sábado, 9 de noviembre de 2013

UNA DÉCADA SIN ROBERTO BOLAÑO

Por Eduardo García Aguilar
Ya hace una década murió Roberto Bolaño (1953-2003), el escritor más importante de nuestra generación, y quien se ha convertido en una verdadera leyenda y autor de culto mundial, considerado el narrador de más trascendencia en el orbe latinoamericano después de los grandes fenómenos de la segunda mitad del siglo XX.
Bolaño surgió desde el más absoluto margen y solo contra todos y desde ese lugar oscuro fue construyendo la catedral de su obra e imponiéndose, hasta obtener el Rómulo Gallegos por Los detectives salvajes y bajar después poco a poco de manera prematura al sepulcro ejerciendo hasta el final la escritura, oficio que para él debía practicarse como si uno estuviera condenado al día siguiente a pasar a la silla eléctrica.
El autor chileno, gran amigo y discípulo principal de esa otra gran figura rebelde que es el Premio Cervantes chileno Nicanor Parra, activo todavía a los 99 años de edad, viajó muy pronto de su tierra natal a otros países siguiendo a sus padres, primero a El Salvador y luego a México, donde pasó parte crucial de su adolescencia y la primera juventud poéticas, antes de emigrar a España y radicarse en Cataluña, sitio de su fallecimiento a los 50 años de edad, antes de que pudiera realizársele un transplante de hígado.
Reconocer e identificarse en el talento de un compañero tan notable de generación, es algo que ocurre pocas veces y con frecuencia no ocurre. Cuando viajo por su páginas entiendo con toda claridad lo que nos une en el tiempo como escritores y mucho más cuando el azar de la vida me ofreció la posibilidad de vivir los escenarios de Los detectives salvajes de manera paralela e intensa y en especial la Ciudad de México joven y literaria de ese momento, que es el tema central de ese libro y de mi novela mexicana contemporánea Tequila coxis.
Llegué a México a fines de 1980, o sea que los hechos mexicanos de los protagonistas "real visceralistas" o "infrarrealistas" acaban de pasar y estaban aún calientes como cenizas recién abandonadas. Bolaño se había ido a Barcelona y Mario Santiago ya había regresado de su viaje a Europa, descrito por Bolaño en su novela. Pero quedaban Piel Divina y otros miembros de ese movimiento.
Y no solo viví a fondo y escribí sobre los mismos escenarios y las mismas preocupaciones de la fascinante y multifacética metrópoli mexicana que amamos, sino que fui muy amigo y cómplice del mejor amigo y cómplice de Bolaño, el poeta infrarrealista Mario Santiago (1953-1998), quien fue inmortalizado en esa novela con el nombre de Ulises Lima.
A Mario Santiago (o Ulises Lima) lo conocí recién llegado a México y en una buhardilla donde vivía cerca de la colonia Roma Sur, me hizo probar el mezcal en una botella mágica, en el fondo de la cual se podía ver un enorme peyote cristalino. En ese entonces Mario era el más maldito de los malditos escritores mexicanos, despreciado y ninguneado por casi todos el establecimiento literario, salvo algunas escasas excepciones, como sus compañeros de generación Carmen Boullosa y Juan Villoro, que fueron sus amigos.
Santiago, Bolaño y los poetas infrarrealistas tenían una obsesión con Octavio Paz, a quien veían como un padre destruible y odioso. Por esa razón nadie los aceptaba, porque no perdían ocasión de tratar de sabotear sus recitales o conferencias en medio de escándalos memorables.
Santiago ya había regresado de su agitado periplo europeo por París, Barcelona e Israel, a donde fue tras una amada imposible, Claudia, que yo también conocí,  y que era de una belleza y sensualidad inigualables. Emprendía una larga carrera solitaria de casi dos décadas hacia la muerte accidental en su propio país, al que no consideraba el suyo, pues se creía más peruano que azteca. Yo acaba de llegar de Europa y Estados Unidos a México y esa condición de apátridas errantes nos hizo amigos en esa época feliz de México, cuando todos comenzábamos a publicar nuestros primeros libros. Incluso poco más de un año antes de su fallecimiento, participé en la presentación de su libro Aullido de cisne en 1996, a pedido de Mario, y el texto leído allí fue publicado por Juan Villoro en La Jornada semanal.
Y mientras Mario Santiago iba poco a poco hacia la tumba viajando en los efluvios inquietantes del alcohol de Malcolm Lowry, la vida y la poesía, su gran amigo chileno escribía cerca de Barcelona la novela de sus aventuras mutuas, una obra que lo consagraría de repente y haría a su vez conocido a Santiago, que por fin, con carácter póstumo, empieza a ser publicado y admirado por groupies que le rinden culto junto a su tumba, en la ciudad de México.
Los detectives salvajes es una obra maestra. Hay que haber vivido a fondo en México como lo viví durante tres lustros para reconocer la maestría con la que Bolaño describe esos ambientes y logra captar el lenguaje de los mexicanos de su generación, sus preocupaciones, vida sexual desaforada, irreverencia literaria a través de personajes como las hermanas Font, Piel Divina, a quien tambien conocí, y todo un grupo de jóvenes de menos de 30 años, que es la mejor edad para ser escritor.
También es notable la maestría que despliega el autor chileno para mostrar desde diversas voces mundos que se encabalgan unos tras otros. Primero México y luego Cataluña, París y sus buhardillas, Israel y sus desiertos calcinantes, Viena y sus calles intrincadas. Decenas de personajes hablan, hacen el amor, sufren, se enloquecen, se emborrachan, discuten, pelean, mueren como en un surtidor inagotable, caleidoscopico mágico e inagotable que parece una voz que sale de la nada, casi biblica, como "un guantelete en el aire".
Y ahora que ya no están ni Santiago ni Bolaño, quienes se fueron muy temprano, quedamos los de su generación aquí en esta tierra y cada década que pasa nos sirve para entender lo que fuimos o no fuimos y lo que somos y nunca seremos. Todavía guardo la imagen de Bolaño, cuando lo vi en la sórdida calle Regina, su mirada fija, su silencio, su palidez y pienso que somos afortunados de que uno de los nuestros haya logrado la consagración a contracorriente y desde el margen, escribiendo como si fuera a pasar mañana a la silla eléctrica.

* Del 21 al 24 de noviembre de 2013, en París, la embajada de Chile, el Instituto Cervantes y la Maison de l'Amérique Latine realizan a fines de noviembre varias actividades en homenaje a Bolaño, a diez años de su muerte. Organizado por el agregado cultural de Chile en París, el escritor Felipe Tupper, participan en las actividades el embajador chileno Jorge Edwards, el editor Jorge Herralde, Florence Olivier, Roberto Amutio, Ignacio Echeverría y Florence Olivier, entre otros.

                Abajo imagen de Mario Santiago (Ulises Lima)
                              

