viernes, 23 de septiembre de 2022

VIAJE AL CORAZÓN DE MESOPOTAMIA


 

Por Eduardo García Aguilar

Traductor de la epopeya de Gilgamesh y el Código de Hammurabi al francés y uno de los grandes asiriólogos del mundo, Jean Bottéro (1914-2007)  es además un excelente escritor que cuenta con maestría la aventura de tres milenios de la civilización mesopotámica con una prosa de gran exactitud semántica, y además humana, sabrosa y pedagógica.

Por haberse negado a dar certificado histórico al libro sagrado Génesis, tuvo que renunciar a su sacerdocio y a la orden de los dominicos en 1950, pero no sin antes ser reconocido como autoridad por la Escuela bíblica de Jerusalén. Como laico, Bottéro trabajó décadas en el Centro Nacional de Investigación científica (CNRS) y en la Escuela Práctica de Altos Estudios de Francia, participó en múltiples excavaciones e investigaciones arqueológicas y se convirtio en uno de los más respetados especialistas en aquel mundo fascinante de cuyo imaginario la cultura occidental proviene en gran parte.

Su pasión por esos humanos que vivieron en la fértil región del Éufrates y el Tigris, en lo que hoy es el martirizado Irak, a veces dominada por Babilonia y otras por Nínive hasta su final en manos de Ciro en 539 antes de nuestra era, lo condujo a aprender las múltiples lenguas muertas en que hablaban y después a trabajar en el amplio acervo de medio millón de tabletas de arcilla con escritura cuneiforme, que eran los libros o los pergaminos de la época donde se cuenta la vida cotiana, ideología, mitos y leyendas, leyes, vida sexual y marital, las artes culinarias y agrícolas, la fabricación de la cerveza, bebida nacional, y las costumbres en general de esas poblaciones paganas politeístas.

En su libro Mesopotamia, la escritura, la razón y los dioses, que es apenas una de sus celebradas obras sobre el tema, Bottéro explica de manera minuciosa el origen de esa cultura en todos sus aspectos, especialmente en el que atañe a los dioses, que eran como un reflejo especular de las dinastías terrestres, con sus intrigas, tragedias, enfermedades y conflictos. Y a través de esas entidades míticas y reales se interna en las leyes tácitas que rigen todo tipo de actividades y en la cosmogonía y el relato de los orígenes del mundo y del ser humano como tal, o antropogonía.

 
Bottéro nos revela el significado de esos milenarios textos poéticos que relatan los hechos de los dioses relacionados de manera intrincada con el viaje permanente de los astros, entre ellos los más visibles como el Sol, la Luna y Venus, cometas y constelaciones, así como los elementos, el agua, el fuego, el barro, el viento. De múltiples textos poéticos y narrativos destaca la coherencia de aquellos escribas en su tarea de imaginar cosmogonías y antropogonías precisas y funcionales para regir el comportamiento de los individuos en la sociedad, así como su relación con los dioses, comandados por una curiosa trilogía compuesta por el ancestral padre fundador, el hijo gobernante y un sabio espíritu especial de una gran capacidad intelectual, estratégica y técnica, que asesora y guía en todos los asuntos al soberano tanto en los cielos como en la tierra.

En ese viaje y desciframiento de las tabletas realizado por Bottéro y muchos otros asiriólogos del siglo XX, descubrimos por ejemplo que el relato bíblico del Arca de Noé se remonta milenios a atrás como fruto del ingenio imaginario babilónico. Una rebelión de los dioses menores obligados a trabajar para mantener a los superiores conduce a la creación de los humanos por consejo del espíritu sabio, para que se encarguen ellos de las tareas y los oficios, pero su rápida proliferación y el ruido y caos que generan molestan a la deidad principal, que decide disminuirlos primero con enfermedades, pestes o catástrofes, métodos infructuosos que la llevan a planificar su exterminio definitivo por medio del diluvio total. 

Pero gracias a la astucia de algunos de los dioses del panteón que no estaban de acuerdo con la medida, se logra comunicar esos designios secretos a una familia que finalmente viaja en el Arca cargada de fauna y flora, salvando así a la humanidad de su desaparición. Descubrimos así el ingenio del realismo mágico de los escritores de aquella civilización, escribas y letrados que concibieron esas historias y las dejaron para siempre impresas en las tabletas cuneiformes.
 
