viernes, 17 de julio de 2009

ENTREVISTA CON EDUARDO GARCIA AGUILAR EN PAPEL SALMON DE LA PATRIA


La Manizales de El viaje triunfal es la de la infancia y adolescencia de García Aguilar. Sus intentos más fuertes y adultos por escribir una obra se han dado afuera. México le cambió su rumbo definitivamente. El escritor nacional ya es anacrónico con la globalización. Búsqueda.

Gloria Luz Ángel – Papel Salmón - La Patria - Manizales

La novela de Eduardo García Aguilar

El viaje triunfal fue presentada en su traducción al inglés el pasado mes de abril en la sede de Americas Society en Nueva York. Papel Salmón le hizo una entrevista vía internet acerca del libro y su vida como escritor en el exterior.


-Arnaldo Faría Utrillo, personaje de El viaje triunfal, es un “extranjero profesional”, un hombre del mundo. ¿También es así Eduardo García Aguilar?
El apátrida siempre busca la tierra prometida o perdida. De niño y adolescente en Manizales me encantaba escuchar por onda larga las emisoras radiales lejanas que transmitían en otras lenguas o en español programas desde Holanda, Francia, Rusia, China, Inglaterra o Estados Unidos. En las noches de insomnio, cuando afuera sonaba la lluvia, pasaba horas explorando esos universos y deseando viajar. Soñé muchas veces en amplios espacios de nieve y ciudades imaginarias como París, a donde finalmente llegué a los 20 años.
Desde mi ventana veo esta ciudad tan entrañable que me acogió, me abrió sus universidades y me dio trabajo y la siento tan mía como la natal. Me gusta vivir entre gente de múltiples nacionalidades, saber que en el metro o en el bus se hablan decenas de lenguas distintas y que en los rostros se observan los orígenes más extraños y distintos.
Me encanta ser un ciudadano del mundo, un “cosmopolita” en el sentido más noble. Pero mi nacionalidad está bien definida y es la colombiana, pues de ahí vienen mis ancestros. El personaje Faria Utrillo se define como “extranjero profesional”, pero al final viene a morir a su tierra, en su casa de La Francia, y es devorado por el espejismo del retorno.

-¿Cómo es la Manizales que aparece en El viaje triunfal?
Es la Manizales de mi infancia y adolescencia, a la que retorno siempre y está fija en un mundo mítico y legendario situado en la esquina del Hotel Escorial, diagonal con el café Osiris, cerca de donde papá tenía su oficina en un edificio que después convirtieron en Hotel Cumanday. Es la Manizales de la Catedral omnipresente, el edifico de la Gobernación, la ciudad del centro, Hoyofrío, Chipre, el manicomio de San Cancio, La Francia y los parques Fundadores, Bolívar, Caldas y Olaya Herrera, el Puente de Olivares, el Carretero, el cementerio San Esteban.
Se dice que los novelistas siempre tratan de contar los mundos fantásticos de su infancia y retornan a ellos de manera cíclica. Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa, Joseph Roth, James Joyce, Thomas Mann, Marcel Proust, Virginia Woolf. Los grandes narradores exploran sin cesar esos mundos idos. Sin saberlo tal vez, guiado por la fuerza del relato, he hecho lo mismo, tratar de explorar y contar las calles de mi infancia a través de personajes como Leonardo Quijano en Tierra de Leones, Tulio Bayer en Bulevar de los héroes y Faria Utrillo en El viaje triunfal, que componen mi trilogía sobre la ciudad natal.
Ahí también trato de reconstruir la ciudad art decó de los años 50 y 60, algo idílica, anterior al progreso, los supermercados y las grandes avenidas. Una ciudad muy bella, llena de naturaleza por todas partes, en una biosfera poblada de árboles, montes, volcanes, riachuelos y casas de sueño. En El viaje triunfal hago énfasis en esa ciudad del centenario. Esas tres novelas son mi búsqueda del tiempo perdido, mientras mis libros de poesía Llanto de la espada y Animal sin tiempo abordan el viaje, el exilio, el destierro, la errancia, el paraíso perdido y la nada perpetua.

El modernismo
-Según el traductor Gregory Rabassa, El viaje triunfal es una novela sobre el modernismo. ¿Cómo lo definiría?
En América Latina el modernismo se refiere a la generación encabezada por Rubén Darío, que revolucionó el castellano, incluso en la metrópoli española. A esa generación pertenecieron Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo, José Santos Chocano, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig y José Asunción Silva, discípulos del simbolismo francés y la literatura decadente de fin de siglo XIX, encabezada por Baudelaire y Verlaine.
En el mundo de la crítica europea y anglosajona el modernismo está más relacionado con las vanguardias de entre guerras que revolucionaron el arte poético y pictórico. A ese mundo pertenecen el dadaísmo, el cubismo, el futurismo, el surrealismo, poetas como Apollinaire, Blaise Cendrars, César Moro o artistas polifacéticos como Francis Picabia y Marcel Duchamp.
El viaje triunfal abarca esas dos generaciones y Faría Utrillo nada entre ambas porque es hijo de la primera a través de su madre Ana Malo y testigo de la segunda en París y Nueva York. Asiste al mundo terrible que presagia la segunda guerra mundial y viene a morir a Colombia cuando se inician los terribles años de La violencia.
El personaje central es un Frankenstein de ambas generaciones y a través de él quería hacerles un homenaje de lector. El maestro Rabassa, que hizo también el prólogo a la edición en inglés de Bulevar de los héroes, subrayó en la presentación en Americas Society de El viaje triunfal el hecho de que la mejor forma de hacer literatura es viviéndola como tal, dentro de ella, y este libro para mí fue una forma feliz de vivirla desde adentro, desde su propia materia.
El escritor adolescente es el esencial

-¿Qué rumbo ha tomado su escritura luego de vivir en México y Francia?
Me fui de Colombia a los 20 años y nunca volví a vivir allí. Salvo la parte adolescente de la escritura, el resto ha sido desde la lejanía, en otros países como Francia y México. Los intentos más fuertes y adultos por escribir una obra se han dado afuera. Sin embargo, creo que el escritor adolescente es el esencial y sigue dictando los rumbos. En el bachillerato, como poeta adolescente, visto así por compañeros y profesores, uno ya es lo que busca, ahí la vocación está químicamente pura. Es impresionante la lucidez con que uno en ese momento se identifica con los grandes autores que va descubriendo, clásicos griegos y latinos, Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Goethe, Dostoievsky, Tolstoi, Proust, Kafka y los grandes clásicos nacionales como Jorge Isaacs, José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Tomás Carrasquilla, José Eustasio Rivera y León de Greiff.
En mi caso, México es muy importante porque es la capital literaria de América Latina y por su sincretismo entre un fuerte mundo prehispánico, un poderoso mundo cultural colonial hispano y la vecindad con Estados Unidos, que da una espléndida perspectiva para situarse en el marco de las letras hispanoamericanas. Ahí crecí entre los colegas de mi generación mientras Juan Rulfo y Octavio Paz estaban todavía vivos, aprendiendo de Alfonso Reyes y Vasconcelos; ahí publiqué mis libros y devoré obras que encontraba en las grandes librerías del orbe hispanoamericano, que son las de la calle Donceles. México fue una universidad literaria y cambió mi rumbo definitivamente, hasta el punto que a veces creo tener el espejismo de ser un autor mexicano antes que colombiano.

Entre la literatura y el periodismo
-Usted lleva 20 años trabajando en la AFP, ¿qué le ha aportado el periodista al escritor y viceversa?
Trabajar en periodismo en una agencia mundial le pone a uno los pies en la tierra, lo conecta con la realidad y la necesidad de comunicarse con la gente y darse a entender. A nivel personal, me obligó a ir al grano, a ejercer el trabajo con gran voluntad y energía y a obtener a toda costa los objetivos, pasando la mayor cantidad de barreras y obstáculos posibles.
Esa profesión lo vuelve a uno recursivo en el mundo, perfecciona la mirada de águila y da una visión amplia sobre este ser humano tan complejo y vivo que domina el mundo y lo está destruyendo. En periodismo el escritor debe hacer mutis porque son dos lenguajes muy diferentes y tienen objetivos disímiles. De hecho los escritores, los poetas, no son bien vistos en el periodismo y mucho más ahora. Como en el caso de Juan Carlos Onetti, que fue agenciero como yo, la literatura es un jardín secreto, clandestino, que se debe conservar para uno y lo mejor es tenerlo escondido. Eso es como un político honrado en el Congreso. Es un ave rara muy mal vista.
Hacia el olvido
-¿Siente que se cumple en usted el refrán “no es profeta en su tierra”?
Bueno, para empezar habría que preguntarse si uno quiere ser “profeta” o convertirse en “escritor nacional, oficial”, de esos engolados que caminan orondos como el sapo de Pombo, con levita y corbatín, rodeados de corte e ilusos admiradores que aplauden y aplauden todo el día.
A mí eso me da mucha pereza. Es un modelo muy decimonónico y su ejemplo típico es Víctor Hugo, cuyo arquetipo se impuso en América Latina con los “maestros de juventudes” que parecían arzobispos de la literatura. De ahí salen esos escritores nacionales latinoamericanos del modernismo tipo Amado Nervo, o embajadores poetas y políticos a la vez como Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, a quienes les encanta andar entre presidentes, dictadores y políticos, reyes, millonarios y parecen caminar siempre con la mitra y el báculo bien puestos, dando lecciones a diestra y siniestra.
Digamos que el escritor “profeta nacional” fue el que se impuso hasta hace poco en nuestro continente, y en Europa reinó hasta los tiempos de André Malraux y Sartre. Pero creo que eso ya está cambiando. Digamos que el escritor se “privatizó” y ahora reinan los best sellers que son a la vez vedettes de la farándula. El escritor nacional ya es anacrónico con la globalización. A ese modelo, prefiero la vertiente marginal rebelde, a la que pertenecen poetas ladrones o presidiarios como François Villon y Jean Genet en Francia, o el barbudo Walt Withman y el borrachín degenerado Charles Bukowsky en Estados Unidos. O para volver a Francia, los malditos maravillosos Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y Artaud, o los suicidas Nerval, Silva, Cesare Pavese o Paul Celan, entre otros. La mayoría de los escritores malditos y marginales fueron conocidos con carácter póstumo y por casualidad muchas veces, rescatados azarosamente del olvido. Estoy convencido de que los escritores juntos vamos de manera rauda hacia el olvido absoluto. Suficiente nuestro grito momentáneo como el trino anónimo del pajarito, el sonido del grillo entre la maleza o el croar de las ranas junto al riachuelo, antes de la tempestad.

