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lunes, 20 de mayo de 2024

EL FANTASMA DE JOSÉ INGENIEROS


Por Eduardo García Aguilar

En la primera mitad del siglo XX, en la biblioteca de los jóvenes lectores de entonces, que eran muchos en América Latina, figuraban además de los clásicos de todos los tiempos, especialmente griegos y latinos, franceses, rusos o italianos, a veces acompañados por bustos de sus autores o cuadros referentes a sus historias, otros libros del mundo hispanoamericano de escritores como José Enrique Rodó, Miguel de Unamuno, Enrique Gomez Carrillo, Jose María Vargas Vila, que era el best seller de esos tiempos, y José Ingenieros (1877-1925), nacido en Italia con el nombre de Giussepe Ingegneri.
Médico psiquiatra formado en Buenos Aires, profesor de psicología experimental y neurólogo, estudió también en París, Lausana y Heildelberg, Alemania, convirtiéndose en una eminencia de su época que influyó en la reforma de la universidad argentina, y fue cercano a las ideas comunistas al principio y anarquistas después, y durante su corta vida de solo 48 años apasionado antiimperialista, por lo que fue leído con entusiasmo por los jóvenes en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado.

Como los hombres de su época, era muy elegante, llevaba bigote retorcido, camisas de cuello almidonado con corbata y sombreros de diversos tipos, pareciéndose a un dandy finisecular y decimonónico. Así vestían otras estrellas de su tiempo como el gran poeta de Nicaragua Rubén Darío, el mexicano Amado Nervo, Gómez Carrillo, José Eustasio Rivera y Vargas Vila, entre otros.

Me recuerdo muy bien de él porque en la biblioteca de mi padre Alvaro García Cortés, estaban varios de sus libros, entre ellos el que lo hizo famoso, El hombre mediocre, y Las doctrinas de Ameghino, sobre un argentino de origen italiano como él para quien la humanidad apareció en la pampa argentina, o sea que ese país era la cuna de la humanidad, propiciando la creencia entre sus contemporáneos de que Dios era argentino, mucho antes de la aparición mítica del Che Guevara, Maradonna y el papa Francisco, primer pontífice latinoamericano.

Mirando algunos de los archivos de mi padre, que nació en Marquetalia, Caldas, en 1913, vivió largo tiempo en Manizales y murió en la capital colombiana en 1991, y quien amaba los libros y la literatura con pasión, he tratado de imaginar a todos esos lectores jóvenes de esa época plagada de grandes acontecimientos mundiales, las guerras de 1914-1918 y 1939-1945, conflictos y explosiones sociales y políticas que sacudieron los países del continente y por supuesto a Colombia.

Siempre ha habido la tendencia a olvidar aquellas décadas que se caracterizaron en todo el continente por una febril lucha de ideas que reproducía y enriquecía las luchas ideológicas y bélicas de Europa y se relatan en la gran literatura de su tiempo en obras cumbres como La marcha de Radetzky de Joseph Roth, La Montaña mágica de Thomas Mann o los libros de Hermann Broch y otros muchos.

Parte de aquellos jóvenes que despuntaban al mundo en los años 30 y 40, querían demarcanse del mundo agrario, autoritario  y tradicional de sus padres y abuelos, que trabajaron en las fincas y pampas continentales, tumbando monte y cuidando ganado,  y su rebelión consistió en irse a las ciudades, donde se escuchaban los tangos de Carlos Gardel, figura también a la que imitaban en su forma de vestir elegante, con trajes hechos a la medida por sastres, y el mismo corte de pelo engominado, sombrero Stetson como Edward G. Robinson y Al Capone, chaleco, mancuernas y mocasines superlustrados.     

Algunos de los hombres de esa generación pudieron realizar estudios universitarios y los que solo terminaron el bachillerato para después dedicarse a trabajar, se caracterizaron por ser profundos autodidactas, humanistas, coleccionistas de libros y lectores empecinados amantes de la literatura, el pensamiento y las ideas en boga que circulaban por el mundo y el continente. Mi padre era uno de ellos, liberal de ideas progresistas, laico, abierto a las diversas tendencias de la época, librepensador lector de los clásicos y de figuras como Rousseau, Voltaire y los pensadores positivistas o socialistas que pululaban en América Latina. En su biblioteca me formé, cuando en las frías tardes y noches de Manizales exploraba aquellos libros que descubría y leía con pasión en esos tiempos.

Además de los libros de José Ingenieros, estaban los de Vargas Vila y Unamuno y entre los colombianos los primeros de su amigo y copartidario liberal Otto Morales Benítez, Revolución y Caudillos y Testimonio de un pueblo, que leí muy temprano. También figuraban entre los libros de los colombianos las obras magníficas de Germán Arciniegas y de Indalecio Liévano Aguirre, los ensayos y obras de Bernardo Arias Trujillo, Hernando Téllez, Rafael Maya y José Hurtado García, entre otros muchos.

