jueves, 18 de agosto de 2016

LA VIDA ESCANDALOSA DEL POETA PERUANO CESAR MORO

Por Eduardo García Aguilar
El 10 de enero de 1956 murió en Lima uno de los poetas contemporáneos que más huella dejó entre las generaciones que hoy reinan en el ámbito poético del continente. Nadando entre dos lenguas, el francés y el castellano, Moro se convirtió en un gran orgiástico de la palabra y sus poemas sorprenden hoy como si fueran el fruto de ordalías de imágenes.

Ajeno en su tiempo a la púrpura de los homenajes, cultivando la amistad como arte y la poesía como revelación, Alfredo Quispez Asín estuvo ligado al movimiento surrealista en ese París que lo devoró entre 1925 y 1933. Después de vivir cinco años en Lima, a la que llamaba la horrible, fue a México, donde vivió entre 1938 y 1946, antes de retornar definitivamente a su país.

Su caso no es el de un cosmopolita de opereta, sino el de un extranjero profesional cuyas nostalgias no se quedan encerradas en los paisajes de la infancia, sino que manan la sangre de otras tierras vividas con tanta intensidad como la suya. Así como la poesía no tiene tiempo, tampoco puede tener patria. Mucho menos puede ser utilizada para adornar banderas, dar brillo a los estados y a los estadistas o para alumbrar el sendero de los guerreros que van a cometer el genocidio.

Gran parte de su obra fue escrita en francés - "Le chateau de grisou" (1943), "Lettre d´amour" (1944) y "Trafalgar Square" (1954) -, por lo que es muy difícil encontrar sus libros en América Latina, pero a través de sus poemas en castellano y las traducciones de Westphalen, Guillermo Sucre, Belli, Coyné y Vallejo se puede descubrir el delirio que ilumina su orgía de palabras.

Mario Vargas Llosa, en un hermoso texto publicado en 1958, dice que "recuerdo imprecisamente a César Moro: lo veo, entre nieblas, dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ante la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogábamos en ese profesor frío y cortés la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares. Alguien había corrido el rumor de que era homosexual y poeta: eso levantó a su alrededor una curiosidad maligna y un odio agresivo que lo asediaba sin descanso desde que atravesaba la puerta del colegio".

Palabras terribles que nos muestran el destino de quienes por cierta noble dignidad se ven excluidos del fastuoso banquete de los salones culturales. Moro tuvo el valor de enfrentarse a una tradición funesta de oratorias porcinas y además la valentía de fustigar a los surrealistas que posteriormente se pusieron al servicio del horror estaliniano, como Aragón y Eluard. Al final, pese a que fue un animador entusiasta del movimiento surrealista, expresaría sus reservas ante los rumbos que había tomado.

El caso de Moro es singular. En nuestro continente los poetas y los intelectuales de todos los pelambres están llamados tarde o temprano a participar en las vicisitudes políticas. Martí, Sarmiento, Neruda, Gallegos, Asturias, para sólo mencionar unos cuantos nombres, hicieron de la actividad política algo tan esencial como el propio oficio literario. Acomodándose a los rumbos del fusil o del voto, el intelectual latinoamericano va perdiendo su autonomía y se inscribe en un bando del que es difícil desprenderse. Moro, para quien la poesía era un rito, un acto mágico, prefirió la deriva, la soledad, el sitio de los héroes secretos que se niegan a pactar con los batracios del discurso. Al efecto disociador de su poesía, cargada de imágenes inéditas y sorprendentes, debe aregarse la reivindicación de ese reino secreto que nuestros escritores cambian por los efímeros aplausos que suscita su posición en el combate funesto de la política.

Los poemas que su amigo André Coyné reunió bajo el título de "La tortuga ecuestre" y que fueron escritos en México, en castellano, rompen el espejo y se pierden por continentes donde sólo se acepta la delicia de las imágenes. Como en temas políticos, en poesía Moro buscó su rincón y allí bebió los líquidos secretos que lo llevaron a encontrar su propia senda. En "Visión de pianos apolillados cayendo en ruinas" ve, por ejemplo, "pelos de barba de diferentes presidentes de la república de Perú clavándose como flechas de piedra en la calzada y produciendo un patriotismo violento en los enfermos de la vejiga". En "Varios leones al crepúsculo lamen la corteza rugosa de la tortuga ecuestre" vemos "la sombra rápida de un halcón de antaño perdido en los pliegues fríos bajo un pálido sol de salamandras de alguna tapicería fúnebre". En "La vida escandalosa de César Moro" nos revela el oráculo: "una navaja sobre el caldero atraviesa un cepillo de cuerdas de dimensión ultrasensible".

En sus textos prosísticos dedicados a temas tan disímiles como el Perú, Proust, Paul Eluard, Wolfgang Paaalen, José Maria Eguren o la cena de Guermantes, Moro expresa una "mística" literaria sobre la que reposa el desconcertante mundo de su obra. El acto de escribir en él no obedece al deseo de ser útil a una sociedad o a un género, sino a la necesidad de abrir la cantera secreta que todos escondemos. Cierta literatura exterior que evita la desnudez y esconde las deformidades y llagas, le era tan ajena como los fracs y los corbatines que veía a través de sus "Anteojos de azufre".

El poema, más que un acto de lucimiento o un entarimado cubierto de guirnaldas y serpentinas, debía irrumpir en el mundo haciendo desbocar los propios fantasmas cargados de cuchillos. En cada uno de los poemas de "La tortuga ecuestre" reina la libertad absoluta del hacedor de palabras que, acurrucado frente a la fogata, deja que el fuego de las imágenes lo asalte y lo descuartice con la complicidad de la luna.