sábado, 4 de julio de 2009

LA SINFONIA CARIBE DE BURGOS CANTOR


Por Eduardo García Aguilar

Como homenaje al gran novelista colombiano Roberto Burgos Cantor, finalista del Premio Rómulo Gallegos y ganador del Jose María Arguedas con La ceiba de la memoria en 2009, saco de mi gaveta un ensayo escrito hace un cuarto de siglo con motivo de la salida de su primera novela, e incluido en mi libro Atenas Express. Cien años de literatura colombiana, todavía inédito.

     Una de las novelas más destacadas dentro del panorama de la nueva novela colombiana es El patio de los vientos perdidos de Roberto Burgos Cantor (1948). Novela de ciénagas y tierra húmeda, incrustada en el colorido ambiente del Caribe, la de Burgos es notoria porque es la primera en desembarazarse de la retórica macondina que casi todos los escritores de la costa colombiana no habían podido superar.

     Durante los últimos años esos escritores luchaban sin resultados por expulsar el pulpo garciamarquino que los asfixiaba. Con esta novela, en la que campea un mundo mítico repleto de guiños a sus maestros, la guerra ha terminado con resultados favorables para el soldado de las letras. Como buen discípulo, Burgos ha logrado sintetizar los mejores logros de García Márquez con el mundo maravilloso de Alvaro Mutis, quien está presente en cada una de estas páginas. Más mutisiano que macondiano, Burgos produjo, sin embargo, una novela absolutamente burguiana.

     La novela trascurre en dos tempos : el de un boxeador decadente que trata de justificar su derrota y el de una casa de putas regentada por Germania de la Concepción Cochero. Miguel Sarmiento, el músico, Beny el boxeador, Lácides, el aristócrata decadente, Olimpia y los músicos se entrecruzan en esa casa húméda rodeada de flores y de iguanas, especie de barco fantasma donde se concentra la maravilla de un mundo ajeno a la tierra fría de los Andes. Araucaíma de las ciénagas.

     La literatura colombiana está marcada irremediablemente por sus signos geográficos. A un lado la tierra fría de la cordillera con sus mundos nublados con mitologías peculiares y al otro lado la tierra caliente de la costa con autores atrapados en la nieve como Germán Espinosa, Burgos Cantor, Jaime Manrique Ardila y Julio Olaciregui, para sólo mencionar algunos recientes, cuya obra es fiel a su tierra. De estas oposiciones, de estos ámbitos tan disímiles está surgiendo una nueva novela fogosa y variada que explota súbitamente después de un lento proceso de incubación.

    Burgos vive en Bogotá y desde el « exilio » evoca un mundo que tiene mayores coincidencias con las islas y las costas del Caribe que con las tierras altas de Colombia. Otros escritores, esta vez andinos, como Eduardo Zalamea Borda, han escrito obras donde muestran el ansia de fundirse en la otra mitad del país. Cuatro años a bordo de mi mismo, publicada en 1934, es una Vorágine aguamarina. En sus páginas se ve claramente que quien escribe es un paramuno deseoso de comerse a la costa. Y al final de esta gran novela hay un sabor de inevitable fracaso.

     A diferencia de Cuatro años a bordo de mi mismo, El patio de los vientos perdidos inunda de humedad el cuarto de un lector ajeno y lo sume en el letargo de ciertos atardeceres desde donde emergen ferrys abandonados, corredores y escalinatas rodeadas de enredaderas, techos lejanos de paja y músicas de harmonios encantados que huelen a colonia de Murray. El tiempo que une a los objetos es el del almanaque Bristol. Y su dirección loca es la de los cangrejos azules. El vehículo en que viaja, una victoria halada por corceles negros.

     Antes había publicado en la colección del Instituto Colombiano de Cultura un libro de cuentos, Lo Amador, donde se vislumbraban los principales temas y ámbitos de El patio de los vientos perdidos. Desde entonces Burgos escogió para escribir una trompeta. Tomando partido por el lenguaje, por la música de las palabras y sus destellos, asestó un golpe certero a cierto manierismo, cuyo objetivo era la confusión estructuralista antes que la poesía o la música.

     La novela comienza con el contrapunteo de dos tiempos : el del boxeador fracasado y el de la casa de Germania. Son fotografías donde se muestran los elementos fundamentales de la historia. Luego, en una larga sinfonía caribe, Burgos se remonta al pasado colonial, el de los ancestros de don Laci, para llegar de nuevo a la casa con su ambiente de farra mítica. Es un texto de más de cien paginas para ser cantado en voz alta. Después volvemos a la angustia del fracaso, con un texto para percusión, donde Beny, asiduo de la casa, cuenta los peligros del éxito. Al final viene el entierro de don Laci, personaje misterioso que llegó y se quedó como sombra, seguro de haber encontrado en Germania su otra parte. Es un entierro de opera, bajo el sol y la humedad, arrullado por el oleaje y los chapuceos de los cangrejos.

     Para desentrañar El patio de los vientos perdidos debemos sumergirnos en él sin temores. Con la fogosidad de otros textos realistas, Burgos abre una brecha dentro de la nueva literatura colombiana. Su partido es la música antes que todo y a través de ella cuenta las historias. Los hechos y los protagonistas son el eco del combo. La novela es el sonido que ha dejado el combo junto al mar, cuando los borrachos se reúnen a tomar las cervezas frías del alba.

   El delirio novelístico de la nueva generación de escritores de Colombia es sorprendente. Tal vez en pocos países de América Latina se están escribiendo tantas novelas, y esto se debe al deseo de emular al gran Patriarca. Hay un abanico que va desde el más descarnado realismo hasta las más abstrusas experimentaciones. Burgos Cantor, con El patio de los vientos perdidos, ha optado por dar a las palabras poderes musicales, visuales, olfativos y táctiles.

    Otro cartagenero, Germán Espinosa (1938), escribió y publicó en Montevideo en 1970 una novela que puede considerarse precursora de El patio de los vientos perdidos en lo que respecta a la utilización de la palabra como nota musical : Los cortejos del diablo. En ambas se percibe el deseo de hacer de éstas el cuero de un tambor, la cuerda de un instrumento, el metal de la corneta. La de Espinosa se remonta, como en su momento también lo hace la de Burgos, a los tiempos virreinales. Y todo parece como si en el remoto pasado estuvieran escritas las tragedias y las dichas presentes, los signos de la suerte, las cartas de la baraja. Como si Cartagena de Indias, tierra de fundación, estuviera poblada de los más extraños fantasmas de la palabra, gnomos de la ficción.

   De Lo Amador hasta El patio de los vientos perdidos (Planeta colombiana. Bogota, 1984) hay ya un camino recorrido que augura nuevas fiestas y delirios. Con su primera novela, Burgos Cantor coloca una de las más valiosas piedras del edificio novelístico del post-macondismo colombiano.

 

sábado, 27 de junio de 2009

MICHAEL JACKSON EN LA CAMA


Por Eduardo García Aguilar

Estaba despierto en la madrugada viendo CNN al otro lado del Atlántico, cuando de repente apareció el urgente sobre la súbita hospitalización de Michael Jacskon y de inmediato las imágenes del hospital a donde fue llevado y la casa rentada en Los Angeles donde vivía y se preparaba para el esperado retorno, programado para julio en Londres.

Poco a poco la noticia, que ya estaba confirmada en otros canales y sitios de la farándula, se fue oficializando y de súbito nos vimos todos inmersos en un acontecimiento mediático de carácter histórico, del rango de las muertes de John F. Kennedy, el Che Guevara o John Lennon.    

Los contemporáneos de tres generaciones hemos vivido a lo largo de nuestras vidas acompañados por la dúctil voz y la danza milagrosa de este ídolo popular contemporáneo, que aprendió las astucias trabajando desde niño en el grupo Jackson Five o cuando asistía, transido de admiración, a las presentaciones del mimo francés Marcel Marceau, su gran cómplice, maestro y modelo.

El mimo es un artista esencial que nos cuestiona con gestos y silencios y resume en su increíble poesía abstracta tragedias, dramas, guerras, risas, felicidades, olvidos, amores y  muertes. Marceau, que fue uno de los grandes del siglo XX al lado de su predecesor Charles Chaplin, recorría el mundo en medio de las guerras provocando admiración en las sensibilidades de todas las edades y castas. Jackson lo admiraba y algunos de su pasos y trucos escénicos los aprendió viéndolo en sus presentaciones estadounidenses, a donde exigia ser llevado cuando apenas era un adolescente que se transmutaba en el monstruo, en el fantástico freak necesario que poco a poco surgió de la crisálida de su leyenda.

