
lunes, 6 de diciembre de 2010
LA GRAN ESTAFA LITERARIA MUNDIAL

sábado, 4 de diciembre de 2010
FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE QUITO

lunes, 29 de noviembre de 2010
LA CASA SILVA SIN LUZ NI "CANELAZO"
jueves, 18 de noviembre de 2010
miércoles, 10 de noviembre de 2010
GERRA Y RUMBA EN TUMACO
Los militares están por todas partes en Tumaco, puerto pesquero del Pacífico sur colombiano, cerca de la frontera con Ecuador, donde antes vivió la civilización prehispánica de los Tumacos (700 ac-1500 dc), que tendría probablemente sus orígenes lejanos en la cultura Olmeca mexicana. San Andrés Tumaco es habitado desde hace medio milenio por una mayoritaria población afrodescendiente que con serenidad y alegría se enfrenta a un conflicto entre guerrilleros, narcotraficantes, ejército, y paramilitares de las sanguinarias Aguilas Negras y Los Rastrojos.
Un enérgico y musculado gorila colombiano ingresa a la cafetería del aeropuerto custodiado por tres soldados que esgrimen armas mirando a uno y otro lado, mientras el militar conversa con su novia y la mira maquillarse enamorado antes de subir al avión. Todos los militares y los mercenarios tienen bellas novias. Son atléticos, ágiles, seguros, corteses. Son los nuevos dioses de una sociedad en guerra permanente, en una zona marítima llena de esteros y manglares de donde salen los cargamentos de cocaína hacia otros lugares del mundo. Estamos en el reino de los Rambos. Dentro de una película de Hollywood. Palpamos la nueva fiebre del oro. Pululan los negocios de compra y venta de oro y joyas.
Por todas partes hay avisos ofreciendo “magníficas recompensas” a quienes denuncien a “narcotraficantes y terroristas”. Pero la música del reguetón, el currulao, el merengue y la salsa sigue sonando desde los altavoces. En el mesón de don Chucho Ricaurte todo el día suena la salsa. Y a las múltiples escuelas acuden miles y miles de estudiantes orientados por los valerosos maestros, reyes del bien en Tumaco y guías de la sociedad en medio de esta guerra sin fin.
Los militares colombianos y estadounidenses , que tienen una enorme base naval en la costa en el marco de la lucha contra “el narcotráfico y el terrorismo” del Plan Colombia son los reyes de la ciudad y las bellas muchachas los admiran y los sueñan mientras van y vienen los helicópteros y los aviones que fumigan para exterminar el cultivo de hoja de coca, devastando el campo y obligando a los campesinos a desplazarse en la miseria hacia otros lugares. Por los ríos que cruzan las veredas bajan con frecuencia cantidades de cadáveres.
“No me explico cómo es que hay tantos muertos aquí si esto está lleno de militares. No sé lo que hacen. Donde está pues la labor de inteligencia para prevenir”, dice una mujer, sugiriendo extrañas complicidades entre militares y paramilitares. Desde hace quince días reina una calma que sorprende a los habitantes del lugar. Los arreglos de cuentas en la calle, la acción implacable de los sicarios en las tabernas se ha detenido por un instante, pero todos saben que tarde o temprano se reanudará. La parca esta tomándose un corto respiro después de tanta matanza.
“Es impresionante la mirada de los asesinos cuando disparan sorpresivamente al lado de uno en un bar o en la calle”, dice un hombre. Una maestra cuenta cuando los guerrilleros llegaron a su pueblo de Barbacoas, no lejos de allí, en busca de supuestos “sapos” del ejército. Reunieron a toda la población en la plaza y mataron a cinco conocidas personas y a otras las conminaron a huir so pena de muerte. Alguien quiso ver a su amigo maestro recién fusilado, pero los guerrilleros se lo impidieron. “Váyase, es inútil, ya esta está muerto. Ahora el pueblo estará tranquilo. Ya han muerto los sapos”, dijo un dirigente guerrillero, relata la mujer.
Las motocicletas de alto y bajo cilindraje se suceden las calles agitadas de esta isla ciudad rodeada de barrios llenos de palafitos. Las calles centrales están tupidas de prósperos comercios de ropa, electrodomésticos, supermercados, bares, restaurantes Pico Rico, sitios de Dunkin Donuts, siempre llenos de gente. Hay sitios de internet, locales telefónicos , venta de minutos en celular. Todos usan celulares. Pobres y ricos. Chicos y grandes.
