viernes, 16 de abril de 2021

NOTRE DAME EN LLAMAS

Por Eduardo García Aguilar

Notre Dame acogió por siglos 
misas, bautizos, confirmaciones,
bodas, entierros, coronaciones reales y plegarias
ante amenazas de invasiones exteriores
y su imagen dio estabilidad pétrea
a generaciones de habitantes
que se sucedían en una caravana de nacimientos,
enfermedades, accidentes, asesinatos y muertes.
 
El apretujamiento, el olor nauseabundo, la humedad,
el frío de los inviernos, la sangre de las guerras y las ejecuciones,
los carnavales y las fiestas, el paso de payasos y milagreros,
el griterío alrededor de los arrancamuelas,
la invasión de moscos, ratas e insectos en verano
se sucedían cada año imponiendo su ritual novelesco.
 
Años después de la publicación por Victor Hugo
de Nuestra Señora de París, historia de Esmeralda y Quasimodo,
las autoridades derrumbaron el barrio insalubre de siglos
para abrirle espacios al templo,
que desde entonces reina solitario y central
en la explanada frente a la broncínea estatua ecuestre de Carlomagno.
 
Viollet-le-Duc remozó la Catedral a su gusto y capricho,
le puso la aguja cargada de apóstoles y santos, renovó gárgolas,
y respetando la enorme estructura casi milenaria de madera,
también conocida como El Bosque,
la techó con hojalatas impermeables de plomo
que desde entonces vieron nuevas generaciones
de románticos, parnasianos, simbolistas
y surrealistas hasta nuestros días.
 
Visto por detrás, desde la vecina isla San Luis,
el techo que a veces cobraba un color verdoso de antigüedad metálica
generaba calma y placidez en fieles y turistas
que acudían a verla, como si fuera el símbolo de una eternidad inefable,
una enorme gata, una esfinge impasible
que coronaba y daba estabilidad a la estructura pétrea.
 
Construida a lo largo de un siglo por cofradías de artesanos medievales
que de ciudad en ciudad iban por Europa creando moles incomprensibles
cantadas por poetas, registradas por pintores, estremecidas por organistas
y bendecidas y admiradas por reyes, emperadores, papas, cardenales y obispos,
la catedral parecía eterna.
 
Al igual que cuando Gargantúa se subió como King Kong
a las torres de Notre Dame en la novela de Rabelais,
el rumor se apoderó de la ciudad ese 15 de abril en la tarde,
cuando los noticieros de televisión mostraron en vivo
la insólita e increíble imagen de una humareda
sobrevolando la ciudad y cuyo origen era la intocable,
la invulnerable basílica de todos los tiempos.
 
En la barra del bistrot las especulaciones
surgían esa tarde entre los trabajadores de todos los orígenes
que a esa hora, cansados, piden una copa para desestresarse
después de una larga jornada de trabajo:
albañiles, barrenderos, choferes o enfermeros.
 
¿Un atentado yihadista?
¿Un episodio más de la guerra larvada de civilizaciones?
¿Otro capítulo más de la larga lista de atentados
en la ciudad donde fueron acribillados cientos de habitantes?
¿El anuncio de una guerra inminente?
¿La resurrección de aquella pregunta hitleriana de 70 años atrás: Arde París?
 
Vi la inmensa humareda cargada de plomo
como si fuera el fruto de una pesadilla
y después las llamas rojas, tizones ardientes
devorando la aguja y el techo de Notre Dame.
Caminé por las callejuelas adoquinadas hasta las riberas del Sena,
ya había caído la noche
y la aguja agregada por Viollet-le-Duc en el siglo XIX
se derrumbaba y se hundía sobre la bóveda del templo
con todo su peso y sus apóstoles de yeso.
Solo quedaban cenizas alrededor.
 
El bosque de mil añejas vigas de roble instaladas hacía ocho siglos
había desaparecido en unas horas.
Pasé los retenes de policía, bajé las escalinatas
y me coloqué debajo del arco de un puente medieval
que cruza uno de los brazos del río que rodea la isla
y desde donde se veía el templo por detrás
en todo su esplendor de fuego.
Las imágenes irreales, expresionistas, futuristas,
parecían pintadas por Goya, Ensor o Edward Munch.
 
