sábado, 12 de abril de 2014

EL AIRE MÁGICO DE LOS ALPES BÁVAROS

Por Eduardo García Aguilar
Con frecuencia uno olvida la fortuna de haber nacido en las altas montañas de la cordillera colombiana, cerca de los volcanes. Durante la infancia y la adolescencia, al madrugar para ir a la escuela o al colegio, muchos días nos recibían con la imagen nítida de las montañas nevadas iluminadas por el sol y, desde las alturas, la ciudad recibía siempre aire fresco, vientos y lloviznas provenientes de aquellas cumbres.
Las enormes montañas de las cordilleras andinas son impresionantes y a veces dan miedo por su imperiosa magnitud. Pero en todo ese entorno natural, lo más notable es el dominio del agua y su sonido cuando se desprende por torrentes, riachuelos, cascadas, ríos cristalinos que bajan raudos sobre lecho de piedras teniendo como escenario de fondo las montañas nevadas.
Lejos de esas cumbres impresionantes, en otros lugares del planeta, uno se acostumbra a las planicies y a muchas capitales que no tienen enormes cumbres cercanas, aunque sí ríos que son claves para su identidad y vienen desde lejos, por ejemplo de los Pirineos o los Alpes, y en Estados Unidos de otras montañas centrales desde las cuales se desprende y caracolea el río nacional Mississipi.
Cuando no había tanto peligro para andar por bosques o riachuelos entre cardúmenes de niños aventureros,
el sonido permanente del agua que fluye sobre rocas y piedras queda para los nativos de las cumbres como marca interna de venas acuáticas que guían siempre en secreto en las aburridas planicies donde se sitúan muchas ciudades y capitales sin montes ni cordilleras.
Por eso, para volver a esa infancia perdida de las cumbres andinas donde crecimos, nada mejor que acudir a las alturas de los Alpes bávaros, que se yerguen pétreos hacia las más grandes alturas en la confluencia de varias fronteras: Austria, Bavaria, Italia, Suiza, Francia.
Aquella zona geológica es como en los Andes una prueba de grandes conmociones tectónicas catastróficas ocurridas a lo largo de miles de millones de años. Crestas, picos, hondonadas, precipicios, barrancos, lagos y lagunas atestiguan los viejos tiempos de las glaciaciones y los deshielos que dieron personalidad a esta zona llena de lagos secretos de todos los tamaños adosados a las altas cumbres.
Como en toda región montañosa, la vitalidad meteorológica es mucho más enérgica y caótica e imprime velocidades impresionantes a las nubosidades. A diferencia de los lugares planos que a veces permanecen  cubiertos por una lápida monótona de nubes bajas, en las tierras con cumbres borrascosas como estas, las nubes van y vienen propulsadas a merced de los vientos y cuando reina la sombra de repente se abre el cielo y el sol crepuscular golpea con fuerza las rocas de donde mana un olor rojizo de extraños visos óxidos.
He venido a rememorar los ámbitos andinos en Garmish-Paternkirchen, en  la frontera ocidental con Austria, y a solo 30 km de Italia, que hace 2000 años fue asentamiento romano y después centro de encuentro de los viajeros que iban y venían de Venecia y otras ciudades con sus  mercaderías. Una ruta de viajeros del norte europeo hacia el sur mediterráneo y  viceversa desde hace milenios.
A un lado está la montaña más alta de Alemania, la Zugspitze, y al otro el Alpspitze, enormes picos de piedra que impresionan y por donde caminó el hombre de Smilaun, muerto hace 5000  años en estas alturas y cuya momia fue encontrada hace más de una década con sus atavíos, flechas y pertrechos y está expuesto a la vista no lejos de aquí, en Austria.
He bordeado como ese hombre prehistórico el estrecho cañón del  Partnachklamm, tallado en millones de años por el torrente, donde resuena el agua de la quebrada y de las cascadas que en primavera son agua transparente y en invierno figuras petrificadas de hielo de todos los tamaños y formas. Es tan estrecho el camino, que la luz apenas se cuela cien metros arriba entre los muros de piedra, iluminando ámbitos donde resuenan los ecos de las voces de Hansel y Graetel.
Porque para entender a la generación del romanticismo alemán de Goethe, Von Kleist, Hölderlin, Novalis y otros, hay que venir a palpar y caminar entre estas verdades geológicas que ellos caminaron como  apasionados montañistas y ecologistas antes de que apareciera la ecología y que, además de poetas, se desempeñaban como geólogos, botánicos, entomólogos, paleontólogos, meteorólogos y buscadores de la famosa flor azul, el Edelweiss.
Lo increíble de esta confluencia alpina es que recobro en ella el musgo, el líquen y los helechos de la infancia y en la noche las miles de luciérnagas desbocadas bajo los pinos y los cipreses. Es la misma selva templada de la infancia, los mismos ángulos y humedades los que aparecen al otro lado de la tierra, hermanando así a los Andes y a  los Alpes en su roca, aguas y aires.
Y más allá, ya fuera del cañón de Partnachklamm, la cumbre del  Sugspitze entera se refleja en las aguas de la laguna fría de Eibsee y desde lejos el sol crepuscular lanza destellos contra esa piedra colosal,  convirtiéndola en cumbre roja de tizón de fuego. Excepcional coincidencia que trae suerte a los caminantes o al menos eso creen los enanos, las brujas, las hadas y los elfos que pueblan estas estancias de sueño.

