ciudad, el Barrio Latino, en cuyo seno aun hay ruinas romanas de cuando la metrópoli se llamaba Lutecia, estaba iluminada y había tanta gente deambulando por las calles como si fuera un viernes o sábado por la tarde. La multitud había venido desde todos los rincones para acompañar al templo amenzado y decidieron quedarse hasta el final, que en este caso fue un final feliz pese a todo, porque la estructura seguía en pie. Porque Notre Dame es el corazón de París.

Acudimos a un bar en la avenida Saint Germain des Prés, que estaba lleno de parroquianos y brindamos ahí por el desenlace de esta historia que se había iniciado en la tarde,  a la hora en que la gente se prepara para salir de sus trabajos rumbo a sus casas y cuando muchos van al bistrot a tomarse su aperitivo. En uno de esos lugares vi por televisión las primeras imágenes transmitidas en directo conmocionando al público atónito y no dudé un instante en acercarme a ese templo mágico que siempre parecía intocable y eterno, visto desde todos sus ángulos en cualquiera de las estaciones del año.

Un templo que figura en novelas como Gargantúa y Pantagruel del renacentista Rabelais o Nuestra Señora de París de Víctor Hugo y en poemas, canciones o cuadros y dibujos que van desde el Medioevo hasta nuestrso tiempos, pasando por los impresionistas y los cubistas. Una Catedral que queda para siempre impregnada en las retinas de quienes la vieron o la soñaron un día. Ahora, ya restaurada, se prepara a vivir otro milenio.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de diciembre de 2024.

 

  

 

lunes, 30 de septiembre de 2024

MÉXICO Y LA HERIDA DE LA CONQUISTA

 Por Eduardo García Aguilar


El gobierno mexicano no invitó al rey de España Felipe VI a la posesión de la nueva presidenta Claudia Sheinbaum el 1 de octubre, porque no respondió a una carta enviada por el mandatario saliente Andrés Manuel López Obrador en 2019 pidiéndole al monarca borbón que pidiera excusas públicas y oficiales de la corona y de España por la conquista y la colonización.

México desde antes y después de la Revolución ha tenido una relación muy sensible con los hechos de la conquista encabezada por Hernán Cortés, quien tras tocar tierra realizó varias expediciones en las que contó con ayuda de indígenas que, como los tlaxcaltecas, eran a su vez colonizados por la poderosa civilización azteca, uno de los últimos eslabones del mundo prehispánico tras miles de años de poderosas aventuras civilizatorias de los antiguos olmecas, zapotecos, mixtecos, mayas y teotihuacanos.

Al derrotar a las poderosas élites aztecas reinantes, los conquistadores españoles se casaron con las princesas indígenas y tuvieron descendencia con ellas, como es el caso de la Malinche, mujer de Cortés, que a su vez fue su traductora y ágil asesora del español en su campaña militar y el trabajo para solidificar su presencia y dominio en la nueva colonia.

En todo el inmenso país se replicó esa actitud de Cortés y mandos menores se casaron con las hijas de los caciques y llegaron a acuerdos para usar la mano de obra indígena en todo el país, razón por la cual hubo, a diferencia de otros países latinoamericanos, poca necesidad de importar desde África esclavos para realizar trabajos agrícolas y domésticos.

México es pues un país mayoritariamente indígena y mestizo y aun perviven medio centenar de lenguas prehispánicas y poblaciones monolingües. Arte, culinaria, costumbres, forma de vestir y lenguajes indígenas siguen vivos en todo el territorio, por lo que desde la Revolución mexicana los gobiernos han destacado e impulsado la cultura ancestral, creando un nacionalismo popular sincrético encabezado por el cultuo a la virgen morena de Guadalupe, adorada por los mexicanos y celebrada por millones de fieles cada año.

Pese a la vecindad con Estados Unidos y los tres siglos de colonización española, la cultura indígena pervivió y está anclada en lo más profundo de la tierra y los corazones de los más de cien millones de habitantes de ese rico y poderoso país. En el siglo XIX el presidente indígena Benito Juarez derrotó al Emperador Maximiliano, enviado por las potencias europeas a gobernar a México, y lo mandó fusilar sin compasión  en el cerro de las Tres campanas, cerca de Querétaro.

En México, desde la gesta de Juárez y mucho más después de la Revolución de Zapata y Pancho Villa, se prohibió cualquier homenaje a los conquistadores españoles, por lo que no hay estatuas o monumentos en su honor, e incluso la tumba de Hernán Cortés es un nicho casi clandestino y anónimo empotrado en los muros de una iglesia colonial.

No es de extrañar entonces que México siga aplicando su politica de orgullo nacionalista e indigenista y siga esperando las excusas de España que no llegan. Es un tema tan sensible como el de la esclavitud, que prevaleció durante siglos y en la actualidad genera polémica entre quienes dicen que pertenece a la historia y quienes piensan que las heridas siguen vivas. 
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Publicado en La patria. Manizales. Colombia. 29 de septiembre de 2024.
 



domingo, 10 de diciembre de 2023

LA CATEDRAL RENACE DE SUS RUINAS

Por Eduardo García Aguilar


Después de cuatro años de intensos trabajos la catedral Notre Dame de París se acerca poco a poco a la restauración completa, que será concluida e inaugurada el 8 de diecimbre de 2024.  Desde hace poco ya se puede ver el andamiaje que cubre la aguja central que ardió y se derrumbó con la antigua cúpula medieval de madera construida por artesanos de su tiempo ante el estupor de los parisinos y del mundo aquel fatídico 15 de abril de 2019.

La nueva aguja que acaba de ser izada es idéntica a la diseñada por el arquitecto Eugène Viollet-Leduc, quien restauró la catedral a mediados del siglo XIX y cuenta en su cima con una corona, una cruz y un gallo final que culminan en la punta, a una altura de 96 metros. Los curiosos acuden en estos tiempos de fiestas navideñas a ver el andamiaje desde los barrios y calles aledañas y el presidente francés Emmanuel Macron visitó este viernes las obras para corroborar que todo se cumplirá en la fecha programada. 

La iglesia devastada tuvo que ser limpiada primero de sus escombros e incluso varios robots trabajaron para retirar objetos cuando aun los trabajadores no podían ingresar a los amplios espacios internos aun frágiles y con riesgo de que desde las alturas se desprendieran muros, piedras, metales u objetos. Un ejército de arqueólogos, arquitectos, expertos, historiadores, ebanistas, artesanos, artistas conformaron un equipo que a lo largo de estos años ha cumplido una tarea científica que ha traído sorpresas y descubrimientos y develado nuevas técnicas en materia restaurativa. Además del nuevo entramado de madera de la cúpula y la flecha, se reemplazarán seis enormes vitrales del siglo XIX que serán realizados por los artistas contemporáneos que ganen la convocatoria para dejar una huella de esta época hacia los siglos.  

La catedral fue construida entre los siglos XII y XIV y a lo largo de casi un milenio ha sido centro simbólico de la ciudad, lugar de bautizos, bodas, coronaciones y ceremonias que han marcado la historia del país e inspirado múltiples obras, entre ellas la novela de Victor Hugo Nuestra Señora de París, verdadero emblema literario nacional. En Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, el obeso gigante se sube a sus torres para escandalizar a los parisinos.

