En el puerto corsario de Saint-Malo, ante el viento y las olas del norte, en la isla del Gran Bé, está situada la tumba del gran escritor francés Chateaubriand (1768-1848), autor de Memorias de Ultratumba, El Genio del Cristianismo, Itinerario de París a Jerusalén y de las novelas Atala y René, entre otras obras. Antes de morir pobre, este aristócrata bretón que vivió el Antiguo Régimen, la Revolución, las restauraciones y alcanzó a vislumbrar ya anciano la modernidad, pidió que fuera sepultado en la pequeña isla de su tierra natal para "sólo escuchar el mar y el viento" desde ultratumba.
miércoles, 26 de septiembre de 2007
JUNTO A LA TUMBA DE CHATEAUBRIAND
En el puerto corsario de Saint-Malo, ante el viento y las olas del norte, en la isla del Gran Bé, está situada la tumba del gran escritor francés Chateaubriand (1768-1848), autor de Memorias de Ultratumba, El Genio del Cristianismo, Itinerario de París a Jerusalén y de las novelas Atala y René, entre otras obras. Antes de morir pobre, este aristócrata bretón que vivió el Antiguo Régimen, la Revolución, las restauraciones y alcanzó a vislumbrar ya anciano la modernidad, pidió que fuera sepultado en la pequeña isla de su tierra natal para "sólo escuchar el mar y el viento" desde ultratumba.
jueves, 20 de septiembre de 2007
19 DE SEPTIEMBRE DE 1985. EL TERREMOTO DE LA CIUDAD DE MEXICO: UNA VARIEDAD DE LA MUERTE
Por Eduardo García AguilarEsta crónica fue publicada días después del terremoto, el 25 de septiembre de 1985, en un suplemento especial de Unomáuno y reproducida con motivo del aniversario del desastre en el blog del escritor mexicano Sandro Cohen http://www.sandrocohen.blogspot.com/ .
HACE MUCHOS AÑOS, cuando era niño y sólo veía películas mexicanas en los cines de una sísmica ciudad de los Andes, Manizales, me forjé una imagen de la Ciudad de México ligada a los edificios de la colonia Roma. Hace cinco años, cuando llegué a esta ciudad para vivir en ella, caminaba con mucha frecuencia por esas calles que, frente a la arrolladora modernización de la urbe, pervivían como recodos de un pasado de glorias y fracasos, de poesía y de muerte, de monumentalidad y de misterio. Solía sentarme en una de las bancas de la Plaza de Río de Janeiro a contemplar el castillo de ladrillo rojo, situado frente al antiguo Colegio de México, en la calle de Durango, en la intersección con Orizaba. Muchas veces, frente a la fuente del David de Miguel Ángel soñé con vivir en ese Castillo de Brujas, hecho de chocolate y cartón. Muchos amigos me consideraban loco: ése sería, según ellos, el primer edificio en derrumbarse durante un temblor fatídico.
Pasaron cuatro años y el azar y la amistad me condujeron a habitar uno de esos apartamentos, el que da a la esquina, y a donde el sol de los atardeceres llegaba silbante. Desde sus ventanas vi extrañas granizadas, aguaceros de sueño, ventarrones, tolvaneras, niños jugando con sus madres sobre el césped como salidos de una película legendaria, mil enamorados besándose y tocándose detrás de las bancas o junto a los árboles, el griterío de los estudiantes y de los boy scouts, el paso cotidiano de las niñas vestidas con uniforme azules y cofias rojas. Oí también el sonido de los camoteros, el ulular nocturno de una sirena, el diálogo de una pareja que se escapaba de la lluvia, la voz de los amigos.
El México de esas calles era el país soñado desde la infancia y no lo cambiaba por otra zona, pues en la Roma podía sentirme a comienzos de siglo: esta época me parece sin grandeza. Frente a los viejas edificaciones de ladrillo rojo y gris, pero adornadas con el encanto de una nostalgia parisiense, la colonia Roma me fue poseyendo: tomando café en la legendaria Bella Italia, comprando cotidianamente el periódico en la esquina de una iglesia, visitado los bazares, los anticuarios, los mercados sobre ruedas, o las extrañas tiendas escondidas al interior de una construcción que parecía un pastel de fantasía.
