sábado, 16 de octubre de 2021

LA VANIDAD Y EL SILENCIO

Por Eduardo García Aguilar

A veces es bueno recordar para atemperar la vanidad literaria de muchos escritores contemporáneos el destino final de tres de los últimos Premio Nobel del continente latinoamericano, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Octavio Paz, que de la gloria pasaron poco a poco al más trágico otoño y eso que dejamos por fuera a los que no lo obtuvieron, pero fueron grandes como Borges, Carpentier, Onetti, Lispector, Garro, Cortázar y tantos otros. 

Por cuestiones del azar he leído testimonios sobre los últimos días de esos escritores tan queridos por nosotros, de los cuales tanto aprendimos a lo largo de las décadas, embrujados como estábamos por la maestría de sus palabras, su talento e inteligencia. 

América Latina vivió a mediados del siglo XX la insurgencia de una espléndida oleada de literatura de alto nivel que se dio en casi todos los países y logró llegar a España con derechos propios para sacudir, como medio siglo antes lo hizo Ruben Darío, los cimientos de la literatura hispanoamericana. 

Todos esos escritores forjaron sus obras a lo largo de vidas durante las cuales enfrentaron todo tipo de obstáculos e impedimentos, porque nada era fácil en su tiempo marcado por dictaduras, guerras, golpes de estado y otras caóticas peripecias en las que han vivido inmersos el continente y el mundo. 


Vivieron y sobrevivieron a guerras civiles, asonadas, persecuciones y se hicieron a pulso contra viento y marea en la primera mitad del siglo XX. Abrieron grandes caminos y modernizaron la literatura de sus países, basados en la tradición propia, que se nutría de las raíces del siglo XIX, cuando los países eran patrias bobas estremecidas por el caos y la falta de rumbo. 

Además fueron contemporáneos de grandes revoluciones mundiales como la mexicana y la rusa y de dos guerras mundiales atroces que devastaron el mundo y tuvieron el dolor en el corazon de la guerra civil española y la terrible dictadura franquista que sobrevivió hasta los años 70. 

Ellos se nutrieron de la tradición naturalista y criollista en novela y parnasiana y modernista en poesía, pero fueron sacudidos por las vanguardias y la explosión de los estilos y de la palabra con la que se construyen. Leer sus biografías o testimonios sobre sus vidas es leer el siglo XX con sus grandes epopeyas y catástrofes y visitar la pléyade de figuras vistosas que irrigaron antes que ellos los campos del arte, la literatura y el pensamiento continentales. 

La palabra de Neruda era volcánica, telúrica y en su poesía vibraban las placas tectónicas de las tradiciones y las subversiones. Octavio Paz vio con su madre a los colgados de la Revolución cuando fueron juntos a buscar los restos de su padre y esposo, un abogado prozapatista despedazado por un tren en el norte del país. García Márquez vivió la tragedia del 9 de abril en Bogotá y se izó a la gloria desde la pobreza y las carencias de su infancia y juventud gracias a su talento. 

Pero los tres, que tocaron la gloria en vida con sus manos, vivieron sus últimos días signados por la tragedia. 

Neruda, viejo, derrotado, enfermo y perdido tras el golpe de Estado de Pinochet en un hospital donde algunos afirman que lo envenaron. 

Octavio Paz, enfermo y transido por los espantosos dolores provocados por la metástasis, vivió el incendio de su casa y la biblioteca y después agonizó en una casona colonial viendo la caída de la casa Usher con total lucidez. 

Y García Márquez perdió la memoria y al final no sabía quien era ni reconocía a sus hijos e ignoraba que fue Nobel y escribió Cien años de soledad. 

De modo que cuando en pleno siglo XXI uno ve a tantos contemporáneos atareados en las penas tristes de la ambición, la competencia, la envidia y el arribismo literarios, no queda menos que rescordarles que los más grandes, Neruda, Paz y García Márquez, cruzaron los círculos del infierno y vislumbraron tal vez antes de irse lo inocuo de la vanidad. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 17 de octubre de 2021.

