domingo, 15 de junio de 2014

INUTILIDAD DE LAS GUERRAS

Por Eduardo García Aguilar
Un personaje tan ignaro como George Bush hijo se empecinó a comienzos del siglo XXI en realizar una guerra inútil en Irak, aduciendo falsedades y alarmando al mundo con la supuesta existencia de "armas de destrucción masiva", lo que se revirtió desde entonces de manera dramática para el pueblo
de Estados Unidos, afectado por los miles de soldados muertos y las colosales deudas contraídas, así como para el propio pueblo iraquí que vive entre el Éufrates y el Tigris, zona donde surgieron hace miles de años joyas de la civilización humana como las míticas ciudades de Nínive y Babilonia o luego la multifacética Bagdad.
Pasando por encima del concepto de las Naciones Unidas, los halcones del gobierno de ese presidente pendenciero se lanzaron contra el tigre de papel de Saddan Hussein y devastaron el país y la región, desestabilizando los frágiles equilibrios y haciendo renacer las viejas querellas religiosas y étnicas que ahora llegan al extremo de que el ejército islamista del Estado Islámico del Islam y el Levante (EIIL), incluso más extremista que Al Qaida, está a las puertas de Bagdad.
Todos los más serios expertos y analistas del mundo coinciden hoy en que esa guerra de Irak, más que un crimen fue una estupidez de cerebros calientes, y los resultados están a la vista. Tal vez en el momento los grandes industriales del armanentismo cantaron victoria al lado de los inversionistas de las grandes empresas de seguridad, el petróleo y la construcción, pero ahora, después de que en río revuelto sacaran ganancia, el empantanamiento obliga al gran país del norte conducido por el moderado Barack Obama a contemplar una nueva intervención, aunque de diferente tipo.
Nunca aprenden las grandes potencias o los países menores gobernados por almas maníacas al iniciar las guerras y actuar como gendarmes del mundo o de las regiones. Napoleón fracasó en el intento de adueñarse de toda Europa e imponer sus ideas megalómanas de la misma forma que Hitler soñó con imponer las suyas a todo el continente dominado por los procónsules de la supuesta raza superior.
A lo largo de la historia esos locos de gloria y poder muy enérgicos e infatigables llevaron a sus pueblos a la muerte y la sangre y tarde o temprano fueron derrotados dejando a los suyos hundidos por siglos en el pantano de sus errores.
La Francia de Napoleón y la Alemania de Hitler quedaron arrodilladas por generaciones y con ellos son muchos los países grandes o pequeños que han sido llevados al precipicio por torvos líderes mesiánicos que creen poder imponer sus ideas e intolerancia a sus vecinos, haciendo derramar la sangre de los pobres, porque eso sí, esos cobardes envalentonados con alma de rufianes nunca mandarán a sus propios hijos al frente de batalla.
¿Cuántas han sido las guerras bobas realizadas por los países latinoamericanos, asiáticos y africanos, a veces por más papistas que el papa que se arrogan el estatuto de supuestos gendarmes ideológicos regionales? ¿Cuánta sangre ha sido derramada por los pueblos y cuántas las riquezas perdidas cuando son llevados al matadero por líderes irresponsables e iluminados que no saben lo que hacen y carecen de la menor lucidez estratégica?
Hace apenas tres años un presidente agitado de una Francia pobre y en crisis se empeñó en hacer una guerra sin sentido en Libia para sacar al dictador crepuscular Gadafi que lo desafiaba, rompiendo así un imperfecto statu quo regional por cuyas grietas se metieron otros ejércitos islámicos aún más sangrientos que el tirano empalado, como Al Qaida en el Mahgreb Islámico (AQMI) que siembran ahora el terror en los desiertos del África sahariana y subsahariana para aplicar la estricta ley o sharia profética, robar colegialas, decapitar infieles, colgar rebeldes, lapidar mujeres y mutilar infractores.
Los grandes capitales petroleros de los jeques fanáticos han servido para financiar y desestabilizar toda la región árabe medioriental por medio de la creación de conflictos artificiales con mercenarios multinacionales en Siria, Egipto y los países norafricanos y surafricanos, zonas donde sueñan con imponer un gran califato islámico que aplique las conservadoras leyes irrestrictas del pasado.
Las guerras y conflictos que pululan en el mundo no son tanto el fruto de la impericia o la estupidez de líderes irresponsables como la estrategia de quienes saben que la guerra y el terror generan beneficios a los potentados del mal y a los codiciosos de tierra y riquezas sin fin. Los grandes plutócratas del mundo y sus marionetas locales ganan con la guerra y cuando en algún continente hay relativa paz, buscan a toda costa volver a atizar las guerras.
Eso es lo que pasó en Irak y lo que pasa ahora en África, Asia, el Este de Europa o en América Latina, continente este último donde los fanáticos de la extrema derecha nostálgica de los halcones republicanos de Estados Unidos sueñan con tumbar a gobiernos que el pueblo eligió y que no son de su gusto, como en Venezuela, Ecuador, Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, entre otros países.
Quisieran que Colombia se convierta en el nuevo gendarme regional, pero con la sangre de los soldados surgidos de las capas pobres de la sociedad a las que han explotado y explotan desde hace siglos. Sueñan esos halcones de la ultraderecha con una América Latina que vuelva a las horrendas dictaduras del siglo XX donde los tiranos imponían a sangre y fuego ideas tan sectarias como las que tratan de imponer los fanáticos islámicos del EIIL o el AQMI, financiados con dineros de la plutocracia petrolera de los jeques encabezados por Arabia Saudita.
Porque detrás de los halcones que encienden las guerras en el mundo están las colosales fuerzas del dinero que buscan reproducirse al infinito con beneficios cada vez mayores, están los oscuros barones de la mano negra, los capos de las mafias, los reyes del mambo de los paraísos fiscales, que desde sus yates juegan con la sangre ajena de los pobres.
Esperemos que las guerras reinantes en Afganistán, Irak, Oriente Medio y en algunas fronteras europeas o asiáticas no se contagien a América Latina, que desde hace un tiempo vive en medio de una relativa estabilidad muy imperfecta que puede mejorarse, pero también agravarse hasta el caos. Y soñemos con que Colombia siga siendo un factor diplomático y sereno de equilibrio regional latinoamericano y no un pequeño gendarme regional gobernado por fanáticos.