En 1978 cuando salió Thriller todos los jóvenes de la época quisimos movernos como él, seducidos por sus peripecias y la contundencia de una voz que parecía provenir de una mezcla de castrattis de comedia italiana y cantantes de operetas bufas decimonónicas que hubiesen sido trasladados por la máquina del tiempo a un siglo raro y posterior. Después de la explosión hippie y del rock que todavía domina el canon del pop mundial, las leyendas de la década de los 70 fueron el italiano John Travolta y sus pasos de disco en las discotecas de la plebe estadounidense y Michael Jackson, que dio nuevo impulso entre los blancos a la discriminada raza negra golpeada por la muerte de Martin Luther King.

Nadie podrá negar el fenómeno popular de estos dos seres salidos del margen proletario de la cultura norteamericana, cuyas músicas y gestos se reprodujeron como pólvora en las más lejanas discotecas y al interior de los cuartos de los adolescentes y jóvenes de todos los puntos cardinales, que en la soledad imitaban sus pasos como antes su padres o tíos imitaron los malevos de West Side Story o los movimientos de cadera de Elvis Presley.

John Travolta se salvó de la tragedia tras su largo paso en el desierto del olvido, pero Jackson se transmutó frente a nosotros en un hermano raro, trasvesti, transgenérico, salido del Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde o de las novelas de vampiros u hombres lobo. Gracias a la nueva red mundial de televisión y a la proliferación geométrica de imágenes que han hecho del mundo un gigantesco e incesante Times Square, conocimos a veces con mucha mayor precisión los detalles de la vida del ídolo que la nuestra y de los allegados. Sabíamos que Elizabeth Taylor lo adoraba, lamentamos la frialdad de sus progenitores, el rumbo disperso de sus hermanos, la soledad del payaso millonario encerrado en sus enormes mansiones y hoteles, preso de sus pulsiones sexuales y la androginia anómala en un mundo de puritanismos e hipocresías.

Y para agregar más elementos fascinantes al cuadro, el personaje invertía su dinero en delirantes proyectos de cirugía plástica y planes de lograr la eternidad en extrañas y futuristas cápsulas transparentes de oxígenos interplanetarios. Todo podermos decir de él, menos que careciera de originalidad desbordada y que en su quimera metafórica nos mostrara en vivo y en directo la pulsión universal y permanente del ser humano por transformarse y escapar de sí mismo. No sólo era un artista, sino un filósofo de facto, un líder espiritual extraterrestre que nos invitaba a la transmutación esquizoide, al escapismo del transformista Houdini, a una liberación metafisica, ontológica, más allá del ser y su mundo, del ente y sus ataduras.

Y en el último tramo de su representación permanente asitimos al juicio en directo de sus evidentes pulsiones pedófilas, a su amor desmesurado e incontrolabale por los muchachitos, a los que amaba, deseaba y llevaba a su cama como si se desease y se amara a si mismo, al artista niño que no tuvo infancia, enmarcado en la horrible estructura laboral adulta, metáfora de la cual es la monstruosa industria de Charlie y la Factoría de chocolates de Tim Burton, con su misterioso Johnny Deep, el mismo de Eduardo Manos de Tijera.

Jackson, que vivía inmerso en el mundo de sueño de Alicia en el país de las maravillas de otro gran pedófilo tierno, Lewis Carroll, creyó poder decirle al mundo que no había nada de malo en dormir con muchachitos en su gran castillo de Neverland y tal vez dejarse tocar por ellos y tocarlos entre osos de peluche y relojes de fantasía. Así apareció en la fatídica entrevista que revivió el juicio, tomado de la mano de uno de sus ultimos niños amantes, como una década antes lo hizo en los fastos de un palacio Mónaco al lado de otro jovenzuelo, con quien vivía una verdadera luna de miel.

Con esos efebos amantes que al parecer fueron muchos y complacientes, Jackson dio la espalda a los adultos, a un mundo de violadores que a lo largo de la historia hizo del cuerpo humano una moneda corriente de cambio oficial o no oficial, ante la mirada lasciva y permisiva de patriarcas, mamás grandes, madres superioras, Papas, Ayatolas, rabinos, pastores y fiscales como el que llevo al viejo Bill Clinton a juicio por una felación en la oficina oval con la joven Mónica Lewinsky.

Hasta en su vida amorosa nos sorprendió Jackson, casándose con la hija de Elvis Presley y concibiendo tres hijos en condiciones aún más extrañas, lejos de las triviales historias mafiosas de Marylin Monroe y sus amantes presidentes o de Silvio Berlusconi y sus lolitas en las mansiones del poder mediterráneo, o de los harems islámicos y asiáticos, lejos del gran burdel mundial, de Britney Spears, Brad Pitt, Angelina Jolie, Jennifer López y Paris Hilton. Humillado y narcotizado hasta la saciedad, el ícono de nuestro tiempo fue entregado envuelto en una sábana blanca sobre una camilla, para la autopsia, que será sin duda la autopsia de nuestra época.

 

 

 

       

sábado, 20 de junio de 2009

BARBA JACOB EN EL HORNO


Por Eduardo García Aguilar
Ya está a punto de salir del horno el libro Escritos mexicanos de Porfirio Barba Jacob, que cambiará para siempre entre nosotros la imagen y la verdad literaria del gran colombiano errante, hasta ahora conocido casi sólo por su obra poética. Como es bien sabido, Barba murió en 1942 casi inédito y poco a poco se reunió la obra poética dispersa que le ha dado fama entre los colombianos y algunos admiradores latinoamericanos.
La leyenda de quien se llamaba Miguel Angel Osorio y fue una especie de judío errante latinoamericano fue devorada por las anécdotas del supuesto alcoholismo, homosexualismo y cannabismo del poeta, que vivía a salto de mata de sus dificultades económicas, ganándose la vida en múltiples periódicos de México, América Central y Sudamérica. A imagen y semejanza de nuestros fantasmas, el retrato que nos quedó de él fue la de un bohemio de cantina, algo engominado, que deliraba entre los contertulios recintando poemas perfumados que para algunos se inscribían dentro del modernismo tardío y para otros en el campo de cierta restauración del romanticismo decimonónico.
Cuando inicié la investigación para esta voluminosa recopilación de inéditos entre el polvo de los viejos diarios mexicanos desaparecidos en la hemeroteca de la Ciudad de México, fui descubriendo la prosa directa y embrujante del más grande articulista colombiano de todos los tiempos, al que ningún columnista del siglo XX ni de hoy le llega a los talones, incluso los más afamados de la gran prensa "rola" bogotana, esos mismos que lo miraron con desdén y sin duda le cerraron las puertas de esos diarios cuando recaló de nuevo en su patria, pobre, enfermo y miserable, tras su expulsión de México por inmiscuirse en la política interna de la gran nación azteca.
De sorpresa en sorpresa tomé fotocopias de los artículos perdidos en las páginas amarillentas de los diarios fantasmas y rastreando los diversos seudónimos con los que firmaba las colaboraciones que le daban de comer y beber en diarios como Churubusco, El Independiente, El Pueblo, El Demócrata, El Universal y El Excélsior, encontré muchos textos sosrpresivos que nunca hubiera imaginado y a veces rastros de su nostalgia colombiana al referirse a ciudades como Manizales o personajes como Jorge Isaacs, Leopoldo de la Rosa, Enrique Olaya Herrera o Alfonso López Pumarejo. Fue tanta la cantidad de textos encontrados que llegué a reunir dos cajas completas de fotocopias, tras lo cual procedí a una minuciosa selección de la que descarté muchos textos locales o de menor interés internacional.
Barba Jacob me habitó en esos años como si fuese un familiar lejano y perdido y al entrar en contacto directo con su trabajo de redactor descubrí un ser mucho más terrenal, excelente trabajador, con una gran capacidad de producción, a quien sus jefes o amigos reconocían por su responsabilidad y talento. Como los grandes autores de todos los tiempos, cada vez que Barba Jacob se colocaba frente a la máquina de escribir era para sacar lo mejor de sí con el placer de encontrar el tono y las palabras adecuadas y la fuerza de una prosa inconfundible. Tanto era así que algunos textos de él que no llevaban firma podían reconocerse con sólo dejarse llevar por esa fuerza de la prosa cotidiana donde brillaban sus referencias, sus gustos literarios y la altura de miras en el analisis político de la coyuntura mundial.
Los tiempos de la dictadura porfiriana, las jornadas de la Revolución y la Contrarrevolución, los años de la Primera Guerra Mundial, el auge y la caída de los regímenes latinoamericanos o Europeos, las actividades incesantes del imperialismo norteamericano, los pasos lentos hacia el surgimiento del fascismo italiano y el nazismo alemán, la guerra de España, y los horrores de la guerra mundial figuran en esos textos iluminados que escribía para comentar día a día los cables que llegaban de las agencias internacionales a la redacción del diario Ultimas Noticias de Excélsior.
Tuve la fortuna de hablar y conocer en la ancianidad a varios de sus amigos como Elías Nandino, Renato Leduc y Andrés Henestrosa, que me contaron anécdotas de sus aventuras e incluso tuve en mis manos una de las últimas libretas de apuntes del poeta, sacada de su casa la tarde del velorio y que llegó a las manos de Hugo Latorre Cabal, otro escritor y periodista colombiano que escogió México para vivir y morir y laboró como Barba en el tradicional diario mexicano Excélsior.
Recorriendo las librerías de viejo de la Ciudad de México y los puestos callejeros del centro histórico de esa urbe, me encontre una vez con un libro de la biblioteca personal del poeta, leído en Monterrey en 1930 y subrayado por él con la gran minuciosidad de estudioso y atento lector : se trataba del libro de un teórico prenazi publicado por la Revista de Occidente, en la década de los 20, cuando las teorías raciales que nutrieron el ideario nazi se hallaban de moda. Lo compré por una suma irrisoria y al final encontré de puño y letra del escritor su firma y la fecha en que terminó de leerlo en un hotel de Monterrey, escritos ambos con una caligrafía impecable, como si los hubiese estampado el día anterior.
El libro Escritos mexicanos de Porfirio Barba Jacob está en el horno y a punto de salir en una edición cuidada con índices analítico, onomástico y toponímico que facilitarán el acceso del lector a los múltiples temas abordados. Gracias a la gran editorial mexicana Fondo de Cultura Económica podremos acercarnos a otra faceta inédita de un escritor colombiano aplastado durante muchos años por la leyenda maldita, pero que ahora resurje con una nueva imagen, la de un gran trabajador inagotable capaz de la mejor prosa. Lo que prueba que las palabras de los escritores malditos nunca mueren y atraviesan el tiempo, las guerras y el olvido con la furia del azar y la inteligencia.