Hay otras catedrales góticas notables en toda Europa como las de Colonia o Estrasburgo, joyas increíbles que encarnan la fuerza estética de una época enfrentada a la eternidad, ya que la construcción minuciosa de estas moles de piedra tardaba siglos e involucraba a varias generaciones.

Cuando se vieron las llamas devorar Notre Dame la conmoción fue total, ya que nadie podía imaginar que una catástrofe de esta índole pudiera afectarla y durante unas horas, mientras los bomberos luchaban contra el fuego, había incertidumbre sobre la posibilidad de un derrumbe total si una de las torres laterales cedía, arrastrando en su caída todo el monumento.

Los bomberos enviaron a un equipo suicida a esa torre, con la consigna de salvarla, pero a sabiendas que en su tarea heroica podían perecer. Solo después de medianoche se conoció el éxito de la misión y el público agolpado que observaba la tragedia desde cerca, junto a  los puentes o en las riberas del río Sena, pudo al fin suspirar aliviada.

Me enteré de la noticia al instante al observar en la tarde las imágenes transmitidas en directo por la televisión en un bistrot popular donde la gente especulaba sobre si se trataba de un atentado islamista o un incendio accidental. Entonces no dudé en tomar el metro y acercarme al lugar para ver desde la otra orilla del río, debajo de un puente desde donde había una excelente vista, la evolución de la situación a lo largo de las horas, hasta el desenlace final, cuando las autoridades anunciaron que tenían controlado el fuego aunque la destrucción parcial era un hecho.

Debajo de los puentes o en las calles aledañas se veía a los citadinos de todas las edades y orígenes paralizados y en silencio ante las llamas que devoraban el templo y las altas escaleras de bomberos desde donde se lanzaban poderosos chorros de agua. Sin duda el momento era histórico e incluso en algunas esquinas o plazas los fieles católicos cantaban, oraban o interpretaban música clásica para tratar de conjurar la pesadilla. Podía uno imaginarse entonces escenas similares ocurridas a lo largo de los siglos en otras ciudades o pueblos europeos que vieron arder sus templos centrales o pulverizarse barrios enteros construidos siglos antes por sus ancestros medievales con motivo de guerras o asonadas.         

Cuando supimos que no se derrumbaría, muchos acudimos a celebrar a alguno de los bares o restaurantes que permanecían abiertos para atender a la muchedumbre de curiosos que invadieron las inmediaciones, especialmente en el lado izquierdo de la ciudad por el Boulevard Saint Michel. Ahí brindamos con vino por la tarea de los bomberos que acudieron prestos a salvar la catedral, un poema encarnado de piedra que en un año volverá a recibir a millones de visitantes de todo el mundo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de diciembre de 2023.

 


   
 





jueves, 15 de diciembre de 2022

ROMA LA ETERNA



Por Eduardo García Aguilar

Siempre hay una atmósfera de eternidad en Roma, la ciudad a la que el gran poeta francés Joachim du Bellay dedicó un largo poema de 35 partes donde celebra los misterios de su antiquísima existencia, palpable en las ruinas que maravillaron desde hace siglos a los viajeros que la visitaron desde los tiempos bíblicos, como ese trotamundos de Paulo de Tarso o los principales autores del romanticismo, el alemán Goethe, el francés Chateaubriand y el británico Lord Byron y por supuesto el héroe latinoamericano por excelencia, Simón Bolívar, que inspiró a su vez a varias generaciones de románticos.

Podría decirse que Roma era la Nueva York del universo conocido en ese entonces para los contemporáneos del Imperio, quienes al llegar desde territorios lejanos no podían creer lo que veían, como ese magno Mausoleo de Augusto, o las construcciones de Adriano o Nerón, cuyas ruinas aun perviven junto al río Tíber y desde donde se veía el trazado de la urbe con su intrincado laberinto de callejuelas y edificios de varios pisos, mercados, plazas, foros, escuelas, coliseos, estadios, templos, comercios, baños termales, puentes, acueductos, construidos todos con pericia por arquitectos que impusieron su estilo y talento en todas las provincias y capitales.

Esos mismos constructores trazaron cientos de miles de kilómetros de carreteras empedradas que llegaron a los confines más lejanos del Imperio, así como murallas, faros y torres vigías desde donde vigilaban la seguridad de los territorios. Los rastros de esas construcciones perviven como ruinas en toda la extensión de aquella gran aventura inolvidable que nos recuerda que nada nuevo hay bajo el sol.

Pero en Roma la magnitud de ese poder llegó a niveles insospechados que el transeúnte actual de la ciudad ve en las murallas ocres esparcidas entre la urbe moderna y en las columnatas, obeliscos y edificaciones de ladrillo que aun siguen en pie venciendo tiempo, catástrofes, guerras, preparados para vivir futuros milenios. 
 
Joachim du Bellay (1522-1560) dedica ese largo poemario al rey para recordarle la grandeza de aquel pueblo y recomendarle se inspire en esa obra para dejar huellas. El poemario de este gran bardo francés renacentista es en cierta forma la versión escrita de los grandes monumentos y un monumento en sí mismo. Porque la literatura, la poesía, el ensayo, pueden convertirse en monumentos inmateriales. 
 
He llegado a la Plaza del Pueblo y en medio de esa atmósfera vegetal y una caída del sol crepuscular color fucsia y naranja que dio paso más tarde a la emergencia de la luna llena, acompañada por un brillante lucero planetario, he girado hacia el Mausoleo de Augusto, en cuyo entorno desde hace más de un siglo se realizan trabajos para destacarlo como uno de los centros ceremoniales más impresionantes de la ciudad. 

En pancartas alusivas a las obras se muestran los diferentes trabajos realizados a lo largo del siglo XX y se ve una foto donde Mussolini, con pico y pala, contribuye a la demolición del barrio que se había incrustado alrededor del monumento a  través de los tiempos. En breve, cuando terminen los trabajos, el Mausoleo donde están enterradas las cenizas de muchos emperadores, quedará despejado como en sus viejos tiempos. 

A un lado, en una vieja iglesia que hace parte del proyecto urbano en torno al Mausoleo de Augusto, una misa solemne pronunciada por varios sacerdotes en medio de magníficos cánticos, nos recuerda que no estamos lejos del Vaticano y del papa Francisco, y que esta ciudad ha sido centro de los más grandes rituales del ya antiguo cristianismo milenario. Más adelante llego por fin de nuevo al río Tiber y cruzo el puente hacia el barrio Trastévere, agitado este jueves por la alegría de un puente vacacional, el avance raudo de diciembre y la celebración de la fiesta de la Befana, encabezada por esa pequeña brujilla que trae los regalos.

Cada vez que vengo a Roma pienso en esos viajeros gloriosos o anónimos que han sentido la misma atmósfera y percibido los cipreses y los pinos y la naturaleza peculiar que son bañados por los aires del Mediterráneo, entornos y paisajes que atrajeron en su tiempo a los primeros pobladores y que a través de los milenios siguen haciendo de este lugar el reino de una Dolce Vita imaginaria a veces rota por las guerras, los incendios neronianos, los magnicidios y las sombras oscuras de la peste.

