domingo, 28 de octubre de 2018

LA FIESTA MEXICANA DE LOS MUERTOS

Por Eduardo García Aguilar
Por estas fechas dominadas por el Halloween anglosajón, en todo México y en las principales capitales del mundo donde las representaciones diplomáticas de ese país promocionan con entusiasmo actividades culturales relativas a esta costumbre excepcional, se hacen ya los preparativos para celebrar la fiesta de los muertos, que se hunde en la más profunda tradición prehispánica del inframundo indígena desde hace milenios y que tras la conquista española y la llegada del cristianismo, impuesto a sangre y fuego, se ha transmutado en la expresión de un fascinante sincretismo. 
Cuando llegué a México me sentí inmerso de inmediato en un mundo para mí nuevo donde pese a las invasiones española, francesa y estadounidense, la cultura prehispánica seguía viva tras múltiples máscaras y velos. El inmenso cuadro de La Virgen de Guadalupe, también llamada la Virgen morena, patrona y madre nacional, que según la leyenda se le apareció al indio Juan Diego, fue la solución encontrada por los clérigos hispanos para tratar de reconvertir la deidad femenina ancestral prehispánica en una aceptable virgen católica que medio milenio después moviliza cada año a decenas de millones de fieles.
Al visitar el templo de Cholula, cerca de Puebla y ver el tejido barroco abigarrado de miles de rostros de angelitos indígenas muertos esculpidos en las paredes y columnas y que culminaba en las alturas y en los ábsides con una pléyade de angelitos rubios, se comprendía de inmediato que las autoridades eclesiásticas no tuvieron más salida que dar libre vía a la imaginación de los artesanos locales en pleno siglo XVI, concretando así el sincretismo de ambos mundos. Para tratar de sanar la herida, los clérigos los dejaron representar en la iglesia los rostros de sus congéneres masacrados por las huestes de Hernán Cortés, culpable de un genocidio sin nombre. 


A diferencia de otras conquistas de potencias europeas en países del sur donde el exterminio de los indígenas fue casi total, en México los españoles encontraron verdaderas civilizaciones milenarias, con estado, príncipes y princesas, burocracia, religión oficial, escuela, ciencia, escritura, médicos, geómetras, arquitectos, poetas y chamanes, algunas de las cuales ya habían florecido y se habían extinguido centenares de años antes, como olmecas, toltecas, mayas, mixtecos y zapotecos, entre otras muchas culturas, que construyeron pirámides y templos ceremoniales gigantescos como los de Teotihuacán, Palenque, Chichen Itzá o Monte Albán. 
Los aztecas eran solo recientes y violentos advenedizos del norte que se habían instalado y a su vez creado una cultura sincrética basada en esas antiguas civilizaciones desaparecidas. En el enorme territorio vivían millones de individuos y con ellos los españoles decidieron construir una Nueva España en Tierra Firme con ciudades, palacios y catedrales más grandes y lujosas inclusive que las de su tierra original, como puede atestiguarse hoy cuando se visitan los centros históricos de la Ciudad de México, Zacatecas, Oaxaca, Puebla, Querétaro y Morelia, etcétera. Por su potencia demográfica, ni con las enfermedades ni con las armas los españoles pudieron exterminar a todos los indígenas mexicanos, como sí ocurrió en otros lugares de América Latina o en Norteamérica, donde los caras pálidas los arrasaron y despojaron casi por completo.


En el México profundo de los pueblos y aldeas de los diversos estados de la Federación esa huella es profunda y en la actualidad los usos y costumbres milenarios están vivos y se perciben en la gastronomía, los textiles, las músicas, las danzas y las lenguas que practican. En esos pueblos decenas de fiestas prehispánicas han sido respetadas por los poderes de la colonia española y los posteriores, de manera que son una sucesión interminable de ágapes los celebrados por la población autóctona en honor a sus dioses y diosas y en homenaje a todo tipo de elementos como los astros, el agua, el fuego, la lluvia o el inframundo creador.
Entre esas fiestas, la de muertos es la más conocida y la que más ha fascinado a los visitantes externos, especialmente a cronistas, fotógrafos, cineastas y escritores de lo exótico. Todos los camposantos del país se abren el 1 y el 2 de noviembre, una noche para homenaje de los difuntos niños y el día y la noche siguiente para los muertos adultos y sobre las tumbas adornadas con lujo de detalles barrocos se instalan altares con las comidas, licores y otras preferencias de los seres queridos desaparecidos. 
Los cementerios se vuelven una fiesta desbordada e inolvidable. Músicos en todos los rincones, iluminación total de las tumbas por los medios posibles, incluso el traslado de plantas eléctricas, repartición gratuita de alimentos y licores, por lo que hacia el amanecer muchos de los asistentes salen ebrios. Toda la noche y parte de la madrugada la convivialidad es la regla alrededor de los manteles desplegados sobre las lápidas y el camposanto, lejos de ser un lugar tétrico como en el resto del mundo, se vuelve un sitio familiar y querido donde al fin y al cabo todos algún día iremos a parar. Las frutas y las flores, en especial el cempasúchil, abundan e inundan con su colorido el ámbito sagrado.