sábado, 13 de junio de 2009

UNA NOVELA SEMIÓTICA SOBRE BARRANQUILLA


Por Eduardo García Aguilar

Entre las obras colombianas de la generación Sin Cuenta que acaba de ser coronada en 2009 con premios literarios para William Ospina y Evelio Rosero, se destaca Los domingos de Charito de Julio Olaciregui (1951), una novela básica colombiana al lado de clásicos como Respirando el verano de Héctor Rojas Herazo, Deborah Kruel de Ramón Illán Bacca y El patio de los vientos perdidos de Roberto Burgos Cantor, finalista y casi ganador del último Rómulo Gallegos.
Rescato de mis apuntes para el libro imaginario Atenas Express, sobre un siglo de literatura colombiana, estas notas sobre la obra de unos de los más originales y exóticos exponentes de esta generación, que debería ser reeditada y estudiada en las universidades del país si realmente nos preocupáramos por los autores no comerciales ni escandalosos tan en boga.
Situada en Barranquilla, enorme ciudad industrial y comercial de la costa atlantica, la novela cuenta la historia de una serie de personajes anónimos y jóvenes de la clase media. Charito huye de su hogar conyugal, anbandonando a su esposo e hijos porque este le es infiel con otra. Para sobrevivir labora como sirvienta en la casa de Narciso, otro clasemediero que trabaja para un senador.
Como puede verse, la historia es sólo el pretexto para desplegar la pulsión de escribir sin « retórica » . Los lugares por donde recorren los personajes son las calles húmedas de esa ciudad, situada a pocos kilómetros de la costa y en las riberas del río más importante del país, el Magdalena. Los sitios de sus amores y desdichas son casas o apartamentos modestos y lugares de trabajo como talleres tipográficos o tristes oficinas.
Nada aquí se sale de la normalidad : no hay grandes casonas macondianas ni palacios relustrosos. Por el contrario, Olaciregui nos lleva hasta la cotidianidad de los seres anodinos y a través de ellos crea el fresco de una ciudad y dibuja el mapa interior de una generación desencantada, que reproduce la rutina de los viejos con vestimentas novedosas y en urbes metálicas y asfixiantes.
La obra está dividida en seis partes : Norte Azul, Rojo Sur, Este Blanco, Oeste Negro, Cenit y Nadir, a través de las cuales se resume la aventura de Charito ; esos ires y venires mediante los cuales se revelan rostros, calles, mundos, músicas, fiestas y soledades de la existencia contemporánea. Desde su huída hasta su retorno en busca de Augusto, Charito ha creado un mundo telenovelesco que se esconde detrás de cada vida y de cada portón.
Entre las historias que se intercalan como vidas, el autor se detiene y reflexiona sobre su oficio ; llama la atencion del lector ensimismado para mostrarle la mentira de sus personajes, que son sólo creaciones suyas. Asimismo, Olaciregui expone sus emociones y su dudas, como si escribiera una bitácora del viaje literario. Son « pequeños prólogos » donde habla del « instrumento », o sea la escritura. El primero se llama Un dia en la primavera, otro Dia en casa y así sucesivamente Dia sin amor, Días escritos, Día de hierro, Día de luna, Un día bajo otro cielo, Día blanco, Día hermético, Luz del día, Día sin reposo, Día de plata, Dias robados, Día de plomo, Día enamorado, La injerencia del día, Día otonal y Día de estaño.
Por ejemplo : « Anhelo la prosa : construcción paciente de un edificio con entrañas templadas y sólidas que poseen algo de postes metálicos, de columnas de estadio, de montañas que se hunden en las nubes, de esqueleto inacabable, de armazón de insecto oscuro ».
En otro dice : « ¿Y cuál es la materia de la escritura ? Tal vez la espera, las huellas que deja la búsqueda del conocimiento (…) Por eso a lo mejor no había que desperdiciar nada, la narración de algunos hechos –narración casi periodística – venía a ser un desperdicio necesario pues de todo aquel montón de descripciones podía surgir inesperadamente una revelación, un sentido en blanco y negro. Por eso el apetito nos llevaba a la anotación, al numeraje, a la progresión, al encuentro consonántico, a las ideas plasmadas, encuadernadas y al alcance de los sentidos, miren lo que dice aquí, oigan, miren, vengan acá que les voy a contar la historia de un beso ».
Estos prólogos están escritos con la misma actitud antirretórica de toda la novela. Tanto en estas zonas « teóricas » como en las narraciones el autor busca esa revelación y de paso crea una historia o cien historias que a su vez fundan una ciudad y una época. En los domingos de Charito no sólo nos enfrentamos a la cotidainidad de las criaturas de la ficción, sino también frente a la soledad de quien escribe. Los dos planos están siempre actuando e interactuando : la ficción crea al novelista y el novelista a la ficción.
Pero más allá de esta autorreflexión literaria, Los domingos de Charito se caracteriza por abrir las puertas a la más descarnada cotidianidad : las secreciones del cuerpo, la mugre de los rincones, la suciedad de la ropa, la estrechez de los espacios vitales, etcétera. Desde el fondo de esa clase media baja que sobrevive en medio de la tragedia, sin caer al arroyo aunque inmersa en el fango de sus bordes, surge el grito de la vida de las mayorías. Entre la penuria florece el amor y el odio y los seres se adaptan a ese infierno alegre que se nutre de tristeza y escepticismo. El lector se enfrenta en estas páginas a supropia miseria, a su nada y Olaciregui se divierte.
Tal experimento –inédito en la literatura reciente de ese país sudamericano – no podía realizarse a través de una prosa maquillada. No porque el uso de esta sea censurable o ilegítima, sino porque la desnudez del mundo narrado no no podía percibirse tras los adornos y las florituras. Por otro lado, el aspecto intimista o « minimalista » de esta literatura surge de una tal vez no deliberada pero si real necesidad de apartarse del realismo mágico del boom.
Los escritores rebeldes del post-boom se sacudieron de la grandilocuencia barroca de Lezama, Carpentier y otros caribeños de su estilo, con la búsqueda y la develación de aquellos rincones secretos y poco vistosos de la vida que fueron desdeñados en las últimas décadas.
Por estas y otras razonez Los domingos de Charito, que obtuvo la beca Ernesto Sábato de Proartes y fue publicada en 1986 por Planeta, muestra otro modo rebelde de enfrentar el oficio narrativo durante el largo « interregno » posterior al auge de la novela del "boom" en América Latina. Sin pretender ser « una obra maestra », grandilocuente y megalómana, pero sí tratando de contar la vida y lo deseado, Olaciregui abre su propio camino y el de una corriente de la que mucho puede esperarse todavia entre los narradores colombianos.