¿Cómo no pensar en el gran cine italiano de la posguerra, en Vitorio de Sica, Michelangelo Antonioni, Roberto Rossellini, Federico Fellini, en el gran Pier Paolo Pasolini y las divas de siempre Monica Viti, Gina Lollobrigida, Ana Magnani, Sofía Loren, Claudia Cardinale y Ornella Muti? ¿Cómo no pensar en Leopardi, Garibaldi, Gabrielle D'Annunzio, Alberto Moravia, y los poetas Cesare Pavese, Giussepe Ungaretti y Mario Luzi? En Roma se respira arte, poesía y literatura y la sombra de Miguel Angel o Leonardo da Vinci salen a nuestro paso, mientras flota en el aire el aroma inconfundible del café. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 11 de diciembre de 2022.
 * Foto del Mausoleo de Augusto de Eduardo García Aguilar.



viernes, 23 de septiembre de 2022

VIAJE AL CORAZÓN DE MESOPOTAMIA


 

Por Eduardo García Aguilar

Traductor de la epopeya de Gilgamesh y el Código de Hammurabi al francés y uno de los grandes asiriólogos del mundo, Jean Bottéro (1914-2007)  es además un excelente escritor que cuenta con maestría la aventura de tres milenios de la civilización mesopotámica con una prosa de gran exactitud semántica, y además humana, sabrosa y pedagógica.

Por haberse negado a dar certificado histórico al libro sagrado Génesis, tuvo que renunciar a su sacerdocio y a la orden de los dominicos en 1950, pero no sin antes ser reconocido como autoridad por la Escuela bíblica de Jerusalén. Como laico, Bottéro trabajó décadas en el Centro Nacional de Investigación científica (CNRS) y en la Escuela Práctica de Altos Estudios de Francia, participó en múltiples excavaciones e investigaciones arqueológicas y se convirtio en uno de los más respetados especialistas en aquel mundo fascinante de cuyo imaginario la cultura occidental proviene en gran parte.

Su pasión por esos humanos que vivieron en la fértil región del Éufrates y el Tigris, en lo que hoy es el martirizado Irak, a veces dominada por Babilonia y otras por Nínive hasta su final en manos de Ciro en 539 antes de nuestra era, lo condujo a aprender las múltiples lenguas muertas en que hablaban y después a trabajar en el amplio acervo de medio millón de tabletas de arcilla con escritura cuneiforme, que eran los libros o los pergaminos de la época donde se cuenta la vida cotiana, ideología, mitos y leyendas, leyes, vida sexual y marital, las artes culinarias y agrícolas, la fabricación de la cerveza, bebida nacional, y las costumbres en general de esas poblaciones paganas politeístas.

En su libro Mesopotamia, la escritura, la razón y los dioses, que es apenas una de sus celebradas obras sobre el tema, Bottéro explica de manera minuciosa el origen de esa cultura en todos sus aspectos, especialmente en el que atañe a los dioses, que eran como un reflejo especular de las dinastías terrestres, con sus intrigas, tragedias, enfermedades y conflictos. Y a través de esas entidades míticas y reales se interna en las leyes tácitas que rigen todo tipo de actividades y en la cosmogonía y el relato de los orígenes del mundo y del ser humano como tal, o antropogonía.

 
Bottéro nos revela el significado de esos milenarios textos poéticos que relatan los hechos de los dioses relacionados de manera intrincada con el viaje permanente de los astros, entre ellos los más visibles como el Sol, la Luna y Venus, cometas y constelaciones, así como los elementos, el agua, el fuego, el barro, el viento. De múltiples textos poéticos y narrativos destaca la coherencia de aquellos escribas en su tarea de imaginar cosmogonías y antropogonías precisas y funcionales para regir el comportamiento de los individuos en la sociedad, así como su relación con los dioses, comandados por una curiosa trilogía compuesta por el ancestral padre fundador, el hijo gobernante y un sabio espíritu especial de una gran capacidad intelectual, estratégica y técnica, que asesora y guía en todos los asuntos al soberano tanto en los cielos como en la tierra.

En ese viaje y desciframiento de las tabletas realizado por Bottéro y muchos otros asiriólogos del siglo XX, descubrimos por ejemplo que el relato bíblico del Arca de Noé se remonta milenios a atrás como fruto del ingenio imaginario babilónico. Una rebelión de los dioses menores obligados a trabajar para mantener a los superiores conduce a la creación de los humanos por consejo del espíritu sabio, para que se encarguen ellos de las tareas y los oficios, pero su rápida proliferación y el ruido y caos que generan molestan a la deidad principal, que decide disminuirlos primero con enfermedades, pestes o catástrofes, métodos infructuosos que la llevan a planificar su exterminio definitivo por medio del diluvio total. 

Pero gracias a la astucia de algunos de los dioses del panteón que no estaban de acuerdo con la medida, se logra comunicar esos designios secretos a una familia que finalmente viaja en el Arca cargada de fauna y flora, salvando así a la humanidad de su desaparición. Descubrimos así el ingenio del realismo mágico de los escritores de aquella civilización, escribas y letrados que concibieron esas historias y las dejaron para siempre impresas en las tabletas cuneiformes.
 
Autor entre otros libros de La religión babilónica, La epopeya y la creación y Babilonia y la Biblia, Jean Bottéro es uno de esos sabios increíbles que dedicaron su vida a abrir ventanas allí donde hasta hace siglo y medio había un inmenso silencio rodeado de ruinas monumentales. Y esa ventana se abre a través de Mesopotamia a las decenas de miles de años de la vida humana anterior, de la que tenemos rastros como el arte parietal, aunque no mensajes directos escritos como sí se dio en Mesopotamia y Egipto.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 25 de septiembre de 2022.
* Fotos: Jean Bottéro y el Código de Hammurabi.





 


 

sábado, 23 de abril de 2022

LAS MANOS PREHISTÓRICAS DE BORNEO

 


Por Eduardo García Aguilar

El fotógrafo, periodista y cineasta francés Luc Henri Fage, quien ya antes había trabajado en la Patagonia, Zaire, Nueva Guinea y Argelia, entre otros lugares del mundo, atravesó la isla de Borneo en 1988 y llegó a Kalimantán, en la parte indonesia, un territorio casi virgen en materia de exploración arqueológica.

Explorando en cavernas casi al azar de su aventura, descubrió en algunas de ellas dibujos parietales realizados con carbón, así como rastros de manos negativas en las paredes rocosas hechas con la proyección de óxido de hierro, como solían hacerlo los prehistóricos. Las cuevas en esa región abundan en las cumbres calcáreas de una pequeña cordillera que recorre el territorio no lejos del litoral, en un ambiente paradisíaco de vegetación exuberante y riqueza de fauna, cruzada por la línea del Ecuador.

Tras terminar la temporada de sus exploraciones e intrigado por su descubrimiento, trató de conseguir apoyo para volver a realizar una expedición a aquellos lugares inaccesibles y húmedos, plagados de todo tipo alimañas, pero encontró escepticismo e incomprensión en las instituciones universitarias o estatales a las que acudió para hablarles del proyecto.

Fage, que no era académico sino periodista y fotógrafo, comprendió que debía recurrir a la ayuda de un experto que diera legitimidad al proyecto y escribió al etno-arqueólogo Jean Michel Chazine, investigador del Centro Nacional de Investigación Cientifica (CNRS), quien ya había trabajado en Oceanía y Polinesia en el ámbito del arte parietal. Al principio Chazine tuvo dudas, pero finalmente se dejó convencer y aceptó viajar en 1992 con él a Borneo.

