domingo, 13 de enero de 2019

EL EJEMPLO DE JOSEPH CONRAD

Por Eduardo García Aguilar
Joseph Conrad dice que debe a su amigo Edward Garnett el haber proseguido en su magnífica carrera literaria después de la publicación de su primera novela La locura de   Almayer en 1895, a la edad a los 38 años. Basado en sus experiencias como marino por el mundo, decide continuar explorando las vidas cruzadas y escribe Un paria de las islas (1896), a la que siguen El corazón de las tinieblas (1899), El negro del Narciso (1897), Lord Jim (1899), Nostromo (1904) y muchas otras que escribe hasta su muerte el 3 de agosto de 1924.
Garnett fue su primer amigo del mundo literario, pues hasta entonces había compartido con los compañeros de los barcos, que tan bien describe con lucidez en el Espejo del Mar, uno de sus más bellos libros, tratado filosófico del viaje sobre la inmensidad cóncava de los océanos. Dice que caminaban por Londres y ante las dudas de Conrad sobre si continuar o no escribiendo novelas, éste le dice que por qué no "escribir otra", en un tono liviano, lejos de las cargas y las culpas.
"Usted tiene el estilo, el temperamento, ¿porqué no escribir otra?, le dice el amigo en alguna esquina de Londres mientras caminaban y a las once de la noche, cuando regresa a casa, escribe la primera página de su nueva novela. El paria de las islas es escrita sin grandes dudas, a diferencia de otras historias que fueron comenzadas y abandonadas por largos periodos y a veces al parecer definitivamente para retornar finalmente a ellas. 
Conrad dice que la historia de Willems, el personaje abandonado en una isla, es la más tropical de todas sus obras, pero que durante su escritura requirió para escribirla más de imaginación que de afecto por ella, con lo que toca un punto clave para quienes alguna vez han sufrido el suplicio de escribir novelas. Se ha dicho que para escribir novelas, a diferencia de la poesía, se requiere un 5% de talento nada más y 95% de trabajo. Como ocurrió con Conrad, el destino de un novelista pende de un hilo frágil porque el motor fundamental de su trabajo es la voluntad en la factura de bloques de largo aliento que requieren por lo regular años de inicios y rechazos, como si el embrión fuera un monstruo instalado en el vientre del escritor que es necesario expulsar.
Los autores de novelas crean esos primeros embriones, pero en el proceso sienten náuseas por ellos y deseos de no continuar en la tarea pues les causa repugnancia la historia, el tono, el ángulo, el punto de vista o eso que llaman estilo. A medida que avanza en la escritura de su obra, el novelista experimenta crisis sucesivas cuando llega a las 30, 70 o 120 páginas de un texto que en cualquier momento puede ser lanzado al tacho de basura.
Y de pronto hay una luz cuando la masa crece y logra vencer la fuerza de gravedad del descreimiento, lo que ocurre cuando por fin, después de años de trabajos y abandonos logra concretar una primera versión de la historia, que es solo la primera etapa de un nuevo proceso de versiones que van y vienen y al final terminan por saturar a quienes las escriben, hasta el punto de ya no están en condiciones de tener un criterio claro sobre lo producido.
Muchos autores de novelas quemaron alguna vez sus manuscritos cuando no existían los ordenadores y memorias virtuales. Y hay que creer en sus versiones porque la duda los asalta siempre hasta el final, como ocurrió con el forastero polaco que adoptó el inglés como su lengua de escritura. A veces conversar con un amigo o confiar en un editor milagroso ayuda a llegar al punto de no retorno, cuando el novelista pone un punto final definitivo y se deshace del manuscrito para que pase a las letras de molde.
Cuando llegan las pruebas, el autor sabe que el monstruo ha muerto por fin y que de ahora en adelante la historia quedará congelada en un tiempo sin tiempo, como en un bloque de hielo del Ártico o el Antártico y que la obra ya no le pertenecerá ya nunca más. Liberado al fin de la enfermedad, podrá entonces volver como Sísifo a cargar la piedra por las lomas de la montaña y comenzar de nuevo en un eterno retorno.
Cada una de las obras de Joseph Conrad nos sacude y nos marca para siempre. Afortunado él que desde muy temprano experimentó el misterio de ser un forastero permanente que viajó por los mares y llegó a los puertos más alejados del mundo para ser testigo de las historias más terribles, penetrando en el alma de los humanos y sus derivas, codicias, guerras y traiciones.
Solo en su camarote en las largas noches del mar nocturno, sentado en cubierta frente a una mesa donde humea el té o brilla el corazón del vino, enfrentando tifones y amenazas, penurias,  quiebras, abandonos, reconociendo paraísos y esplendores, tráficos innombrables y delitos inconfesables, el profesional del mar captó la verdad humana en esos viajes sin fin que nutrieron su imaginación. El globo terráqueo fue su vivienda y el firmamento nublado o estrellado el único recurso posible para imaginar una salida de la trampa de la vida. Conrad es y será el hermano mayor de los novelistas, esos mártires que naufragan y son expulsados por la ballena en las playas del tiempo.  