sábado, 7 de junio de 2014

EL DIA DECISIVO DE LOS ALIADOS

Por Eduardo García Aguilar 
La reina Isabel II, Barack Obama, Agela Merkel, François Hollande y Vladimir Putin, entre otros dignatarios mundiales, celebraron este viernes el Día D, cuando en 1944, hace siete décadas, las fuerzas aliadas desembarcaron en Normandía para acelerar la partida del invasor nazi de Francia. 
En una batalla cruenta que sembró miles de tumbas de soldados ingleses y estadounidenses en las colinas frente al mar de la Mancha, las fuerzas aliadas lograron la proeza de cruzar las líneas enemigas instaladas en las costas francesas e iniciar el proceso definitivo que condujo al rescate del continente de la bota hitleriana. 
La presencia de estos jefes de Estado, en su mayoría moderados, nos muestra lo muy cerca que ha estado la guerra en este continente que hoy goza de paz, pero que siempre vive amenazado por tensiones que pueden desembocar tarde o temprano en otra batalla sin fin. 
La anciana e impecable reina, la moderada y sabia canciller alemana que ha dado prosperidad a su país, el moderado presidente estadounidense que no se ha metido en guerras gigantes como los Bush, pese a las presiones, el impopular pero honrado y tolerante mandatario francés y otros representantes europeos democráticos homenajearon a los soldados aliados en jornadas de sol que a veces nos hacen creer a todos a salvo de otro apocalipsis. 
No olvidemos que hace tres lustros sonaban las bombas en la terrible guerra de los Balcanes, que llegó a niveles indecibles de violencia y odio en Sarajevo y dejó a la ex Yugoslavia devastada sobre un territorio lleno de fosas comunes y que ahora, en Ucrania, el conflicto amenaza de nuevo y cualquier chispa puede encender el polvorín en el mismo lugar donde hace un siglo estalló la Primera Guerra Mundial y donde se llevaron a cabo las batallas decisivas de Crimea y Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial. 
Cuando uno camina feliz por las calles limpias de las ciudades europeas o viaja en tren de un lado para otro gozando una libertad y una seguridad al parecer sin límites, cuando disfruta del sol en parques, lagos, riberas fluviales, playas del Mediterráneo o mares nórdicos, o cuando observa las cumbres nevadas alpinas o recorre los valles del Danubio, el Rhin, el Duero, el Tajo o el Sena, olvida que este continente ha vivido en la guerra incesante y que en esos territorios hoy idílicos reposan decenas de millones de muertos provocados por conflictos endémicos. 
Me ocurre a veces, al pasearme por el Jardín de Luxemburgo o por las Tullerías en tardes soleadas, que despierto de repente de la placidez ambiente y siento angustia, pues no hace mucho, menos de un siglo apenas, reinaba el terror en todos estos lugares. 
Eso se ve en los miles de placas colocadas de manera discreta en muros y plazas de París, donde se conmemora a los resistentes muertos en combate o se ve en algunas escuelas actuales, que siguen funcionando en los mismos edificios sombríos desde donde los nazis se llevaron a miles de infantes y adolescentes hebreos o extranjeros para deportarlos a los campos de concentración nazis y asesinarlos con los métodos más atroces posibles inventados por Menguele, Goëbbels y Himmler. 
Hace apenas dos semanas las fuerzas del ultraderechista Frente Nacional --compuestas en gran parte por personas de ideas afines al neonazismo y al fascismo, sectores nacionalistas llenos de odio y con alma racista, muchos descendientes de colaboradores nazis o nostálgicos de la Guerra de Argelia---, se convirtieron en las elecciones europeas en el primer partido político de Francia, que obtuvo un triunfo profundo y devastador. Muchos de sus ingenuos votantes de hoy no saben lo que fue la guerra y la violencia de hace siete décadas apenas, en la cercana década del 40 del siglo pasado. 
A lo largo de todo el continente esos partidos de extrema derecha filofascista, agresivos, amantes de nuevos caudillos, crecieron de manera alarmante, haciéndonos recordar que algo parecido ocurrió en los años 20 y 30 del siglo XX, cuando desde Münich el joven caudillo Hitler inició su ascendente carrera para llegar al poder con el apoyo del pueblo, usando los métodos democráticos poco respetados por él, para conducir luego a su patria y a Europa toda a la mayor tragedia de su historia. 
Uno camina por esos parques, lagos y calles, uno siente y disfruta de esta paz milagrosa actual, pero no debe olvidar que en este momento esas fuerzas vuelven a crecer con lentitud segura y que es muy probable que un día no muy lejano retomen el poder e inicien desde las riendas del Estado la loca carrera del odio.
Así ocurrió en aquellos tiempos cuando la gente de bien tenía que huir de los chafarotes de Hitler y Mussolini, de las hordas airadas de los fachos en uniforme o de los pájaros de la intolerancia que solían hacer las famosas noches de los cristales rotos o de los cuchillos largos. Intelectuales judíos como el gran Walter Benjamin, quien en su huída hacia una Espana, también a punto de caer en manos de Franco, prefirió suicidarse antes que caer en las manos los chacales de la intolerancia. 
Esos caudillos gritones, vigorosos e infatigables que eran Hitler y Mussolini fueron adorados por el pueblo seducido por su discurso de odio y ese pueblo los eligió y los apoyó con entusiasmo mezclado al miedo, pero al final ese mismo pueblo seducido fue triturado por sus hordas y sus países se sumieron en una guerra que casi los borra del mapa. 
La frágil paz que vivimos está ahora amenazada. Pero hay quienes prefieren apostar al desastre de la débil democracia actual, como si fuera el único camino para una hipotética refundación de Europa, sin saber que cada día dan más poder a quienes ya fueron antes los heraldos del muerte.

sábado, 31 de mayo de 2014

DISNEYLANDIA EN VENECIA

Por Eduardo García Aguilar
Venecia sigue siendo la bella joya milenaria que nos recuerda el esplendor de un imperio comercial donde se originó el mundo moderno dominado por el capital mundial y la velocidad de la información y en cada uno de sus recovecos, laberintos, esquinas, puentes, pasajes, canales, se esconde el grito perdido de millones de fantasmas que vibraron desesperados tras el oro y la riqueza como objetivos últimos de la existencia.
En pleno siglo XXI, la ciudad de Giacomo Casanova y de La Muerte en Venecia de Thomas Mann se ha convertido en una agitada Disneylandia dominada por el ruido de las embarcaciones de motor que desplazaron a las góndolas y hacen vibrar los muros de los palacios en una incesante correría de histeria y agresividad por los canales sucios, donde solo importan el tintineo de la caja registradora y los flashes de los teléfonos portátiles.
Fue la primera urbe moderna desmesurada y si hoy impresiona recorrerla, si hoy nos golpea el alma y la mirada en medio de la romería humana, ya podrá uno imaginarse lo que sentía hace casi mil años el visitante casual, el diplomático, el marino, el militar o el inmigrante que llegaba a ese lugar en busca de trabajo y oportunidades.
Aquellos hombres de todos los orígenes esperaban en las antesalas del poder en el palacio de los Duques, junto a la plaza de San Marcos y la excéntrica Catedral construida con los mármoles, los caballos de bronce y las columnatas raptadas de países lejanos saqueados por su armada invencible, y mientras llegaba el ceremonioso funcionario enfundado en sus capas santinadas, tenían tiempo de sentirse aplastados y enmudecer ante los oros y las luces de los frescos, la diamantina luz de muros y portalones, la insaciable fuerza retorcida de muebles y estanterías, el lujo pertinaz de tapices orientales y vasijas y lámparas lagrimeantes de cristal de Murano.
París es un gran escenario reciente de pastelería decimonónica donde queda muy poco de la realidad medieval o renacentista. Allí lo más antiguo viene de los siglos XVII y XVIII y la mayor parte del siglo XIX, cuando el baron Haussman la arrasó para construir algo nuevo y uniforme surcado por avenidas y bulevares. Pero París, otra Disneylandia para turistas, es poco comparado con las huellas reales del esplendor veneciano, humedecido por las aguas y musgos que roen sus entrañas y cimientos.
Otras ciudades europeas comerciales postmediavales como Estrasburgo y Brujas sí conservan las viejas casas de vigas aparentes y los rincones que nos recuerdan los tiempos magníficos en que el pensamiento, el arte, la ciencia, la nueva filosofía de la era Gütemberg se iban fraguando en monasterios y gabinetes personales de sabios que desenterraban las ruinas del antiguo mundo grecorromano. Pero a su vez son pequeñas y escasas ante la grandeza de la ciudad de los canales.
Venecia lleva al máximo esplendor el testimonio de una Ciudad-Estado todopoderosa que enviaba sus naves a todos los puntos cardinales y recibía en sus muellles las mercaderías más lejanas para distribuirlas luego en el mundo occidental conocido. En sus astilleros se construían las naves más ágiles, complejas y veloces y se organizaban las más increíbles misiones comerciales financiadas por los ricos oligarcas que pululaban allí como hormigas atrayendo pintores, escritores, músicos, saltimbanquis, arlequines, aventureros, médicos, brujos, cortesanas, asesinos, marineros, militares, cardenales, espías e impostores.
En los lujosos gabinetes de los palacios, frente a las aguas del Gran Canal, se fundaron y se activaron los bancos y las aseguradoras más sólidas y longevas del momento, lo que garantizaba la seguridad de las misiones y la reproducción permanente del capital, ese fluido de riquezas registradas en papeles negociados en bolsas y cuya dinámica llega en nuestro tiempo a su máxima perfección y perversidad virtual.
Para que todo eso funcionara tenía que haber una escalofriante organización de gran relojería, donde los poderes eran expresión de fuerzas en pugna neutralizadas mutuamente.
Algunos duques fueron destituidos ipso facto o decapatidos, acusados de traición, y los centenares que se sucedieron a través de los siglos sabían que eran solo la punta de un iceberg donde su voz era la de una oligarquía colectiva, estratificada en diversas instancias de control, poseedora cada una de servicios de espionaje. Venecia fue la gran urbe de los espías y los policías: allí se perfeccionaron los métodos de control informativo que hoy dominan el mundo, convertido ya en una Venecia multipolar, una hidra de centros financieros que tiene decenas de cabezas poderosas en todos los continentes, cada cual más cruel y y devoradora que la otra.
Es probable que su esplendor arquitectónico, el despliegue obsceno de sus riquezas obnubilase a quien la viera por primera vez entre los siglos XIII y XVII, cuando comenzó su decandencia, pues su grandeza entonces era mucho más desmesurada de lo que pudo ser la de Nueva York en el siglo XX para los emigrantes que recalaban frente a la Estatua de la libertad, huyendo de la pobreza o las guerras.
Nueva York sería poco frente a esos palacios cubiertos de oro en filigrana y frescos y cuadros pintados por
los más grandes artistas plásticos del momento, Carpaccio, los Bellini, Bassano, Conigliano, Tiziano, Tintoretto, Veronese, Tiépolo o Canaletto, que siguen siendo hoy, medio milenio después, faros inevitables del arte de todos los tiempos.
Al lado de ese esplendor de élite también se escucha el grito de los muertos de la peste que llegó con las ratas en las naves provenientes desde Bizancio, capital del oriente cristiano tomada y perdida por los venecianos. Una peste implacable que devastó la ciudad y se extendió por toda Europa matando a millones y millones de seres humanos asfixiados por una neumonía universal y por las negras llagas pútridas.
De esa peste, de esa igualdad por la muerte, se desprende la frivolidad de los carnavales, donde los enmascarados rondan sin identidad alguna, salvo por la variedad retorcida de sus identidades secretas cubiertas de cínicas muecas de pesadilla. Ya en la decadencia de ese mundo surgió el gran Casanova, el hijo oscuro de la ciudad que nos relata sus aventuras en su relato de una vida picaresca iniciada desde abajo, en la ilegitimidad de nacer junto a los escenarios del vientre de una comediante callejera.
De todo ese murmullo milenario solo quedan los espectros en medio de una Disneylandia del siglo XXI para millones de turistas, muchos de ellos oligofrénicos; queda solo la velocidad de los barcos motorizados que desplazaron a las góndolas; las tiendas de lujo, los sitios de comida rápida, la música industrial para fugaces turistas japoneses o chinos y el griterío infinito de quienes cruzan en un abrir y cerrar de ojos este inmenso parque recreativo que se hunde bajo la velocidad del oro, el agua, el líquen y la nada.
Pero aun así, entre el asco de las callejuelas atestadas de gente como sardinas, el visitante lúcido que llega a ella temblando entiende que entre las ruinas escondidas sangra la historia y la noche de una humanidad que sigue su camino quién sabe hacia donde.
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*Publicado en Excélsior. Expresiones. México D. F. Domingo 1 de junio 2014.

