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jueves, 16 de octubre de 2025

IFIGENIA Y MANIZALES EN INGLÉS

 Por Eduardo García Aguilar

Esta semana, para mi sorpresa y alegría, salió Las rutas de Ifigenia en inglés, publicada por la editorial Aliform en traducción de Jay Miskowiec, quien en 2008 obtuvo la primera Beca Nacional de Traducción Literaria del Ministerio de Cultura para vertir a la lengua de William Faulkner y Truman Capote otra novela de la serie manizaleña, El viaje triunfal. Cada novela que uno emprende es un misterio y a veces una enfermedad de largo aliento, y su destino después de colocarle el punto final siempre sorprende, ya sea que se hunda como es previsible en el olvido total y la indiferencia o salte como la liebre hacia otras lenguas o lectores. 

La historia de Ifigenia, una muchacha manizaleña imaginaria de mi generación, en aquellos tiempos de rock, salsa y revolución, había permanecido latente durante décadas hasta cuando decidí tomar el toro por los cuernos de la narrativa, a sabiendas de que la tarea estaría llena de obstáculos, temores y dudas. En las tres novelas que ya había escrito antes sobre temas imaginarios de mi ciudad natal, Tierra de leones (1983), Bulevar de los héroes (1986) y El viaje triunfal (1993), había querido tratar de contar la mítica ciudad natal fundada en las alturas de los Andes, pequeña metrópoli que curiosamente sigue siendo desconocida para muchos colombianos, pese a las sorpresas aquitectónicas e históricas que guarda entre los vericuetos de sus calles y callejuelas empinadas, entre un paisaje de montañas, balcones floridos, precipicios y volcanes nevados y humeantes.

En Tierra de Leones abordé el personaje de Leonardo Quijano, loco genial sobre el que varias generaciones de manizaleños especulamos tratando de descifrar sus misterios e insondables secretos. En mi adolescencia literaria solía pararme a escuchar sus largos, agitados e incomprensibles discursos pronunciados en una esquina de la plaza de Bolívar y su imagen y leyenda, la pasión por el dibujo, su idioma personal y la fragilidad mental que lo sumió en la pobreza, se habían convertido para mi en un fantasma permanente que solo podía exorcizarse a través de la ficción.

Años después, en Bulevar de los héroes inventé otro personaje, el Loco Rincón, inspirado en muchos de los relatos que contaba en París sobre sus aventuras subversivas otra figura de nuestra tierra, el médico Tulio Bayer (1924-1982), nacido en Riosucio, quien de brillante profesional con posgrado en Boston, pasó a convertirse como muchas otras figuras de su generación en un redentor fallido de los males insolubles de Colombia.

Por complicidad caldense y manizalita, tuve la fortuna de compartir muchas horas con Tulio en su apartamento de París, donde se dedicaba a traducir textos para grandes multinacionales farmacéuticas y armamentísticas cuando sucedía la revolución iraní que llevó al poder al ayatolá Komeiny, a quien imitaba disfrazándose con una capa de beduino y un turbante oriental. Tulio era un gran lector y a esas alturas ya estaba decepcionado de todos los totalitarismos, de izquierda o derecha, aunque seguía con su pasión y rebeldía contra el establecimiento, lo que le contaba en sus cartas a su adversario y amigo el general Alvaro Valencia Tovar.

En El viaje triunfal, el personaje era un poeta modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Urillo, que le daba la vuelta al mundo y terminaba sus días en Manizales, rodeado de los jóvenes poetas del movimiento fundidista. En las tres novelas, además de los héroes, el otro personaje era Manizales, con sus casas, templos y palacios de fantasía construidos antes y después de los incendios. En todas está la Catedral como una presencia omnisciente y omnipotente, el Parque y el Teatro Fundadores, la Plaza de Bolívar, el Parque Caldas, el Palacio de Bellas Artes y el Teatro Olympia, el Puente de Olivares, el Monte de Léon y la carrera 23 con sus cafés y tiendas luminosas.

Cuando pensaba que ya no escribiría nunca más otra novela que tuviera como escenario Manizales, se atravesó Ifigenia y volví a la tarea, pero esta vez tratando de contarla desde otro ángulo narrativo y con un lenguaje transparente, alejado de las peripecias y artilugios verbales o la contención estilística presente en anteriores obras. El resultado es una historia que surge de la imaginación de los adolescentes protagonistas y busca captar la vida de la ciudad, el país y el mundo en un corto universo cerrado. Miskowiec la leyó y le encantó tanto que la tradujo en una magnífica versión que a veces suena mejor en inglés que en castellano y que lleva por título The trails of Ifigenia.       

Miskowiec (1958) fue uno de los discípulos preferidos de Gregory Rabassa (1922-2016), traductor al inglés de Cien años de Soledad, Rayuela de Julio Cortázar y otros clásicos latinoamericanos, portugueses y brasileños y quien además de estar dotado con un maravilloso sentido del humor y ser gran amigo de sus amigos, fue profesor en varias instituciones educativas de Nueva York. Jay también tradujo en su momento Bulevar de los héroes, publicada con prólogo de Rabassa en Latin American Literary Review Press, así como El viaje triunfal, Urbes luminosas, Delirio de San Cristóbal y ahora Las rutas de Ifigenia.

Como otros hispanistas norteamericanos tales como Seymour Menton, Johnattan Tittler y Raymond Williams, Miskowiec realiza su trabajo con una profunda pasión por el continente latinoamericano y a los autores los sigue a través de las décadas con atención y cuidado y sin prisas. En su momento, el jurado de la beca de traducción, compuesto por Juan Manuel Pombo y Timothy Keppel, dijo que había otorgado el premio a Miskowiec en virtud de que El viaje triunfal “es una novela bien escrita que capta una época histórica de América Latina de las generaciones del modernismo y del vanguardismo, es una traducción bien ejecutada y es interesante que se conozca ese periodo fuera del país. La experiencia del traductor es sólida, con una buena formación académica”.

Las rutas de Ifigenia, publicada en 2019 en Bogotá por Uniediciones en la colección Ladrones del tiempo, emprende ahora una nueva aventura en otra lengua y lleva la ciudad a cuestas, porque toda ciudad natal es la impronta indeleble de los seres humanos, su huella digital, el origen de sus tragedias, taras, celebraciones y alegrías. Manizales es una ciudad muy reciente llena de historias secretas y nada mejor que explorarlas y contarlas a través de novelas y relatos. La rebelde Ifigenia está de plácemes, pues estudió inglés y escandalizó en el Colombo-Americano de Manizales sin saber que un día la contarían en la lengua de Mark Twain.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de septiembre de 2020.      




viernes, 24 de enero de 2025

EL ÚLTIMO VALS DE VARGAS LLOSA


Por Eduardo García Aguilar

Desde hace tres cuartos de siglo Mario Vargas Llosa siempre ha estado acompañándonos desde su juvenil éxito, con decenas de novelas, cuentos, ensayos, miles de artículos y reportajes, piezas de teatro, e incluso se ha dado el lujo de ser candidato a la presidencia de Perú, líder enfebrecido y mesiánico de la derecha latinoamericana, aristócrata miembro de la cofradía de hidalgos españoles y octogenario enamorado de Isabel Preysler.

Varias generaciones lo hemos seguido desde el comienzo y en los primeros tiempos tratábamos de inspirarnos en su prosa, tras el éxito mundial de La ciudad y los perros y La Casa verde. Infatigable, hiperactivo, lector apasionado, académico, Vargas Llosa ha sido un fénómeno de la literatura latinoamericana que ahora se despide con una última novela, que es como su último vals peruano.

Hay escritores de todo tipo, poetas, polígrafos, ensayistas, cronistas, pero otra cosa es la misión del novelista que pasa su vida creando unos mundos que son arquitecturas complejas difíciles de ajustar como mecanismos de relojería. Y Vargas Llosa fue un novelista nato, único, investigativo, algunas de cuyas obras de madurez son monumentales y se preocupan por la vida de varios países del continente y del mundo.