viernes, 1 de noviembre de 2013

SOBRE LA MUERTE DE KENNEDY

Por Eduardo García Aguilar
Uno de los recuerdos más nítidos de la infancia es la muerte de John F. Kennedy, asesinado hace medio siglo el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas, por Lee Harvey Oswald, quien a su vez fue acribillado frente a policías y periodistas por el mafioso Jack Ruby. Me acuerdo que estaba en el patio  interior en la vieja casa del centro de mi ciudad en la carrera 19 y la información se sentía por todas partes, en el colegio, en la radio, en los comentarios de los adultos y en la precepción de que algo excepcional estaba ocurriendo, de lo cual pendían muchas cosas en el mundo.
Tal vez como un anticipo de una vocación escritural que nunca me abandonaría, dejé los juegos y anoté con una tiza blanca en una ventana de madera el nombre del presidente muerto y el año, 1963, que sucedía a otro donde en la ciudad habíamos vivido un fuerte terremoto que tumbó una de las torres de la Catedral y nos estremeció a todos, moviéndonos literalmente el piso. Ver por primera vez algunas de las ruinas de la ciudad natal, la torre caída, pedazos de muros en las calles, la noticia de algunos muertos, me había dejado entre traumatizado y deslumbrado al descubrir  la fuerza implacable de la naturaleza.
En esa edad, los 9 años, es cuando todo lo aspiramos con una facilidad extraordinaria y los conocimientos y las noticias y los problemas familiares, personales o nacionales se nos revelan con una claridad que aumenta con la malicia terrible de la infancia desbordada que se  caracteriza por el voyerismo permanente.
Veo claro ese luminoso día de noviembre de 1963, las circunstancias del escrito con tiza y la magnitud de la noticia como un primer contacto real con la historia y la realidad mundiales. Tardaría muchos años para vivir con igual intensidad, pero ya en las alturas de la madurez, otro acontecimiento que marcó a todas las generaciones, o sea a los niños del momento y a los adultos, que de repente nos volvimos niños en ese instante, al ver caer las Torres Gemelas de Nueva York en directo y a todo color.
Escuché entredormido en la tarde europea a dos chicas adolescentes que en el cuarto contiguo comentaban el suceso y decían como en un juego que venía la guerra mundial. No entendía yo porqué las niñas decían eso, cuando sonó el teléfono y respondí entredormido por la siesta a mi amigo, el escritor bogotano Luis H. Aristizabal, quien me preguntaba si no me había enterado de lo que estaba pasando y posponía una cita que teníamos para la noche.
Hice el cambio con el mando del televisor y ahí estaba la tragedia en directo, segundos antes de que se cayera la segunda torre y el mundo se estremeciera como nunca, dando un giro brutal a la época, lo que significó el fin del siglo XX y el comienzo de un siglo XXI ominoso que nos trae cada año sorpresas y nos traerá sin duda tragedias y catástrofes bélicas impensables a lo largo de la centuria. Porque en juego están las riquezas energéticas y las definiciones de las potencias que cogobernarán el planeta por otro gran lapso de la historia futura.
Lo ocurrido en Nueva York fue un hecho histórico decisivo, como lo fue en cierta forma la muerte de Kennedy, después de un agitado periodo presidencial que estuvo a punto de desencadenar una tercera guerra mundial a causa de los misiles rusos en Cuba y el rompimiento de los  pactos tácitos de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
En ese contexto se dio ese excepcional magnicido del presidente demócrata, joven y glamoroso, amante de Marilyn Monroe y amigo del  cantante Franck Sinatra y otros mafiosos, un personaje de galán cinematográfico a lo Gran  Gatsby, de la alta aristocracia norteamericana, que en el fondo era un pequeño demonio. A su figura se adosaba la de Jackie Kennedy, la primera dama  moderna muy al estilo de los años sesenta, que hasta el final de su vida y  después de casarse con el multimillonario griego Onassis sería una estrella de la era pop.
Kennedy nos seguiría marcando, pues fue el quien lanzó la carrera hacia la conquista de la Luna, que nos traería en julio de 1969 otro de los  momentos estelares de la vida, cuando todos los adolescentes de la época nos maravillamos y  vimos en directo por televisión en blanco y negro la llegada del hombre a la Luna, algo inigualable como proeza humana hasta ahora nunca repetida y que mostraba la prosperidad del Imperio estadounidense antes de la derrota en la guerra de Vietnam, a manos del gran general Giap, que murió hace poco muy lozano a los 102 años de edad.
Ahora, con motivo del cincuentenario del suceso, vuelven a reproducirse las imágenes icónicas como la grabación de un espectador que se volvió  un clásico del video, donde se ve a Jackie saltar atrás con su traje colorido y su sombrero chic para tratar de recuperar un pedazo del  cráneo de su marido. Reaparecen libros clásicos, comentarios del  informe Warren, nuevos testimonios y versiones desde los diferentes  ángulos, para llegar a la conclusión de que como en todo gran magnicido político, nunca se sabrá la verdad.
Qué lejos estamos ya de aquel tiempo y qué negras son las perspectivas  en un mundo sin liderazgos claros y la palpable sensación de que los imperios conocidos pierden fuerza ante nuevos emergentes que se pelearán por el predominio del planeta. La Rusia vencida después del  fin de la URSS vuelve a contar al mando del nuevo zar Putin, China es una potencia impresionante y ordenada al mando de una gran nomenclatura de tecnócratas, Europa y Japón declinan, India, Brasil, Sudáfrica y otros emergentes sorprenden y disperso por el mundo, crece el movimiento islamista fanático que expresa el malestar de todo un pueblo alienado y humillado y presagia un vivero de guerras futuras. Y Estados Unidos tiene ahora en vez de Kennedy a Obama, quien trata de mantener el equilibrio en la cuerda floja de la historia.

martes, 29 de octubre de 2013

LITERATURA, GLORIA Y SOCIEDAD

Por Eduardo García Aguilar
De alguna u otra forma toda la literatura de ficción tiene relación con la situación social y política de su época desde los tiempos de la Ilíada, Edipo Rey, la Eneida y La Divina Comedia, que se refieren a guerras, intrigas por el poder y devastadoras pasiones humanas.
Cuando los autores de todos los tiempos ponen a actuar sus personajes y caracteres, no pueden evitar untarlos de su tiempo y su aparición en escena como su muerte o difuminamiento están implicados en esos vendavales de las sociedades y las tribus.
El hombre desde que vive en sociedad tiende a crear jerarquías y siempre habrá unos que están en la cúspide y otros abajo, trabajando para los poderosos y sufriendo sus arbitrariedades. Los autores de esas obras se basan también en las cosas vistas o soportadas a lo largo de sus vidas y casi todas se nutren de los mitos y leyendas familiares y sociales de los antepasados, fantasmas que se asoman siempre tras el autor que cavila y escribe en la soledad.
Cuando abordamos una tragedia contemporánea como la de Siria, que ha provocado ya en solo dos años 115.000 muertos y millones de desplazados que huyen del país, pensamos que precisamente en esas tierras transcurrieron parte de las grandes batallas bíblicas y que en esos desiertos del Medio Oriente sucedieron los éxodos de pueblos enteros y el surgimiento y caída de imperios sucesivos y grandes religiones politeístas o monoteístas.
Desde milenios antes de Cristo los protagonistas iluminados dejaron huella en las obras de arte donde se les ve actuar, como ocurrió con los faraones, Alejandro Magno, Darío, Solimán y otros muchos héroes que conducían sus pueblos al matadero o a la gloria fugaz. A través de ruinas de pirámides, y templos y ciudades, podemos comprobar que no son personajes imaginados sino reales, y que como nosotros los contemporáneos ellos discutían, criticaban, a veces se enfrentaban al poder y otras obedecían en silencio mientras escuchaban a profetas, adivinos, juglares, músicos, danzantes y sacerdotes.
Creemos los de esta época ser mucho más avanzados que aquellos, pero basta hacer un balance de las tragedias del último siglo y las por venir, para darnos cuenta que somos los mismos. Del horror de la guerra siria y de los conflictos que se suceden unos a otros en esas tierras bíblicas, sin duda saldrán a futuro testimonios que asombrarán a los habitantes de otras centurias. De entre todos esos millones de niños y adolescentes que hoy sufren las guerras tendrán que salir los aedas, juglares y cronistas que contarán tanto sufrimiento y tratarán de advertir, sin lograrlo, a sus descendientes, de no repetir la historia y los desastres.
Pero la historia siempre se ha repetido pese al testimonio y ruego de quienes han sido los portavoces de su tiempo y sus sociedades. Ese grito es y será el mismo y solo cambiará la forma en que se exprese y se escuche. Antes a través de la poesía o la tragedia representada en los anfiteatros de piedra, después en la novela y más tarde en el cine, los dibujos animados o las telenovelas.
La ficción evolucionó después y se convirtió de manera más ceñida en estandarte de lenguas, pueblos y naciones. La lenguas inglesa, rusa, francesa, española, alemana, italiana provocaron las obras maestras que requerían las fundaciones de sus imperios económicos y culturales y hoy, al visitar todos esos libros volvemos a vivir su gesta. Con Dickens sabemos de la industrialización del imperio de Inglaterra y de las crueles injusticias sociales que lo caracterizaron; con Víctor Hugo, Balzac y Dumas, entre otros, visitamos la aventura de un gran siglo en Francia; con Tolstoi comprendemos los avatares de la Guerra y la Paz rusas. Y con el gran Goethe y los romámticos Kleist, Novalis y Hölderlin vemos concretarse un país germano a través de una gran lengua.
Lo mismo ha ocurrido en el continente americano, donde la abundante literatura de este Extremo Occidente ha estado firme al lado de las gestas de independencia y la solidificación de sus culturas, desde las patrias bobas al interesante momento actual. La lengua castellana, que ahora celebra en Panamá un nuevo encuentro, se ha convertido en una de las mayores del mundo no solo por los cientos de millones de habitantes que la hablan y escriben en la era Internet, sino por la calidad impresionante de sus obras desde Sarmiento hasta García Márquez, pasando por Rubén Darío, Horacio Quiroga, Rulfo y Alejo Carpentier.
Mexicanos, argentinos, peruanos, colombianos, chilenos, cubanos y venezolanos, entre otros, la han nutrido de su colorida historia desde las alturas andinas y desiertos y selvas sudamericanos hasta las costas del Caribe. Y como toda literatura, en las obras latinoamericanas encontramos esa relación inevitable entre la sociedad, la política, la gloria y las palabras que a veces nacen, crecen y mueren juntas.