martes, 27 de mayo de 2014

MEXICO 19 DE SEPTIEMBRE: UNA VARIEDAD DE LA MUERTE

El escritor colombiano Eduardo García Aguilar (1953, Manizales) vivió entre nosotros más de 15 años.  En esta crónica sui generis, García Aguilar mezcla magistralmente el mundo interior de la creación con el terror y el pasmo causados por el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Todo el mundo tiene su historia de “El Temblor”, pero ésta es muy especial. En primer lugar porque se aprecia el amor con que “ojos extranjeros” pueden aprehender a México, y también porque fue escrita el mismo día de aquella primera sacudida del jueves. Además, apareció casi enseguida en el periódico Unomásuno, que estableció un precedente para la crónica moderna en México, gracias –sobre todo– a Huberto Batis. La novela más reciente de Eduardo García Aguilar se titula Tequila coxis, y gran parte se desarrolla en esta “Casa de las Brujas”, en el Centro Histórico y también en la colonia Santa María la Ribera. (Sandro Cohen)

                                                    
HACE MUCHOS AÑOS, cuando era niño y sólo veía películas mexicanas en los cines de una sísmica ciudad de los Andes, Manizales, me forjé una imagen de la Ciudad de México ligada a los edificios de la colonia Roma. Hace cinco años, cuando llegué a esta ciudad para vivir en ella, caminaba con mucha frecuencia por esas calles que, frente a la arrolladora modernización de la urbe, pervivían como recodos de un pasado de glorias y fracasos, de poesía y de muerte, de monumentalidad y de misterio. Solía sentarme en una de las bancas de la Plaza de Río de Janeiro a contemplar el castillo de ladrillo rojo, situado frente al antiguo Colegio de México, en la calle de Durango, en la intersección con Orizaba. Muchas veces, frente a la fuente del David de Miguel Ángel soñé con vivir en ese Castillo de Brujas, hecho de chocolate y cartón. Muchos amigos me consideraban loco: ése sería, según ellos, el primer edificio en derrumbarse durante un temblor fatídico.
Pasaron cuatro años y el azar y la amistad me condujeron a habitar uno de esos apartamentos, el que da a la esquina, y a donde el sol de los atardeceres llegaba silbante. Desde sus ventanas vi extrañas granizadas, aguaceros de sueño, ventarrones, tolvaneras, niños jugando con sus madres sobre el césped como salidos de una película legendaria, mil enamorados besándose y tocándose detrás de las bancas o junto a los árboles, el griterío de los estudiantes y de los boy scouts, el paso cotidiano de las niñas vestidas con uniforme azules y cofias rojas. Oí también el sonido de los camoteros, el ulular nocturno de una sirena, el diálogo de una pareja que se escapaba de la lluvia, la voz de los amigos.
El México de esas calles era el país soñado desde la infancia y no lo cambiaba por otra zona, pues en la Roma podía sentirme a comienzos de siglo: esta época me parece sin grandeza. Frente a los viejas edificaciones de ladrillo rojo y gris, pero adornadas con el encanto de una nostalgia parisiense, la colonia Roma me fue poseyendo: tomando café en la legendaria Bella Italia, comprando cotidianamente el periódico en la esquina de una iglesia, visitado los bazares, los anticuarios, los mercados sobre ruedas, o las extrañas tiendas escondidas al interior de una construcción que parecía un pastel de fantasía.
En poco tiempo me había vuelto un hijo de la colonia Roma. La de hoy y la de ayer que ya no existe, pero que yo percibía en mi interior y que soñaba despierto. Por eso las calles de Vasconcelos, de Novo, de Fuentes o Pacheco, me fueron aun más familiares que las lejanas de Bogotá o Manizales, ciudades de los Andes. Allí, viviendo lo que parecía el lustro más trágico de la historia mexicana, soportando los embates de una crisis terrible, no sabía que desde el fondo de la tierra hundiéndose entre las cavernas subterráneas, el viento oculto de guerreros temibles se preparaba a silbar la tramontana de la noche.
El 18 de septiembre escribí hasta muy tarde. Sentí algo extraño, un desosiego, un temor que plasmé allí hablando de abismos ocultos en donde un guerrero había caído. Sentí el viento nefasto de las concavidades geológicas, el líquido, el magma asesino de las rocas, la profunda oscuridad de los desiertos subterráneos cubiertos de musgo y de estalactitas y sobre la página blanca, misteriosamente, hablé de aves negras sin ojos que revoloteaban en el aire humedecido de la noche eterna. Sentía algo adentro, como un pulpo violeta. Fuerzas extrañas llegaban a mí y me anunciaban algo. Las aves negras tocaron mi corazón aquella noche.
Siete horas después me despertó el terrible terremoto. Tomé en brazos a mi hija de un año y salí hasta la sala. Los tres nos colocamos debajo de la arcada. Nos mecíamos. De repente sentí que el edificio se hundía, y que se iba para atrás, arrastrándome hacia las concavidades subterráneas. Luego vi una grieta formarse como la raya del diablo y oí el espantoso crujido de la tierra, el atronador sonido de vidrios y paredes vivas, el chillido de los trasformadores acompañados de las chispas de Luzbel. En ese momento, frente a mi mujer y con la hija entre los brazos, creí que todo había terminado. Traté de abrir la puerta: estaba atrancada entre los muros. Imposible abrirla. Al frente la calle lejana, imposible. Moríamos. Todo parecía gris. Afuera alcanzo a recordar el silencio de la muerte. Todo se detiene. Logramos escapar por la puerta de la cocina y somos los primeros en salir a esa Plaza Río de Janeiro.
El texto que escribí siete horas antes, el hombre que caía a los abismos subterráneos se refugiaba en esta plaza frente al David de Miguel Ángel y solitario veía llegar el tropel de unos alazanes blancos que llevaban a un continente lejano situado junto a una cordillera. Tal vez nadie me lo crea. Las hojas están ahí y harán parte de una novela. La literatura también puede ser premonitoria. A través de ella la pesadilla se me había revelado. Los caballos blancos que se detienen a beber en la fuente de David fueron los que nos salvaron de la muerte a mí y a los amigos, a mí y a los míos. Los edificios modernos de los alrededores están caídos o cuarteados; el Castillo de las Brujas sigue ahí incólume, con grietas, sí, pero como milagroso y absurdo testimonio del pasado de México. Cómo él, otros dos edificios de ladrillo rojo, construidos en 1910 y 1912, están de pie. Los condominios de la técnica moderna se vinieron abajo.
Hoy he vuelto a la colonia Roma devastada. Ya es mi colonia Roma. No es sólo de Pacheco o de Fuentes o de los vampiros. Yo nací aquí en estas calles por donde deambulo. Obregón, Zacatecas, San Luis Potosí, Orizaba, Durango, Tabasco, Córdova, Puebla. Mis calles. Mi México. Percibo el olor de los cadáveres. He visto las banquetas cuarteadas, la soledad de los damnificados, me he vacunado contra el tétanos, aunque sé que no importa. He visto al Castillo solitario.
Una anciana inquilina no quiere abandonar el edificio. “En 1939, me dice, mi viejo y yo pasábamos por aquí y nos pareció hermoso este castillo. Había mozos prestos a tomar las maletas, ascensor, una fuente de peces dorados. Fue nuestro primer apartamento y vivo aquí desde entonces, desde hace 45 años; aquí nacieron mis hijos”. Va por agua.
Subo las escaleras. Ya no es lo mismo: las losas, las plantas, las paredes están tristes, los objetos no mienten. Entro y recorro el apartamento. Lo veo más gris que nunca. Voy al estudio que da a la esquina del parque, y saludo a los amigos desde la ventana. Ya nada es ni será lo mismo. Ese pequeño idilio con el parque ha desaparecido. Las enfermeras cruzan lentamente junto al David ileso. Algunos ancianos de bastón miran los otros edificios, como el de la curia, que amenaza con desplomarse. Hay carpas y colchones. Automóviles que ofrecen comida o refrescos. Salgo con dos maletas y esta máquina de escribir verde. Camino dos cuadras y tomo un taxi. Siento que todo ha cambiado. Ni esta colonia ni yo seremos iguales. Estamos definitivamente desterrados. El 19 de septiembre, los que nos salvamos de milagro en la colonia Roma, volvimos nacer. Lo que en cierta forma es una variedad de la muerte.

