Mostrando entradas con la etiqueta latinoamerica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta latinoamerica. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de enero de 2024

LA REVOLUCIÓN ZAPATISTA DE CHIAPAS

 


Por Eduardo García Aguilar

Hace 30 años, el 1 de enero de 1994, estalló en México la revolución indígena encabezada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), liderado entonces por el joven subcomandante Marcos, quien saltó a la fama por sus discursos y proclamas y por su talento e inteligencia, destacados inclusive por el propio Premio Nobel Octavio Paz.

La figura atípica y original del encapuchado, muy bien diseñada para generar impacto mediático, contrastaba con la imagen de otros gerrilleros latinoamericanos del siglo pasado y se acercaba más al estilo cumbiambero y gozón del colombiano M-19. Marcos realizó estudios universitarios y viajó una temporada a Europa donde se nutrió de las ideas sociales y filosóficas de moda. De ahí que sus escritos se convirtieron en un cóctel sincrético muy original y moderno, irrigado por la literatura y la poesía.

El movimiento zapatista logró fama mundial y acaparó las primeras planas de diarios y noticieros televisivos, y generó innumerables estudios y artículos en revistas acdémicas, pues hasta esa fecha era impensable que un movimiento así surgiera en México, que durante más de medio siglo fue controlado por el todopoderoso Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuyo régimen había sido calificado por Mario Vargas Llosa de "dictadura perfecta".  

El día de la insurrección ocurrida en la Selva lacandona y en los altos del estado sureño de Chiapas, cerca de la frontera con Guatemala, en territorio ancestral de los mayas, entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y México, negociado por el gobierno de Carlos Salinas, joven tecnócrata que solidificó el viraje del hegemónico PRI hacia las ideas neoliberales de moda en el mundo tras los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido.

El EZLN estaba compuesto por indígenas chiapanecos de las etnias tzeltal, tzotzil, chol y tojolobal, que cargaban pequeños fusiles de palo casi de juguete, usaban uniformes modestos, lucían en el cuello un paliacate colorido e iban enmascarados como su líder, quien se autodenominaba subcomandante pues el mando según él estaba en manos de los nativos y él era solo su portavoz temporal. Con el tiempo Marcos se esfumó y cambió de nombre por el de Galeano, pero aun sigue por ahí ya sexagenario entre las brumas chiapanecas.

Los enfrentamientos con el Ejército mexicano, muy violentos al inicio, duraron poco, y rápidamente empezaron a establecerse complejas negociaciones con la mediación de la Iglesia, lo que convirtió a la antigua y colonial San Cristóbal de las Casas en el epicentro de un movimiento mundial de reivindicación de los pueblos indígenas, hasta entonces marginados en muchos países latinoamericanos que aplicaban un virtual Apartheid. En esa bella ciudad colonial fue obispo en el siglo XVI el legendario Bartolomé de las Casas (1484-1556), autor de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552).

Decenas de miles de intelectuales de izquierda, antropólogos, sociólogos, etnólogos, poetas, periodistas y jóvenes mochileros del mundo acudieron a San Cristóbal de las Casas, convertida en la sede mundial del altermundialismo aun vigente y una especie de torre de babel donde se producían nuevas ideas para enfrentar la ideología ultraconservadora dominante en Estados Unidos, que incluso predecía con Fukuyama el fin de la historia.      
  
La prensa siguió al detalle a esos pequeños soldaditos indígenas de baja estatura como Moisés y Ramona y sus figuras se reproducían popularmente en muñecos artesalanes que se vendían en los mercados como pan caliente y se volvieron de moda. La prensa mundial irrumpía con frecuencia en la catedral de San Cristóbal, donde daba conferencias de prensa el popular arzobispo Samuel Ruiz, respetado mediador del conflicto y lejano sucesor de Bartolomé de las Casas.

A mi me tocó cubrir el acontecimiento varias veces, por lo que viví ahí y alcancé a captar la magia de sus callejuelas, iglesias, ex conventos, plazoletas, el misterio de otros pueblos y rincones poblados por los descendientes de los mayas, la agitación de los jóvenes periodistas y los curiosos del mundo entero. Por eso escribí y publiqué sobre esa experiencia el libro Delirio de San Cristóbal, traducido y publicado en inglés con el título de Mexico madness, inspirado en esas atmósferas históricas del sincretismo latinoamericano que ahora acuden vivas de nuevo, tres décadas después de los sucesos.

Mi amigo el poeta y periodista Javier Molina, nacido ahí en San Cristóbal, me guió por ciertos recovecos y me presentó ancianos amigos de sus padres que me contaban la historia de la ciudad en patios coloniales interiores llenos de vegetación y hasta con loro, al calor de un tequila o un mezcal. Así poco a poco fui adentrándome en ese mundo que en algunos barrios está igual como hace siglos, con la población indígena monolingüe que teje y vende sus productos en los atrios de las iglesias, ataviados con sus prendas tradicionales de antes de la Conquista.
---
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 7 de enero de 2023. 
* En la foto la comandante zapatista Ramona.


miércoles, 25 de octubre de 2023

LA LEYENDA DE GREGORY RABASSA

Por Eduardo García Aguilar

La vida le depara a uno privilegios inolvidables como el conocer y ver varias veces al gran traductor, escritor y académico estadounidense Gregory Rabassa (1922-2016), quien tuvo una lúcida y longeva vida y falleció a los 94 años en Bradford, Connecticut.

Rabassa es una leyenda para los latinoamericanos e ibéricos, tanto hispánicos como portugueses, un mito casi, pues tradujo en una larga carrera de más de medio siglo a los más grandes escritores de esos ámbitos lingüísticos, como Machado de Assis, Jorge Amado, Darcy Ribeyro y Antonio Lobo Antunes o libros como Rayuela de Julio Cortázar y Cien años de Soledad y El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, obras cumbres que vibran aun entre nosotros como si hubiesen sido escritas ayer. Un día le pidieron traducir Rayuela y ahí todo comenzó, aunque no era su plan de vida.

Rabassa nació en Nueva York de un padre cubano de origen catalán y una madre neoyorquina, y tras doctorarse en la Universidad de Columbia, se desempeñó como profesor de literatura allí durante dos décadas, antes de trabajar en la City Univesity of New York, donde siguió su labor como profesor emérito hasta ya cerca de cumplir su novena década de existencia. 

Era pues un neoyorquino esencial que frecuentó en su juventud los bares y los sitios de jazz de Greenwich Village y Lower east side, estuvo como casi todos los de su generación destacado durante la Segunda guerra mundial entre 1942 y 1945, en su caso en Italia, alcanzando el grado de sargento, y vivió la mayor parte de su vida en Upper east side, en apartamentos situados en una zona privilegiada entre las calles 72 y 76. Y tuvo también dos dachas en zonas bucólicas donde congregó sus libros y su colección de vinilos de jazz, que compartía con su cercano amigo y cómplice, el joven eterno Julio Cortázar, cuando venía a visitarlo.

Fue Julio Cortázar quien le recomendó a García Márquez a Rabassa para la traduccción de su obra cumbre Cien años de Soledad y el colombiano quedó tan contento que declaró varias veces, incluso en Estocolmo, que la versión en inglés de ese libro era mejor que el original, lo que divertía al simpático neoyorquino, quien tenía un excelente sentido del humor.