Había ocurrido lo impensable.
Ya era hora de pedir un vino en la barra de un café,
a donde llegaban agitados los habitantes de la ciudad
que en romería no querían perderse el espectáculo.
También se reposaban allí por un momento
fotógrafos, camarógrafos, enamorados, poetas o curiosos.
A esas horas de medianoche la ciudad parecía de día.
 
Éramos testigos de otro episodio histórico,
como las impresionantes crecidas del Sena
que en abril amenazan con desbordarse e inundar todo,
casas, museos, archivos, escuelas, gimnasios.
 
Todo es historia en este museo-ciudad.
El tiempo nos aplasta y se vuelve circular.
Los fantasmas del pasado flotan con el humo en el aire.
Y allí en la barra estaba el poeta peruano Alejandro Calderón
y entre amigos tomamos otra copa de vino y otra más
brindando por la pervivencia de esta catedral en llamas
donde ardía de repente un milenio.
 
Paris, abril 2018-febrero 2021
 
* Poema incluido en la última colección aun inédita. Segundo aniversario del incendio de Notre Dame de París. Foto encontrada en la red.  

sábado, 10 de abril de 2021

LA ALGARABÍA RECURRENTE DEL 9 DE ABRIL

 

                                                    


 
La investigadora Olga L. González ha estado revisando esos tiempos y abrió el telón a la otra figura liberal contradictora de Gaitán, Gabriel Turbay  (1901-1947), quien como él murió joven y de manera trágica, después de salir derrotado en la fratricida lucha liberal que abrió el poder de nuevo a los conservadores. Gabriel Turbay murió en 1947 de neumonía y deprimido en París y Gaitán fue asesinado al año siguiente, en 1948. Ambos fueron ministros y parlamentarios, viajaron por Europa y conocieron mundo. Ambos escalaron rápidamente posiciones desde abajo.

 Por Eduardo García Aguilar
 
Cada 9 de abril muchos colombianos de diferentes bandos vuelven a referirse con pasión a la gran herida que significó el asesinato de Jorge Eliécer (1898-1948) y las consecuencias de la explosión popular y la violencia subsiguiente que se prolonga insaciable hasta nuestros días.

Pero la verdad es que salvo los investigadores que han trabajado desde las universidades los acontecimientos históricos con el rigor necesario, el resto de mortales nacimos, crecimos y vivimos en Colombia atados a unas imágenes recurrentes que incluyen el rostro del asesinado y la muchedumbre en medio de la destrucción del centro de Bogotá, mientras en el palacio presidencial los notables de ambos partidos dominantes negociaban insomnes la solución del desastre.

Junto al rostro del aun joven caudillo muerto, un mestizo de origen popular que estudió en Italia y fue brillante abogado o al lado del cuerpo del asesino Roa Sierra, arrastrado por las calles, nos asedian siempre las imágenes del impasible presidente Ospina Pérez y la fogosa primera dama pistola en cinto, la legendaria Berta Hernández, rodeados de políticos de traje y encorbatados, liberales y conservadores que negocian tras bambalinas encerrados allí, mientras la muchedumbre aúlla borracha por las calles cargada de machetes, cuando suenan afuera las descargas de las ametralladoreas y los fusiles y se desploman los cuerpos inertes desde las azoteas.

Terrible pesadilla aquella que sigue siendo una incógnita, pues como en todos los casos de magnicidios realizados en momentos estratégicos como esa Conferencia Panamericana que se realizaba en Bogotá y congregaba a centenares de representantes diplomáticos y espías, nunca sabremos cuales fuerzas oscuras e intereses estaban involucrados en la sombra. Lo cierto es que los hechos ocurrieron y fueron una especie de parteaguas cuyas consecuencias siguen vivas y ardientes en torno a un núcleo volcánico que siempre está listo a estallar de nuevo, tanto tiempo después, en pleno siglo XXI.

Lo que ocurrió en las dos décadas anteriores, desde la llegada de los liberales al poder con Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos, después de una larga hegemonía conservadora, hasta la tragedia del 9 de abril, queda por estudiarse o exhumar de los documentos que yacen empolvados en las bibliotecas y hemerotecas.

