Mostrando entradas con la etiqueta América Latina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta América Latina. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de junio de 2025

EL FANTASMA DE SIMÓN BOLÍVAR


Por Eduardo García Aguilar

Desde hace dos siglos la figura de Simón Bolívar ha sido utilizada por casi todas la corrientes políticas como forma de reconocimiento y anclaje en un mítico pasado glorioso y todos los latinoamericanos hemos vivido marcados por su imagen de ídolo trágico. 

Sus estatuas idealizadas en plazas de ciudades y pueblos, los discursos interminables de políticos y escribidores en actos solemnes con himno nacional o sin él, las biografías pomposas o académicas, las crónicas de grandes escritores como José Martí y Porfirio Barba Jacob, nos han nutrido de palabras como si él fuese un pegaso, héroe mitad humano y mitad veloz corcel.

Desde hace décadas trabajo el lado de donde él vivió en sus dos estadías en París, en las calles Vivienne y Richelieu y con frecuencia paso frente a las placas que marcan aquellos instantes de su vida en esta ciudad, cuando era un joven viudo de la élite caraqueña que leía y hacía la fiesta al lado del parque del Palacio Real, centro de encuentro de libertinos dieciochescos de la Ilustración y jóvenes militares napoleónicos.

Bolívar dice que presenció en París la autocoronación del joven corso Napoleón y la leyenda cuenta de su encuentro probable con el sabio y espía alemán Humboldt, quien le habría dicho que no encontraba quien sería el que estaría dispuesto y tuviera la estatura para liberar las colonias americanas del yugo español, idea que germinó en la imaginación del joven aprendiz, amante de su vecina Fanny de Villars, lector, millonario y viajero que habría jurado en el monte Aventino de Roma liberar la región.

Las placas colocadas en los lugares donde vivió Bolivar aquí al lado de la sede de la Agencia France Presse, junto a la antigua Biblioteca Nacional de Francia, que sin duda frecuentaba el joven y futuro prócer, fueron instaladas por los estudiantes de la época de entreguerras del siglo XX, liderados entonces por el guatemalteco Miguel Angel Asturias, quien acababa de publicar Leyendas de Guatemala, primer best-seller latinoamercano de esos tiempos.

Asturias se reunía con Alfonso Reryes, Jorge Zalamea, César Vallejo, los hemanos peruanos García Calderón y otros muchos latinoamericanos que vivían y frecuentaban la bohemia de la ciudad en esos años de efervescencia intelectual, política, cultural y literaria, cuando despuntaban las fuerzas de las izquierdas bolcheviques y trotskistas, los idearios liberales, las derechas nazis y mussolinianas y otros más, antes de la deflagración brutal de la Segunda Guerra Mundial iniciada en 1939.

Y esos jóvenes entusiastas latinoamericanos rastrearon las huellas de Bolívar en París y colocaron las placas conmemortivas en los lugares donde vivió el joven Libertador. Mucho tiempo antes que ellos, a lo largo del siglo XIX, el mito del héroe fue creciendo e incluso personas como el llanero José Antonio Páez, que lo traicionaron en vida y lo ignoraron en la muerte, decidieron después iniciar el culto a sus huesos, trasladando sus restos desde la colombiana Santa Marta hasta Caracas, para usarlo como amuleto de legitimidad, tal y como hizo Hugo Chávez mucho tiempo después.

Es una delicia leer al propio Bolivar, rastrear sus cartas y proclamas, imaginar sus batallas y derrotas, leer tantos libros biográficos y académicos que se han escrito sobre su figura, desde los más rigurosos como los del historiador británico John Lynch hasta otros deliciosos como los de los colombianos Germán Arciniegas e Indalecio Liévano Aguirre y el liberal republicano español Salvador Madariaga.
.
Los coleccionistas de reliquias conservan espadas, kepis, charreteras, cartas, mechones de pelo, corazones y cerebros en formol de Napoleón y Bolívar y los guardan como amuletos. Y en pleno siglo XXI aun se invocan para apuntalar idearios opuestos y contradictorios. Bolívar es un  fetiche multiusos, pues nunca sabremos lo que pensaría de verdad hoy en este veloz siglo XXI ni cuales serían sus posiciones. Murió joven y fue el mito de los románticos del siglo XIX como el Che de los idealistas de la segunda mitad del siglo XX. A falta de nuevos héroes, su momia sigue viva.  
---
Publicado el domingo en  La Patria. Manizales. Colombia. 29 de junio de 2025. 

  


sábado, 30 de noviembre de 2024

LA LEYENDA MEXICANA DE SILVIA PINAL


 
Por Eduardo García Aguilar
 
La actriz mexicana Silvia Pinal, que murió a los 93 años, fue una de las grandes estrellas femeninas del cine de oro mexicano, al lado de Dolores del Río, María Félix y Columba Domínguez, que desempeñaron inolvidables papeles en películas al lado de actores como Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, Tin-Tán, Arturo de Córdova y Emilio "Indio" Fernández, entre otros.
 
En los años 40 y 50 México se convirtió en una potencia cinematográfica latinoamericana desde los Estudios Churubusco, que producía centenares de filmes distribuidos y vistos con entusiasmo en todo el continente americano desde Los Angeles y Tijuana hasta la Patagonia. La Ciudad ede México se volvió meca del cine y allí recalaron estrellas como la argentina Libertad Lamarque o las españolas Sara García y Sara Montiel, que divirtieron y emocionaron a millones de personas de varias generaciones.

El cine mexicano tenía también estrechas relaciones con la industria de Hollywood, que a veces retomó historias suyas para hacer versiones mundiales, especialmnete con las máximas estrellas Dolores del Río, Cantinflas y la gran María Félix, sin duda la más grande diva del siglo XX, personaje ejemplo de la indómita, inteligente y orgullosa mujer precursora del feminismo y admirada en todas las esferas del arte y el poder.

Silvia Pinal (1931-2024), más joven, fue un emblema del cine mexicano de los años 1960, mucho más moderno, que dejó atrás dos décadas de cine popular en blanco y negro caracterizado por decenas de clásicos inolvidables que hoy son de culto y se ven en retrospectivas en cines de arte del planeta. Aquellas películas protagonizadas por María Félix, Jorge Negrete, Pedro Infante, Kati Jurado, Joaquín Pardavé, Ninón Sevilla y Tongolele, entre otros, representaba la profundidad y riqueza ancestral de la cultura mexicana, la vida de las haciendas, los racheros, la ciudad y los pueblos de otros tiempos.

Pinal saltó a la fama con tres películas dirigidas por Luis Buñuel, el cineasta surrealista español que desde su exilio en México dirigió una decena de películas fundamentales del siglo XX, como el clásico Los Olvidados, Viridiana, ganadora de la Plama de oro en Cannes en 1962, Simón en el desierto (1965) y El ángel exterminador (1967), en las que actuó Pinal, cerrando con el broche de oro de Belle de jour (1968), protagonizada por Catherine Deneuve. Aunque trabajó con excelentes directores y productores, fue con Buñuel con quien se convirtió en leyenda.

En los años 60 Pinal compró una mansión del Pedregal de San Angel, al sur de la capital, barrio de arquitectura contemporánea para millonarios y magnates donde también se instaló después Gabriel García Márquez. En esa mansión se hicieron fiestas extraordinarias que llenaban las páginas de la farándula e incluso se filmaron películas de la época ye-yé y go-go, cuando la diva se casó con la estrella de esa músca popular Enrique Guzmán, mucho menor que ella, y padre de su hija Alejandra, estrella pop de los años 90.