Mi amigo y discípulo suyo Jay Miskowiec, animador de Aliform Publishing, que publicó algunas traducciones suyas, me conectó con él y tuve la fortuna de verlo por primer a vez en 1989. Me citó en el bar del lujoso Hotel Plaza en Central Park en un día de otoño. No hay palabras para describir lo que puede sentir un joven escritor latinoamericano cuando camina por las arterias de New York, lentamente, vadeando las humaredas que brotan del vientre de la urbe bajo la bruma otoñal, rumbo a un encuentro con el mítico Rabassa. 

El profesor, de baja estatura, que solía usar a veces corbatín, apareció risueño y afable y en su rostro amigable se percibía sin lugar a dudas su origen catalán, o sea de la estirpe del sabio Ramon Vinyes, el sabio que residió en Barranquilla y regentó una librería en la que se nutrieron los jóvenes del Grupo del mismo nombre. Luego caminamos hasta cerca de su apartamento en Lexington Avenue y nos despe
dimos hablando de su querido discípulo y amigo Jay Miskowiec, quien propició ese primer encuentro. 

Cinco años después, cuando presentamos en 1994 en Americas Society la traducción de Bulevar de los héroes, estuvo presente Rabassa, rodeado por todos los muchachos amantes de la literatura que estábamos allí y bebíamos y disfrutábamos, sin poder creerlo, de su generosidad y amabilidad, entre ellos los colombianos Tomás González y Eduardo Márceles Daconte, quienes residían entonces en Nueva York, antes de que los dispersara y los regresara a Colombia la caída de las Torres Gemelas en 2001, derribadas por los yihadistas de Osama bin Laden. 

La última vez que lo vi fue cuando en 2009 presentamos El viaje triunfal en la misma institución en otro acto parecido en una tarde de otoño. Rabassa contaba chistes y hacía juegos de palabras y sonreía con el aire juvenil que siempre lo caracterizó. 

Disertó sobre la filosofía de los cínicos griegos Antístenes y Diógenes de Sinope del siglo IV antes de nuestra era, entre otros temas de su predilección. Nos explicaba esa noche que la palabra venía del griego perro y se divertía con sus diatribas e ironías y su vida libertaria, despegada de los honores y las riquezas terrenales. 

No es para menos que para todos nosotros Rabassa sea un mito: entre sus traducciones se destacan además Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez, Paradiso de José Lezama Lima, La Casa Verde y Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa, y obras de Juan Goytisolo, José Donoso, Clarice Lispector y Dalton Trevisan, entre muchas otras. 

También escribió un libro sobre el oficio de traducir y una autobriografía donde cuenta en una límpida prosa aspectos de su larga vida, que incluye su infancia, adolescencia, juventud, aspectos familiares, amores, sus adoradas hijas y anécdotas de su vida académica y profesional. Su vida también hace parte del realismo mágico, que para él comenzó con Miguel de Cervantes Saavedra y su Quijote de la Mancha.  
-------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de octubre de 2023.



  

lunes, 18 de septiembre de 2023

LAS ANTIPARRAS PRODIGIOSAS DEL MALVADO EMIR (1985)

 

Por Eduardo García Aguilar *

En 1970, escarbando entre los libros de mi padre, encontré entre un volumen del Elogio de la locura y otro de Pepita Jiménez, tres números de la revista Mundo Nuevo, que Emir Rodríguez Monegal (1921-1985) publicaba en París. Aunque no me acuerdo de su contenido exacto, guardo la grata impresión que me provocó esa lectura, en una época dominada por el primer auge del boom.

En contraste con las mortecinas revistas del Instituto Caro y Cuervo y de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, de Bogotá, que llegaban a una ciudad andina situada a veinte kilómetros del volcán nevado del Ruiz, aquellas revistas, una de las cuales tenía color rosado, provocaron en un grupo de adolescentes interesados en la literatura, un efecto volcánico. Poco después, en la redacción de un diario de Manizales, alguien me dijo que esa revista era financiada por la CIA. En secreto, como si cometiera un pecado, leía esas revistas sin comprender por qué la agencia de inteligencia norteamericana mostraba tanto interés en la nueva literatura latinoamericana. 

Bajo el dominio absoluto de Casa de las Américas, en meses aciagos para Colombia, bombardeados por literatura marxista de todos los pelambres, la acusación de ese periodista se quedó así. Ahora, muchos años después, cuando la mayoría de los intelectuales sectarios de aquel tiempo maquillan piadosamente su ideas para ponerlas acordes con la época, todos sabemos que Mundo Nuevo fue una de las revistas decisivas para la difusión de la nueva literatura latinaomericana, que apenas explotaba con todo su esplendor. El inspirador de ese proyecto, financiado por la Ford Foundation, mas no por la CIA, era Emir Rodríguez Monegal, uruguayo trotamundos, cuyo ejercicio de la crítica era absolutamente peculiar. Además de haber sido el primero en mirar con escepticismo la retórica marxista-leninista y de haber tenido el valor de exponer sus dudas, aun a costa de ser acusado de agente secreto de los servicios de inteligencia norteamericanos, Rodríguez Monegal practicó la crítica sin caer en los beatos estudios académicos, podridos por la manteca estructuralista o marxista. Salpicando de humor cada texto, haciendo ameno el análisis, buceando por todos los túneles submarinos, haciendo de la entrevista un arte y de la conferencia o la charla una orgía perpetua, el crítico más lúcido de la nueva narrativa latinoamericana dejó su investigación en el punto donde los nuevos deben continuar.

En una entrevista con Carlos Fuentes dijo algo que sigue teniendo gran actualidad: "Yo creo que encerrarnos en un gueto cultural  más o menos imaginario, como nos proponen desde tantos extremos, es lo que nos ha hecho mucho daño siempre y nos sigue haciendo daño ahora. Hemos cambiado el monopolio de una metrópoli por otras, pero nunca nos hemos atrevido a circular libremente por el mundo entero. O nos hemos encerrado con todo resentimiento en nuestros ídolos, nuestros héroes, nuestras tradiciones, nuestras inquisiciones, como solteronas maniáticas y abrumadas por álbumes de estampas y sus carpetas de crochet. Hemos sido demasiado  tiempo unas vestales aterrorizadas por la proximidad de los bárbaros. Sin darnos cuenta de que los bárbaros ya están adentro". Basado en estas palabras, Rodríguez Monegal analizó la literatura del continente desde todos los puntos de vista, y vio en ella el fruto no solo de una tradición narrativa, sino también poética, por el lado de las vanguardias y de la obra iluminadora de Neruda, el de la Residencia en la tierra. En un pequeño, pero esclarecedor ensayo, El boom de la literatura latinoamericana, hace un fresco dinámico de la literatura continental, buscando sus múltiples orígenes, desde los primeros escritores "americanos", el modernismo de Darío y de Rodó, hasta el efecto producido por Huidobro y Neruda. A su vez incluye en el estudio la compleja y valiosa literatura brasileña, que es excluida a veces cuando se habla de literatura latinoamericana, pero que en muchos aspectos ha sido más viva y revolucionaria que la del lado hispánico de América. En su violenta arqueología de la novela de estas latitudes, rescata del olvido a autores tan adelantados como Macedonio Fernández y Machado de Assis, para luego dar la moneda del César a Jorge Luis Borges, de quien fue no solo amigo, sino también estudioso pertinaz.