lunes, 8 de junio de 2009

AMAZONAS EN TROCADERO

Por Eduardo García Aguilar
Como todos los viernes, fui a la biblioteca del Instituto Cervantes a una de las reuniones literarias mensuales propiciadas por un académico de la lengua española, dedicadas en cada ocasión a un autor hispanoamericano muerto que hubiese residido en Europa. Frente al enorme fresco mural de una embarcación recién llegada a América que era observada con estupor por los aborígenes, todos hablábamos de literatura, mientras los españoles nos ponían vino a voluntad y pasabocas en abundancia para animar la conversación.
Ese día la reunión terminó temprano y todos se dispersaron antes de tiempo, por lo que al final quedé con un poeta peruano que lleva muchos años en la ciudad pero que pasó su infancia al lado del río Amazonas junto a los aserraderos gerenciados por su padre, un hombre muy elegante, con traje, chaleco, camisas muy albas, mancornas y zapatos brillantes que vestía así incluso bajo la canícula tropical. Era un personaje de los que ya no existen en el mundo, conservado en formol y perviviente como fósil viviente y desaparecido, lleno de ingenio, melancólico y escéptico, según me dijo el amigo, nostálgico de aquel progenitor que lo infectó con la literatura.
Era la primera vez que bajábamos juntos la calle hacia el metro Alma Marceau y cruzábamos algo más que palabras diplomáticas, por lo que decidimos detenernos en un café muy elegante de la esquina y nos sentamos en las butacas altas de la barra a conversar como siempre de literatura, mientras a través de los amplios espejos del lugar veíamos a los otros clientes y la calle cruzada por gente cubierta con paraguas, abrigos, sombreros e impermeables.
En las pantallas de televisión mostraban la destrucción de millones de vacas locas afectadas por una extraña enfermedad y los expertos hablaban de los riesgos cada vez más crecientes del cambio climático y epidemias mortales que recordaban las pestes terribles que devastaron a Europa en otros tiempos y eso sin contar las guerras que a lo largo de la historia afectaron estas tierras del norte donde se supone floreció la civilización.
Sobre todos esos temas hablábamos el poeta peruano y yo tratando de alargar los minutos y de animar una conversación que inicialmente era convencional, tímida, como son las de los amantes de libros que han pasado gran parte de sus vidas en las bibliotecas o en sus cuartos de solitarios leyendo en silencio hasta altas horas de la madrugada.
Pedimos sendas copas de vino Burdeos y empezamos a explorar autores olvidados de nuestro continente como el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que fue best-seller en las primeras décadas del siglo XX y recorrió el mundo escribiendo crónicas exóticas para los periódicos latinoamericanos cuando éstos dedicaban largos espacios a ese género viajero. El peruano era gran conocedor de la obra de ese polígrafo mundano que murió joven, pero dejó una obra vasta de casi 100 volúmenes muy bien escritos que se destacaban del canon de los modernistas por la efectividad de su prosa desprovista de adjetivos y adornos inútiles.
Continuamos abordando la tradición viajera de los hombres de letras del continente, que en su mayoría huían de sus patrias violentas dominadas por dictaduras y se aventuraban al viejo mundo en busca de nuevas experiencias y la posibilidad de editar sus obras en editoriales como Ch. Bouret o Garnier, que garantizaban para ellos una difusión continental y una fama rápida, como le ocurrió al neurasténicoJosé María Vargas Vila, un colombiano que escribía una prosa repetitiva, alambicada, caracterizada por la imprecación y el escándalo para asustar monjitas conventuales y beatos de parroquia.
Con el poeta peruano reconocimos el mal que ese hombre hizo a generaciones de lectores, pues los libros de este misógino se vendían como pan caliente en todos los países latinoamericanos, con sus historias truculentas de curas perversos y mujeres seducidas en los confesionarios. No hay más deliciosa conversación de hombres de letras sudamericanos que pasar revista a los personajes vistosos de nuestra literatura como Amado Nervo, José Santos Chocano, Salvador Díaz Mirón, Julio Herrera y Reissig, Vicente Huidobro, César Vallejo, César Moro, Felisberto Hernández, José María Arguedas o Juan Carlos Onetti, entre otros que nos iluminan las noches de insomnio.
Con varias copas en la cabeza, el discreto poeta y ahora amigo peruano me confesó que el autor que más lo marcó en la adolescencia fue el colombiano José Eustasio Rivera, preferido de su padre, cuya novela La vorágine leyó a los 14 años. Pedimos otra copa de vino para celebrar a ese malogrado autor que murió a los 38 años en Nueva York aquejado por una enfermedad que contrajo en la selva, a donde era enviado por el gobierno para realizar interminables misiones limítrofes entre nuestros países hermanos y a veces enemigos.
Este escritor entrañable sólo dejó una novela extraordinaria que vibra en nuestra memoria y los poemas precisos y bellos de Tierra de promisión, lo que lo convirtió en uno de esos clásicos que en vida sólo dejaron dos libros para comprobar con Baltasar Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, como ocurrió también en México con el gran Juan Rulfo, autor de sólo dos pequeñas obras magistrales, Pedro Páramo y El llano en llamas.
Estábamos en ésas ya hacia la medianoche y con seis copas encima cuando se desató una inédita tormenta sobre el barrio de Trocadero, como pocas veces había ocurrido en París, hasta el punto que la avenida en declive hacia el Sena se volvió un amplio río tormentoso que arrastró todo a su paso y se volcó sobre las aceras con una fuerza descomunal. Duró tanto el potente aguacero que todos los clientes quedamos atrapados allí hasta las tres de la madrugada, aterrorizados por la fuerza de ese río que parecía el Amazonas en pleno Trocadero y por el incesante sonido de las sirenas de los vehículos de bomberos que se oían a lo lejos.
Desde entonces el poeta peruano y yo recordamos siempre con alegría y estupor esa desquiciante vorágine que nos sorprendió en el elegante café y estamos convencidos que fue un guiño misterioso que nos hizo José Eustasio Rivera desde el más allá para premiarnos por recordarlo con tanto entusiasmo en la barra de un bar, a altas horas de la noche, en una lejana esquina del mundo que por unas horas pareció ser un brazo europeo del Amazonas.

jueves, 4 de junio de 2009

WILLIAM OSPINA CORONADO CON EL RÓMULO GALLEGOS

Por Eduardo García Aguilar
Ahora que William Ospina ha ganado el Rómulo Gallegos con su novela "El país de la canela", salta a la imaginación la figura delgada de ese muchacho de 25 años que recorría las calles de París en 1979 y ya era entonces, aunque no hubiera publicado todavía ningún libro, la caja de música que siempre ha sido y le hizo ganar muy pronto la posición de «maestro» entre los colombianos de todas las edades.
Ospina podía empezar la noche recitando de memoria todos los poemas posibles de las literaturas conocidas en diversas lenguas y terminar cantando boleros, tangos y milongas, después de hacer una larga escala por los cantos medievales. Como en su familia había músicos, para él no era extraño ese placer de agotar las horas de la noche ejerciendo él solo de tocadiscos y equipo de sonido para todos. Y cuando había una pausa, los asistentes a la fiesta estaban en torno a él, escuchando sus relatos o sus comentarios sobre los libros recién leídos y por leer.
Había llegado a París hacía poco y tenía como pertenencias sólo un abrigo negro largo, una bufanda gris con rayas moradas, pantalones de pana color naranja y botas que aguantaron todas las caminatas posibles por las calles de París, mientras iba de buhardilla en buhardilla encantando a las chicas latinoamericanas y europeas que caían enamoradas de su dulzura e inteligencia, mientras les recitaba de memoria los sonetos de Shakespeare.
Nació en Padua en 1954, un pequeño pueblo de la cordillera tolimense en medio de la guerra y cerca de la temible policía « chulavita ». Después de recorrer en la infancia y la adolescencia por varias ciudades sacándole el cuerpo a la Violencia, y luego de realizar estudios universitarios en Cali y nutrirse del movimiento cultural de esa ciudad en los años 70, pasó de Bogotá a las calles de París en 1979.
En ese entonces, en la capital francesa vivía toda una generación de jóvenes colombianos de diversas tendencias y gustos estéticos, cineastas, pintores, sociólogos, filósofos, científicos, que cuando no se vislumbraba ni la aparición del sida ni la nueva guerra que iba a azotar a Colombia, discutían sin cesar en el restaurante universitario de Mabillon, en el bar existencialista de Chez George y en los corredores de las universidades sobre lo divino y lo humano, mientras reinaban en las aulas Michel Foucault, Roland Barthes, Jacques Lacan y Gillez Deleuze, en las salas de cine Pasolini, Fellini, Bergman y Antonioni y en las calles el viejo Jean Paul Sartre y la novelista Marguerite Duras. Nuestra generación colombiana y latinoamericana, abriéndose al mundo en la capital francesa, vivía feliz recorriendo las coordenadas del París encontrado en la « Rayuela » de Julio Cortázar, que nos convocaba y guiaba, mientras se escuchaban afuera los ritmos de Miles Davis, Bob Marley, Jim Morrison, Santana, Jimmy Hendrix y Janis Joplin.
William cargaba con su poemas y los leía en esas largas noches de fiesta y amistad, pero aún no se atrevía a publicarlos. Eso ocurriría a su regreso, cuando la Presidencia de la República le publicó «Hilo de Arena», una primera colección que tiene algunos de los poemas básicos de su obra, algunos de ellos escritos al calor de la vida parisina. Luego vendrían «El país del viento» y «¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?», poemarios donde revisa los horrores del holocausto universal del siglo XX, rinde homenaje a sus autores preferidos y canta a los paisajes de su tierra nativa.
A diferencia de otros compañeros de generación que nos quedamos para siempre en el exilio, William regresó pronto a Colombia y desde entonces optó por estar ahí, en medio del desastre y frente al peligro, acompañando a las nuevas generaciones de colombianos que surgen en ese país cainita en medio de la guerra y que cuentan con él para creer en algo y tener esperanzas de que algún día las cosas cambiarán. Porque además de su talento y esa dedicación sin falla al ejercicio literario, el mérito de Ospina se ha extendido a tratar de ejercer de conciencia de una patria en ciernes que para muchos va hacia la disolución definitiva y para otros aún puede salvarse.
Por medio del ensayo y la columna de fondo, escritos con un estilo depurado y de altas miras, ha expresado sus opiniones, discutibles a veces, sobre los rumbos del país, creando un espacio lejos de la frivolidad y el facilismo ambientes. «Es tarde para el hombre» (1992), «¿Donde está la franja amarilla?» (1996), «Los nuevos centros de la esfera» (2003), «La herida en la piel de la diosa» (2003), «América mestiza» (2004) son algunas de esas obras donde los colombianos de las nuevas generaciones, nacidos en medio de la más terrible conflagración y el genocidio rampantes, aprendieron a creer que puede haber pensamiento y reflexión colombianas en medio de la trivialidad televisiva y la falta de espacios para la inteligencia. En eso Ospina sigue el camino de los filósofos colombianos Danilo Cruz Vélez y Estanislao Zuleta, dos de sus admirados pensadores colombianos, a quienes les debe mucho y que ha tenido la fortuna de conocer y escuchar.
Su poesía, reunida en una preciosa edición de Arte dos Gráfico (1974-2004) comprende una vasta obra muy peculiar que sigue caminos muy distintos al ejercicio poético de otras generaciones colombianas anteriores y posteriores a él y muchos de esos textos, leídos en estas tres últimas décadas en los pueblos y las ciudades de Colombia en bares, teatros y escuelas abarrotados de gente, hacen parte ya imborrable de la memoria poética colombiana.
Con "Ursúa", «El país de la canela» y «La serpiente sin ojos», Ospina continúa con su brillante prosa un proyecto iniciado con «Las auroras de sangre» sobre el poeta Juan de Castellanos, y al que amina una generosa aventura propia: la de rescatar en medio del holocausto colombiano algunas de las raíces indígenas carbonizadas por los bombardeos del olvido y la violencia, para que tal vez germinen de nuevo y sean nutrimento para los que vendrán después de que su generación haya desaparecido.
Esta trilogía novelística de estirpre histórica la viene trabajando con el rigor que lo caracteriza desde sus primeras obras, sin importarle el tiempo que le tome encontrar el tono preciso y pulir como lo hacían los románticos y los modernistas, hasta quedar satisfecho con cada frase, con cada palabra. Y en el conjunto de la trilogía estarán presentes sin duda esos miles y miles de horas dedicadas por él a leer y a explorar con pasión los secretos de la literatura universal.
¿Quiénes eran esos ancestros aniquilados que poblaban la tierra americana? ¿Podemos rescatar su voz? ¿Cómo ocurrió ese encuentro de sangre con los conquistadores? ¿Por qué el paraíso de El Dorado no cesa de vivir en la violencia? ¿Podrán salvarse algún día América Latina y Colombia? Los que somos muy escépticos en ese empeño de la salvación nacional y continental, tenemos que desearle suerte a Ospina en esa lucha lúdica, aunque no estaremos aquí por desgracia en ese lejano futuro para saber si Ospina tenía razon de creer y tener fe en la humanidad de esta América escondida y no hallada entre el llanto de las espadas.

