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domingo, 29 de marzo de 2026

ÁFRICA SUBSAHARIANA EN EL CORAZÓN

Por Eduardo García Aguilar

En un rincón de París habitado en su mayoría por la población africana de las antiguas colonias, uno puede viajar de repente a otro mundo dentro de un universo que es mezcla de todos los orígenes, colores, culturas y religiones. Suelo ir con frecuencia a cambiar de aires al mercado africano de ese barrio situado a la salida del metro Goute d'or, que es la parte final de una zona donde en avenidas, calles y callejuelas pululan todo tipo de actividades exóticas.

Hay cuadras enteras especializadas en la belleza de las africanas, venta de pelucas de todos los tamaños y formas, así como de maravillosas telas coloridas y estampadas con todos los motivos, que sirven para diseñar las amplias prendas que suelen llevar las elegantes mujeres del continente africano, desde las etíopes espigadas y altas hasta la fuertes matronas de carácter de los países del centroeste africano, en su mayoría colonizados por Francia y Bélgica y donde se suele hablar fluidamente el francés, como Senegal, Benín, Camerún, Costa de Marfil y tantos otros.

Cansado de los grandes bulevares turísticos por donde deambulan los casi 100 millones de vistantes anuales provenientes de todo el mundo, tomo el metro y en poco tiempo ya estoy lejos, en otra atmósfera donde reina la algarabía y la alegría especial de los africanos. Subiendo por las escaleras eléctricas del metro, decenas y decenas de mujeres ofrecen a las africanas que llegan propaganda para que vayan a acicalarse en sus salones de belleza desperdigados en bulevares, calles y callejuelas aledañas. 

En la calle los hombres ofrecen baratijas, cigarrillos de contrabando, celulares o adminículos para computación y telefonía, cuando no propaganda de magos, marabúes y pitonisos africanos que saben leer el futuro en las huellas del café y solucionar las crisis de amor de parejas o curar la soledad de malqueridos y malqueridas.

Al voltear cae uno de lleno en la calle del mercado ilegal donde está mi bar preferido, el viejo Titanic de los años setenta, donde pasan la tarde ancianos del continente, emperifolladas mujeres de negocios muy conversadoras y altivas,  ya sean africanos o magrebíes, que se mezclan con franceses que también viven por esa zona, situada no lejos de las alturas de Montmartre, muchos de los cuales trabajaron alguna vez para empresas multinacionales o pagaron servicio militar en África subsahariana en sus años de juventud y recorren con nostalgia y complicidad el barrio.

Los ilegales ofrecen sus productos, baratijas, prendas, comidas extrañas, y desparecen de repente cuando les avisan que vienen los policías a dispersarlos. La calle queda despejada, pero cuando las patrullas se van, vuelven de nuevo con una agilidad sorpendente y prosigue la algarabía. 

Desde el Titanic se ven las amplias carnicerías que ofrecen cabezas de cerdo, aves y res, una variedad de vísceras, mondongo, librillo y cuajar, hígados, ojos, orejas, pezuñas y patas que no suelen verse en las elegantes carnicerías de la ciudad tradicional. También se ven las nutridas pescaderías, vistadas por alertas gaviotas que provienen del cercano mar de la Mancha y que con el cambio climático vienen a  la ciudad con su específico chillido marino.

Hace poco llevé al lugar al novelista y académico costeño Ramón Molinares Sarmiento (1943) , autor de Exiliados en Lille y Un hombre destinado a mentir, quien quedó maravillado al ver a sus ancentros africanos en plena actividad desde la silla y la mesa del Titánic, donde tomábamos unas copas, él whizky y yo ron martiniqués.

