lunes, 14 de septiembre de 2020

EL RETORNO A MÉXICO DE FERNANDO CHARRY LARA


 Por Eduardo García Aguilar

Discípulo de los principales poetas de la española generación del 27, con una obra breve pero clave en latinoamérica, el poeta colombiano Fernando Charry Lara retornó en 1993, a los 73 anos de edad, y 40 años después, a la Ciudad de México, donde compartió con viejos amigos y jóvenes admiradores que lo homenajearon en varios lugares del centro histórico capitalino. Acababa de asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que en esa ocasión estuvo dedicada a Colombia.


Autor de los poemarios  Nocturno y otros sueños  –prologado en 1949 por el Premio Nobel Vicente Aleixandre--, Los Adioses  (1963), Pensamientos del amante  (1981) y de una amplia obra crítica sobre poesía latinoamericana en la que se destacan Lector de poesía (1975) y Poesía y poetas colombianos (1985), Charry Lara encontró intactos ciertos lugares que visitó en 1953 en la entonces llamada por Carlos Fuentes la « región más transparente del aire ». Con su negra boina española, el humor y la lucidez a flor de piel y la elegancia excéntrica de los viejos poetas bogotanos, Charry recorrió kilometros de calles coloniales, respiró hondo en el ex convento de las Jerónimas, donde vivió Sor Juana Inés de la Cruz y visitó la discreta tumba de Hernán Cortés.


En los años 40 Charry (1920-2004) tuvo amistad con el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1904-1992) y el colombiano Aurelio Arturo, quienes lo animaron a solidificar una propuesta poética que pasa las décadas intemporal y ligera como las obras clásicas. Cardoza y Aragón, pimer dadaísta latinoamericano y renovador de la poesía continental, le tenía una gran estimación y una vez me dio un ejemplar de su libro André Breton atisbado en la mesa parlante para que se lo llevara a Bogotá, encargo que me dio la feliz oportunidad de verlo por primera vez, visitar su oficina en la esquina de la séptima con calle 18 y escuchar su relato del sepelio de José Eustasio Rivera, mientras caminábamos por la séptima, la décima y la trece, en ese centro bogotano que ya no tenía nada que ver con la ciudad parroquial conocida por los poetas mexicanos José Juan Tablada, Carlos Pellicer y Gilberto Owen y las generaciones colombianas de "Los Nuevos" y "Piedra y Cielo".


De él dijo Aleixandre que en su poesía, « que parece arrastrada en el vasto aliento de la noche tentable», están presentes « los temas eternos del hombre » como « el amor, la esperanza, la pena, el deseo y el sueño ».

 

« Blanca taciturna », « El verso llega de la noche », « Nocturna lejanía », « Cuerpo solitario», « Llanura de Tuluá » y « Rivera vuelve a Bogotá » son algunos de los poemas ya clásicos de este escritor que en el céntrico café La Ópera nos habló sobre Herrera y Reissig, Pedro Salinas, Luis Cernuda y Rosalía de Castro, entre otros poetas, mientras apurábamos con él copas de vino o tequila.


El día anterior había encontrado intacto, como hacía 40 años, el modesto y tradicional restaurante  Casa Rosalía , situado en la Avenida San Juan de Letrán, a donde fuimos con él William Ospina y yo tras una búsqueda minuciosa entre las callejuelas del centro histórico de ese lugar entrañable para él. Ahí nos dijo que lo encontraba igual, incluso con las mismas vajillas e idénticas meseras de cofia y estrafalarios faldones almidonados, que lo atendieron como cuando era un joven poeta colombiano feliz en México.


Después fuimos con él al Café París, sede en los años 30 y 40 de los «Contemporáneos» y otros discípulos más jóvenes como Octavio Paz, así como lugar de encuentro con Antonin Artaud, Vladimir Maiakovski y Serguei Einseintein durante sus viajes a México. « Por aquí vi a José Vasconcelos salir de una limusina, allí vi caminar a Martín Luis Guzmán y a Alfonso Reyes, pero fue en el café Bellinghausen de la Zona Rosa donde hablé con Luis Cernuda, quien me ofreció su generosa amistad », nos decía Charry Lara mientras caminábamos. Pasaron por sus ojos el colegio de San Ildefonso, que inspiró un nocturno del Nobel Octavio Paz, así como la plaza de Santo Domingo donde hallaron a la Coatlicue, la diosa vestida de serpientes, el Palacio de Iturbide, la Ciudadela donde fue asesinado el presidente Madero, y las celdas de las monjas del claustro de Sor Juana.


Amoroso, enamorado y amigo feliz, Charry Lara fue al lado de Enrique Molina, Alvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Gonzalo Rojas, Emilio Adolfo Westphalen y Octavio Paz, entre otros, una de las voces importantes de la poesía latinoamericana del siglo XX. Su reflexión sobre otras poéticas o la obra de su contemporáneos era de gran rigor y en cada uno de sus ensayos desplegó el amplio conocimiento de la poesía de todos los tiempos, sus movimientos y tendencias.


Desde su sede en el Hotel Ritz de la calle Madero, donde vivió el beatnik William Bourroughs, Charry Lara se trasladó al Danubio, un restaurante tradicional donde lo esperaban para homenajearlo viejos y jóvenes amigos mexicanos que sacaron la casa por la ventana y paralizaron el lugar en un diluvio de copas de whiski, tequila, vino y todas las exquisiteces marinas. Durante horas de brindis encabezados por el joven poeta y ensayista Vicente Quirarte, y el viejo amigo de Charry Fausto Vega, una docena de escritores celebramos ahí el retorno del poeta. La mesa estaba llena de percebes, ostras, mejillones, calamares, pulpos y otros productos del mar.


Al terminar la fiesta acompañamos a Charry por las calles coloniales, con la « saudade » de su inminente partida a Bogotá. Reinaba la penumbra de la medianoche bajo los faroles y como el maestro estaba algo subido de copas, llegó al hotel apoyado en brazos de Jorge Bustamante García y William Ospina, pero como si fuera el más joven de todos. Es una imagen inolvidable la que vibra todavía en la Avenida Madero, pues la poesía flotaba en el aire y nos iluminaba la inmensidad de su alegría. La última vez que lo vi fue en 2003 en Yerbabuena, en el Congreso Internacional de Poesía organizado por el Instituto Caro y Cuervo. Un año después, en 2004, murió en Estados Unidos. Había nacido el 14 de septiembre de 1920, o sea que era un perfecto y feliz exponente del etéreo signo zodiacal Virgo.