En poco tiempo me había vuelto un hijo de la colonia Roma. La de hoy y la de ayer que ya no existe, pero que yo percibía en mi interior y que soñaba despierto. Por eso las calles de Vasconcelos, de Novo, de Fuentes o Pacheco, me fueron aun más familiares que las lejanas de Bogotá o Manizales, ciudades de los Andes. Allí, viviendo lo que parecía el lustro más trágico de la historia mexicana, soportando los embates de una crisis terrible, no sabía que desde el fondo de la tierra hundiéndose entre las cavernas subterráneas, el viento oculto de guerreros temibles se preparaba a silbar la tramontana de la noche.
El 18 de septiembre escribí hasta muy tarde. Sentí algo extraño, un desosiego, un temor que plasmé allí hablando de abismos ocultos en donde un guerrero había caído. Sentí el viento nefasto de las concavidades geológicas, el líquido, el magma asesino de las rocas, la profunda oscuridad de los desiertos subterráneos cubiertos de musgo y de estalactitas y sobre la página blanca, misteriosamente, hablé de aves negras sin ojos que revoloteaban en el aire humedecido de la noche eterna. Sentía algo adentro, como un pulpo violeta. Fuerzas extrañas llegaban a mí y me anunciaban algo. Las aves negras tocaron mi corazón aquella noche.
Siete horas después me despertó el terrible terremoto. Tomé en brazos a mi hija de un año y salí hasta la sala. Los tres nos colocamos debajo de la arcada. Nos mecíamos. De repente sentí que el edificio se hundía, y que se iba para atrás, arrastrándome hacia las concavidades subterráneas. Luego vi una grieta formarse como la raya del diablo y oí el espantoso crujido de la tierra, el atronador sonido de vidrios y paredes vivas, el chillido de los trasformadores acompañados de las chispas de Luzbel. En ese momento, frente a mi mujer y con la hija entre los brazos, creí que todo había terminado. Traté de abrir la puerta: estaba atrancada entre los muros. Imposible abrirla. Al frente la calle lejana, imposible. Moríamos. Todo parecía gris. Afuera alcanzo a recordar el silencio de la muerte. Todo se detiene. Logramos escapar por la puerta de la cocina y somos los primeros en salir a esa Plaza Río de Janeiro.
El texto que escribí siete horas antes, el hombre que caía a los abismos subterráneos se refugiaba en esta plaza frente al David de Miguel Ángel y solitario veía llegar el tropel de unos alazanes blancos que llevaban a un continente lejano situado junto a una cordillera. Tal vez nadie me lo crea. Las hojas están ahí y harán parte de una novela. La literatura también puede ser premonitoria. A través de ella la pesadilla se me había revelado. Los caballos blancos que se detienen a beber en la fuente de David fueron los que nos salvaron de la muerte a mí y a los amigos, a mí y a los míos. Los edificios modernos de los alrededores están caídos o cuarteados; el Castillo de las Brujas sigue ahí incólume, con grietas, sí, pero como milagroso y absurdo testimonio del pasado de México. Cómo él, otros dos edificios de ladrillo rojo, construidos en 1910 y 1912, están de pie. Los condominios de la técnica moderna se vinieron abajo.
Hoy he vuelto a la colonia Roma devastada. Ya es mi colonia Roma. No es sólo de Pacheco o de Fuentes o de los vampiros. Yo nací aquí en estas calles por donde deambulo. Obregón, Zacatecas, San Luis Potosí, Orizaba, Durango, Tabasco, Córdova, Puebla. Mis calles. Mi México. Percibo el olor de los cadáveres. He visto las banquetas cuarteadas, la soledad de los damnificados, me he vacunado contra el tétanos, aunque sé que no importa. He visto al Castillo solitario.
Una anciana inquilina no quiere abandonar el edificio. “En 1939, me dice, mi viejo y yo pasábamos por aquí y nos pareció hermoso este castillo. Había mozos prestos a tomar las maletas, ascensor, una fuente de peces dorados. Fue nuestro primer apartamento y vivo aquí desde entonces, desde hace 45 años; aquí nacieron mis hijos”. Va por agua.