En las calles de ese barrio he visto negocios que venden gallinas ponedoras a la vista y huevos recién puestos, y todo tipo de delicias culinarias, pero nada como los restaurantes sengaleses, marfileños, malienses, cameruneses o congoleses donde por muy poco dinero te sirven en enormes porciones las más deliciosas recetas de pescado, pollo y res con arroz, cubiertas por exquisitas y picantes salsas africanas de cacahuete, tomate o cebolla y variadas especias.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 29 de marzo de 2026.





sábado, 21 de junio de 2025

LAS TARDES DEL TITANIC


Por Eduardo García Aguilar

Con frecuencia en tiempos de canículas veraniegas como ésta he llevado a algunos amigos amantes de la literatura y las artes de paso por la ciudad, a pasar la tarde en la calle del mercado africano en los sectores de la Gota de Oro, Chateau Rouge y Barbès, bullicioso epicentro de la vida subsahariana que facilita al amante de los viajes y los exotismos alejarse de otras realidades multiculturales del norte de la capital. 

En la calle y el sector de marras de la Goute D'or, suelo quedarme tardes enteras en El Titanic, un café y bar pequeño y muy popular, y ahí veo pasar a miles y miles de africanos que a lo largo del día cruzan el mercado clandestino de productos de contrabando o compran frutas, legumbres y carnes expuestas como si uno estuviera en alguna metrópoli de Senegal, Nigeria, Benin, Sudáfrica, Zimbabue  o Costa de Marfil. Los comerciantes ilegales suelen jugar al gato y al ratón con la policía que pasa con frecuencia para dispersarlos, pero ellos regresan al poco tiempo con su alegre bullicio.

En su mayoría son mujeres africanas de  todas las edades ataviadas con prendas supercoloridas, que llevan a sus hijos atados en la espalda. La algarabía es maravillosa y el ambiente cordial y las carnicerías y pescaderías atraen no solo a la gente sino a las voraces gaviotas que desde las costas del mar de la Mancha, en el norte, vienen por aquí para beneficiarse de los restos que les ofrecen los vendedores de productos cárnicos. 

Los visitantes de la ciudad que solo están unos días especialmente en verano, suelen deamabular por los sitios más conocidos y turísticos, como las grandes avenidas, museos, catedrales, riberas del Sena, barrios con tiendas concurridas y famosas como Galerias Lafayette, Printemps y La Samaritaine, pero no tienen tiempo para aventurarse a otros sitios de la capital como Barbès, Chateau Rouge, Stalingrad y el canal de l'Ourq, u otros como Belleville y Ménilmontant y la parte trasera de Montmartre, que también gozan de mala fama desde tiempos inmemoriales.

Aunque el viejo y espectacular París inmemorial descrito en infinidad de películas o en conocidos filmes de dibujos animados como el popular Ratatouille, la historia de la rata que además es chef de cocina, o Amélie Poulajn, filmada sobre la  mítica colina de Montmartre o la romántica Medianoche en París de Woody Allen, sigue ahí presente impresionando por su belleza, ostentación arquitectonica y opulencia, los sitios más periféricos, sucios a veces y de mala fama tienen su gracia y vale la pena visitarlos.

En tales lugares suelen acampar hacinados decenas y decenas de miles de inmigrantes ilegales del sureste asiático, medio Oriente o Africa que en permanencia llegan a la ciudad tras arriesgar la vida al cruzar el Mediterráneo en botes precarios, aventura en la que miles de personas, niños, mujeres, ancianos y jóvenes mueren cada año.

En esos barrios viven indios, paquistaníes, bangladesíes  o srilanqueses, especializados en las difíciles faenas de cocinar en sótanos ardientes para los restaurantes de la ciudad y dedicarse además a la limpieza, tareas en lo que suelen ser muy eficientes, guiados como son por la sabiduría y la resignación milenarias orientales.

Los chinos, que ya hace más de un siglo han conquistado espacios en la ciudad, tienen varias zonas como el Chinatown cerca de la Plaza de Italia y otros barrios céntricos donde, discretos y prudentes, poseen  tiendas de distribución comunicadas por túneles subterráneos, además de que poco a poco se han apoderado de los viejos bistrots franceses, ahora manejados muy bien por las nuevas generaciones descendientes de los veteranos y pacientes abuelos chinos de hace tiempos.

