viernes, 21 de febrero de 2014

RETORNO A CASABLANCA

Por Eduardo Garcia Aguilar
He vuelto a la gran metrópoli marroquí Casablanca para participar invitado como escritor al XX Salón Internacional del Libro de esta ciudad, uno de los encuentros editoriales y libreros más importantes del continente africano, que en esta ocasión está dedicado a los 15 países de África del Oeste reunidos en la Cedeao y a diversos temas multiculturales, de género y de sociedad.
Hace ya más de una década estuve en este puerto en un encuentro similar, por lo que gracias al matiz del tiempo puedo percibir los cambios experimentados en este país. Casablanca es no solo en este 2014 la gran metrópoli y el pulmón económico del país, sino una urbe con pasado que ha sido pujante desde el empuje dado por el protectorado francés en las primeras décadas del siglo XX.
De 1920 en adelante se construyó una ciudad estilo Art Deco con miles de bellos edificios de ese estilo que perviven a lo largo del tiempo y algunos de los cuales están siendo restaurados, convertidos en hoteles, residencias o sedes de oficinas empresariales, mediante un programa que animan infatigables amantes de la ciudad que se resisten a ver desaparecer las joyas de aquel tiempo, escondidas en callejuelas y vericuetos de barrios céntricos descuidados.
Este viernes he caminado cuadra por cuadra, avenida por avenida tratando de palpar esa vieja ciudad moderna e imaginarla en esas décadas de entreguerras, cuando se convirtió en un faro africano con mirada hacia el Atlántico y las Américas, por lo que al llegar la guerra se volvió punto de refugio provisional para quienes huían de la persecución nazi o del franquismo hispano y el fascismo italiano.
Por esa razón fue escenario ficticio de la gran película Casablanca, interpretada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, que relata el ambiente febril y moderno de la ciudad llena de inmigrantes y fugitivos que pasaban el tiempo en espera de poder huir en avión o barco en los bares y hoteles magníficos que proliferaban en aquel entonces, como el Excelsior, cuyo edificio se ve hoy en la Plaza de las Naciones Unidas, frente a la bella y vieja Medina.
Situada frente al mar, la caótica y contaminada ciudad, está llena de cafés con mesas exteriores donde junto a una taza de té de menta los habitantes leen el diario, juegan cartas y agotan las horas a otro ritmo. Es indudable que a diferencia de otros países de la región, Marruecos no ha cedido a la tentación de encerrarse o fanatizarse y abre las puertas a otras tendencias políticas al interior de su sistema legislativo. Su apertura a las inversiones, al auge de internet, a la televisión permanente y en vivo y a las tecnologías modernas, a la publicidad desbordada, a los negocios con el exterior, lo hace un país como tantos otros del mundo occidental, con problemas, pero próspero.
Sus lazos fuertes con Francia posibilitan asimismo que sea un centro de diálogo y reflexión intelectual sobre los problemas culturales de la región, además de que en su seno viven otras culturas y religiones que encuentran canales de expresión, aunque la dominante sea otra.
Además cuenta con una diáspora propia de emigrantes instalada en el mundo que va y viene desde Europa y Estados Unidos y permea poco a poco a la sociedad, modernizándola, como ha ocurrido poco a poco con los países latinoamericanos y asiáticos.
Y a su vez por su mayor tolerancia y pujanza económica Marruecos también atrae importantes flujos migratorios de otros países, en especial africanos, tema abordado con la exposición de las obras escritas en Marruecos por los habitantes originarios de terceros países. Una muestra de esa apertura es que las lenguas oficiales del Salón Internacional de la Edición y del Libro de Casablanca (SIEL) son el francés, el árabe y el bereber, esta última una minoría milenaria otrora discriminada que ahora por ley es reconocida plenamente tras recuperarse el alfabeto de su lengua ancestral.
Es posible pues en esta esquina africana frente al Atlántico y el Mediterráneo discutir todavía sobre esas culturas como en los tiempos de la película Casablanca, cuando los inmigrantes desesperados que huían de la guerra la convirtieron en una torre de babel momentánea y cuando todas las lenguas se hablaban en esos bares llenos de desterrados sin brújula.
El feminismo en Marruecos fue tratado desde el inicio por autoras como Aïcha Barkaoui y Yasmine Chami, habitantes de Casablanca, y el asunto del compromiso militante es abordado por una serie de blogueras y escritoras de Marruecos, Argelia, Túnez y otros países. La libertad de la mujer y la conquista de sus derechos fue uno de los motores de la reciente Primavera Árabe, que en muchos casos ha querido ser detenida, controlada y frustrada por las fuerzas retardatarias.
En este ambiente marítimo y portuario, con aires de un sencillo, vivo y colorido mundo popular, da gusto participar en una fiesta dedicada al libro cuya vigencia sigue siendo cuestionada, pero cuya pervivencia es una necesidad humana aquí o en Cafarnaun para que la humanidad sea más tolerante y supere los prejuicios y las taras que perviven desde hace milenios y siempre amenazan el espíritu de la Ilustración y la tolerancia.
Publicado en La Patria, Manizales, Colombia, el domingo 17 de febrero de 2014 

domingo, 9 de febrero de 2014

LA TIERRA HUMANA DE SAINT-EXUPERY













Por Eduardo Garcia Aguilar
En Tierra humana, texto personal y autobiográfico, Antoine de Saint-Exupéry despliega una prosa diáfana carente de artificios, para comunicarnos con la vida y la muerte y las tribulaciones y alegrías del hombre, a través de historias vividas como uno de los pioneros de la aviación comercial.
En la novela Vuelo de noche nos cuenta las proezas de los jóvenes pilotos al abrir las rutas sudamericanas para una empresa francesa postal con sede en Buenos Aires y en Tierra humana regresa con una serie de capítulos, donde mucho tiempo después rememora los instantes más dramáticos y profundos de la vida suicida de los pioneros aéreos.
Saint-Exupéry es uno de los prosistas más importantes de la lengua francesa, no solo de todos los tiempos, sino del propio siglo XX, lapso de tiempo que tuvo una verdadera pléyade de escritores, desde Proust hasta Malraux, pasando por François Mauriac, Louis Ferdinand Céline, Albert Camus, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Marguerite Duras, entre otros muchos y muchas.
El piloto ingresó desde muy joven al oficio suicida de piloto postal, manejando esos pesados aviones o hidroaviones de hélice patentados en la Primera Guerra Mundial y que poco a poco se iban perfeccionando, pues en sus inicios todavía eran muy precarios en el campo tecnológico.
De un grupo de cien pilotos novatos se sabía que una tercera parte al menos no regresaría algún día de su misión. Algunos de ellos como Mermoz y Guillaumet se convertían en héroes con miles de vuelos sobre desiertos, cordilleras y océanos, pero tarde o temprano la muerte los reclamaba, como al propio Saint-Exupéry en las aguas del Mediterráneo.
El lado humano ancestral de la gloria estaba presente en el delirio suicida de estos hombres. Hubieran podido trabajar de manera cómoda en la diplomacia, el gobierno, la empresa, el periodismo, la docencia, pero preferían ser la carne de ensayo de una industria naciente. Saint-Exupéry capta con su prosa esa pasión poética de pilotos escritores como él que dieron su vida a cambio de la alegría de ver la tierra y el cielo desde ángulos y ópticas desconocidas para el resto de los mortales, una posición que semejaba a la de los cóndores, las águilas, los cometas o los meteoros.
Primero estaba el mar, la tierra, los ríos, los desiertos, los deltas, las cumbres nevadas, la luminosidad de las ciudades destellando en la superficie cóncava del globo terráqueo. Luego el viaje entre brumas y nubosidades cegadoras donde todo era expectativa y riesgo, para de repente emerger por encima de las nubes y volar por espacios nítidos donde se ven todos los astros y luceros viajantes. Para un poeta tales experiencias eran extraordinarias y mucho más cuando dichas visiones solo podían ser conocidas por unos cuantos aventureros.
Saint-Exupéry nos estremece con esa visión poética de la existencia del cosmos donde la tierra es un grano de arena. Se detiene también en la textura de la superficie terrestre, en especial las altísimas cumbres andinas tan bien conocidas y viajadas por él y los desiertos africanos que recorrió durante centenares de vuelos para la empresa postal. Y en esas rutas se detiene como pocos a contar al ser humano con sus intrigas y mezquindades, pero también generosidad, heroicidad, amistad y desprendimiento ocasionales.
Sus libros son un canto a la amistad de esos camaradas aviadores que saben que un día ya no regresarán al aeropuerto. Sus páginas están llenas de instantes en que los meteorólogos y funcionarios de las torres de control sudan y sufren cuando se ha perdido el contacto con alguno de los pilotos y pasan las horas de angustia que viven en silencio amigos, colegas, futuras viudas y huérfanos. La noticia de la muerte siempre es terrible y dolorosa porque ella toca a los mejores, a los abnegados y geniales sin distingo alguno, por obra de un azar y un destino ineluctables.
Saint-Expupéry nos cuenta los accidentes y las sobrevivencias milagrosas. El largo periplo en los Andes de Guillaumet perdido entre las nieves perpetuas andinas y las largas jornadas de sed y delirio vividos por el propio autor en los desiertos de Libia donde su nave se accidentó de noche y donde solo el encuentro con un beduino lo salva de una muerte segura en las calcinantes arenas africanas.
Para poder contar esas extraordinarias experiencias, Saint-Exupéry quiso ser piloto y el resultado es notable. Su obra es original, sus palabras son pura verdad, no hay allí artificio ni vanidad, son expresiones de la mejor literatura, necesaria, vital.
Por eso es conveniente retornar con frecuencia a sus libros para viajar con él por las alturas más nítidas y al hacerlo palpamos con claridad lo que es la gran literatura de todos los tiempos, una literatura que parece escrita por la naturaleza o el destino mismos.