La Pinal reinó desde entonces en México gracias a su importante fortuna, contactos con la gran cadena Televisa, el poderoso Partido Revolucionario Institucional (PRI) y llegó inclusive a ser senadora y primera dama del estado de Tlaxcala, al casarse con un gobernador priísta. En ella confluyeron todos los poderes terrenales: arte, dinero, cine, telenovelas, política y la creación de una dinastía con hijas y nietas cantantes y actrices como Silvia, Viridiana, Alejandra y Frida Sofía. Con ella se va una protagonista de la próspera y terrible época de un México en plena bonanza petrolera e industrial del siglo XX, que generaba riqueza, violencia, glamour y pobreza a raudales entre sonidos de rock, jazz, mambo, bolero, mariachis y merecumbé.
-------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 1 de diciembre de 2024.


 

.




jueves, 28 de noviembre de 2024

AUGE Y CREPÚSCULO DEL LIBERALISMO

Por Eduardo García Aguilar


Mi padre y su familia fueron liberales originarios del oriente de Caldas y crecí entre historias y leyendas de esa militancia, anclada en el imaginario de los viejos líderes radicales colombianos de ese partido, como Manuel Murillo Toro (1816-1880), Benjamín Herrera (1853-1924), Rafael Uribe Uribe (1859-1914), el Indio Uribe (1859-1900), Vargas Vila (1860-1933) y Ñito José Restrepo (1855-1933), que lucharon por ese ideario a través de guerras, libros, poemas y proclamas.

Álvaro nació en 1913 y como muchos jóvenes liberales y conservadores de esa época amaba los libros y a lo largo de los años conformó una biblioteca en la que me nutrí en la infancia y la adolescencia, donde había clásicos de la literatura mundial y del pensamiento político e ideológico europeo surgido del espíritu de la Ilustración y las ideas de la Revolución francesa. El pueblo se rebeló contra un milenio de monarquía, nobleza y privilegios hereditarios y derrotó de manera espectacular en unos cuantos años al odiado Antiguo Régimen y sus castas, que llegaron a su máximo esplendor en el largo reinado del Rey Sol Luis XIV desde el Palacio de Versalles.

En la biblioteca de mi padre también exploré libros colombianos que se referían al pensamiento liberal colombiano, entre los que se destacaban las primeras obras de su amigo y copartidario el liberal riosuceño Otto Morales Benítez, Testimono de un pueblo y Revolución y Caudillos, a las que se agrebaban los de Germán Arciniegas e Indalecio Liévano Aguirre, cuyas obras Conflictos sociales y económicos de la historia, su biografia de Bolívar o Bolivarismo y Monroísmo ocupaban lugar especial en las estanterías.

El liberalismo regresó al poder en 1930 con Enrique Olaya Herrera, iniciando un periodo de 16 años de grandes avances sociales y culturales impulsados por Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos y los designados Alberto Lleras Camargo y Darío Echandía, que contaron con el apoyo de fuerzas progresistas. Ese periodo terminó con el triunfo del conservador Mariano Ospina Pérez en 1946 a causa de la fratricida división de los liberales entre el oficialista Gabriel Turbay y el disidente Jorge Eliécer Gaitán, que sería asesinado poco después y se convertiría en mito del partido en los tiempos de La Violencia.

En esos años terribles, como lo hicieron muchos liberales del Oriente de Caldas, mi joven padre se instaló en Manizales para pasar las tormentas de la Violencia y la dictadura de Rojas Pinilla y después, fiel a su partido, siguió militando en él durante el Frente Nacional, pero en el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), en su línea dura.

En su oficina, en un edificio al lado del café Osiris, tenía parte de su biblioteca y ahí recibía a amigos liberales y progresistas de la ciudad, a quienes escuché desde temprano referirse con entusiasmo a las ideas del viejo ideario liberal y de la izquierda latinoamericana.

Fueron esas las últimas grandes épocas de ese partido al mando de figuras de alto rango intelectual como Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López Michelsen, que, aunque controvertidos, debatían, tenían idearios y proyectos concretos de cambio en materia agraria y laboral. 

Luego ese movimiento entró en una larga era crepuscular convertido solo en una franquicia del clientelismo, negocio serpenteante y camaleónico al mando y propiedad de un cacique que se aferra al poder sin más principio que vender su apoyo al mejor postor a cambio de prebendas según la coyuntura y bloquear cualquier posibilidad de cambio en Colombia. Las grandes figuras históricas de ese partido, después de la Convención de Cartagena, se retuercen ahora en sus tumbas.
---
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 3 de noviembre de 2024.
  


viernes, 25 de octubre de 2024

UMBERTO VALVERDE Y CALI PACHANGUERO

Por Eduardo García Aguilar

Umberto Valverde (1947-2024) escribió Bomba Camará, un clásico del cuento colombiano publicado primero en México en 1972 por la editorial Diógenes y que es al lado de Qué viva la música (1976) una de las dos obras cumbres de la renovación narrativa urbana surgida de la vida caleña juvenil de los años 60 y 70.

En sus cuentos magistrales cuenta la vida de los muchachos del Barrio obrero de Cali, donde nació y creció y al que le fue fiel toda la vida, dedicado a contar los avatares de la vida popular en un medio marcado por la salsa, la rumba y el fútbol como pasión, ya que fue hincha e historiador del equipo América. 

La publicación de Bomba Camará fue posible gracias a Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez, quienes aun jóvenes y en plena actividad laboral acogían al joven narrador caleño en la capital mexicana y recomendaron la obra al crítico y editor Emmanuel Carballo. En esos años también estuvo presente allí otro narrador colombiano, Héctor Sánchez, tolimense a quien le publicaron dos de sus principales novelas, Las maniobras y Las causas supremas.

La generación de narradores a la que perteneció Valverde es una de las más amplias y prolíficas de la historia del país y en su momento generó muchas expectativas, pero sin contar con la deflagración que significó el triunfo del boom latinoamericano y su líder, el creador de Macondo, que los eclipsó para siempre.

Valverde regresó a Colombia y allí se dedicó en Cali al periodismo escrito y radial y a la promoción entusiasta de la música caribeña o el fútbol a través de obras también clásicas, como Reina rumba (1981), biografia novelada de la gran cantante cubana Celia Cruz, Memoria de la Sonora Matancera (1997) o Jairo Varela, que todo el mundo cante (2002), sobre el mítico creador del grupo Niche y autor del himno Cali Pachanguero. 

También publicó En busca de tu nombre (1976), analizada y elogiada por el gran hispanista francés Jacques Gilard, y Quítate de la vía perico (2002), dos originales obras narrativas que no tuvieron la difusión ni el reconocimiento merecidos en su momento.

Valverde decidió dedicar su vida a la cultura popular de su terruño y a diferencia de otros de su generación practicó el periodismo de terreno, en el que formó a muchos jóvenes cuando dirígía La Palabra o la revista del América de Cali. Dejó centenares de crónicas y artículos publicados en El Pueblo y Occidente y múltiples revistas del país y el extranjero.

Prefería ver todo el día partidos de futbol, escuchar música caribeña y salir a caminar bajo la canícula con su cachucha futbolera, lejos de los honores y ambiciones de la carrera literaria. Polémico y frentero en sus discusiones, caprichoso y rebelde, Valverde ganó siempre muchas enemistades y creó en torno a él por su carácter un aura diabólica, que simpatizaba con los diablillos rojos, emblema de su equipo América de Cali. 

Pero como dijo Carlos Jiménez en una excelente semblanza tras su muerte en septiembre, fue además de generoso amigo, infatigable y riguroso trabajador intelectual que dejó después de 77 años de vida una vastísima obra, que ojalá ahora se recopile y edite con esmero. 
----
Publicada en La Patria. Manizales.
Colombia. Domingo 27 de octubre de 2024.
      

 

viernes, 4 de octubre de 2024

CLAUDIA SHEINBAUM Y EL MILAGRO DE MACONDO


Por Eduardo García Aguilar

El cineasta Rodrigo García Barcha está casado desde 1995 con Adriana, la hermana de la nueva presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, quien por lo tanto no solo es su cuñada, sino la tía de las nietas de Gabriel García Márquez, Isabel e Inés. 

