domingo, 16 de noviembre de 2014

EL ARDOR DE LOS NACIONALISTAS CATALANES

Por Eduardo García Aguilar
Hay algo inquietante en la deriva nacionalista que afecta a un sector de los catalanes convencidos de ser la raza superior ibérica y que fue instigada en las últimas décadas por una cuestionada clase política electoralista. Nada que ver con aquel movimiento romántico de los catalanes encabezados por Joan Manuel Serrat, Luis Llach y María del Mar Bonet, quienes a través de la música y el espíritu libertario luchaban en los años 70 contra el franquismo y la asfixia cultural que reinaba en el país durante la dictadura. A ellos acudíamos a escucharlos en Montjuich y otros muchos lugares con el juvenil fervor reinante en aquella época.

Barcelona, a la que amo porque he vivido allí muchos meses en más de 30 estadías a lo largo de mi vida, era entonces el centro editorial y cultural de hispanoamérica, una región increíble y próspera donde convivían dos lenguas y dos culturas similares, la española y la catalana. El propio Joan Manuel Serrat, que es un ícono catalán y gloria de la región al lado de Salvador Espriú, Salvador Dalí, Josep Plà, Pablo Casals, Mercé Rodoreda y Pablo Picasso, dice hoy que no se imagina a Cataluña fuera de España.

Desde la Generalitat, desde la administración que ha reinado en Cataluña, se han usado los recursos públicos españoles de la prosperidad, gracias a la generosidad de las autonomías, para reconstruir la historia reescribiéndola mediante construcciones faraónicas en honor de actos y sitios heroicos dudosos y la elaboración de un guión histórico que magnifica supuestos pasados y héroes independentistas que ningún historiador serio ratificaría con certeza desde las aulas universitarias libres.

Tal país ilusorio se ha convertido en parque temático para turistas alemanes, franceses, ingleses, nórdicos, rusos, que visitan localidades reconstruidas y remozadas de acuerdo al nuevo guión. Y lo peor de todo, se pretende expulsar a la lengua castellana, como si esta fuera el peor enemigo, desterrándola de las escuelas y universidades y de los documentos y avisos oficiales, obligando a quienes quisieran seguir sus cursos en la lengua de Cervantes al exilio.

Todos los escritores catalanes que escriben en español como Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Enrique Vila Matas fueron excluidos de las delegaciones a las ferias del libro internacionales, como la de Frankfurt, y de la radio catalana, pagada con recursos de la nación, fue expulsada hace un lustro la escritora Cristina Peri Rossi, por hablar la lengua de Garcilaso, Quevedo y Lope, lo que generó la protesta de centenares de figuras de la cultura mundial, encabezadas por Mario Vargas Llosa.

Esta deriva de las burocracias políticas electoralistas catalanas sobrepasa los límites y como en la historia del flautista de Hamelin sus jefes llevaron al pueblo hipnotizado a una consulta donde quienes organizaron y escrutaron el voto fueron ellos mismos y con recursos del Estado, sin dar garantía a las dos terceras partes del cuerpo electoral que no aboga por la independencia.

Porque solo basta recorrer Cataluña, la bella e irremplazable Barcelona que tanto amo, pasear por pueblos, capitales regionales, playas y villorrios de las montañas pirenaicas, para darse cuenta que muchos catalanes de origen, hechizados por un patriotismo arcaico, viven en un mundo autista. Como las avestruces en peligro, ignoran el mundo que los rodea: millones de personas que sin ser catalanes de origen nacieron o crecieron allí y han ganado derechos, los inmigrantes de todos los orígenes que hicieron sus vidas en esa tierra y con sus manos y sudor contribuyeron a hacerla grande, a construir todo lo que vale en esa región.

Recientemente comprobé el dolor de esa gente al recorrer Cataluña de nuevo y escucharlos, ya en confianza, porque descubrían que era "forastero" como ellos: taxistas, choferes, campesinos, obreros, tenderos, dueños de cafés, bares y restaurantes modestos, cocineros, amas de casa, intelectuales, profesores, artistas, abuelas, barmans, estudiantes, mucamas, barrenderos, gente de Girona, Figueres, Rosas, Barcelona, Albany, Empuriabrava, L'Escala, Castelló d'Empúries, Benidorm, Sitges, Vilanova i La Geltrú y tantas otras bellas localidades que visité. Y eso sin olvidar la voz de cientos de miles de "moros" o descendientes de "moros" que viven en barrios separados y que alguna vez dominaron media Iberia, antes de ser expulsados junto a los hebreos en 1492 por los reyes católicos.

Ojalá esta deriva catalana secesionista termine y que el tiempo vuelva a moderar las aguas y traiga la concordia, lo que al parecer ya se vislumbra. Que Cataluña y Barcelona vuelvan a ser faros de cultura abiertos al mundo como en los tiempos de Picasso, Casals, Dalí y Serrat y muchos más. Que Cataluña vuelva a ser la tierra abierta que tantos extranjeros sentimentales como yo amamos y admiramos y que como Serrat no imaginamos separada de España.


* Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 16 de noviembre de 2014

sábado, 1 de noviembre de 2014

RAYMOND ARON, UN SENSATO ABURRIDO



Por Eduardo García Aguilar

Con el título de Un espectador comprometido, dos jóvenes discípulos suyos publicaron en 1981 un libro de conversaciones con el filósofo, historiador, sociólogo, periodista y politólogo Raymond Aron (1905-1983), una de las figuras intelectuales más controvertidas y urticantes de Francia en la segunda parte del siglo XX, considerado durante mucho tiempo un anacrónico anti-Jean Paul-Sartre, pese a que ambos fueron jóvenes amigos y condiscípulos en la Escuela Normal Superior en los años 20. Jean Louis Missika y Dominique Wolton, entonces de 30 y 34 años de edad, se acercaron al viejo maestro y le propusieron un diálogo en torno a la compleja historia del siglo XX y sus posiciones y compromisos a lo largo del periodo marcado por el auge de Hitler, la II Guerra mundial, los años de la Guerra Fría y la prosperidad de la posguerra en el marco del atlantismo europeo en alianza con Estados Unidos.

Aron y Sartre se formaron juntos en los años 20 y todo parecía que serían amigos toda la vida, pero los acontecimientos de la historia en su país y en el mundo los separararon para siempre. Durante décadas dejaron de hablarse y Sartre odió a su amigo por elegir la democracia burguesa en vez de la Revolución marxista-leninista. Ambos, de origen judío, estudiaron en posgrados en Alemania durante los años de auge paulatino del Fürher, en una Alemania cada vez más poderosa y antisemita, dispuesta a volver a la guerra para vengarse de las viejas derrotas a manos de su enemiga ancestral Francia. Bajo la Ocupación nazi y los años posteriores, Sartre practicó la filosofía, la dramaturgia y la literatura convirtiéndose poco a poco en la mayor figura literaria del momento, mientras Aron se trasladó a Londres, donde trabajó al lado de De Gaulle y tras la Liberación regresó para dedicarse al modesto periodismo.

