lunes, 3 de junio de 2019

BICENTENARIO DE WALT WHITMAN

 Por Eduardo García Aguilar

No hay mayor alegría que celebrar el bicentenario de un viejo amigo que hace tanto tiempo nos abrió las puertas de la literatura y de la poesía en verso libre, en aquellos años del colegio, cuando todos somos esponjas inagotables que captamos los más variados imaginarios y emociones. Como si el tiempo no hubiera pasado, parece que fue ayer cuando ocurrió esa extraña y luminosa conexión con una estética que irrigaba por sus poros agua, naturaleza, cosmos, piedras, vegetales, animales, vida, lluvia, viajes, mar, truenos y esperanza.

La obra del venerable amigo de luengas barbas autor de Hojas de hierba, cuyo bicentenario se celebra este 31 de mayo, llegó a mi en 1969 a través de un modesto volumen de 367 páginas publicado cuatro años antes por Plaza y Janés y que llevaba por título Walt Whitman. Arquitecto de América. 

Su autora es la poeta Babbette Deutsch (1895-1982), quien en su tiempo fue reconocida por su contemporánea Marianne Moore y dedicó su vida a la enseñanza en la Universidad de Columbia, escribió varias colecciones de poemas, novelas y ensayos y  además realizó traducciones del ruso.

El volumen incluye además de la biografía escrita por la poeta estadounidense, traducida por Manuel Barbera, una selección de poemas de Whitman (1819-1892) traducidos por Francisco Alexander, donde figuran en orden cronológico algunos de sus mejores piezas, como En la barca de Brooklyn, Canto a mi mismo, Al partir de Paumanok, En la ribera del ontario azul, La ultima vez que florecieron las lilas en el huerto, Navegar a las Indias y Canto de lo universal, entre otras.

Todos estos años he conservado este volumen de portada verde con la imagen del anciano de larga cabellera y barba blanca y lo he llevado sin falta de un país a otro, sin que me abandone nunca y así ha permanecido siempre a mi lado, junto a otros libros fundamentales como Retrato de un artista adolescente de James Joyce. Además me acompaña la bella edición de Leaves of grass en inglés de la Ilustrated modern library (1944), con prólogo de Carl Sandburg e ilustraciones a color de Boardman Robinson.

Babette Deutsch nos relata la vida accidentada y excéntrica de este hijo de carpintero pobre nacido en Long Island, que llegó a Nueva York a los siete años y a los 11 abandonó la escuela para trabajar y ayudar a sostener su familia. Desde entonces fue un autodidacta nato que colmó las lagunas educativas leyendo libros a la luz de la vela como tantos hombres de su generación y las posteriores.

Trabajó un tiempo en el bufete de un tal senor Clarke, quien lo suscribió a una librería ambulante, clave en esos momentos de arranque literario. Después laboró en varios diarios locales de Long island y así encontró poco a poco los oficios de tipógrafo y más tarde, tras publicar el primer texto a los 14 años en The Mirror,  el periodismo, que lo llevaría a dirigir medios y escribir sin cesar toda la vida para cubrir la actualidad e incluso hasta elaborar folletines, como uno que hace poco descubrió un investigador por casualidad en los archivos de un diario desparecido y fue publicado como novela.

La publicación de la primera versión de Hojas de hierba a los 36 años le granjeó la admiración de algunos de los más reputados escritores de ese tiempo, entre ellos el viejo maestro Emerson, quien lo defendió de las criticas que suscitó su obra entre los contemporáneos por romper no solo con las formas usuales de la retórica sino por abordar los temas de la realidad y dar voz a los trabajadores, pescadores, granjeros y marginales.

El resto de su vida lo dedicó a incrementar su obra mayor Hojas de hierba y al final logró un renombre que se potenció después de su muerte, convertido ya en el mayor escritor estadounidense al lado del Edgar Allan Poe. Un autor atípico que por su estilo, vestimentas obreras y toscas y su condición sexual difería del tieso bardo elegante y de levita. Además fue un precursor de la ecología y de la defensa de la naturaleza y los animales.

Carl Sandburg calificó su libro como "el más original, el más individual y la más sublime creación personal del arte literario estadounidense", pero agrega que a su vez es el que más elogios encendidos y diatribas enconadas suscitó por su osada libertad. 

Subraya también que su obra se destaca por ser autobiográfica y personal, lo que lo convierte no solo en una figura pública en su país, como en su tiempo ocurrió con Victor Hugo en Francia y Tolstoi en Rusia, sino en un admirado autor en todos los continentes del planeta y encarnación de la fuerza de esa joven nación entre los millones de migrantes de todo el mundo deseosos de llegar ahí para rehacer sus vidas.

Whitman sacó la poesía a la calle, a los caminos, la untó de trabajadores, obreros, granjas, forajidos, esclavos negros, pescadores, aventureros y como pocos dio una fuerza épica a la existencia con sus guerras y tragedias, dirigiéndose a las futuras generaciones con optimismo y voluntarismo. Dos siglos después de su nacimiento su rango sigue firme entre los grandes rebeldes que pasaron por este mundo de estirpes bíblicas sacudiéndonos con su palabra.   

BITACORA DE LAS RUTAS DE IFIGENIA

Por Eduardo García Aguilar
La editoral Uniediciones en su colección Ladrones del tiempo, dirigida por el escritor francés Stéphane Chaumet, publicó en el marco de la pasada Feria del libro de Bogotá la novela Las rutas de Ifigenia, quinta en la lista personal y sobre cuya escritura quisiera hacer una pequeña recapitulación, pues cada libro tiene su propia historia accidentada desde que aparece el embrión de la historia, crece y se modifica con el tiempo hasta concretarse y nacer. La historia de una Ifigenia colombiana ya había tenido vagos bocetos anteriores cuando emprendía en México la escritura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos años. 

Como suele ocurrir en la mayoría de los autores desde los tiempos de Sófocles y Esquilo, las historias surgen de la infancia y la adolescencia y del descubrimiento y el sufrimiento del mundo en campos, pueblos o ciudades donde transcurrieron los primeros años de la vida y que son el microcosmos de toda existencia cargada de alegrías, dramas, guerras, injusticias y tragedias sin fin. En cada lugar por enorme o pequeño que sea se encuentran estructuras esenciales como son familia, religión, escuela, manicomio, cárcel, poder, ejército, policía, oficios y artes, viaje, exilio, amistad, amor y muerte, entre otros muchos aspectos. 