La investigadora Olga L. Gozález ha estado revisando esos tiempos y abrió el telón a la otra figura liberal contradictora de Gaitán, Gabriel Turbay  (1901-1947), quien como él murió joven y de manera trágica, después de salir derrotado en la fratricida lucha liberal que abrió el poder de nuevo a los conservadores. Gabriel Turbay murió en 1947 de neumonía y deprimido en París y Gaitán fue asesinado al año siguiente, en 1948. Ambos fueron ministros y parlamentarios, viajaron por Europa y conocieron mundo. Ambos escalaron rápidamente posiciones desde abajo.

La investigadora se pregunta la razón por la cual la figura del trágico Gabriel Turbay fue sepultada en el olvido cuando se trataba también de un hombre joven que no pertenecía igual que Gaitán a las familias del establecimiento y quien como líder en el Congreso se destacó por su inteligencia, elocuencia y capacidad de organización. Nos recuerda que ambos, antes de cuplir 30 años de edad, fueron quienes abrieron el debate de la masacre de las bananeras y dieron vida a la actividad parlamentaria del país.

Es normal que la muerte trágica de Gaitán y su vistosa leyenda terminaran por aplastar la figura de ese líder joven de Bucaramanga de origen turco, quien tuvo que soportar durante la campaña como candidato oficialista liberal los ataques más atroces por su origen, de la misma forma que Gaitán fue insultado por ser mestizo y originario de un barrio popular bogotano, Las Cruces. Curiosa historia pues la de estos dos malogrados candidatos liberales, cuya división hundió al partido comandado por un gran aristócrata como Alfonso López Pumarejo, quien no se dignó tomar partido por ninguno de sus plebeyos discípulos.


Las exhumaciones de Olga L. González en las redes sobre Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay, hermanos enemigos signados por la tragedia, me han trasladado de repente con una nostalgia insalvable a esos años de la infancia y adolescencia en que todos los colombianos lidiábamos con los fantasmas de la historia. Alguna vez mi padre, que era liberal, me dijo que él no había votado por Gaitán sino por Turbay, que era el candidato oficial. Y me imagino a ese padre entonces joven de 30 años ante la disyuntiva de la división de su partido, que los llevó a la derrota y a los sombríos años posteriores que vivieron.

Los politólogos escarban en los archivos y tratan de descifrar los acontecimientos políticos de esos años cruciales para Colombia. Y al mirar documentos, recortes de periódicos, al leer los libros de testigos e historiadores, no queda más remedio que reiterar que la politica colombiana es un circo de turbios intereses y acendrados egoísmos de narcisos, donde en fin de cuentas todos han salido perdiendo y los bandidos ganando. La política en el país es una interminable algarabía, una opereta de mala calidad, una riña de cuchilleros, que siete décadas después sigue igual de insondable e incomprensible.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 11 de abril de 2021. La fotografías de Olga L. Gonzalez, Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay, sacadas de la red web, carecen por el momento de autoría o @.



sábado, 3 de abril de 2021

LA LONGEVIDAD DE LOS POETAS

 

Por Eduardo García Aguilar

Siempre llega de manera ineluctable el día en que los poetas, hasta los más juveniles y rebeldes a quienes la vida les depara la longevidad, se ven abocados a petición de amigos o editores a reunir las llamadas obras completas o reunidas o a realizar las consabidas antologías personales. Es el momento de hacer un balance y cotejar todos los sucesivos instantes que dieron lugar a textos que son como huellas digitales de la vida.  

La primera sensación es de estupor al comprobar que el tiempo pasó rápido, pues por lo regular los poetas parecen por naturaleza conservar en su interior las llamas del espíritu infantil y juvenil y se sorprenden al verse atrapados en un cuerpo crepuscular que no se compagina de ninguna manera con sus locuras y delirios cerebrales ardientes.

Grandes poetas han muerto muy jóvenes como Rimbaud, José Asunción Silva, Apollinaire, García Lorca y Miguel Hernández, vencidos por la enfermedad, el vicio o exterminados por las guerras, pero una gran mayoría logra pasar las décadas para llegar impulsados por su alegría de ver y contar, de sentir y vibrar hasta las alturas cronológicas de una vida senecta.

En Colombia León de Greiff es tal vez uno de los mayores emblemas de lo que un poeta puede llegar a ser cuando desde los primeros y fértiles hervores poéticos logra sobrevivir dejando atrás a tantos desafortunados contemporáneos y con su rebeldía máxima reina en la senectud sobre el país riéndose de todo, fumando la misma pipa y luciendo la boína y la barbilla excéntrica en un mundo que lo venera a veces pero lo ve como un extraño que delira.

