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viernes, 6 de junio de 2025

UN INDÍGENA EN LA CORTE DE MÉXICO

Por Eduardo García Aguilar

Por elección popular el nuevo presidente de la Suprema Corte de Justicia de México será Hugo Aguilar Ortiz, indígena mixteco originario de Oaxaca, quien fue asesor jurídico del movimiento zapatista. Desde los tiempos del liberal y reformista Benito Juárez (1806-1872), es la primera vez que un indígena de ese país preside la alta y poderosa corte, donde los magistrados ganan un sueldo mayor que el del presidente o presidenta de la República, en este caso la científica Claudia Sheinbaum.

La elección el 1 de junio de este brillante indígena a la Corte fue sorpresiva y los analistas lo consideran como una "obra maestra" de la nueva política mexicana, pues el personaje es intachable y quienes se oponían a la elección popular de magistrados y jueces promocionada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador tendrán poco que decir de esta impecable elección y del personaje.

"En la universidad, coincidí con otros hermanos indígenas, con quienes iniciamos una reflexión crítica sobre el derecho y la justicia que no contemplaban a nuestras comunidades y pueblos”, dijo Aguilar después de su resultar elegido. 

La elección popular busca cambiar el sistema judicial mexicano y una alta Corte que antes era una élite autocooptada mediante intrigas y que muchos veían como obstáculo para cambios o cómplice de encubrimientos en pasados gobiernos caracterizados por la corrupción y el crimen.  Aguilar aboga para que la justicia se acerque al pueblo y reconozca los cambios de sociedad.

Aguilar (1973) estudió en la Universidad Benito Juárez de Oaxaca y ha sido consultor del alto Comisonado para los derechos humanos de la ONU para México. Este hombre unos 50 años pertenece a la etnia mixteca, una de las más antiguas de México al lado de los zapotecas, que a lo largo de los milenios han vivido en este Estado del sureste mexicano que podría ser por su cultura milenaria prehispánica, barroca colonial y contemporánea, un país aparte.

Muchos de los nativos de Oaxaca han emigrado desde el siglo XX a Estados Unidos, donde representan una de las más numerosas comunidades y sus remesas e intercambios son de gran importancia para la economía local. En este lugar se encuentran las famosas ruinas milenarias de Monte Albán, así como magníficos templos católicos barrocos coloniales admirados en todo el mundo por su alto nivel estético, como la Iglesia de San Felipe Neri.

De Oaxaca han surgido grandes artistas plásticos y literarios como los pintores Rufino Tamayo y Francisco Toledo o el gran escritor y pensador José Vasconcelos, quien fue inspirador clave de las reformas culturales de la Revolución mexicana, además de autor de sus Memorias, un clásico de la literatura de ese país y cuyo primer volumen es el Ulises criollo..
   
Oaxaca ha sido cuna de grandes figuras de la historia mexicana como Porfirio Díaz, indígena que  fue héroe durante la lucha contra las invasiones del siglo XIX y llegó a escalar a la primera magistratura, convirtiéndose en un dictador que llegó a gobernar tres décadas el país con un equipo de tecnócratas positivistas hasta ser derrocado 1910, cuando tuvo que partir al exilio a París desde Veracruz. 

Durante su periodo el país se modernizó y logró prosperidad, aunque las injusticias prevalecieron hasta provocar la famosa Revolución mexicana de Emiliano Zapata y Pancho Villa en la segunda y tercera décadas del siglo XX, de la que salió el largo reinado del Partido Revolucionario Institucional, desplazado tras larga gesta opositora por López Obrador.

Pero la figura en que se inspira Aguilar es Benito Juárez, indígena zapoteco adalid de la Reforma liberal en el siglo XIX y héroe que derrotó a la invasión de su país cuando se instaló allí el emperador Maximiliano de Habsburgo, impuesto por el imperialismo francés de Napoleón III con el apoyo de los conservadores monárquicos pro-europeos mexicanos.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia.  Domingo 8 de junio de 2025.
 