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* Centenario de Fernando Charry Lara, nacido el 14 de septiembre de 1920.

sábado, 12 de septiembre de 2020

IFIGENIA Y MANIZALES EN INGLÉS


Por Eduardo García Aguilar

Esta semana, para mi sorpresa y alegría, salió Las rutas de Ifigenia en inglés, publicada por la editorial Aliform en traducción de Jay Miskowiec, quien en 2008 obtuvo la primera Beca Nacional de Traducción Literaria del Ministerio de Cultura para vertir a la lengua de William Faulkner y Truman Capote otra novela de la serie manizaleña, El viaje triunfal. Cada novela que uno emprende es un misterio y a veces una enfermedad de largo aliento, y su destino después de colocarle el punto final siempre sorprende, ya sea que se hunda como es previsible en el olvido total y la indiferencia o salte como la liebre hacia otras lenguas o lectores. 

La historia de Ifigenia, una muchacha manizaleña imaginaria de mi generación, en aquellos tiempos de rock, salsa y revolución, había permanecido latente durante décadas hasta cuando decidí tomar el toro por los cuernos de la narrativa, a sabiendas de que la tarea estaría llena de obstáculos, temores y dudas. En las tres novelas que ya había escrito antes sobre temas imaginarios de mi ciudad natal, Tierra de leones (1983), Bulevar de los héroes (1986) y El viaje triunfal (1993), había querido tratar de contar la mítica ciudad natal fundada en las alturas de los Andes, pequeña metrópoli que curiosamente sigue siendo desconocida para muchos colombianos, pese a las sorpresas aquitectónicas e históricas que guarda entre los vericuetos de sus calles y callejuelas empinadas, entre un paisaje de montañas, balcones floridos, precipicios y volcanes nevados y humeantes.

En Tierra de Leones abordé el personaje de Leonardo Quijano, loco genial sobre el que varias generaciones de manizaleños especulamos tratando de descifrar sus misterios e insondables secretos. En mi adolescencia literaria solía pararme a escuchar sus largos, agitados e incomprensibles discursos pronunciados en una esquina de la plaza de Bolívar y su imagen y leyenda, la pasión por el dibujo, su idioma personal y la fragilidad mental que lo sumió en la pobreza, se habían convertido para mi en un fantasma permanente que solo podía exorcizarse a través de la ficción.

Años después, en Bulevar de los héroes inventé otro personaje, el Loco Rincón, inspirado en muchos de los relatos que contaba en París sobre sus aventuras subversivas otra figura de nuestra tierra, el médico Tulio Bayer (1924-1982), nacido en Riosucio, quien de brillante profesional con posgrado en Boston, pasó a convertirse como muchas otras figuras de su generación en un redentor fallido de los males insolubles de Colombia.

Por complicidad caldense y manizalita, tuve la fortuna de compartir muchas horas con Tulio en su apartamento de París, donde se dedicaba a traducir textos para grandes multinacionales farmacéuticas y armamentísticas cuando sucedía la revolución iraní que llevó al poder al ayatolá Komeiny, a quien imitaba disfrazándose con una capa de beduino y un turbante oriental. Tulio era un gran lector y a esas alturas ya estaba decepcionado de todos los totalitarismos, de izquierda o derecha, aunque seguía con su pasión y rebeldía contra el establecimiento, lo que le contaba en sus cartas a su adversario y amigo el general Alvaro Valencia Tovar.

En El viaje triunfal, el personaje era un poeta modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Urillo, que le daba la vuelta al mundo y terminaba sus días en Manizales, rodeado de los jóvenes poetas del movimiento fundidista. En las tres novelas, además de los héroes, el otro personaje era Manizales, con sus casas, templos y palacios de fantasía construidos antes y después de los incendios. En todas está la Catedral como una presencia omnisciente y omnipotente, el Parque y el Teatro Fundadores, la Plaza de Bolívar, el Parque Caldas, el Palacio de Bellas Artes y el Teatro Olympia, el Puente de Olivares, el Monte de Léon y la carrera 23 con sus cafés y tiendas luminosas.

Cuando pensaba que ya no escribiría nunca más otra novela que tuviera como escenario Manizales, se atravesó Ifigenia y volví a la tarea, pero esta vez tratando de contarla desde otro ángulo narrativo y con un lenguaje transparente, alejado de las peripecias y artilugios verbales o la contención estilística presente en anteriores obras. El resultado es una historia que surge de la imaginación de los adolescentes protagonistas y busca captar la vida de la ciudad, el país y el mundo en un corto universo cerrado. Miskowiec la leyó y le encantó tanto que la tradujo en una magnífica versión que a veces suena mejor en inglés que en castellano y que lleva por título The trails of Ifigenia.       

Miskowiec (1958) fue uno de los discípulos preferidos de Gregory Rabassa (1922-2016), traductor al inglés de Cien años de Soledad, Rayuela de Julio Cortázar y otros clásicos latinoamericanos, portugueses y brasileños y quien además de estar dotado con un maravilloso sentido del humor y ser gran amigo de sus amigos, fue profesor en varias instituciones educativas de Nueva York. Jay también tradujo en su momento Bulevar de los héroes, publicada con prólogo de Rabassa en Latin American Literary Review Press, así como El viaje triunfal, Urbes luminosas, Delirio de San Cristóbal y ahora Las rutas de Ifigenia.

Como otros hispanistas norteamericanos tales como Seymour Menton, Johnattan Tittler y Raymond Williams, Miskowiec realiza su trabajo con una profunda pasión por el continente latinoamericano y a los autores los sigue a través de las décadas con atención y cuidado y sin prisas. En su momento, el jurado de la beca de traducción, compuesto por Juan Manuel Pombo y Timothy Keppel, dijo que había otorgado el premio a Miskowiec en virtud de que El viaje triunfal “es una novela bien escrita que capta una época histórica de América Latina de las generaciones del modernismo y del vanguardismo, es una traducción bien ejecutada y es interesante que se conozca ese periodo fuera del país. La experiencia del traductor es sólida, con una buena formación académica”.

