lunes, 19 de septiembre de 2016

EL GRITO MEXICANO DE INDEPENDENCIA


 Por Eduardo García Aguilar
Una de las ceremonias rituales mexicanas que más me ha impresionado siempre es el Grito de la Independencia que se celebra cada 15 de septiembre en todas las localidades del país y es una fiesta donde el nacionalismo y el orgullo patrio, pese a todos los fracasos, se manifiesta con la mayor intensidad, pero que a la vez es una forma de control y manipulación sentimental del mexicano por parte de la corrupta clase política.
En la capital centenares de miles de personas acuden frente al Palacio Nacional, en el famoso Zócalo, junto al Tempo Mayor Azteca y la Catedral, y el presidente de la República sale al balcón para pronunciar unas palabras mántricas que terminan con el grito Viva México, al que le siguen los juegos pirotécnicos y la fiesta desbordada hasta altas horas de la madrugada.
El mismo grito es pronunciado en cada una de las alcaldías de la inmensa metrópoili y en cada uno de los miles y miles de pueblos y veredas de la enorme República federal compuesta por una treintena de estados soberanos, cada uno de los cuales se diferencia por cultura, historia y tradición.
El grito también se celebra en todas aquellas ciudades de Estados Unidos donde viven millones de oriundos de la tierra azteca y en otras ciudades del mundo donde hay concentración de mexicanos emigrantes: cada una de esas celebraciones de la diáspora es motivo para degustar exquisiteces gastronómicas autóctonas y beber tequila o mezcal o cervezas típicas, para luego sumirse en una larga ordalía alcohólica que es como el conjuro anual de todas las penas y desgracias de la vida.
En los pequeños pueblos indígenas, hacia la madrugada, después de las fiestas y la francachela, se puede ver a muchos indígenas tirados en aceras o parques completamente ebrios y preparados para vivir la famosa cruda o resaca sin la cual la fiesta no tiene sentido.
Ese día los mexicanos sacan el niño que simpre llevan dentro y ondean banderines y banderas, pitos, serpentinas y todo tipo de guirnaldas y adornos coloridos que son colocados en fachadas, salones y lugares de esparcimiento público donde suenan los maricahis hasta el amanecer.
El primer grito lo viví unos días después de llegar a México, donde viví muchos años y aun no olvido esa impresionante sensación que tuve de estar en medio de una muchedmumbre popular cuyo treno era impresionante. Tampoco la sensación de ver al presidente en ese entonces en pleno apogeo del partido de gobierno, el Revolucionario Institucional, un mandatario megalómano que se sentía un verdadero Quetzaltcóalt, dios azteca todopoderoso, alado e infalibe que nadie se atrevía a tocar o retar y a quien todos temían.
La masa ardiente de pueblo proveniente de todas los suburbios esperaba la salida del mandatario y se silenciaba cuando tomaba la bandera y la hacía ondear ante todos, tras lo cual pronunciaba las palabras nacionalistas a las que seguía el griterío interminable que indicaba la hora de comenzar la fiesta.
La plaza esta llena de capas históricas, porque en el subsuelo se encuentran las ruinas de las pirámides aztecas y de las construcciones coloniales y además está circundada por el Palacio Nacional, las ruinas de los tempos sacrificiales, la inmensa Catedral Metropolitana, enorme reproducción de la de Sevilla y otros edificios emblemáticos.
El grito era transmitido en directo a todo el país por televisión como “especial” dedicado a los fieles televidentes con la presentación de los cantantes de moda de entonces, la inefable Lucerito, Luis Miguel o el recién fallecido Juan Gabriel, que era ya una verdadero ídolo nacional, a los que se agregaban Vicente Fernández, José José y tantas otras estrellas patrias.
En esa plaza del Zócalo de la Ciudad de México el país ha vivido tragedias nacionales, ida y venida de virreyes y emperadores malogrados, golpes de Estado, fusilamientos, ahorcamientos, masacres, entrada y salida de las tropas revolucionarias de Zapata y Villa, tiempos de auge, grandeza, mediocridad y cómica decadencia.
Pero todo eso con un común denominador indiscutible, consistente en el sincretismo cultural donde ninguna de las fuerzas extrañas ha logrado devorar lo esencial de la mexicanidad milenaria, la de las múltiples civilizaciones que se dieron allí a lo largo del tiempo.
Los mexicanos han sufrido las más atroces torturas y humillaciones aplicadas por los mandamases de turno que los han saqueado y hambreado hasta la saciedad, pero ahí siguen firmes como lo mostró el sepelio de Juan Gabriel, al que asistieron en el Palacio de Bellas Artes más de 700.000 personas y superó en magnitud a los ofrecidos en su momento a Cantinflas y a Gabriel García Marquez, colombiano este último adoptado por ellos a lo largo de su residencia de 50 años en ese país.
La muchedumbre se dispersa y las calles de la ciudad se llenan de ese pueblo que compra en los puestos y toldos tacos, sopas y carnitas aderezadas con el picante ancestral o se aleja hacia la Plaza Garibaldi a oir mariachis o a sus vecindades, donde bailarán hasta al amanecer al ritmo de la cumbia o el danzón. 
Cuando uno se refiere a la fiesta nacional de los mexicanos, debe reconocer la fortaleza de ese pueblo de estirpe matriarcal ante las desgracias. Porque como lo muestran sus famosas diosas antiguas Coatlicue o Coyolxauhqui, entre otras, o la Virgen de Guadalupe, inventada por los curas para resumir en ella a las deidades matriarcales indígenas, este pueblo sobrevive gracias a la serenidad y entereza de las mujeres, pilares de la patria mientras la mayoría de los hombres siembran el caos y la violencia movidos por un extraño sino de fracaso y tristeza, muy bien analizado por los filósofos de la mexicanidad, desde Paz a Monsivaís.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de septiembre de 2016.
     