Tras la derrota alemana, De Gaulle entró triunfalmente a Francia y se inició un largo periodo de reconstrucción y progreso continental que separó aún más a los amigos. De las ruinas de la guerra y la repartición de Europa surgió la Guerra Fría: a un lado quedó una Europa occidental, democrática y pro-estadounidense, moderna, y al otro una Europa del Este sovietizada y marxista-leninista bajo el mando de la Unión Soviética de Stalin. Las cosas quedaron así en el statu quo simbolizado por el Muro de Berlín y nadie, ni rusos ni americanos estaban interesados en una nueva guerra.

Aron habría de convertirse en el activo ideólogo de la élite del atlantismo pro-estadounidense, mientras Sartre, como casi toda la intelectualidad progresista del momento, fue seducido por el marxismo-leninismo, convertido en esos años en una religión utópica por fuera de la cual todo intelectual que no adhiriese al sueño revolucionario era considerado un réprobo reaccionario aliado de los gringos y de la CIA. Sartre fue el intelectual máximo de las izquierdas y guía moral de la rebelión de mayo de 1968, e incluso hacia el final de sus días fue seducido como otros muchos por el delirio maoísta. Aron, al contrario, estuvo firme del lado de la democracia burguesa encarnada en la V República del general De Gaulle y con André Malraux desfiló para impedir el improbable triunfo de la revuelta, cuyo líder estudiantil Cohn-Bendit, Dany el Rojo, terminó convertido en un sensato y respetado congresista demócrata europeo que acaba de jubilarse con aplausos.

La ruptura fue total entre ambos, pero hoy, más de 30 años después de estas conversaciones de Raymond Aron con sus discípulos, las cartas han sido repartidas de nuevo y tal vez las ideas moderadas y aburridas del viejo filósofo agnóstico y liberal se revelaron mucho más sensatas que las del viejo filósofo, novelista y dramaturgo revolucionario Sartre. Aron, admirador y estudioso de El Capital de Carlos Marx, advirtió siempre contra los sueños utópicos de un mundo perfecto, dominado por la "vanguardia de la historia", o sea el proletariado, según lo planteado por el credo. El proletariado en el poder terminaría al fin con la historia y traería el paraíso en la tierra, donde todos los hombres serían felices e iguales.

Tal utopía encarnada llevó por el contrario a los horrores del totalitarismo y el "Gulag" en la Unión Soviética de Stalin, el "padre de los pueblos", denunciados en los libros de Alexandre Sojenitzin; a la oscuridad mansa en los países del Este ocupados y manejados por una nomenklatura burocrática pro-soviética; a las masacres y abusos en el reino delirante del gran timonel Mao Tse Tung, "sol rojo que ilumina nuestros corazones"; y después, a las terribles experiencias de Camboya al mando de Pol Pot y de Corea del Norte, bajo la dinastía de los Kim, cuyo último heredero es un payaso cruel que tiene de rehén a su hambreado pueblo. Y eso sin hablar de la larga hegemonía de los hermanos Castro a lo largo de más de medio siglo en Cuba, tal vez propiciada por la propia intoleracia de los ultras de la derecha estadounidense.

Nadie en este momento niega las realidades provocadas por los totalitarismos de izquierda, como tampoco por supuesto ignora los horrores cometidos por el Imperio Norteamericano y los grandes capitales multinacionales de Occidente durante sus múltiples intervenciones sangrientas por el botín en América Latina, Africa, Oriente Medio y Asia, donde se sembró el terror en las guerras de Vietnam e Irak o propiciando golpes sangrientos como el de Pinochet en Chile, a nombre de la supuesta democracia occidental.

Raymond Aron, muchas de cuyas ideas coyunturales no siempre se comparten y a veces causan urticaria, abogaba por un punto intermedio, aburrido por lo sensato: más que ir a la aventura tras utopías perfeccionistas, totales y gloriosas de derecha o izquierda, que terminan en baños de sangre, más vale tratar de vivir en un mundo imperfecto de equilibrios de poderes donde se pueda debatir en torno a la realidad concreta y ajustar las políticas gubernamentales a las coyunturas y avatares de la historia y los ciclos económicos. Saber que vivimos en un mundo defectuoso e imperfecto, siempre en riesgo por las ambiciones de la humanidad codiciosa, violenta e injusta, pero con la convicción de que el paraíso terrenal no llegará nunca como lo piensan las religiones y las ideologías.

