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viernes, 23 de junio de 2023

EL TITÁNIC Y LOS MISTERIOS DEL OCÉANO

Por Eduardo García Aguilar

La trágica muerte de cinco personas por la implosión catastrófica del pequeño sumergible Titán durante la frustrada visita de los restos del Titanic, causó conmoción pues es la parábola de las atracciones fatales de los amantes del peligro y la aventura. Cada año se registran muertes entre los montañistas que en romería intentan subir al Everest, la montaña más alta del mundo, a cuyo alrededor cadáveres yacen cubiertos por los hielos perpetuos. Aun a sabiendas del peligro, atraídos como mariposas o insectos por la luz, los exploradores de las alturas no temen despeñarse por las laderas inhóspitas de las cumbres nevadas o ser cubiertos por aludes.

Para aventureros del peligro abundan los retos. Viajes al Polo Norte o a la Atártida en expediciones instaladas en bases donde no hay día durante la mayor parte del año y se vive en temperaturas extremas. Viajes a la selva Amazónica, Borneo y otros lugares donde se corren riesgos extremos, volar con planeadores alados desde altas montañas lanzándose desde abismos, ir en canoas o kayak por ríos caudalosos a toda velocidad, viajar a la Luna o en misiones espaciales, cubrir guerras, son algunas de esas actividades donde muchos pierden la vida. Cada lanzamiento de un cohete espacial es un riesgo. 

En este caso se trata de exploradores amantes de las profundidades marinas que pagaron enormes sumas de dinero y firmaron un contrato donde aceptaron los riesgos y se declararon dispuestos a arriesgar la vida con tal de acercarse al trágico paquebote. La catástrofe del gigantesco transatlántico de lujo ha alimentado todo tipo de historias y narraciones llevadas a la ópera, la música, el cine, los dibujos animados y la literatura.

Desde hace 110 años, cuando se hundió el transatlántico cargado de viajeros que gozaron durante la travesía del Atlántico entre el lujo y las diversiones, se habla del destino trágico de cada uno de esos turistas o sus centenares de servidores. Millonarios, músicos, chefs de cocina, pilotos, empleados modestos, barrenderos, divas, magnates, limpiadores de baños, médicos, todos juntos perecieron unidos en el naufragio. Tanto los sobrevivientes como los 1500 fallecidos alimentan desde entonces la metáfora de la vida, algo tan frágil que cuando menos se espera concluye y volvemos al estado primigenio natural de cenizas, líquido, musgo, polvo y arena.

El hundimiento de 1912 inspiró la película Titanic (1997), dirigida por James Cameron, una de las más vistas y preferidas por el público y la crítica en el último siglo, tercer lugar de recaudación en la historia del cine y protagonizada por el ícono Leonardo di Caprio y su pareja en la ficción Kate Winslet. La cinta está presente en el imaginario de varias generaciones, así como la nave inspiradora fue protagonista de la imaginación planetaria durante el siglo XX junto a mitos como el aviador Charles Augustus Linbergh, el primero en cruzar en solitario el Atlántico en avión. Cuando se inventaba la aviación a comienzos del siglo XX, los pilotos eran héroes que como Saint-Exupéry, sabían que podían morir en cualquier instante.

En este pequeño batiscafo de seis metros de eslora construido con titanio y carbono cabían solo cinco personas que viven una experiencia peligrosa de diez horas, cuyo punto culminante es rodear la inmensa nave fantasma marcada por la muerte, una especie de palacio fantasmagórico donde aun penan las almas de quienes hasta antes del naufragio hacían la fiesta, jugaban a las cartas, bailaban o vivían la ilusión única de un viaje inolvidable de amor. Nadie pensó que eso podría terminar de súbito entre el estruendo de la catástrofe, la destrucción de las vajillas y los lampadarios y la algarabía de quienes en los varios pisos de la mole, lujosos salones y comedores, corredores, ascensores y escalinatas corrían despavoridos para poder escapar a la muerte y hallar espacio en un bote salvavidas.

Desde el descubrimiento en 1985 de la nave hundida a casi 4.000 metros de profundidad frente a las costas canadienses de Terranova, se han realizado múltiples exploraciones con robots o naves tripuladas, así como viajes turísticos y uno de los fallecidos esta vez, Pierre-Henri Nargeolet, ex submarinista francés y militar de 77 años, apodado Mr. Titanic, hizo 33 viajes al lugar y se convirtió en el mayor conocedor del tema.

El milllonario británico-paquistaní Shahzada Dawood y su hijo Suleman, quienes pagaron cada uno 250.000 dólares por la aventura, perecieron en la implosión y ya se sabe que el muchacho heredero aceptó hacer el viaje solo para darle gusto a su adorado padre. Los otros dos viajeros, el piloto británico Stockton Rush, director general de OceanGate Expeditions, y el millonario británico Hamish Harding, también quedaron en la leyenda atados para siempre a la tragedia mayor del Titanic.

La catástrofe de esta semana junto al Titanic hizo olvidar otras tragedias activas en el mundo desde hace mucho tiempo, guerras, hambrunas, atentados. Y esto muestra que los humanos desde siempre nos sentimos atraídos por la ficción y las aventuras como la de Ulises en la Odisea, cuando viaja por décadas perdido en el Mediterráneo lejos de su hogar, su patria, Penélope y su perro. Pero Ulises regresó y los héroes de esta semana, aunque multimillonarios, quedaron allá flotando listos a ser devorados por las criaturas que viven en aquellos abismos acuáticos.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de junio de 2023.


