domingo, 22 de julio de 2018

LAS CASAS CERRADAS DEL PLACER



Por Eduardo García Aguilar

Las casas de citas, llamadas en francés maisons closes (casas cerradas), existieron en Francia hasta 1946, cuando el parlamento adoptó una ley que las prohibió para siempre. Las había de todos los niveles y algunas llegaron a ser verdaderos palacios muy bien regentados que disponían de diversos pisos donde se reproducían ambientes orientales, árabes, japoneses, dieciochescos, amueblados con lujo de detalles para despertar la imaginación de sus adinerados clientes. Uno de ellos, situado en la calle Chabanais, no lejos de donde vivió Simón Bolívar en el barrio del Palacio Real, era visitado por jefes de estado y príncipes europeos que llegaban a París de visita y solían acudir allí al terminar sus tareas diplomáticas.

En una minuciosa exposición realizada hace unos años en una galería de la misma calle donde existió el lugar de placer, se mostraron fotografías originales de los diversos ambientes, algunos de los cuales reproducían grutas mágicas, espacios con temáticas sacadas de Las mil y una noches o habitaciones similares a las que disfrutaban los grandes monarcas Luis XIV y Luis XV en el Palacio de Versalles. También se exhibieron fotos de las pupilas y sus añejas patronas, postales, cuadernillos, revistas, las fichas usadas para los intercambios monetarios y todo tipo de lencería o adminículos del placer, lo que constituía una inmersión en un mundo desparecido solo en Francia, porque pervive en todos los rincones del mundo y en lugares como Alemania, España, Holanda y otros donde son autorizados e incluso son verdaderas industrias.  

Durante años este burdel de la calle Chabanais fue regentado por famosas mujeres proxenetas y entre sus pupilas algunas lograron fama y pasaron a la historia con la invención de la fotografía, por las imágenes pictóricas que inspiraron en su tiempo o los caracteres literarios que suscitaron entre los escritores decadentes que solían acudir allí. Además de este sitio, en todos los barrios de París existían otros lugares no menos fantasiosos que figuran en los catálogos de la vida nocturna de su tiempo.

Marcel Proust describió en su magistral saga de En busca del tiempo perdido, especialmente en algunos de los últimos volúmenes como Sodoma y Gomorra o El tiempo recobrado, los burdeles para hombres que proliferaron ya desde fines del siglo XIX y bien entrado el XX, frecuentados por la numerosa clientela homosexual que acudía en busca de jóvenes prostitutos provenientes de los barrios populares. Es famoso el burdel homosexual proustiano de Jupien, inspirado en un verdadero amante de Proust que lo fundó y donde se ofrecían todo tipo de placeres perversos, fetichistas o sadomasoquistas, a los que eran adictos el gran escritor y su personaje el barón de Charlus, inspirado también en una de las celebridades literarias decadentes de la Belle Époque.

Proust relata con detalle esos sitios en una atmósfera catastrófica caracterizada por el avance de la terrible Primera guerra mundial y la caída esporádica en París de las bombas lanzadas por el enemigo alemán. Con esa guerra terminó la famosa Belle Époque y concluyó tardíamente el largo siglo XIX de esplendores y miserias balzacianas y con ellos los últimos remanentes de la nobleza del Antiguo Régimen o napoleónica, tan bien descritas por Proust en su maravillosa obra.

Además de las casas de citas, lugares cerrados donde las pupilas pasaban sus vidas al servicio de la clientela masculina, a lo largo del siglo XIX fue famoso el prototipo proustiano de la cocotte o cortesana, mujeres de extracción popular amantes de hombres casados poderosos que les alquilaban apartamentos o mansiones especiales y surgían por lo regular del ámbito del teatro y la farándula, donde eran descubiertas por sus admiradores. Hay varios libros que cuentan la vida de esas bellas mujeres que rompían el corazón de príncipes lúbricos como el propio Luis Napoleon Bonaparte, o condes, duques y barones, así como magnates como los Rotschild o el barón de Camondó y tantos otros.

Todo hombre casado y poderoso que se respetara en el siglo XIX tenía una de esas amadas protegidas que inspiraron tantas novelas y Balzac, Flaubert, Maupassant y Proust describieron las casas donde eran instaladas y recibían y hacían fiestas a la gente de la farándula y la política parisinas. A diferencia de las prostitutas comunes que eran desechadas con la edad y agobiadas por las enfermedades, las cortesanas o cocottes proustianas lograban a veces a ascender de clase y convertirse en grandes damas de la sociedad.              

Desde el cierre de las casas de citas organizadas y controladas por los equipos especiales de la policía, la prostitución se volvió callejera e irregular, centrándose en lugares como el barrio Pigalle y la calle Saint Denis, donde los clientes eran y son llevados por las mujeres a cuartos u hoteles de paso del vecindario. Pigalle fue durante el siglo XX el emblema mundial de ese viejo oficio cantado especialmente en los tiempos de Baudelaire y Toulouse Lautrec, pero hoy ya es solo una leyenda vacía como un escenario de cartón para títeres. 

Medidas muy recientes, aplicadas durante el gobierno de Nicolas Sarkozy consideran delito la búsqueda de prostitutas y los hombres que son pillados en ese intento son detenidos, multados y condenados. Pero pese a las medidas en su contra la prostitución prolifera y crece como siempre en los bosques de Boloña y Vincennes, especializados en travestis brasileños y latinoamericanos, en Belleville y muchas calles de la ciudad donde trabajan centenares de prostitutas callejeras chinas controladas por mafias y ha inundado de manera exponencial la red internet, por lo que toda medida oficial ha sido inútil para acabar con el oficio más antiguo del mundo, defendido por aguerridas hetairas militantes o famosas actrices porno o escritoras como la punk Virginie Despentes.