domingo, 25 de mayo de 2014

EL CÓMICO BEPPE GRILLO EN VERONA


Por Eduardo García Aguilar

El cómico euroescéptico Beppe Grillo no logró el esperado primer lugar en las elecciones europeas italianas del domingo 25 de mayo, pero quedó posicionado como el primer partido de oposición detrás del Partido Demócrata (PD) de centro-izquierda del joven Primer ministro Matteo Renzzi -que lo dobló en votos-, y muy por encima del de Berlusconi (derecha) y la Liga del Norte (extrema derecha). Reproduzco esta crónica sobre la curiosa manifestación de Grillo el domingo 18 de mayo en Verona, junto al coliseo romano de esa ciudad, en la Plaza Bra.


Muchas cosas se pueden decir de Verona, ciudad del amor donde murieron Romeo y Julieta y cuyas calles son inolvidables por la belleza de sus monumentos, vericuetos y rincones milenarios. Se puede hablar del Coliseo de tiempos del Imperio Romano o de la puerta de Claudio, joya intacta desde hace dos milenios, que nos maravilla al cruzarla bajo el sol de mayo, con el sabor del vino nocturno en la boca.
Se puede hablar de los palacios y torres construidas por notables familias del alto medievo, como los De Stella o las casas conservadas de aquellos tiempos del amor, cuando los Capuletti se enfrentaban a la familia rival y cuyos hijos se murieron de amor por un malentendido de tragedia. Se puede hablar de sus calles, de las ramas flotantes, de cercanas cumbres y lagos desde donde mana un aire puro lleno de aromas inconfundibles a naranjo y magnolio, a pino y lavanda.
Se puede hablar de los cantantes en las plazoletas y de la deliciosa culinaria que humea en las mesas de los restaurantes donde se preparan todas las variantes exquisitas de la pasta italiana. Se puede hablar del Valpoliccela o el Bandolino, vinos que desde siempre alegran el paladar y el cerebro de los habitantes y los visitantes de todo el mundo que acudimos a sus brazos para maravillarnos con el arte insuperable y su grandeza, que a veces desentona con la mediocridad gubernamental y el caos reinante desde hace tiempo.
Pero no, no vamos a hablar de todo eso, pues el azar hace que me encuentre ahora en la Plaza Bra llena de gente en espera de la llegada del gran fenómeno de la política de este país que parece una bota flotando en el mediterráneo y cuyas tierras están siempre cerca del mar o de las montañas, de la vid o de la nieve perpetua.
Beppe Grillo es ahora el hombre más famoso de Italia, y desde hace poco se ha convertido en la sorpresa nacional: un payaso inteligente que fue capaz de sacar de facto al otro gran payaso Berlusconi, el llamado Cavalieri, que tuvo presa mucho tiempo a Italia con sus artimañas, sus escándalos e irresponsabilidad neroniana.
Grillo habla ahora desde el poder electoral con todos los sepulcros blanqueados, corruptos, tramposos, delincuentes, mafiosos, de quienes se burla y a quienes fustiga con asombrosa inteligencia, como el representante de la gente honesta del pueblo, del hombre o la mujer comunes y corrientes que trabajan y luchan por sobrevivir en medio de la crisis sin mentir y sin robar a nadie.
"Se ve, se siente, Beppe Grillo está presente" parecen gritar quienes preparan el terreno para su llegada a la plaza central de Verona. Todo Italia lo sigue: los diarios, la televisión, la radio, la calle, los restaurantes, los bares, porque otra vez el payaso puede sorprender en las elecciones europeas de este 25 de mayo, cuando logre llevar decenas de diputados al Congreso Europeo que legisla en Estrasburgo. "No voten por un bufón", exclama el joven Primer ministro italiano Mateo Renzzi. Los payasos no pueden ir a representar a Italia en el Congreso europeo, agrega este brillante político recién entronizado, a quien Beppe Grillo quiere tumbar en las urnas.
El cómico genovés es el gran fenómeno electoral italiano y su fuerza ha cambiado el panorama, convirtiendo al suyo en el principal movimiento disidente y amenaza concreta para los partidos tradicionales en las elecciones locales y europeas, en las que arrastra millones de votantes alegres y seducidos por su inteligencia antisolemne.
Surgido del pueblo decepcionado de sus representantes, el Movimiento Cinco Estrellas logra llenar ampliamente las plazas de gente rebelde que goza con las inteligentes ocurrencias del humorista, el payaso, el bufón, el arlequín, inscrito en la tradición italiana, pues el propio Berlusconi y mucho tiempo antes Mussolini o Nerón escandalizaron o fueron populares gracias a su histrionismo.
Mientras en el resto de Europa la indiferencia es creciente en materia electoral, la Plaza Bra de Verona se encuentra ya repleta de gente entusiasta, que espera la llegada del héroe del one man show, un intermitente de la escena que hace apenas poco trabajaba como loco para subsistir y ahora es tan importante, que estremece y tiene a sus pies a los poderes y hasta el Papa.
Grillo es un sesentón alto, de melena canosa, ágil, versátil, elegante y bohemio y sexy como son los italianos. Va de un lado para el otro del escenario sorprendiendo a cada instante con una ocurrencia, pero ahora en Verona, la ciudad del amor donde murieron Romeo y Julieta, la bella y antigua ciudad romana, medieval y renacentista, irrumpe en el escenario ante los aplausos de personas de todas las edades, gente que no tiene nada que ver con la extrema derecha sino que en apariencia lo sigue para darle una tunda a un sistema estancado que sume en la crisis permanente a esta Italia extraordinaria, tierra alegre donde la hermosura y el buen gusto brota en cada esquina, natural, como en una permanente comedia veneciana.
Lo vimos en el escenario y todos disfrutamos de su humor durante dos horas, admirados por la pertinencia de sus sarcasmos a todos los sectores del sistema, y el talento oratorio que lo hace sabio y claro al hablar de los problemas nacionales: economía, ecología, mafia, corrupción, viejos, jóvenes, mujeres, agro, industria, política exterior.
Beppe Grillo es una fuerza inagotable de gracia. Ese Beppe, el payaso hermano al que acusan de populista o irresponsable, pero que es un hecho imparable.
Su discurso ha terminado y la Plaza Bra recobra su fiesta dominical junto al follaje ondeante, los artistas de la calle y las tabernas alegres donde corre el vino como el agua del Adige, río local que viene de Los Alpes y junto al cual se besaron hace mucho Romeo y Julieta.

