sábado, 15 de junio de 2013

EL BAÚL SECRETO DE MI PADRE

Por Eduardo García Aguilar
Nada más inquietante que enfrentarse a hurgar en los archivos dejados por el padre a su muerte, conservados dos décadas en un enorme baúl de los recuerdos que nadie se atrevía a abrir. Y mucho más cuando ese padre era un ser metódico, ordenado, amante de las leyes y la literatura, que iba dejando en cartapacios los avatares de su larga historia, cartas oficiales y familiares, escritos dispersos en la prensa o poemas escritos a mediados del siglo pasado, cuando tuvo que irse de su pueblo natal, Marquetalia, a causa de la violencia partidista.
Mi padre Alvaro, que murió a los 77 años en Bogotá y allí está sepultado al lado de mi madre, cumpliría cien años en este 2013 y con motivo de su centenarrio decidí abrir el baúl y observar los papeles donde está parte de la historia familiar y de la microhistoria del departamento de Caldas y el país en esos largos años. Ejemplo de esa microhistoria es que mi padre era primo hermano del gran músico caldense Ramón Cardona García, asesinado en 1959 en una atroz matanza en las alturas del Tolima.
Poco a poco se define en esos papeles la trayectoria de un hombre honrado de su generación a través de sus diversas edades y se observa cómo se va relacionando con la realidad y los problemas del país mientras trabaja sin descanso desde los 15 años, como el más responsable hijo de su numerosa familia.
Aquella generación excepcional fue de una valentía cívica indudable y como pertenecían a una época humanista donde aún la poesía, las letras, el pensamiento, los ideales, tenían algún sentido, pasaron como él mucho tiempo leyendo clásicos, explorando en los periódicos nacionales y anotando en cuadernos y libretas, en hojas dispersas, las ideas u obsesiones que los invadieron durante sus largas vidas como hijos de su época, marcada por dos guerras mundiales, la guerra fría, y los múltiples genocidios nacionales.
La vida de esos hombres fue de una permanente autoeducación. En la adolescencia y la juventud, desde 1928 y en los años 30 y 40, mi padre tuvo que trabajar mucho, pero en las diversas misiones que cumplió, sacó tiempo para dedicarse a lo que más le gustaba: leer, pensar, escribir artículos y poemas y discutir de literatura, historia y política con sus amigos, que en su mayoría eran liberales de izquierda.
Ni él ni sus amigos fueron gente de poder ni tuvieron grandes cargos, ni fueron senadores, representantes, embajadores o ministros, pero son el sustento de la historia real del país, a donde la luz de los historiadores casi nunca llega. Eran ciudadanos probos y por eso no se enriquecieron ni tuvieron éxito en sus empresas políticas, pues siempre optaron por las causas perdidas frente a la injusticia, el nepotismo y la corrupción colombianas.
Según veo al revisar sus archivos, sus amigos fueron humanistas liberales que se enfrentaron a la intolerancia
de los regímenes conservadores de Ospina y Laureano y por los tiempos iniciales del Frente Nacional, hombres de la línea dura del Movimiento Revolucionario Liberal, militantes del Frente Unido de Camilo Torres, sindicalistas, escritores como José Naranjo, que lo visitaban en su oficina del edificio Gonzalo Salazar, hoy Hotel Cumanday, al lado del café Osiris, diagonal con el Edificio El Escorial.
Era normal que en una ciudad tan conservadora como Manizales, dominada por una casta cerrada, ellos tuvieran todos un bajo perfil, por lo que los microhistoriadores deberían algún día estudiar esa parte secreta de la realidad, aplastada por los caudillos locales de la corrupción y la componenda política.
En los archivos descubrí los periódicos efímeros que publicaban los liberales y donde escribían y opinaban sobre política o literatura, pero lo más sorpresivo es la pequeña obra poética secreta, parte de la cual destruyó antes de morir, poemas que yo sabía había escrito y reencontré con su caligrafía inconfundible en diversas libretas.
Entre ellos se destaca el poema "A un terruño", que escribio en 1951, a los 37 años, después de abandonar Marquetalia a raíz de la persecución sufrida allí por los liberales. En ese bello poema canta a su tierra natal, a la que ya no podrá volver, desde el exilio en la fría Manizales.
En esta inicial exploración de los papeles descubrí sus años de telegrafista muy joven en su natal Marquetalia y en Marmato en los años 30, lugar estratégico por la minería, donde sin duda el telegrafista, conocedor de los códigos secretos del alfabeto Morse, debía saber muchas cosas secretas y riesgosas.
O sea que en ese baúl personal de mi padre arde un mundo lleno de historias, pues la vida es una novela donde, pasado el tiempo, encontramos que en cada historia modesta y trágica de un hombre se basa la historia de un país y sus regiones. A él le debo la literatura, y ahora él, minucioso heredero de los escribanos egipcios, me devuelve los detalles de su vida antes de la mía, como si fuera el gustoso contador de la Lámpara de Aladino.

* Texto publicado en La Patria. Manizales. 16 de junio 2013







sábado, 8 de junio de 2013

ENCUENTRO CON LOU DOILLON Y SU MÚSICA

Por Eduardo García Aguilar
Foto Kate Barry
Lou Doillon tal vez no sabe que en el lugar de la calle Vivienne donde la vi el miercoles vivió Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont, autor de los maravillosos y terribles Cantos de Maldoror, una de las obras más extrañas de la literatura de los dos últimos siglos.
Ahí donde ahora hay un edificio de cemento horrendo estuvo una de las viejas casas parisinas donde residió el poeta nacido en Uruguay de padres franceses y que de retorno a Francia escribió su obra en un francés estremecedor, que hoy nos asombra y asusta.
La calle Vivienne es histórica porque ahí vivió Simón Bolívar en su primera estadía en la ciudad y porque alberga a la Biblioteca Nacional de Francia, a donde vinieron a estudiar todos los sabios de Europa y América, y en los tiempos modernos, Walter Benjamin, Jean Paul Sartre o Michel Foucault.
Lou Doillon está en esa puerta porque acaba de dar un concierto privado de su primer disco de rock, cantado en inglés, en la azotea del edificio de marras, en la sede de la revista alternativa rockera Magic, donde abundan los amigos del gran músico, compositor y  arreglista Etienne Daho, a quien admiro desde hace tiempos.
La voz de Lou Doillon, quien es la hija menor de la diva pop inglesa Jane Birkin y nieta de quien hizo el papel de la mujer de Tarzán en la película histórica, inunda toda la calle Vivienne, mientras suena su pequeña orquesta, compuesta por los mejores rockeros de París  convocados por Daho.
Lou canta ante un selecto público de cien personas invitadas por la revista Magic este día de excepcional sol que corta con siete meses de grisalla y depresión citadinas. Las copas de vino van y vienen.
Doillon es actriz y ha actuado en unas 20 películas que le han dado notoriedad. Como su madre ---que saltó a la fama entre otras cosas a los 16 años en la película Blow Up de Antonioni, por su vida con el gran compositor alcohólico Serge Gainsbourg o por la  famosa canción de escándalo donde hacía el amor con su viejo marido en "Je t'aime moi  non plus", a fines de los años 60---, Lou se ha hecho querer por su sencillez, frescura, fragilidad y sensibilidad artística y por la forma discreta como busca sus propios yacimientos sin dejarse aplastar por la celebridad de sus familiares.
Hace ya mucho, desde su adolescencia, su medio hermana Charlotte Gainsbourg, hija de Serge, es famosa en medio del escándalo y figura en  todas las portadas de las revistas por sus filmes, discos de rock y premios como actriz en Cannes en cintas terribles de directores nórdicos desquiciados. Su otra hermana mayor es Kate Barry. Lou era menos conocida y la prensa del corazón se preocupaba por ella, porque no es tan rica como su hermana y es tan  discreta y lúdica como su padre el director de cine Jacques Doillon, el amor por el que Jane Birkin abandonó a inicios de los años 80 al borracho Serge Gainsbourg, ante la mirada de toda Francia e Inglaterra atónitas.
Pero ahora es ella la que ha sorprendido con su primer disco titulado Places, que ganó el premio Victoria de la música y mereció elogios generalizados de la crítica. Lou ha compuesto en la soledad un grupo  de melodías de un rock ceñido y original donde se destacan letras íntimas que son pura poesía y embonan  perfectamente con los ritmos y los trenos de su música.
Yo estaba en el avión Bogotá-Paris de Air France hace una semana, desesperado sin saber que hacer en esas diez horas en que el viajero está encerrado en una cápsula asifixiante. En la pantalla buscaba con desespero películas, noticieros o discos que me salvaran del tedio, pero todo era previsible hasta que vi entre lo propuesto el diminuto ícono de la obra Places de Lou Doillon.
Ahí estaba su rostro, con esa belleza lánguida que mezcla los atributos de su madre Jane Birkin y los de su abuela, quien actuó de mujer de Tarzán en la famosa película al lado de Johnny Westmüller. Quedé seducido de inmediato. Escuché varias veces el disco y me di cuenta que era de  verdad algo nuevo, una obra de arte de riesgo, de gran unidad y que la voz grave y ceñida de Lou Doillon y sus palabras poéticas rebeldes me decían muchas cosas, más allá de las propias palabras, pues constituían una atmósfera extraña en esta dureza contemporánea del siglo XXI. La musicalización me pareció excelente y el todo un verdadero logro estético, como si ella hubiese descubierto en una alejada cantera un yacimiento inédito. Lou Doillon, desde la soledad, se salió con las suyas y creó arte con dolor y soledad. Así de simple.
Estoy este miércoles en la azotea viéndola frente a mi y un público privado y reducido de cien personas. Su cabellera ágil ondea por el viento. Lleva un saco vaporoso negro que cubre sus largos brazos como si fuese un ave romántica descrita por Hölderlin, una falda de seda estampada con flores diminutas de muchos colores bajo un fondo amarillo desleído que va  hasta la mitad de sus muslos muy blancos. Sus piernas libres empotradas en botas cherokee negras y ella ahí, alta y flaca, con el micrófono en la mano repitiendo para nosotros, para mí, las mismas canciones de su disco que escuché en el aburrido vuelo Bogotá-París.
Más tarde, a medianoche, cuando salía cansado de la redacción internacional de la AFP, que está en el mismo edificio, horas después de terminado el concierto, me encontré a Etienne Daho y lo felicité entusiasmado por su arreglos sin darme cuenta de que la mujer que estaba con él fumando un cigarrillo era precisamente Lou Doillon.
Y él me dijo de inmediato: "a la que hay que felicitar es a ella". Entonces le conté mi experiencia de escucharla en ese vuelo y le reiteré la sorpresa que fue para mi descubrir una obra de arte conquistada al descreimiento de muchos. Y entonces sentí su mirada transparente sobre mí y sus risas jugetonas y cómplices estallaron y empezaron a recorrer esa calle Vivienne solitaria, a medianoche, la misma calle y la misma puerta donde vivió Isidore Ducasse, el conde de Lautréamont.
Ahí estaba al fin solo yo con Lou Doillon y Etienne Daho conversando, en la soledad  de la primera noche casi veraniega. La poesía y el azar me llevaron a decirle a ella en persona lo que pensaba en secreto: que los poetas vuelan y la vida los junta al azar porque son de aire y de viento.