Subo las escaleras. Ya no es lo mismo: las losas, las plantas, las paredes están tristes, los objetos no mienten. Entro y recorro el apartamento. Lo veo más gris que nunca. Voy al estudio que da a la esquina del parque, y saludo a los amigos desde la ventana. Ya nada es ni será lo mismo. Ese pequeño idilio con el parque ha desaparecido. Las enfermeras cruzan lentamente junto al David ileso. Algunos ancianos de bastón miran los otros edificios, como el de la curia, que amenaza con desplomarse. Hay carpas y colchones. Automóviles que ofrecen comida o refrescos. Salgo con dos maletas y esta máquina de escribir verde. Camino dos cuadras y tomo un taxi. Siento que todo ha cambiado. Ni esta colonia ni yo seremos iguales. Estamos definitivamente desterrados. El 19 de septiembre, los que nos salvamos de milagro en la colonia Roma, volvimos nacer. Lo que en cierta forma es una variedad de la muerte.
domingo, 16 de septiembre de 2007
La fiesta del dios Ganesha en París
Por Eduardo García AguilarLa enorme imagen del dios hindú Ganesha, hijo de Shiva y Parvati, con cabeza de elefante y gran barriga, irrumpe entre gritos y aplausos en una gran carroza cubierta de hojas y flores transportada por los habitantes del sudeste asiático del norte de París.
domingo, 9 de septiembre de 2007
WILLIAM OSPINA EN TODAS LAS LIBRERIAS DE PARIS

Por Eduardo García Aguilar
lunes, 3 de septiembre de 2007
CONSAGRACIÓN DE LA ESCATOLOGÍA UMBRALIANA

Tal vez no lea nunca la obra de Francisco Umbral, el estrafalario Premio Cervantes que acaba de morir en Madrid a los 72 años de un paro respiratorio en medio de los homenajes más exagerados de periodistas, editores y magnates de la prensa española, que lo admiraban y consideraban genio por sus articulillos livianos sobre la corrupta farándula madrileña de las últimas décadas.
No digo que el personaje me sea antipático del todo, porque en el fondo yo también soy frívolo y me gustan los cotilleos de las revistas del corazón y los escritores que tienen el valor de burlarse de los políticos y las estrellas del momento, no dejando títere con cabeza. Pero de ahí a que se entronice al buen Umbral como al sucesor de Cervantes y por medio de intrigas palaciegas, a las que era muy adicto su protector Camilo José Cela, se le encumbrara a niveles de inmortalidad, dándole los más grandes premios del orbe hispanoamericano, como el Cervantes, me parece ridículo e injusto y estoy seguro que el mismo articulista me daría la razón.
Eso muestra el provincianismo « cutre » que se ha apoderado de España y que devora todo a su paso: diarios, revistas, editoriales, televisión, universidades, poesía, filosofía, ese mar mediático dominado por los ricachones de los grandes grupos, esos Citizen Kane que convirtieron en una ruina al país literario de Gracián, Quevedo y Lope, de Valle Inclán, Cernuda y Gómez de la Serna.
Es meritorio que el modesto y enfermizo joven provinciano traumatizado por ser hijo de madre soltera haya partido de Valladolid y llegado a Madrid pobre y con una maleta a abrirse camino en la prensa capitalina. Es muy divertido que se tomara fotos desnudo junto a una máquina de escribir y una calavera, o que dijera haber llevado en la solapa una flor de coño con tallo vaginal y se hubiera inventado un personaje de patillas, gafas amplias de carey y bufanda de paleto sesentero.
Umbral se convirtió, ya exitoso, y después de medrar en los mentideros del poder, en un personaje típico de la novela decimonónica francesa, de esos que pululaban en las historias de Balzac y Maupassant y que son la caricatura del arribista, sea Rastignac o Bel Ami. El personaje del periodista enamorado de los ricos y los mafiosos reencauchados en honorables padres de la patria, resume toda la conjunción asquerosa y lambiscona que ha existido entre los periodistas y el poder y que hoy casi sin excepción practican los santones de la literatura española e hispanoamericana.
Por muy enternecedor que nos parezca ese carácter y por muy justificada que sea la lucha por ganar la vida y salir de la pobreza para finalmente ser aceptado en las mesas de los ricos de Madrid y las mansiones corruptas de los millonarios, al lado de Julio Iglesias, Isabel Pantoja, la Preysler y todos los petimetres de la corte, el personaje no es más que un medrador entre los poderosos, un simple saltimbanqui que les ofrece a todos sus dosis diaria de mediocridad y les pone al frente el espejo para que se solacen de su propia estolidez, ante la admiración inocente de la muchedumbre. Porque en Umbral no hay ni una idea, todo allí es pura ocurrencia, chiste barato y al releer sus columnas encuentra uno todos los lugares comunes y la vulgaridad atosigante que nos enseñó la Madre patria, esa España de naftalina machista y patriarcal salida de la camandulería decimonónica y del franquismo, donde los emblemas son el cojón y el coño.