Tal ha sido el caso también de Jorge Luis Borges, quien ciego recorría el mundo acompañado por la joven Maria Kodama, sonriendo ante la vida ya octogenario y blandiendo sus ocurrencias ante interlocutores, periodistas o admiradores que acudían a escucharlo en masa en amplios salones o teatros, mientras burócratas y poderes se reñían por otorgarle honores que chocaban contra su incredulidad de sabio.

Entre los latinoamericanos el más longevo fue el matusalén chileno Nicanor Parra, quien murió a los 103 años y fue coronado  tardíamente con el Premio Cervantes, a cuyos honores no pudo acudir porque los médicos le prohibían subirse a los aviones y hacer viajes transatlánticos. Hasta el último instante Parra quitó solemnidad a la poesía con mayúsculas.

Igual ha sido el caso también de las nonagenarias uruguaya Ida Vitale (1923) y cubana Dulce Maria Loynaz (1902-1997), que recibieron el honor del Cervantes después de transcurrir ocultas casi un siglo dedicadas a la poesía y a mirar el mundo sin muchos aspavientos o aplausos, o el de Maruja Vieira (1922)  en Colombia, poeta que ha recibido hace poco su vacuna contra el virus y sigue observando la vida y el mundo y la vida con la lucidez que otorga la poesía y casi un siglo completo de vida.

Ungaretti, el italiano que nació en la cosmopolita Alejandría de Cavafis y Durrell, recibió con alegría a quienes celebraban sus ochenta años y en ningún momento dejó a un lado la lucidez de lo vivido para celebrar el suceso, que en su tiempo de guerras fue un milagro. Rodeado de libros, recuerdos, viajes, la mirada serena y la verdad profunda, el hermético modernizador de la poesía italiana nunca abandonó la sonrisa y la ironía.   

Los poetas a quienes la vida da el privilegio de la longevidad pueden mirar lo escrito a lo largo de las décadas como si cada uno de esos textos, desde los iniciales a los últimos, fueran escritos por diversos personajes de uno mismo, sucesivas concreciones de muñecas rusas que en su interior guardan infinitas versiones del mismo ser a través del tiempo. Como si pudiesen cavar en el gran pozo hasta llegar a otro lado, a un universo que sería el anverso caleidoscópico de su propia aventura.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 4 de abril de 2021.