domingo, 11 de septiembre de 2016

LA VIDA DE FAULKNER EN OXFORD

Por Eduardo García Aguilar
El libro William Faulkner de Oxford, recopilación de testimonios sobre el gran novelista realizada por James Webb y A. Wigfall Green y publicada en 1965, nos acerca a la vida del Premio Nobel 1949, uno de los autores que más influyó en la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. De este autor nos ha llegado la leyenda de un individuo alcohólico y neurasténico que en medio de sus conflictos interiores fue capaz de crear una vasta obra donde hace vivir a través de un soberbio estilo el drama del pueblo norteamericano residente en los valles y pueblos irrigados por las aguas del río Mississippi, la arteria esencial de esa nación antes y después de la llegada de los europeos.
Faulkner (1897-1962) no solo fue ese gran narrador esencial que conquistó la gloria en vida por medio de un trabajo desbordante, sino también el autor de guiones que quiso triunfar como tantos otros en el complejo mundo cinematográfico de Hollywood. Allí compartió con sus amigos alcohólicos como él, Dashiel Hammet, Howard Hawks y Francis Scott Fitzgerald y con ellos, al calor de los whiskies, dio a luz guiones de películas inolvidables de esa gran época de oro del cine marcada por el estrellato de Humphrey Bogart y Lauren Bacall y múltiples estrellas como Rita Hayworth, Bette Davis, Marlene Dietrich y tantas más.
Faulkner es esencialmente un escritor del sur popular y campesino. Nacido en New Albany, también en Mississippi, el autor compró ya famoso la casa de Oxford donde pasaría casi todo el resto de su vida y que da el título a este libro. Allí en el profundo mundo agrícola del sur le gustaba montar a caballo, recorrer los campos y escribir al lado de sus múltiples amadas. No le gustaba la fama y huía de todos los compromisos y mundanidades que tanto atraen a veces a otro tipo de escritores. Lector de Balzac, su saga busca contar la vida de su tierra natal y terminó por convertirse en un emblema de una nación, convirtiéndolo en uno de los grandes autores del siglo XX. Faulkner fue el creador del mundo imaginario de Yoknapatawpha, una especie de macondo estadounidense donde se cuenta la vida compleja del sur del país, con sus conflictos raciales y la pobreza.
El volumen de portada azul con el rostro del narrador lo encontré y rescaté alguna vez de un bote basura en México a donde lo habían desechado, y después de hacer un lado cáscaras de banano y viscosos detritus, con huellas de huevos quebrados, lo saqué con mucho cuidado para que no se deshiciera en mis manos. Me acordé inmediatamente de la lectura de Luz de agosto, una de las novelas inolvidables donde las voces se cruzan, se pierden y se encuentran en un río de palabras desbocado y turbulento.
En el libro de James Webb y A. Wigfall Green hablan unas cuarenta personas, desde su más íntimo compañero Phil Stone hasta el farmaceuta y el hermano y nos reconstruyen la cotidianidad de su natal estado de Mississipi al que fue siempre fiel. Stone considera que “no hay nada más fatal para la creación de un arte vivo y pujante que la mano de la cultura”. Las grandes obras surgen por lo regular de la vida popular y cuando un autor se deja intoxicar por la poposidad de la cultura y el retorcimiento impostado crea obras muertas, sin vida, sin sudor y sangre, como si fueran estatuas de frío mármol. Como un fiel mánager, el señor Stone dice haber cuidado siempre de que su amigo tuviera los pies en la tierra, por lo que Faulkner consideró que “la verdadera grandeza está en la creación de grandes cosas y no en pretender crearlas; que la única senda hacia el éxito literario es el trabajo seguro, paciente, arduo e inteligente; que uno alcanza el trono si lo merece y no de otra manera”.
El texto “Espléndidas mañanas de nuestra juventud”, de su hermano Murry, nos comenta la llegada del tren a Oxford, idéntica a esas extrañas llegadas literarias que el novelista describe en el viaje interminable de su literatura. En ese texto nos habla de la pasión de Bill -como lo llamaban familiarmente- por las locomotoras a vapor: “Bill, nuestro hermano John y yo, nos levantábamos temprano y trotábamos por las polvorientas calles hacia el elevado terraplén desde el que se veía el ferrocarril en un punto que ahora estaría en el fondo, o cerca, de la casa de los antiguos alumnos de la universidad. Bill iba diciendo no solo el número de la locomotora, sino también el nombre del maquinista cuya mano tiraba de la cuerda del pito que oíamos...”.
Sus amigos y contemporáneos lo describen como un hombre introvertido que detestaba aparecer en público, dictar conferencias o asistir a coloquios. Prefería estar en su granja, atendiendo sus caballos, o caminar por las calles de ese pueblo que en principio nunca le creyó capaz de ser algo más que un papanatas. Faulkner era el más opaco de la familia. Los pueblos del Mississippi lo vieron crecer y morir. Necesitaba la seguridad de la tierra firme, la misma ventana, idéntico árbol, sendero, farmacia y lugares de la infancia.
Cazador de pura cepa, adorador de locomotoras y aviones, Faulkner hizo todo lo posible para no tener leyenda, aunque después la leyenda suya fuera precisamente el deliberado deseo de no tenerla. Todos coinciden en anotar la lejanía de su mirada, como si estuviera viviendo en otro mundo. Observaba los seres, los saludaba, hacia cosas con ellos, pero era casi autista. Le bastaban sus fantasmas.
Los diversos testimonios nos introducen a su vida privada y como en una de sus novelas, reconstruimos a Oxford, Mississipi. Al pueblo lo asumimos poco a poco y se nos vuelve una novela con un personaje central: Faulkner. Las fotografías, coleccionadas por el fotógrafo del pueblo, Coldfield, contribuyen aun más a mostrar las hendiduras de su vida.
El farmaceuta, el fotógrafo, los viejos coches estacionados al lado de una carretera polvorienta, las fiestas, los caballos, Phil Stone, Ed Meek, los negros marginados por la segregación racial, una casa flotate construida por él y sus amigos, Rowan Oak y su mesa, se nos aparecen nítidamente en esta recopilación de testimonios que nos muestra que las grandes obras por lo regular surgen y son inspiradas por la tierra natal y la infancia transcurrida en ella. 
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*Publicado en La Patria. Manizales.Colombia. Domingo 11 de septiembre de 2016.