Referirse a las casas de citas en estos tiempos de internet, al menos en este país, es viajar a un mundo de ocres daguerrotipos.  A lo largo de los siglos XVIII y XIX y hasta mediados del siglo XX estos lupanares proliferaron en la capital y en todas las ciudades del interior, convirtiéndose en sitios sulfurosos pero populares que dieron tema a los grandes novelistas y poetas franceses, desde los libertinos de antes de la revolución, encabezados por el marqués de Sade y el prolífico Restif de la Bretone, hasta Baudelaire y Maupassant, que escribió uno de sus mejores relatos sobre el tema, bajo el título de la Casa Tellier. En el resto del mundo, desde Asia hasta América Latina, desde Africa hasta España, Alemania y los países del Este, las casas de lenocinio siguen existiendo e inspirando canciones, pinturas, poemas, novelas, fotografías y estudios sociológicos, aunque la nueva casa de citas mundial está en la red Internet y en los exitosos sitios de encuentros y de cine porno. 





sábado, 14 de julio de 2018

LA PERVIVENCIA DE ALVARO MUTIS

Por Eduardo García Aguilar


La casa de Alvaro Mutis en San Jerónimo en la Ciudad de México siempre estaba abierta a los jóvenes escritores o a los viejos y nuevos amigos que lo visitaban y compartían con él la pasión por la lectura como una actividad fascinante. Ahí vivió durante varias décadas y tenía un estudio amplio y bien organizado que era su guarida secreta, una de cuyas puertas daba hacia un antejardín donde deambulaban sus gatos. La increíble vida aventurera del creador de Maqroll el Gaviero, sus ires y venires por Europa y el mundo desde su infancia y los acontecimientos dramáticos que vivió, como la orfandad prematura o la cárcel, hacían de él un ser humano de tiempo completo cuya principal divisa era no juzgar a los humanos y tratarlos como lo que son, con sus sombras y luminosidades, mentiras y secretos alternados con actos de coraje, cobardía, mezquindad y valentía. 

Trabajó desde muy joven como locutor o empleado de relaciones públicas de diversas empresas multinacionales petroleras, aéreas o cinematográficas y en esas lides viajó primero por todo el país y después por América Latina y Estados Unidos, lugares que conocía al dedillo y donde tenía amigos en todos los rincones, capitales o pueblos. Esos viajes como agente viajero, relacionista público, publicista, hacedor de revistas, vendedor de películas u otras actividades, lo llevaron por muchas ciudades y lo hicieron frecuentar hoteles donde después de sus actividades laborales podía dedicarse al gran placer solitario de la lectura.

Como el propio personaje Maqroll, que llevaba en su pequeño equipaje algunos libros básicos como las biografías de San Francisco, las novelas de Balzac, las Memorias de Casanova o del Cardenal de Retz, entre otros libros, Mutis fraguaba en esas soledades los poemas que poco a poco fueron convirtiéndose en una Summa poética que exploraba los arcanos de la muerte, la enfermedad, al soledad y las fuerzas desbordantes e insondables de la naturaleza. En sus viajes laborales por el continente americano cruzó los caracteres femeninos o masculinos que pueblan la saga narrativa que empezó a escribir poco antes de jubilarse para sorpresa de sus amigos. Algunos de ellos, como el poeta argentino Enrique Molina, compartían con él esa atracción por barcos y mares, el encuentro y diálogo con mujeres independientes y aguerridas empresarias de sus propios desastres, la sapiencia frente a los azares del destino y sus trampas y en especial la certeza de que toda ambición es inútil. 

Por eso Mutis era un gran amigo y un excelente anfitrión, aunque en otros escenarios podía ser cortante e implacable con aquellos a quienes él denominaba los listos, los vivos, todos aquellos seres infames que creen que nadie se da cuenta de sus mentiras, engaños y patrañas para sacar pequeñas ventajas desleales. Como anfitrión abría las puertas de su estudio a los visitantes y horas después los despedía ya entonados tras degustar las variedades de whiskies por él preferidos, o vinos rojos, cognacs, gins, vodkas, camparis o amarettos, entre otros muchos espirituosos. En los bares del camino degustaba cócteles cuyas recetas diversas conocía como en su tiempo Ernest Hemingway, asiduo como él del famoso Harry's Bar de París, donde según la leyenda se toman los mejores del mundo.

Hasta el fin de su vida, ya casi nonagenario, Mutis degustaba sus whiskies y cócteles y enumeraba siempre su decálogo del buen bebedor, entre cuyos mandamientos figuraba el no beber con desconocidos, no libar para ahogar las penas o no aceptar bebidas de baja calidad, lo que en términos coloquiales significa no tomar mal trago. Debo decir que muchas veces, antes y después de fabricar con él en largas conversaciones el libro Celebraciones y otros fantasmas, salí de San Jerónimo no solo ebrio de aquellas bebidas espirituosas que él extraía de su bar secreto, sino siempre cargado con algunos de los libros en francés u otras lenguas de los que él se separaba porque había hallado nuevas ediciones o quería aligerar su biblioteca. De allí que guarde con cuidado la biografía de San Francisco del danés Jörgensen, lectura especial de su personaje Maqroll, los tres volúmenes de las Memorias de Casanova editadas por la Pléiade, El cuaderno gris del catalán Josep Plá y varias historias del Imperio Bizantino por Schlumberguer y muchos otros que devoré y devoro con placer indescriptible. 