lunes, 29 de marzo de 2021

EUROPA Y LOS ESCRITORES LATINOAMERICANOS


Por Eduardo Garcia Aguilar

El París metálico visitado por los poetas modernistas Rubén Dario y José Asunción Silva, que era el París de Verlaine y Mallarmé, impresionaba a los viajeros que llegaban por tren desde Le Havre tras cruzar el Atlántico. Todos esos avances quedaban grabados en la memoria de los latinoamericanos que habían cruzado el mar y ahora se disponian a regresar para siempre a sus pagos, cargados de ideas y ritmos nuevos.
     Porfirio Díaz, el dictador mexicano afrancesado, reposa en un cementerio de París después de hacer de su capital una copia de aquélla, aún visible en recodos ruinosos de la Colonia Roma y Santa María la Ribera. Rufino J. Cuervo, el colombiano del gran diccionario filológico murió en París. El sabio Ezequiel Uricochea enseñaba árabe y culturas levantinas en Europa y Ruben Darío, el líder modernista, era el más europeo de los europeos, él, quien se decía « muy antiguo y muy moderno » y a la vez muy indio.
  Además de Miranda y de Bolívar, la lista de personalidades latinoamericanas devoradas por Europa sería interminable, pero habría que destacar en especial ese maridaje literario total de los decimonónicos latinoamericanos con las principales corrientes europeas. La novela es romántica, realista y naturalista como la europea. La poesía es romántica, parnasiana y simbolista como la europea. Se sigue a Atala y René y a Pablo y Virginia al pie de la letra; el héroe de la María de Jorge Isaacs regresa desde el Viejo Mundo a los valles cálidos del Cauca; los soldados invasores franceses de Louis Napoleon Bonaparte se enamoran de las mexicanas de Ignacio Manuel Altamirano, y Fernández, el protagonista finisecular de la novela De sobremesa de José Asunción Silva, toma éter y absenta en París y regresa a fracasar en la fría Bogotá de las alturas andinas.
   Llegan luego los tiempos de los modernistas Enrique Gómez Carrillo y José Maria Vargas Vila, grandes best-sellers latinoamericanos que fueron leídos en todos los rincones del continente y cuyos libros llenaban las alforjas de los jinetes. Escribían desde el mundo inaccesible, desde Venecia, París y Florencia, desde la Isla de Rodas, El Cairo o Calcutta y vendían exotismos de Viejo Mundo y Tierra Santa a poblaciones autodidactas ávidas de saber, democracia y civilidad.
         Gómez Carrillo y Vargas Vila fueron los García Márquez y los Vargas Llosa del modernismo. Triunfaban y viajaban de capital en capital hospedados en grandes hoteles. Superficial el primero, pero buen cronista; insoportable y pomposo el segundo, ambos hoy olvidados, representaron el arquetipo de latinoamericano europeizado y globalizado de entregueras que reinó hasta el « boom ».
     Mientras esos dos viajeros triunfantes miraban Venecia y París desde sus balcones, el látigo de los numerosos tiranos latinoamericanos surgidos de la Independencia caía desde el Río Grande hasta la Patagonia sobre las espaldas de los siervos encargados de extraer las riquezas de esa tierra que volvió a encontrar defensores en los grandes telúricos Jose Eustasio Rivera, con La Vorágine, Rómulo Gallegos con Doña Bárbara y Canaima y Ricardo Guiraldes y Horacio Quiroga, entre muchos otros.
    Más tarde, hacia mediados del siglo XX, esas élites literarias europeizadas estarán compuestas por Miguel Angel Asturias, quien fascinó antes en los años 30 con sus Leyendas de Guatemala y por otros como César Vallejo, Alfonso Reyes, Vicente Huidobro, César Moro, Alejo Carpentier y Jorge Luis Borges. En los años 60 tocará el turno a los reyes del « boom » Julio Cortázar, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, figuras emblemáticas de esa nueva América Latina a la vez próspera y ávida de revoluciones, que duda entre la tentación democrática y el delirio totalitario de los iluminados marxista-leninistas. Y de lado de los escritores europeos no hispánicos ávidos de contar este lado recordemos a Michaux, Artaud, Breton, Roger Caillois, Levi-Strauss, Malcolm Lowry, D. H Lawrence, Graham Greene y Witold Gombrowicz.  
     Dos grandes corrientes de ese americano de Europa se deslindan a mediados del siglo XX: a un lado, por supuesto con matices, los exaltados del « boom » aupados en el mesianismo revolucionario azuzado por la guerra fría y, al otro, los ancianos precursores de la generación de humanistas polígrafos encabezada por el mexicano Alfonso Reyes, en la que figuran Pedro Henríquez Ureña, Arturo Uslar Pietri, Germán Arciniegas, y por supuesto, Jorge Luis Borges.
     Los primeros agenciaron cierto neotelurismo exacerbado con sus discursos latinoamericanistas llenos de héroes, flores, cacatúas, tucanes y cocodrilos, y los otros, ya declinantes y aparentemente pasados de moda, ejercieron la reflexión, el ensayo, el fragmento, en la pausada y modesta madurez del diálogo y la tolerancia civilista y democrática, abierta a los saberes milenarios del Viejo mundo.
     Pasado todo este delirio neotelúrico de la segunda mitad del siglo XX, con sus revolucionarios barbudos y los iluminados mesiánicos salvadores del mundo, que gritaban la hueca consigna « patria o muerte, venceremos », habría que volver a tender puentes con esos pensadores polígrafos que preferían el análisis al discurso encendido, la tolerancia al anatema, el cosmopolitismo y los vasos comunicantes mundiales al falso nacionalismo proteccionista cargado de banderas y consignas. O sea volver a las revistas literarias latinoamericanas Orígenes, Mito, Eco y Sur.
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Publicado en La Patria el domingo 28 de marzo de 2021. Manizales. Colombia.

