miércoles, 26 de mayo de 2010

HERTA MÜLLER Y LOS ESCRITORES DESCONOCIDOS

Por Eduardo García Aguilar
Es muy saludable para el arte cuando el premio Nobel de literatura es otorgado de manera acertada a escritores desconocidos como Herta Müller, Gao Xingjian, Wyzlaba Symborszka, Wole Soyinka o Imre Kertesz, Elfriede Jelinek, surgidos del margen, lejos de las esferas del poder, el marketing, el arribismo y la representación.
La literatura por estos tiempos se ha vuelto un desfile de marketing y los escritores en general son hoy sólo productos de algún monopolio editorial mundial capaz de convertir a un asno o a un jabalí en genio de la literatura, a punta de publicidad e intoxicación de periodistas en las secciones culturales y críticos acríticos en las universidades.
En este caso, el premio Nobel de Literatura 2009 fue dado una autora de mi generación, que nació en la misma estación del año de 1953 cuando murio Stalin y cuyos primeros libros fueron publicados a comienzos de los años 80 en Rumania, país de la esfera soviética dominado por la dictadura comunista y bajo la imagen patriarcal del tirano Nicolau Ceaucescu y su esposa, la bienamada Helena.
En la foto que aparece en el primer libro que publicó en francés en 1988, en una editorial marginal, Herta Müller aparece con la pinta algo punk, un corte rebelde de pelo y una vestimenta tîpica de los jôvenes que detrás de la Cortina de hierro trataban ya de liberarse de décadas de propaganda oficial y pobreza : chaqueta y camisa de jean desleído, largos aretes de pacotilla, un suéter de poliestireno y la mirada de la muchacha pobre recién emigrada de 34 años que no se imagina que dos décadas después ganaría el premio Nobel.
«El hombre es un gran faisán en la tierra» pasó totalmente inadvertido en Francia y es un milagro si en alguna librería de viejo de París, entre volúmenes empolvados, se encuentra un ejemplar. Es una novela corta divida en pequeños segmentos titulados y por medio de una prosa de frases cortas hace el fresco de un infeliz pueblo rumano donde muchos quieren huir hacia el oeste y escapar de la pobreza y el totalitarismo. Los personajes son arquetipos del margen : el ebanista, el molinero, el tendero, el cartero, el policía, el cura, el lechero, el cantinero y en medio de todos mujeres derruídas y muchachas jóvenes que tienen que dejarse manosear por hombres lascivos, entre ellos el cura o el funcionario, que a cambio de un acostón les entregan la partida de bautismo o un documento necesario para iniciar los trámites para el exilio. Nadie tiene un peso o un lei en este caso, todo es precario, la pobreza ronda en todas partes, el silencio es de rigor, la muerte y la enfermedad están presentes y los velorios ocurren bajo lluvias antediluvianas mientras el ebanista cuadra el ataúd y clava la tapa con puntillas oxidadas.
En los años 70 muchos de los estudiantes europeos del este y el oeste de Europa íbamos en primavera y verano a trabajar a Suecia, que era un próspero emporio nórdico de modernidad, para ganar mucho dinero y sobrevivir después en los fríos meses siguientes, después del tradicional regreso a clases en el otoño. En los restaurantes, oficinas, fábricas, cafés, residencias universitarias y discotecas suecas uno se cruzaba entonces con chicas venidas de los países del este dominados por la Union Soviética, muy parecidas a la de la foto de Herta Müller, en esta típoca edición modesta apta para animar a un nuevo autor promisorio. Rumanas, polacas, alemanas del este y yugoeslavas compartían con los latinoamericanos en el delirio del verano sueco. Me impresionaba esa avidez de las chicas del este, algunas cultas y muy interesantes, por perfumarse e ir de compras para gozar por fin de todos esos abalorios a los que se tenia acceso con abundancia en los países del oeste capitalista, después de tres décadas de progreso ininterrumpido tras el fin de la guerra y el New Deal.
En los restaurantes u oficinas donde trabajábamos o en las fiestas desbordadas de alcohol y sexo de los fines de semana, cuando el día duraba casi 24 horas, aprendimos a conocer a estas chicas de otro mundo desconocido para nosotros, Europa del Este, mucho antes de que cayera el muro de Berlin y con esa caída el Imperio Soviético y sus verdades admitidas, himnos y patriarcas.
Ahora la academia sueca para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín ha rescatado a esta autora de 56 años, perteneciente a la minoría alemana marginada de Rumania, que en 20 años se ha convertido en Berlín en una notable autora de la misma lengua de Mann, Böll y Grass y de tantos otros autores extraordinarios como Joseph Roth, Elias Canetti y Hermann Broch, todos ellos verdaderos ejemplos de lo que debe ser la literatura: algo que surge desde el fondo del corazón y no del marketing y la ambición competitiva de un Occidente neoliberal, arribista, codicioso y podrido.
Fue enternecedor ver a esta mujer decir que nunca creyó en la posibilidad de obtener el premio y que aunque sabía que era cierto, todavia la noticia no subía a su cabeza. Müller no tiene nada que ver con estos autores latinoamericanos que pasan sus vidas medrando en las esferas del poder y que parecen estrellas maquilladas de cine como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y sus jóvenes discípulos, encorvados por tantos doctorados honoris causa y por premios y honores venales conseguidos por las multinacionales de turno y que son un pretexto para vender un nuevo best seller.
Hasta hace poco nadie la conocía en el mundo, pero su obra existía y era el grito de dolor de una infancia, una adolescencia y una juventud vividas bajo la dictadura totalitaria de Ceaucescu, el tirano que cayó y fue ejecutado en medio de una asonada que todo el mundo siguió por televisión. Al mirar su foto en esta edición confidencial que tengo en mis manos, celebro el Nobel para un escritor auténtico, pues la verdadera literatura del mundo está en la voz de los autores desconocidos de las provincias o los barrios marginados de las capitales, aquellos que viven sus vidas lejos de las esferas de poder y las zalamerías de la corrupción y el arribismo mafioso y para quienes vivir y escribir es ya un gran premio, tan extarordinario como el Nobel.

domingo, 23 de mayo de 2010

UN PREMIO NOBEL FRANCÉS FRENTE AL PARICUTÍN

Por Eduardo García Aguilar
El Premio Nóbel J.M G. Le Clezio es un reconocimiento de la Academia sueca a los escritores que experimentan contra la corriente, se hacen preguntas, dudan en vez de vivir entre certezas y permanecen alejados de los circuitos habituales del poder, donde pululan autores oficiales inflados por intereses nacionales o corrientes ideológicas. Este se agrega a otros premios a escritores situados en la vena literaria experimental como Elfriede Jelinek, J. M. Coetze, o en el campo marginal de la poesía como Wislawa Szymborska, entre otros. Le Clezio es un nómada que escribe en francés, por lo que el galardón es también para los autores trasterrados y cosmopolitas, en cierta forma apátridas, que prefieren estar lejos y desconfían mucho de las mieles y el calor de los seguros hogares nacionales llenos de himnos y banderas y discriminación hacia del otro, el extranjero.
Algunos críticos del mundo anglosajón le reprochan cierta ingenuidad al idealizar las esferas "indígenas" frente al progreso descabellado de Occidente y dicen que él representa al típico europeo alto, blanco, rubio que huye de la "cerebralidad" escolar y se instalan en los mundos exóticos, a lo que él responde que "si hablo de los indios no me refiero nunca a una edad dorada. Entre los indios hay violaciones y crímenes". Otros consideran que Le Clezio es una versión menor del gran maestro y prosista de genio Claude Levi Strauss, autor de Tristes trópicos, una de las más grandes obras del siglo XX, quien sin duda merecía también el Nóbel de LIteratura y está vivo entre nosotros, casi centenario. Levi Strauss también dejó París y las grandes escuelas para irse a vivir entre los indios brasileños en la cuenca amazónica y como él tres décadas antes decidió vivir fuera y ser un extranjero profesional cuya obra en su totalidad está marcada por esos mundos exóticos y disimétricos.
Tengo desde hace muchos años una especial debilidad por este excéntrico y nómada autor francés, nacido en 1940 de padre británico y madre francesa, oriundos de la Isla Mauricio, junto a Madgascar, que llevaron al niño de un lado para otro en medio de los avatares de la guerra y la posguerra. Ya adulto, el autor de "El buscador de Oro" y "Viaje a Rodrígues" se instaló en lo más profundo de México, en Michoacán, y no por casualidad en Nuevo México (Estados Unidos), en tierras que fueron cercenadas en el siglo XIX por el imperio americano a su vecino del sur.
Puesto que Le Clezio vivió en la Ciudad de México y luego más de una década junto al volcán Paricutín, su presencia fantasmal en ese país la sentíamos quienes éramos habituales del Instituto Francés de América Latina (IFAL), cuya biblioteca, ya desaparecida por desgracia, era uno de los rincones más deliciosos de la metrópoli para los infectados por la literatura que pasábamos todo el día allí.Después de ser expulsado de Tailandia cuando cumplía una misión equivalente al servicio militar, por denunciar la prostitución infantil que se iniciaba en aquel paraíso turistico, Le Clezio fue mutado a México, país que se convirtió en punto central de su vida y su obra. Allí trabajó en el IFAL muy joven haciendo las fichas de la biblioteca y leyendo todos los libros en vez de cumplir con sus tareas burocráticas y en múltiples paseos en torno a la capital y las provincias mexicanas ingresó poco a poco en el mundo prehispánico con sus colores, leyendas y mitos milenarios, siguiendo la tradición de otros franceses como el padre Charles Brasseur, viajero en el mundo maya, Antonin Artaud, amante de los Tarahumaras y Jacques Soustelle, Louis Panabière y Jean Meyer, entre otros muchos.
Según el historiador franco-mexicano Jean Meyer, lejos de ser uno de esos intelectuales vanidosos que caminan pavoneándose por Saint Germain de Prés en París, Le Clezio andaba siempre de sandalias, camiseta y jeans entre los medios expatriados de México, cuando a fines de los 60 eso era todavía inadmisible para quien cumpliera alguna función profesoral por muy modesta que fuera. Precisamente, cuenta Meyer, Le Clezio fue enviado a hacer las fichas de la bibliotea del IFAL porque en clase cometió el crimen de hacer escuchar a Los Beatles a los estudiantes de francés de esa institución.
Además Le Clezio, que tiene pinta de galán nórdico de cine bergmaniano, siempre andaba elevado, cuentan quienes lo frecuentaban, embebido como estaba en las historias que escribe desde niño y lo hicieron ganar a los 23 años de edad, en 1963, el premio Renaudot. Escritor nato, su vida es como la de un arácnido que teje y desteje sus telarañas minuciosamente día a día y sin cesar, dando vía libre a la palabra tal y como ella sale del flujo de la memoria. O sea dar rienda suelta a la palabra como algo casi natural, como una emanación líquida desde el fondo de la imaginación. Tal vez por eso su obra es tan vasta e irregular y alguna vez, cuando vivía en su Niza, coincidió al hablar en una estación de autobuses con ese otro gran escritor frances llamado Michel Butor, que ambos "escribían demasiado".
México es pues punto central de su obra. En El Sueño mexicano, La fiesta cantada, Relación de Michoacán, en su libro sobre Frida y Rivera, y sus versiones de las profecías del Chilam Balam y otros textos sagrados, Le Clezio rinde homenaje a ese país adoptivo y en especial al misterioso estado de Michoacán, donde los pueblos tienen nombres como Uruapan, Tacámbaro, Puruándiro, Purépero y Pátzcuaro. También es clave su estadía con los emberas del Darién, entre Colombia y Panamá, donde, según cuenta el filósofo colombiano Edgar Bastidas Urresty, Le Clezio probó extracto de hojas de datura, guiado por un chamán en su viaje por un mundo lleno de árboles con ojos y donde su voz se transmutó en la del brujo. Debido a que la universidad francesa no quiso aceptarlo como investigador, acusándolo de ser poco científico, demasiado literario y escribir novelas, Le Clezio no tuvo más remedio que adoptar a América, desempeñándose allí como profesor en Nuevo México y en el Colegio de Michoacán, al lado del maestro Luis Gonzáles.
Su obra es inmersión y defensa en los mundos de la periferia que dieron la espalda al progreso y a la v ez es el relato de sus lejanos orígenes, las aventuras del abuelo buscador de oro, el viaje infantil en barco hacia Nigeria a conocer a su padre como Pedro Páramo, y la vida de los hombres del desierto africano, de donde proviene su esposa Jamia. Es también un homenaje a la infancia y a la adolescencia que parecen ser esferas a las que sigue fiel este Nóbel de la francofonía que en apariencia guarda todavía ese aire de inmadurez y liviandad de antes de la vida adulta, a la que siempre temió.
Desde El proceso verbal, la Fiebre y el Diluvio, pasando por La guerra, Los gigantes, Desierto, El buscador de Oro, Onitsha y Pawana, entre otros muchos de sus libros, Le Clezio ha ejercido la novela como una forma de revelación, pues afirma que el ejercicio de la literatura es "una religión en el sentido pascaliano del término", una forma de "afirmar la existencia" a través de las palabras. "Escribimos por una razón que desconocemos. Si comprendiéramos dejaríamos de escribir. Escribir es una necesidad. Está dentro de uno. Tiene necesidad de salir y sale de esa forma", dice en una vasta entrevista con Gerard de Cortanze.
Por eso este premio es un galardón a la literatura, a los escritores adolescentes, a los que viven elevados, a los escritores que no usan corbata ni traje ni andan haciendo antesala ante los poderosos y los políticos, gustan vivir junto a los volcanes y prefieren las sandalias cuando viajan a los territorios más alejados, o sea que es un Nóbel para los escritores que la academia, el periodismo y la diplomacia rechazan y que al final planean sobre la cultura como Aladino y Lámpara maravillosa.