Preocupado por los nuevos autores, tratando de descubrir las nuevas tendencias, concluye que Cien años de Soledad es más el fin de un largo ciclo que una apertura, y cree -lo que puede también ser discutible- que los nuevos rumbos están planteados en la prosa de Lezama, en la auto-reflexión de los textos borgeanos, en el delirio "barroco" que hace del lenguaje el centro de la trama novelística. Durante décadas leyó manuscritos en ciernes, conversó con autores entonces tan jóvenes como Severo Sarduy y Homero Aridjis, siempre guiado por la antiparra libre de presiones ideológicas y políticas. Muchas de sus tesis pueden ser discutibles -de eso se trata-, pero ningún estudio sobre los rumbos de nuestra novela podrá prescindir de su lúcida y corrosiva crítica.

No en vano, cada una de sus conferencias era como un hapenning que escandalizaba a los piadosos de la crítica con sus atroces monóculos y su cejijuntez. Implacable con los españoles, con esa academia mortecina propugnadora de la profilaxis linguística, Rodríguez Monegal valoró las diversas expresiones  literarias del continente, sin recurrir la las funestas "aduanas" del marxismo, el estructuralismo o la ortegassetez. Por decir lo que pensaba, con furibundos sarcasmos, estuvo a punto de ser linchado en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, durante el homenaje a Octavio Paz, celebrado a fines de agosto de 1984, con motivo de sus 70 años. Junto a él, entre otras personas, estaban el beato Félix Grande y santa Rosa Chacel. Rodríguez Monegal, con el porte y el rostro que lo hacían parecer al Dr. Samuel Johmson o a un jefe Sioux, enfiló sus adargas contra don Tomas Navarro Tomás (T.N.T) y Ortega y Gasset, provocando la iracundia de los dos hispanos. Luego el asunto degeneró en la furibunda reacción del público. El asunto tuvo que concluir  antes de que se armara un genocidio. Más tarde, a la salida, en una noche de fines de agosto, lo vi por última vez salir muy pálido y serio, con su alta estatura, el saco azul, la maleta de académico y las antiparras corrosivas, rumbo a la ciudad. Mientras tanto, una joven ayudaba a caminar a Rosa Chacel, que moribunda y temerosa, había tenido alientos para salir del desgano y atacar a "ese hombre", como dijo después en una entrevista.
Esta anécdota es algo más que pintoresca. Es la prueba de que pese al éxito del boom en España, a la revolución modernista de Darío, a las brigadas de asalto de Huidobro y Neruda, en Europa no se soporta la soberbia o la irreverencia de ultramar. La obra y la actitud del viejo maestro uruguayo es un ejemplo para quienes hoy deseen destruir las "aduanas" del progresismo y la ñoñez.

------------
Emir Rodríguez Monegal. El boom de la novela latinoamericana. Editorial Tiempo Nuevo. Caracas. 1972. 119 pp. El arte de narrar. Monte Avila Editores. Caracas. 1968, 311 pp. Narradores de América (tomos I y II), Editorial Alfa. Argentina. Buenos Aires. 1974. Borges, hacia una interpretación. Ediciones Guadarrama. Madrid. 1976. 125 pp. Borges por él mismo. Monte Avila editores. Caracas. 1980. 247 pp. Borges. Una biografía literaria. Coleccion Tierra Firme. Fondo de Cultura Económica. México. 1987. 475 pp. E innumerables y desperdigados artículos, publicados en revistas de este y otro mundo.

* Artículo publicado en 1985 en Sábado. Unomásuno, Ciudad de México, tras la muerte de Emir Rodríguez Monegal, acaecida el 14 de noviembre de 1985 en New Haven (Estados Unidos).


domingo, 4 de junio de 2023

EL BOOM LITERARIO DE LAS MUJERES

Por Eduardo García Aguilar

El auge espectacular de las mujeres en el mundo literario en esta última década en latinoamérica y el mundo entero, muestra un cambio radical en materia de reconocimiento y hace parte de un giro que se registra desde antes, con la visibilidad creciente de la literatura LGTB+ manifestada depués de la tragedia del sida y el auge de las reivindicaciones de género.

Ahora los grandes premios literarios son otorgados a escritoras, como ocurrió esta semana con la nicaragüense Gioconda Belli, galardonada con el Premio Reina Sofia de poesía, o la sucesiva consagración con el Premio Cervantes de las escritoras uruguayas Ida Vitale y Cristina Peri Rossi, hasta entonces consideradas marginales. También figuran en las listas de las más promocionadas y reconocidas decenas de autoras mexicanas, argentinas, colombianas, españolas, que acumulan premios y homenajes, de manera paralela al éxito de autores transgénero como la argentina Camila Sosa Villada o la ya fallecita chilena Pedro Lemebel.

Una leve revisión de la historia literaria latinoamericana y mundial muestra que desde siempre hasta apenas hace una década, cuando explotó esta radical transformación, el  mundo de la consagración literaria se centraba en viejos patriarcas encorbatados, diplomáticos, políticos, poderosos y ricos.

En la lista de varones ventripotentes figuran José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Rómulo Gallegos, Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Octavio Paz, Germán Arciniegas, Alejo Carpentier, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes, entre otros muchos. A esos "padres de la patria", a veces pomposos y engolados, se agregaban algunos menos encorbatados, como Julio Cortázar, quien teorizó el concepto de "lector hembra", del cual se arrepintió al final. La única excepción en ese panorama fue la poderosa poeta chilena Gabrela Mistral, primer premio Nobel de América Latina en 1945.

Durante la Colonia, la República y a lo largo del siglo XX la literatura, tanto en narrativa como en poesía, salvo excepciones que confirman la regla, era un círculo exclusivo y cerrado de varones hispanoamericanos que dominaban las academias de la Lengua, tenían el poder en editoriales, universidades y ministerios y eran jurados predominantes de grandes premios literarios, grados Honoris Causa o condecoraciones gubernamentales.

En las fotos siempre aparecían en banquetes pléyades de hombres de corbata y bombín celebrando en tiempos de parnasianismo, modernismo, vanguardias y en la era moderna. Las mujeres estaban en la cocina, barrían, cuidaban los niños o estaban escondidas detrás de las cortinas. Casi todos, Carpentier, Paz, Asturias, Neruda, Fuentes y múltiples nombres menores se desempeñaron como embajadores y algunos, como Rómulo Gallegos o Mario Vargas Llosa, aspiraron a la presidencia de sus países.

En España Valle Inclán, Camilo José Cela, Francisco Umbral, Antonio Gala y otros eran grandes patriarcas que dominaban con su vozarrón el panorama y a veces escribían textos de carácter misógino o se enfrascaban en riñas legendarias de gallos de pelea.

Neruda dijo sobre la mujer: "me gustas cuando callas, porque estás como ausente". En las novelas de los autores del boom, desde García Márquez hasta Guillermo Cabrera Infante y Vargas Llosa, la mujer siempre figura como un ser de adorno, frágil, objeto del deseo del poderoso y caliente varón que depreda. Es una mujer vista desde la codicia sexual del hombre, y sus destinos, como en el orbe de Macondo, son trágicos: Úrsula Iguarán en Cien años de Soledad, la Cándida Eréndira, o las protagonistas de Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera o Memoria de mis putas tristes.