lunes, 21 de octubre de 2013

EL LIBRO DE PROUST CUMPLE UN SIGLO

Por Eduardo García Aguilar
Los libros de Marcel Proust han vuelto a reverdecer en las vitrinas de las librerías parisinas con motivo del centenario de la publicación del primer volumen de "En Busca del tiempo perdido", que el autor hizo aparecer a cuenta de autor en 1913, cuando era solo conocido como un mundano columnista de variedades del diario Le Figaro, donde contaba chismes de las fiestas de la alta sociedad, poblada de condesas y baronesas ricas, animadoras de salones literarios.
Para muchos lectores y estudiosos, su gran saga de varios tomos interminables es la mayor novela de los últimos 150 años, como afirmaba por ejemplo el autor colombiano Álvaro Mutis, y para otros un mamotreto infumable de un chico bien y presumido, cuyas frases sin fin eran inconcebibles.
Pero basta abrir su hojas para dejarse envolver por esas historias entremezcladas que se convierten en una extraordinaria aventura de la sensibilidad y un tratado de la infancia, el deseo, el amor y la muerte, en medio de guerras y conflictos, porque la obra aparece toda mientras las bombas y los gases mataban a millones de personas a uno y otro lado de la ominosa Línea Maginot.
El libro cuenta un mundo exquisito donde el arte y el deseo son los protagonistas. Antes del psicoanálisis, la mente enfermiza del narrador ausculta los arcanos de la infancia y las miserias de las familias, así como la lucha de los jóvenes traumatizados, hembras y varones, por descubrir el mundo y aprender a conocer a un género humano hipersexual lleno de maldad y e inconsecuencias, como si fuesen fieras incontrolables e inescrutables cuya finalidad es solo poseer, satisfacer el deseo, sufrir, ansiar, usar y perderse en una búsqueda insaciable.
En medio de esas guerras familiares y sociales, se destaca una reflexión sobre todos los temas posibles, como el amor y el olvido, el dolor de la infancia y la vejez, la soledad, la angustia, la asfixia, sin olvidar todo un preciso estudio de la creación artística, sus laberintos y abismos peligrosos, por lo que esta gran obra es dirigida en especial para quienes alguna vez fueron infectados por el arte en todas sus variantes.
El tejido de las miles de páginas escritas por el neurasténico y noctámbulo Proust, asmático encerrado en una habitación cubierta de corcho para evitar el ruido de la calle, en un apartamento elegante donde era asistido por su ayudante y confidente Celeste, es antes que todo música. Las palabras ya no eran el instrumento de lo concreto y lo real, sino signos eficaces de una larga melopea.
"En busca del tiempo perdido" rompe con el naturalismo y el realismo seco dominante durante un siglo y sigue por otra vertiente con la literatura decadente y finisecular, escrita por autores morbosos como Lautréamont, Barbey d Aurévilly, Joris karl Huysmans, Marcel Schwob, Georges Rodenbach y Villiers de l’Isle Adam, entre otros.
A fines del siglo XIX, cuando el joven Proust rondaba por el París de los aristócratas y los ricos, situado en los barrios que rodeaban la Plaza de la Estrella, los Campos Elíseos, el Bosque de Bologne, Saint Cloud, Passy o el Parc Monceau, la literatura enfermiza y decadente era la dominante entre los artistas del momento, fuesen ellos de letra o de imagen.
Todos se rebelaban contra la tecnología desbordante, el progreso, la urbanización, la industrialización a toda costa y la guerra devastadora entre las potencias y por eso se fugaban a mundos oníricos donde el centro de todo era el cuerpo y el deseo y la neurosis. Gustave Moreau, el pintor simbolista, creaba mundos llenos de cuerpos semidesnudos entre esfinges griegas, como si fuesen efectos del delirio provocado por el opio y la absenta.
Y el deseo de los autores nuevos de entonces era estar en esos fumaderos de opio exquisitos y en las casas de cita de lujo, donde en diversos espacios se reproducían ambientes orientales, como el retorcido burdel japonés poblado de geishas, o el chino o el mediorental marroquí o egipcio, cual si fuesen reproducciones de los harem evocados por Pierre Loti, Jean Lorrain y otros autores de su estirpe.
En ese ambiente reinaba Óscar Wilde en Inglaterra, el exquisito dandy homosexual que una vez defenestrado y desterrado por un asunto de costumbres tuvo que refugiarse pobre y enfermo en París, donde murió y se encuentra enterrado en un horrendo mausoleo del cementerio Père Lachaise. Era el mundo del viejo y beodo Paul Verlaine, quien frecuentaba cafetines ebrio y tuberculoso, antes de morir como el mayor poeta viviente del momento, adorado por el modernista Rubén Darío, quien fue a visitarlo alguna vez. Fue asimismo el París del modernista colombiano José Asunción Silva, quien anduvo entre los simbolistas e hizo una poesía similar y una novela, De Sobremesa, que describe tal ambiente literario y vicioso, exquisito, literario hasta la indecencia y abstruso como los poemas de Stéphane Mallarmé.
El libro mayor de Proust cumple un siglo y con ese motivo fueron publicadas nuevas biografías y reproducidas las ya conocidas, al mismo tiempo que testimonios, correspondencias secretas y estudios para
explorar en los personajes del autor los seres reales, entre ellos Jean Concteau, muerto hace medio siglo y
quien conoció muy joven al maduro Proust sin saber que éste se burlaría de él con un personaje insoportable y pegajoso. Cronista de lo insignificante social, Proust creó una obra eterna donde vibra la humanidad culta e inconstante de las ciudades exquisitas.