lunes, 7 de enero de 2019

LA JUVENTUD PERMANENTE DE HÉCTOR SÁNCHEZ

Por Eduardo García Aguilar
Después del fallecimiento reciente de Alonso Aristizábal y Roberto Burgos Cantor, se ha ido en la pasada Navidad otro gran autor colombiano de la generación postmacondiana de los nacidos en la década de los 40 del siglo pasado, el tolimense Héctor Sánchez (1940-2018), oriundo del Guamo y quien residió largas temporadas en México, Argentina y España, lugares donde publicó la mayor parte de su obra. Tuve la fortuna de verlo y conversar largo con él en la Feria del libro de Bogotá en abril del 2017. El reencuentro se dio con toda la naturalidad y nos escapamos del bullicio de la feria con otro amigo suyo a almorzar en un amplio restaurante situado en uno de los edificios de Corferias. Al calor del vino y la buena mesa, Sánchez desplegó esa cordialidad impar que lo caracterizaba e hicimos un recorrido amplio de las cosas vividas y leídas. 
A él lo vi por primera vez en Barcelona en 1976, ciudad donde trabajaba en el próspero mundo editorial e incluso televisivo, cuando la llamada ciudad condal era el centro literario de Hispanoamérica. En ella residían otros autores colombianos de su generación también ya desaparecidos como Óscar Collazos, Miguel de Francisco y R.H Moreno-Durán, así como Luis Fayad y Ricardo Cano Gaviria, y otros más jóvenes de la generación posterior como Sonia Truque y Manuel Giraldo Magil. Y en la calle Caponeta del lujoso barrio de Sarria vivía Gabriel García Márquez, que se había trasladado allí para escribir El otoño del patriarca y tomar distancia de México, a donde regresó después para quedarse hasta siempre.Los escritores jóvenes acudíamos a Barcelona para sentir la efervescencia del boom latinoamericano lanzado por la agente literaria Carmen Balcells y estar cerca de muchas de las glorias literarias de la literatura escrita en castellano y degustar en las librerías de las Ramblas la aparición incesante de novedades. García Márquez en plena gloria era una especie de demiurgo celestial al que pocos tenían acceso, salvo Collazos y Sánchez, y los que apenas estábamos en nuestros primeros veintes y emprendíamos la aventura literaria antes de publicar nuestros primeros libros, no nos quedaba más remedio que imaginar al maestro en su olimpo de gloria, rodeado de las exquisitas estrellas mediáticas de la llamada izquierda divina catalana. 
Collazos y Sánchez eran las dos estrellas colombianas jóvenes del momento. Óscar vivió en París el mayo del 68 y con su prestigio de seductor proveniente del Valle y de Cali, era ya famoso por sus aventuras o relaciones con escritoras y editoras famosas, entre ellas una que llegó a obtener el Premio Nobel en este siglo XXI. Collazos había polemizado por lo alto con Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa y desempeñado ya un importante papel editorial en Casas de Las Américas de la Cuba revolucionaria que estaba de moda y aun no se había convertido en una larga y gris dictadura.
Por su lado Sánchez ya había vivido y publicado en México en la prestigiosa editorial Joaquín Mortiz y a su vez tenía la aureola de haber tenido aventuras y amoríos famosos, entre ellos uno con una diva en cuya casa el Che Guevara y Fidel Castro fraguaron los primeros pasos de la revolución, antes de viajar en el famoso barco Granma. En el México de los 60 Sánchez fue muy cercano a Álvaro Mutis y a García Márquez, o sea que junto con Óscar Collazos pertenecían al club de los cercanos al olimpo. Ambos por fortuna nunca perdieron la cabeza y a lo largo de sus vidas fueron generosos amigos y nunca olvidaron sus orígenes populares.

Héctor Sánchez se inició con Cada viga en su ojo en 1967, ganó luego el Premio Esso de novela en 1969 con Las causas supremas y publicó entre otras obras Las maniobras (1969), Los desheredados (1973), Entre ruinas (1987), finalista del Premio Rómulo Gallegos, y Mis noches en casa de María Antonia (2017). 

Veo a Héctor Sánchez en esos veranos barceloneses sentado a la mesa, bronceado, con las vestimentas modernas que siempre lo caracterizaron, departiendo con escritores más jóvenes a quienes ayudaba a buscar trabajo e incluso hospedaba cuando se quedaban sin casa, tal y como lo relata Magil. A él lo veíamos siempre como a un hermano mayor en esta aventura literaria, cuando aun no sabíamos que Colombia se hundiría poco a poco en oleadas cíclicas de horrores sin nombre que borraron poco a poco la luz artística que reinó en aquellos tiempos de esperanza y fervor cultural marcados por la revista Eco y la emergencia de una generación apasionada de escritores conectados con las letras modernas del mundo. 

Todo ese escenario prodigioso de los escritores colombianos de Barcelona se desmoronó poco a poco. Las puertas editoriales se fueron cerrando y casi todos regresaron a la boca del lobo de Colombia, donde terminaron sus días olvidados por un país donde la cultura de los narcos y los paramilitares terminó por devorarlo todo e incluso hasta la literatura. 