En todo el delirio maravilloso de su obra hay un ejemplo que otros poetas como el argentino Enrique Molina siguieron, dando a sus textos olores, colores, masas, texturas que el buen lector de poesía arranca de la hoja y bebe hasta morir como un fauno saciado. Mucho tiempo después de su muerte, su voz puede servirnos para recuerar la irresponsabilidad y el espíritu juglaresco que los nuevos tiempos sepultaron y trocaron por infectas carreras literarias de farándula. Y también para volver a leer autores que, como el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón o el nicaragüense Carlos Martínez Rivas, todavía pueden enseñarnos a ser jóvenes eternos.
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* De la serie Textos nómadas,   30-09-2007

sábado, 13 de agosto de 2016

CUBA LIBRE CON FIDEL Y LA PARCA

Por Eduardo García Aguilar
Desde hace más de una década las agencias de prensa y los periódicos preparaban o actualizaban la necrológica de Fidel Castro ante la supuesta inminencia de su muerte y al final han tenido que archivarla y olvidarse del asunto porque el líder cubano, como un personaje de mitología griega, logra aplazar el último suspiro y parece encontrarse en un excelente entendimiento y complicidad con la parca, que degusta con él en las tardes cálidas de La Habana buenas cubas libres con doble dosis de ron. 
Ahora el líder cubano llega a los 90 años y los medios, para aprovechar las biografías y análisis que duermen el sueño de los justos en los ordenadores, deciden dedicar números especiales al último gran caudillo latinoamericano salido de las novelas de dictadores y que se ha convertido en el más brillante emblema de los mismos, porque todo en él es desmesurado. Muy joven, en los tiempos más duros de la Guerra Fría, Fidel Castro logró tomar el poder en la isla, que a su vez fue la última colonia española y poco tiempo después, dejando al lado a muchos de sus moderados compañeros de ruta iniciales que se unieron a él para tumbar la dictadura de Fulgencio Batista, hizo una alianza con la Unión Soviética, que mientras existió como potencia hasta mediados de la década de los 80, suministró el apoyo necesario y los recursos para alimentar el sueño artificial de un paraíso posible inspirado por los profetas del viejo comunismo marxista-leninista. 
En las puertas del imperio estadounidense, a unos cuantos kilómetros de Miami, el joven abogado gallego, excelente orador, inteligente, mujeriego y astuto como ninguno, desafió a la mayor potencia del mundo e inauguró una etapa en la que varias generaciones de jóvenes latinoamericanos y tercermundistas estuvieron dispuestos a ofrendar sus vidas por esa quimera de un mundo paradisíaco, justo, feliz, sin desigualdades, que supuestamente llegaría bajo el mando del proletariado y era bendecido por los viejos profetas barbados de la nueva religión, primero Marx y Engels, seguidos luego por sus discípulos Lenín y Stalin, Mao Tse Tung y Kim il Sung, entre muchos otros soles rojos que iluminaban los corazones de los fieles y los clérigos que difundían el nuevo evangelio de la felicidad futura.
Castro, que en sus inicios era solo un abogado de inspiración liberal, o lo que se calificaría hoy como un "progresista", se acomodó muy bien a esa nueva ideología ortodoxa y dejó que poco a poco la Revolución fuera incautada por los rígidos cuadros de la URSS enviados desde Moscú y sus satélites, como muy bien lo ha descrito su amigo Gabriel García Márquez en múltiples escritos y en sus memorias Vivir para contarla, donde nos muestra su decepción por el camino que tomó rápidamente ese sueño revolucionario. El estupor por los primeros juicios y ajusticiamientos públicos de opositores en el famoso paredón y la radicalización del movimiento llevaron al futuro Premio Nobel colombiano, que trabajaba para Prensa Latina junto al hoy ultraderechista y ultramontano Plinio Apuleyo Mendoza, a abandonar discretamente el barco y viajar de Nueva York, donde era corresponsal de la agencia cubana, a México, para empezar allí una nueva y fabulosa aventura personal.