domingo, 10 de octubre de 2021

LA SUDÁFRICA CRUEL DE COETZEE


Por Eduardo García Aguilar

El Premio Nobel 2003 J.M. Coetzee narra la desgracia de su país, Sudáfrica, anclado en la guerra y la violencia del Apartheid, que por esas fechas parecía sin solución alguna, tanto el odio entre las partes era profundo. A un lado estaban los negros encabezados por el luchador guerrillero Nelson Mandela, en la cárcel desde hacía décadas, y al otro el gobierno implacable y terco de los gamonales blancos y ojiazules que se negaban a un cambio profundo de la propiedad de la tierra y de la ancestral discriminación racial de la plebe negra.
    Los tres premios Nobel de esa región, Coetzee, Gordimer y Doris Lessing, son blancos, pero a diferencia de los racistas terratenientes que dominaban al país y sumían a la población negra en la esclavitud y la discriminación, tratan de contar a través del género novelístico el drama nacional, profundizando en las entrañas de la violencia ciega y terrible, buscando las razones profundas de las acciones de los negros insurrectos, que no eran mansas palomas.
    Por supuesto que los insurrectos negros sudafricanos cometían atrocidades, pero si lo hacían en la lucha contra el Apartheid era por razones profundas, históricas e ineludibles y la solución al problema no estaba en llenar las cárceles de rebeldes o los cementerios de cadáveres de guerrilleros, o de calificarlos de hijos del Infierno, sino de dar el paso hacia un gran cambio del país, lo que vendría después tras la liberación de Mandela y la llegada al poder de la plebe y la infame turba negra odiada por los hacendados blancos y ojiazules.
    En la novela Desgracia, los negros cometen con naturalidad escalofriante atrocidades contra los blancos. Lucy, la hija del personaje David Lurie, es violada por ellos y despojada cuando era sólo una hippie ecologista que buscaba con ingenuo idealismo acercarse a ellos y vivir en paz en el fondo de la campiña sudrafricana vendiendo flores y cuidando perros. La blanca hippie decidirá aceptar ese acto de sus violadores negros como el impuesto que debe pagar a siglos de explotación y tortura infligida a ellos por los blancos. Lucy quedó además embarazada y decide tener la criatura del abuso.
    En el transfondo la novela aborda esa lucha permanente del deseo, el encuentro violento de los cuerpos, la marca indeleble que deja esa lucha en la natural perpetuación de la especie. Y a través de las angustias sexuales del cincuentón crepuscular nos lleva a reflexionar sobre la vejez y la muerte y sobre el paso del tiempo y las generaciones.
     La lectura de Desgracia nos hace descubrir una pieza maestra de la novela contemporánea que a la vez es profunda y grave, pero llena de ironía, cinismo y humor. Y los diferentes niveles y capas de la estructura narrativa alcanzan para hacer una crítica mordaz al mundo de las universidades y el medio académico con sus intrigas e hipocresías y sus crueles leyes jerárquicas. Y no contento con ello, a través de Melanie, la bella alumna que lo lleva a la perdición, asistimos a la búsqueda de las nuevas generaciones a través del arte, o al tema de la relación de animales y humanos con el retrato de los idealistas de la Sociedad Protectora de Animales que encuentran en esa causa una ventana de salvación.
     David Lurie ha perdido todo y al refugiarse en la finca de su hija se ha encontrado con la verdadera realidad del país en medio de la guerra. De dar clases sobre Wodsworth ha pasado a cuidar perros y a trabajar entre el barro y los excrementos. Su vida ha cambiado drásticamente, pero esa desgracia les ha abierto los ojos a otras verdades.
     Su hija hippie, que acepta imbricarse con el mundo en que viven sus violadores de la plebe negra, es la metáfora de ese nuevo país que tiene que surgir obligatoriamente de la fusión final entre los enemigos, a un lado los viejos explotadores blancos anglosajones que tuvieron que renunciar a sus privilegios de casta y al otro los negros calibanes que por fin tuvieron acceso al poder y a ser ciudadanos en el contexto de una democracia.
     El bravucón gamonal blanco anglosajón, que sólo gritaba y ordenaba con el índice en alto, tuvo que ceder su poder muy a pesar suyo y el torvo monstruo de la rebelión negra aprendió a gobernar. En Lucy se encarna la nueva concordia en que los enemigos de siempre deben aprender a convivir en paz para seguir el ciclo de la historia. Y de esa fusión violenta y terrible tal vez nacerían las nuevas criaturas del futuro.

--- Publicado en La Patria, Manizales, Colombia, el domingo 10 de octubre
de 2021. 


domingo, 3 de octubre de 2021

LA LITERATURA Y LOS DINOSAURIOS

Por Eduardo García Aguilar
 
Al emprender la tercera década del siglo XXI, la literatura parece un "dinosaurio agónico", como bien afirma el poeta y crítico mexicano Sergio Cordero en uno de sus ensayos. En las dos pasadas décadas dominadas por las redes sociales y los medios digitales se uniformizó mundialmente el gusto de los consumidores de novedades y casi en todas partes los libros que circulan como literatura, promocionados por los grandes consorcios con poder mercadotécnico, son en su mayoría textos autobiográficos que tocan temas emocionales para el consumidor. 
 
Esos libros, elaborados con una prosa insípida que parece escrita por momias empolvadas de notarios, dan al lector un producto totalmente uniformizado y masticado para una población robotizada y anancefálica. Las novelas que circulan traen frases claras, cortas, diálogos sencillos, argumentos bien encuadrados con planteamiento, desarrollo y final, como si fueran guiones cinematográficos listos para filmar y están basadas por lo regular en hechos concretos ya ocurridos y archivados.
 
Los consorcios editoriales también expulsan poco a poco a los escritores de sus catálogos, pues la preferencia viene a la publicación de novelas, reportajes o relatos escritos por figuras de la farándula,  la televisión, el deporte o la política que ya de por si traen bajo su escarcela ventas garantizadas. Los escritores que aun quedan en sus catálogos escriben a destajo y por encargo a la orden de sus patrones.
 