jueves, 23 de octubre de 2014

ENCUENTROS CON MANUEL ZAPATA OLIVELLA

Por Eduardo García Aguilar
La última vez que lo vi fue en el Hotel Dann Colonial de La Candelaria. Una mañana nos encontramos en el ascensor, en el sexto piso, y descubrimos que estábamos en el mismo corredor y que nuestros cuartos estaban frente a frente. El mío tenía vista a los cerros y a Monserrate y al delicioso paisaje frío de la Bogotá nocturna. El cuarto de Manuel daba al silencio de los patios centenarios.
Había recalado ahí después de un Festival Internacional de Poesía organizado por el Instituto Caro y Cuervo, al que me había invitado Ignacio Chávez. Y al final dejé el Tequendama y me refugié en el Dann para decansar y leer en la Bogotá fría donde están sepultados mis padres, esa Bogotá a donde fui una vez de niño con ellos a un hotel cercano a la Casa del Florero y el Capitolio, el ya desaparecido Savoy.
Manuel había polemizado conmigo en Valledupar durante la clausura de un encuentro dedicado a García Márquez, organizado por La Cacica. Furioso, la había emprendido contra mí, haciéndome pagar a mí solo la supuesta soberbia racista de los académicos que ignoraban la literatura negra de Colombia. Yo pagué los platos rotos por todos los conferencistas venidos de Estados Unidos y de otras partes del mundo y como di el discurso final, me cayó la furia injusta de Manuel, como más tarde él lo reconoció al honrarme con unas disculpas inmerecidas.
Atiné a decirle que a lo mejor yo tenía sangre quimbaya o pijao, sangre árabe o judía, y que siempre he estado del lado de los mestizajes, el derrumbe de las fronteras y contra los nacionalismos y racismos. Mis argumentos eran inútiles, porque a él no le faltaba razón: Colombia es un país racista y clasista donde el color de la piel y la clase determinan muchas cosas y las famas y las glorias se definen por la pertenencia a ciertos nichos de privilegio. Salvo contadas excepciones, las clases dirigentes a nivel nacional o local no han dejado jamás a un indio o a un " negro " desempeñar un papel importante y al único " indio " que estuvo a punto de llegar al poder, el "negro" Jorge Eliécer Gaitán, lo mataron.
Recordé entonces al poeta Candelario Obeso, que no resistió en el siglo XIX esa discriminación de los capitalinos y que tuvo la equivocación de enamorarse de una blanca de familia bien; recordé a Arnoldo Palacios, el precoz autor de " Las estrellas son negras ", quien prefirió el exilio en Francia; pensé en la obra de Carlos Arturo Truque y de tantos otros que trataron de expresarse en la literatura del país desde su obvia condición marginal y murieron en el intento.
Colombia fue injusta con Manuel Zapata Olivella. Desde muy joven escribió espléndidos libros de viaje, dirigió la revista Letras Nacionales, en la que ayudó a la eclosión de nuevas generaciones, antes y después de la irrupción de Gabriel García Márquez. Como folklorista reivindicó los aportes de la negritud colombiana y siempre ondeó esa bandera. Como a la mayoría de quienes se aventuran con generosidad en los campos literarios, terminó sus días lúcido y sabio en ese refugio donde vivía rodeado de libros y de recuerdos y de decepciones.
Murió el 19 de noviembre de 2004 a los 84 años y pidió que sus cenizas fueran lanzadas al río Sinú, para que regresaran por el Atlántico al continente africano de sus ancentros. Había nacido en Lorica (Córdoba) el 17 de marzo de 1920 y dejó una vasta obra con títulos como Los pasos del indio, Hotel de vagabundos, El retorno de Caín, Tierra mojada, Pasión vagabunda, Chambacú, corral de negros y Changó, el gran putas.
Pasé entonces a su guarida y me abrió una botella de vino con su manos temblorosas y su inefable cachucha. Las décadas que nos separaban desaparecieron de inmediato. Con la bondad del nuevo amigo que me llevaba 30 años, me habló de sus días de México cerca de Diego Rivera, quien lo pintó en un mural como pago por una consulta médica y pasamos revista a la literatura del país y a sus nuevas tendencias, mientras acabábamos esa botella y reíamos en pleno centro de Bogotá, en la Candelaria. Nos unía el México entrañable donde vivimos ambos.
La primera vez que lo vi fue en 1995 en el Festival de Biarritz, donde andaba siempre con el legendario fotógrafo Leo Matiz, convertido hoy en una figura mundial del lente del siglo XX, al lado de Brassai y de Cartier Bresson. Por ahí estaban Alvaro Mutis y García Márquez, tocados ellos por la gloria en vida, mientras Zapata Olivella dejaba ver sus largas patillas encanecidas en los salones de un Palacio frente al mar y al famoso faro pintado por Picasso.
Más tarde lo volví a ver en Valledupar donde, en un almuerzo al aire libre, en una estancia en el campo caliente del Cesar, nos contó del matriarcado ejercido por las indias de la zona y tarareó canciones frente a los críticos José Miguel Oviedo, Raymond Williams y Michael Palencia-Roth.
Con él caminamos por las calles y escuchamos nuevos grupos de Vallenatos, antes de que con un grito dolido hablara de la negritud y pronunciara un discurso sobre las frustaciones de su gente en Colombia.
Su protesta estaba justificada: al final la literatura termina confiscada por los profesores y los críticos de las universidades que la desmenuzan con el helado bisturí de la indiferencia. No vale para ellos la lucha de quienes como él batallaron desde el margen y no obtuvieron la gloria ni el poder ni la prostituida fama que todo lo corrompe. La crítica se vuelve la previsible loa al éxito y los congresos literarios una ceremonia absurda de vanidades de donde siempre se excluyen los derrotados.
Tenía razón Manuel Zapata Olivella en gritar al viento contra todo y contra nada, ante la incomodidad de la Cacica, los profesores y los altos funcionarios. Por eso al convertirme por una semana en su vecino y amigo en el Hotel Dann y acompañarlo mientras caminaba con su paso lerdo de octogenario, comprendí todo lo que le debíamos en Colombia a este moderno que exploró las más profundas sabias mestizas de nuestro país y quiso dejar por escrito el testimonio de quienes llegaron esclavizados en barcos y luego aportaron la crucial alegría y la tristeza de su cánticos y la plasticidad de su danza.
                                                                                