Hay abundancia, el dinero circula a manos llenas, la fiesta es permanente, pero a la vez reina la pobreza. Unos campesinos hacen cola en el Banco Agrario en espera que les den la ayuda mensual de unos de 25 dólares del programa Familias en Acción. Pero no ha llegado el dinero. Y gritan famélicos ante el paso de los forasteros: “¡Hay hambre en Tumaco!”.
Las espigadas muchachas de cuerpos sanos bronceados y prendas ceñidas cruzan coquetamente devoradas por la lascivia masculina. La alegría de los escolares suena por todas partes. La guerra no impide que vayan a la escuela, aunque a muchos tratan de reclutarlos los “paracos” o la guerrilla y debe huir para siempre. En un parque de donde salió el gran futbolista Wellington Ortiz, los chicos hacen deporte emulándolo y las chicas practican el baile currulao.
En la playa El Morro, cerca de la base naval, los retenes se suceden y en el Hotel Barranquilla soldados armados vigilan la tranquilidad de los enviados y asesores estadounidenses que se hospedan allí en ese pedazo de paraíso frente a la playa. El atardecer nublado deja entrever la rojizas franjas de sol crepuscular. Y el viento excepcionalmente frío a causa de los cambios climáticos provocados por el fenómeno de “la Niña” circula entre los bares playeros donde suena la estridente música tropical. Para llegar allí se pasa por un retén militar que vigila el este enorme complejo donde residen miles y miles de militares.
Reinan los militares, van y vienen los vehículos de Naciones Unidas y en los hoteles trabajan los predicadores del comercio, la microempresa y la política local. Pero nada es igual al oasis salsero de don Chucho Ricaurte. Mientras unos temibles “paracos” beben con estridencia y arrogancia y piden vallenatos, el viejo rumbero dice firme: ”No señores. Aquí sólo ponemos salsa. Prohibido el merengue y el vallenato”. Pero los asesinos están de buen humor. Terminan sus cervezas y se van.
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sábado, 30 de octubre de 2010
LA LIBRERIA MERlÍN EN BOGOTÁ
Por Eduardo García Aguilar
En pleno centro de Bogotá existe una librería de viejo que por la enormidad de sus estancias y las sorpresas que depara al bibliómano de literatura colombiana y universal, se ha convertido en sitio obligado de visita para quienes deambulan en busca de hallazgos y palpan en las estanterías las huellas del pasado y la vida impregnada en cada uno de los libros.
Porque los libros tienen vida e historia y a veces parecen mirar y pensar en su soledad y en su silencio, lejos de sus primeros dueños, pues estuvieron en múltiples manos atentas y fueron testigos desde el nochero o la estantería de muchos pedazos de existencia fugaz.
La librería Merlín está situada en la zona donde se concentran los pequeños negocios del mundo librero de ocasión en Bogotá, en la carrera octava con calle 15, no lejos del legendario Café Saint Moritz, que funciona intacto desde 1937, una década antes del Bogotazo que partió el siglo XX colombiano en dos y cambió el país para siempre.
Al sitio se accede por una puerta pequeña enrejada que no dice gran cosa, pero luego, ya adentro, se sube una escalera y se cruza un pequeño puente bajo una claraboya para pasar a las amplias estancias de un edificio de viejos apartamentos de tres pisos construido tal vez en los años treinta o cuarenta cuando la ciudad pasó de las mansiones coloniales a los edificios art-deco.
Con pisos de fina madera, paredes sólidas, puertas enormes y umbrales de la época, los apartamentos debieron albergar en su tiempo a una generación de burócratas, prósperos comerciantes o abogados de cuando el país parecía salir adelante y no vislumbraba los horrores y la violencia que surgiría después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, a unas cuadras de allí, cruzando la Avenida Jiménez.
Los socios de esta librería usan todos los pisos, uniendo los apartamentos de las dos alas del edificio, en cuyo interior hay muebles de la época, vitrinas, escaparates, sofás de cuero, objetos que llenaron espacios de una vida confortable, con sus amplios comedores, habitaciones y corredores que una vez estuvieron llenos de vida familiar y ahora albergan estanterías llenas de clásicos.
Toda ciudad que se respete debe tener una librería Merlín y en esta ocasión mientras visito los diversos espacios, y hablo con Célico, uno de los socios que estudió literatura en la Universidad Javeriana, me acuerdo de las librerías de viejo de la ciudad de México, situadas en la calle Donceles, del centro histórico, que concentran en una cuadra la mayor cantidad de libros de ocasión hispanoamericanos jamás conocida.