sábado, 15 de mayo de 2010

LA NOVELA HISTÓRICA EN COLOMBIA

Por Eduardo García Aguilar
La Editorial Universidad de Antioquia acaba de publicar el libro Novela histórica en Colombia (1988-2008). Entre la pompa y el fracaso, de Pablo Montoya, quien además de narrador y musicólogo es un valiente y generoso crítico de la actividad novelística del país.
Montoya, doctorado por la Universidad de París y profesor de literatura en la Universidad de Antioquia, tiene una vasta obra narrativa donde se destaca su novela Lejos de Roma (Alfagura, 2008), pero ahora decidió dar un vistazo a la novela histórica de las últimas dos décadas que se lee como un ameno relato de viaje y aventura por los paisajes literarios colombianos recientes.
Colombia ha tenido excelentes críticos como Baldomero Sanín Cano, Ernesto Volkening, Hernando Valencia Goelkel, Antonio Curcio Altamar, Rafael Gutiérrez Girardot, R. H. Moreno Durán y Alvaro Pineda Botero, para sólo mencionar algunos, pero la frivolidad del medio ambiente cultural reciente ha llevado al olvido sus apoximaciones, dejando el espacio al protagonismo propagandístico de las editoriales multinacionales que inflan a dos o tres nombres y arrasan como un blitzkrieg alemán con toda la otra producción de los escritores colombianos.
Por otro lado, casi solitarios y quijotescos, los críticos jóvenes actuales deben ceñirse a los espacios cada vez más escasos para el análisis y sus trabajos se pierden con rapidez en las hojas amarillentas de los periódicos, los sitios internet o las revistas confidenciales, al carecer Colombia, a diferencia de México, de la tradición de recopilar en volúmenes las notas de esos entusiastas y marginales comentaristas nuestros de las últimas décadas, lo que sería útil para ver claro entre la maraña.
Por esta razón el nuevo libro de Pablo Montoya es saludable porque se trata de un trabajo de largo aliento, serio, mesurado, argumentado, justo, erudito, donde el autor, sin amiguismos y haciendo gala de su amplia formación académica y su larga experiencia intelectual y vital en Europa, dialoga sin contemplaciones ni zalamerías con todas esas obras que muestran la vitalidad creativa colombiana del post-macondismo.
Porque la verdad sea dicha, la proliferación de buenos escritores colombianos después del triunfo del Nobel en los podios de Estocolmo es impresionante y hace casi imposible al lector o al crítico abarcar ese mar de novelas y libros de relatos que salen cada año a borbotones desde hace tres décadas.
El proteico Montoya se ha metido con generosidad en ese océano de novelas y ha escogido el aspecto histórico de la actividad, sin duda el más abundante, pues los colombianos seguimos todavía indagando a ciegas en ese mundo de los fantasmas de la Conquista, la Colonia, la Independencia y la Patria Boba, sin saber muy bien a que atenernos. En cinco capítulos nos lleva de la mano para revisar el caso del personaje Bolívar, las guerras civiles del siglo XIX, los lejanos y brumosos fantasmas de la Conquista y la Colonia y las herencias del modernismo.
No sólo disfrutamos de su prosa de prestigitador, llena de humor, sarcasmo e ironía, que no se inclina ante los consagrados por la oficialidad ni evita a los escritores marginados, sino que podemos ver la película con cierta coherencia, alejados de las pompas y las ceremonias a las que estamos acostumbrados con la solemnidad que todavía nos devora. Visitar ese análisis no sólo nos revela los secretos de la novelística reciente sino que nos es útil para atar cabos y entender un poco más al país en esta fecha histórica de 2010, cuando celebramos el bicentenario de la Independencia.
En el capítulo titulado El Caso Bolívar, además de El general en su laberinto de García Márquez, aborda El insondable de Alvaro Pineda Botero, las novelas de Víctor Paz Otero, Nuestas vidas son los ríos de Jaime Manrique Ardila, Sinfonía del nuevo mundo de Germán Espinosa y Conviene a los felices permanecer en casa de Andrés Hoyos, que merece los elogios del autor, porque introduce la « discontinuidad, la equivocación y el sarcasmo » y por ser el « único novelista colombiano » que muestra « la faceta sombría de una edad plagada de ridículos heroísmos ».
En Otras guerras y otros próceres, tras evocar La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama, analiza Los ojos del basilisco de German Espinosa, la novela de Samuel Jaramillo sobre el sabio Caldas, así como Amores sin tregua de Maria Cristina Restrepo, La risa del cuervo de Alvaro Miranda, Tanta sangre vista de Rafael Baena e Historia secreta de Costaguama del talentoso Juan Gabriel Vásquez. En este amplio capítulo merece especial atención el libro 1851. Folletín de cabo roto de Octavio Escobar Giraldo, a su parecer una de las más interesantes y modernas novelas históricas colombianas de los últimos tiempos porque es « extraña, divertida, inteligente y original » y disuelve los mitos de la colonización antioqueña, hasta ahora hundidos en los « rasgos de una grandeza caricatural ».
En Apología y rechazo de la Conquista hace una revisión muy crítica de las obras de William Ospina, Ursúa y El país de la canela, que tienen según él « todos los ingredientes para ser novelas del establecimiento colombiano » y aborda las novelas Balboa, el polizón del Pacífico, de Fabio Martínez y Muy Caribe está, de Mario Escobar Velásquez, quien no usa la selva como utilería y « sabe qué hacer con los caimanes y nos los pone simplemente a abrir la boca para que en torno a sus fauces revoloteen las mariposas del realismo mágico».
En Estremecimientos de la Colonia hace amplias valoraciones de El amor y otros demonios de García Márquez, El nuevo reino de Hernán Estupiñán y La Ceiba de la memoria de Roberto Burgos Cantor, novela « polifónica » de « alta complejidad estructural » sobre el difícil tema de la esclavitud.
Luego el libro concluye, en Herencias del Modernismo, con un amplio análisis de Tamerlán de Enrique Serrano.
El notable libro de Montoya, que construye cada uno de los capítulos sobre cimientos muy sólidos que muestran su amplio bagaje cultural, es una lectura obligada para quienes deseen tener más claridad sobre los rumbos de la otra literatura colombiana, esa que no se basa sólo en temas de escándalo y construye con pasión otras voces, otros ámbitos más profundos y complejos, lejos de « las explosiones nativas de la literatura que tanto definen a nuestro país ».