Pero nada igual a esta fiesta de los africanos que alegra la vida en invierno y verano. Frente al Titanic hablan, discuten y gritan como en los barrios populares carfibeños, latinoamericanos y del Tercer mundo. Están en el rebusque permanente, venden baratijas, ofrecen los servicios de peluquería  y salón de belleza para las señoras africanas y promueven los restaurantes manejados por matronas donde se degusta a bajo precio la culinaria del gran continente, platos enormes y llenos de proteína cubiertos de abundantes salsas de cebolla y maní. 

Ahí en El Titanic me siento como en la serie de novelas El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrel o en la Película Casablanca, gozando de la vida al otro lado del Mediterráneo con los aromas del magreb y el oeste africano, en medio de plátanos, yuca, mangos, sandías y cocos tropicales. Y mis amigos se asombran de que el trópico esté escondido en París a la vuelta de la esquina.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de junio de 2025

 



sábado, 8 de marzo de 2025

VENUS Y LA LUNA SOBRE EL POMPIDOU

Por Eduardo García Aguilar


En lunes 10 de marzo cierran los pisos de la colección permanente de arte moderno del Centro Pompidou y por eso había que ir a ver una parte de la colección antes de que desaparezca de la observación pública por cinco años, mientras se realizan los trabajos de renovación total del excéntrico edificio inaugurado hace casi medio siglo, uno de los íconos de la arquitectura moderna.

Debido a la afición por el arte moderno del presidente Georges Pompidou y su esposa, el gobierno realizó una convocatoria para construir un museo moderno en espacios abiertos en aquellos tiempos en pleno vientre de París y los ganadores fueron Renzo Piano y Richard Rogers, jóvenes arquitectos novatos que nunca imaginaron que su proyecto loco, que hicieron por molestar, fuera el elegido de entre centenares de propuestas. 

El edificio aun hoy impresiona por su delirio, pues el proyecto tenía como idea construir un edificio de módulos que dejara ver toda la estructura interior, por lo regular oculta, y así desde lejos se ven centenares de tubos, varillas y estructuras metálicas pintadas de colores estrafalarios a tono con la década de los 70, cuando estaba en auge el arte pop, la escultura chatarra, el arte pobre y las imaginerías de escultores como Calder y otros que conquistaban el mundo con sus delirios asimétricos, disimétricos y cambiantes de hierro o latón.

Pompidou, autor de una de las mejores antologías de la poesía francesa,  murió en abril de 1974 y no pudo ver su obra, inaugurada en 1977 por el siguiente presidente, el centrista Valery Giscarg d'Estaing. A todos los niveles se accede desde entonces por unas escaleras eléctricas entubadas con forma de oruga y al llegar al más alto piso se logra una vista espectacular de la ciudad. Este 6 de marzo de adioses, al fondo se veía en el crepúsculo la torre Eiffel y arriba Venus brillando como nunca, tras una jornada soleada con cielo azul que presagiaba ya la primavera, después de un largo y monótono invierno.

Al frente hay una gran explanada donde varias generaciones de saltimbanquis han desplegado sus artes y oficios como en los tiempos del medioevo, un lugar despejado donde en una esquina se encuentra el taller del escultor rumano Brancusi y suenan las músicas improvisadas, la actividad de artesanos y artistas y el tropel de los visitantes que hacen cola para acceder a los varios espacios.

A lo largo del tiempo ahí ha habido exposiciones rigurosas y muy bien curadas de todos los movimientos artísticos modernos del siglo XX, suprematismo, futurismo, cubismo, dadaísmo, expresionismo, surrealismo, arte abstracto, y retrospectivas de grandes artistas como Dalí, David Hokney, Jeff Koons, Lucien Freud, Francis Bacon o Amselm Kiefer. Ahí se han visto también retrospectivas de latinoamericanos inolvidables como la mexicana Frida Kahlo y el cubano Wilfredo Lam.

Pero además ha sido sede de coloquios y conferencias, debates interminables sobre los temas del arte contemporáneo y el mundo fascinante de ese siglo de guerras y explosiones artísticas. Con sus dos salas de cine y teatro, también en ese lugar el arte moderno y la poesía han seguido su rumbo desde entonces.