domingo, 2 de febrero de 2014

LA POTENCIA DEL ART DECO

Por Eduardo Garcia Aguilar
Ningún sitio mejor que el Palacio de Chaillot en Trocadero para hacer una gran exposición sobre el Art Deco (1914-1940), movimiento arquitectónico, plástico, literario y artístico en general surgido en 1925 tras la Primera Guerra Mundial, durante las dos décadas de paz siguientes, cuando surgió un amplio deseo de cambio total de la vida con el desbordamiento de la fiesta y la potencia de los nuevos tiempos del aire, la tierra y el mar.
Irrumpió una era de novedades con cambios tecnológicos impensables hasta entonces como las proezas aéreas tan bien descritas por el aviador y escritor Antoine de Saint-Exupéry en su novela Vuelo de noche o el auge de los transatlánticos como el Titanic o el Normandie, así como la aparición de la radio, la industria automovilística con sus ágiles Bugatti y la cinematografía muda, difundidos todos ellos al instante por los mensajes en Marconi que prefiguraban ocho décadas antes al Internet y por por fin daban la espalda para siempre al siglo XIX con sus adornos insoportables de pacotilla y las recrudescencias de un hostigante neoclásico.
Estar frente al enorme Palacio de Chaillot, último ejemplo magnífico del Art Deco monumental, situado en una colina frente al Sena y a la no menos impresionante Torre Eiffel, proeza del hierro que lo prefiguraba e inaugurada ella en 1889, es de por sí una inmersión en el ambiente de una de esas eras de cambio radical, cuando varias generaciones deciden juntas despedir al pasado que pugna por quedarse siempre en las inercias de la mediocridad y la repetición, algo que puede semejar a estas primeras mediocres décadas del siglo XXI inscritas aun en las explosiones de los irrepetibles pop y rock de la década de 1960.
Entre las figuras de aquella corta era llena de fuerza y tono figuran Joséphine Baker y Tamara de Lempicka, dos mujeres modernas que rompieron a su vez con todas las ataduras. La negra Baker, reina del Follies Bergère, fascina su tiempo con sus largas piernas y su cuerpo serpentino agitado en permanencia y la sonrisa generosa que abrió puertas a la corta paz reinante y Tamara la pintora, que no solo crea una nueva dimensión en el delineamiento de los cuerpos femeninos sino que vive una vida también Art Deco en su erotismo polígamo, que la llevaría a terminar sus días en la muy mexicana Cuernavaca, ciudad del Estado de Morelos que tuvo el honor de acoger su último suspiro.
La muestra desplegada en la Cité de l’Architecture et du Patrimoine, reconstruye entre otras muchas cosas, el apartamento de la bella y famosa pintora Lempicka con amplias fotos de fondo y varias piezas del mobiliario de su hábitat parisino que se pueden cotejar al instante, al mismo tiempo que la vemos en película deambular por sus estancias, perfumarse, mirarse al espejo y mostrar su glamour seductor.
Por el lado de Joséphine Baker, vemos su danzas insaciables, sus declaraciones de amor por Francia, que se convirtió en su patria hasta el punto que hoy piden sea llevada al Panteón de los Hombres Ilustres al lado de Voltaire y Víctor Hugo, porque se reconocen sus gestos de rebelión ante la Ocupación alemana y su actividad humanitaria posterior, al adoptar decenas de infantes que la llevaron a la ruina en su crepúsculo mediterráneo, no lejos de la bella Niza, en la Costa Azul.
Ambas mujeres son emblemas del Ar Deco, como el principal arquitecto inspirador del movimiento Robert Mallet Joris, quien como futurista realizó un catálogo de lo que debía contener una ciudad moderna.
Edificios de líneas geométricas desprovistos de imaginería de cartón piedra, lejos de dioses griegos y reproducciones renacentistas de efebos y madonnas. Un estilo geométrico, árido, aéreo en edificios, casas, alcaldías, estaciones de bomberos, guarderías infantiles, bibliotecas, tiendas, hospitales, boutiques, almacenes como el emblemático Samaritaine, cines como el Rex o el Luxor, estadios, hoteles, aeropuertos y muchas cosas mas.
El movimiento Art Deco mostrado en esa Exposición Internacional de Artes Decorativas realizada en la explanada de los Inválidos de París en 1925 era tan necesario y causó tal impresión a los visitantes, que se regó como pólvora por el mundo en el lustro siguiente reproduciéndose con lujo de detalles en Nueva York, Bruselas, Tokio, Sao Paulo, Casablanca, Saigon, Phon Phen, Chicago, Belgrado, entre otras muchas ciudades.
En Nueva York el Rockefeller Center y el edificio de la Chrysler son apenas dos muestras, en Sao Paulo nada más ni nada menos que el Cristo de Corcovado, y tras ellos las ciudades mencionadas se transformaron rápidamente hasta 1939 cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. En México Cuernavaca, la colonia Condesa y otros barrios periféricos mencionados por Malcolm Lowry en Bajo el Volcán siguen el ejemplo, en Colombia la ciudad de Manizales incendiada en 1925 se reconstruyó con la pericia de los arquitectos del momento importados al instante por la clase emergente cafetera y una tras otra todas las ciudades del mundo se regeneraron con su rincón Art Deco, moderno, provocador, futurista.
No solo el movimiento se ve en los grandes edificios sino en la vivienda de clase media y popular. Casas de ese tipo se reprodujeron como hongos por el mundo, gracias a su funcionalidad, luminosidad y confort. Y los transatlánticos difundieron muebles que invadieron los interiores del mundo con pupitres, mesas, sillas, comedores, escaparates, sofás, adornos, lámparas, esculturas decorativas e interiores de water close.
Moda, perfumería, instrumentos educativos y de cocina, ropa interior y deportiva, todo fue sacudido por este nuevo estilo democrático que superaba los ámbitos de la elegancia aristocrática del Art Nouveau dominante hasta entonces y tan bien contados y ridiculizados por Marcel Proust en su gran novela rio En Busca del tiempo perdido.
La mujer salió de los templos y las escuelas religiosas a jugar tenis, a nadar y a explorar los montes en grupos libres adoradores del aire libre que prefiguraban el nudismo. La mujer se cortó el cabello y usó prendas deportivas y en la elegancia de la fiesta nocturna desapareció el corsé, reemplazado por trajes aéreos adaptados al cuerpo, fáciles de quitar a la hora de hacer el amor. Por eso el estilo de entreguerras fue tan revolucionario, aunque el horror de la nueva guerra mundial y los escándalos del Holocausto terminarían por sepultarlo por un tiempo.
Hoy, un siglo después de su aparición lo rescatamos y los disfrutamos con estupor. Apollinaire, Saint Exupéry, Malraux, Virginia Woolf, John Manyard Keynes, el grupo de Bloomsbury, los dadaidas, cubistas, estridentistas y futuristas, y los narradores modernos como John Dos Passos, Francis Scott Fitgerald y Malcolm Lowry, entre otros muchos, son ejemplos de esa nueva ola cultural tan actual un siglo después.
Esperemos que ya pronto se revolucionen las inercias de esta segunda década del siglo XXI tan frívola, asfixiante y mediocre.