sábado, 11 de octubre de 2014

EL PARÍS INAGOTABLE DE MODIANO

Por Eduardo García Aguilar
El nuevo Premio Nobel de Literatura para el francés Patrick Modiano (1945) es un reconocimiento de la Academia Sueca antes que todo a los escritores que pasan la vida ensimismados en sus temas sin apartarse nunca de sus objetivos y que evitan desplegarse como otros en el ágora dedicados a actividades políticas y mundanas que terminan por devorarlos y apartarlos de sus más profundas inquietudes.
Modiano inició su camino literario muy joven, siendo un tímido adolescente solitario que pasó varios años en pensionados escolares lejos de su familia y aprendió desde muy temprano a caminar solo en los característicos días otoñales de París, en esos lejanos años 1950, cuando Francia salía de la ocupación penosamente y lidiaba con el conflicto argelino en busca de una estabilidad política que al fin le llegó con el inicio de la V Republica y el patriarcado del general Charles de Gaulle.
Quienes han visto alguna vez el inolvidable filme de François Truffaut Los 400 golpes, protagonizado por el también solitario niño Jean Pierre Léaud, podrán ingresar a la París brumosa de esos tiempos, tan distinta a la museográfica del siglo XXI. Había la misma agitación en las calles, pero los edificios estaban aun cubiertos por esa pátina negra provocada por el humo y la lluvia y en general eran decrépitas construcciones que no habían sido renovadas ni limpiadas desde el siglo XIX, desde los tiempos del renovador urbanista Haussmann, ocupada como había estado Francia en todos esos años en hundirse y salir de guerras y conflictos sin fin.
El niño Léaud de Los 400 golpes es un solitario que deambula por las calles un poco abandonado a su propia suerte y desde temprano aprende a observar el mundo de los adultos desde su óptica, con una mirada precoz, decepcionada y profunda. Los adultos de esa época estaban todos heridos por las dos terribles guerras y acababan de salir de la ocupación nazi, con la que muchos de ellos colaboraron. Todos esos padres y madres fueron, según el caso, deportados, resistentes, colaboradores, traficantes, contrabandistas, mártires, desleales, traidores, y cada quien tenía sus historias secretas. Ningún adulto estaba a salvo.
Por eso los niños nacidos durante la guerra o al terminar ésta crecieron así, marcados sin saberlo por el drama nacional, por las historias silenciadas que toda esa gente quería borrar de la incómoda memoria. El nino Léaud ve a su madre besarse en la calle con un hombre a lo lejos y se vuelve un poco pillo en esos largos días en que anda suelto, carente del idílico afecto que se supone otorgan las sacrosantas familias. Toda esa generación de adultos estaba quebrada por la guerra y la ocupación, todos esos hombres y mujeres tenían adentro una herida profunda, incurable.
En los años en que Modiano escribe y empieza a publicar, a fines de los 60 y comienzos de los 70, tan revolucionarios y cambiantes, donde se percibía el auge del progreso y el crecimiento otorgados por la estabilidad política y económica, quienes conocimos en París de esa época podíamos ver en los viejos los remanentes de ese rencor terrible, la cicatriz imborrable. A un lado estaban ellos, los sobrevivientes de la guerra, con sus secretos y mentiras, sus heroicidades falsas o sus dolores verdaderos y al otro los jóvenes, rubicundos muchachos intrusos, alegres y festivos, ávidos de placer y rock, en un mundo de sombras y amarguras.
Ese es el mundo que ha querido revelar Modiano en sus novelas: es la indagación del joven tímido, algo tartamudo, en los entresijos de la generación de sus padres y sus contemporáneos. Se pregunta él quiénes fueron, qué hicieron, qué secretos guardaron, indaga sobre sus amores, mentiras y traiciones. Lo mismo ha hecho Michel Houellebecq (1958), el otro gran novelista francés actual, al cuestionar y demoler a la generación de sus odiados padres, un poco posterior a los de Modiano.
En los libros de Modiano también está presente siempre París: como Proust en En busca del tiempo perdido, Modiano recorre las calles de la ciudad centímetro a centímetro, ingresa en esos bistrots anónimos que se encuentran en esquinas, plazas y callejones y donde todo el día agotan el tiempo seres quebrados que deliran a veces y hablan también entre ellos, ebrios al calor de unos vinos, en las emblemáticas barras metálicas tan necesarias para los millones de solitarios que habitan la ciudad. Es tan aburrido todo para ellos, que pueden divertirse leyendo la guía telefónica. 
Quienes hemos vivido mucho tiempo en París desde aquellos anos en que Modiano empezó a publicar, encontramos en los libros suyos las mismas calles y lugares, cines viejos, librerías, cafés, restaurantes y bistrots y a tantos personajes, mujeres y hombres desilusionados, cruzados al azar, por quienes nos hubiera gustado tanto indagar como él hace en sus novelas.
En sus páginas captamos las atmósferas variadas de París según las diversas estaciones, percibimos la bruma, la lluvia, la esperanza de la primavera, las luces que surgen de tantos diminutos apartamentos y buhardillas, las sombras de esos habitantes secretos que vemos obligatoriamente a través de visillos y cortinas porque la ciudad es un estrecho hormiguero de gente que vive hacinada en espacios y calles estrechas y lugubres.
Uno hubiese pensado que el tema de París, el epicentro de la obra de Proust y tantos otros autores, había sido cerrado para siempre y pasado de moda. Pero no, la verdad es que con el Premio Nobel a Modiano, se ha premiado también a esta maravillosa ciudad donde ha existido una de las literaturas más extraordinarias y permanentes del planeta desde los tiempos del Villon, Sade, Nerval, Hugo, Balzac, Baudelaire, Dumas, Zola, Huysmans, Céline, Sartre y tantos otros hasta nuestros tiempos.
Gran parte de esa literatura ha surgido en las intrigas y secretos del barrio editorial de Saint Germain des Prés, donde ha reinado la gran editorial Gallimard, la misma de Proust y de todos los Premios Nobel franceses sin falta, que ya llegan a 15 y convierten a Francia en el país más premiado en la historia del galardón. En esas cuantas cuadras se define todo en la literatura francesa y a veces mundial, y Modiano, como Le Clézio, son perfectos productos de esos "cogollitos" cerrados de los que hablaba Proust, por fuera de los cuales ninguna otra literatura existe.
Modiano y Le Clézio fueron lanzados por la familia Gallimard en los años 60 como figuras jovencísimas, apuestas y promisorias de Saint Germain des Prés y desde entonces la casa editorial los ha protegido y tenido trabajando cerca siempre, como hijos mimados, en silencio, otorgándoles todas las garantías posibles y proyectando su obra a otras lenguas con una fidelidad y profesionalidad a toda prueba.
Modiano tuvo como padrinos a Raymond Queneau, Paul Morand y André Malraux, de la misma forma que Proust los tuvo en su momento después de que el incrédulo André Gide cometiera el terrible error de rechazar para Gallimard el primer tomo su obra magistral, pues a la literatura francesa se ingresa casi por cooptación, en medio de rituales y de crueles cofradías secretas que actúan en los laberintos del mismo barrio.
Como en los tiempos de la corte de Luis XIV, tan bien descritos por Saint Simon o Retz y tantos otros memorialistas, las carreras literarias francesas surgen o se hunden en ese barrio en medio de intrigas y secretos dignos del Ancien Régime. La academia francesa y Gallimard reinan en esas mismas calles de Saint Germain des Prés donde reinaban antes los salones de las duquesas y las marquesas de Proust frecuentados por Anatole France, Maurice Barrés, André Gide y Jean Cocteau. En esos mismos salones surgieron Malraux, Camus, Beauvoir o Sartre, y surgen hoy los elegidos del momento y fuera de los cuales nadie es coronado por el Goncourt o el Reanudot.
Por eso el tímido Modiano supo del premio cuando caminaba por ahí después de almorzar con su esposa en alguno de los restaurantes del barrio y caminando tal vez llegó a Gallimard a ofrecer la conferencia de prensa ante la prensa mundial, escoltado por el descendiente de los Gallimard y actual director, el poderoso Antoine, y por su séquito de editores encabezados hoy Phillippe Solers y Michel Braudeau. Modiano nunca ha salido de Saint Germain des Prés y de los barrios cercanos y por eso su obra es un puro producto parisino en la línea de Hugo, Balzac, Proust o Céline. Su Nobel es también un premio a París y sus fantasmas.  