jueves, 13 de mayo de 2010

LA POBREZA VUELVE A EUROPA

Por Eduardo García Aguilar
Se suele creer que los países del llamado Primer mundo, a donde llegan los desesperados inmigrantes pobres de la periferia en busca de una vida mejor, son paraísos de donde la pobreza está excluida. Pero basta vivir dentro de esos grandes espacios de abundancia y consumo para descubrir la cara oculta de la exclusión, escondida en los instersticios de estas jaulas de oro que relegan a suburbios y sótanos la miseria reinante en amplias capas de la población.
Ahora que Europa se ve sacudida con fuerza devastadora por los efectos de la crisis mundial desencadenada por la avaricia del capitalismo salvaje mundial y su voraz deseo de ganar dinero a toda costa por medio de infames trampas y mentiras, saltan a la vista los problemas contenidos por la demagogia y la soberbia ambiente de los gobiernos. Gran Bretaña, Francia, Italia, España y Portugal están endeudados hasta el cogote y Europa como un todo descubre el derroche fabuloso de subvenciones, primas y exenciones impositivas que premiaban a los más ricos y a las grandes empresas bajo el pretexto de que generaban empleo y riqueza, dejando las arcas vacías de los países.
La Unión Europea, dominada por los partidos de derecha en alianza con la socialdemocracia, construyó antes de las crisis mundial de hace dos años un modelo donde ha reinado la plutocracia, el arribismo y el mercado libre a ultranza. Poco a poco los países privatizaron las empresas estatales de servicios, entregando la población a la voracidad de multinacionales sin escrúpulos que chupan como vampiros el dinero a las clases medias y pobres con facturas cada vez más exageradas de servicios bancarios, telefonía, energía, gas, agua, televisión y servicios de salud. Al mismo tiempo los estados, a través de los impuestos al consumo sustraen más dinero al pobre consumidor, atrapado en el delirio de vivir por encima de sus posibilidades para responder a un imaginario de glamour televisivo que quiere hacer de todos play boys, top models o millonarios de lujo
. La europea es una sociedad arribista de donde se ha ido desterrando poco a poco el humanismo que con tanta dificultad lograron construir generaciones de altruistas sobrevivientes en el siglo XX de las guerras mundiales provocadas por la plutocracia. Hasta hace poco incluso el economista inglés John M. Keynes, cuyas recetas ayudaron a sacar al mundo de la crisis mundial de 1929, era considerado un loco pasado de moda, casi un marxista. En vez de generar empleo y dar un sentido a la vida de millones de personas, la privatización de los servicios y la remodelación industrial ha lanzado a las calles a millones de seres humanos y a otros los mantiene en la semi-esclavitud de los contratos temporales. En Francia la sociedad comienza a alarmarse por los suicidios en serie de los trabajadores en las empresas estatales que fueron privatizadas, llevados a la fatal determinación por las nuevas técnicas de management donde el ser humano es sólo una cifra productora de ganancias. La crisis todavía no es tan grave gracias a las amenazadas conquistas de los sindicatos franceses en un siglo de lucha.
En Grecia, España, Portugal y otros países periféricos de la Unión Europea o de la Zona Euro la población está desesperada. Como ocurrió en muchos países del Tercer Mundo, que como Argentina y México ingresaron de súbito en el sueño del ultracapitalismo neoliberal y luego quebraron de manera estrepitosa, los altos poderes financieros ofrecieron crédito fácil a las clases medias y bajas que cayeron en la trampa de las tarjetas de crédito y los préstamos hipotecarios leoninos. En España le hicieron creer a toda la población que había que tener casa propia sin importar los precios y millones de personas acosadas por la propaganda se endeudaron sin poder responder en momentos de crisis.
Las fieras de la industria de la construcción y los faraones de las empresas inmobiliarias españolas construyeron locamente en todas partes, acabando con playas y zonas idílicas, y luego vendieron y desaparecieron del mapa tras inundar los bancos y las bolsas del mundo de títulos basura. Años después la gente se ve obligada como ha ocurrido en Estados Unidos a devolver sus propiedades avaluadas a un precio menor y en muchos casos incluso quedando endeudados. El sueño de las tarjetas de crédito y el consumo suntuario fácil ha terminado. Se acabó la fantasía infantil de tener casas, autos y productos de lujo en un abrir y cerrar de ojos, con sólo estampar una firma.
Pero lo más grave de todo este delirio que estremeció a Estados Unidos y a Europa y repercute en otras partes de planeta son las consecuencias de esta sociedad de consumo que produce cosas inútiles para inundar los mercados. Sólo algunos sectores de la oposición y mentalidades ecologistas han venido alertando contra los efectos desastrosos para el medio ambiente mundial de este desatado mundo de consumo que en menos de medio siglo está a punto de provocar una catástrofe ecológica. ¿Hacia dónde se llevan los desechos de la sociedad de consumo, hasta cuándo podrán resistir los mares la pesca indiscriminada y los aires la contaminación dejada por aviones, autos e industrias?
En los recodos de urbes y provincias proliferan, escondidas, casi secretas, las colas donde centenares de miles de familias que no tienen nada que comer acuden para recibir una sopa ofrecida por organizaciones caritativas. El fenómeno no sólo afecta a los viejos precarios sino a los adultos desempleados y millones de jóvenes que no acceden al empleo. Algunos países latinos, donde hay un poco de mayor solidaridad familiar, atenúan la miseria de los suyos, pero donde el capitalismo individualista y frío reina el excluido termina en la más absoluta soledad, la marginalizacion, el alcoholismo o la locura.
Y mientras todo esto ocurre sigue la privatización de la empresas estatales, la deslocalización de fábricas hacia países asiáticos emergentes o de otras periferias donde los mismos servicios o productos son hechos en condiciones de semi-esclavitud, con salarios de miseria. El obejtivo es claro : las máquinas reemplazarán a los seres humanos en los países del Primer mundo y la producción se traslada allí donde el trabajador es un zombie, como en China, donde reina ese oprobioso régimen supuestamente comunista que merece los elogios de la plutocracia mundial y nos quieren vender como la potencia del futuro. O sea el mundo contado en 1984 por George Orwell y visto en la película Metrópolis de Fritz Lang. Un mundo capitalista a ultraza donde el ser humano no vale nada y todo es producir, consumir y acumular dinero para unos pocos.

miércoles, 12 de mayo de 2010

HACIA UNA NUEVA LITERATURA COLOMBIANA


Por Eduardo García Aguilar
Uno de los efectos más nefastos que provocó el unanimismo ideológico colombiano de ultraderecha vivido en la primera década del siglo XXI, fue el posicionamiento hegemónico del sermón paisa como centro de la literatura colombiana, retrocediéndonos de súbito a los tiempos de antes de Tomás Carrasquilla y Baldomero Sanín Cano. Así como el realismo mágico cortó de tajo las experiencias modernas de las generaciones de las revistas Mito y Eco y sus discípulos, decapitando dos generaciones de autores modernos, podría decirse que el neo-costumbrismo paisa de carriel y poncho se impuso en esta década a la par que la cantaleta presidencial, junto a otras literaturas soeces de tetas y paraísos, nutridas por el hampa nacional.
El éxito desmesurado de las confesiones autobiográficas o los relatos costumbristas de algunos escritores antioqueños y de otras partes del país, son una muestra de esa extraña seducción ejercida entre los lectores por el discurso arcaico, moralista y autoritario, mezcla de los viejos chistes de Cosiaca y Montecristo, con la energía incendiaria de Monseñor Builes, la charlatanería deschavetada y sin ton ni son del maestro Fernando González y el habla criminal de los malevos y « pirobos » de barriada.
Al público le atrae las lecturas fáciles, o sea obras que se leen de un tirón y seducen porque nos afirman en las taras culturales de las que venimos y que en el caso colombiano son el discurso violento y soez, la injuria gratuita de connotación sexual y cierto aire de moralismo misógino de sacristía. Ese discurso narrativo y oratorio, a veces homicida y fascistoide, se caracteriza asimismo por un autismo ignorantón y autodidacta que niega todo debate y se basa en anatemas y chistes de mal gusto en torno a los cuales no puede haber discusión alguna.
Los libros más vendidos en esta década en Colombia para alegría de las editoriales españolas que se impusieron aquí, fueron en general representantes de ese discurso, obras que rápidamente pasaron al cine o a la telenovela, que a su vez es un género reproductor de las taras culturales, una forma espléndida para mantener el statu quo entre la población alienada por la violencia, como ha ocurrido desde México hasta la Patagonia.
Ese auge de la literatura coloquial autobiográfica basada en la injuria y lo soez, así como sus variantes imaginativas sicarescas o burdelescas, fue un fenómeno que ya comienza a ser analizado por críticos lúcidos como la contraparte de la hegemonía política reinante en esta era atroz de miedo que ha vivido el país en las últimas décadas y que llego a su culmen en la primera década del siglo XXI con el experimento caudillista que estuvo a punto de quedarse.
Esos best-sellers coloquiales o autobiográficos paisas, costeños o bogotanos que tanto se vendieron en los últimos dos lustros en Colombia circularon sin límite a lo largo del país, invadieron las bibliotecas oficiales y se impusieron como lecturas obligadas en las escuelas y universidades, haciendo desaparecer de librerías y bibliotecas a dos generaciones muy importantes de escritores e intelectuales post-macondianos.
Me refiero a las generaciones de autores que se iniciaron bajo la influencia de la gran revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán, y publicaron desde los años 60 y 70 del siglo pasado en revistas como Letras Nacionales y Eco y en muchos suplementos literarios de diarios nacionales y de provincia que desaparecieron para siempre en esta última década, dando paso a secciones vacuas de entretenimiento y ocio. En esas generaciones figuran autores tan importantes como Nicolás Suescún, Germán Espinosa, Fernando Cruz Kronfly, Dario Ruiz Gómez, Oscar Collazos, R. H. Moreno-Duran, Ricardo Cano Gaviria y Roberto Burgos Cantor, entre otros muchos, cuya obra debería ser rescatada y estudiada y vuelta revisar como muestra de una era en que la literatura y el pensamiento modernos reinaron en Colombia sin saber que pronto el desierto de la mediocridad terminaría por imponerse en la prosa.
Esas generaciones fracasadas se conectaron con la modernidad, tendieron puentes en Colombia con el pensamiento mundial, y ejercieron la literatura como una actividad polígrafa donde no sólo brillaba la narrativa, sino también el ensayo, la poesía y la reflexión ponderada y profunda sobre los problemas de la época. Ellos dieron su vida por la literaura, pero se equivocaron y fracasaron todos porque el país quedó en manos de las mafias del narcotrfáfico, los paramilitares, el dinero fácil, el arribismo y los políticos corruptos de cuello blanco que manejaban sus intereses y cooptaron el palacio presidencial y el Congreso, dominándolo todo con su ominosa sombra de frívola mediocridad antiintelectual a través de medios de comunicación hechos a su imagen y semejanza.
La confusión, en la que cayeron los departamentos de literatura de las universidades o las oficinas oficiales de cultura, surgió de creer que por el sólo hecho de que un libro es éxito de ventas adquiere ya para siempre el carácter de obra significativa y canónica. Eso está claro en otras regiones del mundo, pero en un país como Colombia, con espacios culturales tan reducidos por el miedo y la mediocridad ambiente y la falta de crítica y de editoriales universitarias o privadas que no tengan como único objetivo el lucro fácil y rápido, los best sellers se volvieron la referencia obligada fuera de lo cual no había nada.
En esta última década esa literatura fácil nos retrocedió a los tiempos de antes de José Asunción Silva, José María Vargas Vila, Tomás Carrasquilla y Baldomero Sanín Cano. La novela De Sobremesa de Silva sería una obra moderna hoy en Colombia en la era de la sicaresca, el genial Tomás Carrasquilla fue un gran autor que estuvo al tanto de las corrientes de la literatura moderna europea y su lenguaje era creativo, contemporáneo de James Joyce, así como lo era el de su coterráneo el ensayista antioqueño y cosmopolita Baldomero Sanín Cano, que debe estar retorciéndose en su tumba al leer a sus descendientes del siglo XXI. Y en lo que respecta al pobre Vargas Vila, sus anatemas para asuntar monjitas fueron atrevidos y peligrosos en su época, pero aplicados hoy por la literatura paisa dominante son realmente patéticos.
La literatura antioqueña que triunfó en la larga era del caudillo como contraparte de su cantaleta diaria, siguió sentada en sus laureles fáciles, repitiendo y rindiendo culto no sólo a la traquetocracia sino al maestro Fernando González, convertido ahora en una especie de deidad, pero cuyo discurso caótico de sabelotodo a veces exasperante ya no resiste lecturas contemporáneas. Pero al menos él fue original. Ahora tenemos sólo Fernanditos González clonados y en serie. Superar por fin ese discurso arcaico y sacristanesco de la conservadora sociedad antioqueña, camandulera, violenta y machista, es una tarea fundamental de la literatura colombiana de hoy en esta nueva era que se inicia en 2010, después de una década de oscurantismos políticos y literarios de todo pelambre.


sábado, 17 de abril de 2010

EL VERDADERO ROSTRO DE RIMBAUD


Por Eduardo García Aguilar

Unos jóvenes cazadores de tesoros en los mercados de chucherías y bibelots de los pueblos de Francia, encontraron por casualidad una foto donde se aprecia el verdadero rostro del gran poeta Arthur Rimbaud, adulto, en su exilio aventurero por Africa oriental.