Es fácil analizar a posteriori los acontecimientos históricos y juzgar a los contemporáneos de aquellos momentos, a las personas que creyeron en esa nueva palabra y dieron sus vidas por esa causa. Es obvio que el triunfo de la Revolución Cubana se dio en un contexto específico, en reacción a los abusos del imperio estadounidense cometidos en su "patio trasero" a lo largo de un siglo. El "Imperio Yanqui", como lo calificaba día a día el orador Fidel Castro en sus discursos interminables, había aplicado su "destino manifiesto" desde los primeros momentos de su auge y con las armas o usando a sus ignaros títeres dictatoriales en cada país, se fue apropiando de todas las riquezas posibles e imponiendo sus designios con una implacable pericia. Se apoderaron de medio México por la fuerza y hasta los tiempos de la Revolución zapatista entraban y salían de ese país como si fuera su huerta. Por medio de trampas crearon a Panamá y dividieron a Colombia para adueñarse finalmente del Canal y reinar con sus bases en ese centro estratégico del continente. 
En Centroamérica pusieron y depusieron dictadores a su antojo, como lo hicieron también en Sudamérica a lo largo del siglo patrocinando golpes sangrientos como el que derribó a Salvador Allende e impuso al nefasto Augusto Pinochet en 1973. También fueron ellos los que impusieron y apoyaron a las tenebrosas dictaduras brasileñas, argentinas y uruguayas que practicaron el asesinato, la desaparición y la violación más atroz de los derechos humanos en sus países y cuyas heridas aun no cicatrizan. 
En su "patio trasero" latinoamericano reinaron por lo regular líderes corruptos que trabajaban al servicio de los intereses imperiales y se encargaban del trabajo sucio de matar, torturar, encarcelar, bombardear y aniquilar a los opositores. Esta verdad ineludible que ningún historiador niega ya en el mundo ha sido reconocida en su discurso histórico de La Habana este año por el presidente estadounidense Barack Obama, primer presidente contemporáneo de Estados Unidos en pisar tierra cubana e izar de nuevo la bandera de su país en la embajada, ante los aplausos del presidente Raúl Castro, hermano menor del caudillo y su sucesor triunfante. Estados Unidos reconoció que fue inútil esa guerra fría con la isla a lo largo de medio siglo y se acomodó a las nuevas condiciones geopolíticas dando un espaldarazo al heredero de la dinastía. Eso es lo que se llama "realpolitik".
Fidel Castro hizo su revolución y surfeó más de medio siglo sobre esa herida latinoamericana y ayudado por las extremas desigualdades sociales que reinaron y reinan en la región. Cuando ya no necesitó en Cuba del mártir crístico Ernesto Che Guevara, quien lo acompañó en la toma del poder y era mucho más radical y soñador que él, lo dejó ir a su sacrificio en las montañas bolivianas. Gran estratega, logró evitar todos los intentos de asesinato que se fraguaron contra él y evitó los intentos de invasiones a Cuba. Sobrevivió al malestar de un pueblo hambreado luego de la caída de la Unión Soviética y el fin de su ayuda y se deshizo tranquilamente de miles de opositores o desilusionados precarios que en masa huían en balsas hacia Miami. 
Vio morir uno tras otro a todos los amigos y ex compañeros que se le enfrentaron y terminaron en el exilio derrotados luchando contra su régimen. No le tembló el pulso para fusilar a sus mejores amigos y colaboradores, como ocurrió en 1989 con Antonio de La Guardia y Arnaldo Ochoa. 
Y ahora, muchos analistas pueden concluir que Fidel es otro ejemplo exitoso del aserto maquiavélico de que "el fin justifica los medios". El tiempo fue tan implacable que al final las nuevas generaciones de cubanos de Miami, los llamados "gusanos", terminaron por dar la espalda a sus padres disidentes y abogaron mayoritariamente por la normalización de las relaciones y el fin del bloqueo. Alguna vez Fidel dijo que "la historia me absolverá". Pero eso solo lo sabremos tal vez dentro de mucho tiempo, cuando los Castro y su régimen pertenezcan a un lejano pasado.