sábado, 3 de mayo de 2014

EL CREPÚSCULO DE LOS LIBERTINOS

Por Eduardo García Aguilar
Hubo un tiempo en que el deseo, el cuerpo y la sexualidad desbordados de la humanidad se explayaban en las artes y las literaturas en boga de los tiempos idos: en las ilustraciones de las vasijas griegas donde todo tipo de acoplamientos eran permitidos, en los templos de Kajuraho, en los frescos priápicos de Pompeya, en las cerámicas prehispánicas y en las tumbas de los viajeros al más allá, pobladas de tótems fálicos o vaginales.
En las tumbas del Tlakamakan, donde se descubrieron momias espectaculares de indoeuropeos de hace más de 4.000 años, perfectamente conservadas, perdidas en los desiertos extremo-occidentales de la actual China, los cuerpos de las beldades y los varones que viajaban con ellas hacia la eternidad estaban rodeados de símbolos y objetos sexuales que los acompañaban para siempre, en una plegaria comprensible de fertilidad.
Muchas obras escritas en los más lejanos tiempos nos hablaban de esa fuerza ineluctable de la carne, como lo prueban los poemas de Safo o los escritos pornográficos de Petronio o Aretino y después, en los  tiempos de la Ilustración, las variadas obras de los libertinos dieciochescos encabezados por Restif de la Bretonne, el Marqués de Sade o Giacomo Casanova, que fueron censuradas o guardadas en secreto en los gabinetes ocultos de las bibliotecas, incluso la del Vaticano.
Un recorrido por los museos del mundo nos comunica la belleza indescriptible de los cuerpos humanos desnudos en el mármol, como ese hermafrodita dormido que yace en el Louvre, o el Herakles, o la Venus del Milo, o los apolos, hércules, dionisios, sátiros Marsyas que sorprenden, o en los templos interminables de Kajuraho y otras localidades de la India, donde el acto sexual se describía en todas las posturas por medio de una plástica en que cada una de las escenas circulares y en espiral, talladas en la piedra, eran distintas y variadas hasta el infinito de la concupiscencia milenaria.
Allí en ese bosque de amor y deseo, en esa selva de pasión devoradora, las figuras pornográficas de Kajuraho se entrelazan, se besan, se penetran, cabalgan entre ellas con la flexibilidad acuática de los cuerpos bien formados de hembras y varones, ataviados para el efecto con las mejores prendas coloridas, sus pieles cubiertas por aromáticos ungüentos en medio del olor del sándalo que arde bajo el magnífico sol de las tardes orientales.
En la escritura el amor y la carne han propiciado los textos más intensos, como los poemas de Propercio donde Cynthia la infiel e indiferente es grabada para siempre en la palabra furiosa del poeta despechado y milenios después en la Balada de la cárcel del Reading,  donde Oscar Wilde purgó prisión por el amor de un muchacho en medio de la puritana sociedad de su tiempo, o en los poemas y locuras de Verlaine, seducido por la belleza adolescente de Rimbaud, que lo enloquece tanto hasta el punto de lanzarle un disparo.
Y en las aventuras del Ramayana y el Mahabarata de la India o en el Antiguo Testamento de la Biblia misma, o en la tragedia griega encabezada por Edipo, todos los desbordes eróticos son permitidos y los dioses y los reyes y los viejos o los jóvenes se ven implicados en  historias de incestos e infidelidades, de traiciones y abandonos, como si fuesen telenovelas en  serie cuyo culmen fuese Romeo y Julieta de Shakespeare.
El motor de las obras plásticas o literarias de la humanidad ha sido siempre el deseo, el cuerpo, el coito, la insaciabilidad del ser, el enamoramiento que corroe cuerpos y almas hasta el último suspiro como en las obras de Santa Teresa o Sor Juana, Yasunari Kawabata o Yukio  Mishima, en los poemas del gran griego-alejandrino Cavafis, plenos de erotismo homosexual, o en las Memorias de Adriano de Margerite Yourcenar, donde la gran autora belga cuenta el amor de Adriano por un efebo al que quiso convertir en Dios.
Y esa, para mencionar solo a algunos franceses, es la energía que lleva a la perdición de Madame Bovary, enloquecida por los cuerpos de los amantes que la llevan al suicidio o la locura pasional de los  personajes de Stendhal, cuando no en las peripecias finiseculares de Barbey D'Aurevilly en Las Diabólicas o en la incesante copulación contemporánea de Pierre Guyotat, Catherine Millet, Christine Angot o Virginie Despentes.
Pero esas literaturas y artes libertinas o pornográficas han perdido  terreno en una sociedad puritana que cierra cada vez más las puertas a esas expresiones y controla con la autocensura toda posibilidad de ir al extremo, convirtiendo el erotismo en la caricatura soft porn de Los cincuenta matices de Gray de E. L. James o en una literatura de escándalo neurasténica, que  más pareciera asustar improbables monjas del siglo XIX, que abrir la fuente de la pasión.
Las literaturas y las artes libertinas asustan en el siglo XXI, por lo que la novela en boga parece ceñirse casi toda a unas reglas donde el cuerpo está contenido, encadenado a las leyes del desenlace y la trama asexuados para el consumo y las artes contenidas ante la posibilidad de  que los nuevos fanatismos, cristianos o islámicos, las impugnen por medio de  agresiones o manifestaciones, como ocurrió con las fotografías sacrílegas del estadouninense Serrano o la crítica y censura generalizadas ante las  Memorias de mis putas tristes, última obra del senecto Gabriel García Márquez. Por lo que la Biblia sería hoy más erótica que la trilogía de E. L. James, que se vende como best seller en todas las librerías de los aeropuertos y los supermercados del mundo.
* Publicado el domingo 4 de mayo de 2014 en Expresiones de Excélsior. México D. F.