Autor entre otros libros de La religión babilónica, La epopeya y la creación y Babilonia y la Biblia, Jean Bottéro es uno de esos sabios increíbles que dedicaron su vida a abrir ventanas allí donde hasta hace siglo y medio había un inmenso silencio rodeado de ruinas monumentales. Y esa ventana se abre a través de Mesopotamia a las decenas de miles de años de la vida humana anterior, de la que tenemos rastros como el arte parietal, aunque no mensajes directos escritos como sí se dio en Mesopotamia y Egipto.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 25 de septiembre de 2022.
* Fotos: Jean Bottéro y el Código de Hammurabi.





 


 

sábado, 17 de septiembre de 2022

MUJERES OCULTAS EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA




Por Eduardo García Aguilar

Las escritoras fueron desdeñadas durante el auge del llamado "boom" de la literatura latinoamericana y solo ahora en diversos países comienza a recuperarse del ocultamiento las obras de muchas de ellas. Cuando el club ultramachista de la literatura latinoamericana reinaba desde Barcelona, comandado por la gran matriarca Carmen Balcells, casi todas las mujeres que escribían y publicaban entonces alrededor de la corte de los poderosos patriarcas eran toleradas solo como personajes folclóricos.

A la gran novelista colombiana Alba Lucía Ángel (1939), autora de Estaba la pájara pinta estaba sentada en un verde limón, se le consideraba más como una cantante que amenizaba los ágapes de sus amigos del boom, entre ellos el argentino Julio Cortázar, quien acuñó el término de lector "hembra", o sea al que le gustan las lecturas fáciles. Ángel, que después de vivir décadas en Europa, regresó a Colombia, ha sido recuperada por varias universidades y mujeres de las nuevas generaciones que encuentran en ella un modelo a seguir. Como ella, también la indomable Fanny Buitrago (1943) es otra de las más notables autores latinoamericanas que comienza a ser publicada de nuevo y seguida por un atento público lector que saludó desde su juventud su talento precoz. Entre sus obras figuran El hostigante verano de los dioses y Los pañamanes.

Otra escritora destacable fue Helena Araújo (1934-2015), autora de Fiesta en Teusaquillo y Las cuitas de Carlota, donde cuestionaba el tradicional mundo bogotano y las costumbres sociales de la élite, cuando el divorcio era casi considerado un delito. Araújo se exilió en Suiza y a lo largo de su vida desempeñó un gran papel como profesora y ensayista y lúcida y a veces excéntrica participante en coloquios.
 
Para seguir en el campo de la narrativa colombiana habría que destacar a la barranquillera Marvel Moreno (1939-1995), autora de En diciembre llegaban las brisas y Algo feo en la vida de una señora bien, quien estuvo cerca al círculo del boom, pero nunca fue tomada en serio. Incluso décadas después de muerta  tuvo que organizarse un movimiento de mujeres que exigió la publicación de su última novela, El tiempo de las amazonas, considerada por su familia y su ex primer marido como una obra menor impublicable.

Otra narradora, periodista, activista literaria y política fue la liberal Flor Romero de Nohra (1933-2018), autora de Los triquitraques del trópico, quien pese a publicar en importantes editoriales españolas fue desdeñada hasta el final. En pleno auge del boom, fui testigo de ese desdén y ella, como muchas otras autoras contemporáneas de los grandes patriarcas, parecía invisible.

Elisa Mújica (1918-2003,) autora de las novelas Catalina y Bogotá en las nubes, fue una escritora de gran inteligencia, talento y seriedad como ensayista e investigadora, y su obra comienza a ser de nuevo rescatada y estudiada por las nuevas generaciones. Igual destino experimentaron en cierta forma poetas que como Meira del Mar (1922-2009) y Maruja Vieira (1922) tuvieron que cruzar el siglo XXI para que suscitaran de nuevo la atención de los lectores. En ese mundo dominado por los piedracielistas, otro club supermasculino, ellas solo fueron toleradas y tal vez tratadas con cortesía, pero en medio del desdén.

Me he referido solo a algunas autoras colombianas ocultas del siglo XX. Lo mismo ocurrió en otros países del continente, donde como en México el reino de los grandes patriarcas fue total, con figuras como Octavio Paz, Carlos Fuentes y otros que vívían la literatura como una competencia implacable. En ese país se ha venido revalorizando la obra de la gran narradora Elena Garro (1916-1998), ex esposa de Paz, que fue condenada al olvido y murió en el ostracismo y la pobreza meses después del fallecimiento del Premio Nobel autor del Laberinto de la soledad.