sábado, 11 de enero de 2014

MUERTE ANUNCIADA DE UN HALCÓN ISRAELÍ

Por Eduardo García Aguilar
Con la muerte de Ariel Sharon a los 85 años, después de ocho en estado de coma, desaparece uno de los grandes halcones de la derecha israelí, considerado un "criminal" por los palestinos y un héroe por los israelíes. Involucrado en la terrible masacre de Sabra y Chatila en 1982 en Líbano, por lo que al año siguiente tuvo que renunciar como ministro de Defensa, el llamado "bulldozer" regresó al poder en 2001 y de manera paradójica contribuyó al deshielo de la situación israelo-palestina con la histórica retirada de la franja de Gaza en 2005.
Como ocurre en todas las guerras entre naciones o conflictos armados internos de los países, tarde o temprano los enemigos de siempre deben terminar en la mesa de negociaciones y lograr acuerdos de paz, pues no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.
En varias ocasiones alemanes y franceses tuvieron que llegar a armisticios y hoy, después de dos espantosas guerras mundiales, ambos países son amigos y colaboran en la construcción de una Europa unida y democrática. Las terribles cicatrices quedan para la historia, aunque la rivalidad política y económica sigue siendo un motor que da vitalidad a sus sociedades. Las huellas y las ruinas dejadas por los bombardeos, las heridas familiares, la memoria del terrible exterminio de los judíos y de otras minorías están presentes y siguen recordándose como atrocidades que no pueden repetirse.
En Vietnam, el héroe militar Nguyen Giap (1911-2013) murió el año pasado a los 102 años, después de haber sido el artífice de las históricas derrotas de Francia y Estados Unidos en las guerras de Indochina y de Vietnam. Estados Unidos, que realizó espantosos bombardeos, exterminios y torturas masivas de la población en su enconada lucha anticomunista, y Vietnam, el pequeño David asiático que venció al Goliath gringo, terminaron décadas después por reunirse y comerciar en paz.
Como ejemplo de esa voluntad de paz, el líder republicano John Mc Cain, quien fue cautivo como soldado de la guerrilla del Vietcong, realizó una visita en su residencia al viejo militar enemigo para un encuentro cordial que describió en un afortunado artículo publicado en la prensa estadounidense como obituario del longevo general. La guerra de Vietnam fue de las más atroces de la historia, pero tras la derrota inconcebible del imperio, los viejos contrincantes terminaron por reunirse y hablar mientras tomaban un jugo de mango.
Lo mismo ocurrió en Sudáfrica entre el recién fallecido Nelson Mandela y sus enemigos blancos del Apartheid, que lo tuvieron preso en mazmorras durante décadas, acusado de "terrorista".
El temible militar Ariel Sharon (1928-2013) llegó a la conclusión durante su mandato como onceavo primer ministro israelí, de la necesidad de renunciar a la colonización indefinida y al sueño de un Gran Israel con  las fronteras logradas en la famosa Guerra de los Seis Días, en la que combatió en 1967 al lado del famoso general tuerto Moshé Dayan y del jefe militar Isaac Rabin.
De manera sorpresiva Sharon retiró a su ejército de la Franja de Gaza luego de casi cuatro décadas de ocupación, abriendo nuevas vías hacia una negociación que hoy continúa con nuevos protagonistas, el palestino Mahmud Abas, sucesor de Yaser Arafat (1929-2004), el secretario de Estado estadounidense John Kerry y el nuevo halcón israelí Bejamin Netayahu.
En el camino quedaron inmoladas las figuras que firmaron los Acuerdos de Paz de Oslo en 1994: Isaac Rabin (1922-1995), asesinado por un extremista israelí y Yaser Arafat, quien para los palestinos fue envenenado por el enemigo.
Rabin y Arafat son el ejemplo máximo del acercamiento de encarnizados enemigos bajo el patrocinio de Noruega, país que ha propiciado acuerdos tan importantes como los que solucionaron los sangrientos conflictos armados en El Salvador y Guatemala y que apadrina ahora las negociaciones de paz en Colombia entre la insurgencia armada y el gobierno. Rabin y Arafat obtuvieron un criticado Premio Nobel de la Paz y su estrechón de manos junto a Bill Clinton en la Casa Blanca es histórico y siempre está presente en las difíciles negociaciones en curso.
Sharon vivió en estado vegetal durante ocho años y recientemente, en  diciembre, los médicos registraron una excepcional actividad cerebral en el paciente, internado en un hospital en Tel Aviv. Tal vez en su  profundo sueño Ariel Sharon soñaba con levantarse para continuar en sus esfuerzos de lograr al fin fijar las fronteras necesarias para llegar a un acuerdo con el enemigo palestino. O tal vez soñaba con todas sus  muchas guerras en las arenas del desierto donde su pueblo ha vivido durante milenios.






sábado, 28 de diciembre de 2013

LA BACHUÉ DE RÓMULO ROZO

Por Eduardo García Aguilar
El libro más importante aparecido en Colombia en 2013 es "La Bachué de Rómulo Rozo", un ícono del arte moderno colombiano, que se inscribe en la gran tradición latinoamericana de recuperar los huecos de su historia olvidada. El libro no solo se destaca por la altura de los ensayos allí incluidos sino por la excelente calidad de la lujosa edición, cuidada en extremo y dotada de una iconografía magnífica que aclara y revela un segmento de nuestro pasado artístico en el contexto mundial y latinoamericano de entreguerras.
Rómulo Rozo fue uno de los grandes artistas desterrados por voluntad propia de Colombia, que nunca quiso volver a su país y pasó su vida en otras latitudes, primero de joven en la París de las revoluciones artísticas de vanguardia y después en el México revolucionario, donde dio rienda suelta a su arte, realizando monumentos admirados cuyos más grandes rastros monumentales quedan  en Yucatán y su capital Mérida, sobre las tierras que alguna vez fueron de la gran civilización Maya.
Los años 20 y 30 en el mundo eran un crisol de muchos movimientos artísticos y políticos y de grandes cambios que conducirían a la reanudación de la guerra y a una conflagración mundial que todavía está en carne viva. Los hombres de ese entonces sabían que después de la atroz Primera Guerra Mundial tenían que dedicarse a escribir, crear, gozar, viajar, vivir, porque los años de paz podían ser cortos, como en efecto ocurrió.
En París se concentraron todos los artistas plásticos del mundo, mientras en los cabarets de Pigalle bailaba la maravillosa negra  Josephine Baker y estallaba por todas partes el Art Deco. En Montmartre y Montparnasse trabajaban y rompían las normas Chagall, Picasso, Braque, Modigliani, Diego Rivera, al lado de poetas, músicos, galeristas y editores. Vivían allí el gran poeta peruano César Vallejo, el guatemalteco Miguel Angel Asturias, el mexicano Alfonso Reyes y el  colombiano Max Grillo y como ellos los autores anglófonos Ernest Hemingway, James Joyce y Henry Miller, o el austrohúngaro Joseph Roth, sin contar héroes futuros como el vietnamita Ho Chi Mihn o los chinos Chou--En-Lai y Deng-Tsiao-Ping.
Rozo, nacido en 1899 y muerto en 1964, tenía entonces 26 años cuando esculpió "La Bachué, diosa generatriz de los indios chibchas" en piedra negra, obra clave de la modernidad colombiana, según prueban Alvaro Medina, Ricardo Arcos-Palma, Clara Isabel Botero, Christian Padilla Peñuela, y Melba Pineda García, quienes esclarecen desde todos los ángulos posibles los orígenes y el contexto de la imagen de la fértil diosa chibcha. El libro es editado por editorial La Bachué y hace parte del proyecto del mismo nombre (www.proyectobachue.org)
En México acababa de pasar la Revolución Mexicana y, bajo la guía cultural de José Vasconcelos, la gran nación azteca trataba de recuperar su pasado y reivindicar las ruinas que yacían debajo de los templos católicos y los palacios construidos por los españoles. Diego Rivera abandonó París, donde se dedicaba a realizar obra de caballete en Montmartre, y se fue a su país a crear los famosos murales que inauguraron  el imaginario reivindicativo de esa revolución autóctona. En Perú José Carlos Mariátegui, desde su revista Amauta, trataba a su vez de abrir ventanas a ese mundo prehispánico despreciado por las élites blancas de los países hispanoamericanos.
Y en Colombia, gracias a la escultura de Rozo, figura central en el pabellón colombiano de la Feria Mundial de Sevilla en 1929, y cuya imagen fue muy difundida en Colombia, surgió la generación de "Los  Bachué", que tenían por objetivo "Colombianizar a Colombia". Es una década de movimientos sociales liberales y de izquierda que reivindican los derechos  laborales de los colombianos, pero también de actos represivos como la Masacre de las bananeras, mientras recorría las ciudades y los pueblos la gran líder de los trabajadores María Cano.
Comienza a surgir en el país una conciencia que busca dejar atrás el país de las momias ultramontanas que mantenían una larga hegemonía en el poder. Surgen museos arqueológicos, etnológicos, históricos, revistas, suplementos literarios, editoriales, y proliferan poetas que, como León de Greiff y Luis Vidales, revolucionan la práctica del verso.
Rómulo Rozo se inscribe dentro de esa tendencia que a través de la reivindicacion de lo autóctono y la sublevación de las formas, quiere superar la copia fiel de lo clásico greco-romano como única alternativa eterna, y romper con el servilismo de los artistas a los cánones académicos. O sea que es un gran vanguardista y un moderno olvidado por los colombianos, que vivió hasta su muerte en México.
En este libro seguimos la aventura de la búsqueda por Álvaro Medina de la obra "La Bachué", supuestamente perdida desde 1929, y que al final se encontró, por fortuna intacta, en la sala de la casa de la familia Moreno en Barranquilla, uno de cuyos ancestros la compró en
París al joven artista de Chiquinquirá. Es una fértil diosa chibcha en granito negro que Rozo hace sensual con sus piernas helicoidales hechas de serpientes y un cuerpo que se parece al de la negra Josephine Baker contorneándose en el teatro-cabaret Follies Bergére. Pero queda aún por recuperar toda la obra dispersa de un gran desterrado colombiano que vivió y murió para el arte, sin preocuparse por el olvido y la indiferencia de los suyos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