Vivir la fiesta de los muertos en cualquiera de los miles de pueblos mexicanos es una experiencia enriquecedora que nos reconcilia con la vida. Cada año, durante el tiempo que viví en México, asistí a alguna celebración en el lugar donde me encontrara y varias veces fui a Mixquic, pueblo cercano a la capital donde la fiesta ya se sale de los cementerios e inunda las calles hasta al amanecer con todo tipo de representaciones, disfraces, grupos de música, y expendios de todo tipo de exquisiteces, artesanías, calaveras de azúcar, ataúdes de chocolate y licores. Ahí la fiesta de los muertos es un himno a la vida y una invitación a disfrutarla. 
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* Publicado el domingo 28 de octubre de 2018 en el diario La Patria. Manizales. Colombia.

viernes, 26 de octubre de 2018

RELATOS DE LA VIDA EN EL ABISMO

@Hidiro
Por Eduardo García Aguilar
En todas partes hay escritores que surgen de sus propias ruinas y se izan a veces tardíamente hacia la literatura inspirados en autores de otros tiempos que se debatieron entre la vida y la muerte, la depresión, la droga, la deriva, el deseo de terminar de una vez por todas con la vida. Cuando pasan el precipicio y sobreviven a la autodestrucción, suelen inspirarse en sus propias historias para contar lo vivido sin necesidad de recurrir a la ficción.
Hace poco cayó en mis manos el libro Eva, de Simon Liberati, quien como tantos de su generación, devoró sus primeros años de juventud en los 70, 80 y 90 del siglo pasado en la rumba y el desenfreno de quienes agotaban la noche en las espléndidas discotescas parisinas de otros tiempos como el mítico Palace, sobre el cual ya se han escrito libros y se han inspirado novelas.
Así como en Nueva York la generación de Andy Warhol y la farándula rockera de esos tiempos se diviertía en el Estudio 54 y dormía en el Hotel Chelsea no lejos de Patti Smith, el Palace fue el epicentro de la diversión de una juventud dorada que no tenía límites. Allí en esos antros podían cruzarse con Yves Saint Laurent, modelos, estrellas de rock estadounidenses o londinenses de paso, mafiosos, play boys, millonarios, traficantes y vividores y mitómanos de toda laya.
Muchos de los protagonistas de esas noches interminables fueron atacados por todos los males, el principal de los cuales el sida, y se desgranaron hacia la muerte prematura aniquilados por el abuso de los estupefacientes, el insomnio como oficio, la depresión y los excesos sexuales. Larga es la lista de las novelas o testimonios escritos por muchos de los sobrevivientes, entre los cuales se destaca Virginie Despentes, autora de la saga Vernon Subutex y King Kong Theorie, entre otros libros de éxito generacional.
La gran moda hoy en la literatura francesa es contar su propia vida y mientras más trágica mejor. Esa moda surge desde que Catherine Millet escribió y logró hace lustros un éxito fenomenal con Catherine M, donde relataba miles de experiencias sexuales vividas en esos tiempos de desenfreno. Contar su propia vida, basarse en tragedias familiares, dramas y sufrimientos sexuales experimentados es la nueva y sólida tendencia literaria. Antes de que esta ola apareciera se solía escribir con seudónimo como en los tiempos de la Marquesa de O.
Así toda una serie de autores homosexuales dejaron el testimonio de su lucha contra el sida y la desaparición de sus seres amados, mientras otros como Christine Angot basa su obra en el trauma vivido del incesto, tema que la llevó al éxito desde 1999 y que aun sigue presente en sus libros. Angot y otros autores hombres y mujeres relatan en cada uno de sus libros su vida cotidiana, las peripecias de sus matrimonios o la sucesión de los amantes.
El mundo editorial comercial ha encontrado ahí una cantera excelente para lograr ganancias y esa tendencia se impone en las principales lenguas. En castellano, italiano, inglés, portugués, islandés, danés, alemán, sueco, proliferan las autoficciones que tanto gustan al lector voyerista. Unos cuentan el asesinato de su padre, otros el suicidio de un hijo, la enfermedad de un cónyuge, aquellos el secuestro, la cárcel, los maltratos sufridos en la familia, o los abusos en la infancia a manos de adultos. 
Virginie Despentes, quien ahora es jurado del premio Goncourt y tal vez algun día llegue a la Academia Francesa, fue violada y se prostituyó de joven, lo que contó en su primer libro de éxito. Edourd Louis, de 24 años de edad, logró hace poco un gran éxito y ha sido traducido a muchas lenguas con el libro donde cuenta una violación y su vida atormentada, convirtiéndose en otro ícono de la literatura LGTB.  
Simon Liberati logró el Premio Femina con una novela inspirada en la diva estadounidense Jane Mansfyeld, pero su libro más reconocido es Eva, inspirado en una historia de amor verdadera que en cierta forma salvó a los dos protagonistas. Hace unos años, en 2013, Simon se cruzó con la cineasta Eva Ionesco, que es una leyenda porque de niña fue usada por su madre para hacer fotografías eróticas góticas que tuvieron mucho éxito en los años 70 en todo el mundo, cuando hacer eso era aun posible y no se consideraba delito.
La fotógrafa, de la misma generación que el recién suicidado fotógrafo de adolescentes Hamilton, no solo hizo mucho dinero con los desnudos de su hija, sino que la prostituyó. La vida de la joven desde entonces dio muchas vueltas en el abismo y está marcada por varios intentos de suicidio. 
Simon trabajó durante mucho tiempo en revistas de farándula o haciendo guiones para ganarse la vida, pero en el fondo su deseo era escribir novelas y obtener un lugar en la literatura, aunque fuera menor. Cuando se encuentra con Eva en una cena, se considera un fracasado y también piensa en el suicidio.
El flechazo amoroso de estos dos condenados es una tabla de salvación y ambos, escépticos, descreidos, derrotados, deteriorados, deciden vivir a fondo la pasión amorosa ante las dudas de los amigos, lo que hasta ahora los salva. Liberati logra que Eva baje 15 kilos y vuelva a ser la bella de antes y él logra, al escribir la historia de su amor, uno de sus mejores éxitos. Y con el anticipo que le pagó el editor, le financió a Eva una operación estética del rostro.
Pero a diferencia de otros autores autobiográficos actuales, Liberati es un apasionado de la literatura, en especial de los autores preciosistas y decadentes de fin de siglo XIX y por eso su libro seduce por la calidad de su prosa y su pasión literaria. En su prosa hay estilo, recursos inusitados, fuerza. Es un canto contemporáneo de amor inusual y a la vez el relato de la tragedia de Eva Ionesco, quien demandó judicialmente a su malvada madre por abuso y no le perdona lo que hizo. 
Esta historia que nos lleva al mundo de los devorados por la vida y el tiempo, es por ahora un relato con final feliz, aunque el propio autor cuenta las tormentas terribles, las manías y neurosis que agitan a esta pareja que ahora aparece en las revistas de farándula recuperada y glamurosa, ella por las operaciones estéticas y la baja de peso y él por el éxito literario logrado al filo de la navaja. 
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* Foto de @Hidiro, tomada del sitio Lefoooding.com
* Eva, Simon Liberati (Stock – France. 2015. 278 páginas)