domingo, 21 de marzo de 2021

ESCRITORES SIN PASAPORTES

 Por Eduardo García Aguilar

Uno de los escritores del mundo moderno que mejor ejemplifica la literatura errante es Joseph Conrad, por dos razones: no sólo porque abandona su tierra original para adoptar los mares y después radicarse en la  capital del Imperio británico globalizador, sino porque también deja su lengua para adoptar otra, el inglés, tal como lo hiciera después el genial Vladimir Nabokov o, en nuestro ámbito latinoamericano, Héctor Biancciotti, quien cansado de ser ignorado por su pares de América, decidió adoptar el francés y lograr así llegar a la proeza de ingresar a la Academia Francesa.
    Conrad recorre el mundo como capitán de navío, en un mundo que ya nada tiene que ver con los mares de Ulises o de Eneas, de Colón o Magallanes ni con las rutas de seda o los caravansarys del desierto. Estamos ya en el mundo agitado de la industrialización y del libre cambio mundial de mercancías, en la era de las factorías, los trenes y los gigantescos barcos de carga. Su obra vasta es una mirada lúcida de los países y culturas lejanas, en las que se incluye los parajes costeros del caribe colombiano que, al parecer, inspira Nostromo.
     Victoria, Lord Jim, El corazón de las tinieblas, La locura de Almayer, Bajo la mirada de Occidente son novelas extraordinarias de un conocedor profundo del hombre, analizado y descrito por encima de las fronteras, sin pasaportes, banderas o cruzadas nacionalistas. Cada uno de esos capitanes o marineros perdidos que aparecen en su tensas y telúricas narraciones habla desde la angustia de no tener por más patria el barco sacudido por los tifones y acechado por bandidos o fuerzas enemigas. Mueren y son lanzados para siempre a las olas de los océanos o son enterrados en parajes que ninguno de los suyos conocerá. Conrad se aplicó a contar todas esas historias en una aventura creativa sin par que representa uno de los máximos logros de esa actitud de franca extranjería alrededor del globo.
    Nos dice Paul Morand que el «verdadero estatuto que nos hace vivir es el de extranjero». En efecto, llega un momento en que el individuo viajero, el trotamundos, adquiere la certeza de que sólo desde el ángulo escalofriante puede sentirse libre en el camino hacia el ineluctable fin. No tiene que representar obligatoriamente a una patria ni debe sentirse culpable porque no se entusiasma únicamente por las músicas, comidas, ropas de su terruño, sino por todas las que alguna vez encontró y con las que compartió a lo largo de su periplo. Toda persona atada patológicamente a su patria o bandera es un lisiado de la sensibilidad, un parapléjico de la percepción y esto es aún más grave cuando se trata de un escritor. El que escribe tiene, con mucha mayor razón, que estar abierto a esas extrañezas y por ende estar capacitado para contarlas y sentirlas desde el ángulo oblicuo de su extranjería.


   Chateaubriand en las Memorias de Ultratumba, elaboradas a lo largo de la vida, de manera minuciosa, a través de innumerables palimpsestos a los que aplicó la más refinada tortura de la corrección, relata su existencia con esa prosa moderna que dos siglos después es absolutamente eficaz y cristalina. Su éxodo es múltiple: él alcanza a presenciar el fin del antiguo régimen y a partir del retrato de sus
tías abuelas dieciochescas hace un recorrido vital, político y amoroso tan nutrido como los de Magallanes y Bougainville.
    Su prosa es una bruma áurea, flexible, que ingresa a todos los rincones posibles de su tiempo y retrata los avatares de una época donde como pocas veces se concentraron cambios trascendentales, básicos para el ingreso de la actual modernidad.
    Su éxodo es de clase, de régimen, de edad, de tiempo y al final ejerce de escalofriante y acertado profeta cuasi bíblico. Sólo un observador apasionado e inteligente como él puede construir poco a poco y terminar esa pirámide de palabras, ideas y emociones cuando, de ochenta años, alcanza a mirar desde la atalaya terminal dos de los siglos más agitados de la historia. Como Conrad en los océanos, cruza y sobrevive a los más tenebrosos tifones.


---Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de marzo de 2021

 

lunes, 8 de marzo de 2021

VIVIR EN EL PARQUE CALDAS

Por Eduardo García Aguilar

Me pidieron hace poco una dirección para tomar la foto de la casa donde nací y pasé mi infancia en Manizales y de repente retrocedí en el tiempo de manera vertiginosa e inquietante. La casa donde vi la luz en la carrera 24 cerca del Parque Fundadores y las dos principales donde viví hasta mi partida, fueron demolidas para construir o ampliar avenidas y solo una sigue en pie, la situada en la esquina de la carrera 23 y calle 29, en el Parque Caldas, desde donde vimos llegar en familia el cortejo triunfal de la Miss Universo Luz Marina Zuluaga en 1958, desde una de las ventanas del primer piso.