Gracias a  esa biblioteca devoré desde muy tempano Biografía del Caribe, El estudiante de la mesa redonda y Los comuneros de Arciniegas y la saga Los conflictos sociales de nuestra historia, la biografía de Simon Bolívar y el estudio sobre la Doctrina Monroe de Liévano Aguirre, que los jóvenes liberales humanistas como mi padre leían con entusiasmo.

Hago estas remiscencias porque anoche, depués de la presentación del libro Del famoso y nunca igualado corrido de Quicón Uriate, del autor mexicano Miguel Tapia (1972), en el Instituto Cultural de México, nos fuimos a celebrar y hablé entre otros con el escritor argentino Edgardo Scott (1978), quien a su vez se refería a la biblioteca de su padre.

De repente nos vimos en medio del tintineo de las copas hablando de José Ingenieros, algo surrealista y absurdo en estos tiempos. Dos latinoamericanos de París, un siglo después de Alfonso Reyes, Victoria Ocampo, Gabriela Mistral, Alejo Carpentier y Miguel Angel Asturias, rememorando a una figura olvidada y pasada de moda, que sigue tan viva como Rodó, Vargas Vila, Mariátegui, Unamuno, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Unamuno, Ortega y Gasset y tantos otros ídolos de aquella época en la que nacieron y crecieron nuestros padres lectores y humanistas.
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 Publicado en La patria. Manizales. Colombia. Domiungo 19 de mayo de 2024.

sábado, 1 de julio de 2023

EL DESTINO DE RAYUELA

 




Por Eduardo García Aguilar

Un 28 de junio hace 60 años fue publicada por la editorial argentina Sudamericana la novela Rayuela de Julio Cortázar, una de las obras más importantes de la literatura latinoamericana, que sigue aun vigente pues significó una revolución y un sacudimiento del oficio literario con efectos deslumbrantes y disolventes para varias generaciones de lectores y escritores.

Antes de la aparición de Rayuela en 1963 se habían publicado varias colecciones de sus cuentos, especialmente un volumen titulado Ceremonias, compuesto por los libros Final de juego y Las armas secretas, que los jóvenes latinoamericanos leyeron con pasión, pues se enfrentaban a un mundo absurdo y fantástico donde circulaban fuertes corrientes de aire nuevo.

Cortázar tradujo antes los cuentos de Edgar Allan Poe, lo que acercó aquel autor estadounidense de misterio a muchos nuevos lectores y publicó ensayos que lo posicionaron rápido como uno de los autores latinoamericanos más modernos y promisorios.

Cortázar, quien había llegado sin muchos recursos a París en la década de los 50, aventurándose a cruzar el océano en barco, se conectó con el ambiente existencialista parisino en boga en aquella década dominada por el jazz, ritmo proveniente de Estados Unidos que empezó a invadir los bares del Barrio Latino situados en sótanos llenos de humo de cigarrillo, donde sonaba el tintineo incesante de las copas y la algarabía de la conversación.

Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Boris Vian, Albert Camus, Juliette Greco y otras figuras eran los protagonistas de ese cambio generacional que buscaba dejar atrás para siempre los depresivos años de la Segunda Guerra Mundial y la invasión nazi de Francia, marcados por la escasez, la pobreza, la enfermedad y la soledad.

Los surrealistas, encabezados por André Breton, seguían activos y autores como el saxofonista Boris Vian, quien murió joven, estaban revolucionando la narrativa y abriendo la literatura a nuevos temas y estilos. Entre los latinoamericanos también se encontraba en París en esa década el poeta mexicano Octavio Paz, con quien tuvo estrecha amistad y complicidad el autor de Rayuela, y Gabriel García Márquez, quien aun era un escritor principiante y vivía pobre e indocumentado en la capital francesa.

Vestidos los hombres con suéteres oscuros de cuello tortuga, pantalones y mocasines negros, aferrados a sus pipas como un biberón existencial, y las mujeres con faldas negras y blusas del mismo color al estilo de la joven cantante Juliette Greco, los jóvenes de ambos sexos posaban de filósofos inspirados por las conferencias y las actitudes de su ídolo Jean Paul Sartre, el autor de La Náusea.

Rompían así con las tradiciones, vivían el amor libre, iban a la universidad, poblaban las buhardillas del barrio latino y pasaban largas horas leyendo y fumando en los cafés, viendo el cine experimental que presagiaba la Nueva Ola francesa o pensando sobre la vida y la muerte, lo que causaba estupor en los fatigados padres, campesinos, obreros o burócratas que crecieron matándose en el trabajo hasta la asfixia.