jueves, 20 de septiembre de 2018

LA MÁQUINA TRITURADORA DEL DESEO


Por Eduardo García Aguilar
Casi todas las obras de ficción han sido eróticas y bien puede decirse que hablar de literatura y erotismo es lo mismo, pues ambos parten de similares principios y pulsiones. Las grandes guerras u odiseas griegas o latinas estaban motivadas por el deseo, la búsqueda incansable de la mujer fugada, robada o secuestrada o la espera del amado, como Penélope, tejiendo sin medir el tiempo, o incinerándose en la playa como Dido ante la partida de Eneas. 
Edipo Rey, la Ilíada, la Eneida, la poesía de Safo o de Propercio, Las mil y una noches, Orlando furioso, las vastas literaturas india, china, japonesa, árabe, las sagas nórdicas o anglosajonas estuvieron animadas por la pulsión devastadora del deseo. Así también la novela de caballerías, pues el héroe andante iba a la guerra animado por el amor cortés y sus batallas debían excitar desde lejos a la amada, convirtiéndose en leyendas e historias que seducían a los lectores.
Amadís sueña con Oriana, Alonso Quijano con Dulcinea y de igual manera es erótica La Celestina, o entre las historias amorosas europeas Romeo y Julieta, Manon Lescaut, Pablo y Virginia y Atala y René, o las latinoamericanas María de Jorge Isaacs y Clemencia del mexicano Ignacio Manuel Altamirano, sin dejar de lado a Rojo y Negro de Stendhal, Madame Bovary de Flaubert, Las ilusiones perdidas de Balzac, el Fausto de Goethe, El conde de Montecristo de Dumas y mil obras más. 
Todas esas obras están movidas por el amor, el deseo, la carne, el aroma de amadas y amados, la soledad del abandonado, la inquietud del traicionado u olvidado, la ilusión quimérica del enamorado. En todas las páginas de obras memorables suceden auges y caídas de personajes por culpa de esta pulsión intermitente y calcinante, como ocurre en la Carmen de Merimée o en todas las historias donde aparece los arquetipos de Don Juan o la adúltera Bovary.
En las literaturas decadentes de fines del siglo XIX, en la era parnasiana o simbolista, el asunto del deseo exploró las perversiones y la patología psiquiátrica con obras tan notables como Brujas la muerta de Georges Rodembach o Las diabólicas de Barbey d'Aurevilly, entre otras, y en el campo latinoamericano con las neurasténicas novelas de Vargas Vila, que excitaron con sus flores de fango a varias generaciones de lectores, aunque fueran misóginas y relamidas y estuvieran cargadas de adjetivos.
Ya hacia el siglo XX hay un viraje que llega a su clímax con En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Obra titánica de un asmático elaborada en tres lustros de infatigable trabajo, la de Proust es un estudio profundo de las variantes del deseo y los celos y un fresco magistral de la sociedad de su tiempo, cuando se extinguían las aristocracias y emergía la poderosa burguesía ilustrada.
De su tiempo son también las obras de André Gide y François Mauriac, que exploran el tormento erótico, la prohibición, la culpa, el pecado, en tiempos ya marcados por los estudios del Sigmund Freud y la pléyade de discípulos psicoanalistas que marcaron el siglo XX e influyeron a casi toda la novelística centroeuropea y europea, como lo muestra La montaña mágica, otra de las obras cumbres de la primera mitad del siglo XX.  
La lectura completa de En busca del tiempo perdido desanima a cualquier aspirante serio a novelista, pues el nivel de esa obra es tan alto que hace inútil y desechable cualquier obra posterior. Se puede aspirar a escribir novelas más o menos logradas en su modestia, pero es imposible para un ser humano elaborar una obra tan polifónica y compleja, tan disfrutable desde el punto de vista del lenguaje, pues es un palimpsesto sin fondo de miles de capas sucesivas capaces de explorar el deseo y la miseria humana, una tela de araña elaborada por quien ambicionaba a escribir lo imposible y luego morir. 
Pero pese a la inutilidad y la imposibilidad manifiesta frente a la grandeza de Proust, los novelistas de todos los continentes siguen y seguirán produciendo obras en las que trabajan años aunque saben que serán olvidadas en las estanterías empolvadas del tiempo. Cuando desde temprano un joven se ve infectado por la literatura, es porque la pulsión ya lo desborda y la única forma de liberar esas energías es expresando con palabras lo que aun no logra con gestos o miradas. Muchos, los más, fracasan en el intento, otros culminan obras dejando el pellejo en ellas y algunos que aplazaron el intento con frustración e impotencia, logran en el crepúsculo de sus vidas a veces parir un libro que los salva.  
En la soledad de los años iniciales que aun no saben del destino ni del futuro, el futuro novelista es movido por unas fuerzas telúricas que lo sobrepasan, y como Sísifo intentará a lo largo de su vida subir la roca hasta la cima a sabiendas de que ya allí, la piedra se devolverá por el despeñadero y tendrá que reanudar el intento. En Un amor de Swann, Proust estudia la personalidad de un artista fracasado que se dejó llevar por el deseo y los celos al enamorarse de Odette, una mujer "que no era su tipo" y por cuya pasión mancilló su rango aristocrático y nunca logró llegar a ser el artista que soñaba aunque tenía todo el talento para ello.  
Cuando inició su obra maestra en 1908, Marcel Proust era un pobre fracasado, un enclenque y rico burgués inteligente, exquisito, elegante y lúcido que acudía a los salones parisinos y hacía crónicas de esas mundanidades para el diario Le Figaro. Había traducido a Ruskin, era lector y conversador apasionado y había intentado sin gran éxito escribir varias obras que estaban engavetadas. Pero desde las ruinas de su fracaso se alzó para conjurar la derrota y con todo lo visto y escrito en su paseo por salones, oficinas, hoteles, restaurantes, calles y burdeles de su tiempo logró escribir una obra que le dio una gloria que pocos contemporáneos le auguraban, entre ellos André Gide, quien rechazó su primer volumen, obligándolo a publicarlo por su cuenta.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 16 de septiembre de 2018. 