Como allí, en la librería Merlín van entrando poco a poco las bibliotecas de quienes amaron los libros en vida y que sus deudos deciden feriar por ser para ellos inútiles estorbos, o también entran las de quienes en la quiebra, el desempleo o la miseria no tienen más remedio que deshacerse de sus libros amados por alguna suma irrisoria que les permita comer unos días.
Por eso en cada libro hay una historia, pues muchos de ellos están dedicados o traen huellas del tiempo, como esa edición original de Canción de la vida profunda y otros poemas de Porfirio Barba Jacob, publicada en Manizales en 1937 por Juan Bautista Jaramillo Meza y que, algo deteriorada y con un feo forro de origen, yace en una vitrina al lado de otros incunables colombianos por el precio módico de 80.000 pesos.
En dos visitas rápidas vi ediciones originales de libros de Jorge y Eduardo Zalamea Borda, Luis López de Mesa, Baldomero Sanín Cano, Rafael Arango Villegas, Aquilino Villegas, Rafael Maya, José Mar, Jose Antonio Osorio Lizarazo, José Vélez Sáenz, Hernando Téllez, Manuel Zapata Olivella, Eduardo Caballero Calderón, Héctor Rojas Herazo y otros muchos más.
Por supuesto hay ediciones de todo tipo y época de Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez, sin contar las ediciones valiosas de clásicos de la literatura universal editadas en los cuarenta y cincuenta en casas argentinas, chilenas y españolas, o sea esos libros y esas colecciones que todos llevamos en la memoria pues nos iniciaron en el increíble vicio de leer y escribir.
Traducciones de Saint John Perse por Jorge Zalamea, clásicos de Kafka, Broch, Musil y Thomas Mann, clásicos franceses e ingleses y norteamericanos en su lengua original, gramáticas, libros de geografía, historia, sociología, derecho, ciencias políticas y religión comparten espacio con viejos libros de texto que nos traen a la nostalgia de la escuela primaria y secundaria y a nuestras primeras letras u operaciones matemáticas.
La librería Merlín es una verdadera delicia y la prueba de que en medio del caos y el descreimiento las metrópolis generan espacios espontáneos de cultura, con un público fiel que pasa la antorcha del pensamiento y el amor por la literatura y el arte de generación en generación.
martes, 12 de octubre de 2010
LOS POETAS LATINOAMERICANOS
La antología comienza con Enrique Molina, hombre con pinta de capitán, bajo de estaura, pero musculado, a quien vi una vez antes de que muriera, en un recital en México, en uno de sus últimos viajes que realizó a ese país. Su poesía es marina, erótica, y poemas como « Rito acuático » o « No Róbinson » son joyas inolvidables dedicadas a la pasión amorosa, a la usura de los cuerpos. Luego sigue Pablo Antonio Cuadra, mítico, alto, flaco y elegante, director de un gran periódico, con quien crucé unas palabras felices al subir por el ascensor del Hotel de la Ciudad de México, donde se realizaba un encuentro internacional de poetas. Comparte con su compatriota Carlos Martínez Rivas, autor de « La insurrección solitaria », esa capacidad revolucionaria iniciada con Rubén Darío que los hace inesperados, extremos y originales. del sur chileno, nos comunica, por el contrario, la lluvia y la humedad de los páramos, cerca a rieles abandonados entre la soledad, el desamor y el margen. Es una poesía desolada de ángel caído.

LA DICTADURA PERFECTA DE VARGAS LLOSA

* Eduardo García Aguilar (1953). Escritor colombiano, autor de El viaje triunfal y Bulevar de los héroes, entre otras novelas, así como de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Alvaro Mutis. Reside en París)
sábado, 21 de agosto de 2010
ADORACIÓN DE CHARLOTTE RAMPLING EN EL TRÓPICO

Ver a la actriz Charlotte Rampling es siempre un placer estético e intelectual en el mejor sentido de la palabra, desde aquellas inolvidables películas Portero de noche y los Condenados, que la hicieron famosa en los años 70, cuando inició una carrera caracterizada por filmes de gran factura, con guiones excelentes y temas profundos relacionados con la vida, el sexo y el amor en el mundo moderno, en terrenos del sadomasquismo de post-guerra.