sábado, 26 de abril de 2014

LA REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES EN PORTUGAL


Por Eduardo García Aguilar
Hace 40 años un grupo de jóvenes capitanes y coroneles lusos apoyados por el pueblo asfixiado derrocaron una larga dictadura portuguesa de medio siglo que dominó por la fuerza y el terror el gran país de Marco Polo, Luis de Camoes y Vasco da Gama, al lado de la vecina tiranía española del general Francisco Franco, construida sobre fosas comunes llenas de republicanos.
A lo largo del siglo XX los dos grandes países ibéricos vivieron bajo el terror sangriento y centenares de miles de habitantes perseguidos tuvieron que huir a las Américas y a distintos países europeos como Francia, Inglaterra, Alemania y Suiza, donde constituyeron una mano de obra barata y sumisa.
En las ciudades europeas los portugueses se desempeñaron como obreros, albañiles y en especial porteros de edificios y en el campo como trabajadores agrícolas y recogedores infatigables de cosechas. Y era  común verlos al lado de españoles en los cafés, con sus típicas boinas, discutiendo en  las tardes lluviosas, después de largas jornadas laborales, sobre temas afines a los exiliados, a veces bajo las melodías del triste fado musical de la saudade, esa extraña tristeza que es el emblema nacional de la tierra de Fernando  Pessoa.
Las mujeres vestían de negro y las viejas llevaban un luto triste y milenario. Alguna vez, por esas fechas, cuando era solo un muchacho colombiano recién salido de la adolescencia que emprendía las primeras horas de la errancia en Europa, una señora que escuchó mi acento me abordó y me contó como una abuela adoptiva y nueva las tragedias de su pueblo.
Eso ocurrió cerca de los grandes y lujosos almacenes cercanos a la estación de trenes de San Lázaro, al lado de las Galerías Lafayette y la tienda Printemps, repletas entonces de consumidores felices cuando  aun había mucho dinero y prosperidad en la tierra del general De Gaulle, en el crepúsculo de las  "tres décadas gloriosas" de prosperidad en la posguerra.
Tal vez ella esperaba ahí a que saliera su marido o el hijo de los sótanos del trabajo al terminar el turno y en la espera, en esa primavera de 1974, le contaba al joven colombiano de ultramar la  pesadilla vivida por su pueblo y la esperanza súbita del cambio con la Revolución de los claveles.
No olvido a esa mujer salida de una península ibérica arcaica, sumergida en un largo medioevo de tristezas después de siglos de esplendor y conquistas lejanas, esa mujer toda vestida de negro y con  una mantilla sobre el cabello, esa mujer con cejas pobladas y ojos negros, de una  palidez espectral y una tristeza esencial salida de un cuadro de Goya.
Se concretó en ella para mi el pasado de una dictadura infernal y el instante de una revolución primaveral llena de claveles rojos. A través de su voz dulce supe lo que pasaba no lejos de Francia, frente al Atlántico,  en ese país que fue un gran imperio en el mundo conocido antes del descubrimiento  de América y cuyas naos y barcos recorrían los mares hacia el oriente lejano en proezas  relatadas en las imprescindibles Historias trágico-marítimas, escritas por viajeros perdidos y náufragos.
En aquellos años 70, cuando todavía reinaba la guerra fría y recién se había bombardeado en septiembre de 1973 en Chile el Palacio de la Moneda para sacar del poder al socialista Salvador Allende, la Revolución de los claveles portuguesa surgió como un movimiento de esperanza en una Europa que construía con lentitud la Unión Europea y buscaba apenas la moneda única.
Los coroneles en vez de balas esgrimían claveles y las fotos que llegaban de Lisboa y otras ciudades nos ilusionaban a todos los estudiantes con ese símbolo florido muy antiguo y muy moderno. Pocas veces se ha visto una revolución llena de flores de diversos colores, una lucha contra la tiranía que en vez de sangre  regaba pétalos. Varios amigos dejaron las aulas para viajar allí y ver de primera mano una revolución en curso.
Su ejemplo siguió vivo al celebrarse multitudinariamente el viernes aquella jornada inolvidable en las calles de Lisboa, pero ya con aquellos jóvenes capitanes y coroneles envejecidos y decepcionados por la crisis y la austeridad vivida por el país, aplastado bajo la tutela del gobierno europeo instalado en Bruselas y que legisla desde Estrasburgo.
Portugal es una democracia, eso es cierto, pero el sueño europeo se derrumbó hace ya un lustro cuando el país entró en quiebra y fue obligado por las autoridades multinacionales y el Fondo Monetario  Internacional a aplicar las más drásticas medidas de austeridad que también se impusieron a Grecia, la cuna de la civilización.
Han pasado 40 años, y otras luchas siguen pendientes: las fronteras poco a poco desaparecen y los gobiernos de los países solo son marionetas de poderes monopólicos, oligárquicos y mafiosos ocultos que dictan la ley desde la sombra.
Como nunca los grandes capitales peregrinos reinan sin enemigo a la  vista bajo la amenaza de las guerras e imponen la austeridad por todas partes, ahogando la esperanza en países que antes fueron ricos. Esperemos que las luchas contra esas injusticias contemporáneas de la plutocracia sean hechas con  flores y no con armas y que los pétalos de las rosas y los claveles vuelvan a acelerar la historia con gritos de solidaridad y fiesta.

sábado, 19 de abril de 2014

ÚLTIMA TARDE CON GARCÍA MÁRQUEZ



Por Eduardo García Aguilar
La última vez que vi a Gabriel García Márquez fue en diciembre de 2003 en la Ciudad de México. Antes, en 1994, había estado con él en una larga tarde de charla en su preferido restaurante André, de Coyoacán, junto a los escritores colombianos William Ospina y Fernando Herrera, y en otras ocasiones en la casa del poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, en la presentación de la novela "Un bel Morir" de su amigo y hermano Álvaro Mutis, o en la Universidad Nacional Autónoma de México, cerca de la casa de la calle Fuego del Pedregal de San Ángel, donde vivió casi medio siglo y en la que murió el jueves.
Para cada colombiano, estar con García Márquez era ver en persona al padre de la patria, un Víctor Hugo personal que nos iluminó en la adolescencia; pero ese padre de la patria fue para todos quienes conversamos con él la persona más sencilla, jovial y antisolemne que se pudiera encontrar, el muchacho pobre nacido en la Costa Caribe colombiana, cerca del mar, de los carnavales de Barranquilla y de las plantaciones de la Compañía Bananera donde hubo una masacre; el emigrante pobre confundido con argelinos en el París de fines de los años 50 o el viajero que llegó a México con esposa e hijo y unos cuantos dólares viajando en buses Greyhound, después de renunciar a su trabajo en la agencia cubana Prensa Latina en Nueva York.
Su sentido del humor era tan certero, que cuando le dije una vez con temor que la película Edipo Alcalde basada en uno de sus guiones, que acababa de estrenarse con bombo y con su apoyo en México, era una película fallida, me respondió, mientras conducía impasible su viejo automóvil gris por Miguel Ángel de Quevedo, que entonces la culpa no era de él sino de Sófocles.
Esa última vez me dio cita en la legendaria cafetería de la librería Gandhi, de la avenida Miguel Ángel de Quevedo, oficina de todos los escritores y lectores de México, desde Augusto Monterroso a Elena Poniatowska, y llegó puntual como siempre y se instaló como si estuviera en su casa. Habló con elogios del recién galardonado Premio Nobel J. M. Coetzee, cuya obra admiraba, y con malicia miraba hacia las otras mesas donde jóvenes muchachas leían o preparaban sus tareas escolares, tal vez sobre Cien años de soledad, sin saber quién era el viejo convive de la mesa de al lado. El fotógrafo mexicano Pascual Borzelli estaba ahí por casualidad y le tomó una foto con los meseros.
Cuando salimos para pasar a los grandes espacios de la librería más grande de México, una empleada vino corriendo para asegurarse de que el señor que se marchaba con un bulto de periódicos bajo el brazo no se había robado un libro. Le expliqué que se trataba del Nobel Gabriel García Márquez, pero la muchacha no pareció inmutarse.
García Márquez observaba con estupor la escena. Una de sus amigas colombianas de México aseguraba que al escritor, en sus años de mayor gloria, le gustaba verificar el nivel de su popularidad en las colas de cine, en los aviones o en visitas sorpresivas a restaurantes y librerías.
En la acera de enfrente sin embargo se formó la barahúnda. De todas partes salía gente con libros suyos en busca de una dedicatoria y una indígena que vendía dulces sentada en el suelo con un bebé en los brazos le pidió un autógrafo. Pero el Nobel se lo negó, aduciendo que solo firmaba en libros para evitar el comercio de autógrafos sueltos.
Entró al recinto y los libreros de la Gandhi se agitaron, invitando a los clientes a que compraran sus libros y buscaran la firma.
Se formó una cola larguísima, frente a la cual se colocó el Nobel de pie y muy erguido, para firmar durante más de una hora. A cada cliente le dedicó alguna broma y después bajó ágilmente las escaleras para encontrase de nuevo el ajetreo de la calle, donde los vendedores de baratijas se peleaban para darle un regalo, cualquier cosa, una bolsa, una muñeca o un dulce. Lo tocaban como si fuera un amuleto. Unos ambulantes jóvenes le regalaron con veneración una billetera con motivos indígenas.
Y finalmente desapareció en un taxi por las avenidas del sur de México, no lejos de donde escribió Cien años de soledad en una casa modesta, luchando para pagar las deudas, y donde vivió más de medio siglo, lejos de su natal Colombia pero muy cerca del imaginario Macondo que lo vio nacer y lo acompañó hasta el último suspiro.
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Publicado en el blog Focus de la Agence France Presse. París. Viernes 18 de abril de 2014.


