lunes, 11 de febrero de 2008

CENTENARIO DE BORGES

Por Eduardo García Aguilar
Nacido según la Fundación San Telmo el 23 de agosto de 1899 y para otros el 24 del mismo mes, Jorge Luis Borges llega este día a su centenario en la más espectacular nube de gloria, con dos volúmenes y un álbum en la prestigiosacolección francesa de La Pléiade y miles de entradas en la red Internet que realizan el sueño del Aleph. Se necesitarían muchos años para poder visitar cada una de esos sitios llenos de sorpresas, datos, juegos, enigmas y delirios de sus admiradores de todo el planeta. Y para viajar por esos múltiples enlaces borgianos en la telaraña mundial que nos introducen al escalofriante nuevo efecto de su palabra.
Por donde pasaba Borges parecía ser la concreción en vida de una nueva deidad. En México, al salir de la sala Ollin Yoliztli, una noche de los primeros años 80, varios jóvenes se tiraron al suelo y empezaron a seguirlo arrodillados al grito de "¡gloria eterna para usted maestro!" y lloraban y acoplaban sus manos en signo de adoración. Lo mismo ocurría en Quito, Bogotá, Medellin, Santiago de Chile, Londres, Madrid, Tokyo, y París, ciudad donde desde hacía ya muchas décadas se le había consagrado como una leyenda viviente. Se le veía junto a un globo, al lado de las pirámides de Egipto, sabio e infinito junto a las de Teotihuacán, ciego pero inquieto hasta el final devorándose al mundo.
Francia lo adoraba y las calles de París lo vieron pasar muchas veces. En el Hotel de la rue des Beaux Arts, donde murió Wilde, hay una placa en su nombre. Desde las traducciones de Roger Caillois Borges fue adoptado por la tierra de Montaigne y Voltaire. En 1964 Herne dedicó un número especial a su obra, en los años 70 Michel Foucault lo hace protagonista de Las palabras y las cosas y en 1999 la Pléiade concluye la edición del segundo volumen desus obras completas en edición establecida, presentada y anotada por el francés Jean Pierre-Bernès, uno de los últimos confidentes del maestro.
Para Borges la gloria era la mayor incomprensión y aunque al principio sólo vendió en un año 37 ejemplares de uno de sus libros, en las dos últimas décadas de su vida se volvió una especie de fetiche hacedor de milagros. Pero a diferencia de otros, Borges tomó la tragedia de su gloria con gran sentido del humor y proverbial modestia. Siempre fue un escritor marginal, rebelde, subversivo, anarquista. Contra la corriente no escribió novelas porque su timidez lo hubiera incomodado entre tantos personajes, y mezcló prosa y poesía en volúmenes y fue un gozoso conversador antes que aprendiz de tribuno. Su reino fue el estilo. De él dijo Cioran que “la desgracia de ser reconocido cayó sobre él. Merecía algo mejor. Merecía seguir en la sombra, en lo imperceptible, seguir inasible y tan impopular como el matiz”.
En la tercera entrega del Magazine littéraire de 1999 dedicada a Borges, después de las de 1979 y 1988, el editor del número, el hispanista Gerard de Cortanze, trata de “volver de nuevo a esta obra vasta y enigmática” y a un Borges “humanizado y más caluroso” lejos de la leyenda aceptada de “un intelectual abstracto y gélido”. El último exégeta Bernès trata de mostrarlo como “el viejo anarquista tranquilo”, según la propia y final autodefinición del poeta poco antes de morir en Ginebra tras casarse con María Kodama y participar con entusiasmo en la preparación de su obras completas para La Pléiade. Bernès cuenta los últimos días previos a la muerte, en junio de 1986, y dice que tiene “la certeza de que preparaba su muerte por una especie de imitación de las muertes literarias que lo precedieron” y por eso le dijo, fiel a su gran preocupación, que “yo no sé en que lengua voy a morir”.
Borges fascinó en los 60 y 70 a toda la juventud latinoamericana que aprendía de memoria sus enigmas e ironías y lo tomó como modelo de escritor: el que deambula siempre por la biblioteca eterna y pasa de un lado al otro del mundo y de un milenio al otro con la alegría de un sabio modesto que está seguro de que todo conduce a la muerte y al olvido. El reino y la maestría de Borges en aquellos años se mira con nostalgia: en todas las ciudades que visitó se vio rodeado por esa juventud latinoamericana entusiasta que lo quiso no como una estrella fugaz de opereta literariasino como el maestro que nos hace amar el milagro de la palabra, el libro, la vida , la muerte, la gloria, la eternidad, el olvido, el polvo, el desierto.
Toda esa generación debe percibir ahora con susto cómo el mundo literario ha girado hacia la dictadura de los editores y escritores analfabetas sacralizados por la lista de ventas, el tintineo de las máquinas registradoras y el paso por las emisiones de televisión. En tiempos de Borges la Gran Biblioteca estaba cerca de la gente, era una biblioteca amable, generosa, llena de gracia y alegría, de fiesta; ahora, por el contrario, ha sido vaciada y en su lugar reina el hielo de los supermercados.
Silvia Barón Superviele dice que para Borges “la Enciclopedia y la Biblioteca son análogas porque son imágenes del infinito” y esa búsqueda del infinito quiere ser desterrada de la literatura. Aunque en la red virtual su palabra crece precisamente hasta el infinito, se reproduce, se esconde y fluye ante la mirada ciega del viejo centenario convertido en algo más que una figura legendaria
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(Letras libres, agosto de 1999)

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