Cortázar, alto y tímido muchacho que se desempeñaba como modesto profesor en Argentina y tenía gustos literarios exquisitos, cambió totalmente de personalidad y estilo al vivir la vida marginal en París, tema central de su novela Rayuela.

En el viaje en barco conoció a la mujer que inspiró el personaje de La Maga (la uruguaya Edith Aron), con la que sostuvo una relación amorosa surrealista parecida a la que figura en la famosa novela de Breton, Nadja. Ambos se pierden y se reencuentran en las callejuelas, viven tardes de amor en los estrechos cuartos de las azoteas y tratan de vivir la vida como una obra de arte en el marco del varonil Club de la serpiente. Sin embargo, el libro que cuenta todo eso adolece de cierta misoginia argentina y bonaerense, bajo el concepto equivocado del "lector hembra" del cual él se arrepintió después.

Él se ganaba la vida como traductor en la UNESCO, realizaba trabajos puntuales para las editoriales argentinas en colaboración con su esposa Aurora Bernárdez y sostenía correspondencia estusiasta con otras estrellas promisorias del boom, como el joven novelista mexicano Carlos Fuentes y numerosos amigos a un lado y otro del Atlántico.

Pero a partir de la publicación de Rayuela, Cortázar pasó de ser un bohemio pobre y desconocido a convertirse en figura internacional e ídolo de la literatura latinoamericana, y más tarde en hippie barbado y autor "comprometido" con la revolución cubana que recorría el mundo interviniendo en foros mundiales progresistas sobre los temas del momento en tiempos de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Sus libros se vendían como pan caliente desde México hasta la Patagonia en un contienente sediento de afirmaciones y que experimentaba también un radical cambio generacional. Michelangelo Antonioni se basó en su cuento Las babas del diablo para su gran película Blow Up, otro ícono de la modernidad. El diseño de la novela nos fascinaba porque se podía leer de varias maneras: era un libro abierto, libre como el tiempo en que apareció. Desde entonces ya no se podía escribir igual.        

Así como ocurrió con los existencialistas una década antes en Francia, ahora los latinoamericanos leían Rayuela en voz alta y querían tener a una Maga al lado y vivir la vida al azar de la literatura, la poesía, el sueño y el jazz. Compartíamos con Oliveira, La Maga, Morelli, Berthe Trépat, lloramos a Rocamadour, y fuimos cómplices de Gregorovius, Morelli y Traveler. La edición original de Rayuela con la inconfundible portada es hoy icónica y de colección y quien abre sus páginas vuelve a viajar hoy por ellas como si no hubiera pasado el tiempo.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 2 de julio de 2023. 





sábado, 14 de mayo de 2022

CARTAS A UNA MADRE URUGUAYA

Por Eduardo García Aguilar

Silvia Baron Supervielle nació en Buenos Aires (1934) de madre uruguaya y padre montevideano naturalizado argentino y en 1961 se trasladó a París, donde ha escrito su vasta obra en la lengua francesa que era muy habitual en esos tiempos a ambos lados del río de la Plata, de donde se dice originaria esencial. En el libro Cartas a fotografías aborda el tema de la madre, uno de los más difíciles para cualquier escritor y a lo largo de 160 misivas escritas desde el corazón y en una lengua depurada, tersa y profunda, cargada de poesía, se introduce en la historia familiar.

Este pequeño libro de 133 páginas, publicado por Gallimard en 2013, es una de esas joyas que todo lector quisiera encontrar, pues se acerca a la tragedia que es la esencia de toda vida desde que existe la humanidad. Baron Supervielle habla a una madre que murió muy joven a consecuencia de un parto, dejando a tres hijas huérfanas que poco recuerdan de ella debido a su edad. Solo tiene como rastros de su existencia algunas fotos en blanco y negro que la han acompañado en su largo exilio voluntario, lejos de la tierra donde nació.

Alguna vez dijo que todo escritor debía "meterse con el padre" y aunque rinde tributo a su honestidad y su poca codicia pese a ser heredero del banco Supervielle, que administró con talento, registra el extraño silencio que siempre reinó en la familia argentina donde se crió en torno a la madre uruguaya, con quien él se casó y de la que enviudó pocos años después, antes de casarse de nuevo, tener otros hijos y seguir un rumbo que la autora considera ya separado de las hijas de su primer matrimonio, de facto excluidas por la nueva situación.

Hay vagos recuerdos de esos cortos años antes de que ocurriera la tragedia de la desaparición de la madre, por lo que al irse del río de La Plata hacia París en aviones de hélice que hacían múltiples escalas, como solía ocurrir en aquellos años, tal vez trataba de huir de ese vacío, de ese silencio, de esa cicatriz profunda e inefable. Todo el libro es un diálogo con esa madre que vive en fotografías donde su mirada de extraña tristeza expresa tal vez la intuición de su próxima muerte.