 * Fotos en blanco y negro del fotógrafo mexicano Pascual Borzelli Iglesias, realizadas en 2003 en la librería Gandhi.
* Foto a Color de GGM, Fernando Herrera, William Ospina y Eduardo García Aguilar, en el restaurante André de Coyoacán, en 1994, realizada por Jorge Sánchez. 
Publicado en el blog Focus de la Agence France Presse. París. Viernes 18 de abril de 2014.


sábado, 12 de abril de 2014

EL AIRE MÁGICO DE LOS ALPES BÁVAROS

Por Eduardo García Aguilar
Con frecuencia uno olvida la fortuna de haber nacido en las altas montañas de la cordillera colombiana, cerca de los volcanes. Durante la infancia y la adolescencia, al madrugar para ir a la escuela o al colegio, muchos días nos recibían con la imagen nítida de las montañas nevadas iluminadas por el sol y, desde las alturas, la ciudad recibía siempre aire fresco, vientos y lloviznas provenientes de aquellas cumbres.
Las enormes montañas de las cordilleras andinas son impresionantes y a veces dan miedo por su imperiosa magnitud. Pero en todo ese entorno natural, lo más notable es el dominio del agua y su sonido cuando se desprende por torrentes, riachuelos, cascadas, ríos cristalinos que bajan raudos sobre lecho de piedras teniendo como escenario de fondo las montañas nevadas.
Lejos de esas cumbres impresionantes, en otros lugares del planeta, uno se acostumbra a las planicies y a muchas capitales que no tienen enormes cumbres cercanas, aunque sí ríos que son claves para su identidad y vienen desde lejos, por ejemplo de los Pirineos o los Alpes, y en Estados Unidos de otras montañas centrales desde las cuales se desprende y caracolea el río nacional Mississipi.
Cuando no había tanto peligro para andar por bosques o riachuelos entre cardúmenes de niños aventureros,
el sonido permanente del agua que fluye sobre rocas y piedras queda para los nativos de las cumbres como marca interna de venas acuáticas que guían siempre en secreto en las aburridas planicies donde se sitúan muchas ciudades y capitales sin montes ni cordilleras.
Por eso, para volver a esa infancia perdida de las cumbres andinas donde crecimos, nada mejor que acudir a las alturas de los Alpes bávaros, que se yerguen pétreos hacia las más grandes alturas en la confluencia de varias fronteras: Austria, Bavaria, Italia, Suiza, Francia.
Aquella zona geológica es como en los Andes una prueba de grandes conmociones tectónicas catastróficas ocurridas a lo largo de miles de millones de años. Crestas, picos, hondonadas, precipicios, barrancos, lagos y lagunas atestiguan los viejos tiempos de las glaciaciones y los deshielos que dieron personalidad a esta zona llena de lagos secretos de todos los tamaños adosados a las altas cumbres.
Como en toda región montañosa, la vitalidad meteorológica es mucho más enérgica y caótica e imprime velocidades impresionantes a las nubosidades. A diferencia de los lugares planos que a veces permanecen  cubiertos por una lápida monótona de nubes bajas, en las tierras con cumbres borrascosas como estas, las nubes van y vienen propulsadas a merced de los vientos y cuando reina la sombra de repente se abre el cielo y el sol crepuscular golpea con fuerza las rocas de donde mana un olor rojizo de extraños visos óxidos.
He venido a rememorar los ámbitos andinos en Garmish-Paternkirchen, en  la frontera ocidental con Austria, y a solo 30 km de Italia, que hace 2000 años fue asentamiento romano y después centro de encuentro de los viajeros que iban y venían de Venecia y otras ciudades con sus  mercaderías. Una ruta de viajeros del norte europeo hacia el sur mediterráneo y  viceversa desde hace milenios.
A un lado está la montaña más alta de Alemania, la Zugspitze, y al otro el Alpspitze, enormes picos de piedra que impresionan y por donde caminó el hombre de Smilaun, muerto hace 5000  años en estas alturas y cuya momia fue encontrada hace más de una década con sus atavíos, flechas y pertrechos y está expuesto a la vista no lejos de aquí, en Austria.
He bordeado como ese hombre prehistórico el estrecho cañón del  Partnachklamm, tallado en millones de años por el torrente, donde resuena el agua de la quebrada y de las cascadas que en primavera son agua transparente y en invierno figuras petrificadas de hielo de todos los tamaños y formas. Es tan estrecho el camino, que la luz apenas se cuela cien metros arriba entre los muros de piedra, iluminando ámbitos donde resuenan los ecos de las voces de Hansel y Graetel.
Porque para entender a la generación del romanticismo alemán de Goethe, Von Kleist, Hölderlin, Novalis y otros, hay que venir a palpar y caminar entre estas verdades geológicas que ellos caminaron como  apasionados montañistas y ecologistas antes de que apareciera la ecología y que, además de poetas, se desempeñaban como geólogos, botánicos, entomólogos, paleontólogos, meteorólogos y buscadores de la famosa flor azul, el Edelweiss.
Lo increíble de esta confluencia alpina es que recobro en ella el musgo, el líquen y los helechos de la infancia y en la noche las miles de luciérnagas desbocadas bajo los pinos y los cipreses. Es la misma selva templada de la infancia, los mismos ángulos y humedades los que aparecen al otro lado de la tierra, hermanando así a los Andes y a  los Alpes en su roca, aguas y aires.
Y más allá, ya fuera del cañón de Partnachklamm, la cumbre del  Sugspitze entera se refleja en las aguas de la laguna fría de Eibsee y desde lejos el sol crepuscular lanza destellos contra esa piedra colosal,  convirtiéndola en cumbre roja de tizón de fuego. Excepcional coincidencia que trae suerte a los caminantes o al menos eso creen los enanos, las brujas, las hadas y los elfos que pueblan estas estancias de sueño.

martes, 8 de abril de 2014

MAGNITUD DEL GRAN GABO

Por Eduardo García Aguilar
Apenas se supo el jueves la noticia de que el Premio Nobel Gabriel García Márquez estaba hospitalizado en la capital mexicana, todas las agencias internacionales, AP, AFP, Reuters y EFE, entre otras, dieron alertas y difundieron con amplitud la noticia a todos los puntos cardinales y en las principales lenguas.
De repente, el estado de salud de García Márquez, aunque no era grave, revelaba a todos la magnitud y el rango literario adquirido por este escritor surgido desde las raíces más populares de la costa caribe colombiana, reino de la cumbia, el vallenato, el baile, los carnavales y el sol.
La prensa en masa rodeó el hospital en espera de noticias como si se tratara de un verdadero rock star y no era para menos, pues el escritor se convirtió en su tiempo en el símbolo máximo del continente latinoamericano, cuando Europa y el mundo vibraban todavía con las esperanzas revolucionarias generadas por Cuba y la figura crística del mártir Che Guevara y por otro lado, se incrementaba la militancia del Peace and Love, que celebraba la derrota estadunidense en Vietnam y buscaba la liberación de las colonias dominadas de manera sangrienta por el imperio estadunidense en el entonces llamado Tercer Mundo latinoamericano, africano y asiático. Con García Márquez los pueblos de la periferia, donde vive la “infame turba”, encontraron su voz casi bíblica.
Con su rostro inconfundible de turco o magrebí, bigote a lo Groucho Marx, actitud descomplicada, camisas de colores chillones y su gusto por la música vallenata, los boleros y la militancia de izquierda, García Márquez representaba la imagen de un escritor nuevo, popular, lejos de la figura del autor latinoamericano de tipo europeo, elitista, diplomático, solemne y pomposo, reinante hasta entonces en el continente. Para los europeos, la cultura latinoamericana quedaba encarnada en esas dos figuras rebeldes: el Che Guevara y García Márquez y los jóvenes izquierdistas y hippies del mundo se nutrían de ambos.
Cuando en la década de los 70 hice autostop con una chica para ir a Barcelona, no había automovilista generoso que al saberme colombiano no me hablase fascinado de Cien años de soledad y el mundo maravilloso contado por este autor en plena fama mundial, una década antes de recibir el Nobel en 1982. García Márquez era el líder del boom latinoamericano, fenómeno que no volverá a repetirse porque los europeos ya no deliran tanto con América Latina sino con las letras nórdicas, orientales, africanas o estadunidenses. Ya hemos pasado de moda.
García Márquez es el hijo mayor de un telegrafista y boticario aventurero e inteligente que iba de pueblo en pueblo en busca de oportunidades, y cuyo noviazgo con su madre Luisa Santiaga no fue del agrado de su abuelo el coronel Nicolás Márquez ni de su esposa. Debido a la pobreza y a que se llenaron de hijos como era usual en esos agitados tiempos, el futuro autor creció con el abuelo en la casona de Aracataca y fue formado en la primera infancia en las ideas políticas con sentido social.
Luego de la muerte del viejo patriarca se disolvió el mundo próspero de Aracataca, poblado por miles de jornaleros de la Compañía bananera y funcionarios estadunidenses de la multinacional, así como por emigrantes turcos o venezolanos, y otra vida comenzó para el niño, desterrado del reino inicial y obligado a volver a la casa de sus padres, que seguían errando por la zona.
Esa primera parte de su vida, los recuerdos de la casa, los relatos de las aventuras del abuelo y el padre y las noticias de la saga familiar iniciática en la amplia zona costera son los elementos básicos de esa obra extraordinaria basada punto por punto en hechos reales sobre los que la pluma del Nobel hizo, según él mismo dijo, una “transposición poética” de la realidad.
Dasso Saldívar en la magnífica biografía Viaje a la semilla comprobó con detalles la base real de cada una de las escenas de sus libros como La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada e incluso su obra sobre Bolívar, El general en su laberinto, homenaje cifrado a la arteria central de Colombia, el río Magdalena, por donde viajó muchas veces el Gabo adolescente.
Un lustro después tuvo la suerte de ser becado adolescente para ir a estudiar el bachillerato en la helada Zipaquirá, donde los poetas de la generación de Piedra y Cielo le enseñaron literatura. Allí leyó todo y se volvió el sólido escritor que sería luego de leer La montana mágica y José y sus hermanos, de Thomas Mann.
Más tarde se volvió periodista, la profesión central de su vida de la cual nunca reniega, y luego de vivir en París, Venezuela, Colombia, Cuba y Nueva York, donde trabajó para Prensa Latina, llegó atraído por Álvaro Mutis a México, que se convirtió en su país adoptivo y lugar donde escribió su obra maestra y la mayor parte de sus libros.
Una simple gripe suya nos ha puesto en alerta en el mundo a todos los que hemos crecido con él en estas largas décadas de su reino absoluto literario. De repente en las redacciones de las agencias y los periódicos resurgió la magnitud de este autor que todos los grandes escritores del mundo, estadunidenses, turcos, nórdicos, rusos, europeos, asiáticos y africanos reconocen como un gran maestro. Su escritura única, el sonido de sus palabras, la profundidad de sus imágenes, mundos y personajes vuelven a girar en nuestra memoria, con la fuerza de su inmenso e inagotable talento.
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Publicado en Expresiones, de Excélsior, México D.F. Domingo 6 de abril de 2014 
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sábado, 29 de marzo de 2014