miércoles, 5 de junio de 2013

EDUARDO CARRANZA O EL SÚBITO GALOPE DE LOS ALAZANES FUNERARIOS: HOMENAJE POR EL CENTENARIO

Por Eduardo García Aguilar*


Los amigos de periodizaciones históricas encontrarían gran dificultad para situar a Eduardo Carranza en el panorama de las letras colombianas y latinoamericanas. Si fuera exacta la idea de que un movimiento sigue a otro por obra y gracia de un proceso evolucionista, la poesía, que es tal vez la forma más profunda y luminosa del conocimiento humano, perdería el carácter intemporal que hace de ella un relámpago sobre los siglos. En un Olimpo secreto y deliciosamente anacrónico, se reúnen los poetas y no encuentran dificultad para entenderse, por una razón muy simple : conocen la esencia de las cosas, o al menos perciben la imposibilidad de conocerla. Siempre, a través de los siglos, por encima de las guerras y de las catástrofes, el género humano producirá esos extraños seres que buscan detener lo imposible con palabras. El día en que en este mundo ya no haya luz y todo semeje una enorme caverna, habrá un solitario que cantará a los musgos, a la humanidad, a la tiniebla. Y ese canto, aunque es único, tiene la misma fuerza e idéntica liviandad en los tiempos de Propercio, de Joachim du Bellay o del poeta futuro.
Eduardo Carranza, que nació en 1913 en los extensos llanos orientales de Colombia, habría tenido que cantar a los aviones o a las bombas atómicas, si fuera cierto que las minucias del tiempo debieran reflejarse en el poema. Tal poesía cataloga objetos que se acaban y desedeña al hombre, sin saber que las ideas pasan y los hombres quedan, con sus paisajes y nostalgias, sus desdichas y triunfos. La voz de un poeta, aún la de aquellos desconocidos y secretos, es siempre una ventana que se abre a ciudades lejanas cuyas cúpulas tienen un brillo proporcional a la entrega de quien la pronuncia. En un poema de Carranza, dedicado a un gran poeta místico de Colombia que murió loco y siempre viajó a contracorriente, « Cantata en honor de Antonio Llanos », el poeta nos dice :

El día como un rojo gavilán

Volaba entre palmeras y cruzaba

Una venada blanca con su cinta

Azul. La juventud con una brasa

O un lucero en la mano atravesaba

Entre doncellas como una floresta

O una isla de árboles frutales.

«Lo que una vez ha sido será siempre ! »

Somos memoria solamente, tiempo

Con pisadas de música, de lluvia,

Como en tu poesía, maestro mío.

A veces a las playas del insomnio,

Vuelvo a encontrar los ángeles de entonces,

Las voces por los tiempos sepultadas

Los besos por el tiempo apenumbrados,

Los pasos que llevan al amor

Cubiertos de silencio y de nostalgia.

Y oigo latir el corazón del tiempo

Y el rumor submarino del pasado.

Oigo los sueños que suspiran y oigo

La luna andando, entre palmeras, sola.


Carranza publicó en 1936 « Canciones para iniciar una fiesta », convirtiéndose en el portaestandarte del « piedracielismo », movimiento poético que se reclamaba del mundo de Juan Ramón Jiménez. Era entonces un muchacho de 23 o 24 años. En ediciones delgadas, fakirescas, los piedracielistas Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez, Tomás Vargas Osorio, Gerardo Valencia y Darío Samper provocaron un escándalo en Colombia, no porque se dedicaran a asustar señoras sino porque retornaban a la voz de Garcilaso, buscaban en un mundo ideal los ritmos de una poesía que la ciencia, el progreso y la academia habían convertido en un horroroso lánguido camello de papier maché para opereta. Carranza y los piedracielistas hicieron una pequeña revolución en Bogotá al desnudarse lentamente y caminar flotando por la altiva floresta de nísperos y guamos. Un señor, muy piernijunto él, don Juan Lozano y Lozano, llegó a decir de ese movimiento que « en todo aquel galimatías de confusión palabrera no hay nada de original, nada de estable, nada de duradero. Para quienes tenemos una visión fuerte y grande de esa patria, constituye deber ineludible salir al encuentro de todo síntoma débil, morboso, extraviado, disociador, decadente, erostrático, que aparezca en el horizonte de la nacionalidad ».
Esa patria, esa nacionalidad, es para Carranza a veces « un deseo de llorar y a veces un deseo de cantar ». En las primeras obras del poeta los poemas no pesan y pareciera que se vuelan de la página para dejarla en blanco. Su mundo son olores, perfumes, aromas, sueños, jardines. Por lo que espíritus pesados que llevan siempre un ancla herrumbrosa como corazón , no podían ni podrán comprender esta poesía hedónica.
En los poemas de « El olvidado » (1948-1954), por ejemplo, dice « La primavera con sus largas piernas, / huía riendo como una muchacha » o « la llama blanca de un jazmín ardía » o « crecen, a veces, cuando estás dormida/ a través de tus sueños los jardines » o « El silencio dobla la esquina de tu calle » o « Una barca desciende, paralela,/ llena de flores, rumbo a la mañana » o « Se abren las puertas de la lluvia,/ y en algo entramos tan hermoso/ como una casa de aire y flores ».
Estos versos sacudieron la poesía de ese país sudamericano. Hasta ellos y poco antes de aparecer el recatado y maravilloso Aurelio Arturo, autor de Morada al sur, la poesía era una inmensa réplica de basílicas de cartón sobre las que cada día los cultores seudo grecolatinos del país, como Guillermo Valencia y otros menores discípulos suyos, colocaban con énfasis cada vez más asfixiante estatuas de cemento, cruces de acero, madonas de plástico, camellos de elásticas cervices, hermafroditas dormidos. Los poetas de entonces, con la excepción de Silva, el extraterrestre, terminaban por tradición de politiqueros en el « honorable » Senado de la República. La poesía era para ellos una variante del discurso, una forma menor de la arenga. Enfundados en sus lustrosas levitas, con sus sombreros chaplinescos y sus cuellos almidonados, los que tuvieron la desgracia de vivir en esos años, se alumbraban con cirios para escribir poemas sobre ataúdes de cedro. Como una corbata de plomo, el incienso se colgó de los versos para ahogarlos. Los de la Gruta Simbólica, todos ellos malditos, surgieron a finales del XIX para convertirse en la otra cara, mucho más lúgubre aún, de ese ejercicio que los piedracielistas vinieron a airear. En el desván de la poesía colombiana encontraron los fémures tallados y las pelvis con telarañas de Julio Flórez. Después de limpiar, quedaron flores, jardines, muchachas, cabelleras al aire, jugadoras semidesnudas de tenis, observadas con deseo, y eso era, de verdad, un peligro mortal para la patria, según don Juan Lozano y Lozano.
Escuchemos « Cantando en la lejanía » :

Crecen las flores hacia tus pestañas.

