sábado, 29 de agosto de 2020

LAS MIL BATALLAS DE ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL


Por Eduardo García Aguilar
 
 Siendo muy joven y rebelde, Gustavo Álvarez Gardeazábal (1945) publicó en el lapso de unos cuatro años años varias novelas que se convirteron en clásicos de la narrativa colombiana y latinoamericana como Cóndores no entierran todos los días, Dabeiba, La boba y el buda, El bazar de los idiotas, entre otras. Su irrupción en la literatura colombiana fue vertiginosa en los primeros años de la década del 70 del siglo pasado, que también vio emerger a otros autores de su generación como Oscar Collazos, Fernando Cruz Kronfly, Héctor Sánchez, Umberto Valverde, Fanny Buitrago, Alba Lucía Angel, Roberto Burgos y R.H. Moreno Durán, entre una veintena de autores magníficos que constituyen una poderosa generación que aun se debe estudiar y valorar.

Pero Gardeazábal surgió casi como una explosión volcánica contra viento y marea, dispuesto a contar con un lenguaje propio y local las historias ocurridas en su terruño, Tuluá, en tiempos de la horrorosa violencia entre liberales y conservadores en medio de la cual vio la luz del mundo hace 75 años. Su objetivo era hacer clásico e internacional el lenguaje de la chismografía de su pueblo natal Tuluá, pues considera que hay un rico y específico modo del castellano, que él denomina el "tulueño". Así como Proust tenía su jerga de frases interminables en un estilo exquisito donde sonaba el habla de los salones aristocráticos de París a fines de siglo XIX y comienzos del XX, Gardeazábal hilaba, tejía, serpenteaba, entrelazaba las historias a través de palabras que como pólvora se regaban y explotaban en todos los sentidos, en un endemoniado fuego prirotécnico, galáctico, generalizado y en espiral.

Cóndores no entierran todos los días se convirtió en el emblema de esa narrativa de la violencia a través de la historia de un temible pájaro contada desde todos los ángulos con su prosa musical, barroca y churrigueresca, poderosa y fértil enredadera florecida y venenosa que se reproducía a toda velocidad, impulsada por una savia devoradora sobre muros, techos, aceras, zaguanes, cementerios, patios e iglesias del pueblo natal. El gran Francisco Norden la llevaría después al cine, en la que tal vez sea la película colombiana más importante del siglo XX.  

Uno tras otro iban saliendo sus novelas y libros de cuentos que ganaron premios internacionales en España, se convirtieron en best sellers y fueron traducidos a varias lenguas, entre ellas el polaco, el inglés, el alemán, el italiano y el húngaro. Como siempre ambicionó a lo grande, se dio cuenta de que para figurar en Colombia tenía antes que publicar y sonar primero en el extranjero, pues la literatura colombiana de su tiempo, como la de hoy, siempre ha estado centralizada en la hegemonía bogotana que mira de reojo a las creaciones de autores nacidos o activos en otras regiones. El costeño Gabriel García Márquez lo había precedido en esa reivindicación de lo local, y como él, tuvo que publicar lejos de su patria para que lo tuvieran en cuenta los capataces literarios de la Atenas suramericana.    

Gardeazábal no se sentó en los laureles conquistados como un guerrero griego antes de cumplir los 30 años. Siempre ha sido un autor incómodo, polémico, odiado y admirado, ya que nunca ha tenido pelos en la lengua para expresar sus opiniones que desde el principio fueron contra todas las corrientes políticas y sexuales. Cuando la izquierda dogmática dominaba el pensamiento en las universidades, el era el único tribuno estudiantil opositor que enfrentaba a las divas revolucionarias, muchas de las cuales, comunistas, maoístas, guevaristas, camilistas, trotskistas, fueron exterminados o se apaciguaron después y entraron al redil.

Y fue un verdadero precursor, pues muchas décadas antes del auge del movimiento LGTB, él ya exponía al viento sin
complejos su homosexualidad con un orgullo en un país que es y ha sido fundamentalmente machista, camandulero y conservador.
Varios de sus libros tienen héroes homosexuales como El Divino y la Misa ha terminado y vestido él también como diva sesentayochera con pantalones de rayas blancas y rojas y camisas floreadas, expresaba su elocuencia desde todas las tribunas y púlpitos asustando monjas, horrorizando obispos, alcaldes, presidentes y desestabilizando a los pontífices con sus báculos de hoz y martillo. Tal vez, como destaca Isaías Peña Gutiérrez, esa hidra de varias cabezas, a la vez conservador y volteriano, convencional e irreverente, mojigato y lúbrico, se nutre del contradictorio imaginario familiar, pues su padre fue godo y su madre liberal. 