Con Le dedico mi silencio (Alfaguara, 2023), Vargas Llosa se despide volviendo al Perú de su origen con una obra que se lee como un vals alegre y triste de Chabuca Grande o Lucha Reyes, un vals a veces cursi que trata de sintetizar en sus letras y melodías la compleja estructura racial, imaginaria y cultural de Perú, tierra de imperios prehispánicos enormes, barroca colonia española desbordante y mundo urbano que muchos de sus pensadores han tratado de desentrañar. ¿Quiénes somos los peruanos? ¿De dónde venimos y para dónde vamos?, fueron interrogantes de pensadores que en la primera mitad del siglo XX trataron de desentrañar los ejes del misterio, como José Carlos Mariátegui, Sebastián Salazar Bondy y José María Arguedas, entre otros muchos.

Toño Azpilcueta es un modesto cronista de música criolla, especialista en valses, marineras, polcas y huainos peruanos y vive de lo que le pagan por esos artículos en las revistas de farándula. Un típico escribidor latinoamericano, pobre, sufrido, que lucha por sacar adelante su familia en un antiguo vecindario de un barrio sórdido poblado de ratas y cucarachas que lo acechan en la imaginación neurótica.

Un día lo llaman para asistir a la presentación del desconocido y joven guitarrista Lalo Molfino en la zona de bajo el puente de Lima y ahí en esa casona colonial, pese a su inicial escepticismo, sufre una revelación al descubrir que nunca había escuchado un talento igual. Y desde entonces se dedica a seguirlo y a tratar de desentrañar su vida y sus misterios. Con gran entusiasmo, después de enterarse de su muerte prematura, recibe un préstamo de 5000 soles de su amigo Collau para que escriba el libro que tanto ansía y siga la investigación, viaje al norte en pos de los secretos y poco a poco los desentraña. 

Pero en tanto avanza, se empecina en la teoría útópica de que las divisiones raciales y sociales del Perú podían ser atenuadas por esa música criolla que traería la concordia nacional en tiempos de violencia y Sendero Luminoso. El libro tiene un gran éxito, se venden decenas de miles de ejemplares y el modesto articulista salta a la fama como ensayista y se redime. Con esta novela liviana y profunda sobre la peruanidad, el Premio Nobel Vargas Llosa se despide de nosotros y de la narrativa, conmoviéndonos como siempre y ganando nuestra más sincera admiración y agradecimiento.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 26 de enero de 2024.
 

 
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sábado, 4 de mayo de 2024

LA CASA DE LAS BRUJAS Y TEQUILA COXIS


Por Eduardo García Aguilar

Unos años después de llegar a la Ciudad de México y cuando comenzaba a publicar uno tras otro varios libros, entre ellos novelas, relatos y poemarios,  cumplí el extraño sueño irrealizable de vivir en uno de los edificios más misteriosos y bellos de la capital mexicana, enclavado en la antigua colonia Roma y situado en la plaza Río de Janeiro, en cuyo centro arbolado hay un estanque y una reproducción del David de Miguel Ángel.

Abigarrado edificio de varios pisos construido por un arquitecto y constructor británico en ladrillo rojo como los castillos antiguos, tenía una torreta central rematada por una cúpula aguda de tejas oscuras y cuatro torretas del mismo estilo que le daban la apariencia de un edificio de película de vampiros con sede en Londres.

Allí en su tiempo y su juventud vivió el escritor Carlos Fuentes con su esposa, la gran actriz Rita Macedo, y es escenario de la novela El desfile del amor del Premio Cervantes Sergio Pitol, con la que obtuvo el Premio Herralde, y quien residió allí un año para asegurarse de que su narración de espionaje, situada en tiempos de antes y después de la Segunda Guerra mundial, fuera verosímil.

En un barrio lleno de museos, galerías, bibliotecas, palacetes de instituciones, cruzado por avenidas construidas al estilo europeo y pleno de árboles y plazas hermosas, vivían artistas, eruditos, sabios, familias añejas, magnates y jóvenes estudiantes y artistas locos que poblaban los cafés nocturnos y hacían la fiesta hasta altas horas de la noche.   

Albergó diplomáticos en las primeras décadas del siglo XX, pero en 1942 fue restaurado y convertido en su interior en una gran construccion de estilo Art Deco, por lo que sus lujosos apartamentos y estudios con amplias bañeras y acabados preciosos en madera y mosaicos, eran codiciados. Sobrevivió a la Revolución mexicana y a varios terremotos terribles como el de 1985, que experimenté ahí mientras veía como se desmoronaban los edificos modernos. Aun está en pie, enhiesto, bello y orgulloso y sigue siendo codiciado por las nuevas generaciones bohemias que sueñan con vivir en un sitio cargado de historia, misterio y leyenda.

Como esperaba el nacimiento de mi única hija, buscaba con afán un apartamento y tuve la suerte de que mi amigo el poeta mexicano Guillermo Fernández, traductor de decenas de libros de poesía y literatura italiana, convenciera al encargado del edificio, el generoso y amable bailarín Juan Medellín, de alquilarnos a nosotros el mejor apartamento, el situado en el segundo piso, en la esquina de la torreta gótica frente a la plaza, pese a que mucha gente hubiera dado la vida por obtenerlo.

El apartamento tenía una sala amplia, dos habitaciones y un estudio espléndido que daba a la plaza, donde escribí varios libros, entre ellos Bulevar de los héroes y Llanto de la Espada y muchos artículos para diversos medios mexicanos. Era una delicia escribir en ese lugar de sueño y mis amigos  mexicanos cuentan y recuerdan que en las noches y las madrugadas capitalinas escuchaban el incesante tecleo de mi máquina de escribir, cuando amanecía redactando y delirando con el ímpetu de tener apenas 30 años. Entre mis vecinos estaban el poeta Mario del Valle, director de la editorial Papeles Privados, el escritor Vicente Quirarte y Eduardo Vázquez Martin, quien después sería secretario de Cultura de la Ciudad de México. Pero en el edificio de unas cincuenta viviendas vivían también pianistas, pintores, bailarines, matemáticos, aristócratas arruinados, funcionarios, académicos y cantantes de ópera. 

La treintena es una de las edades más fogosas y creativas para todos los seres humanos en el campo que sea: finanzas, música, arte, arquitectura, medicina, física, ciencia, antropología, arqueología, geología, astronomía. En esa década las neuronas están en su mejor momento y la persona no es ni el adolescente inseguro o el jovencito inexperto, sino ya una criatura formada que es lo que será.

La Roma, donde vivió en la Avenida Alvaro Obregón el poeta nacional zacatecano Rafael López Velarde y en cuyo honor se creó ahí la Casa de Poesía que lleva su nombre, es un barrio porfiriano poblado de mansiones, palacetes, y cuando viví allí aun pervivían confiterías, cafeterías y pastelerías de las más exquisitas de la ciudad, como la centenaria Dulcería Celaya o La Bella Italia, donde se vendían los mejores helados. O sea que vivir y deambular por sus calles era como residir dentro del sueño.

Mucho tiempo después quise hacer un homenaje a la amada ciudad de México, donde viví más de tres lustros inolvidables, con una novela que se situara en parte en ese edificio contado por Pitol y Fuentes en los tiempos de la época del cine de oro mexicano. Parte de la trama y el desenlace de la novela se da ahí en ese palacete y la protagonista es una acriz colombiana imaginaria que vivió allí en los tiempos de gloria de Dolores de Río, María Félix, El Indio Fernández, Jorge Negrete y Pedro Arméndariz y tantas otras estrellas de la patalla grande que encendieron y animaron todos los cines de las ciudades latinoamericanas desde Tijuana hasta la Patagonia.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de mayo de 2024.

lunes, 25 de marzo de 2024

CIEN AÑOS DE LA MONTAÑA MÁGICA

Por Eduardo García Aguilar


En 2024 se cumplen cien años de la publicación de la novela La montaña mágica del Premio Nobel alemán Thomas Mann, uno de los libros más significativos del siglo XX, que transcurre antes del inicio de la Primera guerra mundial en el Sanatorio Internacional Berghof para tuberculosos de Davos, en los alpes suizos.