martes, 8 de abril de 2014

MAGNITUD DEL GRAN GABO

Por Eduardo García Aguilar
Apenas se supo el jueves la noticia de que el Premio Nobel Gabriel García Márquez estaba hospitalizado en la capital mexicana, todas las agencias internacionales, AP, AFP, Reuters y EFE, entre otras, dieron alertas y difundieron con amplitud la noticia a todos los puntos cardinales y en las principales lenguas.
De repente, el estado de salud de García Márquez, aunque no era grave, revelaba a todos la magnitud y el rango literario adquirido por este escritor surgido desde las raíces más populares de la costa caribe colombiana, reino de la cumbia, el vallenato, el baile, los carnavales y el sol.
La prensa en masa rodeó el hospital en espera de noticias como si se tratara de un verdadero rock star y no era para menos, pues el escritor se convirtió en su tiempo en el símbolo máximo del continente latinoamericano, cuando Europa y el mundo vibraban todavía con las esperanzas revolucionarias generadas por Cuba y la figura crística del mártir Che Guevara y por otro lado, se incrementaba la militancia del Peace and Love, que celebraba la derrota estadunidense en Vietnam y buscaba la liberación de las colonias dominadas de manera sangrienta por el imperio estadunidense en el entonces llamado Tercer Mundo latinoamericano, africano y asiático. Con García Márquez los pueblos de la periferia, donde vive la “infame turba”, encontraron su voz casi bíblica.
Con su rostro inconfundible de turco o magrebí, bigote a lo Groucho Marx, actitud descomplicada, camisas de colores chillones y su gusto por la música vallenata, los boleros y la militancia de izquierda, García Márquez representaba la imagen de un escritor nuevo, popular, lejos de la figura del autor latinoamericano de tipo europeo, elitista, diplomático, solemne y pomposo, reinante hasta entonces en el continente. Para los europeos, la cultura latinoamericana quedaba encarnada en esas dos figuras rebeldes: el Che Guevara y García Márquez y los jóvenes izquierdistas y hippies del mundo se nutrían de ambos.
Cuando en la década de los 70 hice autostop con una chica para ir a Barcelona, no había automovilista generoso que al saberme colombiano no me hablase fascinado de Cien años de soledad y el mundo maravilloso contado por este autor en plena fama mundial, una década antes de recibir el Nobel en 1982. García Márquez era el líder del boom latinoamericano, fenómeno que no volverá a repetirse porque los europeos ya no deliran tanto con América Latina sino con las letras nórdicas, orientales, africanas o estadunidenses. Ya hemos pasado de moda.
García Márquez es el hijo mayor de un telegrafista y boticario aventurero e inteligente que iba de pueblo en pueblo en busca de oportunidades, y cuyo noviazgo con su madre Luisa Santiaga no fue del agrado de su abuelo el coronel Nicolás Márquez ni de su esposa. Debido a la pobreza y a que se llenaron de hijos como era usual en esos agitados tiempos, el futuro autor creció con el abuelo en la casona de Aracataca y fue formado en la primera infancia en las ideas políticas con sentido social.
Luego de la muerte del viejo patriarca se disolvió el mundo próspero de Aracataca, poblado por miles de jornaleros de la Compañía bananera y funcionarios estadunidenses de la multinacional, así como por emigrantes turcos o venezolanos, y otra vida comenzó para el niño, desterrado del reino inicial y obligado a volver a la casa de sus padres, que seguían errando por la zona.
Esa primera parte de su vida, los recuerdos de la casa, los relatos de las aventuras del abuelo y el padre y las noticias de la saga familiar iniciática en la amplia zona costera son los elementos básicos de esa obra extraordinaria basada punto por punto en hechos reales sobre los que la pluma del Nobel hizo, según él mismo dijo, una “transposición poética” de la realidad.
Dasso Saldívar en la magnífica biografía Viaje a la semilla comprobó con detalles la base real de cada una de las escenas de sus libros como La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada e incluso su obra sobre Bolívar, El general en su laberinto, homenaje cifrado a la arteria central de Colombia, el río Magdalena, por donde viajó muchas veces el Gabo adolescente.
Un lustro después tuvo la suerte de ser becado adolescente para ir a estudiar el bachillerato en la helada Zipaquirá, donde los poetas de la generación de Piedra y Cielo le enseñaron literatura. Allí leyó todo y se volvió el sólido escritor que sería luego de leer La montana mágica y José y sus hermanos, de Thomas Mann.
Más tarde se volvió periodista, la profesión central de su vida de la cual nunca reniega, y luego de vivir en París, Venezuela, Colombia, Cuba y Nueva York, donde trabajó para Prensa Latina, llegó atraído por Álvaro Mutis a México, que se convirtió en su país adoptivo y lugar donde escribió su obra maestra y la mayor parte de sus libros.
Una simple gripe suya nos ha puesto en alerta en el mundo a todos los que hemos crecido con él en estas largas décadas de su reino absoluto literario. De repente en las redacciones de las agencias y los periódicos resurgió la magnitud de este autor que todos los grandes escritores del mundo, estadunidenses, turcos, nórdicos, rusos, europeos, asiáticos y africanos reconocen como un gran maestro. Su escritura única, el sonido de sus palabras, la profundidad de sus imágenes, mundos y personajes vuelven a girar en nuestra memoria, con la fuerza de su inmenso e inagotable talento.
---
Publicado en Expresiones, de Excélsior, México D.F. Domingo 6 de abril de 2014 
.

sábado, 29 de marzo de 2014

ARGENTINA EN EL SALÓN DEL LIBRO DE PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
Del 21 al 24 de marzo se realizó el Salon del Libro de París, que en esta ocasión estuvo dedicado a Argentina y fue inaugurado por el presidente de Francia François Hollande y la presidenta argentina Cristina Kirchner. Francia es uno de los países donde la lectura predomina y el libro sigue muy vivo en manos de todos los habitantes, por lo que no solo hay best sellers tontos sino un espacio grande para la gran literatura, el ensayo, la poesía, la crítica, la filosofía y el pensamiento, como lo atestigua el vigor efervescente de esta feria librera anual que se realiza en la Puerta de Versalles.
El enorme pabellón central de Argentina exponía unas fotos de Julio Cortázar tomadas en su tiempo en el apartamento del argentino por Sara Facio, unas de las cuales son de la divertida velada íntima en que el autor de Rayuela y Gabriel García Marquez decidieron usar las máscaras de terror con las que jugaba el hijo de la editora Ugné Karvelis, quien compartía entonces la vida con el cronopio.
Se exponía también un cuaderno de Cortázar con las anotaciones preparatorias para su novela principal, que marcó toda una época y leíamos y anotábamos antes de irnos a París tras los pasos de esos personajes marginales y poéticos que vivían en buhardillas y deambulaban por las calles de la ciudad bajo el mando de la inolvidable y ficticia Maga.
Omnipresente en esas bellas y gigantes fotos en blanco y negro, Cortázar, cuyo centenario se cumple este 2014, fue el padre putativo de esta fiesta del libro, que subrayó la importancia de la literatura argentina, cuya riqueza y solidez múltiples surge de la actividad de millones de inmigrates e hijos de inmigrantes pobres de todos los rincones del mundo, quienes hicieron de Buenos Aires la París del Sur.
Como un acontecimiento central, la editorial Grasset, la misma de García Márquez y Alvaro Mutis, publicó por primera vez en francés la novela olvidada y relegada de Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres, que en su tiempo fue reprobada porque el autor era peronista y la intelectualidad borgiana de entonces odiaba al peronismo como lo odia hoy.
En el pabellón argentino también estuvo presente Mafalda, que recibía al público sentada en una pequena silla infantil y cuyo creador Quino fue una de las figuras centrales de la fiesta librera. Y además estaban los fascímiles de las portadas originales de los grandes libros argentinos del siglo XX en sus ediciones inolvidables de Sur, Losada, Suramericana y otras editoriales que entonces renovaron las letras del  continente.
Entre los invitados figuraron las escritoras Luisa Futoransky, para muchos merecedora ya del Premio Nobel y Luisa Valenzuela, así como Mempo Giardinelli y Noé Jitrik, entre una cincuentena de creadores argentinos presentes. Desde ese pabellón vibraba la fuerza de la literatura de ese gran pais sincrético. Entre las mesas y las estanterias blancas se palpaba la presencia de Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Roberto Artl, Alejandra Pizarnik, Enrique Molina y tantos otros autores que nos nutrieron y nos nutren.
Porque la literatura argentina es tan fuerte que ha resistido a la uniformización monotemática impuesta a las literaturas de otros países latinoamericanos. Los colombianos hemos sido reducidos a escribir solo novelas de sicarios y narcotraficantes y lo único aceptado es una narrativa bendecida por San Pablo Escobar. Toda literatura ajena a los temas del narco y el secuestro está probibida en Colombia y los grandes autores universales de ese país condenados al ostracismo. Argentina, por el contrario, resiste con decenas de autores que guardan la antorcha de esa gran fuerza literaria que salva al continente de la banalidad ambiente.
Para luchar contra eso, por primera vez Colombia estuvo presente con un stand de la Cámara Colombiana del Libro y el ministerio de Cultura, que expusieron la Biblioteca Básica colombiana, unos 350 libros del siglo XX, en un proyecto fundamental orientado por Conrado  Zuluaga, Guido Tamayo y Ana Roda.
Colombia también enmendó el craso error de hace unos años, cuando vino a Francia en el marco del programa Les belles étrangères, coordinado por el Centre National des Lettres (CNL), una delegación de 15 varones malencarados, sin la presencia de una sola mujer, pues se argumentaba que en Colombia no había mujeres escritoras dignas de ser invitadas a París.
Esta vez estuvieron presentes las jóvenes escritoras Lucía Estrada, Melba Escobar, Gloria Cecilia Díaz y la feminista franco-colombiana Florence Thomas, quienes en varias mesas redondas abrieron la ventana a  la literatura colombiana escrita por mujeres, que encabezan hoy la gran Maruja Vieira, merecedora ya del Premio Reina Sofía de Poesía y la narradora mayor Fanny Buitrago, merecedora del Premio Cervantes.
En la jornada final tuve la fortuna de participar a nombre de Colombia en una mesa redonda con autores mexicanos, argentinos, centroamericanos y con la presencia del ex embajador, poeta y ensayista Geraldo Holanda Cavalcanti, presidente de la Academia de Letras de Brasil, para hablar del viejo boom y de un probable nuevo auge de la literatura latinoamericana en Europa. Planteé allí que no hay tal nuevo boom, porque las literaturas latinoamericanas fueron reducidas a la novela comercial monotemática creada por el marketing y se encajonó en cubículos de temas nacionales para autistas, como el narcotráfico y el sicariato.
Ahora los europeos miran hacia las literatura norteamericana, africana, asiática y América Latina no genera ya el sueño romántico que propició en los años 60, cuando apareció la Revolución y el mito crístico del Che Guevara sobre los que se aupó el boom que condujo a la coronación irrepetible de García Márquez. En ese debate estábamos, cuando apareció un grupo de batucada  brasileña y los argentinos cedieron en ceremonia oficial la antorcha a Brasil, que será el país invitado del Salón en 2015.

