domingo, 27 de noviembre de 2022

LAS HUELLAS DE JOSÉ EUSTASIO RIVERA


Por Eduardo García Aguilar

Una tarde, caminando por el centro de Bogotá donde él tenía su oficina, cubierto por su infaltable gabardina, Fernando Charry Lara me contó su experiencia de haber asistido al velorio de José Eustasio Rivera (1888-1928), cuyo cadáver vino desde Nueva York a Bogotá para recibir un apoteósico sepelio como solía ocurrir con los grandes poetas y escritores de la generación modernista a la que pertenecieron entre otros Amado Nervo, Rubén Darío, Vargas Vila y José Marti, entre otros que eran seguidos atentamente por los lectores de ese tiempo a través de la prensa, los libros importados de España o Francia y los actos públicos en teatros, cuando un poeta podía mover multitudes.

Su padre lo había llevado a ver el ataúd y el cuerpo del joven narrador autor de La Vorágine (1924) y el gran poeta de Tierra de promisión (1921), dos libros esenciales en las literaturas colombiana y latinoamericana, para muchos las dos obras más notables escritas en el país en el siglo XX. El niño no sabía que mucho tiempo después escribiría un poema sobre ese momento especial vivido en la infancia, ya convertido en uno de los grandes poetas colombianos, autor de una obra ceñida, corta, pero sorprendente en cada una de sus páginas, tanto que su poema Llanura de Tuluá se considera el emblemático de la violencia colombiana.

Por las jugarretas del destino, Charry Lara (1920-2004) moriría en Washington y su cuerpo a su vez regresaría a Bogotá para recibir los últimos honores, aunque no tan multitudinatrios como los ofrecidos al abogado huilense que "jugó su corazón al azar y se lo ganó la violencia" con esa novela trepidante y selvática que es La Vorágine y que cada vez leemos con una emoción intacta pues sacude la esencia total del cuerpo y nos comunica con la vida y la muerte, la selva, el deseo, la aventura y el viaje.

Los ríos caudalosos, las pirañas, el amor desbocado y el despecho, la codicia, la canícula, la lluvia, los celos, la traición y el odio comparten protagonismo con el sonido escalofriante de las hormigas tambochas que devoran el follaje a su paso. De la calma se pasa a la violencia y a la huída por selvas donde los humanos se pierden a veces para siempre sin encontar ninguna ruta, desvalidos ante la inmensidad del territorio. En un barco, rumbo a Manaos, coinciden figuras del comercio, mujeres poderosas como esa erótica medioriental enamorada del protagonista, hembra que domina territorios y comanda con mano de hierro hombres de todo tipo y calaña. En La Vorágine vibran la vida, el destino, el deseo y la muerte.

Rivera escribió una obra maestra y telúrica donde cuenta el viaje de Arturo Cova en pos de su amada Alicia y cuando se trasladó a Estados Unidos para buscar la traducción de su novela y emprender otra sobre el petróleo, bajo el título de La mancha negra, según cuentan sus biógrafos, fue dominado por las fiebres y las enfermedades que atrapó en las selvas cuando sus labores de abogado lo llevaron a trabajar en la delimitación de fronteras con Venezuela. Murió a los 39 años de edad, o sea al final de esa edad vigorosa entre los 30 y 40, en la que casi todos los narradores y poetas redactan sus obras mayores. 

Cuenta la leyenda que el cadáver regresó en barco y recibió homenajes en los puertos y localidades a donde llegaba, como fue el destino también del cadáver del famosos mexicano Amado Nervo, periodista, diplomático y poeta autor de la Amada inmóvil y quien después de un largo periplo de homenajes reposó en una pomposa tumba de estilo Art Nouveau en la Rotonda de los hombres ilustres en la capital mexicana.