En este verano volver a ver Hacia el sur, la película de Laurent Cantet, filmada en 2005 en República Dominicana y Haití, nos vuelve a mostrar a Charlotte Ramplig, maestra en diálogos feroces que enfrentan la cruel realidad de intereses y precios, como ocurre en la también reciente Swimming Pool y otras obras maestras que ha venido filmando en los últimos años con directores nuevos y complejos.
Su personaje como actriz se acomoda muy bien a lo que ella misma ha sido, una intelectual depresiva que ve con claridad el desastre contemporáneo y que con artes de psicoanalista revela a través de la palabra las más fuertes mentiras y secretos en las que los seres humanos nos empantanamos y con los que terminamos conviviendo hasta la locura.
En sus varios matrimonios y tras episodios depresivos de los que salió por fortuna, Rampling ha vivido en las alturas y en el fondo y ha renacido ya en la fatídica edad de los cincuenta para volver a los escenarios y brillar con papeles perfectos para una mujer que se enfrenta al fin, al desastre corporal, pero que aún busca con cinismo el placer a toda costa e incluso llega a tener relaciones con un gorila.
En Hacia el sur varias mujeres de ese estrato de edad, académicas o divorciadas acomodadas, van con frecuencia a una playa haitiana donde conviven en vacaciones con muchachos negros de cuerpos de ébano que como dioses musculados nadan junto a ellas en la piscina o en el mar o las cabalgan en coitos supertropicales. A cambio de unos billetes, regalos o invitaciones, esos jóvenes se acuestan con esas mujeres, algunas de las cuales descubren allí por primera vez el orgasmo o la felicidad sexual que el frío mundo del norte, en este caso las ciudades canadienses o estadounidenses, les ha negado.
Charlotte, que en la película se llama Ellen es la mayor de ellas, tiene 55 años, y es una profesora en Boston de inteligencia y seguridad desbordantes. Gracias a esa seguridad y al cinismo que la caracterizan, seduce con regalos o dinero a los jóvenes de la playa que viven todos prendados de ellas y les ofrecen sus favores en el paradiasiaco balneario, no lejos de la miserable capital dominada por los Tonton Macoutes, el tráfico, la droga, la violencia de bandas y la enfermedad. Llega Brenda, papel desempeñado muy bien por Karen Young, de 45 años, divorciada, y se desencadena la rivalidad entre ambas mujeres por el escultural Legba, actuado por por Menothy Cesar.
Brenda lo fotografía desnudo en su lecho y en un juego de igual a igual logran entenderse como amantes sin tener pelos en la lengua para decirse lo que cada uno de ellos siente que es el otro. Brenda, la romántica, ha caído en las redes del aprendiz de bandido, lo cubre de regalos y por un momento siente que lo ama y es amada, aunque tal vez ame sólo en él su mirada de amor hacia ella, antes que la violencia llegue y se lleve al pequeño mafioso, baleado por un arreglo de cuentas en una playa mientras copulaba con una chica local.
Una simple tragedia banal en los países del tercer mundo, donde los hijos de la pobreza sólo tienen derecho a caer como moscas en medio de las balaceras, en territorios donde la vida no vale nada y todo es permitido para obtener un miserable puñado de billetes.
En Hacia el Sur está presente la tragedia, pero también la ciudad, las calles de la miseria, los tugurios, el calor atroz entre los detritus y el abuso de las fuerzas policiacas encarnadas en esos Tonton Macoutes, policía del régimen de Papá Doc, que sembró el terror entre los suyos antes de que llegaran otros apocalipsis.
Luego del levantamiento del cadáver de Legba, que Brenda besa en un último gesto de amor o narcisismo, hay un arreglo de cuentas verbal entre las mujeres. Ellen reprocha a Brenda querer jugar al « viscoso » y ridículo amor, cuando son sólo turistas que van a divertirse y a tirar. Pero al final están de acuerdo : Ellen regresará al altivo Boston de las universidades y Brenda seguirá buscando sexo venal y tardío en todas las islas del Caribe que piensa visitar de ahora en adelante una tras otra. Y queda el mar, el sol, el baile, el pasado y la fugaz presencia de esos cuerpos que sólo son carne para turistas y refugio de las balas asesinas de las mafias.