Las rutas de Ifigenia, publicada en 2019 en Bogotá por Uniediciones en la colección Ladrones del tiempo, emprende ahora una nueva aventura en otra lengua y lleva la ciudad a cuestas, porque toda ciudad natal es la impronta indeleble de los seres humanos, su huella digital, el origen de sus tragedias, taras, celebraciones y alegrías. Manizales es una ciudad muy reciente llena de historias secretas y nada mejor que explorarlas y contarlas a través de novelas y relatos. La rebelde Ifigenia está de plácemes, pues estudió inglés y escandalizó en el Colombo-Americano de Manizales sin saber que un día la contarían en la lengua de Mark Twain.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de septiembre de 2020.      




sábado, 5 de septiembre de 2020

ANNIE ERNAUX: LA AUTOBIOGRAFÍA COMO PASIÓN

 


Por Eduardo García Aguilar


Una de las más grandes novelistas francesas contemporáneas es Annie Ernaux, recién galardonada con el prestigioso premio de literatura Formentor, quien se ha convertido en uno de los ejemplos más logrados de la compleja literatura autobiográfica y cuya obra además de admirada concita en universidades y medios críticos todo tipo de estudios y análisis. Arnaux nació en 1940 en un pueblo pequeño de los lejanos suburbios de París, en el seno de una familia modesta, ya que su padre fue un campesino muy pobre que ascendió a propietario de un pequeño restaurante y su madre una modesta mujer trabajadora de provincia.

En casi todos los países y las lenguas la narrativa autobiográfica se ha convertido en la preferida de los lectores, desplazando a las obras de ficción. Novelas en clave escritas por personajes de la política, la farándula o el deporte, relatos de vidas complejas ligadas a la violencia social y familiar, dramas de género, relatos de las humillaciones de clase o de raza, narraciones de tragedias familiares, suicidios, enfermedades, violaciones intrafamiliares, persecuciones étnicas, entre otros temas, han desplazado a la literatura en boga en el siglo pasado, donde la novela era la creación de un mundo paralelo a la realidad. 

Dentro de todos esos temas se destaca el asunto del padre o de la madre, asunto en que los lectores tratan de encontrarse o identificarse. Entre las novedades novelísticas más leídas figuran relatos de la madre alcohólica y suicida, el padre violador, ausente o cruel, al padre o la madre perseguidos o desaparecidos. Mazarine Pingeot, la hija oculta de François Mitterrand; Clémentine Autain, la hija de una malograda actriz alcohólica y suicida; Sybille Lacan, la hija de un psicoanalista lleno de oscuridades personales; Christine Angot y el incesto: estas son son apenas algunas de las historias más comentadas y adquiridas por los lectores en temporadas recientes en Francia.      

En el libro La Plaza, con el que obtuvo el Premio Renaudot en 1984 y saltó a la fama, Annie Ernaux aborda el tema del padre, que ya dentro del género de lo autobiográfico es uno de los más difíciles. De manera descarnada y sin contemplaciones, como si se tratara de una operación quirúrgica, la novelista nos relata desde el inicio la muerte del viejo progenitor, el cuerpo desnudo del hombre después de una fulminante enfermedad y desde ahí ahonda en sus modestos orígenes. La madre no puede cerrar el negocio ni el día del entierro. Y al final el velorio se hace con los modestos clientes del lugar.

A lo largo de su exitosa carrera literaria, Arnaux ha abordado los temas de su vida desde distintos ángulos, especialmente el hecho de que por sus brillantes estudios y el triunfo editorial, terminó por migrar de clase hasta convertirse en una gran burguesa adulada y famosa. Pero desde esa posición decidió ser una abogada de los desposeídos y los desclasados, por lo que ha estado en todos los combates políticos desde la izquierda, causando irritación entre muchos de sus congéneres reinantes en los salones literarios del barrio de Saint Germain des Prés, donde están situadas las sedes de las mejores editoriales y vive la más encumbrada burguesía y aristocracia de la farándula parisina. Pero también ha contado su iniciación sexual, el problema del aborto, el machismo, lo que la ha convertido en una aguerrida feminista.

Al negarse a traicionar la clase suya, la escritora rinde homenaje a esa familia en la que creció y desde donde se izó hasta los más altos honores académicos y literarios, cuando adolescente hacía sus tareas y preparaba los exámenes tras bambalinas de la pequeña tienda de abarrotes, el bar y el pequeño restaurante popular que regentaron durante décadas sus progenitores en un suburbio del pueblo, porque su negocio ni siquiera se situaba en los barrios centrales del mismo. O sea que en pleno siglo XX seguíamos como en las historias pueblerinas de Maupassant y Flaubert, en esa Normandía inefable poblada de castillos y vacas, fábricas de quesos y cultivos de diversos productos agrícolas.

Después del fin de la guerra los padres luchan y fracasan con un negocio en otro lugar, pero al final deciden volver al pueblo de Yvetot, en Normadía, y montan la tienda y el restaurante. Aunque el viejo tiene gestos, movimientos y estructuras físicas que delantan su origen de campesino pobre, logra en ese mundo de la taberna dejar atrás la timidez y convertirse gracias al contacto diario con los clientes en conversador y bromista consumado. La pareja es querida por los vecinos pobres a quienes fían y sirven los platos cotidianos de la comida popular que consumen los trabajadores a la hora del almuerzo, después de jornadas arduas de trabajo.

Arnaux insiste en que su destino estaba escrito y debería haber sido cajera de supermercado, obrera o a lo máximo continuadora del negocio familiar, pero los buenos resultados escolares, el ingreso becada a una normal superior, y después su paso a la educación nacional y a los altos grados universitarios, además del éxito literario, la llevaron a pasar a otro medio social. Luego viene el matrimonio con un burgués de la ciudad de Annecy, cuyo apellido lleva, y la vida familiar y académica junto a un exquisito lago alpino donde se consume definitivamente su mutación. Vive desde hace décadas en Cergy Pontoise, una capital moderna regional de los suburbios de París que describe en Diarios del afuera, un libro sobre la vida cotidiana de las ciudades dormitorios, los grandes supermercados y sus cajeras. 