García Márquez tenía el extraño sino de convertir todo lo que tocaba en oro, las palabras, los amigos, y por eso ya ungido por la lengüeta de fuego de la gloria atraía a los poderosos del mundo o los más pobres de México que acudieron en masa al Palacio de Bellas Artes a despedirse de él como lo hicieron con Cantinflas y Maria Félix.

No es extraño entonces que la primera mujer presidenta de México en la historia, lo que es un acontecimiento,  sea una familiar del patriarca de Aracataca y que las nietas del Nobel por el lado de su talentoso hijo Rodrigo lleven en sus venas de manera simultánea la sangre del Nobel y de la mandataria Sheinbaum, primera mujer en gobernar el país.

Cuando García Márquez llegó a México y se ganaba la vida dirigiendo revistas de farándula, en agencias de publicidad o haciendo guiones cinematográficos, el exquisito escritor mexicano Salvador Elizondo ya era una estrella nueva que ascendía sin saber que mucho tiempo después se encargaría de cuidar a los nietos del Nobel colombiano, ya millonario y consagrado, pues su hija Pía se casó con Gonzalo, el hijo menor del autor de Cien años de soledad. 

Eso me dijo él con mucho sentido del humor y con resignación una tarde que fui a ver al autor de Farabeuf en su casa de Coyoacán, donde vivía con su esposa la fotógrafa Paulina Lavista, y en un viejo corredor florido, frente a un patio lleno de árboles y macetas, estuvo bromeando sobre los colombianos que conocía, muchos de los cuales, según él, usaban corbata, mientras los nietos suyos y de GGM correteaban por ahí.  

Nadie entendió como el excéntrico "caso perdido" bigotón costeño que impulsaba en México Alvaro Mutis llegaría a la gloria en vida por sorpresa en solo unos años, mientras que sus contemporáneos mexicanos consagrados en los años 60, hombres y mujeres, terminaron casi todos en el olvido.

La llegada de la brillante física y política Sheinbaum a la presidencia de México también se puede ver como un milagro macondiano, pues Andrés Manuel López Obrador, tras una lucha en el margen de varias décadas, dado por muerto y derrotado para siempre muchas veces, logró conquistar el corazón del país y derrotar a las poderosas élites corruptas y plutocráticas del PRI y el PAN y tras un sexenio en la presidencia culminó con una aprobación nacional contundente del 80%. 

Sheinbaum llegó a la presidencia con una votación a su favor aun más fuerte que la de su mentor y con un dominio total en el Congreso, lo que garantiza para su sexenio años de estabilidad. En la Presidencia la secundará el nieto del general Lázaro Cárdenas, que lleva el mismo nombre de su mítico abuelo. Y está rodeada por un equipo de hombres y mujeres de primer nivel.

Su inteligencia, modernidad y honestidad política, y su gracia, fraguados desde cuando era combativa líder estudiantil en los años 80 del siglo pasado en la Universidad Nacional Autónoma de México, son garantía de que puede llegar a ser una gran mandataria de rango mundial al lado de Kamala Harris en esta nueva época de cambios y empoderamiento de mujeres y minorías. 

Su entronización es un capítulo más del fabuloso e improbable destino de los personajes de Macondo, universo que cuenta sucesos increíbles que nadie imaginó jamás pudieran suceder, como que una mujer científica fuera presidenta del país de Pancho Villa, Zapata, Pedro Infante, Cantinflas, El Santo y los mariachis.
----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 6 de octubre de 2024.     





lunes, 30 de septiembre de 2024

MÉXICO Y LA HERIDA DE LA CONQUISTA

 Por Eduardo García Aguilar


El gobierno mexicano no invitó al rey de España Felipe VI a la posesión de la nueva presidenta Claudia Sheinbaum el 1 de octubre, porque no respondió a una carta enviada por el mandatario saliente Andrés Manuel López Obrador en 2019 pidiéndole al monarca borbón que pidiera excusas públicas y oficiales de la corona y de España por la conquista y la colonización.

México desde antes y después de la Revolución ha tenido una relación muy sensible con los hechos de la conquista encabezada por Hernán Cortés, quien tras tocar tierra realizó varias expediciones en las que contó con ayuda de indígenas que, como los tlaxcaltecas, eran a su vez colonizados por la poderosa civilización azteca, uno de los últimos eslabones del mundo prehispánico tras miles de años de poderosas aventuras civilizatorias de los antiguos olmecas, zapotecos, mixtecos, mayas y teotihuacanos.

Al derrotar a las poderosas élites aztecas reinantes, los conquistadores españoles se casaron con las princesas indígenas y tuvieron descendencia con ellas, como es el caso de la Malinche, mujer de Cortés, que a su vez fue su traductora y ágil asesora del español en su campaña militar y el trabajo para solidificar su presencia y dominio en la nueva colonia.

En todo el inmenso país se replicó esa actitud de Cortés y mandos menores se casaron con las hijas de los caciques y llegaron a acuerdos para usar la mano de obra indígena en todo el país, razón por la cual hubo, a diferencia de otros países latinoamericanos, poca necesidad de importar desde África esclavos para realizar trabajos agrícolas y domésticos.

México es pues un país mayoritariamente indígena y mestizo y aun perviven medio centenar de lenguas prehispánicas y poblaciones monolingües. Arte, culinaria, costumbres, forma de vestir y lenguajes indígenas siguen vivos en todo el territorio, por lo que desde la Revolución mexicana los gobiernos han destacado e impulsado la cultura ancestral, creando un nacionalismo popular sincrético encabezado por el cultuo a la virgen morena de Guadalupe, adorada por los mexicanos y celebrada por millones de fieles cada año.

Pese a la vecindad con Estados Unidos y los tres siglos de colonización española, la cultura indígena pervivió y está anclada en lo más profundo de la tierra y los corazones de los más de cien millones de habitantes de ese rico y poderoso país. En el siglo XIX el presidente indígena Benito Juarez derrotó al Emperador Maximiliano, enviado por las potencias europeas a gobernar a México, y lo mandó fusilar sin compasión  en el cerro de las Tres campanas, cerca de Querétaro.

En México, desde la gesta de Juárez y mucho más después de la Revolución de Zapata y Pancho Villa, se prohibió cualquier homenaje a los conquistadores españoles, por lo que no hay estatuas o monumentos en su honor, e incluso la tumba de Hernán Cortés es un nicho casi clandestino y anónimo empotrado en los muros de una iglesia colonial.

No es de extrañar entonces que México siga aplicando su politica de orgullo nacionalista e indigenista y siga esperando las excusas de España que no llegan. Es un tema tan sensible como el de la esclavitud, que prevaleció durante siglos y en la actualidad genera polémica entre quienes dicen que pertenece a la historia y quienes piensan que las heridas siguen vivas. 
---
Publicado en La patria. Manizales. Colombia. 29 de septiembre de 2024.
 



sábado, 21 de septiembre de 2024

EL ESTRIDENTISTA MEXICANO LIST AZURBIDE

Por Eduardo García Aguilar

Cuando trabajaba en AFP México en la Torre Latinoamericana me encontraba con don Germán List Azurbide (1898-1998) en el Palacio Postal, donde él tenía su apartado, como yo, aunque fuera seis décadas mayor. Me hablaba de personajes idos como el poeta colombiano Luis Vidales, para él un estridentista colombiano, y de German Pardo García, otro centenario de ese país que vivió y murió en México.
 
Alto, recio, dandy de estirpe germana, List me impresionaba por su frescura y jovialidad, y su coquetería con las chicas a su edad ya casi centenaria. Erguido a los noventa y pico y además elegante, impecable, lúcido, antisolemne. Cruzaba el Eje Central, sin temor, como lo hacían otros hombres de los tiempos de la Revolución que conservaban el cerebro y el cuerpo sanos a esas alturas, por ejemplo el escritor, poeta y senador oaxaqueño Andrés Henestrosa, que fue amigo de Barba Jacob, el gran pintor también oaxaqueño de fama mundial Rufino Tamayo y el poeta Alí Chumacero.