Todas las vidas de los habitantes de ese microcosmos esencial son atrapadas y trituradas por estructuras que son como un caleidoscopio centrífugo de existencias y cada vida sigue por caminos inescrutables e impredecibles, unos hacia el auge y la caída ineluctable, otros a la desparición prematura o la lejana senectud. Padres e hijos, familiares, amigos siguen diversas rutas, que son la dinámica básica de la que se han nutrido las historias de los libros de ficción de todos los tiempos. Es lo que se cuenta en La montaña mágica de Thomas Mann,  La marcha de Radetsky de Joseph Roth o en Los ríos profundos de José María Arguedas.  
  
En esas canteras vitales los autores tratamos de reconstruir en un momento dado el pasado, escrutar los destinos de nuestros ancestros o los contemporáneos y las taras y miserias que marcan la historia de la región o el país de donde somos originarios. Unas veces los autores crean para tomar distancia países o ciudades imaginarias y otros por el contrario deciden nombrar todas las cosas por su nombre. El reto es tratar de enfocar la cámara a un segmento caracterizado por la unidad de lugar y de tiempo, donde podamos ver como en el microscopio la evolución de los microorganismos.  

En este caso quería volver a contar a mi ciudad Manizales tal y como ha sido con sus calles, paisajes y edificios emblemáticos, casonas centenarias, sin olvidar la vegetación que la rodea, los aguaceros y las nieblas y la vida de unos adolescentes que despuntaron al mundo en una época muy especial, la de los últimos dos años de la década de los 60 del siglo pasado, cuando la humanidad llegó a la Luna en julio de 1969, hace medio siglo, un acontecimiento que sacudió al mundo y aun sigue vigente. Se abría entonces una  nueva era que desquiciaba las sólidas tradiciones familiares del patriarcado y liberaba las fuerzas de los jóvenes en medio de una desbordada liberación sexual, despego de las religiones y poderes establecidos, y deseos de cambio radical en el marco de la Guerra fría, lo que llevó a  muchos a lanzarse como mártires en aventuras armadas y subversivas, inspirados en figuras crísticas como el padre Camilo Torres y el Che Guevara.

Apenas unos lustros antes Colombia había salido de otro terrible episodo de la Violencia entre liberales y conservadores, pero de nuevo los tambores de la guerra volvían a sonar. Ante el estupor de los viejos progenitores involucrados en la guerra reciente, la trituradora de la historia llevó entonces a la tragedia a miles de jóvenes de las clases medias o bajas, unos en el remolino del rock, la salsa, las drogas y la liberación desenfrenada de los cuerpos, otros en la búsqueda del arte, el teatro y la poesía o en la delincuencia, y otros a morir o perderse en el deseo del martirio por una causa imposible, manipulados por fuerzas mundiales que los sobrepasaban y que no comprendían. 

Muchos jóvenes se perdieron, se sacrificaron, se malograron, enloquecieron, suicidaron, murieron, fueron ejecutados y triturados causando el llanto de los progenitores como en las tragedias griegas. El choque fue frontal entre padres e hijos, entre autoridades e instituciones y las nuevas generaciones, como siempre ocurre en los intersticios de las épocas conflictivas que surgen tras relativos tiempos de estabilidad. La guerra vivida y sufrida por los mayores en los años 40 y 50, cuyo punto crucial fue el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el Bogotazo de 1948, aplastaba simbólicamente los destinos de los jóvenes y la historia volvía a repetirse. Los viejos líderes políticos que polarizaron el país con sus discursos incendiarios y causaron esa guerra seguían como fantasmas o vampiros chupando desde ultratumba el alma de las nuevas generaciones.   

En  Las rutas de Ifigenia orienté el microscopio de la escritura a esas vidas en flor de ambos sexos que surgían al mundo en medio de esas máquinas trituradoras de culturas, costumbres e instituciones, cuando unos querían el rock, salsa, droga y fiesta y otros la revolución y cuando llegaban a la ciudad todas las tentaciones en el marco del los primeros Festivales de teatro universitario, a los que asistieron figuras como Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias y Ernesto Sábato, entre otras vacas sagradas de la literatura latinoamericana y el teatro mundial.

Uno siempre vuelve a la adolescencia y a la ciudad natal como los insectos que vuelan en torno al foco de luz a riesgo de quemarse. Antes había escrito Tierra de leones (1983), sobre el periplo imaginario de Leonardo Quijano, loco esencial de Manizales, malogrado en otros tiempos de conflicto, a la que siguió Bulevar de los héroes (1986), inspirada en parte en la vida imaginaria de otro destino malogrado, el pantagruélico médico Tulio Bayer, quien murió en el exilio en París, y luego El viaje triunfal (1993), sobre el periplo de un poeta imaginario modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Utrillo, quien después de dar la vuelta al mundo en la primera mitad del siglo XX regresaba a morir en la ciudad en los tiempos del nadaísmo. 

Con Tequila coxis (2003) me sumergí para variar en el vientre de la Ciudad de México, donde viví mas de tres lustros, a través de la busqueda de un joven que va tras los rastros de su madre, una malograda actriz colombiana de los tiempos del cine de oro mexicano, pero con Las rutas de Ifigenia vuelvo a mi ciudad natal nombrándola con su propio nombre y con sus cines, cafés, calles, parques, patios, lluvias, nieblas, montes, flores, monumentos, personajes y figuras de su tiempo. 

