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viernes, 28 de noviembre de 2025

SILVA Y DE SOBREMESA, UN SIGLO DESPUÉS

Por Eduardo García Aguilar


Al cumplirse este año un siglo de la publicación póstuma de la novela De sobremesa, de José Asunción Silva, rescato con alegría estas notas escritas 
hace tiempos en México sobre uno de los libros más enigmáticos y modernos de Colombia y uno de mis preferidos. Silva (1865-1896), conocido por sus nocturnos y por ser uno de los más brillantes y malogrados representantes de esa generación, tuvo que soportar la gazmoñería de una ciudad colonial y brumosa, situada en las alturas de la cordillera andina, dedicado a un arte absurdo: la poesía maldita. 

Heredero de un negocio que no sabía manejar, requerido por compromisos sociales y chismografías de convento, el joven no resiste y se suicida a los treinta años, ante la indiferencia de sus contemporáneos. Antes vivió un tiempo en París, a donde viajó enviado por su padre en funciones comerciales. En Venezuela, de regreso a Colombia, naufragó el vapor Amérique y Silva perdió los manuscritos de los Cuentos negros, “lo mejor de mi obra” para él.

Poco antes de morir rehace De Sobremesa, novela que reúne todas las características esenciales de su personalidad y su época. La novela sucede durante la sobremesa. Fernández, que es un millonario decadente, le cuenta a sus amigos las dudas respecto a su actividad literaria y después de ser requerido comienza a leerles el relato de sus aventuras en Europa. 

Los primeros capítulos de ese diario están cargados de las lecturas de la época: María Bashkirtseff, Maurice Barrès,  Max Nordau, Nietzsche, Swimburne, Verlaine, etcétera. Los amigos que lo escuchan en el exquisito ambiente de su mansión bogotana, son opacos personajes que admiran al poeta Fernández, pero que no pueden comprender sus angustias y frustraciones.

El protagonista de la novela se enreda con una bella mujer, la Orloff, a quien encuentra después en el lecho dedicada al arte de Lesbos con una de sus amigas: “Al hacer saltar la puerta de la alcoba que se deshizo al primer empujón brutal y cedió rompiéndose, un doble grito de terror me sonó en los oídos y antes de que ninguna de las dos pudieran desenlazarse, había alzado con un impulso de loco duplicado por la ira el grupo infame, lo había tirado al suelo, sobre la piel de oso negro que está al pie del lecho, y lo golpeaba furiosamente con todas mis fuerzas, arrancando gritos y blasfemias, con las manos violentas, con los tacones de las botas, como quien aplasta una culebra”.

Después de la decepción, Fernández huye a Whyl y delira inventando un sistema apto para su país. Es una metáfora del progreso, donde “las monstruosas fábricas nublarán en ese entonces con el humo denso de sus chimeneas el azul profundo de los cielos que cobijan nuestros paisajes tropicales; vibrará en los llanos el grito metálico de las locomotoras que cruzan los rieles, comunicando las ciudades y los pueblecillos nacidos donde quince años antes fueron las estaciones de madera tosca y donde, a la hora en que escribo, entre lo enmarañado de la selva virgen, extienden sus ramas las colosales ceibas”. 

Al sueño político que en De sobremesa adquiere los contornos del ensayo dentro de la novela, el personaje vive sus conquistas amorosas: Nini Rousset, Helena de Scilly Dancourt, Lady Viviann, Fanny Green, etcétera, y prueba el cloroformo, el éter, la morfina y el hachish. Personaje disimétrico, telúrico, caprichoso, malvado, Fernández es la encarnación del espíritu de una época que iba rumbo a la catástrofe. ¿Mientras los industriales organizaban ferias mundiales y en ciertos cabarets se hablaba de la belle époque, los modernistas, más en la prosa que en la poesía, palpaban el malestar del fin de siglo XIX.

A nivel formal, Silva no se queda atrás y nos ofrece un texto fraccionado, absurdo, que contrasta con las novelas realistas y sus tramas ordenadas con moraleja y broche de oro. En ciertos pasajes uno cree ver ya en José Asunción Silva elementos formales que hicieron novedoso a Cortázar años después.
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Publicado en La patria. Manizales. Colombia. Domingo 30 de noviembre de 2025.
*** Notas escritas en México hace tiempos en un contexto más amplio, recuperadas para celebrar el centenario de De Sobremesa.





domingo, 24 de agosto de 2025

¿COCODRILOS Y SERPIENTES EN EL SENA?

Por Eduardo García Aguilar

Al terminar agosto se siente el retorno masivo de los habitantes después de largas o cortas vacaciones, marcadas por una excepcional ola de canícula, que sobre todo en el sur, hacia el Mediterráneo, se caracterizó por temperaturas que superaron a veces los 40 grados, muestra palpable del acelerado cambio climático. 


En París, de manera excepcional, las calles y avenidas se poblaron de hojas ocres de otoño, de las que se desembarazaron los árboles para enfrentar el difícil periodo y la sed que como a los humanos, también los agobia. Muy extraño ver como la hojarasca puebla de manera prematura todas las avenidas y calles, algo que por lo regular comienza a manifestarse a finales de septiembre y en octubre. El fenómeno es urbano, pues los árboles tienen menos posibilidades en el entorno citadino de proveerse del agua que requieren para mantener verdes las hojas durante los periodos caniculares y se desembarazan del follaje para economizar energía, sobrevivir y resistir. 

En la región de la Isla de Francia bañada por el Sena y otros ríos menores, donde hay grandes bosques como Rambouillet, Meudon, Fontainebleau, Sénart, que antaño eran utilizados para la cacería por la aristocracia y su corte, el fenómeno otoñal no se presentó y los ámbitos forestales esgrimen una saludable verdura y fogosidad, pues tienen a mano el agua suficiente.  

Al recorrer esas bellas riberas del Sena hacia el sur de la ciudad, donde antes había castillos y pequeñas propiedades de notables y aun se ven bellas localidades que guardan con celo la historia milenaria y las huellas incluso de la presencia de los romanos en tiempos de Lutecia, se siente esa fuerza de la naturaleza, la humedad y la energía de las tierras irrigadas por el emblemático río y sus afluentes.  

En muchas de esas localidades de los bordes del Sena, puede uno imaginarse las fiestas de nobles y señores que a lo largo de milenios poblaron esos lugares y también los carnavales a los que tenían derecho en ciertas fechas campesinos, siervos de gleba y servidumbre que trabajaba para esa élite perfumada que se sentía ungida por derecho divino y un día fue destronada por la Revolución francesa. A lo largo del tiempo poetas y prosistas cantaron y describieron aquellos bosques a donde duques, marqueses y barones acudían con sus caballos y jaurías de canes al ritual cíclico de la caza, una tradición que aun pervive, aunque más acotada y aun defienden los descendientes de aquellos hidalgos o sus nostálgicos plebeyos.

Los poetas de las cortes reales, como Clément Marot, Ronsard, Joachim du Bellay y tantos otros estarían impresionados al ver como las hojas ocres cubren las calles de la capital en julio y agosto, como si anunciaran con su sacrificio lo que a futuro tal vez se avecina, a medida que los humanos abusan de la tierra llevándola a una era de incendios devastadores, tsunamis, catástrofes, inundaciones, feroces tifones y huracanes, o sequías como las que hundieron a la gran civilización Maya o a los pobladores del Indus.