Sus libros llevan títulos concisos como La mujer congelada, Una mujer, Pasión simple, La vergüenza, Los años, Escribir la vida, Perderse, Memoria de chica, No he salido de mi noche, entre otros que ya han sido reunidos en sus obras completas. También ha elaborado un libro de conversaciones con el escritor Fréderic Yves Jeannet, que lleva por título La escritura como un cuchillo. En todos ellos relata los temas de la exclusión social, el clasismo, el arribismo, el espíritu de castas, la humillación, la marginación del otro, la sirvienta, el modesto empleado, el paria, el desclasado, el pobre. 

Arnaux nunca ocultó a nadie sus orígenes e invitó a la casa de su padres a sus nuevas amigas burguesas. Su marido refinado no soportaba conversar en aburridas cenas con sus modestos suegros. Y poco a poco va llegando el fin de su familia inicial, la decrepitud de esos viejos abnegados que hicieron todo y se mataron trabajando por dar lo mejor a su hija. Por medio de un descarnado relato que conmovió a los lectores de esta obra premiada, asistimos a las desgarradoras tensiones de clase que caracterizan a todas las sociedades sin falta. Para el viejo su hija es una extraña y para su hija el padre también, pero al final, desde su modestia, el progenitor vive feliz por el ascenso social de su hija, famosa, rica, bien conectada socialmente y se siente orgulloso y presume de ella cuando lee los periódicos.                  

Annie penetra así en la llaga de las castas sociales de su país, que en la primera mitad del siglo XX, antes del auge económico posterior a la liberación, permanecían como si se viviera en el medioevo. El padre pertenecía a un linaje centenario de trabajadores agrícolas y si no es por el servicio militar que lo sacó de ahí para siempre y al encuentro con la que sería su esposa, hubiera permanecido en ese mundo de sacrificio donde el olor de los excrementos y de los animales de cría terminan por permear los propios cuerpos de los trabajadores, estigmatizándolos en la más baja escala social, como los intocables de la India. 


sábado, 29 de agosto de 2020

LAS MIL BATALLAS DE ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL


Por Eduardo García Aguilar
 
 Siendo muy joven y rebelde, Gustavo Álvarez Gardeazábal (1945) publicó en el lapso de unos cuatro años años varias novelas que se convirteron en clásicos de la narrativa colombiana y latinoamericana como Cóndores no entierran todos los días, Dabeiba, La boba y el buda, El bazar de los idiotas, entre otras. Su irrupción en la literatura colombiana fue vertiginosa en los primeros años de la década del 70 del siglo pasado, que también vio emerger a otros autores de su generación como Oscar Collazos, Fernando Cruz Kronfly, Héctor Sánchez, Umberto Valverde, Fanny Buitrago, Alba Lucía Angel, Roberto Burgos y R.H. Moreno Durán, entre una veintena de autores magníficos que constituyen una poderosa generación que aun se debe estudiar y valorar.

Pero Gardeazábal surgió casi como una explosión volcánica contra viento y marea, dispuesto a contar con un lenguaje propio y local las historias ocurridas en su terruño, Tuluá, en tiempos de la horrorosa violencia entre liberales y conservadores en medio de la cual vio la luz del mundo hace 75 años. Su objetivo era hacer clásico e internacional el lenguaje de la chismografía de su pueblo natal Tuluá, pues considera que hay un rico y específico modo del castellano, que él denomina el "tulueño". Así como Proust tenía su jerga de frases interminables en un estilo exquisito donde sonaba el habla de los salones aristocráticos de París a fines de siglo XIX y comienzos del XX, Gardeazábal hilaba, tejía, serpenteaba, entrelazaba las historias a través de palabras que como pólvora se regaban y explotaban en todos los sentidos, en un endemoniado fuego prirotécnico, galáctico, generalizado y en espiral.

Cóndores no entierran todos los días se convirtió en el emblema de esa narrativa de la violencia a través de la historia de un temible pájaro contada desde todos los ángulos con su prosa musical, barroca y churrigueresca, poderosa y fértil enredadera florecida y venenosa que se reproducía a toda velocidad, impulsada por una savia devoradora sobre muros, techos, aceras, zaguanes, cementerios, patios e iglesias del pueblo natal. El gran Francisco Norden la llevaría después al cine, en la que tal vez sea la película colombiana más importante del siglo XX.  

Uno tras otro iban saliendo sus novelas y libros de cuentos que ganaron premios internacionales en España, se convirtieron en best sellers y fueron traducidos a varias lenguas, entre ellas el polaco, el inglés, el alemán, el italiano y el húngaro. Como siempre ambicionó a lo grande, se dio cuenta de que para figurar en Colombia tenía antes que publicar y sonar primero en el extranjero, pues la literatura colombiana de su tiempo, como la de hoy, siempre ha estado centralizada en la hegemonía bogotana que mira de reojo a las creaciones de autores nacidos o activos en otras regiones. El costeño Gabriel García Márquez lo había precedido en esa reivindicación de lo local, y como él, tuvo que publicar lejos de su patria para que lo tuvieran en cuenta los capataces literarios de la Atenas suramericana.    

Gardeazábal no se sentó en los laureles conquistados como un guerrero griego antes de cumplir los 30 años. Siempre ha sido un autor incómodo, polémico, odiado y admirado, ya que nunca ha tenido pelos en la lengua para expresar sus opiniones que desde el principio fueron contra todas las corrientes políticas y sexuales. Cuando la izquierda dogmática dominaba el pensamiento en las universidades, el era el único tribuno estudiantil opositor que enfrentaba a las divas revolucionarias, muchas de las cuales, comunistas, maoístas, guevaristas, camilistas, trotskistas, fueron exterminados o se apaciguaron después y entraron al redil.

Y fue un verdadero precursor, pues muchas décadas antes del auge del movimiento LGTB, él ya exponía al viento sin
complejos su homosexualidad con un orgullo en un país que es y ha sido fundamentalmente machista, camandulero y conservador.
Varios de sus libros tienen héroes homosexuales como El Divino y la Misa ha terminado y vestido él también como diva sesentayochera con pantalones de rayas blancas y rojas y camisas floreadas, expresaba su elocuencia desde todas las tribunas y púlpitos asustando monjas, horrorizando obispos, alcaldes, presidentes y desestabilizando a los pontífices con sus báculos de hoz y martillo. Tal vez, como destaca Isaías Peña Gutiérrez, esa hidra de varias cabezas, a la vez conservador y volteriano, convencional e irreverente, mojigato y lúbrico, se nutre del contradictorio imaginario familiar, pues su padre fue godo y su madre liberal. 