En ese viaje en busca de la madre uruguaya aprovecha también para contar a través de los ancestros la aventura social y política de esos países bañados por el río de La Plata, a donde llegaban centenares de miles de inmigrantes que huían generación tras generación de la pobreza o las guerras del viejo mundo y llegaban a aquellos puertos y pampas en busca de una vida mejor. Ya instalados, todos ellos cargaban silencios y vivían en un fuego fatuo que consumía raíces lejanas y anunciaba futuros como abismos.

Es el silencio de quienes dejaron para siempre sus orígenes gallegos, vascos, hispanos, portugueses, italianos, eslavos, balcánicos, ingleses, irlandeses, franceses, cuando por la distancia el viaje era sin retorno. Los nacidos allí crecían muchas veces ignorando lo que dejaron atrás los ancestros o nutriéndose de relatos fantásticos que falseaban la verdadera realidad. Un mundo transterrados donde hay silencios y reelaboraciones, tristezas sumidas en lo que nunca se dijo o no emergió a través de la palabra.

De ahí el misterio de este libro explorador del silencio, porque son cartas de la hija niña crecida ya y que desde la ventana de su habitación ve transcurrir las aguas de otro río, el Sena parisino que tantos inmigrantes franceses llevaron en su corazón hacia el exilio sudamericano. De allí la presencia de autores que como Isidore Ducasse, llamado el Conde de Lautréamont o Jules Supervielle, hicieron el mismo periplo del exilio de un lado para otro a través del Atlántico. Dos grandes poetas uruguayos de Francia sugeridos en las páginas de estas cartas.

Silvia Baron Supervielle es una de las grandes escritoras en lengua francesa actual con decenas de libros de ficción, poesía, ensayos y múltiples traducciones de autores de lengua española al francés, entre los que figuran Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Roberto Juarroz, Silvina Ocampo, Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar, y también del francés al español, como varias obras de Marguerite Yourcenar.

Este libro tan personal va mucho más allá de la historia contada, pues es una reflexión sobre la muerte y la vida, el olvido y el silencio, un viaje por la naturaleza y un diálogo en varias direcciones con muchos autores leídos como Gérard de Nerval, Rimbaud, Victoria Ocampo, Yves Bonnefoy, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Roland Barthes, Roberto Juarroz, entre otros. También es una recapitulación de naciones en formación en el lejano siglo XIX en territorios lejanos más allá del Atlántico. Silvia Baron Supervielle nos susurra al oído todas esas historias desde un espacio imaginario poblado de ausencias, para reconciliarnos una vez más con la literatura.  
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blicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de mayo de 2022

sábado, 19 de marzo de 2022

EL OSTRACISMO LITERARIO DE LAS MUJERES

Por Eduardo García Aguilar

No hay duda de que las mujeres escritoras latinoamericanas del siglo XX siempre fueron ocultadas por un sistema que era diseñado por y para el brillo de los hombres, fueran jóvenes lobos en ascenso o viejos patriarcas instalados en sus cómodas poltronas. Nuestra generación, que fue la primera en que empezaron a abrirse puertas a algunas autoras, vivió en carne propia lo que era ese reino absoluto y voraz de los patriarcas literarios del siglo desde Lugones, Vasconcelos, Reyes, Borges, Bioy, Gallegos, Neruda, Asturias y Paz, hasta las estrellas ultramasculinas del boom.

Salvo en el mundo literario anglosajón, donde ya en la primera mitad del siglo XX se dio la irrupción de extraordinarias autoras como Virginia Wolf, Anais Nin, Djuna Barnes, Doris Lessing, Nadine Gordimer, entre otras muchas, en el resto de las lenguas y en la nuestra en especial siempre los reflectores se dirigieron a hombres que encarnaban países como padres de la patria idolatrados y cubiertos de incienso, amantes del poder y los honores, casi todos blancos, burgueses, pomposos, encorbatados y urbanos.

En el mundo hispanoamericano esa fue siempre la regla y la existencia de clanes masculinos en cada país y en la región entera contribuía a sobredimensionar sus obras, que eran aplaudidas a su vez por una crítica de predominancia masculina en el marco jerárquico y petrificado de las universidades y la prensa. Y se crearon así poderosas sociedades de elogios mutuos en torno al gran jerarca nobelizable del momento, a donde se ingresaba por cooptación y servil espíritu de cortesanía.