Mientras en España, Francia, Grecia, Portugal y otros países se registran incendios de amplios territorios o peligrosas lluvias torrenciales, cosa que se ha vuelto común en cada temporada de primavera y verano, la gente se adapta poco a poco a lo que podría llamarse la paulatina tropicalización de algunos países europeos mediterráneos, especialmente en España y Francia.
 
Puede ser que algún día tal vez el Sena estará poblado por caimanes y cocodrilos y los bosques dominados por papagayos y pericos y otras aves exóticas, que ya poco a poco colonizan zonas de la región parisina, tras posesionarse de las calcinantes costas de la Costa brava y Barcelona, donde cantan y hacen algarabía inusual en los árboles de la rambla del Raval y otros sitios. De hecho las gaviotas suelen ya recorrer París con sus alaridos e invadir los mercados y las autoridades fluviales hallaron con asombro en el río un cocodrilo del Nilo, una orca y una serpiente pitón.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24  de agosto de 2025



  

sábado, 13 de julio de 2024

FIESTA EN LA PLAZA DE LA REPÚBLICA

Por Eduardo García Aguilar

Poco antes de la hora autorizada para el anuncio de los resultados de las elecciones legislativas francesas del 7 de julio, las redacciones de diarios, noticieros y agencias hervían con la noticia del triunfo electoral del Nuevo Frente Popular de izquierda y la derrota de la ultraderechista Agrupación Nacional, que ocupó el tercer lugar después del campo presidencial.

Encuestas y analistas aseguraban desde hace días que un triunfo de la izquierda unida era matemáticamente imposible y aseguraban que la ultraderecha, aunque no llegaría a la mayoría absoluta, si obtendría la relativa. Antes de la hora precisa en que se darían los resultados, los rostros de analistas y políticos invitados en las diversas cadenas televisivas de todas las tendencias se observaba el asombro, unos jubilosos, otros sonrientes y los demás desencajados. 
  
Y más explosiva aun fue la reacción a la noticia cuando en pantalla se vio la nueva repartición de la Asamblea Nacional, que daba el triunfo al Nuevo Frente Popular, un siglo después del logro de Leon Blum a la cabeza de una coalición similar, que al llegar al poder otorgó en Francia el derecho de vacaciones a los trabajadores y la semana laboral de 40 horas.

En la Plaza de Stalingrad, al norte de París, los seguidores de líder del principal partido de la coalición de izquierda, La Francia Insumisa, Jean Luc Mélenchon, viejo tribuno de 70 años al que se debe el núcleo que hizo posible la resurrección de la izquierda, cuando hace unos años se daba por casi extinguida, escucharon las electrizantes palabras del tribuno, quien era el único que creía en la victoria tras una lucha de varias décadas. 

Y así sucesivamente en muchas ciudades y regiones del país la onda de euforia de la gente progresista de los partidos ecologista, socialista, comunista y La Francia Insumisa abarcó todo el territorio, llegando al clímax en la manifestación realizada en la emblemática Plaza de la República de París, donde se han registrado desde hace mucho tiempo jornadas históricas inmortalizadas por imágenes inolvidables.

La plaza estaba llena de jóvenes que se subieron a la estatua de la República esgrimiendo banderas rojas y francesas, mientras desde otro ángulo de la plaza se proyectaban luces intermitentes con los colores de la bandera tricolor azul, blanco y rojo del país. Casi todos esos muchachos y muchachas nacieron en este siglo XXI y representan a una nueva generación bastante comprometida con las luchas sociales, ecologistas, animalistas y humanistas. Ellos representan el rostro multicolor de la nueva Francia y la esperanza del país en plena crisis local y europea.
    
La enorme explanada estaba llena de una mayoría de jóvenes, familias francesas descendientes de inmigrantes de origen africano, megrebí, asiático y de otras nacionalidades y personas mayores que acudieron a la plaza para presenciar el hecho con la nostalgia de haber participado jóvenes en las jornadas de mayo de 1968 o en las celebraciones cuando llegó la izquierda unida al poder con François Mitterrand en 1981.

Grupos de jóvenes cantaban, otros gritaban consignas contra la extrema derecha y el presidente Macron, más allá interpretaban música o se acercaban a los puestos a comprar refrescos, cerveza o alimentos y viejos y jóvenes hablaban con entusiasmo de lo ocurrido. Lo imposible había ocurrido, aunque es una victoria relativa y frágil en un contexto de ingobernabilidad y fragmentación política.

Estuve ahí hasta que casi a la medianoche cuando la policía empezó a lanzar gases lacrimógenos para dispersar la manifestación, pues en calles aledañas se registraban enfrentamientos entre grupos de jóvenes con las fuerzas del orden. La gente empezó a dispersarse o a ingresar a las bocas del metro dando por terminada poco a poco la fiesta.  

Una celebración que sin embargo augura semanas o meses de desestabilización en el país, como si estuviera al borde de un abismo desconocido e imprevisible en el marco de la Quinta República fundada por el general Charles de Gaulle, pues fiel a su estilo, el presidente Emmanuel Macron, aunque su partido y aliados fueron derrotados, tratará hasta último momento de negar la victoria de la izquierda unida, lo que generará tensiones y conatos de rebeldía.

El 14 de julio se celebra la fiesta nacional y el 18 será la primera sesión de la Asamblea legislativa, donde habrá tensiones para elegir al presidente o presidenta de la misma, que es la cuarta persona en el rango del poder en el país. 

Comenzarán entonces las sesiones que se auguran caóticas, pues no hay ninguna fuerza con mayoría absoluta y el presidente no podrá volver a disolver
el Congreso hasta dentro de un año. Nadie sabe aun quien será el nuevo o la nueva Primer ministro y mientras tanto el joven líder del partido presidencial Renaissance, Gabrial Attal, seguirá manejando los asuntos corrientes.

La histórica fiesta de la Plaza de la República fue el pasado domingo, pero como ocurre cuando se acelera la historia, parece ya un hecho lejano y a la euforia inicial sucede la incertidumbre y el augurio de difíciles jornadas que ni siquiera la celebración de los Juegos Olímpicos 2024 logrará calmar.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de julio de 2024.


  