Las mujeres que escribieron durante todo el siglo XX en América Latina fueron por lo regular consideradas por los poderosos escritores como casos de adorno, anomalías, marginales, algunas veces problemáticas como Teresa de la Parra, Pita Amor, Elena Garro o Marvel Moreno y solo ahora nuevas generaciones de académicas, críticas y escritoras recuperan en cada país los nombres de esas escritoras, poetas, narradoras, ensayistas, borradas y ninguneadas de manera total por los dominantes clubes masculinos de la literatura continental.

Hay que celebrar la irrupción de nuevas narradoras en todos los países del continente como Ana Clavel, Cristina Rivera Garza, Fernanda Melchor y Gudalupe Nettel en México o Sonia Truque, Pilar Quintana, y Carolina Sanín en Colombia. Y esta presencia de la mujer se declina en los demás países del continente.

Se dice ya con real contundencia un adiós a la literatura del poderoso macho blanco heterosexual latinoamericano, competitivo, boxístico, codicioso, arribista, arrogante, que poco a poco va siendo borrado por el tsunami de la literatura de las mujeres, las minorías étnicas y los múltiples autores LGTB+, ante el asombro de Jose Arcadio y el coronel Aureliano Buendía y toda la horda de héroes guerreros de la literatura patriarcal y falocrática que dominó desde siempre en América Latina. A los hombres ya les queda poco por decir y por eso, como en el verso de Neruda, callarán y estarán como ausentes. 
---------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 4 de junio de 2023.   


sábado, 13 de mayo de 2023

¿ESCRIBIR NOVELA PARA QUÉ?


Por Eduardo García Aguilar

La novela tuvo su gran auge en el siglo XIX en los mundos hispano, anglosajón, ruso y francés y ya en la primera mitad del XX se extendió con fuerza a otros ámbitos exóticos y lenguas minoritarias como las esteuropeas. En un mundo sin  televisión ni cine, la novela era una de las formas de viajar y entretenerse con mundos paralelos, personajes inolvidables y largas sagas y aventuras humanas plasmadas por enérgicos y protéicos autores que daban la vida por ello con un trabajo desenfrenado, tal y como ocurrió con Balzac, Dumas, Zola, Dickens, Twain, Dostoievski y Tolstoi. Y sus obras se publicaban por entregas en los periódicos.

En Colombia tuvimos grandes éxitos continentales como La María de Jorge Isaacs, emblema de la literatura romántica, las novelas y panfletos de José María Vargas Villa, el gran best-seller latinoamericano de su tiempo y quien publicó cien obras que aparecían en periódicos y folletos distribuidos masivamente en kioskos españoles, y para rematar, La Vorágine, de José Eustasio Rivera, clásico de la literatura telúrica latinoamericana.
 

 
Los países latinoamericanos tienen sus clásicos novelísticos del siglo XIX y el siglo XX, pero fue en la segunda mitad del siglo pasado cuando el género tuvo el gran auge que lo llevó a atraer lectores en el mundo entero. Jose María Arguedas, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Rómulo Gallegos y Miguel Otero Silva, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti y Manuel Mujica Láinez y Julio Cortázar son algunos de esos nombres.

Es probable que muchas de las obras de esos autores hoy serían rechazadas por las editorales por no acomodarse al género comercial en boga de literatura fácil, escrita con una prosa insípida de fácil acceso y con temáticas autobiográficas o ligadas a temas populares o de actualidad farandulera. Me imagino la cara que harían hoy las editoriales con libros tan complejos como Paradiso de José Lezama Lima, Bomarzo de Manuel Mujica Láinez, Rayuela de Julio Cortázar, El Aleph de Borges o El otoño del patriarca de García Márquez, para mencionar solo algunos.

Editoriales, agencias y talleres literarios indican ahora a los jóvenes que deseen incursionar en el mundo de la novela una serie de reglas básicas para tratar de tener éxito y lectores, por lo que poco a poco es la novela negra, para adolescentes o policiaca la que domina el panorama con argumentos e intrigas previsibles y de fácil lectura. 

Los formatos y las frases de las novelas deben ser cortos para no cansar al lector y la dosificación de los capítulos amena, y si posible basada en temas autobiográficos o de moda. Los libros que circulan hoy son trabajados de antemano por agencias, gosth-writers o los editores finales. O sea que el autor cree publicar su libro, pero no es suyo. Es un autoengaño. Y a veces terminan creyéndose escritores o autoras. Está en boga escribir novelas sobre personalidades famosas o de la farándula de cada país, como Emiliano Zapata, Pancho Villa, Frida Kahlo, Pablo Escobar, o en el caso de Argentina Evita Perón, Carlos Gardel, el Che Guevara o Maradonna.

El autor así entra al mercado con facilidad, pues las novelas basadas en esos personajes históricos o de la farándula atraen de inmediato al comprador seducido por la portada, donde aparecen los íconos del pasado o el momento: León Trotsky, Daniel Santos, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Lady Di o Celia Cruz, o  algún dictador o presidente latinoamericano grotesco. Así pululan novelas que ya traen en la tématica el atractivo o el gancho comercial: novela de violencia, narco o mafia, dictadura, tango, Hollywood, mambo, rock, salsa o reggaetón.


 
El novelista se ha convertido así en un empleadillo que de antemano se autocensura para ofrecer un 
producto domado de baja calidad y no una obra suya que traiga sus huellas dactilares, como sí ocurría con los grandes autores y autoras del siglo XX en el continente.

En lo autobiográfico se cuentan siempre tragedias de discriminación, abuso, marginalidad, suicidios, crímenes pasionales heterosexuales u homosexuales, historias cortas y lacrimosas contadas con prosa fácil y en primera persona. En países afectados por el narcopoder, los temas de moda son política, violencia, guerrillas, narcos o paramilitares y preferible si están escritos con palabras soeces de injuria, mientras más vulgares mejor, por lo que cualquier tema que aborde temáticas humanas o estéticas se considera anómala o carente de interés. 

Las portadas de las novelas traen siempre una mujer semidesnuda en la playa, un papagayo parado en un poste ante un paisaje tropical, un racimo de bananos o cadáveres yacientes entre regueros de sangre. En todo ese mundo reina el mal gusto, la falta de imaginación y los efectismos fáciles de una narrativa de ínfima categoría. Un libro de Borges, Marechal, Lezama Lima, Mujica Láinez, Mutis o Cortázar sería considerado ahora obra de un loco.

¿Escribir novelas para qué? Si es para ganar dinero lo más seguro es que la decepción arrollará al aspirante, pues casi ningún novelista hoy puede vivir de sus regalías, salvo tal vez los grandes best-seller anglosajones que dominan el mercado mundial.

Debe saber el autor que la novela es un género agonizante que ya fue reemplazado por las series de Netflix, que de hecho pronto lanzará al aire versiones de Pedro Páramo y Cien años de soledad. 

Si alguien utópico insiste en escribir novelas sin recurrir a un ghost-writer, podría contentarse al menos con ser su propio y solitario autolector, o sea el sueño profundo del gran Borges, quien decía que no había que escribir para los otros sino para uno mismo.
----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de mayo de 2023.





sábado, 4 de febrero de 2023

VARGAS LLOSA EN LA ACADEMIA FRANCESA


Por Eduardo García Aguilar

El jueves 9 de enero ingresó a la Academia Francesa el escritor peruano Mario Vargas Llosa (1936), quien ocupa ahora el sillón número 18 que correspondía al filósofo Michel Serres (1930-2019), personaje que después de una larga carrera académica en Estados Unidos estuvo hasta el último suspiro agitando las ideas y divulgándolas al público a través de programas radiales y televisivos muy escuchados.