Te rodea la música lo mismo

Que a las islas el canto de la espuma,

Tu frente pura se deshoja en nubes

De silencio, de gracia, de nostalgia.

Como esa estela de flotantes nubes

Que sigue el curso de los grandes ríos,

Alta, celeste, vas sobre mi sangre.

Y en sus márgenes eres como una

Blanca floresta de alas y de sueños.

La mañana se acerca de puntillas

Como una doncella de rocío

En tu ventana y en tu voz aprende.

La tarde apoya su dorada frente

En tus cristales. Tu piensas la tarde.

Los ríos llevan hacia el mar su imagen

Que ha de brillar en los futuros nácares.

Qué invisible Pompeya de ademanes

Y de imágenes tuyas en el aire :

Por ella va mi alma, ojos absortos !

Antes de que las sombras del fin vinieran a perturbarlo para producir la eterna Epístola mortal, Carranza siguió cultivando con rebeldía una llama de alegría y de conciliación con la naturaleza como en « Se Canta a los llanos de la patria en metáfora de muchacha » o los sonetos de « Azul de ti », cuyos solos nombres indican su materia : « Alazul », « Muchacha como isla », « Soneto atravesado por un río », « María con un jazmín de lágrimas », « Espacio de mi voz », « Soneto asomado a la ventana » o « El poeta se despide de las muchachas ».
El poeta todavía está en el medio del camino de la vida y nada lo turba como una piel o unas manos, un aliento o una cabellera, una seda, un seno, unos ojos, un perfume. Este conjunto de textos gratos, que parecieron contradecir el sino trágico del desdichado, están, sin embargo, cruzados por un río siniestro. Detrás de lo más bello y puro, junto a las azules ventanas de un mundo imaginario, los demonios acechan y se ríen. En la blancura angelical de los sonetos, ciertas caries fatídicas son apenas cubiertas por el marfil de una felicidad que siempre trae su carga de desgracia. En estos versos de Carranza, el lúcido lector descubre tras el paraíso, los túneles, las cavernas, el ruido incontenible del detritus, el galope súbito de ciertos alazanes funerarios. Tanta belleza semeja el rostro florecido de una doncella muerta.
En « Los pasos cantados », dice :

… Bueno es a veces detenerse un poco

en medio del camino de la vida,

y mirar, a lo lejos, como absortos.

Vamos desde el recuerdo a la esperanza

Por el puente instantáneo del presente ;

Del ayer al mañana caminamos,

Unidos por el aire y por las flores.

Vamos pisando como un tenue prado

Ese niño que fuimos, caminamos

Pisando como un suelo de jardín

Enardecido, ese adolescente

Con su traje sonámbulo de besos

que también fuimos cuando Dios quería.

Como tierra mezclada con el cielo

Vamos pisando al joven de los sueños,

De los sueños,

De los sueños, de los sueños, de los sueños…


De ahí para adelante Carranza tratará de rescatar al niño ; y toda su poesía, que se carga de soledades, extranjeros y violetas, cantará la nostalgia de su mundo. Mientras la terrible antropolatría atea, con su carroza de ciencias y de técnicas, trataba encontrar razones para la sinrazón, Carranza seguía cabalgando en un corcel de niño. No estaba equivocado. El poeta, el verdadero instrumento de la palabra, es un niño eterno que ve morir su cuerpo, y celebra como un emperador el incendio de la propia ciudad de sus ensueños. La poesía es la perversa voz de los niños, una voz hermosísima y terrible. Es el ángel de Rilke que dicta tras la puerta. La gran tragedia de Carranza y de todos los seres humanos, es tener conciencia de haber sido infantes. La nostalgia de su voz, el recuerdo punzante de su contacto con la tierra y con el bosque, la memoria de un nido de pájaros destruido al azar, el sueño de una carretera polvorienta, son sólo algunas de las punzadas que nos hieren día a día. La juventud, que debería ser dicha, carga la sombra inatajable de su fin y una lágrima del tamaño del mundo nos inunda y ahoga. En el poema « El nino del retrato », dice el poeta :

Entre cuantos he sido me perturba,

Más que ninguno otro aquel

De la barca : vestido marinero

La frente que ya todo lo soñaba

Y ojos desamparados.

Y a veces me desvelo imaginando

Como tocar podré esa mano mía ,

Como podré volver a esa mirada

Donde volaban visionarios ángeles

Hacia mi ahora :

Donde los días caminan en silencio

Hacia el secreto adolescente triste

Y el joven victorioso en su relámpago

Y el que su vida atravesó, jinete

En rojo potro.

Me hago el dormido a veces esperando

Despertar a ese niño del retrato

Que duerme por los siglos de los siglos

-y en el fondo del tiempo y de mi vida –

y que ya te miraba.


Después, en Epístola mortal, que es uno de los poemas más logrados de su obra, Carranza se rebela contra la muerte. El gran poeta Propercio, furioso hace dos milenios porque Cinthya lo engañaba y se negaba a ser suya, desdeñando su amor, la poseyó para siempre en la eternidad del poema. Usando el poder que le confiere este arte maravilloso, la hace prisionera suya para siempre. De igual forma Carranza conjuró su fin en esta Epístola, que comienza diciendo :


Miro un retrato : todos están muertos;

Poetas que adoró mi adolescencia

Ojeo un álbum familiar y pasan

Trajes y sombras y perfumes muertos.

(Desangrados de azul yacen mis sueños)


Carranza pasa revista a su vida e invoca a los amigos, a las novias, a los paisajes, para decirnos que « somos antepasados de otros muertos » y que sólo esperamos « el tiro de gracia ». Esa verdad terrible aparece en todo su esplendor, y Carranza no tiene compasión para hacer sonar las trompetas del juicio. Este largo poema es totalmente disitinto del tono de su obra. Parece un dictado texto de la noche. El fruto de una ebriedad sobrenatural, la prueba de que el poeta es un elegido, un ser dotado de ciertos sentidos secretos. Si la poesía es una terrible enfermedad, Epistola mortal es el síntoma más notorio de que el virus glorioso ya domina su genio. Es la hora del llamado y el poeta que ya habló con los abismos cóncavos nos dice la verdad. Cada uno de los versos de este poema está dotado de una fuerza devastadora y quien lo lee no puede evitar estremecerse. La vista del funesto alegórico pudo haberlo acodado a esa revelación :


Las niñas de Primera comunión

De cuyas manos vuela una paloma,

Las blancas novias que arden en su hoguera,

Días y bailes, reyes destinados

Y coronas caídas en el polvo,

La manzana y el cámbulo, el turpial,

El tigre, la venada, los pescados,

El rocío, mi sombra, estas palabras :

Todo muriò mañana ! Ya está muerto.

El polvo es nuestra cara verdadera


Eso nos indica que Eduardo Carranza
si está vivo y anda hoy entre nosotros.


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* Ensayo publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica en México D. F., en 1984, con motivo de la publicación de su obra en esa casa editora.