domingo, 23 de junio de 2024

PARÍS PARA LECTORES EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS

 Por Eduardo García Aguilar

Un delirante tejido concéntrico forma desde lo subterráneo hasta lo aéreo a la imaginaria ciudad de París que pronto invadirán deportistas y turistas en los Juegos Olímpicos 2024. Apeñuscados en la oscuridad, miles de calaveras y esqueletos pueblan el laberinto de las catacumbas, visitadas en especial por seres de ficción y centro de un rito de cavernas. A un lado paralelo, en el subvientre de la ciudad, se extienden las misteriosas cloacas, casi paradisíacas para los precursores del underground. Inmensos roedores, aguas pútridas, canales y túneles mohosos sirven de escenario a las aventuras más escabrosas: seres olvidados de piel mortecina, mendigos sabios, evadidos de prisión y una red de funestos empleados viajan en pequeñas embarcaciones sobre las aguas negras.
 Desde arriba, los expertos lanzan enormes bolas de un material desconocido, encargadas de romper los posibles escollos y dejar la vía libre a la fluidez del líquido. Es posible imaginar el estruendo de la enorme esfera al lograr su máxima velocidad, la devastación que deja a su paso antes de ser capturada de nuevo en otro rincón de la ciudad. En ese intrincado mundo todo es posible, desde el amor hasta la muerte, desde la cofradía hasta el anacoretismo. Algún ser de ultratumba habrá escogido allí un rincón para huir de la hormigueante civilización desplegada sobre el viejo lecho del Sena; amigo ya de las enormes alimañas roedoras descendientes de las que poblaron el mercado de Les Halles, dialogará con ellas y compartirá su soledad, la voz que en ecos se distribuye por los salones de ese mundo paralelo, el chillido amenazante de aquellos bichos de pelambre mojado.
 Escenarios perfectos para una novela maldita o para una historieta con héroes del averno, las catacumbas y las cloacas (albañales, sumideros, alcantarillas, según los diccionarios) pertenecen a la más fina aristocracia de la ciudad, y su arqueología e historia podrían desencadenar torvos pensamientos: allí se concentraría la red de cofrades rebeldes ante el “progreso” de la superficie; en la no-ciudad subterránea se podría desarrollar el engranaje, la maquinaria de un improbable falansterio. De las catacumbas y gigantescas cloacas saldrían los encargados de repoblar una superficie agotada por la guerra.
  El metro centenario es un caso aparte. De entre miles de millones de viajeros podría sacarse material para un museo internacional de gestos y soledades: miradas perdidas de viudas, huérfanos, mujeres abandonadas, reos recién liberados, exiliados, enamorados al borde de la desesperación, solitarios desquiciados por la falta de un cuerpo, militares recién degradados, jóvenes ambiciosos de provincia, aventureros de exóticos países conradianos. Incluso los ciegos saben que allí adentro la mirada es la reina, sea esta huidiza, directa, demencial, vidriosa, lagrimeante, mansa, agresiva. Timbres, sirenas, pasos, carreras, olores, sudores, portafolios, zapatos lustrados, abrigos de un mercado de pulgas, hombres negros, amarillos, blancos, pigmeos, incas, bolsas, monedas, camafeos, prendedores, diademas, aretes de oro con esmeraldas, suciedad, labios pintados de vamps, la risa de un malevo: el metro haría las delicias de un amante de los catálogos.
Walter Benjamin — el melancólico cofrade del exilio que con Roth, Tsvetáieva o Beckett hace parte de la galería interminable de extranjeros habitantes de París — se refiere en su texto “París, capital del siglo XIX” a la formación de otro curioso laberinto de mercancías en la superficie citadina. Al hablar de los almacenes de novedades, predecesores de las grandes tiendas, se refiere a la genealogía del rostro posterior de la ciudad. Con el auge de los textiles, la construcción férrea o de vidrio se desarrolla y llega a su apogeo a mediados de ese siglo XIX. El almacén, la tienda, el pasaje, la galería, constituirá en cierta forma la esencia de la ciudad moderna visitada por los consumidores.
Y ahora hablemos del bistró, rey absoluto de París, vendedor de las más exquisitas mercancías: el alcohol y el café, sin los cuales muchos se atreverían a decir que el esplendor de París no hubiera sido posible. En todas partes existen, pero solo allí cumplen verdadera función. En cada cuadra hay varios de estos receptáculos, con una clientela propia, familiar, respetuosa de los horarios. Patrones alcohólicos de nariz rojiza, dominados por la imponente patrona que observa con cuidado los movimientos de la bulliciosa clientela mientras extrae cerveza o prepara el express, del obrero uniformado que sale del taller y llega a su bistrot o de la asténica pianista cortazariana que bebe y escucha su pasado en la barra del café..
El bistró de París, el gran Rey, el soberano del laberinto, es para el errante inteligente tan sorpresivo como un poblado de la Amazonia donde aborígenes mascan hojas y comen gusanos mojojoy a la luz del crepúsculo. Por tal razón, Rayuela de Julio Cortázar es la biblia de una generación latinoamericana que buscaba desde los años sesenta al París imaginario de los surrealistas y quedó seducida  “lo exótico” de sus calles.
Resta subir a las buhardillas, el otro tejido clave de la ciudad, tan importante como las galerías y los pasajes de Benjamin. Es una ciudad sobre la ciudad, llena de gritos, recuerdos, felicidad y sexo. Construidas inicialmente para la servidumbre, se convirtieron en el habitáculo de estudiantes, extranjeros, perdidos, jóvenes pintores, músicos ambiciosos, pornópatas y cazadores de palomas. Todo eso verán y explorarán los visitantes lectores durante los Juegos Olímpicos. Túneles, concavidades, escaleras de caracol, tapices rodantes, calles empedradas, pasajes, mercados de pulgas, bistrós, grandes almacenes, aceras, parques, iglesias, ruinas, presentes siempre a la vuelta de la esquina.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de junio de 2024.

*Texto dedicado a los Juegos Olímpicos de París 2024, con elementos del texto Pequeña guía maldita de París, incluida en Urbes luminosas
.   


domingo, 14 de enero de 2024

ALAIN DELON: MITO Y TRAGEDIA

Por Eduardo García Aguilar

A los 88 años de edad la gran estrella Alain Delon (1935), ídolo mundial durante décadas y considerado junto a Brigitte Bardot uno de lo dos símbolos vivientes de la cinematografía francesa, está inmerso ahora en una tragedia familiar pues sus tres hijos se destrozan entre ellos por intermedio de la justicia, sin duda en torno al reparto de la herencia, y él mismo demanda a su hijo mayor por difamación.

Como en las viejas tragedias griegas se ha declarado la guerra cruzada entre sus hijos Anthony y Alain Fabien contra Anouchka, la preferida, mientras el otrora adonis agoniza en una enorme propiedad que hace parte de una inmensa fortuna acumulada en más de medio siglo de triunfos en el cine, el teatro y los negocios.

Todo parecía indicar que el clan estaba unido cuando hace meses los tres hijos decidían demandar a una sexagenaria de origen japonés que habría sido amante del actor durante décadas y desde hace años vivía con él en Douchy, una de sus grandes propiedades cerca de Fontainebleau, encargada de cuidarlo y animarlo tras un accidente vascular cerebral y el avance de su disminución física y mental. Ella se considera su amada, pero los hijos la consideran solo una empleada.

La justicia decidió no tener en cuenta las demandas presentadas en contra de la japonesa por elementos acusatorios insuficientes y archivó el caso, dejándola a ella y a quienes la apoyan en una posición confortable, ya que el propio Delon en muchas ocasiones la denominó como su pareja y hay muchas fotos donde aparecen juntos tomados de la mano.

La mujer ayudó a Delon a recuperarse lentamente después del inicio de su enfermedad y sin duda a futuro habrán de reconocerle su estatuto y será indemnizada por sus años de trabajo y resarcida por haber sido expulsada con violencia de la finca del actor este año por guardaespaldas de los dos hijos varones, ambos con pasado judicial y una vida plagada de escándalos.

Delon, que tuvo una infancia y una adolescencia difíciles, fue también en su momento un polémico hombre involucrado en relaciones con mafiosos en el famoso caso Marcovik, que salpicó incluso al presidente Pompidou, y se caracterizó a lo largo de su vida por ser un mal padre y una persona agresiva y violenta, un divo arrogante que gozaba con fuerza de su fama mundial y su inmensa fortuna.

Delon tuvo en 1962 un hijo con la cantante alemana Nico, estrella de Velvet Underground y amiga de Andy Warhol, que era su vivo retrato, su doble perfecto, y que incluso fue criado por la madre de Delon, pero él nunca quiso reconocerlo. Ari Boulogne fue afectado por ese injusto rechazo paternal y en su vida experimentó múltiples internamientos psiquiátricos causados por las adicciones que lo llevaron a la muerte en 2023 a los 60 años y en la miseria, en otro caso trágico que acaparó las portadas de las revistas y mostró la frialdad de Delon.