Sólo gente de muy pocas luces puede divertirse con esa grosería escatológica de estirpe Camilojoseceliana manejaba por Umbral y que ha encontrado en el joven novelista Prada, el autor de « Coños », al discípulo: todo es cagar, coños, pedorrera, putas, cojones, culo, mierda, pero un cagar, una pedorrera y una mierda hispánicas que no le llegan a los tobillos a la manejada hace siglos por Cervantes y Quevedo, que eran mucho más escatológicos y más inteligentes, rebeldes y divertidos que estos lejanos herederos santificados en el autismo del cotilleo matritense. La literatura española debería despertar de la mediocridad en que la ha sumido el río de dinero corruptor del auge económico, esa inyección incesante de plata de la Unión Europea y del lavado de dinero que corroe todas sus instancias, y crea una promiscuidad repugnante entre escritores, políticos, mafiosos y magnates.
Ese amancebamiento ha convertido al país en el reino del « Hola », por lo que España debería cambiar de nombre y llamarse Holalandia. Adelantos millonarios, escritores comprados con puestos, promesas poéticas y narrativas convertidas en empleadillos de corbata con lengua colgante para lamer y gacetilleros convertidos en genios literarios, resumen con toda claridad este fenómeno del cual deberían despertar españoles e hispanoamericanos.
Ahora que el dinero de los nuevos ricos españoles ha ido por la reconquista de América Latina, la gran tierra literaria de Cervantes y Quevedo, de Huidobro, Borges y Vallejo, terminará convertida toda en una gigantesca Umbralandia con sus lamentables y tristes pedos, coños y cojones de opereta, mientras los escritores de hoy, como perros falderos, lamen felices e indignos las sobras y las botas bajo la mesa de la nueva plutocracia española.
jueves, 30 de agosto de 2007
LAS MARAVILLAS DE CALCUTA

Por Eduardo García Aguilar
Pocas ciudades conmueven tanto como Calcuta, la mítica capital de Bengala, situada a las orillas del Hooghly, en el delta final del sagrado Ganges. Es un inmenso hormiguero de millones y millones de seres humanos que circulan entre polvo, contaminación, canícula o lluvia, en un incesante ir y venir de risas, lágrimas, miseria, riqueza, fiesta, generosidad, injusticia y amor inagotables. En los viejos muros de los edificios neoclásicos del antiguo esplendor colonial crecen árboles y plantas que florecen y echan raíces entre la humedad generalizada. Una mujer tiende ropa en una ventana y al lado, en los nobles muros de un palacio viejo, poblado tal vez antaño por un magnate, un alto funcionario colonial o un embajador, se explaya ahora un matorral de flores color fucsia, amarillo y rojo sangre, poblado de pájaros y monos sagrados.
Porque hay que escuchar los pájaros a la hora del crepúsculo tropical: cuando se avecina la noche llegan por cientos de miles desde las amplias extensiones del delta y se refugian en los árboles del patio de un palacete decimonónico convertido en Gran Hotel. Hacen un bullicio fenomenal, como si cada una de esas aves hubiera llegado para contarle a las otras las experiencias del día en los amplios campos cantados por viejos cantores de epopeyas, poetas budistas o Rabindranath Tagore. Y de repente, a las seis y media, de súbito y al unísono, como comandados por una fuerza natural escrita desde hace millones de años, esos cientos de miles de pájaros se silencian y duermen dejando un halo de paz, mientras uno bebe cerveza india y piensa en los viejos tiempos del comercio de especias, en los años de Marco Polo, en las naos de los aventureros portugueses, ingleses y británicos que llegaron allí.
Surgida como un fortín y puesto comercial de la Compañía de las Indias Orientales en el siglo XVII, Kalikata fue compañera inicial de otros prósperos enclaves coloniales como el Chinsura holandés, los franceses Chandenagor y Pondichery y el Goa portugués. Luego de la decadencia final del imperio moghol musulmán, que dominó la India durante siglos construyendo mezquitas sobre los derruidos templos hinduístas o budistas, todo ese enorme imperio islamista invasor se fragmentó en un caótico entramado de feudos de maharajás y nababs, que finalmente aceptaron el triunfo británico.