domingo, 13 de octubre de 2013

EL RETORNO DE LA REVISTA LUI

Por Eduardo García Aguilar
La revista Lui fue en los años 60 y 70 uno de los magazines eróticos más logrados en los tiempos de la Nueva Ola francesa, y se caracterizaba por coloridas portadas, donde aparecían muchachas futuristas salidas de las películas 2001 Odisea del Espacio, de Stanley Kubrick o Blow Up, de Michelangelo Antonioni, así como de los estudios pictórico y fotográfico de Andy Warhol o Helmuth Newton.
Lui era la versión francesa de Playboy y por ende en sus páginas parisinas había entrevistas con artistas y cineastas de la Nueva Ola, diálogos con escritores, cineastas, políticos o filósofos y el sentido del humor y el aire descomplicado de la época se reflejaba en sus temas y ángulos informativos. Playboy era y es por el contrario más pragmática y escueta y va dirigida al típico orbe masculino protestante estadunidense WASP, público de camioneros y obreros que coleccionan las imágenes de las bellas desnudas en sus vehículos y en las paredes de sus talleres. Lui, por el contrario, se dirigía y ahora se dirige a ese público estético y culto de las élites culturales donde por fortuna aún existen y no han sido devoradas por la vulgaridad generalizada de la globalización uniforme agenciada por la Tv americana. Hay un enorme público lector, cinéfilo, amante del arte en el llamado hexágono francés, que posibilita en este país la vigencia de la industria cultural de calidad, incluso en su vertiente frívola.
La gozosa Lui fue creada por el gran magnate de la prensa, el multimillonario y famoso Daniel Filipachi (1928), dueño de Paris Match, la versión francesa de Playboy y otras publicaciones de éxito de Hacchette Filipachi Médias como Elle, dirigidas a todos los segmentos del público en aquellos tiempos de progreso y dominio absoluto de objetos de papel como diarios, magazines y libros, antes de la era virtual que poco a poco los ha ido venciendo en una sucesión de sonadas quiebras y desapariciones.
Filipachi resumía los sentimientos de invulnerabilidad de la época llamada de los “30 gloriosos años” donde todo era desarrollo económico, derroche, droga, sexo, moda y rock and roll y por eso además de sus actividades en el campo publicitario, fotográfico, discográfico, radial y periodístico, se convirtió en un gran experto de jazz de la época y coleccionista de arte surrealista o de obras de autores contemporáneos como Joseph Cornell, el autor de las bellas cajas llenas de poéticos collages.
Lui era entonces una revista que se dirigía al hombre urbano europeo, abierto, y correspondía a una época que derruía con rapidez la vieja Europa decimonónica, ultracatólica, ultraprotestante o ultragermánica, destruida, despedazada, aplastada, achicharrada bajo las bombas por la Segunda Guerra Mundial. Todas las aventuras y temas eran posibles y el cuerpo se había vuelto el delicioso juguete a descubrir sin tapujos en el desenfreno sexual de las comunas, las playas nudistas, el amor libre y el espíritu peace and love de las costas mediterráneas, lo que hoy con cierto desprecio algunos denominan y engloban dentro de la Ola Vintage.
Filipachi y sus revistas, entre ellas Lui, surfeaban en esa ola iniciada por el cineasta y Don Juan, Roger Vadim y su joven esposa Brigitte Bardot después de la película Y Dios creó a la mujer, donde la irresistible belleza de la diva parisina que enloqueció al mundo en los 60 se veía deambular errática e infiel en las playas de Saint Tropez con su poder devastador.
Por un lado Vadim, recién dejado por la Bardot, coleccionaba esposas como Jane Fonda y Catherine Deneuve, mientras Brigitte Bardot ante el mundo entero devoraba una lista interminable de hombres sin fin, algo que sólo unos años antes hubiera sido considerado un crimen y hubiese provocado todos los anatemas y exorcismos. Ambos en cierta forma abrieron las compuertas de esa nueva vida hedonista y libre que reinaría sin límites hasta la aparición del sida y la nueva moral de los neoconservadores actuales que se manifestaron multitudinariamente en 2013 en París contra el matrimonio gay, el amor libre y los homosexuales.
Décadas después de desaparecida la revista Lui, uno de los jóvenes escritores de moda en Francia, Frederic Beigbeder, inteligente autor de numerosos bestsellers de calidad, ganador de premios literarios, publicista y vedette cultural televisiva que osó presentar totalmente desnudos a sus escritores invitados y al público del estudio de su fugaz programa de libros, ha decidido revivir la revista hace diez días con un éxito arrollador, pues el primer número de la nueva época se agotó en un abrir y cerrar de ojos y superó los 400 mil ejemplares con una portada donde aparece la nueva joven diva francesa Lea Seydoux, lanzada al mundo en la película Midnight Paris, de Woody Allen. Ahora y con igual éxito en el segundo número, ha sacado en portada a la hija de Mick Jagger y Jerry Hall, Georgia May, de 21 años.
El escritor Beigbeder es profundamente odiado por muchos, pero la verdad sea dicha, en este desierto helado actual de la intelectualidad y la literatura francesas, su presencia es una de las pocas saludables, casi como si renancieran con él los tiempos de Picabia, Dalí, Cocteau, Prevert, Oulipo y otros autores antisolemnes que removian los espíritus y abrían ventanas para airear la podedumbre de la cultura momificada.
Beigbeder es un hombre renacentista, inteligente, culto, brillante, joven, que no deja encasillarse, y como él mismo dice, un “bad boy” necesario para la cultura francesa de estas aburridas primeras décadas del siglo XXI. Acompañado por un puñado de neo-húsares impresentables, como Marcela Iacub, la feminista argentina que se hizo amante de Dominique Strauss Kahn para escribir un libro sobre él, el crítico Arnaud Viviant o el escritor Nicolas Rey, sale disfrazado con Luia desempolvar las ruinas culturales de Saint Germain des Prés.
En un país tan centralista como Francia, donde todavía asustan los nobles de cabellera empolvada y los farsantes literarios de mediopelo entronizados en la Academia Francesa y otros salones, el boulevard Saint Germain des Prés de Boris Vian, Prévert, Sartre y Simone de Beauvoir, sigue gobernando el mundo cultural y editorial con figuras que parecen espectros de momias surgidos de las tumbas en un videoclip de Michael Jackson, como Bernard Henri Levy, Luc Ferry y André Glucksmann. Por eso la agitación del líder Frederic Beigbeder y sus húsares a través de la revista Lui y otros medios, ayuda a soportar con frivolidad el desastre de una cultura francesa a la deriva y en pleno naufragio.

.* Publicado en Excélsior, México, el 6 de octubre de 2013.

lunes, 23 de septiembre de 2013

ALVARO MUTIS O EL VIAJE SIN FIN

Por Eduardo García Aguilar
Desde niño Alvaro Mutis viajó con sus padres en transatlánticos que lo traían y llevaban cada año desde Europa hasta el Canal de Panamá, rumbo al puerto colombiano de Buenaventura, en la "tierra caliente" que llegó a ser, al lado de los reinos idos, uno de los temas centrales de su obra.
De ahí le vino la afición indomable por barcos, puertos, mares, ríos y selvas, donde encontró la materia vital del personaje básico de su obra literaria, Maqroll el Gaviero, viajero sin destino y "sin lugar jamás sobre la tierra", gran amigo de sus amigos y lector secreto de literatura francesa.
Bebedor de buenos whiskies y explosivos cocteles, descreído de la humanidad, cultor de la "desesperanza", Maqroll estaba siempre dispuesto a emprender con los hombres las más inverosímiles y peligrosas aventuras, en el límite de la ilegalidad, el deseo y la muerte, pero siempre protegido por mujeres halladas en el camino como Ilona, Flor Eztévez, Doña Empera y Amparo María.
A Mutis lo conocí en México cuando estaba a punto de jubilarse hace ya más de tres décadas y emprendía con el ímpetu de un joven la obra narrativa que lo catapultaría a la fama y lo llevaría al Premio Cervantes.
Alto, fuerte, de cejas pobladas de levantino y vozarrón de locutor que llegó a ser el relator de la serie "Los intocables", era de una fuerza inagotable como sus ancestros, los Mutis de Cádiz y los Jaramillo de Manizales.
Una tras otra, desde su biblioteca en la casona de San Jerónimo, al sur de la capital mexicana, salieron "La nieve del almirante", "Un bel morir", "Ilona llega con la lluvia" y otras obras de la saga "Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero", ante el estupor de sus amigos, entre ellos su casi hermano y vecino Gabriel García Márquez.
Durante años, al calor de los whiskies en el estudio gobernado por fotos de Felipe II, Baudelaire, Proust, Luis Cardoza y Aragón, Joseph Conrad y una estatuilla del capitán Cuttle de Dickens, entre otros fetiches, aprendí a conocer a esa fuerza de la naturaleza, un "roble" que sabía "el fin ineluctable" y cuya obra toda es un tratado de preparación a la enfermedad, la podredumbre y la muerte.
Su vida de barcos, hoteles e internados escolares en la vieja Europa gótica y milenaria se terminó de repente a los 9 años de edad, con la muerte prematura de su padre Santiago, diplomático en Bruselas.
Quedó huérfano, junto a su hermano y su madre Carolina Jaramillo, mujer enérgica y viajera de la ciudad de Manizales, quien lo trajo de regreso a la tierra caliente y lo dejó en la finca de los abuelos maternos a merced de la naturaleza.
Allí en el Tolima, junto a los ríos Cocora y Coello, vivió los primeros deseos junto a las recogedoras de café y amó los cafetales, los ríos desbocados que se precipitaban por la cordillera desde los volcanes nevados y sobre todo el sonido de la lluvia sobre los techos de zinc.
Ahí aprendió a conocer los socavones de las minas abandonadas y todos "los elementos del desastre", la naturaleza destructora con ríos caudalosos que arrastran en las crecientes cuerpos de vacas muertas, hombres asesinados, árboles, animales y la podredumbre múltiple deglutida por una fuerza con la que luchó Maqroll el Gaviero a sabiendas de que jamás podría vencer y que marca su poesía.
Después en Bogotá, donde nació el 25 de agosto de 1923, intentó seguir el bachillerato, pero luego de conocer la poesía y el billar en los antros céntricos de la capital, se entregó a la vida de adulto prematuro. Como locutor, funcionario de terreno de aerolíneas, empresas petroleras o multinacionales cinematográficas, su vida fue un viaje sin fin de hotel en hotel y de avión en avión, con una sucesión de amigos a los que fue leal.
Por eso dijo que "la única manera de vencer el tiempo y lograr vivir un mundo válido es preservando la niñez. La amistad es la prolongación de esa disponibilidad de la infancia".
Ahora que sigue su viaje en otras naves y otros mares, sus lectores y amigos lo seguirán buscando en sus libros, pero ya no escucharán su voz inolvidable llamándolos desde la otra esquina para invitarlos a soñar en barcos, mares y reinos perdidos.