Amigos suyos como los polígrafos Adolfo Castanón y Alejandro Rossi compartieron con él también aquella  pasión por los libros, los intercambios de volúmenes y los hallazgos en las librerías de viejo del centro histórico de la Ciudad de México, en especial, las de la calle Donceles. Mutis descubría a sus interlocutores algunos escritores raros como Paul-Jean Toulet, Valery Larbaud, Paul Morand o Joë Bousquet o compartía los libros de su amigos contemporáneos como el gran poeta martiniqués Edoaurd Glissant, cuyo tema central fueron los mares y las naves y los seres humanos que los frecuentan.  

Alguna vez, cuando lo visitamos juntos el poeta colombiano Jorge Bustamante García y yo, pude descubrir su afición por lo ruso y eslavo, sus músicas, poetas y personajes históricos y lo escuché cantar y tararear en alta voz los coros del ejército ruso que tenía en viejos long play y que ponía en su tocadiscos, animado ya por varios whiskies. Como yo había vivido en París, compartíamos el amor por esa ciudad y sus lugares y autores secretos y con Jorge, que había estudiado en Moscú, el secreto de la lengua y la vieja historia del imperio ruso con sus zares y zarinas, sus popes ortodoxos y el destino de aventureros como Rasputín, que bien podían ser emanaciones ficticias de las obras de Tolstói, Gogol, Turguéniev o Bulgakov.

En la inolvidable abadía de Fontevraud, donde se encuentran las tumbas de Eleonor de Aquitania y Ricardo Corazón de León y sede del primer coloquio en su honor después de su partida, varios de sus interlocutores franceses como André Velter o Dominique Rabourdin, coincidieron en relatar la experiencia de esa amistad y sus secretos. Organizado por el novelista Patrick Deville y por el ensayista Philippe Ollé Laprune, el coloquio reunió a un grupo multinacional que convivió en esa abadía el cuarto fin de semana de junio de 2017 y parecía por la gran exaltación de las conversaciones al calor de vinos, almuerzos y cenas entre las arcadas y pasillos del milenario sitio, que Mutis estaba presente flotando allí entre todos nosotros, animándonos a celebrar la vida y sus fantasmas.

Sin duda él estaba ahí celebrando con nosotros en Fontevraud porque la literatura, los libros, las palabras, las voces, tienen la peculiar cualidad de la pervivencia, igual que las rocas, los escasos minerales y los monolitos tallados y grabados como la Piedra de Rosetta o el Código de Hamurabi. Los vinos que bebimos en aquellas jornadas en su honor y nos incitaron a mirar las estrellas en las noches despejadas de junio debieron circular por las venas de su obra y su presencia inalterables. La pervivencia de la vida y la obra de Alvaro Mutis excita en los lejanos camarotes de las naves del tiempo a los lectores y a los vitalistas que se estremecen con la existencia.     
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de julio de 2018.    