sábado, 14 de agosto de 2010
RESURRECCIÓN DE VOLTAIRE

En todo el mundo los hombres son dominados por ideologías y creencias beligerantes que los llevan a morir por causas oscuras, a suicidarse en aras de una deidad, a torturar por ideas, a matar o mandar matar por intolerancia. En las calles de las capitales europeas la mujeres islamistas vuelven a cubrirse de pies a cabeza como hace mil años y en otras partes del mundo todo tipo de gurús, profetas, iluminados, mesías, incitan a la guerra, la destrucción, la inmolación y el crimen, con la esperanza de dominar el mundo y obligar a los hombres a seguirlos bajo el sonido amenazador de las ametralladoras. El horror de los conflictos regionales, la mortandad incesante en las guerras puntuales, la trivilización del secuestro, la celebraciones armadas de los triunfos electorales, las amenazas nucleares de regímenes tan delirantes como el norcoreano y el iraní, la agresividad estadounidense, nos muestran que el mundo anda muy mal, como en las peores eras locas de Nerón o de Atila.
Por eso, mientras me sumía en la lectura de algunas de las obras de Voltaire, de textos sobre su larga vida de exiliado incómodo y muestras de su correspondencia, no sólo me maravillaba la luz de la prosa llena de humor e ironía, sino también la energía de su lucha contra la intolerancia y las « supersticiones » en la Europa del Siglo de las Luces. Sin duda hoy los fanáticos lo amenzarían con una fatwa y sus enemigos lo mandarían a matar con sicarios. Parado frente al pequeño pero famosísimo sillón Voltaire de color verde jaspeado, donde trabajó los últimos meses de su vida, que está expuesto en el Museo Carnavalet, trataba de imaginarlo acosado por la tos, con su bonete, mientras llenaba hojas y hojas con la hiperactividad característica de su genio.
Lo habían dejado regresar a la capital después de décadas de exilio, para que asistiera a la presentación de una de sus obras dramáticas y a un homenaje que le hacían sus admiradores en el Comedia Francesa. Vino enfermo desde Ferney, que era la residencia y la ciudadela donde vivía junto a las tierras protestantes suizas, a resguardo de posibles detenciones. Allí recibía a la romería de discípulos y curiosos que venían de toda Europa, y que como el libertino Giacomo Casanova, relataron con detalle el ingenio admirable del viejo, sus rápidas respuestas de cascarrabias que siempre tenía razón y la agitación incesante de su vida dedicada a escribir, pensar y rabiar.
Fue el primer gran periodista de la era moderna, al escribir sin descanso todo tipo de obras de historia, libros de vulgarización científica y narraciones con « mensaje » que se vendían como pan caliente en ediciones clandestinas, por lo que contribuyó a abrir los espíritus y a mostrar que era posible enfrentarse a la intolerancia del Antiguo Régimen.
Pensó que iba pasar a la historia como gran autor de tragedias y gran poeta, pero aunque escribió miles de versos y decenas de piezas que fueron presentadas en todas las capitales, éstas obras fueron olvidadas y se le recuerda más por sus panfletos y narraciones, que él consideraba sólo divertimentos para entretener a los amigos en las veladas palaciegas.
Su obra abarca decenas y decenas de volúmenes, pero basta leer sus divertidas ficciones como Cándido o El ingenuo para reirnos con él de la estupidez bélica de la humanidad actual y entender que en vez de avanzar retrocedemos a los peores tiempos de la barbarie y que incluso estamos a punto de superarlos. Un día de éstos terminaremos todos en « átomos volando » como dice el himno, mientras Voltaire, con su larga peluca empolvada, se carcajeará de nosotros los herederos de un futuro radiante sin luces ni risa.
domingo, 1 de agosto de 2010
MI OBSCENO PARIS LITERARIO
Por Eduardo García AguilarTrabajo en la Plaza de la Bolsa, a pocos metros de donde vivió Simón Bolívar en dos ocasiones en 1804 y 1806, en tiempos de Napoleón. Por ahí, a dos cuadras, Stendhal escribió Rojo y Negro y sufrió un desmayo que lo dejó tirado en la calle. Esa era la zona financiera y el sector de la poderosa prensa coludida con la plutocracia descrita por Balzac, Zola y Maupassant.
A dos cuadras mataron al socialista Jean Jaurès y al lado publicó Emile Zola su famoso Yo acuso en protesta por la condena al militar judío Dreyfus en el diario La Aurora. Uno puede caminar ahora por los mismos lugares por los que ellos paseaban y la diferencia es poca. Por esta zona, orilla derecha del Sena, están los famosos pasajes del siglo XIX, sobre los que escribió el autor judío-alemán Walter Benjamin. Los grandes multicentros de tiendas y cafés lujosos de la época eran pasajes que cruzaban de una calle a otra y en el interior había cafés, almacenes, sitios de encuentro, cortesanas, y eso está detallado en la obra de todos los escritores del XIX.