Hasta ahora conocíamos de él sólo la bella foto de Carjac, tomada en septiembre de 1871, cuando el poeta era un adolescente rebelde, así como la imagen realizada por el joven Courbet en un cuadro, donde aparece al lado de su novio Verlaine y otras figuras del arte parisino, en la apoteosis romántica y novelesca de una de sus fugas juveniles a París.

Pero del poeta adulto, que se dedicaba a turbios negocios de café, armas y pieles en los ambientes coloniales de Africa, frente al Océano Indico, sólo conocíamos fotos donde se le veía de lejos, vestido de blanco, como un fantasma, un espectro, bajo la canícula africana, en Adén y Harar, y su rostro nos parecía difuso, estancado en los limbos del pasado.

Los cazadores de sorpresas en los mercados de pueblo donde se venden chucherías, observaron entonces la foto de un grupo de franceses coloniales posando en la entrada de un hotel y se sorprendieron al encontrar escrito en el anverso del cliché sepia el nombre mágico del Hotel del Universo, en Adén (Yemen), lugar donde solía hospedarse el genial poeta autor de El barco ebrio, probablemente uno de los más grandes poemas de la humanidad.

Después de investigar con expertos y biógrafos que le han seguido la pista al aventurero, se llegó a la conclusión de que uno de quienes posaban sentado bajo el sol en la puerta del hotel era sin duda Rimbaud, lo que ha conmocionado el mundo literario francés y mundial, pues por primera vez tendremos ya una imagen nítida del poeta de leyenda en su edad adulta.

El el Salón del Libro Antiguo que se realiza en el Grand Palais se ha expuesto una reproducción enorme de la foto, así como un zoom de ese rostro que se volverá familiar con el tiempo para los amantes de la poesía y las leyendas literarias. El joven descubridor de la foto ha posado para la prensa ante la imagen que visitan este fin de semana de primavera bibliófilos, bibliópatas y bibliomaniacos europeos que acuden a su vez en busca de obras preciosas o manuscritos perdidos.

Rimbaud (1854-1891) representa un caso verdaderamente esencial de lo que es el ejercicio literario. En estos tiempos de marketing y vanidades vacuas, en que los escritores son más vedettes de la farándula y comerciantes que otra cosa, vale la pena recordar que Rimbaud fue un genial adolescente nacido en 1854 en la bella ciudad de Charleville, en el noreste de Francia, capital regional muy hermosa que tuvo su auge en los siglos XVII y XVIII y goza de una bella plaza que es casi la reproducción de la famosa Place de Vosges, construida en un estilo apto para las historias de los espadachines Tres Mosqueteros.

Charleville es además una ciudad pequeña cuyos edificios fueron construidos en su mayoría con una piedra de cantera color rosa que le da un tono peculiar a los barrios antiguos y a las callejuelas que nos retrotraen siglos atrás, cuando esta zona minera y rica era el centro de todos los comercios y ferias, en la ruta que llevaba de París a Bruselas y Amsterdam.

Ahí, en un casa frente al río y a un viejo molino, vivió el inquieto muchacho hijo de un militar y una burguesa provinciana, que desde muy temprano se destacó por su talento poético, sus buenos resultados en letras clásicas y el ritmo de su obras primeras, que causaban la admiración de sus maestros como Izambard. Pero como era de esperarse, el precoz muchacho muy pronto se fugó varias veces y comenzó a vivir las aventuras ya conocidas, como su probable participación en las jornadas revolucionarias de la Comuna de París en 1871 y en especial la de su tormentosa relación homosexual con el gran poeta Paul Verlaine, unos años mayor que él, con quien llega a Paris haciéndose conocer rápidamente en los medios culturales de la capital.

Después Rimbaud seguirá su aventura caótica, huirá con su amante a Londres y tras mucho alcohol, pasión y riñas con su esposa, Verlaine, locamente enamorado del efebo, le disparará hiriéndolo de gravedad en 1873, por lo que fue condenado a dos años de cárcel. En esos tiempos Rimbaud escribe lo más importante de su obra, que en gran parte permanece inédita y luego abandonará todo para siempre en 1878 y se irá de aventura por Chipre y Africa del Este, lejos de la feria de vanidades de la vida literaria parisina. Sólo siete años después de su trágica muerte en 1891, en un hospital de Marsella, a donde fue traído desde Africa gravemente enfermo y tras ser amputado, se publicará su corta obra compuesta por las colecciones Poesías, Una temporada en el infierno y Las iluminaciones, que le otorgarán la gloria literaria, de la que nada supo en vida.

Lo importante de esta foto de Rimbaud adulto es la estremecedora metáfora que nos transmite lo que puede ser una verdadera vida literaria, esencial. Vivir la literatura para nada y para nadie como un delirio adolescente y luego dejar todo y partir hacia el olvido en la aventura de la vida. Por eso Rimbaud se ha vuelto una de las principales figuras auténticas de la literatura contemporánea de estos dos últimos siglos, si por ella entendemos la de la era industrial y moderna, en ámbitos de racionalidad y reino del dinero y el pragmatismo económico que terminó por fagocitarla a inicios del siglo XXI.

Al partir, al dejar todo, al negarse a vivir la vida literaria de las capitales cargada de vanidades y ambición, competencia y espurios objetivos comerciales, medallas, academias, grados honoris causa, estatuas, Rimbaud nos enseña que lo más importante es vivir en la nave cautiva del relámpago del viaje ineluctable hacia la muerte y el olvido. Renunciar e irse, viajar anónimo como el barco ebrio de su poema, sin piloto, entre los torbellinos de la tempestad, sería el verdadero objetivo de la auténtica pasión literaria de todos los tiempos.

domingo, 11 de abril de 2010

DEFENSA DEL JUEZ GARZÓN ANTE ARREMETIDA DE LA DERECHA FRANQUISTA


Por Eduardo García Aguilar

Después de que el juez Baltazar Garzón abrió una causa contra el franquismo por "crímenes contra la humanidad", entre los cuales figura la desaparición de 114.266 personas que reposan en fosas comunes, algunos dirigentes del Partido Popular y portavoces de la nostalgia falangista se han desatado, lanza en ristre, contra el abogado, acusándolo de todos los males posibles y de ser un loco empecinado en hacer disparates.
Garzón atribuye a Francisco Franco y a otros 34 jefes militares rebeldes el delito de insurrección contra el régimen legalmente constituido y de haber aplicado un plan sistemático de exterminio de los opositores políticos durante la Guerra Civil y la posguerra. Asimismo considera que las familias de los fusilados masivamente por las hordas franquistas tienen derecho todavía a saber donde están los cadáveres de sus familiares desaparecidos y que los crímenes cometidos por órdenes del tenebroso generalote español durante la rebelión y la larga dictadura no deben prescribir nunca.
Se comprende que muchos quieran borrar las heridas del pasado y no tratar de levantar los espectros de la muerte que reinó sobre la gran tierra española, pero el genocidio y la intolerancia fueron imperdonables, como lo son también el exilio de cientos de miles de familias y hombres de bien que tuvieron que irse a todos los rincones del mundo, pues no eran aceptados en su propio país por la terquedad criminal de un dictador fanático. Los exiliados españoles de la República se fueron en diáspora por toda Europa y en ultramar hacia México, Estados Unidos, Argentina, Venezuela, Colombia, Perú, Chile y Centroamérica, donde nosotros tuvimos la fortuna de recibir sus enseñanzas. Esos hombres de bien nos ayudaron a los latinoamericanos fortalecer la industria editorial, la prensa, la ciencia, las escuelas y las universidades.
Por eso a esa generación de sobrevivientes y a todos los republicanos españoles les debemos mucho, y podemos imaginar entonces a través de los salvados de la muerte a los otros valores extraordinarios españoles fusilados jóvenes por Franco y sus bárbaros, que reposan en el olvido en las fosas comunes que busca destapar Garzón para que no queden impunes.
Después de la súbita derrota de la derecha en las elecciones y su reemplazo por el gobierno socialista de Zapatero tras el horrible atentado del 11 de marzo de 2004 cometido por los fanáticos islamistas, proliferan en España muchas voces sectarias de una derecha post-franquista atrasadísima y fundamentalista que desea resucitar las ideas de Adolf Hitler, Benito Mussolini e incluso las de la Inquisición y ve tras la acción judicial de Garzón a las fuerzas del terror comunista o del diablo, así como ve en los gobiernos democráticos latinoamericanos de izquierda la fuerza del demonio, encarnado en los indígenas de Evo Morales o en los mulatos de Hugo Chávez, a quienes quisieran callar.
A veces al leer la prensa española uno no da crédito al odio y el veneno que circula actualmente entre las fuerzas políticas, ideológicas o regionalistas. En Cataluña los fanáticos catalanistas quieren prohibir el español y en las escuelas los niños que hablan esa lengua son discriminados y vejados y los que defienden el derecho humano de educar a sus hijos en el idioma de Cervantes son estigmatizados. En el País vasco la violencia de ETA sigue vigente y el diálogo es imposible entre separatistas y gobierno. Ahora los gallegos han protestado por unas declaraciones leves del gran escritor George Steiner, que discrepaba del nacionalismo creciente gallego y fue obligado a dar excusas. Pero más allá de estas tensiones folclóricas regionales que uno puede comprender como frutos precisamente de la intolerancia franquista, que oprimió a las minorías, planea sobre España un enfrentamiento autista entre derecha e izquierda, de donde está excluido el diálogo y el debate, lo que nos hace recordar los peores tiempos de la intolerancia.
Hay que apoyar la acción de Garzón para que las nuevas generaciones no olviden lo que pasó en su país. Y ojalá que la probable salida de los restos del poeta García Lorca conduzcan a leerlo de nuevo y a restablecer los lazos con la España creativa del Medioevo, el Siglo de Oro y la Ilustración decimonónica, con la España donde vivían cristianos, musulmanes y judíos conviviendo juntos en paz.
Porque del triunfo de la tolerancia depende que los descendientes de millones de migrantes latinoamericanos indios y mestizos que han llegado en la última década a ese país puedan vivir allí en paz y que nunca se despierten los fantasmas del racismo y el deseo de exterminar al otro, al extranjero, al distinto en campos de concentración, crematorios o fosas comunes.