El joven burgués y huérfano Hans Castorp, criado por su abuelo y su tío en Hamburgo, va de visita al sanatorio a ver su primo Joachim, afectado por ese mal que después sería controlado con la aparición de la penicilina, pero al final termina quedándose allí durante siete años, antes de partir a enrolarse en el ejército alemán al iniciarse la guerra que ya se sentía venir en los primeros lustros del siglo XX.

Castor termina seducido por el ambiente del lugar, comandado por el médico Behrens, que ama el arte y es pintor y es secundado por el psicoanalista Krokovski, quien realiza sesiones donde circulan las ideas que comenzaban a estar de moda bajo la batuta del gran Sigmund Freud y sus jóvenes discípulos en la capital austriaca Viena.

En el hospital hay un lujoso comedor con siete grandes mesas para una decena de comensales cada una, donde día a día personajes variados se encuentran y establecen todo tipo de relaciones y diálogos, a veces sacudidos por la muerte súbita y ya prevista de algunos internos, suicidios inesperados o la llegada de nuevos clientes, como la bella y sexual Clawdia Chauchat, de la que se enamora perdidamente el joven protagonista.

Durante su estadía, que era primero solo como visitante, el joven ingeniero naval Castorp resulta diagnosticado con el mal, por lo que se queda para seguir el tratamiento. En aquellas alturas nevadas comienza a relacionarse con el escritor liberal italiano Settembrini, con quien sostiene amplias discusiones apasionadas mientras caminan por el pueblo o las montañas. El excéntrico maestro se vuelve su mentor a medida que avanzan las sesiones de formación socrática en temas filosóficos, literarios y políticos.

Después esos temas serán cotejados y complementados con la aparición del jesuita Naphta, contradictor que se enfrenta con Settembrini en una magnífica esgrima intelectual y verbal sobre todos los temas, como era de uso en esos tiempos a la vez tan modernos y tan lejanos de nosotros.

A lo largo de la novela se viven momentos intensos durante las diversas agonías a las que asiste Castorp en una etapa de su estadía, cuando se dedicó a la obra de caridad de acompañar a los enfermos hasta el último suspiro. A veces en pleno invierno, los cuerpos de los fallecidos eran enviados al pueblo en trineos de bobsleigh que bajaban raudos sobre la nieve. 

Pero también en medio del aislamiento había fiestas, recepciones, ebriedades, sesiones de espiritismo, delirios bajo tormentas de nieve, exaltaciones, presencias de personajes absurdos y caricaturales, erotismo desbordado e iluminaciones, mientras abajo, en la Europa real sucedían las crisis económicas y se preparaban los ejércitos.

Ha pasado un siglo, pero Europa sigue viviendo inmersa entre los mismos fantasmas, sumida en la incertidumbre de la guerra, la división, la crisis y el sonido ineluctable de los tambores bélicos que retornan de manera cíclica, ante la inercia cómplice de líderes que llevan al matadero a sus ciudadanos como el Flautista de Hamelin llevaba ratas al abismo.

Por eso La montaña mágica es tan importante y necesaria, convertida en un clásico permanente y vivo, como lo han sido Prometeo encadenado de Esquilo o la Divina Comedia de Dante, entre otras. Y es un ejemplo logrado de lo que es una novela, o sea la creación con palabras de un mundo dentro del mundo, un universo dentro del universo, a veces más nítido y palpitante que la propia realidad.

Los grandes autores de novelas son creadores de universos. Antes de emprender la escritura y durante el proceso, el autor va armando una catedral de tiempo y lugar, donde deambularán los personajes. Para ellos hay que inventar paisajes, calles, ámbitos climáticos y geográficos, bajo la lluvia o el sol y las circunstancias históricas donde transcurren sus existencias. Es un reto enorme para el novelista y si logra escribir una obra maestra como ésta, siente una gran sensación de victoria y poder, aunque muchas veces ignora que lo ha logrado, porque el veredicto definitivo sobrepasa el tiempo de su existencia y se interna hacia el futuro hipotético. 

El periplo de Hans Castorp encarna el destino del humano en todas sus circunstancias.  Por eso al final de su formación y retiro, baja de las alturas a enrolarse en el ejército de su país, sabiendo que morirá, pues en esas batallas cuerpo a cuerpo de la Primera guerra mundial eran pocos los sobrevivientes, solo aquellos que mutilados o no, permanecían en el mundo para contarlo. 

Allá arriba en ese ámbito cerrado, Thomas Mann logra hacer una metáfora de las incertidumbres de su época, que iba directo a la guerra en medio de los grandes avances de las ciencias, la tecnología y la industria mundiales. En ese universo cerrado hay tiempo para cavilar sobre todos los temas esenciales posibles, los mismos que hoy agitan y en el futuro preocuparán a ciertos individuos alertas que viven la existencia como un relámpago permanente.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de marzo de 2024.


miércoles, 25 de octubre de 2023

LA LEYENDA DE GREGORY RABASSA

Por Eduardo García Aguilar

La vida le depara a uno privilegios inolvidables como el conocer y ver varias veces al gran traductor, escritor y académico estadounidense Gregory Rabassa (1922-2016), quien tuvo una lúcida y longeva vida y falleció a los 94 años en Bradford, Connecticut.

Rabassa es una leyenda para los latinoamericanos e ibéricos, tanto hispánicos como portugueses, un mito casi, pues tradujo en una larga carrera de más de medio siglo a los más grandes escritores de esos ámbitos lingüísticos, como Machado de Assis, Jorge Amado, Darcy Ribeyro y Antonio Lobo Antunes o libros como Rayuela de Julio Cortázar y Cien años de Soledad y El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, obras cumbres que vibran aun entre nosotros como si hubiesen sido escritas ayer. Un día le pidieron traducir Rayuela y ahí todo comenzó, aunque no era su plan de vida.

Rabassa nació en Nueva York de un padre cubano de origen catalán y una madre neoyorquina, y tras doctorarse en la Universidad de Columbia, se desempeñó como profesor de literatura allí durante dos décadas, antes de trabajar en la City Univesity of New York, donde siguió su labor como profesor emérito hasta ya cerca de cumplir su novena década de existencia. 

Era pues un neoyorquino esencial que frecuentó en su juventud los bares y los sitios de jazz de Greenwich Village y Lower east side, estuvo como casi todos los de su generación destacado durante la Segunda guerra mundial entre 1942 y 1945, en su caso en Italia, alcanzando el grado de sargento, y vivió la mayor parte de su vida en Upper east side, en apartamentos situados en una zona privilegiada entre las calles 72 y 76. Y tuvo también dos dachas en zonas bucólicas donde congregó sus libros y su colección de vinilos de jazz, que compartía con su cercano amigo y cómplice, el joven eterno Julio Cortázar, cuando venía a visitarlo.

Fue Julio Cortázar quien le recomendó a García Márquez a Rabassa para la traduccción de su obra cumbre Cien años de Soledad y el colombiano quedó tan contento que declaró varias veces, incluso en Estocolmo, que la versión en inglés de ese libro era mejor que el original, lo que divertía al simpático neoyorquino, quien tenía un excelente sentido del humor.

Mi amigo y discípulo suyo Jay Miskowiec, animador de Aliform Publishing, que publicó algunas traducciones suyas, me conectó con él y tuve la fortuna de verlo por primer a vez en 1989. Me citó en el bar del lujoso Hotel Plaza en Central Park en un día de otoño. No hay palabras para describir lo que puede sentir un joven escritor latinoamericano cuando camina por las arterias de New York, lentamente, vadeando las humaredas que brotan del vientre de la urbe bajo la bruma otoñal, rumbo a un encuentro con el mítico Rabassa. 