Y además List y yo éramos vecinos en el número 1953 de Avenida Universidad, en Coyoacán y cerca de la Universidad Nacional Autónoma de México. A veces lo saludaba desde mi ventana. desde un primer piso cuando él venía caminando y él me respondía alzando el sombrero, pues en el centro, junto al palacio de Bellas Artes, habíamos coincidido ya algunas veces y sabía que era colombiano, país por el que sentía gran afecto.

Por ahí vivía también Adolfo Castañón, poeta, filósofo, prosista mexicano y uno de los pilares contemporáneos de la sabiduría latinoamericana, y no lejos, ya más cerca de Coyoacán, otro longevo dadaísta y surrealista guatemalteco, el gran Luis Cardoza y Aragón, a quien visité en su casa y encontraba también con frecuencia junto al Palacio de Bellas Artes en el bello y colonial restaurante Sanborn's de la casa de los Azulejos, frecuentado por muchos de quienes asistían a los actos literarios celbrados en el Centro Histórico de la Ciudad de México.  

List Azurbide escribió el Manifiesto estridentista, publicado hace cien años en 1923 con otros compañeros de generación, entre ellos Manuel Maples Arce, figuras pioneras de la vanguardia poética mexicana de los años 20 que rompía para siempre con el modernismo, los sonetos, la poesía en alejandrinos y la ya caduca solemnidad romántica decimonónica. El Movimiento estridentista tuvo vigencia desde 1921 a 1927 y participaron en él artistas de todas las disciplinas que celebraban con entusiasmo la Revolución Mexicana y reaccionaban como jóvenes a los cambios vertiginosos del mundo en materia de industria, tecnología y comunicación. 

Las vanguardias proliferaron en Europa primero con el dadaísmo de Tristan Tzara, el futurismo de Marinetti y después con el surrealismo encabezado por André Breton, Philippe Soupault, Luis Aragon y otros que practicaban la escritura automática y tenían relaciones estrechas con artistas plásticos revolucionariios como el joven Salvador Dalí, Marcel Duchamp  o Francis Picabia. Entre los latinoamericanos que vinieron casi adolescentes a Europa en esos tiempos figuraban el chileno Vicente Huidobro, Luis Vidales, Luis Cardoza y Aragón y el peruano César Moro, autor de La Tortuga ecuestre.

Sobre esos y otros temas uno podía hablar con el nonagenario List Azurbide, que caminaba orondo con su paraguas por las avenidas y aceras congestionadas de autos y gente alrededor del Palacio de Bellas Artes y el Palacio Postal, una joya italiana que fue traída pieza por pieza desde Italia a la Ciudad de México.

----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de septiembre de 2024.


 

miércoles, 4 de septiembre de 2024

UNA NOVELA Y UNA EXPLORACION LITERARIA


Por Germán Eugenio Restrepo

Aquello que miramos y no podemos
ver es lo simple. Lo que escuchamos
sin oír: lo tenue. Lo que tentamos sin
asir, lo mínimo.
Lao Tse (Tao Teh King)

No siempre para escribir acerca de un libro o de una novela se comienza por citar a esos mágicos textos que son el Tao Te King o el I Ching, ambos de alguna forma relacionados. Y creer con el escritor Umberto Eco que los libros conversan entre si , o aproximarnos a Jorge Luis Borges, para entender descifrado en el libro al universo, es solo una de las aristas que los libros nos brindan y nos ofrecen a cada momento.

Desde que descubrí el libro , siendo muy niño, un horizonte de vivencias y aventuras se abrió para mi y encontré en el una madeja de acertijos, laberintos, sugerencias, lugares, personajes, castillos, casas antiguas, bosques encantados y muchas historias y fantasmas que han poblado mi memoria y han generado la lúdica complacencia de ver en mi biblioteca repetida la canción sugerente de la poesía.

En una de esas tardes frías de Bogotá, mientras hurgaba y miraba libros en mi biblioteca, tomándome un café, encontré un libro titulado El viaje triunfal, del autor caldense y manizaleño Eduardo García Aguilar. (Tercer Mundo Editores. Bogotá. 1993)

Una novela que a pesar del tiempo transcurrido, tiene la vigencia de sus personajes y la textura representativa de un escenario histórico, muy próximo, para quienes hemos vivido en Manizales y tenemos para con esta bella ciudad el recuerdo de una vida cultural esplendente que ha quedado grabada en la memoria del afecto.

En esta novela: El viaje triunfal, prospera una narrativa que nos conduce por diferentes etapas de la historia de Colombia, auscultando el autor lo que es el intrincado discurrir del final del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Revive y pone en escena personajes como: José Asunción Silva, José Maria Vargas Vila, Enrique Gómez Carrillo y Cesar Vallejo, entre otros.

Define y muestra esa interesante e irreverente generación del Olimpo Radical que llega al poder en la década de 1860 y que erige la Constitución de 1863 o Constitución de Rionegro: federalista; y que le diera gran importancia a la educación y a la libertad de pensamiento.

Arnaldo Faria Utrillo, un personaje que define todo el fardo de dificultades que el escritor y el poeta asumen en un medio social complejo, y en donde el arte es simplemente un acontecer irredento, dentro de una cultura que siempre es pétrea e indiferente frente al proceso creativo planteado por el artista. Y lo que llama la atención de ese viaje triunfal, es que no solamente comprende un viaje realizado por el protagonista desde Latinoamérica, Europa y el medio oriente, para terminar en una ciudad como Manizales, poblada de ecos y fantasmas.

El viaje triunfal, la bella novela de Eduardo García Aguilar, es el itinerario de un artista: de un hombre que realizó su propio periplo y que termina, no en una ciudad, sino en esa continuidad de la vida que se realiza en la Barca de Caronte. Una novela para ser leída y reflexionada, y que hace de la historia un tránsito: una posibilidad de ser.
Por eso, un libro -siguiendo el Tao Teh King – es lo simple, lo tenue y lo mínimo. Y por eso precisamente, lo encierra todo.

Eso sentí al leer nuevamente la novela de Eduardo García Aguilar.

Sería interesante tomarme un café , con Arnaldo Faria Utrillo y que me hablara de una generación perdida en el tiempo, y en ese olvido que todo lo cubre y todo lo define.

--- 

Publicado en Quehacer cultural Manizales. 28 de agosto de 2024

lunes, 19 de agosto de 2024

DIEZ AÑOS SIN MIGUEL DE FRANCISCO


Por Eduardo García Aguilar

Hace ya diez años falleció un día de febrero de 2006 en París el escritor colombiano Miguel de Francisco (1949-2006), aquejado por el cáncer fulminante de pulmón que le provocó su consumo exagerado de tabaco, que se agravó cuando comenzaba una nueva etapa creativa de su vida en un apartamento desde donde podía ver extendida la ciudad a sus pies.

De Francisco fue un escritor raro, excéntrico, esteta que dedicó su vida a la literatura como si esta fuera una religión, alejándolo muchas veces de las obligaciones reales a las que están obligados todos los comunes mortales en este planeta, lo que le causó no muchas dificultades económicas y vitales en su larga errancia por varios países europeos como España, Francia y Austria entre otros.

Quienes lo conocimos sabemos que el sentido de su vida fue la lectura, la pasión por autores raros de todos los tiempos y la afición por otras ramas del arte como la plástica y la música, a las que dedicó crónicas y no pocos trabajos periodísticos dispersos en revistas y suplementos literarios.

