lunes, 18 de junio de 2018

CONFESIONES DE UN BIBLIÓMANO

Por Eduardo García Aguilar

El primer libro que compré en mi vida a los once años con mi propio dinero y por decisión propia fue De la tierra a la luna de Julio Verne en una bella edición ilustrada de la editorial argentina Kapelusz, en su sede del centro de Bogotá. En los frecuentes viajes que hacía con mi padre a esa ciudad cuando mi hermano mayor ya estaba allí estudiando la carrera de derecho me fascinaba el olor de las manzanas empaquetadas y lozanas que vendían en los kioskos de la séptima y las vitrinas de las librerías que abundaban en un tiempo que deseaba olvidar los horrores de la Violencia y trataba de conquistar el futuro bajo los gobiernos del Frente Nacional.
En la misma librería compré otros dos pequeños volúmenes recién editados con ilustraciones, uno de los cuales versaba sobre las deidades mitológicas indias y resumía las leyendas del Ramayana y el Mahabárata. Esos tres libros aún los conservo y los hojeo de vez en cuando como un ritual que celebra el inicio de la pasión bibliográfica. Es fácil decirlo, pero cuando el niño decide gastar su dinero en libros en vez de comprar golosinas o imágenes para álbumes, se inicia la pasión por un soporte surgido cuatro siglos antes con la invención de la imprenta por Gutenberg.
Puede llamarse bibliofilia, bibliomanía, bibliopatía o lo que se quiera, pero desde entonces no ha habido un solo día en la vida en que no haya pasado por una librería o biblioteca en busca de algún volumen o depositado en el nochero uno o varios libros para devorar sin sentir el paso de las horas.
Antes de esa compra libresca en Kapelusz, en la carrera décima con calle diecisiete en Bogotá, otros libros habían llamado mi atención en la biblioteca familiar. El primero de todos, el volumen de Las mil y una noches de la editorial Sopena, en pasta dura, ilustrado y colorido, cuya lectura fue un verdadero sismo interior, en especial por las aventuras de Simbad el Marino. Con esa lectura el niño quedó convencido de que con los libros se podía viajar sin límite a todas partes y además volar como lo hacía el Ave Roc o flotar en la nube de sueños que expelía la Lámpara de Aladino.
Este volumen de Sopena se me ha extraviado y lo busco en las librerías de viejo de las capitales hispanas porque a él le debo sin duda el inicio en el placer de la lectura y la tentación de escribir y contar historias o comunicar ideas o sensaciones. El cine es maravilloso y durante mucho tiempo fui asiduo al séptimo arte, pero nada igual a las ventanas que abren los libros porque cruzándolas uno puede viajar a través de siglos y milenios e internarse en todos los mundos posibles, ciudades, bosques encantados, valles lejanos, mares agitados, cumbres borrascosas, ríos, lagos, altas montañas nevadas, prisiones, palacios, transatlánticos o naves espaciales que nos llevan por planetas y galaxias.
En los tiempos de la adolescencia el descubrimiento de los clásicos más antiguos fue también otra aventura inolvidable y en la actualidad aún palpitan las terribles historias de Edipo y Prometeo Encadenado o las aventuras de Ulises o la guerra de Troya que nos llegaban en impecables ediciones de papel fino y estaban presentes sin falta en todas las bibliotecas. Saber que ya en aquellos tiempos los teatros se llenaban en Grecia y en todas las grandes localidades costeras del Mediterráneo nos hacía pensar en la aventura de la humanidad y especular sobre tiempos lejanos en que cultura, arte, poesía, dramaturgia y música eran actividades lúdicas que atraían a miles de espectadores.
Basta ver las ruinas de aquellos inmensos teatros de la antigüedad para entender que la humanidad no siempre ha estado dominada por la barbarie. En los museos uno puede ver las obras de los discípulos de Fidias y observar con cuidado los bustos de los sabios de aquellos tiempos. Sócrates, Aristóteles, Platón y Homero existieron y su rostro nos llega a través del mármol, lo que indica que sus contemporáneos los admiraron y quisieron tenerlos siempre presentes como ejemplo.
Por eso la lectura de las aventuras y las ideas de Sócrates contadas por Platón nos fascinan en la actualidad pues podemos imaginar a aquel viejo hedonista, barbudo y excéntrico amante del vino que solía a través del diálogo incitar a sus discípulos y amigos a reflexionar sobre la vida y la muerte, el pasado y el futuro. Como Sócrates o Diógenes hubo en la antigüedad una pléyade de pensadores y sabios, astrónomos, geómetras, médicos, arquitectos, agrimensores, ingenieros navales, hombres todos ellos que reflexionaron sobre el milagro de la existencia y los misterios del cosmos y la tierra que habitamos.
Para que floreciera una cultura como la clásica en la antigüedad la humanidad tuvo que hacer durante miles de años reflexiones y experimentaciones indagando por los misterios de lo visible y lo impalpable. De aquella aventura del pensamiento a través de los milenios después del Magdaleniense no quedan huellas ni libros como los de Aristóteles y Platón, pero con la imaginación podemos viajar y tratar de reconstruir las palabras de los sabios y las preguntas de los niños que casi siempre son mas lúcidos que los adultos.
Basta mirar el rostro y los ojos del Escriba sentado, pequeña escultura colorida que se encuentra en el Louvre y que representa a un notario de su tiempo, al funcionario que en cuclillas escribe y hace cuentas sobre un papiro para dar testimonio de su época. Su mirada lúcida y penetrante nos interroga y nos desubica porque los contemporáneos de este siglo XXI creemos ser los más modernos, enterados y sabios, cuando milenios antes de nuestra era en Egipto una civilización dominaba todas las artes y las ciencias y escribía en papiros, piedras, tabletas o en inmensos frescos sobre los muros de los templos y las tumbas el paso de la historia, la sucesión de guerras, dinastías e imperios, el auge y la caída de las naciones, las catástrofes naturales, el destello de los meteoritos o el paso de los cometas.
Los múltiples libros de La Biblia, Las mil y una noches, el Mahabárata y el Ramayana, La Ilíada, La Eneida, Los Nibelungos, La saga del rey Arturo, El Quijote, Gargantúa y Pantagruel, Orlando el furioso, entre muchas obras capitales son el testimonio de esa aventura de la imaginación y el pensamiento de la humanidad y de los niveles a los que puede llegar cuando vive en paz y olvida las guerras y el odio para imaginar y creer que un mundo mejor es posible.
  