Esa inasibilidad permanente de Gardeazábal, la indómita fuerza para evitar ser etiquetado, el carácter impulsivo y quijotesco le han causado al autor tulueño múltiples problemas y también lo condujeron a vivir aventuras que lo convierten a su vez en personaje de novela. Con más de diez novelas publicadas y un reconocimiento literario sólido se aventuró como otros autores latinoamericanos en las aguas turbias de la política. En una carrera política veriginosa como su vida literaria, fue alcalde su pueblo y llegó a gobernador del Valle con una votación gigantesca que en algún momento lo hizo sonar como probable candidato a la presidencia, igual que su amigo Vargas Llosa en Perú, pero se le atravesaron las arañas de la intriga y terminó experimentando la cárcel, experiencia que ha enriquecido a grandes autores como Miguel de Cervantes Saavedra y Alvaro Mutis, entre otros.   

Ahora que ya es un sabio sereno que mira el paisaje planeando desde las altas cumbres como los cóndores de los Andes, más allá del bien y del mal, dotado de la poderosa inteligencia que siempre lo ha caracterizado, sus coterráneos le hacen un homenaje por su llegada a edad tan venerable. Convocados de manera virtual a causa de la pandemia de coronavirus por su amigo el poeta Omar Ortiz, muchos críticos y escritores fueron convocados para debatir esta semana de agosto, previa a su cumpleaños el 31 de agosto, en torno a su vida y obra.

Sentado en su estudio, ataviado con sus inconfundibles, amplias y elegantes camisas, con dicción pausada y mirada de águila, respondió a las preguntas de Isaías Peña Gutiérrez, quien lo conoce y lo ha seguido y estudiado desde el principio. Con Johnattan Tittler, que acaba de traducir al inglés después de arduo trabajo Cóndores no entierran todos los días, habló de las dificultades de trasladar el lenguaje suyo a la lengua de Faulkner y Capote y con Darío Henao abordó sus primeras tareas como profesor de literatura en Cali y Pasto y su rebelión contra las modas semióticas e ideológicas que venían de Europa. Verlo en plena forma y activo después de tantas peripecias extraliterarias ha sido una alegría para quienes sabemos que su obra es rica e imprescindible. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 30 de agosto de 2020.

sábado, 22 de agosto de 2020

ADIÓS A MERCEDES BARCHA


Por Eduardo García Aguilar
 
 Con la partida de Mercedes Barcha (1932-2020), esposa del Gabriel García Márquez (1927-2014), se cierra un capítulo de la historia colombiana que por fortuna está lleno de alegría, magia y misterio. Puesto que el Nobel nacido en Aracataca ha sido la mejor noticia de Colombia en todo el siglo XX y el que más felicidades ha dado al país en medio de tantas tragedias, catástrofes, abusos y mediocridad generalizados, la figura de la sólida matriarca que tanto le ayudó y le dio estabilidad para su actividad creativa se convirtió a su vez en una celebridad mítica, una primera dama esencial que acompañó al país por más de medio siglo entre los ires y venires del escritor por los mundos de la ficción y sus viajes a uno y otro lado del oceáno Atlántico como verdadera estrella de rock.

El autor de Cien años de soledad es tal vez la última figura mundial literaria de la era inaugurada por Gutenberg al inventar la imprenta, que por misterios del destino encarnó en un momento dado la identidad no solo de su país, sino del continente latinoamericano entero y al final de cuentas de todas las culturas del mundo en momentos de guerra fría y rebelión del Tercer Mundo.

Al encarnarse de tal forma y concitar el reconocimiento de la crítica más especializada y del lector popular tanto de los países ricos y nórdicos, como los del hemisferio sur, el colombiano se izó al rango de los más grandes patriarcas de las letras mundiales, al lado de Byron, Goethe, Tolstoi, Dickens, Twain, Victor Hugo y tantos otros que más allá de la literatura tuvieron influencia en los asuntos de la política terrenal en los últimos dos siglos desde la Revolución francesa y la era romántica, hasta la destrucción de las Torres gemelas de Nueva York por Al Qida.

Otros escritores latinoamericanos de su época podían tener obras magníficas como Alejo Carpentier, Miguel Angel Asturias o Julio Cortázar, pero la lengüeta de fuego de la gloria fue más generosa con el colombiano porque en él se daba un misterioso coctel único por su origen popular, su presencia colorida e irreverente y la oportunidad de sus posiciones políticas en el momento preciso y el lugar adecuado. Subido al trono desde 1967, a los cuarenta años de edad, el costeño permanecería desde enconces en lo alto de la ola antes y después de ser consagrado con el Nobel de Literatura en 1982, a la precoz edad de 54 años, lo que lo convirtió en uno de los más jóvenes premiados.

El paso de García Márquez por las capitales del mundo que visitaba era un acontecimiento y su recepción con rango de jefe de Estado mostraba que era casi un papa que estaba por encima del bien y del mal y flotaba sobre un halo milagroso por sobre presidentes, cancilleres, embajadores, ministros, funcionarios, de quienes recibía mensajes secretos u oficiaba como mediador en conflictos e intrigas políticas. Indira Gandhi, François Mitterrand, Bill Clinton, Felipe González, fueron algunos de esos mandatarios que desearon posar como sus amigos y presumían de cenas íntimas y conciliábulos secretos donde siempre estuvo presente Mercedes Barcha como sólido portal de sabiduría egipcia. No en vano él la consideraba el cocodrilo sagrado.

Los colombianos que adolescentes recibimos el rayo enceguecedor de Cien años de Soledad poco después de su salida, esperábamos cada temporada a través de las décadas la aparición de la nueva obra para devorarla y admirarla y así una tras otra nos maravillamos con Los funerales de la mama grande, El otoño del patriarca, la Increíble y triste historia de la cándida Eréndira, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios y El general en su laberinto, entre otros libros que iban saliendo de su crisol en la calle Fuego 144 del Pedregal de San Angel, en el sur de la Ciudad de México, casa que era como una residencia presidencial donde hacían antesala magnates, estudiantes de literatura, escritores, editores, biógrafos, periodistas y presidentes. A veces volvíamos con estupor a leer El coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca y La mala hora, obras escritas antes de la deflagración de su éxito, en los tiempos de vacas flacas de París, cuando muchos lo consideraban "un caso perdido" y vivía un amor con la actriz española Tachia Quintanar.