Antes de irse para siempre de Colombia, trabajó como profesor de literatura en el Colegio Juan Ramón Jiménez en Bogotá y dio clases sobre escritura y lectura en varias universidades, donde comunicó a sus alumnos la pasión por autores de todos los tiempos y las técnicas literarias diversas que él exploraba en todos los sentidos. En Barcelona, donde vivió muchos años, realizó trabajos para editoriales como traductor y corrector y después tuvo empleos en Viena y París, ciudad esta última donde trabajó en el Centro de Arte contemporáneo Pompidou y en oficinas de difusión del ministerio de Cultura.

Errante esencial, vivió en muchos sitios, poblando hoteles, buhardillas, casas y apartamentos de amigos o amadas y lugares donde solía pasar poco tiempo. En un momento obtuvo la beca para escritores de Saint Nazaire, donde residió en un apartamento situado en un piso alto frente a los astilleros de esa fría ciudad frente al Atlántico. En todos esos lugares escribió miles de cartas a los amigos cuando aun se solía ejercer la correspondencia escrita y redactó algunos de sus principales libros como Arcana, Armario de Solterones o el Enano y el Trébol, entre otros. Su prosa era barroca, a veces difícil de seguir por lo culterana y cargada de múltiples sentidos, inspirado por la obra de José Lezama Lima y otros barrocos latinoamericanos como Severo Sarduy. También fue un gran lector de los modernistas y de los decadentes franceses y europeos de fines del siglo XIX y exploró autores raros de todos los tiempos, grandes novelistas experimentales como Lawrence Sterne o James Joyce, o místicos cristianos o judíos.

Poseo unas 30 cartas inéditas de Miguel de Francisco escritas desde Barcelona y París donde en largas páginas cuenta su cotidianidad y la vida literaria de las ciudades, así como sus lecturas insomnes, proyectos e ilusiones, y en todas ellas anima al corresponsal a descubrir nuevos autores y a luchar contra viento y marea para vencer los fantasmas de página en blanco.

En Armario de solterones cuenta la vida de las pensiones e inquilinatos donde estuvo temporadas en Bogotá con su anciana madre divorciada y se acerca en esas páginas al destino de solitarios y fracasados en esa fría capital de los años 50 y 60 donde transcurre su infancia y parte de la adolescencia.

También con su madre, que fue enterrada en el cementerio de Montjuich en Barcelona, Miguel de Francisco Forero viajó por varias ciudades europeas de niño y adolescente residiendo en hoteles y pensiones hasta que la poca fortuna familiar se fue extinguiendo hasta dejar a esa improbable pareja de madre e hijo casi en la miseria novelesca. Miguel siempre esperó durante su vida una herencia, y quiso el destino que cuando ya se resolvieron los pleitos judiciales de décadas, el asunto se aclaró poco después de su muerte y el legado fue devuelto al Estado pues él murió intestado, sin hijos y sin viuda, como en las novelas. 

De las miserias y pobrezas cíclicas siempre se levantaba el escritor, quien gustaba de trajes finos y chaquetas de cuero, gasnés, camisas exquisitas, mancuernas, corbatas y corbatines de seda, sombreros y otros adminículos de la elegancia propugnada por Brummel, y de esta forma, aunque andara a veces sin un peso en el bolsillo, deambulaba como un verdadero dandy por las calles de Madrid, Barcelona, Viena o París. Algunos de sus libros fueron traducidos al francés por autores conocidos como Laure Bataillon o Michel Falempin, quienes lo apreciaban y admiraban, y editados en bellas ediciones, pero como casi siempre ocurre en Colombia con los errantes y viajeros, poco se le publicó allí, salvo en la colección de la diáspora de Colcultura, dirigida hace cinco lustros por Óscar Collazos y Guido Tamayo, que escribió una noveleta, El inquilino, inspirada en la vida de este esteta colombiano olvidado.

El sol caía en París, nítido, enorme, a la izquierda del paisaje de tarjeta postal vista desde los dos ventanales del último apartamento de Miguel de Francisco. Ahí lo sorprendió la muerte entre desesperados ataques de tos, la madrugada de un sábado o un domingo o un lunes de fines de febrero de 2006, con los pulmones cristalizados por cuatro décadas de humo.

Quedó ahí tirado con un plato destrozado, los pies hacia el baño, a donde tal vez fue a conectarse al aparato de oxígeno, y su rostro sereno hacia el pequeño corredor que da a la cocina y a la habitación. Vivía allí desde hacía un año, en el piso 17, apartamento K, del número 46 de la rue Bargue, al sur de la ciudad, no lejos de la rue de Vaugirard y del metro Volontaires, con la inmensa Torre Eiffel al frente, y a la derecha la cúpula dorada de Invalides, donde reposa Napoleón. Era un sitio espléndido para un literario total, indecente y marginal como él -”muy antiguo y muy moderno”, como diría su adorado poeta nicaragüense Rubén Darío. 

-----

Artículo publicado el 3 de junio de 2016, con motivo de los diez años de su deceso.

sábado, 22 de junio de 2024

PIEDAD BONNET, EN LA ANTESALA DEL CERVANTES

Por Eduardo García Aguilar

El premio Reina Sofía de poesía 2024, antesala del Cervantes, otorgado a Piedad Bonnet, es una muy buena noticia para Colombia y Latinoamérica, primero porque premia una vasta obra poética y narrativa sostenida a lo largo de las décadas, que se inscribe dentro de la corriente vitalista, íntima y autobiográfica, iniciada antes por la llamada Generación desencantada, que renovó el ejercicio poético del país en los años 70 y fue encabezada entre otros por los ya fallecidos María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda.

Los grandes premios hispanos creados en la transición democrática surgida después del fin de la dictadura franquista en España han sido muy esquivos para los autores colombianos, por lo que este galardón a Bonnet abre el camino a otros reconocimientos, pues están en plena actividad varias generaciones de autores de altas calidades y vastas obras. Hasta ahora solo había obtenido el trio de premios consagratorios Reina Sofia, Asturias y Cervantes, el gran Álvaro Mutis, autor de la celebrada Summa de Maqroll el Gaviero y la posterior saga narrativa. 

García Márquez avisó desde temprano que no le interesaba el Premio Cervantes, pues ya había ganado el Nobel y desde entonces el costeño rechazó todos los galardones que le ofrecían a cántaros. Otros países con instituciones culturales más sólidas y ancladas diplomáticamente en Madrid promocionaron a sus autores, logrando premios sucesivos para los suyos en los casos de México, Chile, Uruguay y Argentina, mientras Colombia toda seguía encerrada en el autismo, mirándose siempre el ombligo canceroso de su Violencia.

Ya era hora de que se abriera una puerta a Colombia en Madrid y el galardón recae para nuestro regocijo en una autora de mi generación, la que se ha venido llamando la Generación Sin Cuenta, de nacidos en la década del medio siglo, compuesta por decenas de autoras y autores con sólidas obras poéticas, narrativas y ensayísticas.

Muchas veces lejos de los reflectores, discretos, muchos de estos autores, como la propia Piedad Bonnet, han vivido este medio siglo en plena actividad sobreviviendo en el país a varias oleadas de atroces deflagraciones de violencia propiciadas por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares, junto a las actividades ilegales del Ejército y los servicios secretos que contribuyeron también al exterminio de generaciones de luchadores sociales y cuyo culmen de horror fue el episodio del genocidio de los famosos falsos positivos, cometido apenas hace una década.

Piedad Bonnet y otros autores de su generación Sin Cuenta han estado ahí en medio de la guerra y la algarabía de la politiquería corrupta mostrando valor y estoicismo admirables, escribiendo contra viento y marea, resistiendo en un mundo donde la cultura fue perdiendo cada vez más su protagonismo para ser reemplazada por la codicia del arribismo, el dinero y la pulsión necrófila. En universidades y centros culturales situados casi en las catatumbas, ellos han mantenido el fuego de la palabra en Colombia, atizando con su aliento las llamas para que no desaparezcan dejando un rastro de cenizas.