lunes, 3 de junio de 2013

MATRIMONIO GAY EN MONTPELLIER

Por Eduardo García Aguilar
Francia logró por fin esta semana, pese a la agitación provocada por las manifestaciones y disturbios organizados por la derecha y la ultraderecha, imponer la ley que autoriza el matrimonio de las personas del mismo sexo, en una ceremonia transmitida con toda pompa desde la ciudad de Montpellier, al sur del país.
Una entusiasta alcaldesa de edad madura, Hélène Mandroux, ofició la ceremonia en la que dos jóvenes hombres, Vinncent y Bruno, se dijeron el si frentre a la fotografía del mandatario francés François Hollande, una de cuyas promesas de campaña fue precisamente cumplirle a los homosexuales su reivindicación.
Se debe reconocer al presidente socialista francés el valor de cumplir las palabras de la campaña electoral, pese al largo y complejo proceso de adopción de la ley Taubira por el Congreso, en medio de multitudinarias manifestaciones, a veces violentas, organizadas por la Iglesia católica y una gran parte de los movimientos de derecha, aunque el sector más moderno y civilizado de ese bando optó por una posición más moderada.
Las manifestaciones multitudinarias abarrotaron varias veces las calles de París. Desde todos los pueblos, el campo, los suburbios, sacerdotes, obispos y arzobispos trajeron en buses a sus fieles, mayores y niños, familias enteras, que esgrimían pancartas donde se hablaba de la decadencia del país y se reiteraba la idea de que el matrimonio debe ser solo para un hombre y mujer dispuestos a reproducirse y a crear familia.
Más virulenta aun, la derecha católica se oponía a la posibilidad de que los homosexuales puedan adoptar hijos y crear familias, como ya ocurre en otros países del mundo. Las manifestaciones de mayo parecían ya el augurio de una especie de mayo de 1968 al revés, de derecha, y son impresionantes las imágenes de los grupos de choque enfrentándose ante la policía que vigilaba el recinto de la Asamblea Nacional.
La joven y bella portavoz del gobierno Najat Vallaud Belkacem, de origen marroquí, fue la enviada visible del gobierno a la ceremonia y con su radiante sonrisa y simpatía de sus treinta anos, elocuencia y  talento político, posó para las cámaras y declaró a quienes querían saberlo que no habrá marcha atrás y que el país de los Derechos Humanos se unía a la decena de países del mundo, entre ellos Argentina y España, que han optado por dar el derecho a los gays.
Los primeros en subir al altar de la República Francesa fueron dos apuestos y elegantes hombres, de 40 y 30 años respectivamente, quienes parecían preparados para la escena y a lo largo de la ceremonia, antes de la llegada de la oficiante y después ante el público y las tribunas, parecieron representar una especie de boda de familia real, equiparable a las recientes celebradas en Londres, Amsterdam o Mónaco.
En las afueras de la alcaldía la muchedumbre local celebró la boda con vítores y todo el país tuvo que ver el acto por el que se confirmaba que la ley triunfó y que la presión de la calle y de los políticos de derecha no impedirían dar el paso histórico que reconoce los derechos a una parte de la población marginada a lo largo de los siglos.
Las mismas manifestaciones opositoras se dieron en Francia hace más de tres décadas cuando la ministra Simone Veil y el gobierno de centro de Valéry Giscard d 'Estaing dieron el paso histórico de legalizar el aborto. Y la misma oposición suscitó en su momento la reivindicación de las mujeres sufragistas que reclamaban el derecho al voto primero y después la posibilidad del divorcio. Durante siglos la mujer fue considerada una menor de edad y solo después de muchas luchas ha logrado arrancar sus derechos a la intolerancia.
Por eso sin duda alguna el gobierno de Hollande pasará a la historia no solo por haberle cumplido la palabra a los homosexuales y lesbianas que votaron por él, sino por dar un nuevo impulso mundial a esta reivindicación necesaria. Hasta hace muy poco los homosexuales han sido perseguidos, estigmatizados, humib llados, discriminados en las escuelas y el trabajo. Y a lo largo de la historia han tenido que vivir su deseo y sus amores a contracorriente bajo el estigma pecaminoso, viviendo el atroz silencio al interior de su propias familias.
Reconocer sus derechos en público, en directo, ante todo el país, como ocurrió esta semana en Francia, es un triunfo para los sectores más progresistas de la humanidad que luchan contra la recrudescencia de la intolerancia en el mundo, pues en los países de dominio islamista los más arcaicos no solo persiguen a los homosexuales sino que cubren con la burka y confinan a las mujeres en casas o harems y crean tensiones en las sociedades democráticas donde quisieran imponer lo mismo.
La principal activista contra el matrimonio gay fue la Iglesia católica que paradójicamente ha vivido en los últimos años una crisis enorme al descubrirse que en su seno actuaron a lo largo del tiempo muchos sacerdotes pedófilos que abusaron de cientos de miles, tal vez millones de niños que debían cuidar en las escuelas.
No es ninguna sorpresa para nadie que la Iglesia ha servido en muchos casos de refugio para los homosexuales perseguidos que encontraron allí la paz que la sociedad intolerante de su tiempo nunca les dio. Razón por la cual el Vaticano, en vez de enfrentarse a esta realidad, debería legalizar en su seno la homosexualidad abiertamente y dar el derecho a los gays católicos de oficiar y ser sacerdotes como ocurre ya en otras iglesias protestantes, así como permitir que sacerdotes heterosexuales y homosexuales puedan vivir su vidas maritales ante el mundo sin miedo ni vergüenza.
Cuando la pareja de homosexuales se besaba ante el país entero, pensé en toda la tradición de literatura francesa y mundial donde los amores entre personas del mismo sexo son protagonistas. Por ejemplo en la histora de amor conflictiva entre los poetas Veraline y Rimbaud o en los poemas de Constantin Kavafis o en la gran novela  busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Antes de que la ley los legalizaran para siempre, las personas que aman a los de su mismo sexo vivían ya libreremente en la literatura y la ficción se ha hecho por fin realidad por el bien de la humanidad deseante y amante.
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* Publicado en Excélsior de México el 2 de junio de 2013.









martes, 28 de mayo de 2013

CAVILACIONES EXISTENCIALES EN EL SAINT MORITZ

Por Eduardo García Aguilar
Siempre que regreso a Bogotá celebro el ritual de visitar el Café Saint Moritz, situado en la callejuela entre las carreras séptima y octava que separa dos de las más viejas y bellas iglesias coloniales bogotanas, frente al parque Santander. Se entra allí por el zaguán de una casa antigua sobreviviente frente al viejo Gun Club, pintada de naranja con techos de teja y aleros añejos, hacia un interior que es una cápsula del tiempo de los años 30 y 40 bajo la mirada de Jorge Eliécer Gaitán, cuya foto amarillenta está pegada en la pared.
El sitio tiene mosaicos desleídos, una claraboya abierta a la lluvia y amplios espacios donde antes había billares y que ahora ocupan los clientes, gente modesta de la ciudad, cundinamarqueses, provincianos, loteros, comerciantes, estudiantes y personas que están de paso por ese centro donde aun se hacen trámites y se respira el aire de otros tiempos, los de una Colombia que poco a poco desaparece entre los ajetreos del siglo XXI.
Mi amigo Jaime Eduardo Jaramillo, con quien he ido esta vez al sitio, me confiesa que va allí desde los 18 años, cuando llegó a Bogotá a estudiar en la Universidad Nacional de Colombia y que desde entonces poco ha cambiado el sitio, donde suena todo el día la música popular latinoamericana de la primera mitad del siglo XX. A veces hay lapsos largos de tiempo en los que se escucha la vieja música ranchera mexicana de los clásicos Javier Solís y Miguel Aceves Mejía, otras las horas se detienen en los tangos de la era gardeliana o magaldiana o en las melodías para ebrios andinos y tristes de Olimpo Cárdenas y Oscar Agudelo. De repente suena la música cubana de antes de la Revolución, aquella de la que hablaba Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres.
Los clientes no se quitan los sombreros, lucen a veces bigotes negros teñidos a la mexicana, otros son viejos jubilados con la mirada perdida que reposan ahí en la tarde para luego dirigirse a buscar el transporte colectivo hacia los lejanos barrios de la enorme urbe donde los esperan largas noches lluviosas, a veces son parejas de amantes de mediana edad detenidas entre los ajetreos de la dura vida para tomarse la mano y reir con desenfado junto a mesas metálicas que permanecen ahí desde hace medio siglo.
No hay allí glamour alguno ni "doctores" perfumados y arribistas, o "gomelos" de mocasín y camisa Lacoste o Polo, ni mujeres elegantes de tacón y trajes ceñidos, o de look estilo Gina Parody, sino gente auténtica del pueblo, encargados de modestos negocios, desempleados, trabajadores precarios, vendedores callejeros, sindicalistas, dependientes de las librerías de viejo que proliferan en la octava y con frecuencia hombres golpeados con su largas cabelleras canas descuidadas o rostros de fatiga existencial en los que se lee la historia contemporánea de la patria.
En las paredes hay fotos grandes y pequeñas en blanco y negro de la vieja Bogotá de antes del 9 de abril, cuando aun por esos pagos, junto al Gun Club, entre las grandes iglesias y hoteles, vivía en casas y apartamentos art deco la gente acomodada de Bogotá, como la familia de Nicolás Gómez Dávila, cuya mansión alberga hoy la Librería Torre de Babel o el edificio de fachada arruinada donde perviven los soberbios espacios que utiliza la librería Merlín.
Hace ya más de 60 o 70 años la gente bien de Bogotá abandonó esa zona por sus residencias del norte, dejando que el tiempo se ensañara sobre todas las edificaciones de un centro marcado por la Avenida Jiménez, el Hotel Continental, las sedes de El Tiempo y El Espectador y el edificio donde estaba la vieja Librería Buchholz. Tiempos lejanos de modernidad de entreguerras que uno imagina bajo la impronta de Enrique Olaya Herrera, Eduardo Santos, Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras Camargo, antes del desastre del 9 de abril y el inicio de la Violencia que hoy todavía nos signa.
El visitante del Saint Moritz se asombra de que aun sobreviva el lugar para proceder a una inmersión en aquellos años y evocar las figuras que recorrían el centro de café en café para hablar de política y literatura como Jorge Zalamea, Luis Vidales, Alfonso Romero Aguirre, Ignacio Torres Giraldo, Gerardo Molina, entre los liberales de izquierda, o entre los conservadores o moderados los piedracelistas de Eduardo Carranza y Jorge Rojas, sin olvidar los renovadores de la generación de la revista Mito de Jorge Gaitán Durán.
Uno se imagina por ahí a Alvaro Mutis de veinte años agotando el tiempo entre los billares o la poesía o a un crepuscular Jose Antonio Osorio Lizarazo, autor de la magnífica trilogía bogotana donde están descritos esos tiempos burocráticos y tristes o a Eduardo Zalamea Borda y a los jóvenes Gabriel García Márquez y Manuel Zapata Olivella cargados de nostalgia costeña.
En el Saint Moritz uno puede palpar aun la primera mitad del siglo XX y sentir la respiración de una generación que por estas fechas estaría cumpliendo cien años y que como habitantes de una era humanista y polígrafa amaban los libros, la poesía, los diccionarios, el buen decir y la discusión sin insultos e imprecaciones. Ellos vivieron el auge del nazismo y el fascismo, siguieron la Segunda Guerra Mundial a través de diarios y emisoras radiales antes de la televisión y reflexionaron sobre el destino de un país joven equidistante entre la Patria Boba y la sorpresas que depara el siglo XXI.
Aquí al Saint Moritz vuelvo cada año hasta que algún día ya no lo encuentre más. Sus clientela pasará entonces a los terrenos de la ficción como ocurrió con aquellos cafés que se esfumaron para siempre con el fin del Imperio Austro Húngaro o los similares de la Belle Epoque antes de la devastadora Primer Guerra Mundial y de Los años locos de entreguerras.
Colombia a principios del siglo XXI, en este 2013, es otra, emergente, veloz, caldera ardiente de dinero, llena de turbinas en acción, adaptándose a otro contexto continental y mundial inédito, es una Colombia que parece dejar por fin el caótico siglo XX marcado por las distintas violencias y el lenguaje de la guerra fría y que mira tal vez por fin hacia el futuro como nunca, dispuesta a curar sus taras decimonónicas y a dejar atrás los fantasmas infernales que perviven en esta cápsula del tiempo del saint Moritz, lugar apto para todo tipo de cavilaciones de novela, porque a veces la novela es más real que la propia realidad.
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Publicado en La Patria. Colombia, 26 de mayo de 2013.