El profesor, de baja estatura, que solía usar a veces corbatín, apareció risueño y afable y en su rostro amigable se percibía sin lugar a dudas su origen catalán, o sea de la estirpe del sabio Ramon Vinyes, el sabio que residió en Barranquilla y regentó una librería en la que se nutrieron los jóvenes del Grupo del mismo nombre. Luego caminamos hasta cerca de su apartamento en Lexington Avenue y nos despe
dimos hablando de su querido discípulo y amigo Jay Miskowiec, quien propició ese primer encuentro. 

Cinco años después, cuando presentamos en 1994 en Americas Society la traducción de Bulevar de los héroes, estuvo presente Rabassa, rodeado por todos los muchachos amantes de la literatura que estábamos allí y bebíamos y disfrutábamos, sin poder creerlo, de su generosidad y amabilidad, entre ellos los colombianos Tomás González y Eduardo Márceles Daconte, quienes residían entonces en Nueva York, antes de que los dispersara y los regresara a Colombia la caída de las Torres Gemelas en 2001, derribadas por los yihadistas de Osama bin Laden. 

La última vez que lo vi fue cuando en 2009 presentamos El viaje triunfal en la misma institución en otro acto parecido en una tarde de otoño. Rabassa contaba chistes y hacía juegos de palabras y sonreía con el aire juvenil que siempre lo caracterizó. 

Disertó sobre la filosofía de los cínicos griegos Antístenes y Diógenes de Sinope del siglo IV antes de nuestra era, entre otros temas de su predilección. Nos explicaba esa noche que la palabra venía del griego perro y se divertía con sus diatribas e ironías y su vida libertaria, despegada de los honores y las riquezas terrenales. 

No es para menos que para todos nosotros Rabassa sea un mito: entre sus traducciones se destacan además Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez, Paradiso de José Lezama Lima, La Casa Verde y Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa, y obras de Juan Goytisolo, José Donoso, Clarice Lispector y Dalton Trevisan, entre muchas otras. 

También escribió un libro sobre el oficio de traducir y una autobriografía donde cuenta en una límpida prosa aspectos de su larga vida, que incluye su infancia, adolescencia, juventud, aspectos familiares, amores, sus adoradas hijas y anécdotas de su vida académica y profesional. Su vida también hace parte del realismo mágico, que para él comenzó con Miguel de Cervantes Saavedra y su Quijote de la Mancha.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de octubre de 2023.



  

sábado, 13 de mayo de 2023

¿ESCRIBIR NOVELA PARA QUÉ?


Por Eduardo García Aguilar

La novela tuvo su gran auge en el siglo XIX en los mundos hispano, anglosajón, ruso y francés y ya en la primera mitad del XX se extendió con fuerza a otros ámbitos exóticos y lenguas minoritarias como las esteuropeas. En un mundo sin  televisión ni cine, la novela era una de las formas de viajar y entretenerse con mundos paralelos, personajes inolvidables y largas sagas y aventuras humanas plasmadas por enérgicos y protéicos autores que daban la vida por ello con un trabajo desenfrenado, tal y como ocurrió con Balzac, Dumas, Zola, Dickens, Twain, Dostoievski y Tolstoi. Y sus obras se publicaban por entregas en los periódicos.

En Colombia tuvimos grandes éxitos continentales como La María de Jorge Isaacs, emblema de la literatura romántica, las novelas y panfletos de José María Vargas Villa, el gran best-seller latinoamericano de su tiempo y quien publicó cien obras que aparecían en periódicos y folletos distribuidos masivamente en kioskos españoles, y para rematar, La Vorágine, de José Eustasio Rivera, clásico de la literatura telúrica latinoamericana.
 

 
Los países latinoamericanos tienen sus clásicos novelísticos del siglo XIX y el siglo XX, pero fue en la segunda mitad del siglo pasado cuando el género tuvo el gran auge que lo llevó a atraer lectores en el mundo entero. Jose María Arguedas, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Rómulo Gallegos y Miguel Otero Silva, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti y Manuel Mujica Láinez y Julio Cortázar son algunos de esos nombres.

Es probable que muchas de las obras de esos autores hoy serían rechazadas por las editorales por no acomodarse al género comercial en boga de literatura fácil, escrita con una prosa insípida de fácil acceso y con temáticas autobiográficas o ligadas a temas populares o de actualidad farandulera. Me imagino la cara que harían hoy las editoriales con libros tan complejos como Paradiso de José Lezama Lima, Bomarzo de Manuel Mujica Láinez, Rayuela de Julio Cortázar, El Aleph de Borges o El otoño del patriarca de García Márquez, para mencionar solo algunos.

Editoriales, agencias y talleres literarios indican ahora a los jóvenes que deseen incursionar en el mundo de la novela una serie de reglas básicas para tratar de tener éxito y lectores, por lo que poco a poco es la novela negra, para adolescentes o policiaca la que domina el panorama con argumentos e intrigas previsibles y de fácil lectura. 

Los formatos y las frases de las novelas deben ser cortos para no cansar al lector y la dosificación de los capítulos amena, y si posible basada en temas autobiográficos o de moda. Los libros que circulan hoy son trabajados de antemano por agencias, gosth-writers o los editores finales. O sea que el autor cree publicar su libro, pero no es suyo. Es un autoengaño. Y a veces terminan creyéndose escritores o autoras. Está en boga escribir novelas sobre personalidades famosas o de la farándula de cada país, como Emiliano Zapata, Pancho Villa, Frida Kahlo, Pablo Escobar, o en el caso de Argentina Evita Perón, Carlos Gardel, el Che Guevara o Maradonna.

El autor así entra al mercado con facilidad, pues las novelas basadas en esos personajes históricos o de la farándula atraen de inmediato al comprador seducido por la portada, donde aparecen los íconos del pasado o el momento: León Trotsky, Daniel Santos, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Lady Di o Celia Cruz, o  algún dictador o presidente latinoamericano grotesco. Así pululan novelas que ya traen en la tématica el atractivo o el gancho comercial: novela de violencia, narco o mafia, dictadura, tango, Hollywood, mambo, rock, salsa o reggaetón.


 
El novelista se ha convertido así en un empleadillo que de antemano se autocensura para ofrecer un 
producto domado de baja calidad y no una obra suya que traiga sus huellas dactilares, como sí ocurría con los grandes autores y autoras del siglo XX en el continente.

En lo autobiográfico se cuentan siempre tragedias de discriminación, abuso, marginalidad, suicidios, crímenes pasionales heterosexuales u homosexuales, historias cortas y lacrimosas contadas con prosa fácil y en primera persona. En países afectados por el narcopoder, los temas de moda son política, violencia, guerrillas, narcos o paramilitares y preferible si están escritos con palabras soeces de injuria, mientras más vulgares mejor, por lo que cualquier tema que aborde temáticas humanas o estéticas se considera anómala o carente de interés. 

Las portadas de las novelas traen siempre una mujer semidesnuda en la playa, un papagayo parado en un poste ante un paisaje tropical, un racimo de bananos o cadáveres yacientes entre regueros de sangre. En todo ese mundo reina el mal gusto, la falta de imaginación y los efectismos fáciles de una narrativa de ínfima categoría. Un libro de Borges, Marechal, Lezama Lima, Mujica Láinez, Mutis o Cortázar sería considerado ahora obra de un loco.

¿Escribir novelas para qué? Si es para ganar dinero lo más seguro es que la decepción arrollará al aspirante, pues casi ningún novelista hoy puede vivir de sus regalías, salvo tal vez los grandes best-seller anglosajones que dominan el mercado mundial.

Debe saber el autor que la novela es un género agonizante que ya fue reemplazado por las series de Netflix, que de hecho pronto lanzará al aire versiones de Pedro Páramo y Cien años de soledad. 