En nuestra conversación bogotana lo expresaba con total lucidez y sentido del humor. Tanto él como otros muchos excelentes autores colombianos de su generación vivieron sus últimos años en un exilio interior, pero a diferencia de otros que pudieron o pueden sentir decepción, rabia o amargura por el hielo de la patria colombiana madrastra donde la vulgaridad y la ignorancia arrasan con todos los poderes y las instituciones, donde solo se intercambian anatemas e insultos proferidos por fanáticos de uno u otro bando, donde el arribismo y el bling blig del oro corrupto es el objetivo nacional, Héctor estuvo hasta el final animado por una cálida luz interior, como si fuera un santo iluminado con su sonrisa a flor de piel y un sentido del humor a toda prueba. Un caballero, diría su amiga la cantante tolimense Olga Valkyria. 

Héctor Sánchez se ha ido, pero sus obras están para leer en las bellas ediciones de la editorial Pijao, encabezada desde hace medio siglo por los quijotescos hermanos Pardo, Carlos Orlando y Jorge Eliécer, quienes fueron con Benhur Sánchez y otros allegados sus más cercanos amigos en el retiro de Ibagué y quienes crearon para él un pequeño olimpo literario activo y caluroso en su tierra natal. El gentleman Héctor Sánchez seguía siendo el exitoso joven de siempre y nadie al verlo hace poco podía imaginar que ya se estaba acercando a la venerable edad de los 80, cuando los más sabios saben que se encuentran más allá del bien y del mal.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 6 de enero de 2018.


viernes, 28 de diciembre de 2018

LA BODA CHINA DE HOUELLEBECQ

Por Eduardo García Aguilar
Michel Houellebecq es el escritor francés contemporáneo más exitoso y cercano a la farándula, pese a que su obra es irreverente como pocas y ha cimbrado el establecimiento literario con cada novedad. Después de la aparición hace casi ya cuatro años de Sumisión, una novela que imagina a una Francia dominada por los islamistas y cuyo lanzamiento coincidió con el terrible atentado contra la revista Charlie Hebdo, anuncia para enero su nueva novela Serotonina, sobre el tema del amor y el deseo, marcados por esa sustancia corporal.
Y como era de esperarse, Houellebecq se ha anticipado a la salida de su obra con el espectáculo de su boda reciente con una china de Shangái, Qianyun Lysis Li, quien lo conoció cuando elaboraba una tesis sobre él. Ataviado con frac y sombrero tirolés, el personaje salió de la alcaldía del barrio XIII en la Plaza de Italia del brazo de su joven y misteriosa consorte, y después celebró una recepción en la que estuvieron presentes muy conocidos personajes de la farándula parisina como la cantante Carla Bruni, exprimera dama de Francia.
Houllebecq saltó a la fama con Las partículas elementales, una obra excelente donde cuenta las desgracias de su alter ego, un infeliz, desgarbado, feo, tímido y fracasado muchacho aplastado por la figura de sus padres hippies e irresponsables que lo concibieron en 1958 y le hicieron vivir una infancia solitaria y atroz.
El autor ha cultivado una figura infame que es lo contrario de lo exigido en este mundo de estrellas y glamour cinematográfico. Es algo jorobado, mueco, pierde su caja de dientes con frecuencia en las fiestas, su cabello hirsuto, la nariz aguda de garfio y las vestimentas amplias y arrugadas de colores horrendos le dan la apariencia de un viejo indigente destrozado por el alcohol, el hambre y la droga.
Como buen experto en marketing, Houellebecq siempre ha acentuado tal imagen de hombre desgraciado e infeliz al acercarse la salida de cada uno de sus libros. Con esa apariencia se presenta en los programas de televisión o posa para los fotógrafos de las revistas o los periódicos para ilustrar sus declaraciones, siempre lúcidas y atinadas.
La imagen suya es una mezcla del viejo Paul Léautaud, ensayista y diarista conocido en la primera mitad del siglo XX, y del genial novelista Louis Ferdinand Céline. De Léautaud cultiva los sombreros de espantajo y el descuido facial y de Céline la apariencia fracasada que llevó hasta su muerte después de que cayó en desgracia por apoyar a los nazis y la invasión de su país. 
Nada en su vida anterior indicaba que Houellebecq saltaría a la fama y a convertirse en el más prestigioso escritor francés actual, incluso más que los dos Premios Nobel vivos Jean Marie Le Clézio y Patrick Modiano, pertenecientes ambos a una generación anterior. Con estudios mediocres de agronomía, el autor era un burócrata de bajo sueldo que completaba su fines de mes publicando artículos en algunas revistas literarias.  
Sin éxito con las mujeres, depresivo y tímido como sus personajes, Houellebecq hubiera podido pasar sin pena ni gloria después de la publicación de sus primeros libros, como otros miles de autores de este país donde cada temporada se publican al menos 1.500 novelas nuevas. Pero al relatar las penas de su generación y describir con cinismo la farsa del mundo contemporáneo con sus miedos y fantasmas conquistó al público y a la crítica. Pocos habían demolido de esa manera y desde su literatura a sus padres y a la generación de los revolucionarios progresistas surgidos de mayo de 1968, discípulos de Jean Paul Sartre Sartre y el Che Guevara.
Gran lector, conocedor profundo de la literatura y la historia de su país, exquisito estilista, Houlllebecq se convirtió en el ícono de quienes detestan el progresismo revolucionario y abogan por un neoconservadurismo que proteja al país de la amenaza de las migraciones, el islamismo, la frivolidad farandulera y el derrumbe de la cultura tradicional francesa ancestral y blanca, aplastada por las expresiones de los suburbios y el comunitarismo de los ghettos que se niegan a adaptarse y conservan de manera aislada sus propias costumbres y creencias.
Esta vez Houllebecq, ya millonario, famoso, traducido a todas las lenguas, ganador del Goncourt y reconocido y aplaudido por todos, está muy feliz. El sexagenario se ha puesto el frac, ha embarnecido y sonríe al darle una flor a su esposa ante las cámaras fotográficas. El autor de otras novelas como La carta y el territorio y La posibilidad de una isla, así como de una original obra poética y varias películas, conciertos de rock y exposiciones, merece la felicidad. Con su nueva apariencia, Houellebecq nos muestra que la literatura también puede llevar a los escritores hacia un inesperado final feliz.
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Publicado el domingo 23 de diciembre de 2018 en La Patria. Manizales.  Colombia. 