ARGENTINA EN EL SALÓN DEL LIBRO DE PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
Del 21 al 24 de marzo se realizó el Salon del Libro de París, que en esta ocasión estuvo dedicado a Argentina y fue inaugurado por el presidente de Francia François Hollande y la presidenta argentina Cristina Kirchner. Francia es uno de los países donde la lectura predomina y el libro sigue muy vivo en manos de todos los habitantes, por lo que no solo hay best sellers tontos sino un espacio grande para la gran literatura, el ensayo, la poesía, la crítica, la filosofía y el pensamiento, como lo atestigua el vigor efervescente de esta feria librera anual que se realiza en la Puerta de Versalles.
El enorme pabellón central de Argentina exponía unas fotos de Julio Cortázar tomadas en su tiempo en el apartamento del argentino por Sara Facio, unas de las cuales son de la divertida velada íntima en que el autor de Rayuela y Gabriel García Marquez decidieron usar las máscaras de terror con las que jugaba el hijo de la editora Ugné Karvelis, quien compartía entonces la vida con el cronopio.
Se exponía también un cuaderno de Cortázar con las anotaciones preparatorias para su novela principal, que marcó toda una época y leíamos y anotábamos antes de irnos a París tras los pasos de esos personajes marginales y poéticos que vivían en buhardillas y deambulaban por las calles de la ciudad bajo el mando de la inolvidable y ficticia Maga.
Omnipresente en esas bellas y gigantes fotos en blanco y negro, Cortázar, cuyo centenario se cumple este 2014, fue el padre putativo de esta fiesta del libro, que subrayó la importancia de la literatura argentina, cuya riqueza y solidez múltiples surge de la actividad de millones de inmigrates e hijos de inmigrantes pobres de todos los rincones del mundo, quienes hicieron de Buenos Aires la París del Sur.
Como un acontecimiento central, la editorial Grasset, la misma de García Márquez y Alvaro Mutis, publicó por primera vez en francés la novela olvidada y relegada de Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres, que en su tiempo fue reprobada porque el autor era peronista y la intelectualidad borgiana de entonces odiaba al peronismo como lo odia hoy.
En el pabellón argentino también estuvo presente Mafalda, que recibía al público sentada en una pequena silla infantil y cuyo creador Quino fue una de las figuras centrales de la fiesta librera. Y además estaban los fascímiles de las portadas originales de los grandes libros argentinos del siglo XX en sus ediciones inolvidables de Sur, Losada, Suramericana y otras editoriales que entonces renovaron las letras del  continente.
Entre los invitados figuraron las escritoras Luisa Futoransky, para muchos merecedora ya del Premio Nobel y Luisa Valenzuela, así como Mempo Giardinelli y Noé Jitrik, entre una cincuentena de creadores argentinos presentes. Desde ese pabellón vibraba la fuerza de la literatura de ese gran pais sincrético. Entre las mesas y las estanterias blancas se palpaba la presencia de Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Roberto Artl, Alejandra Pizarnik, Enrique Molina y tantos otros autores que nos nutrieron y nos nutren.
Porque la literatura argentina es tan fuerte que ha resistido a la uniformización monotemática impuesta a las literaturas de otros países latinoamericanos. Los colombianos hemos sido reducidos a escribir solo novelas de sicarios y narcotraficantes y lo único aceptado es una narrativa bendecida por San Pablo Escobar. Toda literatura ajena a los temas del narco y el secuestro está probibida en Colombia y los grandes autores universales de ese país condenados al ostracismo. Argentina, por el contrario, resiste con decenas de autores que guardan la antorcha de esa gran fuerza literaria que salva al continente de la banalidad ambiente.
Para luchar contra eso, por primera vez Colombia estuvo presente con un stand de la Cámara Colombiana del Libro y el ministerio de Cultura, que expusieron la Biblioteca Básica colombiana, unos 350 libros del siglo XX, en un proyecto fundamental orientado por Conrado  Zuluaga, Guido Tamayo y Ana Roda.
Colombia también enmendó el craso error de hace unos años, cuando vino a Francia en el marco del programa Les belles étrangères, coordinado por el Centre National des Lettres (CNL), una delegación de 15 varones malencarados, sin la presencia de una sola mujer, pues se argumentaba que en Colombia no había mujeres escritoras dignas de ser invitadas a París.
Esta vez estuvieron presentes las jóvenes escritoras Lucía Estrada, Melba Escobar, Gloria Cecilia Díaz y la feminista franco-colombiana Florence Thomas, quienes en varias mesas redondas abrieron la ventana a  la literatura colombiana escrita por mujeres, que encabezan hoy la gran Maruja Vieira, merecedora ya del Premio Reina Sofía de Poesía y la narradora mayor Fanny Buitrago, merecedora del Premio Cervantes.
En la jornada final tuve la fortuna de participar a nombre de Colombia en una mesa redonda con autores mexicanos, argentinos, centroamericanos y con la presencia del ex embajador, poeta y ensayista Geraldo Holanda Cavalcanti, presidente de la Academia de Letras de Brasil, para hablar del viejo boom y de un probable nuevo auge de la literatura latinoamericana en Europa. Planteé allí que no hay tal nuevo boom, porque las literaturas latinoamericanas fueron reducidas a la novela comercial monotemática creada por el marketing y se encajonó en cubículos de temas nacionales para autistas, como el narcotráfico y el sicariato.
Ahora los europeos miran hacia las literatura norteamericana, africana, asiática y América Latina no genera ya el sueño romántico que propició en los años 60, cuando apareció la Revolución y el mito crístico del Che Guevara sobre los que se aupó el boom que condujo a la coronación irrepetible de García Márquez. En ese debate estábamos, cuando apareció un grupo de batucada  brasileña y los argentinos cedieron en ceremonia oficial la antorcha a Brasil, que será el país invitado del Salón en 2015.