En sus poemas y narraciones, Bonnet ha abordado la vida íntima, cotidiana, el desamor, la locura, la soledad y ha tenido el valor de asumir la tragedia personal en uno de sus libros autobiográficos más leídos, Lo que no tiene nombre (2013). Los lectores encuentran en su palabra un bálsamo o al menos una compañía para seguir en el camino de la vida.

Bonnet nació en Amalfi (Antioquia), pero siempre ha vivido en la capital, donde se ha desempeñado como docente en la Universidad de los Andes y otras instituciones. También ha escrito piezas de teatro y representado al país en congresos, festivales de poesía y ferias del libro internacionales. 

La he visto desde hace mucho tiempo en diversas jornadas de literatura colombiana celebradas en la Ciudad de México hace más de tres décadas, cuando aún estaban vivos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y con ella y otros amigos  recorrimos las calles de ese país que siempre nos ha acogido con afecto, guiados tal vez por el fantasma de Porfirio Barba Jacob, el poeta que para Octavio Paz era un “modernista rezagado”.

Pero también la he visto en plena actividad en encuentros poéticos en Colombia, como ese cónclave latinoamericano inolvidable organizado a principios del siglo en el Instituto Caro y Cuervo, propiciado por su director Ignacio Chávez, al que asistieron entre otros Ida Vitale, Carlos Germán Belli, Óscar Hanh, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan Manuel Roca y Pedro Lastra.

O sea que el Premio Reina Sofía a Piedad Bonnet es un galardón que celebra la actividad poética colombiana de este reciente medio siglo, ejercida en las catacumbas del país, mientras afuera hacen de las suyas los bandidos y los asesinos. Que venga el tiempo de releer a tantos poetas secretos colombianos, hombres y mujeres que en todos los rincones del país no dejan morir la llama de la poesía.

------

Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de junio de 2024.

sábado, 25 de mayo de 2024

REENCUENTRO CON TACHIA QUINTANAR



Por Eduardo García Aguilar

La española Tachia Quintanar fue la pareja de Gabriel García Márquez durante un año entre 1955 y 1956, y según cuenta ella fue una linda historia de amor que después se convirtió en gran amistad de toda la vida. El escritor la visitaba siempre cuando venía a París, después de acceder a la fama con la publicación de Cien años de Soledad y convertirse en una figura literaria y política mundial. 

La invitó a la entrega del Premio Nobel en Estocolmo en 1982 y durante años fue su cómplice, corresponsal y consejera para asuntos administrativos y de propiedades en París; amiga y casi tutora de Gonzalo, el hijo menor del nativo de Aracataca, tipógrafo y editor que ha vivido largo tiempo en esta ciudad, a diferencia de su hermano mayor Rodrigo, quien prefirió Los Angeles, donde hizo exitosa carrera cinematográfica.

Tachia es un verdadero fenómeno, persona llena de luz, generosa, apasionada por las artes, dotada de una energía que desafía los años. Cuando la vi por primera vez en 2010 me impresionó por su belleza e inteligencia y la agilidad y vivacidad con la que nos atendía a todos en ese apartamento donde ya vivía sola después de la partida de su esposo. 

Ella conecta de inmediato con jóvenes y mayores y comunica esa energía y pasión por las artes que caracteriza a los seres luminosos como ella, de origen vasco, madre de un músico. En su casa pasamos varias veladas, cuando nos ha contado la alegría de visitar Colombia, donde hizo una gira para representar el cuento Isabel viendo llover en Macondo.

Poco antes de la partida del autor de El amor en los tiempos del cólera hacia el misterio del más allá, tal vez ya afectado por la peste del olvido, la recibió en la costa caribe y dieron un paseo propiciado por Mercedes Barcha en carroza halada por caballos por las calles de Cartagena de Indias, del cual hay amplio testimonio fotográfico.
 
El jueves la volví a ver en el consulado de Colombia en París, en el marco de una mesa redonda que sostuvimos con la francesa Annie Morvan, la traductora al francés una decena de sus obras, y el novelista bogotano Juan Gabriel Vázquez.

Pese a su edad y estado de salud, Tachia llegó con su hermana Irene y se sentó en primera fila igual de risueña y radiante que siempre, con la mirada viva del amor. Era muy emocionante verla de nuevo allí, en territorio colombiano, para hablar sobre la literatura de nuestro país, marcada para siempre por la obra del creador de Macondo.

Su hermana contó ante el público una sorpresiva anécdota. Gabriel llegó una tarde al pequeño apartamento donde vivían en la calle Assas con su amigo el padre Camilo Torres Restrepo y ella les preparó una deliciosa sopa de lentejas. Irene estaba tan encantada hablando con el inteligente y apuesto estudiante colombiano de postgrado de la Universidad de Lovaina, que Gabriel le advirtió muy preocupado y en secreto que se trataba de un cura. ¡Es un cura, le dijo!

Tachia se casó con el ingeniero de petróleos Charles Roussof, con quien vivio 40 largos años y residían en un apartamento en un piso alto de un edificio de la rue du Bac, casi esquina con Saint Germain des Prés, frente al cual está situada ahora la plaza que lleva el nombre del colombiano, inaugurada con pompa hace algunos años por la alcaldesa de París.

Se habían conocido un 21 de marzo de 1955, cuando el colombiano quedó varado en Europa tras el cierre del diario El Espectador por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y vivía como tantos jóvenes en la pobreza recogiendo botellas para vender o cantando en tabernas y bares canciones de su tierra vallenata, que interpretaba muy bien.

El colombiano vivía con otros latinoamericanos que huían de las dictaduras en un hotel donde les fiaban, situado en la rue de Cujas, y Tachia en un apartamento de la rue de Assas, donde se le fue instalando en esas frías jornadas aquel muchacho flaco, pobre, tierno y soñador caribeño que escribía y cantaba todos los días.

Tachia ya había vivido una larga historia de amor con el conocido poeta español Blas de Otero, y era poeta, actriz, activista cultural en torno a la cual se reunían artistas de distintos orígenes y nacionalidades que después se volverían famosos como el músico griego Mikis Teodorakis, Antonio Saura y el artista venezolano Jesús Soto, también amigo del costeño y con quien recorría las tabernas en dúo en busca de unas monedas.

Tachia es una fuerza inigualable y es ella más allá de la anécdota de su romance con Gabriel. Ella es poesía, vida, vino, ficción y realidad. Por eso al verla ahí en el consulado de la rue de Berri, a un lado de los Campos Elíseos, sentí la alegría de reencontrarla y evocar los brindis en su casa, poblada de cuadros, amigos y copas que tintinean en el aire de la noche al calor del vino, el afecto y la literatura.  
------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 26 de mayo de 2024.




lunes, 20 de mayo de 2024

EL FANTASMA DE JOSÉ INGENIEROS


Por Eduardo García Aguilar

En la primera mitad del siglo XX, en la biblioteca de los jóvenes lectores de entonces, que eran muchos en América Latina, figuraban además de los clásicos de todos los tiempos, especialmente griegos y latinos, franceses, rusos o italianos, a veces acompañados por bustos de sus autores o cuadros referentes a sus historias, otros libros del mundo hispanoamericano de escritores como José Enrique Rodó, Miguel de Unamuno, Enrique Gomez Carrillo, Jose María Vargas Vila, que era el best seller de esos tiempos, y José Ingenieros (1877-1925), nacido en Italia con el nombre de Giussepe Ingegneri.
Médico psiquiatra formado en Buenos Aires, profesor de psicología experimental y neurólogo, estudió también en París, Lausana y Heildelberg, Alemania, convirtiéndose en una eminencia de su época que influyó en la reforma de la universidad argentina, y fue cercano a las ideas comunistas al principio y anarquistas después, y durante su corta vida de solo 48 años apasionado antiimperialista, por lo que fue leído con entusiasmo por los jóvenes en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado.