Y lo más importante, ya ni siquiera se necesita saber escribir para convertirse en gran novelista premiado, incluso con el Premio Cervantes o el Nóbel, pues el trabajo lo hacen los llamados escritores fantasmas, ghosts writers en inglés, que realizan los libros de esas figuras mediáticas o los editores que contratan ellos mismos para que pongan orden, corrijan y ajusten lo que han escrito con torpeza.
 
Los pobres e ingenuos escritores que aun creen en la literatura y escriben ellos mismos sus obras después de un arduo trabajo y una formación apasionada de décadas, pertenecen a una especie en extinción que desparecerá de la faz de la tierra, como esos "dinosaurios agónicos" a los que se refiere el mexicano Cordero. Esos ingenuos autores quedan relegados al ejército de editores a sueldo o escritores fatasmas que se ven obligados a escribir los textos de los famosos para sobrevivir. Eso ya es moneda corriente en los mundos editoriales anglosajón, francés y ahora en español.
 
Los consorcios preparan sus agendas para las temporadas venideras y éstas se replican de región en región. Es el caso de novelas que cuentan la vida de personajes famosos del pasado o del presente tipo Evita Perón, Marylin Monroe o Frida Kahlo o el gran éxito del best seller francés Emmanuel Carrière sobre la vida del ruso Limonov, que ha inaugurado una tendencia, ahora replicada en todas partes. El autor no tiene que imaginar nada, pues los hechos reales con trama y desenlace final estan ahí para copiar y pegar con prosa insípida.
 
Las grandes editoriales lanzan las novelas de cantantes, ex presidentes, figuras de la farándula y la sociedad, presentadores de televisión o personalidades que han saltado a la fama mediática por éxitos fenomenales, delitos cometidos o tragedias o desgracias vividas. Ninguno de ellos tiene que preocuparse por escribir nada, pues los escritores fantasmas redactan sus obras.
 
Conozco innumerables casos de novelas publicadas con éxito que fueron escritas por esos ghost writers, fantasmas que en Francia ya incluso mencionan las obras famosas de otros, que ellos han escrito para ganarse el pan de cada día. Algunos ghost writers cuentan con humor como los supuestos autores defienden sus obras en la televisión e incluso llegan a olvidar que nunca las escribieron.
 
Alguna vez, cuando se descubrió que la biografía de Ernest Hemingway que circulaba ya como una gran novedad, escrita supuestamente por el gran presentador de la televisión francesa Patrick Poivre d'Arvor, era un plagio casi total de un libro publicado en Estados Unidos, éste tuvo el cinismo de afirmar que ese no era su problema, sino la falla del escritor fantasma al que le habían encargado escribirla.
 
También ha ocurrido que los malos periodistas han terminado por adueñarse con arrogancia del ejercicio novelístico, inscribiéndose en la tendencia ahora mayoritaria de negar la validez de la ficción y encomiar la falta de estilo y el uso hasta la náusea de la primera persona del singular.
 
Hoy ninguna editorial aceptaría novelas como Rayuela de Julio Cortázar o Tres Tigres de Guillermo Cabrera Infante y escritores exquisitos como Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo o José Lezama Lima serían rechazados por barrocos. El entusiasmo literario que acompañaba a esos grandes escritores de la inolvidable pléyade latinoamericana ha quedado para la historia. Y los grandes críticos que los acompañaron entonces como Emir Rodríguez Monegal, Angel Rama, Emmanuel Carballo, José Miguel Oviedo, han desaparecido para siempre.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 3 de octubre de 2021

 
 

domingo, 26 de septiembre de 2021

EL MENSAJE DE LAS HUELLAS HUMANAS


Por Eduardo García Aguilar

El espectacular hallazgo de huellas humanas con antigüedad de 23.000 años en Nuevo México, anunciado el jueves, lleva a replantear la historia del poblamiento del continente americano que hasta ahora, según las pruebas recabadas, se remontaba máximo a dieciséis milenios. Los pies impresos en el pantano fosilizado pertenecen en su mayoría a adolescentes y son tan claros que toda la comunidad científica ha celebrado el descubrimiento, calificado por The New York Times como el más importante en un siglo en la materia.

La fotografía a color de las huellas nos lleva a imaginar a esa horda de humanos que cazaban y jugaban junto a un antiguo lago visitado por perezosos gigantes y mamuts, a donde habían llegado tal vez en larga expedición después de cruzar zonas liberadas más al norte por el deshielo de la corteza polar en tiempo de glaciaciones. 

Todos sabíamos desde que tuvimos el primer contacto con los libros de prehistoria en el colegio que los primeros humanos cruzaron por el estrecho de Behring provenientes de Asia y se instalaron poco a poco en el continente y que las pruebas más claras y antiguas hasta ahora de una cultura asentada y activa en el mismo territorio de este hallazgo reciente, denominada Clovis, se remontaban a unos 13.500 años.