No era de extrañar que siguiéramos como en su tiempo ocurrió con Víctor Hugo, Goethe y Tolstoi los recorridos mundiales de la celebridad, su paso por París, Barcelona, Madrid, Buenos Aires, Ciudad de México, Londres, Nueva York, Los Angeles, Estambul, Moscú, La Habana, Estocolmo, Nueva Dehli, Atenas, Caracas y tantas otras ciudades que lo vieron llegar alguna vez al lado de Mercedes Barcha. A través de reportajes de prensa o infidencias de los amigos en entrevistas o libros sobre su vida, sabíamos de esa historia de candoroso amor costeño entre hijos de boticarios pobres, de la promesa de volver por ella para casarse cuando estuviera más grande, sus primeros pasos en Caracas, Bogotá y Nueva York cuando él trabajaba para Prensa Latina y el supuesto viaje en un bus Greyhound con el bebé Rodrigo desde la urbe norteamericana hasta la Ciudad de México, donde lo esperaba como siempre su amigo Alvaro Mutis (1923-2013), que le había conseguido trabajo.

La vida de la pareja se había convertido en un relato y casi una telenovela que todos seguíamos. Supimos que cuando el futuro Nobel se dedicó a escribir su obra maestra tras interrumpir de súbito un viaje a Acapulco y escaseaban los recursos, Mercedes Barcha se las arreglaba con el carnicerro de la esquina para aplazar el pago de los bisteces y que negoció con el dueño de la primera casa de San Angel donde vivían para aplazar el pago de la renta durante siete meses. También la vimos como heroína dividiendo en dos el manuscrito para enviarlo por correo a Argentina y así sucesivamente conocimos sus gustos culinarios, la forma como atendía ella misma a los invitados y sus palabras tajantes e irreverentes, como aquella vez que, según José Luis Díaz Granados, regañó a su marido y a Fidel Castro porque conversaban mientras el papa estaba pronunciando la misa en La Habana.

Todos conocimos detalles de su vida en Barcelona en la calle Caponeta donde él escribió El otoño del patriarca y se solidificó el boom, la huída de Colombia cuando estuvo a punto de ser detenido por subversivo y poco a poco todos vimos crecer a sus hijos Rodrigo y Gozalo, convertidos ambos en bellas y generosas personas, el uno dedicado al cine y el otro a las artes de la edición.

En esa casa de la calle Fuego se le veía salir a saludar a los admiradores en sus soleadas fechas de cumpleaños, cuando ya se extinguía poco a poco su memoria, y veíamos en el rostro de Mercedes Barcha la gravedad del paso del tiempo y los golpes del infortunio a medida que uno tras otro iban partiendo los amigos del alma, Carlos Fuentes, Mutis. Pero la imagen más bella es cuando al amanecer del Nobel, recién enterados, ambos salen jóvenes y risueños en piyama y levantadora al patio para darse un beso y celebrar ese increíble triunfo.

La vimos acompañándolo a su lado en sus últimos viajes a la tierra nativa, a la Cartagena que describe con maestría en su autobiografía Vivir para contarlo. Allí en las festividades y los homenajes ella saludaba al pueblo desde la escotilla de los vehículos o las carrozas y sola se quedó en silencio manteniendo la antorcha de una vida misteriosa y prodigiosa que es única e irrepetible porque con ambos se va una época y una Colombia que ya queda para los libros de historia y los documentales. Las costumbres y usos de su época han quedado atrás para siempre en este agitado siglo XXI.

Cuando murió García Márquez todos sentimos un nudo en la garganta pues como Tolstoi y Victor Hugo era el patriarca del país, nuestro dios nutritivo Ganesha, un patriarca de bien y de ficción que alcanzó su rango mundial sin hacerle mal a nadie y por su propios y únicos méritos. Y ahora que Mercedes Barcha se va a buscarlo en el más allá, todos quedamos un poco más solos que nunca, condenados a Cien años de soledad y a buscar por siempre el amor en los tiempos del coronavirus.
 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de agosto de 2020

sábado, 15 de agosto de 2020

AUGE Y CAÍDA DE JOSÉ AGUSTÍN

Por Eduardo García Aguilar


En los primeros años de mi estadía en México fui invitado el 19 de agosto de 1984 a un encuentro de dos días en homenaje a José Agustín (1944), una leyenda con rango de estrella de rock, quien desde antes de cumplir veinte años se había había convertido en ídolo de la juventud. Con piel broncínea, delgado, bajo de estatura, irreverente, hiperactivo, luciendo gafas y mechón adolescente, este joven de clase media lideraba el movimiento de la literatura de la Onda, con influencias de los beatniks, el rock y el espíritu de las juventudes occidentales que hicieron estallar las tradiciones culturales, sociales y literarias.

Varias decenas de escritores de diversas generaciones, algunos de los cuales ya eran mis amigos, fueron convocados a permanecer un fin de semana en la ciudad de Cuautla, en el estado de Morelos, tierra natal del legendario Emiliano Zapata, para celebrar los cuarenta años del autor de La tumba, a quien se consideraba el máximo exponente del famoso Movimiento de la Onda, al que pertenecieron entre otros Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña. En ese tiempo la generosidad proverbial de la instituciones universitarias y del Instituto Nacional de Bellas Artes propiciaban aquellas reuniones donde compartían los más jovenes autores con otros más experimentados y se debatía con entusiasmo sobre la actualidad y el futuro de la literatura. Y por supuesto, al terminar los debates comenzaba la fiesta.

Tal vez porque era uno de los pocos extranjeros presentes me pusieron a la hora del almuerzo en la mesa central frente a José Agustín y su esposa Margarita Bermúdez, con quien ha vivido casi toda la vida, y al lado de varios autores alternativos y tímidos que seguían el camino del ídolo desde posiciones marginales y rebeldes. En un hotel campestre de los tiempos de Malcolm Lowry, hermano del mítico Hotel Casino de la Selva que aparece en Bajo el volcán, transcurrieron aquellos felices dos días en compañía de los más promisorios autores de las nuevas generaciones y algunos jóvenes clásicos que ya se nos han anticipado al viajar al más allá como los narradores y amigos Guillermo Samperio y Daniel Sada.