Si alguien utópico insiste en escribir novelas sin recurrir a un ghost-writer, podría contentarse al menos con ser su propio y solitario autolector, o sea el sueño profundo del gran Borges, quien decía que no había que escribir para los otros sino para uno mismo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de mayo de 2023.





viernes, 5 de mayo de 2023

EL ETERNO VERANO DE MARVEL MORENO

Por Eduardo García Aguilar

Conocí a Marvel Moreno (1939-1995) gracias al hispanista francés Jacques Gilard, a quien vi por primera en un gran encuentro de literatura hispanoamericana en la Universidad de Toulouse donde estuvieron presentes Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, Juan José Saer, Flor Romero de Nohra, Alba Lucía Ángel, entre otros. En ese entonces estudiaba en la rebelde Universidad de Vincennes y nos invitaron a realizar una exposición del Centro de Información para América Latina que animábamos allí y a donde acudían muchos de los exiliados latinoamericanos. 

Con Jacques nos hicimos amigos porque encontré su billetera con papeles y dinero que él había perdido en el auditorio y lo busqué por toda la universidad sin conocerlo para entregársela. Me hizo una fiesta por ese gesto y empezó así una larga relación literaria. Él era un brillante y joven académico que estaba en ese entonces dedicado de lleno a la literatura colombiana, recopilando la obra periodística de Gabriel García Márquez y los escritos de Alvaro Cepeda Samudio y por supuesto era muy amigo de Marvel, la admiraba y ya sabía de su obra en marcha.

Yo era un muchacho y aunque ya había escrito y publicado en revistas y suplementos desde la adolescencia, hacía mis primeros intentos de escribir una novela larga y un día que él vino a París me la presentó al frente de su casa en la rue Croulebarbe y le pidió a ella que leyera mis textos y nos viéramos para hablar de literatura. Marvel también estaba enfrascada en la redacción de sus cuentos y novelas.
 
Después de ese primer encuentro Marvel me invitó a su casa para que charláramos. Ella no había publicado aun ningún libro, aunque sí cuentos en revistas. Gilard la admiraba mucho, pues había pasado temporadas en Barranquilla y se sentía barranquillero adoptivo, costeño esencial. Él fue el primero en percibir con claridad, antes de que ella publicara sus obras más importantes, Algo tan feo en la vida de una señora bien (1980) y En Diciembre llegaban las brisas (1987), la magnitud literaria y las posibilidades de Marvel.
 
El feminismo estaba entonces muy en boga en Francia a través del Movimiento de Liberación Femenina (MLF), a cuyas manifestaciones acudíamos los estudiantes con nuestras amigas o novias feministas. Esos años fueron importantes, pues en Francia se acababa de votar la autorización del aborto, promovida por la ministra Simone Veil, y el MLF era un movimiento muy activo al que éramos muy sensibles los estudiantes.
 
Cuando ella llegó a vivir a París y decidió quedarse la literatura feminista circulaba mucho entre los jóvenes, especialmente a través de la editorial Femmes, que publicó poco después en francés a Marvel Moreno. También circulaban traducciones de feministas norteamericanas como Betty Friedan, Kate Millet y Erica Jong. Ella estaba muy conectada con esa atmósfera de liberación feminista cultural y sexual generalizadas de los años 60 y 70, en tiempos posteriores a mayo del 68.  

El día muy soleado de mayo cuando la conocí hacía mucho calor y me impresionó su frescura y belleza. Era una mujer alta, moderna, con una larga cabellera y gestos de gacela, piernas largas. Llevaba jeans y una blusa blanca vaporosa. Tenía 39 años y había nacido en septiembre como yo, o sea que compartíamos el hecho de pertenecer al signo Virgo. Gilard estaba feliz, muy excitado esa tarde y bromeaba mucho con ella. Veo esa tarde espléndida en mi memoria como si hubiera sido ayer. Por los azares de la vida, he vivido todo este siglo XXI en la Place D'Italie, a unas cuadras de la rue Croulebarbe, veo su edificio desde mi apartamento y cada vez que paso por ahí me acuerdo de ella. 

Marvel le dio una estocada al mundo patriarcal de las élites de Barranquilla y lo plasmó para siempre sin miramientos. Un mundo de patriarcas vulgares y poderosos que pervive intacto en la actualidad. Después de ser la reina del Carnaval, y compartir con la Miss Universo Luz Marina Zuluaga, que asistió a su coronación, dejó atrás todo eso y se convirtió en un mito insumiso de la ciudad, la mujer que se rebela contra su destino, problemática, que cuenta todo, la mujer conflictiva que adopta la causa de las insumisas.

Fue una luchadora contra la dominación patriarcal en la Costa Atlántica, que también se extiende a los territorios interiores y capitalinos de Colombia, cuestionados por Helena Araújo en sus novelas Fiesta en Teusaquillo y Las cuitas de Carlota. Machismo y falocratismo que se extiende a todo el continente y al mundo y domina desde hace milenios. De hecho, su último libro salió gracias a que un movimiento de jóvenes estudiantes barranquilleras rebeldes cuestionaron con un performance durante una mesa redonda sobre Marvel la censura familiar y exigieron la publicación de El tiempo de las amazonas (2020), que es un libro muy subversivo aun para hoy.

Barranquilla siempre vivirá en su obra, la de una reina de belleza que estudia, lee y se rebela como una estrella de rock de los maravillosos años 60 y 70 y la cuestiona desde diversos ángulos con la fuerza de Susan Sontag, Angela Davis y Patti Smith. Su primera y más conocida novela En diciembre llegaban las brisas, publicada por Plaza y Janés, está marcada por el decidido carácter antipatriarcal de su obra, centrada en su ciudad natal y las tradiciones y taras sociales, culturales y de género que tuvo que padecer en aquel ambiente del que huyó para siempre y al que no volvió. Ella se atrevió a enfrentar ese mundo y alejarse de él en un barco que va sin retorno con las velas abiertas.





sábado, 29 de abril de 2023

CENTENARIO DE MANUEL MEJÍA VALLEJO

Por Eduardo García Aguilar

El 23 de abril, día del Idioma, se celebró el centenario del natalicio de Manuel Mejía Vallejo (1923-1998), escritor antioqueño ganador de los premios Nadal y Rómulo Gallegos y una de las figuras más importantes de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo XX. En esta oportunidad no voy a hablar de su obra, sino de los momentos en que tuve la oportunidad de compartir con él en Guadalajara y Medellín.

Debo decir que la literatura colombiana en aquellos momentos tenía un carácter más humano, convivial y menos competitivo y comercial de lo que ocurre en este primer cuarto del siglo XXI, donde la mayoría de los autores, hombres y mujeres, viven una avorazada carrera por el éxito y la fama y producen como conejos obras a destajo para estar presentes en el panorama efímero de las ferias y las librerías.

Por eso no es extraño que a los de nuestra generación, la Generación Sin cuenta, como se le suele llamar, hubiésemos tenido la oportunidad de compartir con los grandes maestros del aquel tiempo, pero no como vasallos o intimidados discípulos, sino como amigos y compañeros de mesa y ebriedad.

El gran escritor contemporáneo Juan José Hoyos ha escrito hace poco una magnifica crónica de como conoció a los 20 años a Manuel en su casa de Medellín, a donde había ido para entrevistarlo, pero que el final se convirtió en otro partícipe de esas charlas humanas donde el escritor, antes de posar, vivía y contaba la vida y la literatura al calor de los rones y el cántico de los pájaros, el ladrido de los perros y el treno crepuscular de los grillos. 

Juan José Hoyos hace un retrato magistral de Mejía Vallejo como un ser humano antes que todo, escritor que según él sería regional en el mejor sentido de la palabra regional, como lo fueron en su tiempo Tomás Carrasquilla y tantos otros de la humanidad como las hermanas Bronte, Benito Pérez Galdós, León Tolstoi, Mark Twain y William Faulkner. Sus palabras me han conmovido porque igual que él, quien es de mi generación, tuve también la fortuna de conocerlo de cerca.