Esa inasibilidad permanente de Gardeazábal, la indómita fuerza para evitar ser etiquetado, el carácter impulsivo y quijotesco le han causado al autor tulueño múltiples problemas y también lo condujeron a vivir aventuras que lo convierten a su vez en personaje de novela. Con más de diez novelas publicadas y un reconocimiento literario sólido se aventuró como otros autores latinoamericanos en las aguas turbias de la política. En una carrera política veriginosa como su vida literaria, fue alcalde su pueblo y llegó a gobernador del Valle con una votación gigantesca que en algún momento lo hizo sonar como probable candidato a la presidencia, igual que su amigo Vargas Llosa en Perú, pero se le atravesaron las arañas de la intriga y terminó experimentando la cárcel, experiencia que ha enriquecido a grandes autores como Miguel de Cervantes Saavedra y Alvaro Mutis, entre otros.   

Ahora que ya es un sabio sereno que mira el paisaje planeando desde las altas cumbres como los cóndores de los Andes, más allá del bien y del mal, dotado de la poderosa inteligencia que siempre lo ha caracterizado, sus coterráneos le hacen un homenaje por su llegada a edad tan venerable. Convocados de manera virtual a causa de la pandemia de coronavirus por su amigo el poeta Omar Ortiz, muchos críticos y escritores fueron convocados para debatir esta semana de agosto, previa a su cumpleaños el 31 de agosto, en torno a su vida y obra.

Sentado en su estudio, ataviado con sus inconfundibles, amplias y elegantes camisas, con dicción pausada y mirada de águila, respondió a las preguntas de Isaías Peña Gutiérrez, quien lo conoce y lo ha seguido y estudiado desde el principio. Con Johnattan Tittler, que acaba de traducir al inglés después de arduo trabajo Cóndores no entierran todos los días, habló de las dificultades de trasladar el lenguaje suyo a la lengua de Faulkner y Capote y con Darío Henao abordó sus primeras tareas como profesor de literatura en Cali y Pasto y su rebelión contra las modas semióticas e ideológicas que venían de Europa. Verlo en plena forma y activo después de tantas peripecias extraliterarias ha sido una alegría para quienes sabemos que su obra es rica e imprescindible. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 30 de agosto de 2020.

sábado, 22 de agosto de 2020

ADIÓS A MERCEDES BARCHA


Por Eduardo García Aguilar
 
 Con la partida de Mercedes Barcha (1932-2020), esposa del Gabriel García Márquez (1927-2014), se cierra un capítulo de la historia colombiana que por fortuna está lleno de alegría, magia y misterio. Puesto que el Nobel nacido en Aracataca ha sido la mejor noticia de Colombia en todo el siglo XX y el que más felicidades ha dado al país en medio de tantas tragedias, catástrofes, abusos y mediocridad generalizados, la figura de la sólida matriarca que tanto le ayudó y le dio estabilidad para su actividad creativa se convirtió a su vez en una celebridad mítica, una primera dama esencial que acompañó al país por más de medio siglo entre los ires y venires del escritor por los mundos de la ficción y sus viajes a uno y otro lado del oceáno Atlántico como verdadera estrella de rock.

El autor de Cien años de soledad es tal vez la última figura mundial literaria de la era inaugurada por Gutenberg al inventar la imprenta, que por misterios del destino encarnó en un momento dado la identidad no solo de su país, sino del continente latinoamericano entero y al final de cuentas de todas las culturas del mundo en momentos de guerra fría y rebelión del Tercer Mundo.

Al encarnarse de tal forma y concitar el reconocimiento de la crítica más especializada y del lector popular tanto de los países ricos y nórdicos, como los del hemisferio sur, el colombiano se izó al rango de los más grandes patriarcas de las letras mundiales, al lado de Byron, Goethe, Tolstoi, Dickens, Twain, Victor Hugo y tantos otros que más allá de la literatura tuvieron influencia en los asuntos de la política terrenal en los últimos dos siglos desde la Revolución francesa y la era romántica, hasta la destrucción de las Torres gemelas de Nueva York por Al Qida.