A PROPÓSITO DEL CAUCA

Por Eduardo García Aguilar

El río Cauca baña el Occidente de Colombia y está en todas partes a ese lado cordial del país, serpenteando entre las montañas por cañones bañados de sol y de niebla. Alguna vez lo descubrí en palabras en el poema de León de Greiff que dice " En el alto de Otramina, pasando ya para el Cauca, me encontré con Toño Vélez en qué semejante rasca". Es un río de poesía y prosa porque es además protagonista de varios grandes libros como la novelas La María de Jorge Isaacs y Risaralda, de Bernardo Arias Tujillo, entre otros.
Pero además, mucho antes, lo descubrí de niño en viajes con mis padres por las tierras del Occidente de Caldas o el valle del Cauca. Es un río muy generoso, porque a pesar de que se le atribuye un papel secundario de afluente frente la gran río Magdalena, no se inmuta y sigue siendo feliz, como si no le importara competir o entrar en pugilatos típicamente colombianos.
Cada país, cada mundo tiene sus ríos. El Ganges en la India, el Indus milenario donde las primeras civilizaciones amanecieron en lo que hoy es Pakistán, el Nilo egipcio, el Rhin alemán, el Sena, el Tajo, el Mississipí, el río de la Plata, el Danubio y muchísimos otros.
El Cauca ha existido siempre, rico y verdadero, manso e impetuoso, potente, lleno de troncos y de animales muertos, de pedazos de tierra y hojas inmensas, y en las montañas aledañas los indígenas quimbayas y otras muchos hijos de tribus o de etnias diferentes lo observaban desde lejos como una deidad y a veces desde la lejanía solían vestirse de oro para que el sol irradiara de sus torsos y se reflejara sobre la cinta plateada de ese río metálico y vegetal.
En Arauca, joven aún, cruza los espacios contados por Bernardo Arias Trujillo en Risaralda, su novela de tierra caliente, cinematográfica según su joven fuerza de escritor malogrado, muerto en los fríos de Manizales. En el mundo de Sopinga, el Cauca es fundamental y múltiples remansos pueden llamarse paraísos de un mundo prediluviano, lleno de aves y bestias maravillosas y músicas de indios.
Allí por Arauca se siente el Cauca cerca, hermano, familiar, incluso desde los viejos tiempos de la infancia y hoy, entre la algarabía del semipuerto fluvial pleno de todos los peligros y todas las emociones, canta desde lejos aunque lleve la memoria de los muertos de las violencias sucesivas. Porque el Cauca ha llevado muchos muertos de la Violencia, muertos contados por muchos autores desde todos los tiempos, como en La María, Viento Seco o Cóndores no entierran todos los días.
El río Cauca tiene historia pues está presente en La María de Jorge Isaacs, canto a los valles que irrigaba e irriga con su primer ímpetu. En aquellos y estos tiempos el río ha dado vida y riqueza a los vallunos y la serpiente plateada de su viaje tiene allí los ímpetus de la adolescencia.
Los viajeros extranjeros, como el francés Saffray, escribían sobre esas tierras vallunas donde se mezclaban las razas y la vida era más libre para todos, en las orillas de ese generoso afluente del Magdalena que no tiene complejos y desemboca arriba con el orgullo de haber soñado en su viaje las cordilleras y los valles lejanos del extremo occidente.
En Arauca ya comienza a tomar otra fuerza aún mayor y en ese cañón el sol canicular lo deja percibir como un decidido poema de agua, que desde otras alturas neblinosas se ve desde la extraña Belalcázar. Allí lo vi desde lejos por primera vez en la primera infancia, tal vez a los tres años, cuando mi madre viajó allí a visitar a una amiga y desde un balcón vi el Cristo enorme de cemento erigido en tiempos de la Violencia.
Mucho tiempo después, una querida amiga me llevó allí para que resolviera el recuerdo vago que me hacía imaginar un Corcovado imaginario en pleno Caldas, cosa que me parecía imposible. Y era cierto, ese cristo de brazos abiertos estaba allí desde 1946 mirando pasar los muertros que dejaban los armados de todos los bandos.
He viajado hacia el alto de de Greiff luego de volverlo a ver en Irra, en la noche cálida colombiana, llena de camiones ruidoso e iluminados como altares intermitentes y llenos de músicas, y mujeres flotantes salidas de la savia del país, espigadas, espectrales, ancestrales, campesinas cocinando allí el bagre para los viajeros que toman cerveza y aguardiente y no saben que ocurrirá mañana con ellos al otro lado del país.
Y lo he vuelto a ver cerca de la bella Santa Fé de Antioquia, la Mompox antioqueña, cruzando un viejo puente amarillo, ya listo para su largo camino hacia la desembocadura lejana con el Magdalena, donde chocará y creará una fuerza nutritiva que terminará en las Bocas de Ceniza, unida, consustancial, feliz.
El Cauca nutre otra vez con sus aromas esta tierra hacia el atardecer y se llena de sus humedades esenciales. Aquí estoy. Hay algo más que vida en su cauce. Es prehispánico, verdadero, actual, y las tierras que visita son las más bellas y generosas para muchos. Los de antes de la Conquista y los colonizadores después, han dejado sus rastros en su espejo. Los violentos lo han hecho Ganges de difuntos. Pero el Cauca es un ofidio de espejos y a veces un tigre sereno que mira y rasca con sus felinas garras el humus de la tierra nativa.
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Publicado en La Patria, Colombia, el 19 de mayo de 2013.