Primero durante una visita a Medellín cuando vivía en México y acababa de publicar mis primeras novelas Tierras de leones y Bulevar de los héroes en la capital mexicana y llegué allí a participar en el famoso taller que él impartía en la Biblioteca Piloto de Medellín.

Como suele ser para todo escritor que publica sus primeras novelas cuando está en la flor de sus treinta años, siempre los mayores te reciben con el afecto hacia lo que ellos consideran escritores promisorios que les recuerdan los tiempos en que ellos lo fueron y por eso les abren las puertas y la amistad con la generosidad del tiempo ido. Así era también su contemporáneo y amigo Alvaro Mutis, que antes que autor era un amigo para quien la vida contaba antes que cualquier vanagloria. Y también así fueron Manuel Zapata Olivella y Fernando Charry Lara.

Manuel Mejía Vallejo me recibió en un salón aledaño al escenario desde donde impartía el taller. Como siempre vestía de traje y tenía esa figura de bigote y cejas pobladas que caracteriza a nuestros ancestros de las tierras antioqueñas crecidos con la frente despejada, un pie en las montañas y otro en los valles y las ciudades crecientes, nutridos de naturaleza, viajes a caballo, excursiones por ríos y quebradas, trochas y precipcios, y sesiones de guitarra y alcohol en fondas a la vera del camino, como en el famoso poema de León de Greiff, cuando dice que "en el alto de Otramina, pasando ya para el Cauca, me encontré con Toño Vélez en qué semejante rasca".

De esa misma estirpe era el maestro Fernando González, autor del bello libro Viaje a pie, donde cuenta sus aventuras de viaje acompañado del padre de Estanislao Zuleta a través de la cordillerra central, por donde llega a Manizales desde el norte cuando nuestra urbe estaba en plena reconstrucción tras los devastadores incendios y emergía la gigantesca catedral que entonces era para él un inmenso molar de cemento abierto en la cumbre.

Una hora antes de la salida al esenario, Manuel sacó una botella de Ron Antioqueño y empezó a servirme las mismas dosis que él bebía, de modo que al iniciarse el acto estaba prendidísimo y mucho más que él, veterano en esas lides. No sé lo que dije aquella tarde, pero sin duda los efectos del ron debieron sacar del fondo del alma de un escritor en formación los secretos más profundos. Vi por esos días en Medellín a otros dos grandes narradores amigos, Darío Ruiz Gómez y Fernando Vallejo, que son de la misma estirpe que Carrasquilla, González y Mejía Vallejo y con todos ellos compartí en la capital antioqueña horas inolvidables.

Otra vez volví a verme con Manuel en la Feria Internacional del libro de Guadalajara, que estaba dedicada a Colombia. Como era una feria aun naciente, cuando Manuel llegó a la capital de Jalisco no había habitación ni para él ni Fernando Cruz Kronfly, por lo que tuve que mover cielo y tierra con los mexicanos para solucionar el problema y evitar que durmieran ambos en los sofás del lobby del hotel. Fue una anécdota divertidísima. Después todos caminabamos felices por las soleadas calles de Guadalajara al calor del tequila y Manuel siempre estaba allí comandándonos  a todos con el aura marvillosa que aun tiene desde el más allá a cien años de su nacimiento.


  


domingo, 27 de noviembre de 2022

LAS HUELLAS DE JOSÉ EUSTASIO RIVERA


Por Eduardo García Aguilar

Una tarde, caminando por el centro de Bogotá donde él tenía su oficina, cubierto por su infaltable gabardina, Fernando Charry Lara me contó su experiencia de haber asistido al velorio de José Eustasio Rivera (1888-1928), cuyo cadáver vino desde Nueva York a Bogotá para recibir un apoteósico sepelio como solía ocurrir con los grandes poetas y escritores de la generación modernista a la que pertenecieron entre otros Amado Nervo, Rubén Darío, Vargas Vila y José Marti, entre otros que eran seguidos atentamente por los lectores de ese tiempo a través de la prensa, los libros importados de España o Francia y los actos públicos en teatros, cuando un poeta podía mover multitudes.

Su padre lo había llevado a ver el ataúd y el cuerpo del joven narrador autor de La Vorágine (1924) y el gran poeta de Tierra de promisión (1921), dos libros esenciales en las literaturas colombiana y latinoamericana, para muchos las dos obras más notables escritas en el país en el siglo XX. El niño no sabía que mucho tiempo después escribiría un poema sobre ese momento especial vivido en la infancia, ya convertido en uno de los grandes poetas colombianos, autor de una obra ceñida, corta, pero sorprendente en cada una de sus páginas, tanto que su poema Llanura de Tuluá se considera el emblemático de la violencia colombiana.

Por las jugarretas del destino, Charry Lara (1920-2004) moriría en Washington y su cuerpo a su vez regresaría a Bogotá para recibir los últimos honores, aunque no tan multitudinatrios como los ofrecidos al abogado huilense que "jugó su corazón al azar y se lo ganó la violencia" con esa novela trepidante y selvática que es La Vorágine y que cada vez leemos con una emoción intacta pues sacude la esencia total del cuerpo y nos comunica con la vida y la muerte, la selva, el deseo, la aventura y el viaje.

Los ríos caudalosos, las pirañas, el amor desbocado y el despecho, la codicia, la canícula, la lluvia, los celos, la traición y el odio comparten protagonismo con el sonido escalofriante de las hormigas tambochas que devoran el follaje a su paso. De la calma se pasa a la violencia y a la huída por selvas donde los humanos se pierden a veces para siempre sin encontar ninguna ruta, desvalidos ante la inmensidad del territorio. En un barco, rumbo a Manaos, coinciden figuras del comercio, mujeres poderosas como esa erótica medioriental enamorada del protagonista, hembra que domina territorios y comanda con mano de hierro hombres de todo tipo y calaña. En La Vorágine vibran la vida, el destino, el deseo y la muerte.

Rivera escribió una obra maestra y telúrica donde cuenta el viaje de Arturo Cova en pos de su amada Alicia y cuando se trasladó a Estados Unidos para buscar la traducción de su novela y emprender otra sobre el petróleo, bajo el título de La mancha negra, según cuentan sus biógrafos, fue dominado por las fiebres y las enfermedades que atrapó en las selvas cuando sus labores de abogado lo llevaron a trabajar en la delimitación de fronteras con Venezuela. Murió a los 39 años de edad, o sea al final de esa edad vigorosa entre los 30 y 40, en la que casi todos los narradores y poetas redactan sus obras mayores. 

Cuenta la leyenda que el cadáver regresó en barco y recibió homenajes en los puertos y localidades a donde llegaba, como fue el destino también del cadáver del famosos mexicano Amado Nervo, periodista, diplomático y poeta autor de la Amada inmóvil y quien después de un largo periplo de homenajes reposó en una pomposa tumba de estilo Art Nouveau en la Rotonda de los hombres ilustres en la capital mexicana.

A Rubén Darío (1867-1916) lo trajo casi agonizante de teatro en teatro un empresario sin alma, hasta que las fiebres lo vencieron en su tierra natal Nicaragua después de un periplo mundial lleno de glorias, banquetes, sinsabores y felicidades etílicas. Y algo parecido le ocurrió a Carlos Gardel, quien después de morir en un accidente de avión en Medellín trajinó por pueblos y veredas hasta el puerto de Buenaventura, desde donde partiría de regreso a Buenos Aires, según cuenta Fernnando Cuz Kronfly en su novela La caravana de Gardel.

Suelo viajar siempre a donde vaya con un ejemplar de La Vorágine y una edición de Tierra de promisión, libros que lo acompañan a uno en la soledad de los hoteles o los aeropuertos. Hay en ellos una fuerza devastadora de colombianidad, como si ese joven abogado viajero y soñador, pero también terrestre y pragmático, hubiese captado lo esencial de nuestra nacionalidad hace cien años apenas.