domingo, 28 de octubre de 2018

LA FIESTA MEXICANA DE LOS MUERTOS

Por Eduardo García Aguilar
Por estas fechas dominadas por el Halloween anglosajón, en todo México y en las principales capitales del mundo donde las representaciones diplomáticas de ese país promocionan con entusiasmo actividades culturales relativas a esta costumbre excepcional, se hacen ya los preparativos para celebrar la fiesta de los muertos, que se hunde en la más profunda tradición prehispánica del inframundo indígena desde hace milenios y que tras la conquista española y la llegada del cristianismo, impuesto a sangre y fuego, se ha transmutado en la expresión de un fascinante sincretismo. 
Cuando llegué a México me sentí inmerso de inmediato en un mundo para mí nuevo donde pese a las invasiones española, francesa y estadounidense, la cultura prehispánica seguía viva tras múltiples máscaras y velos. El inmenso cuadro de La Virgen de Guadalupe, también llamada la Virgen morena, patrona y madre nacional, que según la leyenda se le apareció al indio Juan Diego, fue la solución encontrada por los clérigos hispanos para tratar de reconvertir la deidad femenina ancestral prehispánica en una aceptable virgen católica que medio milenio después moviliza cada año a decenas de millones de fieles.
Al visitar el templo de Cholula, cerca de Puebla y ver el tejido barroco abigarrado de miles de rostros de angelitos indígenas muertos esculpidos en las paredes y columnas y que culminaba en las alturas y en los ábsides con una pléyade de angelitos rubios, se comprendía de inmediato que las autoridades eclesiásticas no tuvieron más salida que dar libre vía a la imaginación de los artesanos locales en pleno siglo XVI, concretando así el sincretismo de ambos mundos. Para tratar de sanar la herida, los clérigos los dejaron representar en la iglesia los rostros de sus congéneres masacrados por las huestes de Hernán Cortés, culpable de un genocidio sin nombre. 


A diferencia de otras conquistas de potencias europeas en países del sur donde el exterminio de los indígenas fue casi total, en México los españoles encontraron verdaderas civilizaciones milenarias, con estado, príncipes y princesas, burocracia, religión oficial, escuela, ciencia, escritura, médicos, geómetras, arquitectos, poetas y chamanes, algunas de las cuales ya habían florecido y se habían extinguido centenares de años antes, como olmecas, toltecas, mayas, mixtecos y zapotecos, entre otras muchas culturas, que construyeron pirámides y templos ceremoniales gigantescos como los de Teotihuacán, Palenque, Chichen Itzá o Monte Albán. 
Los aztecas eran solo recientes y violentos advenedizos del norte que se habían instalado y a su vez creado una cultura sincrética basada en esas antiguas civilizaciones desaparecidas. En el enorme territorio vivían millones de individuos y con ellos los españoles decidieron construir una Nueva España en Tierra Firme con ciudades, palacios y catedrales más grandes y lujosas inclusive que las de su tierra original, como puede atestiguarse hoy cuando se visitan los centros históricos de la Ciudad de México, Zacatecas, Oaxaca, Puebla, Querétaro y Morelia, etcétera. Por su potencia demográfica, ni con las enfermedades ni con las armas los españoles pudieron exterminar a todos los indígenas mexicanos, como sí ocurrió en otros lugares de América Latina o en Norteamérica, donde los caras pálidas los arrasaron y despojaron casi por completo.