Nuestra generación vivió dentro de ese sistema como si fuera algo ineluctable y los nuevos escritores, narradores, poetas y ensayistas construían a su vez  nuevos clanes y se preparaban para subir al trono a medida que fueran desapareciendo esas figuras totémicas que reinaron sin compartir el poder a lo largo del siglo XX. Las mujeres escritoras solo estaban invitadas al banquete como observadoras, musas, esposas o groupies de los ídolos.

Los grandes poderes editoriales hispanoamericanos eran a su vez controlados en Barcelona, Buenos Aires o México, salvo excepciones, como fue el caso de Carmen Balcells, por hombres que en pleno apogeo clánico definían ascensos y caídas, premios, condecoraciones y consagraciones. Pero Balcells, aunque mandaba como la Gran Mamá Grande de la literatura en castellano, estaba totalmente al servicio de los futuros patriarcas que ella inventaba y empujaba a la fama y a la riqueza y junto a los cuales no había ni por equivocación una sola mujer escritora.

Igual ocurría en las rancias academias de la lengua dominadas por empolvados carcamanes trajeados de saurios que se cooptaban unos a otros desde los tiempos inmemoriales y duraban más tiempo que las tortugas de Galápagos para defender lo castizo decimonónico y la ortodoxia literaria.

En los departamentos de humanidades y literatura en las universidades también reinó hasta hace poco una hegemonía legitimadora de esa dictadura patriarcal y miles de tesis dirigidas por académicos mandarines proliferaban como conejos desbocados al por mayor, y solo servían para rendir homenaje repetitivo en monótona cantinela a los mismos patriarcas triunfantes, como si no hubiera nada más y la literatura solo fuera asunto de poderosos machos alfa cargados de condecoraciones.


Las mujeres estaban ahí y escribían durante el siglo XX, pero nadie las veía. Siempre los bombos fueron para los infatuados ídolos del éxito y los nuevos escritores hombres emergían generación tras generación como promesas y medraban en las antesalas del poder antes de caer en la desgracia y el olvido y aun hoy siguen muy inocentes y muy esperanzados como gallos que mueven sus crestas y afilan sus espuelas, sin saber que son ya una especie en extinción.

Todo eso lo sentíamos y lo veíamos, pero solo ya entrado el siglo XXI, comienzan a cambiar los paradigmas culturales. Muchas de esas mujeres ocultas son rescatadas del ostracismo: entre las narradoras Elena Garro y Amparo Dávila en México, Elisa Mujica, Helena Araújo, Albalucía Angel y Fanny Buitrago, en Colombia, y así sucesivamente se pueden hacer largas listas en cada país. Y eso sin contar a las magníficas poetas latinoamericanas que siempre fueron ocultadas de manera deliberada por la crítica y el poder literario en el marco de los grandes movimientos. 

Hubo algunas excepciones, como fue el caso de varias poetas y escritoras uruguayas, brasileras y argentinas, Alfonsina Storni, Victoria Ocampo, Clarice Lispector, Olga Orozco, en países del cono sur donde mucha gente descendía de los barcos que traían inmigrantes europeos, o el fenómeno milagroso de Gabriela Mistral, que fue la excepción que confirmaba la regla a lo largo del siglo XX. Todo eso está cambiando por fortuna en este siglo y por fin las escritoras de las nuevas generaciones ya no pueden ser ocultadas, ninguneadas, escondidas detrás de las cortinas y borradas del mapa. Esa es la revolución coperniciana de la literatura hispanoamericana de hoy y eso hay que celebrarlo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de marzo de 2022.
* En las fotos Gabriela Mistral, Olga Orozco y Victoria Ocampo.

 