lunes, 18 de junio de 2018

CONFESIONES DE UN BIBLIÓMANO

Por Eduardo García Aguilar

El primer libro que compré en mi vida a los once años con mi propio dinero y por decisión propia fue De la tierra a la luna de Julio Verne en una bella edición ilustrada de la editorial argentina Kapelusz, en su sede del centro de Bogotá. En los frecuentes viajes que hacía con mi padre a esa ciudad cuando mi hermano mayor ya estaba allí estudiando la carrera de derecho me fascinaba el olor de las manzanas empaquetadas y lozanas que vendían en los kioskos de la séptima y las vitrinas de las librerías que abundaban en un tiempo que deseaba olvidar los horrores de la Violencia y trataba de conquistar el futuro bajo los gobiernos del Frente Nacional.
En la misma librería compré otros dos pequeños volúmenes recién editados con ilustraciones, uno de los cuales versaba sobre las deidades mitológicas indias y resumía las leyendas del Ramayana y el Mahabárata. Esos tres libros aún los conservo y los hojeo de vez en cuando como un ritual que celebra el inicio de la pasión bibliográfica. Es fácil decirlo, pero cuando el niño decide gastar su dinero en libros en vez de comprar golosinas o imágenes para álbumes, se inicia la pasión por un soporte surgido cuatro siglos antes con la invención de la imprenta por Gutenberg.
Puede llamarse bibliofilia, bibliomanía, bibliopatía o lo que se quiera, pero desde entonces no ha habido un solo día en la vida en que no haya pasado por una librería o biblioteca en busca de algún volumen o depositado en el nochero uno o varios libros para devorar sin sentir el paso de las horas.
Antes de esa compra libresca en Kapelusz, en la carrera décima con calle diecisiete en Bogotá, otros libros habían llamado mi atención en la biblioteca familiar. El primero de todos, el volumen de Las mil y una noches de la editorial Sopena, en pasta dura, ilustrado y colorido, cuya lectura fue un verdadero sismo interior, en especial por las aventuras de Simbad el Marino. Con esa lectura el niño quedó convencido de que con los libros se podía viajar sin límite a todas partes y además volar como lo hacía el Ave Roc o flotar en la nube de sueños que expelía la Lámpara de Aladino.
Este volumen de Sopena se me ha extraviado y lo busco en las librerías de viejo de las capitales hispanas porque a él le debo sin duda el inicio en el placer de la lectura y la tentación de escribir y contar historias o comunicar ideas o sensaciones. El cine es maravilloso y durante mucho tiempo fui asiduo al séptimo arte, pero nada igual a las ventanas que abren los libros porque cruzándolas uno puede viajar a través de siglos y milenios e internarse en todos los mundos posibles, ciudades, bosques encantados, valles lejanos, mares agitados, cumbres borrascosas, ríos, lagos, altas montañas nevadas, prisiones, palacios, transatlánticos o naves espaciales que nos llevan por planetas y galaxias.
En los tiempos de la adolescencia el descubrimiento de los clásicos más antiguos fue también otra aventura inolvidable y en la actualidad aún palpitan las terribles historias de Edipo y Prometeo Encadenado o las aventuras de Ulises o la guerra de Troya que nos llegaban en impecables ediciones de papel fino y estaban presentes sin falta en todas las bibliotecas. Saber que ya en aquellos tiempos los teatros se llenaban en Grecia y en todas las grandes localidades costeras del Mediterráneo nos hacía pensar en la aventura de la humanidad y especular sobre tiempos lejanos en que cultura, arte, poesía, dramaturgia y música eran actividades lúdicas que atraían a miles de espectadores.
Basta ver las ruinas de aquellos inmensos teatros de la antigüedad para entender que la humanidad no siempre ha estado dominada por la barbarie. En los museos uno puede ver las obras de los discípulos de Fidias y observar con cuidado los bustos de los sabios de aquellos tiempos. Sócrates, Aristóteles, Platón y Homero existieron y su rostro nos llega a través del mármol, lo que indica que sus contemporáneos los admiraron y quisieron tenerlos siempre presentes como ejemplo.
Por eso la lectura de las aventuras y las ideas de Sócrates contadas por Platón nos fascinan en la actualidad pues podemos imaginar a aquel viejo hedonista, barbudo y excéntrico amante del vino que solía a través del diálogo incitar a sus discípulos y amigos a reflexionar sobre la vida y la muerte, el pasado y el futuro. Como Sócrates o Diógenes hubo en la antigüedad una pléyade de pensadores y sabios, astrónomos, geómetras, médicos, arquitectos, agrimensores, ingenieros navales, hombres todos ellos que reflexionaron sobre el milagro de la existencia y los misterios del cosmos y la tierra que habitamos.
Para que floreciera una cultura como la clásica en la antigüedad la humanidad tuvo que hacer durante miles de años reflexiones y experimentaciones indagando por los misterios de lo visible y lo impalpable. De aquella aventura del pensamiento a través de los milenios después del Magdaleniense no quedan huellas ni libros como los de Aristóteles y Platón, pero con la imaginación podemos viajar y tratar de reconstruir las palabras de los sabios y las preguntas de los niños que casi siempre son mas lúcidos que los adultos.
Basta mirar el rostro y los ojos del Escriba sentado, pequeña escultura colorida que se encuentra en el Louvre y que representa a un notario de su tiempo, al funcionario que en cuclillas escribe y hace cuentas sobre un papiro para dar testimonio de su época. Su mirada lúcida y penetrante nos interroga y nos desubica porque los contemporáneos de este siglo XXI creemos ser los más modernos, enterados y sabios, cuando milenios antes de nuestra era en Egipto una civilización dominaba todas las artes y las ciencias y escribía en papiros, piedras, tabletas o en inmensos frescos sobre los muros de los templos y las tumbas el paso de la historia, la sucesión de guerras, dinastías e imperios, el auge y la caída de las naciones, las catástrofes naturales, el destello de los meteoritos o el paso de los cometas.
Los múltiples libros de La Biblia, Las mil y una noches, el Mahabárata y el Ramayana, La Ilíada, La Eneida, Los Nibelungos, La saga del rey Arturo, El Quijote, Gargantúa y Pantagruel, Orlando el furioso, entre muchas obras capitales son el testimonio de esa aventura de la imaginación y el pensamiento de la humanidad y de los niveles a los que puede llegar cuando vive en paz y olvida las guerras y el odio para imaginar y creer que un mundo mejor es posible.
  

domingo, 13 de mayo de 2018

LA FUERZA DE CABRERA INFANTE

Por Eduardo García Aguilar
 
Guillermo Cabrera Infante (1929-2005) es uno de los clásicos de la literatura hispanoamericana y su obra crece y se fortalece con el paso del tiempo, porque desde la publicación de Tres Tristres Tigres y La Habana para un infante difunto su escritura se ha convertido en ejemplo de lo que significa la libertad de escribir en todos los aspectos: ampliar y diversificar los espacios de la lengua, abrir ventanas y  puertas a las más descabelladas irreverencias culturales y sociales para que las escuchen todos y enfrentarse a los poderes y las tiranías asumiendo los riesgos.
 
Cabrera Infante llegó a La Habana en 1941 con su familia desde Gibara, en la provincia de oriente, a vivir en los precarios vecindarios donde se apiñaban los pobres del país cuando llegaban a la capital y allí, deslumbrado por La Habana, el cine y el sexo vivió una adolescencia desbordaba y carnavalesca durante la cual adquirió y fortaleció la fuerza de sus palabras ayudado por El Satiricón de Petronio, las revistas norteamericanas y las voces mestizas que se escuchaban en calles, plazas, cines, bares, burdeles, mercados, playas y esquinas de barrio. 
 
Su padre y su madre eran pequeños líderes comunistas en el pueblo de provincia donde vivían y amaban la cultura, el arte y los libros como los zapateros, artesanos, obreros, maestros, pescadores y empleados que adherían en aquel entonces a esas ideas que recorrían el mundo y sembraban ilusiones de cambio en muchos habitantes del planeta hastiados por injusticias, dictaduras y pobrezas.
 
El padre de Cabrera empieza a trabajar por un modesto sueldo en el diario del partido, abriéndole las puertas al mundo de la prensa, los linotipos y las rotativas. La madre está en casa administrando la vida cotidiana de la familia y abriéndole paso en la urbe. Uno tras otros van llegando del pueblo familiares y amigos, ampliando la cofradía, y al mismo tiempo conocen nueva gente, vecinos de todos los orígenes, judíos, negros, chinos, rusos, españoles.
 