En el México profundo de los pueblos y aldeas de los diversos estados de la Federación esa huella es profunda y en la actualidad los usos y costumbres milenarios están vivos y se perciben en la gastronomía, los textiles, las músicas, las danzas y las lenguas que practican. En esos pueblos decenas de fiestas prehispánicas han sido respetadas por los poderes de la colonia española y los posteriores, de manera que son una sucesión interminable de ágapes los celebrados por la población autóctona en honor a sus dioses y diosas y en homenaje a todo tipo de elementos como los astros, el agua, el fuego, la lluvia o el inframundo creador.
Entre esas fiestas, la de muertos es la más conocida y la que más ha fascinado a los visitantes externos, especialmente a cronistas, fotógrafos, cineastas y escritores de lo exótico. Todos los camposantos del país se abren el 1 y el 2 de noviembre, una noche para homenaje de los difuntos niños y el día y la noche siguiente para los muertos adultos y sobre las tumbas adornadas con lujo de detalles barrocos se instalan altares con las comidas, licores y otras preferencias de los seres queridos desaparecidos. 
Los cementerios se vuelven una fiesta desbordada e inolvidable. Músicos en todos los rincones, iluminación total de las tumbas por los medios posibles, incluso el traslado de plantas eléctricas, repartición gratuita de alimentos y licores, por lo que hacia el amanecer muchos de los asistentes salen ebrios. Toda la noche y parte de la madrugada la convivialidad es la regla alrededor de los manteles desplegados sobre las lápidas y el camposanto, lejos de ser un lugar tétrico como en el resto del mundo, se vuelve un sitio familiar y querido donde al fin y al cabo todos algún día iremos a parar. Las frutas y las flores, en especial el cempasúchil, abundan e inundan con su colorido el ámbito sagrado.


Vivir la fiesta de los muertos en cualquiera de los miles de pueblos mexicanos es una experiencia enriquecedora que nos reconcilia con la vida. Cada año, durante el tiempo que viví en México, asistí a alguna celebración en el lugar donde me encontrara y varias veces fui a Mixquic, pueblo cercano a la capital donde la fiesta ya se sale de los cementerios e inunda las calles hasta al amanecer con todo tipo de representaciones, disfraces, grupos de música, y expendios de todo tipo de exquisiteces, artesanías, calaveras de azúcar, ataúdes de chocolate y licores. Ahí la fiesta de los muertos es un himno a la vida y una invitación a disfrutarla. 
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* Publicado el domingo 28 de octubre de 2018 en el diario La Patria. Manizales. Colombia.