Es la primera vez que es elegido por sus pares un académico que no escribe en la lengua de Montaigne y Chateaubriand, pero que toda la vida ha expresado su gusto y admiración por la literatura francesa, especialmente por el novelista Gustave Flaubert, autor de la novela Madame Bovary. En otras ocasiones han ingresado a la Academia extranjeros, pero en esos casos se trató de autores que adoptaron el francés y escribieron sus obras en esta lengua obteniendo con el tiempo reconocimiento, como los escritores chino François Cheng, ruso Andrei Makine y agentino Héctor Bianciotti.

Vargas LLosa saltó a la fama desde muy temprano con sus primeras novelas La ciudad y los perros, La Casa Verde y Pantaleón y las visitadoras, entre otras muchas que fueron saliendo año tras año y se convirtió al lado del colombiano Gabriel García Márquez en uno de los pilares del boom latinoamericano. Además, como escritor aplicado y juicioso que ha vivido lejos de la bohemia y el caos vital que afecta a muchos de los escribidores del mundo, Vargas Llosa ha sido también un brillante académico que se doctoró con una enorme tesis dedicada a la obra de Gabriel García Márquez, publicada después con el título de Historia de un deicidio y ha escrito libros importantes como La orgía perpetua, donde aborda la obra de Flaubert.

Desde joven el peruano afirmaba que para él la escritura es como un trabajo burocrático de oficinista y que por ello se acuesta temprano y se despierta al alba para escribir durante estrictos horarios novelas, ensayos, artículos, crónicas, reportajes u obras teatrales. Por eso ahora el Nobel es recibido con beneplácito por una Academia agonizante llena de intrigas y secretos, que se adorna con su ingreso aunque no escriba en francés.  
 
Hay personas dotadas de talentos especiales que logran escribir en lenguas que no son las maternas, como ocurrió con el polaco Joseph Conrad o el ruso Vladimir Nabokov, quienes adoptaron el inglés y obtuvieron éxitos fenomenales con sus obras novelísticas. En otros casos la adopción de una lengua no materna exige del escritor un esfuerzo titánico de revisión para no caer en las trampas y los gazapos. Alguien puede haber vivido toda la vida hablando y leyendo en una lengua no materna, pero aunque crea controlarla, siempre cometerá errores y será traicionado por la memoria.

Escribir poesía, novelas, ensayos u obras de largo aliento, exige haber comenzado a vivir la lengua desde el seno materno, aprenderla día a día en la infancia escuchando a los progenitores y tíos que nombran por primera vez las cosas, conversando con hermanos, familiares y cultivarla en las arduas jornadas de educación primaria y secundaria, cuando el cerebro es receptivo a esos ritmos y músicas inolvidables que permenecerán vivos para siempre en el veloz juego de las neuronas.

Aun así, escribir en la propia lengua materna adquirida como una huella digital es una tarea compleja y hasta el más talentoso escritor puede ser muchas veces traicionado sin saberlo y sin quererlo, de allí la necesaria y dura tarea de corregir y revisar los textos muchas veces, dejarlos descansar en las gavetas y recuperarlos después para encontrar el tono definitivo o la excelencia máxima posible antes de la publicación.

Hay lenguas muy pragmáticas como la inglesa, o complejas como la alemana y la española, pero la francesa es sin duda una de las más alambicadas entre las occidentales, porque tiene reglas arbitrarias que deben saberse de memoria a través de la práctica, porque se han acumulado en siglos de uso sostenido en cortes, academias, plazas, tabernas, campos, villorrios, puertos o barriadas citadinas.

No entramos a considerar aquí lo que significaría para un occidental la utopía de llegar un día a aprender y luego escribir en idiomas como árabe, japonés o chino. De ahí que todo aquel escritor que salta de su idioma a otro se puede considerar como kamikaze, mártir o héroe. No es el caso del peruano, quien siempre ha ejercido en el ámbito de su amada lengua castellana.

Al ingresar a la Academia Francesa, creada por el cardenal Richelieu en 1635, Vargas Llosa cumple a los 87 años otro sueño literario más, ya insinuado antes al ser publicado en vida en la prestigiosa colección La Pléiade de la editorial Gallimard, donde aparecen con carácter póstumo las obras de los grandes clásicos franceses y extranjeros.

Pocos autores han logrado en vida tantas satisfacciones por su obra. Después de recibir múltiples grados honoris causa, ser traducido a muchas lenguas y obtenido los premios Cervantes y Nobel, al llegar a la añeja Academia Francesa llena de polillas, momias y fantasmas, se convierte en un caso de excepción que confirma la regla. Ni Molière ni Balzac ni Baudelaire ni Rimbaud ni Sartre accedieron con espada y uniforme a la vieja institución situada a orillas del Sena, remanencia gerontocrática del Antiguo Régimen. 
------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 5 de febrero de 2023.

sábado, 22 de octubre de 2022

CUARENTA AÑOS NO ES NADA

Por Eduardo García Aguilar

El 21 de octubre se cumplieron cuatro décadas del anuncio del Premio Nobel otorgado al autor de Cien años de soledad, quien ya era desde 1967 una estrella mundial de la literatura luego del éxito de su obra maestra, donde no solo se reconocieron todos los latinoamericanos ansiosos de afirmarse tras siglos de guerras, dependencia y miseria, sino también las poblaciones de varios continentes del llamado Tercer Mundo, aquejados por los mismos problemas de la colonización y el dominio imperial. 
 

La obra máxima del nativo de Aracataca salió en un coyuntura especial, un año antes de las revueltas juveniles de 1968 y las explosiones culturales que empezaron a derrumbar las inercias de un pasado patriarcal y autoritario en Estados Unidos y Europa. Empezaron entonces las súbitas reivindicaciones de los afrodescendientes liderados por Martin Luther King y Angela Davis en Estados Unidos y se inició el movimiento de liberación femenina que derrumbó siglos de inercia y sacó a la mujer de una minoría de edad permanente.    

En el Primer Mundo esa generación que luchaba contra la guerra de Vietnam, soñaba con la revolución, consumía marihuana y escuchaba y bailaba rock, reggae y salsa hasta el amanecer, quedó fascinada por el exotismo y las luchas sociales del Tercer Mundo encarnadas en la figura y la obra de Gabriel García Márquez, un atípico e irereverente escritor malhablado de bigote, pelo encrespado, camisas floridas y pantalones de colores chillones, muy diferente a los pomposos autores latinoamericanos de antes que usaban traje y corbata y ejercían de diplomáticos o políticos profesionales como Rómulo Gallegos, Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda.

 
El colombiano le sacó el cuerpo a todas esas formalidades y convertido en rock star dejó atrás el modelo de autor exquisito y aristocrático que representaban hasta entonces Jorge Luis Borges, el barroco José Lezama Lima y otros prohombres engolados y pomposos existentes desde el Río Bravo hasta la Patagonia, y se asoció con la revolución cubana, que entonces se encontraba en su apogeo en medio de la Guerra fría. 
 