domingo, 7 de agosto de 2016

LAS ANGUSTIAS DE BAUDELAIRE


 Por Eduardo García Aguilar
 Todos los escritores y filósofos del mundo, amantes de la cultura, la poesía, el arte y el pensamiento, las actividades menos rentables y más incomprendidas del planeta, deberían leer y releer con frecuencia las cartas de Charles Baudelaire (1821-1867) a su madre desde Bruselas, escritas de abril de 1864 a julio de 1866, cuando regresa a París para continuar su agonía en el sanatorio dirigido por el doctor Emile Duval, cerca del Arco del Triunfo.
     El genial autor de Las flores del mal había viajado a Bélgica para huir de los acreedores que lo perseguían en París, ciudad donde por esa razón residió en cuarenta direcciones diseminadas por todos los barrios, calles y avenidas. Pese a ser reconocido por los entendidos como gran autor, Baudelaire vivió toda su vida angustiado por las deudas y los problemas económicos, casi siempre a merced de la ayuda puntual de su querida madre, casada en segundas nupcias con un militar que no quería mucho a su hijastro, amante del vino, las mujeres, la escritura, las drogas y la vida nocturna.
      Cuando huyó a Bruselas ya había escrito Las flores del mal y preparaba nuevos libros como El Spleen de París, Los paraísos artificiales, un volumen sobre Bélgica y una colección de ensayos sobre arte, que pretendía vender en bloque a los editores por una suma importante que le generara alguna renta para vivir sus últimos años de manera modesta y sin angustias.
     A través de esas Cartas de Bélgica a su madre (Ramsay, París, 2011), que residía en Honfleur, somos testigos de la vida cotidiana del extraordinario autor en El Gran Hotel del Espejo, donde trata de evitar a la dueña que le cobra insistentemente a causa de los retardos, a medida que se extiende la estadía obligada en el vecino país.
     Baudelaire quería regresar a París cuando tuviera dinero suficiente para pagar las deudas y hubiera concretado la reedición de Las flores del mal y los otros cuatro volúmenes, o sea que deseaba regresar triunfante y no derrotado. Al principio se ilusiona con la posibilidad de ganar algunos francos dando conferencias y recitales en Bélgica, pero pronto se da cuenta de que los organizadores de esas veladas incumplen y al final le pagan mucho menos de lo esperado.
      Las personas que están encargadas de negociar los derechos de sus libros en París tardan en responderle y Baudelaire pierde todas las ilusiones, hasta creer que ninguna de sus obras será reeditada y que pese a todos sus esfuerzos terminará en el olvido y que “nunca jamás ninguno de mis libros se venderá”, como dice en misiva del 13 de noviembre de 1865.
      A medida que pasan los meses la situación se agrava pues las deudas aumentan. No solo tiene que pagar el hotel, sino las comidas diarias y los medicamentos para sus males, que detalla con exactitud. Aquejado por la sífilis y diversos males estomacales, reumatismos y neuralgias, el cuarentón suda la gota amarga y ve como van disminuyendo sus fuerzas para avanzar en la escritura y la corrección de sus libros.
      Además, descubre que detesta a los belgas por lo que él percibe como vulgaridad y estulticia y comprende que está solo, carece de interlocutores de su nivel, salvo su amigo Poulet-Malassis, y que sus días se agotan en la lucha por obtener préstamos y por la espera de los giros que le hace el apoderado de la familia, Narcisse Ancelle, o su pobre madre, la señora Aupick, que nunca lo abandonó y le hacía llegar sumas para que no se sumiera en la más absoluta miseria. Sus amigos Victor Hugo y Saint Beuve, que no son tampoco sus santos de devoción, lo estiman y tratan de recomendarlo a medida que conquistan todas glorias, medallas y los honores del momento.
      La correspondencia dirigida a su madre es pues el testimonio cotidiano del absoluto fracaso en vida de un gran poeta y escritor, de un esteta soñador, hombre de buen corazón, traductor de Edgar Allan Poe, conocedor de las artes plásticas y lector inagotable, amante de las buenas prendas y que a los 45 años ya se ve como un viejo que tiene nostalgia de los pasados años de efervescencia, vanidad y gloria, cuando era un dandy bien vestido que frecuentaba buenos restaurantes y bares y salones en una ciudad que vivía los mejores años de espelendor, a mediados del portentoso siglo XIX. De ese efímero bienestar quedan las fotografías que lo muestran bien ataviado, como la que le tomó Charles Neyt y, donde se le ve con el cigarro en la mano y la mirada penetrante y profunda.
       Al final logra un contrato para editar sus libros con la editorial Garnier, pero la suma solo servirá para cubrir parte de las deudas y pagar los gastos de viaje, hospitalización y agonía del poeta durante meses en un sanatorio hasta la cercana muerte, acaecida el último día de agosto de 1867. Baudelaire fue enterrado el 2 de septiembre en el cementerio de Montparnasse, después de una ceremonia religiosa en la iglesia Saint Honoré de Passy. Unas cien personas de la cultura, amigos, escritores y familiares estuvieron presentes cuando su ataúd fue introducido en el mausoleo donde ya se encontraba desde hacía diez años su padrastro y en el que reposa el poeta junto a sus familiares. Pronunciaron discursos sus amigos Asselineau y Banville. Su madre le sobrevivió hasta agosto de 1871. Sus Obras completas, cuidadas por Asselineau y con prólogo de Téophile Gautier aparecieron en 1868 y desde entonces sus libros han conocido un rotundo éxito editorial permanente. El pobre poeta no gozó en vida ni de la gloria ni el dinero que ha generado su obra hasta nuestros tiempos y que probablemente seguirá produciendo hasta el final de los siglos.
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* Publicado en la sección Expresiones de Excélsior. Ciudad de México. 7 de agosto de 2016.  
+ Foto de Baudelaire, de Charles Neyt.