lunes, 6 de octubre de 2014

OKTOBERFEST EN MUNICH

Por Eduardo García Aguilar
Oktoberfest en Múnich
Nadie puede imaginar que los bávaros puedan ser más locos y rumberos que los caribeños cuando se trata de agotar las incontables fiestas que celebran todo el año, la mayor de las cuales es la famosa Oktoberfest de Múnich, que termina el primer domingo de octubre, y a la que acuden millones de alemanes ataviados con las prendas típicas de la región a bailar, beber enormes jarras de cerveza, divertirse en las atracciones y juegos mecánicos, comer salchichas, albóndigas y piezas de cerdo y res que, preparadas in situ, generan una inmensa humareda de barbecue rupestre.
Antes de Oktoberfest, que se inició en 1810 con las celebraciones de la boda de Luis de Baviera y se realiza desde entonces como un verdadero ritual báquico a fines de septiembre y comienzos de octubre, se llevan a cabo otras muchas, como la fiesta del bosque, la llegada del verano y tantas otras celebraciones multitudinarias relacionadas con el futbol y el equipo local Bayern Múnich, cuando toda la gente inunda las calles para celebrar los triunfos o llorar las derrotas. También los jóvenes practican la fiesta posmoderna punk, house, rock, latino, disco, en los centenares de bares y discotecas instaladas en Kulturfabrik, complejo situado en la antigua sede de la fábrica de sopas Maggi, originarias de la región.
Por todas las calles y avenidas de la urbe muniquesa se ve a los millones de convivios paseándose en carrozas o a pie, casi todos marcados desde temprano por el efecto de las diversas cervezas, tambaleándose, brincando, resbalándose y gritando con alegría para desfogar todas las energías y liberarse del estrés del trabajo, unas semanas antes de que llegue el invierno y cubra todo con su gélida capa de nieve. Por eso se suben a las mesas ebrios a bailar a lo largo de la tarde y entrada la noche, cuando el griterío alcanza a oírse desde lejos, como si tratara de exorcizar los pasos crecientes del hielo invernal.
En el inmenso parque Theresienwiese de Múnich se instalan enormes carpas y construcciones provisionales de las diferentes marcas de cerveza que están activas durante todo el día y donde la fiesta y la libación de la cerveza supera todos los récords posibles. Un sector museográfico en vivo reproduce las fiestas antiguas y en una inmensa taberna comen, beben y bailan las danzas tradicionales. Allí en cada una de esas enormes casetas circulan millones de personas durante las dos semanas de las festividades, ataviados los hombres con su calzones bávaros de cuero café que va hasta las rodillas, medias hasta la mitad de pantorrilla, tirantes, camisas de cuadros coloridas y sombreros de fieltro con plumas o adornos.
Las mujeres, muchas de ellas rubias, altas, hermosas y simples lucen una variedad infinita de faldas, chalecos y delantales típicos de las campesinas de antaño y van con trenzas y todo tipo de adornos, a veces tan ebrias como los propios hombres, corpulentos ellos y rozagantes de tanta alimentación e ingestión del divino líquido.
El bávaro es un pueblo sencillo, de origen campesino, conservador, rubicundo, que habla el alemán con un acento peculiar, mucho más marcado en los pueblecillos que se suceden en las escarpadas montañas de Los Alpes, junto a ríos, lagos, cascadas o encrucijadas viales que se han practicado desde hace mucho tiempo, en especial por los comerciantes y traficantes desde el Imperio Romano o el Medioevo y mucho más atrás, hace seis mil años, en los tiempos del Ötzi, el hombre de Smilaun, cuando vivían los pueblos dedicados a la pesca fluvial y lacustre, tribus consideradas después como bárbaras y paganas.
Desde las altísimas montañas cercanas de los Alpes bávaros, sus valles, precipicios y bosques, han surgido las más ignotas tradiciones, los relatos infantiles, la poesía natural de los románticos, la música de las tabernas de paso, en fin de cuentas todas las expresiones culturales de un pueblo de aserradores, mineros, ferreteros, talabarteros, artesanos, campesinos, zapateros, relojeros, panaderos, carniceros, carretilleros e infinidad de otros oficios sencillos. Por los muchos cañones de ríos, quebradas y riachuelos, entre la piedra horadada por el agua del deshielo de los glaciares alpinos, los aserradores transportaban los troncos de los árboles, una de las actividades más típicas, necesarias y prósperas de aquellos viejos tiempos y cuyo eco histórico aun se escucha.
Anclados en el catolicismo más devoto, los pueblos de las montañas y los campos de Bavaria se asemejan en su religiosidad a los latinoamericanos con sus procesiones permanentes llenas de imágenes de vírgenes y cristos sangrantes, sus iglesias modestas y la imaginería de la estatuaria y la iconografía periféricas que pervive en los caminos y se dibuja en los exvotos de las carreteras y en las paredes de la casas de estilo austriaco, pues Austria y Bavaria siempre han estado unidos por lazos culturales profundos.
También en estas zonas hubo a través de los siglos importantes y violentas guerras de religión y rebeliones campesinas míticas que perviven en la poesía y la literatura a través de sus héroes. Y apenas en el siglo pasado fue en estos pagos donde se originó el Nacional-Socialismo de Adolfo Hitler, el führer que fraguó en la capital regional Múnich en los años 20 sus primeros pasos terribles hacia la llegada al poder del nazismo, al lado de su asesinos y sicarios, entre ellos otro bávaro, Himmler.
Hitler solía vestirse con esas calzonarias de cuero y el sombrero típico cuando descansaba en las montañas de la zona y en especial en la cumbre de su mansión alpina en las alturas de Berchtesgaden, uno de los pasajes alpinos más bellos de la zona. En materia paisajística el gusto del führer no puede ponerse en duda al recorrer las montañas de donde provienen los festejantes y observar las estrellas como tal vez lo hacía el temible Adolfo en las noches despejadas, cuando soñaba en el dominio del mundo de la raza superior en que creía.
Los nazis solían celebrar esas fiestas rituales en las grandes tabernas de Múnich al calor de la cerveza y la exquisita comida campesina, por lo que al visitar esos lugares sentimos cierto escalofrío. Sin duda, una buena parte de los adultos de hoy son los nietos de aquellos nazis que sembraron el terror inicial y llevaron a todo el país a la catástrofe y a uno de los genocidios más espantosos de la historia. Pero no puede imputársele a sus descendientes los horrores de sus ancestros, pues todos los países y pueblos del mundo han conocido los más grandes horrores y las más sangrientas guerras de exterminio, a las que han sucedido largas y prósperas épocas de paz.
Por eso, al festejar con esta gente alegre en la noche, al escuchar la música típica de los grupos entre la gritería total, al degustar el cerdo, las albóndigas, los peces ahumados, las salchichas y esgrimir las gigantes jarras de cerveza repletas y espumosas, celebramos que hoy todo esto se lleve a cabo en paz en una Bavaria cubierta de nubes, estrellas y sol, la Bavaria rodeada por los Alpes y sus paisajes de sueño loados por los más grandes poetas de la lengua germana como Goethe, Hölderlin, Novalis, Von Kleist y tantos otros que libaron y amaron sin fatiga.
* Publicado en Expresiones. Excélsior. 5 de octubre de 2014

domingo, 5 de octubre de 2014

SARTRE CONTRA LOS PAVOSRREALES LITERARIOS

Por Eduardo García Aguilar
Hace 50 años Jean Paul Sartre rechazó por estas fechas el Premio Nobel de Literatura que le fue otorgado por la Academia sueca, aduciendo que no lo hacía en contra del galardón ni la institución que lo daba, sino porque consideraba que su deber era continuar ejerciendo como un escritor libre de compromisos y honores y que aceptarlo lo limitaría en ese objetivo.

El autor de esa bella pieza autobiográfica Las palabras y de tantos otros libros en géneros como novela, ensayo, panfleto, crítica y filosofía, que marcaron su época, siguió siendo libre hasta el final de sus días, tomando a veces posiciones y compromisos equivocados en el campo de la ultraizquierda en boga en aquellos tiempos, pero sin renunciar al deseo de ser un marginal, de estar en la periferia con los periféricos, de ir contra la corriente.

Al rechazar el mayor honor que puede recibir un escritor en un acto valiente que muchos todavía no entienden, al negarse a recibir la enorme suma del premio y a acudir a Estocolmo a cosechar aplausos y venias en una especie de canonización infinita, Sartre dio un gran ejemplo a todos los escritores del mundo, que por lo regular son tan vanidosos y engreídos y ávidos de incienso.