viernes, 26 de octubre de 2018

RELATOS DE LA VIDA EN EL ABISMO

@Hidiro
Por Eduardo García Aguilar
En todas partes hay escritores que surgen de sus propias ruinas y se izan a veces tardíamente hacia la literatura inspirados en autores de otros tiempos que se debatieron entre la vida y la muerte, la depresión, la droga, la deriva, el deseo de terminar de una vez por todas con la vida. Cuando pasan el precipicio y sobreviven a la autodestrucción, suelen inspirarse en sus propias historias para contar lo vivido sin necesidad de recurrir a la ficción.
Hace poco cayó en mis manos el libro Eva, de Simon Liberati, quien como tantos de su generación, devoró sus primeros años de juventud en los 70, 80 y 90 del siglo pasado en la rumba y el desenfreno de quienes agotaban la noche en las espléndidas discotescas parisinas de otros tiempos como el mítico Palace, sobre el cual ya se han escrito libros y se han inspirado novelas.
Así como en Nueva York la generación de Andy Warhol y la farándula rockera de esos tiempos se diviertía en el Estudio 54 y dormía en el Hotel Chelsea no lejos de Patti Smith, el Palace fue el epicentro de la diversión de una juventud dorada que no tenía límites. Allí en esos antros podían cruzarse con Yves Saint Laurent, modelos, estrellas de rock estadounidenses o londinenses de paso, mafiosos, play boys, millonarios, traficantes y vividores y mitómanos de toda laya.
Muchos de los protagonistas de esas noches interminables fueron atacados por todos los males, el principal de los cuales el sida, y se desgranaron hacia la muerte prematura aniquilados por el abuso de los estupefacientes, el insomnio como oficio, la depresión y los excesos sexuales. Larga es la lista de las novelas o testimonios escritos por muchos de los sobrevivientes, entre los cuales se destaca Virginie Despentes, autora de la saga Vernon Subutex y King Kong Theorie, entre otros libros de éxito generacional.
La gran moda hoy en la literatura francesa es contar su propia vida y mientras más trágica mejor. Esa moda surge desde que Catherine Millet escribió y logró hace lustros un éxito fenomenal con Catherine M, donde relataba miles de experiencias sexuales vividas en esos tiempos de desenfreno. Contar su propia vida, basarse en tragedias familiares, dramas y sufrimientos sexuales experimentados es la nueva y sólida tendencia literaria. Antes de que esta ola apareciera se solía escribir con seudónimo como en los tiempos de la Marquesa de O.
Así toda una serie de autores homosexuales dejaron el testimonio de su lucha contra el sida y la desaparición de sus seres amados, mientras otros como Christine Angot basa su obra en el trauma vivido del incesto, tema que la llevó al éxito desde 1999 y que aun sigue presente en sus libros. Angot y otros autores hombres y mujeres relatan en cada uno de sus libros su vida cotidiana, las peripecias de sus matrimonios o la sucesión de los amantes.
El mundo editorial comercial ha encontrado ahí una cantera excelente para lograr ganancias y esa tendencia se impone en las principales lenguas. En castellano, italiano, inglés, portugués, islandés, danés, alemán, sueco, proliferan las autoficciones que tanto gustan al lector voyerista. Unos cuentan el asesinato de su padre, otros el suicidio de un hijo, la enfermedad de un cónyuge, aquellos el secuestro, la cárcel, los maltratos sufridos en la familia, o los abusos en la infancia a manos de adultos. 
Virginie Despentes, quien ahora es jurado del premio Goncourt y tal vez algun día llegue a la Academia Francesa, fue violada y se prostituyó de joven, lo que contó en su primer libro de éxito. Edourd Louis, de 24 años de edad, logró hace poco un gran éxito y ha sido traducido a muchas lenguas con el libro donde cuenta una violación y su vida atormentada, convirtiéndose en otro ícono de la literatura LGTB.  
Simon Liberati logró el Premio Femina con una novela inspirada en la diva estadounidense Jane Mansfyeld, pero su libro más reconocido es Eva, inspirado en una historia de amor verdadera que en cierta forma salvó a los dos protagonistas. Hace unos años, en 2013, Simon se cruzó con la cineasta Eva Ionesco, que es una leyenda porque de niña fue usada por su madre para hacer fotografías eróticas góticas que tuvieron mucho éxito en los años 70 en todo el mundo, cuando hacer eso era aun posible y no se consideraba delito.
La fotógrafa, de la misma generación que el recién suicidado fotógrafo de adolescentes Hamilton, no solo hizo mucho dinero con los desnudos de su hija, sino que la prostituyó. La vida de la joven desde entonces dio muchas vueltas en el abismo y está marcada por varios intentos de suicidio. 
Simon trabajó durante mucho tiempo en revistas de farándula o haciendo guiones para ganarse la vida, pero en el fondo su deseo era escribir novelas y obtener un lugar en la literatura, aunque fuera menor. Cuando se encuentra con Eva en una cena, se considera un fracasado y también piensa en el suicidio.
El flechazo amoroso de estos dos condenados es una tabla de salvación y ambos, escépticos, descreidos, derrotados, deteriorados, deciden vivir a fondo la pasión amorosa ante las dudas de los amigos, lo que hasta ahora los salva. Liberati logra que Eva baje 15 kilos y vuelva a ser la bella de antes y él logra, al escribir la historia de su amor, uno de sus mejores éxitos. Y con el anticipo que le pagó el editor, le financió a Eva una operación estética del rostro.
Pero a diferencia de otros autores autobiográficos actuales, Liberati es un apasionado de la literatura, en especial de los autores preciosistas y decadentes de fin de siglo XIX y por eso su libro seduce por la calidad de su prosa y su pasión literaria. En su prosa hay estilo, recursos inusitados, fuerza. Es un canto contemporáneo de amor inusual y a la vez el relato de la tragedia de Eva Ionesco, quien demandó judicialmente a su malvada madre por abuso y no le perdona lo que hizo. 
Esta historia que nos lleva al mundo de los devorados por la vida y el tiempo, es por ahora un relato con final feliz, aunque el propio autor cuenta las tormentas terribles, las manías y neurosis que agitan a esta pareja que ahora aparece en las revistas de farándula recuperada y glamurosa, ella por las operaciones estéticas y la baja de peso y él por el éxito literario logrado al filo de la navaja. 
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* Foto de @Hidiro, tomada del sitio Lefoooding.com
* Eva, Simon Liberati (Stock – France. 2015. 278 páginas)