Antes ya habían cerrado los tres niveles de la Biblioteca pública de información, frecuentada masivamente por la gente, y hacia septiempre todo el edificio cerrará por completo durante un periodo que puede prolongarse. O sea que los turistas del mundo amantes del arte moderno que suelen visitarlo quedarán en ascuas y huérfanos y tendrán que esperar para volver a subir por esas escaleras eléctricas entubadas y exteriores que hacían las delicias de todos, viejos, maduros y niños.

Con mis amigos Gustavo Nieto y Miguel Angel Reyes, notables artistas contemporáneos colombianos que viven desde hace mucho tiempo en esta ciudad, recorrimos la sala donde están los principales cuadros de las dos primeras décadas del siglo XX que revolucionaron para siempre el arte, con obras de Picasso, Braque, Picabia, Goncharova, Kupka, Marcel Duchamp, Suzanne Valandon, Max Ernst y tantos otros. Una delicia verlos antes de que se oculten por un tiempo. Hace un siglo ellos dinamitaron el arte mundial y abrieron pasarelas hacia el futuro, que hoy siguen vigentes en medio de preocupantes tambores de guerra. 
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Publicado en La patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de marzo de 2025.

sábado, 30 de marzo de 2024

LLEGAR EN ABRIL A LA CIUDAD DE EIFFEL

Por Eduardo García Aguilar


Llegué a París un 5 de abril, al inicio de la primavera, cumpliendo el rito de un sueño adolescente. Hacía frío, pero un extraño fuego parecía incendiar los viejos monumentos cubiertos por el óxido verduzco o la añeja ceniza de las chimeneas. Percibíamos el olor novedoso de una ciudad cuyas casas y templos albergaron durante siglos la fe o la duda de sus habitantes en tiempos de reyes. Los cementerios estaban repletos de seres idealistas que antes vibraron por sueños y batallaron hasta la muerte por paraísos que nunca se cumplieron como La Revolución Francesa o la Comuna de París. Aquella tarde vimos revelado el resplendor implacable de la vida, la triste insignificancia de las generaciones, el fluir de la materia perecedera que nos conforma y de la que solo somos accidente.

Tres días antes había muerto el presidente Georges Pompidou. El país se aprestaba a un nuevo cambio, pero la incertidumbre no se reflejaba en las caras blancas, lívidas, de los transeúntes, que en abril, cubiertos por gabardinas y abrigos, expelían de sus bocas un aliento humeante. Después de bordear el Sena unas horas y mirar fluir el agua desde los puentes con un ejemplar recién comprado de Le Monde debajo del brazo, me acerqué a la estación del metro. Abajo pregunté por donde introducir el boleto amarillo y fue como ingresar al tren fantasma de la infancia, cuya oscuridad era sorprendida a veces por algún monstruo o una aparición levitante. El tren era casi centenario, verde, de madera y renqueante.

Llegué a la estación Saint-Lazare, donde sin duda el poeta José Asunción Silva y José Maria Vargas Vila deambularon como tantos otros modernistas de nuestro continente, maravillados por el progreso y la magnificencia  de la arquitectura de hierro de Eiffel. Nos impresionaron también esos amplios hangares, las vastas techumbres y vigas de hierro, los frisos art-decó, las enmarañadas marquesinas que aquella tarde parecían cargar ellas solas con la fuerza de mil nubes eternas.

Al día siguiente se celebraron los funerales nacionales de Pompidou, el presidente que sucedió al viejo general Charles de Gaulle. Letrado y estadista amante del arte y la poesía, elaboró una de las mejores antologías de la poesía francesa y durante su gobierno se prepararon las bases para la construcción del museo de arte moderno Beaubourg, que llevaría su nombre. Empezaron a llegar presidentes y mandatarios de todo el mundo, entre ellos Richard Nixon, y sus honras fúnebres fueron en la catedral de Notre Dame. Después vinieron las elecciones anticipadas en las que participaron el socialista François Mitterrand, el gaullista Jacques Chaban Delmas y el centrista ex ministro de Economía, Valéry Giscard d'Estaing, quien ganó. Los debates en la televisión y en la gran prensa eran fascinantes y el ambiente se convirtió en un curso inmediato de ciencias políticas.
 