En el terreno son muchas las dificultades que los exploradores deben superar para poder acceder a aquellos lugares sagrados de las cumbres que no solo albergan nidos de golondrinas, sino que en muchos casos son cementerios donde a través de las generaciones se han depositado los cadáveres de los ancestros.

Para llegar a esas incógnitas cumbres hay que lograr la anuencia de las autoridades locales y nacionales, luego viajar en canoa por ríos caudalosos y escarpar paredes difíciles apoyándose en rocas y lianas pobladas de serpientes e insectos venenosos. Debido a la lejanía de aquellas tierras, los exploradores deben contratar personal local para llevar los cargamentos de arroz y otros alimentos que duran solo unos cuantos días, obligando a los exploradores muchas veces a acortar sus estadías antes de que se terminen los víveres.

En esa primera exploración Chazine y Fage dieron con cavernas maravillosas llenas de manos negativas dibujadas en las rocas y celebraron jubilosos los hallazgos sucesivos que se repitieron por años. El etno-arqueólogo descubrió además vestigios de poblamiento en esos lugares y encontró pruebas líticas como puntas para flechas y otros instrumentos cortantes, así como huellas de que ahí hombres prehistóricos cazaron, prepararon alimentos y convivieron en familia y en tribu.

Regresaron a  Europa y tras realizar análisis de los materiales extraídos de las paredes de la cavernas donde se pintaron aquellas manos negativas, comprobaron que se trataba de arte parietal en principio de entre 5.000 a 13.000 años de antigüedad, o sea que a través de los milenio aquellos prehistóricos retornaban a los lugares a donde los ancestros imprimían aquellas misteriosas manos en rituales que aun en la actualidad se desconocen. Más tarde se descubriría que algunas de las imágenes son de las más antiguas realizadas por la humanidad, según una publicación de la revista Nature en 2018.

Realizaron sucesivas expediciones hasta 2005 fascinandos por la abundancia de los hallazgos, con el balance total de unas 2000 manos descubiertas. En otros lugares del mundo los hombres de aquella época también realizaban las mismas manos rituales, como en una gruta del pleistoceno de la región de Santa Cruz, en la Patagonia argentina, llamada la Cueva de las manos. Después, con el avance de la tecnología se ha llegado a comprobar que algunas de esas manos e imágenes fueron realizadas en Borneo hace más de 40.000 años, o sea antes que las famosas cuevas europeas de Chauvet y Altamira, o algunas australianas, entre otras.

De esta marvillosa aventura científico-artística quedó un libro espléndido, "Borneo, la memoria de las grutas", que contiene los relatos de los participantes y los esclarecimientos del científico Chazine, ilustrados con las magníficas y abundantes fotografías y gráficos de Fage, quien tuvo su cámara y sus lápices listos en todo instante para captar lo sucedido. Publicado en 2009 en inglés, indonesio y francés es una historia de amistad y de azar, porque descubrir un tesoro arqueológico de esa magnitud es como ganarse la lotería.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 24 de abril de 2022.
            
Ver sitio de Luc-Henri Fage: 
https://www.fage.fr/index.html
https://www.fage.fr/lhfage_borneo-la-memoire-des-grottes.html


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domingo, 26 de septiembre de 2021

EL MENSAJE DE LAS HUELLAS HUMANAS


Por Eduardo García Aguilar

El espectacular hallazgo de huellas humanas con antigüedad de 23.000 años en Nuevo México, anunciado el jueves, lleva a replantear la historia del poblamiento del continente americano que hasta ahora, según las pruebas recabadas, se remontaba máximo a dieciséis milenios. Los pies impresos en el pantano fosilizado pertenecen en su mayoría a adolescentes y son tan claros que toda la comunidad científica ha celebrado el descubrimiento, calificado por The New York Times como el más importante en un siglo en la materia.

La fotografía a color de las huellas nos lleva a imaginar a esa horda de humanos que cazaban y jugaban junto a un antiguo lago visitado por perezosos gigantes y mamuts, a donde habían llegado tal vez en larga expedición después de cruzar zonas liberadas más al norte por el deshielo de la corteza polar en tiempo de glaciaciones. 

Todos sabíamos desde que tuvimos el primer contacto con los libros de prehistoria en el colegio que los primeros humanos cruzaron por el estrecho de Behring provenientes de Asia y se instalaron poco a poco en el continente y que las pruebas más claras y antiguas hasta ahora de una cultura asentada y activa en el mismo territorio de este hallazgo reciente, denominada Clovis, se remontaban a unos 13.500 años.

Significa esto que la humanidad ya estaba asentada en el territorio 10.000 años antes de lo previsto y es probable que nuevos descubrimientos en las próximas décadas o siglos retrocedan su presencia aun más. Sabido es que el Homo sapiens salió hace unos 70.000 años desde su cuna africana, explorando las rutas de Medio Oriente, Asia y Europa hasta llegar a Australia hace 45.000 años.

Para los estudiantes de palentología, arqueología, biología, antropología y otras disciplinas se anuncian décadas de nuevas exploraciones y descubrimientos para llenar de relatos concretos esos diez milenios de aventura humana en el continente. Bajo tierra o en cavernas deben estar aun sepultados los vestigios dejados por esos homo sapiens en su irrefrenable éxodo por el continente americano.

Las huellas fosilizadas son pruebas contundentes e irrefutables del paso de seres vivientes por un territorio, ya que otros elementos como tejidos, viviendas o alimentos no resisten el paso de los milenios, pero si esa tribu estaba ahí donde sus rastros acaban de ser descubiertos, es natural pensar que sus ancestros estaban presentes en esos lugares mucho tiempo antes.         

Diversas variantes del homínido dejaron en todos esos territorios huellas de su presencia no solo a través de sus instrumentos, megalitos y entierros sino también de su arte, como las famosas figuras de las llamadas Venus de piedra o marfil, o el arte parietal en cuevas que se remontan en conjunto hasta más allá de los 30.000 años. Algunas de esas Venus estaban representadas con tocados y prendas que muestran que el tejido y la hechura de prendas es mucho más antiguo de lo sabido, así como los instrumentos de hueso o piedra para coser cuero hallados hace poco demuestran el trabajo artesanal muy remoto de la humanidad. 

En América, además de los rastros descubiertos en el norte, en lo que hoy es Estados Unidos, también hay huellas muy antiguas de la presencia humana en el sur de Chile y en Brasil. Después de cruzar todo el continente y poblarlo en unos milenios, la humanidad creó culturas y civilizaciones en diversas partes, las más florecientes y magníficas en el occidente de Suramérica y en México y Centroamérica, sede de grandes civilizaciones estatales dotadas de complejas culturas.

A medida que pasa el tiempo las poblaciones latinoamericanas adquieren un mayor conciencia de ese pasado borrado por las intemperies y en diversos países movimientos de las poblaciones ancestrales, así como estudiantes y universitarios, reclaman una mayor visibilidad y reconocimiento a esos pobladores originarios.