domingo, 4 de septiembre de 2016

EL TERCER MUNDO EN PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
La imagen es impactante este primer sábado en el norte de París, donde cientos de africanos subsaharianos viven hacinados a la intemperie en los camellones de avenidas, parques, bajo el metro elevado y en todos los rincones posibles del norte de la ciudad, donde se ven camas, colochones, carpas, sillas, mesas, fogones en medio de un penetrante hedor a orín. La humareda de cocinas improvisadas coincide con el bullicio de los niños y las radios que escuchan los jóvenes que pasan el tiempo acostados e impasibles sobre el prado o en los colchones por estos días de canícula y bochorno tropical, que tal vez pronto se transmute en el otoño y presagie la llegada ineluctable del temido invierno. Estamos en un paisaje típico del Tercer Mundo más pobre y atrasado.
En la plazoleta de Stalingrad y la Avenida de Flandre junto a los canales que van rumbo al noreste, mientras pasan rutinariamente los bulliciosos vagones del metro elevado que circula por ahí desde hace un siglo en un paisaje similar al de NuevaYork por los rumbos de Manhatan, en Greenwich Village, los niños juegan a la pelota y en lugares más altos se instalan otras carpas y otras viviendas improvisadas donde los recién llegados son abordados por activistas humanitarios que los orientan para iniciar los trámites y están al tanto de sus necesidades alimentarias o atentos a cualquier emergencia de salud como desmayos o partos.
La oleada de llegadas es permanente desde hace más de un año y se calcula en cientos de personas diarias, en su mayoría africanos. Cuando las arcadas del metro elevado de Stalingrad o lugares aledaños a las estaciones ferroviarias del Norte y del Este se llenan de manera dramática, las autoridades hacen operativos de desalojo y trasladan a miles de precarios que son instalados a otros lugares de la región parisina, que está desbordada desde el inicio de la crisis migratoria. En el sur de la ciudad, las mismas aglomeraciones de miles de inmigrantes se ha dado en cercanías de la estacion ferroviaria de Austerlitz, donde se han instalado debajo de un moderno edificio ultramoderno de color verde y líneas futuristas sinuosas, dedicado a las nuevas empresas del diseño, la moda y el glamour.    
En las últimas semanas, aprovechando las buenas condiciones climáticas, como ocurre cada año desde hace un tiempo, cientos de embarcaciones ilegales llenas de inmigrantes invadieron el Mediterráneo y decenas de miles de personas han sido rescatadas por los guardacostas italianos y trasladadas a lugares de acogida. Otros cientos mueren ahogados. Desde ahí los inmigrantes una vez registrados tratan de seguir la ruta hacia el norte con el sueño de llegar y ser acogidos en Francia e Inglaterra. Deben para ello pasar retenes y tratar de infiltrarse pese a que en la frontera con Italia hay controles rigurosos en los trenes o vehículos.
El año pasado la oleada gigantesca afectó sobre todo a Alemania, donde llegaron casi millón y medio de inmigrantes, en su mayoría sirios, iraquíes y de Afganistán. Antes del acuerdo logrado entre la Unión Europea con Turquía y Grecia este año para detener el flujo migratorio y el aumento insoportable de ahogados junto a las míticas islas griegas, millones de personas lograron pasar las fronteras y dispersarse hacia otros países creando a veces momentos de tensión muy fuertes entre los distintos gobiernos. Pero la mayoría se quedó en Alemania, donde creen disponer de más ayuda y mejor recepción humanitaria que en otros países menos fuertes y con movimientos antimigritorios mucho más amplios y pugnaces.
En París la visión de esos campamentos precarios es una muestra de la gravedad de la situación y expresa el incremento del éxodo, esta vez desde países africanos inmersos en guerras terribles que se suceden unas a otras en una danza infernal y que en muchos casos son religiosas y étnicas. A lo que se agrega el éxodo de los habitantes de algunos países del Magreb desestabilizados sobre un polvorín de armas. Para decenas de millones de habitantes de Africa el destino es morir allí por genocidio, precariedad o enfermedades contagiosas o tratar de huir en un largo e incierto éxodo ayudados por traficantes, en busca de un sueño que a veces puede volverse una pesadilla en Europa.     
Al norte de Francia, en Calais, frente al mar de la Mancha, a un paso de Gran Bretaña, miles de inmigrantes de todas las nacionalidades que sueñan con llegar a Inglaterra han creado desde hace años un villorrio precario que crece día a día y ahora se convirtió en un verdadero problema: casas precarias, tiendas que se incendian, conflictos étnicos, pobreza, riñas, mala higiene, enfermedad, niños solitarios y perdidos hacinados ahí por cientos, ruido, son apenas algunos de los síntomas de esta nueva realidad mundial.
Días después de que desalojan un pedazo de ese pueblo silvestre que se reinstala en otro lado, otros cientos o miles de inmigrantes llegan desde todos los puntos cardinales. Es posible que quienes en este septiembre están en París en las calles o parques terminarán allí, ilusionados en un paso al otro lado que cada vez es más imposible luego de la anunciada salida de ese país de la Unión Europea tras el Brexit. Y por eso ahora quienes vemos aquí ese tugurio increíble comprendemos la magnitud del éxodo bíblico que toca a las puertas de las capitales de antiguos imperios que declinan y que tal vez crecerá aun más ante la indiferencia de muchos.  
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Excélsior. Expresiones. Domingo 4 de septiembre 2015.