domingo, 26 de agosto de 2018

JORGE LUIS BORGES EN AGOSTO

Por Eduardo García Aguilar

El 24 de agosto de 1899 es la fecha de natalicio de Jorge Luis Borges y por eso cada año los admiradores del polígrafo lo recuerdan sin falta como una figura inolvidable de la literatura universal y latinoamericana. Rebelde por naturaleza, su obra está compuesta de poemas, cuentos cortos, ensayos y también por su lúcida y ocurrente conversación, que era una de sus mejores recursos.
El argentino fue un raro en la literatura hispanoamericana de su tiempo y desde muy temprano abrió otras compuertas al sueño, desligándose del realismo, el costumbrismo, el modernismo y el naturalismo telúrico en boga durante su juventud, dominada por figuras como Amado Nervo, José María Vargas ViIa, Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones o José Eustasio Rivera.
Nunca escribió novelas, género que no le atraía, para dedicarse a escribir esas pequeñas joyas que lo inmortalizaron, como El aleph y otros cuentos de carácter fantástico, así como poemas que tenían poco que ver con el modernismo, el naturalismo, las vanguardias o el surrealismo. Cerebral e inmerso en los laberintos de la cultura universal, Borges bebía en las fuentes universales y luego transmitía a los contemporáneos los asombros que lo agitaban en las noches interminables de lectura o en el silencio del pensamiento que inunda la mente de los ciegos.
Escribió cuentos de cuchilleros y exploró la poesía gauchesca que le fascinaba en amplios volúmenes donde estudiaba los ritmos e historias del género desde antes y después de Martín Fierro. Aunque viajero por las estepas de las literaturas exóticas nórdicas o asiáticas, nunca olvidó sus orígenes criollos ni las barriadas de Buenos Aires que transcurrían en otros pagos distintos a los suyos, bien relatados por figuras como el gran Roberto Artl, el de las Aguafuertes porteñas.
Elegante, impecable, esgrimiendo el bastón, Borges estuvo siempre cerca de su madre y fue en el fondo un gran niño mimado hasta el final de sus días, un gran bebé monstruoso lleno de melodías y preocupaciones insaciables. Como todo infante, Borges vivía en el delirio, porque como todos sabemos por experiencia propia, la niñez es una de las más fascinantes formas y expresiones de la demencia. 
La madre lo cuidó con mucho cuidado e incluso lo guió en la elección de mujeres, amigas o esposas, algunas de las cuales resultaron verdaderos fiascos, por lo que siempre volvió al seno materno hasta el día en que encontró a una muy joven hija de un amigo suyo, la misteriosa e inteligente María Kodama, quien fue la compañera de sus años de gloria y lo acompañó hasta su muerte en Ginebra en 1986 y mucho después, pues es la heredera y albacea, fiel cancerbera de sus derechos y su gloria.
Tuvo un gran amigo, casi hermano, el aristocrático Adolfo Bioy Casares (1914-1999), a quien conoció en 1932 y con quien escribía novelas policíacas bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq, además de compartir una vida social en las altas esferas bonaerenses regentadas por Victoria Ocampo (1890-1979), directora de la revista Sur, y su hermana Silvina (1903-1993), esposa del apuesto autor de La invención de Morel.
En los diarios de Boy están consignados todos los instantes de esa larga amistad, donde ambos se burlan y critican con ironía y sarcasmo a sus contemporáneos y miran a la sociedad desde las alturas aristocráticas, tan ajenas a las barriadas donde reinaba el tango, la milonga y el lunfardo de los proletarios y los inmigrantes pobres.
La mecenas Victoria Ocampo era la reina, viajera mundial, amiga de Drieu la Rochelle y Rabindranath Tagore, promotora cultural. Su hermana Silvina, aun más excéntrica, vivió bajo la sombra de su joven esposo en un gran apartamento lleno de libros al que alguna vez llegó la decadencia, la enfermedad, la tragedia y la muerte, dejando atrás los lejanos años de esplendor y de lo que solo quedan cenizas.
Kodama sacó a tiempo a Borges de Argentina y lo llevó de regreso a Ginebra, donde reposa para siempre y que tal vez es el sitio que le correspondía a ese cosmopolita que nunca tuvo hijos y vivió a contravía de las ideologías de su tiempo en el mundo y en América Latina. Para él la "democracia es un abuso de la estadística" y nunca participó de los sueños revolucionarios que agitaban a sus conciudadanos.
En lo máximo de su gloria Borges era casi como un Dios, pese a que en la conversación y el encuentro con sus admiradores y lectores ejercía una sencillez y modestia sorprendentes. Nada en él era solemne o impostado y tenía un gran sentido del humor. 
En uno de sus viajes a México lo vi una noche de agosto de 1981 al salir de la sala Ollin Yolittzti de la Universidad Nacional Autónoma de México, y observé como jóvenes admiradores se arrodillaban ante él y entraban en trances histéricos con exclamaciones delirantes, como si estuvieran en presencia de una deidad, un gurú, un ser del más allá, a lo que el maestro, que no veía nada o muy poco, reaccionaba con una sonrisa, mientras era llevado del brazo por Kodama. 
Todos los que lo vieron o lo leyeron saben que Borges es un clásico, rango que pocos autores adquieren en vida y en su tiempo y menos en la posteridad. Los clásicos se vuelven clásicos sin saberlo y sin buscarlo y el don le es otorgado por la lealtad que durante sus vidas tuvieron con la palabra, la vida y los libros. Ellos viajan siempre en el tapiz volante del tiempo y aunque no salgan de su cuarto o su casa, les ocurren cosas maravillosas como a Simbad el Marino o a Ulises. En cada clásico hay un Ulises y un ciego que ve todo lo posible y hasta lo imposible hacia su interior. Los clásicos son la encarnación de los gatos. Silenciosos y con la mirada penetrante que ve en la oscuridad.  
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 25 de agosto de 2018.