sábado, 6 de agosto de 2016

EL FENÓMENO EDGAR LEE MASTERS

Por Eduardo García Aguilar
El escritor estadounidense Edgar Lee Masters, nacido en Kansas en 1868, murió en un hospicio de Pensylvania un 5 de marzo de 1950 a los 81 años. Cuarenta y cinco años antes, en 1915, había publicado un libro de epitafios en forma de poema que no solo le daría fama inesperada, sino que se convertiría en su obra mayor, un libro excepcional que opacó a los otros y que a lo largo de su larga vida nunca volvió a repetirse, pese a haber publicado más de 50 volúmenes de poesía, ensayo, novela y biografía.
     Sin negar la influencia de la Antología Griega, su Spoon River Anthology es el fresco de una época, el lamento doloroso de un hombre que había logrado comprender muchos de los oscuros juegos de la vida, sus manías complejas, malas jugadas, risotadas, burlas macabras, sin perder la esperanza. Adentrándose en un cementerio humilde de un pequeño poblado, Lee Masters logra comunicarnos un mundo que trasciende los límites de lo banal, para resumir la tragedia humana. En el epitafio del inventor Robert Fulton Tanner dice que “un hombre no podrá jamás vengarse del ogro monstruoso de la vida”. Y agrega: “si solo un hombre pudiera morder la mano gigante que lo apresa y lo destruye, tal y como yo fui mordido por una rata al presentar mi trampa patentada”. 
     La vida para el genial Lee Masters vendría a ser una trampa a la que como ratas llegan los hombres engañados por las ilusiones y el deseo de cumplir un “destino”, sin saber que adentro, mientras saborea el pérfido queso, es solo objeto de las llameantes miradas de la vida, que al fatigarse de verlo correr dentro de la jaula, le lanza sus traicioneros zarpazos.
     Lee Masters visita y exige a cada uno de esos mínimos personajes decir la verdad y solo la verdad. Bajo la fría lápida del olvido ya no tiene nada que perder y solo aquella puede engrandecerlos, así como cada uno de esos personajes, jueces, banqueros, vigías, prostitutas, cantineros, poetas, violinistas o ingenuos, tal vez imaginarios, ficticios, acorralados, arrepentidos, envidiosos o justos, se vuelven gigantes en el polvo, colosos en el silencio. El mérito y la maravilla de cada uno de los epitafios es que logran comunicarnos en renglones simples y rápidos, la profunda verdad de una vida.
     Para la señora Ollie McGee, “ese hombre de mirada baja y cara huraña”, es el “marido, que por una ensañada crueldad, vergonzosa de decir, me robó la juventud y la belleza (...) Muerta, yo me vengo”. Pero para Fletcher, su esposo “ella tomó mi fuerza minuto a minuto, poseyó mi vida hora tras hora. Me agotó como una luna afiebrada toma la savia de la tierra que gira (...) Yo golpée las vidrieras, sacudí las herraduras, terminé por esconderme en un rincón. Después ella murió y me ha espantado hasta el fin como una quimera”.
     La ironía manejada por Masters es implacable y certera. Unos a otros se acusan, pero con una  tranquilidad que sube del fondo de sus huesos roídos por el tiempo, huesos que ya no pueden temer ni pretenden esconderse tras su lápida-máscara. El borracho del pueblo, a quien el cura le negó sepultura en tierra consagrada, es finalmente sepultado junto a dos eminentes protestantes, el banquero Nicholas y su querida esposa Priscilla Chase Henry y el borracho se ríe y dice: “Almas prudentes y piadosas, mirad como el juego del azar puede traer gloria y honra a muertos que, vivos, ¡solo conocieron la vergüenza!”. Benjamin Pantier, notario, que “conoció la ambición” y pretendió la gloria, es sepultado con su fiel compañero, el perro Nig, con quien vivió sus últimos días, encerrado en un siniestro cuarto: “Bajo mi mandíbula yace el osificado hocico de Nig. Nuestra historia se pierde en el silencio. ¡Pasa, mundo demente!”.
     Hay algunos felices como William y Emily que vivieron juntos hasta la muerte, para decir después que “hay algo en la muerte que se parece al amor”, o como el avieso Frank Drummer, a quien todos creían pobre de espíritu, pero dice que “a pesar de todo, al comienzo había en mi alma una clara visión, una vocación alta e irresistible que me condujo a querer aprender de memoria ¡La Enciclopedia Británica!”.
     Spoon River Antohology tuvo muchas ediciones y el éxito fue arrollador. Los estadounidenses se identificaron así con cada uno de esos personajes lanzados a la deriva, anónimos. Sandro Cohen, que tradujo y prologó una pequeña selección de los poemas de Lee Masters publicada en México, anota que este se “empeñó, más que nada, en descubrir todo elemento de hipocresía que pudiera encerrar la sociedad estadounidense. Es fácil imaginarse el escándalo que causó en 1915” (Edgar Lee Masters. Antología de la antología de Spoon River, Material de lectura, N° 79, UNAM).
     En 1924 el autor intentó sin éxito redoblar el éxito del primer Spoon River, con una obra llamada The New Spoon River, publicada por Boni and Liverigth Publishers, New York, en 1924, que no obtuvo el éxito esperado. En las librerías de viejo de Estados Unidos yacen por cantidades otras ediciones de libros de Lee Masters que no tuvieron la fortuna de ese volumen exitoso donde se nos muestra lo vano de patalear y protestar, cuando el gusano orondo espera.
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 * De la serie Textos nómadas.