Como los hombres de su época, era muy elegante, llevaba bigote retorcido, camisas de cuello almidonado con corbata y sombreros de diversos tipos, pareciéndose a un dandy finisecular y decimonónico. Así vestían otras estrellas de su tiempo como el gran poeta de Nicaragua Rubén Darío, el mexicano Amado Nervo, Gómez Carrillo, José Eustasio Rivera y Vargas Vila, entre otros.

Me recuerdo muy bien de él porque en la biblioteca de mi padre Alvaro García Cortés, estaban varios de sus libros, entre ellos el que lo hizo famoso, El hombre mediocre, y Las doctrinas de Ameghino, sobre un argentino de origen italiano como él para quien la humanidad apareció en la pampa argentina, o sea que ese país era la cuna de la humanidad, propiciando la creencia entre sus contemporáneos de que Dios era argentino, mucho antes de la aparición mítica del Che Guevara, Maradonna y el papa Francisco, primer pontífice latinoamericano.

Mirando algunos de los archivos de mi padre, que nació en Marquetalia, Caldas, en 1913, vivió largo tiempo en Manizales y murió en la capital colombiana en 1991, y quien amaba los libros y la literatura con pasión, he tratado de imaginar a todos esos lectores jóvenes de esa época plagada de grandes acontecimientos mundiales, las guerras de 1914-1918 y 1939-1945, conflictos y explosiones sociales y políticas que sacudieron los países del continente y por supuesto a Colombia.

Siempre ha habido la tendencia a olvidar aquellas décadas que se caracterizaron en todo el continente por una febril lucha de ideas que reproducía y enriquecía las luchas ideológicas y bélicas de Europa y se relatan en la gran literatura de su tiempo en obras cumbres como La marcha de Radetzky de Joseph Roth, La Montaña mágica de Thomas Mann o los libros de Hermann Broch y otros muchos.

Parte de aquellos jóvenes que despuntaban al mundo en los años 30 y 40, querían demarcanse del mundo agrario, autoritario  y tradicional de sus padres y abuelos, que trabajaron en las fincas y pampas continentales, tumbando monte y cuidando ganado,  y su rebelión consistió en irse a las ciudades, donde se escuchaban los tangos de Carlos Gardel, figura también a la que imitaban en su forma de vestir elegante, con trajes hechos a la medida por sastres, y el mismo corte de pelo engominado, sombrero Stetson como Edward G. Robinson y Al Capone, chaleco, mancuernas y mocasines superlustrados.     

Algunos de los hombres de esa generación pudieron realizar estudios universitarios y los que solo terminaron el bachillerato para después dedicarse a trabajar, se caracterizaron por ser profundos autodidactas, humanistas, coleccionistas de libros y lectores empecinados amantes de la literatura, el pensamiento y las ideas en boga que circulaban por el mundo y el continente. Mi padre era uno de ellos, liberal de ideas progresistas, laico, abierto a las diversas tendencias de la época, librepensador lector de los clásicos y de figuras como Rousseau, Voltaire y los pensadores positivistas o socialistas que pululaban en América Latina. En su biblioteca me formé, cuando en las frías tardes y noches de Manizales exploraba aquellos libros que descubría y leía con pasión en esos tiempos.

Además de los libros de José Ingenieros, estaban los de Vargas Vila y Unamuno y entre los colombianos los primeros de su amigo y copartidario liberal Otto Morales Benítez, Revolución y Caudillos y Testimonio de un pueblo, que leí muy temprano. También figuraban entre los libros de los colombianos las obras magníficas de Germán Arciniegas y de Indalecio Liévano Aguirre, los ensayos y obras de Bernardo Arias Trujillo, Hernando Téllez, Rafael Maya y José Hurtado García, entre otros muchos.

Gracias a  esa biblioteca devoré desde muy tempano Biografía del Caribe, El estudiante de la mesa redonda y Los comuneros de Arciniegas y la saga Los conflictos sociales de nuestra historia, la biografía de Simon Bolívar y el estudio sobre la Doctrina Monroe de Liévano Aguirre, que los jóvenes liberales humanistas como mi padre leían con entusiasmo.

Hago estas remiscencias porque anoche, depués de la presentación del libro Del famoso y nunca igualado corrido de Quicón Uriate, del autor mexicano Miguel Tapia (1972), en el Instituto Cultural de México, nos fuimos a celebrar y hablé entre otros con el escritor argentino Edgardo Scott (1978), quien a su vez se refería a la biblioteca de su padre.

De repente nos vimos en medio del tintineo de las copas hablando de José Ingenieros, algo surrealista y absurdo en estos tiempos. Dos latinoamericanos de París, un siglo después de Alfonso Reyes, Victoria Ocampo, Gabriela Mistral, Alejo Carpentier y Miguel Angel Asturias, rememorando a una figura olvidada y pasada de moda, que sigue tan viva como Rodó, Vargas Vila, Mariátegui, Unamuno, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Unamuno, Ortega y Gasset y tantos otros ídolos de aquella época en la que nacieron y crecieron nuestros padres lectores y humanistas.
-----
 Publicado en La patria. Manizales. Colombia. Domiungo 19 de mayo de 2024.

sábado, 11 de mayo de 2024

LOS BARRIOS MARGINALES DE MANIZALES

Por Eduardo García Aguilar

Cuando terminaba el bachillerato, una de las más emocionantes experiencias fue dar clases de albabetización para adultos en los barrios marginales de la ciudad, situados por lo regular en precipicios y barrancos que daban hacia abismos y que en ese entonces, y tal vez en la actualidad, solo saltaban a la fama cuando ocurría un deslizamiento y morían familias enteras arrastradas por el pantano y la tierra removidos por los aguaceros andinos.

Nuestra generación y otras anteriores y posteriores, han estado caracterizadas en nuestro país por tener una conciencia social que despierta desde la infancia cuando quienes tuvimos la fortuna de no carecer de nada nos enfrentábamos por primera vez al dolor de la pobreza generalizada y la romería nocturna de niños, mujeres o ancianos que tocaban en las puertas de nuestras casas para pedir los "sobraditos", en diminutivo.

Lo que más me impresionaba era que casi nunca se veían los rostros de quienes esperaban en silencio y en la noche junto a la puerta a que la madre o la abuela llegaran con la comida caliente que siempre les ofrecían. Esa misma escena ocurría en casi todas las casas de la "ciudad de arriba", lo que muestra la magnitud del hambre y la pobreza escondida desde siempre en los barrios periféricos de las hondonadas del norte, junto a la quebrada de Olivares, o más abajo de Hoyo Frío y las laderas del sur que bajan al río Chinchiná.

Empecé a visitar esos lugares de día, cuando con mi amigo León Duque y los hermanos Buriticá y otros compañeros de la infancia nos aventurábamos a correr con nuestras ruedas de caucho hacia aquellos alejados lugares del norte en cuyas laderas se olía el cisco de la Trilladora de café o el aroma de la cerveza que fluía hacia los precipicios desde la fábrica situada en El Carretero o más allá del barrio San José o de la estación del Ferrocarril, entonces ya abandonada y en ruinas.

Así algunas veces llegamos al famoso puente de Olivares, lugar de leyendas y fantasmas de suicidas, al que se accedía por los caminos de La Avanzada, zona sulfurosa de tolerancia y malevaje que suscitaba todo tipo de especulaciones. Y en otras ocasiones nos aventurábamos a recoger musgo en el Monte de León, que ahora casi ha sido devorado del todo por el cemento y la urbe, o llegábamos a un lejano barrio aparte, Minitas, situado cerca del matadero, a donde acudían los arrieros con el ganado subiendo las empinadas lomas desde el barrio Asunción, como en los tiempos de la colonización.