domingo, 22 de julio de 2018

LAS CASAS CERRADAS DEL PLACER



Por Eduardo García Aguilar

Las casas de citas, llamadas en francés maisons closes (casas cerradas), existieron en Francia hasta 1946, cuando el parlamento adoptó una ley que las prohibió para siempre. Las había de todos los niveles y algunas llegaron a ser verdaderos palacios muy bien regentados que disponían de diversos pisos donde se reproducían ambientes orientales, árabes, japoneses, dieciochescos, amueblados con lujo de detalles para despertar la imaginación de sus adinerados clientes. Uno de ellos, situado en la calle Chabanais, no lejos de donde vivió Simón Bolívar en el barrio del Palacio Real, era visitado por jefes de estado y príncipes europeos que llegaban a París de visita y solían acudir allí al terminar sus tareas diplomáticas.

En una minuciosa exposición realizada hace unos años en una galería de la misma calle donde existió el lugar de placer, se mostraron fotografías originales de los diversos ambientes, algunos de los cuales reproducían grutas mágicas, espacios con temáticas sacadas de Las mil y una noches o habitaciones similares a las que disfrutaban los grandes monarcas Luis XIV y Luis XV en el Palacio de Versalles. También se exhibieron fotos de las pupilas y sus añejas patronas, postales, cuadernillos, revistas, las fichas usadas para los intercambios monetarios y todo tipo de lencería o adminículos del placer, lo que constituía una inmersión en un mundo desparecido solo en Francia, porque pervive en todos los rincones del mundo y en lugares como Alemania, España, Holanda y otros donde son autorizados e incluso son verdaderas industrias.  

Durante años este burdel de la calle Chabanais fue regentado por famosas mujeres proxenetas y entre sus pupilas algunas lograron fama y pasaron a la historia con la invención de la fotografía, por las imágenes pictóricas que inspiraron en su tiempo o los caracteres literarios que suscitaron entre los escritores decadentes que solían acudir allí. Además de este sitio, en todos los barrios de París existían otros lugares no menos fantasiosos que figuran en los catálogos de la vida nocturna de su tiempo.

Marcel Proust describió en su magistral saga de En busca del tiempo perdido, especialmente en algunos de los últimos volúmenes como Sodoma y Gomorra o El tiempo recobrado, los burdeles para hombres que proliferaron ya desde fines del siglo XIX y bien entrado el XX, frecuentados por la numerosa clientela homosexual que acudía en busca de jóvenes prostitutos provenientes de los barrios populares. Es famoso el burdel homosexual proustiano de Jupien, inspirado en un verdadero amante de Proust que lo fundó y donde se ofrecían todo tipo de placeres perversos, fetichistas o sadomasoquistas, a los que eran adictos el gran escritor y su personaje el barón de Charlus, inspirado también en una de las celebridades literarias decadentes de la Belle Époque.

Proust relata con detalle esos sitios en una atmósfera catastrófica caracterizada por el avance de la terrible Primera guerra mundial y la caída esporádica en París de las bombas lanzadas por el enemigo alemán. Con esa guerra terminó la famosa Belle Époque y concluyó tardíamente el largo siglo XIX de esplendores y miserias balzacianas y con ellos los últimos remanentes de la nobleza del Antiguo Régimen o napoleónica, tan bien descritas por Proust en su maravillosa obra.

Además de las casas de citas, lugares cerrados donde las pupilas pasaban sus vidas al servicio de la clientela masculina, a lo largo del siglo XIX fue famoso el prototipo proustiano de la cocotte o cortesana, mujeres de extracción popular amantes de hombres casados poderosos que les alquilaban apartamentos o mansiones especiales y surgían por lo regular del ámbito del teatro y la farándula, donde eran descubiertas por sus admiradores. Hay varios libros que cuentan la vida de esas bellas mujeres que rompían el corazón de príncipes lúbricos como el propio Luis Napoleon Bonaparte, o condes, duques y barones, así como magnates como los Rotschild o el barón de Camondó y tantos otros.