Entre vagos recuerdos percibo al ensayista y poeta Evodio Escalante a mitad de la noche tocando el piano y dándonos un execelente concierto de jazz, mientras pasaban de mano en mano las copas de tequila. Entre las jóvenes autoras presentes estaban las escritoras Carmen Boullosa y Silvia Molina y otras muchas más que se difuminan en el recuerdo. Aquel encuentro hace ya parte de la arqueología de una generación y algún día aparecerán las crónicas y las fotos de ese feliz ágape en torno al cual todos fuimos felices con José Agustín.      

Él hablaba rápido, era amigable como pocos, vestía de manera informal a diferencia de otros intelectuales encorbatados, reía siempre poseído por una alegría natural y a sus textos imprimía la velocidad del habla coloquial utilizada en las clases medias estudiantiles y de izquierda de la Ciudad de México. Sus libros se agotaban  rápido en ediciones de decenas de miles de ejemplares y cuando se presentaba en público era rodeado por centenares y miles de estudiantes y colegialas que se iniciaban en la lectura con libros que les contaban las penas y las esperanzas de aquella idílica primera edad en que todo parece luminoso aunque sea terrible.

Su fama llegó a lo máximo en los años 60 cuando fue encarcelado por un lío de cannabis en el Palacio de Lecumberri, donde estuvieron también presos figuras como David Alfaro Siqueiros, José Revueltas y otras grandes personalidades de la disidencia mexicana que luchaba desde la izquierda contra la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), acusado de la mataza de Tlatelolco antes de los Juegos Olímpicos de 1968 y de actos represivos violentos en la siguiente década a manos de los tenebrosos Halcones.

También su romance mediático con la cantante Angélica Maria, otro ídolo de la juventud mexicana, contribuyó a convertir al veinteañero en una estrella cuya luz nunca declinó a lo largo de las siguientes décadas, en las que escribió muchos libros, guiones, artículos, participó en programas de radio y televisión y recorrió sin cesar el país, además de vivir temporadas en Estados Unidos invitado por varias universidades donde daba clases de creación literaria. Obtuvo a fines de los años 70 las becas del International Writing Program de Iowa, Fullbright y Guggenheim.
       
En esos primeros años mexicanos compartíamos espacio en la páginas culturales de Excélsior dirigidas por el maestro Edmundo Valadés, y el mismo año 1986 publicamos en la editorial Plaza y Valdés sendas novelas, él la magnífica Cerca del fuego, una de las que más me gusta entre todas sus obras, y yo Bulevar de los héroes, que acaba de quedar finalista en el premio Plaza y Janés de España. Era un honor coincidir en su momento en la misma editorial con el mito más vivo de la nueva literatura mexicana del momento, una persona que parecía encarnar la juventud eterna.

En sus inicios obtuvo la beca del Centro mexicano de escritores y participó en un taller literario dirigido por Juan José Arreola y pronto, con buen olfato de editor, lo lazó el español Joaquín Díaz Canedo en la editorial Joaquín Mortiz. También estudió cine y participó en decenas de proyectos cinematográficos, en algunos de los cuales trabajó con Gabriel García Márquez. Entre sus libros figura La tumba (1964), De perfil (1966), Inventando que sueño (1968), Ciudades desiertas (1982), Cerca del fuego (1986) y la serie Tragicomedia mexicana.

Todo parecía pues sonreírle a este amable y talentoso autor, llamado a recibir todos los honores y homenajes en una larga y feliz ancianidad, como es tradición en México para los escritores de éxito, hasta el día en que la propia fama y la gloria en vida le hicieron una curiosa jugada que es a la vez una metáfora y un mensaje a todos los escribidores del mundo. En 2009 le realizan un homenaje en un teatro y la muchedumbre juvenil sube al escenario para abrazarlo, besarlo y pedirle autógrafos con tal ímpetu que el escritor pierde el equilibro y cae al fondo de la orquesta, dos metros abajo. Por su generosidad, José Agustín era el que menos merecía un accidente de esta índole.

La caída fue tan brutal que le causó graves lesiones cerebrales por las cuales ha perdido segementos de la memoria, aunque no toda por fortuna, según relata su hijo menor Jose Agustín Ramírez Bermúdez en una serie de magníficos, amorosos y conmovedores relatos sobre la vida y obra de su padre, publicados periódicamente en el suplemento Laberinto del diario capitalino Milenio. 
 
José Agustín reside en la misma casa de Cuautla rodeada de naturaleza que compró a su padre y donde ha residido durante medio siglo al lado de su esposa e hijos. Disfruta ahí de su pasión por el rock y con frecuencia parece recuperar la agilidad mental que electrizó a generaciones de jóvenes mexicanos. José Agustín está vivo y vive en su efervescente obra. Desde ese lugar de México sus poderosas ondas literarias irrigan el continente latinoamericano.     

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de agosto de 2010.


   