* Eduardo García Aguilar es un escritor colombiano y periodista en la Agencia France-Presse (fue corresponsal en México y está actualmente basado en la sede de París). Autor de "Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Alvaro Mutis". Participó el mes pasado en los homenajes organizados en Bogotá por los 90 años de Álvaro Mutis por la Biblioteca Nacional y la Universidad Nacional de Colombia.

Publicado por la AFP en su hilo del lunes 23 de septiembre de 2013.

domingo, 22 de septiembre de 2013

CON ANGELA MERKEL EN LA CANCILLERIA

Por Eduardo García Aguilar
Nunca me había sentido tan bien y relajado en un palacio presidencial, en este caso la Cancillería alemana, una edificación ultramoderna donde comenzaba a reinar Angela Merkel, originaria de la República Democrática Alemana (RDA), quien se ha convertido en la gran zarina de Europa y una de las más populares dirigentes de la Alemania contemporánea de la posguerra.
Nadie hubiera imaginado que esa muchacha modesta que solía ir en verano a los lagos nudistas, esa aplicada estudiante de fisica que se vestía de manera sencilla y se maquillaba poco, llegaría un día a ser la Canciller de un país que siempre privilegió a los grandes varones autoritarios, desde Bismarck hasta Hitler, y de Willy Brandt hasta Kohl.
Nacida después de la guerra, Merkel creció sobre las ruinas de un país dividido que fue llevado a la catástrofe por un pintor fanático y loco de bigote, que con su histrionismo nacional-socialista, odio a los judíos y discursos desbordados, amor por los ejércitos compactos y las hordas asesinas, sedujo a todo un pueblo magnetizado.
Las ruinas de Alemania por supuesto no fueron obra solo de la locura de Hitler, sino que se anclaban en realidades muy concretas, derrotas pasadas y anhelos ancestrales que se concretaron en sus palabras y constituían sin duda la materia prima de esa deriva colectiva. Después de la pesadilla el país quedó en ruinas, dividido en dos, con sus ciudades arrasadas y la riqueza perdida, mientras cada familia en silencio se reconstruía contando sus muertos y ocultando para siempre las complicidades de los suyos en los crímenes cometidos contra millones de judíos, gitanos, extranjeros, izquierdistas, intelectuales y marginales que no se acomodaban a los cánones de la megalomanía racista.
A Merkel le tocó el dominio sovietico en la RDA, las avenidas marcadas por las estatuas de Marx, Lenin y Stalin y a los otros la prosperidad capitalista en la Republica Federal Alemana, que como toda Europa se reconstruía con la millonaria ayuda estadounidense y crecía a pasos agigantados. A un lado el dominio de la policia Stasi, que vigilaba los pasos de cada uno de los ciudadanos para protegerlos de la tentación capitalista y occidental y al otro las delicias desbordadas del glamour y el consumismo, el hedonismo, la libertad y el juego de una democracia domesticada.
Caído el muro de Berlín, que era el emblema de esa división y de la guerra fria, la RDA quedó huerfana de su protector soviético y de un día para otro sus habitantes tuvieron que enfrentarse a la competencia desbordada del capitalismo, viviendo en el desempleo sin ayudas y viendo como las fábricas y las mastodónticas instituciones artificiales de la patria socialista quedaban abandonadas de funcionarios y obreros y pasaban al olvido. Hoy, muchos de los  habitantes de esa parte este de donde viene Merkel, viven la nostalgia de los tiempos soviéticos, con su inocencia llena de secretos ocultos y terribles.
Cuando entré a la Cancilleria y más tarde, después de los discursos y las ceremonias, hablé con Merkel en el cóctel bajo los rayos de sol que cruzaban a través de las enormes vidrieras, senti su sencillez y la calidez auténticas de esta mujer, una muchacha del pueblo nacida a mediados de los años 50 o sea de mi generación. La poderosa Canciller es una mujer sencilla y simple, como si nunca olvidara de donde viene,  mira a los ojos, sonrie y habla al interlocutor interesada a su vez por sus orígenes, en mi caso el lejano país de Colombia.
Posamos juntos para la foto y quedó allí plasmada con su amplia sonrisa generacional, mientras a los lejos los discretos guardaespaldas vigilaban. El ambiente no era para menos, pues estábamos entre escritores e intelectuales del Pen Internacional, provenientes de todo el mundo. Tuve el privilegio de ser uno de sus pocos interlocutores y después lo tuivieron unos escritores nepalíes y afganos, que con sus trajes tipicos la rodearon y empezaron con ella animada conversación.
Han pasados los años y dos períodos al mando de Alemania. El peso del poder ha tocado con fuerza su rostro y su cuerpo. Ahora es la mamá de los alemanes y casi todos la quieren como su protectora en tiempos de crisis. Cuando la vi pasaba sus primeros años  de gobierno y su rostro era aun diáfano y firme y sus ojos de un azul romántico la hacían ver todavía como la muchacha descomplicada del campus universitario que salió de pic nic con sus amigas hacia algún bosque cercano y de repente, como en un cuento fantástico de los hermanos Grimm, se vio catapultada sin saberlo al Palacio del Príncipe, donde fue coronada Reina ante su estupor.
Luego vino la terrible crisis económica mundial de 2008 y como líder europea tuvo que manejar un barco a la deriva y mantener firme a su país mientras los otros alrededor caían como cartas de naipe. Ha sido firme en sus decisiones económicas y ahorrativa como un ama de casa y en otros campos ha cedido lo impensable, como decidir el paulatino fin de la energía nuclear y negarse a participar en las aventuras bélicas francesas y británicas.
Alemania ha logrado mantenerse en una situacion privilegiada con bajas tasas de desempleo y una economía pujante que se da el lujo de abrir las puertas del trabajo a cientos de miles de inmigrantes anuales que provienen de países en quiebra como España, Portugal o Grecia y de otras naciones del Este, como Hungría y Polonia. En materia energética ha dado el giro y eso se ve en la proliferacion de células solares en las casas del campo y las ciudades, así como las aspas de las torres eólicas. La influencia de los Verdes ecologistas es real y concreta.
Dicen que en su despacho guarda una imagen de la gran Catalina de Rusia, su modelo secreto. Merkel, con su pragmatismo, sedujo a una gran mayoría de los alemanes y en su tercer período puede gobernar ya sea con sus aliados liberales o con los Verdes o los Socialdemócratas o sola.
Antes que por el sectarismo de las ideologías, Merkel es guiada por la busqueda del bienestar de sus súbditos, el equilibro de su pais y la perivencia de una Europa en crisis. Nadie duda ahora que pasará a la historia como la insomne madre sensata que alguna vez gobernó su país con éxito, ayudada por los gnomos y las hadas milagrosas de los bosques alpinos.

lunes, 16 de septiembre de 2013

LOS DADAÍSTAS Y LA REBELIÓN LITERARIA

Por Eduardo García Aguilar
Leo ahora las obras completas del gran dadaísta Tristan Tzara (1896-1963) y me centro en sus primeros libros publicados en plena post adolescencia, gracias a los cuales fue considerado el fundador de ese movimiento literario revolucionario, mucho antes de que el autoritario André Breton y los surrealistas arrasaran con todo.