Los otros dos hijos varones a su vez fueron maltratados por el padre autoritario y cruel y ellos a su vez le causaron muchos problemas en la adolescencia y primera juventud, que llegan ahora a su culmen cuando ambos acusan a Anouchka, su hija preferida y principal heredera, de ser cómplice de la japonesa y tener turbios intereses financieros al intentar trasladarlo a Suiza. Ella demandó a sus hermanos por difamación.

Todos los días diarios y revistas abordan el tema con amplio despliegue, mientras la justicia asumió el caso y acaba de nombrar a un médico oficial que se encargará de dictaminar sobre su verdadera situación de salud y sus necesidades, lo que podría terminar en una declaración oficial en torno a un futuro bajo tutela y protección judicial.   

Delon quería terminar sus días en calma, lejos de los reflectores e incluso había pedido que lo dejaran eutanasiarse en Suiza, pero el destino lo ha atrapado y del mito y la gloria ha caído en las redes de la tragedia de la vida humana, con sus fluctuaciones y dramas y el fin ineluctable que es igual para todos, ricos o pobres. El ídolo se apaga y sus admiradores asisten sentados en sus sofás al espectáculo de su sacrificio ritual.

Nos quedan eso sí los magníficos filmes donde actuó, como A pleno sol (1959) de René Clement, Rocco y sus hermanos (1960) y El Gatopardo (1963) de Luchino Visconti, El eclipse (1962) de Michelangelo Antonioni, El Tulipán negro (1966), El clan de los sicilianos (1969) y Borsalino (1970), entre otras muchas cintas que vieron cientos de millones de personas en todo el mundo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de enero de 2024.









viernes, 5 de mayo de 2023

EL ETERNO VERANO DE MARVEL MORENO

Por Eduardo García Aguilar

Conocí a Marvel Moreno (1939-1995) gracias al hispanista francés Jacques Gilard, a quien vi por primera en un gran encuentro de literatura hispanoamericana en la Universidad de Toulouse donde estuvieron presentes Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, Juan José Saer, Flor Romero de Nohra, Alba Lucía Ángel, entre otros. En ese entonces estudiaba en la rebelde Universidad de Vincennes y nos invitaron a realizar una exposición del Centro de Información para América Latina que animábamos allí y a donde acudían muchos de los exiliados latinoamericanos. 

Con Jacques nos hicimos amigos porque encontré su billetera con papeles y dinero que él había perdido en el auditorio y lo busqué por toda la universidad sin conocerlo para entregársela. Me hizo una fiesta por ese gesto y empezó así una larga relación literaria. Él era un brillante y joven académico que estaba en ese entonces dedicado de lleno a la literatura colombiana, recopilando la obra periodística de Gabriel García Márquez y los escritos de Alvaro Cepeda Samudio y por supuesto era muy amigo de Marvel, la admiraba y ya sabía de su obra en marcha.

Yo era un muchacho y aunque ya había escrito y publicado en revistas y suplementos desde la adolescencia, hacía mis primeros intentos de escribir una novela larga y un día que él vino a París me la presentó al frente de su casa en la rue Croulebarbe y le pidió a ella que leyera mis textos y nos viéramos para hablar de literatura. Marvel también estaba enfrascada en la redacción de sus cuentos y novelas.
 
Después de ese primer encuentro Marvel me invitó a su casa para que charláramos. Ella no había publicado aun ningún libro, aunque sí cuentos en revistas. Gilard la admiraba mucho, pues había pasado temporadas en Barranquilla y se sentía barranquillero adoptivo, costeño esencial. Él fue el primero en percibir con claridad, antes de que ella publicara sus obras más importantes, Algo tan feo en la vida de una señora bien (1980) y En Diciembre llegaban las brisas (1987), la magnitud literaria y las posibilidades de Marvel.
 
El feminismo estaba entonces muy en boga en Francia a través del Movimiento de Liberación Femenina (MLF), a cuyas manifestaciones acudíamos los estudiantes con nuestras amigas o novias feministas. Esos años fueron importantes, pues en Francia se acababa de votar la autorización del aborto, promovida por la ministra Simone Veil, y el MLF era un movimiento muy activo al que éramos muy sensibles los estudiantes.
 
Cuando ella llegó a vivir a París y decidió quedarse la literatura feminista circulaba mucho entre los jóvenes, especialmente a través de la editorial Femmes, que publicó poco después en francés a Marvel Moreno. También circulaban traducciones de feministas norteamericanas como Betty Friedan, Kate Millet y Erica Jong. Ella estaba muy conectada con esa atmósfera de liberación feminista cultural y sexual generalizadas de los años 60 y 70, en tiempos posteriores a mayo del 68.  

El día muy soleado de mayo cuando la conocí hacía mucho calor y me impresionó su frescura y belleza. Era una mujer alta, moderna, con una larga cabellera y gestos de gacela, piernas largas. Llevaba jeans y una blusa blanca vaporosa. Tenía 39 años y había nacido en septiembre como yo, o sea que compartíamos el hecho de pertenecer al signo Virgo. Gilard estaba feliz, muy excitado esa tarde y bromeaba mucho con ella. Veo esa tarde espléndida en mi memoria como si hubiera sido ayer. Por los azares de la vida, he vivido todo este siglo XXI en la Place D'Italie, a unas cuadras de la rue Croulebarbe, veo su edificio desde mi apartamento y cada vez que paso por ahí me acuerdo de ella. 

Marvel le dio una estocada al mundo patriarcal de las élites de Barranquilla y lo plasmó para siempre sin miramientos. Un mundo de patriarcas vulgares y poderosos que pervive intacto en la actualidad. Después de ser la reina del Carnaval, y compartir con la Miss Universo Luz Marina Zuluaga, que asistió a su coronación, dejó atrás todo eso y se convirtió en un mito insumiso de la ciudad, la mujer que se rebela contra su destino, problemática, que cuenta todo, la mujer conflictiva que adopta la causa de las insumisas.

Fue una luchadora contra la dominación patriarcal en la Costa Atlántica, que también se extiende a los territorios interiores y capitalinos de Colombia, cuestionados por Helena Araújo en sus novelas Fiesta en Teusaquillo y Las cuitas de Carlota. Machismo y falocratismo que se extiende a todo el continente y al mundo y domina desde hace milenios. De hecho, su último libro salió gracias a que un movimiento de jóvenes estudiantes barranquilleras rebeldes cuestionaron con un performance durante una mesa redonda sobre Marvel la censura familiar y exigieron la publicación de El tiempo de las amazonas (2020), que es un libro muy subversivo aun para hoy.

Barranquilla siempre vivirá en su obra, la de una reina de belleza que estudia, lee y se rebela como una estrella de rock de los maravillosos años 60 y 70 y la cuestiona desde diversos ángulos con la fuerza de Susan Sontag, Angela Davis y Patti Smith. Su primera y más conocida novela En diciembre llegaban las brisas, publicada por Plaza y Janés, está marcada por el decidido carácter antipatriarcal de su obra, centrada en su ciudad natal y las tradiciones y taras sociales, culturales y de género que tuvo que padecer en aquel ambiente del que huyó para siempre y al que no volvió. Ella se atrevió a enfrentar ese mundo y alejarse de él en un barco que va sin retorno con las velas abiertas.





viernes, 28 de abril de 2023

LA INAUGURACIÓN DEL CENTRO POMPIDOU

Por Eduardo García Aguilar

Como esos viejos patriarcas de bastón que recuerdan sordos y semiciegos las batallas y emboscadas de hace medio siglo, debo decir con estupor que estuve presente el 31 de enero de 1977 en la inauguración del Centro Pompidou, enorme factoría de tubos y turbinas que cumple 30 años de existencia, aún más moderno e inquietante que al principio. Tenía 23 años, estudiaba simultáneamente en ese entonces en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en el seminario de un experto en Keynes y en la hoy legendaria Universidad París VIII, situada en el bosque de Vincennes, y para redondear mis fines de mes trabajaba como ayudante en la sección femenina de moda de la famosa revista L´Express, situada en ese entonces en la rue de Berri, junto a los Campos Elíseos.