domingo, 16 de marzo de 2014

CUATRO NOVELISTAS FRANCESAS TERRIBLES

Por Eduardo García Aguilar
En su novela "Rendez vous" (2009), Christine Angot, una de las novelistas más exitosas y elogiadas por la critica parisina, lleva a extremos la gran neurosis que la caracteriza y la hizo famosa con su primer libro, "Incesto", donde relata con detalle su larga relación amorosa de diez años, desde los 14 a los 24, con su progenitor, un, para ella, burgués cínico que la traumatizó para siempre y la llevó a una vida marcada por el psicoanálisis y las relaciones sexuales y amorosas complicadas con hombres casados.
Cada libro de Angot es un verdadero escándalo, pues cuenta con lujo de detalles y con nombre propio las aventuras amorosas vividas durante su temporada de silencio literario. Mujer delgada, ágil, de cabello corto, que viste de manera moderna con jeans carísimos que se amoldan a su cuerpo, y zapatos deportivos futuristas de altas marcas, Angot goza con toda lucidez de su fama y el aura de perverso erotismo que la cubre con un halo de atracción. Con gusto establece relaciones sexuales con lectores y lectoras que la admiran y cuyos detalles luego cuenta en la novela de turno.
Su literatura hace parte de una corriente mundial establecida por el negocio editorial multinacional y que consiste en escribir novelas autobiográficas de escándalo con mucho contenido sexual, donde se despotrica y se hace la perorata soez e incesante contra el mundo y la sociedad para solaz de los espectadores del circo: lesbianas aquí, homosexuales allí, pedófilos acullá, sadomasoquistas en la esquina, asesinos, sicarios, curas, esposas, nobles, proletarios, políticos, narcos, son los protagonistas de estas obras de éxito comercial que tienen un público preciso y rentable.
Después de contar los detalles de su largo incesto, las novelas de Angot relatan su historias con parejas de diverso tipo: banqueros, aristócratas, actores, músicos, escritores, algunos fracasados, otros exitosos, extendiéndose al relato y burla de la vida miserable de las respectivas esposas de los mismos, algunas de las cuales, indignadas, la han demandado por revelar secretos íntimos. Los juicios en el Palacio de Justicia de París, transmitidos por televisión, aumentan las ventas para alegría de Flammarion, Gallimard, Stock y otras editoriales.
Como Virginie Despentes y Marcela Iacub, entre otras novelistas francesas de su generación, nacidas alrededor de los 60 en la clase media, y por lo regular en conflicto con sus madres o abandonadas desde temprano por su padres, sufridas en la adolescencia, estas autoras se han hecho famosas y ricas con sus libros autobiográficos.
Virginie Despentes es autora de un famoso libro, "Cógeme", elogiado por la crítica y llevado al cine en una película que estuvo a punto de ser prohibida. De joven fue violada y se prostituyó durante varios años antes de emprender una carrera literaria donde cuenta el profundo desprecio que siente por los hombres. En su famosa novela "Cógeme", la autora de estilo "trash", siempre vestida de jeans deslavados, tenis y sensuales camisetas, las dos chicas protagonistas matan de manera atroz a todos los hombres con quienes se acuestan.
Despentes residió un tiempo en el barrio popular de Belleville, y después de años de errancia y pobreza se ha convertido ahora en un ícono exitoso al lado del terrible Michel Houellebecq, galardonado hace unos años con el premio Goncourt y considerado por la crítica el más grande escritor vivo de Francia. Autora de "Teoría King Kong" y otros libros celebrados, Despentes terminó por adherir definitivamente al lesbianismo, que relata en cada una de sus esperadas obras, siempre llenas de detalles de su vida personal y hoy es una militante aguerrida.
Marcela Iacub, articulista de origen argentino muy leída del diario Libération, persiguió y sedujo al exministro Dominique Strauss-Khan después de su caída en desgracia por un affaire con una mucama en Nueva York, hasta hacerlo su amante, con el objetivo específico de escribir una novela de éxito contando el asunto, lo que escandalizó en su momento y llevó al decepcionado amante a demandarla por violación de la privacidad. En esa novela describe al exdirector del Fondo Monetario Internacional como un burgués viejo y gordo al que compara con un cerdo desaforado de sexo, pero elogia su vigor erótico y reconoce que se enamoró de él.
Este género autobiográfico fue inaugurado por la sulfurosa crítica de arte Catherine Millet con su libro "La vida sexual de Catherine M.", donde relata sus aventuras vividas, según ella, con miles de amantes en los años 60 y 70, en una actividad desbordada sobre autos, en sótanos, ascensores, oficinas, callejones, apartamentos, bosques, y mil lugares más. Millet sería así la madre putativa de las tres heroínas actuales de la novela sexual autobiográfica que domina el panorama literario francés actual.
Confieso que me encanta leerlas a todas y disfruté el libro de la mayor de todas, Catherine Millet, por su lucidez y gran prosa. Despentes, Angot y Iacub, cada una a su manera, son frutos de esta era en la que vivimos todos desnudándonos en la red y donde el viejo amor cortés o el amor convencional del siglo XIX se han hecho añicos al menos en Occidente. Vivimos ya dentro de una narrativa interactiva y ombliguista mundial donde ninguna retórica o adorno es admisible.
--------------
* Publicado en La Patria, Manizales, 16 de marzo de 2014.