Por lo regular uno no suele remover a fondo esas profundas capas concéntricas de la arqueología familiar, pero al ver las fotos tomadas por el generoso amigo, esos momentos se desbocaron y tocaron de repente el corazón. Por lo visto, a mis jóvenes padres les gustaba la zona que se encontraba entre el parque Fundadores y el Parque Caldas, porque nací a las 5 y media de la mañana del 7 de septiembre de 1953 en la carrera 24 con calle 30 en una casa demolida hoy y que es un estacionamiento, no lejos de la llegada del Cable y donde debimos residir uno o dos años.

De ahí, acercándose al Parque Caldas, nos pasamos a la parte alta de de esa casa sólida de varios pisos situada en una esquina, diagonal de la antigua y bella Iglesia de la Inmaculada, donde fui bautizado y que es un templo que visito cuando puedo, pues es una de las remanencias más antiguas de la ciudad, salvada de las llamas de los dos terribles incendios que la devastaron en los años 20 y que obligó a la reomodelación de la parte central, hoy considerada centro histórico. Maruja Viera, que también vivió en el Parque Caldas,  fue infante testigo del segundo incendio y recuerda muy bien los ajetreos de su padre y familiares durante la tragedia, en dos textos claves de la literatura nuestra.

En esa casa en la que viví hasta los cinco años pasaron tantas cosas no tanto porque sucedieran, sino porque el habitante niño experimenta una especie de big bang de conocimiento y todos sus sentidos comienzan a captar el exterior y a descubrir el mundo con un estupor que se mezcla a la fascinación, al terror y el misterio. Los primeros accidentes vividos, las visitas de familiares y amigos, los primeros decesos de abuelos o parientes, quedan grabados en la memoria.

No solo sucedió allí la llegada de Miss Universo, que aun suscita entre los nativos de la ciudad tantos recuerdos y admiraciones, sino las de un pariente importante que moriría pronto, o la de un primo loco, el hijo de mi tía y madrina Blanca, que me comunicaría de inmediato con la excentricidad, la locura y las descabelladas acciones de los surrealistas que viven en el seno de todas las familias.

También vemos las primeras lágrimas del padre que recibe la noticia de la muerte del suyo, mi abuelo Marco Aurelio, y el ajetreo que inunda la casa antes de que deba partir a su sepelio, el llanto de la prima Cecilia, que estuvo en casa unos días tal vez por un parto en la familia de mi tía Amanda y lloraba inconsolable por la ausencia de los suyos y revive al ver a su padre, que viene por ella para llevarla a casa.

También son los años del complejo de Edipo, cuando uno es la extensión del cuerpo de la madre, cuya presencia permanente nos guía y excita los sentidos y las más esenciales sensaciones. El nacimiento de la hermana menor, la caída del dictador Rojas Pinilla y la elección del liberal Alberto Lleras Camargo, primero del Frente Nacional, son acontecimientos que permanecen en el recuerdo. Mi hermano mayor Humberto llega con un diario y muestra la foto del nuevo mandatario, liberal como mi padre. Y en la casa, ya presente y en coexistencia pacífica con él, mi abuela Mercedes Ramírez Cardona, gran goda que me hizo conocer curas e iglesias.

El Parque Caldas sería unos cuantos años después lugar de peregrinación frecuente, de encuentro con otros niños para intercambiar las estampas de los álbumes o para vivir instantes junto a los guaduales y la estatua del sabio mártir que, según la leyenda, perdió la vida en su lucha por la independiencia, pero imploró en vano la clemencia de los españoles. Y también para descubrir el cine y los filmes con Sofía Loren y Raquel Welch.

Sería él quien escribiría antes del suplicio sobre su vida truncada: "O, larga y negra partida", según cuentan los libros de la historia patria, aunque para otros es un signo alquimista o masónico. 
 