domingo, 31 de mayo de 2009

JÓVENES SOÑADORES DE IZQUIERDA



Eduardo García Aguilar


Me siento muy orgulloso de haber sido un adolescente con sensibilidad social y amante de la cultura en los colegios de bachillerato, de donde me expulsaron por ser rebelde y luchar contra las injusticias. En vez de ser un avorazado pichón de "empresario" en busca del enriquecimiento fácil, pensaba con algunos compañeros idealistas que valía la pena rebelarse y estar del lado de los humillados y ofendidos en un país tan desigual como el nuestro, cargado de viejas taras coloniales.

Sé que tener conciencia social es mal visto en estos tiempos en que se admira el becerro de oro de la corrupción, el dinero fácil, el arribismo, la apariencia, la para-narcocultura, el consumo desbordado y donde un ser humano vale más por el auto y las joyas que lleva que por sus sentimientos humanos y su generosidad para con los suyos o los otros.

Desde muy temprano en el Instituto Universitario de Manizales* participé en manifestaciones y reuniones agitadas donde nos enfrentábamos a la desigualdad social y el apartheid racial y clasista que dominaba y domina todavía nuestro país. Llenábamos el Teatro Fundadores para escuchar a Pablo Neruda y celebrar su extraordinario Canto General, que imitábamos en nuestros poemas. Devorábamos libros sobre América Latina y estábamos al tanto de la ola cultural latinoamericana que se imponía por el mundo. Pero pronto viví en carne propia lo que es hablar alto y esgrimir con independencia ideas propias. En una alianza de autoridades y profesores obtusos, los rebeldes que habíamos agitado el ambiente con nuestros centros culturales, fuimos triturados en los exámenes y expulsados del colegio.

Guardo todavía la libreta de notas de cuarto de bachillerato donde todas las materias, hasta las que me gustaban, aparecían marcadas en rojo mientras en negro se veía el sello fatídico de la expulsión. Con toda claridad a los 15 años recibí de parte del poder el bautismo de fuego al que están condenados quienes en Colombia luchan contra la injusticia. Después, en el Instituto Manizales, al lado de un grupo extraordinario de adolescentes lectores e inteligentes, seguimos difundiendo la cultura en semanas culturales llenas de teatro, conferencias y arte que promovíamos con un empeño generoso, que por fortuna encontraba eco en la ciudad. Hacíamos teatro y lo presentábamos en barrios de la periferia y en la cárcel. Pero ahí también la alianza de profesores y autoridades pendencieras selló mi destino con la expulsión del colegio por hacer cultura.

Otra vez como un judío errante, el muchacho de izquierda se encontraba de nuevo en la calle al terminar el quinto de bachillerato, sin comprender que los colegios públicos pusieran tanto empeño en destrozar la vida de un alumno que amaba la cultura, el arte, la poesía y lo decía en voz alta. Como los nazis de Goebbels, en ese colegio, cuando escuchaban la palabra cultura, de inmediato el rector y los prefectos de disciplina sacaban la pistola.

Pero mientras los colegios públicos me lanzaron con odio al despeñadero, los únicos que entendieron mi accionar fueron los padres franciscanos del colegio Gemelli, al comprender que en la rebeldía y las palabras del adolescente de izquierda lo que había era generosidad y talento y ningún peligro para la sociedad. Ellos me abrieron las puertas de ese colegio situado en el barrio La Francia, con vista a los paisajes inolvidables del Valle del Cauca y las montañas de la cordillera oriental, e hicieron posible que obtuviera el diploma de bachillerato. Allí también encontré jóvenes generosos y juntos sacamos un periódico llamado Conflictos, que los padres franciscanos nos dejaron hacer libremente, pese a que no estaban de acuerdo con el tono y los reportajes encendidos que hacíamos al introducirnos en los lugares más oscuros de la ciudad, como zonas de tolerancia y tugurios para tratar de entender los problemas del país. En una de esas incursiones en los tugurios en busca de la realidad profunda del país, varios compañeros fuimos detenidos y llevados al calabozo por varios días.

Si en Colombia las autoridades hubieran aplicado desde hace tiempo la generosa actitud de los padres franciscanos del Colegio Gemelli de Manizales, que no vieron en el rebelde muchacho a un "peligroso terrorista criminal" sino a un ser lleno de posibilidades y sensibilidad social, las cosas serían muy distintas. Ahora, cuando comienzan a detener como a "grandes criminales" a profesores y alumnos de las universidades y se busca llevar a toda costa a prisión a los jóvenes opositores y se estigmatiza como enemigos del país a los artistas y a los intelectuales que viven al interior o en el extranjero, vale la pena pensar en el desperdicio que ha significado para el país llenar cárceles, calles y cementerios de jóvenes soñadores de izquierda.

Todavía se escucha el eco de las balas que exterminaron a miles de miembros de la UP o el asesinato a mansalva el 19 de mayo de 1997, hace exactamente 12 años, de gente tan generosa y noble como el ex jesuita Mario Calderón, miembro del Centro de Investigación y Educación Popular, CINEP, organización no gubernamental colombiana, a quien no debemos olvidar. Y eso sin mencionar la muerte del gran humorista Jaime Garzón y de tantos otros miles de colombianos jóvenes, llenos de humor, que partieron mucho antes de que pudieran dar al país y a la sociedad todo el despliegue de su talento.

Un estadista debe ser alguien que entiende los dolores del país y busca la concordia de sus connacionales. Su tarea, antes que azuzar la violencia, amenazar y dividir con rictus de odio, es extraer la savia generosa de la nación para que dominen ideales distintos al enriquecimiento fácil y el unanimismo de los gamonales, los arribistas y los terratenientes enfurecidos. Y en cada colegio o universidad pública o privada las directivas deberían a su vez actuar con grandeza ante los jóvenes, o sea como esos padres franciscanos que me salvaron el bachillerato y no como los pequeños personajes que trataron a toda costa en los colegios públicos de cerrarle el camino a un adolescente inundado de sensibilidad social y amor por su país y su pueblo.

Han pasado muchos años desde que recibí por fin mi diploma de bachiller, pero ahora siento que nada ha cambiado desde entonces y que en universidades y colegios públicos del país, en este crepúsculo del régimen autoritario, debemos todos estar muy alertas y no oír los mensajes de odio que desde el poder se hacen para perseguir, investigar, judicializar y si es posible detener a jóvenes que no tragan entero y sueñan con un país distinto. No les creamos el cuento a los halcones: en los jóvenes lo que hay es grandeza de corazón y un gran deseo de hacer grande a Colombia.