sábado, 9 de julio de 2016

EL BELISARIO DE ROBERT GRAVES

Por Eduardo García Aguilar
Desde su refugio en Palma de Mallorca Robert Graves aceptó reconstruir viejos siglos a través de la novela para dedicarse a su verdadera pasión: la poesía. ¿Pero hasta dónde esa utilitaria empresa que producía grandes best-sellers como Yo, Claudio y Belisario no lo conducía también hacia emocionantes mundos por medio un túnel de tiempo caprichoso y juguetón?
     Imagina amplias praderas, ríos fogosos, bosques aun vírgenes y en ellos dibuja a su guisa hombres, guerreros, emociones, batallas, burdeles, gigantescas moradas de piedra, lujosos y ambiciosos sátrapas y crea al paso de su pluma el pasado, el mito, la leyenda que hoy nos llega brumosa y plena de inverosmilitudes.
     El poeta Robert Graves (1895-1985), como todo gran poeta, posee el don de la ubicuidad, el derecho a renunciar no solo a su patria, sino a su tiempo y reclama para sí el más apasionante deber de los sabios: el destierro. Como su Belisario, Graves viaja por otros campos de batalla y se detiene a contemplar un filme que lo ata a otro inmediato: el pasado. 
     Su libro Belisario (Count Belisarius), es un viaje al siglo V de nuestra era. Un eunuco que por su naturaleza está acodado al relato, observa y cuenta el ocaso de un imperio. Espejo pasivo que sobrevive a sus contemporáneos, inicia su historia en 571, después de que todos sus protagonistas han desaparecido. Vemos al niño Belisario (494-565) desgarrado por un primer destierro, el de la educación, jugando a las batallas con sus compañeros y diciendo ante la orgullosa mirada de su tío Modesto, que “ser romano no significa pertenecer a Roma sino al mundo entero”.
    Asistimos a su primera emoción amorosa, cuando prsencia los movimientos del contorneado y sensual cuerpo de la hetaira Antonina, su futura esposa y ama del eunuco relator. Luego pesenciamos las guerras de este general bizantino que realizó bajo Justiniano  reconquistas en África, Sicilia e Italia: con los hunos, los persas, la toma de Cartago, la derrota de los vándalos, sus ascenso a cónsul y su desgracia sellada en la ceguera. Puntos de una deliciosa majestuosidad se construyen, por ejemplo, en el encuentro de Antonia con Teodora, otra compañera de perdición, ahora esposa del emperador. La posterior entrevista de la primera con Belisario en campaña contra los persas y la aceptación de una larga unión amorosa.
     Monjes perdidos deambulan cargados con el secreto de la seda oriental, una pérfida ballena cruza los mares sembrano el terror, como la peste bubónica que azota y decima poblaciones enteras y al final muere encallada en un banco de arena, presagiando la muerte del imperio.
     Belisario cubre un siglo de nuestra era y nos enseña las características de civilizaciones o barbaries desaparecidas bajo el polvo. El imperio surge en su esplendor y decadencia desde los grises castillos de Britania cubiertos de líquen amarillo, hasta las riberas del Danubio asediadas de hunos balbuceantes e implacables y desde la gran Cartago, dominada por los vándalos, hasta las estrecheces del Bósforo.
    El Belisario de Graves carece tal vez de la trascendecia de las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar o del fulgor de la prosa de La muerte de Virgilio de Hermann Broch. Es un puntilloso fárrago de cotidianidades deslucidas, empresa desganada de un eunuco nostálgico.
     El relator “suele envidiar al hombre que puede llevarse al lecho a una mujer para algo más que abrazarla y besar castamente sus ojos” y al deambular por el palacio como un opaco administrador solo alcanza a construir un catálogo de donde la emociones están desterradas.
    Dice Graves, estableciendo paralelo entre el relato romántico de las “hazañas” del rey Arturo, “insignificante reyezulo inglés, jefe de la caballería aliada, a quien los romanos abandonaron a su suerte cuando la infantería fue rechazada de las ciudades fuertes de Britania, a comienzos del siglo V”, que si “Procopio hubiera sido su cronista, ogros, barcos encantados y magos no hubieran figurado en el relato, a no ser solo como una episódica referencia a las leyendas británicas de la época”.
     El autor crea con total alevosía una voz insípida para abordar la grandeza y allí, como buen anglosajón, se deslinda de todos aquellos autores ---eslavos, franceses, esteuropeos o hispanoamericanos--- que acuden a lo pomposo o al empalagoso barroquismo para contar historias de héroes o de imperios caídos. Graves toma distancia a diferencia de esa miríada de autores engolados de la Europa latina o de hispanoamérica, herederos retrasados del modernismo, que relatan como barítonos atronadores y al gritar para hacerse notar en el escenario quiebran las vidrieras del tiempo y quitan oxígeno a la historia.   
    La voz opaca del eunuco coincide con un ambiente de ruinas. El fin de un imperio todopoderoso abría el paso a uno inexistente o a una larga zona de nostalgias fragmentadas y endogámicas. El repliegue de las majestuosidades exteriores y de las grandes empresas conquistadoras de los héroes clásicos, el fin de los grandes ideales belicosos, de las infalibilidades y las verdades establecidas, daban paso a las leyendas góticas.
     Estatuas, bustos de emperadores, colosos de Rodas y arcos triunfales caen hechos pedazos y se hunden en el barro; grandes estadios y monumentos son cubiertos por la vegetación y se vuelven montículos poblados por cabras y silenciosos pastores; las ciudades terminan cubiertas por ríos desborados o como Cartago o Alejandría son devoradas por el mar. Graves el poeta lo sabe y por eso escoge la voz del eunuco viejo para llevarnos de viaje hasta los confines iniciales de nuestra era.
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* De la serie Textos nómadas. 
   