Como decía Julio Cortazar sobre el arte del cuento, escribir una historia es como lanzar una liebre en un estadio y con los ojos vendados tratar después de rescatarla. Cuando uno llega al final y al fin atrapa al animal éste ya no es la misma liebre del comienzo, es otra cosa. Por eso la escritura de una novela es un reto terrible y destructor, desestabilizador, pero al fin de cuentas maravilloso si algun día uno logra liberarse de ella, dejándola atrás para siempre como un objeto desconocido.  
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Presentación de Las rutas de Ifigenia el martes 4 de junio en la librería Luvina de Bogotá a las 6 PM por Felipe Agudelo Tenorio y Fabio Jurado Valencia.
 

martes, 21 de mayo de 2019

OCTAVIO PAZ ENTRE LA TRADICIÓN Y LA REBELDÍA

Por Eduardo García Aguilar

Durante más de medio siglo y a medida que se acercaba el fin del milenio entre severos cambios, rupturas y fracturas inesperadas en las placas tectónicas de la política, la cultura y la sociedad mundiales, Octavio Paz (1914-1998) fue el oficiante sin fin de un gigantesco “banquete tántrico” de ideas, como dijo el hispano-árabe Juan Goytisolo. Presente a lo largo del siglo en todas aventuras literarias y del pensamiento, recorrió con lucidez el laberinto de su tiempo, atento a devorar el pasado y el presente, lo ocurrido o por ocurrir, el aquí y el allá, y listo a explorar conexiones inéditas al interior del yacimiento cultural de nuestro tiempo. 
En lo que respecta a América Latina, su inabarcable obra ensayística contribuyó en particular a pensar en México, y en lo general a descifrar los engranajes de América Latina con el mundo, como “extremo Occidente” que es, para usar las palabras utilizadas por los franceses Valery Larbaud y Alain Rouquié. Enseñados a ser raros, folclóricos, animistas, bárbaros, pintorescos, los latinoamericanos, con Paz, quien fue fruto a su vez de una tradición ya iniciada con Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges, logramos llegar por fin a ese banquete de las ideas: podemos ahora pensarnos, mirarnos al espejo, situarnos dentro del engranaje. Con la alegría de la palabra, nos ofreció medio siglo de inquietud incesante, sin tregua, en torno a todo: la sociedad, la pintura, las pirámides, el dictador, la poesía, el cuerpo, India, México, Estados Unidos, el totalitarismo, la escultura, el color, el barroco, Rubén Darío, Fernando Pessoa, la tradición, la traducción, el marxismo, Marcel Duchamp, Europa del Este o la URSS, las nuevas expresiones plásticas, el juego, la televisión, los satélites, la luna, el erotismo. 
Animal devorador, pantagruélico, irritante, fue ejemplo en un continente donde estábamos acostumbrados a la autocomplacencia heroica, el falso nacionalismo y en especial en poner máscaras de maravilla sobre el amplio panorama del desastre. Eterno adolescente incómodo, opinó sin temor a equivocarse y errar y buscó claridad y coherencia allí donde solo existía el intolerante grito ciego de falsos mesianismos. Sus ensayos fueron pequeñas catedrales de preguntas, devaneos; certeras disecciones que alumbraban las zonas ocultas que tocaban. 
Guillermo Sucre dice que Paz “nos curó de la rareza crónica con la que se ha querido revestir a nuestra literatura, al limpiar la vivencia y la percepción que tenemos de ella” y “desbloqueó el enconado monólogo con nuestra ya un poco tramposa originalidad y la convirtió en un diálogo más verdadero con el mundo”. A la actitud reverencial y provinciana ante la “cultura”, buscó saber no como adorno sino como transformación o pregunta. Captó así las huellas indígenas e hispanoárabes que cruzan las rocas del hoy latinoamericano, mezcladas a los abismos piramidales, a los retorcidos altares, a las guillotinas jacobinas, o marxistas, a los signos de la modernidad en rotación, a la voz de Sor Juana entre los hilos de la información mundializada. Su testimonio rompió las barreras de los géneros literarios y, como dijo Goytisolo, “nos brinda el mejor ejemplo de una obra que desborda y cubre las formas literarias canonizadas y postula una incitante concepción del texto como dinámica pluralidad de lecturas”. Pero tal vez lo más importante de su cruzada fue la defensa a capa y espada de lo que era fundamental para él: la poesía, con cuya desaparición, dijo, “regresaríamos al caos original”. Por muy sugerente y revelador que sea el demencial cuerpo de su obra ensayística, su poesía desde la década de los 30 del siglo pasado en adelante es su más certero ejemplo de búsqueda: reflexión sobre el poema y poema mismo recorrieron los caminos del cambio, del buscar. 
Libertad bajo palabra, Piedra de sol, Pasado en claro, Ladera Este, Blanco, Nocturno de San Ildefonso, Soliloquio de medianoche, Perpetua encarnada, Mariposa de obsidiana, Vuelta, Árbol adentro, son testimonios de ese recorrido de más de medio siglo por las concavidades de esa revelación que piensa creándose y que no está nunca satisfecha con su luz hallada. Luz oscuridad, cuerpo no cuerpo, sombra cuerpo, pasos y sonido de los pasos: secreto doble de una aventura inédita en las letras del continente, la poesía de Paz propone una extraña música: la música del cuerpo, tal vez adivinada durante sus años de Oriente. Una música de y para el cuerpo y el amor, pues “sobre tu cuerpo en sombra, estoy como una lámpara”, dijo en su poema El día de Udaipur.

Una música que entró en sus silencios la tarde del 20 de abril de 1998, cuando la negra y elegante carroza de la agencia de pompas fúnebres Gayosso abandonó el Palacio de Bellas artes bajo la canícula, con su cuerpo adentro. Desde el balcón del noveno piso de la legendaria Torre Latinoamericana vi cómo giró el cortejo por el Eje Lázaro Cárdenas mientras miles de automovilistas protestaban con sus bocinas por el corte del flujo vehicular. Todos esos miles de automovilistas del progreso lo despedían, sin saber, con la furia de sus pitos. 

Después el cortejo viró por la calle Hidalgo hacia la calzada de Tacuba, por donde Cortés y sus huestes huyeron derrotadas por los aztecas en 1519, hace casi medio milenio. Y en la soledad, en el laberinto de su soledad, el poeta recorrió la misma ruta de Cortés hacia el panteón donde sería incinerado. Desde la azul Torre Latinoamericana comprendí que si el siglo XIX mexicano tardó una década en concluir, ahora asistíamos al prematuro fin del siglo XX mexicano.