Unido como emblema revolucionario a sus líderes Fidel Castro y al mártir Ernesto Che Guevara, que murió en Bolivia el mismo año de la aparición de Cien años de soledad, García Márquez se convirtió en otro ídolo y ascendió hacia la estratosfera como los poderosos cohetes Saturno V que llevaron al hombre a la Luna en 1969. García Márquez fue la otra cara de la moneda del Ché Guevara como mito crístico de la juventud rebelde latinoamericana y mundial hasta su paulatina difuminación en el siglo XXI. 
 

A diferencia de sus antecesores, el costeño reivindicó sus orígenes populares, la música vallenata y utilizó su fama y poder para promover el periodismo y cine latinoamericanos y desempeñarse como diplomático de facto de la Revolución cubana y mediador en complicados conflictos sociopolíticos latinoamericanos, al ser interlocutor escuchado y admirado de muchos presidentes de la región o incluso mandatarios de Estados Unidos o Europa.

   

En cierta forma García Márquez fue nuestro Victor Hugo y como él tuvo que huir al exilio cuando estuvo a punto de ser detenido en Colombia por su activismo político y periodístico y sus lazos ocultos y no ocultos con la insurgencia. Poco después obtendría el codiciado Nobel a los 54 años de edad y viviría el resto de su próspera vida en México en medio de la gloria, adorado como un patriarca o un semidiós hasta que fue alcanzado trágicamente por la terrible peste del olvido que aquejó también a los protagonistas de su obra mayor.

 
En un país y un continente que han vivido tantas guerras y desgracias, la figura patriarcal de García Márquez era un bálsamo que aliviaba los dolores y conjuraba la tradición del fracaso. Hasta su advenimiento todos los poetas, narradores y ensayistas del país habían muerto en la depresión, la pobreza y el olvido. 
 

Pero, oh paradoja, su éxito literario carbonizó como una deflagración meteórica la obra de varias generaciones de autores colombianos cuyos libros aparecieron y aparecen sin pena ni gloria desde hace décadas aunque sean notables y aun hoy todo gira alrededor de él. Sus contemporáneos vagan como fantasmas en un limbo de olvido y los autores posteriores nacen como estrellas muertas en un firmamento agotado, al mismo tiempo que se acaba la era de Gutenberg. 

Casi se podría decir que existe una religión en torno a su nombre y su imaginario. Y que un día habrá papa de Macondo, cardenales, obispos y sacerdotes que divulgarán los evangelios y ratificarán sus milagros. Sus personajes, sus gestos, sus mariposas amarillas y las imágenes creadas por su talento siguen tan vivas que inundan nuestros sueños y planean sobre el país como un gran fresco fundacional que nos detiene en un eterno presente sin tiempo. Y cuarenta años no es nada para el bolero fenomenal que fue su destino. Por eso desde el más allá, protégenos Gabriel, y ten piedad de nosotros, pues eres omnipotente, omnisciente, omnívoro, omniamoroso y omnipresente.   

-------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de octubre de 2022.


sábado, 17 de septiembre de 2022

MUJERES OCULTAS EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA




Por Eduardo García Aguilar

Las escritoras fueron desdeñadas durante el auge del llamado "boom" de la literatura latinoamericana y solo ahora en diversos países comienza a recuperarse del ocultamiento las obras de muchas de ellas. Cuando el club ultramachista de la literatura latinoamericana reinaba desde Barcelona, comandado por la gran matriarca Carmen Balcells, casi todas las mujeres que escribían y publicaban entonces alrededor de la corte de los poderosos patriarcas eran toleradas solo como personajes folclóricos.

A la gran novelista colombiana Alba Lucía Ángel (1939), autora de Estaba la pájara pinta estaba sentada en un verde limón, se le consideraba más como una cantante que amenizaba los ágapes de sus amigos del boom, entre ellos el argentino Julio Cortázar, quien acuñó el término de lector "hembra", o sea al que le gustan las lecturas fáciles. Ángel, que después de vivir décadas en Europa, regresó a Colombia, ha sido recuperada por varias universidades y mujeres de las nuevas generaciones que encuentran en ella un modelo a seguir. Como ella, también la indomable Fanny Buitrago (1943) es otra de las más notables autores latinoamericanas que comienza a ser publicada de nuevo y seguida por un atento público lector que saludó desde su juventud su talento precoz. Entre sus obras figuran El hostigante verano de los dioses y Los pañamanes.

Otra escritora destacable fue Helena Araújo (1934-2015), autora de Fiesta en Teusaquillo y Las cuitas de Carlota, donde cuestionaba el tradicional mundo bogotano y las costumbres sociales de la élite, cuando el divorcio era casi considerado un delito. Araújo se exilió en Suiza y a lo largo de su vida desempeñó un gran papel como profesora y ensayista y lúcida y a veces excéntrica participante en coloquios.
 
Para seguir en el campo de la narrativa colombiana habría que destacar a la barranquillera Marvel Moreno (1939-1995), autora de En diciembre llegaban las brisas y Algo feo en la vida de una señora bien, quien estuvo cerca al círculo del boom, pero nunca fue tomada en serio. Incluso décadas después de muerta  tuvo que organizarse un movimiento de mujeres que exigió la publicación de su última novela, El tiempo de las amazonas, considerada por su familia y su ex primer marido como una obra menor impublicable.

Otra narradora, periodista, activista literaria y política fue la liberal Flor Romero de Nohra (1933-2018), autora de Los triquitraques del trópico, quien pese a publicar en importantes editoriales españolas fue desdeñada hasta el final. En pleno auge del boom, fui testigo de ese desdén y ella, como muchas otras autoras contemporáneas de los grandes patriarcas, parecía invisible.

Elisa Mújica (1918-2003,) autora de las novelas Catalina y Bogotá en las nubes, fue una escritora de gran inteligencia, talento y seriedad como ensayista e investigadora, y su obra comienza a ser de nuevo rescatada y estudiada por las nuevas generaciones. Igual destino experimentaron en cierta forma poetas que como Meira del Mar (1922-2009) y Maruja Vieira (1922) tuvieron que cruzar el siglo XXI para que suscitaran de nuevo la atención de los lectores. En ese mundo dominado por los piedracielistas, otro club supermasculino, ellas solo fueron toleradas y tal vez tratadas con cortesía, pero en medio del desdén.

Me he referido solo a algunas autoras colombianas ocultas del siglo XX. Lo mismo ocurrió en otros países del continente, donde como en México el reino de los grandes patriarcas fue total, con figuras como Octavio Paz, Carlos Fuentes y otros que vívían la literatura como una competencia implacable. En ese país se ha venido revalorizando la obra de la gran narradora Elena Garro (1916-1998), ex esposa de Paz, que fue condenada al olvido y murió en el ostracismo y la pobreza meses después del fallecimiento del Premio Nobel autor del Laberinto de la soledad.

La gran novela de Garro, los Recuerdos del porvenir, publicada en 1963 y ganadora del Premio Villaurrutia, es una obra notable del realismo mágico de antes de la aparición de Cien años de soledad, pero no tuvo sitio en ese estricto canon patriarcal. Junto a la de Garro, se rescatan ahora las obras de Rosario Castellanos (1925-1974), Inés Arrendondo (1928-1989)  y Amparo Dávila (1929-2020), entre otras.