La gran novela de Garro, los Recuerdos del porvenir, publicada en 1963 y ganadora del Premio Villaurrutia, es una obra notable del realismo mágico de antes de la aparición de Cien años de soledad, pero no tuvo sitio en ese estricto canon patriarcal. Junto a la de Garro, se rescatan ahora las obras de Rosario Castellanos (1925-1974), Inés Arrendondo (1928-1989)  y Amparo Dávila (1929-2020), entre otras.

Muchas sorpresas saldrían si se hiciera el mismo rastreo de la literatura escrita por mujeres en otros países latinoamericanos en el siglo pasado y ojalá esa tarea sea apoyada por las universidades, instituciones culturales y editoriales para que por fin podamos decir adiós a la era dominada por el universo de Macondo, comandado por Aureliano y Jose Arcadio Buendía y los personajes emblemáticos de El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada y Memoria de mis putras tristes. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de septiembre de 2022
* En su orden de arriba a abajo, las fotos de Helena Araújo, Flor Romero y Marvel Moreno.


sábado, 10 de septiembre de 2022

BOSQUE Y JARDÍN BOTÁNICO EN PALESTINA

Por Eduardo García Aguilar

Conozco desde la infancia las zonas cercanas a donde se construiría el famoso aeropuerto de Aerocafé, pues siempre en vacaciones solía quedarme en Chinchiná en la casa de mi tía Amanda y mis primos y recorría esos territorios en paseos, caminatas, excursiones, percibiéndolos siempre como un rincón de un paraíso de la naturaleza donde a veces en la noche se veían los fuegos fatuos emerger de las guacas quimbayas. También desde Manizales solíamos de niños hacer excursiones escolares a Cambía y otros lugares de la región bañada por el río Cauca y se pasaba por donde ahora en vez de montaña y aves hay un desolado terraplén sin árboles ni animales como una herida abierta.

Más tarde he pasado tiempo en predios de amigos o familiares alrededor de la carretera que lleva a Palestina, Arauca y al río Cauca, poblados por pequeñas fincas cafeteras y una vegetación desbordante cuyos aromas causan una ebriedad sin nombre y le recuerdan a uno lo que significa de verdad la palabra terruño. Y desde las alturas de Chipre o del barrio La Francia en Manizales observaba desde otro ángulo esas zonas verdes, bañadas a veces por los aguaceros o los rayos del sol que cruzan nubes.   

En muchos de esos viajes por esa carretera que va hacia el río Cauca o por caminos vecinales solía detenerme a la vera del camino con amigos o familiares a escuchar el sonido de los grillos y otros insectos, el canto de los pájaros o aspirar el perfume de la vegetación mecida por el viento o la lluvia. Es la forma esencial de saber que esa es la tierra y la vegetación de todos los habitantes de la región cafetera, un clima templado sobre territorios con remansos, cuencas, repliegues que hasta ahora se han salvado en parte de la urbanización galopante.

Desde La Ceiba, al lado de la liofilizadora que expele aromáticas humaredas de café y del embalse cercano, he visto crecer a lo largo de las décadas la amenaza de ese aeropuerto y poco a poco, los remansos de paz se han venido transformando de manera inquietante. Así he visto a fincas convertirse en condominios o edificaciones de cemento irrumpir sin plan alguno, deteriorando el paisaje ecológico, lo que presagia la catástrofe del cáncer urbano.

Algunos decían con entusiasmo que ya pronto veríamos aterrizar los enormes aviones del progreso en esa colina allá arriba y yo pensaba para mis adentros con temor que eso generaría en esas tierras un proceso acelerado de urbanización descontrolada en contravía con las tendencias mundiales de protección del medio ambiente, la naturaleza, los recursos acuíferos, el aire respirable. Porque allí donde se pueda salvar una montaña, un valle, un árbol, un riachuelo, vale la pena hacer el esfuerzo para conjurar el desastre.

Por eso en mis sueños utópicos pensaba que mejor que una gigantesca y ruidosa plancha de cemento en ese mirador de Palestina, marcada por el incesante revuelo de los aviones y la humareda dejada por los combustibles en los estacionamientos, era preferible que se implantara allí de nuevo el bosque y un jardín botánico para que regresen aves, insectos, pequeños mamíferos y la lluvia y la niebla.