domingo, 26 de agosto de 2018

JORGE LUIS BORGES EN AGOSTO

Por Eduardo García Aguilar

El 24 de agosto de 1899 es la fecha de natalicio de Jorge Luis Borges y por eso cada año los admiradores del polígrafo lo recuerdan sin falta como una figura inolvidable de la literatura universal y latinoamericana. Rebelde por naturaleza, su obra está compuesta de poemas, cuentos cortos, ensayos y también por su lúcida y ocurrente conversación, que era una de sus mejores recursos.
El argentino fue un raro en la literatura hispanoamericana de su tiempo y desde muy temprano abrió otras compuertas al sueño, desligándose del realismo, el costumbrismo, el modernismo y el naturalismo telúrico en boga durante su juventud, dominada por figuras como Amado Nervo, José María Vargas ViIa, Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones o José Eustasio Rivera.
Nunca escribió novelas, género que no le atraía, para dedicarse a escribir esas pequeñas joyas que lo inmortalizaron, como El aleph y otros cuentos de carácter fantástico, así como poemas que tenían poco que ver con el modernismo, el naturalismo, las vanguardias o el surrealismo. Cerebral e inmerso en los laberintos de la cultura universal, Borges bebía en las fuentes universales y luego transmitía a los contemporáneos los asombros que lo agitaban en las noches interminables de lectura o en el silencio del pensamiento que inunda la mente de los ciegos.
Escribió cuentos de cuchilleros y exploró la poesía gauchesca que le fascinaba en amplios volúmenes donde estudiaba los ritmos e historias del género desde antes y después de Martín Fierro. Aunque viajero por las estepas de las literaturas exóticas nórdicas o asiáticas, nunca olvidó sus orígenes criollos ni las barriadas de Buenos Aires que transcurrían en otros pagos distintos a los suyos, bien relatados por figuras como el gran Roberto Artl, el de las Aguafuertes porteñas.
Elegante, impecable, esgrimiendo el bastón, Borges estuvo siempre cerca de su madre y fue en el fondo un gran niño mimado hasta el final de sus días, un gran bebé monstruoso lleno de melodías y preocupaciones insaciables. Como todo infante, Borges vivía en el delirio, porque como todos sabemos por experiencia propia, la niñez es una de las más fascinantes formas y expresiones de la demencia. 
La madre lo cuidó con mucho cuidado e incluso lo guió en la elección de mujeres, amigas o esposas, algunas de las cuales resultaron verdaderos fiascos, por lo que siempre volvió al seno materno hasta el día en que encontró a una muy joven hija de un amigo suyo, la misteriosa e inteligente María Kodama, quien fue la compañera de sus años de gloria y lo acompañó hasta su muerte en Ginebra en 1986 y mucho después, pues es la heredera y albacea, fiel cancerbera de sus derechos y su gloria.
Tuvo un gran amigo, casi hermano, el aristocrático Adolfo Bioy Casares (1914-1999), a quien conoció en 1932 y con quien escribía novelas policíacas bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq, además de compartir una vida social en las altas esferas bonaerenses regentadas por Victoria Ocampo (1890-1979), directora de la revista Sur, y su hermana Silvina (1903-1993), esposa del apuesto autor de La invención de Morel.
En los diarios de Boy están consignados todos los instantes de esa larga amistad, donde ambos se burlan y critican con ironía y sarcasmo a sus contemporáneos y miran a la sociedad desde las alturas aristocráticas, tan ajenas a las barriadas donde reinaba el tango, la milonga y el lunfardo de los proletarios y los inmigrantes pobres.
La mecenas Victoria Ocampo era la reina, viajera mundial, amiga de Drieu la Rochelle y Rabindranath Tagore, promotora cultural. Su hermana Silvina, aun más excéntrica, vivió bajo la sombra de su joven esposo en un gran apartamento lleno de libros al que alguna vez llegó la decadencia, la enfermedad, la tragedia y la muerte, dejando atrás los lejanos años de esplendor y de lo que solo quedan cenizas.
Kodama sacó a tiempo a Borges de Argentina y lo llevó de regreso a Ginebra, donde reposa para siempre y que tal vez es el sitio que le correspondía a ese cosmopolita que nunca tuvo hijos y vivió a contravía de las ideologías de su tiempo en el mundo y en América Latina. Para él la "democracia es un abuso de la estadística" y nunca participó de los sueños revolucionarios que agitaban a sus conciudadanos.
En lo máximo de su gloria Borges era casi como un Dios, pese a que en la conversación y el encuentro con sus admiradores y lectores ejercía una sencillez y modestia sorprendentes. Nada en él era solemne o impostado y tenía un gran sentido del humor. 
En uno de sus viajes a México lo vi una noche de agosto de 1981 al salir de la sala Ollin Yolittzti de la Universidad Nacional Autónoma de México, y observé como jóvenes admiradores se arrodillaban ante él y entraban en trances histéricos con exclamaciones delirantes, como si estuvieran en presencia de una deidad, un gurú, un ser del más allá, a lo que el maestro, que no veía nada o muy poco, reaccionaba con una sonrisa, mientras era llevado del brazo por Kodama. 
Todos los que lo vieron o lo leyeron saben que Borges es un clásico, rango que pocos autores adquieren en vida y en su tiempo y menos en la posteridad. Los clásicos se vuelven clásicos sin saberlo y sin buscarlo y el don le es otorgado por la lealtad que durante sus vidas tuvieron con la palabra, la vida y los libros. Ellos viajan siempre en el tapiz volante del tiempo y aunque no salgan de su cuarto o su casa, les ocurren cosas maravillosas como a Simbad el Marino o a Ulises. En cada clásico hay un Ulises y un ciego que ve todo lo posible y hasta lo imposible hacia su interior. Los clásicos son la encarnación de los gatos. Silenciosos y con la mirada penetrante que ve en la oscuridad.  
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 25 de agosto de 2018.