Otros escritores latinoamericanos de su época podían tener obras magníficas como Alejo Carpentier, Miguel Angel Asturias o Julio Cortázar, pero la lengüeta de fuego de la gloria fue más generosa con el colombiano porque en él se daba un misterioso coctel único por su origen popular, su presencia colorida e irreverente y la oportunidad de sus posiciones políticas en el momento preciso y el lugar adecuado. Subido al trono desde 1967, a los cuarenta años de edad, el costeño permanecería desde enconces en lo alto de la ola antes y después de ser consagrado con el Nobel de Literatura en 1982, a la precoz edad de 54 años, lo que lo convirtió en uno de los más jóvenes premiados.

El paso de García Márquez por las capitales del mundo que visitaba era un acontecimiento y su recepción con rango de jefe de Estado mostraba que era casi un papa que estaba por encima del bien y del mal y flotaba sobre un halo milagroso por sobre presidentes, cancilleres, embajadores, ministros, funcionarios, de quienes recibía mensajes secretos u oficiaba como mediador en conflictos e intrigas políticas. Indira Gandhi, François Mitterrand, Bill Clinton, Felipe González, fueron algunos de esos mandatarios que desearon posar como sus amigos y presumían de cenas íntimas y conciliábulos secretos donde siempre estuvo presente Mercedes Barcha como sólido portal de sabiduría egipcia. No en vano él la consideraba el cocodrilo sagrado.

Los colombianos que adolescentes recibimos el rayo enceguecedor de Cien años de Soledad poco después de su salida, esperábamos cada temporada a través de las décadas la aparición de la nueva obra para devorarla y admirarla y así una tras otra nos maravillamos con Los funerales de la mama grande, El otoño del patriarca, la Increíble y triste historia de la cándida Eréndira, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios y El general en su laberinto, entre otros libros que iban saliendo de su crisol en la calle Fuego 144 del Pedregal de San Angel, en el sur de la Ciudad de México, casa que era como una residencia presidencial donde hacían antesala magnates, estudiantes de literatura, escritores, editores, biógrafos, periodistas y presidentes. A veces volvíamos con estupor a leer El coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca y La mala hora, obras escritas antes de la deflagración de su éxito, en los tiempos de vacas flacas de París, cuando muchos lo consideraban "un caso perdido" y vivía un amor con la actriz española Tachia Quintanar.

No era de extrañar que siguiéramos como en su tiempo ocurrió con Víctor Hugo, Goethe y Tolstoi los recorridos mundiales de la celebridad, su paso por París, Barcelona, Madrid, Buenos Aires, Ciudad de México, Londres, Nueva York, Los Angeles, Estambul, Moscú, La Habana, Estocolmo, Nueva Dehli, Atenas, Caracas y tantas otras ciudades que lo vieron llegar alguna vez al lado de Mercedes Barcha. A través de reportajes de prensa o infidencias de los amigos en entrevistas o libros sobre su vida, sabíamos de esa historia de candoroso amor costeño entre hijos de boticarios pobres, de la promesa de volver por ella para casarse cuando estuviera más grande, sus primeros pasos en Caracas, Bogotá y Nueva York cuando él trabajaba para Prensa Latina y el supuesto viaje en un bus Greyhound con el bebé Rodrigo desde la urbe norteamericana hasta la Ciudad de México, donde lo esperaba como siempre su amigo Alvaro Mutis (1923-2013), que le había conseguido trabajo.

La vida de la pareja se había convertido en un relato y casi una telenovela que todos seguíamos. Supimos que cuando el futuro Nobel se dedicó a escribir su obra maestra tras interrumpir de súbito un viaje a Acapulco y escaseaban los recursos, Mercedes Barcha se las arreglaba con el carnicerro de la esquina para aplazar el pago de los bisteces y que negoció con el dueño de la primera casa de San Angel donde vivían para aplazar el pago de la renta durante siete meses. También la vimos como heroína dividiendo en dos el manuscrito para enviarlo por correo a Argentina y así sucesivamente conocimos sus gustos culinarios, la forma como atendía ella misma a los invitados y sus palabras tajantes e irreverentes, como aquella vez que, según José Luis Díaz Granados, regañó a su marido y a Fidel Castro porque conversaban mientras el papa estaba pronunciando la misa en La Habana.

Todos conocimos detalles de su vida en Barcelona en la calle Caponeta donde él escribió El otoño del patriarca y se solidificó el boom, la huída de Colombia cuando estuvo a punto de ser detenido por subversivo y poco a poco todos vimos crecer a sus hijos Rodrigo y Gozalo, convertidos ambos en bellas y generosas personas, el uno dedicado al cine y el otro a las artes de la edición.