A lo largo de la era humanista que inició su auge cuando Gutenberg inventó la imprenta, el escritor ha ejercido como un sacerdote laico y poco a poco fue tomando el lugar que en la Iglesia desempeñan obispos, cardenales y papas. Debido a que en siglos pasados los letrados eran desde el punto demográfico solo una infinitesimal cifra de la humanidad, éstos adquirieron un papel de guías, sabios, y como sacerdotes y profetas tomaron la actitud altiva y orgullosa de los que saben más y se creen guías de naciones o de juventudes.

Los gobiernos, los príncipes, las instituciones, las academias, los cooptaron desde entonces llevando a muchos de ellos a convertirse en una clerecía que medra entre los poderosos y a medida que sube y escala desdeña a los congéneres que por temperamento o nobleza rechazan cubrirse de las togas cardenalicias de la fama, el poder y la gloria, que en fin de cuentas son tan efímeros como la vida misma.

Tuve la fortuna de ver a Sartre en 1979, cuando era un anciano enfermo y babeante y además relativamente pobre, que compartía su vida con esa gran mujer Simone de Beauvoir. Por esas fechas el viejo filósofo era amigo de los jóvenes más radicales del maoísmo local y lejos de las academias y los palacios del poder vestía mal, con la misma chaqueta color beige, y caminaba cegatón por los lugares donde transcurrió su vida estudiantil y académica en la París amada del barrio latino.

Al rechazar el Nobel de Literatura, Sartre quiso conservar esa libertad de equivocarse hasta el final y terminar en el margen. Ahora que se celebran exactamente 50 años de ese gesto incomprendido, nos damos cuenta que el viejo filósofo tenía razón.

Lo que deseaba era bajar al clérigo literario de sus estatuas y púlpitos, de sus curules académicas, de sus medallas y grados, alejarlo del aplauso y la veneración fetichista, o sea hacer del escritor un ser humano más, tan humilde como el zapatero, panadero, talabartero o artesano que pasa sus días trabajando entre el bullicio feliz de las calles y los barrios populares.

O sea volver a acercar al escritor, al poeta, el filósofo, el ensayista al loco Diógenes, quien vivía en un barril y andaba más pobre que nadie en las plazas hablando y convenciendo con su palabra; acercarlo a Sócrates, quien llegaba ebrio a las fiestas a hablar con sus discípulos y admiradores de todos los temas posibles y que un día tuvo que beber la cicuta.

En esta era hedonista de las redes sociales, donde todos nos damos en espectáculo, y en que proliferan los escritores como nunca, pareciera que los autores tienen como finalidad principal el reconocimiento, generar la atención de los otros, en lo que bien podría denominarse un déficit patológico de atención. Los escritores están desesperados por acumular premios, dinero, homenajes, medallas y son felices cuando se pavonean ante los demás creyéndose uncidos por una lengua de fuego que los distingue de los despreciables ágrafos, los que viven la vida, los que piensan y no se exhiben, los que caminan anónimos por su cuadra y agotan las tardes jugando dominó en la taberna de la esquina.

Ahora que se hacen otra vez las cábalas para saber quien será el nuevo ganador del Premio Nobel de Literatura y que decenas de autores arribistas pelean entre ellos en la escalinata de los honores, defenestrándose unos a otros, ninguneándose o insultándose, calumniándose, odiándose o golpeándose, haciendo listas y absurdas clasificaciones jerárquicas o generacionales, el ejemplo del viejo babeante Sartre, el que tuvo la osadía de decir no al Nobel, brilla con toda su luz como un eco contemporáneo del hálito milenario de Sócrates y Diógenes y tantos otros sabios de la calle.

domingo, 21 de septiembre de 2014

BARCELONA ESTA VIVA DESPUES DE LA BATALLA

Por Eduardo García Aguilar 
Cuando uno está sentado en la Rambla de Raval, tomando café o cerveza, no deja de sentir la profunda emoción por reencontrarse con los aires de esa ciudad popular que figura en las novelas de Mercé Rodoreda, Eduardo Mendoza y Juan Marsé y otros autores locales, y que durante tantas décadas fue el centro literario de hispanoamérica.
En esa vieja Barcelona que se explaya por el barrio Gótico, por la Barceloneta, entre otros lugares húmedos y salitrosos que huelen a mar y a viento mediterráneo, permanecen las estrechas callejuelas donde la gente todavía saca sus ropas, sábanas, toallas y otras prendas a secarse y a airearse como en barrio de gitanos o de pobres.
En esas callejuelas viejas uno podría sentirse más de un siglo antes al interior de algún grabado de Goya o dentro de la acuarela turística del viajero. Ahí están todavía esos patios interiores y ese olor inconfundible de fritanga, pescado, tapa, impregnando en las paredes de los pequeños negocios y que por fortuna aun no se han vuelto antisépticos como hospitales, tal y como sucede en los inmensos centros comerciales del mundo contemporáneo. Y en contraste, por la Ronda San Antonio, se ven nuevas tiendas informáticas y papelerías regentadas por recientes generaciones de comerciantes activos que miran hacia adelante.
Por eso no hay duda que Barcelona, y España en general con todas sus diferentes culturas, sigue viva, y se encuentra otra vez mucho más cerca de Latinoamérica, porque al fin de cuentas después de ese Encuentro de los dos Mundos de hace cinco siglos, hacemos parte del mismo melting pot inevitable. Los indígenas que otrora fueron vapuleados por conquistadores y gachupines invadieron a España en las décadas de prosperidad con su mano de obra barata y su humildad y su disponibilidad inagotables y muchos de ellos se quedaron para siempre.
Pese al auge turístico, a la llegada de gigantescos barcos transatlánticos capaces de transportar hasta 7.000 viajeros, pese a que todos los jubilados del norte de Europa migran en verano en busca de algo de sol y se sientan a tomar cerveza en la Plaza Real luciendo sus bermudas y sus cachuchas de béisbol, pese a que los turistas y los jóvenes fiesteros llegan aquí en romería los fines de semana para divertirse, la ciudad concreta sigue su curso porque es imposible impedirlo.
Y con más razón ahora que la crisis logró por fin limitar la soberbia que los ibéricos habían adquirido con el sueño de haberse convertido en ricos de un día para otro gracias a los beneficios y las subvenciones milagrosas de la quimérica Unión Europea. Más modestos, bajados del delirio, todos los habitantes originales, limitados por las deudas hipotecarias, viviendo a salto de mata, vieron como muchos peruanos, ecuatorianos, sudamericanos en general que cumplían funciones de tercera categoría y eran a veces humillados con racismo y desprecio, regresaron a sus países de ultramar o emigraron a otros lugares mas prósperos de Europa del norte.
Y muchos hispanos a su vez, en la quiebra y el desempleo después de la catástrofe del hundimiento inmobiliario, volvieron sin una peseta en sus bolsillos a rehacer el camino de sus ancestros hacia los países de América Latina, por ahora emergentes y a veces prósperos, para reiniciar sus vidas como tenderos, taxistas o negociantes, ejerciendo todo tipo de actividades modestas como en otros tiempos.
Barcelona ya no es el centro de la literatura hispanoamericana como en los tiempos del boom y los muchos escritores latinoamericanos que vivieron y soñaron aquí con la gloria imposible ya han muerto o regresaron para siempre a sus pagos. Las librerías han desaparecido poco a poco y, como después de un naufragio, uno encuentra ofertas de libros de viejo en tiendas que a la vez son papelerías, expendios de revistas, juguetes, diarios y dulcerías y entre los empolvados volúmenes se encuentran rastros de ese auge de hace medio siglo que ahora es historia.
Pero la vida sigue. Barcelona está viva y es la misma y es la otra. Varias capas de auge la conforman, la última de ellas compuesta por los soberbios edificios de los tiempos de los Juegos Olímpicos y las obras faraónicas desoladas de la prosperidad y el derroche idos. Pero la Barcelona popular está ahí y la sentimos. Podemos estar aquí y escribir y pensar y soñar como antes en un entorno que, como alguna vez dijo Juan Goytisolo, es un "paisaje después de la batalla".