miércoles, 29 de julio de 2020

BITÁCORA DE LAS RUTAS DE IFIGENIA





















Por Eduardo García Aguilar
La editoral Uniediciones en su colección Ladrones del tiempo, dirigida por el escritor francés Stéphane Chaumet, publicó en el marco de la pasada Feria del libro de Bogotá la novela Las rutas de Ifigenia, quinta en la lista personal y sobre cuya escritura quisiera hacer una pequeña recapitulación, ahora que aparecerá en el otoño de 2020 en inglés, traducida por Jay Miskowiec y publicada por Aliform Publishing, pues cada libro tiene su propia historia accidentada desde que aparece el embrión de la historia, crece y se modifica con el tiempo hasta concretarse y nacer.
La historia de una Ifigenia colombiana ya había tenido vagos bocetos anteriores cuando emprendía en México la escritura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos años.
Como suele ocurrir en la mayoría de los autores desde los tiempos de Sófocles y Esquilo, las historias surgen de la infancia y la adolescencia y del descubrimiento y el sufrimiento del mundo en campos, pueblos o ciudades donde transcurrieron los primeros años de la vida y que son el microcosmos de toda existencia cargada de alegrías, dramas, guerras, injusticias y tragedias sin fin. En cada lugar por enorme o pequeño que sea se encuentran estructuras esenciales como son familia, religión, escuela, manicomio, cárcel, poder, ejército, policía, oficios y artes, viaje, exilio, amistad, amor y muerte, entre otros muchos aspectos.
Todas las vidas de los habitantes de ese microcosmos esencial son atrapadas y trituradas por estructuras que son como un caleidoscopio centrífugo de existencias y cada vida sigue por caminos inescrutables e impredecibles, unos hacia el auge y la caída ineluctable, otros a la desaparición prematura o la lejana senectud. Padres e hijos, familiares, amigos siguen diversas rutas, que son la dinámica básica de la que se han nutrido las historias de los libros de ficción de todos los tiempos. Es lo que se cuenta en La montaña mágica de Thomas Mann, La marcha de Radetsky de Joseph Roth o en Los ríos profundos de José María Arguedas.
En esas canteras vitales los autores tratamos de reconstruir en un momento dado el pasado, escrutar los destinos de nuestros ancestros o los contemporáneos y las taras y miserias que marcan la historia de la región o el país de donde somos originarios. Unas veces los autores crean para tomar distancia países o ciudades imaginarias y otros por el contrario deciden nombrar todas las cosas por su nombre. El reto es tratar de enfocar la cámara a un segmento caracterizado por la unidad de lugar y de tiempo, donde podamos ver como en el microscopio la evolución de los microorganismos.
En este caso quería volver a contar a mi ciudad Manizales tal y como ha sido con sus calles, paisajes y edificios emblemáticos, casonas centenarias, sin olvidar la vegetación que la rodea, los aguaceros y las nieblas y la vida de unos adolescentes que despuntaron al mundo en una época muy especial, la de los últimos dos años de la década de los 60 del siglo pasado, cuando la humanidad llegó a la Luna en julio de 1969, hace medio siglo, un acontecimiento que sacudió al mundo y aun sigue vigente. Se abría entonces una nueva era que desquiciaba las sólidas tradiciones familiares del patriarcado y liberaba las fuerzas de los jóvenes en medio de una desbordada liberación sexual, despego de las religiones y poderes establecidos, y deseos de cambio radical en el marco de la Guerra fría, lo que llevó a muchos a lanzarse como mártires en aventuras armadas y subversivas, inspirados en figuras crísticas como el padre Camilo Torres y el Che Guevara.
Apenas unos lustros antes Colombia había salido de otro terrible episodio de la Violencia entre liberales y conservadores, pero de nuevo los tambores de la guerra volvían a sonar. Ante el estupor de los viejos progenitores involucrados en la guerra reciente, la trituradora de la historia llevó entonces a la tragedia a miles de jóvenes de las clases medias o bajas, unos en el remolino del rock, la salsa, las drogas y la liberación desenfrenada de los cuerpos, otros en la búsqueda del arte, el teatro y la poesía o en la delincuencia, y otros a morir o perderse en el deseo del martirio por una causa imposible, manipulados por fuerzas mundiales que los sobrepasaban y que no comprendían.
Muchos jóvenes se perdieron, se sacrificaron, se malograron, enloquecieron, suicidaron, murieron, fueron ejecutados y triturados causando el llanto de los progenitores como en las tragedias griegas. El choque fue frontal entre padres e hijos, entre autoridades e instituciones y las nuevas generaciones, como siempre ocurre en los intersticios de las épocas conflictivas que surgen tras relativos tiempos de estabilidad. La guerra vivida y sufrida por los mayores en los años 40 y 50, cuyo punto crucial fue el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el Bogotazo de 1948, aplastaba simbólicamente los destinos de los jóvenes y la historia volvía a repetirse. Los viejos líderes políticos que polarizaron el país con sus discursos incendiarios y causaron esa guerra seguían como fantasmas o vampiros chupando desde ultratumba el alma de las nuevas generaciones.
En Las rutas de Ifigenia orienté el microscopio de la escritura a esas vidas en flor de ambos sexos que surgían al mundo en medio de esas máquinas trituradoras de culturas, costumbres e instituciones, cuando unos querían el rock, salsa, droga y fiesta y otros la revolución y cuando llegaban a la ciudad todas las tentaciones en el marco del los primeros Festivales de teatro universitario, a los que asistieron figuras como Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias y Ernesto Sábato, entre otras vacas sagradas de la literatura latinoamericana y el teatro mundial.
Uno siempre vuelve a la adolescencia y a la ciudad natal como los insectos que vuelan en torno al foco de luz a riesgo de quemarse. Antes había escrito Tierra de leones (1983), sobre el periplo imaginario de Leonardo Quijano, loco esencial de Manizales, malogrado en otros tiempos de conflicto, a la que siguió Bulevar de los héroes (1986), inspirada en parte en la vida imaginaria de otro destino malogrado, el pantagruélico médico Tulio Bayer, quien murió en el exilio en París, y luego El viaje triunfal (1993), sobre el periplo de un poeta imaginario modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Utrillo, quien después de dar la vuelta al mundo en la primera mitad del siglo XX regresaba a morir en la ciudad en los tiempos del nadaísmo.
Con Tequila coxis (2003) me sumergí para variar en el vientre de la Ciudad de México, donde viví mas de tres lustros, a través de la búsqueda de un joven que va tras los rastros de su madre, una malograda actriz colombiana de los tiempos del cine de oro mexicano, pero con Las rutas de Ifigenia vuelvo a mi ciudad natal nombrándola con su propio nombre y con sus cines, cafés, calles, parques, patios, lluvias, nieblas, montes, flores, monumentos, personajes y figuras de su tiempo.
Como decía Julio Cortazar sobre el arte del cuento, escribir una historia es como lanzar una liebre en un estadio y con los ojos vendados tratar después de rescatarla. Cuando uno llega al final y al fin atrapa al animal éste ya no es la misma liebre del comienzo, es otra cosa. Por eso la escritura de una novela es un reto terrible y destructor, desestabilizador, pero al fin de cuentas maravilloso si algun día uno logra liberarse de ella, dejándola atrás para siempre como un objeto desconocido.
ura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos años.