Calcutta fue la capital colonial desde 1774 hasta 1911, cuando fue trasladado el poder a Nueva Delhi, al otro lado noroeste de la India. La joven urbe surgió de un depósito comercial instalado el 24 de agosto de 1690 en el poblado Kalikata por Job Charnock. Luego de que los ingleses derrotaron a los caciques locales se convirtió en la capital de las posesiones británicas. Y tras su corto esplendor, la enorme metrópoli de palacios inimaginables y lujosos edificios diplomáticos y burocráticos, construidos a imagen y semejanza de los del Imperio Británico, fue cubriéndose de moho y vegetación y creciendo de manera desordenada hacia todos los puntos cardinales, pero enriqueciéndose de cultura, poesía, arte e ideas religiosas, políticas y filosóficas. En su seno Ramakrishna a fines del siglo XIX y Vivekananda en el XX pretendieron reunir todas las religiones en una sola para tratar de terminar con las guerras religiosas y los odios fanáticos; allí escribieron el sublime Rabindranath Tagore o el profundo Jibananda Das; hizo cine el grandioso Satyajit Ray y lo hace hoy el moderno Mrinal Sen.
Y aunque se habla de la madre Teresa y de indigentes que duermen en la calle, rickshaws halados por famélicos, bellas esposas repudiadas y viudas indigentes, o niños enfermos, también es cierto que cada año la Feria del Libro impresiona porque desde todas las partes de la ciudad acuden cientos de miles de visitantes, niños y grandes, al encuentro con la próspera industria editorial bengalí que se despliega en el Maiden, un verdadero pulmón verde en el centro de la ciudad. De un día para otro crecen edificaciones efímeras de madera y surge una ciudad dentro de la ciudad, una metrópoli de libros con calles y avenidas de polvo que no da abasto a la muchedumbre.
Los bengalíes, que han sido rebeldes y se sienten orgullosos de ser el centro cultural de la India, están ávidos de conocimiento. Decenas de jóvenes abordan a este colombiano proveniente de la tierra del legendario Gabriel García Márquez para hablarle en el español que aprendieron con el joven hispanista Dibyajyoti Mukhopadhiay, director de estudios hispánicos en la Ramakrishna Mission, una torre de babel en pleno Calcutta, construida a fines del siglo XIX y donde todos pueden estudiar por unas cuantas rupias las lenguas del mundo. Ellos conocen a Pablo Neruda, a Miguel Angel Asturias, a Juan Rulfo y a Julio Cortázar y consideran a América Latina como una tierra hermana.
El auditorio de la Feria es una construcción de madera cubierta de flores y decenas de materos de plantas exuberantes y hasta allí llegan los conferencistas que hablan ante ese público de piel quemada por el sol, elgante en sus trajes ceñidos de tela blanca de algodón, adornados con chalecos y vistosos tocados cilíndricos. A la salida, el viejo sabio Doctor B. Chakravarti, todo de blanco, me ha regalado y firmado los tres tomos de su investigación The indians and the amerindians, donde desarrolla, a través de minuciosas comparaciones iconográficas del arte prehispanico e indio milenario, la teoría de los vasos comunicantes y la hermadad que, según él, une desde hace muchos milenios a estas dos regiones antípodas del planeta.
Pero terminada la Feria del Libro, la actividad cultural seguirá en el Indian Coffee House, en Bankin Chatterjee Street, en torno al barrio universitario lleno de casetas de libreros ágiles y entusiastas. Adentro del café se mueven las aspas de los ventiladores y en cada mesa el diálogo fluye entre taza y taza de té. Al salir cruzará por la calle un pastor con cien ovejas y más allá uno podrá comprar un coco en un tienda protegida de la lluvia con latas de Coca-Cola, junto a una imagen en altorelieve del revolucionario Lenín.
En la Sahitya Academy los escritores de Calcutta preguntarán sobre América Latina al recién venido y recordarán con orgullo los poemas de los siddhacharias budistas que son considerados las primeras formas del lenguaje bengalí, de los siglos VII y VIII de nuestra era. Y más tarde, en la casa del gran maestro casi centenario Annada Sankar, la más importante figura viva de las letras de Calcuta, los escritores de la ciudad participarán en el encuentro de un viajero colombiano nacido en Manizales con las inolvidables letras de Bengala, que lo dejarán marcado para siempre.