Poco a poco van siendo desmontadas las estatuas de conquistadores o colonizadores y antiguos gobiernos colonialistas y esclavistas reconocen con claridad los errores cometidos en otras épocas terribles de la humanidad. En muchas partes se crean museos que relatan lo que fue el floreciente comercio de esclavos, como una forma de escuchar la voz de los ancestros de amplias poblaciones actuales hasta hace poco marginadas y despreciadas.

Muchos países también reclaman grandes piezas de su cultura antigua, saquedas por las potencias durante sus crueles guerras de invasión. Nada de eso debe extrañarnos, pues es el paso ineluctable del tiempo y la historia. Al mismo tiempo que se descubrían estas huellas ancestrales, los mexicanos retiraban del paseo de Reforma la estatua de Cristóbal Colón para reemplazarla por la escultura monumental de una mujer olmeca, perteneciente a una de las más antiguas civilizaciones amerindias. Las huellas de la humanidad emergen del barro, las rocas y el polvo, dejando así su mensaje a los lejanos descendientes del siglo XXI.
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Publicado en La Patria. manizales. Colombia. 26 de septiembre de 2021.

sábado, 11 de septiembre de 2021

EL SILENCIO DE LOS QUIMBAYAS



Por Eduardo García Aguilar

Así como en las sagas futuristas de la ciencia ficción, que exploran con la imaginación lo que podría deparar el universo dentro de muchos milenios en planetas desconocidos, uno podría aventurarse a traducir en palabras el atroz silencio dejado por las poblaciones indígenas que fueron exterminadas de tajo o poco a poco en los parajes donde después nacimos nosotros en los Andes. Ya lo han hecho algunos escritores de otros rincones y cordilleras del mundo que han tratado de imaginar la vida de quienes existieron a lo largo de decenas de milenios antes de la Revolución agrícola y el invento de las ciudades, la escritura, las leyes, los dioses y los archivos.  

Los ancestros humanos ya se se habían extendido por todo el planeta, hasta llegar hace 45.000 años a la ignota Australia rodeada por el mar para descubrir un universo desconocido de enormes canguros, serpientes y avestruces y criaturas y vegetaciones nunca vistas por ellos en los enormes espacios donde habían vivido hasta entonces, yendo de un lado para otro entre África, Oriente Medio, Asia y Europa. Ya estaban ellos dotados de las mismas cualidades cognitivas e imaginativas que nosotros poseemos, de modo que ya podemos imaginar lo que sintieron al llegar a aquellos lugares después de cruzar el océano en naves que maniobraban y perfeccionaban desde hacía milenios.

Al final de una larga carrera de éxodos, los humanos llegaron al continente americano aproximadamente hace 16.000 años y como lo cuentan los expertos en solo dos milenios ya se habían extendido por todo el continente desde el estrecho de Behring y Alaska hasta la punta de la Patagonia y Brasil, en una marcha vertiginosa que superaba en velocidad el lento camino de exploración y dominio de los continentes antes conquistados por el inteligente Homo Sapiens. 

Alguna vez  leía con atención el libro de Juan Friede Los quimbayas bajo al dominación española, publicado por el Banco de la República en los años 60, donde se relataba con minuciosos detalles, cuadros e ilustraciones como poco a poco aquellos habitantes prehispánicos fueron extinguiéndose hasta quedar solo unas decenas de  familias y entonces, desbordado de imaginación, el lector adolescente trataba desde las alturas de las cordilleras y el balcón de la ciudad natal de imaginar aquel territorio poblado por ese pueblo increíble que se vestía de oro y brillaba desde lejos con sorberbia magnificencia poética.

Cómo debían de brillar desde lejos los cascos, máscaras, narigueras, collares, pulseras, pectorales y tobillleras áureas de aquellos hombres que sin duda vivían en un paraíso de abundancia, como podemos hoy comprobar al viajar, caminar, marchar por todas esas cumbres, montañas, volcanes y colinas llenas de riachuelos cristalinos y una vegetación deslumbrante como en los largos valles y los cañones del río Cauca, que aun hoy nos sorprenden, pero que entonces debían ser aun más exagerados y mágicos. Los quimbayas fueron solo uno de tantos pueblos que a lo largo y ancho de estas tierras trabajaban y se vestían de oro. 

Todo eso se me viene a la mente ahora que se conoce la noticia de los innumerables entierros, huellas, objetos y rastros de este pueblo hallados por los arqueólogos después de la remoción de la tierra en el marco de extensos proyectos viales y de obras públicas. Se anuncia que todos esos vestigios serán catalogados y expuestos para las nuevas generaciones en la Universidad de Caldas, o sea que no correrán la suerte que tuvieron durante casi medio milenio todos esos hallazgos desaparecidos y dispersos por la codicia de conquistadores, colonizadores y guaqueros posteriores. 

A partir de esos restos salvados habría que traducir ese enorme vacío, ese enorme silencio de los exterminados, que aun por fortuna perviven en los pueblos indígenas de nuestro país. Pues esos pueblos hablaban, reían, sufrían, amaban, hacían fiestas, guerras, tenían mitos, dioses, caciques, sacerdotes, chamanes, músicos y leyendas. Esa gente viajaba, cultivaba, cazaba, comía al calor del fuego, dormía arrullada bajo el sonido de la lluvia y los aguaceros y se maravillaba por la luna, las estrellas, la salida y la caída del sol, los arcoíris y el paso fugaz de metoritos y cometas cósmicos. 

Por donde pasó la humanidad en sus decenas de milenios de avance fue exterminando la fauna que devoraba con avidez a medida que aumentaba la población, aunque había tanto territorio baldío en el mundo que era imposible agotarlo, si creemos a los antropólogos, demógrafos y paleontólogos exploradores de aquellos lejanos tiempos de los que casi todo ignoramos, porque no había aun escritura ni memoria concreta ni archivos ni relatos ni pirámides de quienes vivieron entonces, salvo los frescos de las cuevas de Altamira, Lascaux, Chauvet y otras que se están descubriendo en el sudeste asiático.

Traducir el silencio milenario dejado por esos pueblos siempre ha sido el reto de los científicos que se esfuerzan por encontrar huesos, esqueletos, figuras, rastros, huellas de viviendas y a través de los fósiles de los animales extinguidos que fueron devorados por ellos o por los cambios en la superficie intuir sus actividades y sus modos de vida. Es casi imposible, pero más allá de los científicos que trabajan en los yacimientos bajo la canícula para salvar la memoria, puede desatarse también la imaginación de los creadores de ficción o de los poetas para viajar hacia ese mundo incógnito del que solo nos quedan vestigios materiales sin carne ni voz. 

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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 5 de septiembre de 2021.


 

viernes, 16 de abril de 2021

NOTRE DAME EN LLAMAS

Por Eduardo García Aguilar

Notre Dame acogió por siglos 
misas, bautizos, confirmaciones,
bodas, entierros, coronaciones reales y plegarias
ante amenazas de invasiones exteriores
y su imagen dio estabilidad pétrea
a generaciones de habitantes
que se sucedían en una caravana de nacimientos,
enfermedades, accidentes, asesinatos y muertes.
 
El apretujamiento, el olor nauseabundo, la humedad,
el frío de los inviernos, la sangre de las guerras y las ejecuciones,
los carnavales y las fiestas, el paso de payasos y milagreros,
el griterío alrededor de los arrancamuelas,
la invasión de moscos, ratas e insectos en verano
se sucedían cada año imponiendo su ritual novelesco.
 