sábado, 8 de marzo de 2014

LA ISLA DE LEOPOLDO MARÍA PANERO

Por Eduardo García Aguilar

Hace unos años me encontraba en la isla Las Palmas de Gran Canaria, donde estuvo Cristóbal Colón antes de partir hacia América y por las noches recorría callejones antiguos poblados por fantasmas de viajeros que ahí se apertrechaban y realizaban sus últimos rezos previos a la aventura en ultramar.
En el casco viejo se siente la historia y al cruzar las plazoletas iluminadas por la luna se capta la paz de los aljibes nocturnos. Sobre la piedra de las calles deambulan espectros de agitados viajeros, monjes, escribanos, espadachines, conquistadores de metal. Y uno se sienta entonces en un banco de piedra para mirar de frente la modesta iglesia donde Colón y sus hombres solían asistir a los oficios religiosos antes de que las tres carabelas partieran raudas en 1492 y después en otros viajes en busca del Atlántico desconocido.
La iglesia de piedra estaba ahí antes del descubrimiento de América y los hombres que la visitaban entonces vivían en un mundo donde tales islas eran lo más lejano conocido hacia Occidente, como si estuvieran situadas al borde de un precipicio o cascada apocalíptica, lo que no deja de ser cierto, pues emergieron del fondo de las aguas gracias a la actividad de las placas tectónicas y son la punta visible de altísimas montañas sumergidas en el agua salada del océano.
De noche me internaba en viejas tabernas situadas en pétreas edificaciones de mil años y allí escuchaba la música andaluza de fusión o a veces la caribeña, porque los canarios poblaron Venezuela, Dominica y Cuba, creando vasos comunicantes que aun persisten. Los emigrantes aventureros convertidos décadas después en "indianos", como se les llamaba entonces, regresaban ricos a la Gran Canaria a pasar sus últimos años en la tierra de origen disfrutando de su plata.
También solia buscar los restaurantes de comida de mar, donde de noche disfrutaba deliciosos platos de pescado fresco en un ambiente de taberna y después de los vinos volvía a fatigar las callejuelas empredadas que desearía practicar otra vez. Pero eran solo paseos de la noche Canaria bajo la luna y las estrellas. Desde el Hotel, al lado del viejo Ateneo decimonónico, percibía la iluminación de esa plaza artística más moderna y en el bar restaurante del primer piso lleno de gente seguía con el vino y el bullicio. Vida de isleño en la confluencia de los mares.
El día lo dedicaba a la exploración de libros y otras calles modernas, lejos de la piedra antigua. Las Palmas de la Gran Canaria es la tierra de Benito Perez Galdós (1842-1920) y la Feria del libro que visitaba estaba dedicada a este personaje enorme, que es como una montaña de la literatura española e hispana en general, un realista hermano de Tolstoi, Dickens y Zola, escritor río que hacía política y escribía en los periódicos como era entonces de uso para todos los escribidores.
Una delicia recorrer esa feria Canaria volviendo a tocar los libros publicados en España, ediciones que nos acompañaron muy temprano y se reencuentran en los puestos de libros de ocasión que pululan en los laberintos de la fiesta librera. Pérez Galdós estaba en todas partes, padre y monumento de la isla.
En uno de esos lugares empecé a mirar al azar libros usado y encontré en una de las estanterías dos libros del poeta y narrador colombiano Nicolás Suescún, autor de Retorno a casa, uno de los grandes cuentos de la narrativa colombiana. Y junto a esos libros de Suescún, otros de autores colombianos de su generación, como si se tratara de un pequeño islote colombiano entre el océano de libros hispanos recalados en las playas de la gran isla.
En esas estaba, con los libros de Suescún en mano, observando el precio, cuando un demente, alto, de rostro muy arrugado, pálido, devastado, desdentado, desarreglado y de mirada intensa y desquiciada se me acercó y me dijo, "no, no compre esos libros" y me llevó con él a una mesa donde tenía expuestos los suyos. ¿Me espiaba porque tal vez vendía él su biblioteca o la de su familia, llena de libros colombianos cuya posición en la estantería conocía?
Era Leopoldo María Panero (1948-2014), poeta que acaba de fallecer en la isla, donde se internó de manera voluntaria hace años en un establecimiento siquiátrico. Allí se sentía protegido de la civilización de los "normales", adultos con quien peleaba desde su adolescencia, excrecencias del viejo franquismo y probablemente mucho más peligrosos que los hermanos de Antonin Artaud.
Establecí con él un diálogo donde se refirió a que María Mercedes Carranza fue novia de su hermano y me contó otras historias íntimas de su relación con Colombia, conocida a través de su "cuñada". Y al final me convenció de comprarle su libro "Así se fundó Carnaby Street", que me dedicó con letra caótica de vampiro, al mismo tiempo que apuraba un cigarrillo sin filtro.
Hijo del viejo poeta y prohombre franquista Leopoldo Panero y hermano del poeta Juan Luis, Leopoldo María perteneció a una familia autoritaria afín al viejo caudillo, con la que estuvo relacionado el poeta colombiano Eduardo Carranza en sus tiempos de diplomático laureanista y que ha sido descrita en El desencanto, de Jaime Chávarri, documental de culto porque mostró la decadencia de una época, el fin de un largo episodio nacional español.
De esa familia bien con muchos secretos en los escaparates falangista salió este muchacho frágil golpeado por años de drogadicción y sufrimiento y lucha sin tregua con el mundo repugnante donde nació. Gran poeta elogiado por la crítica, al final seguía siendo el mismo muchacho destruido tal vez por una familia y un país rancio oloroso a franquismo contra los que se rebeló.
"Asi se fundó Carnaby Street" está otra vez en mis manos y su autor ha muerto este 5 de marzo en ese hospital de Las Palmas de Gran Canaria donde se sintió seguro, mientras se convertia en un poeta clásico en vida. Muchos de sus textos impresionan porque son los de un poeta que sabe perderse por las encrucijadas y las cavernas más secretas, al otro lado de los acantilados y los precipicios llenos de líquen y musgo.
Su contemporáneo, el exquisito dandy Perre Gimferrer (1948), lo sabía, y aunque es lo más opuesto al maldito, lamenta y teme hoy tal vez su pérdida desde su altísima torre de marfil catalana. Y desde los manicomios y las torres de marfil del mundo, quienes leímos algunos de sus poemas y lo conocimos por fortuna en la esquina del tiempo, también lo despedimos porque fue un santo atormentado que habitó la poesía.