sábado, 11 de mayo de 2013

EN LA CASA DEL FLORERO

Por Eduardo García Aguilar
Desde los balcones de la Casa del florero en Bogotá una tarde cualquiera se puede observar el aguacero implacable que todo lo dispersa en la plaza de Bolívar. De repente, solo una absurda llama peruana corre sobre los escuetos baldosines de la explanada, acompañada por su amos agrarios, para refugiarse en las arcadas de la alcaldía mayor de la ciudad. Las calles han quedado desiertas y no se percibe un alma en el amplio espacio del centro de la República, como si todo fuera espectral y metafórico.
He vuelto como un niño a explorar en la vieja casona los orígenes de este país que es Colombia y que nos convoca a millones en una implacable algarabía de imprecaciones e insultos radicales bañados por el odio permanente y la superficial alegría de danzas y músicas ancestrales. Allí nos muestran en una torpe escenografía figuras animadas de virreyes malos y buenos, de Nariño y Simón Bolivar, al lado de las imágenes de los desaparecidos en las jornadas apocalípticas del 9 de abril o la toma del Palacio de Justicia en 1985 que aun remueven y agitan las conciencias. Y en una habitación se exhiben los productos importados que se vendían en las tiendas de criollos y gachupines o las prendas dieciochescas que usaban los lejanos habitantes de la colonia.
Y en la sala desde donde se anuncia el balcón colonial que se abre a la plaza inmensa, está el supuesto florero, un horrendo objeto de pacotilla que habría originado las disputas que llevaron a la Independencia y a la fundación de la patria contra la madrastra española. Hoy la pelea a puños de palabras es entre el nietecito de Laureano Gómez y el zambo plebeyo Petro o entre el paisa energúmeno del Ubérrimo y el primo Pachito Santos contra sus enemigos reales e imaginarios. Nada ha cambiado pues en dos siglos.
Salvo la magnificencia de la lluvia sabanera y andina, todo allí en esta casa es minúsculo y a veces hasta ridículo. Y como para indicarnos que este país es una finca, por todas partes las placas de mármol nos indican que el benefactor del sacrosanto sitio diseñado en los años sesenta es el ex presidente Eduardo Santos, tío abuelo del actual mandatario Juan Manuel.
En las paredes de la Casa del Florero se exhiben las cartas que historiadores o ministros de apellidos pomposos como Hernández de Alba o López de Mesa escriben al primer Santos, quien vivía entonces cerca de Central Park, en Nueva York, con detalles de las actividades que condujeron a crear en la esquina de la plaza una casa patria que indicase a los jóvenes el punto nodal del inicio de la historia republicana, para que se inclinen y amen a los héroes bienamados. Desde allí el rico prohombre nacional, magnánimo, respondió con benevolencia al petimetre de turno que huía como la llama peruana con su sombrero Stetson y su paraguas abierto de las lluvias y los juzgados, en medio de los truenos y los rayos que cubren desde siempre la ciudad y sus fríos cerros.
Porque los héroes de nuestra República, originarios casi siempre de unas cuantas familias afortunadas y aristocráticas, residen lejos de la infame turbe bogotana en las exquisitas capitales del mundo donde han retozado como diplomáticos del nepotismo o viajeros de lujo desde los tiempos de Bolívar y Santander.
El doctor Santos a veces vivía en París y otras en Nueva York, como en su tiempo los doctores Santander, Rafael Núñez, López Pumarejo, Olaya Herrera o los Lleras o Barco o Laureano u Ospina residían en Londres o París o Roma o Benidorm y Sitges, lugares estos últimos en las playas mediterráneas. Todos ellos doctores a veces sin serlo, togados imaginarios, ungidos por un dios sabanero, magnánimos ellos, sabios, bondadosos, vestidos por modistos londinenses y bebedores de té.
La Casa del Florero no olvida sin embargo la muerte de Jorge Eliécer Gaitán a unas cuadras de allí y la conflagración que dejó el 9 de abril de 1948 la ciudad inerme entre sus cenizas y las ruinas de edificios y tranvías y cadáveres amontonados en las esquinas y que desde entonces sigue marcando la historia de la republiqueta leguleya gobernada la mayoría de las veces por corruptos, ladrones, pillos y mentirosos.
Dos jóvenes guardias acuden también al balcón a mirar la plaza inundada por la lluvia, ya sin llama peruana ni fotógrafos familiares o turistas esporádicos y atónitos. Desde ese punto esquinero trato de imaginarme el triste villorio que fue entonces Santa Fe de Bogotá, donde criollos y gachupines se daban de puños como lo muestra una cómica escultura tamaño natural que los representa para solaz de los jovenzuelos y ninfas de los colegios capitalinos.
Esa es la trompada nacional, una trompada permanente que terminó convertida en ruido de motosierras dos siglos después, o fogonazos de ametralladoras o bombardeo de aviones fantasma. De la trompada inicial de los pueblerinos, la patria avanzó hasta las altas tecnologías del insulto y la exterminación con drones y ataques quirúrgicos desde los cielos.
El portero del edificio nos regala una vieja postal donde se ve la habitación de nuestro Simón Bolivar y en la precaria tienda se venden vasos, la pluma de Nariño, libretas, libros, tasas y floreros imaginarios.
El aguacero interminable sigue afuera y debemos esperar para salir mirando el bello patio interior como si estuviésemos en ese lejano tiempo de los inicios. Una paloma negra agoniza empapada de agua helada. Extraña sensación esta de volver a la patria a visitar el primer día, aun con jet lag, la esquina de la leyenda, cuando la algarabía de los conflictos siguen y los líderes aristócratas y plebeyos se siguen dando trompadas coloniales por radio, televisión o twitter, mientras en las montañas o los llanos lejanos se siguen amontonando los muertos.

 

domingo, 5 de mayo de 2013

FERIA DEL LIBRO EN BOGOTÁ CON LE CLÉZIO


Por Eduardo García Aguilar
La 26 Feria Internacional del libro de Bogotá (Filbo), que se llevó a cabo del 18 de abril al 1 de mayo, se posicionó en definitiva como una de las dos más importantes fiestas libreras del mundo hispanoamericano, debido a la nutrida asistencia del público local e internacional, que superó las marcas de las anteriores, con más de 400.000 personas y la presencia de importantes figuras, entre las que se destacaron el Premio Nobel francés JMG Le Clézio, Cees Noteboon y el periodista alemán Gunter Walrraf.
Le Clézio, quien en el fondo de sus múltiples corazones es también un gran mexicano, regresó a Colombia después de cuatro décadas, pues vivió allí dos años inmerso en el mundo de los indígenas de las selvas del Darién, en la frontera con Panamá, siguiendo la tradición etnográfica y expedicionaria de los viajeros sucesores del gran Bougainville, entre los que se encuentra Claude Lévi Strauss, el autor de Tristes trópicos.
Durante su visita a Bogotá Le Clézio celebró una charla pública con el novelista Óscar Collazos, quien al lado de Fernando Cruz Kronfly es una de las dos figuras literarias colombianas mayores que se perfilan como merecedores del Premio Cervantes. Le Clézio visitó también los mercados populares para palpar la realidad vegetal del país y tuvo encuentros con miembros de las etnias con las que vivió hace tiempos, aunque no logró encontrar a sus guías y amigos de entonces en un recorrido selvático por las tierras del Chocó, quienes a su parecer marcaron su vida para siempre y dieron norte a una obra literaria marcada por fuerzas humanistas y centrífugas.
Era la primera vez que un Premio Nobel de Literatura asistía a la Feria y su presencia generosa y auténtica de ex hippie marcó la pauta de las actividades que llenaron las salas y los auditorios en permanencia y difundió entusiasmo en las avenidas repletas de gente que pasaban de un lado para otro para escuchar la palabra de los invitados locales e internacionales.
Porque la Feria del libro en Bogotá demostró en esta ocasión ser multifacética, abierta a todas las tendencias, incluso las incómodas, haciendo del acontecimiento una torre de babel situada lejos de las apariencias y las ceremonias tan usuales en este tipo de celebraciones colonizadas por la odiosa pomposidad. Con Le Clézio a la cabeza, por el contrario, se animaba a desacralizar a la literatura de librea y corbatín, cercana a los lobbys de poder, para abrir las compuertas a las nuevas expresiones, las nuevas editoriales y la nueva crítica.
El periodista camaleón alemán Gunter Wallraff, autor de Cabeza de turco, fue con Le Clézio la otra gran figura de la feria, no por casualidad otro autor irreverente que busca siempre estar lejos de las apariencias y las vanidades del orbe de las letras, quien encabezó el Encuentro internacional de periodismo organizado con la Universidad Externado de Colombia, y que convocó a un público multitudinario ante el que relató todas las peripecias de sus investigaciones para denunciar la injusticia y la explotación de los trabajadores.
Su presencia rebelde coincidió con la efervescencia que se vive en Colombia por las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) después de 50 años de conflicto, que parecen ir por buen camino y traen a la memoria el recuerdo de los periodistas e intelectuales asesinados en Colombia por las fuerzas oscuras del paramilitarismo. Con Wallraff estuvieron presentes varios de los principales periodistas investigativos colombianos, muchos de los cuales han sido perseguidos u hostigados y que relataron sus experiencias para llegar a la verdad en un país encendido por los odios de una guerra ancestral. El tema de la violentología y los debates en torno a novelas y ensayos sobre el conflicto colombiano, abordado por los autores locales desde todas sus aristas, fueron otras actividades, lo que muestra que está generando toda una literatura que explora la herida para tratar de sanarla.
Además, la feria, dedicada a Portugal, estuvo animada por una importante de delegación lusitana que asistió para presentar las nuevas traducciones al español de muchos autores de ese país, publicadas por nuevas editoriales locales como El Peregerino Ediciones, que están convirtiendo a Bogotá en un centro editorial dinámico de América Latina. Por las callejuelas de la feria se sentía la presencia de Camoes, Garrett, Queiroz y de Fernando Pessoa, pues como dijo Francisco José Viegas, autor de La polvareda que cae sobre la tierra, en cada portugués hay un heterónimo del autor de la Oda marítima. Nuno Júdice, el gran poeta portugués, estuvo presente para dar el gran regalo de traducir cien años de poesía colombiana al portugués, en Un país que sonha, bello volumen publicado por Assirio y Alvim, muestra del caluroso abrazo colombo-lusitano. Siete editoriales colombianas nuevas acudieron a la cita y publicaron 30 libros portugueses para la ocasión.
Muchos de los autores de diversas nacionalidades, como los centroamericanos Horacio Castellanos Moya y Rodrigo Rey Rosa, se sorprendieron por los movimientos telúricos que se están percibiendo en la cultura en una ciudad que encabeza a un país emergente, en pleno crecimiento económico, que después de décadas de crisis y conflictos y derivas políticas está dando el salto a una contemporaneidad ardiente, con rupturas y fuerzas inéditas.
Sebastiá Jovani, autor de Emet o la rebelión, de la editorial Duomo de Barcelona, destacó en medio de una fiesta en el café Pastis, convocada por la revista Arcadia, el sentimiento de lava ardiente y de efervescencia cultural que se percibe en las arterias de la urbe bogotana, situada a 2.700 metros de altura en la cordillera de los Andes, y que parece estar a punto de despegar hacia un viaje interplanetario cuyo destino se desconoce.


viernes, 26 de abril de 2013

LA GENERACIÓN SIN CUENTA DE ROBERTO BOLAÑO

Por Eduardo García Aguilar

Cada ciudad latinoamericana tuvo su Andrés Caicedo o su Roberto Bolaño, o sea algún miembro de la generación llamada Sin Cuenta, de autores nacidos en la década de los 50 y que en su mayoría fueron seres malogrados, rebeldes que huían de las convenciones y vivían la literatura y la vida como su modelo Arthur Rimbaud.