Años después de la publicación por Victor Hugo
de Nuestra Señora de París, historia de Esmeralda y Quasimodo,
las autoridades derrumbaron el barrio insalubre de siglos
para abrirle espacios al templo,
que desde entonces reina solitario y central
en la explanada frente a la broncínea estatua ecuestre de Carlomagno.
 
Viollet-le-Duc remozó la Catedral a su gusto y capricho,
le puso la aguja cargada de apóstoles y santos, renovó gárgolas,
y respetando la enorme estructura casi milenaria de madera,
también conocida como El Bosque,
la techó con hojalatas impermeables de plomo
que desde entonces vieron nuevas generaciones
de románticos, parnasianos, simbolistas
y surrealistas hasta nuestros días.
 
Visto por detrás, desde la vecina isla San Luis,
el techo que a veces cobraba un color verdoso de antigüedad metálica
generaba calma y placidez en fieles y turistas
que acudían a verla, como si fuera el símbolo de una eternidad inefable,
una enorme gata, una esfinge impasible
que coronaba y daba estabilidad a la estructura pétrea.
 
Construida a lo largo de un siglo por cofradías de artesanos medievales
que de ciudad en ciudad iban por Europa creando moles incomprensibles
cantadas por poetas, registradas por pintores, estremecidas por organistas
y bendecidas y admiradas por reyes, emperadores, papas, cardenales y obispos,
la catedral parecía eterna.
 
Al igual que cuando Gargantúa se subió como King Kong
a las torres de Notre Dame en la novela de Rabelais,
el rumor se apoderó de la ciudad ese 15 de abril en la tarde,
cuando los noticieros de televisión mostraron en vivo
la insólita e increíble imagen de una humareda
sobrevolando la ciudad y cuyo origen era la intocable,
la invulnerable basílica de todos los tiempos.
 
En la barra del bistrot las especulaciones
surgían esa tarde entre los trabajadores de todos los orígenes
que a esa hora, cansados, piden una copa para desestresarse
después de una larga jornada de trabajo:
albañiles, barrenderos, choferes o enfermeros.
 
¿Un atentado yihadista?
¿Un episodio más de la guerra larvada de civilizaciones?
¿Otro capítulo más de la larga lista de atentados
en la ciudad donde fueron acribillados cientos de habitantes?
¿El anuncio de una guerra inminente?
¿La resurrección de aquella pregunta hitleriana de 70 años atrás: Arde París?
 
Vi la inmensa humareda cargada de plomo
como si fuera el fruto de una pesadilla
y después las llamas rojas, tizones ardientes
devorando la aguja y el techo de Notre Dame.
Caminé por las callejuelas adoquinadas hasta las riberas del Sena,
ya había caído la noche
y la aguja agregada por Viollet-le-Duc en el siglo XIX
se derrumbaba y se hundía sobre la bóveda del templo
con todo su peso y sus apóstoles de yeso.
Solo quedaban cenizas alrededor.
 
El bosque de mil añejas vigas de roble instaladas hacía ocho siglos
había desaparecido en unas horas.
Pasé los retenes de policía, bajé las escalinatas
y me coloqué debajo del arco de un puente medieval
que cruza uno de los brazos del río que rodea la isla
y desde donde se veía el templo por detrás
en todo su esplendor de fuego.
Las imágenes irreales, expresionistas, futuristas,
parecían pintadas por Goya, Ensor o Edward Munch.
 
Había ocurrido lo impensable.
Ya era hora de pedir un vino en la barra de un café,
a donde llegaban agitados los habitantes de la ciudad
que en romería no querían perderse el espectáculo.
También se reposaban allí por un momento
fotógrafos, camarógrafos, enamorados, poetas o curiosos.
A esas horas de medianoche la ciudad parecía de día.
 
Éramos testigos de otro episodio histórico,
como las impresionantes crecidas del Sena
que en abril amenazan con desbordarse e inundar todo,
casas, museos, archivos, escuelas, gimnasios.
 
Todo es historia en este museo-ciudad.
El tiempo nos aplasta y se vuelve circular.
Los fantasmas del pasado flotan con el humo en el aire.
Y allí en la barra estaba el poeta peruano Alejandro Calderón
y entre amigos tomamos otra copa de vino y otra más
brindando por la pervivencia de esta catedral en llamas
donde ardía de repente un milenio.
 
Paris, abril 2018-febrero 2021
 
* Poema incluido en la última colección aun inédita. Segundo aniversario del incendio de Notre Dame de París. Foto encontrada en la red.  

viernes, 22 de enero de 2021

EN MINNEAPOLIS JUNTO AL MISSISSIPPI


Por Eduardo García Aguilar

A Lourdes y Jay

El sol se aventura ya en las nórdicas tierras de Minneapolis y Saint Paul, ciuidades gemelas y vecinas que presiden el estado norteamericano de Minnessota, donde se origina el río Mississippi, arteria vital de Estados Unidos junto a la que ha transcurrido la vida a través de milenios desde los aborígenes que llegaron por el estrecho de Behring hasta los modernos de hoy que estudian, beben, juegan béisbol, votan por Obama y asisten a conciertos de Britney Spears y de todas las estrellas del rock, rap o pop provenientes desde todos los rincones del mundo.

Hasta hace unos días apenas caía la nieve y todavía se puede ver en algunos lugares sombreados de Minneapolis, junto a molinos de trigo o depósitos de materiales, los restos del hielo que los cubrió durante una buena parte del año. Hace mucho frío en invierno, pero la vida transcurre con intensidad y las actividades siguen su curso en universidades, colegios, cafés y pubs irlandeses que como The Dublinners que se encuentran a lo largo de las avenidas o junto al naciente río que ha sido personaje de miles de relatos, canciones, dramas y leyendas.
 
En estas tierras nacieron el novelista Francis Scott Fitzgerald, el cantante Bob Dylan, el poeta John Ashbery, e hizo política el demócrata Hubert Humphrey, entre otras figuras populares de Estados Unidos. A su Universidad de Minessota asisten más de 60.000 estudiantes e investigadores que han hecho famoso el lugar por el alto nivel de las ciencias, en especial la medicina y la amplia actividad académica en todas las áreas. Todo eso dentro de un espíritu laico que atestigua la presencia de muchos estudiantes musulmanes con sus chadores y bonetes al lado de católicos, judíos y protestantes que viven en paz y acuden de manera conjunta a las aulas del Minneapolis City College.
 
Minessota es un estado pleno de agua y naturaleza y delimita al norte con los grandes lagos que son un amplio mar interior en la frontera con Canadá, convirtiendo a los paisajes y los amplios espacios en lugares húmedos y vitales, a veces despoblados, donde pululan búfalos, aves, zorros, lobos, osos y todo tipo de animales silvestres amantes de estas tierras tan distintas a las tropicales, que llevan con frecuencia nombres franceses puestos por los colonizadores discípulos de Jacques Cartier, que se aventuraron a la conquista de las zonas heladas del norte y fundaron Quebec y Montreal. Más al norte del estado están los resguardos indígenas, donde al parecer los habitantes, cuando no tienen permisos de operar casinos, viven entre la pobreza y la marginalidad, lo que muestra la deuda que todavía tiene este país con sus comunidades indígenas.
 