Me encargaba allí de entregar a modelos y fotógrafos trajes y productos que las marcas de moda enviaban a la revista para ser reseñadas en la sección y luego recibirlos de las mismas preciosas manos, empacarlos y hacerlos regresar a Pierre Cardin, Yves Saint Laurent, Castelbajac, Armani, Kenzo, Dior y otras estrellas de la industria del lujo. La revista, que era entones mucho más importante de lo que es hoy, fue el primer semanario moderno francés, inventado por Jean Jacques Servan-Schreiber y Françoise Giroud y constituía el centro de la noticia y un verdadero faro de la modernidad y la ideología liberal atlantista en la Francia del pesidente Valery Giscard d´Estaing, que acaba de autorizar el aborto y aplicaba en leyes las exigencias en materia de sociedad de los revolucionarios de mayo de 1968.

Había llegado a Francia en abril de 1974, poco después de la muerte súbita de Georges Pompidou y cuando el país estaba en plena campaña para las elecciones presidenciales que oponían a Giscard y al socialista François Mitterrand. Pompidou, cuya esposa era una larguilínea experta en materias de arte contemporáneo quiso pasar a la historia al crear un museo ultramoderno que terminara para siempre con los lúgubres antros llenos de polilla y abriera puertas a la muchedumbre entre cafeterías, luces de neón, proyecciones cinematográficas, música y un ambiente de modernidad. Pero murió antes y la inauguración le correspondió a Giscard, acompañado por varios presidentes africanos, entre los que estaba el intelectual y poeta senegalés Leopold Sedar-Sengor.Alice Morgaine, que dirigía Madame Express, me pasó a mí y una bella amada mulata la invitación para entrar y después de un escarceo con los policías que ejercían el racismo anti-extranjero, anti-negro y anti-árabe en las puertas del museo que acaba de admitir a los presidentes africanos, pudimos subir por las escaleras entubadas que causaban conmoción mientras afuera reinaba como siempre un lóbrego clima invernal. 

Toda la zona estaba arrasada después de la destrucción del mercado de Les Halles descrito por Zola en El vientre de París, por lo que la inauguración del Museo Beaubourg, como también se le llama, constituyó un ensayo general para reanimar una zona deprimida, suscitando las críticas más feroces. Pero sólo basta viajar a esos instantes ahora históricos que mojan tantas páginas en la prensa europea para entender la electricidad que reinó allí como un parteaguas: a un lado policías racistas que nos molestaban y nos pedían regresar de donde veníamos, señoras elegantes con abrigos de visón y al otro presidentes africanos y jóvenes de cabellos largos despeinados vestidos de todos los colores y recién levantados después de días de sexo, peace and love, Pink Floyd, In a Gadda da Vida, Cream y Doors.

Diseñado por Rogers y Piano, que hicieron la maqueta como chiste y juego de azar, el edificio ha logrado pasar las décadas con éxito habiendo admitido al parecer 189 millones de visitantes. En su vida ya respetable abrió vasos comunicantes con Moscú, Berlín y Nueva York, redefinió y revisitó movimientos como dadaísmo, cubismo, expresionismo, situacionismo y todas las tendencias del pop art desde Marcel Duchamp y su orinal hasta Andy Warhol y los nuevos que revisan la explosión artística de los años sesenta y setenta. Esas dos décadas llenas de sorpresas y revoluciones artísticas fueron sin duda parteaguas a nivel mundial, como en su momento lo fueron los años 20. Son épocas de rebelión que marcan tendencias para largo y redefinen la relación del hombre con su tiempo derrumbando íconos y abriendo nuevas puertas para la cultura humana.

Ahora, tal y como lo hacen el Guggenheim y el Louvre, el Pompidou se clona en otras partes del planeta, lo que muestra su actualidad en tiempos de derrumbe de fronteras y muros. Haber estado presente ahí en ese momento que hoy se analiza desde diversos ángulos anima en la lucha por defender la iconoclastia, el espíritu crítico, la tolerancia y la alerta permanente hacia lo nuevo que surge de los artistas rebeldes de ciudades y suburbios. Con el arte y la libertad de expresión artística se puede luchar contra el unanimismo de las fuerzas macabras que en pleno siglo XXI creen todavía que estamos en tiempos de Hitler, Franco y Musolini.

ATGET: EL FOTÓGRAFO RESCATADO POR LOS SURREALISTAS

En la foto que le tomó la joven Berenice Abbot poco antes de su muerte, el fotógrafo Eugene Atget (1857-1927), que pasó gran parte de su vida en las calles de la ciudad trabajando con una explosiva vieja cámara de trípode, se ve como un desgarbado artesano pobre y viejo de mirada escéptica y leve guiño de cinismo. Atget parece tolerar a esa bella joven admiradora estadounidense, discípula del gran Man Ray y amiga de los surrealistas, que fotografió a los grandes artistas de su época antes de convertirse ella misma en ícono del siglo XX y a quien debe su fama posterior, pues compró a su muerte casi 2000 fotografias del viejo y las llevó a Nueva York para que fueran expuestas y publicadas con rigor académico, admiración y cuidado.
A lo largo de su vida vendió sus fotos y "documentos" a pintores, museos y oficinas de gobierno, que las utilizaban para sus propios fines, pero nunca se consideró un artista. De joven, Atget, después de pagar su servicio militar y viajar como marinero incluso hasta América del Sur y Oriente, soñó con ser actor y pintor y tras fracasar en ambos objetivos, se dedicó tardíamente, a los 32 años, a practicar la fotografia como una forma simple y algo divertida de ganarse la vida en aquellos años difíciles de precariedad, guerra y desempleo.
Sencillo, sin elegancia ni altivez, este artista al final de su vida fue objeto de admiración de los surrealistas, fascinados por sus fotografías de vitrinas, fachadas, calles, cabarets, burdeles y prostitutas desnudas y su minuciosa captación de los rincones más antiguos de la ciudad que estaban a punto de desaparecer. En algunas portadas de la revista "La Revolución Surrealista", los seguidores de Breton reprodujeron imágenes suyas y los artistas de Montparnasse comenzaron a comprar y a coleccionar algunas de sus impresiones. Como en un juego de sueños y pesadillas, el hombre rechazó fijarse en las grandes avenidas que abría la modernidad o fotografíar paisajes brumosos o castillos de sueño para concentrarse en fijar para siempre los rincones más sucios y perdidos de los barrios, allí donde pululaban miserables, marginales, borrachines, poetas y personajes pintorescos. Para un latinoamericano, estas imágenes impresionan además porque vemos con detalle la ciudad callejera que vivieron personajes nuestros como Rubén Darío o Jose María Vargas Vila o leyendas locales como los poetas Verlaine y Mallarmé.
Con Atget y su cámara uno pasa por los orinales públicos visibles en cada esquina de las plazas, mira las carretas de tracción animal afectadas por el surgimiento del auto, observa los afiches de licores que fueron prohibidos luego como la absenta o la Kola-Coca y aprecia fachadas de viejas tiendas que incluso sobrevivían desde los tiempos de la Revolución, con sus preciosas vitrinas llenas de muñecas, pefumes, sombreros, ropas de época, jabalíes, conejos, perdices, vinos, quesos y frutas. Se ven entradas de famosos bares y cabarets desaparecidos como el legendario Infierno, escaleras de casas a punto de ser derruidas, así como la miseria de los que recopilaban basura en los extramuros de la ciudad, colocaban el novedoso asfalto sobre las avenidas o vivían en las periferias hacinados en abandonadas caravanas de inmigrantes y gitanos. La ciudad en 1898 y 1899 estaba siendo abierta para instalar el metro subterráneo y crear nuevas vías aéreas y avenidas, por lo que Atget pudo captar en directo las ruinas del pasado que se iba, la vida antigua que se diluía. La ciudad se convierte así en un escenario desolado lleno de muros caídos, ropas destrozadas, ollas rotas, juguetes dañados y muebles abandonados. Mientras otros fotógrafos más famosos tomaban fotos de nobles, funcionarios o cortesanas en fiesta palaciega o se dedicaban a medrar en los sitios del poder y el dinero, él estaba del lado de los pobres y de la ciudad normal de la vida cotidiana.
Atget vendió baratas esas fotografías a la Biblioteca Nacional de Francia, que ahora, con motivo de los 150 años de su nacimiento las saca al fin de sus archivos y las expone en la primera gran retrospectiva hecha por sus compatriotas y compuesta por unas 350 piezas de un total de casi diez mil imágenes acumuladas a lo largo de su vida. Su modernidad radica precisamente en que utilizó la magia de este arte para ver la realidad en vez de esconderla o dulcificarla. La fotografía, inventada ya desde los años 30 del siglo XIX, se había convertido en una práctica de moda entre gentes adineradas que viajaban o captaban sus festines o en empresa aplicada al retrato, por lo que este loco que pasaba horas fotografiando calles y plazas sucias, clochards, vendedores y prostitutas fue un personaje algo risible y olvidado que nunca imaginó su fama futura. Lo que prueba una vez más que no son siempre los más famosos y triunfadores en vida los que pasan a la historia, sino los auténticos creadores que tienen otra mirada sobre las cosas ante la indiferencia de sus contemporáneos y los expertos del momento.