Porque en el ejercicio del arte, las letras y el pensamiento, los bengaliés conservan una orgullosa fuerza milenaria alejada de la competencia, el comercio desbocado, el dinero, la codicia y la usura ciegas en que se hunden ahora las letras occidentales. Se nota en la mirada profunda y sabia de esos hombres y mujeres de todas las edades a la hora de sentarse en círculo a hablar y compartir la alegría de leer y pensar, la alegría de escribir y morir, que todavía allí la literatura es algo sagrado y terrenal como el polvo de las calles y la incesante lluvia traída por los monzones. Y por eso, a la hora de decir adiós y subir al avión de Air India, no queda más remedio que llorar de felicidad al saber que aún existe una ciudad tan real y tan mítica como Calcuta.
lunes, 27 de agosto de 2007
EL TIEMPO RECOBRADO DE RAUL RUIZ

(En Letras Libres. 1999)
El chileno Raúl Ruiz nos ha sorprendido de nuevo llevando al cine con ambición "Le temps retrouvé" (El tiempo recobrado), de Marcel Proust, uno de los volúmenes más intensos de su extensa obra "A la recherche du temps perdu". Quienes han seguido la obra de este cineasta impar en estos tiempos de cine domesticado, corrieron de inmediato a las salas donde se proyectaba lo que parecía un proyecto demencial.
Mientras la película participaba en la selección oficial del 52 Festival de Cannes, los seguidores de Proust y los admiradores de Ruiz acudieron con el temor de presenciar un extraordinario fiasco. Pero aunque es posible que la película sea un enorme fracaso, vale decir que se trata de uno extraordinario, notable, de un fracaso que ilumina y nos introduce al túnel de lo que el arte tiene de fundamental: una tarea de locos para conquistar lo imposible.
Ruiz es un director de culto que poco a poco gana espacios incluso en el Extremo Oriente y Hollywood, lo que a él le parece curioso después de tantos años de dificultades y películas con bajos presupuestos. Ahora, gracias al cada vez más reconocido productor portugués Paolo Branco, quien rescató a Manoel de Oliveira, el chileno se metió en la aventura de gastar 60 millones de francos en un filme con grandes escenografías, vestuario de época y actrices y actores de cartel como Catherine Deneuve, Emmanuel Béart y Vincent Perez. En medio de la incredulidad general, la película encontró su camino como si se tratase de una novela: Ruiz halló poco a poco y de súbito los puntos de vista, el tono, los trucos temporales, como viejo zorro que es, un cirquero, un teatrero de origen latinoamericano que sabe trabajar en tiempos de vacas flacas y no se asusta en los de vacas gordas. Es lo fascinante de esta locura: un chileno osa realizar lo que no logró Visconti y como un Quijote emprende la adaptacion de una de las obras emblemáticas de la literatura francesa, lo que debe molestar a muchos proustópatas o proustomaniacos de alcurnia.
"Le temps retrouvé" de Ruiz escoge el segmento en el cual los personajes de la larga aventura novelística se encuentran ya cerca del fin, en la decrepitud y la despedida, en la nostalgia de los tiempos idos, cerca de lamuerte. Aparece entonces Proust en el lecho de moribundo, donde escribe contra viento y marea, dedicado a la observación de fotografías de todos esos seres idos cuyo rescate a través de la memoria es el motor de la obraextraordinaria de Proust, ejemplo máximo de lo que debería ser la ambición artística. Un tiempo ido que se recuerda desde el caos de la Primera Guerra Mundial, cuando Paris está rodeado por los alemanes y suenan las macabrassirenas de alerta y se vive en la decadencia final de ese agónico y tardío siglo XIX que se niega a irse ya entrado el XX. Un siglo que pervive en esos barones, princesas, condes, burgueses, coquetas, cínicos, sirvientas, arribistas, músicos, pintores y poetas marcados por la insaciable búsqueda de la satisfacción del deseo.
Ruiz dice en una excelente entrevista en el último número de "Cahiers du cinéma" (mayo de 1999, Nº535) que no "adaptó" el libro de Proust sino que lo "adoptó". Y lo adoptó desde una experiencia estética insurgente, que se sale de las leyes del cine comercial de hoy que --como es el caso también de la novela-- exige linealidad y eficacia similares a las de un partido de tenis o de fútbol. Ruiz siempre ha sido un loco salido de los caminos, un forajido, un bandido fuera de las leyes cinematográficas y por eso lo más normal es que emprendiera la adaptación de una obra literaria que a su vez fue ejemplo notable de rebelión literaria frente a los caminos trazados. Puesto que en novela y cine toda rebelión es una "falla profesional" castigada con el anonimato o el ostracismo, tanto Proust como Ruiz coinciden en esa vocación y se encuentran como peces en el agua en sus respectivosdelirios.