Desde la la llamada Torre del sombrero de la bruja, construcción puntiaguda que sirvió de depósito de agua desde 1913, se puede observar el horizonte poblado por edificios modernos construidos por los más famosos arquitectos del mundo, que con su aire futurista impecable contrasta con los tranquilos barrios de casitas de madera donde viven los habitantes de esta tierra pacífica de las profundidades del medio oeste del país. Entre los rascacielos del centro de la ciudad sobresalen de vez en cuando otras construcciones enormes realizadas con bloques de piedra de color ocre en el siglo XIX, como un extraño edificio construido en honor de las cofradías masónicas que pulularon aquí en otros tiempos y dieron probablemente al estado la profunda tradición demócrata y laica que lo caracteriza.
 
Son miles los inmigrantes y estudiantes llegados en las últimas décadas de África y Asia: bellas chicas de Somalia y Nepal que acuden a las aulas del City College junto a los hispanos y los afroamericanos que hoy se sienten orgullosos de su presidente. Las calles del centro, junto a la enorme Universidad de Minessota y las oficinas de bancos, están pobladas por gente de todas partes que se agitan con la llegada del sol y la explosión de la vegetación y la verdura. En medio de las avenidas surge ahora un gigantesco estadio que será la sede del equipo local de fútbol americano y atraerá a miles y miles de fanáticos a gozar de los placeres del deporte y del circo romano de tradición latina. El estadio está casi a medio terminar y es una bella obra de la nueva ciudad que muestra el poder del fútbol entre los universitarios. Junto a esta obra impresionante están los otros estadios de béisbol y hockey.
 
En el Pub irlandés The Dublinners, hacia la tarde, acude la gente a practicar danzas irlandesas de sus lejanos ancestros dirigidos por una maestra que da indicaciones a personas de todas las edades, desde encorvados alumnos de ocho décadas bien vividas hasta adolescentes y jóvenes obesas, mientras los maduros aferrados a la barra aprovechan la cerveza en tiempos de la hora feliz. En las paredes se ven banderas y fotos de John y Robert Kennedy, irlandeses ilustres como pocos, mientras al otro lado se ve un afiche que celebra a glorias de la literatura irlandesa como Bernard Shaw, Samuel Becket, Óscar Wilde, entre otros muchos.
 
Estos días ha hecho un sol radiante sobre la ciudad y parece que desde las sombras del frío helado emergiera otra vez la vida en esta jaula de oro de la modernidad y de la vida serena, lejos de los ajetreos de las grandes capitales costeras y las grandes urbes industriales y de otros países en guerra permanente. Pero sólo basta franquear las puertas para que aparezca la música de los nuevos grupos, se exprese el teatro, que es una de las artes preferidas y vibre la nueva vida en el Uptown muiscal y bohemio, en el barrio mexicano, junto a los lagos rodeados de mansiones elegantes o en los amplios suburbios de la clmase media, en estos primeros meses de la era de Obama.
 
He venido a charlar de literatura con universitarios y estudiantes de Minneapolis, por lo que he estado muy atento a lo que dicen sobre la situación del país en este momento de cambios indudables. Y he abierto los ojos a este mundo lejano de los Estados Unidos del Medio Oeste para tratar de comprender las probables tensiones y resquebrajaduras que subyacen detrás de una calma aparente. La literatura me ha traído aquí a esta ciudad y la literatura me hace observar con ojos del viajero la riqueza vital que se da en cualquier lugar del planeta.
 
Minneapolis es una ciudad sorpresiva. Y como toda ciudad sorpresiva está llena de arte, moda, riqueza, lujo, modernidad y pasado en la confluencia de los vientos y los ríos que vienen del hielo. Pero lo más apasionante para mí es estar en las extensiones donde se dan los primeros pasos infantiles del río Mississippi, que figura en las obras de Mark Twain y otros autores fundamentales del país.
 
Ver sus heladas aguas serenas al dar su primeros pasos como arteria central de la Nación americana, es atestiguar un momento geológico básico del continente americano. Y al ver esas aguas uno piensa que en el fondo estamos muy cerca, que Estados Unidos Unidos de América y el resto de América Latina están llamados un día a trabajar juntos sin imposiciones y respetando la libertad de pensar y el espíritu laico por sobre todas las cosas.
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* Escrito durante mi visita a Minneapolis, después de la presentación de The Triumphant Voyage.

domingo, 25 de octubre de 2020

EL GRITO MILENARIO DE LOS OLMECAS


Por Eduardo García Aguilar

Muchas sombras y oscuridad hay aun sobre las grandes civilizaciones amerindias que poblaron el continente durante largos milenios y solo una ínfima parte de sus huellas han llegado hasta nosotros, rescatadas por el trabajo infatigable, paciente y lento de exploradores y arqueólogos en territorios hostiles cubiertos por la jungla.

Por eso los Olmecas del Golfo de México comienzan apenas a emerger después de un siglo de exploraciones como una de las más antiguas y fascinantes aventuras humanas, cuyo inicio se da 1.700 años antes de nuestra era, lo que los hace contemporáneos de Egipto y otras grandes culturas de Oriente Medio y Asia. 
 
Hicieron las primeras pirámides en la parte norte del continente, tuvieron astronomía y escritura jeroglífica, dejaron estelas y grandes monolitos, colocaron los cimientos de otras civilizaciones como toltecas y mayas, e irradiaron su arte e ideología en toda Mesoamérica. Antes que ellos, la civilización peruana Caral construyó pirámides más de un milenio antes en la parte sur del continente.

En varios viajes de enormes aviones de carga, México y Francia lograron trasladar centenares de figuras y objetos, de unas 20 toneladas de peso, que nunca habían cruzado el Atlántico, para la exposición Los Olmecas y las culturas del Golfo de México que acaba de ser inaugurada este octubre en el Museo del Quai Branly-Jacques Chirac, especializado en las civilizaciones de América, Oceanía, Africa y Asia y que ha producido a lo largo de estas dos décadas exposiciones claves sobre Teotihuacán en 2009, los Mayas en 2014 y el Perú antes de los Incas en 2017.

La exposición nos recibe con una de esas cabezas olmecas monumentales y varias pesadas figuras de felinos y guerreros que adornaban templos, así como estilizadas esculturas de jade, sigue con estelas pobladas de signos que apenas se descifran, pasa por una serie de representaciones antropomorfas en piedra de gran calidad estética, se detiene en las ofrendas, vuela hacia otras culturas periféricas y se cierra con una Venus pétrea sacrificada, cuyo cuerpo torturado nos impresiona.

Como ocurre cuando visitamos el esplendoroso Museo del Oro de Bogotá, solo nos llegan los destellos áureos de aquellos hombres que a lo largo de milenios habitaron en nuestras laderas, pero hay un gran vacío sobre la vida cotidiana, fiestas, música, diálogos, risas, viajes, guerras, conflictos sociales y religiosos, vida sexual, costumbres familiares, ritos de magia y chamanismo. Muchos de esos aspectos son solo incógnitas que tal vez nunca logremos responder.