domingo, 13 de mayo de 2018

LA FUERZA DE CABRERA INFANTE

Por Eduardo García Aguilar
 
Guillermo Cabrera Infante (1929-2005) es uno de los clásicos de la literatura hispanoamericana y su obra crece y se fortalece con el paso del tiempo, porque desde la publicación de Tres Tristres Tigres y La Habana para un infante difunto su escritura se ha convertido en ejemplo de lo que significa la libertad de escribir en todos los aspectos: ampliar y diversificar los espacios de la lengua, abrir ventanas y  puertas a las más descabelladas irreverencias culturales y sociales para que las escuchen todos y enfrentarse a los poderes y las tiranías asumiendo los riesgos.
 
Cabrera Infante llegó a La Habana en 1941 con su familia desde Gibara, en la provincia de oriente, a vivir en los precarios vecindarios donde se apiñaban los pobres del país cuando llegaban a la capital y allí, deslumbrado por La Habana, el cine y el sexo vivió una adolescencia desbordaba y carnavalesca durante la cual adquirió y fortaleció la fuerza de sus palabras ayudado por El Satiricón de Petronio, las revistas norteamericanas y las voces mestizas que se escuchaban en calles, plazas, cines, bares, burdeles, mercados, playas y esquinas de barrio. 
 
Su padre y su madre eran pequeños líderes comunistas en el pueblo de provincia donde vivían y amaban la cultura, el arte y los libros como los zapateros, artesanos, obreros, maestros, pescadores y empleados que adherían en aquel entonces a esas ideas que recorrían el mundo y sembraban ilusiones de cambio en muchos habitantes del planeta hastiados por injusticias, dictaduras y pobrezas.
 
El padre de Cabrera empieza a trabajar por un modesto sueldo en el diario del partido, abriéndole las puertas al mundo de la prensa, los linotipos y las rotativas. La madre está en casa administrando la vida cotidiana de la familia y abriéndole paso en la urbe. Uno tras otros van llegando del pueblo familiares y amigos, ampliando la cofradía, y al mismo tiempo conocen nueva gente, vecinos de todos los orígenes, judíos, negros, chinos, rusos, españoles.
 
El precoz escritor devora libros y películas y empieza a vivir la vida como un pequeño sátiro, rodeado de decenas de vecinas de todas las edades y orígenes, que en la cálida y alegre Habana lo inician en las artes del deseo y el amor. De esa devoración pantagruélica de la vida capitalina con sus múltiples entresijos y laberintos surge el material fundamental de su obra literaria. Fiel a La Habana, Cabrera habría de crear ya en el exilio una de las obras más vivas de la literatura continental y sin duda de la lengua, hermana de la picaresca y de la novela de caballería quijotesca.
 
Cabrera asiste a la Revolución y se decepciona de ella por lo que tras idas y regresos, detenciones y prohibiciones, se queda en el exilio europeo y fija al final residencia permanente en Londres, donde vive con su segunda esposa, la inolvidable Myriam, rodeado de una enorme biblioteca. En la soledad del destierro crea y recrea la vida habanera y en su prosa se reúnen todos los excesos de la literatura cubana, la fuerza rebelde José Martí y los modernistas, el delirio barroco de José Lezama Lima y la poesía de los cultores de la generación de Orígenes. Pero además anida en su prosa el ritmo de las músicas y las danzas tropicales, las truculencias del cine norteamericano y el habla popular de las barriadas.
 
Su prosa es una delicia y se degusta como mango, mamey o guanábana. Es ágil, sorpresiva y viaja acompañada por las melodías del jazz o las voces de los cantantes y las cantantes de boleros. Cada frase, párrafo o capítulo suyo sigue las sinuosas líneas de los cuerpos semidesnudos y cubiertos del sudor de las hembras de su tiempo, la risa de los jóvenes que caminan por el Malecón y pasan la tarde bajo el sol entre el griterío de los vendedores de referscos o frutas.
 
Toda su vida en Londres se dedicó a construir la catedral de sus novelas y entre sus naves, arcadas, escaleras, altares y cúpulas se filtran las voces de una vasta cultura universal y erudita y una gracia escritural que lo acerca a los clásicos más divertidos del castellano, Cervantes, Quevedo y Gracián. Y fuera de las horas de su esclaustramiento como lector, cinéfilo y musicópata, su vida estuvo marcada por la conversación con los amigos y la lucha contra la dictadura, el puritanismo y la intolerancia que se impuso en su país en el marco de los conflictos mundiales de la Guerra Fría.
 
Cabrera Infante, quien obtuvo el Premio Cervantes en 1997, creyó en la Revolución cubana y al inicio trabajó con pasión en medios periodísticos y culturales del gobierno, pero poco a poco fue amordazado por su irreverencia y erotismo. Fue enviado a desempeñar un pequeño cargo diplomático en Europa, pero en uno de sus regresos a la isla fue detenido cuatro meses y censurado y acusado de traidor. Sus obras fueron prohibidas en Cuba, pero circulaban allí clandestinamente, e incluso cuando murió la noticia fue ignorada en los medios oficiales.     
 