Tzara nació en Rumania, pero muy pronto se fue de su país hacia otras tierras, primero a la Suiza neutral en plena guerra y luego a Francia, donde se instaló y vivió hasta la muerte en plena actividad, dejando una vasta obra. Está enterrado en el cementerio parisino de Montparnasse, donde hace unos años unos artistas rumanos jóvenes sembraron un rábano, lo cultivaron y luego lo cosecharon para hacer una obra de arte, donde el producto natural quedaba conservado en una sustancia transparente que garantizará su perennidad. El performance de los artistas plásticos fue un típico acto dadaísta.
El dadaísta era muy amigo de ese otro gran experimentador Francis Picabia quien decía que "el cerebro es redondo para que las ideas circulen" y fue además una de las figuras vanguardistas más importantes, verdadero agitador en el campo de las artes plásticas y la literatura. Picabia también fue amigo del poeta peruano César Moro, quien vivió por esos años en Europa, como su compatriota César Vallejo y el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Todos ellos, al lado de Guillaume Apollinaire, René Crevel, Blaise Cendrars, Philippe Soupault y otros muchos, conformaban una pléyade de jóvenes futuristas, expresionistas, que buscaban hacer explotar las formas de la poesía y el arte, al mismo tiempo que Europa vivía una guerra atroz que dejó millones de muertos bajo el efecto de las bayonetas, las balas y los gases químicos.
En el Café Voltaire de Zurich y en otros antros de las diversas capitales leyeron sus poemas y discutieron abiertamente sobre cómo liberar la palabra y ahora, cien años después, al asomarse uno a sus textos y acciones concluye que son muy contemporáneos y que serían muy bienvenidos en este mundo donde la literatura ha desaparecido por efectos del marketing y el comercio y está confinada en subterráneos y en el descreimiento y la soledad.
Estos movimientos eran profundamente antiburgueses y fustigaban la avaricia de los potentados, involucrados por supuesto en las guerras y en el estado general del mundo. Hans Arp decía en 1922 que "Dadá es la base primaria de todo arte. Dadá es partidario del sinsentido del arte, cosa que no significa no-sentido. Dadá carece de sentido como la naturaleza. El burgués consideraba al dadaísta como un libertino, un vulgar revolucionario, un asiático perverso, depravado, que odia las campanas, sus cajas fuertes y su honor. El dadaísta ha inventado juegos para privar al burgués del sueño del justo. Ha conseguido infiltrar en la persona falsos rumores. El dadaísta ha hecho sentir al burgués un temblor lejano, pero vigoroso, de modo que sus campanas han empezado a bordonear, sus cajas fuertes a fruncir la nariz. El burgués normalmente constituido dispone de tanta fantasía como un gusano de tierra y en lugar de corazón tiene un inmenso juanete que le duele cuando el barómetro, es decir, la bolsa, va a la baja".
Los años de guerra y entreguerra, la agitación mundial, el surgimiento de nuevas tecnologías, la aparición de las telecomunicaciones, el marconi, la aviación comercial, el submarinismo, los zepelines y otras muchas cosas dejaron atrás ese mundo cerrado del siglo anterior liberando las fuerzas en todos los campos, como lo muestra la película futurista Metrópolis.
Al releer a Tzara y esos jóvenes de su tiempo surge de inmediato una gran identificación con ellos, como si hicieran falta en el siglo XXI. El dinero, el comercio, el marketing, al aburguesamiento general han convertido al escritor en un petrimete que teme dar cualquier paso en falso y va siempre por los caminos trillados para merecer becas, subvenciones, honores, premios y campañas de prensa.
El ejemplo más claro de ese escritor burgués adocenado y retardatario, que no da paso en falso y parece un viejo arzobispo, es en la actualidad Mario Vargas Llosa, encorvado de tantas condecoraciones y premios y que no solo es cavernario en su pensamiento sino en la literatura misma, después del sólido delirio juvenil que lo consagró con cuatro novelas. Contra ese tipo de figuras reinantes en las literaturas y las artes oficiales del momento se rebelaron los dadaístas y los demás actores de las vanguardias.
Como los editores solo publican ahora novelas de reinas de belleza, figuras de la farándula y presentadores de televisión, toda esa literatura rebelde de hoy está confinada y tal vez condenada para siempre. El pensamiento domesticado domina el mundo y por eso una literatura insurgente como la de los dadaístas no puede existir por falta de oxígeno y respiración, o sea de lectores. Por eso el dadaísmo espiritual de hoy está en el underground musical, en los tag que proliferan en las paredes y en los actores secretos de un arte clandestino que es perseguido a veces con la muerte, como el caso de los grafiteros jóvenes muertos recientemente por las fuerzas del orden en varios países. Allí en esa poesía gráfica desesperanzada se encuentra el aliento del dadaísmo de ayer, hoy más joven que nunca.
             Publicado en La Patria, domingo 15 de 2013



sábado, 7 de septiembre de 2013

EL NADAÍSTA MARIO ESCOBAR JUNTO A LA CATEDRAL


Por Eduardo García Aguilar

Acabo de releer La piel condena los cuerpos del nadaísta manizaleño Mario Escobar Ortiz, fallecido en un accidente en 1991 a los 55 años después de haber ejercido el periodismo, el teatro y la literatura a fondo durante décadas y dirigido durante un moment o el suplemento literario de este diario, denominado Paradiso, en homenaje a su admirado barroco cubano José Lezama Lima.
Lucía una larga melena, gafas negras y enormes, camisas floridas y pantalones de bota campana e iba de un lado para otro con sus inconfundibles carcajadas, agitado, nervioso, risueño, cumpliendo con  todas la tareas que exige el diario, por lo cual fue imprescindible durante años en el periódico y tolerado con simpatía pese a ser todo lo contrario en actitud y moda a los hombres de aquella época, engominados, fumadores de pipa, enfundados siempre en trajes oscuros, chalecos y camisas blancas almidonadas atadas con sombrías corbatas.
En tiempos que parecen ahora más abiertos que los actuales y cuando llegaban de todo el mundo las corrientes más modernas de la música, el arte, el pensamiento y la literatura, Escobar Ortiz abría ventanas a las literaturas del mundo y del continente y además daba espacio a los escritores adolescentes que éramos entonces y lo buscábamos en busca de ser publicados en el diario, cuando estaban allí Beatriz Zuluaga, Héctor Moreno y Oscar Jurado en la redacción y una pléyade de escritores de  talento en las páginas de opinión, como Jorge Santander Arias.
El nadaísta Eduardo Escobar, que tiene excelente memoria, recuerda en reciente entrevista al amable personaje y destaca que este diario tuvo tal vez la más sólida página de opinión del país con una variedad de articulistas de alto nivel intelectual. Esos personajes encabezados  por Santander Arias, Edgardo Salazar
Santacoloma y Ebel Botero, entre otros, discurrían en los diversos cafés de la ciudad y se les veía caminar con sus libros debajo del brazo, como figuras dedicadas con total pasión a pensar, leer y escribir.
Esas presencias magistrales se inscribían en la tradición cultural de la ciudad, que tuvo en los años 30 la Editorial Zapata, casa privada  que publicó en su momento a los más grandes autores del país como Fernando Gonzalez, José Antonio Osorio Lizarazo, León de Greiff y muchos más. Además, la ciudad fue centro de la famosa  generación greco-quimbaya, tan vilipendiada por los ignorantes que nunca se han atrevido a leer a esos autores, que no por ser derechistas, carecían de talento y se inscribían en una corriente continental filo mussoliniana, en la que se destacaban Leopoldo Lugones en Argentina y José Vasconcelos y otros en México y que requerirían análisis y estudio de contexto, antes que ostracismo total.
El libro de Mario Escobar Ortiz, publicado en 1972 en la imprenta del diario con prólogo de Jorge Santander Arias, brincó hace poco de los  archivos guardados, con la imagen de portada tomada de un cuadro sicodélico del autor e ilustraciones de Basto, donde se ve la figura del nadaísta en relación con las caóticas imágenes evocadas en ese texto experimental y desbocado que es un extraño grito de rebelión, escatológico e  impertinente. Santander Arias cumplió con generosidad la tarea de prologar el libro de aquel joven, aunque deja entrever en sus palabras la enorme distancia literaria que los separaba, pues el primero era un erudito lector clásico que debía mirar con estupor los experimentos del nadaísta, sus imprecaciones, el erotismo desbordado, su sicodelismo cannábico y los automatismos literarios surrealistas con que hizo gala en ese monólogo de un desquiciado sobre la cárcel de la  piel. Sin duda para Santander como para muchos, aquel libro era un Objeto Literario No Indentificado, o sea un OLNI.
Lo bueno de Escobar Ortiz, quien tenía una columna diaria llamada Carlitos, es que ahí desmenuzaba sin piedad las colaboraciones que los adolescentes le enviábamos con la esperanza de ser publicadas o los artículos de los viejos pomposos que seguían escribiendo como en los tiempos del modernismo.
Yo fui víctima mortal de una de sus andanadas, cuando a los 15 años le envié un soneto que llevaba un título en latín, Sunt Lacrimae Rerum, que fue destrozado y burlado sin piedad en público en la primera vez que me asomaba a las letras de molde. Gracias a esa diatriba contra mis malísimos poemas, y muy sonrojado, pasé rápido a otras experimentaciones, que me dieron la posibilidad de ganar en serie muchos premios literarios intercolegiales.
Escobar Ortiz vivía desbocadamente la literatura pero sin la típica solemnidad reinante en Colombia, donde casi todos quieren escribir bonito y muy pocos se atreven a romper con todo, como ocurrió con el genial León de Greiff, cuya obra toda es también un Objeto Literario no Identificado.
Releer otra vez La piel condena los cuerpos de Mario Escobar Ortiz, ver su dedicatoria firmada en 1973, me comunica de nuevo con esa década loca donde se confirmaron tantas revoluciones recientes mientras crecía en prestigio el Festival Latinoamericano de Teatro que trajo a la ciudad a los más grandes desde Neruda y Miguel Angel Asturias a Jerzy Grotowzky y una pléyade de teatreros, poetas locos y críticos literarios.
La ciudad era vigilada por la enorme Catedral, pero en cafés secretos y centros culturales bullía un mundo libre de estirpe durrelliana, mientras se oía la carcajada intermitente de Mario Escobar, un personaje literario colombiano inolvidable que merecería ser contado.