LA MUERTE DEL HISPANISTA CLAUDE COUFFON

Por Eduardo García Aguilar
El miércoles 18 de diciembre murió a los 87 años de edad en Caen el poeta y ensayista Claude Couffon (1926-2013), uno de los principales hispanistas franceses del siglo XX, traductor de numerosos autores españoles y latinoamericanos, a quienes a lo largo de su vida y hasta el final, les abrió con generosidad las puertas de su país.
En la línea de otros hispanistas y latinoamericanistas como Valery Larbaud, Marcel Bataillon, Roger Caillois, Jacques Gilard y Claude Fell, su carrera se inició con sus investigaciones sobre la muerte de Federico García Lorca, víctima de las fuerzas franquistas. Hace poco, con motivo de nuevas pesquisas incómodas en busca de los restos del poeta andaluz, lo que molestaba a los nostálgicos de la dictadura, Couffon regresó al lugar de los hechos en España y fue ampliamente entrevistado sobre el caso por la prensa española.
Profesor de la Sorbona, Couffon difundió en Francia desde los años 50 a diversos autores latinaomericanos como Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, entre otros autores del boom y del post boom. Y en la primera década del siglo XXI tradujo con entusiasmo a jóvenes poetas mujeres latinoamericanas y publicó antologías de poesía dominicana, cubana, mexicana, hondureña.
Ya en la ancianidad, retirado de la universidad, Couffon, gran amante del vino, la amistad y las mujeres, seguía sus actividades en su ciudad natal normanda de Caen y en el puerto de Saint-Malo, legendario lugar de corsarios y piratas y traficantes de esclavos donde está enterrado Chateaubriand. Cada año invitaba allí a un autor español o latinoamericano para difundir y traducir su obra entre los estudiantes, en jornadas inolvidables para unos y otros.
Tuve la oportunidad de verlo en los años 70 cuando estaba en su apogeo y era una eminencia reconocida como uno de los principales expertos de literatura española y latinoamericana, pero fue en la primera década de este siglo cuando pude conocerlo de cerca y hablar con él muchas veces en encuentros literarios en la Casa de América Latina o en reuniones con amigos comunes. Con cierta frecuencia regresaba a París desde su retiro o hacía viajes a México o España, pese a que tenía ya graves problemas de salud.
A diferencia de otros hispanistas mucho más tímidos y lejanos, Couffon era lo que se llama en Francia un "bon vivant", buen amigo de sus amigos, abierto al diálogo y al sentido del humor, siempre mirando directamente a los ojos con la picardía y la sonrisa a flor de piel.
Bajo de estatura, corpulento, y con un rostro de libertino dieciochesco, rubicundo tal vez por una vida de buena comida y buen vino, Couffon nunca dejó de leer e interesarse por la literatura de ese Extremo Occidente que es América Latina, que en estas épocas ha pasado de moda en Francia y ha sido suplantada por otras preferencias tales como la literatura asiática, africana, nórdica o norteamericana.
La gran amistad entre los franceses y la literatura latinoamericana tuvo uno de los primeros puntos fundacionales climáticos en París con la traducción y la publicación en francés de Leyendas de Guatemala, libro del entonces joven escritor Miguel Angel Asturias, quien con el tiempo se izaría hasta obtener el Premio Nobel. Asturias vino a Francia en los años 30 a realizar sus estudios en la Sorbona y perteneció a una generación muy activa de latinoamericanos, entre los que figuraban César Vallejo, César Moro y los hermanos Ventura y Fernando García Calderón, de Perú y Alfonso Reyes, de México, entre otros.
Antes, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, vivieron en París lo modernistas Rubén Darío, José María Vargas Vila y Enrique Gómez Carrillo, pero sus obras no lograron ganar al amplio público francés de entonces, como si ocurrió de inmediato con Miguel Angel Asturias y después, a lo largo de varias décadas sin interrupción, con Jorge Luis Borges, antes de que estallara el boom en los años 60.
Este movimiento del boom conquistó al calor de las luchas políticas latinoamericanas y europeas, a amplios sectores de la sociedad francesa, que veían en las obras de Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Jorge Amado, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Alvaro Mutis y Mario Vargas Llosa, una especie de amplio ventanal hacia un edén tropical en plena ebullición revolucionaria y antidictatorial.
En ese marco, la gloria de los latinoamericanos otorgaba a los hispanistas y latinoamericanistas galos un aura que parecía iluminarlos de manera paralela a las proezas de sus pupilos literarios de ultramar.
Los traductores y difusores de las obras de César Vallejo, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Octavio Paz y demás autores latinoamericanos del siglo XX entraban a ese club colorido que reinó hasta desvanecerse después de la caída del Muro de Berlín.
En la actualidad se realizan muchas actividades en la Maison de l'Amérique Latine (Casa de América Latina) del bulevar Saint Germain, pero ya sin el impacto glorioso de los años 60 y 70. Hay en las universidades y en algunas editoriales una nueva generación de hispano-latinoamericanistas muy activos, pero la literatura de ese continente ya no logra el impacto que tuvo en el siglo anterior y las apariciones son como fugaces y diminutos fuegos pirotécnicos.
Con la desaparición de Couffon termina una época de esa gran amistad ultramarina. Habrá que recopilar y editar sus artículos aparecidos en  Le Figaro Littéraire, Le Monde, Les Lettres Françaises, Les Temps Modernes,  Europe y Le Magazine Littéraire, para hacer una bitácora de aquella luna de miel franco-latinoamericana casi extinguida.
Y también debemos poner atención a su obra poética, en la que se destacan obras como Cuaderno de la bahía del Monte Saint Michel, Cuerpo otoñal y Ventana a la noche, entre otros libros suyos. Los latinoamericanos y los españoles debemos mucho a este gran amigo de nuestras palabras que ahora descansa en paz lejos de la belleza del cuerpo femenino, la poesía y el vino.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