Derrotado como todos los exiliados que se rebelaron contra Fidel Castro y la larga hegemonía del Partido Comunista cubano a lo largo de seis décadas, Cabrera Infante resultó victorioso con su obra. Y es probable que algún día, como dijo con humor el gran poeta cubano Gastón Baquero, en los diccionarios en línea se dirá que Castro fue "un oscuro dictador que vivió en una isla del Caribe en tiempos de Lezama Lima", a lo que se agregarían los nombres de Cabrera Infante, Virgilio Piñeira, Dulce Maria Loynaz, Fina García Marruz, Reinaldo Arenas y Severo Sarduy, entre muchos otros. Los gobernantes siempre se han ido al olvido mientras permanecen poetas, músicos y artistas. Desde el más allá Cabrera Infante nos hace reir y gozar porque su literatura es vida, verdad, gozadera y choteo habanero. 
 
 * Publicado en La Patria. Domingo 13 de mayo de 2018. Manizales. Colombia
 
 

domingo, 1 de abril de 2018

MODERNIDAD DE RABELAIS

Por Eduardo García Aguilar 
Leer Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais en el siglo XXI confirma que la literatura reina por encima del tiempo y que a veces la más lucida modernidad, la más desatada irreverencia estuvo más viva en otros siglos, mientras lo anacrónico, convencional y retardatario parece reinar en la actualidad, cuando una tras otras las obras contemporáneas que figuran y son celebradas en los catálogos editoriales solo parecen mansas y aburridas tareas rutinarias para estar en el candelero de las vanidades, donde siempre se vende gato por liebre.  
Rabelais y Cervantes son ahora tan actuales y vivos porque contaron sus historias con una pasión desbordada por la libertad y la crítica de la estupidez humana y en esa tarea arriesgaron su pellejo. Si hoy ambos despertaran en sus tumbas y vieran a los payasos que ostentan el poder político en el mundo, estallarían en una sonora carcajada porque la ridiculez de nuestra época superaría con creces a la de su tiempo.     
Rabelais (1484-1553) es una de las más notables figuras del Renacimiento europeo y a través de su obra se comprende la ebullición de ideas y temas que caracterizó a su siglo, cuando gracias al auge de la imprenta inventada por Gutenberg comenzaron a proliferar y a circular los libros liberando los espíritus. En varias ciudades abiertas y cosmopolitas como Amsterdam, París, Lyon, Estrasburgo, Frankfurt, Venecia, Florencia y tantas otras, los hombres de letras se reunían en tabernas, librerías, mercados, lejos de universidades, iglesias y conventos donde se formaron, pero de donde huyeron para tocar tierra y captar la energía del tiempo con sus impurezas, obscenidades y vulgaridades. 
El inventor de esos personajes absurdos y geniales sacaba su materia de su contacto con pícaros, aventureros, estafadores, eruditos, libertinos, juristas, teólogos, filósofos, banqueros, comerciantes, médicos, payasos y gente de toda laya que intercambiaban ideas y noticias en esa época de descubrimientos e invenciones entre el bullicio agitado de mercados, ferias, burdeles, hospedajes de paso o carnavales donde se disfrazaban y se burlaban del incauto haciendo gala de su erudición o su agudeza, alejados ya de los sombríos tiempos góticos asfixiados por catedrales, inquisidores y sermones.  
A esos lugares llegaban ya las noticias fabulosas del reciente descubrimiento de América y en los puertos los espías asediaban la llegada de las naves para conocer de primera mano el relato de esos viajeros que provenientes de México o Perú relataban mundos inimaginables caracterizados por riquezas incontables, barcos cargados de oro y esmeraldas, reinos enormes coronados por pirámides situadas en ciudades aún más grandes que las europeas, ríos y mares inabarcables, selvas sin fin pobladas de vegetaciones y criaturas nunca vistas. 
En la literatura de la época y por supuesto, en Rabelais, se registraron las noticias de ese Nuevo Mundo descubierto y conquistado y de manera simultánea lo maravilloso (pirámides, puentes, carreteras andinas, papas, tabaco, chocolate, maíz, dantas, llamas, flores gigantes) entraba en la ficción de la mano del relato de las injusticias, despojos y crueldades cometidos por los invasores españoles contra los nativos despojados. Los testimonios de frailes humanistas como Bartolomé de las Casas levantaban en las mentes ilustradas críticas acerbas como las de Montaigne y otros humanistas.   
Contemporáneo de Erasmo o Montaigne, el humanista Rabelais, como todos los de su estirpe en aquel tiempo, tuvo primero una excelente formación clásica y luego se convirtió en médico de renombre. Erudito, de inteligencia descomunal, el hombre supo crear un mundo imaginario que rompió todas las convenciones y ejerció como pocos el espíritu del libre pensador, burlándose de los conservadores canónigos de la Universidad de la Sorbona, por lo que tuvo huir hacia otras lugares más libres, como la vieja ciudad de Lyon, centro editorial activo como Fránkfort, Amsterdam o Estrasburgo.    
Las inolvidables escenas de Gargantúa orinando a raudales sobre los habitantes de París desde las torres de Notre Dame, de donde roba las campanas para ponérselas como cascabeles a sus desmesurados jumentos, la historia completa de su génesis, crecimiento y educación, el carácter escatológico permanente y el relato vivo de las vísceras y sus efectos olfativos, las aventuras y viajes de Pantagruel y las ocurrencias de múltiples personajes secundarios hacen de la saga novelística del médico francés, contenida en cinco volúmenes, una de la obras más modernas y actuales. La divertida disertación de Gargantúa sobre los diversos métodos para limpiarse el trasero, es uno de los episodios más libres y subversivos de la literatura universal.  
Leer a Rabelais muestra a los escritores contemporáneos la necesidad de desafiar las inercias para adoptar el carácter libertario de la prosa y la literatura, porque lo que él pudo hacer con tanta pasión y gusto, primero usando sus seudónimos Alcofibras Nasier o Seraphin Calobarsy y luego bajo su propio nombre, causándole tantas prohibiciones y persecuciones, es un ejemplo a seguir para todos. La risa y la desmesura dominan su obra al mismo tiempo que la juguetona erudición que se burla de sí misma.  
La literatura puede ser el espacio de la burla, la injuria, la obscenidad, la herejía, la blasfemia y debe denunciar todas las incongruencias de los poderes políticos, religiosos, ideológicos, culturales, editoriales y económicos y sus redes actuales de falsas verdades mediáticas y cánones comercializados. 
La literatura no debe ser el manso oficio de quienes escriben por encargo aunque ni siquiera haya encargo, sino de los que como Rabelais dicen lo que no se puede decir, o sea lo prohibido, lo que va contra la corriente de la época. A desempolvar pues los anaqueles y leer esas obras de leyenda donde nada es solemnidad y donde todo es carcajada libre, carnaval y grotesca humanidad.   
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* Publicado en Expresiones, de Excélsior. México. 1 de abril de 2018