Como colombiano, de la misma nacionalidad de Barba Jacob, Jorge Zalamea, García Márquez, Mutis y otros que pasaron en México largos años de sus vidas exiliadas, comprendí la profunda fortuna de haber vivido más de tres lustros en los últimos años mexicanos de Paz y de haber aprendido tanto de él a través de una lectura permanente, porque no hubo un solo día en que no estuviera presente de alguna forma, con un poema, un diálogo en televisión, una irritante declaración política, un exabrupto mundial, una encolerizada e injusta respuesta a algún contradictor sin poder, un lúcido ensayo sobre cualquier asunto del mundo, desde las pirámides hasta los satélites cósmicos. 

Lo odiábamos y lo amábamos tal y como nos espanta y nos emociona la figura pétrea de la hórrida diosa Coatlicue, la de la falda de serpientes. Paz representaba las profundas contradicciones de su país, entrevistas con gran lucidez por Malcolm Lowry en su gran novela Bajo el volcán. Paz era, como el México profundo, un país de velos, impenetrable, cambiante, inasible, incomprensible, vasto, retorcido, diáfano, acomplejado y arrogante, generoso y mezquino, autoritario y dialogante, abierto y cerrado al mundo, cruel y tierno a la vez.

Quienes vivimos en México en esos años sabemos que por su hiperactividad era un joven insaciable de su época. Ahora que muchos autores susurran para no molestar a los poderosos y se forman en fila para recibir las prebendas del Estado, premios, becas, honores, grados honoríficos y aplausos en serie, cuando poetas, novelistas, y ensayistas miden sus palabras para no incomodar a los poderosos y no molestar a jurados, academias y editores, Paz hace mucha falta. 

Fue siempre irritante como un joven eterno y pienso que con esa actitud siguió el ejemplo de Sócrates, Goethe, Voltaire, Johnson, Hugo, Sartre, Malraux, fieles a la verdadera función del intelectual y el poeta de todos los tiempos. Molestar, azuzar, inquietar, irritar, no callar, no agachar la cerviz, mirar desde alturas insospechadas. Paz, ese Zeus o esa Coatlicue que ya no está con nosotros, fue ejemplo magistral de lo que un escritor debe ser: un adolescente rabioso, un inmaduro eterno que no mide las consecuencias de lo que dice y enciende a sus pueblos o regiones con reflexiones e inquietudes permanentes. En vez de trasegar por rutas conocidas, el escritor por el que abogaba Paz debe buscar siempre nuevos caminos contra la corriente, entre la tradición y la rebeldía.



domingo, 13 de enero de 2019

EL EJEMPLO DE JOSEPH CONRAD

Por Eduardo García Aguilar
Joseph Conrad dice que debe a su amigo Edward Garnett el haber proseguido en su magnífica carrera literaria después de la publicación de su primera novela La locura de   Almayer en 1895, a la edad a los 38 años. Basado en sus experiencias como marino por el mundo, decide continuar explorando las vidas cruzadas y escribe Un paria de las islas (1896), a la que siguen El corazón de las tinieblas (1899), El negro del Narciso (1897), Lord Jim (1899), Nostromo (1904) y muchas otras que escribe hasta su muerte el 3 de agosto de 1924.
Garnett fue su primer amigo del mundo literario, pues hasta entonces había compartido con los compañeros de los barcos, que tan bien describe con lucidez en el Espejo del Mar, uno de sus más bellos libros, tratado filosófico del viaje sobre la inmensidad cóncava de los océanos. Dice que caminaban por Londres y ante las dudas de Conrad sobre si continuar o no escribiendo novelas, éste le dice que por qué no "escribir otra", en un tono liviano, lejos de las cargas y las culpas.
"Usted tiene el estilo, el temperamento, ¿porqué no escribir otra?, le dice el amigo en alguna esquina de Londres mientras caminaban y a las once de la noche, cuando regresa a casa, escribe la primera página de su nueva novela. El paria de las islas es escrita sin grandes dudas, a diferencia de otras historias que fueron comenzadas y abandonadas por largos periodos y a veces al parecer definitivamente para retornar finalmente a ellas. 
Conrad dice que la historia de Willems, el personaje abandonado en una isla, es la más tropical de todas sus obras, pero que durante su escritura requirió para escribirla más de imaginación que de afecto por ella, con lo que toca un punto clave para quienes alguna vez han sufrido el suplicio de escribir novelas. Se ha dicho que para escribir novelas, a diferencia de la poesía, se requiere un 5% de talento nada más y 95% de trabajo. Como ocurrió con Conrad, el destino de un novelista pende de un hilo frágil porque el motor fundamental de su trabajo es la voluntad en la factura de bloques de largo aliento que requieren por lo regular años de inicios y rechazos, como si el embrión fuera un monstruo instalado en el vientre del escritor que es necesario expulsar.
Los autores de novelas crean esos primeros embriones, pero en el proceso sienten náuseas por ellos y deseos de no continuar en la tarea pues les causa repugnancia la historia, el tono, el ángulo, el punto de vista o eso que llaman estilo. A medida que avanza en la escritura de su obra, el novelista experimenta crisis sucesivas cuando llega a las 30, 70 o 120 páginas de un texto que en cualquier momento puede ser lanzado al tacho de basura.
Y de pronto hay una luz cuando la masa crece y logra vencer la fuerza de gravedad del descreimiento, lo que ocurre cuando por fin, después de años de trabajos y abandonos logra concretar una primera versión de la historia, que es solo la primera etapa de un nuevo proceso de versiones que van y vienen y al final terminan por saturar a quienes las escriben, hasta el punto de ya no están en condiciones de tener un criterio claro sobre lo producido.
Muchos autores de novelas quemaron alguna vez sus manuscritos cuando no existían los ordenadores y memorias virtuales. Y hay que creer en sus versiones porque la duda los asalta siempre hasta el final, como ocurrió con el forastero polaco que adoptó el inglés como su lengua de escritura. A veces conversar con un amigo o confiar en un editor milagroso ayuda a llegar al punto de no retorno, cuando el novelista pone un punto final definitivo y se deshace del manuscrito para que pase a las letras de molde.
Cuando llegan las pruebas, el autor sabe que el monstruo ha muerto por fin y que de ahora en adelante la historia quedará congelada en un tiempo sin tiempo, como en un bloque de hielo del Ártico o el Antártico y que la obra ya no le pertenecerá ya nunca más. Liberado al fin de la enfermedad, podrá entonces volver como Sísifo a cargar la piedra por las lomas de la montaña y comenzar de nuevo en un eterno retorno.
Cada una de las obras de Joseph Conrad nos sacude y nos marca para siempre. Afortunado él que desde muy temprano experimentó el misterio de ser un forastero permanente que viajó por los mares y llegó a los puertos más alejados del mundo para ser testigo de las historias más terribles, penetrando en el alma de los humanos y sus derivas, codicias, guerras y traiciones.
Solo en su camarote en las largas noches del mar nocturno, sentado en cubierta frente a una mesa donde humea el té o brilla el corazón del vino, enfrentando tifones y amenazas, penurias,  quiebras, abandonos, reconociendo paraísos y esplendores, tráficos innombrables y delitos inconfesables, el profesional del mar captó la verdad humana en esos viajes sin fin que nutrieron su imaginación. El globo terráqueo fue su vivienda y el firmamento nublado o estrellado el único recurso posible para imaginar una salida de la trampa de la vida. Conrad es y será el hermano mayor de los novelistas, esos mártires que naufragan y son expulsados por la ballena en las playas del tiempo.  