jueves, 20 de septiembre de 2018

LA MÁQUINA TRITURADORA DEL DESEO


Por Eduardo García Aguilar
Casi todas las obras de ficción han sido eróticas y bien puede decirse que hablar de literatura y erotismo es lo mismo, pues ambos parten de similares principios y pulsiones. Las grandes guerras u odiseas griegas o latinas estaban motivadas por el deseo, la búsqueda incansable de la mujer fugada, robada o secuestrada o la espera del amado, como Penélope, tejiendo sin medir el tiempo, o incinerándose en la playa como Dido ante la partida de Eneas. 
Edipo Rey, la Ilíada, la Eneida, la poesía de Safo o de Propercio, Las mil y una noches, Orlando furioso, las vastas literaturas india, china, japonesa, árabe, las sagas nórdicas o anglosajonas estuvieron animadas por la pulsión devastadora del deseo. Así también la novela de caballerías, pues el héroe andante iba a la guerra animado por el amor cortés y sus batallas debían excitar desde lejos a la amada, convirtiéndose en leyendas e historias que seducían a los lectores.
Amadís sueña con Oriana, Alonso Quijano con Dulcinea y de igual manera es erótica La Celestina, o entre las historias amorosas europeas Romeo y Julieta, Manon Lescaut, Pablo y Virginia y Atala y René, o las latinoamericanas María de Jorge Isaacs y Clemencia del mexicano Ignacio Manuel Altamirano, sin dejar de lado a Rojo y Negro de Stendhal, Madame Bovary de Flaubert, Las ilusiones perdidas de Balzac, el Fausto de Goethe, El conde de Montecristo de Dumas y mil obras más. 
Todas esas obras están movidas por el amor, el deseo, la carne, el aroma de amadas y amados, la soledad del abandonado, la inquietud del traicionado u olvidado, la ilusión quimérica del enamorado. En todas las páginas de obras memorables suceden auges y caídas de personajes por culpa de esta pulsión intermitente y calcinante, como ocurre en la Carmen de Merimée o en todas las historias donde aparece los arquetipos de Don Juan o la adúltera Bovary.
En las literaturas decadentes de fines del siglo XIX, en la era parnasiana o simbolista, el asunto del deseo exploró las perversiones y la patología psiquiátrica con obras tan notables como Brujas la muerta de Georges Rodembach o Las diabólicas de Barbey d'Aurevilly, entre otras, y en el campo latinoamericano con las neurasténicas novelas de Vargas Vila, que excitaron con sus flores de fango a varias generaciones de lectores, aunque fueran misóginas y relamidas y estuvieran cargadas de adjetivos.
Ya hacia el siglo XX hay un viraje que llega a su clímax con En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Obra titánica de un asmático elaborada en tres lustros de infatigable trabajo, la de Proust es un estudio profundo de las variantes del deseo y los celos y un fresco magistral de la sociedad de su tiempo, cuando se extinguían las aristocracias y emergía la poderosa burguesía ilustrada.
De su tiempo son también las obras de André Gide y François Mauriac, que exploran el tormento erótico, la prohibición, la culpa, el pecado, en tiempos ya marcados por los estudios del Sigmund Freud y la pléyade de discípulos psicoanalistas que marcaron el siglo XX e influyeron a casi toda la novelística centroeuropea y europea, como lo muestra La montaña mágica, otra de las obras cumbres de la primera mitad del siglo XX.  
La lectura completa de En busca del tiempo perdido desanima a cualquier aspirante serio a novelista, pues el nivel de esa obra es tan alto que hace inútil y desechable cualquier obra posterior. Se puede aspirar a escribir novelas más o menos logradas en su modestia, pero es imposible para un ser humano elaborar una obra tan polifónica y compleja, tan disfrutable desde el punto de vista del lenguaje, pues es un palimpsesto sin fondo de miles de capas sucesivas capaces de explorar el deseo y la miseria humana, una tela de araña elaborada por quien ambicionaba a escribir lo imposible y luego morir. 
Pero pese a la inutilidad y la imposibilidad manifiesta frente a la grandeza de Proust, los novelistas de todos los continentes siguen y seguirán produciendo obras en las que trabajan años aunque saben que serán olvidadas en las estanterías empolvadas del tiempo. Cuando desde temprano un joven se ve infectado por la literatura, es porque la pulsión ya lo desborda y la única forma de liberar esas energías es expresando con palabras lo que aun no logra con gestos o miradas. Muchos, los más, fracasan en el intento, otros culminan obras dejando el pellejo en ellas y algunos que aplazaron el intento con frustración e impotencia, logran en el crepúsculo de sus vidas a veces parir un libro que los salva.  
En la soledad de los años iniciales que aun no saben del destino ni del futuro, el futuro novelista es movido por unas fuerzas telúricas que lo sobrepasan, y como Sísifo intentará a lo largo de su vida subir la roca hasta la cima a sabiendas de que ya allí, la piedra se devolverá por el despeñadero y tendrá que reanudar el intento. En Un amor de Swann, Proust estudia la personalidad de un artista fracasado que se dejó llevar por el deseo y los celos al enamorarse de Odette, una mujer "que no era su tipo" y por cuya pasión mancilló su rango aristocrático y nunca logró llegar a ser el artista que soñaba aunque tenía todo el talento para ello.  
Cuando inició su obra maestra en 1908, Marcel Proust era un pobre fracasado, un enclenque y rico burgués inteligente, exquisito, elegante y lúcido que acudía a los salones parisinos y hacía crónicas de esas mundanidades para el diario Le Figaro. Había traducido a Ruskin, era lector y conversador apasionado y había intentado sin gran éxito escribir varias obras que estaban engavetadas. Pero desde las ruinas de su fracaso se alzó para conjurar la derrota y con todo lo visto y escrito en su paseo por salones, oficinas, hoteles, restaurantes, calles y burdeles de su tiempo logró escribir una obra que le dio una gloria que pocos contemporáneos le auguraban, entre ellos André Gide, quien rechazó su primer volumen, obligándolo a publicarlo por su cuenta.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 16 de septiembre de 2018. 