domingo, 4 de marzo de 2018

LA VORÁGINE VITAL DE RIVERA

Por Eduardo García Aguilar
Este año se cumplen 130 años del nacimiento y 90 de la muerte de José Eustasio Rivera (1888-1928), escritor colombiano que con sólo una novela y un puñado de poemas ocupa un espacio enorme en la literatura de su país y en la continental. Nació en un pueblo que hoy lleva su nombre en el sureño departamento del Huila, en los umbrales de los amplios llanos orientales y las selvas que se extienden hacia la Amazonia, incluyendo territorios de Venezuela, Perú y Brasil, por donde el diplomático se internó en sus labores como funcionario para descubrir la injusticia, la explotación y un mundo sin ley comandado por forajidos y aventureros de toda laya.
De esas aventuras, Rivera sacó el conocimiento y la sabiduría para contar el mundo selvático en una novela magistral que sigue siendo actual y cantar en poemas de gran perfección formal paisajes, espacios, caudales, vegetaciones, astros y noches en la vida febril de las junglas y los ríos poblados de alimañas y seres humanos perdidos, a quienes devora poco a poco la selva con sus cánticos hipnóticos. Pirañas, hormigas tambochas, anacondas, fieras, insectos entre remolinos, pantanos y vorágines pueblan su mundo imaginario. Y el deseo es el motor central.
Enviado a comienzos de los años 20 a trabajar en la Comisión limítrofe colombo-venezolana, Rivera descubre las injusticias cometidas contra los indígenas en aquellos territorios al mando de caucheros y traficantes. La vorágine es de una actualidad pasmosa cuando sabemos que en estas primeras décadas del siglo XXI aquellos territorios siguen siendo dominados por grupos ilegales, narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares y todo tipo de ejércitos a un lado y al otro de la frontera, al mismo tiempo que se registra un éxodo masivo de migrantes venezolanos hacia Colombia en busca de mejores oportunidades. Como en aquellos tiempos, la ley es impuesta por forajidos de todos los pelambres y son muchos a quienes engulle la jungla, porque allí la vida no vale nada.
La novela cuenta la historia de Arturo Cova, un hombre que por amor a Alicia se desvía de su camino trazado por su origen y se pierde en aquellas inmensidades. Comienza con una frase que todos los colombianos nos sabemos de memoria: “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia” y termina con la exclamación “¡Los devoró la selva!”, en referencia al informe de la infructuosa búsqueda de cinco meses encabezada por Clemente Silva.
Cova es un alter ego del propio Rivera, joven nacido en una familia numerosa y que, por propios méritos, logra una beca en un colegio de la capital colombiana y al final el título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas, lo que le abre el camino para ser funcionario del Ministerio de Gobierno. Como en el barco ebrio de Rimbaud, Rivera se define hombre que fue río, ya que contrariando las ilusiones de sus mayores, abuelos, padres, tíos, quienes esperaban que él fuera según sus gustos obispo o papa, senador o presidente, médico o militar, termina por escoger la deriva de la literatura como pasión y oficio.
“Soy un grávido río: siempre he sido eso: un río que copia paisajes, un río nostálgico que canturrea por la voz del oleaje las canciones de la selva de donde vengo, de la entraña selvática donde nací”, dice en un texto encontrado en 1956 entre sus papeles. Y agrega: “Nada podía conmigo, con mi vocación de ser río. Me tuvieron seis meses en un sanatorio y me dieron de baja con una carta del director. El muchacho no está loco, decía, apenas me parece un poco poeta y hay que dejarlo porque eso no tiene remedio. Bendito médico. Sí, eso soy yo: un poco poeta, un grávido río”.
Después de ejercer diversas actividades como funcionario, Rivera recala en Nueva York, a donde llegó con la ilusión de publicar La vorágine en inglés y llevarla al cine, pero allí lo atrapa también una infección adquirida en la selva y muere afectado por escalofríos, fiebres y una hemiplejía fatal. Su cuerpo es trasladado en un periplo rocambolesco de varias semanas, como ocurrió con el del mexicano Amado Nervo (1870-1919) o el de Carlos Gardel (1890-1935) desde el lugar de su muerte hasta su país de origen y recibió en puertos, ciudades y pueblos por donde pasó los honores que no obtuvo en vida. El gran poeta colombiano Fernando Charry Lara (1920-2004), quien presenció de niño el entierro de Rivera en Bogotá, escribió un poema sobre el hecho que es uno de los mejores de su obra.
En Nueva York se habría perdido el manuscrito de su novela inédita La mancha negra, pero nos queda su colección de unos cincuenta sonetos, Tierra de Promisión, que es una joya de la poesía colombiana por su naturalidad y la perfección de su forma. Uno tras otro los sonetos nos cuentan el mundo de la jungla con sus alacranes del deseo y la presencia implacable de la muerte, el cosmos y la enfermedad. Tanto su prosa como su poesía ejercieron una indudable influencia en la obra de Gabriel García Márquez (1927-2014) y de Álvaro Mutis (1923-2013), que, como él, se nutre de montañas, junglas, cañones, ríos y celebra los ambientes tórridos de la naturaleza colombiana con cánticos de pasión sexual y desesperanza.
Rivera pertenece a la tradición de los grandes autores que dejan escasas obras como el mexicano Juan Rulfo, autor de El llano en llamas y Pedro Páramo, y en Colombia los poetas José Asunción Silva, Aurelio Arturo y Raúl Gómez Jattin, entre otros. Su paso por el mundo fue corto, pero la pasión literaria y vital que lo guiaba fue suficiente para que su mirada y su palabra captaran la esencia de su época y las cosas circundantes. Rivera rompió con el modernismo y el costumbrismo, y su prosa y poesía son intemporales como si flotaran sobre un mar de delirios selváticos poblados de apariciones y fantasmas que nunca desaparecen.
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* Publicado el domingo 4 de marzo de 2018 en Expresiones de Excélsior. México.