Esa generación Sin Cuenta latinoamericana que apenas comienza a investigarse después del éxito póstumo de Caicedo y Bolaño, despuntó a fines de los años 60 y comienzos de los 70 del siglo pasado, casi siempre a través de rabiosos y precoces adolescentes que a los 17 años habían leído muchas cosas y tenían ya en sus textos de prosa y poesía tono personal y fuerza original.

Su originalidad radica es que despuntaron a la adolescencia en un momento de brutal ruptura cultural mundial, en medio de una explosión que destruyó modelos familiares decimonónicos, estructuras sociales y educativas y usos y costumbres laborales y culturales tradicionales que rigieron hasta mediados del siglo pasado en una arcaica esfera hispánica y ancestral.

Varios momentos cruciales vivieron esos adolescentes, por lo que sus sueños fueron infinitos y devastadores : la llegada del hombre a la luna, el desarrollo de la televisión, la irrupción de un nuevo cine experimental, el uso del super 8, la imposición del rock como gran ola musical y de actitudes vitales aun vigentes, la revolución sexual, la liberación de la mujer y el reconocimiento de los derechos homosexuales, así como el uso extendido de las drogas, entre otras, por lo que ellos fueron la segunda verdadera ola de la generación psicodélica, hija de Bob Dylan y Rolling Stones. De esos escritores latinoamericanos nacidos en los años 50 dos lograron convertirse en verdaderos mitos crecientes más allá de sus fronteras.

En Colombia Andrés Caicedo (1951-1977) es el representante máximo y único de esa actitud, suicidado a los 25 años después de vivir una adolescencia y una primera juventud de creatividad asombrosa y protéica y escribir el clásico novelístico Que viva la música, obra hermana de La María y la Vorágine. Sus contemporáneos sobrevivientes llegaron o están llegando ya a la edad fatídica de los 60 años, cuando ya todas las cartas están echadas.

Esos sobrevivientes miran con estupor la obra polifacética de Caicedo, que nos interpela, nos cuestiona y hace reflexionar sobre los poderes de la literatura adolescente, cuando quien escribe lo hace para nada y para nadie, en un grito auténtico de existencia, tal y como lo practicó el emblema Rimbaud.

El caso de Roberto Bolaño (1953-2003) y los infrarrealistas es igual. Bolaño era un chileno errante que como adolescente recaló con sus padres en El Salvador y luego en México, donde ya desde temprana edad fue líder de un movimiento en el que participaron rebeldes peruanos y mexicanos, absolutamente terribles como Mario Santiago (1953-1998), inmortalizado en Los detectives salvajes con el nombre de Ulises Lima.

Ellos surgen del margen, combaten contra la cultura oficial dominada por Octavio Paz y los funcionarios oficiales y son detestados por todos sus contremporáneos convencionales mexicanos, aplicados desde temprano a escalar y hacer una « carrera literaria » y que ahora, cuando Bolaño se hizo leyenda, tratan de falsificar la historia y presumen de haber sido sus amigos.

Bolaño siguió siendo un cascarrabias rebelde hasta el final y gracias al gran editor Jorge Herralde salió de la marginalidad literaria y brincó a la consagración mundial. Nunca falló a esa actitud rebelde de sus incios y es un milagro que en un mundo literario de tantas imposturas haya salido del anonimato. Hasta el final fustigó a los sepulcros blanqueados de las letras latinoamericanas. Por eso es el héroe máximo de nuestra generación Sin Cuenta al lado de Caicedo.

Pero no son lo únicos. En los yacimientos arqueológicos de nuestra generación, hay muchos esqueletos escondidos y hay que sacarlos a la luz. En mi caso, que nací y viví mi rica adolescencia literaria en la ciudad colombiana de Manizales, quisiera referirme al caso de Rodrigo Acevedo González (1955-1996).

Hace poco encontré unas 30 cartas que Rodrigo me escribió a partir de 1972, cuando yo me había ido a estudiar a Bogotá. En esas cartas encendidas aparece el gran talento de este precoz poeta que, como casi todos nosotros, habia leído ya muchas cosas a los 17 años.

En vida solo publicó El territorio y la máscara y después, con carácter póstumo, el narrador y crítico Roberto Vélez Correa, de su misma generación y también ya fallecido, publicó y editó los Poemas del tiempo recobrado con un amplio estudio sobre su vida y su obra. Es lo único que se conoce de él aparte de lo esparcido en revistas y periódicos y no se sabe qué se hicieron sus papeles después de su trágica muerte a causa de una epilepsia que lo aquejó durante toda la vida y lo llevo a visitar el hospital siquiátrico y a luchar con la soledad, el alcohol, el amor, el deseo, la furia contra el medio y la neurastenia. Fuimos amigos en la adolescencia y después lo vi pocas veces cuando regresaba a Colombia.

Murió a los 41 años, pero durante tres lustros se alejó del mundo cultural. Excéntrico, caminaba solo con un enorme perro por las calles de la ciudad, que empezó a detestar, aunque tuvo la atención de familiares y amores secretos. No pudo cumplir los sueños de viajar a Europa e iniciar otra vida, ni de publicar afuera o ser traducido, pero al leer sus cartas distingo su talento, su inteligencia, la claridad, la solidez de su precoz cultura, su gran intuición poética. La prueba de su excelencia está en esas
decenas de poemas que nos dejó por fortuna. No se necesita más para reconocerlo.