Leyéndolo uno se da cuenta lo poco que ha cambiado la vida en aquellas selvas y fronteras con Venezuela, Brasil, Ecuador y Perú cruzadas por el Orinoco y el Amazonas. Las huellas de José Eustasio Rivera están ahora más nítidas que nunca, cuando nos acercamos raudos al centenario de la publicación de la gran novela de la selva y la vida. Vivimos en el mismo país que él trasegó y que sigue siendo bastante parecido para bien o para mal.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de noviembre de 2022.




sábado, 22 de octubre de 2022

CUARENTA AÑOS NO ES NADA

Por Eduardo García Aguilar

El 21 de octubre se cumplieron cuatro décadas del anuncio del Premio Nobel otorgado al autor de Cien años de soledad, quien ya era desde 1967 una estrella mundial de la literatura luego del éxito de su obra maestra, donde no solo se reconocieron todos los latinoamericanos ansiosos de afirmarse tras siglos de guerras, dependencia y miseria, sino también las poblaciones de varios continentes del llamado Tercer Mundo, aquejados por los mismos problemas de la colonización y el dominio imperial. 
 

La obra máxima del nativo de Aracataca salió en un coyuntura especial, un año antes de las revueltas juveniles de 1968 y las explosiones culturales que empezaron a derrumbar las inercias de un pasado patriarcal y autoritario en Estados Unidos y Europa. Empezaron entonces las súbitas reivindicaciones de los afrodescendientes liderados por Martin Luther King y Angela Davis en Estados Unidos y se inició el movimiento de liberación femenina que derrumbó siglos de inercia y sacó a la mujer de una minoría de edad permanente.    

En el Primer Mundo esa generación que luchaba contra la guerra de Vietnam, soñaba con la revolución, consumía marihuana y escuchaba y bailaba rock, reggae y salsa hasta el amanecer, quedó fascinada por el exotismo y las luchas sociales del Tercer Mundo encarnadas en la figura y la obra de Gabriel García Márquez, un atípico e irereverente escritor malhablado de bigote, pelo encrespado, camisas floridas y pantalones de colores chillones, muy diferente a los pomposos autores latinoamericanos de antes que usaban traje y corbata y ejercían de diplomáticos o políticos profesionales como Rómulo Gallegos, Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda.

 
El colombiano le sacó el cuerpo a todas esas formalidades y convertido en rock star dejó atrás el modelo de autor exquisito y aristocrático que representaban hasta entonces Jorge Luis Borges, el barroco José Lezama Lima y otros prohombres engolados y pomposos existentes desde el Río Bravo hasta la Patagonia, y se asoció con la revolución cubana, que entonces se encontraba en su apogeo en medio de la Guerra fría. 
 
Unido como emblema revolucionario a sus líderes Fidel Castro y al mártir Ernesto Che Guevara, que murió en Bolivia el mismo año de la aparición de Cien años de soledad, García Márquez se convirtió en otro ídolo y ascendió hacia la estratosfera como los poderosos cohetes Saturno V que llevaron al hombre a la Luna en 1969. García Márquez fue la otra cara de la moneda del Ché Guevara como mito crístico de la juventud rebelde latinoamericana y mundial hasta su paulatina difuminación en el siglo XXI. 
 

A diferencia de sus antecesores, el costeño reivindicó sus orígenes populares, la música vallenata y utilizó su fama y poder para promover el periodismo y cine latinoamericanos y desempeñarse como diplomático de facto de la Revolución cubana y mediador en complicados conflictos sociopolíticos latinoamericanos, al ser interlocutor escuchado y admirado de muchos presidentes de la región o incluso mandatarios de Estados Unidos o Europa.

   

En cierta forma García Márquez fue nuestro Victor Hugo y como él tuvo que huir al exilio cuando estuvo a punto de ser detenido en Colombia por su activismo político y periodístico y sus lazos ocultos y no ocultos con la insurgencia. Poco después obtendría el codiciado Nobel a los 54 años de edad y viviría el resto de su próspera vida en México en medio de la gloria, adorado como un patriarca o un semidiós hasta que fue alcanzado trágicamente por la terrible peste del olvido que aquejó también a los protagonistas de su obra mayor.

 
En un país y un continente que han vivido tantas guerras y desgracias, la figura patriarcal de García Márquez era un bálsamo que aliviaba los dolores y conjuraba la tradición del fracaso. Hasta su advenimiento todos los poetas, narradores y ensayistas del país habían muerto en la depresión, la pobreza y el olvido. 
 

Pero, oh paradoja, su éxito literario carbonizó como una deflagración meteórica la obra de varias generaciones de autores colombianos cuyos libros aparecieron y aparecen sin pena ni gloria desde hace décadas aunque sean notables y aun hoy todo gira alrededor de él. Sus contemporáneos vagan como fantasmas en un limbo de olvido y los autores posteriores nacen como estrellas muertas en un firmamento agotado, al mismo tiempo que se acaba la era de Gutenberg. 

Casi se podría decir que existe una religión en torno a su nombre y su imaginario. Y que un día habrá papa de Macondo, cardenales, obispos y sacerdotes que divulgarán los evangelios y ratificarán sus milagros. Sus personajes, sus gestos, sus mariposas amarillas y las imágenes creadas por su talento siguen tan vivas que inundan nuestros sueños y planean sobre el país como un gran fresco fundacional que nos detiene en un eterno presente sin tiempo. Y cuarenta años no es nada para el bolero fenomenal que fue su destino. Por eso desde el más allá, protégenos Gabriel, y ten piedad de nosotros, pues eres omnipotente, omnisciente, omnívoro, omniamoroso y omnipresente.   

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de octubre de 2022.


sábado, 8 de octubre de 2022

LOS MILAGROS DE LA TRADUCCIÓN



Por Eduardo García Aguilar

Muchas de las grandes obras literarias que nos llegan a las manos pueden escapársenos durante décadas debido a los escollos que presenta la traducción y a la forma fallida en que el texto original queda plasmado en otra lengua. Para que una obra traducida nos seduzca, es necesario que funcione con autonomía y se convierta asimismo en una pieza maestra que vuele por cuenta propia sin traicionar al original, pero instalándose en una dimensión especial con sus propias leyes imaginarias.

Eso ocurre por ejemplo con las diversas versiones de la Divina Comedia al español u otras lenguas que por lo regular desaniman al lector, pese a que los traductores han realizado una difícil tarea de artesanía para acercarse a sus ritmos interiores en prosa o en verso.

Lo mismo sucede con obras clásicas por las que pasamos sin entusiasmo desde las adolescencia, hasta que en un momento nos cae en las manos una versión que nos hace viajar como nunca hacia otro mundo y nos conmueve, como ocurrió con una version al francés de Prometeo encadenado, vertida especialmente por Olivier Py para ser representada en 2012 en el Teatro del Odeón por una compañía europea.

Los griegos pueden escapársenos durante mucho tiempo y tal es el caso de las obras de Platón donde habla y vive el díscolo y ebrio Sócrates o con los inmensos volúmenes de Aristóteles, autor que ha sido traducido infinidad de veces y aun sigue siéndolo por los nuevos especialistas. El asno de oro de Apuleyo, El Satiricón de Petronio o La Eneida de Virgilio pueden así permanecer ocultas para muchos lectores que no pueden visitarlas en la lengua muerta original.

Muchos han fracasado en sus intentos hasta el día en que se les revela una obra y los capta para siempre, como ocurre con Bajo el volcán de Malcom Lowry, la gran novela sobre México que no se deja atrapar en los primeros intentos. Quien la tradujo al español fue Raúl Ortiz y Ortiz, hombre novelesco de corbatín hoy olvidado que trabajó en la traducción los fines de semana en Cuernavaca y otros días en Ciudad de México en los años 60 hasta que le fue arrebatada prácticamente de las manos por la editorial Era y publicada en 1964, hace ya casi 60 años.
 

Tuve la fortuna de conocerlo hace mucho tiempo en una  recepción en Coyoacán y quienes estábamos allí, entre ellos el poeta Vicente Quirarte, nos sentíamos al lado de un clásico, porque muchas veces los traductores de obras maestras adquieren un aura especial que les otorga una parte de la gloria del autor.