domingo, 25 de febrero de 2018

EL FANTASMA DE LA LIBERTAD

Por Eduardo García Aguilar
Además de la ofensiva de los yihadistas islamistas en el planeta desde hace décadas, que persiguen a las mujeres y las reducen al ámbito hogareño bajo el mando de los varones y que han destruido milenarios monumentos de arte como los budas de Bamiyán o parte de las ruinas de Palmira, ahora enfrentamos la agresiva ola de neopuritanismo desencadenada por las millonarias actrices de Hollywood que recorre Occidente, cuando se cumplen cincuenta años de la rebelión libertaria mundial iniciada en 1968 en el arte, la música, la liberacion femenina y la libertad sexual. 
Aunque el movimiento contra los hombres tiene reivindicaciones legítimas pues hay psicópatas, violadores, hostigadores y abusadores que han usado y usan el poder para presionar a las mujeres en el ámbito laboral, familiar o en la calle, esta ola fue cooptada en muchos lugares por quienes quieren aprovecharse de la emoción desatada contra Harvey Weinstein para restaurar oscuros velos de represión sexual y artística censurando el cine, el teatro, la pintura e incluso la forma de vestir de las mujeres.
Todos tenemos claro que a lo largo de los milenios de existencia del homo sapiens sobre la tierra la mujer fue considerada moneda de cambio a mano de los hombres. Cuando no era raptada, violada o tomada como botín de guerra, era obligada a unirse con hombres de otras tribus por medio de un intercambio de favores entre patriarcas para sellar alianzas económicas de todas las magnitudes económicas, entre los pobres por cabras o ganado y entre reyes y nobles por grandes territorios y riquezas. Esa situación aun prevalece en países que siguen dominados por teocracias o arraigados en un atraso ancestral, como ocurre en África, donde el movimiento islamista Boko Haram atacó esta semana una escuela de jovencitas internas y las raptó en masa para repartirlas entre la infame soldadesca fanática, tal y como hacia el Ejercito islámico en el califato que pretendía fundar en Oriente Medio.
Pero hay que reconocer que desde hace medio siglo en muchos países de Occidente se produjeron avances en los espacios urbanos de la clase media, donde la mujer conquistó reivindicaciones y muchos hombres cambiaron de comportamiento. Por eso es injusto que la ola antimasculina, o sea la misandria generada por el movimiento de las millonarias estrellas de Hollywood, deba ser asumida sin chistar por todos los hombres por igual, como si debieran cargar y expiar con silicios un pecado original milenario. La forma de relacionarse con las mujeres de muchos hombres de las generaciones recientes en los ámbitos universitarios y culturales ha sido cada vez más igualitaria. Y la iniciativa sexual también ha sido de las mujeres y no solo de los perversos hombres. 
Uma Thurman, Asia Argento, Salma Hayek, Angelina Jolie y otras actrices de esta época saltaron a la fama hace décadas y consintieron siendo adultas participar en ese sueño que moldeaba a generaciones de chicas. Muchas de ellas reconocieron que aceptaron voluntariamente salir con Weinstein y otros potentados del mundo cinematográfico, donde casi todas las divas como Brigitte Bardot, Sophia Loren, Mónica Vitti, Marilyn Monroe, Ingrid Bergman y Lauren Bacall fueron amantes o esposas de los productores y directores que las llevaron a la fama. Ahora ya millonarias se arrepienten y encabezan un movimiento de potentadas llenas de glamour. Sería bueno preguntarse si ellas no explotan también a otras mujeres de la servidumbre que suele estar a su servicio en sus mansiones y en los estudios de filmación, una miríada de pequeñas manos de mujeres que deben cumplir todos sus caprichos y servirles como sirvientas, limpiadoras, peluqueras, maquilladoras, secretarias. También sería bueno que se hiciera una investigación periodística sobre los jugosos divorcios en los que estas divas han estado implicadas cuando, al separarse, sacan tajadas de millones de dólares de los cerdos a quienes amaron y con quienes se casaron.  
Nada tienen que ver estas divas oportunistas con las verdaderas líderes y heroínas del feminismo que abrió las puertas a una emancipación lenta pero activa de la mujer en algunas partes del mundo. En Estados Unidos la juventud se alzó contra la guerra de Vietnam y después de Woodstock con Janis Joplin, Joan Baez, Bob Dylan, Santana, Hendrix, Morrison, Bob Marley, Rolling Stones, Patti Smith, Marianne Faithfull y otros, se inició la liberación sexual al grito del Peace and Love y de la canción Je t'aime moi non plus de Jane Birkin y Serge Gainsbourg. 
En América Latina también se recibieron con entusiasmo esas ideas libertarias venidas desde fuera a través de la música, el hippismo, el arte pop, la música de protesta. Los jóvenes se rebelaron contra la presencia asfixiante de sectores de la iglesia ultraconservadora y del autoritarismo militar auspiciado por el estado de sitio permanente y reivindicaron el amor libre y fustigaron la represión patriarcal. Los jóvenes de ambos sexos descubrieron sus cuerpos y emprendieron la lucha por la igualdad. 
La feminista norteamericana Camille Paglia se refirió a la nueva mujer libre que no quería ser considerada menor de edad eterna, frágil, que necesita la protección de patriarcas, pastores, curas, policías, como ahora sugieren las más radicales seguidoras de las actrices de Hollywood, a quienes respondieron airadas las mujeres francesas encabezadas por Catherine Deneuve y Catherine Millet.
Como fruto del movimiento pudibundo del puritanismo de estirpe anglosajona, dos jóvenes urbanas neoyorquinas pidieron quitar de un museo un cuadro de Balthus que muestra a una adolescente mal sentada. Tras ellas en Inglaterra y otras partes piden cubrir el torso a la Venus de Milo o censurar los cuadros renacentistas y románticos donde aparecen cuerpos desnudos de mujeres. O sea que estas radicales se han vuelto más papistas que el papa. Van contra Boticelli, Leonardo, Rubens y otros muchos.
¿Habrá que cubrir al David de Miguel Ángel, a las Tres Gracias, ponerle slip a la mujer de Courbet, censurar los filmes donde aparecen escenas de sexo? ¿Habrá que separar a hombres y mujeres en empresas, escuelas, sitios públicos, como ocurría antes? ¿Todas las mujeres estarán obligadas a llevar la burka y velo como las musulmanas en los califatos yihadistas? ¿Se prohibirá la minifalda? ¿Llegaremos a prohibir el sexo y el deseo? ¿Se prohibirá el coqueteo y la seducción?
Contra la ola neopuritana que busca reprimir el deseo y el sexo lúdico, debemos levantarnos todos en este cincuentenario del movimiento de liberación cultural iniciado en 1968 por las contraculturas. La lucha contra los abusadores y los remanentes del machismo ancestral no debe llevar a una nueva inquisición del arte y la cultura en los espacios donde sí ha habido avances hacia un mundo más civilizado e igualitario entre ambos sexos, como ocurre ya en muchos ámbitos urbanos modernos. 

---* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 26 de febrero de 2018. 

domingo, 18 de febrero de 2018

EL ULISES LIMA DE ROBERTO BOLAÑO


 Por Eduardo García Aguilar
 La vida y la ficción coinciden con mucha frecuencia y lo que parece imposible se concreta con el paso del tiempo gracias a los laberintos de la palabra, rindiendo a veces justicia a los iluminados que calcinan sus vidas en pos de un sueño rebelde y literario, como fue el caso de Rimbaud y otros autores que murieron en la pobreza y el olvido, carcomidos por enfermedades o vicios destructores.

     Esto ocurrió con la existencia de Mario Santiago (1953-1998), poeta maldito mexicano que murió atropellado bajo los efectos del alcohol en las avenidas de la Ciudad de México, antes de que apareciera la novela Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño (1953-2003) que lo haría famoso con carácter póstumo bajo el nombre de Ulises Lima.

     El joven Mario Santiago fue el mejor amigo del autor chileno cuando éste vivió en México y juntos fundaron en los años 70 el movimiento infrarrealista, que pretendía transformar a la muy formalista poesía mexicana y cuestionar el reinado intelectual de Octavio Paz y sus discípulos. Ligados con los movimientos de vanguardia de los jóvenes peruanos de su tiempo, admiradores de los beatniks norteamericanos, los infrarrealistas querían inyectar vanguardia y malditismo al género y en su objetivo animaron agrios debates, sabotearon ceremonias oficiales y se ganaron la antipatía de sus contemporáneos.

     A fines de los 70 Bolaño se trasladó a Barcelona y allí emprendió su ambiciosa carrera literaria hasta cuando lo descubrió el poderoso editor Jorge Herralde, quien lo publicó y lo lanzó a la fama mundial. Antes de que saliera Los detectives salvajes, que ganó luego el Premio Rómulo Gallegos y fue traducida a muchas lenguas, Mario Santiago era el poeta más maldito y repudiado de México, ignorado por críticos y contemporáneos.

     De ese limbo lo sacó su gran amigo Roberto Bolaño, quien lo convirtió en protagonista de su novela más famosa bajo el nombre de Ulises Lima. El chileno cuenta en ese libro las aventuras de ese grupo de jóvenes poetas malditos y destaca la figura de Mario Santiago, con quien siguió escribiéndose y a quien recordó con gran afecto y admiración hasta su muerte.

     Mario Santiago sabía que su amigo estaba escribiendo esa novela, pero murió antes de conocerla. Luego del éxito colosal de Los Detectives salvajes y de la muerte prematura del chileno, convirtiéndose en leyenda y en la figura más importante de la literatura latinoamericana contemporánea, la polémica vida y obra de Santiago salió del olvido, las editoriales que lo rechazaron en vida publican antologías suyas, en las universidades es tema de tesis de grado y en coloquios se rastrea su leyenda. Si hoy resucitara, Mario Santiago se sorprendería de las ironías del destino y soltaría una larga y sonora carcajada.  