     





miércoles, 20 de julio de 2022

ROLAND TOPOR, SÁTRAPA DE LA PATAFÍSICA


Por Eduardo García Aguilar

Nada más admirable que los autores y artistas excéntricos que caminan por senderos desconocidos y abren ventanas a mundos imaginarios nunca vistos. Ellos son los más libres e irreverentes y cumplen con autenticidad la misión que debe cumplir todo artista: molestar, irritar, incomodar, desenmascarar lo pomposo, servil, ceremonial y taimado. Todo artista joven en sus inicios sigue los caminos de esos rebeldes que parecen salidos de un cuento infantil alemán de la época romántica lleno de gnomos, brujas, enanos y fuerzas absurdas.

Son muchos los que hacen honor a esa rareza, como es el caso de Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas o el genial pintor británico Turner que asombraba con sus telas aunque personalmente no era refinado y parecía un torvo campesino malhablado y gruñón que huía de las mundanidades y los salones de la lagartería. Y como ellos, también cabe mencionar a Hyeronimus Bosch, El Bosco, autor de El jardín de las delicias, y otros artistas holandeses que imaginaron mundos inimaginables.

En el grupo de excéntricos del orbe hispánico pienso en el loco Salvador Dalí, quien escandalizó al mundo con sus declaraciones, imágenes y comportamientos al lado de su amada Gala, y antes de él figuras como Ramón del Vallé Inclán, el manco autor de Tirano Banderas o Ramón Gómez de la Serna, el autor de las Greguerías. En América Latina pienso en el genial colombiano León de Greiff, cuya obra poética delirante y vasta concordaba con sus actitudes de descendiente de nórdicos extraviados en un país tan conservador como Colombia. Y no hay que olvidar a su predecesor Julio Flórez, quien solía leer poemas en los cementerios mientras libaba en cuencos de calaveras, según cuenta la leyenda.


Entre los contemporáneos pienso en los creadores del Grupo Pánico, compuesto por el chileno Alejandro Jodorowsky (1929), el español Fernando Arrabal (1932) y el francés de origen polaco Roland Topor (1938-1997), quienes en la segunda mitad del siglo XX crearon desorden en teatro, cine, novela, pintura, dibujo, relato, poesía, ejerciendo actividades múltiples en la radio y la televisión y en los escenarios.

Del trío aun sobreviven en plena actividad Arrabal y Jodorowsky, molestando aquí o allá con la frente en alto, y Roland Topor, quien murió a causa de una hemorragia cerebral en abril de 1997 sigue vivo y coleando, pues sus imágenes y cuentos son inolvidables y absurdos y con el tiempo se hacen cada vez más modernos e inquietantes. Cada nueva pieza de teatro de Arrabal causa escándalo en España o Francia y sus entrevistas son divertidísimas, pues desestabilizan a los presentadores televisivos de este siglo XXI, más conservador y temeroso que las décadas artísticas más revolucionarias del agitado siglo XX, en los tiempos del dadaísmo, el surrealismo, el rock y el pop art.

De Jodorowsky vi su increíble película mexicana Santa Sangre y varios amigos y amigas solían acudir a que les leyera el Tarot en un secreto bar de París y me relataron la experiencia. A Arrabal lo vi una vez en un homenaje que la embajada chilena le hacía al gran director de cine Raúl Ruiz, cuya obra tiene similitudes con el movimiento Pánico. Pero tengo la fortuna de haber conocido y hablado con Roland Topor dos años antes de su muerte y haber bebido con él algunas copas de vino en un cine de la calle Champollion, en el barrio latino.

El rostro de Topor era tan extraño como las figuras que reinan en sus imágenes expresionistas más absurdas y su conversación era impredecible, siempre dispuesta al buen sarcasmo y la ironía. Unas amigas mías gemelas de origen armenio, Ani y Aida Kedabian, lo conocían, y me llevaron a ese acto, pues yo quería llevarle un mensaje del amigo mexicano Héctor Trillo que realizó su tesis universitaria sobre su obra pictórica y gráfica. Lo recordaba muy bien y brindamos por los que le seguían los pasos al movimiento Pánico y a Topor, designado a título póstumo Sátrapa del Colegio de patafísica, que es la ciencia del absurdo.

Al despedirme de él, los vinos que bebí de su botella mágica, tal vez un excelente Burdeos, habían producido un extraño efecto que recuerdo como si fuera ayer. Me regaló un grabado suyo, que firmó. Pero lo increíble es que dos años después, cuando volví a Francia, las mismas amigas gemelas me informaron del repentino fallecimiento de su amigo y me invitaron al sepelio, que ocurrió en el cementerio de Montparnase.

Decenas de personas, amigos, admiradores y familiares, hicimos la cola por largos minutos para depositar cada quien en su tumba y sobre su ataúd una rosa roja. No había ambiente de tristeza sino de exaltación y su mirada y palabra grotescas de fumador y humorista resonaban y planeaban esa tarde de abril en el lugar donde reposan para siempre Charles Baudelaire, Tristan Tzara, César Vallejo, Sartre y Beauvoir, Julio Cortázar y tantos otros miembros del club.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 17 de julio de 2022.