Es delicioso caminar por París y poder leer esas obras y encontrar que las mismas calles están como si no hubiera pasado el tiempo. Encontrarse con la placa de Molière, que vivió y murió aquí cerca, o con las dedicadas a César Vallejo y al gran viajero Bougainville es lo más natural del mundo. Es una ciudad literaria y lo literario es aquí hivernal. En París la obra literaria de todos los autores ha estado marcada por el invierno, el hielo, la tuberculosis, la mugre de Los Miserables de Victor Hugo o Jules Vallès. Gérard de Nerval , el autor de “Aurelia” y otros decadentes como Maupassant fueron prácticamente aniquilados por el invierno, el frío y la tuberculosis, la sífilis y la depresión neurasténica reinante a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En las habitaciones y oficinas la calefacción era precaria en ese entonces, mientras hoy se vive en casas con clima equilibrado y en los cafés se instalan aparatos que posibilitan estar afuera, sentado, tomando vino o cerveza sin tener frío, pero los autores del XIX y otras épocas sí sufrían de una forma terrible el invierno y de ello morían.
Me agrada andar por las calles de Saint Germain-des-Prés, epicentro de la vida literaria donde estuvieron presentes Joyce, Beckett, Camus, Hemingway, Sartre, Simone de Beauvoir y Roland Barthes y sobre todo los escritores latinoamericanos. En los años 20 y 30 París era el centro de la literatura latinoamericana, con autores tan importantes como los peruanos César Vallejo y los hermanos García Calderón, el guatemalteco Miguel Angel Asturias y el mexicano Alfonso Reyes. Hay placas que ellos colocaban con ceremonias para celebrar a los latinoamericanos que los antecedieron como el gran nicaraguense Rubén Dario, el colombiano Vargas Vila y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que vivieron en París en la transición del siglo XIX al XX, en tiempos del viejo Paul Verlaine.
París hoy es mucho más cosmopolita que antes. Hay barrios paquistaníes, indios, chinos, rusos, árabes, africanos, judíos, de modo que también me encanta caminar por el mundo popular que nos transporta hacia el Extremo Oriente, Oriente Medio, Africa y la Europa Oriental como si uno hubiera tomado un avión hacia esos lugares. Hacia el norte de la ciudad, cerca de las estaciones ferroviarias del Norte y del Este, por Belleville o Montmartre, donde viven árabes, tailandeses, sirlankeses, japoneses, judíos, africanos, la ciudad es una urbe semiproletaria donde se hablan todas las lenguas y se lucen las más extrañas prendas, lo que contrasta con los barrios de la perfumada burguesía mundial, situados por Madeleine, Place Vendôme, Trocadero, Passy, Monceau, Saint-Cloud, Boulogne y otros sectores.
Hay cuatro épocas fundamentales de la literatura latinoamericana parisina. Primero el modernismo con Ruben Darío, Gómez Carrillo, José María Vargas Vila y otros latinoamericanos que vivieron intesamente cuando estaban vivos Verlaine y Mallarmé. Luego viene la generación de entreguerras en los años 20 y 30, cuando todos los escritores latinoamericanos venían a estudiar como el joven Asturias o a hacer diplomacia como Alfonso Reyes. Más tarde viene el “boom” latinoamericano en el que estuvieron presentes García Márquez, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Severo Sarduy, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique, Mario Vargas Llosa, y como diplomáticos y vedettes activas Octavio Paz y Carlos Fuentes. Y en la actualidad vive una vasta generación de autores latinoamericanos de todas las nacionalidades, pero principalmente peruanos, como los hermanos Rosas Ribeyro, Mario Wong, Edgar Montiel, Alejandro Calderón, Jorge Nájar y los argentinos Luisa Futoransky y Arnaldo Calveyra.
Los escritores latinoamericanos malditos no vivieron tan mal como dice la leyenda. César Vallejo no vivió tan triste y pobre como se cuenta bajo el frío y la lluvia de París "con aguacero". Su tumba está en el cementerio de Montparnasse, rumbo de fiesta en tiempos de entreguerras. Todos vivieron momentos muy felices porque había vino y fiesta y eso en todos los casos, desde la generación de Ruben Darío, a la de Asturias, y a la de García Márquez, que se queja de su etapa parisina, pero se la pasaba de rumba tocando y cantando en los bares de Odeon al lado del artista venezolano Soto.