CHINA REVIVE SUEÑO ESPACIAL

Por Eduardo García Aguilar
China logró este sábado un histórico alunizaje de su sonda Chang'e 3, de la que saldrá el vehículo Conejo de Jade para iniciar exploraciones en el territorio de la Bahía de los Arcoiris, lo que constituye un espectacular logro para la vieja nación asiática, que se iguala ahora con Estados Unidos y la URSS, superpotencias que hace más de medio siglo lograron proezas similares en el contexto de la guerra fría.
Después de que Estados Unidos y Rusia, afectados por crisis sucesivas, redujeran presupuestos de conquista espacial y desaparecieran los transbordadores y hasta la posibilidad de lanzamientos en Cabo Cañaveral, o se presentaran muchas fallas y fracasos en los lanzamientos rusos desde Baikonur, naciones emergentes como India, Brasil y China quieren avanzar en ese camino ampliando el club de las potencias espaciales.
En estos momentos Francia, desde Guyana, en América del Sur, tiene el único complejo viable de lanzamiento que garantiza la posibilidad de llevar satélites estatales o privados a la órbita terrestre, mientras algunas empresas privadas avanzan en la implementación del turismo espacial privado.
Los chinos, que se han convertido en los nuevos magnates del mundo y cada año incrementan su influencia política y económica en todos los continentes, no solo aspiran a llevar a nuestro satélite vehículos como el Conejo de jade, sino seres humanos, lo que tal vez en una o dos décadas sea una realidad, dado el impulso del milenario país de Confucio, el autor de las sabias Analectas.
Estados Unidos y Rusia nos hicieron soñar desde niños con la conquista espacial. Antes de que los hombres, encabezados por Yuri Gagarin y John Glenn, comenzaran a salir fuera de la Tierra, ya nos habíamos acostumbrado a los viajes de las sondas que antes de estrellarse e la Luna o en Marte, enviaban a nuestro planeta fotografías apasionantes de extraños territorios con las que armó poco a poco la cartografía de aquellas vecinas esferas.
Estados Unidos realizó una espectacular carrera espacial con experimentos de naves como Géminis y paseos espaciales de personajes que como el malogrado Ed White nos fascinaban cuando aparecían en las portadas de la revista Life, de circulación continental. Con el cordón umbilical enlazado a la cápsula y el traje espacial, White aparecía flotando en el espacio delante de la hermosa esfera azul de nuestro planeta, cubierta de hilos y madejas de nubes.
Luego, con inversiones gigantescas que hoy serían imposibles, Estados Unidos emprendió la conquista de la Luna y llevó por fin a seres humanos a la superficie selenita. En julio de 1969 todo el planeta vio en vivo y en directo la llegada del recién fallecido Neil Amstrong, seguido luego por Buzz Aldrin, y supervisados desde la órbita por Mike Collins, personajes que quedaron grabados para siempre en nuestra memoria.
Luego vinieron otros viajes y exploraciones a la Luna por medio de los viajes de Apolo, que terminaron para dar paso a otro tipo de conquistas también memorables, como el envío de sondas a todo el sistema solar, Saturno, Júpiter, Neptuno, e incluso más allá, así como avances tecnológicos que han hecho posible llegar hasta el instante del big-bang y descubrir miles de exoplanetas y millones de galaxias y agujeros negros.
Las imágenes del telescopio Hubble han sido sorprendentes para los que vivimos fascinados desde niños por el espacio lejano. Gracias a ellas hemos comprendido mejor el universo y nos hemos acercado a los más extraños confines del mismo. Los humanos hemos palpado así 14.000 millones de años de historia de la materia en expansión y deriva, solidificación y explosión, concreción y difuminación infinitas. Con esas imágenes somos cada vez más poetas, porque la poesía es el reino de lo inefable e inasible.
Las naves nos han acercado a los satélites de Saturno y Júpiter, algunos de los cuales son planetas vivos con océanos de líquidos de otros colores, composiciones y densidades. En esas superficies hemos visto actividad volcánica, huracanes gigantes, lagos y paisajes jamás imaginados. En su viaje por los planetas, las naves se han acercado y orbitado aquellos globos que giran en torno a los gigantescos hermanos mayores del Sistema Solar.
Una nave que ya está saliendo de los confines del Sistema Solar lleva un mensaje de los terrícolas inscrito en una placa por si alguna vez lo captan probables extraterrestres. O sea que la humanidad no se niega al sueño de que en otros lugares, en alguno de esos millones y millones de exoplanetas, exista la vida y la inteligencia.
A futuro la aventura espacial será colectiva y se aunarán los esfuerzos de varios países para avanzar en otras conquistas inimaginables. Estaríamos apenas en el albor de la aventura soñada por los humanos desde hace milenios y contemplada con más certeza científica por los sabios del Renacimiento, los Galileo Galilei y los Leonardo Da Vinci que entendieron por fin que la tierra era un grano de arena en un océano infinito de polvo interestelar.
Pese a las guerras y a las crisis, al fanatismo y a la locura, el hombre avanzará en el dominio de la materia y la energía y tarde o temprano los descubrimientos nos acercarán cada vez más a lo desconocido.
Dentro de miles de años, otros hombres habrán llevado la aventura espacial a confines inesperados. Nuestra generación tuvo la fortuna de palpar el albor de esta aventura y seguirla desde la infancia con pasión. Por eso es loable que los chinos ingresen ahora al club de los exploradores con su nave y su vehículo Conejo de Jade.
Llegarán a la Luna, mientras una coalición internacional tratará en dos o tres décadas de llegar con humanos a Marte, planeta mucho más vivo de lo esperado y que en estos momentos está revelando grandes secretos, como la presencia de agua y la existencia lejana de océanos, ríos y lagos cuyas huellas exploran en este momento vehículos norteamericanos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

GOLPEADO POR WINNIE MANDELA

Por Eduardo García Aguilar
A lo largo de la vida las actividades de prensa nos llevan a cruzarnos con personajes históricos en cumbres, visitas, reuniones bilaterales, giras mundiales y conferencias de prensa. Pasa el tiempo y uno saluda a la vida porque durante diez días haya estado en el séquito de vaticanistas y periodistas del mundo que seguíamos en avión y en tierra al papa Juan Pablo II durante su histórica visita a México, o que haya tenido la oportunidad de recibir en 1991 un golpe de la enérgica esposa de Nelson Mandela, Winnie, por tratar de sacarle unas palabras y acercarle demasiado la grabadora al que venció al Apartheid en Sudáfrica.
Son las lides de la actividad periodística, que nos sacaron del destino contemplativo al que estábamos destinados para irrumpir de lleno en la vida contemporánea, en las realidades de la época, en los rastros de la historia de hoy, que tal vez algún día figurarán en los Anales. A veces en cumbres bilaterales de gobierno a las que se asiste como enviado, uno ha tenido que coincidir con presidentes como Fidel Castro, Bill Clinton o François Mitterrand o ver y hablar con Alberto Fujimori dos veces, una cuando era un novato recién llegado al poder y otra cuando estaba en la cumbre y era ya un simpático aunque arrogante mandatario que se eternizaba en el gobierno reeligiéndose y se hundía en la corrupción y los malos manejos.
Otras veces cuando uno ha estado obligado como agenciero -profesión de Juan Carlos Onetti, Ernest Hemingway y Gabriel García Márquez-, a entrevistarse con Carlos Salinas de Gortari o Ernesto Zedillo en el palacio de Los Pinos de México, y caminando por esos prados en charla informal, calibra con toda exactitud que hombres tan poderosos en su momento en un gran país como ése son solo seres humanos como cualquiera. Zedillo me respondió cuando le pregunté por qué la bandera mexicana allí tenía estrellas: "es que se supone que soy el jefe del ejército mexicano". Lo que indicaba todo lo patético del asunto.
Y esto sin contar en esa actividad efímera las figuras de la farándula cinematográfica vistas como Alain Delon, Catherine Deneuve, Cantinflas, o el gran Joseph Losey, o estrellas de la música como Pérez Prado o Joe Arroyo. Y así la lista se hace interminable si se incluyen los grandes escritores latinoamericanos como Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Enrique Molina, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan José Arreola, Gonzalo Rojas u Octavio Paz, o de otros lados como Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir (encontrados en el Père Lachaise), Edgar Morin o Yves Bonnefoy o Henri Charrière, autor del best seller Papillon, vistos todos ellos en cementerios, plazas, cafés, o lugares inesperados. Y a eso agregamos artistas colombianos tan especiales como Alejandro Obregón, Edgar Negret, Fernando Botero, Ómar Rayo o Luis Caballero, entrevistados en circunstancias especiales en la gran tierra de Emiliano Zapata o en la de Asterix.
Todo este preámbulo me sirve para contar que tuve la fortuna, gracias al periodismo, de ver a Nelson Mandela (1918-2013) y ser golpeado por Winnie, su esposa de entonces, una exguerrillera y militante de armas tomar que, para proteger a su amado, no dudó en asestarme un golpe sudafricano en el pecho por acercar demasiado mi grabadora diminuta al líder Mandela, una de las figuras más importantes de la segunda mitad del siglo XX, con Fidel Castro, John Kennedy, Juan Pablo II y Mijail Gorbachov, entre otros.
No era aun presidente, pero negociaba con Frederik de Klerk el fin del Apartheid, al que se habían enfrentado los del Consejo Nacional Africano con las armas. Llegó en el marco de una gira a México para pedir ayuda en la parte final de las negociaciones que lo llevarían al poder. Era un hombre tierno, amable, amoroso, aun enérgico y me tocó estar en su llegada a la Cancillería azteca, donde no solo se entrevistó con las autoridades sino también con los opositores mexicanos, a los que saludó, entre ellos la militante Rosario Ibarra de Piedra, una pasionaria importante en ese país tan corrupto y violento.
Haber visto de cerca a Mandela me alegra. Porque es ejemplo para Colombia, donde reina el odio y la venganza y los espíritus de Sangrenegra, Veneno, Chispas y Desquite viven en quienes quieren eternizar la guerra porque les conviene económicamente o para alimentar sus sicopatías sanguinarias. Mandela pasó gran parte de su vida en la cárcel acusado de terrorista por los blancos de origen inglés que discriminaban a los negros, pero al final perdonó y quiso la concordia entre todos. Su sonrisa y su energía de paz salvó a Sudáfrica y lo condujo al Premio Nobel de la Paz.
Su espíritu, ahora que se ha ido para siempre, puede acompañar aún el proceso de paz en Colombia, donde los feroces enemigos pueden y deben reconciliarse. A Mandela lo vi y puedo atestiguar de su sonrisa y el aura suya, la de una figura del rango de Mahatma Gandhi, en cuya casa, donde fue asesinado, estuve en Nueva Delhi en 2000. Winnie Mandela, la que me golpeó en el pecho era otra cosa y tal vez por eso se separó de ella y se casó luego con la viuda del presidente Zamora Machel.
La lucha de Mandela y su larga vida seguirán iluminando a los que quieren desterrar el odio en los lugares donde reinó durante décadas y un día terminó como un milagro. Todas las guerras del mundo han cesado alguna vez, y esperemos que eso ocurra en Colombia bajo el patrocinio del gran sudafricano que ahora el mundo despide con reconocimiento.