A Rubén Darío (1867-1916) lo trajo casi agonizante de teatro en teatro un empresario sin alma, hasta que las fiebres lo vencieron en su tierra natal Nicaragua después de un periplo mundial lleno de glorias, banquetes, sinsabores y felicidades etílicas. Y algo parecido le ocurrió a Carlos Gardel, quien después de morir en un accidente de avión en Medellín trajinó por pueblos y veredas hasta el puerto de Buenaventura, desde donde partiría de regreso a Buenos Aires, según cuenta Fernnando Cuz Kronfly en su novela La caravana de Gardel.

Suelo viajar siempre a donde vaya con un ejemplar de La Vorágine y una edición de Tierra de promisión, libros que lo acompañan a uno en la soledad de los hoteles o los aeropuertos. Hay en ellos una fuerza devastadora de colombianidad, como si ese joven abogado viajero y soñador, pero también terrestre y pragmático, hubiese captado lo esencial de nuestra nacionalidad hace cien años apenas.

Leyéndolo uno se da cuenta lo poco que ha cambiado la vida en aquellas selvas y fronteras con Venezuela, Brasil, Ecuador y Perú cruzadas por el Orinoco y el Amazonas. Las huellas de José Eustasio Rivera están ahora más nítidas que nunca, cuando nos acercamos raudos al centenario de la publicación de la gran novela de la selva y la vida. Vivimos en el mismo país que él trasegó y que sigue siendo bastante parecido para bien o para mal.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de noviembre de 2022.




sábado, 19 de noviembre de 2022

RETORNO A ESTOCOLMO


Por Eduardo García Aguilar

Hay ciudades  a las que uno regresa mucho tiempo después, pero es como si los años no hubieran pasado, como si todo estuviera en su sitio, aunque en otros aspectos de orden político y social las cosas cambiaron mucho. Con la capital sueca hay una empatía por el agua, la abundancia de humedad y naturaleza, aunque esta última viaje y se presente en tonos distintos a los del trópico andino en sus alturas también heladas y verdes, pero ecuatoriales.

Ya hace tiempos Estocolmo era a la vez la ciudad antigua, añeja, pétrea y verdusca, pero con incrustaciones modernas que hoy a veces parecen futuristas como en los rumbos de la estación central cuyas calles y avenidas están diseñadas para los tiempos del pop, sin edificios altos y más bien livianos y de talla humana, rectangulares e iluminados, para conjurar la pronta oscuridad de las tardes nocturnas. 

En esos lugares centrales donde solíamos darnos cita los estudiantes que acudíamos allí en tiempos clementes a trabajar en verano y a residir en las residencias universitarias de Freskati, no lejos del Hospital Carolinska, la noche nórdica llega temprano y las calles humedas por la lluvia se vacían de gente y las luces del alumbrado público proyectan brochazos de luz, pinceladas abstractas de rojo y verde intenso.

Todo allí se encuentra rodeado por agua y la urbe y sus suburbios flotan en un entramado de islas y penínsulas visitadas por aves. En las calles antiguas donde se encuentran la viejas instituciones de este reino cuya dinastía actual fue entronizada en tiempos de Napoleón, vibra la vida de nuevas generaciones surgidas de la gran inmigación que ha acudido hace medio siglo.

Es un país mestizo y vivo y ese mestizaje provoca como en muchas otras partes del mundo la reacción de quienes creen que hay razas puras que deben vivir aisladas en la endogamia del color de la piel, especialmente blanca. Aquí al norte, en Oslo, la capital de la rica Noruega, un joven cuerdo racista blanco de pensamiento frío e implacable, admirador de Hitler, masacró hace unos años decenas de jóvenes militantes de la socialdemocracia, en su mayoría mestizos que abogaban por la concordia de los humanos en un proyecto común.

Y aquí en Suecia, como en diversos países nórdicos y europeos, crecen con fuerza partidos nostálgicos del nazismo que consideran que se procede a lo que ellos llaman el reemplazo de una supuesta raza blanca originaria milenaria y cristiana a cambio de oleadas de inmigrantes de los lejanos países del sur, gente de origen indio, asiático, medioriental, africano, latinoamericano.