lunes, 15 de abril de 2013

LA MUERTE DE LA MALVADA THATCHER

Todos los diarios del mundo publicaron esta semana en primera plana la foto de Margaret Thatcher (1925-2013), quien gobernó Inglaterra de 1979 a 1990 y murió el lunes a los 87 años de edad en una habitación del Hotel Ritz de Londres, a donde se había retirado después de quedar imposibilitada para bajar las escaleras de su casa y verse afectada por la demencia senil.
     Allí de vez en cuando recibía a sus últimos fieles, quienes relatan que la anciana aún tenía momentos de lucidez en que desplegaba su malvada lengua acerada de ofidio y su duro carácter, mientras saboreaba unos deliciosos tragos de gin. Tuvo una agitada y larga carrera que culminó con tres períodos seguidos como primera ministra de Gran Bretaña, primera y única vez para una mujer, en una época difícil de guerra fría, que culminó con el deshielo, el fin del comunismo en la Unión Soviética y la caída como fichas de dominó de todos los países de la cortina de hierro frente a la arremetida del triunfante capitalismo.
     Esta mujer representaba hasta la caricatura las políticas conservadoras y retardatarias aferradas a Cristo, la tradición, la familia y la propiedad y que negaba con furia la ayuda a los pobres, esos parásitos mantenidos, que según ella, contribuían a reducir y arruinar las arcas del Estado. Por tal razón aplicó drásticas medidas contra las políticas sociales, recortando aquí y allá presupuestos, lanzando a la miseria a cientos de miles de ciudadanos frágiles y reduciendo hasta la asfixia los servicios sociales.
     De la mano de su contraparte estadounidense, encabezada por Ronald Reagan y los Bush, padre e hijo, esta visión ultraconservadora de las cosas en materia económica que enterró por un tiempo la sabia economía política del gran John Manyard Keynes, dominó el panorama mundial durante tres décadas hasta que explotó en pedazos con la crisis financiera mundial de 2008, en la que seguimos todavía sumidos.
     La crisis mundial mostró que, por el contrario, los verdaderos subvencionados no eran esas ratas parásitas de pobres y extranjeros, sino bancos, multinacionales y holdings que recibían millones y millones de dólares de ayuda permanente y hacían todo lo posible para no pagar impuestos.
     Thatcher no solo fue la adalid de esa odiosa política que quita al Estado las ineludibles responsabilidades para con los pobres y beneficia a los poderosos, sino que al igual que Reagan y los Bush, era violenta y lanzaba sus ejércitos en guerras innecesarias con el único fin de recuperar caudal electoral perdido a causa de la crisis social provocada por sus medidas sectarias. Envió las tropas británicas a las islas Malvinas en 1982 causando miles de muertos, cuando probablemente el problema se hubiera podido arreglar por medios diplomáticos.
     Antifeminista, antiobrera, inflexible, polarizadora, megalómana y egocéntrica, esta mujer dividió a su país como nunca entre sus partidarios, los poderosos y las clases medias acomodadas y sus opositores, la pequeña burguesía ilustrada y los trabajadores, por lo que esta semana muchos cantaban en Gran Bretaña la famosa canción del Mago de Oz, que dice "ding dong, ding dong, ha muerto la bruja".
     Uno quisiera buscarle cualidades, tratar de equilibrar el retrato, pero la tarea se hace imposible. La era thatcheriana de los años 80 y 90 del siglo pasado fue espantosa. Sus ideas conservadoras triunfantes inundaron el mundo durante esas dos décadas: en todas partes la educación se privatizaba y se negaba el derecho a la escuela a los pobres, los enfermos fueron culpabilizados y morían en las puertas de los hospitales porque no tenían dinero para pagar, los trabajadores y los desempleados fueron estigmatizados como parásitos que viven de la beneficencia y las leyes laborales se hicieron cada vez más duras a favor de los patrones.
     Ese ideario fue el aplicado por Pinochet en Chile y por muchos dictadores del Tercer Mundo y gobernantes supuestamente democráticos de países menores, entre ellos los nuevos gobernantes de los países exsocialistas. La juventud tuvo que cortarse el pelo, vestir con formalidad, las veleidades artísticas fueron censuradas como peligrosas, por lo que en contra de esa ola surgió un arte y una música punk y trash marginales que revolucionaron las sensibilidades estéticas.
     Francis Fukuyama dijo que la historia había terminado y al final de los noventa muchos creyeron que ese modelo capitalista y retardatario a ultranza había llegado para quedarse. Pero tres lustros después todos hemos descubierto la gran estafa de la banca mundial, heroína de la reaganomics y el thatcherismo. Hasta el Estados Unidos de Obama cambió de rumbo y muchos sectores de la derecha moderada mundial tuvieron que reconocer que había que parar el delirio.
     Quien se opusiera a eso hace apenas unos años era acusado de comunista, marxista o terrorista. Hasta el pobre Carlos Marx ha resucitado de entre los muertos y se ha convertido en un santo que tenía razón al escribir su maravilloso libro El Capital. Ahora los indignados del mundo que manifiestan en Wall Street, España o Grecia, demostraron que esa lucha era legítima y justa.
     Con la muerte de Thatcher termina una era ominosa y ojalá que los espíritus críticos del mundo sigan presionando para que los gobiernos vuelvan a su función primaria en beneficio de la gente y de la sociedad, esa palabra que la recién fallecida tanto detestaba y cuyo lema soberbio era: "No existe nada llamado sociedad". Cómo sería de odiosa, que hasta la propia reina Isabel la detestaba.

* Publicado en La Patria. Manizales. 14 de abril de 2013.

lunes, 8 de abril de 2013

LA PESADILLA DEL 9 DE ABRIL EN COLOMBIA

Por Eduardo García Aguilar

* Reproduzco este artículo sobre el 9 de abril de 1948, publicado hace dos años, al cumplirse este martes un aniversario más de ese magnicidio en Colombia, que sigue 65 años después marcada por la tragedia y repitiendo la historia.

La jornada del 9 de abril de 1948, cuando mataron al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, sigue marcando 63 años después la historia de Colombia con su devastadora presencia de destrucción, intolerancia y odio.
Cada vez que en el país surgió una figura que como el « negro » Gaitán representara una alternativa distinta a los poderes bipartidistas, fue eliminada u hostigada de manera violenta, como ocurrió también con Rafael Uribe Uribe o Bernardo Jaramillo y centenares de personalidades opositoras honradas. Incluso todo un partido político, la UP, fue exterminado hace poco en su totalidad por las impunes fuerzas oscuras de la intolerancia nacional.
Como si fuera una mala pesadilla, tenemos que reconocer que el país sigue gobernado hoy en las mismas posiciones exactas por los nietos de algunos de los protagonistas del 9 de abril que partió en dos la historia del país, lo que muestra que la política colombiana sigue siendo por lo general coto vedado de la vieja oligarquía que se expresaba antes desde las trincheras de El Tiempo y El Siglo y hoy lo hace por Caracol o RCN.
Las dinastías ya hacen cola unas tras otras para subir indefinidamente al poder por los siglos de los siglos, como si los colombianos no pudiéramos asumir nuestros propios destinos. Santos, López, Gómez, Rojas, Lleras, Barco, Pastrana, Peñalosa, Turbay siguen ahí firmes en los mismos lugares de sus ancestros, mientras nuevos delfines de apellidos Galán o Gaviria se preparan ya por dictado divino para asumir ineluctablemente las riendas del poder cuando les toque el turno dentro de unos lustros. Durante ocho años tuvimos a un Santos alocado de vicepresidente y ahora a un taimado Santos como presidente. Y todo indica que ya se apresta a subir al solio de Bolívar el nieto de Lleras Restrepo.
Incluso el drama dinástico afecta hasta la propia izquierda. Los nietos del dictador Gustavo Rojas Pinilla, hijos de la famosa « Nena » Maria Eugenia, dominan el Polo Democrático y la alcaldía de Bogotá aunque gobiernen como el caballo de Calígula (Nota: ahora, dos después de escribir este artículo, ya están en la cárcel por corrupción) y hasta una López dirige el supuesto partido del pueblo (Nota: Ahora la nieta de López Pumarejo y sobrina de López Michelsen es la candidata presidencial del Polo Democrático).
Las principales embajadas del país son feudos de algunas familias. A los López les encanta Londres y a los Gómez les fascina París. Si Virgilio Barco fue embajador en Washington, por supuesto que su hija Carolina lo tenía que ser algún día. Si Misael Pastrana fue embajador en Washington antes de ser presidente gracias al fraude, por supuesto que su hijo Andrés tendría que ocupar esos cargos también.
Si se hace un estudio genealógico de la alta dirigencia del país, se puede llegar con toda certeza a la conclusión de que Colombia es un país incluso más dinástico que una vieja monarquía árabe o europea y que los miembros de algunas de esas familias, aunque sean casi bobos, llegarán tarde o temprano a las más altas dignidades.
No es de extrañar entonces que cuando a la « infame turba », a la « chusma », a la « ignara plebe » colombiana le mataron a su « negro » Gaitán, hijo de un librero radical de un modesto barrio bogotano, que parecía ir rumbo a ganar las elecciones presidenciales de 1950, la capital fuera devastada en una jornada de furia y destrucción. Y que sobre las ruinas humeantes de Bogotá y el cadáver de Gaitán los endogámicos máximos líderes conservadores y liberales pactaran en Palacio a cambio de « puestos » para evitar la caída del gobierno.
He revisado con atención dos libros escritos al calor de los acontecimientos por representantes de las distintas fuerzas en pugna. Uno del conservador ospinista Joaquín Estrada Monsalve, titulado « El 9 de abril en palacio. Historia de un golpe de estado » , publicado días después de la tragedia, y otro del poeta y periodista de izquierda Luis Vidales, « La insurrección desplomada. El 9 de abril, su teoría y su praxis ».
Estrada Monsalve describe con prosa clara y vívida las jornadas del 9 al 10 de abril vistas desde la óptica de Ospina Pérez, por lo que vivimos la historia minuto a minuto en medio el temor de que la « chusma » liberal se tomara el palacio.
Asistimos también al arreglo final entre líderes liberales y conservadores para salvar el pellejo. Se destaca la descripción de los protagonistas, como el frío mandatario, descendiente a su vez de presidentes, a quien uno de sus servidores, Augusto Ramírez Moreno, llegó a decirle al día siguiente que era un « semidios ». Todas las figuras aparecen en la tragicomedia : doña Berta Hernández con pistola al cinto, Guillermo León Valencia, Laureano Gómez, Darío Echandía, Carlos Lleras Restrepo, entre otros.
Luis Vidales, el famoso autor de « Suenan timbres », quien conoció a Gaitán en Europa y fue su amigo, describe por su parte al inteligente líder popular, cargado del aura extraña que lo rodeaba cuando encarnaba a su pueblo e iba rumbo a la presidencia, ante el estupor de Lleras y Santos y los conservadores. Su libro es una defensa de la desesperada plebe acéfala ante la traición de sus líderes y tras el asesinato de su caudillo.
Y al leer esos textos uno se da cuenta que el país ha cambiado muy poco. A un lado la « infame turba » decadente, manipulada, violenta, delincuencial, bandida, eterna menor de edad y al otro la inamovible nomenclatura perfumada de unas cuantas familias hereditarias, Santos, López, Gómez, Lleras, Ospina, Rojas, Barco, Turbay, Pastrana, Samper, Holguín, Galán, Gaviria y sus avorazados delfines ungidos por la gracia divina.