En esa casa de la calle Fuego se le veía salir a saludar a los admiradores en sus soleadas fechas de cumpleaños, cuando ya se extinguía poco a poco su memoria, y veíamos en el rostro de Mercedes Barcha la gravedad del paso del tiempo y los golpes del infortunio a medida que uno tras otro iban partiendo los amigos del alma, Carlos Fuentes, Mutis. Pero la imagen más bella es cuando al amanecer del Nobel, recién enterados, ambos salen jóvenes y risueños en piyama y levantadora al patio para darse un beso y celebrar ese increíble triunfo.

La vimos acompañándolo a su lado en sus últimos viajes a la tierra nativa, a la Cartagena que describe con maestría en su autobiografía Vivir para contarlo. Allí en las festividades y los homenajes ella saludaba al pueblo desde la escotilla de los vehículos o las carrozas y sola se quedó en silencio manteniendo la antorcha de una vida misteriosa y prodigiosa que es única e irrepetible porque con ambos se va una época y una Colombia que ya queda para los libros de historia y los documentales. Las costumbres y usos de su época han quedado atrás para siempre en este agitado siglo XXI.

Cuando murió García Márquez todos sentimos un nudo en la garganta pues como Tolstoi y Victor Hugo era el patriarca del país, nuestro dios nutritivo Ganesha, un patriarca de bien y de ficción que alcanzó su rango mundial sin hacerle mal a nadie y por su propios y únicos méritos. Y ahora que Mercedes Barcha se va a buscarlo en el más allá, todos quedamos un poco más solos que nunca, condenados a Cien años de soledad y a buscar por siempre el amor en los tiempos del coronavirus.
 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de agosto de 2020

sábado, 15 de agosto de 2020

AUGE Y CAÍDA DE JOSÉ AGUSTÍN

Por Eduardo García Aguilar


En los primeros años de mi estadía en México fui invitado el 19 de agosto de 1984 a un encuentro de dos días en homenaje a José Agustín (1944), una leyenda con rango de estrella de rock, quien desde antes de cumplir veinte años se había había convertido en ídolo de la juventud. Con piel broncínea, delgado, bajo de estatura, irreverente, hiperactivo, luciendo gafas y mechón adolescente, este joven de clase media lideraba el movimiento de la literatura de la Onda, con influencias de los beatniks, el rock y el espíritu de las juventudes occidentales que hicieron estallar las tradiciones culturales, sociales y literarias.

Varias decenas de escritores de diversas generaciones, algunos de los cuales ya eran mis amigos, fueron convocados a permanecer un fin de semana en la ciudad de Cuautla, en el estado de Morelos, tierra natal del legendario Emiliano Zapata, para celebrar los cuarenta años del autor de La tumba, a quien se consideraba el máximo exponente del famoso Movimiento de la Onda, al que pertenecieron entre otros Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña. En ese tiempo la generosidad proverbial de la instituciones universitarias y del Instituto Nacional de Bellas Artes propiciaban aquellas reuniones donde compartían los más jovenes autores con otros más experimentados y se debatía con entusiasmo sobre la actualidad y el futuro de la literatura. Y por supuesto, al terminar los debates comenzaba la fiesta.

Tal vez porque era uno de los pocos extranjeros presentes me pusieron a la hora del almuerzo en la mesa central frente a José Agustín y su esposa Margarita Bermúdez, con quien ha vivido casi toda la vida, y al lado de varios autores alternativos y tímidos que seguían el camino del ídolo desde posiciones marginales y rebeldes. En un hotel campestre de los tiempos de Malcolm Lowry, hermano del mítico Hotel Casino de la Selva que aparece en Bajo el volcán, transcurrieron aquellos felices dos días en compañía de los más promisorios autores de las nuevas generaciones y algunos jóvenes clásicos que ya se nos han anticipado al viajar al más allá como los narradores y amigos Guillermo Samperio y Daniel Sada.

Entre vagos recuerdos percibo al ensayista y poeta Evodio Escalante a mitad de la noche tocando el piano y dándonos un execelente concierto de jazz, mientras pasaban de mano en mano las copas de tequila. Entre las jóvenes autoras presentes estaban las escritoras Carmen Boullosa y Silvia Molina y otras muchas más que se difuminan en el recuerdo. Aquel encuentro hace ya parte de la arqueología de una generación y algún día aparecerán las crónicas y las fotos de ese feliz ágape en torno al cual todos fuimos felices con José Agustín.      