Significa esto que la humanidad ya estaba asentada en el territorio 10.000 años antes de lo previsto y es probable que nuevos descubrimientos en las próximas décadas o siglos retrocedan su presencia aun más. Sabido es que el Homo sapiens salió hace unos 70.000 años desde su cuna africana, explorando las rutas de Medio Oriente, Asia y Europa hasta llegar a Australia hace 45.000 años.

Para los estudiantes de palentología, arqueología, biología, antropología y otras disciplinas se anuncian décadas de nuevas exploraciones y descubrimientos para llenar de relatos concretos esos diez milenios de aventura humana en el continente. Bajo tierra o en cavernas deben estar aun sepultados los vestigios dejados por esos homo sapiens en su irrefrenable éxodo por el continente americano.

Las huellas fosilizadas son pruebas contundentes e irrefutables del paso de seres vivientes por un territorio, ya que otros elementos como tejidos, viviendas o alimentos no resisten el paso de los milenios, pero si esa tribu estaba ahí donde sus rastros acaban de ser descubiertos, es natural pensar que sus ancestros estaban presentes en esos lugares mucho tiempo antes.         

Diversas variantes del homínido dejaron en todos esos territorios huellas de su presencia no solo a través de sus instrumentos, megalitos y entierros sino también de su arte, como las famosas figuras de las llamadas Venus de piedra o marfil, o el arte parietal en cuevas que se remontan en conjunto hasta más allá de los 30.000 años. Algunas de esas Venus estaban representadas con tocados y prendas que muestran que el tejido y la hechura de prendas es mucho más antiguo de lo sabido, así como los instrumentos de hueso o piedra para coser cuero hallados hace poco demuestran el trabajo artesanal muy remoto de la humanidad. 

En América, además de los rastros descubiertos en el norte, en lo que hoy es Estados Unidos, también hay huellas muy antiguas de la presencia humana en el sur de Chile y en Brasil. Después de cruzar todo el continente y poblarlo en unos milenios, la humanidad creó culturas y civilizaciones en diversas partes, las más florecientes y magníficas en el occidente de Suramérica y en México y Centroamérica, sede de grandes civilizaciones estatales dotadas de complejas culturas.

A medida que pasa el tiempo las poblaciones latinoamericanas adquieren un mayor conciencia de ese pasado borrado por las intemperies y en diversos países movimientos de las poblaciones ancestrales, así como estudiantes y universitarios, reclaman una mayor visibilidad y reconocimiento a esos pobladores originarios.

Poco a poco van siendo desmontadas las estatuas de conquistadores o colonizadores y antiguos gobiernos colonialistas y esclavistas reconocen con claridad los errores cometidos en otras épocas terribles de la humanidad. En muchas partes se crean museos que relatan lo que fue el floreciente comercio de esclavos, como una forma de escuchar la voz de los ancestros de amplias poblaciones actuales hasta hace poco marginadas y despreciadas.

Muchos países también reclaman grandes piezas de su cultura antigua, saquedas por las potencias durante sus crueles guerras de invasión. Nada de eso debe extrañarnos, pues es el paso ineluctable del tiempo y la historia. Al mismo tiempo que se descubrían estas huellas ancestrales, los mexicanos retiraban del paseo de Reforma la estatua de Cristóbal Colón para reemplazarla por la escultura monumental de una mujer olmeca, perteneciente a una de las más antiguas civilizaciones amerindias. Las huellas de la humanidad emergen del barro, las rocas y el polvo, dejando así su mensaje a los lejanos descendientes del siglo XXI.
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Publicado en La Patria. manizales. Colombia. 26 de septiembre de 2021.

sábado, 11 de septiembre de 2021

LA GRANDEZA DE X-504


Por Eduardo García Aguilar

El nadaísta Jaime Jaramillo Escobar (1932-2021), conocido en sus inicios como X-504, estaba ahí entre nosotros pero pocos, solo los más entendidos, se daban cuenta porque en Colombia se cree en estos tiempos de narcos y arribistas que la gran literatura del país es la que más vende y produce best sellers o algarabía de lagartos y aspavientos comerciales de egos hinchados de machos alfa. Él, fiel a los pueblos donde nació y creció como hijo de maestro de escuela, y a su pasión por la naturaleza y la vida, no estaba buscando homenajes ni invitaciones ni reconocimientos porque su obra estaba ahí, viva, luminosa y palpitante.

El gran poeta Alvaro Mutis era uno de sus principales admiradores y recomendaba siempre libros suyos como Los poemas de la ofensa (1968) y Sombrero de ahogado (1991), porque la poesía suya era libre y un gran océano de palabras ciertas. Mutis había recibido antes de que se volviera famoso en México y en el mundo el premio Cassius Clay que otorgaban los nadaístas, porque ellos a su vez detectaron en la poesía del creador de Maqroll el Gaviero a otro de los suyos, en cuya obra circulaba la vida y el oxígeno del universo en conexión con el deseo, la podredumbre y la muerte.