domingo, 4 de abril de 2010

LA GLORIA EN LA ERA INTERNET




Por Eduardo García Aguilar
La era internet ha terminado por modificar de manera profunda el estatuto del escritor al despojarlo del aura mítica que lo nimbó durante tanto tiempo, al hacer parte de una élite especializada casi inalcanzable para el resto de los mortales. Al acercar el teclado a toda la población y darle los medios electrónicos para que se exprese libremente sin redir cuentas a ningún dios o grupo de poder editorial o mediático, la red ha liberado las fuerzas de la palabra, democratizándola, desacralizándola como en su tiempo ocurrió con la Reforma protestante, que comunicó a los hombres con los dioses de manera directa, sin pasar por los tradicionales intermediarios.
La función de las editoriales se ha desacralizado a su vez al convertirse ellas claramente y sin tapujos en empresas cuyo objetivo único es la rentabilidad, lo que resta desde el punto de vista estético credibilidad a sus productos. Las editoriales no pueden publicar a todo el mundo y si escogen a uno o dos productos se ven obligadas a inflarlos por medio de comunicados de prensa y bombardeos de ruidos mediáticos. De ahí que cada nuevo autor de las editoriales comerciales sea rutinariamente presentado siempre como el nuevo genio y cada nuevo libro la gran nueva obra maestra. Ya pocos creen en la infalibilidad de esos lanzamientos, pues hacen parte de las leyes del marketing.
Quien haya publicado libros se ha visto confrontado a esa impostura, pues como en los famosos quince minutos de fama a los que todos por igual tenemos derecho, según la teoría de Andy Warhol, en las fajillas se habrá visto caracterizado como la nueva revelación, el salvador de la literatura nacional, la reencarnación contemporánea de algún crepuscular Premio Nobel patriótico. Las literaturas nacionales de hoy son grandes cementerios de geniales escritores jóvenes perecidos en el intento. Pero todo eso hace parte de la quimera, pues el gran escritor nacional decimonónico o el gran patriarca continental ha muerto como en los funerales de la mama grande.
En América Latina la era de Pablo Neruda o Miguel Angel Asturias, la era de Paz o García Márquez como patriarcas nacionales o continenales ha concluido gracias a la red internet, que terminó por hacer efímera toda gloria, diluyendo la genialidad en moléculas intercambiables y colectivas. Los grandes patriarcas literarios latinoamericanos eran gordos como batracios y lentos en sus movimientos cargados de colesterol, vanidad y soberbia. De capital en capital giraban llevando el mensaje sagrado de la latinoamericaneidad o el patriotismo, hinchando de orgullo las almas nacionales o continentales, cuando la región cargaba un aura de novedad en la repartición geopolítica de la humanidad a través de la figura crística del Che Guevara.
Incluso Jorge Luis Borges, que era el menos nacionalista y el más cosmopolita de todos los patriarcas literarios latinoamericanos, se convirtió a su vez en una deidad, una imagen de marca, especie de profeta que hacía milagros a su paso, en sus giras de capital en capital y de universidad en universidad, guiado por sus lazarillos como un Homero contemporáneo. Pero ahora un lector avisado podrá encontrar las grietas de su obra, cierta impostura en la afectación universal algo caricatural, influida por las posturas de los simbolistas franceses o los decadentes y exquisitos ingleses hijos de Oscar Wilde, con sus ocurrencias aforísticas y sus manías de dandy aristocrático.
En la primera década del siglo XX se ha querido repetir la fórmula con el invento del chileno Roberto Bolaño, un puro producto editorial español inventado por el astuto Jorge Herralde, que tiene el mérito de llevar el joven neopatriarca embalsamado después de su muerte, como un Mio Cid que gana batallas desde ultratumba. Bolaño, que era el más escéptico y marginal de la generación de los nacidos en los años 5O, y un rebelde auténtico, impresentable en las fiestas y los cocteles, al lado de sus hermanos infrarrealistas, se reiría si viera hoy el marketing organizado en torno suyo por el agente literario norteamericano apodado El Chacal, que ahora cada año se saca un nuevo libro suyo de la manga, sin duda dictado por el muerto desde el más allá, aumentando así de manera fenomenal una obra extraída desde su tumba o escrita por mediums en trance que reciben sus instrucciones desde el hades de los increíbles escritores muertos.
En la era de la red mundial cualquiera puede ser escritor, llegar a amplios públicos o reinar en el general anonimato. Los ejércitos literarios de hoy son vastas muchedumbres de anónimos, latentes todos ellos en la infinita red de la blogosfera, convertida en un limbo literario. Por eso es probable que el texto conquiste por fin su gratuidad como fruto máximo y más exquisito del ocio para ociosos y así, en su gratuidad, el lector anónimo, el lector rey, a su vez omnipresente y omnisciente, accederá al texto sin intermediarios editoriales, libre por fin de descubrir al azar lo sorprendente.
Y por ese camino es probable que sea necesario entonces revisar la concepción y la naturaleza de la gloria literaria, que fue en general un producto de la era romántica decimonónica nostálgica de Grecia y las gestas olímpicas, y se resiste a morir, pero cuya interminable agonía llega ya de manera ineluctable a su fin. Adiós a Lord Byron, adiós a Victor Hugo, de quienes somos hijos espirituales los latinoamericanos. Nuestros anonimatos alimentarán por fin el gran texto infinito y anónimo de la telaraña virtual. La gloria literaria radicará en decir todo y nada para nada y para nadie sin esperar mausoleos ni estatuas de mármol.

viernes, 26 de marzo de 2010

EL VIAJE TRIUNFAL, DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR


POR JOSÉ RICARDO CHAVES*

EL Viaje triunfal. Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1993. Publicada en inglés por Aliform. USA. 2009 y en bengalí en 2005. Finalista para mejor traduccion en inglés del Book Award 2010, otorgado en la Book Fair de New York.

Esta novela del colombiano Eduardo García Aguilar, El viaje triunfal (título de clara estirpe rubendariana) fue escrita teniendo como telón de fondo aautores y textos de fin del siglo XIX (como Huysmans, Villiers de L’Isle Adam, Silva, Gómez Carrillo) y un poquito más, pues en su ensamble ideológico y estético el autor abarcó no sólo a decadentes, simbolistas y modernistas, sino también a representantes de las vanguardias.

No es extraño, entonces, que en la novela abunde la imaginería fin-de-siècle, todo un despliegue de elementos tales como uso de drogas de variopinta procedencia, viajes a los confines del mundo, acoplamientos sexuales para todos los gustos, referencias literarias de huysmaniano refinamiento, magia y espiritismo, en fin, tantos y tantos rasgos normalmente asociados a los escritores malditos.

Pero no nos limitemos. García Aguilar no busca la reconstrucción minuciosa de dichas atmósferas, por lo menos, no como lo haría quien se lanzara a escribir una novela históricamente “exacta” (en la medida en que pueda existir exactitud en el campo de la historia). No se trata de una lopezvelardiana “íntima tristeza reaccionaria” lo que lo impulsa a hurgar en nuestros orígenes literarios (y digo “nuestros” porque involucra a todos los escritores latinoamericanos).

Como devoto de una religióndel crepúsculo, García Aguilar quiere rendir culto a los fines de siglo, el nuestro incluido, y en este sentido su exploración del fin del siglo XIX no es ajena a una reflexión crítica de nuestro tiempo.

Ya en su anterior novela, Bulevar delos héroes, el autor había transitado por escabrosos paraísos ideológicos que desembocaban en muerte, violencia y locura. Ahora, en El viaje triunfal, también es posible detectar esa vertiente de crítica de la realidad socio-política latinoamericana y específicamente colombiana, una mirada azorada que registra cómo una “república gramática” se transforma en una dramática república donde la muerte cultiva su jardín. No en balde la novela comienza en tiempos en que La Violencia se ha enseñoreado en la patria de Faría Utrillo, el personaje central, y concluye con la imagen de un lector absorto en sus volúmenes incunables mientras “afuera el mundo se destruye”.

En este sentido puede hablarse de un inocultable sentimiento apocalíptico en la narrativa de García Aguilar que hace que uno de sus personajes exclame: “Vuelve el terror y hay que estar alerta. Los tiempos de la República Gramática quedaron clausurados y una oscura modernidad comienza a dominarlo todo. Los políticos poetas como yo comenzamos a ser cosa del pasado. Muebles viejos y ridículos. Y lo peor, se inicia la persecución del pensamiento.

Faría, el último modernista, murió también devorado por una extrañeza zozobra (...) Sabía que todo estaba terminado, que la edad de las guerras gloriosas se cambiaría por una sucesión de deslealtades y asesinatos impunes, maquinados sin grandes motivos, ni apadrinados por ideales dignos”.

No son, pues, la evasión y la nostalgia las que llevan al autor a la reconstrucción literaria del pasado modernista, sino un impulso crítico de su propio tiempo, de su propio fin de siglo, lo que lo hace indagar en los orígenes de esta “oscura modernidad” en la que los dioses no es que se hayan retirado -como diría Heidegger- sino tan sólo se disolvieron. Aquí cabe mencionar un ensayo de Walter Benjamin titulado “Experiencia y pobreza”, en el que el crítico alemán buscó explicar cómo en nuestra época -marcada por la continuaaparición de “lo nuevo”- lo que va creciendo es la pobreza, entendida como retiro de lo espiritual: “una pobreza del todo nueva ha caído sobre el hombre al tiempo que ese enorme desarrollo de la técnica. Y el reverso de esa pobreza es la sofocante riqueza de ideas que se dio entre la gente -o más bien que les cayó encima- al reanimarse la astrología y la sabiduría yoga, la Christian Science y la quiromancia, el vegetarianismo y la gnosis, la escolástica y el espiritismo. Porque además no es un reanimarse auténtico sino una galvanización lo que tuvo lugar”.

No, no es de nuestro fin del siglo XX del que habla Benjamin, de éste que ya acaba, aunque lo parezca, sino de una centuria que apenas comenzaba, aún empapada de la imaginería finisecular, y sin embargo, parece que se refiere al tiempo de ahora, a nuestro hoy aún más pobre y más galvanizado que el que vieron los ojos de Benjamin. Es el repudio a esta paradójica pobreza civilizatoria la que lleva a García Aguilar a indagar en los origenes literarios de la modernidad.

Como ocurre en cierta manera con el propio Benjamin, encontramos en nuestro novelista un pesimismo melancólico que lo lleva a abrazar una religión crepuscular, decadente, en la que se unen místicos, nostálgicos y poetas: “La fe en el crepúsculo -nos dice- es la certeza de que ninguna partícula sobrevivirá para atestiguar las supuestas glorias del género humano”. Pero, a diferencia de Benjamin, no hay en García Aguilar ningún contrapeso mesiánico que le permita vislumbrar alguna esperanza. Antes que anochezca, sólo queda el bálsamo envenenado de la escritura.

Por otra parte, esta visión crítica dela realidad lleva al escritor crepuscular a un estatuto de permanente extranjería, que no tiene que ver necesariamente con el simple hecho de vivir en su país de origen o estar ausente de él.

Más que de un desplazamiento exterior, más que de un cambio de lugar, se trata de un desplazamiento interior, o, como dice uno de los personajes “a cambio de la patria es necesario buscar la nación literaria”. Nación literaria que resquebraja las artificiales barreras del estado nacional que nos vio nacer y que más bien hunde sus raíces en el humus de la lengua, en el incesante laberinto del lenguaje. Igual que el judío, para el escritor moderno el exilio (real o imaginario) ha tenido un papel fundamental.

El exilio es la visión laica y moderna de la caída. Ante la pesadez de lo real, ante su imposición, al artista crepuscular no le queda otra que moverse, desplazarse judaicamente, hacia adentro, al principio ingenuamente, en busca de un yo de fantasía, luego contentándose conseguir el rastro de un perfume que huele a nada, que a nada huele.