Movimientos ecologistas en Francia y Alemania y otros países europeos han ganado batallas contra aeropuertos o zonas industriales planificados desde los tiempos del siglo pasado cuando el progreso y el avance de la humanidad eran sinónimo de cemento, autopistas, avenidas, rascacielos, urbes caóticas que devastan las cuencas acuíferas y ahuyentan la naturaleza. Las ciudades y los territorios se planificaron en el siglo XX para abrir paso al dios automóvil y a su poderosa industria, en detrimento del transporte colectivo. Se creía maravilloso y viable que los miles de millones de humanos tuvieran cada uno un vehículo para uso personal sin calibrar las consecuencias que esa locura tendría para el planeta. 

Y cuando ocurrió hace poco la reciente pandemia y cesó el tráfico aéreo en el mundo, descubrimos lo maravilloso que era un cielo azul despejado sin aviones. Parecía un sueño imposible, pero lo vimos durante esos aciagos años en que la humanidad estaba amenazada por el virus. En este siglo XXI poco a poco se toma conciencia de la necesidad de proteger el planeta de su suicidio dejando atrás concepciones de progreso y desarrollo equivocadas y obsoletas que encienden bosques e inundan países enteros. 

Es evidente e imperativo reducir el imperio del automóvil, el cemento y el avión, el reino de la gasolina y el carbón, dejar atrás los rascacielos y las avenidas que destruyen parques y barrios históricos. Por supuesto que es necesario evitar la destrucción de bosques y selvas y abogar para que las ciudades sean más verdes y humanas. Ahora que se incendia a pasos agigantados la Amazonía, el pulmón sagrado del planeta, debemos comprender que salvar cualquier montaña, colina, riachuelo, lago o valle del imperio del cemento es un ganancia para todos.

Por eso ahí donde desde hace décadas se planeaba un aeropuerto, sería bueno que surgiera por el contrario un bosque y un jardín botánico donde las generaciones futuras investiguen como salvar al planeta. Las plantas, los pájaros y todo tipo de animales volverían de nuevo el lugar después de ser expulsados al exilio y vivirían agradecidos de recuperar su refugio natural, creando un nuevo nido de biodiversidad. Y los habitantes de la región podrían convertirse también en los guardianes y beneficiarios de su propia naturaleza.    
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 11 de septiembre de 2022. 
* Fotografía tomada del sitio de Aerocafé: https://aeropuertodelcafe.com.co/

sábado, 20 de agosto de 2022

LA ALEGRÍA VITAL DE RAFAEL VERGARA


Por Eduardo García Aguilar

Esta semana nos dejó Rafael Vergara Navarro (1948-2022), abogado, poeta, dibujante, cineasta, gastrónomo, vitalista esencial y una de las grandes figuras del ambientalismo colombiano, quien a lo largo de su vida luchó no solo por la justicia social como militante y miembro de la dirección nacional del M-19 en tiempos de clandestinidad y antes de la firma de la paz con el gobierno, sino por la conservación de la naturaleza, especialmente en Cartagena, la ciudad donde vivió después de su retorno del exilio y donde vigilaba con celo manglares, árboles y cauces acuáticos.

Querido como un patriarca y sabio de la tribu cartagenera y costeña, tal y como lo describe en un magnífico retrato el escritor Gustavo Tatis Guerra publicado en El Universal de Cartagena, Vergara decía que el día de su partida nadie debía sentirse triste sino por el contrario hacer la fiesta. Gran fumador, el ecologista estaba afectado por efisema pulmonar terminal y debía cargar con él a donde fuera un tanque de oxígeno, pero eso no le impedía vivir cada instante como si fuera el más extraordinario y luminoso.

Cercano amigo del actual presidente colombiano Gustavo Petro, que era uno des su discípulos y con quien compartía su pasión ecológica, Vergara fue uno de los artífices del programa del candidato en esa materia, por lo que el mandatario publicó de inmediato en su sitio una foto suya con su "amigo" y "hermano", celebrando que pudo vivir la victoria de su ideario antes de su partida. Ahí se le ve con su barba y melena patriarcales de color blanco y los tubos que le llevaban a través de la nariz el precioso oxígeno de la vida.   

Hijo rebelde del famoso senador liberal Rafael Vergara Támara, optó por comprometerse desde muy joven con los movimientos sociales en Colombia, como muchos de los de su generación, atraídos por ideas que entonces eran más que utópicas. Hubiera podido seguir el camino de tantos delfines que heredan el capital político de sus padres e inician sin esfuerzos una fácil carrera en altos cargos o puestos diplomáticos, pero él decidió arriesgar su vida en su lucha por un país mejor.