sábado, 30 de noviembre de 2013

EL SILENCIO DE R.H. MORENO DURÁN

Por Eduardo García Aguilar
Uno de los escritores colombianos que en su momento tuvo, a finales del siglo pasado, una gran presencia en el panorama literario colombiano fue Rafael Humberto Moreno-Durán (1945-2005), quien luego de su prematuro fallecimiento vive en un injusto silencio, dados como son los medios literarios colombianos y las editoriales a sepultar y olvidar para siempre a quienes la parca les ha jugado una mala pasada llevándoselos antes de tiempo y no pueden estar presentes para promover sus obras en vanas presentaciones y aceleradas actividades de prensa y marketing.
Moreno-Durán, quien estudió derecho en la Universidad Nacional de Colombia, era un escritor vanidoso y ambicioso como todos, lo que no es un pecado, y estaba caracterizado por una gran cultura e inteligencia y a la vez por un gran sentido del humor, pero era capaz de cometer injusticias con sus amigos, cuando sentía que sus intereses u orgullo literarios estaban en peligro.
Por eso en vida se peleó con muchos de sus colegas y son inolvidables sus desplantes en ferias literaias o presentaciones de libros donde buscaba ocupar todo el terreno, autodenominándose como el mejor escritor de todos los de su generación. Pero aun así, todos lo queríamos y destacábamos sus cualidades excepcionales, dada su múltiple formación como jurista y lector infatigable.
Los escritores de su generación, que podríamos llamar "De la revista Eco", la gran publicación del librero alemán Karl Buchholz, entre los que figuran Darío Ruiz Gómez, Oscar Collazos, Fanny Buitrago, Ricardo Cano Gaviria, Nicolás Suescún, Luis Fayad, Roberto Burgos Cantor y Fernando Cruz Kronfly, entre otros, eran fieles a la idea del autor total, inspirado en grandes figuras como Marcel Proust, Virginia Woolf, Thomas Mann, Herman Broch, Elias Canetti y otros monstruos europeos de obras portentosas y gigantes. Para ellos ser escritor era y es devorarse el mundo y la historia con mayúsculas, ejercer un sacerdocio milenario, agitar las palabras y las ideas hasta la extenuación.
En los años 60 y 70 estos escritores, entre los que figuraba Moreno-Durán, ejercieron la literatura al extremo, gracias a un espíritu de polígrafos que se lucían y gozaban escribiendo largos ensayos y novelas enormes y supercuidadas donde los protagonistas eran las ideas y el lenguaje. También se consideraban intelectuales en el buen sentido de la palabra intelectual, o sea hombres de ideas y de cultura, ligados a los clásicos y a los autores de todas las épocas de la cultura universal.
Su tragedia consitió en que el mundo y la vida literaria cambiaron de repente y esas obras magnas, cuidadas, responsables, fueron reemplazadas poco a poco por una literatura frívola y de escándalo, apta para amplios públicos, especialmente el colombiano, que goza con obras vulgares y violentas donde la agresividad, la intolerancia y la  escatología nacionales son legión.
De ahí que desde un tiempo para acá se ha vuelto en Colombia a una literatura prevargasviliana, fundamentalmente paisa, que se nutre en la escatología del humorista Cosiaca y los anatemas del sacerdote Miguel Angel Builes, un sectario iluminado que incendiaba desde los púlpitos invitando a la violencia y la eliminación física del enemigo político, o sea el liberal. La literatura de éxito en Colombia es pues, una literatura que insulta, ataca, destruye verbalmente al enemigo, una literatura llena de manías, racista, clasista, donde reina el grito y el desplante y no el pensamiento.
Moreno-Durán se dio cuenta de que su generacion había fracasado en el intento y alcanzó a ver la entronización en Colombia de todos esos best sellers agenciados por las grandes editoriales multinacionales, en especial de la llamada literatura sicaresca, de tetas o de narcos. Y  debió haber sido muy duro para él y sus colegas reconocer esa terrible derrota de su generación, que fue condenada al ostracismo después de la desaparición de la revista Eco y de casi todos los suplementos y revistas literarias.
Bajo de estatura, fornido, siempre listo a pronunciar fenomenales ocurrencias, la partida de Moreno-Durán, con todas sus cualidades y defectos, fue una gran pérdida para la literatura colombiana en general. La trilogía Fémina Suite, Los felinos del canciller, Mambrú y  Metropolitanas, son algunas de sus obras.
Y fue una gran perdida porque en lo que va del siglo XXI nos hemos venido acostumbrando en Colombia a ese lenguaje hostil, que es el manejado por el ominoso caudillo del Ubérrimo, quien es en política la versión agresiva, falta de ideas, binaria, sectaria, de esa literatura de cuchilleros y "rufianes de esquina" que ha terminado por dominar el panorama nacional, salvo contadas excepciones por fortuna, con autores como William Ospina, Tomás Gonzalez y Evelio Rosero.
El vanidoso, el ambicioso e inteligente escritor Moreno-Durán supo a tiempo de la gran tragedia de la literatura colombiana y es probable que esa certeza aceleró su enfermedad y terminó por matarlo. Había apostado toda una vida por una literatura con mayúsculas y la literatura fue conquistada por los minúsculos.
Moreno-Durán era capaz también de tener una gran generosidad y le debo gestiones para que mi novela El Viaje Triunfal fuera publicada en la Editorial Tercer Mundo, dirigida entonces por Santiago Pombo. Antes, un jurado compuesto por Moreno-Durán, Ruiz Gómez y Cruz Kronfly, la eligió como ganadora de la Beca Ernesto Sábato de Proartes para escritores jóvenes, galardón que también obtuvieron entonces Julio Olaciregui y Evelio Rosero. Moreno-Durán era amigo y ayudaba a los escritores jóvenes.
Son inolvidables las veladas vividas con Moreno-Durán en Colombia, México y París. Si un día se hace un libro de homenaje, sus amigos y enemigos podrán contar quien fue esta gran figura de la literatura colombiana, que merece ser rescatada del olvido y puesta a circular de nuevo para que se conozcan los alcances de su obra y la de sus contemporáneos. Moreno-Durán fue un enorme escritor colombiano y su ausencia se nota en la literatura colombiana de hoy.