domingo, 2 de marzo de 2014

DIEZ POEMAS COLOMBIANOS EN ÁRABE

Por Eduardo García Aguilar
El ministerio de Relaciones Exteriores y la Embajada de Colombia en Marruecos lanzaron en el XX Salón del Libro de Casablanca una bella edición de Diez poemas colombianos traducidos al árabe, editados de manera impecable por el Taller de Edición Roca, una selección elaborada por los poetas Juan Felipe Robledo y Catalina González y vertida a la lengua del desierto por Ahmad Yamani.
Centenares de ejemplares del bello libro fueron distribuidos entre los lectores marroquíes y africanos que acudieron en masa al encuentro librero y ante el público un muy buen lector marroquí recitó el más conocido poema de José Asunción Silva, Nocturno, que a veces parecía sonar mejor en aquella lengua que en el castellano original.
Bello gesto el de lanzar al viento una muestra de poesía colombiana en aquellos parajes que por milenios han sido reino de guerras y poesía, junto a encantados desiertos y oasis donde beduinos y sultanes solían apurar las largas horas de espera en las tiendas, dedicados a justas de versos, mientras tomaban té y descansaban los lánguidos camellos de Guillermo Valencia, ausente en esta ocasión al lado de Álvaro Mutis.
El libro, que por obvias razones no podía extenderse hasta el infinito, pues sabemos que en cada colombiano yace un poeta, incluye los poemas La Creación, de los Koguis; Afecto 45, de la Madre Castillo; De noche, de Rafael Pombo; el Nocturno de Silva; la Canción de la vida profunda, de Barba Jacob; el Relato de Sergio Stepansky, de León de Greiff; Llanura de Tuluá, de Fernando Charry Lara; Morada al Sur, de Aurelio Arturo; Raíz antigua, de Meira del Mar y el misterioso Canto del extranjero, de Giovanni Quessep.
Robledo y González volaron como cigüeñas tiernas y sabias sobre toda la poesía colombiana de medio milenio para escoger con tino estas obras imprescindibles de nueve poetas muertos y uno vivo y luego llevarlos desde sus nidos lejanos de Colombia a las extensiones infinitas del mundo árabe, presididas ellas por el silencio, los espejismos, la sed y las ventiscas de arena.
El XX Salón de libro de Casablanca es uno de los más importantes encuentros libreros del mundo, porque congrega en la metrópoli marroquí a escritores y editores de muchos países africanos, en especial del Oeste, que tienen lazos firmes y cada vez más crecientes con el reino magrebí.
Por los pasillos de la muy bien organizada exposición librera, dirigida por el poeta Hassan El Ouazzani, no solo se agolpaban familias enteras de casablanqueses en busca de libros infantiles o religiosos, sino visitantes de 52 países, gente de Malí, Níger, Nigeria, Camerún, Senegal, Costa de Marfil, Sudáfrica, Egipto, Argelia, Túnez, Somalia, Sudán, Libia, Israel, Siria, Irak, entre otros.
En ese ambiente milagroso y feliz dedicado a festejar el libro, cuando por todas partes se derrumban editoriales y librerías y son condenados a más y más soledad los escritores y con mayor razón los poetas, estos diez poemas colombianos comenzaron a circular en esa lengua incógnita para quienes la ignoramos, aunque sabemos que vive en muchas de nuestras expresiones. Y como era de esperarse, los fantasmas humanos de estos poetas colombianos comenzaron a manifestarse en mi memoria mientras resonaba el vigoroso cántico de los muecines desde la gigantesca mezquita Hassan II.
Se sentía el treno de Los Koguis sobrevivientes del exterminio practicado por los españoles y en su voz creacional los árabes perciben una versión lejana y posterior de El Corán, como me lo dijo un joven imán barbudo que tomó el libro y leyó para mí en árabe los primeros versos del poema indígena seleccionado y estableció de inmediato vasos comunicantes con el libro sagrado del Islam. Me pareció fascinante la experiencia con ese discípulo del profeta y pensé que el acto colombiano de publicar este libro y lanzarlo al aire en estas tierras sí tenía sentido.
Luego se manifestó la Madre Francisca Josefa del Castillo y Guevara con ese bello poema místico y amoroso, titulado Afecto 45, que representa de manera indirecta los largos siglos de dominación colonial y católica en nuestras tierras y nos trae la voz desde esos conventos fríos de las altiplanicies donde se hallaban enclaustrados los religiosos hispanos y criollos lejos del mundanal ruido de los indios derrotados y los esclavos africanos inventores de la cumbia.
El siglo XIX está representado por el inefable Rafael Pombo, romántico que se hizo famoso al traducir poemas infantiles escritos originalmente por otros en lengua inglesa y que luego todos los colombianos aprendimos de memoria pensando que eran de él. Y a su lado, de nuevo el suicida Silva, enviado a París a realizar estudios comerciales, pero que al final vivió la bohemia parnasiana y simbolista y fracasó en su retorno a la patria. Y con ellos Porfirio Barba Jacob, exiliado y bohemio homosexual derrotado en México y Centroamérica, cuya obra dejó dispersa en diarios y revistas.
El siglo XX se lleva la mejor parte de esta bella antología: si antes los poetas fueron clérigos o monjas místicas, o gramáticos o malditos suicidas parnasianos y simbolistas, o libadores en calaveras como nuestro gran Julio Flórez, ahora llegaba el turno de los modestos abogados de corbatín y corbata como Aurelio Arturo y Fernando Charry Lara, o del díscolo empleado de origen sueco León de Greiff, quienes caminaban bajo la lluvia por la séptima de Bogotá tras largas jornadas burocráticas, en busca del café "Automático" sin saber que la gloria ya estaba en ellos.
Al final figuran dos tiernos de ascendencia árabe. Meira del Mar, una de las grandes poetas mujeres colombianas al lado de Maruja Vieira, cuya voz es necesaria y debería recuperarse en un país de poetas varones y guerreros. Y Giovanni Quessep, cuyo Canto del extranjero es magistral.
Todos esos poetas se manifestaron en Casablanca y echaron a correr en árabe por medinas y avenidas, playas, montañas y desiertos gracias a un acto poético que Colombia debería repetir: lanzar al viento poesía y ficción en otras lenguas y en todas partes, en vez de gastar dinero en armas y politiquería.

Publicado en la Patria. Manizales. Colombia. 2 de marzo de 2014

lunes, 24 de febrero de 2014

RETORNO A RABAT

Por Eduardo García Aguilar
Por alguna razón fenicios, romanos, berebes, árabes, hispanos y franceses escogieron a través de los milenios instalarse en este valle rodeado de colinas frente al mar, donde se encuentra Rabat, capital de Marruecos, ciudad plena de verdura y sorprendente luminosidad.
En las ruinas de Chella se pueden observar los diferentes vestigios de las civilizaciones que se avecindaron en un oasis cuya fertilidad desbordante se debe sin duda al abono de las explosiones volcánicas cercanas por la emergencia cataclísmica de las islas Canarias y los choques de las placas tectónicas que provocaron destructores terremotos, como el famoso que lleva el nombre de Lisboa, en el siglo XVIII, sobre el que escribió Voltaire y que sorprendió a los europeos ilustrados de entonces.
Esos sucesivos terremotos destruyeron diferentes ciudades milenarias que permanecieron unas sobre otras durante siglos en capas que fueron excavadas con rigor durante el protectorado francés, que duró cuatro décadas en la primera mitad del siglo XX.Al llegar al sitio vemos las murallas color ocre de hace un milenio, intactas, construidas por alguna de esas dinastías musulmanas que llegaron a estos territorios después del inicio del Islam, inaugurado por el profeta Mahoma siglos antes y que poco a poco se iba extendiendo con fuerza por África, Oriente Medio y Asia y es hoy una religión en plena actividad que siguen los fieles de muchas naciones y continentes, cientos y cientos de millones de seres arrullados por las plegarias de los muecines que resuenan desde la Meca.
Lo sorprendente en este bello lugar de ruinas sobre ruinas es la placidez de las cigüeñas que anidan sobre los muros y el minarete de la mezquita echada a tierra bajo el efecto de un terremoto. Desde hace milenios estas aves que traen buena suerte han escogido el lugar para anidar y reproducirse luego de extensas peregrinaciones desde Kenia hasta los Alpes, cerca de Estrasburgo.
Ellas están ahí impasibles con sus enormes nidos, seguras de que nadie las molesta y que son de hecho propietarias del terreno y el paisaje que las circunda. Por eso el río que cruza el valle lleva su nombre en homenaje a su permanencia milenaria, a su fidelidad y al buen gusto de anidar desde siempre en estos parajes.
En la superficie, el dominio pertenece a los gatos de Chella, que por decenas viven entre las ruinas y reposan como esfinges junto a los aljibes, herederos de incontables dinastías gatunas que se han reproducido a lo largo de los milenios. A su lado picotean las gallinas y cantan los gallos de los modestos guardianes que habitan el lugar y dan al lugar un aire de familiaridad.
Otras cigüeñas anidan en los árboles cercanos y su presencia allí es hermosa, como si estuviésemos en un delirio surgido de Las Mil y una noches, confundidas ellas con los ramajes frente a las colinas adyacentes de un verde esencial.
Ahmed me cuenta con detalle estas historias en un francés bien aprendido y cuidado por este maestro de idiomas nacido en Yousufiya, un bereber sensible con alma de poeta, traumatizado por la muerte accidental de todos sus maestros aplastados por un camión lleno de ladrillos cuando iban a oficiar las pruebas de fin de curso. Décadas después no los olvida y los menciona cuando vamos saliendo del lugar.
Después de esa visión he querido ir de nuevo a la tumba de Mohamed V, un deslumbrante lugar situado frente a la bahía central, junto a las ruinas de una enorme mezquita milenaria destruida también por otro terremoto, por lo cual el poder islamista abandonó la ciudad por Fés, antigua ciudad situada al norte, que fue el centro de Marruecos durante mucho tiempo.
En esta bahía se puede ver a un lado el pueblo de Salé y su mezquita y al otro un lugar que fue residencia de comunidades andaluzas y piratas, según me dice Ilyas otro originario de Rabat. La tumba y la explanada donde se observan centenares de columnas testimonio de un desmesurado proyecto son el punto central de Rabat y la parte del minarete que resta nos indica que en el siglo XIV aquel edificio completo era un impresionante rascacielo del mundo entonces conocido, visto por los marinos desde lejos al acercarse al puerto.
En muchos lugares se escucha la música andaluza y ratificamos entonces que esto fue junto con el sur de España dominio de la gran civilización de los Omeyas, reinantes sobre Córdoba y otras ciudades arabo-andaluzas, de donde musulmanes y judíos sefarditas fueron expulsados en 1492 por los reyes Católicos. Todos esos expulsados se instalaron en Fés y otras ciudades del Oriente Medio como Damasco, Bagdad y Jerusalén, entre otras donde encontraron refugio. Y eso sin contar a los muchos que cambiaron de nombre y apellido para adoptar uno cristiano y viajar hacia la conquista de América.
Por eso al estar en Marruecos, en Fés, Casablanca, Mogador, Marrakesh, Agadir, Tanger y otras ciudades, uno como latinoamericano se siente en casa.
Todo esto es familiar, pues en la memoria profunda nuestra permanece impregnada la presencia de los ancestros que habitaron estas tierras en la esquina norte de África, una encrucijada de los vientos y los mares.
------Publicado en Excélsior. Ciudad de México. Mexico. marzo 2 de 2014