sábado, 3 de septiembre de 2016

ADORACIÓN DE CHARLOTTE RAMPLING EN EL TRÓPICO

Por Eduardo García AguilarVer a la actriz Charlotte Rampling es siempre un placer estético e intelectual en el mejor sentido de la palabra, desde aquellas inolvidables películas Portero de noche y los Condenados, que la hicieron famosa en los años 70, cuando inició una carrera caracterizada por filmes de gran factura, con guiones excelentes y temas profundos relacionados con la vida, el sexo y el amor en el mundo moderno, en terrenos del sadomasquismo de post-guerra.
En este verano volver a ver Hacia el sur, la película de Laurent Cantet, filmada en 2005 en República Dominicana y Haití, nos vuelve a mostrar a Charlotte Ramplig, maestra en diálogos feroces que enfrentan la cruel realidad de intereses y precios, como ocurre en la también reciente Swimming Pool y otras obras maestras que ha venido filmando en los últimos años con directores nuevos y complejos.
Su personaje como actriz se acomoda muy bien a lo que ella misma ha sido, una intelectual depresiva que ve con claridad el desastre contemporáneo y que con artes de psicoanalista revela a través de la palabra las más fuertes mentiras y secretos en las que los seres humanos nos empantanamos y con los que terminamos conviviendo hasta la locura.
En sus varios matrimonios y tras episodios depresivos de los que salió por fortuna, Rampling ha vivido en las alturas y en el fondo y ha renacido ya en la fatídica edad de los cincuenta para volver a los escenarios y brillar con papeles perfectos para una mujer que se enfrenta al fin, al desastre corporal, pero que aún busca con cinismo el placer a toda costa e incluso llega a tener relaciones con un gorila.
En Hacia el sur varias mujeres de ese estrato de edad, académicas o divorciadas acomodadas, van con frecuencia a una playa haitiana donde conviven en vacaciones con muchachos negros de cuerpos de ébano que como dioses musculados nadan junto a ellas en la piscina o en el mar o las cabalgan en coitos supertropicales. A cambio de unos billetes, regalos o invitaciones, esos jóvenes se acuestan con esas mujeres, algunas de las cuales descubren allí por primera vez el orgasmo o la felicidad sexual que el frío mundo del norte, en este caso las ciudades canadienses o estadounidenses, les ha negado.
Charlotte, que en la película se llama Ellen es la mayor de ellas, tiene 55 años, y es una profesora en Boston de inteligencia y seguridad desbordantes. Gracias a esa seguridad y al cinismo que la caracterizan, seduce con regalos o dinero a los jóvenes de la playa que viven todos prendados de ellas y les ofrecen sus favores en el paradiasiaco balneario, no lejos de la miserable capital dominada por los Tonton Macoutes, el tráfico, la droga, la violencia de bandas y la enfermedad. Llega Brenda, papel desempeñado muy bien por Karen Young, de 45 años, divorciada, y se desencadena la rivalidad entre ambas mujeres por el escultural Legba, actuado por por Menothy Cesar.
Brenda lo fotografía desnudo en su lecho y en un juego de igual a igual logran entenderse como amantes sin tener pelos en la lengua para decirse lo que cada uno de ellos siente que es el otro. Brenda, la romántica, ha caído en las redes del aprendiz de bandido, lo cubre de regalos y por un momento siente que lo ama y es amada, aunque tal vez ame sólo en él su mirada de amor hacia ella, antes que la violencia llegue y se lleve al pequeño mafioso, baleado por un arreglo de cuentas en una playa mientras copulaba con una chica local.
Una simple tragedia banal en los países del tercer mundo, donde los hijos de la pobreza sólo tienen derecho a caer como moscas en medio de las balaceras, en territorios donde la vida no vale nada y todo es permitido para obtener un miserable puñado de billetes.
En Hacia el Sur está presente la tragedia, pero también la ciudad, las calles de la miseria, los tugurios, el calor atroz entre los detritus y el abuso de las fuerzas policiacas encarnadas en esos Tonton Macoutes, policía del régimen de Papá Doc, que sembró el terror entre los suyos antes de que llegaran otros apocalipsis.
Luego del levantamiento del cadáver de Legba, que Brenda besa en un último gesto de amor o narcisismo, hay un arreglo de cuentas verbal entre las mujeres. Ellen reprocha a Brenda querer jugar al « viscoso » y ridículo amor, cuando son sólo turistas que van a divertirse y a tirar. Pero al final están de acuerdo : Ellen regresará al altivo Boston de las universidades y Brenda seguirá buscando sexo venal y tardío en todas las islas del Caribe que piensa visitar de ahora en adelante una tras otra. Y queda el mar, el sol, el baile, el pasado y la fugaz presencia de esos cuerpos que sólo son carne para turistas y refugio de las balas asesinas de las mafias.
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Publicado inicialmente en este blog el sábado, 21 de agosto de 2010.