lunes, 7 de enero de 2019

LA JUVENTUD PERMANENTE DE HÉCTOR SÁNCHEZ

Por Eduardo García Aguilar
Después del fallecimiento reciente de Alonso Aristizábal y Roberto Burgos Cantor, se ha ido en la pasada Navidad otro gran autor colombiano de la generación postmacondiana de los nacidos en la década de los 40 del siglo pasado, el tolimense Héctor Sánchez (1940-2018), oriundo del Guamo y quien residió largas temporadas en México, Argentina y España, lugares donde publicó la mayor parte de su obra. Tuve la fortuna de verlo y conversar largo con él en la Feria del libro de Bogotá en abril del 2017. El reencuentro se dio con toda la naturalidad y nos escapamos del bullicio de la feria con otro amigo suyo a almorzar en un amplio restaurante situado en uno de los edificios de Corferias. Al calor del vino y la buena mesa, Sánchez desplegó esa cordialidad impar que lo caracterizaba e hicimos un recorrido amplio de las cosas vividas y leídas. 
A él lo vi por primera vez en Barcelona en 1976, ciudad donde trabajaba en el próspero mundo editorial e incluso televisivo, cuando la llamada ciudad condal era el centro literario de Hispanoamérica. En ella residían otros autores colombianos de su generación también ya desaparecidos como Óscar Collazos, Miguel de Francisco y R.H Moreno-Durán, así como Luis Fayad y Ricardo Cano Gaviria, y otros más jóvenes de la generación posterior como Sonia Truque y Manuel Giraldo Magil. Y en la calle Caponeta del lujoso barrio de Sarria vivía Gabriel García Márquez, que se había trasladado allí para escribir El otoño del patriarca y tomar distancia de México, a donde regresó después para quedarse hasta siempre.Los escritores jóvenes acudíamos a Barcelona para sentir la efervescencia del boom latinoamericano lanzado por la agente literaria Carmen Balcells y estar cerca de muchas de las glorias literarias de la literatura escrita en castellano y degustar en las librerías de las Ramblas la aparición incesante de novedades. García Márquez en plena gloria era una especie de demiurgo celestial al que pocos tenían acceso, salvo Collazos y Sánchez, y los que apenas estábamos en nuestros primeros veintes y emprendíamos la aventura literaria antes de publicar nuestros primeros libros, no nos quedaba más remedio que imaginar al maestro en su olimpo de gloria, rodeado de las exquisitas estrellas mediáticas de la llamada izquierda divina catalana. 
Collazos y Sánchez eran las dos estrellas colombianas jóvenes del momento. Óscar vivió en París el mayo del 68 y con su prestigio de seductor proveniente del Valle y de Cali, era ya famoso por sus aventuras o relaciones con escritoras y editoras famosas, entre ellas una que llegó a obtener el Premio Nobel en este siglo XXI. Collazos había polemizado por lo alto con Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa y desempeñado ya un importante papel editorial en Casas de Las Américas de la Cuba revolucionaria que estaba de moda y aun no se había convertido en una larga y gris dictadura.
Por su lado Sánchez ya había vivido y publicado en México en la prestigiosa editorial Joaquín Mortiz y a su vez tenía la aureola de haber tenido aventuras y amoríos famosos, entre ellos uno con una diva en cuya casa el Che Guevara y Fidel Castro fraguaron los primeros pasos de la revolución, antes de viajar en el famoso barco Granma. En el México de los 60 Sánchez fue muy cercano a Álvaro Mutis y a García Márquez, o sea que junto con Óscar Collazos pertenecían al club de los cercanos al olimpo. Ambos por fortuna nunca perdieron la cabeza y a lo largo de sus vidas fueron generosos amigos y nunca olvidaron sus orígenes populares.

Héctor Sánchez se inició con Cada viga en su ojo en 1967, ganó luego el Premio Esso de novela en 1969 con Las causas supremas y publicó entre otras obras Las maniobras (1969), Los desheredados (1973), Entre ruinas (1987), finalista del Premio Rómulo Gallegos, y Mis noches en casa de María Antonia (2017). 

Veo a Héctor Sánchez en esos veranos barceloneses sentado a la mesa, bronceado, con las vestimentas modernas que siempre lo caracterizaron, departiendo con escritores más jóvenes a quienes ayudaba a buscar trabajo e incluso hospedaba cuando se quedaban sin casa, tal y como lo relata Magil. A él lo veíamos siempre como a un hermano mayor en esta aventura literaria, cuando aun no sabíamos que Colombia se hundiría poco a poco en oleadas cíclicas de horrores sin nombre que borraron poco a poco la luz artística que reinó en aquellos tiempos de esperanza y fervor cultural marcados por la revista Eco y la emergencia de una generación apasionada de escritores conectados con las letras modernas del mundo. 

Todo ese escenario prodigioso de los escritores colombianos de Barcelona se desmoronó poco a poco. Las puertas editoriales se fueron cerrando y casi todos regresaron a la boca del lobo de Colombia, donde terminaron sus días olvidados por un país donde la cultura de los narcos y los paramilitares terminó por devorarlo todo e incluso hasta la literatura. 