En 1979 emprendió el camino del exilio y viajó a México, donde vivió varios años y dejó gratos recuerdos entre sus amigos latinoamericanos. Tuve la fortuna de conocerlo cuando llegué a ese país desde Francia y Estados Unidos a fines de 1980 y desde el comienzo tejí con él una amistad estrecha, ya que nos unía el gusto por la literatura, el arte, las ideas, el análisis político, el cine, la buena cocina, la fiesta, en el marco de una colonia de jovenes estudiantes, artistas, escritores y exiliados políticos de todo el continente que fueron acogidos en ese país.

La Ciudad de México era una fietsa. En esos años estaban vivas y en plena actividad en la capital mexicana muchas de las glorias de las letras y al arte latinoamericanos. Gabriel García Márquez obtenía en 1982 el Premio Nobel, Alvaro Mutis leía y creaba en su cueva de San Jerónimo, Fernando Vallejo escribía La virgen de los sicarios, Laura Restrepo, Olga Behar y decenas de talentosas profesionales mujeres colombianas ejercían su plena actividad. Y ahí estaban a la mano los guatemaltecos Luis Cardoza y Aragon y Augusto Monterroso, y los mexicanos Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Rufino Tamayo, Cantinflas, grandes directores de cine y hasta el mismísimo rey del Mambo, el cubano Dámaso Pérez Prado, sin olvidar a Chavela Vargas, Tongolele y Maria Félix.
 

En ese ambiente compartimos largas fiestas y francachelas en madrugadas al ritmo de la música y de la charla con Rafael Vergara, quien fiel al ideario del movimiento en que militaba se dedicaba con intensidad a la fiesta y a la celebracion de la vida de manera inagotable y elocuente. La colonias colombiana, argentina, chilena, brasileña, centroamericana eran enormes  y todos compartíamos desde allí en medio del frenensí las noticias del mundo y el continente. Del profundo análisis político o la reflexión filosófica se pasaba al baile o a la mesa. Su mirada de águila, su vozarrón y sus carcajadas son inolvidables.

Pero "Rafa", como lo llamábamos sus amigos, estaba siempre ahí animado por la esperanza de que Colombia encontraría tarde o temprano el camino de la paz y de la vida. Alerta a sus amigos, su casa siempre estaba abierta y su tiempo disponible. Un día se firmó la paz y él y los suyos emprendieron el camino del regreso y la legalidad en el marco de los acuerdos de paz y la Asamblea Nacional de donde salió la Constitución de 1991. Tres décadas después pudo ver a uno de sus queridos discípulos llegar a la Presidencia, aupado por una inédita oleada popular juvenil, feminista, humanista, multiétnica. Y así al fin pudo descansar y pasar a respirar en otra dimensión de la materia, guiado por la sabiduría de Heráclito.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de agosto de 2022.

sábado, 13 de agosto de 2022

SALMAN RUSHDIE Y LA MÁGICA NOCHE INDIA

Por Eduardo García Aguilar

El atentado al escritor Salman Rushdie en el estado de Nueva York, en Estados Unidos, nos recuerda que desde 1989 tenía una condena de las autoridades islámicas iraníes encabezadas por el ayatolá Jomeini, quienes consideraron blasfema su novela Versos satánicos. Durante una década el escritor tuvo que vivir en la más absoluta clandestinidad, aunque después volvió más o menos a vivir una vida normal de giras, conferencias, mundanidades, amores y presentaciones de libros.

El ataque sorpresivo del viernes muestra que el fanatismo religioso no olvida y tarde o temprano se manifiesta para realizar las condenas, como ocurrió en el caso de los caricaturistas europeos, entre ellos los de la revista francesa Charlie Hebdo, que murieron acribillados por las balas de los fanáticos. El 7 de enero de 2015 un comando de islamistas irrumpió en la sede de esa revista satírica y acribilló a casi todo su famoso equipo durante la reunión de redacción, con saldo de 12 muertos y 10 heridos. Meses más tarde, otros comandos islamistas realizarían varias masacres en París, la principal durante un concierto en la sala de espectáculos Bataclan, con saldo de más de un centenar de muertos y 400 heridos.

Una década después de la condena de Rushdie el mundo viviría nuevas experiencias en el marco de la guerra religiosa, como los atentados del World Trade Center en Nueva York, con saldo de más de 3000 muertos, lo que desató a su vez otras guerras en Afganistán e Irak y llevó más tarde a la irrupción del sangriento califato del Estado islámico reinante durante una década en los territorios de Irak y Siria y en otros países africanos y asiáticos.