domingo, 22 de enero de 2023

CENTENARIO DE LA MUERTE DE MARCEL PROUST



Por Eduardo García Aguilar

Este domingo concluye la exposición dedicada por la Biblioteca Nacional de Francia a la obra escrita de Marcel Proust, con motivo del centenario de su muerte, acaecida el 18 de noviembre de 1922. Tarde de lluvia, baja temperatura y huelgas de transporte en perspectiva obligan a la gente a acudir antes de que sea tarde a visitar el evento organizado por Antoine Compagnon, experto en boga del gran autor francés, considerado por muchos como el gran novelista del siglo XX.

A lo largo del tiempo y para cada generación, la obra de Proust ha sido auscultada por académicos, críticos, curiosos, admiradores, editores y expertos que nunca cesan de releer cada uno de los episodios de la enorma novela total que el autor escribió contra viento y marea, luchando contra las enfermedades y el agotamiento que lo llevarían a morir joven a los 50 años, como Roberto Bolaño, el chileno estrella de la literatura latinoamericana actual, vencido en su caso no por el asma y otras enfermedades sino por los males del hígado terminal.

En la nueva Biblioteca Nacional inaugurada en 1995 por el presidente François Mitterrrand, en forma de cuatro gigantescos libros enfrentados ante el viento del París, todos los que no hemos podido venir acudimos apresurados bajo el frío y la llovizna a las salas que están llenas, tanto que a veces se dificulta observar los manuscritos, fotografías y cuadros que han sido exhibidos en honor del novelista.

Hay gente de todas las edades y orígenes e incluso los organizadores de la muestra, como el propio profesor del Colegio de Francia Compagnon tienen tiempo, alegres, excitados, felices por el éxito de la muestra, para atender a notables figuras que llegan con algarabía y buen humor en vísperas de la huelga, con la ilusión de no perderse la muestra expuesta desde hace varios meses.

Y de verdad, nadie puede perderse esta exposición que exhibe miles de papeles de Proust, todos los manuscritos minuciosos de la obra que trabajó durante varios lustros como un reto total del autor frente a la muerte y el destino. Soy uno de esos apresurados bibliófilos, bibliópatas, lectores enfermizos, que estuvimos a punto de perdernos la oportunidad de ver la muestra.

En medio de las sucesivas crisis de asma, aquejado por los resfríos, la fatiga, Proust redactaba sin cesar ayudado por su Céleste Albaret, quien se ocupaba de todo en casa, de sus tés, sus comidas, medicamentos, limpieza, e incluso la minuciosa tarea de pegar en las páginas las correcciones o nuevos fragmentos apresurados que emanaban de la memoria infinita de Proust.

Una memoria aplicada a guardar para siempre, como Balzac, las tribulaciones y costumbres de la época en ese viaje agitado del siglo XIX al XX marcado por guerras interminables y el derrumbe definitivo de los regímenes antiguos de la nobleza y la aristrocracia, pero a su vez sacudido por la luz eléctrica, la energía hidráulica, la aviación, el automóvil, los marconis y telegramas inmediatos, la clave Morse, el teléfono y las acelaraciones del ritmo de la vida, como si se tratara de un ataque cardíaco permanente y sin fin.

Proust fue un periodista de su tiempo. Y por eso al comienzo vemos enmarcados las crónicas, relatos y reportajes que el joven autor especializado en farándula en Le Figaro publicaba en la primera plana del tradicional diario francés.

Durante lustros el adinerado joven descendiente de notables acudía a los salones de las aristocracias parisinas remanentes del Antiguo Régimen, la era de Napoleón o las restauraciones, para dar testimonio de su época.

En las diversas salas vemos el avance de la obra, las imágenes de las figuras reales que sirvieron de modelos a los personajes de esta nueva Comedia Humana situada tanto en las capas pobres y bajas de la sociedad representadas por la servidumbre y el proletariado como en las de las élites aterrorizadas por su decadencia y su fin inminente.

Vemos muebles, trajes, objetos, libros recién editados, pruebas, correcciones, teléfonos, lámparas. A través de las fotografías visitamos la vida cotidiana, los rincones secretos y le damos rostro a la supuesta ficción. Y por supuesto descubrimos que En busca del tiempo perdido es una obra que rinde homenaje a la homosexualidad y el libertinaje, entonces ocultos, perseguidos y secretos, pero practicados ampliamente en todas las capas de la sociedad.

Nos preguntamos quien era el barón de Charlus, indagamos por Swann o Guermantes, o Jupien o Albertine o las chicas en flor de Balbec. Y a través de ellos vemos la letra de Proust, sus cuadernos manchados, sus correcciones maniáticas, infinitas, con las que lograba al final de cuentas crear un ritmo irrepetible. Hace un siglo apenas moría el escritor y sigue vivo con sus crisis de asma, vicio y deseo. Más vivo que nunca en el hotel gay de Marigny donde hacía la fiesta en medio de la guerra.
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Pulicado en La Patria. manizales. Colombia. 22 de enero de 2023.




miércoles, 20 de julio de 2022

ROLAND TOPOR, SÁTRAPA DE LA PATAFÍSICA


Por Eduardo García Aguilar

Nada más admirable que los autores y artistas excéntricos que caminan por senderos desconocidos y abren ventanas a mundos imaginarios nunca vistos. Ellos son los más libres e irreverentes y cumplen con autenticidad la misión que debe cumplir todo artista: molestar, irritar, incomodar, desenmascarar lo pomposo, servil, ceremonial y taimado. Todo artista joven en sus inicios sigue los caminos de esos rebeldes que parecen salidos de un cuento infantil alemán de la época romántica lleno de gnomos, brujas, enanos y fuerzas absurdas.