El precoz escritor devora libros y películas y empieza a vivir la vida como un pequeño sátiro, rodeado de decenas de vecinas de todas las edades y orígenes, que en la cálida y alegre Habana lo inician en las artes del deseo y el amor. De esa devoración pantagruélica de la vida capitalina con sus múltiples entresijos y laberintos surge el material fundamental de su obra literaria. Fiel a La Habana, Cabrera habría de crear ya en el exilio una de las obras más vivas de la literatura continental y sin duda de la lengua, hermana de la picaresca y de la novela de caballería quijotesca.
 
Cabrera asiste a la Revolución y se decepciona de ella por lo que tras idas y regresos, detenciones y prohibiciones, se queda en el exilio europeo y fija al final residencia permanente en Londres, donde vive con su segunda esposa, la inolvidable Myriam, rodeado de una enorme biblioteca. En la soledad del destierro crea y recrea la vida habanera y en su prosa se reúnen todos los excesos de la literatura cubana, la fuerza rebelde José Martí y los modernistas, el delirio barroco de José Lezama Lima y la poesía de los cultores de la generación de Orígenes. Pero además anida en su prosa el ritmo de las músicas y las danzas tropicales, las truculencias del cine norteamericano y el habla popular de las barriadas.
 
Su prosa es una delicia y se degusta como mango, mamey o guanábana. Es ágil, sorpresiva y viaja acompañada por las melodías del jazz o las voces de los cantantes y las cantantes de boleros. Cada frase, párrafo o capítulo suyo sigue las sinuosas líneas de los cuerpos semidesnudos y cubiertos del sudor de las hembras de su tiempo, la risa de los jóvenes que caminan por el Malecón y pasan la tarde bajo el sol entre el griterío de los vendedores de referscos o frutas.
 
Toda su vida en Londres se dedicó a construir la catedral de sus novelas y entre sus naves, arcadas, escaleras, altares y cúpulas se filtran las voces de una vasta cultura universal y erudita y una gracia escritural que lo acerca a los clásicos más divertidos del castellano, Cervantes, Quevedo y Gracián. Y fuera de las horas de su esclaustramiento como lector, cinéfilo y musicópata, su vida estuvo marcada por la conversación con los amigos y la lucha contra la dictadura, el puritanismo y la intolerancia que se impuso en su país en el marco de los conflictos mundiales de la Guerra Fría.
 
Cabrera Infante, quien obtuvo el Premio Cervantes en 1997, creyó en la Revolución cubana y al inicio trabajó con pasión en medios periodísticos y culturales del gobierno, pero poco a poco fue amordazado por su irreverencia y erotismo. Fue enviado a desempeñar un pequeño cargo diplomático en Europa, pero en uno de sus regresos a la isla fue detenido cuatro meses y censurado y acusado de traidor. Sus obras fueron prohibidas en Cuba, pero circulaban allí clandestinamente, e incluso cuando murió la noticia fue ignorada en los medios oficiales.     
 
Derrotado como todos los exiliados que se rebelaron contra Fidel Castro y la larga hegemonía del Partido Comunista cubano a lo largo de seis décadas, Cabrera Infante resultó victorioso con su obra. Y es probable que algún día, como dijo con humor el gran poeta cubano Gastón Baquero, en los diccionarios en línea se dirá que Castro fue "un oscuro dictador que vivió en una isla del Caribe en tiempos de Lezama Lima", a lo que se agregarían los nombres de Cabrera Infante, Virgilio Piñeira, Dulce Maria Loynaz, Fina García Marruz, Reinaldo Arenas y Severo Sarduy, entre muchos otros. Los gobernantes siempre se han ido al olvido mientras permanecen poetas, músicos y artistas. Desde el más allá Cabrera Infante nos hace reir y gozar porque su literatura es vida, verdad, gozadera y choteo habanero. 
 
 * Publicado en La Patria. Domingo 13 de mayo de 2018. Manizales. Colombia
 
 