sábado, 22 de junio de 2024

MEXICANOS A LAS URNAS


Por Eduardo García Aguilar

Cuando viví en México experimenté de cerca varias elecciones presidenciales que reflejaban la milenaria cultura de ese país, que tiene mucho de asiático y oriental y está anclado en profundas tradiciones caciquiles. La primera de ellas fue la que llevó al poder a un funcionario opaco llamado Miguel de la Madrid, quien inició los cambios hacia una visión neoliberal de la economía, teoría que entonces estaba en pleno apogeo mundial. 
Rodeado de jóvenes tecnócratas recién graduados en Estados Unidos, abogaba por la reducción del Estado, la privatización generalizada de las empresas estatales y la disminución de los subsidios a los pobres y de la intervención gubernamental, pues se consideraba que el capitalismo por sí solo y sin controles, de manera mágica, generaba riqueza como el rey Midas y disminuía automáticamente la pobreza o la eliminaba del todo, haciendo de cada ciudadano un empresario.
El candidato, elegido por medio del sistema del “destape” y el “dedazo”, se convertía de un día para otro en el nuevo tlatoani y el presidente crepuscular que era entonces el poderoso José López Portillo, quien se consideraba el dios azteca Quetzalcóatl, perdió de súbito el aura de monarca absoluto y vivió una larga agonía que se extendía hasta la posesión del nuevo mandatario, muchos meses después. 
En ese plazo el país cayó en la más absoluta bancarrota, pues la banca privada sacó todo el dinero del país y tuvo que imponerse un control de cambios, mientras se vivía una inflación gigantesca que arruinó a todos los mexicanos por igual. En un lugar de la ciudad, un producto electrodoméstico podía costar mil veces más que en otro y los precios subían de hora en hora de manera descontrolada. Furioso, López Portillo decidió en contra del pensamiento de su futuro sucesor nacionalizar la banca y en un discurso airado a todo el país gritó que “no nos volverán a saquear”.
López Portillo, quien había sucedido a Luis Echeverría por el mismo método del “dedazo”, era un economista e intelectual ilustrado descendiente de una familia aristocrática que tuvo entre sus ancestros a grandes prohombres de la política y las finanzas. Alto, de rasgos hispanos, elocuente, elegante y vanidoso, el presidente había sido una fuerza durante su mandato que podía con sus iras hundir o con su alegrías ascender a las personas de su corte o a los líderes de sindicatos o instituciones. Al gran escritor Juan Rulfo lo regañó como a un niño por haber sugerido en el marco de un homenaje nacional que se le hacía, que los militares mexicanos eran corruptos y aceptaban “cañonazos” de dinero. Miguel de la Madrid era bajito y rechoncho, pésimo orador, un tipo de funcionario tecnócrata aburrido de tercer rango, carente de brillo o capacidad de reacción, como se pudo atestiguar cuando el terrible terremoto de noviembre de 1985 que semidestruyó la capital y otras ciudades, causó decenas de miles de muertos y dejó el país incomunicado. El Estado casi estuvo ausente y paralizado y fue la sociedad civil la que tomó el toro por los cuernos ante la tragedia. Pero en el vacío de poder tras su designación como candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), este personaje que también era algo bonachón y amante de los libros, empezó a recibir todos los honores y genuflexiones, opacando al saliente presidente, como vi durante la inauguración precipitada de las ruinas Templo Mayor junto a la Catedral y el Zócalo, sacadas a la luz tras su descubrimiento reciente bajo la dirección del arqueólogo Ernesto Matos Moctezuma. Se veía en medio de piedras, calaveras y pirámides aztecas como todos ignoraban ya al monarca que recién acababa de nacionalizar la banca en contra de la opinión del sucesor.
Miguel de la Madrid nombró también por dedazo seis años después a un poco agraciado candidato, bajito, calvo, flaco, con rostro algo cómico, pero muy inteligente, Carlos Salinas de Gortari, quien fue uno de los ideólogos y cerebros, junto con José Ángel Gurría, de ese brusco cambio económico neoliberal operado por su gobierno y que debía continuar el elegido, quien subió a la presidencia por medio de un fraude realizado a la vista de todo el país y cuyos efectos a la larga terminaron llevando al poder en 2018 al izquierdista Andrés Manuel López Obrador, su más encarnizado opositor y a quien trataron de destruir sin éxito por todos los medios.
México, después de la Revolución triunfante que derrocó al dictador Porfirio Díaz, ha sido un régimen sexenal autoritario de corte asiático y sacrificial que nombra a un monarca absoluto por un periodo durante el cual es todopoderoso y después cae y es castigado por el sucesor, quien por lo regular encarcela a figuras de su séquito o su familia para impedir toda veleidad de “maximato” o de seguir teniendo influencia tras el trono. Eso les ocurrió a Plutarco Elías Calles en la primera mitad del siglo XX y a Salinas de Gortari al final, cuyo poderoso y multimillonario hermano Raúl fue apresado y condenado, tras lo cual el rico expresidente, que hizo huelga de hambre en Monterrey, prefirió el exilio dorado en Cuba y otros países.  
Después vinieron varios presidentes sexenales mediocres que gobernaron en medio de escándalos y caos y sus sucesores castigaron siempre al antecesor procesando y llevando a la cárcel a ciertas figuras sacrificiales. Ahora de nuevo los mexicanos acuden a las urnas y la novedad es que por primera vez la nueva presidenta será una mujer. Los analistas y observadores escrutarán esta inédita ecuación, pues el mando no será ya de un cacique o tatloani varón, sino de una nueva monarca heredera de las diosas antiguas como la Coatlicue o la Coyolxauqui.

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Publicado en la Patria. Manizales. Colombia. Domingo 2 de junio de 2024