Durante todo el siglo XXI el mundo ha vivido en directo una guerra larvada e implacable de religión que sucede en los territorios bíblicos donde hace milenios también las poblaciones se desangraban a nombre de la fe, y episódicamente alcanza las capitales europeas o el propio Estados Unidos. Y eso sin contar el Norte de Africa, desde Egipto hasta los países magrebíes, amenazados todo el tiempo por estallidos de violencia, tensiones regionales e inmolaciones o atentados fatídicos. Arden iglesias, sinagogas y mezquitas en todos esos territorios y mueren allí inmolados centenares de fieles inocentes. 
   
Rushdie se había convertido desde su condena en un hermano mayor de la literatura mundial, un rock star, celebridad que reivindicaba ampliamente su admiración por el escritor colombiano Gabriel García Márquez y se inscribía en el universo del realismo mágico, movimiento iniciado con Cien años de soledad que hallaba sus raíces en las grandes literaturas milenarias, bíblicas, las sagas indias, nórdicas o mediorentales.

Los libros de Rushdie se basan muchas veces en la realidad concreta de sus experiencias contemporáneas o recuerdos, pero también suelen perderse en el delirio de la imaginación y la fantasía de sus ancentros los indios, que crearon El Ramayana y El Mahabarata y centenares de historias donde los dioses se mezclan con los humanos y los animales, y vuelan, se hunden en el fondo de la tierra o viajan por el cosmos infinito. Mundo de monos y tigres voladores, vacas y simios sagrados o gramáticos. Demonios y ángeles que se desploman de los cielos.

Antes de su condena y la futura gloria, el joven Rushdie había sido invitado a Nicaragua a vivir varias semanas en el marco de la revolución sandinista y basado en esa experiencia escribió su libro La sonrisa del jaguar. En muchas ocasiones reivindicó su cercanía con el mundo latinoamericano, que le fascina por los vasos comunicantes sostenidos con los países llamados del llamado Tercer Mundo, de donde proviene este nativo de Bombay, quien como muchos hijos del gran Imperio británico crecieron, estudiaron y vivieron en Londres, como el último Premio Nobel Abdulrazak Gurnah, originario de Zanzíbar, o V.S. Naipul, nacido en las antillas británicas de ancestros indios. Algunos de esos escritores, músicos, artistas o científicos de las ex colonias británicas han sido ennoblecidos por la longeva reina Isabel II.

Por su temperamento, generosidad, amabilidad, que se nutren precisamente en la sabia humildad de sus ancestros indios, Rushdie hace parte del ámbito multicultural británico que halla su fuerza en los descendientes de los migrantes de las colonias o los mundos lejanos. Gran parte de los escritores británicos de hoy son de origen indio, japonés, indonesio, afgano, paquistaní, bangladesí, chino, hispano, africano o antillés. La mezcla ya es inevitable y se abre al futuro pese a los nostálgicos de un mundo de blancos que sueñan con razas puras y culturas antisépticas. Rushdie es el adalid de un mundo sin fronteras donde por los aires vuelan las ideas y los sueños.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de agosto de 2022
Foto @ DR FB
   