Son muchos los que hacen honor a esa rareza, como es el caso de Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas o el genial pintor británico Turner que asombraba con sus telas aunque personalmente no era refinado y parecía un torvo campesino malhablado y gruñón que huía de las mundanidades y los salones de la lagartería. Y como ellos, también cabe mencionar a Hyeronimus Bosch, El Bosco, autor de El jardín de las delicias, y otros artistas holandeses que imaginaron mundos inimaginables.

En el grupo de excéntricos del orbe hispánico pienso en el loco Salvador Dalí, quien escandalizó al mundo con sus declaraciones, imágenes y comportamientos al lado de su amada Gala, y antes de él figuras como Ramón del Vallé Inclán, el manco autor de Tirano Banderas o Ramón Gómez de la Serna, el autor de las Greguerías. En América Latina pienso en el genial colombiano León de Greiff, cuya obra poética delirante y vasta concordaba con sus actitudes de descendiente de nórdicos extraviados en un país tan conservador como Colombia. Y no hay que olvidar a su predecesor Julio Flórez, quien solía leer poemas en los cementerios mientras libaba en cuencos de calaveras, según cuenta la leyenda.


Entre los contemporáneos pienso en los creadores del Grupo Pánico, compuesto por el chileno Alejandro Jodorowsky (1929), el español Fernando Arrabal (1932) y el francés de origen polaco Roland Topor (1938-1997), quienes en la segunda mitad del siglo XX crearon desorden en teatro, cine, novela, pintura, dibujo, relato, poesía, ejerciendo actividades múltiples en la radio y la televisión y en los escenarios.

Del trío aun sobreviven en plena actividad Arrabal y Jodorowsky, molestando aquí o allá con la frente en alto, y Roland Topor, quien murió a causa de una hemorragia cerebral en abril de 1997 sigue vivo y coleando, pues sus imágenes y cuentos son inolvidables y absurdos y con el tiempo se hacen cada vez más modernos e inquietantes. Cada nueva pieza de teatro de Arrabal causa escándalo en España o Francia y sus entrevistas son divertidísimas, pues desestabilizan a los presentadores televisivos de este siglo XXI, más conservador y temeroso que las décadas artísticas más revolucionarias del agitado siglo XX, en los tiempos del dadaísmo, el surrealismo, el rock y el pop art.

De Jodorowsky vi su increíble película mexicana Santa Sangre y varios amigos y amigas solían acudir a que les leyera el Tarot en un secreto bar de París y me relataron la experiencia. A Arrabal lo vi una vez en un homenaje que la embajada chilena le hacía al gran director de cine Raúl Ruiz, cuya obra tiene similitudes con el movimiento Pánico. Pero tengo la fortuna de haber conocido y hablado con Roland Topor dos años antes de su muerte y haber bebido con él algunas copas de vino en un cine de la calle Champollion, en el barrio latino.

El rostro de Topor era tan extraño como las figuras que reinan en sus imágenes expresionistas más absurdas y su conversación era impredecible, siempre dispuesta al buen sarcasmo y la ironía. Unas amigas mías gemelas de origen armenio, Ani y Aida Kedabian, lo conocían, y me llevaron a ese acto, pues yo quería llevarle un mensaje del amigo mexicano Héctor Trillo que realizó su tesis universitaria sobre su obra pictórica y gráfica. Lo recordaba muy bien y brindamos por los que le seguían los pasos al movimiento Pánico y a Topor, designado a título póstumo Sátrapa del Colegio de patafísica, que es la ciencia del absurdo.

Al despedirme de él, los vinos que bebí de su botella mágica, tal vez un excelente Burdeos, habían producido un extraño efecto que recuerdo como si fuera ayer. Me regaló un grabado suyo, que firmó. Pero lo increíble es que dos años después, cuando volví a Francia, las mismas amigas gemelas me informaron del repentino fallecimiento de su amigo y me invitaron al sepelio, que ocurrió en el cementerio de Montparnase.

Decenas de personas, amigos, admiradores y familiares, hicimos la cola por largos minutos para depositar cada quien en su tumba y sobre su ataúd una rosa roja. No había ambiente de tristeza sino de exaltación y su mirada y palabra grotescas de fumador y humorista resonaban y planeaban esa tarde de abril en el lugar donde reposan para siempre Charles Baudelaire, Tristan Tzara, César Vallejo, Sartre y Beauvoir, Julio Cortázar y tantos otros miembros del club.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 17 de julio de 2022.



 

sábado, 19 de febrero de 2022

SAINT-SIMON Y EL CREPÚSCULO DE LA NOBLEZA

Por Eduardo García Aguilar

El historiador Emmanuel Le Roy Ladurie (1929), uno de los más prestigiosos renovadores del género en Francia, se hizo conocer muy temprano con una minuciosa investigación sobre la aldea occitana de Montaillou, que impulsó el auge de la microhistoria, colocando los focos en los detalles de las vidas comunes y corrientes de la plebe, a diferencia de la tradicional historiografia basada en el estudio de la vida de las cortes monárquicas, las batallas y las proezas de los héroes mitificados.

El libro sobre esa aldea insignificante del suroeste de Francia, cerca  de la cordillera de los Pirineos, en tiempos del auge de la herejía de los cátaros y su posterior represión sangrienta, inspiró a muchos jóvenes estudiantes de diversas partes del mundo que fueron alumnos de este universitario o de sus colegas y discípulos inspirados en varias generaciones de historiadores pertenecientes a la fértil corriente de los Annales.

Hasta entonces el ejercicio de la historia era por lo regular obra de pomposos escritores que elaboraban hagiografías de sus héroes, a los que plasmaban lejos de la realidad concreta de sus vidas y acciones. Predispuestos al elogio y el endiosamiento, esos autores se basaban en otros libros anteriores de la mis
ma estirpe y no dedicaban suficiente tiempo a explorar en las fuentes escondidas en los archivos de las alcaldías o notarías o en el rastreo de documentos familiares como cartas o memorias anónimas.

Eso sucedía por supuesto en Europa entre los admiradores ciegos de la nobleza y la clerecía y con mayor razón en nuestro continente latinoamericano, donde de igual forma los escritores solían idealizar a conquistadores españoles o a héroes que surgían durante la Colonia, el máximo de los cuales fue Simón Bolívar, quien inspirado en Napoleón quiso lograr la gloria liberando naciones y haciendo constituciones como solían hacerlo los románticos.

Durante siglos fue necesario soportar todo esas hagiografías perfumadas de conquistadores ruines o héroes militares sangrientos que en la pluma de esos historiadores, poetas o cronistas a veces adquirían la dimensión de pegasos, mitad corceles y mitad humanos, cuando en la realidad eran por lo regular sucios, burdos y repugnantes corsarios, violadores o saqueadores ávidos de oro y poder. Muchos ingenuos idealizadores convirtieron a ignaros sanguinarios en santos o héroes que se encarnaron después en las estatuas que por fortuna desde hace un tiempo están siendo derribadas en muchas partes del mundo, donde esos colonizadores, esclavizadores o supuestos liberadores sembraron el terror e hicieron vertir tanta sangre.