domingo, 28 de agosto de 2016

COLOMBIA AL FIN HIZO HISTORIA

Por Eduardo García Aguilar
El acuerdo logrado entre el gobierno y la guerrilla y el fin de las largas negociaciones de cuatro años de La Habana es una magnífica noticia para Colombia, que desde hace tiempo no vivía un momento histórico del tal magnitud, enfrascada como ha vivido siempre en una polarización asuzada por fánaticos de uno u otro bando. La gran mayoría de los habitantes de este país nació y creció en medio del conflicto y se acostumbró durante más de medio siglo al fragor de una guerra que ha dejado una cifra incalculable de víctimas, destrucción, atraso, miseria y traumas psíquicos generalizados.
Incontables colombianos del pueblo han asistido a lo largo de sus vidas a cientos de miles de velorios y madres, padres, hijos, hermanos, primos, lloraron a los suyos sin tener la menor esperanza de que algún día cesara la mortandad, porque en las altas esferas siempre primó la intolerancia y la terquedad de los potentados en conservar un sistema de privilegios y de castas heredado desde los tiempos coloniales. La llamada "infame turba" colombiana del campo, los tugurios y los más alejados morideros fue siempre la heredera de un sistema de castas inamovibles donde los de abajo debían quedarse abajo para siempre al servicio de los señores, los hidalgos y los caballeros.
Hay recuerdos que siempre aparecen recurrentes cuando pensamos en el horror que ha sido Colombia. De niños, a la hora de la comida y cuando ya había avanzado la noche, aparecían desde la sombra en las ciudades y pueblos seres sin rostro que tocaban a la puerta de las casas para pedir los "sobraditos"; niños, ancianos, mujeres a quienes uno nunca veía el rostro y eran tan colombianos como nosotros. Cuando uno salía de las ciudades veía por casualidad en el campo a quienes siembran y levantan las cosechas, peones, jornaleros, siervos que eran y son como seres del inframundo, duermen hacinados en barracas como en los tiempos de los caucheros y a quienes a su vez no se les ve nunca el rostro y deambulan y viven entre la maleza como sombras y espectros sin nombre.
Y algo aun peor en este país que ha practicado sin saber y sabiendo el Apartheid racial: los colombianos de origen africano o indígena fueron siempre orillados por los criollos a las zonas más inhóspitas del país y tuvieron que sufrir la discriminacion por su color o sus grados de mestizaje, que como en la colonia se medía y se mide en estratos diversos denominados con desprecio mulato, zambo, cuarterón, octavón, igualado y demás minucias y etcéteras de la discriminación tan en boga en todas regiones del país.
La gran mayoría del país a lo largo de su dolida historia ha estado compuesto por esos millones de "intocables" que sufrieron indecibles enfermedades, tuvieron que trabajar desde niños bajo el sol calcinante, y vivieron y viven sumidos en el analfabetismo y la ignorancia. A sus pueblos, villorios, veredas, campos, regiones, nunca llegó la salud ni la educación y su miseria siempre fue inversamente proporcional al enriquecimiento de las élites centrales y regionales, una casta endogámica bañada en el nepotismo, egoísta, ignara y estúpida, llena de prejuicios clasistas y raciales, una casta que como la nobleza del Antiguo Régimen creía que tenía derecho a todo por el color de su piel o su apellido. Una casta al servicio de la cual siempre hubo ejércitos de capataces, politicastros y hombres de mano dispuestos a imponer su ley.
A diferencia de casi todos los otros países del mundo donde hubo revoluciones que crearon a  la fuerza movilidad social y refrescaron las élites, en Colombia todo movimiento de cambio progresista, todo partido que abogara por un poco de más justicia, todo líder rebelde, dirigente popular, campesino, obrero, indígena, gremial honrado fue exterminado, eliminado, encarcelado, llevado al ostracismo, excluido del país.
Las guerrillas campesinas surgieron y proliferaron en el país como movimientos de autodefensa de esos seres sin rostro del inframundo colombiano. Durante medio siglo nadie quiso ver su rostro y el único lenguaje fue el de los bombardeos y la bala impartidos por un poderoso ejército financiado, engordado y entrenado por las fuerzas del imperio en tiempos de Guerra Fría y después de su fin. Tuvo que cambiar el ambiente geopolítico mundial para que al fin se dieran pasos para reconocer una realidad que nadie quería ver. Muerta la Unión Soviética, envejecida la Revolución cubana, debilitado el imperio estadounidense, terminada la ola de dictaduras de derecha latinoamericanas abriendo camino a múltiples gobiernos de izquierda en América Latina, las partes en conflicto decidieron tomar el toro por los cuernos dispuestos a hacer hisoria.
El presidente Juan Manuel Santos, quien jugó todo su capital político en lograr ese acuerdo y superó dificilísimos obstáculos casi insalvables para llegar al objetivo, pasará sin duda a la historia al lado de los equipos negociadores encabezados por Humberto de la Calle Lombana e Iván Márquez, quienes viajaron durante cuatro años en una barca frágil, en medio de oceános huracanados y recibiendo desde todos los frentes amenazas e imprecaciones. En un país inmediatista que reacciona siempre por sentimientos e impulsos violentos y gusta proferir anatemas, injurias y condenas, mantener durante un periodo tan largo la serenidad para construir el edificio de los acuerdos es un mérito indudable y bienvenido.
Esa serenidad y entereza mostradas por los negociadores serán necesarias ahora para emprender el camino difícil de concretar al fin esos acuerdos y hacerlos realidad en las próximas décadas frente a las poderosas fuerzas de la violencia que medran ya para hacer fracasar la noticia. La declaración del cese bilateral de fuego definitivo por parte del gobierno es una noticia espectacular que los colombianos de hoy valorarán en el futuro. Y la foto donde se ve a la viuda de Tirofijo risueña al lado de dos enormes soldados armados que la cuidan, es una prueba de que cuando se quiere hacer historia los resultados son palpables. Un hecho histórico es cuando lo increíble se hace realidad.
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* Publicado en la Patria. Manizales. Colombia. Domingo 28 de agosto de 2016.