domingo, 1 de abril de 2018

MODERNIDAD DE RABELAIS

Por Eduardo García Aguilar 
Leer Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais en el siglo XXI confirma que la literatura reina por encima del tiempo y que a veces la más lucida modernidad, la más desatada irreverencia estuvo más viva en otros siglos, mientras lo anacrónico, convencional y retardatario parece reinar en la actualidad, cuando una tras otras las obras contemporáneas que figuran y son celebradas en los catálogos editoriales solo parecen mansas y aburridas tareas rutinarias para estar en el candelero de las vanidades, donde siempre se vende gato por liebre.  
Rabelais y Cervantes son ahora tan actuales y vivos porque contaron sus historias con una pasión desbordada por la libertad y la crítica de la estupidez humana y en esa tarea arriesgaron su pellejo. Si hoy ambos despertaran en sus tumbas y vieran a los payasos que ostentan el poder político en el mundo, estallarían en una sonora carcajada porque la ridiculez de nuestra época superaría con creces a la de su tiempo.     
Rabelais (1484-1553) es una de las más notables figuras del Renacimiento europeo y a través de su obra se comprende la ebullición de ideas y temas que caracterizó a su siglo, cuando gracias al auge de la imprenta inventada por Gutenberg comenzaron a proliferar y a circular los libros liberando los espíritus. En varias ciudades abiertas y cosmopolitas como Amsterdam, París, Lyon, Estrasburgo, Frankfurt, Venecia, Florencia y tantas otras, los hombres de letras se reunían en tabernas, librerías, mercados, lejos de universidades, iglesias y conventos donde se formaron, pero de donde huyeron para tocar tierra y captar la energía del tiempo con sus impurezas, obscenidades y vulgaridades. 
El inventor de esos personajes absurdos y geniales sacaba su materia de su contacto con pícaros, aventureros, estafadores, eruditos, libertinos, juristas, teólogos, filósofos, banqueros, comerciantes, médicos, payasos y gente de toda laya que intercambiaban ideas y noticias en esa época de descubrimientos e invenciones entre el bullicio agitado de mercados, ferias, burdeles, hospedajes de paso o carnavales donde se disfrazaban y se burlaban del incauto haciendo gala de su erudición o su agudeza, alejados ya de los sombríos tiempos góticos asfixiados por catedrales, inquisidores y sermones.  
A esos lugares llegaban ya las noticias fabulosas del reciente descubrimiento de América y en los puertos los espías asediaban la llegada de las naves para conocer de primera mano el relato de esos viajeros que provenientes de México o Perú relataban mundos inimaginables caracterizados por riquezas incontables, barcos cargados de oro y esmeraldas, reinos enormes coronados por pirámides situadas en ciudades aún más grandes que las europeas, ríos y mares inabarcables, selvas sin fin pobladas de vegetaciones y criaturas nunca vistas. 
En la literatura de la época y por supuesto, en Rabelais, se registraron las noticias de ese Nuevo Mundo descubierto y conquistado y de manera simultánea lo maravilloso (pirámides, puentes, carreteras andinas, papas, tabaco, chocolate, maíz, dantas, llamas, flores gigantes) entraba en la ficción de la mano del relato de las injusticias, despojos y crueldades cometidos por los invasores españoles contra los nativos despojados. Los testimonios de frailes humanistas como Bartolomé de las Casas levantaban en las mentes ilustradas críticas acerbas como las de Montaigne y otros humanistas.   
Contemporáneo de Erasmo o Montaigne, el humanista Rabelais, como todos los de su estirpe en aquel tiempo, tuvo primero una excelente formación clásica y luego se convirtió en médico de renombre. Erudito, de inteligencia descomunal, el hombre supo crear un mundo imaginario que rompió todas las convenciones y ejerció como pocos el espíritu del libre pensador, burlándose de los conservadores canónigos de la Universidad de la Sorbona, por lo que tuvo huir hacia otras lugares más libres, como la vieja ciudad de Lyon, centro editorial activo como Fránkfort, Amsterdam o Estrasburgo.    
Las inolvidables escenas de Gargantúa orinando a raudales sobre los habitantes de París desde las torres de Notre Dame, de donde roba las campanas para ponérselas como cascabeles a sus desmesurados jumentos, la historia completa de su génesis, crecimiento y educación, el carácter escatológico permanente y el relato vivo de las vísceras y sus efectos olfativos, las aventuras y viajes de Pantagruel y las ocurrencias de múltiples personajes secundarios hacen de la saga novelística del médico francés, contenida en cinco volúmenes, una de la obras más modernas y actuales. La divertida disertación de Gargantúa sobre los diversos métodos para limpiarse el trasero, es uno de los episodios más libres y subversivos de la literatura universal.  
Leer a Rabelais muestra a los escritores contemporáneos la necesidad de desafiar las inercias para adoptar el carácter libertario de la prosa y la literatura, porque lo que él pudo hacer con tanta pasión y gusto, primero usando sus seudónimos Alcofibras Nasier o Seraphin Calobarsy y luego bajo su propio nombre, causándole tantas prohibiciones y persecuciones, es un ejemplo a seguir para todos. La risa y la desmesura dominan su obra al mismo tiempo que la juguetona erudición que se burla de sí misma.  
La literatura puede ser el espacio de la burla, la injuria, la obscenidad, la herejía, la blasfemia y debe denunciar todas las incongruencias de los poderes políticos, religiosos, ideológicos, culturales, editoriales y económicos y sus redes actuales de falsas verdades mediáticas y cánones comercializados. 
La literatura no debe ser el manso oficio de quienes escriben por encargo aunque ni siquiera haya encargo, sino de los que como Rabelais dicen lo que no se puede decir, o sea lo prohibido, lo que va contra la corriente de la época. A desempolvar pues los anaqueles y leer esas obras de leyenda donde nada es solemnidad y donde todo es carcajada libre, carnaval y grotesca humanidad.   
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* Publicado en Expresiones, de Excélsior. México. 1 de abril de 2018