sábado, 23 de noviembre de 2013

LA PRINCESA PONIATOWSKA CONGELADA EN BOGOTÁ

Por Eduardo García Aguilar
Me encontré con Elena Poniatowska en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México antes de abordar el avión que nos conduciría a Bogotá para asistir el I Encuentro Internacional de Periodismo Cultural de la Feria Internacional del Libro de 1991, hace ya más de los veinte años del tango.
La princesa Poniatowska estaba ataviada con un inconsútil huipil de algodón blanco casi transparente y sandalias, como si se fuera a trasladar a Managua o a La Habana. Conocedor de los horrendos fríos de la temporada en la alta Bogotá de los Andes, a donde la señora Poniatowska nunca había ido, le dije aterrorizado que así no podía viajar a mi país y le expliqué con detalles que Bogotá no era una ciudad Caribe como la Cartagena o la Barranquilla de su amigo Gabriel García Márquez, sino una helada ciudad de los Andes, situada a 2.700 metros del altura, cubierta de bruma,  golpeada siempre por vientos, brisas, aguaceros y lloviznas heladas que se alternan a veces con destellos de un sol paramuno que puede ser calcinante.
Pero la Poniatowska parecía no creerme o no tomar en serio lo que yo le estaba diciendo, convencida de que la capital de un país tropical en plena línea ecuatorial no podía ser más que una ciudad igual de tórrida a las del Caribe cubano o centroamericano. Fue inútil cualquier consejo y como ya había documentado sus maletas y no llevaba al parecer bolsa de mano, se subio así en el avión mientras yo sufría al saber que al llegar a la capital colombiana en la noche, recibiría de inmediato un toque de hielo que la dejaría convertida en una estatua.
Así fue. Los organizadores que llegaron por nosotros nos llevaron hasta la Avenida Jiménez al Hotel Nueva Granada, en esos tiempos terribles del país cuando todavía vivía Pablo Escobar y morían cada día asesinados políticos, candidatos presidenciales, se derribaban aviones, aullaban en las caballerizas del Ejército centenares de izquierdistas torturados, y estallaban a diestra y siniestra coches bomba, por lo que aventurarse a Bogotá era ya un acto heróico, como yo vi al día siguiente en el rostro aterrorizado del aun joven editor, periodista y cuadro de Alfaguara y Prisa, el canario Juan Cruz, para quien también ese viaje sería el primero que haría en Colombia.
En 1991 Bogotá no había dado aun el salto urbanístico y modernizador que dio luego con Peñalosa y Mockus, sino que era un desastre total y mucho más en ese centro donde está situado el Hotel Nueva Granada, cerca de la vieja sede de El Espectador y de la histórica de El Tiempo,  a una cuadra de donde mataron en 1948 a Jorge Eliécer Gaitán, a unos pasos del Museo del Oro y donde siempre han pasado casi todas las cosas.
Poniatowska se subió esa noche a su habitación y yo a la mía sin saber que después de la medianoche las tenebrosas oleadas de hielo comenzarían a invadir la ciudad, situada en la Sabana preferida por los conquistadores y los antiguos indígenas chibchas.
El Hotel Nueva Granada, como otros similares modernos aparecidos en los años 50 y 60 del siglo XX, por ejemplo El Tequendama, fundado en 1954, El Continental y los Dann Colonial y de la Avenida 19, fueron grandes lugares a lo largo de las décadas y en los 60 tuvieron su fulgor, el tintineo de los cubiertos, la elegancia de sus botones, la agitación de sus salones de congresos y de recepción en los tiempos iniciales del Frente Nacional.
En tiempos de Ospina, Rojas Pinilla, los dos Lleras, Guillermo León Valencia, Bogotá todavía vibraba en su centro. Pervivían aun los cafés y tertuliaderos bohemios, restaurantes, clubes, librerías, tascas y la  séptima era todavía un lugar lleno de tiendas y almacenes de nivel. Ahora, tres décadas después el país se hundía en el narcotráfico y la ciudad se desmoronaba por todas partes.
Allí Poniatowska estuvo a punto de congelarse aquella noche. Un revuelo fenomenal tuve que mover en el edificio hacia la madrugada, cuando me informé que la princesa polaco-mexicana pedía ayuda, ya que no había traído prendas adecuadas y las frazadas no eran suficientes en su habitación de un piso alto. Me movilicé con los botones para tratar de salvar a la periodista, reportera, cronista, novelista, la gran diva polaca nacida en París en 1932, que en este otoño de 2013 acaba de obtener el Premio Cervantes.
A falta de calefacción o chimenea no sé cuantas frazadas tuvieron que llevarle a su habitación, pero aún así la autora de Lilus Kikus, La noche de Tlatelolco y Tinísima, de una belleza y elegancia  excepcionales que sedujo durante décadas en Mexico City a todos los varones señalados y hubiera podido ser por su belleza portada permanente de Vogue y Elle, al lado de Rita Hayworth y Lauren Bacall, seguía tiritando en las alturas andinas. Al día siguiente me dijo que le habían robado su cartera y no tenía dinero y estaba desolada  buscando a los organizadores del Encuentro.
Poniatowska no sabía que se estaba congelando en un punto histórico de la capital: a unos pasos de El Espectador, donde el joven Gabriel García Márquez realizó los primeros pasos de reportero hacia la gloria, a unos metros de la galería del fotógrafo Leo Matiz donde hizo la primera exposición el joven Fernando Botero, a metros de donde existió el café Automático, reino de los poetas León de Greiff, Luis Vidales y Eduardo Carranza y al lado de la oficina en que Alvaro Mutis trabajaba y donde preparó el sonado homenaje gastronómico a Brillat-Savarin.
Más de veinte años después, de manera sorpresiva, esta gran mujer, sencilla, activa, infatigable, militante izquierdista, que siempre ha estado tecleando en los últimos 60 años día a día como la reportera que da voz a los sin voz, y que siempre se sintió como una modesta periodista en su país adoptivo, ha sido galardonada con el Premio Cervantes como una de las únicas cuatro mujeres que se lo arrebataron a los hegemónicos varones hispanos y latinoamericanos.

sábado, 9 de noviembre de 2013

UNA DÉCADA SIN ROBERTO BOLAÑO

Por Eduardo García Aguilar
Ya hace una década murió Roberto Bolaño (1953-2003), el escritor más importante de nuestra generación, y quien se ha convertido en una verdadera leyenda y autor de culto mundial, considerado el narrador de más trascendencia en el orbe latinoamericano después de los grandes fenómenos de la segunda mitad del siglo XX.
Bolaño surgió desde el más absoluto margen y solo contra todos y desde ese lugar oscuro fue construyendo la catedral de su obra e imponiéndose, hasta obtener el Rómulo Gallegos por Los detectives salvajes y bajar después poco a poco de manera prematura al sepulcro ejerciendo hasta el final la escritura, oficio que para él debía practicarse como si uno estuviera condenado al día siguiente a pasar a la silla eléctrica.
El autor chileno, gran amigo y discípulo principal de esa otra gran figura rebelde que es el Premio Cervantes chileno Nicanor Parra, activo todavía a los 99 años de edad, viajó muy pronto de su tierra natal a otros países siguiendo a sus padres, primero a El Salvador y luego a México, donde pasó parte crucial de su adolescencia y la primera juventud poéticas, antes de emigrar a España y radicarse en Cataluña, sitio de su fallecimiento a los 50 años de edad, antes de que pudiera realizársele un transplante de hígado.
Reconocer e identificarse en el talento de un compañero tan notable de generación, es algo que ocurre pocas veces y con frecuencia no ocurre. Cuando viajo por su páginas entiendo con toda claridad lo que nos une en el tiempo como escritores y mucho más cuando el azar de la vida me ofreció la posibilidad de vivir los escenarios de Los detectives salvajes de manera paralela e intensa y en especial la Ciudad de México joven y literaria de ese momento, que es el tema central de ese libro y de mi novela mexicana contemporánea Tequila coxis.
Llegué a México a fines de 1980, o sea que los hechos mexicanos de los protagonistas "real visceralistas" o "infrarrealistas" acaban de pasar y estaban aún calientes como cenizas recién abandonadas. Bolaño se había ido a Barcelona y Mario Santiago ya había regresado de su viaje a Europa, descrito por Bolaño en su novela. Pero quedaban Piel Divina y otros miembros de ese movimiento.
Y no solo viví a fondo y escribí sobre los mismos escenarios y las mismas preocupaciones de la fascinante y multifacética metrópoli mexicana que amamos, sino que fui muy amigo y cómplice del mejor amigo y cómplice de Bolaño, el poeta infrarrealista Mario Santiago (1953-1998), quien fue inmortalizado en esa novela con el nombre de Ulises Lima.
A Mario Santiago (o Ulises Lima) lo conocí recién llegado a México y en una buhardilla donde vivía cerca de la colonia Roma Sur, me hizo probar el mezcal en una botella mágica, en el fondo de la cual se podía ver un enorme peyote cristalino. En ese entonces Mario era el más maldito de los malditos escritores mexicanos, despreciado y ninguneado por casi todos el establecimiento literario, salvo algunas escasas excepciones, como sus compañeros de generación Carmen Boullosa y Juan Villoro, que fueron sus amigos.
Santiago, Bolaño y los poetas infrarrealistas tenían una obsesión con Octavio Paz, a quien veían como un padre destruible y odioso. Por esa razón nadie los aceptaba, porque no perdían ocasión de tratar de sabotear sus recitales o conferencias en medio de escándalos memorables.
Santiago ya había regresado de su agitado periplo europeo por París, Barcelona e Israel, a donde fue tras una amada imposible, Claudia, que yo también conocí,  y que era de una belleza y sensualidad inigualables. Emprendía una larga carrera solitaria de casi dos décadas hacia la muerte accidental en su propio país, al que no consideraba el suyo, pues se creía más peruano que azteca. Yo acaba de llegar de Europa y Estados Unidos a México y esa condición de apátridas errantes nos hizo amigos en esa época feliz de México, cuando todos comenzábamos a publicar nuestros primeros libros. Incluso poco más de un año antes de su fallecimiento, participé en la presentación de su libro Aullido de cisne en 1996, a pedido de Mario, y el texto leído allí fue publicado por Juan Villoro en La Jornada semanal.
Y mientras Mario Santiago iba poco a poco hacia la tumba viajando en los efluvios inquietantes del alcohol de Malcolm Lowry, la vida y la poesía, su gran amigo chileno escribía cerca de Barcelona la novela de sus aventuras mutuas, una obra que lo consagraría de repente y haría a su vez conocido a Santiago, que por fin, con carácter póstumo, empieza a ser publicado y admirado por groupies que le rinden culto junto a su tumba, en la ciudad de México.
Los detectives salvajes es una obra maestra. Hay que haber vivido a fondo en México como lo viví durante tres lustros para reconocer la maestría con la que Bolaño describe esos ambientes y logra captar el lenguaje de los mexicanos de su generación, sus preocupaciones, vida sexual desaforada, irreverencia literaria a través de personajes como las hermanas Font, Piel Divina, a quien tambien conocí, y todo un grupo de jóvenes de menos de 30 años, que es la mejor edad para ser escritor.
También es notable la maestría que despliega el autor chileno para mostrar desde diversas voces mundos que se encabalgan unos tras otros. Primero México y luego Cataluña, París y sus buhardillas, Israel y sus desiertos calcinantes, Viena y sus calles intrincadas. Decenas de personajes hablan, hacen el amor, sufren, se enloquecen, se emborrachan, discuten, pelean, mueren como en un surtidor inagotable, caleidoscopico mágico e inagotable que parece una voz que sale de la nada, casi biblica, como "un guantelete en el aire".
Y ahora que ya no están ni Santiago ni Bolaño, quienes se fueron muy temprano, quedamos los de su generación aquí en esta tierra y cada década que pasa nos sirve para entender lo que fuimos o no fuimos y lo que somos y nunca seremos. Todavía guardo la imagen de Bolaño, cuando lo vi en la sórdida calle Regina, su mirada fija, su silencio, su palidez y pienso que somos afortunados de que uno de los nuestros haya logrado la consagración a contracorriente y desde el margen, escribiendo como si fuera a pasar mañana a la silla eléctrica.