jueves, 18 de agosto de 2016

LA VIDA ESCANDALOSA DEL POETA PERUANO CESAR MORO

Por Eduardo García Aguilar
El 10 de enero de 1956 murió en Lima uno de los poetas contemporáneos que más huella dejó entre las generaciones que hoy reinan en el ámbito poético del continente. Nadando entre dos lenguas, el francés y el castellano, Moro se convirtió en un gran orgiástico de la palabra y sus poemas sorprenden hoy como si fueran el fruto de ordalías de imágenes.

Ajeno en su tiempo a la púrpura de los homenajes, cultivando la amistad como arte y la poesía como revelación, Alfredo Quispez Asín estuvo ligado al movimiento surrealista en ese París que lo devoró entre 1925 y 1933. Después de vivir cinco años en Lima, a la que llamaba la horrible, fue a México, donde vivió entre 1938 y 1946, antes de retornar definitivamente a su país.

Su caso no es el de un cosmopolita de opereta, sino el de un extranjero profesional cuyas nostalgias no se quedan encerradas en los paisajes de la infancia, sino que manan la sangre de otras tierras vividas con tanta intensidad como la suya. Así como la poesía no tiene tiempo, tampoco puede tener patria. Mucho menos puede ser utilizada para adornar banderas, dar brillo a los estados y a los estadistas o para alumbrar el sendero de los guerreros que van a cometer el genocidio.

Gran parte de su obra fue escrita en francés - "Le chateau de grisou" (1943), "Lettre d´amour" (1944) y "Trafalgar Square" (1954) -, por lo que es muy difícil encontrar sus libros en América Latina, pero a través de sus poemas en castellano y las traducciones de Westphalen, Guillermo Sucre, Belli, Coyné y Vallejo se puede descubrir el delirio que ilumina su orgía de palabras.

Mario Vargas Llosa, en un hermoso texto publicado en 1958, dice que "recuerdo imprecisamente a César Moro: lo veo, entre nieblas, dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ante la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogábamos en ese profesor frío y cortés la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares. Alguien había corrido el rumor de que era homosexual y poeta: eso levantó a su alrededor una curiosidad maligna y un odio agresivo que lo asediaba sin descanso desde que atravesaba la puerta del colegio".

Palabras terribles que nos muestran el destino de quienes por cierta noble dignidad se ven excluidos del fastuoso banquete de los salones culturales. Moro tuvo el valor de enfrentarse a una tradición funesta de oratorias porcinas y además la valentía de fustigar a los surrealistas que posteriormente se pusieron al servicio del horror estaliniano, como Aragón y Eluard. Al final, pese a que fue un animador entusiasta del movimiento surrealista, expresaría sus reservas ante los rumbos que había tomado.