     No viví los tiempos iniciales del infrarrealismo. Conocí a Mario recién llegado a México a fines de 1980, cuando ya en cierta forma se había disuelto el grupo y sus principales momentos con la presencia de Roberto Bolaño en México habían quedado atrás. En diciembre de ese año gané el premio de cuento Los Otros editores, convocado por la editorial El tucán de Virginia y así desde la entrega del mismo en la Glorieta de Insurgentes me relacioné con varios escritores de mi generación o mayores que estaban allí presentes esa noche.

     No sé si fue ahí que lo vi por primera vez, pero sí tengo un primer recuerdo muy nítido, siendo ya amigos, cuando nos invitó a su buhardilla en algún lugar de la Roma o la Condesa donde vivía y ahí nos tomamos una botella de mezcal que tenía en el interior un peyote que me impresionó mucho. Nos cruzábamos en presentaciones de libros, reuniones en casa de amigos franceses que frecuentábamos con Pieldivina, otro amigo de esa época y personaje mencionado con su propio nombre en la novela de Bolaño y con quien trabajé en un periódico en 1982, cuando fui enviado como corresponsal de guerra a Centroamérica.

     En ese entonces estaban vivas todas las grandes figuras de la literatura mexicana y Mario y yo nos hicimos amigos por muchas razones. Era un mexicano habituado a conocer escritores sudamericanos jóvenes, además era un cosmopolita que había vivido en Europa y se encontraba con otro muchacho que acababa de llegar de allá. El haber coincidido en París al mismo tiempo, aunque no nos vimos allí, nos acercó mucho más. Con Mario podíamos hablar de poesía francesa, norteamericana y latinoamericana. Yo le contaba de mi paso por la librería de los beatniks City Ligths de Ferlinghetti, situada en el barrio italiano de San Francisco y él me hablaba del Perú, Barcelona, México, y de su viaje a Israel, que está muy bien relatado por Bolaño en la novela.

     Nos vimos por última vez en la diciembre de 1997 poco antes de su muerte. Yo me fui de México en mayo de 1998, días después del fallecimiento de Octavio Paz. La última vez que nos vimos y yo le conté que me iba, nos despedimos y él lloró. Vi sus lágrimas encharcar sus ojos y rodar por sus mejillas. Era un hombre muy sensible. Fue muy conmovedor para mí. Era como si supiera que nunca más nos volveríamos a ver. Me dio un papel con la dirección y el teléfono de Bolaño en Cataluña para que lo buscara, pero nunca lo hice. Me habló de esa novela que su amigo estaba escribiendo, que publicaría poco después de la muerte de Mario y que él nunca leyó. Y fue muy curioso que Paz muriera poco después de él. Fue el fin de una época, porque de todas maneras Paz era muy importante para él, como lo fue para todos nosotros. Es magistral la descripción que hace Bolaño de un encuentro imaginario entre Mario Santiago y Octavio Paz en el Parque Hundido de la Ciudad de México.


     Después, en la primera antología de su obra poética publicada por El Fondo de Cultura Económica bajo el nombre de Jeta de santo, apareció un poema que él me dédicó y que yo no conocía. Me conmovió mucho la dedicatoria, pero ya no puedo buscarlo para brindar y agradecérsela al calor de unos vinos. Él siempre me visitaba con frecuencia en la oficina de la Agence France Presse, situada en el piso 28 de la Torre Latinoamericana y de ahí salíamos a comer o cenar los dos solos. Caminábamos y visitábamos las cantinas del centro. Hacia el mediodía, cuando él llegaba a AFP y nos veíamos, ya había pasado la resaca de sus tragos y nuestras charlas no eran etílicas, por el contrario se daban con plena lucidez.

    Era un Mario Santiago lúcido, sobrio, agudo en sus comentarios, una persona muy educada, cortés y lúcida, o sea un Mario que en cierta forma era un "chico bien" de clase media que se habia perdido en la poesía y el alcohol. Para nada el Mario del mito y la leyenda negra que, sin embargo, hay que reconocerlo, se apegaba a su cruda realidad.

     Cuando publicó Aullido de cisne me invitó a presentar el libro el  13 de septiembre de 1996 en el Ex Teresa, situado en el centro histórico de la Ciudad de México, y yo preparé un texto muy elaborado que Juan Villoro publicó en el suplemento de La Jornada Semanal de la capital mexicana. Como espectador exterior yo tenía una visión más amplia y menos turbia de la literatura mexicana, alejada de intrigas, grillas y ninguneos. Y como había ejercido en esos tres lustros una intensa actividad crítica en Sábado, Excélsior y varios suplementos y revistas, supongo que él confiaba en que mi visión sobre su obra sería más objetiva e independiente y menos desprejuiciada. En Sueño sin fin, largo poema de Mario publicado en Barcelona con prólogo de Bruno Montané Krebs por Ediciones sin fin en 2012, aparece al final una entrevista que le hace Leo Eduardo Mendoza el 10 de septiembre de 1996 en El Universal, donde se anuncia la presentación de Aullido de cisne tres días después.   

     Ni Mario Santiago ni Roberto Bolaño, que murieron de manera prematura, saben como se han convertido en verdaderas leyendas y objetos de culto oficial. Los malditos en vida terminaron convertidos en santos literarios y sus detractores más tenaces de ayer presumen hoy de haberlos conocido y elogian sus obras. Son las crueles ironías de la vida y la muerte que siempre nos sorprenden.