Con La Guerra y la Paz de León Tolstói ocurre igual, ya que no todas las múltiples traducciones nos seducen, aunque para mi gusto la mejor y más cálida es la elaborada por Francisco José Alcántara y José Laín Entralgo y publicada en dos volúmenes por Editorial Vergara de Barcelona en 1959. Después vinieron otras versiones recientes de expertos que se reivindican como las mejores, más científicas o fieles, pero que no funcionan como obras de arte que nos hacen soñar.

Y en el caso de La montaña mágica muchos logran entrar en la primera versión al francés realizada en 1931 por Maurice Betz, a través de la cual se viaja por las peripecias de Hans Castorp, Settembrini, Leon Naphta y sus convivios en Davos, en el sanatorio de tuberculosos donde la bella Clawdia Chauchat esparcía su perfume y su mirada.

Pero el milagro es el de Ulises de James Joyce, que suele ser una obra muy reconocida y considerada una novela básica del siglo XX, pero que pocos han leído, salvo tal vez los dublineses e irlandeses que celebran la ruta de los protagonistas libando y haciendo la fiesta. Notables escritores y críticos han reconocido con modestia y sinceridad que nunca pudieron adentrarse en sus arcanos y eso tal vez debido a problemas de traducción.

Pero en español contamos con una excelente versión del José Salas Subirat, emigrado catalán que llegó a Buenos Aires con su familia a comienzos dedl siglo XX, ciudad donde vivió y trabajó en tiempos del joven Borges y Roberto Artl en la agencia de seguros La Continental y además escribió libros de autoayuda o sobre la árida temática de su profesión laboral.

Durante cinco años, entre 1940 y 1945, sacó tiempo a sus labores en la aseguradora para traducir este libro y logró una versión que funciona en español como una obra autónoma, llena de sorpresas, lenguaje poético, juegos de palabras magníficos y una atmósfera que nos seduce y cautiva. La obra fue publicada en la editorial bonaerense Santiago Rueda y después ha sido reeditada en el ámbito hispanoamericano.

Aunque Salas Subirat nunca presumió de su proeza y siguió dedicado a sus negocios, entre ellos una fábrica de muñecos, murió en el olvido, pero su vida ha sido rescatada en la biografia El traductor de Ulises de Lucas Petersen, publicada en 2016 por Sudamericana en la capital argentina. Aquel modesto burócrata agente de seguros viaja ahora en la carroza de la gloria joyceana, convertido en curioso personaje de novela.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de octubre de 2022.
* En la primera foto José Salas Subirat en su oficina de La continental en Buenos Aires, tal vez traduciendo Ulises. En la segunda, Raúl Ortiz y Ortiz, con su inconfundible corbatín.





 

lunes, 6 de junio de 2022

LA NARRATIVA EXISTENCIAL DE GEORGES PEREC

Por Eduardo García Aguilar

Una de las novelas más originales de la segunda mitad del siglo XX es La vida, instrucciones de uso, del autor francés Georges Perec (1936-1982), miembro del grupo Oulipo, que propiciaba la literatura experimental. Con esa novela, que obtuvo un gran éxito en 1978 cuando fue publicada, se convirtió en un autor de culto que ha influido en muchos escritores posteriores tanto en su país como en otros lugares del mundo.

Traducido a una veintena de lenguas, este autor de relatos, novelas, ensayos, guiones, crucigramas y palindromos, hijo de una familia exterminada en los campos de concentración nazis, dejó a su temprana muerte muchos libros y documentos inéditos que han venido publicándose a lo largo del tiempo e incluso en la actualidad, cuando acaba de aparecer una obra inconclusa suya que trabajó durante muchos años y que usaba las mismas técnicas aleatorias de su obra mayor.

En la vida, instrucciones de uso, Perec elige un edificio de un barrio elegante de París y cuenta, como en Las mil y unas noches, las vidas de quienes vivieron allí a lo largo del siglo o lo habitan en el presente narrativo del narrador, residente allí durante medio siglo. Es un edificio típico de ocho pisos que culmina en las mansardas, famosos pequeños cuartos de la servidumbre, en francés chambres de bonne, que después del ocaso de ese trabajo esclavizante por la aplicación de nuevas leyes sociales, empezaron a albergar a estudiantes pobres, artistas solitarios, hombres o mujeres misántropos, excéntricos, iluminados, delirantes o fracasados.

El cuerpo del edificio se compone en el primer piso, a ras de la calle, del local de una tienda de antigüedades y la habitación de la concierge y en los pisos superiores los lujosos y amplios apartamentos de adineradas personalidades, diplomáticos, aristócratas, industriales, pintores de éxito y herederas ancianas, que realizan a veces grandes recepciones para sus amistades o contactos profesionales.

La novela no tiene una sino múltiples tramas que surgen de las diversas vidas de los protagonistas y de la descripción minuciosa de los apartamentos y habitaciones, sus muebles y de la historia personal de cada uno deb los residentes. Vamos poco a poco conociendo a cada uno de los habitantes, el drama de sus vidas, sus ilusiones y fracasos, por lo que la obra es un angustioso cuadro de lo que significa la vida y el destino casi siempre trágico de los humanos.

Un millonario maniático que vive en un gran apartamento dedica su vida a aprender tardíamente a pintar acuarelas bajo la enseñanza de un pintor pobre que habita en alguna de las mansardas y después pasa décadas viajando por el mundo con su ayudante para plasmar centenares de puertos en todos los puntos cardinales del planeta, que luego envía en sobres sellados a un corresponsal que habita también en el edificio y después convertirá las imágenes en rompecabezas.

Se cuenta la vida de magnates que hicieron fortuna en la industria o con inversiones en proyectos de ultramar y el destino diverso de los herederos, uno de los cuales se dedica al comercio de pieles africanas, pero quiebra cuando este negocio deja de ser rentable. También se relata el destino de una viuda ama de casa que no estaba destinada a convertirse en una de las grandes industriales del país con el exitoso negocio de fabricar y vender instrumentos para el hogar, pero que asumió el reto tras la muerte del marido y posee ahí un maravilloso apartamento lleno de sorpresas.

Y así sucesivamente vamos conociendo el destino de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que habitan en esos espacios y el destino de los apartamentos que cambian de propietario y son renovados o abandonados, de los muebles que permanecen o son feriados tras la muerte de sus propietarios. Y en medio de todas esas vidas se hace un recorrido por la historia de Europa y del mundo en un círculo concéntrico interminable de sucesos descritos con minuciosa erudición.

El libro tiene al final un indice temático, bibliográfico y de nombres que figuran en esta enciclopedia maniática de la vida, que es además un camposanto de fantasmas, espectros, recuerdos, silencios y algarabías. El lector se ve obligado a reflexionar sobre la vida, la inutilidad del tiempo, la vejez, la enfermedad y la velocidad del fin y el crepúsculo de toda existencia. Cumple pues una función reveladora del misterio de la existencia, lo que en sí genera una poderosa y devastadora angustia.

La primera mitad del siglo XX, caracterizada por crisis financieras brutales, grandes inventos y dos guerras apocalípticas generadoras de éxodo y muerte, produjo múltiples obras maestras. Y la segunda mitad también ha producido grandes obras, aunque el pragmatismo de la trama y la facilidad han terminado por dominar.

Sin embargo un autor tan original como Perec, criado por abuelos y tíos, ha terminado por cruzar el tiempo y mientras muchas obras de éxito de su tiempo desaparecieron de los radares y viajaron al olvido, las suyas adquieren una fuerza contundente y añeja generada por el misterio y la sagacidad de su mirada y la profunda inmersión en los arcanos de la vida y la muerte.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de junio de 2022. 
La vie, mode d'emploi. Hachette-POL. Paris. 1978. 657 páginas.
La vida, instrucciones de uso. Anagrama. Barcelona. 1988. 640 páginas.