Muchas sorpresas saldrían si se hiciera el mismo rastreo de la literatura escrita por mujeres en otros países latinoamericanos en el siglo pasado y ojalá esa tarea sea apoyada por las universidades, instituciones culturales y editoriales para que por fin podamos decir adiós a la era dominada por el universo de Macondo, comandado por Aureliano y Jose Arcadio Buendía y los personajes emblemáticos de El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada y Memoria de mis putras tristes. 
---------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de septiembre de 2022
* En su orden de arriba a abajo, las fotos de Helena Araújo, Flor Romero y Marvel Moreno.


sábado, 30 de julio de 2022

VENEZUELA Y COLOMBIA CON AMOR

Por Eduardo García Aguilar
 
Con la histórica reunión de los cancilleres de Colombia y Venezuela en Táchira el jueves y la lectura del comunicado común que firmaron, se acelera la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países, pedida a gritos por millones de colombianos y venezolanos. A partir del 7 de agosto de 2022 los gobiernos nombrarán embajadores y cónsules para la atención de la población y de nuevo volverán a registrarse los intensos intercambios culturales y comerciales que han enriquecido desde hace siglos a este maravilloso espacio común del continente americano.

Bajo el liderazgo ágil del nuevo canciller colombiano Alvaro Leyva Durán, estadista de primer nivel que siempre ha tenido una visión estratégica por encima de las diferencias ideológicas, se sembraron así los nuevos pilares de una relación que sin duda nunca volverá a ser interrumpida. Desde hace milenios la diplomacia se ha ejercido para establecer puentes entre naciones afines o diferentes.

Basta leer sobre las viejas tabletas mesopotámicas o los códigos de la antigua Babilonia, acercarse a documentos milenarios chinos, indios, egipcios, japoneses, rusos, europeos, a los clásicos griegos y latinos, o volver a Los viajes de Marco Polo, para conocer de primera mano los benéficos oficios de la diplomacia en lejanos tiempos, ejercidos inclusive por personajes tan controvertidos como el mismísimo Atila.

En textos bíblicos, sagas milenarias, libros de caballería escritos durante Las Cruzadas o en el relato de la vida o los escritos de grandes diplomáticos como Maquiavelo, Mazarino, Richelieu, Chateaubriand, Metternich, Wiston Churchill, Henry Kissinger o Madeleine Albraight, entre otros muchos, podemos ver en acción los contactos entre representantes de países que se encuentran aliados o en conflicto, en guerras o en tiempos de paz.

Basados en ese milenario registro de la diplomacia, no había ninguna razón para que dos países con una frontera de más de 2.000 kilómetros estuvieran separados por una absurda cortina de silencio. El gran Henry Kissinger en su momento propició el histórico encuentro entre dos encarnizados enemigos: el presidente chino Mao Tse Tung y el estadounidense Richard Nixon. Y las fotos de ese encuentro aun sugieren muchas ideas a los estudiosos de la ciencia política. Así como las imágenes inolvidables de Churchill, Roosvelt y Stalin juntos en la Conferencia de Yalta, en Crimea.

Durante décadas millones de colombianos emigraron a Venezuela, que en los años 60 y 70, gracias al auge petrolero, era considerada una potencia regional y se apodada la Venezuela Saudita. Irse a Venezuela en busca de oportunidades era la solución para las familias colombianas que no encontraban en su país condiciones dignas para vivir, trabajar y educarse. Desde Venezuela, donde se otorgaba cada cinco años el Premio Rómulo Gallegos, que en esas décadas ganaron el peruano Mario Vargas Llosa y el colombiano Gabriel García Márquez, llegaban aires de modernidad a través de diarios y revistas o editoriales como Monte Avila o la Biblioteca Ayacucho.

Venezuela y Colombia son más que países hermanos, pues con Ecuador y Panamá conformaron en su tiempo la Gran Colombia, creada por el Congreso de Angostura en 1819 y que duró una década hasta su desmembramiento a manos de los caudillos locales. Grandes figuras como el precursor de la Independencia Francisco Miranda, el gramático y humanista Andrés Bello y El Libertador Simón Bolívar hacen parte del acervo común, como lo muestra el hecho de que en todas las plazas colombianas esté presente la estatua del mítico caraqueño.

Figuras como Teresa de la Parra, Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Vicente Gervasi, entre otros muchos autores, han nutrido desde siempre el imaginario colombiano. Y Venezuela acogió en sus mejores momentos a muchos artistas y escritores colombianos, entre ellos el Premio Nobel Gabriel García Márquez, quien trabajó allí en la prensa tras su regreso de Europa. También allí hizo su vida la filósofa y escritora manizaleña Valentina Marulanda (1950-2012), autora de La razón melódica, quien vivió allí tres décadas y falleció en esa tierra escogida a donde ella decía que llegó por amor.

Valentina Marulanda es pues un emblema y un ejemplo de esa más que hermandad colombo-venzolana. En varias ocasiones dijo que le gustaba Caracas porque siendo una urbe de rica actividad cultural, tiene además el atractivo de estar cerca del mar Caribe, cuyos efluvios se sienten ya en el aeropuerto de Maiquetía. Sin duda ella estaría hoy feliz por el restablecimiento de las relaciones diplomáticas.

Se inicia pues una nueva era en la historia de estos dos países gemelos y todos los venezolanos que aman a Colombia y los colombianos que amamos a Venezuela debemos hacer esfuerzos para que al reabrirse las fronteras vuelva a florecer esa riqueza cálida que se hunde en los tiempos prehipánicos, cuando por montañas, ríos, valles y extensos llanos descritos por Humboldt transcurría la vida de los pueblos ancestrales entre la naturaleza, que es su bien más preciado.
-----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 31 de julio de 2022.

   



domingo, 26 de junio de 2022

CONSAGRACIÓN DE GUSTAVO PETRO

Por Eduardo Garcia Aguilar

Un gran alivio se sintió en Colombia con la elección de Gustavo Petro como presidente después de décadas de encarnizada lucha por llegar al poder. Los grandes adversarios del nuevo mandatario no tardaron en reconocer su victoria y están ahora dispuestos a reunirse con él para dialogar o incluso a colaborar en la implementación del proyecto social que tiene planeado.

Al día siguiente fue saludado por el Secretario de Estado estadounidense Anthony Blinken y horas después recibió una calurosa llamada del presidente demócrata Joe Biden, quien conoce la trayectoria de Petro y sabe que grandes sectores de su partido reconocen su talante de gran estadista y coinciden con muchos de los puntos de su ideario, inscrito en la social-democracia, el empuje keynesiano y el activismo ecológico, que es una de las banderas del gobierno estadounidense bajo la férula del ex secretario de Estado John Kerry y de centenares de países preocupados por el destino del planeta.

Salvo algunos recalcitrantes muy sectarios, envidiosos o fanáticos, los líderes políticos del viejo establecimiento descansaron con el desenlace de estas elecciones históricas, que culminan con más de medio siglo de enfrentamientos animados por el objetivo ultramontano de impedir a toda costa que la izquierda, incluso moderada, llegara al poder y que nuevas generaciones pudieran asumir las riendas del país después de realizar por mérito propio estudios universitarios o ejercer por mandato electoral altas dignidades parlamentarias y ejecutivas.