sábado, 10 de agosto de 2013

GRANDEZA Y FRAGILIDAD DE ANDRÉ MALRAUX

Por Eduardo García Aguilar
Tengo muy presente el día de la muerte de André Malraux, el 23 de noviembre de 1976, cuando yo tenía 23 años y pasaba mis días de estudiante en el estudio que me había prestado mi amiga Flora en el elegante y burguesísimo suburbio de Neuilly, que exploraba entonces con algo de estupor, pues antes y después residiría en animados y coloridos barrios populares de la zona de Belleville.
Ese día lluvioso de invierno la noticia cayó como hielo, pues el deceso de Malraux (1901) era considerado como la prolongación de la muerte del general Charles de Gaulle, seis años antes, figura a la que el escritor fue leal durante toda su vida con una incondicionalidad y devoción de cortesano que impresionaba dada la grandeza como escritor y figura del propio subordinado, para muchos uno de los grandes autores franceses de todos los tiempos, y equiparable al gran Víctor Hugo por sus militancias e hiperactividad.
En La condición humana, La esperanza, Los conquistadores, las Antimemorias y otros muchos libros escritos con una prosa admirable, Malraux estaba presente cada día, pues sus libros e imagen se nos cruzaban en todas partes con don de ubicuidad. Pero además de esa riqueza literaria, el personaje siempre estaba vivo en los reportajes u homenajes que se le hacían en revistas, televisión y claustros universitarios, donde se abordaba su participación en la Guerra de España al lado de los republicanos o sus actividades en Indochina, del lado de los anticolonialistas.
Malraux era pues un típico hombre de letras del siglo XX, comprometido con la historia y la vida real, hasta el punto de ser el ministro de Estado encargado de la Cultura del general de Gaulle durante lustros y una especie de canciller bis de lujo para misiones especiales de seducción en lejanos confines, desde América Latina hasta Asia, Europa del Este, Oriente Medio y Africa.
Su figura también estaba impresa en la memoria contemporánea pues fue él quien encabezó las manifestaciones de la derecha y de los gaullistas republicanos, cuando el país estuvo a punto de derrumbarse durante las jornadas revolucionarias de mayo de 1968, cuando De Gaulle casi cae derribado por la fuerza aliada de la juventud y los obreros, después de un reino como semidiós de unos 25 años en el poder o con él tras bambalinas.
De Gaulle era la historia, el último personaje del rango de Napoleón, hombre de armas que liberó a su país de la invasión nazi en alianza con los ingleses y norteamericanos, arregló la independencia de Argelia, y que durante sus gobiernos dio el nuevo impulso económico fenomenal a un país que todavía se consideraba potencia mundial, independiente y con fuerza nuclear e influencia cultural innegable que despues se fue a pique.
Malraux y De Gaulle, que también fue escritor y grande en sus Memorias, eran del mismo rango y por eso su dupla fue inseparable durante esos tiempos, como dos pilares de mármol en lo alto del partenón del Estado. Figuras de unos tiempos que ya no volverán. Tiempos de gloria más cercanos a las gestas de Napoleón y Bolívar y que a la contemporaneidad mediática y veloz del siglo XXI.
Por eso tengo ese día nítido, con cierta luminosidad brumosa y las calles mojadas y los diarios con sus ediciones especiales dedicadas a la gran figura ideal, hombre secreto, neurasténico y frágil que sufría de depresión y había experimentado tragedias familiares atroces como la muerte de sus hijos y otros dolores y duelos puntuales que lo hacían un ídolo, un coloso de Rodas con pies de barro, un ser real encerrado en los aposentos de su gloria.
Mi novia de entonces se había ido por dos meses y estaba solo en ese barrio burgués de Neuilly, en el escenario central de la burguesía republicana de derechas, a la que pertenecía Malraux entonces, después de haber sido un joven rebelde de izquierdas. Era curioso que recibiera la noticia y percibiera el duelo nacional en ese lugar tan alejado del tradicional París popular. Caminando por esas avenidas de soberbios edificios y mansiones de millonarios y figuras de Estado, incluso más poderosos que los habitantes del tradicional barrio XVI, me acerqué a un kiosko y compré Le Monde y otros diarios dedicados al hombre, donde se pasaba revista a la iconografía del adusto personaje, aquejado en su vejez de terribles dolores y cefaleas y sombras, el mismo que esperó el Nobel y nunca lo obtuvo, tal vez por esa cercanía suya tan patente con el poder.
Ahora retomo el número de la Nouvelle Revue Fraçaise publicada un año después en su homenaje y reviso algunos textos luminosos y otros menos, donde por lo regular prima la hagiografía y la inclinada reverencia que se tiene con los poderosos.
Figuran allí un texto de fuego de su amigo Chagall, y múltiples testimonios de colaboradores y hombres de su corte inmediata como médicos, ayudantes y algunos escritores, de donde se pueden sacar datos reales del hombre preso de sus ceremonias y sus alguaciles.
En ese 1976 el reino era todavía de Jean Paul Sartre, Louis Aragon y las ideologías de izquierda marxista, aunque ya surgía el antitotalitarismo. Seguíamos en plena guerra fría y las figuras de los revolucionarios de América Latina, el Che a la cabeza, eran el ejemplo a seguir. El golpe a Allende por Pinochet era reciente y la Unión Soviética aun era poderosa. Acababa de morir Mao Tse tung.
Los intelectuales en general eran de izquierdas. Solo Malraux había seguido del otro lado y su liderazgo anti mayo de 1968 era odiado por la juventud. El viejo y grande carcamán burgues había terminado de lado del establecimiento y en ese barrio de Neuilly donde leía la prensa y escuchaba la radio con la noticia de su muerte percibía el fin de una época, la muerte definitiva del general de Gaulle y el inicio de la decadencia francesa, lejos de su panteones y sus discursos, lejos de su adusta figura inaccesible.
Pero quedó su obra como en su tiempo quedaron las de Chateabriand y Victor Hugo, también militantes comprometidos como él en las luchas de su tiempo. Malraux, el burgués, pero demócrata y republicano al fin y al cabo, el hombre ilustrado de derecha moderada, antitotalitario y escéptico, alertó sobre los peligros del fanatismo ideológico y supo expresar con palabras las ideas más concisas y transparentes. Salvado por su prosa, el político en él fue solo un adorno de su fuerza verdadera.





domingo, 4 de agosto de 2013

VUELO DE NOCHE DE SAINT EXUPÉRY

                        
*Saint Ex y Consuelo Suncín
Por Eduardo García Aguilar
Nunca había leído Vuelo de noche, bella novela de Antoine de Saint Exupéry, ganadora del premio francés Fémina en 1931, que lanzó al joven piloto iniciador de las rutas de la aviación comercial postal en Suramérica, cuando éste era un oficio de vida y muerte. Saint Exupéry murió joven en 1944 al despeñarse su avión cerca a Marsella en un accidente misterioso que ha vuelto a salir a flote con el descubrimiento reciente de la nave en el fondo del mar y el rescate de algunos objetos personales del aventurero, como su esclava grabada con su nombre.