--------
*Manizales. Ciudad cafetera de la cordillera de los Andes en Colombia, capital del departamento de Caldas, situada a 2.200 metros sobre el nivel del mar.

sábado, 23 de mayo de 2009

EL OTOÑO DEL TIRANO

Por Eduardo García Aguilar
Cuando hace años se hablaba en coloquios universitarios de las novelas de dictadores hispanoamericanos como « Tirano banderas » de Valle Inclán, « Yo el supremo » de Augusta Roa Bastos, « El recurso del método » de Alejo Carpentier o « El otoño del patriarca » de Gabriel García Márquez, nunca pensamos que en Colombia uno de esos personajes pasados de moda se atornillaría en el poder, emulando a Cantinflas en la famosa película Su excelencia.

En Colombia la figura del patriarca fueteador y moralista que gobierna desde hace casi una década y espera todavía seguir en el trono, ha llevado al extremo el aspecto cómico de la figura patriarcal, infalible y energúmena, tramposa y arbitraria, con una larguísima nariz de Pinocho, frente a la que todos se hincan con servilismo, desde oligarcas bogotanos y manzanillos provincianos, hasta ministros, empresarios nacionales o extranjeros y líderes políticos por igual.

Durante décadas se dijo que Colombia era uno de los pocos países latinoamericanos con una democracia sólida que había resistido a la tentación dictatorial, donde los mandatarios por muy amantes del poder que fueran se eclipsaban mansos al concluir sus periodos, como una cuestion de honor personal que ninguno hasta ahora había osado violar.

Se podía estar en desacuerdo con esos personajes de la oligarquía colombiana que se sucedían uno tras otro en el poder, pero al menos debíamos reconocer que tenían cierta dignidad intelectual y decencia y que, como juristas que eran en su mayoría, consideraban un acto de honradez mínima respetar la Constitución y las Leyes y cumplir el precepto de que las reglas de juego no se cambian para beneficio personal y mucho menos por medio del cohecho y la compra de las conciencias de los congresistas.

A lo largo del siglo el Congreso estuvo compuesto en gran parte por personas que representaban ideas políticas claras, a veces atroces, por supuesto, y los debates tenían una mínima altura como lo pude constatar varias veces al entrar allí para mirar desde la barrera las discusiones de las comisiones. La palabra « padre de la patria » podría ser ridícula, pero los hombres del sistema que llegaban al Congreso a nombre de los partidos tradicionales eran relativamente respetados porque se destacaban en algo, en la elocuencia o en los conocimientos técnicos y pese a que contribuían a la perepetuación de la injusticia, los considerábamos interlocutores lúcidos en tiempos de guerra fría mundial.

Nada de eso ocurre ahora : al mismo tiempo que el patriarca llegó con las votaciones milagrosas que le arreglaban en muchas regiones del país las fuerzas oscuras que lo consideraban su representante y salvador, el Congreso se llenó de delincuentes de la peor laya que llegaron al extremo de recibir con honores en el recinto sagrado de las leyes a los peores genocidas y criminales que haya jamás producido el país en su larguísima historia de violencia. Ese día se entronizaron los hornos crematorios, las motosierras y las fosas comunes como las verdaderas hacedoras de la ley cantada en los himnos y simbolizada en la posición hierática de héroes nacionales como Nariño, Santander y Bolívar.

Un Congreso de bandidos perseguidos en su mayoría por la justicia se encargó de cambiar las reglas del juego para imponer la primera reelección de la figura del patriarca y otro Congreso de igual laya se ha encargado de repetirnos la dosis con un cinismo increíble, donde ministros turbios descuartizan la separación de los poderes usando métodos prohibidos. Ni en la más mala película de ficción hubiéramos imaginado el rumbo que terminó por seguir el país a comienzos del siglo XXI, acostumbrado ya al parecer a los sermones diarios del caudillo, a sus discursos cantinflescos para defender a los peores delincuentes o guardar silencio ante los crímenes más espantosos de sus amigos y valedores, que como las ejecuciones extrajudiciales, la coacción multitudinaria del voto y el espionaje al estilo soviético parecen para él pecados ínfimos o calumnias de izquierdistas.

Hace poco un ex presidente mexicano dijo que la impunidad es necesaria para que funcione el sistema político, lo que en su enormidad cantinflesca puede aplicarse perfectamente a lo ocurrido en Colombia: se cambia la Constitución para beneficio propio y no pasa nada , se compran las conciencias y no pasa nada, se concentran las tierras del país en unas cuantas manos ensagrentadas y no pasa nada, se enriquecen milagrosamente los miembros de la corte y no pasa nada, millones de colombianos son desplazados y no pasa nada, delincuentes son nombrados en los puestos diplomáticos y no pasa nada, miles de desaparecidos reposan en las fosas comunes y no pasa nada, se bombardea un país extranjero y no pasa nada, se graba ilegalmente a opositores, magistrados, periodistas y politicos y no pasa nada, casi todos los miembros del Congreso están siendo procesados y no pasa nada, todos están pendientes día y noche de los humores del patriarca y no pasa nada.

Si Tirano Banderas dice que de noche hace día, todos se inclinan y aceptan ; si dice que la luna es el sol, bajan la cerviz ; si amanece de mal humor, todos en palacio esperan a que se le pase la furia ; si regaña a los periodistas porque le hacen preguntas incómodas, los áulicos ríen. El caudillo habla de patriotismo, pero ha sido como ninguno el más servil ante los poderes de Washington ; el señor presidente reza y se persigna todas las mañanas, pero calla ante los delitos atroces de lesa humanidad.

Ni Valle Inclán en España, ni Augusto Roa Bastos al describir el delirio del dictador paraguayo Francia, ni Martin Luis Guzmán en México, ni García Márquez al contarnos los delirios del patriarca caribeño, ni Carpentier, ni Rómulo Gallegos, ni el biógrafo de Francisco Franco, ni quienes en América Latina abordaron el tema, imaginaron que seguiría vivo y coleando al concluir la primera década del siglo XXI en Colombia. Pensábamos que todo eso era pasado de moda, reminiscencias de viejos liberales artríticos, pero nada, ahora debemos pellizcarnos para creerlo, en nuestro país estamos viviendo dentro de una novela de tiranuelos hispanoamericanos y nuestro personaje de marras supera con creces a sus variados y vistosos modelos.

viernes, 15 de mayo de 2009

EVELIO ROSERO Y EL PREMIO THE INDEPENDENT


Por Eduardo García Aguilar

El escritor colombiano Evelio Rosero acaba de obtener en Inglaterra el Premio The Independent a la mejor traducción al ingles en ese pais de una obra de ficción. Con motivo del Premio Tusquets 2006 a la misma obra, escribí desde la Feria de Guadalajara el siguiente artículo difundido en la prensa latinoamericana:

El Premio Tusquets que acaba de obtener Evelio Rosero -el más prestigioso para novela en el ámbito iberoamericano por la calidad de sus jurados y su lejanía de la corrupción editorial ambiente- puede ser una sorpresa para muchos, mas no para quienes hemos seguido su camino desde el inicio con admiración y alegría.

Da la casualidad que me encuentro hoy en las calles llenas de libros de esta entrañable Feria del libro de Guadalajara y en medio de la decepción que provoca la mediocridad del estrellato narrativo actual latinoamericano y en especial colombiano, la coronación de Rosero entre medio centenar de novelas por un jurado probo, es un gran acontecimiento para la narrativa colombiana y sin duda un giro sorpresivo que obligará a reposicionar la obra de varios autores de su generación.

Rosero comenzó desde muy temprano una obra literaria de méritos extraordinarios con una narrativa nerviosa, ágil, que nunca cedió a la facilidad y exploró los más inquietantes caminos de la locura y el horror de la vida. Con novelas como Mateo Solo (1984), Juliana los mira (1986), El incendiado (1988) y la para mí espectacular Las muertes de fiesta (1995), entre otras muchas obras, Rosero forjó un cuerpo narrativo de primer orden.Un día antes de conocerse la noticia, conversando con Jorge Herralde al término de una conferencia del argentino Ricardo Piglia, el editor español recordaba la publicación hace dos décadas de Juliana los mira, obra que ya auguraba el aliento del narrador colombiano, quien como tantos otros de su generación ha sido rebelde y ha preferido cierta marginalidad, al lado de sus compañeros de generación, que deben estar celebrando este premio logrado con toda transparencia.

Han pasado los años y Rosero ha seguido ahí fiel a su estilo y a sus fantasmas sin ceder un solo instante a la feria de vanidades y corrupciones de la narrativa colombiana reciente, con sus ídolos falsos. Ya los adalides abusivos de cierta paraliteratura cantaban victoria haciendo tabla rasa de generaciones recientes y actuales y se pavoneaban como salvadores de pacotilla de la narrativa colombiana, acríticos y lambones ante el infame régimen paramilitar que nos gobierna. Con las motosierras de su arribismo ya habían enterrado a los excelentes escritores de la generación de la Buchholz, nacidos alrededor de los años 40.

En la fiesta convocada en el Centro de Industriales de Guadalajara, en ausencia de Rosero, se reunió el mundo editorial y literario iberoamericano. Las copas iban de un lado a otro y yo trataba de apurar algunas de más a nombre de Rosero, que debería estar aquí celebrando. Gracias a él y por la alegría que siento de que sea coronado este rebelde colombiano, he saboreado y alzado al aire deliciosos cócteles de tequila.