miércoles, 10 de agosto de 2022

LEYENDAS Y SÍMBOLOS DEL 7 DE AGOSTO

Por Eduardo García Aguilar

La espada de Bolívar fue de nuevo protagonista durante la posesión del presidente Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez este 7 de agosto, cuando se celebra la victoria de las tropas comandadas por el Libertador en la Batalla de Boyacá en 1819, tras una campaña de varios meses iniciada desde Angostura, hoy Ciudad Bolívar, en Venezuela, situada a orillas del Orinoco y sede entonces del poder provisional de los rebeldes independentistas.
Luego de esa victoria, el Virrey Sámano y funcionarios realistas huyeron despavoridos de Bogotá como cuenta la leyenda aprendida por todos los muchachos en la escuela primaria. Supimos que la soldadesca libertadora estaba en su mayoría compuesta por mestizos, zambos, indígenas, negros, o sea Los Nadies de hoy, y que el malvado Sámano, al conocer la noticia de la derrota, huyó por el río Magdalena con una bolsa llena de monedas rumbo a Cartagena.
En documentos descubiertos en archivos estadounidenses por el gran historiador Juan Friede, viajamos a través de la letra hacia Angostura, donde el vicepresidente Francisco Antonia Zea ejercía el mando mientras Bolívar se aplicaba en la campaña que incluyó el difícil pasó del páramo de Pisba. Se trata del Diario de viaje por el Orinoco hacia Angostura (julio 11-agosto 24 de 1819), publicado por El Banco de la República en 1969.
El capitán Oliver Hazard Perry había sido enviado hacia Angostura por el Secretario de Estado estadounidense John Quincy Adams para explicarle a Bolívar la posición neutral mantenida por su país en la guerra con la corona española, lo que no significaba de manera confidencial que las simpatías de la nueva nación norteamericana independizada décadas antes estuvieran del lado de los rebeldes.
Perry llega con su séquito a la isla Margarita, recorre el Orinoco y atraca en Angostura, donde se encuentran reunidos los constituyentes rebeldes en ese bello sitio tropical donde la misión extranjera permanecería un tiempo. Entre los documentos encontrados por Friede figura la carta original de Quincy Adams con instrucciones a Perry y el diario del capellán del barco John H. Hambleton, quien relata día a día el viaje y describe con lujo de detalles a Zea, hombre ya mayor y muy encorvado que había vivido dos décadas en París y era una figura inteligente, escéptica y cortés.
Los enviados se enteran de que Bolívar está ausente pues se ha ido a comandar la campaña libertadora que poco después triunfaría en la Batalla de Boyacá. En ese tiempo detenido y fugaz descubrimos a muchos de los colaboradores de Bolívar, ingleses y franceses que conviven allí con los principales militares criollos que después se convertirían en héroes de la independencia y cuyas estatuas adornan plazas y colegios. El capellán describe las comidas, bebidas y licores con los que son atendidos y los rostros de todas aquellas figuras militares, legislativas y diplomáticas que luego pasarían a la historia y a la leyenda.
Cumplida la misión se retiran rumbo a la Isla Margarita, desde donde Perry debía viajar al río de La Plata para encontrarse con el general San Martín, pero la fiebre amarilla y el paludismo se le atraviesan, y entre los escalofríos atroces el marino es desahuciado y con resignación acepta su destino. Se le hace un sepelio con todos los honores que conmueve al diarista. Todo esto ocurre mientras al otro lado se consolida la victoria.
Es de suponer que en las diversas batallas de la Campaña libertadora de la Nueva Granada, una de las espadas esgrimidas por Bolívar es la que el M 19 tuvo en su poder tras sustraerla de la Quinta de Bolívar en 1974. Más tarde ese grupo firmaría la paz con el gobierno y sería una de las fuerzas protagonistas de la Asamblea Nacional Constituyente de donde surgió la vigente Constitución de 1991.
Petro volvió protagonista a la espada de Bolívar durante su posesión al ordenar a la Casa Militar traerla de Palacio de Nariño luego de que su antecesor se negara a autorizar su traslado para la ceremonia. Dos siglos no es nada en historia y estos rituales, leyendas y símbolos que nos recuerdan la Independencia nos muestran lo cerca que estamos de aquellas gestas patrias que parecen ahora tan lejanas. Tal vez en otros dos siglos un historiador como Juan Friede recordará la jornada de hoy.
Aquella independencia significó solo el cambio de poder de manos de los españoles a los criollos locales que gobernarían después sin ceder el poder a los marginales inmolados en esa causa durante la Campaña libertadora. Ahora tal vez esos marginales de siempre lograrán un poquito más de merecida representatividad en esta nueva era que se inicia y sin duda estará llena de sorpresas, ritos, leyendas, símbolos, felices logros y tristes e inevitables decepciones.

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Versión actualizada en penúltimo párrafo del artículo publicado el domingo 7 de agosto de 2022, en La Patria. Manizales. Colombia. 

sábado, 30 de julio de 2022

VENEZUELA Y COLOMBIA CON AMOR

Por Eduardo García Aguilar
 
Con la histórica reunión de los cancilleres de Colombia y Venezuela en Táchira el jueves y la lectura del comunicado común que firmaron, se acelera la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países, pedida a gritos por millones de colombianos y venezolanos. A partir del 7 de agosto de 2022 los gobiernos nombrarán embajadores y cónsules para la atención de la población y de nuevo volverán a registrarse los intensos intercambios culturales y comerciales que han enriquecido desde hace siglos a este maravilloso espacio común del continente americano.