lunes, 4 de julio de 2016

CERVANTES EN SEVILLA

Por Eduardo García Aguilar
Para muchos latinoamericanos caminar a orillas del Guadalquivir en Sevilla es retornar a los orígenes en una Andalucía multirracial donde siempre se cruzaron pueblos y vientos provenientes de todos los puntos cardinales, desde egipcios, fenicios, judíos, griegos y romanos hasta el dominio, auge, esplendor y caída del islam, cuyas huellas perviven en miles de palabras de nuestro idioma y en los nombres de las principales ciudades de aquí: Al Andalús, Córdoba, Benalmádena, Algeciras y muchísimas más. 
      Las aguas apacibles del río cruzan con naturalidad a Sevilla cubierta por el sol canicular y bajo los puentes se percibe una calma que nada tiene que ver con los ajetreos milenarios de este puerto fluvial sanguinolento que acogió todos los sueños y derrotas humanas, pero está lleno de ilusiones, pues la ilusión es esencia de sangre y danza, el simple hecho de ser feliz por estar en este mundo bajo el sol y junto al agua.
     Como no lejos de aquí estaban los puertos marítimos de Cádiz y Sanlúcar de Barrameda, de donde partían todas las naves hacia América o a darle la vuelta al mundo en siglos de exploración, aventura y descubrimientos, Sevilla era un poderoso centro administrativo donde reyes, magnates, viajeros, aventureros, asesinos, bandidos y  forasteros turbios se reunían a fraguar sus planes y a ejercer todo tipo de comercios y maldades sin fin.
      Prueba de ello es el Archivo General de Indias, cuya visita emociona siempre a quienes estudian sin cesar los misterios de España e hispanoamérica, pues en las estanterías, cajones y viejos baúles empolvados acumulados allí a través de los siglos se encuentran los folios salvados con la historia de millones de vidas y la contabilidad de los ires y venires de mercancias, libros, joyas, lingotes, prendas, telas, y todo tipo de objetos materiales, a los que se añaden cartas, testamentos, poderes y mensajes que vibran y chillan desde un pasado inagotable de sorpresas y misterios. Millones de vidas acumuladas en hojas de papel.
      Al lado del Archivo, la enorme Catedral de Sevilla nos recuerda a la similar de Ciudad de México, construida sobre Tenochtitlán a imagen y semejanza de esta por expatriados que deseaban reconstruir a España en territorios de ultramar. Un catedral que parece ciudad y dentro de la cual vibran hoy las notas de un órgano profundo que nos hace volar por tinieblas tenebrosas de siglos poblados de muerte, crueldad y eternidad apocalíptica.
      Allí se arrodillaban a orar aquellos conquistadores asesinos que, ya viejos y sobrevivientes, retornaban de las Indias con la pecaminosa carga de haber matado sin límites y humillado y diezmado a las poblaciones indígenas de América en uno de los más espantosos genocidios u holocaustos cometidos por la humanidad. Y junto a esos altares barrocos cubiertos de oro,  que brilla hasta enceguecer, bajo el treno del órgano, uno siente el peso de la historia y percibe el sudor de esos viajeros de cuando España era la gran potencia mundial y su reyes dominaban el mundo sin límites y enviaban sus enormes Naos por los mares del mundo.
      En el Archivo General de Indias, tras subir por escalinatas pulidas y caminar por salas de pasos perdidos junto a cuadros de virreyes y bustos de filólogos o historiadores decimonónicos, nos encontramos con una pequeña exposición dedicada a Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del Quijote que soñó con ser nombrado funcionario en Cartagena de Indias y fue frustrado, por fortuna, en el intento. Y digo por fortuna, porque en el fascímil de la carta hallada en algún legajo de estos archivos, las autoridades lo disuaden de viajar a América  y lo invitan mejor a buscar empleo por estos lares andaluces.
      El autor del Quijote vivió entonces más de una década en Sevilla dedicado al modesto trabajo de recaudador de impuestos o de confiscador en los campos de productos alimentarios para dotar las naves de Su Majestad que viajaban a América. En esas tristes lides burocráticas terminó enredado en lóos judiciales que lo llevaron por fortuna a la carcel donde  inició la escritura de su obra maestra. Sin Andalucía y Sevilla el Qujote no hubiera existido y otra fuera la historia de la literatura castellana.
       Los investigadores encontraron este año nuevas cartas y datos del paso de Cervantes por Sevilla, expuestos en vitrinas al lado de documentos donde figura la lista minuciosa de las mercaderías que iban y venían de ultramar. Así sabemos que de las primeras ediciones de El Quijote se enviaron decenas de ejemplares a San Juan de Ulúa, en México, y a otros puertos de América como Cartagena de Indias.
       La modesta exposición con motivo de un nuevo centenario de Cervantes nos familiariza con su firma y nos muestra las huellas de pobre vida en pensiones y las angustias de uno de los más notables fracasados en vida de la historia literaria: la del simple empleadillo escritor de El Quijote de la Mancha. Y para tocar la realidad con las manos, de los sótanos de los Archivos subieron un enorme baúl cajafuerte de hierro fabricado en Nuremberg, con un sistema complicadísimo de llaves y claves que lo hacían inexpugnable con sus riquezas y secretos adentro.
      Afuera en Sevilla sigue la vida bajo la canícula. En el Alcázar la banda municipal toca pasodobles y en los tablaos auténticos del barrio de las Juderías cantan sin cesar los andaluces aquellas saetas y canciones que los han hecho famosos.
     En la Plaza de toros suenan los oles y en los barrios adictos al extraño animismo mariano siguen las multitudinarias procesiones de las vírgenes de los Dolores o la Soledad, cubiertas ellas de coronas áureas y mantos brillantes iluminados con un festín de cirios y veladoras encendidas, que llevan en andas desde hace siglos al son de los compases de alguna orquesta sacada de Tirano Banderas de Valle Inclán. Esa es la Sevilla de Cervantes, Bécquer, Lorca y Machado y Paco de Lucía sin la cual el mundo fuera mucho más aburrido.

    

lunes, 27 de junio de 2016

TEQUILA COXIS, DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR: UN VIAJE A LA RAÍZ