Caldas, que dio nombre a la región, el mismo que conoció a Humboldt, observó el cosmos y subió hasta las cumbres par probar instrumentos y ver las maravillas de la naturaleza. Un honor y un privilegio haber vivido la primera infancia en ese Parque Caldas, donde mis jóvenes padres debían sentirse felices, a salvo de la Violencia.

domingo, 7 de marzo de 2021

LA ESCUELA ANEXA A LA NORMAL


Por Eduardo García Aguilar


En 2017, cuando asistí a la Feria del Libro de Manizales, estuve hospedado en un hotel desde donde veía el barrio La Estrella y la escuela donde cursé la primaria, además del Coliseo, el Estadio y la Universidad, que conformaban un universo completo. Desde el cuarto piso tenía una vista panorámica a esa zona de la ciudad tan importante durante mi infancia.
 
Allí en la iglesia implantada en el centro de la Estrella hice la Primera Comunión, como lo atestiguan las fotos de los álbumes familiares. Por esas calles pasaba todas las mañanas de niebla rumbo a la escuela, mirando plantas, árboles, insectos y flores. A veces chupaba el almíbar de unas flores rojas alargadas que pelechaban en los antejardines. O perdía el tiempo mirando mariposas incomprensibles, pájaros de cánticos insondables o escarabajos y libélulas de visos multicolores.      

Al fondo se veía el nuevo Estadio donde asistí por primera vez a un partido de fútbol en tiempos de Mirabelli y Olmos y a donde llegaban los ciclistas que disputaban una de las etapas más dificiles de la Vuelta a Colombia, en tiempos de leyendas como mi ídolo Martin Emilio Cochise Rodríguez, a quien le prendía velas, entre otros muchos pedalistas que iluminaban la infancia.

Tuve la fortuna de cursar la primaria en la Escuela Anexa a la Normal de Varones, que por milagro aun está en pie como una de las joyas más tradicionales de la ciudad y cuya permanencia al lado de la Universidad me impresiona cada vez que regreso, pues he temido que la locura de los gobernantes decida arrasarla para construir urbanizaciones, implantar estacionamientos o centros comerciales de cemento, algo que tal vez algún día sea ineluctable.

Desde la habitación veía con claridad la escuela intacta y añoraba salones, corredores, el enorme patio donde nos formábamos y los inmensos espacios abiertos que nos separaban del colegio San Luis Gonzaga, que era como un enorme baldío inaccesible lleno de vegetación, alimañas, precipicios y peligros. Había tanto espacio que cada alumno tenía una parcela para sembrar y ver crecer las plantas. Sentí del olor del grueso herbario de botánica, la textura del barro con que hacíamos mapas de Colombia, la alegría de las fiestas y la algarabía permanente de los niños. El vuelo de las cometas y los globos.  

Los maestros, además de grandes pedagogos de ambos sexos que aun no olvido como el profesor Cárdenas y la muy activa rectora que vivía por ahí, eran jóvenes que estudiaban en la Normal y venían de todos los rincones del país, como el atlético, alto y simpatiquísimo profesor Mancera, un llanero que nos enseñó el joropo.

Un día me acerqué a la reja y empecé a mirar el lugar donde actué en una representación del descubrimiento de América en el papel del marino que avistaba tierra. Llevaba mucho tiempo ahí mirando como hipnotizado, cuando un guardián fantasmagórico llegó desde adentro y me abrió la reja que me separaba del pasado porque intuyó que era un viejo exalumno que volvía cargado de nostalgias.

Me invitó a ingresar al templo educativo y a visitar uno a uno los salones de clase, el patio de los gritos, las ceremonias y las peleas y después me llevó a visitar con solemnidad la Normal de Varones, en cuyos corredores, pasillos, auditorio y salones de clase marcados por la madera añeja transcurrió durante un siglo la vida de muchas generaciones de educadores de todo el país, a quienes todos tanto debemos y que son los verdaderos padres y madres de la patria.

En las paredes se veían los tradicionales mosaicos de grado colgados desde comienzos de siglo XX y fotos enmarcadas de diversas efemérides. Adentro se sentía la historia de un lugar que ya podría ser museo, un laberinto de palabras. Ha sido una de las horas más emocionantes de mi vida. Nunca olvido a quien me ofreció con sabiduría anónima ese regalo tan preciado de retornar al lugar donde aprendí las primeras letras y empecé a fascinarme por la ciencia, el universo y el conocimiento.    
 
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 7 de marzo de 2021.