viernes, 21 de febrero de 2014

RETORNO A CASABLANCA

Por Eduardo Garcia Aguilar
He vuelto a la gran metrópoli marroquí Casablanca para participar invitado como escritor al XX Salón Internacional del Libro de esta ciudad, uno de los encuentros editoriales y libreros más importantes del continente africano, que en esta ocasión está dedicado a los 15 países de África del Oeste reunidos en la Cedeao y a diversos temas multiculturales, de género y de sociedad.
Hace ya más de una década estuve en este puerto en un encuentro similar, por lo que gracias al matiz del tiempo puedo percibir los cambios experimentados en este país. Casablanca es no solo en este 2014 la gran metrópoli y el pulmón económico del país, sino una urbe con pasado que ha sido pujante desde el empuje dado por el protectorado francés en las primeras décadas del siglo XX.
De 1920 en adelante se construyó una ciudad estilo Art Deco con miles de bellos edificios de ese estilo que perviven a lo largo del tiempo y algunos de los cuales están siendo restaurados, convertidos en hoteles, residencias o sedes de oficinas empresariales, mediante un programa que animan infatigables amantes de la ciudad que se resisten a ver desaparecer las joyas de aquel tiempo, escondidas en callejuelas y vericuetos de barrios céntricos descuidados.
Este viernes he caminado cuadra por cuadra, avenida por avenida tratando de palpar esa vieja ciudad moderna e imaginarla en esas décadas de entreguerras, cuando se convirtió en un faro africano con mirada hacia el Atlántico y las Américas, por lo que al llegar la guerra se volvió punto de refugio provisional para quienes huían de la persecución nazi o del franquismo hispano y el fascismo italiano.
Por esa razón fue escenario ficticio de la gran película Casablanca, interpretada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, que relata el ambiente febril y moderno de la ciudad llena de inmigrantes y fugitivos que pasaban el tiempo en espera de poder huir en avión o barco en los bares y hoteles magníficos que proliferaban en aquel entonces, como el Excelsior, cuyo edificio se ve hoy en la Plaza de las Naciones Unidas, frente a la bella y vieja Medina.
Situada frente al mar, la caótica y contaminada ciudad, está llena de cafés con mesas exteriores donde junto a una taza de té de menta los habitantes leen el diario, juegan cartas y agotan las horas a otro ritmo. Es indudable que a diferencia de otros países de la región, Marruecos no ha cedido a la tentación de encerrarse o fanatizarse y abre las puertas a otras tendencias políticas al interior de su sistema legislativo. Su apertura a las inversiones, al auge de internet, a la televisión permanente y en vivo y a las tecnologías modernas, a la publicidad desbordada, a los negocios con el exterior, lo hace un país como tantos otros del mundo occidental, con problemas, pero próspero.
Sus lazos fuertes con Francia posibilitan asimismo que sea un centro de diálogo y reflexión intelectual sobre los problemas culturales de la región, además de que en su seno viven otras culturas y religiones que encuentran canales de expresión, aunque la dominante sea otra.
Además cuenta con una diáspora propia de emigrantes instalada en el mundo que va y viene desde Europa y Estados Unidos y permea poco a poco a la sociedad, modernizándola, como ha ocurrido poco a poco con los países latinoamericanos y asiáticos.
Y a su vez por su mayor tolerancia y pujanza económica Marruecos también atrae importantes flujos migratorios de otros países, en especial africanos, tema abordado con la exposición de las obras escritas en Marruecos por los habitantes originarios de terceros países. Una muestra de esa apertura es que las lenguas oficiales del Salón Internacional de la Edición y del Libro de Casablanca (SIEL) son el francés, el árabe y el bereber, esta última una minoría milenaria otrora discriminada que ahora por ley es reconocida plenamente tras recuperarse el alfabeto de su lengua ancestral.
Es posible pues en esta esquina africana frente al Atlántico y el Mediterráneo discutir todavía sobre esas culturas como en los tiempos de la película Casablanca, cuando los inmigrantes desesperados que huían de la guerra la convirtieron en una torre de babel momentánea y cuando todas las lenguas se hablaban en esos bares llenos de desterrados sin brújula.
El feminismo en Marruecos fue tratado desde el inicio por autoras como Aïcha Barkaoui y Yasmine Chami, habitantes de Casablanca, y el asunto del compromiso militante es abordado por una serie de blogueras y escritoras de Marruecos, Argelia, Túnez y otros países. La libertad de la mujer y la conquista de sus derechos fue uno de los motores de la reciente Primavera Árabe, que en muchos casos ha querido ser detenida, controlada y frustrada por las fuerzas retardatarias.
En este ambiente marítimo y portuario, con aires de un sencillo, vivo y colorido mundo popular, da gusto participar en una fiesta dedicada al libro cuya vigencia sigue siendo cuestionada, pero cuya pervivencia es una necesidad humana aquí o en Cafarnaun para que la humanidad sea más tolerante y supere los prejuicios y las taras que perviven desde hace milenios y siempre amenazan el espíritu de la Ilustración y la tolerancia.
Publicado en La Patria, Manizales, Colombia, el domingo 17 de febrero de 2014 