sábado, 20 de septiembre de 2014

CATALUÑA ENCENDIDA SIN SALVADOR DALÍ

Por Eduardo García Aguilar 

En Figueras, tierra del gran Salvador Dalí, miles de autóctonos recorrieron de noche en procesión las calles enarbolando antorchas y banderas catalanas de listas amarillas y rojas, a un día de las grandes celebraciones de la fiesta nacional del 11 de septiembre, cuando millón y medio de catalanes manifiestaron en Barcelona exigiendo la posibilidad de realizar un referéndum para la independencia.

Esta vez la fecha tiene mayor significado pues se celebra el tricentenario de la derrota en 1714 ante los borbones, que condujo a la eliminación de los fueros y prebendas de este pueblo que ha luchado frente el centralismo castellano y contra las imposiciones del gobierno de Madrid.

Siempre me ha asustado el nacionalismo, el patriotismo, las religiones étnicas, raciales, la encendida irracionalidad de pertenecer a una tribu y de excluir a los otros. Cuando millones de personas se congregan para afirmar una raza, un color, una pertenencia exclusiva, pienso en los otros, aquellos que también viven allí pero son de otro origen. El patrioterismo es fácil y los demagogos saben ganar en río revuelto utilizando esas emociones que mueven a las masas.

Al ver familias enteras, niños, personas discapacitadas, ancianos, jóvenes, adultos enarbolando poseídos de fervor y en silencio las banderas catalanas por las calles de la ciudad cercana a los Prineos, me asaltan varias sensaciones. Reconozco que tienen derecho a reivindicar su especificidad, su lengua, que fueron reprimidos por la corona y en el siglo XX por la dictadura de Francisco Franco, pero a la vez no dejo de pensar en los políticos que en las últimas décadas hicieron todo lo posible para encender el delirio nacionalista y quienes no han sido ningunos ángeles o adalides de la rebeldía, como si lo fueron los anarquistas de Durruti. Políticos que, como decía el gran Dalí de sí mismo, pertenecen a la especie de los "Avida dollar".

El propio "padre de la patria catalana" Jordi Pujol y gobernante reelegido durante décadas, reconoció hace un mes que él y su familia escondieron su fortuna en paraísos fiscales del extranjero para no pagar impuestos. Todos saben también que muchos miembros de la clase dirigente local han sido corruptos y se han enriquecido en secreto cobrando comisiones por obras públicas y contratos, como ocurrió en casi toda España antes de la reciente debacle económica. Ellos acusaban a España de vivir de la riqueza catalana, cuando eran ellos los verdaderos vampiros de su propio pueblo, al mismo tiempo que lo incitaban al nacionalismo antiespañol.

Pero el pueblo es crédulo y confía en esos políticos. Por eso se siente un espíritu religioso en esa marcha casi medieval por las arterias céntricas del viejo pueblo de Figueras, donde nació Dalí y cuyas calles y esquinas, tabernas, cafeterías y tiendas son tan similares a las de toda América Latina. El olor mismo de Figueras me recuerda los aromas de las de provincia latinoamericanas, por lo que me asalta la sensación de una pertenencia mucho más amplia que la reivindicada en este pequeño recodo de España. Una pertenencia hispanoamericana y mundial sin fronteras ni banderas.

Cataluña es y ha sido España. ¿Como no acordarse de la llegada del Quijote de la Mancha a Barcelona y los enternecedeores episodios vividos por él con el caballero del verde Gabán? Siempre que he recorrido estas callles, pueblos, montañas, me he sentido perteneciente a esa gran familia interoceánica de unos 500 millones de hispanoablantes que provenimos de las mismas raíces que el destino nos otorgó.

En esta región del norte de Cataluña que presiden Figueras y Girona se ven muchas banderas catalanas en los balcones de las casas y en los pueblos medievales de las montañas pirenaicas se escucha al unísono esa lengua hermana del español, el viejo dialecto hablado por los campesinos que a lo largo del tiempo fue vivero de poetas, narradores y ensayistas como Salvador Espriú, Josep Plá o Mercé Rodoreda, entre muchos otros.

Cuando por primera vez vine a Barcelona en los tiempos crepusculares de la dictadura de Franco, viví el inicio de esa fuerza al calor de las canciones de Juan Manuel Serrat y Luis Llach, y en fiestas y conciertos, el catalanismo era un grito de libertad que nos seducía. En ese tiempo Barcelona era uno de los centros editoriales del orbe hispánico y poco después, con el advenimiento de la democracia y la prosperidad, se convirtió en el Vaticano editorial de la lengua, el centro desde donde se irradió el boom latinoamericano bajo la comandancia de la agente literaria Carmen Balcells, gran catalana ella, y de sellos editoriales tan importantes como Sex Barral, Anagrama y Tusquets, entre otros. Pero poco a poco el panorama cambió y el nacionalismo catalán a ultranza ahuyentó a muchos espíritus libres, cosmopolitas. 

El 11 de septiembre, al otro día de la procesión de las antorchas nocturnas, más de un millón de catalanes hicieron una impresionante manifestación que fue real y contundente y significó una victoria para la astuta clase política local. Los catalanes moderados que no quieren una separación y prefieren el bilingüismo sin exclusiones, se reunieron por su lado en Tarragona, encabezados entre otros por la política socialista catalana Carme Chacón, pero fueron solo unos miles, ante la indiferencia de la prensa local. Algunos articulistas escribieron que el gobierno autónomo catalán y la radio, la prensa y la televisión locales pusieron todo al servicio de esa causa, y otros afirmaron que la Generalitat no gobierna para todos, como si en la región no vivieran también millones de personas originarias de otras tierras.


Pero no importa, el viernes por la noche, en el bello pueblo de Castelló d'Empúries, todas estas dudas y reflexiones sobre el complejo fenómeno nacionalista catalán se disiparon en mi mente, al ver como el pueblo se convierte por tres días durante el Festival Terra de Trobadors en una reencarnación del mundo medieval, donde todos van vestidos a la usanza de aquellos tiempos y comen y se divierten como si estuviéramos mil años atrás entre brujas, doncellas, monjes, obispos y cruzados. 
 