Saint Exupéry fue un pionero y en su corta vida logró los aplausos de la crítica y de grandes autores como André Gide, prologuista de Vuelo de noche, quienes reconocieron rápidamente el talento del autor, la verdad de sus historias y palabras. Su obra transcurre en esos ricos años de entreguerras que dieron algunos de los más extraordinarios autores franceses del siglo XX como Louis Ferdinand Celine, autor de Viaje al fondo de la noche, y André Malraux, de la inolvidable Condición humana.
Todos esos autores de aquellos tiempos estuvieron ligados a la realidad, ya que se vieron confrontados a terribles guerras y conflictos, cuando las potencias mundiales se reacomodaban y se preparaban para la conflagración mundial iniciada en 1939. Los autores de entonces participaron o fueron testigos de los conflictos guerreros que se daban en alejadas zonas del planeta por el botín de sus riquezas, como en Camboya, Vietnam, Laos, Indonesia, China, Japón, India, África subsahariana, Magreb, España o América Latina, entre otros.
Ya fuese como representantes de sus respectivas potencias u observadores independientes, estuvieron en diversos frentes de batalla comerciales o bélicos desde muy jóvenes, y tales experiencias nutrieron su obras y les dieron la fuerza de la vida, lejos de los gabinetes intelectuales de otros autores preciosistas, parnasianos y simbolistas, alejados de la realidad y que estaban en boga hasta entonces desde mediados del siglo XIX. Malraux en Camboya y España, Céline en África, Saint Exupéry en América Latina.
De sus aventuras latinoamericanas Saint Exupéry sacó tema para algunas de sus obras y además allí conoció a su famosa amada, esposa y heredera, la salvadoreña Consuelo Suncín, inspiradora de El Principito, quien a lo largo de su vida tuvo múltiples esposos, o amantes de fama, que la convirtieron en una rica heredera. Saint Exupéry le habría robado el primer beso durante un vuelo de prueba sobre Buenos Aires, cuando experimentaba esas rutas que sirvieron para escribir Vuelo de noche.
Esta pequeña novela cerrada, ceñida, efectiva y de gran claridad y transparencia es equiparable a otras joyas como El viejo y el mar, de Hemingway; Billy Bud, de Hermann Melveille; o El espejo del mar y El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Todas ellas son obras tan logradas que no parecen haber sido escritas por nadie, sino haber surgido de la nada y querer comunicarnos con la vida y la muerte directamente sin la mediación de un autor, la palabra o el estilo.
La historia es muy simple. En Bueno Aires está el centro de un nuevo experimento postal de una empresa francesa con sede en Tolosa, dirigida por el seco y frío personaje Rivière, que quiere competir con los correos marítimos o aéreos rivales, implementando riesgosas rutas nocturnas manejadas por jóvenes pilotos. Las tres rutas vienen desde la Patagonia, Santiago de Chile y Paraguay y confluyen en Buenos Aires en los tiempos de Carlos Gardel, ciudad desde donde parte todo el correo reunido para Europa.
Los vuelos nocturnos pueden ser placenteros y celestiales cuando las condiciones meteorológicas son propicias, aunque mortales cuando son asediados por tormentas y ciclones gigantescos provenientes del mar o de la cordillera de los Andes. Con los precarios avances técnicos en ciernes de la época, enfrentar esas peripecias climáticas, esos leviatanes de nubes negras y relámpagos asesinos es una tarea de titanes que se juegan la vida en el instante.
La novela cuenta la actividad de los jefes estrictos de la empresa, que manejan a contrarreloj la vida de esos pilotos suicidas y sus peripecias aéreas, uno de los cuales, y de los mejores, y recién enamorado de una bella, muere durante una de esas tormentas. El jefe es un hombre duro, de una gran lucidez y en torno a el circulan las vidas de empleados, mecánicos, pilotos, esposas, amigos, en una empresa impecable que nunca para, e incluso debe seguir fríamente sus tareas después de la muerte de una de sus mejores fichas.
Y en el aire sabemos de las peripecias del piloto malogrado, que pasa de la oscuridad total al esplendor del cielo estrellado cuando sabe que su destino está sellado. Vuelo de noche es una novela extraordinaria sobre la vida y la muerte, reflexión sobre la máquina irrefrenable de la vida humana, donde los pesados aparatos de entonces y sus hélices hacen causa común con seres humanos que aman, sudan y viven a sabiendas de que la muerte tarde o temprano los va a acechar y los rematará sobre sus aires. Por eso, Vuelo de noche es una pequeña obra maestra bíblica que todos deberíamos leer, porque también estamos condenados sin saberlo.

lunes, 29 de julio de 2013

SEIS DÉCADAS DEL HOTEL TEQUENDAMA

Por Eduardo García Aguilar
El hotel Tequendama es una verdadera institución de Bogotá y del país y uno de los pocos lugares que la modernidad no ha arrasado todavía y guarda en sus amplios corredores y habitaciones la patina de 60 años bien vividos y bien conservados como protagonista de la historia contemporánea del país y de América Latina.
Allí se han celebrado convenciones políticas trascendentales, encuentros culturales, empresariales o de moda y en sus suites se han hospedado las más grandes figuras de la farándula o el poder que durante décadas visitaron al país en tiempos ya tan lejanos que parecen de siglos idos: cantantes, actrices, toreros, escritores, prelados, diplomáticos, espías, mafiosos, humoristas, ciclistas, futbolistas, bandidos, estafadores, personalidades del jet set, políticos nacionales e internacionales.
Bogotá en esos años 50 dejaba de manera acelerada atrás el pueblo que fue y aunque ya desde los años 30 y 40 habían surgido muchas edificaciones contemporáneas de tipo Art Deco como la Biblioteca Nacional y muchas residencias y edificios del centro bogotano no colonial, el Tequendama irrumpió como una conexión de la ciudad con el lujo hotelero de las grandes capitales.
Todo allí es sólido y eso se siente en muros, elevadores, el lustre de sus bronces y lampadarios, los pesados uniformes de los botones, el confort de sus habitaciones, el discreto esplendor de sus restaurantes, tiendas de lujo o salones donde los llamados prohombres de la patria, presidentes de levita y frac nuestros pronunciaban discursos acalorados en convenciones de los partidos del Frente Nacional.
En su enorme lobby de amplios sillones se han congregado los periodistas en espera de la salida de algún hombre de actualidad y como me lo contó una vez el embolador con título del sitio, un señor que ha trabajado allí desde siempre con su pulcro uniforme y educó a sus hijos con su labor, la figura más importante que pidió sus servicios allí en medio siglo fue el cómico mexicano Mario Moreno Cantinflas.
He tenido la fortuna de hospedarme allí muchas veces con motivo de participaciones mías en ferias del libro, coloquios, encuentros u otras actividades a lo largo de más de 30 años y cada vez tengo la sensación de ingresar a un aspecto muy especial de Bogotá, ante los cerros y las edificaciones cercanas como la Plaza de Toros, las Torres de Salmona y el Planetario.
Las veces que he estado allí he coincidido con otros invitados como Alfredo di Stéfano, Quino, Carlos Monsivais, Sergio Pitol, Jose Emilio Pacheco, Óscar Collazos, Carlos Germán Belli, Ida Vitale, y decenas y decenas de poetas, escritores y editores extranjeros y colombianos que han recalado ahí con motivo de esas fiestas del libro o encuentros universitarios.
En las habitaciones amplias uno se siente a salvo del caos citadino y con mucha mayor razón en aquellos años terribles de dominio del narcotráfico o cuando las fuerzas extremas asesinaban a diestra y siniestra opositores con sus escuadrones de la muerte. En ese hotel estaba hospedado cuando mataron al director de El Espectador Guillermo Cano y en muchas estadías regresaba a la habitación como si fuera un sobreviviente, después de temblar en el taxi por un posible atraco o la probable coincidencia con el estallido de una bomba puesta por Pablo Escobar.
El hotel posee la patina del tiempo y un olor peculiar que solo tienen aquellos sitios hoteleros de leyenda como el Hotel Crillon de París o el Hotel Ancira de Monterrey, la capital del rico estado mexicano de Nuevo León, donde me hospedé por fortuna durante la visita a México del papa Juan Pablo II hace dos décadas.
Pero para mí el hotel Tequendama es aun más íntimo porque me trae los recuerdos de algunas visitas a Bogotá de niño con mi padre y los tiempos de estudiante en la Universidad Nacional, cuando nos la pasábamos en las exposiciones o los festivales de cine del Planetario o en fiestas en las famosas torres del Parque de Salmona.
Y desde diversos ángulos, en silencio, en la soledad de las habitaciones, en esos momentos de espera, uno mira con ojo de águila la Bogotá profunda, las avenidas que van hacia el norte y el sur, y la bruma, las nubes y la lluvia que surgen de los cerros de la capital colombiana que son una de sus mejores marcas. Y por supuesto los puentes de la 26, la carrera 13 donde estaba el inicial Goce Pagano y las carrera Décima y la Avenida Caracas, que en otros tiempos fueron arterias vivas del país, sin olvidar el Cementerio mayor, la Biblioteca Nacional y las torres del Centro Internacional. O la luminosidad nocturna de la urbe vista desde los insomnios provocados por el jet lag.
Ahí está por fortuna vivo ese edificio sólido de ladrillos rojos en un punto estratégico de la ciudad, como milagroso sobreviviente de seis décadas de guerras y conflictos sin fin. Y con su simbólico nombre El hotel Tequendama es al lado del aeropuerto Eldorado, emblema internacional y cosmopolita del país, allí donde entran, duermen y salen los viajeros afortunados a salvo de los suplicios infernales de Colombia.