* Del 21 al 24 de noviembre de 2013, en París, la embajada de Chile, el Instituto Cervantes y la Maison de l'Amérique Latine realizan a fines de noviembre varias actividades en homenaje a Bolaño, a diez años de su muerte. Organizado por el agregado cultural de Chile en París, el escritor Felipe Tupper, participan en las actividades el embajador chileno Jorge Edwards, el editor Jorge Herralde, Florence Olivier, Roberto Amutio, Ignacio Echeverría y Florence Olivier, entre otros.

                Abajo imagen de Mario Santiago (Ulises Lima)
                              

viernes, 1 de noviembre de 2013

SOBRE LA MUERTE DE KENNEDY

Por Eduardo García Aguilar
Uno de los recuerdos más nítidos de la infancia es la muerte de John F. Kennedy, asesinado hace medio siglo el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas, por Lee Harvey Oswald, quien a su vez fue acribillado frente a policías y periodistas por el mafioso Jack Ruby. Me acuerdo que estaba en el patio  interior en la vieja casa del centro de mi ciudad en la carrera 19 y la información se sentía por todas partes, en el colegio, en la radio, en los comentarios de los adultos y en la precepción de que algo excepcional estaba ocurriendo, de lo cual pendían muchas cosas en el mundo.
Tal vez como un anticipo de una vocación escritural que nunca me abandonaría, dejé los juegos y anoté con una tiza blanca en una ventana de madera el nombre del presidente muerto y el año, 1963, que sucedía a otro donde en la ciudad habíamos vivido un fuerte terremoto que tumbó una de las torres de la Catedral y nos estremeció a todos, moviéndonos literalmente el piso. Ver por primera vez algunas de las ruinas de la ciudad natal, la torre caída, pedazos de muros en las calles, la noticia de algunos muertos, me había dejado entre traumatizado y deslumbrado al descubrir  la fuerza implacable de la naturaleza.
En esa edad, los 9 años, es cuando todo lo aspiramos con una facilidad extraordinaria y los conocimientos y las noticias y los problemas familiares, personales o nacionales se nos revelan con una claridad que aumenta con la malicia terrible de la infancia desbordada que se  caracteriza por el voyerismo permanente.
Veo claro ese luminoso día de noviembre de 1963, las circunstancias del escrito con tiza y la magnitud de la noticia como un primer contacto real con la historia y la realidad mundiales. Tardaría muchos años para vivir con igual intensidad, pero ya en las alturas de la madurez, otro acontecimiento que marcó a todas las generaciones, o sea a los niños del momento y a los adultos, que de repente nos volvimos niños en ese instante, al ver caer las Torres Gemelas de Nueva York en directo y a todo color.
Escuché entredormido en la tarde europea a dos chicas adolescentes que en el cuarto contiguo comentaban el suceso y decían como en un juego que venía la guerra mundial. No entendía yo porqué las niñas decían eso, cuando sonó el teléfono y respondí entredormido por la siesta a mi amigo, el escritor bogotano Luis H. Aristizabal, quien me preguntaba si no me había enterado de lo que estaba pasando y posponía una cita que teníamos para la noche.
Hice el cambio con el mando del televisor y ahí estaba la tragedia en directo, segundos antes de que se cayera la segunda torre y el mundo se estremeciera como nunca, dando un giro brutal a la época, lo que significó el fin del siglo XX y el comienzo de un siglo XXI ominoso que nos trae cada año sorpresas y nos traerá sin duda tragedias y catástrofes bélicas impensables a lo largo de la centuria. Porque en juego están las riquezas energéticas y las definiciones de las potencias que cogobernarán el planeta por otro gran lapso de la historia futura.
Lo ocurrido en Nueva York fue un hecho histórico decisivo, como lo fue en cierta forma la muerte de Kennedy, después de un agitado periodo presidencial que estuvo a punto de desencadenar una tercera guerra mundial a causa de los misiles rusos en Cuba y el rompimiento de los  pactos tácitos de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
En ese contexto se dio ese excepcional magnicido del presidente demócrata, joven y glamoroso, amante de Marilyn Monroe y amigo del  cantante Franck Sinatra y otros mafiosos, un personaje de galán cinematográfico a lo Gran  Gatsby, de la alta aristocracia norteamericana, que en el fondo era un pequeño demonio. A su figura se adosaba la de Jackie Kennedy, la primera dama  moderna muy al estilo de los años sesenta, que hasta el final de su vida y  después de casarse con el multimillonario griego Onassis sería una estrella de la era pop.
Kennedy nos seguiría marcando, pues fue el quien lanzó la carrera hacia la conquista de la Luna, que nos traería en julio de 1969 otro de los  momentos estelares de la vida, cuando todos los adolescentes de la época nos maravillamos y  vimos en directo por televisión en blanco y negro la llegada del hombre a la Luna, algo inigualable como proeza humana hasta ahora nunca repetida y que mostraba la prosperidad del Imperio estadounidense antes de la derrota en la guerra de Vietnam, a manos del gran general Giap, que murió hace poco muy lozano a los 102 años de edad.
Ahora, con motivo del cincuentenario del suceso, vuelven a reproducirse las imágenes icónicas como la grabación de un espectador que se volvió  un clásico del video, donde se ve a Jackie saltar atrás con su traje colorido y su sombrero chic para tratar de recuperar un pedazo del  cráneo de su marido. Reaparecen libros clásicos, comentarios del  informe Warren, nuevos testimonios y versiones desde los diferentes  ángulos, para llegar a la conclusión de que como en todo gran magnicido político, nunca se sabrá la verdad.
Qué lejos estamos ya de aquel tiempo y qué negras son las perspectivas  en un mundo sin liderazgos claros y la palpable sensación de que los imperios conocidos pierden fuerza ante nuevos emergentes que se pelearán por el predominio del planeta. La Rusia vencida después del  fin de la URSS vuelve a contar al mando del nuevo zar Putin, China es una potencia impresionante y ordenada al mando de una gran nomenclatura de tecnócratas, Europa y Japón declinan, India, Brasil, Sudáfrica y otros emergentes sorprenden y disperso por el mundo, crece el movimiento islamista fanático que expresa el malestar de todo un pueblo alienado y humillado y presagia un vivero de guerras futuras. Y Estados Unidos tiene ahora en vez de Kennedy a Obama, quien trata de mantener el equilibrio en la cuerda floja de la historia.