Por eso Mutis no perdía oportunidad de recomendarnos en los años 80 a los poetas jóvenes que agotábamos las calles de la Ciudad de México la poesía de este libertario que como él había sido publicista, vendedor viajero, empleado puntual y amante de la tierra caliente, los ríos, la vegetación y el ambiente de los pueblos y las carreteras del país donde se encuentran nómadas, marginados, locos, expresidiarios, maleantes o iluminados de ambos sexos.

Ya en los 70, los adolescentes de los colegios conocimos su poesía o queríamos escribir como él. Como un Matuselén este gran líder de los nadaístas al lado de Gonzalo Arango y Jotamario, entre otros, que nunca renegó del nadaísmo, nos soprprendía cada año con nuevos libros o declaraciones irreverentes que diferían del mundo pomposo y melifluo donde siempre ha preferido estar presa la literatura oficial. Su obra estaba caracterizada por poemas río que fluían caudalosamente por los paisajes de la cordillera, las habitaciones de modestos hoteles o las calles locas de las urbes o los pueblos.

A diferencia de una tradición muy apegada a los cánones decimonónicos y al buen decir del maloliente casticismo de las Academias, o sea el escribir bonito y respetar de manera juiciosa y servil reglas y modelos, la obra de Jaramillo Escobar era rebelde y se salía del cauce para conectarse con las mejores poéticas latinoamericanas libres, que por lo regular se han ejercido en Brasil, Chile, Perú y Centroamerica, abriéndole ventanas al poema para liberarlo de los cinturones de castidad, los corsés, las cadenas de espinas de la tradición. 

Cada poema de Jaramillo Escobar nos invitaba a seguir con él por el camino practicado por los viajeros que de pueblo en pueblo son vigías errantes que todo lo ven y lo captan, el llanto y la alegría, el deseo y la podredumbre, la voz de los de abajo y los sacolevas infectos de los de arriba, las catástrofes y los carnavales. Al leerlo nos invitaba a convertirnos en ermitaños risueños como Diógenes. 

Gonzalo Arango dijo:  “de X-504 se dice que es el mejor poeta de nuestra tradición nadaísta (con perdón de los otros mejores). Es silencioso como un secreto; misterioso como una cita de amor; solitario y profundo como un río profundo. Su seudónimo de placa de carro se debe a su deprecio por la popularidad, y también para que su patrón no lo echara del puesto al enterarse de que era poeta, y además nadaísta”. (*)

Así era el poeta, lejos de la codicia de la fama y de la gloria, lejos de las intrigas literarias, la competencia, gestor durante tres décadas de un taller poético de la Biblioteca Piloto de Medellín, un "raro" que era una de las voces vivas más grandes de la literatura colombiana, al lado de tantos autores de su generación y de otras posteriores que nadie ve porque están ahí firmes viviendo la literatura sin aspavientos ni amarguras, con una sonrisa generosa al aire frente al paisaje y el misterio y la maravilla de vivir. Por eso decía que "la errancia es la única forma de despistar al tiempo. Meter al tiempo en el laberinto de nuestra errancia". 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 12 de septiembre de 2021. Y en La Otra revista. México. 1 de octubre de 2021.
* El poeta X-504 nunca renegó del nadaísmo y la frase definitoria es del profeta Gonzalo Arango (Jotamario dixit).
- Foto tomada de El Espectador.

EL SILENCIO DE LOS QUIMBAYAS



Por Eduardo García Aguilar

Así como en las sagas futuristas de la ciencia ficción, que exploran con la imaginación lo que podría deparar el universo dentro de muchos milenios en planetas desconocidos, uno podría aventurarse a traducir en palabras el atroz silencio dejado por las poblaciones indígenas que fueron exterminadas de tajo o poco a poco en los parajes donde después nacimos nosotros en los Andes. Ya lo han hecho algunos escritores de otros rincones y cordilleras del mundo que han tratado de imaginar la vida de quienes existieron a lo largo de decenas de milenios antes de la Revolución agrícola y el invento de las ciudades, la escritura, las leyes, los dioses y los archivos.  

Los ancestros humanos ya se se habían extendido por todo el planeta, hasta llegar hace 45.000 años a la ignota Australia rodeada por el mar para descubrir un universo desconocido de enormes canguros, serpientes y avestruces y criaturas y vegetaciones nunca vistas por ellos en los enormes espacios donde habían vivido hasta entonces, yendo de un lado para otro entre África, Oriente Medio, Asia y Europa. Ya estaban ellos dotados de las mismas cualidades cognitivas e imaginativas que nosotros poseemos, de modo que ya podemos imaginar lo que sintieron al llegar a aquellos lugares después de cruzar el océano en naves que maniobraban y perfeccionaban desde hacía milenios.

Al final de una larga carrera de éxodos, los humanos llegaron al continente americano aproximadamente hace 16.000 años y como lo cuentan los expertos en solo dos milenios ya se habían extendido por todo el continente desde el estrecho de Behring y Alaska hasta la punta de la Patagonia y Brasil, en una marcha vertiginosa que superaba en velocidad el lento camino de exploración y dominio de los continentes antes conquistados por el inteligente Homo Sapiens. 