En la década siguiente vinieron muchos cambios en el mundo. Los hippies y los revolucionarios se volvieron viejos y pasaron de moda. Se acabaron los sueños de Mao y los maoístas se quedaron sin patriarca. China se modernizó y dejó atrás el viento medieval que su viejo tirano había querido imponer. Vietnam ganó al imperio estadounidense una guerra interminable. Bajo el mando de Pol Pot, Camboya vivió la amarga experiencia totalitaria que Conrad vislumbrara en el Corazón de las tinieblas.

Portugal derrotó a la dictadura y se volvió una democracia europea. España vio morir al tirano Franco y después se dio la convivencia impensable años antes, entre la monarquía y el gobierno socialista. Mitterrand llegó al poder después de buscarlo durante décadas. Nixon tuvo que renunciar acusado por ágiles periodistas. El shá de Irán dio paso a una dictadura religiosa. Murió Sartre y con él toda una época. Murieron Malraux, Neruda, Lennon, Buñuel, Miró, dos papas, Brejnev, Marcuse, Ingrid Bergman.

Vimos a Julio Cortázar deambulando en Toulouse, hombre que no envejecía, luchando con entusiasmo por un sistema en el que tal vez no hubiera querido vivir. Vimos a Sartre muy enfermo y babeante caminar en un cementerio del brazo de Simone de Beauvoir y desmayarse casi en el sepelio de Pierre Goldman. El tiempo pasó como en una larga película hollywoodense. La misma guerra que vemos arder ahora en muchas partes del mundo es la misma conflagración metálica, fría, de profesionales, donde los que pierden son mujeres, niños y viejos. 

De pronto, al final del túnel del tiempo, después de muchas peripecias y volteretas, hay sin embargo una nueva realidad al otro lado en el continente latinoamericano desde México a Brasil, pasando por Colombia y Chile, por lo que en muchas ciudades peligrosas y maravillosas a la vez se expresa el futuro. Hay que estar con los ojos abiertos observando la fusión de nuestras pasiones, nuestra lengua, nuestras calles repletas de basuras y de hombres angustiados, mirando y escribiendo el reino del caos. 

Lo que no morirá será la palabra de quienes prefieren la trinchera de los lápices a la de las armas. Dándole la espalda a los vendedores de paraísos obligatorios y a los tecnócratas de la guerra y el tedio, podemos mirar el horizonte y saber que pese a la sudorosa penuria de nuestros suburbios y calles, a la algarabía de los mercados, o tal vez no pese, sino gracias a todo ello, podemos seguir escribiendo la verdad de América Latina, un rincón maravilloso del mundo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 31 de marzo de 2024.
 
 



domingo, 10 de diciembre de 2023

LA CATEDRAL RENACE DE SUS RUINAS

Por Eduardo García Aguilar


Después de cuatro años de intensos trabajos la catedral Notre Dame de París se acerca poco a poco a la restauración completa, que será concluida e inaugurada el 8 de diecimbre de 2024.  Desde hace poco ya se puede ver el andamiaje que cubre la aguja central que ardió y se derrumbó con la antigua cúpula medieval de madera construida por artesanos de su tiempo ante el estupor de los parisinos y del mundo aquel fatídico 15 de abril de 2019.

La nueva aguja que acaba de ser izada es idéntica a la diseñada por el arquitecto Eugène Viollet-Leduc, quien restauró la catedral a mediados del siglo XIX y cuenta en su cima con una corona, una cruz y un gallo final que culminan en la punta, a una altura de 96 metros. Los curiosos acuden en estos tiempos de fiestas navideñas a ver el andamiaje desde los barrios y calles aledañas y el presidente francés Emmanuel Macron visitó este viernes las obras para corroborar que todo se cumplirá en la fecha programada. 