Los que vivimos ahora en esta primera década del siglo XXI somos los escritores mas felices de todas las generaciones, a salvo de la tuberculosis y la sífilis y la soledad. Vivimos en una jaula de oro y con la alegría de que la literatura latinoamericana ha pasado de moda. Ya no somos los exitosos personajes folclóricos de antes, sino que entramos a la era cosmopolita donde cada esquina del mundo es el mundo mismo y Paris un obsceno lugar literario cargado de fantasmas del pasado que chillan desde sus frías mazmorras de gloria.
jueves, 29 de julio de 2010
LAS NOCHES PARISINAS DE TABLADA
Por Eduardo García Aguilar La vida le deparó desde temprano viajes que lo ligaron a otras culturas como la de Japón, que visitó en 1900, Francia, donde estuvo entre 1911 y 1912, y Estados Unidos, donde vivió parte de su vida y murió este devorador de todas las cosas. En esos países se nutrió de ámbitos extraños que perfeccionaron su visión del mundo y dieron aliento a su poesía para sacarla de la retórica ambiente y proyectarla a una permanente juventud y experimentación.
En Nueva York fue uno de los centros magnéticos de la cultura latinoamericana, pues en esa metrópoli insomne tuvo acceso a todo tipo de sensaciones que alimentaron su desaforada dispersión intelectual. Pero venía de la capital mexicana, de la que siempre hablaba con nostalgia al escribir sus crónicas desde el extranjero, afectado por las noticias de la devastación provocada por los conflictos sociales y la Revolución, que llevaron a la caída del dictador Porfirio Díaz.
Como todos los modernsitas, Tablada tuvo su París y nada más curioso que leer ahora la edición original de las crónicas parisinas Los días y las noches de París, (Viuda de Ch. Bouret. México. 1918. 214 páginas), que adquirí en un acto tabladiano hace tres años en la Librería Madero, donde el poeta, con ojo avisado, nos relata los instantes vividos en la ciudad, considerada entonces la luminosa capital artística del mundo.
Relatada desde del otoño de 1911 a la primavera de 1912 en arbitrarias acuarelas que enviaba a la Revista de Revistas o en cartas y pedazos de diario donde contaba lo que veía, París se nos antoja allí mucho más cercano de lo que insinuaría el paso certero de un siglo.
Solemos los contemporáneos del siglo XXI creer que nuestros antepasados vivían un mundo atrasadísimo e ingenuo y pensamos que la supuesta modernidad desbocada de hoy es única y original. Pero basta revisar estas crónicas, que también fueron editadas por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1988, para darnos cuenta que París ha cambiado muy poco y que sus descripciones no difieren mucho de las que hiciera un cronista latinoamericano de hoy.
Por supuesto que ahora hay muchas comodidades impensables para aquella época como los celulares, la TV, los jets, las computadoras e Internet, que muchas enfermedades están controladas y otras nuevas como el sida han surgido, pero la pobreza y la soledad, la miseria y el olvido reinan igual que entonces al lado del derroche de los privilegiados en los mismos barrios y bulevares.Los malevos descritos en su crónica Fantasmas de apaches por Tablada, quien presencia un crimen cinematográfico desde un tranvía, siguen tan presentes como antes, y en los mismos lugares de hace cien años los dandys de hoy van a tenis a Roland Garros y a las carreras de caballos de Auteuil, mientras viciosos, dealers, prostitutas, gigolós, drogadictos y ladrones pululan en Montmarte, Pigalle, Bastille o Montparnasse con idéntica intensidad que a comienzos del siglo XX.
Cuando describe a los jóvenes artistas bohemios latinoamericanos que se hacinaban en buhardillas de nueve metros cuadrados para fumar, beber y copular en medio de la tuberculosis y la sífilis, lejos de su tierra, parece retratar a los jóvenes extranjeros y provincianos franceses actuales que hacen su París y pasan dificultades similares que sus ancestros de hace un siglo.
En la carta crónica Los luchadores vencidos, Tablada lamenta el estado del joven pintor mexicano Juan Mora que está flaco y abatido, afectado por la tisis en una buhardilla de la rue Monge, lejos de su madre lejana, pero rodeado de dos mexicanos, un artista colombiano y una pelirroja, que se reúnen para verlo mientras beben y comen charcutería y queso sobre un periódico, por lo que exclama "¡Ah, ese París, lo que le confiamos y lo que nos devuelve!".