En nuestra conversación bogotana lo expresaba con total lucidez y sentido del humor. Tanto él como otros muchos excelentes autores colombianos de su generación vivieron sus últimos años en un exilio interior, pero a diferencia de otros que pudieron o pueden sentir decepción, rabia o amargura por el hielo de la patria colombiana madrastra donde la vulgaridad y la ignorancia arrasan con todos los poderes y las instituciones, donde solo se intercambian anatemas e insultos proferidos por fanáticos de uno u otro bando, donde el arribismo y el bling blig del oro corrupto es el objetivo nacional, Héctor estuvo hasta el final animado por una cálida luz interior, como si fuera un santo iluminado con su sonrisa a flor de piel y un sentido del humor a toda prueba. Un caballero, diría su amiga la cantante tolimense Olga Valkyria. 

Héctor Sánchez se ha ido, pero sus obras están para leer en las bellas ediciones de la editorial Pijao, encabezada desde hace medio siglo por los quijotescos hermanos Pardo, Carlos Orlando y Jorge Eliécer, quienes fueron con Benhur Sánchez y otros allegados sus más cercanos amigos en el retiro de Ibagué y quienes crearon para él un pequeño olimpo literario activo y caluroso en su tierra natal. El gentleman Héctor Sánchez seguía siendo el exitoso joven de siempre y nadie al verlo hace poco podía imaginar que ya se estaba acercando a la venerable edad de los 80, cuando los más sabios saben que se encuentran más allá del bien y del mal.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 6 de enero de 2018.


viernes, 28 de diciembre de 2018

LA BODA CHINA DE HOUELLEBECQ

Por Eduardo García Aguilar
Michel Houellebecq es el escritor francés contemporáneo más exitoso y cercano a la farándula, pese a que su obra es irreverente como pocas y ha cimbrado el establecimiento literario con cada novedad. Después de la aparición hace casi ya cuatro años de Sumisión, una novela que imagina a una Francia dominada por los islamistas y cuyo lanzamiento coincidió con el terrible atentado contra la revista Charlie Hebdo, anuncia para enero su nueva novela Serotonina, sobre el tema del amor y el deseo, marcados por esa sustancia corporal.
Y como era de esperarse, Houellebecq se ha anticipado a la salida de su obra con el espectáculo de su boda reciente con una china de Shangái, Qianyun Lysis Li, quien lo conoció cuando elaboraba una tesis sobre él. Ataviado con frac y sombrero tirolés, el personaje salió de la alcaldía del barrio XIII en la Plaza de Italia del brazo de su joven y misteriosa consorte, y después celebró una recepción en la que estuvieron presentes muy conocidos personajes de la farándula parisina como la cantante Carla Bruni, exprimera dama de Francia.
Houllebecq saltó a la fama con Las partículas elementales, una obra excelente donde cuenta las desgracias de su alter ego, un infeliz, desgarbado, feo, tímido y fracasado muchacho aplastado por la figura de sus padres hippies e irresponsables que lo concibieron en 1958 y le hicieron vivir una infancia solitaria y atroz.
El autor ha cultivado una figura infame que es lo contrario de lo exigido en este mundo de estrellas y glamour cinematográfico. Es algo jorobado, mueco, pierde su caja de dientes con frecuencia en las fiestas, su cabello hirsuto, la nariz aguda de garfio y las vestimentas amplias y arrugadas de colores horrendos le dan la apariencia de un viejo indigente destrozado por el alcohol, el hambre y la droga.
Como buen experto en marketing, Houellebecq siempre ha acentuado tal imagen de hombre desgraciado e infeliz al acercarse la salida de cada uno de sus libros. Con esa apariencia se presenta en los programas de televisión o posa para los fotógrafos de las revistas o los periódicos para ilustrar sus declaraciones, siempre lúcidas y atinadas.
La imagen suya es una mezcla del viejo Paul Léautaud, ensayista y diarista conocido en la primera mitad del siglo XX, y del genial novelista Louis Ferdinand Céline. De Léautaud cultiva los sombreros de espantajo y el descuido facial y de Céline la apariencia fracasada que llevó hasta su muerte después de que cayó en desgracia por apoyar a los nazis y la invasión de su país. 
Nada en su vida anterior indicaba que Houellebecq saltaría a la fama y a convertirse en el más prestigioso escritor francés actual, incluso más que los dos Premios Nobel vivos Jean Marie Le Clézio y Patrick Modiano, pertenecientes ambos a una generación anterior. Con estudios mediocres de agronomía, el autor era un burócrata de bajo sueldo que completaba su fines de mes publicando artículos en algunas revistas literarias.  
Sin éxito con las mujeres, depresivo y tímido como sus personajes, Houellebecq hubiera podido pasar sin pena ni gloria después de la publicación de sus primeros libros, como otros miles de autores de este país donde cada temporada se publican al menos 1.500 novelas nuevas. Pero al relatar las penas de su generación y describir con cinismo la farsa del mundo contemporáneo con sus miedos y fantasmas conquistó al público y a la crítica. Pocos habían demolido de esa manera y desde su literatura a sus padres y a la generación de los revolucionarios progresistas surgidos de mayo de 1968, discípulos de Jean Paul Sartre Sartre y el Che Guevara.
Gran lector, conocedor profundo de la literatura y la historia de su país, exquisito estilista, Houlllebecq se convirtió en el ícono de quienes detestan el progresismo revolucionario y abogan por un neoconservadurismo que proteja al país de la amenaza de las migraciones, el islamismo, la frivolidad farandulera y el derrumbe de la cultura tradicional francesa ancestral y blanca, aplastada por las expresiones de los suburbios y el comunitarismo de los ghettos que se niegan a adaptarse y conservan de manera aislada sus propias costumbres y creencias.
Esta vez Houllebecq, ya millonario, famoso, traducido a todas las lenguas, ganador del Goncourt y reconocido y aplaudido por todos, está muy feliz. El sexagenario se ha puesto el frac, ha embarnecido y sonríe al darle una flor a su esposa ante las cámaras fotográficas. El autor de otras novelas como La carta y el territorio y La posibilidad de una isla, así como de una original obra poética y varias películas, conciertos de rock y exposiciones, merece la felicidad. Con su nueva apariencia, Houellebecq nos muestra que la literatura también puede llevar a los escritores hacia un inesperado final feliz.
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Publicado el domingo 23 de diciembre de 2018 en La Patria. Manizales.  Colombia. 