En esta película Ruiz hace un homenaje al cine de Melies y no teme recurrir al teatro, a la magia y a los efectos especiales arcaicos para llevarnos como niños al espectáculo de la gran mascarada. Un espléndido Marcel Proust (Marcello Mazzarella) narra con lejanía y asiste al teatro de "su" mundo y "su" sociedad. El nos lleva a ver a la coqueta Odette (Catherine Deneuve) ya vieja y gorda, al barón de Charlus (John Malkovich) destruido por décadas de excesos, a Gilberte (Emmanuel Béart), espléndida siempre, a madame Verdurin (Marie France Pisier), a Orianne de Guermantes (Edith Scob), a Madame de Farcy (Arielle Dombasle), a Saint Loup (Pascal Greggory) y a Morel (Vincent Perez), entre otros fantasmas de ese mundopomposo e insignificante que termina para siempre.
Magia, teatro, circo, mascarada, la película "Le temps retrouvé" de Raúl Ruiz es osadía y da gusto verla desarrollarse con la pasión del artista que la "adopta" porque a su vez ha buscado revolucionar las leyes del cine,como nos recuerda su inolvidable "Las tres coronas del marinero". Ruiz, contra la corriente, acerca el cine a su función de "artificio" e "ilusión", porque sabe que arte es "truco", como dice el ensayista Stéphane Bouquet en su ensayo sobre esta obra (Tous en scene, A propos du "Temps retrouvé" de Raoul Ruiz, Cahiers du cinéma, Nº535, mayo de 1999, pp 43).
Unos sombreros de copa y guantes blancos, Proust haciendo una pirueta de mimo, objetos que se alejan a medida que son captados, el estallido del flash fotográfico, Gilberte disfrazada, Odette recordando, Charlus joven, Charlus en el burdel pederástico y sadomasoquista, Charlus hecho una ruina, Saint Loup comiendo carne mientras habla, todos viejos, ridículos, pasados de moda, entre otras imágenes inolvidables. Y Ruiz, el chileno, como el domador del circo: dominando el genio de su fieras en el sueño logrado, más allá del tiempo y el espacio, en las redes del arte, con sus látigos, sus conejos y sus cartas cruzadas.
sábado, 25 de agosto de 2007
EL RETORNO A MÉXICO DEL POETA FERNANDO CHARRY LARA

Por Eduardo García Aguilar
Discípulo de los principales poetas de la española generación del 27, con una obra breve pero clave en latinoamérica, el poeta colombiano Fernando Charry Lara retornó en 1993, a los 73 años de edad, y 40 años después, a la Ciudad de México, donde compartió con viejos amigos y jóvenes admiradores que lo homenajearon en varios lugares del centro histórico capitalino. Acababa de asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que en esa ocasión estuvo dedicada a Colombia.Autor de los poemarios Nocturno y otros sueños –prologado en 1949 por el Premio Nobel Vicente Aleixandre--, Los Adioses (1963), Pensamientos del amante (1981) y de una amplia obra crítica sobre poesía latinoamericana en la que se destacan Lector de poesía (1975) y Poesía y poetas colombianos (1985), Charry Lara encontró intactos ciertos lugares que visitó en 1953 en la entonces llamada por Carlos Fuentes la « región más transparente del aire ». Con su negra boina española, el humor y la lucidez a flor de piel y la elegancia excéntrica de los viejos poetas bogotanos, Charry recorrió kilometros de calles coloniales, respiró hondo en el ex convento de las Jerónimas, donde vivió Sor Juana Inés de la Cruz y visitó la discreta tumba de Hernán Cortés.
En los años 40 Charry tuvo amistad con el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1904-1992) y el colombiano Aurelio Arturo, quienes lo animaron a solidificar una propuesta poética que pasa las décadas intemporal y ligera como las obras clásicas. Cardoza y Aragón, pimer dadaísta latinoamericano y renovador de la poesía continental, le tenía una gran estimación y una vez me dio un ejemplar de su libro André Breton atisbado en la mesa parlante para que se lo llevara a Bogotá, encargo que me dio la feliz oportunidad de verlo por primera vez, visitar su oficina en la esquina de la séptima con calle 18 y escuchar su relato del sepelio de José Eustasio Rivera, mientras caminábamos por la séptima, la décima y la trece, en ese centro bogotano que ya no tenía nada que ver con la ciudad parroquial conocida por los poetas mexicanos José Juan Tablada, Carlos Pellicer y Gilberto Owen y las generaciones colombianas de "Los Nuevos" y "Piedra y Cielo".