domingo, 29 de octubre de 2017

LUISA FUTORANSKY EN PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
Hubo un tiempo en que en París reinaba con su ingenio el gran e inolvidable argentino Julio Cortázar. Ahora en esta ciudad amada, llena de inmigrantes y exiliados de todo el mundo, nos ilumina Luisa Futoransky (Buenos Aires, 1939), la más grande escritora latinoamericana actual, y decenas de escritores discípulos y amigos tejen día a día su testimonio.
Vivir en estos tiempos en París y coincidir con Luisa Futoransky es una fortuna y un honor. Su vasta obra siempre ha recorrido los caminos prohibidos y desde su exilio permanente, desde el viaje, nos nutre con lucidez, ironía e inteligencia.
En el libro París, desvelos y quebranto (Pen Press, Nueva York, 2000), nos habla de “un país que se te encima al de ayer”, y agrega que “deshice casas, perdí bibliotecas, me fui con lo puesto en una valija, dos, valijas, tres”.
Por eso caminar con ella por la rue Saint Honoré, cruzar el cortazariano Pont des Arts, visitar la librería Colette en el dieciochesco y volteriano barrio Le Marais o atreverse a deambular por las salas del Museo de Arte Contemporáneo Georges Pompidou, en Beaubourg, para observar una exposición de Pierre Klossowski, es una aventura de la que se sale más encumbrado siempre en la sabiduría de lo inexplicable y lo raro.
Por donde va Luisa Futoransky se crea una especie de halo de eternidades y paradojas literarias y vitales. Parece que vuela en el tapiz de Las mil y una noches, o viaja en los laberintos del Manuscrito hallado en Zaragoza, o que va tras las huellas del pequeño buda Karmapa de 14 años por las nieves del Tíbet, cerca del Yeti ancestral.
Así la he visto en Bastille, en Saint Germain de Prés, en la rue de Charonne, en el Café Nemours junto a la Comédie Française, volando en un tren de palabras o en un trineo halado por lánguidos camellos que dicen poemas o profieren oraciones crípticas o lanzan arco iris caleidoscópicos.
“Soy tierra prometida en París”, nos dice Futoransky mientras camina por la viejísima rue au Maire en busca de las calles del original Chinatown, el de tiempos de entreguerras y espías, poblado de pequeños restaurantes familiares y bodegas subterráneas que se intercomunican bajo tierra, en una especie de falansterio de hormigas y abejas orientales.
También la he visto degustar exquisiteces en alguno de aquellos lugares secretos de novela vietnamita situados en el otro Chinatown del barrio XIII, al sur de la ciudad, o en un salón de amistad pequinesa terminando un plato milenario contemporáneo de la Muralla China, preparado según la receta del Emperador y servido en vajillas traídas desde Brujas.
Pero en el texto “Arde París. Aquí vivimos”, incluido en Seqüana Barrosa (EH Editores, Jerez, España, 2007), la escritora nos impreca furiosa cuando en la navidad de 2006 mueren 10 niños africanos pobres achicharrados y hacinados en un tugurio del barrio de La Ópera, o cuando matan a un muchacho de 11 años, o se profieren referencias racistas diarias, pero eso sí, nos dice con ironía, “persígnense. El foie gras no espera, el relleno del pavo tampoco. Las burbujas y la vanidad bien, gracias”.
Futoransky vivió en China y en Japón mucho tiempo antes de recalar con su caligrafía en París para construir su vasto movimiento tejido de palabras. Y se dice que ella sigue allá leyendo las cartas junto a una gigantesca estatua de Buda o en la Stupa (pirámide cónica) inicial de Sarnat. Pero también la dicen presente en las alturas de Machu Picchu o en La Paz, Bolivia, en un caHubo un tiempo en que en París reinaba con su ingenio el gran e inolvidable argentino Julio Cortázar. Ahora en esta ciudad amada, llena de inmigrantes y exiliados de todo el mundo, nos ilumina Luisa Futoransky (Buenos Aires, 1939), la más grande escritora latinoamericana actual, y decenas de escritores discípulos y amigos tejen día a día su testimonio.
Vivir en estos tiempos en París y coincidir con Luisa Futoransky es una fortuna y un honor. Su vasta obra siempre ha recorrido los caminos prohibidos y desde su exilio permanente, desde el viaje, nos nutre con lucidez, ironía e inteligencia.
En el libro París, desvelos y quebranto (Pen Press, Nueva York, 2000), nos habla de “un país que se te encima al de ayer”, y agrega que “deshice casas, perdí bibliotecas, me fui con lo puesto en una valija, dos, valijas, tres”.