domingo, 4 de marzo de 2018

LA VORÁGINE VITAL DE RIVERA

Por Eduardo García Aguilar
Este año se cumplen 130 años del nacimiento y 90 de la muerte de José Eustasio Rivera (1888-1928), escritor colombiano que con sólo una novela y un puñado de poemas ocupa un espacio enorme en la literatura de su país y en la continental. Nació en un pueblo que hoy lleva su nombre en el sureño departamento del Huila, en los umbrales de los amplios llanos orientales y las selvas que se extienden hacia la Amazonia, incluyendo territorios de Venezuela, Perú y Brasil, por donde el diplomático se internó en sus labores como funcionario para descubrir la injusticia, la explotación y un mundo sin ley comandado por forajidos y aventureros de toda laya.
De esas aventuras, Rivera sacó el conocimiento y la sabiduría para contar el mundo selvático en una novela magistral que sigue siendo actual y cantar en poemas de gran perfección formal paisajes, espacios, caudales, vegetaciones, astros y noches en la vida febril de las junglas y los ríos poblados de alimañas y seres humanos perdidos, a quienes devora poco a poco la selva con sus cánticos hipnóticos. Pirañas, hormigas tambochas, anacondas, fieras, insectos entre remolinos, pantanos y vorágines pueblan su mundo imaginario. Y el deseo es el motor central.
Enviado a comienzos de los años 20 a trabajar en la Comisión limítrofe colombo-venezolana, Rivera descubre las injusticias cometidas contra los indígenas en aquellos territorios al mando de caucheros y traficantes. La vorágine es de una actualidad pasmosa cuando sabemos que en estas primeras décadas del siglo XXI aquellos territorios siguen siendo dominados por grupos ilegales, narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares y todo tipo de ejércitos a un lado y al otro de la frontera, al mismo tiempo que se registra un éxodo masivo de migrantes venezolanos hacia Colombia en busca de mejores oportunidades. Como en aquellos tiempos, la ley es impuesta por forajidos de todos los pelambres y son muchos a quienes engulle la jungla, porque allí la vida no vale nada.
La novela cuenta la historia de Arturo Cova, un hombre que por amor a Alicia se desvía de su camino trazado por su origen y se pierde en aquellas inmensidades. Comienza con una frase que todos los colombianos nos sabemos de memoria: “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia” y termina con la exclamación “¡Los devoró la selva!”, en referencia al informe de la infructuosa búsqueda de cinco meses encabezada por Clemente Silva.
Cova es un alter ego del propio Rivera, joven nacido en una familia numerosa y que, por propios méritos, logra una beca en un colegio de la capital colombiana y al final el título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas, lo que le abre el camino para ser funcionario del Ministerio de Gobierno. Como en el barco ebrio de Rimbaud, Rivera se define hombre que fue río, ya que contrariando las ilusiones de sus mayores, abuelos, padres, tíos, quienes esperaban que él fuera según sus gustos obispo o papa, senador o presidente, médico o militar, termina por escoger la deriva de la literatura como pasión y oficio.
“Soy un grávido río: siempre he sido eso: un río que copia paisajes, un río nostálgico que canturrea por la voz del oleaje las canciones de la selva de donde vengo, de la entraña selvática donde nací”, dice en un texto encontrado en 1956 entre sus papeles. Y agrega: “Nada podía conmigo, con mi vocación de ser río. Me tuvieron seis meses en un sanatorio y me dieron de baja con una carta del director. El muchacho no está loco, decía, apenas me parece un poco poeta y hay que dejarlo porque eso no tiene remedio. Bendito médico. Sí, eso soy yo: un poco poeta, un grávido río”.
Después de ejercer diversas actividades como funcionario, Rivera recala en Nueva York, a donde llegó con la ilusión de publicar La vorágine en inglés y llevarla al cine, pero allí lo atrapa también una infección adquirida en la selva y muere afectado por escalofríos, fiebres y una hemiplejía fatal. Su cuerpo es trasladado en un periplo rocambolesco de varias semanas, como ocurrió con el del mexicano Amado Nervo (1870-1919) o el de Carlos Gardel (1890-1935) desde el lugar de su muerte hasta su país de origen y recibió en puertos, ciudades y pueblos por donde pasó los honores que no obtuvo en vida. El gran poeta colombiano Fernando Charry Lara (1920-2004), quien presenció de niño el entierro de Rivera en Bogotá, escribió un poema sobre el hecho que es uno de los mejores de su obra.
En Nueva York se habría perdido el manuscrito de su novela inédita La mancha negra, pero nos queda su colección de unos cincuenta sonetos, Tierra de Promisión, que es una joya de la poesía colombiana por su naturalidad y la perfección de su forma. Uno tras otro los sonetos nos cuentan el mundo de la jungla con sus alacranes del deseo y la presencia implacable de la muerte, el cosmos y la enfermedad. Tanto su prosa como su poesía ejercieron una indudable influencia en la obra de Gabriel García Márquez (1927-2014) y de Álvaro Mutis (1923-2013), que, como él, se nutre de montañas, junglas, cañones, ríos y celebra los ambientes tórridos de la naturaleza colombiana con cánticos de pasión sexual y desesperanza.
Rivera pertenece a la tradición de los grandes autores que dejan escasas obras como el mexicano Juan Rulfo, autor de El llano en llamas y Pedro Páramo, y en Colombia los poetas José Asunción Silva, Aurelio Arturo y Raúl Gómez Jattin, entre otros. Su paso por el mundo fue corto, pero la pasión literaria y vital que lo guiaba fue suficiente para que su mirada y su palabra captaran la esencia de su época y las cosas circundantes. Rivera rompió con el modernismo y el costumbrismo, y su prosa y poesía son intemporales como si flotaran sobre un mar de delirios selváticos poblados de apariciones y fantasmas que nunca desaparecen.
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* Publicado el domingo 4 de marzo de 2018 en Expresiones de Excélsior. México.