La iglesia devastada tuvo que ser limpiada primero de sus escombros e incluso varios robots trabajaron para retirar objetos cuando aun los trabajadores no podían ingresar a los amplios espacios internos aun frágiles y con riesgo de que desde las alturas se desprendieran muros, piedras, metales u objetos. Un ejército de arqueólogos, arquitectos, expertos, historiadores, ebanistas, artesanos, artistas conformaron un equipo que a lo largo de estos años ha cumplido una tarea científica que ha traído sorpresas y descubrimientos y develado nuevas técnicas en materia restaurativa. Además del nuevo entramado de madera de la cúpula y la flecha, se reemplazarán seis enormes vitrales del siglo XIX que serán realizados por los artistas contemporáneos que ganen la convocatoria para dejar una huella de esta época hacia los siglos.  

La catedral fue construida entre los siglos XII y XIV y a lo largo de casi un milenio ha sido centro simbólico de la ciudad, lugar de bautizos, bodas, coronaciones y ceremonias que han marcado la historia del país e inspirado múltiples obras, entre ellas la novela de Victor Hugo Nuestra Señora de París, verdadero emblema literario nacional. En Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, el obeso gigante se sube a sus torres para escandalizar a los parisinos.

Hay otras catedrales góticas notables en toda Europa como las de Colonia o Estrasburgo, joyas increíbles que encarnan la fuerza estética de una época enfrentada a la eternidad, ya que la construcción minuciosa de estas moles de piedra tardaba siglos e involucraba a varias generaciones.

Cuando se vieron las llamas devorar Notre Dame la conmoción fue total, ya que nadie podía imaginar que una catástrofe de esta índole pudiera afectarla y durante unas horas, mientras los bomberos luchaban contra el fuego, había incertidumbre sobre la posibilidad de un derrumbe total si una de las torres laterales cedía, arrastrando en su caída todo el monumento.

Los bomberos enviaron a un equipo suicida a esa torre, con la consigna de salvarla, pero a sabiendas que en su tarea heroica podían perecer. Solo después de medianoche se conoció el éxito de la misión y el público agolpado que observaba la tragedia desde cerca, junto a  los puentes o en las riberas del río Sena, pudo al fin suspirar aliviada.

Me enteré de la noticia al instante al observar en la tarde las imágenes transmitidas en directo por la televisión en un bistrot popular donde la gente especulaba sobre si se trataba de un atentado islamista o un incendio accidental. Entonces no dudé en tomar el metro y acercarme al lugar para ver desde la otra orilla del río, debajo de un puente desde donde había una excelente vista, la evolución de la situación a lo largo de las horas, hasta el desenlace final, cuando las autoridades anunciaron que tenían controlado el fuego aunque la destrucción parcial era un hecho.

Debajo de los puentes o en las calles aledañas se veía a los citadinos de todas las edades y orígenes paralizados y en silencio ante las llamas que devoraban el templo y las altas escaleras de bomberos desde donde se lanzaban poderosos chorros de agua. Sin duda el momento era histórico e incluso en algunas esquinas o plazas los fieles católicos cantaban, oraban o interpretaban música clásica para tratar de conjurar la pesadilla. Podía uno imaginarse entonces escenas similares ocurridas a lo largo de los siglos en otras ciudades o pueblos europeos que vieron arder sus templos centrales o pulverizarse barrios enteros construidos siglos antes por sus ancestros medievales con motivo de guerras o asonadas.         

Cuando supimos que no se derrumbaría, muchos acudimos a celebrar a alguno de los bares o restaurantes que permanecían abiertos para atender a la muchedumbre de curiosos que invadieron las inmediaciones, especialmente en el lado izquierdo de la ciudad por el Boulevard Saint Michel. Ahí brindamos con vino por la tarea de los bomberos que acudieron prestos a salvar la catedral, un poema encarnado de piedra que en un año volverá a recibir a millones de visitantes de todo el mundo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de diciembre de 2023.