Por eso caminar con ella por la rue Saint Honoré, cruzar el cortazariano Pont des Arts, visitar la librería Colette en el dieciochesco y volteriano barrio Le Marais o atreverse a deambular por las salas del Museo de Arte Contemporáneo Georges Pompidou, en Beaubourg, para observar una exposición de Pierre Klossowski, es una aventura de la que se sale más encumbrado siempre en la sabiduría de lo inexplicable y lo raro.
Por donde va Luisa Futoransky se crea una especie de halo de eternidades y paradojas literarias y vitales. Parece que vuela en el tapiz de Las mil y una noches, o viaja en los laberintos del Manuscrito hallado en Zaragoza, o que va tras las huellas del pequeño buda Karmapa de 14 años por las nieves del Tíbet, cerca del Yeti ancestral.
Así la he visto en Bastille, en Saint Germain de Prés, en la rue de Charonne, en el Café Nemours junto a la Comédie Française, volando en un tren de palabras o en un trineo halado por lánguidos camellos que dicen poemas o profieren oraciones crípticas o lanzan arco iris caleidoscópicos.
“Soy tierra prometida en París”, nos dice Futoransky mientras camina por la viejísima rue au Maire en busca de las calles del original Chinatown, el de tiempos de entreguerras y espías, poblado de pequeños restaurantes familiares y bodegas subterráneas que se intercomunican bajo tierra, en una especie de falansterio de hormigas y abejas orientales.
También la he visto degustar exquisiteces en alguno de aquellos lugares secretos de novela vietnamita situados en el otro Chinatown del barrio XIII, al sur de la ciudad, o en un salón de amistad pequinesa terminando un plato milenario contemporáneo de la Muralla China, preparado según la receta del Emperador y servido en vajillas traídas desde Brujas.
Pero en el texto “Arde París. Aquí vivimos”, incluido en Seqüana Barrosa (EH Editores, Jerez, España, 2007), la escritora nos impreca furiosa cuando en la navidad de 2006 mueren 10 niños africanos pobres achicharrados y hacinados en un tugurio del barrio de La Ópera, o cuando matan a un muchacho de 11 años, o se profieren referencias racistas diarias, pero eso sí, nos dice con ironía, “persígnense. El foie gras no espera, el relleno del pavo tampoco. Las burbujas y la vanidad bien, gracias”.
Futoransky vivió en China y en Japón mucho tiempo antes de recalar con su caligrafía en París para construir su vasto movimiento tejido de palabras. Y se dice que ella sigue allá leyendo las cartas junto a una gigantesca estatua de Buda o en la Stupa (pirámide cónica) inicial de Sarnat. Pero también la dicen presente en las alturas de Machu Picchu o en La Paz, Bolivia, en un campo de golf, en la “Villa Imperial de Potosí”, leyendo a Única Zürn.
Toda su poesía es un viaje: poemas como “Tokio hora zeta”, “Yendo a Benoa”, “Di Provenza”, “Crema catalana”, “Alud en Galese , “Derrota en Tienanmen”, “Jerusa mi amor”, son apenas algunas de sus escalas. En Prender del Gajo (Calambur, Madrid, 2006), el periplo continúa: nos habla de “Los efectos del viaje según Ibn Arabi” o del “Luto en Charenton” o de la “Isola de Giglio” y en De donde son las palabras (Plaza y Janés, Barcelona, 1998), en el poema “Restaurante de Ekoda”, la viajera nos dice que es “singular hallarse aquí ante una tevé, un buda con baberito, una pagoda en construcción envuelta en una llovizna tenaz”.
En su poema “Nuevo barco ebrio” de Babel, babel, sabemos que “el corazón se estremece por las nieblas que no comprende” y al explorar los olvidados arcanos terribles de la infancia concluye que “el bajel está solo con los acantilados que surgen bajo su quilla; a barlovento la ciudad mohosa en el limo de la infancia, en el norte los pecados capitales incendiados por un gas de neón maligno que ha invadido los bulevares del mar de silencio, hasta ser esa llaga animal y corrosiva que nunca le abandona”.
Esta es sólo una breve muestra de su singular obra poética, a la que se agrega la vasta obra narrativa y ensayística, traducida al francés y al inglés, con novelas como Son cuentos chinos, De Pe a Pa, Urracas y Formosas, y los ensayos Pelos y Lunas de miel, entre otros.
Con Luisa Futoransky París y el mundo es mejor y más sabio. Nosotros los errantes, los cosmopolitas, los que hemos perdido bibliotecas, casas, gemas y amores podemos sanar del extravío al leer sus libros, que deben estar al lado, en la mesa de noche. Luisa Futoransky está en París. “¿Arde París? Aquí vivimos”.
  • Futoransky, Luisa. De donde son las palabras. Plaza y Janés Editores. Barcelona, España, 1988.
    —. Antología poética. Poetas argentinos contemporáneos. Fondo Nacional de las Artes. Buenos Aires, Argentina, 1996.