Con Tablada descubrimos a Diego Rivera que vive en Montparnasse con Angelina Beloff, visitamos la tumba del pintor Julio Ruelas sepultado en el cementerio de Montparnasse antes de que allí se instalara también para siempre Porfirio Díaz. Y lamenta la muerte prematura de ese artista que reposa bajo la bella escultura de una hembra de mármol. Y como hoy se hace en los salones de la FIAC o en el Salón de Otoño, visitó la obra de los pintores del mundo expuestos en el Grand Palais para destacar allí el éxito del mexicano Ángel Zárraga y observar con menos entusiasmo lo expuesto por Diego Rivera y el Doctor Atl.
Y vemos a la Bella Otero o a Mistinguette actuando en los cabarets, o a la sáfica Colette en el teatro, visitamos las mismas viejas librerías y galerías del muelle Voltaire o las callejuelas de Saint Germain, Le Marais o Palais Royal, atendidas ahora por los descendientes, así como los antros de prostitutas, cabarets, bares y comederos de siempre, algunos de los cuales como Chartier, Bollinger o Polydor siguen ahí sin mucho cambio.
Tablada dedica una emocionada crónica al gran poeta argentino modernista Leopoldo Lugones, a quien visitó en su casa de Passy y con quien tuvo la fortuna de ser amigo. Así como hace décadas los latinoamericanos saludaban al superparisino Julio Cortázar, el de Rayuela, Lugones fue el gran escritor que conmovió con su sencillez a un admirativo Tablada.
Tablada vivía en una casa de estilo japonés en Coyoacán, saqueda según la leyenda por los revolucionarios. Ausente en París, se lamenta de los colgados y los fusilados dejados por la violencia en su país y que aparecen en las noticias de la prensa francesa, así como hoy se lamentaría de los ejecutados, decapatidos y deslenguados que en el México actual.
O sea que si el poeta volviera hoy a visitar la tumba de Ruelas en Montparnasse o caminara de nuevo por Campos Elíseos, Montparnasse o Bastille, comprendería que el actual mundo de guerras, atentados y crisis financieras no es menos bárbaro ni menos genial que el descrito por él hace un siglo con su escritura ágil y desordenada de lúcido viajero.
sábado, 24 de julio de 2010
HACIA UNA NUEVA LITERATURA COLOMBIANA
Por Eduardo García AguilarPese a que desde la muerte de Rafael Humberto Moreno Durán y su condena al ostracismo al lado de otros grandes narradores de su generación como Fernando Cruz Kronfly, Alberto Duque López, Oscar Collazos, Helena Araújo, Darío Ruiz Gómez, Fanny Buitrago, Albalucía Angel, Ricardo Cano Gaviria, Roberto Burgos Cantor y Marco Tulio Aguilera, entre otros, la crítica parece recuperarse poco a poco. Tras haber desaparecido misteriosamente en universidades y revistas, comienzan a rebelarse algunas voces intelectuales que se niegan a ser complacientes y a aceptar como borregos lo que imponen en Colombia las editoriales Norma, Alfaguara y Planeta con su aburrida letanía de obras costumbristas de lectura fácil promocionadas desde España, país que vive una de las peores épocas literarias de su historia milenaria.
domingo, 11 de julio de 2010
GERMAN ARCINIEGAS: LA LONGEVIDAD DEL LADINO
Por Eduardo Garcia Aguilar Fue una derrota para ellos, pero por el lado de la creación los mismos años de caos se encargaron de unir el continente a través del delirio de la palabra narrativa, primero con la gran novela telúrica de los campos y las selvas, desde Rómulo Gallegos y Miguel Ángel Asturias hasta Arguedas y Guimaraes Rosa, más tarde con el barroco maravilloso de Alejo Carpentier, Lezama Lima y Severo Sarduy, y al final con el fresco de la pléyade del boom, con autores tan claves como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Juan Rulfo, entre otros. La palabra, que siempre se anticipa a los gobiernos, hizo estallar las fronteras sin necesidad de ejércitos a través de la poesía, la más agresiva trituradora de tradiciones y viejos sentidos. Neruda, Huidobro y Pablo de Rokha, César Vallejo, César Moro, Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Enrique Molina, Álvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Octavio Paz y Gonzalo Rojas, entre otros, se encargaron de dinamitar esas paredes y dejaron a los políticos con sus discursos ajados.
(1) Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, Manual del perfecto idiota latinoamericano, Plaza & Janés, México, 1996.