domingo, 26 de agosto de 2018

JORGE LUIS BORGES EN AGOSTO

Por Eduardo García Aguilar

El 24 de agosto de 1899 es la fecha de natalicio de Jorge Luis Borges y por eso cada año los admiradores del polígrafo lo recuerdan sin falta como una figura inolvidable de la literatura universal y latinoamericana. Rebelde por naturaleza, su obra está compuesta de poemas, cuentos cortos, ensayos y también por su lúcida y ocurrente conversación, que era una de sus mejores recursos.
El argentino fue un raro en la literatura hispanoamericana de su tiempo y desde muy temprano abrió otras compuertas al sueño, desligándose del realismo, el costumbrismo, el modernismo y el naturalismo telúrico en boga durante su juventud, dominada por figuras como Amado Nervo, José María Vargas ViIa, Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones o José Eustasio Rivera.
Nunca escribió novelas, género que no le atraía, para dedicarse a escribir esas pequeñas joyas que lo inmortalizaron, como El aleph y otros cuentos de carácter fantástico, así como poemas que tenían poco que ver con el modernismo, el naturalismo, las vanguardias o el surrealismo. Cerebral e inmerso en los laberintos de la cultura universal, Borges bebía en las fuentes universales y luego transmitía a los contemporáneos los asombros que lo agitaban en las noches interminables de lectura o en el silencio del pensamiento que inunda la mente de los ciegos.
Escribió cuentos de cuchilleros y exploró la poesía gauchesca que le fascinaba en amplios volúmenes donde estudiaba los ritmos e historias del género desde antes y después de Martín Fierro. Aunque viajero por las estepas de las literaturas exóticas nórdicas o asiáticas, nunca olvidó sus orígenes criollos ni las barriadas de Buenos Aires que transcurrían en otros pagos distintos a los suyos, bien relatados por figuras como el gran Roberto Artl, el de las Aguafuertes porteñas.
Elegante, impecable, esgrimiendo el bastón, Borges estuvo siempre cerca de su madre y fue en el fondo un gran niño mimado hasta el final de sus días, un gran bebé monstruoso lleno de melodías y preocupaciones insaciables. Como todo infante, Borges vivía en el delirio, porque como todos sabemos por experiencia propia, la niñez es una de las más fascinantes formas y expresiones de la demencia. 
La madre lo cuidó con mucho cuidado e incluso lo guió en la elección de mujeres, amigas o esposas, algunas de las cuales resultaron verdaderos fiascos, por lo que siempre volvió al seno materno hasta el día en que encontró a una muy joven hija de un amigo suyo, la misteriosa e inteligente María Kodama, quien fue la compañera de sus años de gloria y lo acompañó hasta su muerte en Ginebra en 1986 y mucho después, pues es la heredera y albacea, fiel cancerbera de sus derechos y su gloria.
Tuvo un gran amigo, casi hermano, el aristocrático Adolfo Bioy Casares (1914-1999), a quien conoció en 1932 y con quien escribía novelas policíacas bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq, además de compartir una vida social en las altas esferas bonaerenses regentadas por Victoria Ocampo (1890-1979), directora de la revista Sur, y su hermana Silvina (1903-1993), esposa del apuesto autor de La invención de Morel.
En los diarios de Boy están consignados todos los instantes de esa larga amistad, donde ambos se burlan y critican con ironía y sarcasmo a sus contemporáneos y miran a la sociedad desde las alturas aristocráticas, tan ajenas a las barriadas donde reinaba el tango, la milonga y el lunfardo de los proletarios y los inmigrantes pobres.
La mecenas Victoria Ocampo era la reina, viajera mundial, amiga de Drieu la Rochelle y Rabindranath Tagore, promotora cultural. Su hermana Silvina, aun más excéntrica, vivió bajo la sombra de su joven esposo en un gran apartamento lleno de libros al que alguna vez llegó la decadencia, la enfermedad, la tragedia y la muerte, dejando atrás los lejanos años de esplendor y de lo que solo quedan cenizas.
Kodama sacó a tiempo a Borges de Argentina y lo llevó de regreso a Ginebra, donde reposa para siempre y que tal vez es el sitio que le correspondía a ese cosmopolita que nunca tuvo hijos y vivió a contravía de las ideologías de su tiempo en el mundo y en América Latina. Para él la "democracia es un abuso de la estadística" y nunca participó de los sueños revolucionarios que agitaban a sus conciudadanos.
En lo máximo de su gloria Borges era casi como un Dios, pese a que en la conversación y el encuentro con sus admiradores y lectores ejercía una sencillez y modestia sorprendentes. Nada en él era solemne o impostado y tenía un gran sentido del humor. 
En uno de sus viajes a México lo vi una noche de agosto de 1981 al salir de la sala Ollin Yolittzti de la Universidad Nacional Autónoma de México, y observé como jóvenes admiradores se arrodillaban ante él y entraban en trances histéricos con exclamaciones delirantes, como si estuvieran en presencia de una deidad, un gurú, un ser del más allá, a lo que el maestro, que no veía nada o muy poco, reaccionaba con una sonrisa, mientras era llevado del brazo por Kodama. 
Todos los que lo vieron o lo leyeron saben que Borges es un clásico, rango que pocos autores adquieren en vida y en su tiempo y menos en la posteridad. Los clásicos se vuelven clásicos sin saberlo y sin buscarlo y el don le es otorgado por la lealtad que durante sus vidas tuvieron con la palabra, la vida y los libros. Ellos viajan siempre en el tapiz volante del tiempo y aunque no salgan de su cuarto o su casa, les ocurren cosas maravillosas como a Simbad el Marino o a Ulises. En cada clásico hay un Ulises y un ciego que ve todo lo posible y hasta lo imposible hacia su interior. Los clásicos son la encarnación de los gatos. Silenciosos y con la mirada penetrante que ve en la oscuridad.  
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 25 de agosto de 2018.