Desde finales del siglo XX muchos inmigrantes de otras regiones del planeta donde el sol puede ser calcinante, llegaron a estos países huyendo de la guerra y el hambre creados por las guerras y el colonialismo imperiales a trabajar en estos países del norte afectados por grandes problemas demográficos.

Los ancestros de la bella multitud mestiza que hoy cruza estas calles de Estocolmo totalmente adaptada e integrada a los rigores del frío, llegaron hace décadas para trabajar en la industria de la construcción, el campo, el trazado de carreteras y nuevas vías férreas, las plataformas petrolíferas y otros trabajos como limpieza, culinaria, cuidado de adultos mayores enfermos o en el sistema de salud, el alcantarillado o el transporte.

Por todas partes se observa esa maravillosa vitalidad de las nuevas genraciones descendientes de inmigrantes que hoy son tan suecos o nórdicos como los fanáticos que se creen descendientes de razas milenarias blancas, pero olvidan que tal vez son hijos de otros migrantes llamados bárbaros que antes se establecieron en estas extensas tierras heladas llenas de riqueza y cuya naturaleza está marcada por el agua, la vegetación y la fauna desbordantes.

Hace mucho tiempo, cuando el actual rey Carlos Gustavo se casaba con una inmigrante brasileña que hoy es reina y madre de la próxima soberana de esta monarquía constitucional cuyo jefe de Estado desciende de Bernadotte, general enviado por el corso Napoleón Bonaparte, se vivía un mundo de prosperidad idílico en el que ese matrimonio entre el príncipe y una azafata de las tierras sudamericanas era visto como algo exótico y nada anormal, un acontecimiento festivo y amoroso.

Décadas después Suecia se ha enriquecido con esa inmigración que la ha salvado y se ha adaptado a estas tierras y cuyos descendientes se destacan ahora en todos los sectores y trabajan día a día por la riqueza del país en la ciencia, la astronomía, el arte. 

Nietos y nietas de inmigrantes del sur asiático, medioriental, africano y latinoamericano, ahora adultos y activos, caminan por estas calles cubiertas por un sol que nunca duerme en verano y escasea en invierno, haciendo de Suecia un jardín multicultural que los nostálgicos de la pureza racial ya no puede impedir, porque es irreversible y bello.
 
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 6 de noviembre de 2022.


 


VOLVER A MOSCÚ

Por Eduardo García Aguilar

Moscú siempre ha sido una ciudad mítica desde hace siglos y como tantas otras capitales del mundo está llena de evocaciones y rastros de un rico pasado cultural como el que da nombre a la hermosa Catedral de San Basilio, situada en la Plaza Roja.  Ahí también se encuentra el mausoleo en cuyo interior reposa y se exhibe desde hace casi un siglo la momia muy bien conservada de Vladimir Ilich Lenin, el líder de la Revolución Rusa.

La emblemática basílica construida por orden de Iván el Terrible entre 1555 y 1561 y considerada por la UNESCO patrimonio de la humanidad, es una joya antigua de la iglesia ortodoxa rusa que da un toque oriental a la plaza y al viejo palacio rojo donde gobernaron grandes zares como Pedro el Grande y Catalina de Rusia, líderes soviéticos y los nuevos dirigentes posteriores al derrumbre del muro de Berlín, entre ellos el actual mandatario Valdimir Putin, considerado el nuevo Zar.

Las diversas torres y cúpulas coloridas en forma de bulbo se izan hacia el cielo y casi flotan sobre un tapiz volante como en los cuentos de las Mil y una noches. Al interior, cada una de las siete capillas con sus respectivas torres de diversas alturas y tamaños albergan íconos invaluables y muchos objetos preciosos.