De él dijo Aleixandre que en su poesía, « que parece arrastrada en el vasto aliento de la noche tentable », están presentes « los temas eternos del hombre » como « el amor, la esperanza, la pena, el deseo y el sueño ».
« Blanca taciturna », « El verso llega de la noche », « Nocturna lejanía », « Cuerpo solitario», « Llanura de Tuluá » y « Rivera vuelve a Bogotá » son algunos de los poemas ya clásicos de este escritor que en el céntrico café La Ópera nos habló sobre Herrera y Reissig, Pedro Salinas, Luis Cernuda y Rosalía de Castro, entre otros poetas, mientras apurábamos con él copas de vino o tequila.
El día anterior había encontrado intacto, como hacía 40 años, el modesto y tradicional restaurante Casa Rosalía, situado en la Avenida San Juan de Letrán, a donde fuimos con él William Ospina y yo tras una búsqueda minuciosa entre las callejuelas del centro histórico de ese lugar entrañable para él. Ahí nos dijo que lo encontraba igual, incluso con las mismas vajillas e idénticas meseras de cofia y estrafalarios faldones almidonados, que lo atendieron como cuando era un joven poeta colombiano feliz en México.
Después fuimos con él al Café París, sede en los años 30 y 40 de los «Contemporáneos» y otros discípulos más jóvenes como Octavio Paz, así como lugar de encuentro con Antonin Artaud, Vladimir Maiakovski y Serguei Einseintein durante sus viajes a México. « Por aquí vi a José Vasconcelos salir de una limusina, allí vi caminar a Martín Luis Guzmán y a Alfonso Reyes, pero fue en el café Bellinghausen de la Zona Rosa donde hablé con Luis Cernuda, quien me ofreció su generosa amistad », nos decía Charry Lara mientras caminábamos. Pasaron por sus ojos el colegio de San Ildefonso, que inspiró un nocturno del Nobel Octavio Paz, así como la plaza de Santo Domingo donde hallaron a la Coatlicue, la diosa vestida de serpientes, el Palacio de Iturbide, la Ciudadela donde fue asesinado el presidente Madero, y las celdas de las monjas del claustro de Sor Juana.
Amoroso, enamorado y amigo feliz, Charry Lara fue al lado de Enrique Molina, Alvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Gonzalo Rojas, Emilio Adolfo Westphalen y Octavio Paz, entre otros, una de las voces importantes de la poesía latinoamericana del siglo XX. Su reflexión sobre otras poéticas o la obra de su contemporáneos era de gran rigor y en cada uno de sus ensayos desplegó el amplio conocimiento de la poesía de todos los tiempos, sus movimientos y tendencias.
Desde su sede en el Hotel Ritz de la calle Madero, donde vivió el beatnik William Bourroughs, Charry Lara se trasladó al Danubio, un restaurante tradicional donde lo esperaban para homenajearlo viejos y jóvenes amigos mexicanos que sacaron la casa por la ventana y paralizaron el lugar en un diluvio de copas de whiski, tequila, vino y todas las exquisiteces marinas. Durante horas de brindis encabezados por el joven poeta y ensayista Vicente Quirarte, y el viejo amigo de Charry Fausto Vega, una docena de escritores celebramos ahí el retorno del poeta. La mesa estaba llena de percebes, ostras, mejillones, calamares, pulpos y otros productos del mar.
Al terminar la fiesta acompañamos a Charry por las calles coloniales, con la saudade de su inminente partida a Bogotá. Reinaba la penumbra de la medianoche bajo los faroles y como el maestro estaba algo subido de copas, llegó al hotel apoyado en brazos de Jorge Bustamante García y William Ospina, pero como si fuera el más joven de todos. Es una imagen inolvidable la que vibra todavía en la Avenida Madero, pues la poesía flotaba en el aire y nos iluminaba la inmensidad de su alegría. La última vez que lo vi fue en 2003 en Yerbabuena, en el Congreso Internacional de Poesía organizado por el Instituto Caro y Cuervo. Un año después, en 2004, murió en Estados Unidos. Había nacido el 14 de septiembre de 1920, o sea que era un perfecto y feliz exponente del etéreo signo zodiacal Virgo.
viernes, 17 de agosto de 2007
SIMPATíAS Y DIFERENCIAS CON GERMÁN ARCINIEGAS

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jueves, 16 de agosto de 2007
EL VIEJO QUE SE PARECIA A VOLTAIRE
domingo, 12 de agosto de 2007
OSCAR COLLAZOS REGRESA A LAS CALLES DE PARIS