“El viaje triunfal”, título paradójico. De linaje rubendariaco, como diría José Asunción Silva, tal vez en alguna de sus “gotas amargas”. Paradójico porque nada más alejado del triunfo que la vidaen clave de fracaso de Faría Utrillo, el poeta de la novela. Viajes, amores, libros, drogas: finalmente todo esto poco vale ante alguien que, como él, tiene una exacerbada conciencia de mortalidad, de finitud. Triunfal, eso sí, si se trata del viaje literario concluido por García Aguilar en esta novela y que tiene como antecedentes Tierra de leones y Bulevar de los héroes. Periplo concluido -quién sabe si agotado-. Trilogía que arranca en Manizales, ciudad cargada de mirada infantil, que continúa en el bulevar del exilio y la utopía, y que concluye, por ahora, en este viaje a los orígenes literarios que representa El viaje triunfal.

* Jose Ricardo Chavez. Novelista, ensayista y académico costarricense, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de Mexico. Este ensayo fue publicado inicialmente en Vuelta, octubre 1994.

sábado, 20 de marzo de 2010

THE TRIUMPHANT VOYAGE BOOK AWARD FINALIST

ALIFORM PUBLISHING www.aliformgroup.com aliformgroup@gmail.com
Aliform Publishing is pleased to announce that The Triumphant Voyage, by Colombian novelist Eduardo García Aguilar and translated from the Spanish by Jay Miskowiec, has been named a finalist in the translation category of ForeWord Magazine’s Book of the Year Awards. The winner will be announced at Book Expo America in New York on May 25. The Triumphant Voyage was the recipient of the Premio Nacional de Traducción Literaria awarded by the Ministry of Culture of Colombia.
The Triumphant Voyage relates the adventures of the fictional poet Arnaldo Farilla Utrillo as he journeys around the world during the first half of the twentieth century, coming in contact with many of the great writers and artists of the age.
As the esteemed translator Gregory Rabassa writes, “The best way to get into literature is to live it. This is precisely what Eduardo García Aguilar lets us do with this peripatetic novel, so much in the spirit of Cortázar, Bolaño and Eça de Queirós, as he leads us through the ways and means of what we have come to call modernism.”
Miskowiec is the translation editor of Aliform Publishing, which specializes in Latin American and world literature. His other translations of García Aguilar include the collection of short stories Luminous Cities, the critical examination of globalism Mexico Madness: Manifesto for a Disenchanted Generation, and the novel Boulevard of Heroes, with an introduction by Gregory Rabassa.
Yankee Invasion (Scarletta Press, 2009), by Mexican author Ignacio Solares and translated by Timothy G. Compton, was edited by Miskowiec and is also a finalist for ForeWord Magazine’s translation award this year.



miércoles, 10 de marzo de 2010

CANONIZACIÓN DE BRIGITTE BARDOT


Por Eduardo García Aguilar

Boulogne Billancourt dedicó una amplia exposición al mito erótico de Brigitte Bardot, uno de los símbolos sexuales de la segunda mitad del siglo XX al lado de Marylin Monroe y fenómeno social que contribuyó al cambio de las costumbres y a la liberación de la mujer.

Bardot fue la belleza encarnada que con cuerpo perfecto y rostro seductor conquistó a los hombres del planeta y fue ejemplo para las mujeres del mundo entero. Las grandes actrices del mundo a partir de los años 50 y 60 la imitaron y nada fue igual después de ella, al convertirse en la versión femenina del Don Juan y coleccionar uno tras otro esposos y amantes ante las cámaras y los noticieros del mundo que la seguían paso a paso. El Vaticano llegó a exponerla como ejemplo de las astucias del demonio y enumeró los peligros que significaba para el mundo su desbordada sexualidad de mantis religiosa.

El estallido mundial de su fama vino con la película « Y dios creó la mujer » donde desempeñaba el papel de una joven huérfana, cuyo sex appeal complicaba la vida de una familia y un pueblo de provincia en las costas mediterráneas del sur de Francia. Luego de conquistar con esa película el éxito en Estados Unidos y lograr la fama mundial en 1956, una tras otra sus películas se dedicaron a mostrar su cuerpo largo y delicioso, sus besos apasionados e insinuar el movimiento de sus caderas bajo lás sábanas. Frente al viejo y gran actor macho Jean Gabin la bella se exhibe recostada en un pupitre y muestra al público sus nalgas perfectas, creando el escándalo nacional y dejando para la historia cinematográfica una escena inolvidable.


Hija de un industrial y una bella ama de casa que amaba la moda, Brigitte nació en 1934 en el más elegante barrio de París y desde los cinco años estudió danza en las escuelas más reputadas de la ciudad. A los 14 años su belleza empezó a aparecer en las revistas de moda de París y pronto atrajo a los directores de cine que convencieron con bastante dificultad a su familia para que la dejase actuar. El director Roger Vadim, quien fue su primer esposo, dijo que con el personaje de Juliette en « Y dios creó la mujer », busco representar a una « muchacha de su tiempo, libre de todo sentimiento de culpa, de todo tabú impuesto por la sociedad y cuya sexualidad es totalmente libre. En la literatura y en las películas de antes de la guerra, se le hubiera considerado una prostituta ».

En la amplia exposición en Boulogne Billancourt, al lado de París, asistimos paso a paso a la creación y solidificación del mito. En el vestíbulo de la entrada vemos un ejemplar blanco del cabriolet Peugeot, modelo Florida, con el que se paseaba por las carreteras de la Costa Azul, tal y como lo hacía el otro mito de su época, esta vez literario, Françoise Sagan, autora de la novela Bonjour Tristesse. Ambos mitos vivientes expresaban a una juventud despreocupada, entregada al placer, el glamour y la felicidad, lejos del culto al trabajo y a la mujer emancipada por fin.

Luego vemos sus zapatillas y trajes de danza, fotos familiares, portadas de las revistas que la muestran desde la virginal modelo adolescente hasta la bomba sexual de la era psicodélica de los años 60, al lado de actores como Jean Louis Trintignant, Jean Paul Belmondo, Anthony Perkins y de sus numerosos esposos o amantes como Roger Vadim, Jean Louis Trintignant, Jean Claude Carriere, Günter Sachs, Sacha Distel, Warren Beaty y Serge Gainsbourg.

Gracias a que prestó muchos elementos relacionados con su vida privada, asistimos a la reconstrucción de su cuarto de adolescente en París, así como la famosa casa de Saint-Tropez, en la Costa Azul, llamada La Mandrágora, donde reside desde hace medio siglo. También vemos las mejores escenas de sus películas, como una larga sucesión de besos proyectados, o fotos donde aparece desnuda para las cámaras de los mejores fotógrafos de su época, para quienes posó con total libertad haciendo familiar su cuerpo para sus admiradores, que sabían donde estaban sus lunares o su pequeñas cicatrices y la textura de su vello púbico. Fue así la amante demoníaca de todos los hombres del mundo, la infiel mujer de todos los esposos y terror de todas las esposas.


A los 40 años dejó todo y en vez de dedicarse a pulir el mito se dedicó a la causa de los animales y a dejar que los estragos del tiempo marcaran su rostro y su cuerpo, evitando operaciones, y maquillajes. Al mando de su asociación contra el maltrato a los animales se ha vuelto una militante insobornable, por lo que al final de la exposación se muestran los horrores que hace el hombre a esas criaturas que devora y tortura sin límites. Se ven las vacas degolladas, imágenes del sacrificio de los corderos, la tortura de la vivisección y los experimentos que se hacen a nombre de la ciencia en los cuerpos de esos seres vivientes.

El objetivo de la exposición se cumple. Uno sale reconciliado con esta mujer que vivió cuatro felices meses en México para filmar la película "Viva María", sobre los tiempos de la revolución mexicana. Recorriendo las salas, palpando sus prendas, sintiendo sus perfumes y comprendiendo el desespero de su fama planetaria se entiende un poco más nuestra época mediática.

La metáfora de su vida se resume en las imágenes del desmayo que sufrió al retornar a Cannes y verse asfixiada entre la muchedumbre hasta enloquecer y gritar antes de rodar y ser llevada en andas por los servicios de seguridad, inánime, como una especie de mártir de la época. Expresa el pánico de la gloria y de la fama y la terrible soledad de las estrellas que llegan a la cima sin saber cómo y por qué. Con esa proyección escalofriante se inicia y concluye la exposición de una vida emblemática del siglo XX, que todavía nos fascina. Brigitte Bardot está viva entre nosotros y todavía podemos desearla. Desde un pasado que es presente ella se nos revela entre el perfume de sus discípulas de hoy que deambulan en 2010 con nosotros, en estas salas llenas de glamour, deseo y tentación.