domingo, 28 de octubre de 2018

LA FIESTA MEXICANA DE LOS MUERTOS

Por Eduardo García Aguilar
Por estas fechas dominadas por el Halloween anglosajón, en todo México y en las principales capitales del mundo donde las representaciones diplomáticas de ese país promocionan con entusiasmo actividades culturales relativas a esta costumbre excepcional, se hacen ya los preparativos para celebrar la fiesta de los muertos, que se hunde en la más profunda tradición prehispánica del inframundo indígena desde hace milenios y que tras la conquista española y la llegada del cristianismo, impuesto a sangre y fuego, se ha transmutado en la expresión de un fascinante sincretismo. 
Cuando llegué a México me sentí inmerso de inmediato en un mundo para mí nuevo donde pese a las invasiones española, francesa y estadounidense, la cultura prehispánica seguía viva tras múltiples máscaras y velos. El inmenso cuadro de La Virgen de Guadalupe, también llamada la Virgen morena, patrona y madre nacional, que según la leyenda se le apareció al indio Juan Diego, fue la solución encontrada por los clérigos hispanos para tratar de reconvertir la deidad femenina ancestral prehispánica en una aceptable virgen católica que medio milenio después moviliza cada año a decenas de millones de fieles.
Al visitar el templo de Cholula, cerca de Puebla y ver el tejido barroco abigarrado de miles de rostros de angelitos indígenas muertos esculpidos en las paredes y columnas y que culminaba en las alturas y en los ábsides con una pléyade de angelitos rubios, se comprendía de inmediato que las autoridades eclesiásticas no tuvieron más salida que dar libre vía a la imaginación de los artesanos locales en pleno siglo XVI, concretando así el sincretismo de ambos mundos. Para tratar de sanar la herida, los clérigos los dejaron representar en la iglesia los rostros de sus congéneres masacrados por las huestes de Hernán Cortés, culpable de un genocidio sin nombre. 


A diferencia de otras conquistas de potencias europeas en países del sur donde el exterminio de los indígenas fue casi total, en México los españoles encontraron verdaderas civilizaciones milenarias, con estado, príncipes y princesas, burocracia, religión oficial, escuela, ciencia, escritura, médicos, geómetras, arquitectos, poetas y chamanes, algunas de las cuales ya habían florecido y se habían extinguido centenares de años antes, como olmecas, toltecas, mayas, mixtecos y zapotecos, entre otras muchas culturas, que construyeron pirámides y templos ceremoniales gigantescos como los de Teotihuacán, Palenque, Chichen Itzá o Monte Albán. 
Los aztecas eran solo recientes y violentos advenedizos del norte que se habían instalado y a su vez creado una cultura sincrética basada en esas antiguas civilizaciones desaparecidas. En el enorme territorio vivían millones de individuos y con ellos los españoles decidieron construir una Nueva España en Tierra Firme con ciudades, palacios y catedrales más grandes y lujosas inclusive que las de su tierra original, como puede atestiguarse hoy cuando se visitan los centros históricos de la Ciudad de México, Zacatecas, Oaxaca, Puebla, Querétaro y Morelia, etcétera. Por su potencia demográfica, ni con las enfermedades ni con las armas los españoles pudieron exterminar a todos los indígenas mexicanos, como sí ocurrió en otros lugares de América Latina o en Norteamérica, donde los caras pálidas los arrasaron y despojaron casi por completo.


En el México profundo de los pueblos y aldeas de los diversos estados de la Federación esa huella es profunda y en la actualidad los usos y costumbres milenarios están vivos y se perciben en la gastronomía, los textiles, las músicas, las danzas y las lenguas que practican. En esos pueblos decenas de fiestas prehispánicas han sido respetadas por los poderes de la colonia española y los posteriores, de manera que son una sucesión interminable de ágapes los celebrados por la población autóctona en honor a sus dioses y diosas y en homenaje a todo tipo de elementos como los astros, el agua, el fuego, la lluvia o el inframundo creador.
Entre esas fiestas, la de muertos es la más conocida y la que más ha fascinado a los visitantes externos, especialmente a cronistas, fotógrafos, cineastas y escritores de lo exótico. Todos los camposantos del país se abren el 1 y el 2 de noviembre, una noche para homenaje de los difuntos niños y el día y la noche siguiente para los muertos adultos y sobre las tumbas adornadas con lujo de detalles barrocos se instalan altares con las comidas, licores y otras preferencias de los seres queridos desaparecidos. 
Los cementerios se vuelven una fiesta desbordada e inolvidable. Músicos en todos los rincones, iluminación total de las tumbas por los medios posibles, incluso el traslado de plantas eléctricas, repartición gratuita de alimentos y licores, por lo que hacia el amanecer muchos de los asistentes salen ebrios. Toda la noche y parte de la madrugada la convivialidad es la regla alrededor de los manteles desplegados sobre las lápidas y el camposanto, lejos de ser un lugar tétrico como en el resto del mundo, se vuelve un sitio familiar y querido donde al fin y al cabo todos algún día iremos a parar. Las frutas y las flores, en especial el cempasúchil, abundan e inundan con su colorido el ámbito sagrado.


Vivir la fiesta de los muertos en cualquiera de los miles de pueblos mexicanos es una experiencia enriquecedora que nos reconcilia con la vida. Cada año, durante el tiempo que viví en México, asistí a alguna celebración en el lugar donde me encontrara y varias veces fui a Mixquic, pueblo cercano a la capital donde la fiesta ya se sale de los cementerios e inunda las calles hasta al amanecer con todo tipo de representaciones, disfraces, grupos de música, y expendios de todo tipo de exquisiteces, artesanías, calaveras de azúcar, ataúdes de chocolate y licores. Ahí la fiesta de los muertos es un himno a la vida y una invitación a disfrutarla. 
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* Publicado el domingo 28 de octubre de 2018 en el diario La Patria. Manizales. Colombia.