Todo hombre casado y poderoso que se respetara en el siglo XIX tenía una de esas amadas protegidas que inspiraron tantas novelas y Balzac, Flaubert, Maupassant y Proust describieron las casas donde eran instaladas y recibían y hacían fiestas a la gente de la farándula y la política parisinas. A diferencia de las prostitutas comunes que eran desechadas con la edad y agobiadas por las enfermedades, las cortesanas o cocottes proustianas lograban a veces a ascender de clase y convertirse en grandes damas de la sociedad.              

Desde el cierre de las casas de citas organizadas y controladas por los equipos especiales de la policía, la prostitución se volvió callejera e irregular, centrándose en lugares como el barrio Pigalle y la calle Saint Denis, donde los clientes eran y son llevados por las mujeres a cuartos u hoteles de paso del vecindario. Pigalle fue durante el siglo XX el emblema mundial de ese viejo oficio cantado especialmente en los tiempos de Baudelaire y Toulouse Lautrec, pero hoy ya es solo una leyenda vacía como un escenario de cartón para títeres. 

Medidas muy recientes, aplicadas durante el gobierno de Nicolas Sarkozy consideran delito la búsqueda de prostitutas y los hombres que son pillados en ese intento son detenidos, multados y condenados. Pero pese a las medidas en su contra la prostitución prolifera y crece como siempre en los bosques de Boloña y Vincennes, especializados en travestis brasileños y latinoamericanos, en Belleville y muchas calles de la ciudad donde trabajan centenares de prostitutas callejeras chinas controladas por mafias y ha inundado de manera exponencial la red internet, por lo que toda medida oficial ha sido inútil para acabar con el oficio más antiguo del mundo, defendido por aguerridas hetairas militantes o famosas actrices porno o escritoras como la punk Virginie Despentes.

Referirse a las casas de citas en estos tiempos de internet, al menos en este país, es viajar a un mundo de ocres daguerrotipos.  A lo largo de los siglos XVIII y XIX y hasta mediados del siglo XX estos lupanares proliferaron en la capital y en todas las ciudades del interior, convirtiéndose en sitios sulfurosos pero populares que dieron tema a los grandes novelistas y poetas franceses, desde los libertinos de antes de la revolución, encabezados por el marqués de Sade y el prolífico Restif de la Bretone, hasta Baudelaire y Maupassant, que escribió uno de sus mejores relatos sobre el tema, bajo el título de la Casa Tellier. En el resto del mundo, desde Asia hasta América Latina, desde Africa hasta España, Alemania y los países del Este, las casas de lenocinio siguen existiendo e inspirando canciones, pinturas, poemas, novelas, fotografías y estudios sociológicos, aunque la nueva casa de citas mundial está en la red Internet y en los exitosos sitios de encuentros y de cine porno. 





sábado, 14 de julio de 2018

LA PERVIVENCIA DE ALVARO MUTIS

Por Eduardo García Aguilar


La casa de Alvaro Mutis en San Jerónimo en la Ciudad de México siempre estaba abierta a los jóvenes escritores o a los viejos y nuevos amigos que lo visitaban y compartían con él la pasión por la lectura como una actividad fascinante. Ahí vivió durante varias décadas y tenía un estudio amplio y bien organizado que era su guarida secreta, una de cuyas puertas daba hacia un antejardín donde deambulaban sus gatos. La increíble vida aventurera del creador de Maqroll el Gaviero, sus ires y venires por Europa y el mundo desde su infancia y los acontecimientos dramáticos que vivió, como la orfandad prematura o la cárcel, hacían de él un ser humano de tiempo completo cuya principal divisa era no juzgar a los humanos y tratarlos como lo que son, con sus sombras y luminosidades, mentiras y secretos alternados con actos de coraje, cobardía, mezquindad y valentía. 

Trabajó desde muy joven como locutor o empleado de relaciones públicas de diversas empresas multinacionales petroleras, aéreas o cinematográficas y en esas lides viajó primero por todo el país y después por América Latina y Estados Unidos, lugares que conocía al dedillo y donde tenía amigos en todos los rincones, capitales o pueblos. Esos viajes como agente viajero, relacionista público, publicista, hacedor de revistas, vendedor de películas u otras actividades, lo llevaron por muchas ciudades y lo hicieron frecuentar hoteles donde después de sus actividades laborales podía dedicarse al gran placer solitario de la lectura.

Como el propio personaje Maqroll, que llevaba en su pequeño equipaje algunos libros básicos como las biografías de San Francisco, las novelas de Balzac, las Memorias de Casanova o del Cardenal de Retz, entre otros libros, Mutis fraguaba en esas soledades los poemas que poco a poco fueron convirtiéndose en una Summa poética que exploraba los arcanos de la muerte, la enfermedad, al soledad y las fuerzas desbordantes e insondables de la naturaleza. En sus viajes laborales por el continente americano cruzó los caracteres femeninos o masculinos que pueblan la saga narrativa que empezó a escribir poco antes de jubilarse para sorpresa de sus amigos. Algunos de ellos, como el poeta argentino Enrique Molina, compartían con él esa atracción por barcos y mares, el encuentro y diálogo con mujeres independientes y aguerridas empresarias de sus propios desastres, la sapiencia frente a los azares del destino y sus trampas y en especial la certeza de que toda ambición es inútil. 