sábado, 6 de marzo de 2010

EL TRASTEO A BOGOTÁ

Por Eduardo García Aguilar
El ruido de Bogotá se oía a lo lejos, mientras seguíamos en un auto al camión del trasteo que, veinte metros adelante, expelía nubes de contaminación. El viaje había sido larguísimo. Desde antes el chofer y papá habían coordinado el acomodo de todas las cosas, por lo que al amanecer tras desayunar por última vez en la casa de la carrera 19 en la vieja Manizales, subimos raudos por la carretera hacia el páramo de Letras en medio de la niebla y la llovizna y poco a poco, fuimos llegando hasta la cima, donde nos paramos a comer chorizos con arepa y a tomar chocolate con queso fresco del páramo.
Papá Alvaro estaba contento y decía por fin adiós a esa ciudad donde se refugió de la Violencia en 1946 y que ahora dejaba para siempre. Era un día muy especial, el comienzo de una aventura y el fin de una historia larguísima iniciada en 1913, cuando nació en Marquetalia, en el oriente de Caldas, en tiempos que parecían lejanos como de otro siglo profundo, metido en los aires de la colonia española. Yo lo vi sonreir, con esa extraña satisfacción un poco delirante de quien da un paso definitivo y deja atrás la ciudad sin convertirse en estatua de sal.
No es fácil dar un giro en la vida a los 58 años, cuando por lo regular la gente se acomoda donde está y ya no tiene energía para dar un salto al vacío. Yo estaba orgulloso de él, pues había osado el cambio en cierta forma para seguirme a mí --o al menos ese era el pretexto de una decisión que siempre tuvo pendiente en su vida--, pues empezaba mis estudios de sociología en la Universidad Nacional de Colombia y para reencontrarse en familia con mi hermano Humberto, que estudiaba derecho desde hacía unos años en la Gran Colombia.
Había comprado casa en Bogotá cerca a la Universidad, una casa grande, moderna, de dos pisos, amplia sala, vivero, cuartos, y luz por todos los lados. Hacia allí íbamos ahora todos, mamá, papá, mi hermana, la perra collie, yo. Nos esperaba allá mi hermano mayor a quien escuchábamos en Manizales por radio Santa Fe, donde también trabajaba como joven locutor y periodista, y ahora todo parecía comenzar de nuevo en este viaje peligroso y emocionante a la vez, signado por el éxodo en el sentido más exacto de la palabra.
La verdad es que Manizales era mi ciudad y la de mi hermana, pues ahí habíamos nacido y crecido, pero no para ellos, que la consideraron una ciudad de paso, una escala en el camino hacia Bogotá. Manizales era una ciudad muy católica dominada por la Catedral enorme y negra como un animal antediluviano, con curas de negras y largas sotanas y arzobispos locos que lanzaban diatribas y trataban de controlar la vida de su habitantes cuidándolos del demonio del sexo, el liberalismo y el comunismo. Pero también una ciudad agradable para vivir donde educaron a sus hijos y los vieron crecer bien en medio de ese aire fresco de la cordillera.
Papá era un liberal ateo con amigos de izquierda e irse a Bogotá, a donde iba desde siempre varias veces al año, era mejor que seguir allí en esa ciudad que a veces asfixiaba y donde había concluido una etapa de su vida. La capital era su ciudad, con el gentío por la carreras séptima y décima y la Avenida Caracas, agitada siempre, entre el bullicio del pueblo y los carteristas y los vendedores ambulantes y la humareda interior en los cafés El Pasaje, El Automático y Saint Moritz, donde solía charlar de política con sus amigos liberales, ateos, poetas arruinados y comunistas.
Después nos adelantamos al camión y empezamos a bajar hacia la tierra caliente, pasamos por Padua y llegamos a Mariquita, donde compramos el delicioso pan que hacían allí, oloroso a mantequilla, y hacia el mediodía ya estábamos a orillas del Magdalena, en un restaurante de Honda al aire libre, almorzando en familia viudo de pescado. Subimos hacia la capital, lentamente, por esa carretera de la cordillera y llegamos hacia el crepúsculo a instalarnos en la casa donde los trabajadores ya subían los corotos.
Bogotá era una urbe caótica, llena de inmigrantes de todo el país, el crisol de un país centralista donde pasaban todas las cosas. Había dos grandes periódicos que funcionaban y era una delicia leer sus columnistas cultos y los suplementos literarios para enterarse de un país que parecía tener rumbo antes de que apareciera el monumental narcotráfico. El Congreso de la República estaba compuesto por técnicos, oradores, políticos profesionales, hombres de letras, viejos caciques autodidactas de la vieja guardia y para estar allí se exigía un mínimo nivel y algunos principios políticos coherentes. Los presidentes eran hombres cultos, estadistas, guiados por ideas y no sólo por emociones primarias. En el centro se vivía la agitación diaria de las urbes en la séptima, la décima, la Caracas y había grandes librerías como la Buchholz, Lerner o la Nacional.
Ya habían emergido el Planetario Distrital, la biblioteca Luis Angel Arango y el Museo del Oro y los Museos eran joyas imprescindibles. En la Avenida 19 reinaba la agitación en la Alianza Francesa y en los cafés de esa cuadra se daban cita los periodistas de radio que después se convirtieron en leyendas. La Universidad Nacional, a donde ingresé poco después, vivía aires de libertad y en las carreras de Ciencias Humanas el nivel era alto en esos tiempos de reflexión política continental y nacional, bajo el reino del naciente boom de la literatura latinoamericana cuando Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias y Juan Rulfo estaban todavía vivos. León de Greiff y Luis Vidales todavía caminaban por la séptima y en la noche nos reuníamos siempre en las librerías, como esa inolvidable Torre de Babel, no lejos del Parque Santander. Colombia estaba mal como siempre lo ha estado, pero nunca imaginó que le iba a ir mucho peor.
Todas estás imágenes de una Colombia lejana color sepia me asaltan ahora cuando pienso en la pobreza del debate nacional que reinó estos ocho años interminables de macartismo, centrado en un patriarca abusivo que la Corte obliga a irse aunque no quisiera, animado por sus indignos y corruptos áulicos que son la vergüenza de una Colombia más grande y digna que su infamia. Por fortuna reinan nuevos aires democráticos y las palabras Constitución y Ley tienen sentido como nos enseñaron los maestros de escuela hace tanto tiempo. Recordar a los viejos y a esa Colombia en trasteo permanente, es un pequeño homenaje a este nuevo rumbo que inicia el país si no se lo impiden los
tramposos.

sábado, 20 de febrero de 2010

JAZZ EN EL BAISER SALÉ


Por Eduardo García Aguilar
En pleno centro de París, junto a la plaza de Châtelet y la milenaria Torre Saint Jacques, hay una calle dedicada al jazz llamada la rue de Lombards, donde se concentran varios de los mejores sitios jazzísticos de la ciudad. Uno de ellos es El Beso Salado (Baiser Salé), pequeño rincón donde cada lunes François Constantin anima una Jam Session que siempre tiene sorpresas y da espacio a todos los intérpretes de paso por la urbe luminosa.
Constantin, fornido, enérgico y con la cabeza rapada como un Taras Bulba o un Yul Bryner, lo anima desde hace unos 20 años con la misma alegría e intensidad de siempre, heredada de la actividad musical y artística de sus padres. Percusionista infatigable, se coloca en el centro del pequeño escenario y desde ahí dirige una primera sesion central, a la que son convocados músicos profesionales, bateristas, bajos, pianistas, saxofonistas, trompetistas, clarinetistas y cantantes.
Luego vienen dos sesiones donde participan al azar los músicos provenientes desde todos los rincones del mundo y se dan cita en espera de participar y expresarse lúdicamente en honor del jazz. A veces es un saxofonista o un trompetista japonés, otras un guitarrista sueco o noruego, de repente bateristas o percusionistas sorpresivos que improvisan mientras el ambiente se calienta y llega a extremos de éxtasis. Y en medio de la fiesta aparecen a veces jóvenes y bellas cantantes que saltan al escenario y sorprenden con su talento, en una especie de semillero de nuevas estrellas musicales inundadas por la auténtica vocación musical y la generosidad del gran jefe Constantin. Son nombres anónimos que se suceden allí a lo largo de las horas, casi hasta las tres de la mañana, cuando todos bajan a tomar la ultima copa y a dispersarse en la noche siempre viva de París. Abajo, en la pantalla de video del bar, estará pasando Prince o Eric Clapton y por la calle se ve el ir y venir de turistas y estudiantes noctámbulos en busca del último Pub, como uno cercano que abre hasta la madrugada, donde se alternan grupos aficionados de rock.
La Jam Session de François Contantin nos reconcilia con la música y con la energía de hacer arte por el arte, tomándolo como juego, pasión que se satisface en el delirio de gozar y ser en la música. Siempre hay varias sorpresas propiciadas por esos anónimos que llegan con sus instrumentos a la sala y esperan juiciosamente entre el público a que Constantin, con su autoridad inobjetable, los llame a conformar el caleidoscopio de los grupos formados al azar.
De pronto una bella chica rubia de 20 años toma las congas y se luce y con timidez pide al jefe que haga subir a un muchacho que debe ser su novio, un altísimo nórdico post- adolescente que se revela un gran guitarrista y arranca los aplausos de la concurrencia y las miradas lánguidas de las bellas. Más tarde será un conguero demoniaco, que entra en trance y expresa con sus gestos el viaje inagotable que ha emprendido con sus manos fuertes sobre el cuero tenso de los tambores, en la ordalía africana y ultramarina que convoca con sus ojos cerrados.
Con mucha frencuencia llegan allí musicos norteamericanos, japoneses, de Shangai, Hong Kong, Alemania o Corea del Sur, que maravillan por el talento al interpretar los instrumentos de viento. Y así van pasando las horas, casi en familia, con el salón lleno y las copas y las veladoras sobre la mesa, hasta que Constantin levanta la sesión y se seca el sudor de su cabeza rapada, como ocurre siempre, pues cada sesión es un éxito.
En estos primeros meses del ano 2010 ha cantando la brasileña Catia Werneck, que reside desde hace tiempo en París y es gran vocalista. Antes de partir de gira por Francia y Europa ha venido a animar casi en familia los lunes de El beso salado, con el acompañamiento de un gran pianista joven, Vincent Vidal y el bajo el alegre y festivo sonido del bajo Munir Hosn. Ha sido el mes del jazz brasileño y ella nos ha maravillado con su voz y la simpatía cálida venida de Brasil, donde inició su carrera musical tras obtener un diploma universitario prometido a su padre, preocupado por la incierta vocación musical de su hija.
Y en efecto cuando uno ve saltar a todas esas jóvenes que suben al escenario, o a los músicos noveles con la mirada poseída de ilusión artística, se comprede que la vocación musical es tan incierta como la poética. Los músicos están poseídos por la poesía y la poesía por la música interna de las palabras. Estar poseído por la música, traer ya casi innato el talento, la voz brillante, el ritmo inagotable y contra viento y marea optar por una vía muy peligrosa, es el secreto de los músicos que proliferan en el mundo y para quienes el estrellato sólo llega a unos cuantos, a veces no los mejores, porque la fama es asunto de azar.
Por eso alegra ver a todos esos músicos que llegan hacia las diez de la noche al Beso Salado, se instalan en las mesas y esperan el momento de irrumpir. Entre los que han pasado por ahí están
Dave Weckl, Marcus Miller, Danilo Perez, Keziah Jones, Roy Hargrove, Richard Bona, Samuel Torres, Ernesto Simpson, Paco Sery, Linley Marthe, Etienne Mbappé, Arturo Velasco, Pierrick Pedron, Stéphane Belmondo, Eric Legnini y muchos etcéteras más bajo el liderazgo de François Constantin.
Constantin, hijo de la cantante y actriz Lucie Dolene y de Jean Constantin, compositor y músico francés de la farándula de los años 50 y 60, autor de la música para el film Los 400 golpes de Truffaut, creció en medio de la música y los escenarios. Empezó a tocar piano a los cinco años, a los 12 la batería, a los 14 la percusión clásica en la Escuela Normal de Música de París, y a los 16 las percussions cubanas, brasileñas y africanas, a las que se dedicaría después tras cumplir su servicio militar. Y ahora, después de tantos años, sigue con la pasión y la generosidad intactas, ofreciéndonos los lunes más felices y calientes de París, como homenaje al Jazz que inmortalizó Julio Cortázar en su inolvidable novela Rayuela o a las presencias fantasmales de Miles Davis y Chet Baker, que nos vigilan escondidos entre la penumbra del público, en una ciudad que vive para el jazz.