Tardó mucho tiempo y ya bien entrado el siglo XX para que surgiera un nuevo ejercicio de la historia, gracias a esos maestros de los Annales, entre otros, que agotaron sus días y noches en los archivos o trataron de sacar del olvido las vidas de la peble, el campesinado, los pueblerinos y los siervos de gleba que durante siglos fueron explotados inmisericordemente por una aristocracia endogámica encabezada también por bárbaros asesinos y saqueadores que se creían de sangre azul. Con ayuda de otras disciplinas nuevas como la sociología, etnografía, antropología, estadística, revelaron nuevos secretos de la historia. 

La Revolución francesa fue el grito de esa sociedad que durante un milenio fue agobiada por nobles, aristócratas, funcionarios, militares, jerarcas eclesiásticos y adláteres que vivían en palacios en una burbuja de sueños animada por grandes músicos, actores, cocineros, jardineros de genio, sirvientes y bufones.

Por eso al leer el libro que Le Roy Ladurie dedica al brillante duque Saint-Simon (1665-1755), cronista de la corte de dos monarcas, Luis XIV y XV, y sus antecesores borbones, volvemos a encontrar no solo la prosa excelente de Le Roy y su colaborardor Jean-François Fitou, sino el estudio minucioso, desde los ángulos de las ciencias modernas, de ese vasto documento etnológico sobre el comportamiento centenario de la poderosa nobleza del Antiguo Régimen, un cuerpo de unos cuantos miles de personas que a través de los siglos acaparaba para ellos solos riquezas, cargos, tierras y en lo que respecta a los aristócratas, las doncellas. 

Saint-Simon o el sistema de la corte, como se titula el libro, nos ayuda a leer los miles y miles de datos que legó el conde en sus Memorias al describir el comportamiento de los suyos, las intrigas palaciegas y amorosas y los procesos históricos, diplomáticos, militares, financieros, que veía desde su punto conservador y subjetivo, el del respeto estricto de la genealogía y los títulos de nobleza y la sangre azul.

Desde el interior de la corte en Versailles y en otros castillos durante el reino del Rey Sol y la Regencia posterior, el autor es a la vez espía, sociólogo, policía y antropólogo de esa casta que barrrió la Revolución francesa, asunto que él predijo en sus diagnósticos sobre el fin de una época, la de un mundo aristocrático que se creía eterno.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de febrero de 2022.

martes, 15 de febrero de 2022

LOS PASAJES IMAGINARIOS

Por Eduardo García Aguilar

 
Los pasajes cubiertos de París, construidos en la primera mitad del siglo XIX, albergaban un mundo lleno de sorpresas y todo tipo de negocios legales e ilegales se congregaban allí para delicia de los acomodados habitantes de la ciudad, que los frecuentaban a salvo de intemperies, suciedad, malos olores citadinos y pantano, nieve y luvias torrenciales. Todos albergan historias simultáneas como caleidoscopios de la vida de generaciones. 
 
Algunos pasajes sobreviven. En el Pasaje Choiseul, Rimbaud fue presentado a los parnasianos y Lautréamont, el autor de los Cantos de Maldoror, tuvo allí a su editor. Louis Ferdinand Céline también frecuentó ese pasaje, que está intacto y activo y donde hay unas exquisitas papelerías y tiendas de instrumentos y materiales para la aficionados a la pintura
 
Muchos desparecieron entre tanto, pero otros quedan como Panoramas, Vivienne, Brady y tantos otros. En el Pasaje Vivienne, que abarca media manzana y está muy bien restaurado, hay una de las librerías más antiguas de la ciudad. En ese lugar vivió Simón Bolívar cuando llegó muy joven en 1805 en el marco de su periplo europeo iniciado en Madrid y tuvo en la ciudad luz la oportunidad de presenciar la autocoronación del Emperador Napoleón Bonaparte, sin duda uno de sus modelos
 
Bolívar frecuentaba el barrio, pues cerca vivía una de sus entusiastas amantes, Fanny du Villars, con la que tuvo correspondencia toda la vida y también la familia de Flora Tristán, de la que era muy cercano durante su estadía en la ciudad. Después de su viaje a Italia regresó a este mismo rumbo, pero se instaló en la calle paralela, Richelieu, al lado de la Biblioteca Nacional, donde solía leer largas horas.
 
También era la zona del Palacio Real, que sigue ahí intacto con sus magníficas arcadas, jardín y fuente, donde los nuevos jóvenes de la Ilustración, militares, escritores y libertinos solían divertirse hasta altas horas de la noche en compañía de cortesanas, disfrutando la bebida de moda que era el chocolate y más tarde la comida y los vinos que se expendían en viejos  restaurantes de los cuales uno aun funciona, el Vefour.
 
Son y han sido lugares para deabular y mirar vitrinas, pasar la tarde, tomar chocolate o comer y tomar vino, comprar zapatos, juguetes, paraguas, trajes, libros, estampillas, antigüedades, visitar al editor, comprar soldados de plomo o medallas, sombreros, kepis, partituras o instrumentos musicales. Todo ocurría adentro, citas, intrigas, amores secretos. En cada pasaje estaba el mundo, mercancías exóticas o viajeros que llegaban desde los lejanos puertos de ultramar.
 
Ese multifacético aspecto que puede equiparase al de los gigantescos centros comerciales de la actualidad donde hay de todo para los consumidores de lujo, parece en su variedad a los caleidoscopios de colores donde el observador viaja por un océano que lo devora con sus delicias cromáticas.
 
Pensaba en todo esto, porque después de reunir una serie de textos surgidos de viaje, quise poner como título al conjunto el nombre de un pasaje imaginario, que no existe y es el Pasaje Lautréamont en memoria de ese poeta nacido en Uruguay, Isidore Ducasse, muerto muy joven después de publicar su principal obra maestra y una serie de poemas impresos en el Pasaje Choiseul y que le han dado, sin que él lo supiera, la posteridad. Por eso este Pasaje Lautréamont imaginario donde todo y nada sucede, pero yacen universos condensados que de repente cambian el rumbo de una vida con su fuerza magnética. 
 
Después de publicar en 2017 a petición del poeta Fernando Denis la Poesía completa para la colección Zenocrate de Uniediciones, tras un minucioso trabajo de recopilación de plaquettes, libros publicados antes y poemas perdidos en libretas, fueron apareciendo más textos rescatados de carpetas y archivos digitales hasta conformar esta nueva colección. La componen textos que surgen al despuntar el nuevo milenio y luego siguen el camino del siglo.

Por esos tiempos había regresado a Europa después de una larga estadía de tres lustros en Estados Unidos y México y realizado largos viajes a Marruecos y la India, Portugal, Rusia, España, Alemania, Italia, cuyos testimonios figuran en estas páginas. Visitas a la tumbas de Rimbaud y Chateaubriand, paseos por la casa de Tolstoi en Moscú, visión de los cuadros de Goya en el Museo del Prado, el incendio de Notre Dame o encuentros con Leopoldo Maria Panero en las Islas Canarias, descubrimiento de bares fantásticos y tantas cosas más
 
Esta colección inédita es pues otro cuaderno de viaje, como casi todos los que conforman los anteriores libros y por eso viajan a través de los pasajes imaginarios que propician los viajes exóticos, porque la vida es cruzar túneles y puentes, perderse en encrucijadas y volverse a encontrar a la vuelta de la esquina. La vida es como la poesía, un interminable cruce de pasajes.