Alguna vez  leía con atención el libro de Juan Friede Los quimbayas bajo al dominación española, publicado por el Banco de la República en los años 60, donde se relataba con minuciosos detalles, cuadros e ilustraciones como poco a poco aquellos habitantes prehispánicos fueron extinguiéndose hasta quedar solo unas decenas de  familias y entonces, desbordado de imaginación, el lector adolescente trataba desde las alturas de las cordilleras y el balcón de la ciudad natal de imaginar aquel territorio poblado por ese pueblo increíble que se vestía de oro y brillaba desde lejos con sorberbia magnificencia poética.

Cómo debían de brillar desde lejos los cascos, máscaras, narigueras, collares, pulseras, pectorales y tobillleras áureas de aquellos hombres que sin duda vivían en un paraíso de abundancia, como podemos hoy comprobar al viajar, caminar, marchar por todas esas cumbres, montañas, volcanes y colinas llenas de riachuelos cristalinos y una vegetación deslumbrante como en los largos valles y los cañones del río Cauca, que aun hoy nos sorprenden, pero que entonces debían ser aun más exagerados y mágicos. Los quimbayas fueron solo uno de tantos pueblos que a lo largo y ancho de estas tierras trabajaban y se vestían de oro. 

Todo eso se me viene a la mente ahora que se conoce la noticia de los innumerables entierros, huellas, objetos y rastros de este pueblo hallados por los arqueólogos después de la remoción de la tierra en el marco de extensos proyectos viales y de obras públicas. Se anuncia que todos esos vestigios serán catalogados y expuestos para las nuevas generaciones en la Universidad de Caldas, o sea que no correrán la suerte que tuvieron durante casi medio milenio todos esos hallazgos desaparecidos y dispersos por la codicia de conquistadores, colonizadores y guaqueros posteriores. 

A partir de esos restos salvados habría que traducir ese enorme vacío, ese enorme silencio de los exterminados, que aun por fortuna perviven en los pueblos indígenas de nuestro país. Pues esos pueblos hablaban, reían, sufrían, amaban, hacían fiestas, guerras, tenían mitos, dioses, caciques, sacerdotes, chamanes, músicos y leyendas. Esa gente viajaba, cultivaba, cazaba, comía al calor del fuego, dormía arrullada bajo el sonido de la lluvia y los aguaceros y se maravillaba por la luna, las estrellas, la salida y la caída del sol, los arcoíris y el paso fugaz de metoritos y cometas cósmicos. 

Por donde pasó la humanidad en sus decenas de milenios de avance fue exterminando la fauna que devoraba con avidez a medida que aumentaba la población, aunque había tanto territorio baldío en el mundo que era imposible agotarlo, si creemos a los antropólogos, demógrafos y paleontólogos exploradores de aquellos lejanos tiempos de los que casi todo ignoramos, porque no había aun escritura ni memoria concreta ni archivos ni relatos ni pirámides de quienes vivieron entonces, salvo los frescos de las cuevas de Altamira, Lascaux, Chauvet y otras que se están descubriendo en el sudeste asiático.

Traducir el silencio milenario dejado por esos pueblos siempre ha sido el reto de los científicos que se esfuerzan por encontrar huesos, esqueletos, figuras, rastros, huellas de viviendas y a través de los fósiles de los animales extinguidos que fueron devorados por ellos o por los cambios en la superficie intuir sus actividades y sus modos de vida. Es casi imposible, pero más allá de los científicos que trabajan en los yacimientos bajo la canícula para salvar la memoria, puede desatarse también la imaginación de los creadores de ficción o de los poetas para viajar hacia ese mundo incógnito del que solo nos quedan vestigios materiales sin carne ni voz. 

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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 5 de septiembre de 2021.


 

sábado, 28 de agosto de 2021

ACTUALIDAD DE LA CARTA ESFÉRICA


 
Por Eduardo García Aguilar

Arturo Pérez Reverte (1951) es uno de los escritores españoles contemporáneos más leídos y exitosos y también de los que con frecuencia en sus columnas en la prensa de su país dice lo que piensa con total libertad, haciendo uso de un lenguaje a veces soez y lleno de injurias, heredero natural del Siglo de oro, cuando los escritores, Francisco Quevedo en primer lugar, eran más libres e irredentos que los de hoy.

Durante mucho tiempo se desempeñó como corresponsal de guerra y sabe muy bien lo que es escribir al pie del cañón, respetando los límites de tiempo y en especial haciendo lo imposible para obtener las informaciones requeridas por los medios, visitando las morgues, describiendo los cadáveres putrefactos que deja la batalla y entrevistando monstruos sanguinolentos que tarde o temprano llegan al poder y mueren hastiados en sus palacios, rodeados de riquezas robadas.

Sus libros son amenos, bien escrítos y estructurados y a veces se lanzan en bellas parrafadas de gran intensidad poética que revelan su talento. De su generación, donde hay otros excelentes autores notables como Javier Marías, Pérez Reverte optó con toda claridad por ser un cultor de la vena popular y por eso sus libros cuando aparecen se venden como panes calientes. Nutre sus obra de sus orígenes en el milenario puerto mediterráneo de Cartagena, que ya existía en tiempos de fenicios, griegos y romanos y en cuyas aguas de adolescente solía bucear para rescatar del fango ánforas invaluables.