viernes, 26 de octubre de 2018

RELATOS DE LA VIDA EN EL ABISMO

@Hidiro
Por Eduardo García Aguilar
En todas partes hay escritores que surgen de sus propias ruinas y se izan a veces tardíamente hacia la literatura inspirados en autores de otros tiempos que se debatieron entre la vida y la muerte, la depresión, la droga, la deriva, el deseo de terminar de una vez por todas con la vida. Cuando pasan el precipicio y sobreviven a la autodestrucción, suelen inspirarse en sus propias historias para contar lo vivido sin necesidad de recurrir a la ficción.
Hace poco cayó en mis manos el libro Eva, de Simon Liberati, quien como tantos de su generación, devoró sus primeros años de juventud en los 70, 80 y 90 del siglo pasado en la rumba y el desenfreno de quienes agotaban la noche en las espléndidas discotescas parisinas de otros tiempos como el mítico Palace, sobre el cual ya se han escrito libros y se han inspirado novelas.
Así como en Nueva York la generación de Andy Warhol y la farándula rockera de esos tiempos se diviertía en el Estudio 54 y dormía en el Hotel Chelsea no lejos de Patti Smith, el Palace fue el epicentro de la diversión de una juventud dorada que no tenía límites. Allí en esos antros podían cruzarse con Yves Saint Laurent, modelos, estrellas de rock estadounidenses o londinenses de paso, mafiosos, play boys, millonarios, traficantes y vividores y mitómanos de toda laya.
Muchos de los protagonistas de esas noches interminables fueron atacados por todos los males, el principal de los cuales el sida, y se desgranaron hacia la muerte prematura aniquilados por el abuso de los estupefacientes, el insomnio como oficio, la depresión y los excesos sexuales. Larga es la lista de las novelas o testimonios escritos por muchos de los sobrevivientes, entre los cuales se destaca Virginie Despentes, autora de la saga Vernon Subutex y King Kong Theorie, entre otros libros de éxito generacional.
La gran moda hoy en la literatura francesa es contar su propia vida y mientras más trágica mejor. Esa moda surge desde que Catherine Millet escribió y logró hace lustros un éxito fenomenal con Catherine M, donde relataba miles de experiencias sexuales vividas en esos tiempos de desenfreno. Contar su propia vida, basarse en tragedias familiares, dramas y sufrimientos sexuales experimentados es la nueva y sólida tendencia literaria. Antes de que esta ola apareciera se solía escribir con seudónimo como en los tiempos de la Marquesa de O.
Así toda una serie de autores homosexuales dejaron el testimonio de su lucha contra el sida y la desaparición de sus seres amados, mientras otros como Christine Angot basa su obra en el trauma vivido del incesto, tema que la llevó al éxito desde 1999 y que aun sigue presente en sus libros. Angot y otros autores hombres y mujeres relatan en cada uno de sus libros su vida cotidiana, las peripecias de sus matrimonios o la sucesión de los amantes.
El mundo editorial comercial ha encontrado ahí una cantera excelente para lograr ganancias y esa tendencia se impone en las principales lenguas. En castellano, italiano, inglés, portugués, islandés, danés, alemán, sueco, proliferan las autoficciones que tanto gustan al lector voyerista. Unos cuentan el asesinato de su padre, otros el suicidio de un hijo, la enfermedad de un cónyuge, aquellos el secuestro, la cárcel, los maltratos sufridos en la familia, o los abusos en la infancia a manos de adultos. 
Virginie Despentes, quien ahora es jurado del premio Goncourt y tal vez algun día llegue a la Academia Francesa, fue violada y se prostituyó de joven, lo que contó en su primer libro de éxito. Edourd Louis, de 24 años de edad, logró hace poco un gran éxito y ha sido traducido a muchas lenguas con el libro donde cuenta una violación y su vida atormentada, convirtiéndose en otro ícono de la literatura LGTB.  
Simon Liberati logró el Premio Femina con una novela inspirada en la diva estadounidense Jane Mansfyeld, pero su libro más reconocido es Eva, inspirado en una historia de amor verdadera que en cierta forma salvó a los dos protagonistas. Hace unos años, en 2013, Simon se cruzó con la cineasta Eva Ionesco, que es una leyenda porque de niña fue usada por su madre para hacer fotografías eróticas góticas que tuvieron mucho éxito en los años 70 en todo el mundo, cuando hacer eso era aun posible y no se consideraba delito.
La fotógrafa, de la misma generación que el recién suicidado fotógrafo de adolescentes Hamilton, no solo hizo mucho dinero con los desnudos de su hija, sino que la prostituyó. La vida de la joven desde entonces dio muchas vueltas en el abismo y está marcada por varios intentos de suicidio. 
Simon trabajó durante mucho tiempo en revistas de farándula o haciendo guiones para ganarse la vida, pero en el fondo su deseo era escribir novelas y obtener un lugar en la literatura, aunque fuera menor. Cuando se encuentra con Eva en una cena, se considera un fracasado y también piensa en el suicidio.
El flechazo amoroso de estos dos condenados es una tabla de salvación y ambos, escépticos, descreidos, derrotados, deteriorados, deciden vivir a fondo la pasión amorosa ante las dudas de los amigos, lo que hasta ahora los salva. Liberati logra que Eva baje 15 kilos y vuelva a ser la bella de antes y él logra, al escribir la historia de su amor, uno de sus mejores éxitos. Y con el anticipo que le pagó el editor, le financió a Eva una operación estética del rostro.
Pero a diferencia de otros autores autobiográficos actuales, Liberati es un apasionado de la literatura, en especial de los autores preciosistas y decadentes de fin de siglo XIX y por eso su libro seduce por la calidad de su prosa y su pasión literaria. En su prosa hay estilo, recursos inusitados, fuerza. Es un canto contemporáneo de amor inusual y a la vez el relato de la tragedia de Eva Ionesco, quien demandó judicialmente a su malvada madre por abuso y no le perdona lo que hizo. 
Esta historia que nos lleva al mundo de los devorados por la vida y el tiempo, es por ahora un relato con final feliz, aunque el propio autor cuenta las tormentas terribles, las manías y neurosis que agitan a esta pareja que ahora aparece en las revistas de farándula recuperada y glamurosa, ella por las operaciones estéticas y la baja de peso y él por el éxito literario logrado al filo de la navaja. 
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* Foto de @Hidiro, tomada del sitio Lefoooding.com
* Eva, Simon Liberati (Stock – France. 2015. 278 páginas)