 Por Jorge Nájar* 
 En su vena más honda, Tequila coxis(1) es un viaje a la raíz. No a la raíz étnica, cultural o política; un viaje a la raíz antropológica, tejida por toda una red sanguínea que la nutre. Este viaje empieza en una vieja y destartalada mansión de Ciudad de México; una casa de las antiguas familias patricias convertida en ruinas. La voz, los ojos, los sentimientos de Néstor Aldaz nos permiten visitar esas ruinas tanto humanas como arquitectónicas e incluso sociales. Así descubrimos el estado de decadencia en el que vive Porfirio Antúnez, representante de una antigua aristocracia venida a menos. Así nos compenetramos con el estado de caos social. Escombros de una lucha identitaria extraviada en la búsqueda de fantasmas de la historia. Denuncia y fascinación de una situación frecuente en la ficción y en la realidad latinoamericana.
El que llega a dicho espacio es un periodista que hurga en el pasado de ese ser decrépito. Hurga en pos de la verdad sobre la muerte de una actriz. Y como consecuencia de su inmersión, emerge la voz que rige la acción en Tequila coxis. Esa voz da cuenta de los movimientos y manifestaciones de esos personajes, para terminar cuajando en una novela poliédrica cuyo eje central, la búsqueda de los orígenes, vertebra todas sus facetas.
En uno de sus aspectos más visibles, con la apariencia de un canto a la ciudad multifacética, a la vez engendradora y devoradora de mitos y leyendas, de pasiones extremas y de personajes extraños, la voz nos conduce hacia la intrahistoria del cine mexicano en su época dorada. En paralelo, imbricado con ese canto, asistimos a la debacle de uno de los sobrevivientes de ese período de gloria reciclado por los azares de la vida en el líder máximo de un movimiento de “renacimiento” de los valores más singulares de la civilización mexicana pre-hispánica, en lucha a muerte con la cultura cataclismática y moderna del México contemporáneo. Sexo, droga y alcohol. Pero ya dije, en el fondo, el personaje central, se mueve a la búsqueda de saber quién es, quienes fueron los suyos, por qué ahí y en ese contexto, él que no es precisamente mexicano.
El descubrimiento de la verdad resulta un verdadero asombro para él y, singularmente, para el lector. Tequila Coxis resulta así un canto de amor y odio a la Ciudad de México, a la vida, a los azares de la existencia. En sus diferentes escenarios los personajes se cruzan, se tocan, se desean, se separan, se encuentran en habitaciones de paso a donde acuden los amantes, las esposas aburridas, los maridos hastiados, todos devorados por un deseo incontrolado.
Desde el dintel de la novela, después de haber visto el estado imperante en esa antigua mansión colonial el lector asiste al encuentro con otra de las constantes: el elemento a la vez cómico y misterioso de la Coatlicue. “En el otro extremo de la sala, en la pared, estaba el enorme cuadro de la Coatlicue, la diosa vestida de serpientes, la deidad que pretendía (Porfirio Antúnez) convertir desde hace años en centro de culto entre la gente de las barriadas... En medio de la decrepitud y cercano ya al fin, Porfirio Antúnez tenía aún aliento para canalizar sus odios a través de la diosa pétrea de espectral rostro ofídico, cubierta de mutilaciones y calaveras, y proyectar su ciega venganza contra Hernán Cortés, el conquistador que cambió el rumbo de estas tierras para siempre.” (pp: 15-16) Desde ese paradójico punto de partida, poco a poco iremos descubriendo el período de gloria de ese extraño personaje durante los años del esplendor del cine mexicano, autoconvertido en su decrepitud en el animador del movimiento aztequista-zapatista-anticortesinano. “-…¡Vamos a vengarnos de los españoles!- exclamó mientras engullía el último resto de la suculenta papa.” Marcada por una voluntad de análisis del extremismo identitario, Tequila Coxis no por eso cae en el tono de la denuncia; por el contrario, el flujo narrativo acarrea, por momentos, un fino sentido del humor y, en otros, un intenso dramatismo. Así logra poner al desnudo una pasión capaz de llegar al asesinato por amor.
Tequila coxis es, asimismo, una incursión en el mundo de las exageraciones libertinas y la usura de los cuerpos, con un entramado de novela negra en lo que ello conlleva penetrar en los lados más oscuros de una sociedad para indagar el pasado de una generación que se extravió en el mundillo del cine, la droga y el alcohol. El hijo de la frustrada estrella del cine, indaga por las circunstancias de la muerte de su madre y en su averiguación va descubriendo la ciudad y vive él mismo la pasión y se enreda en la trama del deseo con una serie de “libertarias”, cuyos comportamientos las convierte en seres caricaturescos.
Así, Ciudad de México en Tequila coxis es presentada como una fiera dispuesta siempre a dar el gran zarpazo, como una urbe llena de lugares asombrosos o siniestros. No por nada la presencia de roedores nocturnos y de mamíferos voladores entre los techos de la ciudad es una de las imágenes recurrentes a lo largo de la historia de la ciudad y de los personajes.
Las incursiones de Néstor Aldaz en pos de recrear el pasado de su madre le lleva a comprender que ninguna ciudad puede palpitar ni entenderse sin su historia negra, sin sus tragedias cotidianas y pasiones turbulentas. La historia de la delincuencia y de sus movimientos de “resistencia autoctonista” es también una historia de la ciudad y sus habitantes.
En muchas ocasiones, esta historia tiene más lustre que la oficial, la de los próceres y las gestas heroicas. Recordemos que las ciudades legendarias de la modernidad están marcadas por sus hechos delictivos y sus personajes criminales: Chicago, Los Ángeles, Nueva York, París, Londres. Tal también es el caso de Ciudad de México en la versión de Tequila coxis cuya mirada socarrona se burla de muchos militantes folklóricos de la identidad nacional e individual.
En medio de eso submundo Néstor Aldaz llega a descubrimiento de su verdadera identidad. “Y entonces supe, con horror, que era hijo del asesino de mi madre, una historia digna del griego Sófocles, y como un sueño, supe también que mi verdadero nombre no era Néstor Aldaz, sino Néstor Antúnez. Yo era pues la rencarnación del monstruoso y repudiable Porfirio Antúnez.” (p. 203)
Un abismal y fascinante relato en pos de la “identidad”.



(1) Tequila coxis, Eduardo García Aguilar. Editorial Colibrí S.A. México. Distrito Federal, 2003.

* Jorge Nájar. Poeta, ensayista y narrador peruano residente en Francia. (Pucallpa-Perú, 1946). Estudió en Lima Educación y Ciencias Humanas en la Universidad Nacional «Federico Villarreal». Trabajó de profesor en su ciudad natal. Ejerció en Lima el periodismo hasta 1976, cuando viajó a Francia donde prosiguió sus estudios de antropología en el Institut de Hautes Etudes de l’Amerique Latine, París III. En 1972 publicó su primer poemario Malas maneras. Obtuvo el Primer premio de la Bienal del Poesía del Perú (1984), Premio Copé de Oro; y el Premio Juan Rulfo de Poesía (Radio France Internationale, 2001). En 2002, la Editorial de la Unesco publicó su antología Poesía contemporánea de expresión francesa y, en 2003, la U. Católica de Lima lo reeditó. Toda su obra poética ha sido reunida en Formas del delirio (Ediciones San Marcos, Lima, 1999). Gran parte de su obra narrativa y poética ha sido traducida al francés: Le dire du malappris (Correcaminos, 1988); Pérou, contes populaires (Syros-Alternatives, 1989); Le diables rient (Syros-Alternatives, 1990); Toile Écrite (La Différence, 1992); Gravures sur maté (Folle Avoine, 1999); Figure de proue (Folle Avoine, 2006). Vive en París desde 1977 donde enseña y traduce poesía.