Por eso Mutis era un gran amigo y un excelente anfitrión, aunque en otros escenarios podía ser cortante e implacable con aquellos a quienes él denominaba los listos, los vivos, todos aquellos seres infames que creen que nadie se da cuenta de sus mentiras, engaños y patrañas para sacar pequeñas ventajas desleales. Como anfitrión abría las puertas de su estudio a los visitantes y horas después los despedía ya entonados tras degustar las variedades de whiskies por él preferidos, o vinos rojos, cognacs, gins, vodkas, camparis o amarettos, entre otros muchos espirituosos. En los bares del camino degustaba cócteles cuyas recetas diversas conocía como en su tiempo Ernest Hemingway, asiduo como él del famoso Harry's Bar de París, donde según la leyenda se toman los mejores del mundo.

Hasta el fin de su vida, ya casi nonagenario, Mutis degustaba sus whiskies y cócteles y enumeraba siempre su decálogo del buen bebedor, entre cuyos mandamientos figuraba el no beber con desconocidos, no libar para ahogar las penas o no aceptar bebidas de baja calidad, lo que en términos coloquiales significa no tomar mal trago. Debo decir que muchas veces, antes y después de fabricar con él en largas conversaciones el libro Celebraciones y otros fantasmas, salí de San Jerónimo no solo ebrio de aquellas bebidas espirituosas que él extraía de su bar secreto, sino siempre cargado con algunos de los libros en francés u otras lenguas de los que él se separaba porque había hallado nuevas ediciones o quería aligerar su biblioteca. De allí que guarde con cuidado la biografía de San Francisco del danés Jörgensen, lectura especial de su personaje Maqroll, los tres volúmenes de las Memorias de Casanova editadas por la Pléiade, El cuaderno gris del catalán Josep Plá y varias historias del Imperio Bizantino por Schlumberguer y muchos otros que devoré y devoro con placer indescriptible. 

Amigos suyos como los polígrafos Adolfo Castanón y Alejandro Rossi compartieron con él también aquella  pasión por los libros, los intercambios de volúmenes y los hallazgos en las librerías de viejo del centro histórico de la Ciudad de México, en especial, las de la calle Donceles. Mutis descubría a sus interlocutores algunos escritores raros como Paul-Jean Toulet, Valery Larbaud, Paul Morand o Joë Bousquet o compartía los libros de su amigos contemporáneos como el gran poeta martiniqués Edoaurd Glissant, cuyo tema central fueron los mares y las naves y los seres humanos que los frecuentan.  

Alguna vez, cuando lo visitamos juntos el poeta colombiano Jorge Bustamante García y yo, pude descubrir su afición por lo ruso y eslavo, sus músicas, poetas y personajes históricos y lo escuché cantar y tararear en alta voz los coros del ejército ruso que tenía en viejos long play y que ponía en su tocadiscos, animado ya por varios whiskies. Como yo había vivido en París, compartíamos el amor por esa ciudad y sus lugares y autores secretos y con Jorge, que había estudiado en Moscú, el secreto de la lengua y la vieja historia del imperio ruso con sus zares y zarinas, sus popes ortodoxos y el destino de aventureros como Rasputín, que bien podían ser emanaciones ficticias de las obras de Tolstói, Gogol, Turguéniev o Bulgakov.

En la inolvidable abadía de Fontevraud, donde se encuentran las tumbas de Eleonor de Aquitania y Ricardo Corazón de León y sede del primer coloquio en su honor después de su partida, varios de sus interlocutores franceses como André Velter o Dominique Rabourdin, coincidieron en relatar la experiencia de esa amistad y sus secretos. Organizado por el novelista Patrick Deville y por el ensayista Philippe Ollé Laprune, el coloquio reunió a un grupo multinacional que convivió en esa abadía el cuarto fin de semana de junio de 2017 y parecía por la gran exaltación de las conversaciones al calor de vinos, almuerzos y cenas entre las arcadas y pasillos del milenario sitio, que Mutis estaba presente flotando allí entre todos nosotros, animándonos a celebrar la vida y sus fantasmas.

Sin duda él estaba ahí celebrando con nosotros en Fontevraud porque la literatura, los libros, las palabras, las voces, tienen la peculiar cualidad de la pervivencia, igual que las rocas, los escasos minerales y los monolitos tallados y grabados como la Piedra de Rosetta o el Código de Hamurabi. Los vinos que bebimos en aquellas jornadas en su honor y nos incitaron a mirar las estrellas en las noches despejadas de junio debieron circular por las venas de su obra y su presencia inalterables. La pervivencia de la vida y la obra de Alvaro Mutis excita en los lejanos camarotes de las naves del tiempo a los lectores y a los vitalistas que se estremecen con la existencia.     
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de julio de 2018.    