sábado, 13 de febrero de 2010

VIDA IMAGINARIA DEL PRECOZ HUMBERTO OYODA


Por Eduardo García Aguilar

Pronto se cumplirán 40 años de la muerte a los 18 años de una fulminante enfermedad en Manizales, la misma ciudad donde nació, del precoz escritor Humberto Oyoda (1953-1971). Lo conocí en el Instituto Manizales cuando todavía no se había cambiado de nombre e intercambiábamos poemas en las clases de matemáticas o en las sesiones de la Tertulia Literaria José Asunción Silva, al lado de inquietos estudiantes, muchos de los cuales ejercieron después como abogados o maestros. Antes de que adoptara el seudónimo de Humberto Oyoda, era para nosotros simplemente Eladio Ramírez Vega.
Oyoda era un muchacho alto, delgado, con una mirada ágil y noble y una elocuencia admirable para su edad, que causaba admiración entre condiscípulos y maestros y entre las muchachas. Tenía manos ágiles con dedos largos, esqueléticos, que manejaba con particular elegancia, haciendo a veces la pose de intelectual insoportable para molestar a sus contertulios, mientras una mecha de pelo rebelde caía sobre su frente.
A los 17 años había leído gran cantidad de clásicos y era un verdadero placer escucharlo disertar sobre la locura de Nietzsche, la angustia en Kierkegaard, la poesía de Walt Whitman o las obras de Franz Kafka o Knut Hamsum, entre otros temas. Oyoda era asiduo lector en la biblioteca del Colombo-Americano que manejaba una rubiecita de la que todos estábamos enamorados y gracias a la cual muchos se inclinaron hacia la literatura. Allí descubrió los grandes clásicos recientes latinoamericanos como Rayuela de Julio Cortázar, Paradiso de José Lezama Lima, Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante y algunas obras de Jorge Luis Borges, que devoró de inmediato.
Por esas fechas escribió textos inspirados en la lectura de La ciudad y los perros y La Casa Verde de Mario Vargas Llosa. Cien años de soledad de García Márquez lo leyó antes de las conflictivas elecciones del 19 de abril de 1970. Esa lectura fue muy importante para él y su primer artículo fue una reseña de ese libro para el periódico del colegio, Faro. Además de Cortázar, Oyoda admiraba la corta obra de Juan Rulfo a quien le bastó sólo dos pequeños volúmenes, Pedro Páramo y El llano en llamas para ocupar un enorme lugar en la historia de la literatura latinoamericana.
Vestía siempre amplias camisas blancas y pantalones ceñidos de rayas azules, verdes y naranja con punta de campana, y cuando hacia frío llevaba un saco cruzado de paño café a rayas fabricado en la Sastrería Aldaz de la carrera 23, regentada por un viejo comunista que compartía la pasión de los libros con don Pablo Pachón, el dueño de la librería Mi Libro, situada en la misma cuadra y a donde todos los adolescentes de la época nos nutríamos de libros de ocasión a preciós módicos.
Debido a que sus familiares eran de los pocos comunistas en una ciudad tan católica y conservadora como Manizales, Oyoda creció en un ambiente de cofradía secreta masónica y en su modesta casa, en unos bajos situados en Hoyofrío, detrás del Club Manizales, se reunían a tomar chocolate en las frías tardes escritores de izquierda como José Naranjo e Iván Cocherín, que el imberbe Oyoda admiró desde el principio y de quienes recibió los primeros consejos literarios, como la lectura de Tolstoi, Dostoievsky, Gogol y Turgueniev. En esa vieja casa de bahareque que daba a un amplio patio muy florecido, su madre Rosa solía leer poesía en voz alta en recuerdo de la amistad que trenzó alguna vez con Pablo Neruda durante su estadía en Chile, en los años 50.
Allí en esa casa, además de hablar de literatura, se imprimían en mimeógrafo octavillas subversivas del Frente Unido, que circulaban secretamente por la ciudad incitando a rebelarse contra los gobiernos del Frente Nacional y las olas represivas contra sindicalistas, además de apoyar la impugnación de las elecciones ganadas fraudulentamente por Misael Pastrana Borrero en 1970 al general Rojas Pinilla y sus partidarios de la ANAPO, por medio de una trampa urdida según ellos por el ministro del Interior el « trigrillo » Noriega y su jefe el energúmeno presidente Carlos Lleras Restrepo.
No era extraña pues la precocidad de Humberto Oyoda, quien a los 16 años ya era ducho en manejar el mimeógrafo y teclear en viejas máquinas Underwood largas páginas de sus escritos o de textos que sus tíos le pedían picar en las hojas para reprografía. Y mucho más ducho era aún en manipular los viejos volúmenes que había en la biblioteca de la casa, o en las de los amigos de sus padres, sastres, trabajadores en imprentas, ex telegrafistas o líderes sindicales, como sus progenitores, que aparecieron muertos en un baldío por el lado de la quebrada de Olivares con el tiro de gracia, cortando de repente esa felicidad en la que transcurría su adolescencia.
Oyoda pudo continuar su rumbo, aunque su salud se debilitó y se lo llevó una extraña neumonía en la misma casa de Hoyofrío donde estaba la cuidado de sus tías. Antes de morir solía escaparse de su medio e ir a una taberna donde tocaba el grupo de rock encabezado por el poeta Wadys Echeverry. Por ese tiempo conoció y compartió lecturas y andanzas con otro malogrado y precoz poeta manizaleño, Rodrigo Acevedo González. A veces me confesó que no veía contradicción alguna en ser fiel a la memoria de su padres « mamertos » como se le decía y se le dice todavía en Colombia a la gente de izquierda, y a la vez admirar y gozar de las nuevas tendencias del rock surgidas tras la irrupción de Rolling Stones, con « Satisfaction » o « Brown Sugar », o « In a gadda da vida » de Iron Butterfly, que escucha al escondido de sus tías marxistas que temían se estuviera volviendo un « alienado pequeñoburgués».
De su corta vida amorosa supe algo por algunas cosas que me contó, como de una novia que tuvo muy temprano, a los 11 años, alumna del colegio Antonia Santos, después con otra chica, que participaba con nosotros en la tertulia y estaba muy enamorada de él pero sufría porque tenía un poco de acné y otra que tuvo en Ibagué, según me dijo, ciudad a donde iba en bus a visitar a un tío ex guerrillero de las huestes de Guadalupe Salcedo. Tuvo, pues, la felicidad amar y ser amado antes de morir a la tiernísima edad de 18 años y dejó además una corta obra poética llena de ironía y prosas misteriosas que hoy nos asombran a sus lectores secretos.

sábado, 6 de febrero de 2010

LOS EFECTOS DE LA PROLIFERACIÓN LITERARIA


Por Eduardo García Aguilar
La era internet ha terminado por modificar de manera profunda el estatuto del escritor al despojarlo del aura mítica que lo nimbó durante tanto tiempo, al hacer parte de una élite especializada casi inalcanzable para el resto de los mortales. Al acercar el teclado a toda la población y darle los medios electrónicos para que se exprese libremente sin redir cuentas a ningún dios o grupo de poder editorial o mediático, la red ha liberado las fuerzas de la palabra, democratizándola, desacralizándola como en su tiempo ocurrió con la Reforma protestante, que comunicó a los hombres con los dioses de manera directa, sin pasar por los tradicionales intermediarios.
La función de las editoriales se ha desacralizado a su vez al convertirse ellas claramente y sin tapujos en empresas cuyo objetivo único es la rentabilidad, lo que resta desde el punto de vista estético credibilidad a sus productos. Las editoriales no pueden publicar a todo el mundo y si escogen a uno o dos productos se ven obligadas a inflarlos por medio de comunicados de prensa y bombardeos de ruidos mediáticos. De ahí que cada nuevo autor de las editoriales comerciales sea rutinariamente presentado siempre como el nuevo genio y cada nuevo libro la gran nueva obra maestra. Ya pocos creen en la infalibilidad de esos lanzamientos, pues hacen parte de las leyes del marketing.
Quien haya publicado libros se ha visto confrontado a esa impostura, pues como en los famosos quince minutos de fama a los que todos por igual tenemos derecho, según la teoría de Andy Warhol, en las fajillas se habrá visto caracterizado como la nueva revelación, el salvador de la literatura nacional, la reencarnación contemporánea de algún crepuscular Premio Nobel patriótico. Las literaturas nacionales de hoy son grandes cementerios de geniales escritores jóvenes perecidos en el intento. Pero todo eso hace parte de la quimera, pues el gran escritor nacional decimonónico o el gran patriarca continental ha muerto como en los funerales de la mama grande.
En América Latina la era de Pablo Neruda o Miguel Angel Asturias, la era de Paz o García Márquez como patriarcas nacionales o continenales ha concluido gracias a la red internet, que terminó por hacer efímera toda gloria, diluyendo la genialidad en moléculas intercambiables y colectivas. Los grandes patriarcas literarios latinoamericanos eran gordos como batracios y lentos en sus movimientos cargados de colesterol, vanidad y soberbia. De capital en capital giraban llevando el mensaje sagrado de la latinoamericaneidad o el patriotismo, hinchando de orgullo las almas nacionales o continentales, cuando la región cargaba un aura de novedad en la repartición geopolítica de la humanidad a través de la figura crística del Che Guevara.
Incluso Jorge Luis Borges, que era el menos nacionalista y el más cosmopolita de todos los patriarcas literarios latinoamericanos, se convirtió a su vez en una deidad, una imagen de marca, especie de profeta que hacía milagros a su paso, en sus giras de capital en capital y de universidad en universidad, guiado por sus lazarillos como un Homero contemporáneo. Pero ahora un lector avisado podrá encontrar las grietas de su obra, cierta impostura en la afectación universal algo caricatural, influida por las posturas de los simbolistas franceses o los decadentes y exquisitos ingleses hijos de Oscar Wilde, con sus ocurrencias aforísticas y sus manías de dandy aristocrático. Borges fue un gran descrestador.
En la primera década del siglo XX se ha querido repetir la fórmula con el invento del chileno Roberto Bolaño, un puro producto editorial español inventado por el astuto Jorge Herralde, que tiene el mérito de llevar el joven neopatriarca embalsamado después de su muerte, como un Mio Cid que gana batallas desde ultratumba. Bolaño, que era el más escéptico y marginal de la generación de los nacidos en los años 5O, y un rebelde auténtico, impresentable en las fiestas y los cocteles, al lado de sus hermanos infrarrealistas, se reiría si viera hoy el marketing organizado en torno suyo por el agente literario norteamericano apodado El Chacal, que ahora cada año se saca un nuevo libro suyo de la manga, sin duda dictado por el muerto desde el más allá, algo parecido a lo que ocurre en Colombia con el mítico Andrés Caicedo, cuya obra aumenta cada año de manera fenomenal extraída desde su tumba o escrita por mediums en trance que reciben sus instrucciones desde el hades de los increíbles escritores muertos.
En la era de la red mundial cualquiera puede ser escritor, llegar a amplios públicos o reinar en el general anonimato. Los ejércitos literarios de hoy son vastas muchedumbres de anónimos, latentes todos ellos en la infinita red de la blogosfera, convertida en un limbo literario. Por eso es probable que el texto conquiste por fin su gratuidad como fruto máximo y más exquisito del ocio para ociosos y así, en su gratuidad, el lector anónimo, el lector rey, a su vez omnipresente y omnisciente, accederá al texto sin intermediarios editoriales, libre por fin de descubrir al azar lo sorprendente.
Y por ese camino es probable que sea necesario entonces revisar la concepción y la naturaleza de la gloria literaria, que fue en general un producto de la era romántica decimonónica nostálgica de Grecia y las gestas olímpicas, y se resiste a morir, pero cuya interminable agonía llega ya de manera ineluctable a su fin. Adiós a Lord Byron, adiós a Victor Hugo, de quienes somos hijos espirituales los latinoamericanos. Nuestros anonimatos alimentarán por fin el gran texto infinito y anónimo de la telaraña virtual. La gloria literaria radicará en decir todo y nada para nada y para nadie sin esperar mausoleos ni estatuas de mármol.