domingo, 9 de febrero de 2014

LA TIERRA HUMANA DE SAINT-EXUPERY













Por Eduardo Garcia Aguilar
En Tierra humana, texto personal y autobiográfico, Antoine de Saint-Exupéry despliega una prosa diáfana carente de artificios, para comunicarnos con la vida y la muerte y las tribulaciones y alegrías del hombre, a través de historias vividas como uno de los pioneros de la aviación comercial.
En la novela Vuelo de noche nos cuenta las proezas de los jóvenes pilotos al abrir las rutas sudamericanas para una empresa francesa postal con sede en Buenos Aires y en Tierra humana regresa con una serie de capítulos, donde mucho tiempo después rememora los instantes más dramáticos y profundos de la vida suicida de los pioneros aéreos.
Saint-Exupéry es uno de los prosistas más importantes de la lengua francesa, no solo de todos los tiempos, sino del propio siglo XX, lapso de tiempo que tuvo una verdadera pléyade de escritores, desde Proust hasta Malraux, pasando por François Mauriac, Louis Ferdinand Céline, Albert Camus, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Marguerite Duras, entre otros muchos y muchas.
El piloto ingresó desde muy joven al oficio suicida de piloto postal, manejando esos pesados aviones o hidroaviones de hélice patentados en la Primera Guerra Mundial y que poco a poco se iban perfeccionando, pues en sus inicios todavía eran muy precarios en el campo tecnológico.
De un grupo de cien pilotos novatos se sabía que una tercera parte al menos no regresaría algún día de su misión. Algunos de ellos como Mermoz y Guillaumet se convertían en héroes con miles de vuelos sobre desiertos, cordilleras y océanos, pero tarde o temprano la muerte los reclamaba, como al propio Saint-Exupéry en las aguas del Mediterráneo.
El lado humano ancestral de la gloria estaba presente en el delirio suicida de estos hombres. Hubieran podido trabajar de manera cómoda en la diplomacia, el gobierno, la empresa, el periodismo, la docencia, pero preferían ser la carne de ensayo de una industria naciente. Saint-Exupéry capta con su prosa esa pasión poética de pilotos escritores como él que dieron su vida a cambio de la alegría de ver la tierra y el cielo desde ángulos y ópticas desconocidas para el resto de los mortales, una posición que semejaba a la de los cóndores, las águilas, los cometas o los meteoros.
Primero estaba el mar, la tierra, los ríos, los desiertos, los deltas, las cumbres nevadas, la luminosidad de las ciudades destellando en la superficie cóncava del globo terráqueo. Luego el viaje entre brumas y nubosidades cegadoras donde todo era expectativa y riesgo, para de repente emerger por encima de las nubes y volar por espacios nítidos donde se ven todos los astros y luceros viajantes. Para un poeta tales experiencias eran extraordinarias y mucho más cuando dichas visiones solo podían ser conocidas por unos cuantos aventureros.
Saint-Exupéry nos estremece con esa visión poética de la existencia del cosmos donde la tierra es un grano de arena. Se detiene también en la textura de la superficie terrestre, en especial las altísimas cumbres andinas tan bien conocidas y viajadas por él y los desiertos africanos que recorrió durante centenares de vuelos para la empresa postal. Y en esas rutas se detiene como pocos a contar al ser humano con sus intrigas y mezquindades, pero también generosidad, heroicidad, amistad y desprendimiento ocasionales.
Sus libros son un canto a la amistad de esos camaradas aviadores que saben que un día ya no regresarán al aeropuerto. Sus páginas están llenas de instantes en que los meteorólogos y funcionarios de las torres de control sudan y sufren cuando se ha perdido el contacto con alguno de los pilotos y pasan las horas de angustia que viven en silencio amigos, colegas, futuras viudas y huérfanos. La noticia de la muerte siempre es terrible y dolorosa porque ella toca a los mejores, a los abnegados y geniales sin distingo alguno, por obra de un azar y un destino ineluctables.
Saint-Expupéry nos cuenta los accidentes y las sobrevivencias milagrosas. El largo periplo en los Andes de Guillaumet perdido entre las nieves perpetuas andinas y las largas jornadas de sed y delirio vividos por el propio autor en los desiertos de Libia donde su nave se accidentó de noche y donde solo el encuentro con un beduino lo salva de una muerte segura en las calcinantes arenas africanas.
Para poder contar esas extraordinarias experiencias, Saint-Exupéry quiso ser piloto y el resultado es notable. Su obra es original, sus palabras son pura verdad, no hay allí artificio ni vanidad, son expresiones de la mejor literatura, necesaria, vital.
Por eso es conveniente retornar con frecuencia a sus libros para viajar con él por las alturas más nítidas y al hacerlo palpamos con claridad lo que es la gran literatura de todos los tiempos, una literatura que parece escrita por la naturaleza o el destino mismos.

domingo, 2 de febrero de 2014

LA POTENCIA DEL ART DECO

Por Eduardo Garcia Aguilar
Ningún sitio mejor que el Palacio de Chaillot en Trocadero para hacer una gran exposición sobre el Art Deco (1914-1940), movimiento arquitectónico, plástico, literario y artístico en general surgido en 1925 tras la Primera Guerra Mundial, durante las dos décadas de paz siguientes, cuando surgió un amplio deseo de cambio total de la vida con el desbordamiento de la fiesta y la potencia de los nuevos tiempos del aire, la tierra y el mar.
Irrumpió una era de novedades con cambios tecnológicos impensables hasta entonces como las proezas aéreas tan bien descritas por el aviador y escritor Antoine de Saint-Exupéry en su novela Vuelo de noche o el auge de los transatlánticos como el Titanic o el Normandie, así como la aparición de la radio, la industria automovilística con sus ágiles Bugatti y la cinematografía muda, difundidos todos ellos al instante por los mensajes en Marconi que prefiguraban ocho décadas antes al Internet y por por fin daban la espalda para siempre al siglo XIX con sus adornos insoportables de pacotilla y las recrudescencias de un hostigante neoclásico.
Estar frente al enorme Palacio de Chaillot, último ejemplo magnífico del Art Deco monumental, situado en una colina frente al Sena y a la no menos impresionante Torre Eiffel, proeza del hierro que lo prefiguraba e inaugurada ella en 1889, es de por sí una inmersión en el ambiente de una de esas eras de cambio radical, cuando varias generaciones deciden juntas despedir al pasado que pugna por quedarse siempre en las inercias de la mediocridad y la repetición, algo que puede semejar a estas primeras mediocres décadas del siglo XXI inscritas aun en las explosiones de los irrepetibles pop y rock de la década de 1960.
Entre las figuras de aquella corta era llena de fuerza y tono figuran Joséphine Baker y Tamara de Lempicka, dos mujeres modernas que rompieron a su vez con todas las ataduras. La negra Baker, reina del Follies Bergère, fascina su tiempo con sus largas piernas y su cuerpo serpentino agitado en permanencia y la sonrisa generosa que abrió puertas a la corta paz reinante y Tamara la pintora, que no solo crea una nueva dimensión en el delineamiento de los cuerpos femeninos sino que vive una vida también Art Deco en su erotismo polígamo, que la llevaría a terminar sus días en la muy mexicana Cuernavaca, ciudad del Estado de Morelos que tuvo el honor de acoger su último suspiro.
La muestra desplegada en la Cité de l’Architecture et du Patrimoine, reconstruye entre otras muchas cosas, el apartamento de la bella y famosa pintora Lempicka con amplias fotos de fondo y varias piezas del mobiliario de su hábitat parisino que se pueden cotejar al instante, al mismo tiempo que la vemos en película deambular por sus estancias, perfumarse, mirarse al espejo y mostrar su glamour seductor.
Por el lado de Joséphine Baker, vemos su danzas insaciables, sus declaraciones de amor por Francia, que se convirtió en su patria hasta el punto que hoy piden sea llevada al Panteón de los Hombres Ilustres al lado de Voltaire y Víctor Hugo, porque se reconocen sus gestos de rebelión ante la Ocupación alemana y su actividad humanitaria posterior, al adoptar decenas de infantes que la llevaron a la ruina en su crepúsculo mediterráneo, no lejos de la bella Niza, en la Costa Azul.
Ambas mujeres son emblemas del Ar Deco, como el principal arquitecto inspirador del movimiento Robert Mallet Joris, quien como futurista realizó un catálogo de lo que debía contener una ciudad moderna.
Edificios de líneas geométricas desprovistos de imaginería de cartón piedra, lejos de dioses griegos y reproducciones renacentistas de efebos y madonnas. Un estilo geométrico, árido, aéreo en edificios, casas, alcaldías, estaciones de bomberos, guarderías infantiles, bibliotecas, tiendas, hospitales, boutiques, almacenes como el emblemático Samaritaine, cines como el Rex o el Luxor, estadios, hoteles, aeropuertos y muchas cosas mas.
El movimiento Art Deco mostrado en esa Exposición Internacional de Artes Decorativas realizada en la explanada de los Inválidos de París en 1925 era tan necesario y causó tal impresión a los visitantes, que se regó como pólvora por el mundo en el lustro siguiente reproduciéndose con lujo de detalles en Nueva York, Bruselas, Tokio, Sao Paulo, Casablanca, Saigon, Phon Phen, Chicago, Belgrado, entre otras muchas ciudades.
En Nueva York el Rockefeller Center y el edificio de la Chrysler son apenas dos muestras, en Sao Paulo nada más ni nada menos que el Cristo de Corcovado, y tras ellos las ciudades mencionadas se transformaron rápidamente hasta 1939 cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. En México Cuernavaca, la colonia Condesa y otros barrios periféricos mencionados por Malcolm Lowry en Bajo el Volcán siguen el ejemplo, en Colombia la ciudad de Manizales incendiada en 1925 se reconstruyó con la pericia de los arquitectos del momento importados al instante por la clase emergente cafetera y una tras otra todas las ciudades del mundo se regeneraron con su rincón Art Deco, moderno, provocador, futurista.
No solo el movimiento se ve en los grandes edificios sino en la vivienda de clase media y popular. Casas de ese tipo se reprodujeron como hongos por el mundo, gracias a su funcionalidad, luminosidad y confort. Y los transatlánticos difundieron muebles que invadieron los interiores del mundo con pupitres, mesas, sillas, comedores, escaparates, sofás, adornos, lámparas, esculturas decorativas e interiores de water close.
Moda, perfumería, instrumentos educativos y de cocina, ropa interior y deportiva, todo fue sacudido por este nuevo estilo democrático que superaba los ámbitos de la elegancia aristocrática del Art Nouveau dominante hasta entonces y tan bien contados y ridiculizados por Marcel Proust en su gran novela rio En Busca del tiempo perdido.
La mujer salió de los templos y las escuelas religiosas a jugar tenis, a nadar y a explorar los montes en grupos libres adoradores del aire libre que prefiguraban el nudismo. La mujer se cortó el cabello y usó prendas deportivas y en la elegancia de la fiesta nocturna desapareció el corsé, reemplazado por trajes aéreos adaptados al cuerpo, fáciles de quitar a la hora de hacer el amor. Por eso el estilo de entreguerras fue tan revolucionario, aunque el horror de la nueva guerra mundial y los escándalos del Holocausto terminarían por sepultarlo por un tiempo.
Hoy, un siglo después de su aparición lo rescatamos y los disfrutamos con estupor. Apollinaire, Saint Exupéry, Malraux, Virginia Woolf, John Manyard Keynes, el grupo de Bloomsbury, los dadaidas, cubistas, estridentistas y futuristas, y los narradores modernos como John Dos Passos, Francis Scott Fitgerald y Malcolm Lowry, entre otros muchos, son ejemplos de esa nueva ola cultural tan actual un siglo después.
Esperemos que ya pronto se revolucionen las inercias de esta segunda década del siglo XXI tan frívola, asfixiante y mediocre.