 
En la fiesta de Castelló d'Empúries nos divertimos danzando al calor de los vinos frente a la basílica gótica. Y a medianoche fuimos aun más felices cuando un grupo de música andaluza en español animó la rumba y todos bailamos felices sin pensar en nacionalismos ni en patrias ni razas que dividen. Ojalá esto siga así. El catalanismo fanático y demagogo no extirpará de aquí a esta España andaluza de García Lorca o Paco de Lucía. ¡Y olé! ¡Y que viva el más grande catalán de todos, el loquísimo Salvador Dalí!
  

sábado, 30 de agosto de 2014

EL PARÍS INAGOTABLE DE CORTÁZAR


Por Eduardo García Aguilar

Esta semana los medios literarios celebraron con entusiasmo el centenario del nacimiento de Julio Cortázar (1914-1984), quien a medida que pasan los años se convierte en un mito sólido de la literatura latinoamericana de todos los tiempos, cuya obra en vez de envejecer o marchitarse como otras de sus contemporáneos, se vuelve cada vez más contemporánea y actual.

Esa modernidad de su vasta obra se debe a sus lazos con la contracultura que comenzó a florecer en los años 50 en todo el mundo y tuvo su auge en los años 60 al calor del cine experimental, el rock, la droga, el sexo y la liberación de las costumbres, como símbolos de una generación que dejaba atrás los terribles años de la Segunda Guerra mundial y expresaba con el arte una rebelión similar a la efectuada en los lustros de entreguerras por artistas plásticos, narradores, danzantes, dramaturgos y poetas que escuchaban y practicaban el jazz que tanto marcó al autor argentino.

Ejemplo de esos tiempos es la espléndida película Blow Up de Antonioni, basada no por azar en un cuento de Cortázar, y que cuenta las aventuras de un fotógrafo en el Londres rockero, rodeado de preciosas modelos que se exponen semidesnudas y eróticas en un estudio de artista. En Blow Up actúan la adorable Jane Birkin adolescente y otras modelos nacientes como Vanesa Redgrave, y los ambientes, colores, la trama, el misterio y la música son allí tan dúctiles como la propia historia en que está basada, una fuga minimalista en busca del azar de la imagen.     

Cortázar nació en Bruselas pero creció en Argentina y después de ejercer varios oficios, entre ellos el de modesto profesor, el larguilíneo intelectual embebido de literaturas exquisitas tomó un barco como era usual entonces para viajar a París, que seguía siendo en ese entonces una de las capitales del mundo y mucho más para artistas y escritores. En una pequeña exposición realizada hace años en la Casa de Argentina, en la Ciudad Universitaria de París, vi expuesta la carta mecanuscrita que Cortázar dirigió antes de su viaje a los encargados de ese albergue estudiantil solicitando alojamiento.

Con el fetichismo que nos caracteriza a quienes estamos infectados por el virus de la literatura, observé durante largos minutos ese documento que me acercaba a ese hombre cuyo destino cambió con el viaje a París, pues de no haber vivido en estas calles y en estas buhardillas frías y estrechas, no hubiese escrito nunca una obra tan significativa como Rayuela, basada en hechos reales ocurridos al narrador en sus aventuras de bohemio pobre en la ciudad, pero de otro tipo distinto a los de los tiempos románticos, tan bien descritos por Henri Murger en Escenas de la vida de bohemia.

El término de bohemia surgió en el siglo XIX en referencia a la vida de los gitanos que iban de un lado para otro del mundo en una errancia sin fin, y que en medio de la pobreza encontraban tiempo para la risa, el amor y la música. Los gitanos parecían vivir del aire, al margen de la sociedad, sin empleo ni horarios fijos, asumiendo un ancestral destino que ha sido inmortalizado por milenios en obras de arte y testimonios, pues estos personajes eran recibidos en la capital romana en tiempos del Imperio, donde las mujeres danzarinas y las lectoras de la suerte ya ejercían sus oficios. Los bohemios con sus proverbiales pitonisas y ladrones figuran en múltiples obras pictóricas que los sitúan en las grandes capitales, como en la vieja España u otros centros de poder.
 
Cortázar ejerció de bohemio en París como ese otro gran contemporáneo suyo, Gabriel García Márquez, quien tocaba el tambor y las maracas al lado del artista plástico venezolano Soto en antros de rumba céntricos de la ciudad, por los lados de Odeón y Saint Germain de Prés, al final de los años 50. El autor de Rayuela podía deambular todo el día en busca de un encuentro casual con la famosa Maga, protagonista del libro y personaje basado en una muchacha real llamada Edith Aron, que él conoció en el barco de marras y de quien fue amante en aquellos tiempos de penuria y felicidad literaria parisinas. La Maga vive hoy en Londres y ha contado que Cortázar no se portó nada bien con ella después de que emprendió los caminos del éxito.

La bohemia literaria y artística es con París el centro de Rayuela, por lo que su figura quedó para siempre como la de un eterno joven de pull over, barba crecida y anorak azul, un joven que juega todas las cartas a la literatura sin preocuparse por el poder y ejerce trabajos varios e inestables, entre ellos el de traductor en las gigantescas oficinas de la UNESCO, un joven que rescata objetos en las calles y se dedica con felicidad al ocio como una de las grandes virtudes, un joven heredero de los surrealistas y de la Nadja de André Breton.

Los personajes de la novela pasan el tiempo en las buhardillas haciendo el amor o hablando de literatura o de la vida como si viviesen en un caleidoscopio infinito de sorpresas, interminable, extenso, donde se presagiaban los efectos de la experiencia sicodélica tan en boga en aquellos tiempos. Quienes llegamos a París en pleno auge de Rayuela, a mediados de los años 70, vivimos con felicidad esas actitudes y solíamos entre amigos leer fragmentos del libro en las mismas buhardillas que fatigó Cortázar. Veo como si fuera ayer a nuestro amigo el ya fallecido escritor colombiano Miguel de Francisco, llegar con su ejemplar de Rayuela y emprender la lectura en voz alta en medio de la humareda de los cigarrillos y el tintineo de las copas de vino.

Rayuela era el ejemplo para todos los escritores de nuestra generación, nos guiaba por las calles de París, nos iluminaba y abría caminos, nos conducía a las viejas tabernas y cavas, y además nos daba acceso a versiones distintas y clónicas de La Maga, pues todas las jóvenes estudiantes de aquella época deseaban ser magas y estaban dispuestas a jugar el mismo juego en esos tiempos de liberación, antes de la epidemia de sida y los nuevos puritanismos y fanatismos.

Por eso, al cumplirse un centenario de Cortázar, bastaría con ver Blow Up, escuchar a Miles Dives y añorar a una Maga para vivir en el relámpago eterno de la literatura que por naturaleza es el arte de los gitanos y los bohemios de espíritu de todos los tiempos, o sea de quienes seguirán siendo jóvenes aun después de la muerte.