Ya más grandes, cuando se avanzaba en el bachillerato, descubrimos otros barrios del sur situados en las hondonadas que daban a Villamaría o al Morro de San Cancio, barrios recientes surgidos de invasiones, cerca de Fátima  o Aranjuez, a donde llegábamos a presentar las obras de teatro que montábamos con Antonio Leyva y Pedro Zapata, una de ellas, Soldados, basada en un texto del barranquillero Alvaro Cepeda Samudio.

Gracias a la efervescencia internacional provocada por el Festival Internacional de Teatro Universitario y al auge del arte comprometido en boga entonces, pudimos conocer uno a uno todos esos lugares marginales donde nos presentábamos y conocimos así la otra cara siempre oculta de Manizales, los rumbos de más allá de la fábrica de tejidos Única o la lejana cárcel blanca, donde actuamos para los presos.

Y ya animados por la emoción inigualable e inolvidable de sentirse útil en la sociedad al enseñar a leer y escribir a adultos atentos, mujeres y hombres ancianos de miradas profundas y tiernas, rostros marcados por el trabajo, el sol, el sufrimiento y la pobreza, una noche caímos en una redada al acudir de madrugada a presenciar una invasión en alguno de esos precipicios que daban hacia Villamaría, por lo que mi primo Olmedo Pineda García me dice, bromeando y señalándolos con la mano izquierda mientras conduce, que soy uno de los fundadores de esos barrios.

Unos diez imberbes muchachos amantes de la poesía y el teatro fuimos capturados por el ejército y encerrados varios días con sus noches en dos calabozos pútridos de la Permanencia de Hoyofrío, de donde nos sacó por fin después de una angustiante espera y cuando en la radio nos acusaban de ser peligrosos terroristas y guerrilleros, el alcalde Ernesto Gutiérrez Arango, quien conocía mundo y sabía bien que éramos solo unos niños que soñábamos con un país mejor sin tanta injusticia y miseria.

Más tarde, cuando con mis amigos Carlos Eduardo Hoyos Gómez y Alberto Giraldo fundamos en el Colegio Gemelli el periódico Conflictos, nos atrevimos a hacer un reportaje nocturno en la zona de tolerancia de Arenales, junto al bailadero Tico Tico o el legendario bar del marica Alberto, a donde nos internamos en algún prostíbulo para entrevistar, con la autorización irónica de la dueña del antro, a jóvenes menores de edad que se prostituían y a las que pensábamos sacar de ahí y redimir con la inocencia febril y utópica de la adolescencia. No olvidaré nunca la mirada de esa muchacha con la que hablé en Arenales, ni el rostro oculto de quienes pedían comida en la puerta, ni la mirada profunda de los adultos analfabetos sedientos de letras. ¿Qué habrá sido de todos ellos?
-------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 12 de mayo de 2024.

sábado, 4 de mayo de 2024

LA CASA DE LAS BRUJAS Y TEQUILA COXIS


Por Eduardo García Aguilar

Unos años después de llegar a la Ciudad de México y cuando comenzaba a publicar uno tras otro varios libros, entre ellos novelas, relatos y poemarios,  cumplí el extraño sueño irrealizable de vivir en uno de los edificios más misteriosos y bellos de la capital mexicana, enclavado en la antigua colonia Roma y situado en la plaza Río de Janeiro, en cuyo centro arbolado hay un estanque y una reproducción del David de Miguel Ángel.

Abigarrado edificio de varios pisos construido por un arquitecto y constructor británico en ladrillo rojo como los castillos antiguos, tenía una torreta central rematada por una cúpula aguda de tejas oscuras y cuatro torretas del mismo estilo que le daban la apariencia de un edificio de película de vampiros con sede en Londres.

Allí en su tiempo y su juventud vivió el escritor Carlos Fuentes con su esposa, la gran actriz Rita Macedo, y es escenario de la novela El desfile del amor del Premio Cervantes Sergio Pitol, con la que obtuvo el Premio Herralde, y quien residió allí un año para asegurarse de que su narración de espionaje, situada en tiempos de antes y después de la Segunda Guerra mundial, fuera verosímil.

En un barrio lleno de museos, galerías, bibliotecas, palacetes de instituciones, cruzado por avenidas construidas al estilo europeo y pleno de árboles y plazas hermosas, vivían artistas, eruditos, sabios, familias añejas, magnates y jóvenes estudiantes y artistas locos que poblaban los cafés nocturnos y hacían la fiesta hasta altas horas de la noche.   

Albergó diplomáticos en las primeras décadas del siglo XX, pero en 1942 fue restaurado y convertido en su interior en una gran construccion de estilo Art Deco, por lo que sus lujosos apartamentos y estudios con amplias bañeras y acabados preciosos en madera y mosaicos, eran codiciados. Sobrevivió a la Revolución mexicana y a varios terremotos terribles como el de 1985, que experimenté ahí mientras veía como se desmoronaban los edificos modernos. Aun está en pie, enhiesto, bello y orgulloso y sigue siendo codiciado por las nuevas generaciones bohemias que sueñan con vivir en un sitio cargado de historia, misterio y leyenda.

Como esperaba el nacimiento de mi única hija, buscaba con afán un apartamento y tuve la suerte de que mi amigo el poeta mexicano Guillermo Fernández, traductor de decenas de libros de poesía y literatura italiana, convenciera al encargado del edificio, el generoso y amable bailarín Juan Medellín, de alquilarnos a nosotros el mejor apartamento, el situado en el segundo piso, en la esquina de la torreta gótica frente a la plaza, pese a que mucha gente hubiera dado la vida por obtenerlo.

El apartamento tenía una sala amplia, dos habitaciones y un estudio espléndido que daba a la plaza, donde escribí varios libros, entre ellos Bulevar de los héroes y Llanto de la Espada y muchos artículos para diversos medios mexicanos. Era una delicia escribir en ese lugar de sueño y mis amigos  mexicanos cuentan y recuerdan que en las noches y las madrugadas capitalinas escuchaban el incesante tecleo de mi máquina de escribir, cuando amanecía redactando y delirando con el ímpetu de tener apenas 30 años. Entre mis vecinos estaban el poeta Mario del Valle, director de la editorial Papeles Privados, el escritor Vicente Quirarte y Eduardo Vázquez Martin, quien después sería secretario de Cultura de la Ciudad de México. Pero en el edificio de unas cincuenta viviendas vivían también pianistas, pintores, bailarines, matemáticos, aristócratas arruinados, funcionarios, académicos y cantantes de ópera. 

La treintena es una de las edades más fogosas y creativas para todos los seres humanos en el campo que sea: finanzas, música, arte, arquitectura, medicina, física, ciencia, antropología, arqueología, geología, astronomía. En esa década las neuronas están en su mejor momento y la persona no es ni el adolescente inseguro o el jovencito inexperto, sino ya una criatura formada que es lo que será.

La Roma, donde vivió en la Avenida Alvaro Obregón el poeta nacional zacatecano Rafael López Velarde y en cuyo honor se creó ahí la Casa de Poesía que lleva su nombre, es un barrio porfiriano poblado de mansiones, palacetes, y cuando viví allí aun pervivían confiterías, cafeterías y pastelerías de las más exquisitas de la ciudad, como la centenaria Dulcería Celaya o La Bella Italia, donde se vendían los mejores helados. O sea que vivir y deambular por sus calles era como residir dentro del sueño.

Mucho tiempo después quise hacer un homenaje a la amada ciudad de México, donde viví más de tres lustros inolvidables, con una novela que se situara en parte en ese edificio contado por Pitol y Fuentes en los tiempos de la época del cine de oro mexicano. Parte de la trama y el desenlace de la novela se da ahí en ese palacete y la protagonista es una acriz colombiana imaginaria que vivió allí en los tiempos de gloria de Dolores de Río, María Félix, El Indio Fernández, Jorge Negrete y Pedro Arméndariz y tantas otras estrellas de la patalla grande que encendieron y animaron todos los cines de las ciudades latinoamericanas desde Tijuana hasta la Patagonia.  
-----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de mayo de 2024.