sábado, 11 de enero de 2014

MUERTE ANUNCIADA DE UN HALCÓN ISRAELÍ

Por Eduardo García Aguilar
Con la muerte de Ariel Sharon a los 85 años, después de ocho en estado de coma, desaparece uno de los grandes halcones de la derecha israelí, considerado un "criminal" por los palestinos y un héroe por los israelíes. Involucrado en la terrible masacre de Sabra y Chatila en 1982 en Líbano, por lo que al año siguiente tuvo que renunciar como ministro de Defensa, el llamado "bulldozer" regresó al poder en 2001 y de manera paradójica contribuyó al deshielo de la situación israelo-palestina con la histórica retirada de la franja de Gaza en 2005.
Como ocurre en todas las guerras entre naciones o conflictos armados internos de los países, tarde o temprano los enemigos de siempre deben terminar en la mesa de negociaciones y lograr acuerdos de paz, pues no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.
En varias ocasiones alemanes y franceses tuvieron que llegar a armisticios y hoy, después de dos espantosas guerras mundiales, ambos países son amigos y colaboran en la construcción de una Europa unida y democrática. Las terribles cicatrices quedan para la historia, aunque la rivalidad política y económica sigue siendo un motor que da vitalidad a sus sociedades. Las huellas y las ruinas dejadas por los bombardeos, las heridas familiares, la memoria del terrible exterminio de los judíos y de otras minorías están presentes y siguen recordándose como atrocidades que no pueden repetirse.
En Vietnam, el héroe militar Nguyen Giap (1911-2013) murió el año pasado a los 102 años, después de haber sido el artífice de las históricas derrotas de Francia y Estados Unidos en las guerras de Indochina y de Vietnam. Estados Unidos, que realizó espantosos bombardeos, exterminios y torturas masivas de la población en su enconada lucha anticomunista, y Vietnam, el pequeño David asiático que venció al Goliath gringo, terminaron décadas después por reunirse y comerciar en paz.
Como ejemplo de esa voluntad de paz, el líder republicano John Mc Cain, quien fue cautivo como soldado de la guerrilla del Vietcong, realizó una visita en su residencia al viejo militar enemigo para un encuentro cordial que describió en un afortunado artículo publicado en la prensa estadounidense como obituario del longevo general. La guerra de Vietnam fue de las más atroces de la historia, pero tras la derrota inconcebible del imperio, los viejos contrincantes terminaron por reunirse y hablar mientras tomaban un jugo de mango.
Lo mismo ocurrió en Sudáfrica entre el recién fallecido Nelson Mandela y sus enemigos blancos del Apartheid, que lo tuvieron preso en mazmorras durante décadas, acusado de "terrorista".
El temible militar Ariel Sharon (1928-2013) llegó a la conclusión durante su mandato como onceavo primer ministro israelí, de la necesidad de renunciar a la colonización indefinida y al sueño de un Gran Israel con  las fronteras logradas en la famosa Guerra de los Seis Días, en la que combatió en 1967 al lado del famoso general tuerto Moshé Dayan y del jefe militar Isaac Rabin.
De manera sorpresiva Sharon retiró a su ejército de la Franja de Gaza luego de casi cuatro décadas de ocupación, abriendo nuevas vías hacia una negociación que hoy continúa con nuevos protagonistas, el palestino Mahmud Abas, sucesor de Yaser Arafat (1929-2004), el secretario de Estado estadounidense John Kerry y el nuevo halcón israelí Bejamin Netayahu.
En el camino quedaron inmoladas las figuras que firmaron los Acuerdos de Paz de Oslo en 1994: Isaac Rabin (1922-1995), asesinado por un extremista israelí y Yaser Arafat, quien para los palestinos fue envenenado por el enemigo.
Rabin y Arafat son el ejemplo máximo del acercamiento de encarnizados enemigos bajo el patrocinio de Noruega, país que ha propiciado acuerdos tan importantes como los que solucionaron los sangrientos conflictos armados en El Salvador y Guatemala y que apadrina ahora las negociaciones de paz en Colombia entre la insurgencia armada y el gobierno. Rabin y Arafat obtuvieron un criticado Premio Nobel de la Paz y su estrechón de manos junto a Bill Clinton en la Casa Blanca es histórico y siempre está presente en las difíciles negociaciones en curso.
Sharon vivió en estado vegetal durante ocho años y recientemente, en  diciembre, los médicos registraron una excepcional actividad cerebral en el paciente, internado en un hospital en Tel Aviv. Tal vez en su  profundo sueño Ariel Sharon soñaba con levantarse para continuar en sus esfuerzos de lograr al fin fijar las fronteras necesarias para llegar a un acuerdo con el enemigo palestino. O tal vez soñaba con todas sus  muchas guerras en las arenas del desierto donde su pueblo ha vivido durante milenios.