El caso de Moro es singular. En nuestro continente los poetas y los intelectuales de todos los pelambres están llamados tarde o temprano a participar en las vicisitudes políticas. Martí, Sarmiento, Neruda, Gallegos, Asturias, para sólo mencionar unos cuantos nombres, hicieron de la actividad política algo tan esencial como el propio oficio literario. Acomodándose a los rumbos del fusil o del voto, el intelectual latinoamericano va perdiendo su autonomía y se inscribe en un bando del que es difícil desprenderse. Moro, para quien la poesía era un rito, un acto mágico, prefirió la deriva, la soledad, el sitio de los héroes secretos que se niegan a pactar con los batracios del discurso. Al efecto disociador de su poesía, cargada de imágenes inéditas y sorprendentes, debe aregarse la reivindicación de ese reino secreto que nuestros escritores cambian por los efímeros aplausos que suscita su posición en el combate funesto de la política.

Los poemas que su amigo André Coyné reunió bajo el título de "La tortuga ecuestre" y que fueron escritos en México, en castellano, rompen el espejo y se pierden por continentes donde sólo se acepta la delicia de las imágenes. Como en temas políticos, en poesía Moro buscó su rincón y allí bebió los líquidos secretos que lo llevaron a encontrar su propia senda. En "Visión de pianos apolillados cayendo en ruinas" ve, por ejemplo, "pelos de barba de diferentes presidentes de la república de Perú clavándose como flechas de piedra en la calzada y produciendo un patriotismo violento en los enfermos de la vejiga". En "Varios leones al crepúsculo lamen la corteza rugosa de la tortuga ecuestre" vemos "la sombra rápida de un halcón de antaño perdido en los pliegues fríos bajo un pálido sol de salamandras de alguna tapicería fúnebre". En "La vida escandalosa de César Moro" nos revela el oráculo: "una navaja sobre el caldero atraviesa un cepillo de cuerdas de dimensión ultrasensible".

En sus textos prosísticos dedicados a temas tan disímiles como el Perú, Proust, Paul Eluard, Wolfgang Paaalen, José Maria Eguren o la cena de Guermantes, Moro expresa una "mística" literaria sobre la que reposa el desconcertante mundo de su obra. El acto de escribir en él no obedece al deseo de ser útil a una sociedad o a un género, sino a la necesidad de abrir la cantera secreta que todos escondemos. Cierta literatura exterior que evita la desnudez y esconde las deformidades y llagas, le era tan ajena como los fracs y los corbatines que veía a través de sus "Anteojos de azufre".

El poema, más que un acto de lucimiento o un entarimado cubierto de guirnaldas y serpentinas, debía irrumpir en el mundo haciendo desbocar los propios fantasmas cargados de cuchillos. En cada uno de los poemas de "La tortuga ecuestre" reina la libertad absoluta del hacedor de palabras que, acurrucado frente a la fogata, deja que el fuego de las imágenes lo asalte y lo descuartice con la complicidad de la luna.

En todo el delirio maravilloso de su obra hay un ejemplo que otros poetas como el argentino Enrique Molina siguieron, dando a sus textos olores, colores, masas, texturas que el buen lector de poesía arranca de la hoja y bebe hasta morir como un fauno saciado. Mucho tiempo después de su muerte, su voz puede servirnos para recuerar la irresponsabilidad y el espíritu juglaresco que los nuevos tiempos sepultaron y trocaron por infectas carreras literarias de farándula. Y también para volver a leer autores que, como el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón o el nicaragüense Carlos Martínez Rivas, todavía pueden enseñarnos a ser jóvenes eternos.
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* De la serie Textos nómadas,   30-09-2007