Cartagena ha sido testigo de todas las guerras y las pestes y por su tierra han pasado todos los marineros del mundo y las tropas más locas. En la nube secreta de la memoria citadina yacen millones de destinos desbocados, varones triunfantes o quebrados, mujeres humilladas y manoseadas por corsarios o invasores. En sus playas se han deshuesado cientos de miles de barcos, que él de joven veía oxidarse sobre la arena. Y desde muchacho compartió con los marineros de pieles cuarteadas que saben de estrellas y conocen muy bien las vicisitudes del alma humana.    

Pérez Reverte es un autor costeño igual de Gabriel García Márquez y como todo autor que nace y se forma frente las aguas de los mares, en puertos a donde llegan seres de todos los orígenes y calañas desde los más lejanos rumbos y donde se hacen los más sucios tráficos y negocios, sabe desde siempre que la humanidad es violenta e impredecible, por lo que sus historias pueden estar llenas de ternura, pero tambièn de un gran escepticismo. Los costeños por naturaleza saben contar muy bien porque en los puertos se cuentan todas las historias y se viven todas las ebriedades y los duelos.

Todo eso he pensado después de leer con veinte años de retraso uno de los libros que consolidó su fama, La carta esférica, terminada de escribir en 1999.  Uno puede ver sus costuras y sus defectos, a veces considerarlo predecible y caricatural, pero ese libro escrito en plena cuarentena por el periodista, está cargado de la energía de quien escribe con toda la fuerza. Tal vez hoy sería prohibido porque se expresa la misoginia rampante de los personajes ligados a la mafia y al mar y se usa el lenguaje abrupto de los machos cabríos que no pueden vivir sin darse de puños en las esquinas oscuras, en los bares y junto a los burdeles.    

Pero en La carta esférica hay ternura adolescente. Rinde homenaje a los muchachos de su generación que oían en las noches de insomio radios lejanas en viejos radios Philips y soñaban con viajar por todo el mundo y vivir las más improbables aventuras a las que por lo regular no estaban invitados, porque quedan atrapados en los rituales familiares y sociales de sus respectivos mundos originarios. En cada una de las páginas de esta novela de aventuras están los jóvenes que sueñan leyendo a Julio Verne, Stvenson y Conrad y viven como las crisálidas las diversas transformaciones que los llevan de gusanos a maravillosas mariposas voladoras.

La historia es muy simple y a veces demasiado esquemática. Un marinero curtido que ya se acerca a la cuarentena se ve de repente sin trabajo. Sin un peso deambula por Barcelona y recala en una tienda de subastas donde presencia una puja por un mapa de las costas españolas del siglo XVIII por el que batallan una bella y joven burguesa y un mafioso.

Coy, como se llama el marino, juega al azar y termina involucrado en la intriga y por supuesto como en toda novela de aventuras se enamora de la bella Tánger, funcionaria del Museo marítimo de Madrid, a quien va a visitar y a la que quisiera llevarse sin éxito a la cama. Pero aunque ese objetivo es imposible, termina por involucrarse en sus sueños y trabaja para ella en el objetivo de rescatar un barco propiedad de la comunidad jesuíta, naufragado en el siglo XVIII durante una batalla con una nave corsaria y donde se presume hay un gigantesco y millonario tesoro de esmeraldas colombianas.

La joven mujer es el motor de esta narración que a veces patina y tras ella se van desenmarañando las historias de ese siglo lejano y aunque termina siendo una especie de espejismo, los hombres de la novela giran en torno suyo como marionetas, prototipos, caricaturas. Pérez Reverte dosifica datos históricos, diálogos y fragmentos de sorberbia prosa marina. Y además nos lleva de paseo por Barcelona, Madrid, Cádiz, Gibraltar y Cartagena y nos da deseos de vivir en el Mediterráneo.   
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* Publicado el domingo 29 de agosto de 2021 en La Patria. Manizales. Colombia. 
--- La carta esférica. Alfaguara. Madrid. 2000. 590 páginas. Llevada al cine, bajo la dirección de Imanol Uribe en 2007. 

   

   

jueves, 19 de agosto de 2021

POESÍA EN SÈTE

* Foto Midi Libre.


Por Eduardo García Aguilar

Poetas de toda la cuenca mediterránea se congregaron la última semana de julio de 2021 en el puerto francés de Sète, convocados por le festival Voix Vives, Voces Vivas, considerado uno de los más importantes de Europa. Se reunían por primera vez después de largas temporadas de aislamiento provocadas por la pandemia.

Sète es un puerto que tiene la marca de los inmigrantes italianos que llegaron allí hace mucho tiempo e impregnaron de ambiente las callejuelas adosadas a la colina frente al mar. Nacieron aquí el gran poeta nacional francés Paul Valéry y el trovador y cantante George Brassens, glorias locales que son celebradas en cada esquina con orgullo por sus habitantes y están sepultados en dos camposantos con vista al mar. 