domingo, 25 de febrero de 2018

EL FANTASMA DE LA LIBERTAD

Por Eduardo García Aguilar
Además de la ofensiva de los yihadistas islamistas en el planeta desde hace décadas, que persiguen a las mujeres y las reducen al ámbito hogareño bajo el mando de los varones y que han destruido milenarios monumentos de arte como los budas de Bamiyán o parte de las ruinas de Palmira, ahora enfrentamos la agresiva ola de neopuritanismo desencadenada por las millonarias actrices de Hollywood que recorre Occidente, cuando se cumplen cincuenta años de la rebelión libertaria mundial iniciada en 1968 en el arte, la música, la liberacion femenina y la libertad sexual. 
Aunque el movimiento contra los hombres tiene reivindicaciones legítimas pues hay psicópatas, violadores, hostigadores y abusadores que han usado y usan el poder para presionar a las mujeres en el ámbito laboral, familiar o en la calle, esta ola fue cooptada en muchos lugares por quienes quieren aprovecharse de la emoción desatada contra Harvey Weinstein para restaurar oscuros velos de represión sexual y artística censurando el cine, el teatro, la pintura e incluso la forma de vestir de las mujeres.
Todos tenemos claro que a lo largo de los milenios de existencia del homo sapiens sobre la tierra la mujer fue considerada moneda de cambio a mano de los hombres. Cuando no era raptada, violada o tomada como botín de guerra, era obligada a unirse con hombres de otras tribus por medio de un intercambio de favores entre patriarcas para sellar alianzas económicas de todas las magnitudes económicas, entre los pobres por cabras o ganado y entre reyes y nobles por grandes territorios y riquezas. Esa situación aun prevalece en países que siguen dominados por teocracias o arraigados en un atraso ancestral, como ocurre en África, donde el movimiento islamista Boko Haram atacó esta semana una escuela de jovencitas internas y las raptó en masa para repartirlas entre la infame soldadesca fanática, tal y como hacia el Ejercito islámico en el califato que pretendía fundar en Oriente Medio.
Pero hay que reconocer que desde hace medio siglo en muchos países de Occidente se produjeron avances en los espacios urbanos de la clase media, donde la mujer conquistó reivindicaciones y muchos hombres cambiaron de comportamiento. Por eso es injusto que la ola antimasculina, o sea la misandria generada por el movimiento de las millonarias estrellas de Hollywood, deba ser asumida sin chistar por todos los hombres por igual, como si debieran cargar y expiar con silicios un pecado original milenario. La forma de relacionarse con las mujeres de muchos hombres de las generaciones recientes en los ámbitos universitarios y culturales ha sido cada vez más igualitaria. Y la iniciativa sexual también ha sido de las mujeres y no solo de los perversos hombres. 
Uma Thurman, Asia Argento, Salma Hayek, Angelina Jolie y otras actrices de esta época saltaron a la fama hace décadas y consintieron siendo adultas participar en ese sueño que moldeaba a generaciones de chicas. Muchas de ellas reconocieron que aceptaron voluntariamente salir con Weinstein y otros potentados del mundo cinematográfico, donde casi todas las divas como Brigitte Bardot, Sophia Loren, Mónica Vitti, Marilyn Monroe, Ingrid Bergman y Lauren Bacall fueron amantes o esposas de los productores y directores que las llevaron a la fama. Ahora ya millonarias se arrepienten y encabezan un movimiento de potentadas llenas de glamour. Sería bueno preguntarse si ellas no explotan también a otras mujeres de la servidumbre que suele estar a su servicio en sus mansiones y en los estudios de filmación, una miríada de pequeñas manos de mujeres que deben cumplir todos sus caprichos y servirles como sirvientas, limpiadoras, peluqueras, maquilladoras, secretarias. También sería bueno que se hiciera una investigación periodística sobre los jugosos divorcios en los que estas divas han estado implicadas cuando, al separarse, sacan tajadas de millones de dólares de los cerdos a quienes amaron y con quienes se casaron.  
Nada tienen que ver estas divas oportunistas con las verdaderas líderes y heroínas del feminismo que abrió las puertas a una emancipación lenta pero activa de la mujer en algunas partes del mundo. En Estados Unidos la juventud se alzó contra la guerra de Vietnam y después de Woodstock con Janis Joplin, Joan Baez, Bob Dylan, Santana, Hendrix, Morrison, Bob Marley, Rolling Stones, Patti Smith, Marianne Faithfull y otros, se inició la liberación sexual al grito del Peace and Love y de la canción Je t'aime moi non plus de Jane Birkin y Serge Gainsbourg. 
En América Latina también se recibieron con entusiasmo esas ideas libertarias venidas desde fuera a través de la música, el hippismo, el arte pop, la música de protesta. Los jóvenes se rebelaron contra la presencia asfixiante de sectores de la iglesia ultraconservadora y del autoritarismo militar auspiciado por el estado de sitio permanente y reivindicaron el amor libre y fustigaron la represión patriarcal. Los jóvenes de ambos sexos descubrieron sus cuerpos y emprendieron la lucha por la igualdad. 
La feminista norteamericana Camille Paglia se refirió a la nueva mujer libre que no quería ser considerada menor de edad eterna, frágil, que necesita la protección de patriarcas, pastores, curas, policías, como ahora sugieren las más radicales seguidoras de las actrices de Hollywood, a quienes respondieron airadas las mujeres francesas encabezadas por Catherine Deneuve y Catherine Millet.
Como fruto del movimiento pudibundo del puritanismo de estirpe anglosajona, dos jóvenes urbanas neoyorquinas pidieron quitar de un museo un cuadro de Balthus que muestra a una adolescente mal sentada. Tras ellas en Inglaterra y otras partes piden cubrir el torso a la Venus de Milo o censurar los cuadros renacentistas y románticos donde aparecen cuerpos desnudos de mujeres. O sea que estas radicales se han vuelto más papistas que el papa. Van contra Boticelli, Leonardo, Rubens y otros muchos.
¿Habrá que cubrir al David de Miguel Ángel, a las Tres Gracias, ponerle slip a la mujer de Courbet, censurar los filmes donde aparecen escenas de sexo? ¿Habrá que separar a hombres y mujeres en empresas, escuelas, sitios públicos, como ocurría antes? ¿Todas las mujeres estarán obligadas a llevar la burka y velo como las musulmanas en los califatos yihadistas? ¿Se prohibirá la minifalda? ¿Llegaremos a prohibir el sexo y el deseo? ¿Se prohibirá el coqueteo y la seducción?
Contra la ola neopuritana que busca reprimir el deseo y el sexo lúdico, debemos levantarnos todos en este cincuentenario del movimiento de liberación cultural iniciado en 1968 por las contraculturas. La lucha contra los abusadores y los remanentes del machismo ancestral no debe llevar a una nueva inquisición del arte y la cultura en los espacios donde sí ha habido avances hacia un mundo más civilizado e igualitario entre ambos sexos, como ocurre ya en muchos ámbitos urbanos modernos. 

---* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 26 de febrero de 2018.