sábado, 13 de agosto de 2016

CUBA LIBRE CON FIDEL Y LA PARCA

Por Eduardo García Aguilar
Desde hace más de una década las agencias de prensa y los periódicos preparaban o actualizaban la necrológica de Fidel Castro ante la supuesta inminencia de su muerte y al final han tenido que archivarla y olvidarse del asunto porque el líder cubano, como un personaje de mitología griega, logra aplazar el último suspiro y parece encontrarse en un excelente entendimiento y complicidad con la parca, que degusta con él en las tardes cálidas de La Habana buenas cubas libres con doble dosis de ron. 
Ahora el líder cubano llega a los 90 años y los medios, para aprovechar las biografías y análisis que duermen el sueño de los justos en los ordenadores, deciden dedicar números especiales al último gran caudillo latinoamericano salido de las novelas de dictadores y que se ha convertido en el más brillante emblema de los mismos, porque todo en él es desmesurado. Muy joven, en los tiempos más duros de la Guerra Fría, Fidel Castro logró tomar el poder en la isla, que a su vez fue la última colonia española y poco tiempo después, dejando al lado a muchos de sus moderados compañeros de ruta iniciales que se unieron a él para tumbar la dictadura de Fulgencio Batista, hizo una alianza con la Unión Soviética, que mientras existió como potencia hasta mediados de la década de los 80, suministró el apoyo necesario y los recursos para alimentar el sueño artificial de un paraíso posible inspirado por los profetas del viejo comunismo marxista-leninista. 
En las puertas del imperio estadounidense, a unos cuantos kilómetros de Miami, el joven abogado gallego, excelente orador, inteligente, mujeriego y astuto como ninguno, desafió a la mayor potencia del mundo e inauguró una etapa en la que varias generaciones de jóvenes latinoamericanos y tercermundistas estuvieron dispuestos a ofrendar sus vidas por esa quimera de un mundo paradisíaco, justo, feliz, sin desigualdades, que supuestamente llegaría bajo el mando del proletariado y era bendecido por los viejos profetas barbados de la nueva religión, primero Marx y Engels, seguidos luego por sus discípulos Lenín y Stalin, Mao Tse Tung y Kim il Sung, entre muchos otros soles rojos que iluminaban los corazones de los fieles y los clérigos que difundían el nuevo evangelio de la felicidad futura.
Castro, que en sus inicios era solo un abogado de inspiración liberal, o lo que se calificaría hoy como un "progresista", se acomodó muy bien a esa nueva ideología ortodoxa y dejó que poco a poco la Revolución fuera incautada por los rígidos cuadros de la URSS enviados desde Moscú y sus satélites, como muy bien lo ha descrito su amigo Gabriel García Márquez en múltiples escritos y en sus memorias Vivir para contarla, donde nos muestra su decepción por el camino que tomó rápidamente ese sueño revolucionario. El estupor por los primeros juicios y ajusticiamientos públicos de opositores en el famoso paredón y la radicalización del movimiento llevaron al futuro Premio Nobel colombiano, que trabajaba para Prensa Latina junto al hoy ultraderechista y ultramontano Plinio Apuleyo Mendoza, a abandonar discretamente el barco y viajar de Nueva York, donde era corresponsal de la agencia cubana, a México, para empezar allí una nueva y fabulosa aventura personal.
Es fácil analizar a posteriori los acontecimientos históricos y juzgar a los contemporáneos de aquellos momentos, a las personas que creyeron en esa nueva palabra y dieron sus vidas por esa causa. Es obvio que el triunfo de la Revolución Cubana se dio en un contexto específico, en reacción a los abusos del imperio estadounidense cometidos en su "patio trasero" a lo largo de un siglo. El "Imperio Yanqui", como lo calificaba día a día el orador Fidel Castro en sus discursos interminables, había aplicado su "destino manifiesto" desde los primeros momentos de su auge y con las armas o usando a sus ignaros títeres dictatoriales en cada país, se fue apropiando de todas las riquezas posibles e imponiendo sus designios con una implacable pericia. Se apoderaron de medio México por la fuerza y hasta los tiempos de la Revolución zapatista entraban y salían de ese país como si fuera su huerta. Por medio de trampas crearon a Panamá y dividieron a Colombia para adueñarse finalmente del Canal y reinar con sus bases en ese centro estratégico del continente. 
En Centroamérica pusieron y depusieron dictadores a su antojo, como lo hicieron también en Sudamérica a lo largo del siglo patrocinando golpes sangrientos como el que derribó a Salvador Allende e impuso al nefasto Augusto Pinochet en 1973. También fueron ellos los que impusieron y apoyaron a las tenebrosas dictaduras brasileñas, argentinas y uruguayas que practicaron el asesinato, la desaparición y la violación más atroz de los derechos humanos en sus países y cuyas heridas aun no cicatrizan. 
En su "patio trasero" latinoamericano reinaron por lo regular líderes corruptos que trabajaban al servicio de los intereses imperiales y se encargaban del trabajo sucio de matar, torturar, encarcelar, bombardear y aniquilar a los opositores. Esta verdad ineludible que ningún historiador niega ya en el mundo ha sido reconocida en su discurso histórico de La Habana este año por el presidente estadounidense Barack Obama, primer presidente contemporáneo de Estados Unidos en pisar tierra cubana e izar de nuevo la bandera de su país en la embajada, ante los aplausos del presidente Raúl Castro, hermano menor del caudillo y su sucesor triunfante. Estados Unidos reconoció que fue inútil esa guerra fría con la isla a lo largo de medio siglo y se acomodó a las nuevas condiciones geopolíticas dando un espaldarazo al heredero de la dinastía. Eso es lo que se llama "realpolitik".
Fidel Castro hizo su revolución y surfeó más de medio siglo sobre esa herida latinoamericana y ayudado por las extremas desigualdades sociales que reinaron y reinan en la región. Cuando ya no necesitó en Cuba del mártir crístico Ernesto Che Guevara, quien lo acompañó en la toma del poder y era mucho más radical y soñador que él, lo dejó ir a su sacrificio en las montañas bolivianas. Gran estratega, logró evitar todos los intentos de asesinato que se fraguaron contra él y evitó los intentos de invasiones a Cuba. Sobrevivió al malestar de un pueblo hambreado luego de la caída de la Unión Soviética y el fin de su ayuda y se deshizo tranquilamente de miles de opositores o desilusionados precarios que en masa huían en balsas hacia Miami. 
Vio morir uno tras otro a todos los amigos y ex compañeros que se le enfrentaron y terminaron en el exilio derrotados luchando contra su régimen. No le tembló el pulso para fusilar a sus mejores amigos y colaboradores, como ocurrió en 1989 con Antonio de La Guardia y Arnaldo Ochoa. 
Y ahora, muchos analistas pueden concluir que Fidel es otro ejemplo exitoso del aserto maquiavélico de que "el fin justifica los medios". El tiempo fue tan implacable que al final las nuevas generaciones de cubanos de Miami, los llamados "gusanos", terminaron por dar la espalda a sus padres disidentes y abogaron mayoritariamente por la normalización de las relaciones y el fin del bloqueo. Alguna vez Fidel dijo que "la historia me absolverá". Pero eso solo lo sabremos tal vez dentro de mucho tiempo, cuando los Castro y su régimen pertenezcan a un lejano pasado.