Hoy es un importante centro de llegada y salida de mercancías hacia diversos rumbos del Mediterráneo y enormes embarcaciones provenientes de Africa llegan y salen cada día otorgando dinámica y vida al bello lugar. También es un centro turístico por su belleza, los festivales musicales y las fiestas que se realizan para homenajear a Brassens o Valéry, el autor del Cementerio marino. En todos los rincones y muros del intrincado puerto hay imágenes de los dos más famosos artistas nativos del lugar, y liceos, colegios, escuelas, bibliotecas, museos, llevan sus nombres.

Voix vives se ha convertido en el principal festival poético de Francia y durante la semana anual son invitados poetas para convivir en un centenar de actividades como conciertos, recitales, debates y presentaciones de libros, mientras en la plaza central se instalan las principales editoriales francesas de poesía, tanto de París como de las diferentes provincias.
 
Esta vez fui invitado a participar con poetas de Argelia, Túnez, Marruecos, Egipto, Palestina, Israel, Irak, Líbano, Siria, Italia, Francia, Espana, Rumania, Croacia, entre otros países de la región. Desde la llegada de los invitados la poesía se adueña de la ciudad y en una veintena de lugares, atrios de iglesias, jardines, patios, explanadas, museos, plazoletas, calles, se celebran las actividades que siempre están llenas de público atento e inundadas por el sol.
 
La primeras noches desde mi habitación frente al mar veía la salida y ascenso de la luna llena acompañada por Venus sobre un cielo despejado y luminoso. Excelente compañía para noches de loco insomnio provocadas por la excitación de residir por una semana en la tierra del gran Paul Valéry, cuyo poema El Cementerio marino es uno de los que más disfruto de la poesía francesa al lado del Barco ebrio de Arthur Rimbaud.
 
Poetas todos, hombres y mujeres de diversas edades y orígenes que hablan el mismo lenguaje de la poesía, presente desde antes de la escritura entre la humanidad y que sigue activo y actuante entre los de hoy. Porque aunque el mundo concreto esté poblado de las peores atrocidades y monstruosidades y la vida del humano acechada siempre por el peligro y la infamia, todos por igual se detienen ante es lenguaje que puede ser de signos, palabras, miradas, gestos y también de música, expresión abstracta máxima.
 
Hay definiciones infinitas de lo que es la poesía, aunque algunas me han marcado especialmente, como que ella es "la expresión de lo que nosotros somos sin saberlo", del poeta paralítico de Carcassone Joë Bousquet, o de que ella es "la única prueba de la existencia de la humanidad" (Luis Cardoza y Aragón) , de  este homo sapiens consciente de su estar aquí por extraño misterio.
 
Convivir una semana con poetas de diveros orígenes es algo feliz. A veces pienso ahora en la dulzura de una poeta griega o la sonrisa de la libanesa, cuando no de las palabras sabias de la hebrea, la sefardí o la tunecina. Y las miradas de los o las que vineiron de Francia, Rumania, Italia, Croacia, Palestina, Cataluña, España, Portugal, Túnez, Argelia, Egipto, y de otras partes. También en los delirios de muchos franceses como Serge Pey, en la profunda belleza de los textos de una siria exiliada, o en la lucidez cosmopolita del egipcio o la fuerza de turcos, argelinos, rumanos y palestinos, entre otros.
 
Todos ellos fueron acompañados en un momento dado por el violoncello de una concertista francesa o el instrumento de cuerda de un argelino o las percusiones y voces de una argentina. Algunos espacios, como en el Museo Paul Valéry, fueron propicios para la irrupción en medio de los recitales de pájaros cantores frente a la extensa inmensidad del mar Mediterráneo.
 
El festival se realizó pese a las amenazas de la pandemia y en medio de las dificultades se evitó pasar por el fantasmagórico rito de la virtualidad que en estos últimos meses se ha convertido en la regla. Los poetas deben estar presentes en carne viva en algun lugar lugar para mirarse, tocarse, reir, llorar y compartir con el público amante de la poesía que también está en el universo de ese género especial de la literatura.
  
En las escuelas primarias francesas los niños aprenden poemas y se acostumbran a ese lenguaje de paz y futuro. Y en Sète, uno de los mejores momentos fue la traducción de poemas al Lenguaje de los Signos que se practica entre quienes no oyen ni hablan --y claro que viven, hablan, miran y oyen--, pero llevan el lenguaje poético a una de sus máximas expresiones a través de su cuerpo, los gestos y la imaginación. 
 
En este puerto Mediterráneo todos volvimos por un momento a sentir, milenios después, la fuerza del Agora socrática griega o los espacios marítimos frente a la biblioteca de Alejandría. Los poetas siempre traen buena suerte y evitan las guerras. Y los que estuvieron en Sète en 2021, poetas, visitantes, editores... todos volvieron a nacer un poco después de la pandemia, lejos ya de la virtualidad...
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* http://www.sete.voixvivesmediterranee.com