Bajo el liderazgo ágil del nuevo canciller colombiano Alvaro Leyva Durán, estadista de primer nivel que siempre ha tenido una visión estratégica por encima de las diferencias ideológicas, se sembraron así los nuevos pilares de una relación que sin duda nunca volverá a ser interrumpida. Desde hace milenios la diplomacia se ha ejercido para establecer puentes entre naciones afines o diferentes.

Basta leer sobre las viejas tabletas mesopotámicas o los códigos de la antigua Babilonia, acercarse a documentos milenarios chinos, indios, egipcios, japoneses, rusos, europeos, a los clásicos griegos y latinos, o volver a Los viajes de Marco Polo, para conocer de primera mano los benéficos oficios de la diplomacia en lejanos tiempos, ejercidos inclusive por personajes tan controvertidos como el mismísimo Atila.

En textos bíblicos, sagas milenarias, libros de caballería escritos durante Las Cruzadas o en el relato de la vida o los escritos de grandes diplomáticos como Maquiavelo, Mazarino, Richelieu, Chateaubriand, Metternich, Wiston Churchill, Henry Kissinger o Madeleine Albraight, entre otros muchos, podemos ver en acción los contactos entre representantes de países que se encuentran aliados o en conflicto, en guerras o en tiempos de paz.

Basados en ese milenario registro de la diplomacia, no había ninguna razón para que dos países con una frontera de más de 2.000 kilómetros estuvieran separados por una absurda cortina de silencio. El gran Henry Kissinger en su momento propició el histórico encuentro entre dos encarnizados enemigos: el presidente chino Mao Tse Tung y el estadounidense Richard Nixon. Y las fotos de ese encuentro aun sugieren muchas ideas a los estudiosos de la ciencia política. Así como las imágenes inolvidables de Churchill, Roosvelt y Stalin juntos en la Conferencia de Yalta, en Crimea.

Durante décadas millones de colombianos emigraron a Venezuela, que en los años 60 y 70, gracias al auge petrolero, era considerada una potencia regional y se apodada la Venezuela Saudita. Irse a Venezuela en busca de oportunidades era la solución para las familias colombianas que no encontraban en su país condiciones dignas para vivir, trabajar y educarse. Desde Venezuela, donde se otorgaba cada cinco años el Premio Rómulo Gallegos, que en esas décadas ganaron el peruano Mario Vargas Llosa y el colombiano Gabriel García Márquez, llegaban aires de modernidad a través de diarios y revistas o editoriales como Monte Avila o la Biblioteca Ayacucho.

Venezuela y Colombia son más que países hermanos, pues con Ecuador y Panamá conformaron en su tiempo la Gran Colombia, creada por el Congreso de Angostura en 1819 y que duró una década hasta su desmembramiento a manos de los caudillos locales. Grandes figuras como el precursor de la Independencia Francisco Miranda, el gramático y humanista Andrés Bello y El Libertador Simón Bolívar hacen parte del acervo común, como lo muestra el hecho de que en todas las plazas colombianas esté presente la estatua del mítico caraqueño.

Figuras como Teresa de la Parra, Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Vicente Gervasi, entre otros muchos autores, han nutrido desde siempre el imaginario colombiano. Y Venezuela acogió en sus mejores momentos a muchos artistas y escritores colombianos, entre ellos el Premio Nobel Gabriel García Márquez, quien trabajó allí en la prensa tras su regreso de Europa. También allí hizo su vida la filósofa y escritora manizaleña Valentina Marulanda (1950-2012), autora de La razón melódica, quien vivió allí tres décadas y falleció en esa tierra escogida a donde ella decía que llegó por amor.

Valentina Marulanda es pues un emblema y un ejemplo de esa más que hermandad colombo-venzolana. En varias ocasiones dijo que le gustaba Caracas porque siendo una urbe de rica actividad cultural, tiene además el atractivo de estar cerca del mar Caribe, cuyos efluvios se sienten ya en el aeropuerto de Maiquetía. Sin duda ella estaría hoy feliz por el restablecimiento de las relaciones diplomáticas.

Se inicia pues una nueva era en la historia de estos dos países gemelos y todos los venezolanos que aman a Colombia y los colombianos que amamos a Venezuela debemos hacer esfuerzos para que al reabrirse las fronteras vuelva a florecer esa riqueza cálida que se hunde en los tiempos prehipánicos, cuando por montañas, ríos, valles y extensos llanos descritos por Humboldt transcurría la vida de los pueblos ancestrales entre la naturaleza, que es su bien más preciado.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 31 de julio de 2022.