Durante décadas los viejos dirigentes del establecimiento colombiano hicieron todo lo posible por impedir el ascenso de Gustavo Petro. Pero ahora reconocen que él les ganó la partida como otros grandes políticos de la humanidad que tras décadas de lucha, cárcel, calumnias y hostigamientos de todo tipo acceden en franca lid al poder aupados por una fenomenal oleada de rebelión democrática popular. Pienso en Nelson Mandela, François Mitterrand, Luis Inacio Lula da Silva, Dilma Roussef, Pepe Mujica y Andrés Manuel López Obrador, entre otros que sortearon con éxito las siete vidas del gato.

Los adversarios más encarnizados que hasta hace unos días lo consideraban un demonio, reconocen que Gustavo Petro pasa a la historia e inicia ahora un camino no solo como líder nacional sino como figura de gran rango en el panorama de los estadistas latinoamericanos. Petro luchó de joven como tantos otros colombianos por la justicia social y vio morir a miles de valores de su generación exterminados por las fuerzas oscuras. Después emprendió estudios de Economía en la Universidad Externado de Colombia y viajó por el mundo, conectándose con las nuevas corrientes del pensamiento. Además es gran lector de literatura y ensayos y escribe muy bien.

Dotado de gran inteligencia, elocuencia notable y gran capacidad oratoria, Petro nunca desfalleció ante los ataques y llevó la flama de su ideario hasta lo alto, mostrando en el último tramo de su lucha una gran serenidad ante los sucios ataques de los poderosos medios venales capitalinos. Ahora Colombia sube de rango internacional con esta figura que toda la prensa mundial saluda en las primeras planas. Su consagración es más que merecida y es el fruto de una lucha honrada e idealista de más de cuatro décadas. Esa experiencia le dará fuerza y sabiduría para enfrentar los muchos obstáculos y reveses que sin duda tendrá su mandato.

Pues bien, Colombia tendrá al mando ahora a un estadista que hablará de tu a tu con Estados Unidos y Europa mirando al futuro y ejercerá liderazgo en la región latinoamericana que vive ahora una nueva era. Ya no seremos el hazmerreír que fuimos en el último cuarto de siglo y especialmente en los últimos años. Petro abre fronteras rotas y va al grano al propiciar con urgencia la creación de instituciones educativas para miles de jóvenes marginados que sueñan con crear un nuevo país más justo y moderno.
 -----
 
Publicado en La Patria. Manizales, Colombia. Domingo 26 de junio de 2022.

domingo, 22 de mayo de 2022

UN TEJEDOR MEXICANO DE PALABRAS

Por Eduardo García Aguilar
Alfonso Reyes fue uno de los más notables escritores y humanistas latinoamericanos (1889-1959), que dedicó su vida a crear puentes y vasos comunicantes permanentes entre las letras latinoamericanas y europeas al calor de la maravillosa lengua castellana, de la que fue un gran defensor y difusor.
     El autor de "Visión de Anáhuac", "Simpatías y diferencias", "El deslinde" e "ifigenia cruel" fue un hombre dedicado al ejercicio de la literatura en todas sus facetas, como una forma de conjurar los fantasmas de su época, marcada por dictaduras y revoluciones sucesivas que vivió desde muy temprano, pues su padre, el general Bernardo Reyes, fue protagonista de esos acontecimientos y murió acribillado al intentar tomar el Palacio Nacional, en 1913, en medio de turbias intrigas políticas.
     Antes de la Revolución ya había conocido a ese otro gran humanista, el dominicano Pedro Henriquez Ureña, junto al cual inició en el Ateneo de la Juventud intensas actividades académicas y creativas que se difundían en revistas de comienzos de siglo XX, como la recordada Savia Moderna. 
    A raíz de la catástrofe política de su país y afectado por la muerte de su padre, Reyes fue enviado en un velado destierro a París, donde inició su larga carrera diplomática. Allí tomó contacto con las letras francesas en medio del auge artístico que ardía en ese entonces en barrios como Montparnasse, donde conoció a la legendaria Kiki de Montparnasse, quien le hizo una divertida caricatura que se muestra en el catálogo. Y desde entonces tejió lazos con los hispanistas franceses encabezados por Valéry Larbaud, el autor de Fermina Márquez.
    
Pero luego Reyes fue cesado junto a todo el cuerpo diplomático mexicano y por fortuna recaló en la Madrid de la época, ciudad que buscaba conquistar con el talento de su escritura. Allí traba relaciones múltiples con escritores como Enrique Díaz Canedo, Juan Ramón Jiménez, Amado Alonso, Jorge Guillén, Américo Castro y se dedica a publicar, traducir y escribir artículos para la prensa y las revistas literarias.
     A partir de 1920 reanuda su carrera y desde entonces, a lo largo de su vida, fue embajador de México en Francia, Brasil y Argentina, países donde se dedicó a difundir y hacer vibrar el español y a establecer puentes con todos los hombres de pensamiento de un lado y otro del mar. En Buenos Aires conoció a Victoria Ocampo, quien dijo que "algo muy especial en Alfonso Reyes era su sonrisa; sonrisa como de inteligencia. Alguna vez escribió que había sido coleccionista de sonrisas y que dejó de serlo porque un día se sorprendió dando un pésame con una sonrisa (...). Entonces empezó a desconfiar de la sonrisa y se hizo coleccionista de miradas".
    
En Brasil tuvo la difícil tarea de acercar en los años 30 a ese enorme país con la cultura latinoamericana hispanófona, ya que en ese entonces ambos mundos carecían de puentes sólidos y casi se daban la espalda, como lo indica Regina Crespo en un ensayo del catálogo sobre la vida diplomática del mexicano. 
    Fue un modesto y generoso que abogó por una escritura diáfana y transparente capaz de comunicar las ideas con serenidad y hondura. Más que brillar deseaba comunicar y abrir puertas a libros ignorados o autores olvidados. Con Reyes el artículo, el ensayo, el fragmento, el poema, parencen flotar de tan livianos y esenciales, por lo que alguien dijo, sin ironía, que fue tan modesto y generoso en su ejercicio gozoso de escritor que no quiso escribir ninguna obra genial.
    Al regresar a su país en 1938 fue clave en la fundación de nuevas instituciones como el Colegio de México, fundado con la participación de importantes autores y pensadores del exilio español,  y reinó luego desde la llamada "Capilla Alfonsina", su residencia situada en el barrio de la Condesa, enorme lugar casi sagrado donde tenía una biblioteca, cientos de objetos coleccionados en sus viajes, miles de cartas y donde escribió sin cesar y recibió a toda la intelectualidad de la época y a los jóvenes que lo admiraban mientras se iba extinguiendo o era asediado por los ataques cardíacos.
    Reyes era un hombre redondo, bajito, de bigote, de buenas maneras, tolerante, nunca tentado por los excesos ni por los extremos, algo que hoy no es muy común entre sus congéneres latinoamericanos o españoles. 
    Estaba atento a la creación de sus colegas, listo a traducir clásicos o autores contemporáneos, ejercía la poesía, el teatro y en múltiples textos abordó temas que iban hasta la culinaria. Fue un tejedor de palabras y su ejemplo puede ser útil ahora cuando la aceleración mercantilista y utilitaria de la literatura impide reflexionar a fondo o gozar de los fragmentos y los destellos de la lengua en movimiento.
-----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de mayo de 2022.