Después de permanecer sepultados por siglos durante la Colonia española, poco a poco fueron surgiendo en Mesoamérica monumentos y objetos que se descubrían por azar en entierros o eran visitados a veces de manera secreta para depositar ofrendas por los descendientes de aquellas poblaciones indígenas. Monolitos gigantescos como el de la diosa Coatlicue, el dios de la lluvia Tláloc, el Calendario Azteca y otros fueron descubiertos por las autoridades coloniales, pero rápidamente enterrados de nuevo para evitar que las poblaciones originarias los vieran y decidieran adorarlos.

Tras la independencia, exploradores locales, europeos y norteamericanos del siglo XIX y comienzos del XX emprendieron la tarea de rastrear las huellas de ciudades, pirámides, templos ceremoniales, calzadas. La mayor atención inicial de los investigadores y aventureros se centró en los aztecas, la última civilización en dominar el México prehispánico, derrotada por Hernán Cortés, así como los más antiguos mayas y los Incas en el sur del continente.

Los mayas fascinaron a los europeos a medida que aparecían las pirámides esparcidas en amplios territorios y se descubría su arte, astronomía, ciencia y escritura jeroglífica. Palenque, Chichen Itzá, Uxmal y centenares de sitios alimentaron la imaginación y en la actualidad nuevas tecnologías a base de radar revelan secretas cartografías de urbes impensadas. Sus códices en papel, papiros de la época, fueron por desgracia en su mayoría quemados por los colonizadores, privándonos de su literatura y memoria escrita. En el siglo XX emergieron de las sombras ciudades mucho más antiguas, como Teotihuacán, lugar que desde los años 20 de ese siglo ha sido sitio de peregrinación turística. De igual forma otras civilizaciones mucho más antiguas que los Incas empezaron a ser exploradas y estudiadas, ampliando el espectro de la cultura humana que pobló las cordilleras y los valles suramericanos.

Todas aquellas poblaciones tuvieron contactos entre sí, como lo atestigua el descubrimiento de materiales, vasijas y elementos localizados a miles de kilómetros de sus lugares de origen. Había comercio y miles de  viajeros que iban y venían a pie o por canoa y relataban lo visto. Recientes indicios genéticos han mostrado que poblaciones indígenas de lo que hoy es Colombia llegaron hace unos 800 años a viajar hasta las Islas marquesas en Polinesia y dejaron huellas de su cruce con aquellas poblaciones, que al parecer habían llegado antes de 1150 hasta nuestras costas.

Al viajar casi cuatro milenios atrás a través de estas piedras y estas magníficas y soberbias obras de arte olmecas, sentimos una emoción que los jaguares labrados en jade parecen percibir desde el milagro de su sobrevivencia en los estratos de la tierra amasada por los cataclismos y que llegan hoy intactos como cartas envueltas en botellas a través del océano.       
                                     

domingo, 27 de septiembre de 2020

POMPEYA EN TERCERA DIMENSIÓN


Por Eduardo García Aguilar

Viajando en el túnel del tiempo se puede ahora visitar Pompeya como era hace dos milenios, cuando fue sepultada por la erupción piroclástica del Vesubio, gracias a la magnífica exposición virtual presentada en el Grand Palais de París, donde estará hasta noviembre y que ha congregado desde el 1 de julio a decenas de miles de visitantes después del levantamiento del confinamiento causado por la pandemia.
Gracias a los milagros de la tercera dimensión y a las nuevas tecnologías virtuales y digitales del multimedia, accedemos a un espacio donde nos vemos inmersos en la vida cotidiana de aquella ciudad cuyos restos empezaron a ser develados desde el siglo XVIII y que no termina nunca de dar sorpresas y nuevos hallazgos bajo la piedra y la arena que la mantuvo enterrada durante milenios. Los arqueólogos avanzan abriendo nuevos barrios, descubriendo frescos muy bien conservados y rescatando objetos de la vida cotidiana, vasos, jarras, bastones, mesas de bronce, sillas, collares, armas. Lupanares alternan con negocios de comida rápida, tiendas de abarrotes florecen al lado de bares a donde acudían los alegres y agitados latinos pompeyanos a conversar sobre lo divino y lo humano.
Al llegar, bajo la oscuridad, el espectador se sienta en una especie de teatrino escalonado desde donde se observa el interior de una casa señorial típica del Imperio romano, con techos de teja, cuya distribución alrededor de un patio de aguas lleno de materos y plantas florecidas, fue replicada siglo tras siglo por todas las culturas. Al fondo se ve el imponente Vesubio que domina la ciudad desde todos los puntos y en el aire se percibe el viaje apacible de las nubes. La virtualidad nos hace vivir durante emocionantes minutos el amanecer, la aparición lenta y majestuosa del sol insinuada por las sombras que proyecta en los muros y así nos vamos acostumbrando al paso permanente de las horas, los días y las noches.
Uno se va acostumbrando entonces a la sucesión de albas y crepúsculos, a la intensidad del mediodía soleado de las bahías del sur de la bota italiana, frente al Mediterráneo. En el enorme espacio de la exposición virtual se ven las calles y las casas señoriales con sus balcones y techos, e incluso deambulan por ahí las sombras de los habitantes aplicados a sus actividades cotidianas. Allí va un hombre con una carretilla halada por burros, allá pintores de brocha gorda pintan muros de color blanco y ocre, acullá unos militantes pintan el nombre de un candidato político aspirante al cargo de edil.
Se ve caminar por las calles a patricios cuyos pajes los protegen con sombrillas del sol o la lluvia. Vemos a matronas, vestales, jóvenes, niños que brincan y corretean en las aceras. Y al interior de los salones de las mansiones, en tamaño natural, vemos paredes de intenso color rojo, verde y azul y los frescos de mitos greco-latinos que solían adornarlas, allí Leda y el Cisne, más allá el sacrificio de Ifigenia, la carrera de Aquiles, la proeza de Hércules, la belleza de Venus, cuando no imágenes eróticas o reproducciones de fiestas dedicadas al dios Baco rodeado de racimos de vid y toneles de vino.
Uno se siente viviendo en alguna de esas residencias, escucha el canto nocturno de grillos y cigarras, el sonido de la lluvia, los cuchicheos de los transeúntes, las melodías y cánticos de los músicos. La magia nos hace revivir aquellos tiempos, o sea que se trata de una experiencia distinta a la de visitar las ruinas que nos recuerdan paso a paso la tragedia, la fragilidad del ser humano individual y de la sociedad en su conjunto. Dos milenios se borran en un instante. Por milagro virtual estamos al mismo tiempo en el año 79 de nuestra era y en este trágico 2020 marcado por la peste.
De repente hay inquietud entre la asistencia, los niños visitantes se asustan, sus padres voltean la cabeza e interrogan. El tremor del volcán empieza a escucharse con toda su fuerza gracias al potente sistema de sonido y se percibe el pavoroso sismo que sacude la ciudad. El estallido no se deja esperar y una fabulosa fumarola empenachada color ceniza irrumpe hacia las alturas y percibimos luego sobre nuestras cabezas la lluvia de piedras y polvo. Las faldas del volcán se llenan de materia terráquea que desciende veloz y llega al valle donde estamos y nos cubre, dejándonos a todos sepultados en un abrir y cerrar de ojos para siempre, en la oscuridad infinita del tiempo.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 27 de septiembre de 2020.