                                          París, sábado 10-II-2018  





domingo, 4 de febrero de 2018

EL MUNDO DE LOS LIBROS

Por Eduardo García Aguilar
El diario Le Monde dedicó esta semana parte del último número de Le monde des livres (El mundo de los libros) a celebrar con un poco de retraso el cincuentenario de su fértil existencia, ya que fue fundado por Jacqueline Piatier el 1 de febrero de 1967 y desde entonces se ha convertido en la principal referencia de las novedades editoriales en uno de los países donde se ha vivido y vive aún la vida literaria con mayor entusiasmo.
En los 70, cuando alcanzó la velocidad de crucero en los años gloriosos de prosperidad y esperanza posteriores a mayo del 68, la publicación, que aparece desde entonces cada jueves, se volvió rentable gracias a la publicidad de las editoriales y llegó a reseñar más de 1300 novelas o ensayos por año. Sus lectores coleccionan los números que se vuelven intemporales dado el rigor de los reseñistas y el largo camino de los autores, que de una novedad inadvertida pasan a veces a convertirse en figuras de culto, como ocurrió en Francia con Pierre MichonAnie ErnauxHouellebecqPascal Quignard y Virginie Despentes, entre otros muchos.
Le monde des livres es casi como una pequeña universidad de la lectura, pues los coleccionistas, cuando remueven sus archivos, se encuentran con sorpresas y repasan el largo historial de este interminable camino de las letras contemporáneas y pasadas que no tiene fondo ni fin posible, como un caleidoscopio de galaxias de palabras, imágenes e ideas. Y con dolor, cuando llega la hora de abrir espacio en las habitaciones, deciden botar a la basura centenares de ejemplares de este vital elemento nutritivo del espíritu. Y a medida que llenan las bolsas de basura ven desaparecer poco a poco las imágenes de RousseauVoltaireSadeGeorge SandChateaubriandBalzacProustColetteCélineMalraux y tantas otras glorias que en sus aniversarios ha celebrado el suplemento, cuando no las imágenes de WhitmanFlora TristánConradDickensTolstoiLord ByronVirginia WoolfHemingway Samuel Beckett.       
La cronista Raphaëlle Bacqué se sumergió en los archivos de este suplemento literario para contarnos el largo reino de su fundadora hasta su jubilación y las peripecias vividas por sus directores posteriores, entre ellos François Bott y la muy conocida Josyane Savigneau, que durante su permanencia hasta 2005 le dio gran dinamismo a la publicación, no exento de polémicas acerbas, en especial por la presencia en sus columnas del escritor Philippe Sollers o por sus decisiones editoriales independientes, que la llevaron a su evicción y posterior exilio interior en el periódico, como lo relata en un aciago libro.
Cada jueves, a lo largo de este medio siglo, lectores, bibliófilos, bibliomaniacos y bibliópatas se precipitan a los kioskos y después se sientan en el café para hojear en calma un suplemento, donde conocerán las novedades con artículos escritos por los reseñistas profesionales de la casa o escritores o críticos conocidos. Por el auge invicto de la novela como género preferido de los lectores, el suplemento ha dado cuenta de grandes obras escritas en este medio siglo, como fue el caso de la traducción de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, hecha por el editor Claude Durand y su esposa, que primero pasó algo inadvertida y fue relanzada gracias al tacto de su directora y colaboradores alertados por él éxito subterráneo del libro.
SoljenitzinPhilip RothToni MorrisonAlbert CohenUmberto EcoLe ClézioPatrick ModianoJuan MarséJavier MaríasNadine GordimerElfriede JelinekHerta MüllerElena Ferrante, son algunos de esos miles de novelistas locales y extranjeros que llamaron la atención de los críticos y ocuparon sus portadas a lo largo de este tiempo. Pero lo que lo ha convertido en un suplemento de colección son los artículos sobre libros filosóficos, historiográficos, lingüísticos, arqueológicos o de fenómenos de sociedad, abordados por expertos. Sus páginas acudieron a los principales historiadores cuando se celebró el bicentenario de la Revolución Francesa en 1989, lo que dio lugar a una revisión en regla de ese acontecimiento histórico mitificado en torno al que confluían a veces con emoción e irracionalidad todas las tendencias políticas opuestas y cuya crítica encendida hizo François Furet. También sus páginas abordaron la irrupción espectacular de un pensador como Michel Foucault, que removió las entrañas de muchos temas y cuyos libros siguen siendo décadas después de su muerte de gran actualidad.
Además de abordar las novedades de Simone de BeauvoirYourcenarFrançoise HéritierSusan SontagLévi-StraussBarthesDeleuzeJacques Derrida y tantos otros pensadores de ambos sexos, el suplemento ha sido también una ventana crucial para exponer el largo camino de los movimientos feministas desde su irrupción en Estados Unidos con Kate Millett y Camille Paglia, entre otras teóricas subversivas, y en Europa con toda una pléyade de autoras surgidas en las manifestaciones del Movimiento de Liberación Femenino (MLF) que conquistó en su momento el derecho al aborto y luchó por la liberación de las costumbres, tema que sigue siendo de gran actualidad y se ha extendido con mayor amplitud a los derechos LGTB y a los temas de género.
Nicole ZandRapahëlle LeyrisPierre LepapeMichel BraudeauPhilippe SollersRoger-Paul Droit son algunos columnistas permanentes que dieron savia a esas páginas y que están inscritos en su historia, escritores y periodistas que cumplen la tarea de comentar lo escrito por los otros y hacer el mapa de las letras en el viaje efímero de la fama y del olvido. Cuando en casi todos los países desaparecen los suplementos literarios y son reemplazados por secciones de entretenimiento o de publicidad para best-sellers, la existencia de Le monde des livres es una proeza que da aliento a los defensores de la cultura y las humanidades.
*Publicado en Expresiones. Excélsior. México. Febrero 4 de 2018.