Él hablaba rápido, era amigable como pocos, vestía de manera informal a diferencia de otros intelectuales encorbatados, reía siempre poseído por una alegría natural y a sus textos imprimía la velocidad del habla coloquial utilizada en las clases medias estudiantiles y de izquierda de la Ciudad de México. Sus libros se agotaban  rápido en ediciones de decenas de miles de ejemplares y cuando se presentaba en público era rodeado por centenares y miles de estudiantes y colegialas que se iniciaban en la lectura con libros que les contaban las penas y las esperanzas de aquella idílica primera edad en que todo parece luminoso aunque sea terrible.

Su fama llegó a lo máximo en los años 60 cuando fue encarcelado por un lío de cannabis en el Palacio de Lecumberri, donde estuvieron también presos figuras como David Alfaro Siqueiros, José Revueltas y otras grandes personalidades de la disidencia mexicana que luchaba desde la izquierda contra la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), acusado de la mataza de Tlatelolco antes de los Juegos Olímpicos de 1968 y de actos represivos violentos en la siguiente década a manos de los tenebrosos Halcones.

También su romance mediático con la cantante Angélica Maria, otro ídolo de la juventud mexicana, contribuyó a convertir al veinteañero en una estrella cuya luz nunca declinó a lo largo de las siguientes décadas, en las que escribió muchos libros, guiones, artículos, participó en programas de radio y televisión y recorrió sin cesar el país, además de vivir temporadas en Estados Unidos invitado por varias universidades donde daba clases de creación literaria. Obtuvo a fines de los años 70 las becas del International Writing Program de Iowa, Fullbright y Guggenheim.
       
En esos primeros años mexicanos compartíamos espacio en la páginas culturales de Excélsior dirigidas por el maestro Edmundo Valadés, y el mismo año 1986 publicamos en la editorial Plaza y Valdés sendas novelas, él la magnífica Cerca del fuego, una de las que más me gusta entre todas sus obras, y yo Bulevar de los héroes, que acaba de quedar finalista en el premio Plaza y Janés de España. Era un honor coincidir en su momento en la misma editorial con el mito más vivo de la nueva literatura mexicana del momento, una persona que parecía encarnar la juventud eterna.

En sus inicios obtuvo la beca del Centro mexicano de escritores y participó en un taller literario dirigido por Juan José Arreola y pronto, con buen olfato de editor, lo lazó el español Joaquín Díaz Canedo en la editorial Joaquín Mortiz. También estudió cine y participó en decenas de proyectos cinematográficos, en algunos de los cuales trabajó con Gabriel García Márquez. Entre sus libros figura La tumba (1964), De perfil (1966), Inventando que sueño (1968), Ciudades desiertas (1982), Cerca del fuego (1986) y la serie Tragicomedia mexicana.

Todo parecía pues sonreírle a este amable y talentoso autor, llamado a recibir todos los honores y homenajes en una larga y feliz ancianidad, como es tradición en México para los escritores de éxito, hasta el día en que la propia fama y la gloria en vida le hicieron una curiosa jugada que es a la vez una metáfora y un mensaje a todos los escribidores del mundo. En 2009 le realizan un homenaje en un teatro y la muchedumbre juvenil sube al escenario para abrazarlo, besarlo y pedirle autógrafos con tal ímpetu que el escritor pierde el equilibro y cae al fondo de la orquesta, dos metros abajo. Por su generosidad, José Agustín era el que menos merecía un accidente de esta índole.

La caída fue tan brutal que le causó graves lesiones cerebrales por las cuales ha perdido segementos de la memoria, aunque no toda por fortuna, según relata su hijo menor Jose Agustín Ramírez Bermúdez en una serie de magníficos, amorosos y conmovedores relatos sobre la vida y obra de su padre, publicados periódicamente en el suplemento Laberinto del diario capitalino Milenio. 
 
José Agustín reside en la misma casa de Cuautla rodeada de naturaleza que compró a su padre y donde ha residido durante medio siglo al lado de su esposa e hijos. Disfruta ahí de su pasión por el rock y con frecuencia parece recuperar la agilidad mental que electrizó a generaciones de jóvenes mexicanos. José Agustín está vivo y vive en su efervescente obra. Desde ese lugar de México sus poderosas ondas literarias irrigan el continente latinoamericano.     

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de agosto de 2010.