Beatriz de Moura estaba muy contenta en medio del inmenso salón y preguntaba sobre la posición de Rosero en la literatura colombiana y el significado de este premio. Hablamos sobre quien es Rosero: un hombre libre, un autor de novelas espléndidas, un habitante de ese país en guerra gobernado por delincuentes asesinos, un ser humano que nuestra generación conoce porque es una antena eléctrica de los males y las muertes de fiesta nacionales. De Moura destacó que la novela premiada podría ser una alegoría de todas las guerras y su universalidad hace que esos ámbitos puedan situarse en los Balcanes u otros países encendidos por la conflagración bélica mundial, donde las fronteras se pierden en el horror y el dolor provocado por la codicia de los poderosos. Dice que es un texto claro, transparente, mientras Aurelio Major, el coordinador del premio expresa a su vez la alegría por este acontecimiento.

Viene a mi memoria ese Rosero siempre silencioso o felizmente ebrio, en quien se resumían las nocturnidades de Bogotá City, en aquella vieja cafetería de la Librería Nacional de la séptima o en las Residencias Tequendama repletas de poetas iberoamericanos o tomándonos unos whiskies en la Feria del Libro de Bogotá, cuando se celebraba a los escritores de la diáspora.

Seamos claros, con Evelio Rosero, Sonia Truque, Eugenia Sánchez, Juan Carlos Moyano, Pedro Badrán, Julio Olaciregui, Pablo Montoya, Julio Paredes, Consuelo Triviño Anzola, Octavio Escobar, y otros muchos, toda una generación de escritores emerge desde los márgenes de una Colombia que excluye y mata. Todos ellos han llevado al extremo su compromiso con la palabra y la libertad.

Ese ha sido su puesto de combate, el mismo iniciado hace tiempos por el legendario Jorge, el Gordo Valderrama en su suplemento de Vanguardia Liberal en Bucaramanga, y luego por los amplios espacios de la red de Cronopios de Ignacio Ramírez, los talleres de Isaías Peña Gutiérrez en la Universidad Central, la revista de Milciades Arévalo, entre otros, y mucho antes por el inolvidable Manuel Zapata Olivella en Letras Nacionales. Una literatura que surge desde todos los puntos cardinales del país y desde todos los estratos y que no es confiscada por el obtuso exclusivismo de los "gomelos" de Medellín y Bogotá, para quienes lo urbano colombiano sólo existe allí alrededor del Gimnasio Moderno y que decretaban ya el triunfo de una paraliteratura que extermina al reciente pasado y al presente de la Colombia profunda. Con este premio a Rosero podemos decirles, chao, chao, bye, bye, nos vemos en el ring.

jueves, 14 de mayo de 2009

LAS PERIPECIAS DE UN SÁTIRO HIPERESTÉSICO


Por Eduardo García Aguilar
Uno de los aspectos más olvidados de la generación modernista en Latinoamérica es la prosa. Martí, Montalvo, Vargas Vila, Gómez Carrillo, Gutiérrez Nájera, Darío y Silva, para sólo mencionar a unos cuantos, escribieron alucinantes páginas, como cuentos y crónicas de viaje, que fueron con razón eclipsados por el delirio poético.
Enrique Gómez Carrillo, un guatemalteco famoso por sus aventuras galantes, dejó miles de cuartillas que hoy languidecen en los viejos anaqueles de las bibliotecas, pero que conforman un fresco de la época. Por primera vez en mucho tiempo, los latinoamericanos se negaban al provincianismo y se perdían en el exilio voluntario, deseosos de conquistar las metrópolis del lujo y el progreso.
Un vacuo nacionalismo criollo que reclamaba el reino de lo “autóctono” miró con malos ojos a estos enfermizos personajes que tuvieron como capital a París y como estilo el dandysmo en boga por aquellos tiempos. En sus crónicas de errancia, Gómez Carrillo, que fue, según dicen, amante de Mata Hari, nos lleva de la mano por Oriente, se nutre de desiertos, viaj a a monasterios de Judea, describe islas maravillosas, asiste a la guerra y ve la mortandad sin límites. Muchas de esas páginas tal vez no sean antológicas, pero algunas salen de los empolvados volúmenes como joyas de una época de transición que hoy maravilla. Los modernistas fueron los primeros en quitarse el complejo de un americanismo ingenuo y se sintieron con derecho a comerse el mundo con el pasaporte del talento.
Sus congéneres de Europa también iban en contra de la corriente. Huysmans, por ejemplo, se encerraba en la ficción de sus casas de sueño, a masticar la enfermedad de moda: la hiperestesia. Hartos del progreso y de la técnica, aburridos frente al culto de la razón, los modernistas de Europa se insurgieron en contra del utilitarismo con obras “decadentes, preciosistas, que se negaban a reflejar la realidad o a tomar posiciones científicas” frente a la sociedad, como lo hicieron Jules Vallès y Emile Zola. Nuestros modernistas no fueron, pues, simples repetidores de una moda metropolitana, sino los hermanos de un movimiento mundial en contra del utilitarismo y el positivismo. Rubén Darío, Silva y Martí, miraban con sorna la influencia cada vez mayor del im perio protestante del Norte con su confort y su sport y prefirieron la bohemia de la absenta con su delirium tremens.
José Asunción Silva (1865-1896), conocido por sus nocturnos y por ser uno de los más brillantes y malogrados representantes de esa generación, tuvo que soportar la pacatería de una ciudad colonial y brumosa, situada en las alturas de la cordillera andina, dedicado a un arte absurdo para entonces: la poesía. Heredero de un negoicio que no sabía manejar, requerido por compromisos sociales y chismografías de convento, el joven no resiste y se suicida a los treinta años, ante la indiferencia de sus contemporáneos. Antes vivió un tiempo en París, a donde viajó enviado por su padre en funciones comerciales. En Venezuela, de regreso a Colombia, naufraga el vapor Amérique, en donde viajaba también Gómez Carrillo. Silva pierde los manuscritos de los Cuentos negros y “lo mejor de mi o bra”.
Poco antes de morir rehace De Sobremesa, novela que reúne todas las características esenciales de su personalidad y su época. El prologuista a la edición de sus obras por la Biblioteca Ayacucho de Caracas, esgrime su lanza contra él, poeta, acusándolo de imitador y ”colonizado”, comos si el pobre estuviese condenado a escribir sobre chinchorros, chozas, serpientes, cuchilleros y monjas. Desconociendo el fenómeno subversivo del modernismo y sus efectos en la literatura posterior en castellano, Eduardo Camacho Guizado llega hasta el despropósito de acusar a Silva de mentiroso porque en su novela seduce a más de trece mujeres, aduciendo que éste era muy débil y tímido. El crítico olvidó en su pasión antimodernista, que estaba comentando una novela y no una autobiografía. El Fernández de la novela no es Silva. Todo novelista, por demás, es un mentiroso y nadie puede acusarlo de hacer invenciones.
La novela sucede durante la sobremesa. Fernández, que es un millonario decadente, le cuenta a sus amigos las dudas respecto a su actividad literaria y después de ser requerido comienza a leerles el relato de sus aventuras en Europa. Los primeros capítulos de ese diario están cargados de las lecturas de la época: María Bashkirtseff, Maurice Barrès, Max Nordau, Nietzsche, Swimburne, Verlaine, etcétera. Los amigos que lo escuchan en el exquisito ambiente de su mansión bogotana, son opacos personajes que admiran al poeta Fernández, pero que no pueden comprender sus angustias y frustraciones.
El protagonista de la novela se enreda con una bella mujer, la Orloff, a quien encuentra después en el lecho dedicada al arte de Lesbos con una de sus amigas: “Al hacer saltar la puerta de la alcoba que se deshizo al primer empujón brutal y cedió rompiéndose, un doble grito de terror me sonó en los oídos y antes de que ninguna de las dos pudieran desenlazarse, había alzado con un impulso de loco duplicado por la ira el grupo infame, lo había tirado al suelo, sobre la piel de oso negro que está al pie del lecho, y lo golpeaba furiosamente con todas mis fuerzas, arrancando gritos y blasfemias, con las manos violentas, con los tacones de las botas, como quien aplasta una culebra”.
Después de la decepción, Fernández huye a Whyl y delira inventando un sistema apto para su país. Es una metáfora del progreso, donde “las monstruosas fábricas nublarán en ese entonces con el humo denso de sus chimeneas el azul profundo de los cielos que cobijan nuestros paisajes tropicales; vibrará en los llanos el grito metálico de las locomotoras que cruzan los rieles comunicando las ciudades y los pueblecillos nacidos donde quince años antes fueron las estaciones de madera tosca y donde, a la hora en que escribo, entre lo enmarañado de la selva virgen, extienden sus ramas las colosales ceibas”. Al sueño político que en De sobremesa adquiere los contornos del ensayo dentro de la novela, el personaje vive sus conquistas amorosas: Nini Rousset, Helena de Scilly Dancourt, Lady Viviann, Fanny Green, etcétera, y prueba el cloroformo, el éter, la morfina y el hachish.
Personaje disimétrico, telúrico, caprichoso, malvado, Fernández es la encarn ación del espíritu de una época que iba rumbo a la catástrofe. ¿Mientras los industriales organizaban ferias mundiales y en ciertos cabarets se hablaba de la belle époque, los modernistas, más en la prosa que en la poesía, palpaban el malestar del fin de siglo.
A nivel formal, Silva no se queda atrás y nos ofrece un texto fraccionado, absurdo, que contrasta con las novelas realistas y sus tramas ordenadas con moraleja y broche de oro. En ciertos pasajes uno cree ver ya en José Asunción Silva elementos formales que hicieron novedoso a Cortázar setenta años después.

(Tomado de Textos Nómadas. Publicado originalmente en Unomásuno de México. 1986)