lunes, 18 de junio de 2018

CONFESIONES DE UN BIBLIÓMANO

Por Eduardo García Aguilar

El primer libro que compré en mi vida a los once años con mi propio dinero y por decisión propia fue De la tierra a la luna de Julio Verne en una bella edición ilustrada de la editorial argentina Kapelusz, en su sede del centro de Bogotá. En los frecuentes viajes que hacía con mi padre a esa ciudad cuando mi hermano mayor ya estaba allí estudiando la carrera de derecho me fascinaba el olor de las manzanas empaquetadas y lozanas que vendían en los kioskos de la séptima y las vitrinas de las librerías que abundaban en un tiempo que deseaba olvidar los horrores de la Violencia y trataba de conquistar el futuro bajo los gobiernos del Frente Nacional.
En la misma librería compré otros dos pequeños volúmenes recién editados con ilustraciones, uno de los cuales versaba sobre las deidades mitológicas indias y resumía las leyendas del Ramayana y el Mahabárata. Esos tres libros aún los conservo y los hojeo de vez en cuando como un ritual que celebra el inicio de la pasión bibliográfica. Es fácil decirlo, pero cuando el niño decide gastar su dinero en libros en vez de comprar golosinas o imágenes para álbumes, se inicia la pasión por un soporte surgido cuatro siglos antes con la invención de la imprenta por Gutenberg.
Puede llamarse bibliofilia, bibliomanía, bibliopatía o lo que se quiera, pero desde entonces no ha habido un solo día en la vida en que no haya pasado por una librería o biblioteca en busca de algún volumen o depositado en el nochero uno o varios libros para devorar sin sentir el paso de las horas.
Antes de esa compra libresca en Kapelusz, en la carrera décima con calle diecisiete en Bogotá, otros libros habían llamado mi atención en la biblioteca familiar. El primero de todos, el volumen de Las mil y una noches de la editorial Sopena, en pasta dura, ilustrado y colorido, cuya lectura fue un verdadero sismo interior, en especial por las aventuras de Simbad el Marino. Con esa lectura el niño quedó convencido de que con los libros se podía viajar sin límite a todas partes y además volar como lo hacía el Ave Roc o flotar en la nube de sueños que expelía la Lámpara de Aladino.
Este volumen de Sopena se me ha extraviado y lo busco en las librerías de viejo de las capitales hispanas porque a él le debo sin duda el inicio en el placer de la lectura y la tentación de escribir y contar historias o comunicar ideas o sensaciones. El cine es maravilloso y durante mucho tiempo fui asiduo al séptimo arte, pero nada igual a las ventanas que abren los libros porque cruzándolas uno puede viajar a través de siglos y milenios e internarse en todos los mundos posibles, ciudades, bosques encantados, valles lejanos, mares agitados, cumbres borrascosas, ríos, lagos, altas montañas nevadas, prisiones, palacios, transatlánticos o naves espaciales que nos llevan por planetas y galaxias.
En los tiempos de la adolescencia el descubrimiento de los clásicos más antiguos fue también otra aventura inolvidable y en la actualidad aún palpitan las terribles historias de Edipo y Prometeo Encadenado o las aventuras de Ulises o la guerra de Troya que nos llegaban en impecables ediciones de papel fino y estaban presentes sin falta en todas las bibliotecas. Saber que ya en aquellos tiempos los teatros se llenaban en Grecia y en todas las grandes localidades costeras del Mediterráneo nos hacía pensar en la aventura de la humanidad y especular sobre tiempos lejanos en que cultura, arte, poesía, dramaturgia y música eran actividades lúdicas que atraían a miles de espectadores.
Basta ver las ruinas de aquellos inmensos teatros de la antigüedad para entender que la humanidad no siempre ha estado dominada por la barbarie. En los museos uno puede ver las obras de los discípulos de Fidias y observar con cuidado los bustos de los sabios de aquellos tiempos. Sócrates, Aristóteles, Platón y Homero existieron y su rostro nos llega a través del mármol, lo que indica que sus contemporáneos los admiraron y quisieron tenerlos siempre presentes como ejemplo.
Por eso la lectura de las aventuras y las ideas de Sócrates contadas por Platón nos fascinan en la actualidad pues podemos imaginar a aquel viejo hedonista, barbudo y excéntrico amante del vino que solía a través del diálogo incitar a sus discípulos y amigos a reflexionar sobre la vida y la muerte, el pasado y el futuro. Como Sócrates o Diógenes hubo en la antigüedad una pléyade de pensadores y sabios, astrónomos, geómetras, médicos, arquitectos, agrimensores, ingenieros navales, hombres todos ellos que reflexionaron sobre el milagro de la existencia y los misterios del cosmos y la tierra que habitamos.
Para que floreciera una cultura como la clásica en la antigüedad la humanidad tuvo que hacer durante miles de años reflexiones y experimentaciones indagando por los misterios de lo visible y lo impalpable. De aquella aventura del pensamiento a través de los milenios después del Magdaleniense no quedan huellas ni libros como los de Aristóteles y Platón, pero con la imaginación podemos viajar y tratar de reconstruir las palabras de los sabios y las preguntas de los niños que casi siempre son mas lúcidos que los adultos.
Basta mirar el rostro y los ojos del Escriba sentado, pequeña escultura colorida que se encuentra en el Louvre y que representa a un notario de su tiempo, al funcionario que en cuclillas escribe y hace cuentas sobre un papiro para dar testimonio de su época. Su mirada lúcida y penetrante nos interroga y nos desubica porque los contemporáneos de este siglo XXI creemos ser los más modernos, enterados y sabios, cuando milenios antes de nuestra era en Egipto una civilización dominaba todas las artes y las ciencias y escribía en papiros, piedras, tabletas o en inmensos frescos sobre los muros de los templos y las tumbas el paso de la historia, la sucesión de guerras, dinastías e imperios, el auge y la caída de las naciones, las catástrofes naturales, el destello de los meteoritos o el paso de los cometas.
Los múltiples libros de La Biblia, Las mil y una noches, el Mahabárata y el Ramayana, La Ilíada, La Eneida, Los Nibelungos, La saga del rey Arturo, El Quijote, Gargantúa y Pantagruel, Orlando el furioso, entre muchas obras capitales son el testimonio de esa aventura de la imaginación y el pensamiento de la humanidad y de los niveles a los que puede llegar cuando vive en paz y olvida las guerras y el odio para imaginar y creer que un mundo mejor es posible.