San Basilio fue un personaje extremo venerado en vida por sus contemporáneos, pues permanecía semidesnudo en la plaza en medio del fuerte viento y el riguroso frío helado y era famoso por sus intuiciones y profecías, por lo que, dice la leyenda, era temido incluso por el cruel Iván, quien mandó construir el templo sobre su sepultura.

De la estirpe de Diógenes y San Francisco de Asís, Basilio es un personaje que representa en diversas culturas, incluso antes del surgimiento de los monoteísmos, a aquellos que deciden dejar todo para vivir en la extrema pobreza y son capaces de imprecar con valentía a los poderosos al mismo tiempo que difunden su creencias con una fe delirante en medio de los desiertos calcinantes o las regiones congeladas.

Muchos de los íconos antiguos representan a este santo en diversas posiciones, de pie, sentado, arrodillado, agitado, en trance, con la mirada perdida, su luenga barba y el cuerpo enérgico y sin tiritar en la intemperie crepuscular o nocturna.

Hacía quince años no regresaba a Moscú y volví a deambular con atención por esta imponente zona central de la ciudad, plena de palacios, museos y rincones secretos por donde peregrinaron desde hace siglos latinoamericanos como Francisco de Miranda, protegido por la emperatriz Catalina y quien se habría inspirado en la bandera rusa para imaginar la del país imaginario por el que abogaba, Colombeia.

En la Plaza Roja también estuvieron en su tiempo colombianos como Jorge Zalamea, el autor del Gran Burundún Burundá ha muerto, y Gabriel García Márquez, quien muy joven y flaco llegó allí acompañando al grupo de danzas de Delia Zapata Olivella, en compañía de varios amigos, entre ellos, Manuel, el autor de Changó el gran putas y otros libros notables, apartes de cuya obra ha sido traducida hace poco por hispanistas universitarios locales.

Una foto inolvidable muestra al autor de Cien años de Soledad con sus amigos posando risueño ante la Catedral de San Basilio, pues todo el que llega a la Plaza Roja queda fascinado por ese templo y se toma la foto de rigor.

El Kremlin es una construcción amurallada imponente y al observarlo uno imagina las crueles intrigas y vicisitudes de poder vividas por zares y jerarcas soviéticos al interior de esa gigantesca construcción llena de habitaciones, salones y oficinas, donde como en todos los palacios a veces corre la sangre sobre mármoles y escalinatas.

En mi anterior visita hace quince años presencié la imponente salida de la caravana de vehículos que escolta siempre a Vladimir Putin cuando sale o llega a la sede de gobierno. Esta vez reinaba cierta calma en la Plaza Roja, porque hay menos turistas.

Y por eso pude visitar sin hacer cola la tumba de Lenín, que en la otra estadía evité tal vez por la reticencia que nos producen las momias. En 2024 se cumplirán 100 años de estar allí presente sin falta frente a los millones de visitantes que han pasado a verlo durante un siglo.

Esta vez había poca gente y en silencio, después de los controles, ingresé a la pequeña pirámide de color ocre desde donde en los tiempos soviéticos pasaban revista en ceremonias militares o días patrios los jerarcas soviéticos enfundados en sus abrigos oscuros y con sus gorros típicos de astrakán negro, como Stalin, Jrushev, Brezhnev y tantos otros.

Ante el cuerpo intacto del líder de la revolución de 1917, sentí la sensación de estar frente a un viejo conocido. Parecía dormir tranquilamente, efundado en un traje negro, con la típica corbata oscura de bolitas blancas que anudaba la camisa alba, sus manos y dedos intactos, algunos ercogidos, la calvicie visible, las cejas orientales, la chivera y el bigote, la nariz respingada, los labios eslavos, que fueron su inolvidable marca.

En la penumbra, casi solo a  falta de turistas, lo observé largo rato y a veces percibí que él podía despertarse y salir de esa caja transparente de cristal donde yace, hasta cuando me llamó la atención el policía armado de turno con su pesado abrigo y el kepis y me ordenó seguir el camino rápido y salir del mausoleo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de noviembre de 2022.